25 años después, por Azul Etcheverry Aranda


Este 11 de septiembre se cumplen 25 años de aquel día en que el mundo se paralizó al ver cómo dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas en Nueva York, uno de los principales centros financieros, culturales y políticos del planeta. Pero el 11-S no fue solamente una tragedia estadounidense: fue un acontecimiento que modificó profundamente la geopolítica internacional. Desde entonces, el mundo cambió su manera de entender el terrorismo, la seguridad, las fronteras y hasta el equilibrio entre libertad y vigilancia. Veinticinco años después, la pregunta ya no es únicamente qué ocurrió aquel día, sino cuánto de aquel mundo continúa definiendo nuestras decisiones actuales.
Para miles de personas, la tragedia sigue siendo una herida abierta. Detrás de las imágenes que dieron la vuelta al mundo existen familias que perdieron a padres, madres, hijos, hermanos, amigos y compañeros de trabajo; personas que estuvieron presentes y tuvieron que enfrentar las consecuencias físicas y emocionales de uno de los atentados más devastadores de la historia contemporánea. Nueva York quedó marcada para siempre, pero también quedó marcada una generación que creció entendiendo que la seguridad internacional podía cambiar en cuestión de minutos y que una amenaza aparentemente distante podía tener consecuencias globales.
En el terreno geopolítico, la respuesta estadounidense transformó por completo las prioridades de seguridad internacional. La administración de George W. Bush inició la llamada “guerra contra el terrorismo”, primero con la intervención en Afganistán y posteriormente con la invasión de Irak. En Afganistán, el objetivo principal fue desmantelar a Al Qaeda, capturar a Osama bin Laden y retirar del poder al régimen talibán que le había dado refugio. En Irak, la justificación se centró principalmente en la presunta existencia de armas de destrucción masiva y en los vínculos del régimen de Saddam Hussein con el terrorismo internacional. Las armas nunca fueron encontradas, y aquella decisión tendría consecuencias profundas para la credibilidad de Estados Unidos y para la estabilidad de Medio Oriente.
El impacto del 11-S también llegó a uno de los espacios más cotidianos de la globalización: los aeropuertos. La seguridad aérea cambió radicalmente, con mayores controles de pasajeros, equipaje, documentos e instalaciones. Viajar dejó de ser exactamente lo que había sido antes de 2001. Al mismo tiempo, la lucha contra el terrorismo impulsó nuevas capacidades de inteligencia y vigilancia, desde bases de datos y sistemas de reconocimiento hasta satélites, drones y herramientas de análisis digital. La tecnología permitió anticipar y detectar amenazas con una precisión que hace 25 años parecía imposible, pero también abrió un debate que permanece vigente: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a sacrificar para sentirnos más seguros?
La definición misma de las amenazas internacionales también cambió. Los grupos extremistas de carácter religioso adquirieron una relevancia inédita en las agendas de seguridad de Estados Unidos y Europa, mientras Medio Oriente se convirtió en uno de los principales focos de atención internacional. Al Qaeda, el Estado Islámico y otras organizaciones demostraron que el terrorismo podía adaptarse rápidamente, utilizar nuevas tecnologías y operar de manera descentralizada. Sin embargo, esta nueva realidad también produjo consecuencias que trascendieron la lucha contra las organizaciones terroristas. Una de ellas fue el crecimiento de la islamofobia y la asociación injusta entre el islam, la migración y la violencia extremista.
Esa percepción continúa teniendo efectos políticos. En distintos países europeos, el miedo al terrorismo y la migración irregular se han convertido en elementos centrales del discurso de partidos que proponen controles fronterizos más estrictos y políticas migratorias más severas. El problema aparece cuando la lucha contra el extremismo termina confundiendo al terrorista con el migrante, al musulmán con el fundamentalista o al refugiado con una amenaza de seguridad. Veinticinco años después del 11-S, una de las lecciones más importantes debería ser precisamente que combatir el terrorismo no requiere convertir comunidades enteras en sospechosas.
Afganistán e Irak representan, quizá, dos de los ejemplos más claros de las consecuencias de aquella nueva era. Irak continúa enfrentando importantes desafíos políticos, económicos y sociales después de décadas de conflicto, mientras su dependencia de los ingresos petroleros dificulta la diversificación de su economía y la reconstrucción de infraestructura. Afganistán ofrece una paradoja todavía más evidente: después de dos décadas de presencia militar internacional, Estados Unidos se retiró y los talibanes recuperaron el control del país en 2021. Desde entonces, las restricciones impuestas a las mujeres y niñas, particularmente en materia de educación y participación social, han mostrado los límites de una intervención militar para transformar de manera permanente una sociedad.
El mundo de 2026 es, sin duda, muy diferente al de 2001. Tenemos satélites capaces de observar grandes extensiones del planeta, drones capaces de operar en zonas de difícil acceso, sistemas de inteligencia artificial que procesan enormes cantidades de información y herramientas de ciberseguridad destinadas a proteger infraestructuras críticas. Estamos mejor preparados para detectar determinadas amenazas, pero también enfrentamos amenazas que hace 25 años prácticamente no existían. El terrorismo se ha adaptado a la tecnología, y ahora los Estados deben preocuparse también por ataques cibernéticos, desinformación, drones autónomos y nuevas formas de guerra.
El 11 de septiembre dejó una lección que sigue vigente: la seguridad internacional no puede construirse únicamente a partir del miedo. Es cierto que el mundo aprendió a detectar amenazas con mayor rapidez y desarrolló tecnologías que pueden salvar vidas, pero también es necesario preguntarnos qué consecuencias tuvo la respuesta que construimos después de aquel día. Veinticinco años después, el mayor homenaje a quienes perdieron la vida no consiste solamente en recordar dónde ocurrió la tragedia, sino en aprender de ella. El mundo debe estar preparado para enfrentar el terrorismo sin repetir los errores que pueden convertir la búsqueda de seguridad en nuevas fuentes de conflicto, discriminación y sufrimiento. Porque si el 11-S cambió al mundo, nuestra responsabilidad es asegurarnos de que las lecciones de aquel día también sean capaces de cambiarlo para mejor.

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