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LA LEYENDA 65


El país que aprendió a doler en voz alta

Crónica de una nación que dejó de anestesiarse para poder seguir viva

 


Un domingo que irrumpe sin permiso y empuja la conciencia colectiva

Este domingo no toca la puerta ni pide permiso. Se mete en la respiración del país y se queda ahí, presionando el pecho. No trae descanso ni tregua: trae verdad. Viene con los ojos abiertos de quien ya no puede fingir y con la lucidez incómoda de los tiempos difíciles. México amanece así, sin maquillaje ni coartadas, obligado a mirarse de frente. Cuando la realidad se impone, el domingo deja de ser refugio y se vuelve prueba.

 


El cansancio como identidad compartida y punto de partida

Hay un agotamiento que ya no se explica por el cuerpo, sino por el alma pública. Un cansancio acumulado de promesas rotas, de esfuerzos que no alcanzan, de días que exigen más de lo que devuelven. La gente camina con la dignidad lastimada, pero firme. No hay épica ni discursos grandilocuentes: hay resistencia diaria. Y aun así, el país sigue avanzando, no por entusiasmo, sino por una vieja y profunda capacidad de aguante.

 


La verdad cuando deja de pedir permiso y decide nombrar la herida

Algo se quebró en la forma de decir. La verdad ya no se acomoda para caer bien. Sale áspera, a veces torpe, a veces furiosa, pero necesaria. Se nombra el miedo, se señala la injusticia, se reconoce la pérdida sin rodeos. El silencio dejó de ser prudencia y empezó a doler como complicidad. Hablar, aun con la voz temblorosa, se volvió una forma cotidiana de valentía.

 


Las ruinas vivas de un país que no terminó de caerse

No todo lo que se vino abajo está muerto. Hay ruinas que respiran, que guardan memoria, que todavía enseñan. Instituciones gastadas, confianzas rotas, acuerdos incumplidos: ahí están, visibles para quien quiera mirar. Pero también, entre los restos, hay manos que levantan, miradas que insisten, palabras que no se rinden. De las ruinas no solo nace la nostalgia: también puede surgir una conciencia más clara.

 


El dolor convertido en lenguaje común y acto colectivo

Hay dolores que ya no caben en el cuerpo individual y necesitan decirse en plural. El país ha aprendido a hablar desde la herida, no para exhibirla, sino para evitar que se infecte en silencio. El dolor compartido no cura de inmediato, pero deja de aislar. Nombrarlo es un gesto de cuidado mutuo. Y en ese acto imperfecto, pero honesto, comienza una reconstrucción lenta, casi invisible.

 


La palabra como resistencia, memoria y forma de permanecer

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo porque olvidar también es rendirse. Escribo porque un país que no se cuenta con verdad termina por perderse. La Leyenda no viene a consolar ni a cerrar heridas: viene a acompañar y a impedir que se nieguen. Aquí seguimos, nombrando lo que duele, mirando lo que incomoda, diciendo lo que cuesta. Porque mientras existan palabras honestas, el país no estará solo. Y mientras se siga narrando con dignidad, todavía habrá futuro.

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Índice de Contenido

Hoy en “La Leyenda”

 

 

/…  LA LEYENDA 65

Bienvenida

Donde el país sigue hablando aunque la voz duela

(By Notas de Libertad).

Clic para Leer

 

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-Pláticas con el Licenciado 1

 

/…  LOS QUE CAMINAN LA FE

Crónica histórica de los sanjuaneros, el camino y el santuario que convirtió el andar en promesa

(By operación W). (By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

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-Agenda del Poder:

 

/… La Agenda en Corto

* La feria cara y el aplauso que cuesta

* Purísima del Rincón condonaciones raras y las cuentas que vienen

* Cortázar y el día en que el movimiento dejó de moverse en bloque

Aurelio “El Chachis” Martínez y el regreso al tablero de León

/… La caseta eterna y el grito que se disputa

Carretera Guanajuato–Silao: entre la indignación legítima, la política del reflector y los intereses que también existen

/… La licencia necesaria

Cuando dirigir un partido deja de ser tarea de ratos

 

/… La “Honestidad” que firma el carpetazo

Cuando el expediente se cierra y la sospecha se vuelve institución

 

/…El país que dejó volver una enfermedad

Columna política sobre el sarampión: cuando el Estado baja la guardia y luego finge sorpresa

 

/… México, campeón mundial de no caerse

La economía creció 0,7% y el poder pidió aplauso mientras los riesgos se acumulan

/… Unión de Curtidores: la franja que se niega a desaparecer

Crónica de un club obrero de León: fundado el 15 de agosto de 1928, capaz de tocar la cima en los setenta, ganar el ascenso en 1999 y volver en el siglo XXI aun cuando el escritorio le cerró la puerta.

 

(By Operación W).

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-Alimento para el alma.  

 BALADA 

De: Gabriela Mistral

Sobre el poema:

La herida que canta

Lectura profunda de “Balada”, de Gabriela Mistral

Sobre el autor:

Gabriela Mistral: la voz que hizo del dolor una patria

Reseña biográfica y lectura de una obra nacida de la intemperie

 

*Si quieres escucharlo en la voz de: *Voz y Música para el Alma.

(By Notas de Libertad).

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 - “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”

 

/…La mesa como brújula

Crónica inicial de un recorrido donde comer es una forma de entender el lugar

(By Notas de Libertad).

 

/…  Pompeyos · La Piedad, Michoacán

Crónica de una cenaduría fundada en 1944 que convirtió el Jardín de la Purísima en mesa popular

(By La Gira del Tragón).

 

/…El Submarino Amarillo, hoy El Cabrito de Cortázar

Crónica de un lugar que aprendió a quedarse sin repetirse

(By La Gira del Tragón).

 

/…  Robinson’s Crash, Celaya: la mesa que se niega a olvidar

Crónica de un restaurante donde la carne, el tiempo y la conversación aprendieron a caminar juntos

(By La Gira del Tragón).

 

/… Prime Steak Club, San Miguel de Allende: el fuego servido con tiempo

Crónica de un restaurante donde el menú no se enumera: se recorre

(By La Gira del Tragón).

/… Casa Valadez: comer mirando a Guanajuato a los ojos

Una casa donde la cocina tiene autora, la mesa tiene memoria y el vino acompaña cada tiempo

(By La Gira del Tragón).

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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.

 

Domingo 1 de febrero al sábado 7 de febrero.

 

Santoral 

 

NOMBRES QUE AÚN RESUENAN EN LA MEMORIA DEL TIEMPO

El santoral no es solo un listado de nombres antiguos: es una cartografía espiritual que atraviesa siglos, culturas y territorios.

Cada santo representa una…

 

Efemérides Nacionales e Internacionales

 

Siete días para recordar lo que el calendario no deja olvidar

 Una semana no es solo una sucesión de fechas: es un hilo de memoria que atraviesa países, ideas y decisiones.

Cada día guarda un puñado…

 

Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales

 

CUANDO UNA FECHA SE CONVIERTE EN CONCIENCIA

Hay días que no se repiten porque el calendario los empuje, sino porque la memoria insiste en volver a ellos.

Las conmemoraciones nacen cuando…

(By Notas de Libertad).

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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.

 

/… ROCÍO DÚRCAL

La voz que hizo del amor una patria compartida

 

*Con un click escucha: *Roció Durcal – 30 Grandes Éxitos, Sus Mejores Canciones (PlayList).

 

(By Notas de Libertad).

 

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/… LOS CALIGARIS

La alegría como un pacto colectivo

*Con un click escucha: *Los Caligaris - 50 Grandes Éxitos (PlayList).

(By Notas de Libertad).

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¿Qué leer esta semana?

 Dinastías: Dos familias, una nación

De: Ramón Alberto Garza

 

 Resumen:  

DINASTÍAS

Dos familias, una nación y el hilo invisible del poder en México

Sobre el autor:

 RAMÓN ALBERTO GARZA

El editor que aprendió a leer el poder cuando el poder todavía no se explicaba

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 2.

/… El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (5/10)

Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga

Continúa de La Leyenda 64…

(By operación W).

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LA LEYENDA 65

BIENVENIDA

Donde el país sigue hablando aunque la voz duela

 


Entrar a esta edición es volver a pisar terreno inestable

No hay un umbral seguro para cruzar estas páginas. Se entra como se entra a una casa después de una mala noticia: con cuidado, con respeto, con el presentimiento de que algo va a cambiar. La Leyenda 65 no ordena el caos: lo acompaña. No promete claridad inmediata, pero sí una cosa esencial: aquí nada se dice para tranquilizar. Todo se dice para sostener.

Esta edición nace cuando el país ya no está intentando verse bien, sino verse completo. Cuando el dolor dejó de esconderse en los márgenes y empezó a ocupar el centro de la conversación. Lo que sigue no es una suma de textos: es una travesía por voces que no se rinden al silencio.

Leer esta Leyenda es aceptar que la comodidad quedó atrás. Que hay semanas —como esta— en las que mirar hacia otro lado ya no es opción. Y que narrar lo que ocurre sigue siendo una forma profunda de responsabilidad.


Las historias que caminan: fe, memoria y resistencia cotidiana

Hay pueblos que no avanzan en línea recta, sino a pie. Caminando. Rezando. Cargando promesas que no caben en discursos ni en estadísticas. En esta edición, la fe no aparece como consuelo fácil, sino como acto de resistencia: cuerpos que caminan para no rendirse, caminos que se heredan porque todavía sostienen sentido.

Pero la fe no está sola. Camina junto a la memoria obrera, al club que se negó a desaparecer, al barrio que se reconoce en su historia compartida. Ahí donde el poder no llega, la comunidad se organiza. Ahí donde el escritorio cerró puertas, la dignidad volvió a empujarlas.

Estas crónicas no idealizan: recuerdan. Y al recordar, devuelven espesor humano a historias que el tiempo o la política quisieron reducir a nota al pie.

 


El poder observado de frente, sin solemnidad ni coartadas

El poder, cuando se mira sin reverencia, revela su desgaste. En estas páginas aparece sin maquillaje: en la feria que cuesta demasiado, en la condonación que no se explica, en la caseta que se vuelve eterna, en la enfermedad que regresa porque alguien bajó la guardia.

Aquí no hay gritos, pero tampoco ingenuidad. Cada texto pone el reflector donde duele, incluso cuando incomoda a todos. Se nombra lo que muchos prefieren llamar “tema cerrado”, “caso resuelto”, “asunto técnico”.

Porque cuando el expediente se archiva sin verdad, la sospecha se vuelve institución.

 


El alma también necesita palabras para no romperse

No todo en esta edición mira al poder. Hay páginas que miran hacia adentro. A la poesía que canta la herida, a la música que acompañó despedidas y amores, a las voces que hicieron del dolor una patria compartida.

La cultura aquí no es adorno ni pausa: es refugio activo. La palabra no embellece el sufrimiento: lo vuelve comprensible. La voz que canta no evade la historia: la acompaña.

En medio del ruido, estas páginas recuerdan que el alma también necesita ser alimentada con verdad.

 


Comer, leer, recordar: formas íntimas de entender un lugar

Hay mesas que enseñan más que muchos discursos. Cocinas donde el tiempo se sirve despacio y el territorio se vuelve sabor. En este recorrido, comer es una manera de leer el país desde otro ángulo: el de la permanencia.

Leer también es una forma de mirar el poder cuando todavía no se explicaba, cuando se tejía en silencios familiares y decisiones heredadas.

Todo lo que sigue forma parte de un mismo intento: no pasar por esta semana sin mirarla de frente.

 

Soy Wintilo Vega Murillo.

Escribo para acompañar cuando el país pesa, para poner palabra donde hay cansancio y para recordar que incluso en los momentos más duros nadie camina solo. La Leyenda existe para sostener, para dar fuerza cuando flaquea el ánimo y para decir, una y otra vez, que mientras podamos contarnos con verdad, todavía hay camino.

 

 

(By Notas de Libertad).

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LOS QUE CAMINAN LA FE

Crónica histórica de los sanjuaneros, el camino y el santuario que convirtió el andar en promesa

 

 

La imagen que llegó en silencio y cambió el destino del camino

Origen histórico y material de la devoción sanjuanera

 

 

Un territorio marcado por la guerra y la siembra espiritual

San Juan Bautista de Mezquititlán se asienta en una región que todavía respiraba con dificultad cuando el siglo XVI tocaba a su fin. La Guerra del Mixtón, concluida en 1542, había dejado una huella profunda en el occidente de la Nueva España. No solo se trataba de pueblos sometidos, sino de comunidades fracturadas, desplazadas, obligadas a reorganizar su vida bajo nuevas reglas políticas y religiosas que aún no terminaban de comprender. El territorio no estaba pacificado en el sentido pleno de la palabra: estaba contenido, vigilado y en proceso de reordenamiento.

Después de la guerra, la Corona española comprendió que el dominio territorial no podía sostenerse únicamente por la fuerza. Era necesario construir permanencia, arraigo y obediencia cotidiana. Esa tarea recayó de manera decisiva en las órdenes religiosas, particularmente en los franciscanos, quienes recorrieron pueblos dispersos con una misión clara: dotar de sentido espiritual a una región amplia, frágil y todavía inestable.

San Juan no fue concebido como centro rector ni como enclave estratégico. Era un asentamiento modesto, ubicado en rutas secundarias, más cercano a la lógica del paso que a la del destino. Su población estaba formada por indígenas, mestizos tempranos y algunos españoles avecindados, unidos por una economía agrícola básica y por una religiosidad que apenas se estaba estructurando en términos cristianos.

Ese origen periférico es fundamental para entender la devoción sanjuanera. Lo que ocurre en San Juan no nace desde el poder ni desde la planificación institucional, sino desde la fragilidad de un territorio que necesitaba símbolos para sostenerse y relatos compartidos para permanecer. La historia comienza en los márgenes, no en el centro.

 

 

Los franciscanos y las imágenes que podían caminar

La estrategia evangelizadora franciscana partía de una certeza práctica: en territorios extensos y poco comunicados, la fe debía moverse al ritmo de la gente. No bastaban los sermones ni los templos fijos cuando la población vivía dispersa y en constante tránsito. La presencia religiosa tenía que ser visible, cercana y, sobre todo, portátil.

Por esa razón, los franciscanos recurrieron ampliamente a imágenes religiosas de pequeño formato, elaboradas con materiales ligeros. La técnica de la pasta de caña de maíz, heredada del saber mesoamericano, permitió crear esculturas resistentes y transportables, capaces de acompañar largas caminatas sin deteriorarse y de establecer vínculos emocionales inmediatos.

La imagen de la Inmaculada Concepción que más tarde sería conocida como la Virgen de San Juan de los Lagos pertenece a esa tradición misionera. No fue concebida como reliquia excepcional ni como objeto de culto masivo, sino como herramienta pastoral destinada a explicar una fe nueva con un lenguaje visual comprensible.

Antes de ser venerada, esta imagen fue cargada. Antes de ser objeto de promesas, fue simplemente compañía de camino. Ese carácter itinerante, humilde y cercano explica la profundidad posterior de su arraigo y la forma en que sería adoptada por la comunidad.

 

 

La llegada discreta de la imagen a San Juan Bautista de Mezquititlán

La llegada de la imagen a San Juan Bautista de Mezquititlán no estuvo acompañada de ceremonia, acta ni proclamación solemne. Todo indica que ocurrió entre finales del siglo XVI y los primeros años del XVII, como parte natural del tránsito misionero franciscano en la región. Las imágenes viajaban con los frailes y se detenían donde eran necesarias, sin que nadie imaginara el papel que jugarían después.

La imagen fue colocada en una capilla modesta, acorde con la escala del asentamiento y con las necesidades espirituales de una comunidad pequeña. No existía la intención de fundar un centro devocional ni de atraer visitantes. La imagen cumplía una función pastoral básica, integrada a la vida cotidiana del pueblo.

Este dato resulta clave para comprender la autenticidad del fenómeno sanjuanero. La imagen no llegó rodeada de fama, ni precedida por relatos milagrosos, ni cargada de expectativas extraordinarias. Fue una presencia discreta, venerada como tantas otras advocaciones marianas existentes en la región.

Durante ese largo periodo de silencio, la imagen fue testigo de la vida ordinaria del pueblo: rezos sencillos, nacimientos, muertes, sequías y celebraciones menores. Estaba ahí sin reclamar atención, formando parte del paisaje espiritual cotidiano.

 

 

El acontecimiento fundacional de 1623

El año 1623 quedó fijado en la memoria histórica de San Juan no por una decisión institucional, sino por un hecho vivido colectivamente. En una época donde los registros escritos eran escasos, los acontecimientos verdaderamente decisivos se conservaban en la memoria común, transmitidos de generación en generación.

Como era habitual en la Nueva España del siglo XVII, una compañía ambulante llegó al pueblo para ofrecer un espectáculo en la plaza. Estos grupos itinerantes formaban parte del entretenimiento popular y recorrían villas y asentamientos llevando música, destrezas corporales y números acrobáticos.

Durante una de las funciones ocurrió el accidente. Una caída violenta, un golpe seco contra el suelo, un cuerpo pequeño que quedó inmóvil ante la mirada atónita de los presentes. No había médicos ni recursos para atender una emergencia de tal magnitud, y todo indicaba que la niña había fallecido.

En ese contexto extremo, alguien tomó la imagen de la Virgen que se encontraba en la capilla cercana y la colocó sobre el cuerpo de la niña. No hubo rito ni palabras aprendidas. Fue un gesto desesperado y humano: acercar lo sagrado cuando lo humano ya no alcanzaba.

 

 

Cuando la imagen cruzó una frontera invisible

Contra toda expectativa, el cuerpo de la niña reaccionó. La respiración volvió de manera perceptible, los signos de vida reaparecieron y la muerte, que parecía segura, se retiró. El hecho fue presenciado por quienes estaban ahí y compartido de inmediato por la comunidad.

Ese momento marcó una frontera que ya no podía deshacerse. La imagen, hasta entonces integrada a la rutina religiosa del pueblo, dejó de ser percibida como un objeto devocional más. Algo había ocurrido en su presencia que desbordaba las explicaciones ordinarias.

La transformación no fue inmediata ni teatral. No hubo proclamaciones oficiales ni reconocimientos eclesiásticos en ese instante. La certeza se asentó lentamente, como se asientan las convicciones profundas, y comenzó a modificar la relación del pueblo con la imagen.

En ese tránsito silencioso, la imagen cruzó una frontera simbólica decisiva: de instrumento catequético a mediación viva. La fe dejó de ser aprendida y se volvió experiencia compartida.

 

 

Cuando la imagen se detuvo y comenzó el movimiento humano

Después del acontecimiento de 1623, la imagen ya no volvió al camino misionero. San Juan la retuvo, no como apropiación indebida, sino como reconocimiento de que algo decisivo había ocurrido ahí. La imagen encontró permanencia y esa quietud generó un movimiento inesperado.

Comenzaron a llegar personas de pueblos cercanos, al principio de manera aislada y luego de forma constante. Llegaban a agradecer, a pedir o simplemente a comprobar el relato que se había extendido por la región.

En ese flujo incipiente nace el germen del sanjuanero. No como peregrino organizado, sino como alguien que camina porque algo respondió. Antes de rutas fijas y fechas establecidas, ya existía el desplazamiento cargado de sentido.

Décadas más tarde, ese movimiento haría necesaria la construcción de un templo mayor y transformaría para siempre la historia del pueblo. Pero en ese primer momento solo existía una imagen detenida, un pueblo marcado y los primeros pasos de un camino que ya no se detendría.

 

 

 

El camino como promesa

Nacimiento del sanjuanero y las primeras rutas de peregrinación

 

 

Caminar antes de llamarse peregrino

En los años posteriores a 1623, quienes comenzaron a llegar a San Juan no se reconocían a sí mismos como peregrinos ni utilizaban esa palabra para describir su desplazamiento. No existía todavía una categoría social o religiosa que los nombrara, ni una conciencia colectiva que los agrupara bajo una identidad común. Eran hombres y mujeres que se ponían en camino impulsados por una experiencia escuchada, por una gratitud reciente o por una necesidad íntima que no encontraba otra forma de expresarse.

El acto de caminar no estaba ritualizado ni organizado. Cada persona hacía el trayecto como podía, saliendo cuando el trabajo lo permitía y regresando cuando el cuerpo lo exigía. No había fechas fijas, convocatorias públicas ni rutas establecidas con precisión. El camino era todavía una experiencia personal, casi íntima, sostenida por la decisión individual y por la resistencia física.

Sin embargo, incluso en esa etapa temprana, el desplazamiento tenía un sentido distinto al de otros viajes habituales en la región. No se caminaba por comercio, ni por obligación administrativa, ni por traslado forzado. Se caminaba con una intención espiritual clara, aunque todavía no se supiera nombrar con palabras teológicas. El cuerpo empezaba a involucrarse de lleno en la experiencia de la fe.

Ahí nace el sanjuanero en estado embrionario: alguien que no va por costumbre heredada, sino por respuesta personal, y que comienza a entender, paso a paso, que el trayecto mismo forma parte de la promesa y no solo el destino final.

 

 

Las primeras rutas del occidente novohispano

A medida que el flujo de visitantes se volvió más constante, comenzaron a perfilarse rutas reconocibles hacia San Juan. Los caminos no se trazaron en mapas ni se definieron por decreto, sino en la repetición de los pasos. Desde el Bajío, los Altos de Jalisco y regiones aledañas, los caminantes siguieron veredas ya existentes, caminos reales y trayectos usados para el intercambio agrícola y ganadero.

Las distancias eran considerables y exigían varios días de caminata, dependiendo del punto de partida. No se avanzaba en línea recta, sino siguiendo rutas seguras que garantizaran acceso a agua, sombra ocasional y poblados intermedios donde fuera posible descansar o pedir auxilio. El conocimiento del camino se transmitía de boca en boca, como un saber práctico indispensable.

El trayecto no era cómodo ni previsible. Se cruzaban ríos crecidos, se sorteaban zonas despobladas y se caminaba bajo el sol intenso o el frío nocturno, según la temporada del año. La precariedad del camino reforzaba el sentido del viaje: llegar no estaba garantizado, y justamente por eso el esfuerzo adquiría un valor espiritual profundo.

Con el tiempo, esas rutas se volvieron memoria compartida. Quien ya había caminado a San Juan podía guiar a otros, aconsejar atajos o advertir peligros. El camino comenzó a transmitirse como se transmiten las historias necesarias: con precisión, experiencia y responsabilidad colectiva.

 

 

El cuerpo como primer altar

Caminar a San Juan no era un acto simbólico en abstracto ni una metáfora religiosa. Era una experiencia corporal intensa que involucraba cansancio, dolor en los pies, hambre, sed y desgaste físico real. Todos esos elementos se integraban de manera natural a la vivencia espiritual, sin necesidad de explicación ni justificación doctrinal.

En una época en la que la fe también se vivía como disciplina cotidiana, el esfuerzo físico adquiría un sentido profundo. No se caminaba para castigarse ni para exhibir sacrificio, sino para involucrarse por completo. El cuerpo acompañaba lo que la palabra no alcanzaba a decir y sostenía la promesa cuando la voluntad flaqueaba.

Este rasgo distingue con claridad a la tradición sanjuanera frente a otras expresiones devocionales. La fe no se quedaba encerrada en el templo ni se reducía al rezo formal. Se extendía en el trayecto, se vivía en cada paso y se acumulaba en el cansancio compartido.

Desde estos primeros desplazamientos, caminar dejó de ser solo un medio para llegar a San Juan y se convirtió en parte esencial del acto devocional. El cuerpo se volvió el primer altar, y el camino, una forma legítima de oración.

 

 

El encuentro en el camino

Conforme aumentaron los desplazamientos, los caminantes comenzaron a encontrarse entre sí en distintos tramos del camino. Dos personas que salían de pueblos distintos coincidían durante horas o incluso días, compartiendo agua, alimento, palabra o silencio. El trayecto dejaba de ser completamente solitario.

Esos encuentros fueron el germen de la dimensión comunitaria de la peregrinación sanjuanera. Sin organización formal ni jerarquías establecidas, se formaban pequeños grupos espontáneos que avanzaban juntos, se cuidaban mutuamente y tomaban decisiones colectivas sobre el ritmo del paso y los descansos.

La experiencia compartida del cansancio y de la expectativa creaba vínculos rápidos y profundos. No hacía falta conocerse de antes ni compartir origen familiar. Bastaba caminar en la misma dirección con la misma intención para reconocerse en el otro.

En este punto se da un paso decisivo: el camino deja de ser estrictamente individual y comienza a ser colectivo. La fe empieza a reconocerse en comunidad, incluso antes de llegar al santuario.

 

 

Llegar a San Juan: el fin que no termina

El arribo a San Juan no significaba el final del camino, sino su culminación simbólica. Llegar implicaba cruzar un umbral emocional y espiritual entre el esfuerzo acumulado y la gratitud expresada. El cuerpo cansado entraba al espacio sagrado cargando todo lo vivido durante el trayecto.

La visita a la imagen se hacía con una intensidad particular. No era un gesto rápido ni automático. Quien llegaba había invertido días de esfuerzo físico y emocional, y ese esfuerzo se depositaba frente a la Virgen en forma de agradecimiento, petición o silencio prolongado.

Sin embargo, incluso en ese momento, el camino no se disolvía por completo. El regreso formaba parte integral de la experiencia. Volver implicaba llevar consigo la respuesta obtenida, la promesa renovada o la fortaleza adquirida durante el trayecto.

Así, la peregrinación sanjuanera se definió desde temprano como un movimiento de ida y vuelta, como un ciclo completo que no se agotaba en la llegada, sino que continuaba en la vida cotidiana.

 

 

Cuando caminar se volvió costumbre

Con el paso de los años, la repetición transformó el acto individual de caminar en una práctica social reconocible. Quienes habían caminado una vez regresaban en años posteriores e invitaban a otros a acompañarlos. La experiencia comenzaba a fijarse en la memoria colectiva.

Sin decretos ni reglamentos, caminar a San Juan se volvió costumbre. No una obligación impuesta, sino un hábito significativo que se integró a la vida de pueblos enteros. El camino empezó a marcar calendarios familiares y comunitarios.

Este proceso fue lento y orgánico. No hubo un momento exacto en que la tradición quedara formalmente establecida. Se consolidó porque se repitió, porque funcionó y porque respondió a una necesidad espiritual compartida.

Asi se cierra la transición de la imagen detenida al camino en movimiento. En el siguiente momento histórico, serán los pueblos completos los que caminen juntos, organizando la peregrinación como herencia colectiva.

Pueblos que caminan juntos

Organización comunitaria, rituales y herencia del trayecto

 

 

Cuando el pueblo entero decidió ponerse en camino

Con el paso de los años, la caminata a San Juan dejó de ser una decisión aislada y comenzó a convertirse en un gesto compartido por comunidades completas. Ya no eran solo individuos los que salían al amanecer, sino familias enteras que se organizaban para caminar juntas. La fe, que había nacido como respuesta personal, empezó a reconocerse como experiencia común y a tomar forma en el nosotros del pueblo.

Ese tránsito no ocurrió de golpe ni por mandato alguno. Se fue dando con la naturalidad de lo que se repite y se confirma. Un año caminaban unos cuantos; al siguiente se sumaban vecinos, parientes, conocidos. El camino comenzó a comentarse con anticipación, a esperarse, a ocupar un lugar en la conversación cotidiana de la comunidad.

Caminar juntos fortalecía lazos que ya existían y creaba otros nuevos. Durante horas compartidas bajo el sol o el frío, se hablaba de la vida, de las preocupaciones, de lo que se llevaba en silencio. El trayecto se convertía en un espacio prolongado de convivencia que no tenía equivalente en la rutina diaria.

Así, la peregrinación dejó de ser solo un acto devocional y comenzó a ser una expresión visible de comunidad. El pueblo caminaba porque creía, pero también porque se reconocía a sí mismo avanzando unido.

 

 

La organización que nació del conocimiento del camino

La organización de las peregrinaciones comunitarias no surgió de reglamentos escritos ni de jerarquías establecidas. Se construyó desde la experiencia acumulada por quienes ya conocían el trayecto. El saber del camino se volvió una forma natural de autoridad, aceptada sin necesidad de imposición.

Algunos sabían dónde encontrar agua segura, otros conocían los tramos más difíciles o los lugares adecuados para descansar. Estas funciones no se asignaban formalmente; se asumían con responsabilidad y se reconocían por el respeto que generaban. El grupo confiaba en quien había caminado antes.

Las decisiones se tomaban escuchando al conjunto. El ritmo se adaptaba al cansancio de los más débiles y no a la prisa de los más fuertes. La organización era flexible, pero firme, porque estaba sostenida por la necesidad de llegar juntos y de cuidarse mutuamente.

De esta manera, la peregrinación se ordenó desde dentro. El pueblo aprendió a organizarse caminando, y el camino respondió a esa lógica comunitaria sin necesidad de estructuras externas.

 

 

Rituales que brotaron del andar

Con la repetición del trayecto comenzaron a surgir rituales propios del camino. No eran ceremonias aprendidas ni dictadas, sino gestos sencillos que se repetían hasta adquirir sentido. Detenerse en ciertos puntos, rezar juntos al iniciar un tramo o guardar silencio prolongado en momentos específicos se volvió habitual.

Estos rituales daban ritmo al esfuerzo físico y ayudaban a sostener la caminata. Marcaban pausas necesarias y momentos de recogimiento compartido. El camino dejaba de ser solo distancia y se llenaba de signos reconocibles por quienes lo recorrían año tras año.

El rezo colectivo adquirió una fuerza particular. No era la oración individual del inicio, sino una palabra sostenida por muchas voces cansadas que avanzaban juntas. El paso marcaba el ritmo de la oración, y la oración ayudaba a sostener el paso.

Así, la peregrinación se transformó en rito en movimiento, donde cada gesto encontraba su lugar y cada tramo del camino guardaba una memoria compartida.

 

 

El estandarte que hizo visible al pueblo

En este proceso de organización comunitaria, el estandarte comenzó a ocupar un lugar central. No como adorno, sino como signo visible de identidad. El estandarte representaba al pueblo que caminaba y lo hacía reconocible tanto en el trayecto como al llegar a San Juan.

Portarlo era un honor y una responsabilidad. Quien lo llevaba no lo hacía en nombre propio, sino en nombre de toda la comunidad que avanzaba detrás. En ese lienzo viajaban las historias, las promesas y las intenciones colectivas del grupo.

Caminar bajo un mismo estandarte reforzaba el sentido de pertenencia. El pueblo se veía reflejado en aquello que encabezaba el paso y que concentraba su identidad. No se avanzaba como individuos dispersos, sino como comunidad visible.

Con el tiempo, los estandartes se volvieron parte inseparable de la tradición sanjuanera. No solo indicaban de dónde venía cada grupo, sino quiénes eran como pueblo caminante.

 

 

El camino heredado

La peregrinación comenzó a transmitirse de generación en generación. Los niños crecían viendo preparar los bultos, escuchando relatos del trayecto y despidiendo a los mayores al amanecer. El camino se incorporaba a la vida familiar antes de ser recorrido.

Cuando esos niños caminaban por primera vez, no lo hacían como extraños. Reconocían los rituales, los tiempos y los silencios. Habían escuchado tantas veces la historia del camino que el trayecto les resultaba familiar incluso antes de poner el primer pie fuera del pueblo.

La tradición no se aprendía en libros ni en discursos. Se aprendía caminando junto a otros, observando, resistiendo el cansancio y llegando. El cuerpo guardaba lo que la memoria repetía año con año.

Así, la peregrinación se convirtió en herencia viva, sostenida por la repetición, el ejemplo y la transmisión cotidiana dentro de la comunidad.

 

 

Caminar juntos para ser pueblo

Consolidada la organización comunitaria, caminar a San Juan se volvió una forma clara de pertenecer. Quien caminaba se integraba plenamente al nosotros; quien no podía hacerlo participaba apoyando, despidiendo o esperando el regreso con la misma intensidad.

El camino fortalecía la identidad local. Cada pueblo se reconocía en su manera de caminar, en su estandarte y en sus rituales. La peregrinación reforzaba el sentido de comunidad frente al exterior y reafirmaba la historia compartida.

Caminar juntos enseñaba a esperar al más lento, a cuidar al cansado y a avanzar al ritmo del grupo. El trayecto educaba sin palabras, moldeando una ética comunitaria basada en la solidaridad y la resistencia compartida.

Caminar juntos terminó por modelar una forma de estar en el mundo. En el trayecto se aprendía a esperar, a cuidar al cansado y a no dejar atrás a nadie, porque el ritmo del grupo era siempre más importante que la velocidad individual. El camino enseñaba con el cuerpo y con el cansancio compartido, dejando una huella profunda que se llevaba de regreso a casa.

 

 

La casa que creció con los pasos

Del templo humilde al santuario que convocó multitudes

 

 

El espacio que ya no alcanzaba

Conforme la peregrinación creció y los pueblos comenzaron a llegar en grupos cada vez más numerosos, el espacio original destinado a la imagen empezó a mostrar sus límites. La capilla modesta donde había sido colocada ya no podía contener la afluencia constante de fieles que acudían movidos por la fama del prodigio y por la experiencia transmitida de boca en boca. El lugar, pensado para una comunidad pequeña, comenzó a desbordarse.

Los días de mayor afluencia el interior resultaba insuficiente, y muchos fieles permanecían fuera, esperando turno o rezando desde la plaza. Esa presión constante sobre el espacio no era solo física, también simbólica. La devoción había superado la escala original del pueblo y exigía un recinto acorde a su crecimiento.

No se trataba únicamente de comodidad. Para los sanjuaneros, el espacio donde se encontraba la imagen debía reflejar la importancia que había adquirido en sus vidas. El templo empezó a percibirse como una extensión del camino: un punto de llegada que debía estar a la altura del esfuerzo realizado para alcanzarlo.

Así comenzó a gestarse la necesidad de transformar el recinto sin que nadie lo declarara formalmente. El crecimiento de la devoción fue empujando los muros, obligando a pensar en un espacio distinto que pudiera recibir lo que ya estaba ocurriendo. No fue una decisión tomada desde la ambición ni desde el poder, sino desde la evidencia cotidiana de un lugar que ya no bastaba. La fe había crecido más rápido que el edificio que la contenía.

 

 

De capilla a parroquia: el reconocimiento formal

El crecimiento sostenido de la devoción obligó también a un reconocimiento institucional. San Juan dejó de ser solo un punto de paso o una visita ocasional y comenzó a consolidarse como centro religioso regional. En ese contexto, la capilla original fue elevada a la categoría de parroquia, reconociendo formalmente la centralidad que ya tenía en la práctica cotidiana.

Este cambio no fue inmediato ni automático. Respondió a la evidencia de una comunidad en expansión, a la presencia constante de fieles y a la necesidad de atención pastoral permanente. La parroquia permitió una organización más estable de los oficios religiosos y una mayor presencia clerical.

El reconocimiento parroquial también marcó un antes y un después en la vida del pueblo. San Juan comenzó a asumir un papel distinto dentro del entramado regional, ya no solo como asentamiento, sino como punto de referencia espiritual para amplias zonas del occidente novohispano.

A partir de ese momento, la devoción sanjuanera dejó de ser vista únicamente como un fenómeno espontáneo para convertirse en una realidad reconocida y acompañada. La parroquia dio estabilidad a una práctica que ya estaba profundamente arraigada y permitió atender una fe que no dejaba de multiplicarse. San Juan comenzó a ocupar un lugar distinto dentro del mapa religioso regional. El camino seguía siendo popular, pero ahora tenía un centro claramente establecido.

 

 

Construir para recibir

La expansión del santuario no fue un proyecto concebido desde el inicio, sino una respuesta gradual a lo que estaba ocurriendo en el camino. El aumento constante de peregrinos obligó a intervenir el espacio existente, primero de manera discreta y luego con mayor decisión. Los muros se ampliaron, los accesos se ajustaron y el recinto comenzó a transformarse para responder a una realidad que ya no podía ignorarse.

Estas obras no siguieron un plan único ni se ejecutaron de forma continua. Se realizaron conforme fue posible, dependiendo de los recursos disponibles y de las circunstancias de cada momento. El crecimiento del templo fue irregular, marcado por pausas y avances, como lo había sido también la consolidación de la devoción.

La participación de los fieles fue decisiva en este proceso. Aportaciones económicas, trabajo comunitario y donaciones en especie permitieron que el santuario se levantara con el esfuerzo compartido de quienes llegaban caminando. La construcción no fue solo material: fue una extensión del compromiso de los peregrinos con el lugar al que regresaban año tras año.

Así, el edificio fue tomando forma sin romper su vínculo con el origen humilde de la devoción. El santuario no se impuso sobre el camino ni pretendió anticiparlo; se fue acomodando a él, creciendo conforme lo exigían los pasos que lo hacían necesario. Su forma final no respondió a una ambición arquitectónica, sino a la persistencia del andar.

 

 

El santuario como punto de encuentro

Con el tiempo, el santuario dejó de ser únicamente un lugar de llegada y se transformó en un espacio de encuentro prolongado. Los peregrinos no solo entraban a rezar y se marchaban; permanecían, descansaban, compartían experiencias y se reconocían entre sí.

La plaza, los atrios y los alrededores comenzaron a cobrar vida propia durante las grandes fechas de peregrinación. San Juan se convertía temporalmente en un mosaico de pueblos, lenguajes y formas de caminar que convergían en un mismo punto.

Ese encuentro reforzaba la dimensión colectiva de la tradición. Los sanjuaneros no solo se reconocían como caminantes de un mismo camino, sino como parte de una comunidad más amplia que compartía símbolos, relatos y experiencias.

Con el paso del tiempo, este encuentro reiterado fue fortaleciendo una conciencia más amplia entre los caminantes. San Juan ya no era solo el lugar al que se llegaba, sino el sitio donde se confirmaba que el camino era compartido por muchos otros. El santuario concentraba historias distintas que coincidían en un mismo punto. Allí, el trayecto de cada quien se encontraba con el de todos.

 

 

Ordenar la fe multitudinaria

El crecimiento del santuario trajo consigo nuevos desafíos. La multitud requería orden, tiempos y normas básicas para que la experiencia pudiera sostenerse sin perder su sentido. Comenzaron a establecerse horarios, recorridos y formas de acceso que permitieran atender a todos.

Este proceso no eliminó el carácter popular de la devoción, pero sí introdujo cierta estructura necesaria. El santuario aprendió a recibir sin desbordarse y a contener sin sofocar la expresión espontánea de la fe.

Los responsables del recinto, junto con la comunidad, fueron ajustando prácticas para que la llegada masiva de peregrinos no diluyera la experiencia espiritual. El orden se volvió un aliado, no un obstáculo.

El equilibrio entre orden y espontaneidad se volvió una tarea constante. El santuario aprendió a recibir multitudes sin perder su carácter profundamente popular. Las normas no buscaron uniformar la experiencia, sino permitir que todos pudieran vivirla. De ese modo, la organización se integró a la devoción como una forma de cuidado colectivo.

 

 

Un edificio marcado por los pasos

Con cada ampliación, con cada reforma y con cada celebración multitudinaria, el santuario fue quedando marcado por los pasos de quienes llegaban. No era un edificio ajeno a la vida del pueblo ni a la experiencia del camino, sino un espacio impregnado de historias acumuladas.

Las paredes comenzaron a guardar silencios, promesas cumplidas, peticiones repetidas y agradecimientos murmurados. El edificio se convirtió en testigo material de una devoción que no dejaba de crecer.

Para los sanjuaneros, el santuario no era solo un destino arquitectónico. Era el lugar donde el camino encontraba forma, donde el esfuerzo se detenía y se transformaba en presencia.

Para los peregrinos, el santuario terminó por convertirse en una extensión del camino mismo. No era un lugar separado de la experiencia del andar, sino su consecuencia visible. Cada visita reforzaba esa relación íntima entre trayecto y destino. Así, la casa de la Virgen quedó unida para siempre a los pasos que la hicieron crecer.

  

La fe que se volvió multitud

Consagración, visitas papales y expansión nacional de la devoción

 

 

Cuando San Juan dejó de ser solo regional

Desde finales del siglo XIX, la devoción a la Virgen de San Juan de los Lagos comenzó a rebasar de manera clara los límites regionales que la habían contenido durante generaciones. Los registros parroquiales y crónicas locales documentan peregrinos provenientes no solo del Bajío, sino también de Zacatecas, San Luis Potosí, Michoacán y el centro del país, consolidando a San Juan como destino espiritual de alcance amplio.

Este crecimiento no fue resultado de campañas organizadas ni de decisiones institucionales planeadas. Fue consecuencia directa de la experiencia transmitida entre generaciones de peregrinos que regresaban a sus comunidades con relatos concretos, marcados por el cansancio del cuerpo y la intensidad de lo vivido. La fe viajaba con ellos, sostenida por la memoria del camino.

La expansión coincidió con el desarrollo de nuevas vías de comunicación. Caminos reales, ferrocarriles y posteriormente carreteras permitieron que la peregrinación se combinara con otros medios de traslado sin perder su carácter penitencial. Muchos caminaban tramos completos y utilizaban transporte solo en partes del recorrido.

Así, sin perder su raíz popular, la devoción sanjuanera entró en una etapa de expansión nacional documentable. El camino seguía siendo promesa, pero el horizonte de quienes lo recorrían se había ampliado de manera definitiva.

 

 

El reconocimiento canónico del santuario

El reconocimiento canónico de San Juan de los Lagos fue el resultado de un proceso largo, sostenido y observable, no de una decisión súbita. Desde el siglo XVIII, la afluencia constante de peregrinos y la estabilidad del culto llevaron a la Iglesia a considerar formalmente la relevancia del recinto dentro de la Nueva España.

En 1769, bajo la jurisdicción del obispado de Guadalajara, el templo fue elevado oficialmente a la categoría de basílica menor. Este acto reconoció a San Juan como centro espiritual de alcance regional y suprarregional, integrándolo a la red de grandes santuarios marianos del territorio novohispano.

El reconocimiento respondió a criterios claros: continuidad histórica de la devoción, flujo permanente de fieles, estabilidad litúrgica y capacidad del santuario para sostener una vida pastoral ordenada. No fue un gesto simbólico, sino una validación institucional de un fenómeno arraigado.

A partir de este momento, la fe sanjuanera quedó formalmente respaldada sin ser modificada. El camino siguió siendo del pueblo, pero ahora contaba con un reconocimiento canónico que aseguraba su permanencia histórica.

 

 

Las grandes concentraciones del siglo XX

A lo largo del siglo XX, las peregrinaciones a San Juan de los Lagos alcanzaron dimensiones inéditas. La fiesta principal de la Virgen de San Juan de los Lagos se celebra el 2 de febrero, cada año. Ese día coincide con la fiesta de la Candelaria, y por eso tiene un peso especial dentro del calendario litúrgico y popular. En San Juan de los Lagos, el 2 de febrero no es solo una fecha religiosa: es el punto culminante del ciclo sanjuanero, cuando confluyen las peregrinaciones más numerosas del año. Comenzaron congregando a decenas y luego cientos de miles de fieles provenientes de distintos puntos del país.

El pueblo y el santuario se transformaron para responder a esta realidad. Calles, plazas y accesos se adaptaron a un flujo humano constante que rebasaba cualquier previsión inicial. San Juan aprendió a convivir con la multitud sin perder su identidad.

La experiencia del peregrino también cambió. Caminar a San Juan significaba ahora integrarse a una marea humana donde el cansancio individual se diluía en la fuerza colectiva y en el ritmo compartido.

Hacia finales del siglo XX, San Juan de los Lagos se consolidó como uno de los santuarios más visitados de México, con millones de peregrinos anuales sostenidos por la continuidad del camino.

 

 

La visita papal como hito histórico

El 8 de mayo de 1990, San Juan de los Lagos vivió uno de los momentos más significativos de su historia contemporánea con la visita del Papa Juan Pablo II. La presencia del pontífice no fue un gesto protocolario, sino un reconocimiento explícito del peso espiritual que el santuario había alcanzado.

Desde las primeras horas del día, miles de peregrinos se congregaron en torno al santuario. Muchos habían caminado durante días. El pueblo se desbordó nuevamente, ahora bajo la mirada nacional e internacional que acompañó la visita.

Juan Pablo II oró ante la imagen de la Virgen de San Juan de los Lagos y dirigió un mensaje centrado en la fe del pueblo sencillo, la importancia de la religiosidad popular y la esperanza nacida del sacrificio y la perseverancia del camino.

La visita papal quedó inscrita como un hito histórico que confirmó que la devoción nacida del andar popular formaba ya parte del patrimonio espiritual reconocido de México.

 

 

La consagración del altar y del espacio sagrado

Durante la visita papal se realizaron actos litúrgicos de alto significado, entre ellos la coronación pontificia de la imagen, que reafirmó su lugar central dentro de la devoción mariana del país.

La consagración formal del altar y del espacio sagrado estableció solemnemente el carácter del santuario como lugar dedicado al encuentro espiritual, separándolo simbólicamente del uso ordinario.

Para los peregrinos, este acto no transformó la experiencia del camino ni la manera de llegar. El santuario seguía siendo el mismo, pero ahora reconocido desde la estructura universal de la Iglesia.

Así, el espacio sagrado quedó plenamente afirmado, sosteniendo una fe que no nació en el altar, sino en el andar persistente de generaciones.

 

 

De santuario regional a referente nacional

Con todos estos elementos acumulados, San Juan de los Lagos se consolidó como un referente nacional de la religiosidad popular mexicana. La peregrinación dejó de percibirse como tradición local para asumirse como parte del paisaje espiritual del país.

El sanjuanero comenzó a reconocerse dentro de una comunidad nacional de fe. Su caminar individual se integraba a un movimiento sostenido por millones de pasos que convergían en un mismo destino.

La escala había cambiado, pero el gesto permanecía intacto. El cansancio, la promesa y la llegada seguían siendo los mismos, aun cuando la multitud crecía.

De este modo, la fe sanjuanera se volvió multitud sin dejar de ser camino, y el santuario se afirmó como casa común de quienes caminan.

 

 

El país que sigue caminando

El sanjuanero contemporáneo, la carretera compartida y la fe que no se detiene

 

 

El sanjuanero de hoy

El sanjuanero de nuestro tiempo no es una estampa fija ni una repetición mecánica del pasado. Es alguien que vive en el México actual, con jornadas largas de trabajo, preocupaciones familiares y un horizonte social incierto, y aun así decide apartar días de su vida para avanzar hacia San Juan. Elige caminar o pedalear como una forma concreta de decir que la fe sigue teniendo peso.

Hoy salen al camino personas de edades y contextos distintos. Familias enteras avanzan juntas, jóvenes se suman buscando sentido, adultos mayores regresan porque el cuerpo todavía les permite cumplir lo prometido. Cada trayecto es distinto, pero todos comparten la certeza de que llegar no es un trámite, sino una experiencia que se construye paso a paso.

En las últimas décadas, las peregrinaciones ciclistas se han vuelto una presencia constante. Grupos organizados y otros espontáneos pedalean desde el Estado de México, desde regiones del norte y del sur del país, recorriendo cientos de kilómetros con disciplina, relevos y una logística construida desde la comunidad.

Pedalear no suaviza el sacrificio. El esfuerzo se mide en horas continuas sobre la carretera, en el desgaste físico acumulado y en la concentración necesaria para seguir avanzando. El sanjuanero actual entrega el cuerpo de la forma que su tiempo le permite.

 

 

El calendario sanjuanero en movimiento

Aunque el 2 de febrero concentra la mayor afluencia, el calendario sanjuanero se extiende mucho más allá de una sola fecha. Desde semanas previas, el camino empieza a poblarse de grupos que salen de madrugada, calculando distancias y descansos con base en la duración real del trayecto.

Las peregrinaciones ciclistas suelen anticipar su salida para llegar con seguridad y cumplir el objetivo sin prisas. No todas coinciden en el mismo día, pero todas convergen en la misma intención. San Juan se vuelve así un punto de llegada escalonado.

También existen quienes caminan fuera de temporada, sin multitud ni reflectores. Pagan promesas personales, regresan por agradecimiento o simplemente vuelven porque el camino forma parte de su manera de creer.

Más que un calendario oficial, San Juan vive de un tiempo propio. El santuario recibe pasos durante todo el año, sostenido por una devoción que no se agota en una fecha.

 

 

La carretera como nuevo camino

El sanjuanero contemporáneo atraviesa un territorio profundamente transformado. Las veredas y caminos de tierra fueron sustituidos por carreteras amplias, autopistas y libramientos donde el tránsito es constante y rápido.

Para quienes caminan o pedalean, compartir la carretera implica atención permanente y resistencia mental. Los ciclistas avanzan junto a tráileres, autobuses y automóviles, conscientes del riesgo que supone mantenerse visibles y en grupo.

El trayecto también cruza un país marcado por tensiones sociales, inseguridad y desigualdad. El peregrino no avanza aislado de esa realidad; la atraviesa con prudencia y determinación.

En este contexto, el camino adquiere una dimensión distinta. Avanzar se vuelve una forma de sostener la fe en medio de un entorno complejo.

 

 

La solidaridad que sostiene el trayecto

A lo largo de la carretera, la peregrinación despierta gestos de apoyo que no están escritos en ningún reglamento. Familias enteras salen a ofrecer agua, fruta, sueros o comida sencilla a quienes pasan.

Esa solidaridad nace del reconocimiento inmediato. Quien ofrece sabe que ese cansancio podría ser propio o de alguien cercano. El trayecto se vuelve un espacio cuidado colectivamente.

Muchos automovilistas reducen la velocidad al cruzarse con los grupos. Algunos camioneros hacen sonar el claxon como señal de respeto. Son gestos breves, pero significativos.

Gracias a esas acciones, el sanjuanero no avanza completamente solo. El país, por momentos, acompaña su paso.

 

 

Llegar a San Juan

El arribo a San Juan de los Lagos borra las diferencias del trayecto. No importa si alguien llegó caminando, en bicicleta o tras varios días de esfuerzo continuo. El cuerpo cansado cruza el umbral con la misma carga emocional.

El santuario recibe sin preguntar. No mide distancias recorridas ni clasifica sacrificios. Acepta la llegada como culminación legítima de lo vivido.

En ese espacio convergen historias distintas: promesas cumplidas, agradecimientos pendientes, peticiones silenciosas. La multitud no anula lo individual; lo resguarda.

San Juan sigue siendo casa porque reconoce el cansancio como un lenguaje común.

 

 

Seguir avanzando

Nada indica que el sanjuanero esté desapareciendo. Mientras haya quien se organice para salir al camino, quien pedalee largas distancias o quien espere con agua al borde de la carretera, la tradición seguirá viva.

El sanjuanero contemporáneo no necesita discursos ni explicaciones. Necesita tiempo, resistencia y una razón para avanzar. El resto se construye durante el trayecto.

Las formas cambian, el país se transforma, pero el impulso persiste. Caminar o pedalear hacia San Juan sigue siendo una manera de afirmar que la fe merece esfuerzo.

Mientras alguien esté dispuesto a ponerse en movimiento, el camino seguirá abierto.

 

 

La fe puesta en el cuerpo

El milagro que no necesita explicarse

 

 

Los milagros que se cuentan y los que se caminan

En San Juan de los Lagos siempre se han contado milagros. Curaciones inesperadas, favores concedidos y momentos límite que encuentran alivio forman parte de la memoria devocional del santuario. Algunos se narran con detalle, otros se guardan en silencio, protegidos por la intimidad de quien los vivió.

Desde sus orígenes, la tradición sanjuanera convivió con la duda y la fe sin convertirlas en oposición. Hay quienes creen sin reservas y quienes cuestionan sin mala intención. Esa tensión nunca debilitó la devoción, porque no fue su fundamento.

Los milagros individuales importan a quien los recibe, pero no explican por sí solos la persistencia de la fe. La historia de San Juan no se sostiene en expedientes ni en pruebas formales, sino en algo más visible y constante.

Miles de personas caminando hacia el mismo lugar, año tras año, sin convocatoria central ni acuerdo explícito, constituyen un milagro mayor que no necesita explicación.

 

 

El milagro de ponerse de acuerdo

No es menor que personas de regiones, edades y condiciones distintas coincidan en una misma acción: salir al camino. Algunos caminan por agradecimiento, otros por necesidad, otros por promesa. Las razones cambian, el gesto permanece.

En un país marcado por la fragmentación y el cansancio social, esa coincidencia resulta extraordinaria. Nadie obliga a caminar, nadie vigila el cumplimiento, nadie exige credenciales. Aun así, el camino se llena.

El sanjuanero no necesita uniformidad ideológica ni doctrinal. Basta con compartir el movimiento y el destino. Caminar hacia San Juan se convierte en una forma de pertenencia que no excluye.

Ese acuerdo silencioso, repetido durante siglos, es una de las expresiones más claras de una fe que une sin imponer.

 

 

El camino que se hace al andar

El camino a San Juan no existe como una abstracción fija. Existe porque se camina. Cada generación lo vuelve a trazar con sus propios pasos, adaptándolo a su tiempo, a sus riesgos y a sus posibilidades.

Quien camina hoy no pisa el mismo país que caminó su abuelo, pero avanza con la misma intención. Las rutas cambiaron, las formas se adaptaron, los medios se diversificaron. El impulso permanece.

El camino no se hereda terminado. Se rehace cada vez que alguien decide salir. En ese rehacerse constante se mantiene viva la tradición sanjuanera.

Aquí la fe no se conserva en vitrinas ni se repite por inercia. Se renueva caminando.

 

 

El cuerpo como prueba suficiente

El sanjuanero no necesita demostrar su fe con argumentos. Su cuerpo cansado basta. Los pies adoloridos, el sudor acumulado y el tiempo entregado funcionan como prueba suficiente de una creencia vivida.

En San Juan no se exige fe perfecta ni discursos elaborados. Se recibe a quien llega. El cuerpo habla antes que la palabra y dice lo esencial: estuve ahí, avancé, cumplí.

Ese lenguaje corporal se reconoce en otros cuerpos que llegan igual de cansados. No hace falta explicarse entre ellos. La experiencia compartida basta.

La fe sanjuanera se valida en la vivencia concreta, no en la argumentación.

 

 

Un santuario lleno de historias no verificables

Dentro del santuario se acumulan historias imposibles de medir: placas, fotografías, agradecimientos escritos y silencios prolongados. Cada una es verdadera para quien la ofrece.

No todas pueden comprobarse ni todas necesitan hacerlo. Su valor no está en convencer a otros, sino en testimoniar una relación viva entre quien camina y aquello en lo que cree.

San Juan no funciona como tribunal de milagros, sino como espacio de acogida. Recibe la gratitud sin exigir explicaciones.

Ahí la fe se muestra tal como es: humana, incompleta, insistente.

 

 

El milagro que permanece

Tal vez algunos discutan los milagros individuales. Eso ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo. Lo que no se puede negar es que el camino se llena una y otra vez.

Mientras haya alguien dispuesto a salir de madrugada, a caminar o pedalear, a recibir agua de un desconocido y a llegar cansado a San Juan, la tradición seguirá viva.

Ese movimiento constante, repetido durante siglos sin interrupción real, constituye el milagro mayor de la fe sanjuanera.

Y mientras alguien siga andando, el camino seguirá existiendo.

 

 

(By operación W).

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/… La Agenda en Corto 

—La feria cara y el aplauso que cuesta

 

 

La Feria de León volvió al centro de la conversación pública no por su afluencia ni por su tradición, sino por el tamaño del gasto. En un año marcado por ajustes presupuestales, el Patronato destinó alrededor de 58 millones de pesos al espectáculo Disney: Donde nacen los sueños, una producción temporal presentada durante la feria, gratuita para el público, pero financiada íntegramente con recursos públicos.

A ese monto se sumó la instalación Solareón, una estructura luminosa interactiva cuyo costo fue de 21 millones de pesos, concebida como atractivo visual de temporada y sin un plan claro para permanecer como legado urbano. En conjunto, casi 80 millones de pesos invertidos en experiencias efímeras que duraron lo mismo que la feria.

La discusión no es cultural, es presupuestal. Mientras los espectáculos se desmontan, la ciudad mantiene pendientes visibles en movilidad, infraestructura y servicios que sí requieren inversión permanente. El contraste es inevitable y legítimo.

En ese contexto, el diputado Miguel Ángel Salim Alle hizo un señalamiento puntual y sin estridencias: el problema no es la feria ni su tradición, sino la desproporción entre el gasto realizado y el beneficio duradero para la ciudad. Su postura no buscó cancelar la celebración, sino abrir una discusión sobre prioridades.

Porque celebrar también implica responsabilidad. Cuando se apagan las luces y termina el show, lo que queda no es el aplauso, sino la cuenta. Y en política pública, alguien siempre paga los millones.

 

 

 

—Purísima del Rincón condonaciones raras y las cuentas que vienen

 

 

En Purísima del Rincón el problema no es un rumor aislado, es un patrón que empieza a pesar. El foco está puesto en la Tesorería municipal, encabezada por Héctor Muñoz Porras, donde se tiene registro de casi 25 multas condonadas, la gran mayoría vinculadas a temas de alcohol. El número, por sí solo, podría parecer menor; la coincidencia del giro es lo que despierta sospechas legítimas.

La ley permite condonaciones bajo ciertos supuestos, pero cuando casi todas recaen en el mismo rubro, la decisión deja de verse como excepcional y empieza a parecer selectiva. La pregunta ya no es si se podía condonar, sino por qué esas multas, bajo qué criterios y con qué respaldo documental. Hasta ahora, esa explicación pública no ha llegado.

El contexto se complica por los señalamientos reiterados de que el tesorero mantiene a varios familiares dentro de la administración municipal. Aunque el parentesco no equivale automáticamente a delito, sí erosiona la confianza cuando se cruza con decisiones discrecionales sobre dinero público. La percepción de privilegio se instala rápido cuando no hay contrapesos visibles.

En medio de este escenario, el alcalde Roberto García Urbano ha optado por una posición de bajo perfil. El silencio institucional, lejos de desactivar la polémica, la alimenta: o no se conoce a fondo lo que ocurre en Tesorería, o se ha decidido no confrontarlo. Ninguna de las dos opciones deja bien parada a la administración.

La feria municipal ya terminó. El verdadero momento político está por venir: la revisión de las cuentas. Ahí no habrá música ni aplausos, solo números, facturas y decisiones firmadas. Y es en esa sesión del Ayuntamiento donde se sabrá si las dudas se despejan con documentos o si el caso de las condonaciones se convierte en algo más que un malestar administrativo.

 

 

—Cortázar y el día en que el movimiento dejó de moverse en bloque

 

En Cortázar gobierna un proyecto que se presentó como alternativa: un movimiento ciudadano que prometió romper inercias, sacudir prácticas y gobernar distinto. Por eso la renuncia de dos integrantes del Ayuntamiento a la bancada que los llevó al poder no es un asunto menor ni un simple reacomodo administrativo: es una señal política que obliga a leer entre líneas.

Damaris Salazar Balderas, síndica municipal, y Estefanía Montero regidora anunciaron su salida de Movimiento Ciudadano para declararse independientes. La decisión, tomada ya en funciones, rompe la idea de un bloque compacto y obliga a replantear el equilibrio interno del Cabildo y la forma en que se construirán los acuerdos a partir de ahora.

Que dos figuras clave decidan separarse del grupo gobernante significa, en los hechos, que algo dejó de funcionar como se prometió. No se trata solo de militancia; se trata de confianza interna, de método de gobierno y de capacidad para procesar diferencias sin que estas terminen en ruptura abierta.

El episodio se vuelve especialmente delicado porque Damaris Salazar Balderas mantiene un vínculo familiar directo con el presidente municipal, Mauricio Estefanía. El dato no implica ilegalidad alguna, pero en política local el contexto pesa: la cercanía familiar vuelve más complejo el mensaje de autonomía y abre interrogantes sobre las verdaderas razones de la separación.

Para el gobierno municipal el reto no es narrativo, es operativo. Dos ediles independientes cambian el tablero del Ayuntamiento y obligan a negociar cada votación. El proyecto que se pensó como movimiento ahora tendrá que gobernar voto por voto, con el desgaste que eso implica en la vida cotidiana del Cabildo.

Lo más revelador no es solo que se vayan, sino cómo se vayan: sin acusaciones abiertas ni denuncias formales, pero tampoco con una explicación clara y profunda. Ese silencio parcial es el que alimenta la especulación ciudadana y pone a prueba la promesa original de hacer política de cara a la gente.

 

 

—Aurelio “El Chachis” Martínez y el regreso al tablero de León

 

En la política local hay personajes que no desaparecen: se repliegan. Aurelio “El Chachis” Martínez es uno de ellos. Su nombre vuelve a circular en León no como nostalgia, sino como posibilidad. Expriiísta, exregidor en 2012 y hoy militante de Morena, Martínez se anota de nuevo en la conversación pública con una aspiración clara: buscar la candidatura a la presidencia municipal de León.

Su trayectoria no es la de un improvisado. Viene de la política territorial, del partido que durante décadas dominó el arte de la estructura, y conoce bien los ritmos del municipio. Haber sido regidor le dio una lectura directa del Cabildo, de sus inercias y de sus límites. Y haber vivido la crisis interna del PRI lo obligó, como a muchos, a replantear convicciones y espacios.

Su tránsito hacia Morena no puede leerse solo como cambio de camiseta. Representa, en realidad, una búsqueda de viabilidad política en un León que ha cambiado más rápido que sus gobiernos. Morena se convirtió en el nuevo vehículo de competencia real, y “El Chachis” entiende que las batallas no se dan desde la orilla, sino desde donde hay músculo electoral.

Lo interesante de su eventual aspiración no es solo el nombre, sino el momento. León vive cansancio, desgaste y una sensación extendida de que la política local se administra más de lo que se transforma. En ese contexto, perfiles con experiencia municipal, colmillo político y conocimiento del territorio empiezan a verse no como pasado, sino como opción.

Aurelio Martínez no llega con estridencia ni con discurso incendiario. Su apuesta es más sobria: volver al tablero, medir fuerzas y disputar desde dentro. Falta camino, faltan definiciones y faltan procesos internos, pero una cosa es clara: cuando “El Chachis” se mueve, no lo hace por ocurrencia. En política, eso ya es un mensaje.

 

 

(By operación W).

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BALADA

De: Gabriela Mistral

El pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!       El va amando a otra
por la tierra en flor.
Ha abierto el espino;
pasa una canción.
¡Y él va amando a otra
por la tierra en flor!       El besó a la otra
a orillas del mar;
resbaló en las olas
la luna de azahar.
¡Y no untó mi sangre
la extensión del mar!       El irá con otra
por la eternidad.
Habrá cielos dulces.
(Dios quiere callar)
¡Y él irá con otra
por la eternidad!

*Si quieres escucharlo en la voz de: *Voz y Música para el Alma.

Sobre el poema.

 

La herida que canta

Lectura profunda de “Balada”, de Gabriela Mistral

 

 

El amor como escena pública del dolor

“Balada” es uno de los poemas más devastadores de Gabriela Mistral porque convierte el dolor íntimo en un acto visible. No es un lamento dicho a solas ni una confesión escondida: es una escena. El poema se construye desde la mirada de quien ve pasar al amado con otra mujer, y esa mirada inaugura todo. El amor perdido no ocurre en la memoria sino en el presente, frente a los ojos, en el espacio público. Ahí comienza la herida.

Mistral no dramatiza con exageración: dramatiza con claridad. La voz poética no grita, observa. Y esa observación duele más que cualquier reproche. El poema no pregunta por qué ni reclama explicaciones; se limita a constatar el hecho irreparable: el amor ha cambiado de rumbo y lo ha hecho sin ella. En esa contención radica su fuerza.

Desde el inicio, el poema instala una tensión brutal entre lo que fue y lo que ya no es. El pasado amoroso no se evoca con nostalgia dulce, sino como contraste cruel con el presente. Ver al amado con otra es ver confirmada la derrota.

 

 

La repetición como martillo emocional

Uno de los recursos centrales del poema es la repetición. No es ornamental ni rítmica en un sentido musical superficial: es insistente, casi obsesiva. La repetición reproduce el modo en que el dolor funciona en la mente humana. Cuando algo duele de verdad, vuelve una y otra vez, sin permiso, sin descanso.

Mistral repite estructuras, imágenes y acciones para simular el bucle emocional del abandono. La voz poética no avanza: gira. Cada vuelta es un nuevo golpe. El poema no progresa hacia la superación ni hacia el cierre; se mantiene en el instante congelado del daño.

Esta estructura cíclica convierte la lectura en una experiencia física. El lector no “entiende” el dolor: lo padece. La repetición hace que el poema no se lea con ligereza, sino con peso. Cada verso parece arrastrar el anterior.

 

 

El cuerpo como territorio del abandono

En “Balada”, el dolor no es abstracto ni intelectual. Es corporal. La voz poética describe su sufrimiento a través del cuerpo: la sangre, el pecho, la herida. El abandono amoroso no es solo una decepción emocional, es una agresión física simbólica.

Este uso del cuerpo es característico de Mistral. El amor, cuando se rompe, deja marcas visibles aunque no haya golpes. El poema sugiere que el cuerpo recuerda incluso cuando la razón intenta aceptar. El corazón no es metáfora romántica: es un órgano herido.

Además, el cuerpo femenino aparece en contraste con el de la otra mujer. No hay insulto ni descalificación hacia ella, lo cual es fundamental. El poema no convierte a la rival en enemiga; el dolor no necesita villanos adicionales. Esa ausencia de rencor directo vuelve el poema más trágico y más humano.

 

 

El silencio como respuesta ética

Uno de los gestos más poderosos del poema es el silencio. La voz poética ve, siente, sangra, pero no actúa. No hay confrontación, no hay escena de celos, no hay reclamo. El dolor se vive, no se negocia.

Ese silencio no es debilidad: es una forma de dignidad trágica. La hablante lírica entiende que no hay palabra capaz de modificar lo ocurrido. El amor no se recupera discutiendo, ni suplicando, ni explicando. El silencio se convierte en la única respuesta ética frente a lo irreversible.

Mistral plantea aquí una idea incómoda: a veces, amar también implica saber callar cuando ya no hay lugar. El poema no enseña a “superar” el abandono, sino a habitarlo con lucidez, aunque duela.

 

 

La balada como forma del destino

El título no es casual. La balada, tradicionalmente, es una forma poética asociada al destino, a lo que se repite, a lo que no puede evitarse. Al nombrar así el poema, Mistral sugiere que esta historia no es excepcional: es una más entre muchas, y por eso mismo es universal.

El abandono amoroso no aparece como tragedia individual, sino como experiencia humana compartida. Todos, en algún punto, han sido quien pasa con otro o quien se queda mirando. La balada no juzga; constata.

En ese sentido, “Balada” no es solo un poema de amor perdido, sino un poema sobre la condición humana: amar sin garantía, perder sin explicación y seguir viviendo con la herida abierta. Gabriela Mistral no ofrece consuelo fácil. Ofrece verdad. Y esa verdad, aunque duela, canta.

 

 

 

Sobre el autor.

Gabriela Mistral: la voz que hizo del dolor una patria

Reseña biográfica y lectura de una obra nacida de la intemperie

 

Una infancia marcada por la ausencia y la palabra

Gabriela Mistral nació como Lucila Godoy Alcayaga en el norte de Chile, en un territorio áspero donde la geografía enseña temprano la dureza de la vida. Desde la infancia conoció la pérdida y la carencia: la figura paterna ausente, la precariedad material y una sensibilidad temprana que la volvió observadora del mundo antes que participante confiada.

Ese origen no es un dato anecdótico, sino una clave de lectura de toda su obra. Mistral escribió desde la intemperie, desde el margen, desde una conciencia de fragilidad que nunca se transformó en queja sino en lucidez. La palabra fue para ella refugio, arma y camino.

Muy joven se vinculó con la enseñanza, oficio que marcaría su vida tanto como la escritura. Ser maestra no fue un empleo circunstancial, sino una vocación ética: creer en la educación como forma de dignidad y reparación social.

 

 

La poeta que hizo del amor una herida consciente

El amor en la obra de Gabriela Mistral no es celebración ligera ni promesa de plenitud. Es experiencia límite. Sus poemas amorosos están atravesados por la pérdida, la distancia, la imposibilidad y el duelo. Amar, en Mistral, es exponerse a quedar roto.

La experiencia amorosa que marcó su juventud dejó una huella profunda que nunca se cerró del todo. De ahí surge una poesía donde el afecto se vive con intensidad absoluta y consecuencias irreversibles. No hay cinismo ni ironía: hay entrega total, aun sabiendo el costo.

Poemas como “Balada”, “Desolación” o “Sonetos de la muerte” revelan una voz que no romantiza el sufrimiento, pero tampoco lo oculta. Mistral convierte el dolor en conocimiento y lo ofrece como verdad compartida.

 

 

La maternidad simbólica y el cuidado del mundo

Uno de los rasgos más singulares de Gabriela Mistral es su relación con la maternidad. Aunque no fue madre biológica, su obra está llena de figuras maternales: niños, huérfanos, pueblos pequeños, seres frágiles que necesitan cuidado.

La maternidad en Mistral es ética antes que biológica. Es responsabilidad, vigilancia amorosa, entrega silenciosa. Sus poemas dedicados a la infancia no son ingenuos ni dulces en exceso; están atravesados por una conciencia trágica del mundo que espera a esos niños.

Esta visión se conecta con su trabajo educativo y diplomático. Mistral pensó siempre en términos de comunidad, de responsabilidad colectiva, de cuidado del otro como tarea urgente.

 

 

Una obra poética austera, intensa y universal

La escritura de Gabriela Mistral se caracteriza por una austeridad radical. No hay ornamento innecesario ni virtuosismo vacío. Cada palabra parece cargada de peso moral y emocional. Su poesía no busca deslumbrar: busca decir lo esencial.

Esa sobriedad le permitió construir una obra profundamente universal. Aunque escrita desde experiencias personales muy concretas, su poesía habla de temas que atraviesan culturas y épocas: el amor, la pérdida, la infancia, la muerte, la soledad.

Libros como “Desolación”, “Ternura”, “Tala” y “Lagar” muestran una evolución temática y formal, pero conservan una coherencia ética: escribir siempre desde la verdad interior, aunque esa verdad incomode o duela.

 

 

El reconocimiento y la soledad de una figura mayor

En 1945, Gabriela Mistral recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en la primera persona latinoamericana en obtenerlo. El reconocimiento internacional confirmó la potencia de su obra, pero no borró la soledad que marcó su vida.

Mistral vivió gran parte de su existencia fuera de Chile, desempeñando labores diplomáticas y culturales. Esa distancia reforzó su condición de figura universal, pero también su sensación de desarraigo. Fue reconocida, leída y admirada, pero nunca completamente comprendida.

Su legado permanece como una de las voces más profundas de la lengua española. Gabriela Mistral no escribió para agradar ni para pertenecer: escribió para decir la verdad de la experiencia humana. Y en esa fidelidad radical a su voz, construyó una obra que sigue doliendo, enseñando y acompañando.

(ByNotas de Libertad).

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/… La mesa como brújula

Crónica inicial de un recorrido donde comer es una forma de entender el lugar

 

 

Llegar a una ciudad por el paladar

Hay ciudades que se presentan con monumentos y otras que se revelan con una mesa puesta. Antes de aprender sus calles, uno aprende sus sabores. ∫El primer contacto no siempre es visual: a veces es táctil, a veces es un aroma persistente, a veces es un plato servido sin prisa que ordena el cuerpo.

Comer, en ese sentido, se convierte en una forma de entrada. No se trata solo de alimentarse, sino de comenzar a leer el lugar desde adentro, de comprender su lógica cotidiana. Cada restaurante ofrece una pista distinta, una manera específica de habitar el tiempo y el espacio.

Este recorrido parte de esa convicción profunda: que el paladar también es un instrumento de conocimiento. A través de él se reconocen costumbres, se intuyen historias y se establecen vínculos que no necesitan traducción.

Rincones y Sabores nace de esa experiencia primaria, de sentarse a la mesa para empezar a comprender una ciudad más allá de sus postales y de sus discursos oficiales.

 

Espacios que dialogan con su entorno

No todos los restaurantes se aíslan del lugar donde existen. Algunos conversan con el jardín, otros con la plaza, otros con la calle que pasa frente a ellos. En esos casos, el entorno no acompaña de forma pasiva: participa activamente en la experiencia.

Hay mesas que miran de frente al paisaje urbano y otras que lo contienen con discreción. En todas, el espacio influye en la manera de comer, de hablar, de quedarse. La arquitectura, la ubicación y el ritmo del sitio se vuelven ingredientes invisibles.

Esta serie se detiene en esos lugares donde el restaurante no podría existir en otro punto sin perder algo esencial de sí mismo. La relación con el entorno define su carácter y su manera de recibir.

Comer en estos espacios implica aceptar que la ciudad entra al plato sin tocarlo, que el paisaje se vuelve parte de la memoria del sabor.

 

Cocinas con historia y con autoría

Algunas cocinas se sostienen por la repetición cuidadosa de una receta aprendida hace décadas. Otras lo hacen desde una voz contemporánea que piensa el plato, lo afina y lo acompaña con intención. Ambas formas conviven en este recorrido sin jerarquías.

Aquí hay lugares donde la historia se sirve sin adornos y otros donde la cocina tiene nombre propio, mirada clara y pulso definido. En todos los casos, lo que importa es la coherencia entre lo que se cocina y el lugar donde se cocina.

Cada crónica reconoce ese equilibrio entre memoria y propuesta. No se trata de elegir entre pasado o presente, sino de entender cómo dialogan dentro de una misma mesa.

Rincones y Sabores observa estas cocinas con respeto, entendiendo que cada una responde a una forma distinta de contar el mundo desde el plato.

 

El tiempo que se sienta a la mesa

No todos los restaurantes viven el día de la misma manera. Hay mesas que despiertan temprano, otras que se activan al mediodía, otras que encuentran su mejor momento cuando la tarde se estira. El horario no es un dato técnico, es parte de la identidad.

En este recorrido aparecen lugares que acompañan jornadas completas y otros que concentran su fuerza en un solo momento del día. Comer ahí implica aceptar ese ritmo y dejar que marque el paso de la conversación.

El tiempo se convierte así en un ingrediente más. Determina la forma de servir, la duración de la estancia y el tipo de vínculo que se establece con el lugar.

En estas mesas, el tiempo no se acelera ni se fuerza: se comparte y se respeta.

 

Sabores que se vuelven memoria

Al final, lo que permanece no es el discurso, sino el recuerdo. Un sabor que se repite, una mesa a la que se vuelve, un nombre que se menciona con naturalidad cuando alguien pregunta dónde comer.

Así se construye la memoria de un lugar. No con declaraciones, sino con experiencias que dejan huella y se integran a la vida cotidiana.

Esta serie no busca dictar rutas obligatorias ni cerrar definiciones. Busca abrir apetitos, provocar curiosidad e invitar a sentarse.

Rincones y Sabores es, en esencia, un recorrido donde el paladar, el territorio y la vida se encuentran sin necesidad de traducción.

 

 

(By Notas de Libertad).

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Domingo 1 de febrero al sábado 7 de febrero.

 

Santoral.

 

NOMBRES QUE AÚN RESUENAN EN LA MEMORIA DEL TIEMPO

El santoral no es solo un listado de nombres antiguos: es una cartografía espiritual que atraviesa siglos, culturas y territorios.

Cada santo representa una forma distinta de enfrentar la fe, el poder, la persecución o la vida cotidiana.

Algunos fueron mártires, otros pensadores, pastores, fundadores o testigos silenciosos de su tiempo.

Sus historias no buscan imponerse, sino permanecer como referencia moral y humana.

Esta selección recoge únicamente advocaciones verificadas por la tradición cristiana.

No se trata de idealizar, sino de recordar.

Porque la memoria también es una forma de fe.

Y los nombres, cuando se pronuncian, vuelven a existir.

 

 

Domingo 1 de febrero

 

Santa Brígida de Irlanda — Virgen y abadesa del siglo V, considerada una de las patronas de Irlanda. Fundó comunidades monásticas y fue símbolo de caridad y hospitalidad.

 

San Enrique Morse — Sacerdote jesuita inglés y mártir del siglo XVII, ejecutado por ejercer su ministerio en tiempos de persecución religiosa.

 

San Severo de Rávena — Obispo del siglo IV, recordado por su firme defensa de la fe cristiana y su cercanía pastoral con su comunidad.

 

San Pablo de Trois-Châteaux — Obispo francés de los primeros siglos del cristianismo, venerado por su labor evangelizadora.

 

San Agripano — Mártir cristiano de la antigüedad, cuyo testimonio de fe se conservó en la tradición hagiográfica.

 

 

Lunes 2 de febrero

 

La Presentación del Señor — Fiesta que recuerda la presentación de Jesús en el templo y la purificación de María, profundamente arraigada en la tradición cristiana.

 

San Simeón — Justo y piadoso anciano que reconoció al Mesías en el templo, símbolo de espera y fe cumplida.

 

Santa Ana la Profetisa — Figura bíblica que proclamó la llegada del Salvador, ejemplo de perseverancia y esperanza.

 

San Cornelio el Centurión — Primer pagano convertido al cristianismo según los Hechos de los Apóstoles.

 

San Flosculo — Mártir cristiano venerado por su fidelidad durante las persecuciones romanas.

 

 

Martes 3 de febrero

 

San Blas — Obispo y mártir del siglo IV, invocado tradicionalmente para la protección de la garganta.

 

San Oscar de Bremen — Obispo misionero que llevó el cristianismo a Escandinavia en el siglo IX.

 

Santa Oliva de Palermo — Joven mártir venerada por su valentía y firmeza en la fe.

 

San Celerino — Lector y mártir africano, recordado por su testimonio durante las persecuciones.

 

San Laurentino — Mártir cristiano de la antigüedad, venerado en diversas tradiciones locales.

 

 

Miércoles 4 de febrero

 

San Andrés Corsini — Obispo carmelita italiano del siglo XIV, conocido por su vida de penitencia y servicio.

 

Santa Juana de Valois — Reina de Francia y fundadora de la Orden de la Anunciación.

 

San Gilberto — Abad medieval reconocido por su vida austera y comunitaria.

 

San Rabanus Mauro — Obispo y erudito carolingio, figura clave del pensamiento cristiano medieval.

 

Santa Verónica — Discípula venerada por la tradición por su compasión hacia Cristo.

 

 

Jueves 5 de febrero

 

Santa Águeda — Virgen y mártir siciliana del siglo III, símbolo de fortaleza y dignidad.

 

San Felipe de Jesús — Primer santo mexicano, mártir en Japón a finales del siglo XVI.

 

San Avito — Obispo francés recordado por su defensa de la ortodoxia cristiana.

 

Santa Adelina — Abadesa medieval reconocida por su vida de oración y gobierno comunitario.

 

San Ingenuino — Obispo venerado por su fidelidad pastoral en tiempos difíciles.

 

 

Viernes 6 de febrero

 

San Pablo Miki — Jesuita japonés y mártir, ejecutado por su fe cristiana en el siglo XVI.

 

San Mateo Correa Magallanes — Sacerdote mexicano y mártir durante la persecución religiosa del siglo XX.

 

San Gastón — Obispo francés venerado por su labor pastoral.

 

Santa Dorotea — Virgen y mártir asociada a la esperanza cristiana.

 

San Amando — Misionero y obispo que evangelizó regiones de Europa occidental.

 

 

Sábado 7 de febrero

 

San Ricardo de Wessex — Rey inglés venerado por su vida piadosa y su peregrinación a Roma.

 

Santa Coleta de Corbie — Reformadora franciscana del siglo XV.

 

San Partenio — Obispo venerado por su celo pastoral.

 

San Moisés el Negro — Monje penitente, ejemplo de conversión radical.

 

San Teodoro de Heraclea — Mártir cristiano venerado en la tradición oriental.

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Música para recordar el ayer

ROCÍO DÚRCAL

La voz que hizo del amor una patria compartida

 

 

 

Una niña española frente al escenario

Rocío Dúrcal nació en España en un tiempo donde el escenario no era un lugar amable para una niña. No había condescendencia ni ternura programada: había exigencia, disciplina y mirada adulta. Desde muy temprano quedó claro que no se trataba solo de talento precoz, sino de una presencia que sabía sostenerse. Frente a cámaras y públicos, Rocío no actuaba como niña prodigio: habitaba el escenario con naturalidad.

Su entrada al mundo artístico ocurrió primero a través del cine, un medio que la obligó a aprender ritmo, silencio, gesto y contención. Ahí se formó una parte esencial de su carácter artístico: la capacidad de decir mucho sin exagerar. Mientras otras figuras infantiles eran empujadas a la gracia forzada, Rocío desarrolló una expresividad limpia, directa, sin aspavientos.

La transición de actriz juvenil a cantante no fue un quiebre brusco ni una reinvención artificial. Fue un proceso largo, acompañado por un público que creció con ella. Rocío Dúrcal no rompió con su pasado: lo fue transformando. Dejó atrás la imagen de niña sin renegar de ella y construyó una voz adulta con honestidad emocional.

En esos primeros años se definió una constante que atravesaría toda su carrera: Rocío nunca buscó imponerse. No necesitó gritar para destacar ni exagerar para emocionar. Aprendió que la fuerza podía estar en la calma y que el sentimiento podía sostenerse sin dramatismo. Esa lección temprana sería la base de su legado.

 

 

La voz que aprendió a no imponerse

Rocío Dúrcal construyó su identidad vocal desde la mesura. En una época marcada por grandes gestos y dramatismos evidentes, ella eligió otro camino: el de la contención. Su voz no empujaba la emoción, la dejaba respirar. Esa forma de cantar generó una cercanía inmediata con el oyente.

No buscó deslumbrar con alardes técnicos ni competir en potencia. Su fuerza residía en la claridad y en la intención. Cada palabra parecía colocada con cuidado, como si entendiera que una canción no se gana por volumen, sino por verdad. Así logró algo difícil: cantar para muchos sin perder intimidad.

Esa sobriedad fue también una postura ética. Rocío no se disfrazó de diva ni construyó un personaje distante. Se mostró firme, elegante y accesible. El público la reconoció no como figura inalcanzable, sino como alguien cercana, capaz de acompañar emociones reales.

Con el tiempo, esa elección estética se convirtió en su sello. Mientras otros estilos envejecieron con rapidez, la voz de Rocío permaneció vigente. No dependía de la moda ni del exceso, sino de una forma honesta de decir. Por eso sigue sonando actual.

 

 

México como destino emocional

La relación de Rocío Dúrcal con México no fue un gesto estratégico ni un cruce oportunista. Fue un encuentro profundo. En la música ranchera encontró un territorio donde su voz podía desplegar toda su sensibilidad sin impostación. Cantó un género que no era suyo por origen, pero sí por respeto.

Lejos de caricaturizar el sentimiento mexicano, Rocío se acercó con humildad. Escuchó, aprendió y entendió que esas canciones hablaban de pérdidas, lealtades y amores absolutos. Su interpretación fue sobria y digna, y por eso fue aceptada sin reservas.

México la adoptó porque Rocío no quiso apropiarse. Cantó desde el cuidado y desde la verdad emocional. Su voz se volvió familiar en un país que reconoce de inmediato cuando una emoción es auténtica.

Así, una cantante española se convirtió en una de las voces más queridas de la música mexicana. No por origen, sino por entrega. México no fue solo un escenario más: fue un hogar artístico definitivo.

 

 

Juan Gabriel y el lenguaje del sentimiento

El encuentro artístico entre Rocío Dúrcal y Juan Gabriel marcó una era en la música en español. Él supo escribir para su voz como quien escribe para alguien que entiende el corazón de la canción antes de cantarla. No fue solo un compositor entregando temas a una intérprete: fue un diálogo profundo entre dos sensibilidades que se reconocieron desde el inicio. Juntos construyeron un lenguaje emocional que se volvió común para millones de personas.

Canciones como Amor eterno, Costumbres, Fue tan poco tu cariño, Déjame vivir o Me gustas mucho trascendieron el éxito comercial para convertirse en parte de la memoria sentimental colectiva. Son canciones que acompañan despedidas, celebraciones, duelos y silencios, porque hablan desde un dolor y un amor sin artificio. En esas composiciones, Juan Gabriel encontró en Rocío una voz capaz de sostener la emoción sin exagerarla.

Rocío no interpretaba esas canciones: las habitaba. Su manera de cantar el dolor nunca fue desbordada ni teatral. Era firme, contenida, profundamente humana. Por eso esas letras siguen doliendo y consolando al mismo tiempo. La emoción no estaba en el grito, sino en la pausa, en la respiración, en la forma de decir cada palabra como si fuera definitiva.

Es importante decirlo con claridad: aunque la colaboración con Juan Gabriel fue central, no agotó el repertorio de Rocío Dúrcal. Su grandeza también se construyó con canciones de otros autores fundamentales, como La gata bajo la lluvia, de Rafael Pérez-Botija, que ella integró a su universo con la misma verdad. La relación con Juan Gabriel fue una de confianza creativa absoluta, pero Rocío Dúrcal supo construir una identidad propia incluso dentro de colaboraciones tan decisivas.

 

 

El legado de una voz refugio

Rocío Dúrcal dejó algo más valioso que una discografía extensa: dejó confianza emocional. La certeza de que una canción puede acompañar sin invadir, consolar sin exagerar y permanecer sin imponerse.

Su partida no cerró una etapa, confirmó una permanencia. Sus canciones siguen encontrando nuevos oyentes porque hablan de emociones que no caducan. El amor, la pérdida y la memoria siguen necesitando una voz como la suya.

A diferencia de otras figuras, su legado no depende de la nostalgia. Rocío sigue sonando viva porque nunca cantó desde el artificio. Cantó desde la verdad.

Rocío Dúrcal no fue solo una gran artista. Fue una voz refugio. De esas que, cuando suenan, hacen que el mundo se sienta un poco más habitable.

(By Notas de Libertad).

Amor Eterno.

Costumbres.

La Gata Bajo la Lluvia.

LOS CALIGARIS

La alegría como un pacto colectivo

 

 

Córdoba, 1997: cuando la música decidió ser refugio

Córdoba, a finales de los años noventa, no era solo una ciudad universitaria ni un punto intermedio entre Buenos Aires y el interior argentino. Era también un territorio emocional donde muchos jóvenes sentían que la música debía servir para algo más que entretener. Había cansancio social, rutinas ásperas y una necesidad profunda de encuentro. En ese clima, en 1997, un grupo de amigos comenzó a imaginar una manera distinta de subirse a un escenario.

Los Caligaris nacen ahí, no desde una disquera ni desde un plan comercial, sino desde la convivencia cotidiana. Ensayos informales, ideas compartidas, largas charlas y una intuición clara: si la música iba a existir, debía ser un refugio emocional. No había una ambición de prestigio artístico en el sentido clásico; había una urgencia por conectar y acompañar.

Ese origen marca una diferencia fundamental. Mientras muchas bandas se forman alrededor de un líder o de una estética definida, Los Caligaris se formaron alrededor de una sensación compartida. La sensación de que el escenario podía ser amable, de que el error no debía esconderse y de que la risa podía convivir con la música sin restarle fuerza.

Así, Córdoba no es solo el lugar geográfico de nacimiento, sino el clima que explica a la banda. Una ciudad donde la calle, la amistad y el humor tienen peso real. Desde ahí, Los Caligaris comenzaron a construir una identidad que no busca imponerse, sino invitar, y que entiende la música como un acto de cercanía.

 

 

Los fundadores y la ética de la amistad

El núcleo fundador de Los Caligaris se formó a partir de vínculos previos de amistad, no de audiciones ni de castings. Martín Pampiglione, Fernando Fede Sieling, Federico Zapata, Hernán Bebe Sosa y Alejandro Bonetto compartían algo más importante que la técnica: confianza mutua. Esa base humana fue decisiva para definir el rumbo del proyecto.

Desde el inicio, la banda decidió rechazar la lógica del protagonismo individual. No habría una figura central que absorbiera la atención ni un liderazgo vertical que ordenara el discurso. La apuesta era colectiva: el grupo por encima del ego, el escenario como espacio compartido, la música como diálogo.

Esa ética de la amistad se tradujo en una forma muy particular de trabajar. Las decisiones se tomaban en conjunto, los errores se asumían sin culpas y los logros se celebraban como victorias comunes. No era una banda pensada para competir, sino para sostenerse en el tiempo.

Con el paso de los años, esa decisión inicial se volvió una de sus mayores fortalezas. Mientras otros proyectos se fragmentaban por tensiones internas, Los Caligaris crecieron sobre una base sólida. La amistad no fue un recurso narrativo: fue la estructura que permitió que la banda sobreviviera y se expandiera.

 

 

Caligari: el payaso, el circo y la filosofía del error

El nombre de la banda nace de la figura del payaso Caligari, un personaje ligado al circo de los Hermanos Muñoz, una compañía tradicional que recorría distintas ciudades del interior argentino. En ese contexto de carpas modestas y públicos familiares, Caligari se destacó por un estilo exagerado y deliberadamente torpe.

No era un payaso elegante ni distante. Era el clown que se equivocaba, que exageraba gestos y que hacía del error parte esencial del acto. Su humor no buscaba admiración silenciosa, sino carcajada directa. Esa cercanía con el público dejó una huella simbólica fuerte.

Cuando la banda buscó un nombre, Caligari apareció como una referencia ética antes que literal. Representaba una forma de estar frente a la gente: sin solemnidad, sin jerarquías, con la risa como lenguaje común. No se trataba de copiar el circo, sino de asumir su lógica.

El plural Los Caligaris expresa esa decisión. No un personaje, sino muchos. No un protagonista, sino un colectivo. Desde el nombre, la banda dejó claro que su lugar estaría siempre del lado del juego, del encuentro y de la celebración compartida.

 

 

Canciones que se vuelven himnos populares

Con el tiempo, Los Caligaris construyeron un repertorio que trascendió el formato de banda para convertirse en patrimonio emocional de su público. Canciones pensadas para ser cantadas en grupo, para abrazarse y para permanecer en la memoria más allá de la moda.

Kilómetros se transformó en uno de esos himnos inevitables, coreado en cualquier país donde la banda se presente. Razón, Quereme así y Nadie es perfecto acompañaron historias personales y colectivas, convirtiéndose en canciones de vida cotidiana.

No se trata de éxitos impuestos por la industria, sino adoptados por la gente. Cada canción creció en el escenario, en el boca a boca, en la repetición afectiva. Así se explica su permanencia.

Ese repertorio funciona como un mapa emocional. Cada tema señala un momento, una emoción compartida, una forma de decir que no estamos solos. Ahí reside su verdadero éxito.

 

 

La banda más querida de América Latina

Hablar de Los Caligaris como una de las bandas más queridas de América Latina no es una exageración retórica. Es el resultado de años de cercanía real con su público. No generan devoción distante, sino afecto directo.

En Argentina, México, España y otros países del continente, su nombre se asocia con experiencias felices. Conciertos donde la gente se reconoce, canta completa y se va con la sensación de haber compartido algo genuino.

Han llenado foros grandes y pequeños sin perder cercanía. El tamaño del escenario nunca rompió el pacto original con su público. La alegría siguió siendo el centro.

Ese es su legado más fuerte. En tiempos de cinismo y fragmentación, Los Caligaris defienden la alegría como acto colectivo. Y mientras esa alegría siga siendo compartida, su historia seguirá creciendo.

(By Notas de Libertad).

Kilómetros.

Quereme Así.

 Añejo W (Con Big Javy).

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Dinastías: Dos familias, una nación

De: Ramón Alberto Garza

Resumen.

 

DINASTÍAS

Dos familias, una nación y el hilo invisible del poder en México

 

 

El origen del relato: cuando el poder aprende a heredarse

El libro abre con una idea fundamental: en México, el poder no se reinventa en cada sexenio, se hereda. Ramón Alberto Garza plantea que la historia política reciente no puede entenderse como una sucesión de gobiernos aislados, sino como un proceso continuo donde apellidos, grupos y visiones del país se reproducen con notable persistencia.

Desde su experiencia personal como periodista, el autor sitúa el punto de partida en la segunda mitad del siglo XX, cuando el sistema político mexicano alcanzó su madurez autoritaria. En ese contexto, el PRI aparece como el marco institucional dentro del cual se organizaron y formaron muchas de las élites políticas del país.

El Estado concentró funciones, decisiones y narrativas, creando una cultura donde la cercanía al poder se transmitía como patrimonio político.

Garza introduce la noción de dinastías no solo como familias de sangre, sino como redes amplias de lealtad, formación y cercanía. Son comunidades de poder donde políticos, técnicos y operadores comparten una misma manera de entender el gobierno y su relación con la sociedad.

Desde este arranque, el libro deja claro que su propósito es narrar una continuidad histórica. Los nombres cambian, los discursos se ajustan, pero las lógicas profundas del poder permanecen activas a lo largo del tiempo.

 

 

La era Echeverría: el Estado como eje absoluto

Una parte central del libro explica la impronta del echeverrismo como una de las grandes matrices del poder moderno en México. Garza describe este periodo como el momento en que el Estado se asumió como organizador total de la vida nacional.

Bajo esta visión, el poder se ejercía con una lógica centralista y autoritaria. El gobierno intervenía en la economía, en la política y en la vida pública, estableciendo los límites de la disidencia y las formas aceptables de participación.

El autor muestra cómo en esta etapa se formó una generación completa de cuadros políticos y administrativos. Funcionarios que aprendieron a gobernar desde la concentración del mando y que trasladaron esas prácticas a décadas posteriores.

Muchas de las formas de control, negociación y disciplina política que aparecen más adelante en la historia tienen su origen en este periodo, no como repetición exacta, sino como herencia cultural.

 

 

La dinastía Salinas: el giro económico y la alianza con el capital

El segundo gran eje del libro se centra en el salinismo, presentado como una transformación profunda del modelo económico sin una ruptura equivalente en la estructura política del poder.

Garza relata cómo el Estado dejó de ser empresario directo, pero mantuvo el control de las decisiones estratégicas a través de alianzas con grupos económicos, financieros y empresariales que comenzaron a jugar un papel central.

La política se volvió técnica y gerencial. Las grandes decisiones se tomaron en círculos cerrados, lejos del debate público, mientras el discurso de modernización convivía con prácticas heredadas del pasado.

Esta dinastía, señala el libro, no concluyó con un sexenio. Sus operadores, métodos y visiones sobrevivieron en distintos gobiernos, demostrando la capacidad del sistema para adaptarse sin desmontarse.

 

 

Colosio: el magnicidio que fracturó la continuidad

En Dinastías, el asesinato de Luis Donaldo Colosio aparece como uno de los momentos más decisivos de la historia política reciente. Garza lo presenta como un quiebre real en la narrativa de estabilidad del sistema.

El contexto previo es descrito como un país en tensión: transformación económica acelerada, desigualdad creciente y un candidato que comenzaba a construir un discurso distinto dentro del propio régimen.

El autor recuerda que Mario Aburto fue señalado como autor material del crimen, pero también expone las inconsistencias, silencios y decisiones políticas que cerraron el caso con rapidez.

Desde la lógica del libro, la muerte de Colosio alteró el equilibrio interno del poder y dejó una herida abierta en la vida pública mexicana, marcando el inicio de una etapa de sospecha permanente.

 

 

El presente como herencia y continuidad

En el cierre, Garza conecta el pasado con el presente y muestra que el México actual es resultado de decisiones acumuladas más que de rupturas repentinas.

Las dinastías no desaparecen cuando cambian los gobiernos. Se reconfiguran, se desplazan hacia otros espacios y mantienen influencia desde la política, la economía y los medios.

El libro subraya la permanencia de operadores formados en el antiguo régimen, incluso después de la alternancia partidista, lo que explica muchas continuidades institucionales.

Comprender estas herencias, concluye el autor, es indispensable para entender el país contemporáneo y su compleja relación con el poder.

 

 

Sobre el autor.

 

 RAMÓN ALBERTO GARZA

El editor que aprendió a leer el poder cuando el poder todavía no se explicaba

 

 

Un origen norteño y una vocación temprana

Ramón Alberto Garza nació en Monterrey, Nuevo León, el 9 de enero de 1956, en una ciudad donde el poder siempre se ejerció con menos retórica y más eficacia. Ese contexto marcaría su forma de entender la política: menos discurso, más estructura. Muy joven, en 1973, comenzó a trabajar como reportero en El Norte, cuando aún no cumplía los veinte años.

Su formación académica ocurrió en paralelo al oficio. Estudió Ciencias de la Comunicación en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, y más tarde amplió su experiencia en la Universidad de Texas en Austin, donde participó en la vida editorial universitaria.

Desde esos primeros años, Garza mostró una inquietud distinta: no se conformaba con narrar hechos. Quería entender cómo se tomaban las decisiones y por qué ciertos actores siempre estaban presentes.

Ese impulso inicial definió toda su trayectoria posterior, marcada por la búsqueda constante de estructura y contexto.

 

 

El ascenso editorial y la formación de periodistas

En 1982, con apenas veintiséis años, Ramón Alberto Garza fue nombrado director editorial de El Norte. Desde esa posición impulsó un periodismo de investigación que colocó al diario en el mapa internacional.

Durante su gestión, el medio obtuvo reconocimientos por su cobertura crítica y por la defensa de libertades informativas, consolidando una redacción rigurosa y sólida.

Garza entendió el periodismo como una tarea formativa: no solo se trataba de publicar información, sino de crear lectores y periodistas con criterio propio.

Ese enfoque editorial marcó a generaciones que después ocuparían espacios clave en otros medios nacionales.

 

 

Fundar, dirigir y volver a fundar

En 1993 participó en la fundación editorial del periódico Reforma, y posteriormente en la creación de Mural en Guadalajara y Palabra en Saltillo.

A finales de los años noventa ocupó cargos directivos en Editorial Televisa y más tarde fue director general editorial de El Universal.

En 2004 impulsó el proyecto Índigo y en 2006 lanzó Reporte Índigo, uno de los primeros medios digitales de análisis político en México.

En 2016 fundó Código Magenta, espacio desde el cual continúa interpretando la vida política nacional.

 

 

La obra escrita y Dinastías

Durante décadas, la obra de Ramón Alberto Garza estuvo dispersa en columnas, editoriales e investigaciones. No escribía para construir libros, sino para explicar el presente.

En 2024 publicó Dinastías: Dos familias, una nación, obra que condensa más de cinco décadas de observación del poder político mexicano.

El libro no es una crónica partidista ni una denuncia coyuntural, sino una narración sobre la continuidad del poder y sus redes.

Dinastías aparece así como un punto de síntesis, no como una definición total de su trayectoria.

 

 

Una voz que no depende del ruido

En 1996 recibió el Premio María Moors Cabot otorgado por la Universidad de Columbia, en reconocimiento a su trayectoria periodística.

Hoy, Ramón Alberto Garza es una de las voces más experimentadas del periodismo político mexicano.

Su autoridad proviene del tiempo, de la experiencia acumulada y de haber estado presente en momentos clave de la vida pública.

Su obra recuerda que entender el poder es una forma profunda de ejercer el periodismo.

 

 

(By Notas de Libertad).

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El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (5/10)

Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga

 

 

 Continúa de La Leyenda 64…

 

Los caminos que se separan sin ruido

El inicio de la vida adulta y las decisiones que empiezan a marcar desigualdades

 

El pueblo después de la universidad

Al terminar la universidad, el pequeño pueblo volvió a reunirlos como punto de partida común. Cada uno regresó con expectativas distintas, con miedos nuevos y con una idea más concreta de lo que quería construir. El reencuentro no fue ruidoso, fue natural, como si nunca se hubieran ido.

Las charlas ya no giraban en torno a exámenes ni materias, sino a trabajo, dinero y futuro. El tono había cambiado. Lo que antes era promesa ahora exigía decisiones. El tiempo empezaba a pedir definiciones.

Las familias observaban con atención ese regreso. Sabían que no todos tomarían el mismo rumbo, aunque partieran del mismo punto. La vida adulta comenzaba a mostrar su verdadero peso.

Nada parecía urgente todavía, pero todo comenzaba a ser definitivo. Sin saberlo, estaban entrando en una etapa donde cada elección tendría consecuencias duraderas.

 

Gloria y el respaldo familiar

Gloria decidió volver al pueblo con una idea clara: ejercer el derecho. Sus padres, conscientes de su disciplina y constancia, la apoyaron para abrir un pequeño despacho jurídico. No era grande ni lujoso, pero era suyo.

El despacho se convirtió pronto en su espacio de identidad. Atendía asuntos modestos, trámites sencillos, conflictos locales. Cada caso reforzaba su convicción de que había elegido el camino correcto.

El respaldo familiar no solo fue económico, también emocional. Sus padres confiaban en ella y Gloria sentía esa responsabilidad como motor, no como carga.

Su vida avanzaba con paso firme, sin atajos. Gloria construía desde abajo, convencida de que el crecimiento verdadero requiere paciencia.

 

Beatriz y la pausa cómoda

Beatriz, en cambio, optó por detenerse. Decidió que, por lo pronto, no trabajaría. Después de años de estudio, eligió descansar, disfrutar, pensar qué quería hacer más adelante.

No sentía prisa. Sabía que no le faltaría respaldo ni comodidades. Para ella, el tiempo podía esperar.

Su decisión fue aceptada sin cuestionamientos. Estaba acostumbrada a que su entorno se adaptara a sus ritmos.

Esa pausa, cómoda y sin sobresaltos, empezó a marcar una diferencia silenciosa con Gloria, que ya estaba inmersa en la rutina laboral.

 

Vicente entra al gobierno federal

Mientras tanto, Vicente Díaz Cueto recibió una llamada que marcaría un giro decisivo. Un maestro, a quien había respetado profundamente durante su formación, le ofreció integrarse en un cargo menor dentro de la Secretaría de Gobernación.

No era un puesto relevante ni visible, pero sí una puerta de entrada al corazón de la administración pública federal. Vicente entendió de inmediato el valor de esa oportunidad.

Aceptó con la conciencia clara de que se trataba de aprender desde abajo, observar y formarse con paciencia. No había reflectores, pero sí futuro.

Ese primer encargo sería el inicio de un trayecto que, aunque aún invisible, empezaba a tomar forma.

 

Alfonso y el salto inesperado

Alfonso recibió una oferta de trabajo en el norte del país que cambiaría todo. Aceptó sin dudar, movido por la promesa de crecimiento y mejores ingresos.

En pocas semanas, el cambio fue evidente. Cada quince días regresaba al pueblo con señales claras de prosperidad.

Compró un automóvil nuevo, adquirió un terreno y comenzó la construcción de una casa. Su vida económica dio un salto inesperado.

Alfonso empezaba a convertirse en proveedor, en sostén, en figura central del proyecto compartido con Beatriz.

 

El dinero que cambia el ritmo

El dinero empezó a marcar el ritmo de la relación. Beatriz disfrutaba de la nueva etapa sin reservas.

Alfonso se esforzaba por cumplir expectativas cada vez más altas. El éxito lo motivaba, pero también lo presionaba.

Las visitas al pueblo se convirtieron en demostraciones de avance y estabilidad. Todo parecía ir en ascenso.

Nadie se preguntaba el costo emocional de ese ritmo. El dinero resolvía mucho, pero también imponía nuevas reglas.

 

 

El anuncio que redefine todo

Fue entonces cuando anunciaron su boda. Beatriz y Alfonso comunicaron la noticia con entusiasmo y seguridad.

El anuncio fue recibido con alegría general. Para muchos, era la confirmación de una historia de amor sólida.

El proyecto de vida comenzaba a formalizarse, ahora sostenido por una economía en crecimiento.

Sin saberlo, ese anuncio marcaba el inicio de una etapa donde el dinero y las decisiones empezarían a pesar más que los sentimientos iniciales.

 

  El dinero que cambia el paso

El ascenso económico acelerado, la boda deslumbrante y la decisión que modifica el equilibrio entre los cuatro

 

 

La casa que nadie esperaba

En menos de un año, Alfonso concluyó la construcción de la casa. No se trataba de una vivienda común ni de una ampliación modesta, sino de una residencia amplia, sólida y visiblemente costosa que desentonaba con el ritmo habitual del pueblo. El avance rápido de la obra despertó curiosidad y comentarios inevitables.

Cada visita mostraba un progreso evidente. Donde antes había cimientos, pronto aparecieron muros; donde había muros, acabados finos. La velocidad con la que se levantó la casa se volvió tema recurrente en cafés, reuniones y sobremesas.

Para Beatriz, la casa representaba la confirmación de una vida como la había imaginado. Para Alfonso, era la prueba tangible de que su apuesta laboral estaba rindiendo frutos mucho antes de lo previsto.

El asombro no venía solo del tamaño o del diseño, sino del tiempo. En el pueblo nadie recordaba una obra de ese calibre levantada con tal rapidez. Alfonso ya no era visto como un joven profesionista prometedor, sino como alguien que había dado un salto definitivo.

 

 

La boda como declaración

La boda de Beatriz y Alfonso no fue discreta ni contenida. Fue un festejo grande, cuidadosamente planeado y pensado para ser recordado. Desde la elección del lugar hasta cada detalle del banquete, todo hablaba de abundancia y celebración sin reservas.

Familiares, amigos y conocidos asistieron a un evento que marcó diferencia inmediata con cualquier otra boda reciente del pueblo. La música, la decoración y la lista de invitados confirmaban que la pareja quería dejar claro que comenzaban una nueva etapa desde lo alto.

Beatriz brilló en cada momento. Era el tipo de celebración que encajaba con su carácter y con la vida que siempre había deseado. Alfonso, orgulloso, acompañó cada gesto con la seguridad de quien siente que puede sostener ese nivel sin dificultad.

La boda no solo selló un matrimonio. Funcionó como una declaración pública de estatus, de llegada y de ruptura con la etapa anterior.

 

 

Europa como promesa

La luna de miel fue en Europa. No como viaje improvisado, sino como recorrido planeado por varias ciudades emblemáticas. Para muchos fue sorprendente; para Beatriz, era la continuación natural del festejo.

Las fotografías comenzaron a circular pronto: plazas históricas, restaurantes elegantes, hoteles de lujo. Cada imagen reforzaba la sensación de que la vida de ambos había cambiado de forma definitiva.

Alfonso hablaba del viaje como recompensa al esfuerzo reciente. Beatriz lo vivía como confirmación de que el mundo estaba a su alcance.

Mientras tanto, en el pueblo, la distancia entre su realidad y la de los demás comenzaba a hacerse visible, aunque nadie lo dijera abiertamente.

 

 

El anuncio inesperado

A su regreso, Alfonso hizo un anuncio que sorprendió incluso a los más cercanos. Informó que ya no trabajaría fuera del estado. El empleo en el norte había cumplido su función.

Explicó que se asociaría con los mismos empresarios que le habían dado la oportunidad inicial. Juntos planeaban instalar una constructora en el estado, aprovechando contactos, capital y experiencia adquirida.

La noticia fue recibida con admiración y con cierta incredulidad. Pasar de empleado a socio en tan poco tiempo no era común.

Alfonso hablaba con seguridad. El proyecto no era una idea vaga, sino una decisión tomada con números, acuerdos y planes en marcha.

 

 

El nuevo equilibrio

Con esa decisión, el equilibrio entre los cuatro amigos comenzó a modificarse. Alfonso ya no dependía de un salario ni de traslados constantes. Había fijado raíces desde una posición de fuerza.

Beatriz asumió ese nuevo escenario con naturalidad. La vida que había imaginado empezaba a materializarse con rapidez.

Para Gloria y Vicente, el contraste era evidente. Sus caminos avanzaban con otro ritmo, más pausado y más austero.

Sin conflictos abiertos, las diferencias comenzaron a instalarse como un dato permanente. El tiempo, una vez más, sería el encargado de mostrar el alcance real de ese cambio.

 

 

 El regreso con nombre propio

Cuando la recomendación correcta abre una puerta y el servicio empieza a formar carácter

 

 

La recomendación que no fue favor

Vicente Díaz Cueto no regresó al estado por impulso propio ni por cálculo apresurado. Fue recomendado por su jefe inmediato, el maestro que años atrás le había abierto la puerta de su primer empleo en la Secretaría de Gobernación. No se trató de una recomendación política, sino profesional, sustentada en trabajo, disciplina y una capacidad poco común para aprender sin alardes.

El maestro conocía bien el ritmo del servicio público y sabía que no todos los jóvenes resisten la presión institucional sin deformarse. Por eso, cuando habló de Vicente ante el gobierno estatal, lo hizo con una advertencia implícita: era joven, sí, pero serio; inexperto, quizá, pero responsable.

Vicente aceptó la recomendación con una mezcla de orgullo y prudencia. Sabía que regresar al estado implicaba exponerse más, asumir responsabilidades mayores y dejar atrás la comodidad relativa del anonimato administrativo. No llegaba a improvisar ni a experimentar: llegaba a trabajar.

Esa recomendación no fue un favor ni un atajo. Fue una apuesta por alguien que había demostrado que sabía empezar desde abajo y respetar cada escalón del servicio público.

 

 

Un nombramiento temprano

El gobierno del estado le ofreció una oportunidad en una de sus dependencias, fue designado subdirector general del DIF, una responsabilidad considerable para alguien de su edad. Vicente entendió desde el primer día que el cargo no venía acompañado de indulgencias. La juventud, lejos de ser ventaja automática, lo obligaba a demostrar el doble.

No hubo ceremonia especial ni anuncios ruidosos. El nombramiento llegó como llegan las decisiones serias: con discreción y con expectativa. Vicente tomó posesión del cargo con una convicción clara: aprender rápido y no fallar.

El equipo que encontró era mayor que él en edad y experiencia. Eso no lo intimidó, pero sí lo obligó a escuchar más de lo que hablaba. Observó procesos, preguntó sin arrogancia y asumió errores sin justificar.

Desde ese primer encargo comenzó a formarse un estilo que lo acompañaría después: trabajo silencioso, cumplimiento estricto y una obsesión casi meticulosa por hacer bien lo que se le encomendaba.

 

 

El DIF como escuela

El cargo implicaba una cercanía directa con las áreas más sensibles del gobierno: asistencia social, atención a grupos vulnerables y programas que no admitían fallas ni demoras.

El DIF no era una oficina cómoda ni protocolaria. Era una institución donde cada error tenía rostro humano y cada retraso se traducía en carencias reales. Vicente entendió que ahí no bastaba con administrar: había que comprometerse.

Su juventud contrastaba con la complejidad del trabajo. Sin embargo, lejos de convertirse en obstáculo, se transformó en impulso. Llegaba temprano, se iba tarde y revisaba personalmente expedientes que otros delegaban.

Ese periodo marcó su carácter. Aprendió que el servicio público no se mide en discursos, sino en resultados concretos para quienes menos margen tienen para esperar.

 

 

El encuentro con Lucía Enríquez de Lara González

Fue en el DIF donde Vicente conoció a la señora Lucía Enríquez de Lara González, esposa del gobernador Carlos Lara González. No hubo cercanía inmediata ni trato especial. Al principio, ella lo observó como se observa a cualquier funcionario joven: con cautela.

Lucía Enríquez tenía un carácter firme y una sensibilidad social desarrollada. No se impresionaba con títulos ni con discursos. Valoraba el trabajo constante y la seriedad en la ejecución.

Vicente no intentó agradar ni buscar su atención. Simplemente hizo su trabajo. Respondía con puntualidad, resolvía problemas sin escándalo y asumía responsabilidades completas, incluso cuando no le correspondían directamente.

Esa forma de actuar comenzó a generar algo más sólido que la simpatía: confianza. Una confianza que no se concede rápido y que, una vez otorgada, pesa en el mundo del poder.

 

 

La confianza que se construye

Con el paso de los meses, Lucía Enríquez empezó a considerar a Vicente como alguien confiable dentro de la estructura. No porque coincidieran en todo, sino porque sabía que lo que se le encargaba se cumplía.

Vicente entendió pronto que esa confianza no debía confundirse con cercanía personal. La cuidó con rigor, evitando excesos y manteniendo siempre una relación institucional clara.

El trabajo conjunto se volvió más frecuente. Reuniones largas, revisiones de programas y decisiones delicadas pasaron por sus manos. Cada una era una prueba silenciosa.

En ese proceso, Vicente fue dejando de ser el joven recomendado para convertirse en un funcionario reconocido por su desempeño.

 

 

Aprender a servir

Esa etapa consolidó una idea que Vicente no abandonaría jamás: servir no es lucirse, es responder. El cargo es circunstancial; el modo de ejercerlo, permanente.

A pesar de su juventud, comenzó a ganar respeto entre colegas mayores y a ser tomado en cuenta en decisiones relevantes. No por ambición explícita, sino por confiabilidad.

El camino apenas comenzaba, pero ya estaba claro que no sería breve ni sencillo. Vicente no parecía tener prisa. Prefería construir con paciencia.

Así, entre trabajo cotidiano y responsabilidades crecientes, se fue formando una vocación pública que todavía no buscaba reflectores, pero que empezaba a hacerse notar.

La decisión íntima

Cuando el amor deja de esperar y la vida personal se afirma en medio del servicio público

 

 

Dos años de servicio silencioso

Para cuando Vicente Díaz Cueto cumplió dos años al interior del DIF estatal, su presencia ya no era la del joven recién llegado ni la del funcionario en periodo de prueba. Había pasado por áreas complejas, aprendido rutinas exigentes y ganado respeto en un entorno donde la confianza no se regala. Cada jornada era una confirmación de que el trabajo bien hecho se nota, incluso cuando no se anuncia.

Antes de eso, había pasado un año y medio en la Ciudad de México, aprendiendo los ritmos de una administración más grande y más áspera. Ahí entendió que servir desde lo público implica paciencia, discreción y una ética que no siempre se reconoce de inmediato. Volver al estado con esa experiencia le dio un temple distinto.

En el DIF, Vicente no buscó reflectores. Prefirió escuchar, ordenar procesos y resolver pendientes acumulados. Su juventud contrastaba con su forma de trabajar: metódica, constante, poco dada a la improvisación. Poco a poco, su nombre empezó a asociarse con confiabilidad.

Ese periodo consolidó una certeza personal: la vocación de servicio no estaba peleada con una vida propia. Al contrario, exigía que esa vida estuviera clara y bien anclada.

 

 

Gloria y el despacho que crece

Mientras Vicente construía su trayectoria institucional, Gloria Palomar de la Cuesta permanecía en el despacho jurídico que había abierto con apoyo de sus padres. No era un proyecto grandilocuente, pero sí constante. Casos locales, asesorías y litigios menores le permitieron hacerse de un nombre propio en el pueblo.

Gloria disfrutaba la autonomía que le daba su trabajo. Administraba tiempos, elegía clientes y mantenía una rutina que le permitía observar de cerca la vida cotidiana de la comunidad. Su despacho se volvió un punto de referencia discreto pero respetado.

A diferencia de otros momentos de su vida, no tenía prisa. El crecimiento era gradual y eso le daba tranquilidad. Sabía que estaba construyendo algo suyo, sin depender de cargos ni de favores.

Esa estabilidad profesional se convirtió en el complemento natural de la vida de Vicente. Ambos entendían que sus caminos eran distintos, pero compatibles.

 

 

La propuesta sin espectáculo

Fue en una noche tranquila, sin ceremonia ni testigos, cuando Vicente le pidió a Gloria que se casaran. No hubo anillo ostentoso ni discursos ensayados. Hubo una conversación honesta, larga, donde ambos hablaron de miedos, tiempos y expectativas.

Vicente sabía que su vida pública podía complicar las cosas. Por eso la propuesta fue directa y sincera, sin promesas grandilocuentes. Gloria escuchó con atención y respondió con la misma claridad.

La decisión no fue impulsiva. Fue el resultado de años de caminar juntos, de conocerse en distintas etapas y de aceptar virtudes y límites. Casarse era una elección consciente, no una consecuencia automática.

Esa noche sellaron algo más que un compromiso: reafirmaron una forma de caminar juntos sin perder identidad.

 

 

Una boda sencilla, profundamente simbólica

La boda se planeó como ellos la querían: modesta, casi familiar, sin listas interminables ni lujos innecesarios. Querían un momento íntimo, compartido con quienes realmente habían estado cerca.

No hubo ostentación ni afán de mostrar poder. La ceremonia fue sobria y cargada de significado. Cada gesto tenía sentido porque no respondía a expectativas externas. Para Vicente, esa sencillez era coherente con su forma de entender el servicio público. Para Gloria, era la confirmación de que el amor no necesita espectáculo.

La boda fue breve, pero profundamente emotiva. Un punto de equilibrio entre dos vidas que se habían construido con paciencia.

 

 

La madrina que acompaña

Antes de la boda, Vicente tomó una decisión que hablaba de respeto y gratitud. Se acercó a Lucía Enríquez de Lara González, esposa del gobernador Carlos Lara González, para pedirle que aceptara ser madrina.

La petición no fue estratégica ni calculada. Fue un gesto personal, nacido del reconocimiento al acompañamiento institucional y humano que había recibido en el DIF.

Lucía aceptó con gusto y cercanía. No solo dio su palabra, sino que facilitó con naturalidad los trámites y protocolos necesarios, siempre desde una actitud cálida y sin protagonismo.

Ese gesto reforzó un vínculo basado en la confianza construida con trabajo y constancia.

 

 

El comienzo de una nueva etapa

La boda no marcó una pausa en la vida profesional de Vicente, sino un reacomodo profundo. Ahora sabía que cada decisión tenía un impacto que iba más allá de lo personal.

Gloria asumió esa nueva etapa con serenidad. No renunció totalmente a su despacho ni a su independencia, pero entendió que la vida compartida implicaba ajustes y acuerdos.

Ambos entraron en el matrimonio sin idealizaciones excesivas, pero con una convicción firme: acompañarse sin perderse.

Así comenzó una etapa donde el servicio público y la vida íntima dejaron de competir y empezaron a sostenerse mutuamente.

 

 

La vida que se acomoda sin hacer ruido

El matrimonio joven, el trabajo cotidiano y las primeras pruebas políticas

 

 

La casa compartida

El matrimonio llevó a Vicente Díaz Cueto y Gloria Palomar de la Cuesta a una vida que no buscaba espectacularidad. La casa que compartieron en la capital del estado era modesta, funcional, pensada más para el descanso que para la exhibición. Ahí comenzaron a construir una rutina que ninguno había tenido antes.

Las mañanas se organizaban con silencios prácticos, cafés rápidos y agendas distintas. No había grandes ceremonias domésticas ni dramatismos: había acuerdo tácito y una sensación nueva de estabilidad que contrastaba con los años de estudio y mudanzas.

La convivencia diaria fue revelando gestos pequeños que sostienen una vida en común: comidas sencillas, conversaciones nocturnas y la certeza de que el hogar era un refugio frente al ruido exterior.

Esa normalidad, lejos de parecer trivial, se volvió una conquista. Para ambos, acostumbrados a la exigencia y la expectativa ajena, la casa compartida fue un territorio propio.

 

 

El trabajo que absorbe

Vicente continuó su labor en el DIF estatal con una disciplina que no distinguía horarios. El trabajo institucional absorbía buena parte de sus días, marcado por reuniones, visitas y decisiones que exigían atención constante.

Aunque joven, entendía que su responsabilidad no era menor. Cada expediente y cada firma tenían consecuencias reales para personas concretas, y esa conciencia lo volvió meticuloso y prudente.

El ritmo de trabajo no disminuyó tras el matrimonio. Al contrario, se intensificó, como si la vida pública reclamara siempre un poco más.

Gloria observaba ese compromiso con respeto, consciente de que la vocación de servicio de Vicente era parte esencial de su carácter.

 

 

Gloria y el despacho

Gloria mantuvo abierto su despacho jurídico, aunque poco a poco comenzó a reducir su presencia, era difícil el ir y venir desde la capital a diario. Los casos seguían llegando, pero ya no ocupaban el centro de su vida cotidiana.

Al principio atendía personalmente cada asunto, con la misma energía que la había llevado a abrir su propio espacio profesional. Con el tiempo, delegó más y seleccionó mejor los casos.

No se trató de abandono ni de renuncia, sino de una reorganización natural. Gloria empezaba a pensar su vida en clave distinta, menos individual y más compartida.

Esa transición no fue abrupta, sino silenciosa, casi imperceptible para quienes la rodeaban.

 

 

Un matrimonio sin reflectores

A diferencia de otras parejas del entorno político, Vicente y Gloria no buscaron reflectores ni vida social constante. Sus apariciones públicas eran contadas y siempre funcionales.

Preferían reuniones pequeñas, amistades cercanas y espacios donde no fuera necesario explicar quiénes eran o qué hacían.

Esa discreción no respondía a estrategia, sino a temperamento. Ambos desconfiaban de la exposición innecesaria.

El matrimonio se fue consolidando lejos del aplauso, con una solidez que no dependía de la mirada externa.

 

 

El clima político que se aproxima

Mientras la vida personal encontraba equilibrio, el entorno político comenzaba a moverse. Las elecciones intermedias del gobierno del gobernador Carlos Lara González se aproximaban.

En los pasillos institucionales se hablaba cada vez más de estrategias, candidaturas y reacomodos. Nada estaba definido, pero todo se intuía.

Vicente percibía ese movimiento sin involucrarse directamente, consciente de que su papel aún era técnico y administrativo.

La política, sin embargo, empezaba a tocar la puerta con más insistencia.

 

 

La calma antes del movimiento

Ese periodo fue, en retrospectiva, una pausa engañosa. La vida parecía ordenada, casi predecible.

El trabajo avanzaba, el matrimonio se afirmaba y los días transcurrían sin sobresaltos mayores.

Pero bajo esa superficie tranquila, el escenario comenzaba a cambiar. Las decisiones futuras ya se estaban gestando.

Vicente y Gloria no lo sabían entonces, pero esa calma era apenas el preludio de una etapa mucho más intensa.

 

 

La cena que cambia el rumbo

La invitación inesperada
El encuentro privado que abre la puerta a la primera candidatura municipal

 

 

La llamada que no parecía política

Vicente Díaz Cueto no esperaba aquella llamada. Provenía de la esposa del gobernador, Lucía Enríquez de Lara González, con un tono amable y sin urgencias aparentes. La invitación era sencilla: una cena en la casa de gobierno, sin agenda formal, sin anuncios previos. Vicente aceptó con naturalidad, sin imaginar que ese gesto marcaría un punto de inflexión.

Gloria recibió la noticia con sorpresa moderada. No era común que se les invitara a espacios tan íntimos del poder estatal, pero tampoco lo vivió como una señal política inmediata. Ambos pensaron en una cortesía institucional, quizá un reconocimiento al trabajo silencioso de Vicente en el DIF.

La preparación para la cena fue discreta. Nada de protocolos excesivos ni expectativas desbordadas. Vicente eligió un traje sobrio; Gloria optó por la elegancia contenida. La intención era no sobreactuar un encuentro que, al menos en apariencia, no prometía giros mayores.

Camino a la casa de gobierno, Vicente pensó en su trayectoria reciente: el regreso al estado, el trabajo constante, la confianza ganada poco a poco. No se permitió especular más allá. Aprendió que en política, adelantarse a los hechos suele ser un error.

 

 

La casa de gobierno por dentro

La residencia oficial los recibió con una calma casi doméstica. Lejos del ruido público, la casa de gobierno mostraba su rostro más íntimo: iluminación cálida, mesas sencillas, un ambiente pensado más para la conversación que para la solemnidad.

Lucía Enríquez los recibió con cercanía genuina. Habló de asuntos cotidianos, de la ciudad, del ritmo de trabajo y de la importancia de no perder la dimensión humana en medio del servicio público. Su tono no dejaba ver segundas intenciones.

La sorpresa llegó minutos después, cuando el gobernador Carlos Lara González apareció en el comedor. No hubo anuncio previo ni formalidad especial. Simplemente se sentó a la mesa, como quien se integra a una conversación ya iniciada.

Vicente y Gloria intercambiaron una mirada breve. Entendieron que aquella cena no era casual. La presencia del gobernador transformaba el encuentro en algo más que una cortesía.

 

 

Una conversación sin prisa

La cena transcurrió sin discursos ni planteamientos abruptos. Se habló del trabajo en el DIF, de los retos sociales del estado y de la vida en la capital. El gobernador escuchaba más de lo que hablaba.

Gloria participó con naturalidad. Habló de su despacho, de los casos que seguía atendiendo y de cómo la vida de casados había traído nuevas prioridades. Su presencia equilibraba la conversación.

Carlos Lara preguntó a Vicente cómo se sentía en el servicio público. No sobre cargos ni ambiciones, sino sobre el desgaste, el aprendizaje y la vocación. Vicente respondió con honestidad, sin adornos ni falsas modestias.

El ambiente se mantuvo relajado. Nada hacía pensar que aquella cena derivaría en una propuesta política inmediata.

 

 

La frase que cambia todo

El postre llegó y, con él, un silencio distinto. Carlos Lara dejó los cubiertos y miró directamente a Vicente. No levantó la voz ni adoptó tono solemne. Simplemente dijo que había seguido su trabajo con atención.

Le explicó que el estado necesitaba perfiles jóvenes, confiables y con arraigo real. Que había una oportunidad próxima y que pensaba en él como candidato a presidente municipal.

Vicente no respondió de inmediato. Giró el rostro y miró a Gloria. En ese gesto estaba contenida la dimensión real de la propuesta: no solo afectaba su carrera, sino su vida entera.

La política dejaba de ser trabajo técnico y se convertía, de pronto, en decisión de futuro.

 

 

La reacción de Gloria

Gloria sostuvo la mirada de Vicente sin sorpresa exagerada. Entendió de inmediato el peso de la propuesta. No era un halago menor ni una aventura improvisada.

Lucía Enríquez intervino con suavidad. Dijo que era una gran oportunidad, que el momento político era propicio y que ambos tenían la madurez para enfrentar ese reto.

Gloria no habló de ambiciones personales. Habló de compromiso, de responsabilidad y de la posibilidad de servir desde otro lugar. Su respaldo fue claro, sin dramatismo.

Vicente entendió que no estaba solo frente a esa decisión.

 

 

Salir con el mundo distinto

La cena terminó sin acuerdos cerrados ni anuncios públicos. No hubo presión inmediata. Solo la certeza de que algo había cambiado.

Al salir de la casa de gobierno, la ciudad parecía la misma, pero ya no lo era. Vicente caminaba con una propuesta que transformaba su horizonte.

Gloria tomó su mano en silencio. No hacía falta decir más. Ambos sabían que los siguientes días traerían conversaciones difíciles y decisiones profundas.

La política, una vez más, había entrado en su vida no con estruendo, sino con una cena tranquila que alteró para siempre el rumbo.

 

El costo de decir que sí

La formalización de una candidatura y el descubrimiento brutal de un problema que nadie quiere nombrar

 

 

La candidatura que deja de ser idea

La conversación en la casa de gobierno no tardó en traducirse en hechos, Vicente oficializa su salida del DIF. Días después, el partido da forma a la propuesta y Vicente Díaz Cueto fue registrado como candidato a la presidencia municipal. Hubo una convención sencilla, con aplausos sinceros y rostros que mezclaban esperanza con ansiedad contenida. No era una candidatura impuesta: era una decisión que el partido asumía como necesaria.

Vicente subió al estrado con un discurso breve, medido, sin promesas grandilocuentes. Habló de cercanía, de trabajo y de responsabilidad. No habló de dinero ni de campañas. En ese momento, todavía no quería pensar en eso. La política, una vez más, parecía resolverse primero en el plano de las ideas.

La respuesta de la militancia fue cálida. Viejos conocidos se acercaron a saludarlo, vecinos del pueblo lo abrazaron con emoción y algunos que habían estado alejados regresaron con entusiasmo renovado. El ambiente era de reencuentro, de inicio, de algo que por fin volvía a ponerse en marcha.

Pero detrás de ese impulso colectivo, Vicente y Gloria sabían que la candidatura ya no era un gesto simbólico. Era una responsabilidad concreta, con tiempos, reglas y exigencias muy claras.

 

 

Volver al origen

Al día siguiente del registro, tomaron una decisión práctica e impostergable: regresar al pueblo. Dejaron la capital y se instalaron temporalmente en la casa de los padres de Gloria. No fue una renuncia ni un retroceso, sino una forma de reconectar con el territorio desde donde se haría la campaña.

La casa de los suegros los recibió con la calidez conocida. Desayunos largos, comidas familiares y conversaciones que mezclaban orgullo con preocupación. Para los padres de Gloria, la candidatura era motivo de alegría, pero también de preguntas silenciosas que nadie formulaba del todo.

Vicente comenzó a recorrer el municipio, a reencontrarse con conocidos y a escuchar las primeras demandas. Todo parecía avanzar con naturalidad. La campaña, al menos en el discurso, empezaba a tomar forma.

Pero por las noches, cuando la casa se aquietaba, el entusiasmo cedía espacio a una inquietud más concreta.

 

 

La cuenta que no cierra

Una de esas noches, sentados en la habitación que ocupaban, Vicente y Gloria decidieron hablar con franqueza. Sacaron cuentas, revisaron gastos básicos, calcularon recorridos, propaganda, traslados y equipo mínimo. Lo que apareció sobre la mesa fue una realidad incómoda.

Una campaña, incluso en un municipio pequeño, costaba mucho más de lo que habían imaginado. No se trataba de lujos ni de excesos, sino de lo indispensable para competir con dignidad. Y ese dinero, simplemente, no estaba.

Gloria fue la primera en decirlo en voz alta. Vicente lo sabía, pero escucharlo le dio otra dimensión. El problema no era político, era financiero. Y no tenía una solución inmediata.

Por primera vez desde que aceptaron la candidatura, ambos sintieron vértigo real.

 

 

Pensar soluciones que no existen

Durante varios días, el tema volvió una y otra vez. Gloria planteó la posibilidad de pedir un préstamo a su padre. Sabía que podía ayudar, pero también conocía los límites. Vivían bien, sí, pero no tenían capital para sostener una campaña completa.

Vicente descartó de inmediato pedir ayuda al gobernador o a su esposa. No era una opción. No quería que la candidatura naciera con una mala señal hacia quien lo había ayudado políticamente desde el primer día.

Buscar patrocinadores tampoco parecía viable. No tenían redes empresariales fuertes ni respaldos económicos ocultos. La campaña se había construido desde la credibilidad, no desde el dinero.

Cada alternativa parecía cerrarse apenas se formulaba.

 

 

La mañana que llega sin aviso

El cansancio empezó a notarse. Una mañana, sentados a la mesa del desayuno, el ambiente era más silencioso de lo habitual. Vicente tenía varias reuniones programadas ese día y Gloria revisaba mentalmente pendientes que no lograban distraerla de la preocupación central.

Fue entonces cuando escucharon voces conocidas. No esperaban visitas. Gloria se levantó y se encontró con Beatriz Palomar de la Cuesta y Alfonso Hernández Gómez, su Hermana y su cuñado. No habían avisado. Simplemente habían llegado, como solían hacerlo en los momentos importantes.

Se saludaron con afecto y tomaron asiento. El desayuno continuó. La presencia de ambos rompió el equilibrio precario de la mañana. Algo estaba por ocurrir, aunque todavía no podía nombrarse.

 

 

La petición que suspende el tiempo

El desayuno avanzaba con una normalidad forzada. Las tazas ya estaban casi vacías y el pan permanecía intacto en los platos, como si nadie hubiera tenido realmente apetito. Las conversaciones habían sido breves, cuidadosas, evitando de manera inconsciente el tema que pesaba sobre todos.

Fue entonces cuando Alfonso levantó la vista. Miró a Vicente con seriedad y, sin rodeos, le pidió hablar a solas. No explicó razones ni dio contexto. No hubo dramatismo ni urgencia exagerada. Solo una frase clara, dicha con el tono de quien sabe que lo que viene no puede compartirse en público.

Vicente asintió casi de inmediato. Se levantó despacio y acompañó a Alfonso fuera de la mesa, dejando atrás a Gloria y a Beatriz, que permanecieron sentadas platicando cosas de la casa.

Nadie sabía qué iba a decir Alfonso. Nadie podía anticipar el contenido de esa conversación privada.

 

 Continuará en La Leyenda 66…

 

 

(By Notas de Libertad).

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