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LA LEYENDA

60

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La Leyenda 60

Cuando la memoria se niega a pedir permiso

 

Un domingo que no llega en silencio

Este domingo no aterriza con suavidad. Llega con el peso de lo acumulado, con el eco de una semana que dejó marcas en la piel y preguntas sin cerrar. El país no descansa: se repliega. Respira hondo. Mira alrededor como quien busca un punto firme antes de dar el siguiente paso.
No es cansancio solamente: es conciencia. Es la sensación de haber atravesado días que exigieron más alma que costumbre.

 

Un país que aprende a resistir sin aplausos

México no se sostiene desde los discursos ni desde las cifras que pretenden tranquilizar. Se sostiene desde abajo, desde lo invisible. Desde las casas donde el dinero se estira como pan bendito, desde las calles donde la dignidad camina sin reflectores, desde los silencios que no caben en ningún informe oficial.
Hay una resistencia cotidiana que no se presume. Una manera de seguir que no pide permiso ni reconocimiento.

 

La palabra como acto de valentía

La Leyenda 60 nace en ese punto exacto donde callar sería más fácil, pero escribir se vuelve necesario. No como gesto literario, sino como acto de responsabilidad emocional. Porque hay momentos en que nombrar lo que duele es la única forma de no acostumbrarse al daño.
La palabra aquí no adorna: sostiene. No entretiene: enfrenta. No tranquiliza: despierta.

 

Lo que no se dice también pesa

Hay ausencias que gritan. Hay verdades que se esconden detrás de frases tibias. Hay realidades que se vuelven más peligrosas cuando se les pide paciencia en lugar de justicia.
Este país carga no solo con lo que ocurre, sino con todo aquello que se intenta normalizar. Y escribir es negarse a aceptar que lo injusto se vuelva paisaje.

 

La antesala de lo que no quiere olvidarse

Esta edición abre una puerta incómoda. No promete alivio inmediato ni finales amables. Promete honestidad. Promete mirar sin bajar la cabeza. Promete no traicionar la memoria ni la emoción de quienes siguen creyendo, incluso con el corazón golpeado.
Lo que sigue adentro no busca likes ni consensos: busca verdad. De esa que no se acomoda, pero acompaña.

 

La voz que no se esconde

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde la convicción de que el país no necesita más maquillaje, sino más palabras que se atrevan a decir lo que sentimos cuando nadie está grabando.
Escribo porque aún creo que contar lo que somos —con todas nuestras fracturas— es una forma de amor.

Y mientras la memoria siga doliendo, mientras la realidad siga pidiendo nombre, mientras alguien se atreva a sentir sin cinismo, La Leyenda no va a callar.
Que empiece, otra vez, el fuego de la palabra.

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Índice de Contenido

Hoy en “La Leyenda”

 

 

/…  La resistencia que no hace ruido

Bienvenida a La Leyenda 60: cuando el país se sostiene con lo invisible

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 1

 

/… 28 de diciembre: el día en que México aprendió a reírse del engaño

De la tragedia bíblica a la broma popular, del dolor histórico a la carcajada colectiva: una crónica sobre el Día de los Inocentes, sus trampas, sus mentiras consentidas y la extraña sabiduría de un país que aprendió a sobrevivir riéndose del engaño.

(By operación W).

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-Agenda del Poder:

 

/…  Cuando el agua exige decisiones adultas

Solís, Ocampo y el punto donde la técnica, el ambiente y la política deben dejar el cálculo y asumir responsabilidad compartida

/…   El partido que convirtió el oportunismo en sistema

Del “Niño Verde” a San Luis Potosí: alianzas desechables, escándalos verificados y una reforma hecha para heredar el poder

/… El país que camina con el freno puesto

Expectativas económicas, cifras incómodas y la verdad que México tendrá que enfrentar sin discursos tranquilizadores

 

/… Ganar más y alcanzar menos

El salario mínimo sube, el bolsillo se encoge y la diferencia entre cobrar más y vivir mejor que casi nadie explica

 

/… La energía que nos empobrece

Gasolina, diésel y luz más caros: por qué en Estados Unidos cuestan menos, el lastre de Pemex y el fracaso que Dos Bocas no logró ocultar

 

/…  El país que hipotecó el futuro

La deuda que creció sin ruido, el gasto que se volvió permanente y la factura histórica que México ya empezó a pagar

 

/… La liga que no necesitó permisos para ser grande

Zona Centro: cuando el futbol del Bajío se jugaba con orgullo, viaje y carácter

 

(By Operación W).

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-Alimento para el alma.  

“Canción Ultima” 

De:  Miguel Hernández

Sobre el poema:

Cuando el amor se vuelve despedida

Lectura profunda de “Canción última” 

Sobre el autor:

Miguel Hernández: la palabra nacida de la tierra

Reseña biográfica y lectura de una obra escrita con el cuerpo

 

*Si quieres escucharlo en la voz de:  Joan Manuel Serrat

 

(By Notas de Libertad).

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 - “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”

 

/… Los imperdibles de Puerto Vallarta

Siete mesas que explican una ciudad mejor que cualquier guía: una travesía gastronómica donde el sabor no es pretexto, sino destino, y la comida se convierte en memoria, territorio y forma de estar en el mundo.

(By Notas de Libertad).

 

/… Restaurante El Malecón: Donde la ciudad se sienta a la orilla del agua

Una mesa abierta frente al mar que no pretende deslumbrar, sino acompañar. Un restaurante donde Puerto Vallarta se reconoce en el vaivén de las olas, en la constancia del oficio y en una cocina costera que no necesita traducciones para ser entendida.

(By La Gira del Tragón).

 

/…Donde el día empieza a caminar despacio, Restaurante El Andariego

Un restaurante que entendió que el desayuno es una conversación con la ciudad, que el mediodía pide sustancia sin prisa y que la noche agradece una mesa honesta, bien servida y sin estridencias.

(By La Gira del Tragón).

 

/…  El mar como costumbre, Restaurante La Palapa

Una mesa plantada en la arena de Playa Los Muertos donde el día avanza sin prisa: la comida es luminosa, la tarde se alarga y la cena encuentra su pulso al ritmo del océano.

(By La Gira del Tragón).

 

/… La cocina del Pitillal que sabe a mar, Restaurante Pesk-2 en la 12

Una mesa nacida en el barrio donde el mar llega sin disfraz: tacos, sopes, aguachiles y cócteles que no buscan sorprender, sino cumplir; un restaurante que entiende que en El Pitillal se come con hambre real y se vuelve cuando el plato responde.

(By La Gira del Tragón).

/… La elegancia que se construye en silencio, Restaurante Trio

Una mesa de cocina contemporánea en el corazón de Puerto Vallarta donde la técnica, el producto y la constancia pesan más que la estridencia; un restaurante que no compite por atención, sino por permanencia.

(By La Gira del Tragón).

 

/… El arte de comer bien en el corazón de Vallarta, Restaurante Café des Artistes

Una mesa donde la alta cocina se convierte en lenguaje, el tiempo se desacelera y cada plato dialoga con la memoria; un restaurante que hizo del oficio gastronómico una forma de arte sostenida durante décadas.

(By La Gira del Tragón).

 

/… La conversación que se sirve al centro de la mesa, Restaurante Barcelona Tapas

Un balcón sobre Puerto Vallarta donde la cocina española se vuelve encuentro, el tiempo se estira entre platos compartidos y la comida recupera su sentido más antiguo: reunirse.

(By La Gira del Tragón).

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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.

 

Domingo 28 de diciembre al sábado 3 de enero.

Santoral

LOS NOMBRES QUE SOSTIENEN EL TIEMPO

Hay días en que el calendario no solo ordena el tiempo: lo bendice y lo vuelve memoria viva. Cada fecha guarda nombres…

Efemérides Nacionales e Internacionales

 

CUANDO LA HISTORIA MARCA EL DÍA

Las efemérides no son fechas inmóviles: son puntos donde el pasado vuelve a tocar el presente. Cada día concentra hechos que…

 

Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales

 

CUANDO LA MEMORIA SE CONVIERTE EN FECHA

Las conmemoraciones no celebran hechos aislados: recuerdan causas, luchas, valores y heridas que siguen presentes. A diferencia de…

(By Notas de Libertad).

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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.

 

/… Leo Mattioli

Vida y obra del cantor que convirtió la cumbia romántica en una forma de confesión popular

 

*Con un click escucha: *Lo Mejor de Leo Mattioli (PlayList)

 

(By Notas de Libertad).

 

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/… Lo Mosca Tse-Tse

Biografía humana y recorrido musical de una banda construida desde el encuentro, no desde la rigidez

*Con un click escucha: *Lo Mejor de La Mosca Tse Tse (PlayList).

(By Notas de Libertad).

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¿Qué leer esta semana?

“Biebrich, crónica de una infamia”

De: Jesús Blancornelas

 

 Resumen:  

Cuando el poder decidió destruir a uno de los suyos

Relato íntegro de un caso donde la justicia fue subordinada al Estado y la verdad quedó atrapada en el expediente

Sobre el autor:

Jesús Blancornelas

Vida y obra de un periodista que decidió no apartar la mirada

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 2.

/… Rafael Oceguera Ramos: el oficio del poder

Crónica de un político formado en la disciplina del debate, la lealtad parlamentaria y el dominio de la tribuna; un sinaloense que conoció la política desde la juventud organizada, el Congreso sin mayorías y el ejercicio real del poder, cuando la palabra todavía tenía peso y consecuencias.

(By operación W).

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La resistencia que no hace ruido

Bienvenida a La Leyenda 60: cuando el país se sostiene con lo invisible

El país que no avanza: aguanta

Hay semanas en las que México no avanza: aguanta. No grita, no marcha, no estalla. Aguanta como se aguanta una noche larga, como se sostiene una casa cuando el viento insiste, como se cuida una herida que no termina de cerrar. Llegamos a esta Leyenda 60 desde ese lugar silencioso donde la resistencia no se presume, pero se ejerce todos los días.

No fue una semana de titulares espectaculares. Fue peor: una semana de cansancio acumulado, de conversaciones a media voz, de miradas que evitan el optimismo fácil. Una semana en la que millones siguieron levantándose temprano, cumpliendo horarios, cuidando a los suyos, pagando lo que se puede pagar, esperando que algo —lo que sea— empiece a ordenarse. Esa es la resistencia más dura: la que no tiene aplausos.

 

La respiración corta de los días comunes

Hay un México que no aparece en la primera plana y, sin embargo, sostiene el país con el cuerpo: el México de los que viajan apretados, de los que comen a prisa, de los que hacen cuentas en la mente mientras caminan, de los que llegan a casa con el cansancio colgado como chamarra vieja. Ese México no pide épica. Pide respeto.

Y aun así, ahí está lo admirable: con la vida cuesta arriba, la gente sigue haciendo lo que toca. No porque crea que todo va a mejorar mañana, sino porque entiende que rendirse es dejar el mundo en manos de los que nunca han cargado nada.

 

Escribir para no perder la voz

Esta columna no busca explicar al país como si fuera un expediente. Busca escucharlo. Poner palabras donde solo hay sensación. Sentarse, aunque sea con tinta, junto a quienes sienten que todo pesa un poco más y aun así no se rinden.

Escribir también es una forma de resistencia: la manera más humilde de decir aquí seguimos cuando el ruido intenta imponerse y el cansancio invita a callar.

 

La resistencia invisible que sostiene a México

México no está hecho solo de decisiones de poder, ni de cifras frías, ni de discursos que prometen sin pagar. México está hecho de personas que sostienen el día sin pedir permiso: madres que estiran la quincena como quien estira la vida, jóvenes que trabajan sin garantías, adultos mayores que cuentan los años con dignidad, familias que se organizan para sobrevivir sin perder la decencia.

Esa resistencia no se grita. Se vive. Se ejerce en lo doméstico, en lo cotidiano, en lo pequeño que parece insignificante y, sin embargo, mantiene al país en pie. Son columnas invisibles. Y hoy, más que nunca, conviene mirarlas.

 

Esta Leyenda 60 no promete consuelo fácil

Esta entrega no llega para endulzar la realidad. Llega para mirarla de frente. Para recordar que la esperanza no es consigna: es acto cotidiano. Para insistir en que resistir no es quedarse quieto, sino seguir pensando, seguir preguntando, seguir exigiendo sin perder la humanidad.

No hay patria posible si normalizamos lo injusto. No hay futuro digno si nos acostumbramos al abuso. No hay país que aguante para siempre si se le pide a la gente que resista mientras otros se reparten el día.

 

Bienvenidos: aquí seguimos

Bienvenidos a La Leyenda 60.

A esta edición que no levanta la voz por espectáculo, pero no se arrodilla. A este espacio donde la palabra no salva al mundo, pero ayuda a sostenerlo.

Porque mientras alguien siga contando lo que duele, mientras alguien siga leyendo con el corazón abierto, la resistencia —aunque silenciosa— seguirá viva.

Soy Wintilo Vega Murillo.
Y escribo La Leyenda porque todavía creo que nombrar lo que pasa importa.

 

 

(By Notas de Libertad).

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28 de diciembre: el día en que México aprendió a reírse del engaño

De la tragedia bíblica a la broma popular, del dolor histórico a la carcajada colectiva: una crónica sobre el Día de los Inocentes, sus trampas, sus mentiras consentidas y la extraña sabiduría de un país que aprendió a sobrevivir riéndose del engaño.

 

Cuando la risa nace del horror

El origen trágico del Día de los Inocentes: una matanza, una memoria incómoda y el largo camino hasta convertirse en broma.

 

Herodes, el miedo al poder y la violencia contra los inocentes

El origen del 28 de diciembre no tiene nada de gracioso. No nació de una carcajada ni de una picardía, sino de uno de los episodios más oscuros del relato bíblico: la matanza de los niños ordenada por el rey Herodes. El miedo del poder, cuando se siente amenazado, suele volverse cruel, y en esa crueldad casi siempre pagan los que no tienen defensa. Los inocentes, en el sentido más literal.

Ese episodio quedó grabado como memoria dolorosa: niños asesinados no por lo que hicieron, sino por lo que podían llegar a representar. El relato no buscaba entretener ni provocar risa; buscaba recordar que el poder, cuando se siente acorralado, pierde cualquier límite moral. Y sin embargo, con el paso del tiempo, esa tragedia comenzó a transformarse.

 

La Iglesia y la transformación del recuerdo

Durante siglos, la Iglesia conmemoró el 28 de diciembre como un día solemne. No había bromas ni engaños, sino recogimiento. Se hablaba del martirio, del sufrimiento injusto, de la fragilidad de la vida. Era una fecha incómoda, dura, que recordaba que la historia no siempre avanza con justicia.

Pero las sociedades rara vez sostienen por mucho tiempo una incomodidad absoluta. La memoria necesita rituales que permitan seguir viviendo. Y poco a poco, sin que haya un decreto claro ni un momento exacto, el recuerdo comenzó a desplazarse. No se borró, pero se reconfiguró. El dolor se volvió símbolo. El símbolo se volvió rito. Y el rito empezó a abrirle espacio a otra cosa: la inversión del sentido.

 

Del llanto al rito: cómo se domestica una tragedia

Las comunidades humanas tienen una capacidad sorprendente para domesticar lo insoportable. Cuando una tragedia se vuelve demasiado pesada, aparece el humor, no como burla del sufrimiento, sino como mecanismo de supervivencia. El 28 de diciembre empezó a cargarse de un tono distinto. La figura del inocente ya no era solo el niño asesinado, sino también el ingenuo, el confiado, el que cae en el engaño.

La violencia real se transformó en una violencia simbólica: el engaño sin daño, la mentira sin consecuencia. Reírse del engaño fue, de algún modo, una manera de exorcizar la injusticia original. Si no se podía corregir la historia, al menos se podía invertir su peso emocional.

 

Europa medieval y la inversión del sentido

En la Europa medieval, el calendario estaba lleno de días “al revés”: fiestas donde el orden se invertía, donde los poderosos eran ridiculizados y los débiles podían burlarse sin castigo. El Día de los Inocentes empezó a mezclarse con esa lógica. Engañar al otro se volvió un acto permitido. Decir una mentira evidente era una forma de señalar que ese día las reglas no funcionaban igual.

La risa no negaba la tragedia original, pero la cubría con una capa de ironía social. El inocente ya no era solo víctima: era también el que creía demasiado. Y creer, en sociedades duras, siempre ha sido un riesgo.

 

El engaño ritual como válvula social

El engaño del 28 de diciembre no es cualquier engaño. Es un engaño ritualizado. Todos saben que existe, todos lo esperan, pero aun así muchos caen. Y ahí está la clave: caer es parte del juego. Ese día se permite mentir sin culpa. Se suspende, por unas horas, la obligación moral de decir la verdad. Y esa suspensión revela algo profundo: la verdad absoluta cansa, agota, endurece.

El engaño ritual funciona como válvula de escape. No es casual que sobreviva en culturas donde la desconfianza es norma. El Día de los Inocentes permite una mentira sin consecuencias reales, una transgresión controlada que libera tensiones acumuladas.

 

Cuando la memoria empieza a disfrazarse de risa

Así, lo que empezó como una conmemoración trágica terminó convertido en una fecha ambigua: se recuerda sin decirlo, se honra sin solemnidad, se transforma sin desaparecer. La risa del 28 de diciembre no borra el origen, pero lo vuelve habitable. Es una risa que nace del horror, pero que se niega a quedarse ahí. Una risa que no es olvido, sino adaptación.

Y será esa risa —esa forma peculiar de enfrentar la historia— la que viaje después a América, cruce el océano y encuentre en México un terreno fértil para convertirse en tradición viva, malicia cotidiana y carcajada compartida.

 

 

 De España a la Nueva España: la broma cruza el océano

Cómo una conmemoración europea se mezcló con picardía, oralidad y vida cotidiana hasta volverse una tradición profundamente mexicana.

 

 

El calendario llega con la fe y se queda con la gente

El 28 de diciembre llegó a la Nueva España en el equipaje simbólico del calendario católico. Vino junto con las misas, los santos, los ayunos y las solemnidades que buscaban ordenar el tiempo de un territorio recién conquistado. Al principio fue un día serio, casi severo, conmemorativo, más cercano al púlpito que a la plaza. Pero el calendario, como toda norma importada, nunca se queda intacto cuando toca tierra viva.

Muy pronto la fecha empezó a convivir con la vida cotidiana. Y la vida cotidiana en la Nueva España era mezcla, fricción, traducción constante. La solemnidad europea se encontró con una sociedad que ya tenía rituales propios, burlas permitidas, ironías colectivas y una larga tradición de reírse del poder cuando el poder no miraba.

 

La picardía como lengua franca

La broma del 28 de diciembre encontró un aliado natural en la picardía popular. No se trataba de un humor refinado ni de un juego intelectual, sino de una inteligencia callejera, oral, inmediata. El engaño pequeño —el recado falso, el favor inventado, la noticia exagerada— empezó a circular sin necesidad de explicación teológica.

La fecha ofrecía una licencia extraordinaria: mentir sin castigo. Y esa licencia fue rápidamente comprendida. No hacía falta saber el origen bíblico ni el sentido litúrgico. Bastaba saber que ese día el engaño estaba permitido y que, al final, la risa absolvería a todos.

 

El engaño sin malicia en pueblos y plazas

En pueblos y ciudades, el 28 de diciembre se volvió una escena pública. No había medios de comunicación masivos, pero sí chisme, rumor y palabra dicha al oído. Se mandaba a alguien por un encargo imposible, se anunciaba un suceso inexistente, se prometía algo que nunca llegaría.

El engaño era breve y su revelación inmediata. No se buscaba humillar ni dañar, sino provocar la caída leve, la sorpresa, la carcajada posterior. La broma no terminaba hasta que el engañado reía también. Si no había risa compartida, el juego no estaba completo.

 

Nace el “inocente” como personaje social

En este proceso apareció una figura nueva: el inocente como personaje social. Ya no el mártir bíblico, sino el confiado cotidiano. El que cree, el que va, el que presta, el que pregunta. El inocente dejó de ser solo víctima y se volvió parte activa del ritual.

Caer en la broma no era señal de torpeza, sino de pertenencia. El que caía demostraba que confiaba en la comunidad. Por eso el engaño no rompía vínculos: los reforzaba. Reírse juntos era una forma de decir seguimos aquí.

 

La oralidad manda: tradición sin papel

A diferencia de otras celebraciones, el Día de los Inocentes no necesitó reglamento ni documento. Se transmitió de boca en boca. Los niños aprendían mirando a los adultos, y los adultos repetían las bromas que alguna vez los hicieron caer.

La tradición sobrevivió porque no dependía de una institución, sino de la gente. Cada generación añadía un matiz, una anécdota, una trampa nueva. El 28 de diciembre se convirtió en un pequeño laboratorio social donde la mentira, por un día, no destruía la confianza, sino que la ventilaba.

 

Cuando el humor se vuelve identidad

Con el paso del tiempo, la broma dejó de ser un préstamo europeo y se volvió plenamente mexicana. Se adaptó al habla, al gesto, al contexto. Aprendió a ser exagerada, teatral, ingeniosa. Se mezcló con la necesidad de reír en un país acostumbrado a cargar tensiones.

Así, el 28 de diciembre dejó de ser solo una fecha del calendario y se volvió una actitud compartida. Una manera de recordar que incluso la historia más dura puede encontrar una salida en la risa. Y que engañar —cuando se hace sin daño— puede ser una forma extraña, pero efectiva, de convivencia.

 

 

 “Inocente palomita”: el lenguaje del engaño en México

Cómo una frase, un tono y una carcajada construyeron una pedagogía popular del engaño consentido.

 

Cuando la frase vale más que la broma

En México, el Día de los Inocentes no se explica: se anuncia. No necesita contexto ni advertencia previa. Basta una frase corta, casi cantada, para que todo quede claro: “Inocente palomita que te dejaste engañar”. No es solo una frase: es una señal de cierre, un punto final ritual que transforma la mentira en risa y el engaño en anécdota.

Esa frase no se grita con furia ni se pronuncia con crueldad. Se dice con una mezcla de picardía y ternura. Funciona como absolución inmediata. El engañado escucha esas palabras y entiende que ya salió del juego, que no hubo mala intención, que lo ocurrido pertenece al terreno de lo permitido. En ese instante, la mentira pierde filo y se vuelve historia contable.

 

El tono antes que la mentira

En el 28 de diciembre mexicano, importa menos la mentira que el tono con el que se dice. El engaño verdadero no necesita exageraciones sofisticadas ni trampas elaboradas. Lo que lo vuelve creíble es la naturalidad. El engañador habla como cualquier otro día, pide como siempre, afirma con la misma seguridad de lo cotidiano.

Por eso muchas bromas son mínimas: un favor inexistente, un encargo absurdo, una noticia apenas improbable. No se busca sorprender con lo imposible, sino deslizar lo falso dentro de lo verosímil. El engaño entra porque no levanta sospechas. Se disfraza de rutina.

 

La inocencia como condición compartida

En México, nadie es completamente inocente y, sin embargo, todos lo somos alguna vez. El Día de los Inocentes convierte esa contradicción en ritual colectivo. Caer en la broma no significa ser ingenuo en la vida, sino aceptar —por un día— la suspensión de la sospecha.

El inocente del 28 de diciembre no es el tonto permanente, sino el confiado circunstancial. El que cree porque quiere creer. Y esa confianza tiene un valor profundo en una sociedad acostumbrada a desconfiar casi por reflejo. Por eso la caída no avergüenza: humaniza.

 

Anécdotas mínimas: el engaño doméstico

Las grandes bromas rara vez nacen en escenarios espectaculares. La mayoría ocurre en la casa, en la oficina, en la tienda de la esquina. Alguien manda al otro por algo que no existe. Otro anuncia una visita que nunca llegará. Alguien más afirma una noticia con absoluta seriedad.

La escena se repite año con año. Cambian los protagonistas, pero el mecanismo permanece. La revelación llega rápido. La frase se pronuncia. La risa aparece. El engaño dura lo suficiente para ser contado después, no tanto como para doler.

 

La carcajada como acto social

La risa que sigue al engaño no es privada. Se comparte. Se amplifica. Se comenta. La carcajada cumple una función social: restablece el equilibrio. El engañado ríe para demostrar que entendió el juego; el engañador ríe para confirmar que no hubo intención dañina.

Ese momento es decisivo. Si no hay risa, el engaño fracasa. Si la risa no aparece, la broma se vuelve torpeza. La risa es la señal de que el pacto social se mantuvo intacto.

 

Lenguaje popular y transmisión generacional

El Día de los Inocentes se aprende escuchando. Los niños observan cómo los adultos engañan y cómo otros adultos caen. Aprenden el ritmo, el silencio previo, la frase final. Nadie les explica el origen histórico. No hace falta. El lenguaje hace el trabajo.

Cada generación hereda el mecanismo y lo adapta. Cambian las palabras, pero no la estructura. El “inocente palomita” sigue funcionando como contraseña cultural. Decirlo es reconocerse dentro de una tradición compartida.

 

Cuando la palabra ordena el caos

En un país donde la mentira suele doler —en la política, en la economía, en la vida diaria— el 28 de diciembre ofrece una mentira que no lastima. El lenguaje cumple entonces una función terapéutica. Se miente para liberar tensiones, para reírse del exceso de seriedad, para recordar que no toda falsedad es traición.

Así, el Día de los Inocentes en México no se sostiene solo por la broma, sino por el lenguaje que la rodea. Un lenguaje que sabe cuándo mentir, cuándo revelar y cuándo reír. Y que, por un día, convierte la desconfianza en juego y el engaño en convivencia.

 

 

Cuando la mentira llegó al periódico

Del rumor de pueblo a la plana impresa: cómo el Día de los Inocentes aprendió a hablar en titulares.

 

 

El salto del chisme a la tinta

Durante siglos, la broma del 28 de diciembre vivió en el territorio de la oralidad. Era palabra dicha al oído, recado llevado de mano en mano, encargo imposible que terminaba en carcajada. Pero cuando apareció el periódico como hábito cotidiano, el engaño encontró un escenario nuevo y poderoso: la tinta.

Lo impreso tenía una autoridad que la palabra hablada no poseía. El papel parecía incapaz de mentir. Por eso, cuando el Día de los Inocentes entró a la redacción, la broma dejó de ser pequeña. El engaño se volvió público, masivo, compartido por miles de lectores que confiaban en lo que tenían frente a los ojos.

 

Las primeras inocentadas impresas

En México, los diarios pronto descubrieron el potencial del 28 de diciembre. Empezaron con inocentadas sencillas: anuncios de obras públicas inexistentes, decisiones oficiales que nunca se habían tomado, hallazgos científicos imposibles. Todo escrito con el tono serio de la noticia verdadera.

No había sarcasmo explícito ni guiños evidentes. La nota se leía igual que cualquier otra. La revelación llegaba después, a veces en una esquina discreta del periódico del día siguiente. El lector entendía entonces que había sido parte del juego.

 

La confianza del lector como materia prima

La inocentada periodística funcionaba porque se sostenía en la confianza. El lector no creía por ingenuo, sino por costumbre. Estaba entrenado para creerle al periódico. Esa relación cotidiana de fe era el combustible perfecto para la broma.

Por eso el engaño dolía poco. No se sentía traición, sino sorpresa. El lector reía, quizá refunfuñaba, pero aceptaba el pacto implícito: por hoy, también el periódico juega.

 

Cuando la broma se volvió sofisticada

Con los años, las inocentadas se volvieron más complejas. Ya no bastaba con inventar cualquier cosa. La mentira tenía que ser verosímil, bien escrita, casi posible. Se cuidaban fechas, nombres, fuentes. La redacción se volvía un ejercicio de ficción periodística.

Algunas notas parecían reportajes completos, con antecedentes, declaraciones inventadas, contexto histórico. La broma no estaba solo en el dato falso, sino en la arquitectura narrativa. El engaño se construía con profesionalismo.

 

El límite entre la risa y el abuso

No todas las inocentadas fueron bien recibidas. Hubo ocasiones en que la broma cruzó una línea peligrosa: provocó pánico, afectó reputaciones, generó confusión real. Ahí el Día de los Inocentes dejó de ser gracioso y se volvió incómodo.

Esos excesos obligaron a una reflexión ética dentro de los medios. No todo engaño es inocente solo por publicarse el 28 de diciembre. La tradición exigía ingenio, no crueldad. Si no había risa compartida al final, la broma había fallado.

 

Radio y televisión: la mentira con voz y rostro

Con la llegada de la radio y la televisión, la inocentada dio un salto aún mayor. La noticia falsa ahora tenía voz solemne, imagen, música de fondo. El impacto era más fuerte. Escuchar algo en el noticiero o verlo en pantalla reforzaba la credibilidad.

Por eso las inocentadas audiovisuales debían resolverse rápido. La revelación tenía que llegar con claridad. A mayor alcance, mayor responsabilidad. El juego seguía siendo el mismo, pero el riesgo crecía.

 

La inocentada como lección involuntaria

Sin proponérselo, las inocentadas mediáticas enseñaron algo fundamental: que incluso los medios pueden mentir, aunque sea en juego. El lector, el radioescucha, el televidente aprendieron a desconfiar un poco más, a contrastar, a leer entre líneas.

El 28 de diciembre se convirtió así en una especie de vacuna simbólica contra la credulidad absoluta. Por un día, la mentira se hacía visible y, al hacerlo, recordaba lo frágil que puede ser la verdad pública.

Cuando la broma se volvió poder

El día en que el 28 de diciembre dejó de ser solo juego y empezó a revelar la relación entre humor, autoridad y desconfianza en México.

 

 

El poder descubre la risa

Durante décadas, el poder observó el Día de los Inocentes desde lejos. La broma pertenecía al ámbito doméstico, al periódico que se permitía una licencia anual, al ciudadano que engañaba a otro ciudadano en condiciones de igualdad. Era un juego horizontal, íntimo, casi inocuo. Pero llegó un momento en que el poder —siempre atento a los gestos que generan cercanía— decidió intervenir.

La pregunta fue tan simple como peligrosa: ¿por qué no reír también desde el poder?, ¿por qué no usar la broma como estrategia de simpatía? Así comenzaron los comunicados ambiguos, las declaraciones lanzadas “en broma”, los anuncios que aparecían el 28 de diciembre con el tono serio de siempre y el remate posterior de la carcajada. Lo que parecía un gesto ligero abrió, sin embargo, una grieta profunda.

El problema no fue el intento de humor, sino la confusión de roles. El poder no entra al juego en igualdad de condiciones. Cuando decide bromear, arrastra consigo la historia de sus decisiones, de sus errores y de sus abusos. La risa, entonces, ya no llega limpia: llega cargada.

 

La palabra oficial no juega en igualdad

La palabra del poder no circula como la palabra del ciudadano. Tiene peso, efectos, consecuencias. Cuando una autoridad miente, aunque sea por juego, la mentira no se queda suspendida en el aire: cae sobre realidades concretas. No se escucha como chisme; se recibe como anuncio.

En México hubo inocentadas oficiales que anunciaron supuestos cambios administrativos, obras inexistentes, decisiones que alteraban —aunque fuera por unas horas— la vida cotidiana de miles de personas. No era solo una broma: era una interrupción real de la certidumbre. Ahí empezó a torcerse el sentido original del día.

Ese tipo de bromas revela una incomprensión profunda: creer que la palabra oficial puede quitarse el traje de autoridad solo por un día. La ciudadanía no tiene un interruptor que apague la memoria institucional cuando escucha un anuncio, aunque sea el 28 de diciembre.

 

La broma que genera llamadas, no risas

El síntoma fue inmediato y revelador. En lugar de carcajadas, llegaron llamadas, reclamos, dudas. Oficinas saturadas de ciudadanos preguntando si lo anunciado era cierto. Medios aclarando apresuradamente que todo había sido “una inocentada”.

Ahí se rompió algo esencial. El Día de los Inocentes funciona solo si el engañado ríe al final. Cuando eso no ocurre, la tradición se convierte en torpeza o abuso. La risa compartida es el termómetro del ritual; cuando no aparece, algo falló.

Ese fracaso no es anecdótico: deja huella. Cada broma que no provoca risa debilita un poco más la credibilidad pública. El ciudadano no olvida tan rápido cuando se juega con su tiempo, su dinero o su tranquilidad.

 

Humor político en un país desconfiado

El humor político es terreno delicado en cualquier lugar, pero en México lo es aún más. La desconfianza acumulada hace que cualquier broma oficial sea leída con sospecha. El ciudadano ya vive rodeado de promesas incumplidas, verdades a medias y discursos huecos.

En ese contexto, el 28 de diciembre no es terreno neutro. La inocentada oficial no libera tensiones: las reactiva. La risa se atora porque la memoria pesa más que el chiste. El humor no cae en vacío; cae sobre una historia larga de desencanto.

Por eso, incluso las bromas bien intencionadas suelen fracasar. No porque el país haya perdido el sentido del humor, sino porque ha perdido la confianza en quienes gobiernan. Sin confianza, no hay risa posible.

 

Cuando la broma se parece demasiado a la mentira

Aquí aparece el riesgo mayor. El Día de los Inocentes empezó a funcionar como laboratorio. Si una mentira podía presentarse como broma y ser aceptada, ¿por qué no ensayar fórmulas similares otros días? El humor comenzó a operar como coartada.

La frontera entre inocentada y manipulación se volvió borrosa. Ya no estaba claro cuándo se jugaba y cuándo se mentía en serio. El 28 de diciembre dejó de ser excepción clara y empezó a parecer continuidad. El juego perdió su marco.

Cuando la broma se confunde con la mentira cotidiana, la tradición se vacía. El engaño deja de ser ritual y se vuelve costumbre. Y una sociedad acostumbrada a la mentira ya no ríe: se endurece.

 

Cuando la broma deja de ser inocente

El efecto fue paradójico. En lugar de cercanía, el humor desde el poder produjo distancia. El ciudadano aprendió a no creer ni siquiera cuando se le decía que era broma. La risa se volvió defensiva. La confianza, más frágil.

El termómetro es claro: cuando la broma viene de arriba y no hace reír, deja de ser inocente. El engaño pierde su carácter ritual y se convierte en síntoma de desgaste institucional. Ahí el 28 de diciembre deja de ser juego y empieza a doler.

Ya no termina en carcajada, sino en hartazgo. Y cuando eso ocurre, la tradición revela su lado más serio: que el humor, mal usado, también erosiona. Es aquí donde la mentira ya no necesita fecha ni aviso.

 

El inocente digital

Cuando el 28 de diciembre dejó la calle y el periódico para instalarse en las pantallas, los clics y las verdades virales.

 

La inocentada cambia de escenario

Durante mucho tiempo, el Día de los Inocentes tuvo espacios reconocibles: la casa, la oficina, el periódico impreso, la radio. El engaño tenía un marco claro y una duración breve. Se decía, se caía, se reía y se cerraba. Pero con la llegada de internet, el escenario cambió de forma radical.

La broma dejó de depender del contacto directo y comenzó a circular sola. Ya no necesitaba la complicidad del engañador frente al engañado. Bastaba con un titular atractivo, una imagen mal contextualizada o una frase sacada de lugar para que la inocentada empezara a caminar por cuenta propia.

El 28 de diciembre encontró en las redes un terreno fértil. Ahí el engaño no solo se multiplica: se acelera. Y lo que antes duraba unas horas ahora puede sobrevivir días, semanas o incluso volverse verdad para siempre.

 

El clic como acto de fe

En el mundo digital, el clic sustituyó a la risa. Muchas personas ya no preguntan si algo es cierto: lo comparten. El gesto es automático, casi reflejo. El Día de los Inocentes se volvió una jornada ideal para probar qué tan poco se verifica antes de creer.

La inocentada digital funciona porque apela a emociones inmediatas: sorpresa, indignación, miedo, entusiasmo. No exige reflexión; exige reacción. Y el algoritmo premia eso. Mientras más absurda o alarmante es la noticia falsa, más posibilidades tiene de circular.

Aquí el engaño ya no es entre iguales. Hay quien diseña la broma sabiendo que otros caerán sin herramientas para defenderse. El juego empieza a parecerse demasiado a una trampa.

 

Fake news con fecha, pero sin aviso

El problema mayor es que, en redes, el 28 de diciembre no viene marcado. No hay aviso ritual. No hay te la creíste. La inocentada digital se mezcla con el flujo constante de información falsa que circula todo el año.

Muchas noticias inventadas nacieron como broma y terminaron como certeza colectiva. Cambios de precios inexistentes, muertes falsas, decisiones de gobierno nunca anunciadas, el daño no se revierte con una aclaración tardía.

En este punto, el Día de los Inocentes deja de ser excepción y se diluye en la rutina de la desinformación. Ya no se sabe cuándo se juega y cuándo se manipula.

 

El inocente ya no se ríe, se defiende

Antes, caer en una inocentada implicaba risa y cierta vergüenza compartida. Hoy implica enojo. El engañado no se siente ingenuo: se siente atacado. La reacción ya no es carcajada, sino desconfianza.

El ciudadano digital aprende a endurecerse. Sospecha de todo, incluso de lo verdadero. El resultado es paradójico: la mentira masiva produce un escepticismo que termina debilitando la verdad.

Así, el inocente del siglo XXI ya no es quien cree, sino quien duda incluso cuando debería confiar. El daño cultural es profundo y no se limita a un solo día del calendario.

 

La responsabilidad de compartir

En este nuevo escenario, la inocentada deja de ser un acto individual y se vuelve una cadena. Cada persona que comparte sin verificar se convierte en eslabón del engaño. El 28 de diciembre expone esa responsabilidad colectiva.

Ya no basta con decir era broma. El daño ya circuló. El miedo, la confusión o la indignación ya hicieron su trabajo. El humor pierde su carácter lúdico cuando no hay cuidado.

Aquí el Día de los Inocentes obliga a una pregunta incómoda: reímos del engaño o participamos de él sin darnos cuenta.

 

Cuando el calendario ya no basta

El 28 de diciembre sobrevive, pero transformado. Ya no es un día contenido por la tradición, sino un síntoma de algo más amplio: una cultura saturada de información dudosa, bromas sin marco y verdades frágiles.

La inocentada digital revela que el problema no es el humor, sino la falta de límites. Cuando todo puede ser mentira, la risa se agota. Cuando todo puede ser broma, la confianza desaparece.

Así, el Día de los Inocentes del siglo XXI deja una lección incómoda: en tiempos de redes, no basta con una fecha para proteger la verdad. Y cuando eso ocurre, el inocente ya no es el que cree, sino el que aún espera que alguien diga la verdad aunque no sea graciosa.

 

 

El día que revela al país

Cuando la risa, el engaño y la memoria se cruzan para mostrar cómo México se relaciona con la verdad, la autoridad y consigo mismo.

 

La broma como espejo cultural

El Día de los Inocentes no es una ocurrencia menor ni un simple juego heredado. Funciona como un espejo. Cada sociedad se refleja en la manera en que engaña, ríe y perdona. En México, ese reflejo es particularmente nítido: revela nuestras desconfianzas, nuestras astucias y también nuestras heridas.

La broma mexicana rara vez es cruel de inicio. Suele nacer como picardía, como guiño entre iguales. Pero el contexto la transforma. Lo que empieza como juego termina cargado de historia, de desigualdad y de sospecha. El 28 de diciembre no inventa nada: solo pone en escena lo que ya estaba ahí.

Por eso este día incomoda tanto como divierte. Porque al final no reímos solo del engaño, sino de nosotros mismos.

 

El ingenio como defensa

En México, el ingenio ha sido históricamente una forma de defensa. Reír, engañar un poco, darle la vuelta a la verdad ha servido para sobrevivir en contextos adversos. La broma no siempre fue frivolidad: muchas veces fue resistencia.

El Día de los Inocentes recoge esa tradición. El que engaña demuestra astucia; el que cae aprende a no confiar tan fácilmente. Hay una pedagogía implícita en la inocentada: nadie quiere volver a ser el ingenuo del año siguiente.

Sin embargo, esa lógica defensiva también tiene un costo. Cuando todo se vive como posible engaño, la confianza se erosiona. El ingenio, llevado al extremo, deja de proteger y empieza a aislar.

 

La risa que se parece al hartazgo

Hay un momento en que la risa ya no libera. Se vuelve cansancio. El 28 de diciembre, en muchos casos, ya no provoca carcajada sino fastidio. Otra mentira más, piensa el ciudadano. Otro juego que se parece demasiado a lo real.

Ese hartazgo no surge de la broma en sí, sino de la saturación. Vivimos rodeados de engaños cotidianos: comerciales, políticos, digitales. La inocentada anual pierde su singularidad cuando el engaño se volvió paisaje permanente.

Ahí el humor deja de ser excepción y se convierte en síntoma. Y los síntomas, cuando se acumulan, hablan de una enfermedad social más profunda.

 

El límite invisible del juego

Toda tradición necesita límites para sobrevivir. El Día de los Inocentes también. Cuando el engaño afecta la tranquilidad, el dinero o la dignidad del otro, el juego se rompe. El problema es que ese límite no siempre es visible ni compartido.

Lo que para uno es broma, para otro es angustia. Lo que para algunos es ingenio, para otros es abuso. El 28 de diciembre obliga a preguntarnos dónde trazamos esa línea y quién tiene derecho a cruzarla.

Cuando nadie responde esa pregunta, el juego se degrada. Y cuando se degrada, deja de ser tradición para convertirse en ruido.

 

La fecha que desnuda la verdad

Paradójicamente, el Día de los Inocentes dice más sobre la verdad que muchos discursos solemnes. Nos muestra qué mentiras toleramos, cuáles nos duelen y cuáles ya no nos sorprenden. Es una radiografía involuntaria de nuestra relación con la palabra.

En México, esa radiografía revela una sociedad alerta, desconfiada, irónica, pero también cansada. Una sociedad que aprendió a leer entre líneas, pero que extraña la posibilidad de creer sin miedo.

El 28 de diciembre no inventa la mentira. Solo la hace visible por un día. Y eso lo vuelve incómodo.

 

Cuando el juego termina y queda la lección

Al final del día, el Día de los Inocentes se disuelve. Las bromas se aclaran, los engaños se explican, las redes pasan a otro tema. Pero algo queda. Una sensación, una molestia, una risa incompleta.

Tal vez esa sea su verdadera función: recordarnos que la confianza es frágil y que el humor no es neutro. Que engañar también educa, para bien o para mal. Que una sociedad se define tanto por lo que ríe como por lo que ya no tolera.

Y así, el 28 de diciembre se va sin ceremonias, pero deja una pregunta flotando, incómoda y necesaria: de qué nos estamos riendo cuando reímos de la mentira.

 

 

Inocentes, pero no tanto

Las bromas que salieron caras, los engaños que dolieron en el bolsillo y el día en que la risa se convirtió en anécdota nacional.

 

 

Cuando la broma cruza la línea del juego

No todas las inocentadas terminan en risa, aunque así empiecen. Hay un punto —a veces imperceptible— en el que la picardía se transforma en travesura peligrosa. El Día de los Inocentes tiene esa frontera frágil: mientras dura el juego, la risa acompaña; cuando se cruza la línea, aparece el silencio incómodo.

En México abundan las historias de bromas que se dijeron sin medir consecuencias. El clásico “era solo una broma” suele llegar tarde, cuando el daño ya está hecho. Ahí el ritual pierde su carácter festivo y se convierte en motivo de discusión.

El Licenciado suele decir que el problema no es engañar, sino olvidar que del otro lado hay alguien que confía. Y cuando la confianza se quiebra, la carcajada no alcanza para pegarla.

 

Los que cayeron redonditos

Cada 28 de diciembre deja su colección de caídas memorables. Está el amigo enviado a comprar refacciones inexistentes, el sobrino que recorrió media ciudad buscando un trámite falso, el vecino que se presentó puntualísimo a una cita que nunca existió.

Son caídas limpias, de esas que se cuentan en la sobremesa durante años. El que cayó termina riéndose de sí mismo y el grupo celebra la anécdota como patrimonio familiar. Aquí la inocentada funciona: hay risa, hay recuerdo y no hay rencor.

Estas historias sostienen la tradición. Son las que permiten que el 28 de diciembre siga siendo un día esperado, porque recuerdan que el engaño también puede ser compartido y ligero.

 

Bromas que costaron dinero

Pero no todas las caídas fueron gratis. Hay inocentadas que tocaron el bolsillo y ahí la risa se volvió nerviosa. Compras hechas por anuncios falsos, depósitos enviados por urgencias inventadas, boletos apartados para eventos inexistentes.

En muchos casos, el engañado actuó de buena fe. No fue ingenuidad absoluta, sino confianza mal colocada. El daño económico transforma la broma en experiencia amarga, difícil de olvidar.

Estas historias circulan menos, pero pesan más. Son las que enseñan que el 28 de diciembre también puede ser un día caro para quien baja la guardia.

 

Medios, anuncios y engaños masivos

Antes de las redes sociales, los medios ya jugaban fuerte. Periódicos que publicaban noticias falsas con absoluta seriedad, estaciones de radio que anunciaban medidas inexistentes, noticieros locales que provocaban filas, llamadas y confusión.

Algunas de esas inocentadas fueron celebradas como ingeniosas; otras desataron reclamos formales. La línea entre informar y engañar se tensó más de una vez.

Cuando el engaño se vuelve masivo, la broma deja de ser privada y se convierte en fenómeno social. Ahí el 28 de diciembre muestra su capacidad de desordenar, aunque sea por unas horas.

 

Cuando el engañado se enoja

No todos ríen al final. Hay inocentadas que terminan en pleito, en silencio incómodo o en amistades enfriadas. El enojo aparece cuando alguien siente que se burlaron de su buena fe.

En esos casos, el ritual falla. El Día de los Inocentes exige un acuerdo implícito: al final, todos deben poder reír. Cuando uno no puede, la tradición se quiebra.

Estas historias funcionan como advertencia. Recuerdan que no todo vale, aunque sea 28 de diciembre.

 

El país que aprende a reírse… o no

México es un país bromista, pero también desconfiado. Cada inocentada exitosa convive con varias que no lo fueron. Esa mezcla explica por qué el 28 de diciembre sigue vivo y, al mismo tiempo, cuestionado.

La risa aquí es catarsis, pero también defensa. Nos reímos para no enojarnos, para no endurecernos del todo. Sin embargo, cuando la broma se parece demasiado a la estafa, la carcajada se cancela.

El Licenciado cierra siempre con la misma advertencia irónica: el 28 de diciembre es el único día del año en que está permitido engañar… siempre y cuando el engañado pueda reírse contigo después. Si no, ya no fue broma. 

 

(By operación W).

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/… Cuando el agua exige decisiones adultas

Solís, Ocampo y el punto donde la técnica, el ambiente y la política deben dejar el cálculo y asumir responsabilidad compartida

 

 


La viabilidad técnica no está en duda

Desde una mirada estrictamente técnica, el Acueducto Solís no es una ocurrencia ni una improvisación. Transportar agua desde una presa regulada hacia zonas urbanas con alta demanda es una solución conocida, probada y viable desde la ingeniería hidráulica. No hay en su diseño un salto al vacío ni una apuesta experimental. El problema del proyecto no es que sea técnicamente imposible; el problema es que se ha presentado como si la técnica, por sí sola, bastara para resolver un conflicto profundamente social y ambiental.

La obra puede construirse, operar y abastecer. Esa parte está clara. Lo que no ha quedado suficientemente claro es bajo qué condiciones, en qué tiempos reales y con qué garantías verificables para todos los actores involucrados. Cuando la autoridad confía solo en la solidez del diseño y subestima la necesidad de explicar, dialogar y documentar cada decisión, la técnica deja de ser una fortaleza y se convierte en un argumento que no convence.


El eslabón crítico: la tecnificación del riego

El corazón del proyecto no es el acueducto, sino la tecnificación del riego agrícola que permitiría liberar agua para uso urbano. En el papel, la lógica es correcta: producir lo mismo con menos agua. En la realidad, esa transición es compleja, desigual y lenta. Requiere inversión, capacitación, adaptación de cultivos y cambios culturales profundos.

Aquí es donde el proyecto ha fallado en claridad. No se ha logrado demostrar de manera comprensible y verificable que el ahorro proyectado será inmediato, sostenido y suficiente para respaldar la operación del sistema urbano sin presionar al campo. La incertidumbre sobre los tiempos —qué va primero, qué se atrasa, qué pasa si el ahorro no llega cuando se necesita— ha alimentado la desconfianza legítima de quienes viven del agua y no de los discursos.


El ambientalismo frente a la información

Una parte del ambientalismo ha encendido alertas necesarias. Las obras de gran escala alteran territorios, ecosistemas y dinámicas de cuenca. Ignorar esos efectos sería irresponsable. Pero también es cierto que el debate ambiental corre el riesgo de empantanarse cuando se vuelve solo reactivo y no propositivo.

Defender el medio ambiente no implica oponerse automáticamente a toda infraestructura. Implica exigir estudios sólidos, monitoreo real, mitigaciones medibles y, sobre todo, información completa. El ambientalismo informado es una fuerza que mejora los proyectos; el ambientalismo basado en la sospecha permanente termina empujando decisiones al terreno judicial o al bloqueo total.


Cuando la inconformidad ya está encendida

El error más grave hasta ahora ha sido permitir que la inconformidad crezca sin cauces claros. Cuando comunidades sienten que las decisiones ya están tomadas, cuando la información llega fragmentada y cuando el diálogo parece un trámite, la protesta deja de ser una opción y se convierte en destino.

A partir de este punto, avanzar exige algo más que reafirmar posiciones. Exige abrir la información técnica completa, reconocer públicamente lo que no se ha hecho bien y construir mecanismos de seguimiento donde nadie tenga que confiar a ciegas. Ni la autoridad puede pedir fe, ni la oposición puede imponer veto sin alternativa.


Ocampo y la necesidad de pensar en alternativas

El debate ha sido demasiado binario: Solís sí o Solís no. Esa es una falsa disyuntiva. La política hídrica madura no apuesta todo a una sola carta. La posibilidad de una presa en Ocampo, por ejemplo, ha sido mencionada como alternativa o complemento, pero nunca ha sido discutida con la misma profundidad técnica ni ambiental.

Pensar en Ocampo implica evaluar escurrimientos, impactos locales, costos sociales y ambientales, y tiempos de maduración. No es una solución inmediata ni automática, pero sí una opción que merece análisis serio. Como también lo merecen el reúso de agua, la eficiencia urbana, la regulación estricta de acuíferos y la combinación de obras medianas en lugar de una sola obra emblemática.


Responsabilidad compartida para decidir

La autoridad debe dejar de asumir que la razón técnica basta. Los opositores deben dejar de asumir que detener es siempre la mejor opción. Y los ambientalistas deben ejercer su papel con rigor, no solo con alarma.

Porque al final, el agua no premia al que gana el debate. Castiga al que no supo decidir a tiempo. Y esa factura, cuando llegue, no distinguirá quién tenía razón, sino quién tuvo la responsabilidad de actuar con madurez colectiva.

 

 

(By operación W).

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“Canción Ultima”

De: Miguel Hernández

Pintada, no vacía:
 pintada está mi casa
 del color de las grandes
pasiones y desgracias.

 Regresará del llanto
 adonde fue llevada
 con su desierta mesa
 con su ruinosa cama.

 Florecerán los besos
 sobre las almohadas.
 Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
 su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

 El odio se amortigua
 detrás de la ventana.

 Será la garra suave.
 Dejadme la esperanza.

 *Si quieres escucharlo en la voz de: Joan Manuel Serrat.

Sobre el poema.

 

 

Cuando el amor se vuelve despedida

Lectura profunda de “Canción última”

De: Miguel Hernández

 

 

Una palabra dicha desde el límite

“Canción última” es un poema escrito desde un punto en el que ya no hay margen para la retórica. No nace del deseo de convencer ni de la urgencia de explicar, sino de la necesidad de decir lo único que todavía importa cuando todo lo demás ha sido reducido al mínimo. Miguel Hernández escribe este poema desde el encierro, la enfermedad y el agotamiento, pero sobre todo desde una lucidez extrema: la de quien sabe que el tiempo se acorta y que cada palabra debe justificar su existencia.

Por eso el poema no argumenta ni desarrolla una tesis. Afirma. Cada verso se presenta como una verdad final, no en el sentido dogmático, sino en el íntimo. No hay estridencia ni gesto heroico. Hay una voz baja, contenida, que habla desde el límite de la vida y convierte esa frontera en un lugar habitable.

 

El amor como último territorio

En este poema, el amor no aparece como promesa ni como ideal romántico. No es impulso juvenil ni esperanza futura. Es, más bien, el último territorio que no ha sido tomado por el dolor. Hernández no escribe para salvarse ni para ser recordado: escribe para afirmar que el amor existe incluso cuando el cuerpo está cercado y el mundo se ha vuelto hostil.

Ese amor no exige nada. No reclama justicia ni redención. Se basta con existir. Es refugio y hogar, no porque ofrezca salida, sino porque ofrece sentido. En esa aceptación serena radica su fuerza: el poema no se defiende del sufrimiento, pero tampoco se entrega a él.

 

La voz que ya no lucha

Uno de los rasgos más conmovedores de “Canción última” es el tono desde el que está dicho. Aquí no habla el poeta combativo ni el militante herido, sino un hombre que ha dejado de luchar contra lo inevitable. No hay resignación, pero sí una forma de descanso interior. La lucha se ha transformado en comprensión.

Esta voz no es derrotada: es consciente. Hernández ha atravesado la furia, la rabia y la esperanza, y ha llegado a un lugar donde la palabra ya no busca cambiar el mundo, sino decir la verdad última de una vida atravesada por el amor y la pérdida. Esa renuncia a la batalla es, paradójicamente, una forma profunda de dignidad.

 

Decir solo lo esencial

El lenguaje del poema es deliberadamente sencillo. No hay metáforas complejas ni imágenes exuberantes. Hernández elige palabras comunes, casi desnudas, porque entiende que ante el final solo lo esencial merece ser nombrado. Esa sencillez no empobrece el poema: lo vuelve más verdadero.

Cada verso parece escrito con la conciencia de que no habrá otro después. La música es suave, contenida, como si el poeta no quisiera alterar el silencio que lo rodea. En esa contención se concentra una carga emocional enorme, capaz de conmover sin necesidad de alzar la voz.

 

Vida, muerte y permanencia

Aunque “Canción última” se escribe bajo la sombra cercana de la muerte, la muerte no ocupa el centro del poema. Aparece como presencia implícita, nunca como protagonista. El eje del texto es la vida que persiste en el amor, incluso cuando todo parece conducir al final.

La última palabra no es la muerte, sino el amor. En ese gesto, Hernández construye una forma de trascendencia que no depende de la fe religiosa ni de la gloria literaria, sino de la experiencia humana compartida. El poema no desafía a la muerte: simplemente no le concede el triunfo.

 

Un poema que acompaña

“Canción última” no envejece porque no pertenece a una coyuntura específica, aunque nazca de una tragedia histórica concreta. Su fuerza radica en que habla de algo que atraviesa cualquier época: amar cuando todo lo demás se derrumba.

Leído hoy, el poema no exige admiración ni estudio erudito. Acompaña. Se ofrece como una palabra necesaria para quien ha conocido la pérdida, el cansancio o el límite. Por eso permanece vivo: porque no pretende ser monumento, sino presencia.

La lectura se centra en:

la casa como símbolo del cuerpo y del mundo devastado,

el amor como fuerza que regresa y rehace,

la contención del odio,

y la esperanza como última palabra posible.

 

 

Sobre el autor.

 

Miguel Hernández: la palabra nacida de la tierra

Reseña biográfica y lectura de una obra escrita con el cuerpo

 

 

Un origen sin artificio

Miguel Hernández nació lejos de los círculos literarios, del prestigio académico y de cualquier comodidad intelectual. Hijo de un pastor de cabras en Orihuela, creció en contacto directo con la tierra, el trabajo físico y la intemperie. Esa raíz no fue un obstáculo para su poesía: fue su materia viva. Desde temprano entendió que la palabra no se aprende solo en los libros, sino en el cuerpo que trabaja, desea y se cansa.

Su formación fue en gran medida autodidacta. Leyó con voracidad, escribió con urgencia y asumió la poesía como una necesidad vital, no como un ejercicio de estilo. Esa combinación —origen humilde y ambición literaria— marcó toda su obra y explica la tensión constante entre disciplina formal y desbordamiento emocional que la atraviesa.

 

La poesía como aprendizaje

Su primer libro, Perito en lunas, muestra a un poeta joven que se mide con la tradición más exigente. Hernández dialoga con el barroco, con Góngora, con la metáfora cerrada y la métrica rigurosa. No hay ingenuidad en este inicio: hay un aprendizaje severo, casi ascético, del oficio poético.

Sin embargo, incluso en este libro de lenguaje hermético, ya se percibe una incomodidad: la sensación de que la forma no basta. Hernández aprende rápido, pero también rompe rápido. Entiende que la poesía no puede quedarse en el virtuosismo y comienza a buscar una voz más directa, más conectada con la experiencia vital.

 

El amor, el cuerpo y la herida

Esa búsqueda cristaliza en El rayo que no cesa, uno de los grandes libros amorosos del siglo XX. Aquí el amor deja de ser idealización y se convierte en experiencia física, obsesiva, dolorosa. El deseo, la ausencia y la herida atraviesan el libro como una corriente eléctrica constante.

En este punto, Hernández consolida su voz más reconocible: una poesía donde el sentimiento no se disfraza y donde cada imagen nace de una emoción vivida. El cuerpo aparece como lugar de goce, pero también como espacio vulnerable. No escribe sobre el amor: escribe desde el amor, con una intensidad que no concede tregua.

 

Guerra, compromiso y palabra

La Guerra Civil española transforma de manera radical su escritura. En libros como Viento del pueblo, la poesía asume una dimensión colectiva y urgente. Hernández no abandona la lírica, pero la pone al servicio del combate moral y político. Sus versos buscan acompañar, levantar ánimo, dar testimonio.

A diferencia de otros poetas de su tiempo, su compromiso no fue retórico. Fue vivido. Combatió, escribió, perdió. La guerra no solo marcó su obra: la condujo a un destino trágico. Tras la derrota republicana, vendría la cárcel, la enfermedad y el aislamiento.

 

La cárcel y la depuración final

El encarcelamiento significó una depuración extrema de su escritura. Privado de libertad y consciente del final cercano, Hernández redujo su lenguaje a lo esencial. De esta etapa nace Cancionero y romancero de ausencias, donde se encuentran algunos de los poemas más conmovedores de la lengua española.

Aquí la poesía deja de aspirar a la trascendencia pública y se vuelve íntima, casi susurrada. Amor, hijo, ausencia y esperanza construyen una obra final donde cada palabra parece escrita contra el silencio. Canción última pertenece a este momento: cuando la poesía ya no quiere convencer, sino permanecer.

 

Una obra que sigue respirando

Miguel Hernández murió joven, pero dejó una obra que no se agota en su contexto histórico. Desde Perito en lunas hasta el Cancionero, su poesía traza un arco completo: aprendizaje, amor, compromiso, pérdida y depuración final.

Leer hoy a Miguel Hernández es reencontrarse con una voz honesta, sin artificio, que recuerda que la poesía puede nacer del dolor sin perder dignidad. Su obra no pide monumentos ni homenajes vacíos: pide lectura. Y en esa lectura, todavía sigue respirando.

 

(ByNotas de Libertad).

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/… Los imperdibles de Puerto Vallarta

Siete mesas que explican una ciudad mejor que cualquier guía: una travesía gastronómica donde el sabor no es pretexto, sino destino, y la comida se convierte en memoria, territorio y forma de estar en el mundo.

 

 

Una ciudad que se entiende sentándose

Hay ciudades que se explican con mapas y otras que solo se comprenden sentándose a la mesa. Puerto Vallarta pertenece a estas últimas. No basta caminar su malecón, mirar el mar ni recorrer sus barrios con prisa turística: hay que detenerse, pedir, esperar y probar. Comer aquí no es una actividad secundaria ni un complemento del viaje; es una forma profunda de lectura del lugar.

Esta serie nace de esa certeza. Los imperdibles de Puerto Vallarta no buscan decirlo todo ni abarcarlo todo. No intentan cerrar el mapa gastronómico ni dictar sentencia definitiva. Buscan algo más difícil: mirar con atención. Elegir mesas que, por su constancia, su oficio y su relación con la ciudad, permiten entender cómo se vive y se come en el puerto cuando se deja de mirar solo la superficie.

Cada restaurante incluido en esta ruta funciona como una puerta de entrada a un ritmo distinto. El ritmo del amanecer, el del mediodía sin prisa, el de la tarde que se estira y el de la noche que pide pausa. Comer es, aquí, una manera de medir el tiempo.

 

Más que restaurantes, formas de estar

Los lugares que integran esta serie no fueron seleccionados por moda, tendencia pasajera o fama inflada. Fueron elegidos por una cualidad menos visible, pero más difícil de sostener: coherencia. Coherencia entre lo que prometen y lo que sirven, entre el espacio que ocupan y la experiencia que ofrecen, entre el paso de los años y su manera de mantenerse fieles a sí mismos.

Hay mesas que acompañan el amanecer y entienden que el desayuno es una conversación silenciosa con la ciudad que despierta. Otras sostienen el mediodía con platos que cumplen sin alardes. Algunas se reservan para la noche, cuando la luz baja, el ruido se filtra y la experiencia se vuelve más íntima. Todas comparten una virtud esencial: no fingen lo que no son.

En una ciudad turística, esa honestidad es un valor. Estos restaurantes no compiten por atención constante; compiten por regreso. Saben que la verdadera fidelidad no se logra con espectáculo, sino con cumplimiento.

 

El territorio también se come

Puerto Vallarta no es una sola ciudad, y su cocina tampoco. El mar, el centro, el barrio, la playa y la altura construyen experiencias radicalmente distintas. Comer junto al agua no se parece a hacerlo en una terraza elevada ni a sentarse en una mesa de barrio donde el hambre es real, cotidiana y directa.

Esta serie recorre esos espacios sin jerarquías artificiales. Aquí conviven la cocina de técnica refinada y el plato que se come con las manos. Conviven la mesa pensada para la celebración y la que se visita por costumbre. Porque una ciudad no se entiende desde un solo ángulo.

Cada crónica que sigue es también un recorrido urbano. Un desplazamiento físico y simbólico por los distintos Vallartas que coexisten al mismo tiempo.

 

La constancia como forma de carácter

Los restaurantes que aparecen en Los imperdibles de Puerto Vallarta tienen algo en común: han aprendido a quedarse. En una ciudad que cambia rápido, donde los nombres aparecen y desaparecen con facilidad, sostener una mesa en el tiempo es una forma de carácter.

Aquí no hay historias de éxito repentino ni relatos de genialidad instantánea. Hay trayectorias construidas a base de repetición, corrección y oficio. Cocinas que entendieron que el prestigio no se grita ni se anuncia: se trabaja.

Esta constancia explica por qué estas mesas siguen siendo relevantes. No porque sean nuevas todas, sino porque siguen cumpliendo.

 

Comer como acto de pausa

Esta serie es también una invitación a bajar el ritmo. A sentarse sin prisa en un mundo que empuja a lo contrario. Comer bien no es solo una cuestión de gusto o sofisticación; es una forma de reconciliarse con el tiempo.

Los imperdibles de Puerto Vallarta no se leen como lista ni se recorren por obligación. Se visitan por apetito. Cada crónica propone una manera distinta de sentarse, de pedir, de esperar y de recordar.

De eso trata esta serie: de los imperdibles donde el sabor se vuelve experiencia y la experiencia se vuelve memoria.

 

(By Notas de Libertad).

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Domingo 28 de diciembre al sábado 3 de enero.

 

Santoral.

 

LOS NOMBRES QUE SOSTIENEN EL TIEMPO

Hay días en que el calendario no solo ordena el tiempo: lo bendice y lo vuelve memoria viva. Cada fecha guarda nombres que no fueron colocados para el ruido ni para la consigna fácil, sino para sostener el paso lento de la conciencia humana a través de los siglos. El santoral es una cartografía espiritual donde caben el martirio, la enseñanza, el silencio y la renuncia. No habla de perfección ni de vidas intactas, sino de fidelidad ejercida en contextos difíciles. Estos nombres no pertenecen al pasado: regresan cada año para recordarnos que la historia también se escribe desde la fe cotidiana. En el cierre y la apertura de ciclos, su presencia invita a mirar el tiempo con responsabilidad y gratitud. Porque el tiempo no se pierde cuando se vive con sentido: se transforma.

 

 

DOMINGO 28 DE DICIEMBRE

Santos Inocentes

Esta conmemoración recuerda a los niños de Belén asesinados por orden de Herodes, según el relato evangélico. No se trata solo de una memoria religiosa, sino de una denuncia histórica contra el miedo del poder cuando se siente amenazado. Los Santos Inocentes encarnan a todas las víctimas sin voz, recordando que la violencia contra los indefensos deja una herida que atraviesa generaciones.

 

San Teófilo de Cesarea

Obispo del siglo IV en una región marcada por tensiones doctrinales y políticas. San Teófilo fue un pastor firme, atento a la formación de su comunidad y a la defensa de la fe cristiana en tiempos de presión externa. Su figura representa el liderazgo sereno que sostiene a su pueblo sin recurrir a la confrontación estridente.

 

San Evaristo

Papa de los primeros tiempos del cristianismo, en una Iglesia todavía frágil y perseguida. Durante su pontificado contribuyó a organizar las comunidades cristianas de Roma, dando estructura a una fe que aún se vivía en la clandestinidad. Su memoria evoca la etapa fundacional de una Iglesia que aprendía a sobrevivir sin poder ni protección.

 

San Domnio de Salona

Obispo y mártir de la región de Dalmacia, venerado desde los primeros siglos. Murió en el contexto de las persecuciones romanas, negándose a renunciar a su fe. Su vida recuerda que la coherencia interior, aun en silencio, puede convertirse en un testimonio más fuerte que cualquier discurso.

 

San Gaspar del Búfalo

Sacerdote italiano del siglo XIX y fundador de los Misioneros de la Preciosa Sangre. Vivió en una época de crisis social y eclesial, dedicándose a la predicación popular y a la renovación espiritual. Su legado es el de una fe activa, cercana a la gente y comprometida con la reconstrucción moral de su tiempo.

 

 

LUNES 29 DE DICIEMBRE

Santo Tomás Becket

Arzobispo de Canterbury asesinado en 1170 dentro de su propia catedral. Su conflicto con el rey Enrique II no fue personal, sino una defensa abierta de la autonomía de la Iglesia frente al poder político. Su muerte lo convirtió en símbolo de la conciencia que no se somete cuando la autoridad cruza sus límites.

 

San David de Escocia

Rey del siglo XII recordado por su profunda piedad y su sentido de justicia. Impulsó monasterios, hospitales y reformas sociales, entendiendo el gobierno como un servicio. Su figura muestra que el ejercicio del poder también puede convertirse en una forma de santidad.

 

San Marcelino de Ancona

Obispo del siglo IV cuya memoria se asocia a la constancia pastoral. Vivió en una etapa de transición para el cristianismo, acompañando a su comunidad con prudencia y estabilidad. Representa al pastor que sostiene sin imponer, y que guía sin buscar protagonismo.

 

San Trofimo de Arlés

Considerado el primer obispo de Arlés y uno de los grandes misioneros de la Galia. Su labor fue clave en la expansión del cristianismo en territorios aún inciertos. Simboliza la fe que se desplaza, aprende y se adapta para echar raíces nuevas.

 

San Calínico de Roma

Mártir de los primeros siglos cristianos, recordado por su fidelidad en tiempos de persecución. Su nombre quedó unido a la resistencia interior frente a la imposición del culto imperial. Es memoria de una fe sostenida cuando confesarla significaba arriesgar la vida.

 

 

MARTES 30 DE DICIEMBRE

San Félix I

Papa del siglo III en un periodo marcado por la violencia contra los cristianos. Fortaleció el culto a los mártires como forma de preservar la memoria y la identidad de la Iglesia. Su pontificado recuerda que la fe también se defiende cuidando la memoria colectiva.

 

San Sabino de Spoleto

Obispo venerado como mártir, encarcelado y ejecutado por negarse a renunciar a su fe. Su historia se inscribe en el tiempo de las persecuciones romanas en Italia. Representa la libertad interior que permanece incluso cuando el cuerpo es sometido.

 

San Anisio de Tesalónica

Obispo de la Iglesia oriental, reconocido por su defensa de la ortodoxia doctrinal. Le tocó conducir a su comunidad en tiempos de debate teológico y organización eclesial. Su figura une reflexión profunda y responsabilidad pastoral.

 

San Rugero de Canne

Obispo medieval recordado por su vida austera y su cercanía con los pobres. Su santidad no se apoyó en grandes gestos, sino en la atención cotidiana a los necesitados. Es ejemplo de una fe que se mide por la compasión concreta.

 

San Rainero de Pisa

Patrono de Pisa y peregrino del siglo XII, cuya vida estuvo marcada por una profunda conversión. Renunció a la comodidad para abrazar una existencia de penitencia y servicio. Su historia habla de segundas oportunidades y de comienzos tardíos pero auténticos.

 

 

MIÉRCOLES 31 DE DICIEMBRE

San Silvestre I

Papa del siglo IV cuyo pontificado coincidió con el reinado de Constantino. Vivió el paso de una Iglesia perseguida a una Iglesia reconocida públicamente. Su memoria simboliza un cambio de época y la responsabilidad que acompaña al reconocimiento social.

 

San Columba de Sens

Virgen y mártir del siglo III, venerada por su firmeza ante la persecución. Eligió mantener su fe aun frente a la amenaza y el castigo. Representa la dignidad que no se negocia, incluso cuando el costo es extremo.

 

San Hermas

Figura de la Iglesia primitiva, asociado a escritos de enseñanza moral y espiritual. Su pensamiento insistió en la conversión permanente y la vigilancia interior. Encarnó una espiritualidad sencilla, orientada a la corrección fraterna y al cuidado del alma.

 

San Zótico de Constantinopla

Sacerdote conocido por su defensa de huérfanos y pobres frente a los abusos del poder. Su compromiso social lo llevó al conflicto con las autoridades imperiales. Murió asesinado, dejando testimonio de una fe inseparable de la justicia.

 

Santa Melania la Mayor

Noble romana del siglo IV que renunció a su inmensa fortuna para vivir en austeridad. Fundó monasterios y sostuvo obras de caridad, transformando privilegio en servicio. Su vida muestra una conversión profunda vivida con coherencia y generosidad.

 

 

JUEVES 1 DE ENERO

Santa María, Madre de Dios

Solemnidad que reconoce a María como madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Definida doctrinalmente en el Concilio de Éfeso, ocupa un lugar central en la fe cristiana. Al iniciar el año, su memoria propone una mirada de cuidado, acogida y esperanza.

 

San Almaquio

Mártir del siglo IV que se opuso públicamente a los combates de gladiadores en Roma. Su protesta contra la violencia convertida en espectáculo le costó la vida. Es recordado como una conciencia que se alzó cuando la brutalidad era celebrada.

 

San Fulgencio de Ruspe

Obispo y teólogo del siglo VI, una de las grandes mentes del cristianismo africano. Defensor del pensamiento de San Agustín, enfrentó conflictos doctrinales con firmeza intelectual. Su legado une fe profunda y rigor en el pensamiento.

 

San Odilón de Cluny

Abad del siglo XI y figura central de la reforma monástica europea. Promovió la conmemoración de los fieles difuntos, ampliando la conciencia de la comunión entre vivos y muertos. Su memoria recuerda que la fe también es responsabilidad con la memoria.

 

San Concordio de Spoleto

Sacerdote y mártir de los primeros siglos, venerado por su negativa a rendir culto pagano. Su muerte selló una vida vivida con coherencia interior. Es símbolo de la conciencia que no se doblega ante decretos injustos.

 

 

VIERNES 2 DE ENERO

San Basilio Magno

Padre de la Iglesia oriental y obispo de Cesarea en el siglo IV. Fue teólogo, organizador de la vida monástica y defensor de la doctrina trinitaria. Su figura integra pensamiento, disciplina y servicio a los más necesitados.

 

San Gregorio Nacianceno

Teólogo y obispo del siglo IV, cercano colaborador de San Basilio. Sus escritos influyeron decisivamente en la formulación de la fe cristiana. Es recordado por unir profundidad intelectual y sensibilidad pastoral.

 

San Serafín de Gaza

Obispo en Palestina en un contexto de tensiones religiosas. Sostuvo a su comunidad cristiana en medio de conflictos y presiones externas. Representa la perseverancia del pastor que no abandona su misión.

 

San Macario de Alejandría

Monje del desierto egipcio, referente de la espiritualidad ascética. Vivió en silencio, oración y disciplina extrema. Su vida recuerda el valor del retiro interior frente al ruido del mundo.

 

San Defensor de Angers

Obispo francés del siglo VII, recordado por su cercanía pastoral. Ejerció su ministerio con sencillez y atención a las necesidades del pueblo. Su memoria es la de un liderazgo discreto y constante.

 

 

SÁBADO 3 DE ENERO

Santa Genoveva de París

Mujer del siglo V y patrona de París, reconocida por su liderazgo espiritual. Animó a la población en tiempos de invasión y crisis. Su figura encarna una fe que organiza, protege y sostiene a la comunidad.

 

San Antero

Papa del siglo III cuyo pontificado fue breve y marcado por la persecución. Murió mártir por su fe cristiana. Es recordado por cuidar la memoria escrita de los mártires.

 

San José Tomasi

Cardenal y erudito del siglo XVIII, destacado estudioso de la liturgia. Su trabajo intelectual buscó profundizar la comprensión del culto cristiano. Representa la santidad del estudio puesto al servicio de la fe.

 

San Pedro de Atroa

Monje oriental del siglo IX, defensor de la veneración de las imágenes sagradas. Sufrió persecución durante la crisis iconoclasta. Su memoria recuerda la importancia del símbolo en la vida espiritual.

 

San Daniele de Padua

Mártir del siglo II en el norte de Italia. Murió por confesar su fe cristiana en un entorno hostil. Su nombre permanece como testimonio de fidelidad temprana.

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Música para recordar el ayer

Leo Mattioli

Vida y obra del cantor que convirtió la cumbia romántica en una forma de confesión popular

 

 

Origen y primeros años

Leo Mattioli nació el 13 de agosto de 1972 en Santo Tomé, provincia de Santa Fe, Argentina, en un entorno profundamente ligado a la música popular. Desde joven mostró una inclinación natural por el canto como forma de expresión emocional directa. Creció entre baladas románticas y cumbia, géneros que en su contexto no se oponían, sino que convivían como distintas maneras de decir el sentimiento. Esa mezcla temprana marcaría toda su trayectoria artística.

 

La música como destino

Antes de la popularidad, Mattioli transitó bailes barriales, escenarios modestos y grupos locales donde fue formando una voz reconocible por su intensidad emocional. No buscó destacarse por virtuosismo técnico, sino por la manera de transmitir las canciones. Su estilo se forjó en contacto permanente con el público, entendiendo que la música popular se valida en la respuesta inmediata de la gente.

 

Trinidad y el salto a la masividad

El punto de inflexión llegó cuando se convirtió en la voz principal del Grupo Trinidad. Con esa banda, Mattioli encontró el vehículo ideal para su sensibilidad artística. Canciones románticas, interpretadas con una intensidad poco común, transformaron al grupo en referente de la cumbia santafesina y lo posicionaron a nivel nacional. Su presencia vocal redefinió la identidad del proyecto.

 

La obra musical y sus canciones emblemáticas

La obra de Leo Mattioli se sostiene en un repertorio amplio que se volvió parte de la vida cotidiana de miles de personas. Temas como Amor prohibido, Te quiero tanto, Quiero ser feliz y Me mata tu amor se convirtieron en himnos del desamor y la vulnerabilidad emocional. Su forma de cantar no embellecía el dolor: lo exponía, y esa honestidad fue la base de su conexión con el público.

 

Oh Jesús: fe, fragilidad y súplica

Entre sus canciones, Oh Jesús ocupa un lugar singular. No es solo un éxito, sino una pieza que marcó un giro emocional en su repertorio. A diferencia de sus temas amorosos, esta canción introduce una dimensión espiritual directa, cantada desde la fragilidad humana y no desde el dogma. En conciertos y bailes, Oh Jesús generaba un silencio colectivo poco habitual, convirtiéndose en una especie de oración popular cantada. La canción consolidó a Mattioli como un intérprete capaz de expresar culpa, esperanza y necesidad con la misma honestidad con la que cantaba al amor.

 

Carrera solista, vida personal y legado

Tras su etapa con Trinidad, Leo Mattioli desarrolló una carrera solista que confirmó su peso propio como intérprete. Profundizó la cumbia romántica sin artificios, manteniendo una relación cercana con su público. Su vida estuvo marcada por la intensidad, tanto artística como personal. Falleció el 7 de agosto de 2011, a los 38 años, dejando una obra que sigue vigente. Su legado reside en haber dado voz a sentimientos que muchos vivían en silencio, convirtiendo la cumbia en un espacio de verdad compartida.

(By Notas de Libertad)

Oh Jesús.

Le Pido a Dios.

 Tramposa y Mentirosa.

La Mosca Tse-Tse

Biografía humana y recorrido musical de una banda construida desde el encuentro, no desde la rigidez

 

 

El origen humano de la banda

La Mosca Tse-Tse surgió en 1995, en Buenos Aires, como resultado de un cruce humano más que de un plan artístico calculado. La banda nació cuando un grupo de músicos jóvenes, vinculados a la escena porteña del rock, el ska y los ritmos populares, decidió tocar junto sin la intención de fundar una marca, sino de generar un espacio de música viva, bailable y compartida. Desde el inicio, la premisa fue clara: tocar para el cuerpo, para el movimiento y para la respuesta inmediata del público. En ese núcleo inicial apareció Guillermo Novellis como voz principal y compositor central, no como solista encubierto, sino como referente natural de un proyecto colectivo que se estaba gestando desde la afinidad y no desde la jerarquía.

 

Quiénes lo formaron y cómo se integraron

Además de Novellis, durante estos años La Mosca tuvo un papel decisivo en Pablo “Chivia”Tisera”, cuya intervención en el saxofón y en los arreglos de vientos fue clave para definir el sonido característico del grupo. La sección de vientos —saxos y trompetas— no fue un adorno, sino un pilar identitario. Junto a ellos se integraron bateristas, bajistas y guitarristas provenientes de distintas experiencias musicales, muchos de ellos ligados al circuito del rock barrial y del ska local. Desde el comienzo, Lo Mosca no se pensó como una banda de nombres fijos, sino como un ensamble funcional.

 

Por qué la formación nunca fue cerrada

Una de las claves biográficas de La Mosca Tse-Tse es que nunca funcionó como una formación rígida. A diferencia de bandas que se definen por una alineación inamovible, Lo Mosca se construyó como un organismo flexible. Con el paso del tiempo, algunos músicos se retiraron por decisiones personales, otros se incorporaron para cubrir giras, grabaciones o nuevas etapas creativas. Estos cambios no respondieron a rupturas traumáticas, sino a la lógica natural de un grupo con alta exigencia de escenario.

 

La continuidad más allá de los cambios

Aunque la conformación fue variando, la continuidad del proyecto se sostuvo por dos factores humanos fundamentales: la permanencia de Guillermo Novellis como voz y eje compositivo, y la incorporación de músicos que comprendían el lenguaje original de la banda. Cada recomposición implicó ensayos, ajustes y reacomodos internos, pero nunca un quiebre con el espíritu fundacional. La Mosca se transformó sin perder identidad.

 

La obra musical como resultado colectivo

La obra de La Mosca Tse-Tse es inseparable de este carácter humano y colectivo. Sus canciones nacieron del diálogo entre composiciones sencillas, arreglos rítmicos eficaces y una sección de vientos que aportó color y potencia escénica. El punto de inflexión llegó con “Para no verte más”, una canción que trascendió rápidamente el ámbito local y se convirtió en un éxito continental. Ese tema condensó la fórmula del grupo y abrió el camino a otros éxitos.

 

Una biografía en movimiento

La historia de La Mosca Tse-Tse no puede contarse como una lista cerrada de integrantes porque su esencia fue siempre el movimiento. Personas que se encontraron, tocaron juntas, siguieron otros caminos y fueron reemplazadas por músicos capaces de sostener el mismo pulso colectivo. Esa dinámica explica su permanencia y su legado en la música popular latinoamericana.

(By Notas de Libertad).

Para No Verte Más (Con Maríachi).

 Muchachos, Ahora nos Volvimos a Ilusionar.

Todos Tenemos un Amor.

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“Biebrich, crónica de una infamia”

De: Jesús Blancornelas

Resumen.

 

Cuando el poder decidió destruir a uno de los suyos

Relato íntegro de un caso donde la justicia fue subordinada al Estado y la verdad quedó atrapada en el expediente

 

 

La lógica profunda del régimen

En “Biebrich, crónica de una infamia”, Jesús Blancornelas construye un relato que no se limita a describir un episodio político, sino que se adentra en el funcionamiento real del poder en el México del presidencialismo absoluto. El libro arranca desde una certeza estructural: el sistema político no actuaba para impartir justicia, sino para conservar estabilidad. Bajo esa lógica, las personas eran secundarias frente al equilibrio del régimen.

Blancornelas muestra cómo el poder presidencial concentraba decisiones que se ejecutaban en cascada. Gobernadores, procuradores y jueces no operaban como contrapesos, sino como extensiones de una voluntad central. En ese contexto, cualquier crisis debía resolverse con rapidez, aun a costa de fabricar culpables o distorsionar la verdad.

La obra sitúa al lector dentro de ese clima político donde la legalidad era flexible y la lealtad al sistema tenía mayor peso que los hechos. No se trata de una desviación ocasional, sino de una práctica normalizada que permitía al régimen cerrar filas frente a conflictos que amenazaban su imagen o cohesión interna.

 

Carlos Armando Biebrich dentro del engranaje

Carlos Armando Biebrich Torres es presentado como un político formado plenamente dentro del sistema priista. No surge como figura antisistémica ni como crítico del poder central, sino como un cuadro disciplinado, eficaz y con futuro. Su carrera se desarrolla siguiendo las reglas no escritas del régimen, donde la obediencia y el ascenso iban de la mano.

El libro describe cómo su llegada al gobierno de Sonora lo coloca en una posición de visibilidad nacional. En un sistema donde los gobernadores podían acumular poder regional, esa proyección comenzaba a generar tensiones. No por ruptura ideológica, sino porque el sistema no toleraba trayectorias que parecieran independientes del control presidencial.

Blancornelas subraya que Biebrich no fue derribado por oponerse al régimen, sino por convertirse en una figura prescindible cuando su permanencia dejó de ser conveniente. Su caída no responde a un juicio sobre su gobierno, sino a una necesidad política mayor.

 

San Ignacio Río Muerto: el conflicto convertido en excusa

El núcleo factual del libro se sitúa en los hechos ocurridos en San Ignacio Río Muerto, una región marcada por conflictos agrarios, desigualdad y abandono institucional. Blancornelas reconstruye el entorno social con detalle, mostrando cómo las tensiones acumuladas derivaron en un estallido violento con consecuencias trágicas.

El enfrentamiento no es presentado como una acción planeada desde el gobierno estatal, sino como el resultado de una cadena de errores, omisiones y decisiones mal ejecutadas. La tragedia surge en un contexto donde el Estado había fallado reiteradamente en atender demandas sociales legítimas.

Sin embargo, una vez ocurridos los hechos, el conflicto es resignificado por el poder federal. El episodio deja de ser un problema local para convertirse en una oportunidad política: un argumento útil para responsabilizar directamente al gobernador y cerrar el caso con rapidez.

 

La decisión política antes de la justicia

Uno de los ejes más contundentes del libro es la descripción de cómo la suerte de Biebrich fue decidida antes de que existiera una investigación judicial real. Blancornelas detalla el ambiente político posterior a los hechos y la rapidez con la que se estableció una línea oficial de culpabilidad.

Desde la Presidencia de la República se definió que el gobernador debía salir. La renuncia no fue consecuencia de pruebas, sino una medida ejemplar para enviar un mensaje al resto del sistema: el poder central seguía siendo incuestionable.

La justicia aparece entonces como un trámite posterior. No como un mecanismo para esclarecer responsabilidades, sino como un instrumento para legitimar una decisión ya tomada en las alturas del poder.

 

El expediente como herramienta de simulación

Blancornelas dedica una parte extensa del libro a narrar la construcción del expediente judicial. Testimonios inconsistentes, contradicciones y lecturas forzadas de la ley forman un caso endeble, sostenido más por la necesidad política que por la solidez jurídica.

El proceso judicial no busca descubrir la verdad, sino sostener una narrativa oficial. Cada pieza del expediente cumple la función de cerrar el caso, no de abrir preguntas incómodas.

La procuración de justicia aparece completamente subordinada al poder político, actuando no como órgano autónomo, sino como engranaje de un sistema que necesitaba un culpable visible.

 

Renuncia, cárcel y olvido

El tramo final del libro narra la renuncia forzada de Biebrich, su encarcelamiento y el abandono político posterior. Una vez cumplida su función como ejemplo, el sistema se desentiende de él por completo.

No hay revisión del caso, ni rectificación histórica, ni reparación institucional. El poder que lo encumbró se limita a borrarlo del mapa político.

El libro deja constancia de una infamia que no fue corregida y que quedó archivada como testimonio de una época donde el régimen se preservaba sacrificando a uno de los suyos.

 

 

Sobre el autor.

 

Jesús Blancornelas

Vida y obra de un periodista que decidió no apartar la mirada

 

Nacimiento y muerte

Jesús Blancornelas nació el 14 de noviembre de 1936, en San Luis Potosí, en un país donde el periodismo aún convivía con formas abiertas y soterradas de control político. Murió el 23 de noviembre de 2006, en Tijuana, Baja California, ciudad que terminó por convertirse en el centro de su vida profesional y en el territorio donde ejerció el periodismo más riesgoso de su tiempo. Entre esas dos fechas se despliega una trayectoria marcada por la decisión consciente de sostener el oficio aun cuando el costo personal fuera alto, entendiendo que informar también implica permanecer.

La formación de una vocación incómoda

Desde sus primeros años en el periodismo, Blancornelas entendió que el oficio no consistía en reproducir discursos oficiales ni en acompañar al poder, sino en observarlo con distancia crítica. Su formación se dio en redacciones donde el reporteo, la confirmación de datos y la lectura cuidadosa de los hechos eran esenciales. Nunca concibió el periodismo como una plataforma de ascenso político o social; por el contrario, asumió que investigar implicaba incomodar y, muchas veces, quedar solo. Esa convicción ética marcó su trayectoria completa.

 

Tijuana: frontera, poder y realidad

El arraigo de Blancornelas en Tijuana fue decisivo para su mirada periodística. La frontera no fue para él un tema accesorio, sino un espacio donde el poder se manifestaba sin filtros. En esa ciudad observó cómo el narcotráfico, las autoridades y los intereses económicos se cruzaban de manera cotidiana, creando una normalidad violenta que exigía ser documentada. Tijuana se convirtió en su escuela permanente y en el lugar desde donde comprendió que el crimen organizado no podía entenderse sin sus vínculos con el Estado.

 

Zeta y el ejercicio del periodismo sin concesiones

La fundación y dirección del semanario Zeta marcaron el eje central de su vida profesional. Desde ese medio, Blancornelas impulsó un periodismo de investigación constante, basado en documentos, nombres y reconstrucciones precisas. Zeta no nació como un proyecto de comodidad, sino como una trinchera editorial desde la cual se expusieron abusos de poder, redes de corrupción y relaciones entre autoridades y crimen organizado. Ese trabajo tuvo consecuencias directas, incluidas amenazas permanentes y un atentado que marcó su vida.

 

La obra: el reporteo convertido en libro

La obra escrita de Blancornelas es una prolongación natural de su trabajo periodístico. En Biebrich, crónica de una infamia reconstruyó la caída política de un gobernador para mostrar cómo el sistema presidencialista utilizaba la justicia como instrumento político. En El Cártel documentó la estructura del narcotráfico en el norte del país, describiendo liderazgos, disputas internas y complicidades institucionales. Con Horas extra reunió textos de crónica política y social, y en Crimen organizado y Estado profundizó en la relación entre delincuencia e instituciones públicas.

 

Carácter y legado

Jesús Blancornelas no fue un periodista estridente ni un constructor de mitos personales. Su carácter se expresó en el método: paciencia, verificación y persistencia. Vida y obra forman una misma línea ética, orientada a dejar constancia de los hechos cuando la justicia institucional fallaba. Su legado permanece como archivo incómodo del México contemporáneo, escrito para que la memoria no dependiera de la versión oficial.

 

 

(By Notas de Libertad).

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Rafael Oceguera Ramos: el oficio del poder

Crónica de un político formado en la disciplina del debate, la lealtad parlamentaria y el dominio de la tribuna; un sinaloense que conoció la política desde la juventud organizada, el Congreso sin mayorías y el ejercicio real del poder, cuando la palabra todavía tenía peso y consecuencias.

 

 

 

Raíces en Escuinapa: el carácter antes del cargo

Infancia, adolescencia y primeras confrontaciones políticas de un joven sinaloense que aprendió pronto que el poder no se hereda: se disputa, se estudia y se defiende con convicción, incluso cuando el orden parece romperse.

 

Escuinapa como escuela de carácter

Escuinapa no era un sitio donde la política se aprendiera en libros. Se aprendía en la calle, en la plaza, en la conversación cotidiana, en el rumor persistente de quién mandaba y cómo se mandaba. En ese municipio del sur de Sinaloa, Rafael Oceguera Ramos nació el 5 de enero de 1950, en un entorno donde la autoridad tenía rostro visible y donde las decisiones públicas no eran abstractas: se sentían en el mercado, en el campo y en la relación directa entre el gobierno y la gente. Ese entorno moldeó desde temprano su manera de entender el poder.

La vida pública no se presentaba como una vocación romántica, sino como un terreno áspero. Desde joven fue evidente que la política no era un espacio neutral ni amable, sino un escenario donde se cruzaban intereses, lealtades y tensiones reales. Escuinapa enseñaba pronto que el conflicto era parte natural de la vida colectiva, y que evadirlo no lo hacía desaparecer. Ese aprendizaje temprano dejó huella: la política debía enfrentarse, no esquivarse.

 

 

El conflicto de 1967 y la política como sacudida temprana

En 1967, cuando Rafael aún era muy joven, Escuinapa se vio envuelto en un conflicto que desnudó las tensiones profundas del poder municipal en el México de la época. El cese del alcalde José “Pepe” Simental no respondió a un proceso institucional transparente ni a un relevo acordado: fue una decisión política abrupta, tomada desde fuera del municipio, que interrumpió de golpe la vida pública local. La destitución provocó inconformidad inmediata, fracturó equilibrios comunitarios y colocó al pueblo frente a una autoridad que ya no se sentía propia.

La reacción no fue silenciosa. El conflicto derivó en movilización social, enfrentamientos verbales y una presencia creciente de fuerzas del orden, dejando claro que el Estado estaba dispuesto a imponer la decisión aun a costa de la estabilidad local. Para muchos en Escuinapa, aquel episodio significó el descubrimiento temprano de una verdad incómoda: que la legalidad podía ejercerse sin legitimidad, y que la política no siempre resolvía los conflictos mediante el diálogo, sino mediante la fuerza.

Ese ambiente de tensión, incertidumbre y ruptura institucional quedó grabado en la memoria de quienes lo vivieron.

Para el joven Oceguera, ese episodio fue una revelación. No se trató solo de presenciar un conflicto, sino de comprender que la política podía romperse por dentro. Aquella sacudida temprana no lo empujó al rechazo de la política; por el contrario, lo condujo a entenderla con mayor seriedad. Ahí se sembró una convicción que lo acompañaría siempre: el orden institucional se defiende con carácter, pero también con inteligencia.

 

La Normal de Ciudad Guzmán: disciplina y formación

La salida de Escuinapa hacia la Normal de Ciudad Guzmán, Jalisco, fue mucho más que un traslado geográfico. Fue el paso de la intuición al método. En la Normal, la formación no solo era académica: era disciplinaria, colectiva, exigente. Ahí se aprendía a hablar frente a grupo, a sostener ideas, a ordenar el pensamiento y a entender la responsabilidad social del educador.

Ese paso es fundamental para entender a Oceguera. Antes de ser político profesional, fue maestro en formación. Antes de dominar la tribuna, aprendió a dominar el aula. La Normal le dio estructura, ritmo, respeto por la palabra y conciencia de grupo. Nada de eso se perdería después; al contrario, se convertiría en uno de los sellos de su desempeño público.

 

El magisterio rural y el contacto con el país profundo

Tras su formación normalista, Rafael Oceguera fue enviado como maestro rural a Sonora. Ahí conoció un México distinto al de los discursos y los centros de poder. Un país de carencias, de distancias largas, de comunidades donde el Estado llegaba tarde o no llegaba del todo. La experiencia del magisterio rural no fue un simple trámite profesional: fue una inmersión en el país real.

Ese contacto directo con la vida rural fortaleció su comprensión del conflicto social. Aprendió a escuchar, a medir los silencios, a entender que detrás de cada demanda hay una historia y que no todo se resuelve con consignas. Ese aprendizaje marcaría su forma de hacer política: menos grandilocuencia y más atención al contexto.

 

Juventud, inconformidad y vocación pública

La juventud de Oceguera no fue pasiva ni acomodaticia. Fue una etapa de inconformidad organizada, de preguntas constantes y de búsqueda de espacios para incidir. No se conformó con observar la política: decidió participar en ella. Esa decisión no fue impulsiva, sino gradual, producto de experiencias acumuladas que lo empujaron hacia la vida pública.

Ya entonces se advertían rasgos que lo acompañarían siempre: facilidad de palabra, rapidez mental, capacidad para polemizar sin perder el control y una disposición natural para asumir liderazgo. No era estridencia; era presencia. No era imposición; era autoridad construida.

 

El paso de la rebeldía al método

El rasgo más importante de esta primera etapa es el tránsito de la rebeldía intuitiva al método político. Oceguera entendió pronto que la inconformidad sin organización se agota, y que el poder solo se enfrenta con preparación, estructura y disciplina. Esa comprensión explica su posterior integración a la política organizada y su ascenso rápido dentro de ella.

Escuinapa le dio carácter. La Normal le dio disciplina. El magisterio rural le dio perspectiva. Esa combinación explica por qué Rafael Oceguera Ramos llegó a la política nacional con una base sólida, lejos del improvisado y muy cerca del político de oficio. Antes de ocupar cargos, ya había aprendido algo esencial: en política, el carácter se forma mucho antes de que llegue el poder.

 

 

La palabra como herramienta: formación, estudios y vocación

Del aula normalista a la universidad nacional, la formación intelectual de Rafael Oceguera Ramos y cómo el estudio, la disciplina y la oratoria se convirtieron en la base de su ejercicio político, mucho antes de que el cargo sustituyera al pensamiento.

 

 

El salto del aula a la política organizada

El tránsito de Rafael Oceguera del magisterio a la política no fue abrupto ni oportunista. Fue un proceso gradual, marcado por una convicción que se había ido formando desde la docencia: la palabra ordena. En el aula aprendió que quien no sabe explicar no sabe mandar, y que la autoridad no se impone por decreto, sino que se construye con claridad, constancia y coherencia. Esa lógica, aprendida frente a grupo, sería decisiva cuando decidió participar en la política organizada.

A diferencia de muchos cuadros que llegan a la vida pública sin método, Oceguera llegó con una base pedagógica sólida. Sabía estructurar ideas, anticipar objeciones y responder sin perder el hilo. El aula fue su primer laboratorio de persuasión. Allí entendió que convencer no es vencer al otro, sino llevarlo —si se puede— a un terreno común. Esa enseñanza lo acompañaría siempre.

 

Estudios universitarios y rigor intelectual

La etapa universitaria en la UNAM no fue un adorno curricular, sino una decisión consciente de profundización intelectual. En un momento en que muchos jóvenes políticos optaban por la práctica inmediata, Oceguera eligió estudiar dos carreras Derecho, y Ciencias Políticas y Administración Pública, convencido de que sin comprensión del sistema no hay ejercicio responsable del poder.

La universidad le ofreció algo más que conocimientos técnicos: le dio contexto histórico, teoría del Estado, nociones de legitimidad y límites institucionales. Ahí comprendió que el poder no es solo voluntad, sino estructura; no solo discurso, sino norma. Esa formación lo distinguiría después en el Congreso, donde la improvisación suele pagarse caro.

 

El Derecho como estructura del conflicto

Para Oceguera, el Derecho nunca fue un ejercicio frío ni meramente técnico. Lo entendió como el lenguaje que ordena el conflicto social y evita que la fuerza sustituya a la razón. El estudio jurídico le permitió leer con claridad las reglas formales del poder, pero también sus zonas grises, sus tensiones y sus riesgos.

Esa concepción se reflejaría más tarde en su defensa de la tribuna parlamentaria como espacio de confrontación regulada. Sabía que cuando el Derecho se ignora, la política se degrada. Por eso, aun en momentos de alta tensión, mantenía claro hasta dónde podía estirarse la cuerda sin romper la institucionalidad. No era cálculo: era formación.

 

Ciencia Política: entender el sistema desde dentro

La Ciencia Política le ofreció una herramienta distinta, pero complementaria: la capacidad de leer el poder como sistema. Entendió que las instituciones no operan en el vacío, sino dentro de contextos históricos concretos, con actores, intereses y correlaciones de fuerza cambiantes. Esa mirada lo volvió menos impulsivo y más estratégico.

Aprendió a identificar coyunturas, a distinguir entre lo urgente y lo importante, y a comprender que no todo conflicto se gana de inmediato. La política, entendió, es acumulación de posiciones y tiempos. Esa comprensión sería clave cuando le tocó actuar en Congresos adversos, sin mayorías automáticas.

 

La oratoria como disciplina, no como espectáculo

Oceguera nunca concibió la oratoria como lucimiento personal. Para él, hablar bien implicaba ordenar ideas, persuadir con argumentos y construir sentido colectivo. La palabra era una herramienta de trabajo, no un accesorio para el aplauso fácil. Esa visión lo distanció del grito y de la descalificación hueca.

Su formación académica se reflejaba en la tribuna: discurso claro, ritmo medido, capacidad de réplica y uso preciso del lenguaje. No necesitaba elevar la voz para imponer presencia. Su autoridad provenía del dominio del tema y de la seguridad intelectual. Por eso, incluso entre adversarios, su intervención generaba atención y respeto.

 

Formación antes que ambición

Este periodo formativo consolidó una convicción que atravesó toda su vida pública: sin preparación no hay poder duradero. La ambición sin método conduce al desgaste rápido; la formación, en cambio, permite sostenerse en el tiempo. Oceguera entendió pronto que los cargos pasan, pero el oficio permanece.

Cuando más adelante ocupó posiciones de alta responsabilidad, ya tenía algo que muchos no: un andamiaje intelectual sólido que le permitía ejercer el poder sin perder el control de la palabra. Eso explica, en el fondo, por qué Rafael Oceguera Ramos no fue un político de ocurrencias, sino un hombre de método, estudio y tribuna.

 

 

 

Juventud Revolucionaria: cuando el PRI formaba cuadros

El liderazgo juvenil como escuela real de poder: viajes, tribuna, organización y disciplina en una etapa donde el PRI formaba cuadros nacionales y la política se aprendía recorriendo el país, hablando en público y construyendo lealtades duraderas dentro de una estructura exigente.

 

 

El Movimiento Nacional de la Juventud Revolucionaria

El Movimiento Nacional de la Juventud Revolucionaria no era un espacio simbólico ni un accesorio propagandístico. En aquellos años, la organización juvenil del PRI funcionaba como una cantera auténtica de poder, un lugar donde se probaban talentos, se formaban dirigentes y se evaluaba el carácter político de quienes aspiraban a crecer dentro del sistema. Ahí no bastaba la simpatía ni el discurso fácil: se exigía disciplina, trabajo territorial y capacidad de conducción.

Acceder a la dirigencia nacional implicaba responsabilidad real. Significaba representar al partido ante miles de jóvenes, responder a una estructura vertical y, al mismo tiempo, contener las tensiones propias de una generación inquieta, crítica y ambiciosa. Para Rafael Oceguera Ramos, ese espacio se convirtió en una escuela intensiva donde la política se vivía todos los días, sin simulación.

 

Liderazgo nacional y visibilidad política

El liderazgo juvenil le otorgó una visibilidad inmediata que trascendía lo local y lo regional. Oceguera comenzó a ser identificado como un cuadro con proyección nacional, alguien capaz de articular discurso, ordenar grupos y sostener posiciones frente a auditorios diversos. Su voz empezó a escucharse en encuentros nacionales, congresos juveniles y actos partidistas donde la improvisación no era tolerada.

Ese lugar lo puso en contacto directo con las capas superiores de la estructura partidista. Aprendió a leer jerarquías, a entender los códigos internos y a moverse con cuidado en un entorno donde cada palabra tenía consecuencias. La visibilidad no lo desbordó; por el contrario, lo obligó a afinar su método y a reforzar su disciplina política.

 

Recorrer el país para entenderlo

Una de las experiencias más formativas de esa etapa fue el recorrido constante por el territorio nacional. La dirigencia juvenil implicaba viajar sin pausa, conocer estados, regiones y realidades profundamente distintas. No era turismo político: era contacto directo con problemáticas concretas, expectativas locales y tensiones internas del propio partido.

Ese ejercicio amplió su comprensión del país. Oceguera entendió que México no podía leerse desde un solo centro ni desde una sola narrativa ideológica. Cada región exigía un registro distinto, un lenguaje propio y una sensibilidad específica. Esa capacidad de adaptación, sin perder identidad política, se convertiría más adelante en una de sus fortalezas parlamentarias.

 

La palabra como herramienta de organización

En la estructura juvenil, la palabra era una herramienta de orden y conducción. Convocar asambleas, resolver conflictos internos, entusiasmar a la militancia y sostener la cohesión del grupo dependía del uso eficaz del lenguaje. Oceguera destacó pronto por una oratoria clara, firme y estructurada, alejada del exceso retórico y cercana al argumento político.

Su discurso no buscaba la ovación inmediata, sino la adhesión duradera. Sabía elevar la polémica cuando era necesario, pero también sabía cerrarla sin fracturar al grupo. Esa combinación —firmeza y control— empezó a perfilarlo como un dirigente con autoridad natural, capaz de imponerse sin recurrir al grito ni a la descalificación.

 

Redes, lealtades y formación de cuadros

El liderazgo juvenil también era una escuela de construcción de redes políticas. En esa etapa se forjaron relaciones que no se basaban únicamente en la afinidad personal, sino en el trabajo compartido, la lealtad partidaria y la experiencia común. Oceguera aprendió que la política es, ante todo, un ejercicio colectivo.

La formación de cuadros implicaba identificar talentos, impulsarlos y sostenerlos dentro de la estructura. Esa tarea requería criterio, paciencia y visión de largo plazo. No todos avanzaban al mismo ritmo ni por las mismas razones. Esa comprensión marcaría su estilo posterior: conducción firme, pero atenta al grupo y a los equilibrios internos.

 

El inicio de una fama nacional

La consecuencia natural de esta etapa fue el reconocimiento nacional. Rafael Oceguera Ramos dejó de ser un político en formación para convertirse en un nombre identificado dentro del priismo. Su paso por la dirigencia juvenil lo colocó en el radar de responsabilidades mayores, no como promesa, sino como cuadro probado.

Ese reconocimiento no fue producto del espectáculo ni de la estridencia mediática. Se construyó con trabajo, presencia territorial y dominio de la palabra. Cuando más tarde llegara al Congreso y a los cargos de alta responsabilidad, no partiría de cero: llegaría con una trayectoria que ya lo había puesto a prueba en una de las escuelas más exigentes del sistema político mexicano.

 

 

El legislador en etapas: representación, madurez y conducción

La trayectoria legislativa de Rafael Oceguera Ramos no puede entenderse como una secuencia mecánica de cargos ni como una suma cronológica de periodos constitucionales. Fue un proceso acumulativo de carácter, método y responsabilidad política que lo fue colocando, paso a paso, en escenarios cada vez más complejos del poder. Cada diputación respondió a un momento histórico distinto del país y lo obligó a ajustar su oficio, su lenguaje y su forma de conducción. En su caso, el Congreso no fue un tránsito circunstancial, sino una escuela prolongada donde la política se aprendió primero como disciplina, luego como estrategia y finalmente como responsabilidad directa.

 

 

Donceles: la tribuna como escuela de carácter

La primera diputación federal de Rafael Oceguera Ramos se ejerció en el Palacio Legislativo de Donceles, un recinto que imponía respeto antes que solemnidad y donde la política se practicaba sin amortiguadores. La cercanía física entre la tribuna y el pleno obligaba a sostener cada intervención con el cuerpo entero: la voz, el gesto, el temple. En Donceles no había espacio para la retórica hueca ni para la improvisación indulgente; el error se exhibía de inmediato y quedaba registrado en la memoria política del recinto.  Oceguera llegó a esa Cámara con formación previa y con una comprensión clara de los códigos internos del partido y del Congreso. No arribó como un legislador accidental ni como un orador en busca de aplausos. Desde el inicio entendió que la tribuna no era un escaparate personal, sino un espacio institucional que exigía responsabilidad y mesura. Esa primera legislatura fue una prueba de resistencia política. No se trataba de destacar de inmediato, sino de sostenerse sesión tras sesión, de construir credibilidad en un entorno donde la palabra tenía memoria larga y los excesos se cobraban con rapidez. En Donceles se forjó un estilo firme, contenido y sin concesiones a la estridencia.

 

San Lázaro: la madurez del oficio parlamentario

Para su segunda diputación federal, la Cámara de Diputados ya sesionaba en el nuevo Palacio Legislativo de San Lázaro, prácticamente recién inaugurado. El cambio de recinto transformó de manera profunda la dinámica parlamentaria: mayor visibilidad pública, procedimientos más complejos y una relación constante con los reflectores. En este escenario, Oceguera regresó a la Cámara con una lectura más estratégica del poder legislativo. Esta etapa no fue de aprendizaje elemental, sino de consolidación. Comprendió que el peso de un legislador no depende del volumen de su voz ni de la frecuencia de sus intervenciones, sino de la oportunidad y la precisión de su palabra. Ahí terminó de afirmarse como un legislador serio y disciplinado, incisivo en tribuna y afable en el trato cotidiano, capaz de tensar el debate sin romper la convivencia política.

 

Un Congreso sin mayorías: el nuevo escenario político

La tercera diputación federal se desarrolló en un Congreso radicalmente distinto. El PRI ya no contaba con mayorías automáticas y la Cámara operaba bajo un clima de confrontación permanente. Cada sesión implicaba negociación abierta; cada dictamen, un equilibrio delicado; cada debate, una prueba de carácter. La tribuna dejó de ser un espacio ceremonial para convertirse en un territorio en disputa real. En ese entorno áspero, el oficio parlamentario se volvió una herramienta de supervivencia política. Oceguera supo moverse sin perder compostura ni autoridad, combinando firmeza con lectura fina del conflicto. Fue entonces cuando se consolidó su fama de esgrimista verbal: rápido para detectar el punto débil del argumento ajeno y preciso para tocarlo sin caer en la estridencia.

 

La conducción colegiada del grupo priista

La complejidad del momento se reflejó en la conducción interna del grupo parlamentario del PRI. Arturo Núñez Jiménez encabezaba la coordinación apoyado en un esquema colegiado de vicecoordinadores que representaban equilibrios reales del priismo parlamentario. Entre ellos se encontraban Rafael Oceguera Ramos, Enrique Jackson Ramírez, Ricardo Castillo Peralta —con voz y representación cenecista—,  Ricardo Canavati, vinculado a los espacios cenopistas y empresariales, Carlos Jimenez Macias, en el área de relaciones exteriores y el inolvidable genio jurídico del “Maestro Lama” José Luis Lamadrid Sauza. No era un organigrama decorativo, sino una arquitectura política diseñada para sostener al grupo en una Cámara fragmentada. Cuando Núñez dejó la Cámara para buscar la candidatura del PRI en Tabasco, Enrique Jackson asumió la coordinación. La transición fue natural y el esquema colegiado se mantuvo. En ese entramado, Oceguera cumplió una función clave: ordenar posiciones, contener tensiones y sostener la línea política. Durante el proceso interno del PRI para la candidatura al gobierno de Sinaloa en 1999, una comisión de diputados federales priistas encabezada por Enrique Jackson Ramírez viajó a Culiacán. Al aterrizar, antes incluso de que el grupo descendiera del avión, Rafael Oceguera ya nos esperaba. Se acercó a la escalerilla y anunció la agenda con el gobernador Renato Vega Alvarado: Palacio de Gobierno y comida posterior. Acto seguido, con humor fraterno y sin perder autoridad, soltó la frase que provocó la carcajada general: había venido personalmente por nosotros porque le preocupaba que Jackson, “sinaloense del Distrito Federal”, no supiera cómo llegar. La escena retrató el clima interno del grupo: complicidad, respeto y liderazgo sin estridencia.

 

La tribuna defendida: carácter y límite

El episodio que lo proyectó a nivel nacional ocurrió durante una sesión interrumpida por la irrupción del Barzón, encabezado por Maximiano Barbosa. El conflicto escaló más allá del intercambio verbal cuando este intentó arrebatarle el micrófono a  Oceguera. Quien reaccionó de inmediato. Un derechazo seco y fulminante mandó al agresor a la lona y obligó a suspender la sesión. No fue una escena teatral ni un arrebato: fue la defensa de un espacio institucional que, para él, no se entrega por presión. Lo significativo vino después. No hubo alarde ni celebración. El gesto fue de contención, como quien recuerda que el orador se respeta. Ahí quedó claro que su autoridad no era solo discursiva, sino también de carácter.

 

El regreso al territorio: cerrar el círculo desde la diputación local

El cierre del ciclo legislativo de Rafael Oceguera Ramos se dio en el Congreso del Estado de Sinaloa. No fue un retroceso ni una pausa, sino un regreso consciente al territorio, donde la política deja de ser abstracción y se convierte en decisión inmediata. Como diputado local y presidente de la Gran Comisión, ejerció conducción política directa: ordenar agendas enfrentadas, contener tensiones internas y construir acuerdos con efectos reales en la vida pública estatal. En ese ámbito se confirmó una de sus virtudes centrales: firmeza sin estridencia y trato humano sin concesiones. La experiencia federal no lo volvió distante; al contrario, le dio herramientas para entender mejor el peso del poder local. Con esta etapa se cerró el arco completo de su formación legislativa: Donceles lo templó, San Lázaro lo consolidó y Sinaloa le permitió ejercer el poder con responsabilidad directa.

 

Cuando el poder deja la tribuna y aprende a gobernar sin micrófono

Al concluir su etapa legislativa —federal y local— Rafael Oceguera Ramos no se retira ni se repliega. Cambia de posición. Deja la tribuna, pero no abandona el poder. Para alguien formado en la política como oficio, ese tránsito no significa pérdida de centralidad, sino desplazamiento hacia zonas donde las decisiones pesan más que las palabras y donde la autoridad se ejerce sin micrófono. La política, entendía, no se agota en el cargo; se profundiza cuando desaparece el reflector.

 

 

El día después de la curul

El término de una diputación suele producir un vacío abrupto. Muchos políticos descubren entonces que el cargo era el centro de su identidad pública. En el caso de Oceguera, ese vacío nunca apareció. La salida del Congreso fue una transición natural, casi lógica, porque su relación con la política no dependía del escaño. Había aprendido, desde Donceles y San Lázaro, que el poder real no reside en la silla, sino en el entendimiento del sistema. Tras dejar la curul, no hubo nostalgia ni repliegue. Hubo silencio activo. Un silencio lleno de conversaciones, lecturas y llamadas donde se seguían moviendo piezas. Mientras otros resentían la ausencia del micrófono, Oceguera asumía un ritmo distinto: el de quien sabe que la política más decisiva rara vez ocurre en sesiones públicas. Ese periodo marca una madurez clave. Ya no se trataba de intervenir en tribuna, sino de comprender escenarios completos. La experiencia legislativa le había enseñado que muchas crisis se evitan antes de nacer y que el mejor operador es el que logra que el conflicto nunca llegue a estallar.

La política sin reflector

En esta etapa, su presencia comenzó a sentirse en espacios cerrados. Reuniones privadas, conversaciones largas, llamadas a deshoras y acuerdos sin fotografía sustituyeron al debate público. Su autoridad dejó de depender de un nombramiento formal y empezó a sostenerse en algo más sólido: la confianza acumulada. La política sin reflector exige otro tipo de carácter. No hay aplauso inmediato ni respaldo público. Hay riesgo, discreción y responsabilidad. Oceguera se movía con naturalidad en ese terreno porque no necesitaba demostrar nada. En esos espacios se consolidó una reputación que no se construye con discursos: la de alguien que no promete lo que no puede cumplir y que no empuja decisiones sin medir consecuencias. Esa forma de actuar lo convirtió en un punto de referencia silencioso cuando los equilibrios se tensaban.

 

El Senado como espacio de influencia

Tras su última diputación federal, se desempeñó como asesor del grupo parlamentario del PRI en el Senado de la República. Desde ahí, lejos de cualquier protagonismo, participó en la construcción de estrategias y en la traducción de tensiones políticas en salidas institucionales viables. Su aporte se sustentaba en la experiencia directa. Conocía los tiempos del Congreso, entendía la psicología de los legisladores y sabía cuándo una iniciativa debía avanzar y cuándo convenía contenerla. El Senado fue para él un laboratorio silencioso. Ahí confirmó que muchas decisiones importantes no se anuncian, pero definen rumbos. Su influencia no se medía por firmas ni por discursos, sino por la capacidad de evitar errores mayores.

 

Gobernar desde el centro del conflicto

La etapa más exigente llegó cuando asumió la Secretaría General de Gobierno del Estado de Sinaloa. Ahí la política dejó de ser deliberación y se convirtió en responsabilidad directa. El cargo lo colocó en el centro de la gobernabilidad: relación con el Congreso local, diálogo con municipios, interlocución con sectores sociales y contención de conflictos reales. Como Secretario General de Gobierno ejerció un liderazgo sobrio y constante. No fue un funcionario de declaraciones altisonantes ni de protagonismo mediático. Su método consistía en ordenar escenarios, contener tensiones y resolver sin estridencias. En ese espacio se confirmó una de sus virtudes centrales: la firmeza sin aspavientos. Gobernar, para él, no era imponerse, sino sostener estabilidad.

 

El partido como territorio de confianza

Incluso después de dejar responsabilidades ejecutivas, su presencia siguió siendo requerida por la dirigencia nacional del PRI. Su nombramiento como delegado del Comité Ejecutivo Nacional en Tabasco respondió a una lógica precisa: enviar a alguien capaz de ordenar procesos internos sin imponerlos. Ser delegado implica entrar en territorios ajenos, leer fracturas internas, mediar tensiones y representar al centro con prudencia. Tenia una muy amplia experiencia en la función, pues en innumerables ocasiones el partido había requerido de su experiencia para las tareas de organización. Oceguera entendía que la autoridad partidista no se ejerce a golpes de mando. No llegaba a mandar; llegaba a conducir. Su sola presencia transmitía seriedad política en contextos donde el error podía costar caro.

 

El oficio cuando ya no hay aplauso

En esta etapa madura de su trayectoria, Rafael Oceguera Ramos confirmó una convicción profunda: la política es un oficio, no un espectáculo. El poder real rara vez se ejerce frente al micrófono. Se ejerce en decisiones discretas, en acuerdos silenciosos y en responsabilidades que no siempre se anuncian, pero se sienten. Lejos de retirarse, se convirtió en una referencia constante. Gobernadores, legisladores y dirigentes continuaron buscándolo para consultar, contrastar ideas o escuchar una opinión sin adornos.

 

Cuando el poder no alcanza: pérdidas, enfermedad y silencio

Hubo un momento en la vida de Rafael Oceguera Ramos en el que la política dejó de ser el centro de gravedad. No por cansancio ideológico, ni por derrota pública, ni por exclusión del sistema que había aprendido a conocer desde dentro, sino porque la vida impuso una experiencia para la cual ningún oficio prepara. La pérdida, cuando toca lo más íntimo, no dialoga con trayectorias ni respeta jerarquías. Simplemente irrumpe y reordena todo. A partir de ese punto, el poder dejó de ser una herramienta total. No desapareció, pero perdió centralidad. El carácter no se quebró, pero la escala de prioridades cambió de manera definitiva. Lo que antes parecía urgente comenzó a verse como relativo; lo que parecía controlable mostró su fragilidad.

El hombre en casa

Detrás del político disciplinado, del operador sobrio y del legislador firme, existía un hombre profundamente anclado en la vida familiar. El espacio doméstico no era un paréntesis entre agendas ni un descanso funcional; era el territorio donde la política dejaba de ser lenguaje dominante. La paternidad ocupó un lugar central en su vida, no como discurso ni como atributo público, sino como responsabilidad cotidiana. No era una identidad exhibida, sino ejercida. La familia no fue nunca un apéndice de su vida pública, sino el núcleo desde el cual se explicaba su forma de estar en el mundo.

 

La pérdida que desarma

La muerte de una de sus 4 hijas, Luisa María, marcó un quiebre profundo. No un episodio triste más en una biografía extensa, sino una fractura que reordena la percepción completa de la vida. Ninguna experiencia política, ningún conflicto institucional, ninguna negociación dura prepara para ese golpe. El lenguaje se vuelve insuficiente y el tiempo pierde continuidad. El dolor no se volvió discurso ni bandera. Hubo retraimiento.

 

El duelo lejos del reflector

El duelo se vivió lejos del reflector y sin retórica. Para alguien acostumbrado a administrar tensiones ajenas, aceptar una herida sin solución fue una lección brutal. No había estrategia posible ni salida negociada. Solo permanencia en el dolor y aprendizaje lento de una nueva forma de estar. El silencio dejó de ser ausencia y se convirtió en contención.

 

 

El cuerpo como frontera

A la pérdida se sumó la enfermedad. No como un episodio súbito, sino como un proceso largo y persistente que fue marcando límites. El cuerpo comenzó a imponer condiciones. Aceptarlas exigió una fortaleza distinta, menos visible y más profunda. La pausa forzada modificó la relación con el tiempo y con la voluntad.

 

El repliegue necesario

Este periodo no fue un retiro político en sentido estricto, sino un repliegue vital. La reducción del círculo y la renuncia a ciertas presencias públicas fueron decisiones conscientes. La política quedó donde siempre debió estar: como parte de la vida, no como su sustituto. El poder sin reflector perdió dramatismo y ganó sobriedad.

 

Lo que permanece

Cuando todo se reduce, lo que queda es lo verdadero: la familia, la memoria compartida, la coherencia entre lo que se fue y lo que se es. En esta etapa, el carácter no se demuestra gobernando ni hablando, sino resistiendo en silencio. Aquí el poder ya no importa. Importa la dignidad. Importa haber sostenido una forma de vida incluso cuando la vida impone sus propias decisiones.

 

 

Lo que queda cuando todo ha pasado

La huella que deja una vida política ejercida con carácter, coherencia y responsabilidad, incluso cuando el poder ya no acompaña.

 

 

Una manera de estar en el poder

Hay trayectorias políticas que se recuerdan por la cantidad de cargos ocupados y otras que permanecen por la forma en que esos cargos fueron ejercidos. En el caso de Rafael Oceguera Ramos, la memoria pública no se articula como un inventario de responsabilidades, sino como una manera reconocible de estar en el poder. No construyó su presencia desde el gesto excesivo ni desde la escenografía del mando; la construyó desde la consistencia.

Su autoridad no dependía del ruido ni de la confrontación permanente. Se afirmaba en la lectura del entorno, en la comprensión del momento político y en una noción clara de límite. Sabía que no todo conflicto se gana empujando y que no toda victoria se celebra levantando la voz. Esa capacidad de medir, de esperar y de intervenir solo cuando era necesario fue parte central de su eficacia.

Ejerció el poder como se ejerce un oficio aprendido con los años: con disciplina, con método y con sentido de responsabilidad. No improvisaba posiciones ni se dejaba arrastrar por la coyuntura. Cuando avanzaba, lo hacía con claridad; cuando contenía, lo hacía con firmeza.

En un entorno donde la visibilidad suele confundirse con liderazgo, su estilo marcó una cadencia distinta. Menos ruidosa, más duradera. Menos teatral, más confiable. Así se explica que su peso político no dependiera del micrófono ni del reflector, sino de la certeza que generaba su presencia.

 

La política entendida como oficio

Rafael Oceguera Ramos perteneció a una generación que entendió la política como un trabajo antes que como un espectáculo. Un trabajo exigente, muchas veces ingrato, que se aprende con errores, se corrige con experiencia y se sostiene asumiendo costos. No era un espacio para la autopromoción ni para la comodidad personal.

En esa lógica, la palabra tenía consecuencias. No se hablaba para llenar el aire ni para producir titulares, sino para fijar posiciones, construir acuerdos y asumir responsabilidades. La tribuna no era un escenario de lucimiento, sino una herramienta que obligaba a responder por lo dicho incluso cuando la coyuntura se volvía adversa.

Esa forma de entender la política hoy parece lejana, pero no es ajena. Vive en trayectorias como la suya, que funcionan como referencia silenciosa frente a una práctica pública cada vez más acelerada y superficial.

Contraste entre una política que buscaba sostener equilibrios y una que hoy persigue visibilidad. Entre una política que asumía el conflicto como tarea y otra que lo convierte en espectáculo.

 

Conflictos, tensiones y coherencia

Su recorrido no fue cómodo ni lineal. Estuvo atravesado por tensiones reales, desacuerdos internos y decisiones difíciles. Hubo momentos en los que la lealtad fue puesta a prueba y escenarios donde sostener una posición implicaba incomodarse, pagar costos y resistir presiones.

No fue un político de rupturas teatrales ni de adhesiones ciegas. Entendía que la política real se mueve en zonas grises y que la coherencia no siempre es rentable en el corto plazo. Aun así, mantuvo una línea reconocible entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía.

Esa coherencia no lo volvió rígido ni inflexible. Lo volvió confiable. Y en política, la confiabilidad es un capital que no se improvisa ni se hereda: se construye con el tiempo y se pone a prueba en los momentos difíciles.

Por eso su figura no se explica desde la unanimidad ni desde la comodidad, sino desde la consistencia.

 

El recuerdo del trato

Más allá de los cargos y de las coyunturas, lo que permanece con mayor nitidez es la memoria del trato. Quienes compartieron con él espacios de trabajo recuerdan a un hombre afable sin ser blando, firme sin ser autoritario, elegante incluso en el conflicto.

Sabía levantar la polémica cuando era necesario y sabía cerrarla sin humillar al interlocutor. Podía ser duro en el argumento y generoso en el trato personal. Esa dualidad —tan difícil de sostener— marcó su relación con aliados y adversarios por igual.

Su palabra valía porque no se pronunciaba a la ligera. Su presencia pesaba porque no buscaba ocupar todo el espacio. No necesitaba imponerse para hacerse escuchar.

En un ambiente donde la política suele confundirse con el choque permanente, esa forma de trato dejó una huella que aún se reconoce.

 

Saber irse

En la etapa final, cuando la vida pública comenzó a replegarse, el silencio no fue abandono ni olvido. Fue coherencia. Supo retirarse sin estridencia, sin reclamos y sin la tentación de permanecer artificialmente en escena.

En un mundo donde muchos confunden presencia con micrófono, entendió que también se puede estar sin ocupar el centro. Que no toda influencia necesita visibilidad y que no todo retiro implica desaparición.

Ese gesto no interrumpió su trayectoria: la completó. Porque saber irse a tiempo también es una forma de responsabilidad.

Y porque hay silencios que, lejos de vaciar, ordenan y dan sentido a lo vivido.

 

Lo que permanece

No hace falta consigna ni exaltación. Lo que queda de Rafael Oceguera Ramos no se sostiene en balances de cargos ni en frases solemnes, sino en una forma de ejercer el poder sin perder el carácter, de hacer política sin traicionarse y de asumir responsabilidades incluso cuando el reflector ya no estaba.

Queda una manera de estar: sobria, firme, reconocible. Queda la memoria de alguien que entendió que la política es humana, imperfecta y exigente, y que aun así merece ser ejercida con dignidad.

Ahí se cierra esta historia. Sin ruido. Sin aplausos. Con la serenidad de quien cumplió su tiempo y dejó una huella clara, incluso cuando ya no estaba en la escena.

 

(By Notas de Libertad).

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