


LA LEYENDA 64
El país que ya no se disculpa por existir
Crónica de una nación que dejó de pedir permiso para sentir, pensar y decir
Un domingo que no se sienta: empuja
Este domingo no llega despacio ni con cortesías. No pregunta si puede pasar. Empuja la puerta con el hombro y entra. Trae el peso de la semana incrustado en la espalda y la mirada fija de quien ya entendió que esperar no sirve. México despierta otra vez con esa mezcla peligrosa de cansancio y lucidez: cuando el cuerpo está agotado, pero la conciencia está despierta. Y eso, casi siempre, cambia las cosas.
El país que habla aunque le tiemble la voz
Algo se rompió en el tono. Ya no se habla para quedar bien. Ya no se guarda silencio por prudencia. La gente nombra lo que duele aunque no tenga todavía las palabras exactas. En las casas se hacen cuentas imposibles, en las calles se aprende a resistir sin manuales, y en la conversación pública aparece una verdad incómoda: nadie está esperando salvadores. Se está aprendiendo a sostenerse con lo que hay.
Cuando la realidad deja de maquillarse
Vivimos un tiempo sin filtros. Las cifras pesan, los gestos revelan, las ausencias gritan. Ya no alcanza con discursos bien ensayados ni con promesas envueltas en lenguaje técnico. La realidad se presenta tal cual es: áspera, desigual, contradictoria. Y, aun así, profundamente viva. No es un país derrotado el que vemos, sino uno que dejó de fingir que todo estaba bien.
La herida que no cierra, pero enseña
Nada de lo que somos hoy surgió de la nada. Venimos cargando historias inconclusas, decisiones mal tomadas, oportunidades perdidas. El pasado no es un museo: es una herida activa. Pero también es una escuela. Reconocerlo no nos hunde; nos obliga a crecer. Porque solo quien acepta su historia completa puede empezar a escribir algo distinto.
Escribir cuando el piso se mueve
Hay momentos en que escribir no es un ejercicio estético, sino un acto de equilibrio. Cuando el piso se mueve, la palabra se vuelve apoyo. No para tranquilizar, sino para no caer. Escribir es ordenar el temblor, sostener la mirada, resistir la tentación de la indiferencia. Narrar lo que ocurre es una forma de no cederle el relato al ruido ni al olvido.
La voz como última frontera
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo porque callar también es tomar partido. Escribo porque un país no solo se gobierna: también se cuenta.
La Leyenda no busca aplausos ni consensos fáciles. Busca verdad. Busca memoria. Busca incomodar donde hace falta.
Aquí seguimos, no para cerrar los ojos, sino para abrirlos más.
No para suavizar el golpe, sino para entenderlo.
Que el miedo no nos vuelva mudos.
Que el cansancio no nos vuelva cínicos.
Y que nunca olvidemos que cuando un país deja de narrarse con honestidad, otros lo hacen por el.

Índice de Contenido
Hoy en “La Leyenda”
/… LA LEYENDA 64
Cuando el país se mira de frente y ya no baja la cabeza
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… LA FERIA QUE LE APRENDIÓ EL LATIDO A LEÓN
Historia sentimental de un enero que se volvió destino, memoria y abrazo colecti
(By operación W). (By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
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-Agenda del Poder:
/… La Agenda en Corto
* GOBERNAR SIN HOLGURA
* CUANDO LA POLÍTICA SE MUDA A LAS REDES
* CUANDO EL PODER SE EJERCE DESDE EL FRENO
* FITUR: CUANDO VIAJAR NO ES LO MISMO QUE PROYECTAR
/… LA HONESTIDAD BAJO LA LUPA
Cuando la transparencia se vuelve frágil incluso antes de ser vulnerada
/… IEPS, INFLACIÓN Y CUANDO LA CUESTA DE ENERO SE VUELVE POLÍTICA
La primera quincena de 2026 puso en la misma mesa al impuesto “saludable”, el precio del cigarro y el refresco: el bolsillo como campo de batalla
/… EL MES QUE APAGÓ EL MOTOR
IGAE noviembre 2025: la economía sorprende a la baja y el país empieza a votar con la cartera
/… EL PAÍS DONDE EL MIEDO YA ES ESTADÍSTICA
ENSU 4T 2025: cuando la inseguridad dejó de ser rumor y se volvió clima social
/… TOROS DE CELAYA: CUANDO UNA CIUDAD TOCÓ EL CIELO CON UN BALÓN
Crónica del ascenso que abrió las puertas y del equipo que, sin corona, se quedó para siempre en la memoria del futbol mexicano
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS”
POEMA DE VÍCTOR MANUEL OTERO
Sobre el poema:
La luz que aprende a nacer de nuevo
Lectura emocional y simbólica del poema “La noche quedó atrás” de Víctor Manuel Otero, como un canto a la esperanza que se levanta después de la sombra.
Sobre el autor:
Víctor Manuel Otero González: la voz que convirtió la Poesía en amanecer
Semblanza biográfica y recorrido por la obra de un creador mexicano ue unió la palabra escrita con la magia de la radio
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Adolfo Fernández Zepeda.
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/…UNA MESA PARA QUEDARSE
Crónicas del Bajío donde el sabor aprende a decir quiénes somos
(By Notas de Libertad).
/… MERCADO MORELOS
El día en que Celaya decidió cubrir su comercio con hierro, reloj y futuro
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
/…BIXA
La cocina que decidió pensar antes de servir en Irapuato
(By La Gira del Tragón).
/… MATGO
El fuego coreano que encontró su propio idioma en León
(By La Gira del Tragón).
/…LAS TOSTADAS DE CUERITOS
Crónica de un antojo que refresca al Bajío y equilibra el fuego de la guacamaya
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
/… LAS GUACAMAYAS
Crónica de un antojo que aprendió a decir León sin levantar la voz
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 25 de enero al sábado 31 de enero.
Santoral
Siete días para recordar a los que caminaron en la fe
En esta sección del calendario semanal miramos hacia la memoria espiritual de la humanidad. El santoral no es…
Efemérides Nacionales e Internacionales
La memoria que despierta cada mañana
La historia no duerme nunca, solo cambia de página. Cada día guarda un puñado de hechos que parecen lejanos y…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
El calendario que nos recuerda ser mejores
Hay fechas que no se celebran con fiesta, sino con conciencia. En ellas el mundo se…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… THALÍA: LA VOZ QUE CONVIRTIÓ EL POP EN FANTASÍA
Retrato biográfico y artístico de una de las figuras más luminosas del espectáculo latino
*Con un click escucha: *Best Of Thalía/Lo Mejor De Thalía (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… GLORIA TREVI: EL GRITO QUE APRENDIÓ A VOLVER A CANTAR
Historia de una artista que convirtió la provocación en identidad musical
*Con un click escucha: *Gloria Trevi Grandes Éxitos, Sus Mejores Canciones (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
López Rega: El peronismo y la Triple A
De: Marcelo Larraquy
Resumen:
EL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ AL ESTADO EN SOMBRA
Recapitulación completa del libro de Marcelo Larraquy sobre José López Rega y la Triple A
Sobre el autor:
EL PERIODISTA QUE CONVIRTIÓ LA HISTORIA RECIENTE EN NARRACIÓN
Retrato biográfico y bibliográfico del escritor e investigador argentino Marcelo Larraquy
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (4/10)
Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga
Continúa de La Leyenda 63…
(By operación W).

LA LEYENDA 64
Cuando el país se mira de frente y ya no baja la cabeza
Crónica emocional de una semana mexicana donde la realidad se negó a quedarse quieta
El cansancio que dejó de ser sumisión
El cansancio que recorre al país ya no es el mismo de antes. No es ese agotamiento que se resigna, que baja la mirada y aprende a sobrevivir en silencio. Es otro. Es un cansancio que observa, que piensa, que empieza a hacerse preguntas incómodas. México no está exhausto porque haya perdido la esperanza, sino porque ha cargado demasiado tiempo con verdades a medias, con promesas recicladas, con explicaciones que no alcanzan para explicar la vida cotidiana.
En este punto del camino, el cansancio se vuelve una forma de conciencia. La gente ya no está agotada solo por trabajar más y ganar menos, sino por tener que fingir que entiende decisiones que no la incluyen. Se está cansado de discursos que no tocan el suelo, de cifras que no se reflejan en la mesa, de narrativas que exigen paciencia infinita sin ofrecer rumbo claro.
Este cansancio no pide permiso. Se expresa en conversaciones largas al final del día, en silencios densos, en miradas que ya no se conforman con el primer argumento. Es un cansancio que empieza a separar lo esencial de lo accesorio, lo verdadero de lo decorativo. Y cuando eso ocurre, algo cambia en el fondo del país.
No estamos frente a una nación rendida, sino frente a una nación que dejó de obedecer por inercia. El cansancio, cuando madura, se convierte en una fuerza crítica. Y hoy México está ahí: en ese punto peligroso y fértil donde el desgaste deja de ser derrota y empieza a ser decisión.
La conversación que ya no cabe en los márgenes
La conversación pública se desbordó. Ya no ocurre solo en tribunas oficiales ni en espacios controlados. Está en la mesa, en la fila, en la sobremesa, en los mensajes que se mandan de madrugada. Es una conversación fragmentada, a veces confusa, pero profundamente honesta. La gente habla porque necesita entender, no porque espere ser escuchada desde arriba.
Durante años se nos pidió moderación, paciencia, prudencia. Hoy la palabra prudencia suena distinta. Ya no significa callar para no incomodar, sino hablar con responsabilidad sobre lo que incomoda. La conversación ya no busca agradar: busca explicar lo que duele, lo que falta, lo que no funciona.
No es una conversación elegante ni ordenada. Es áspera, desigual, contradictoria. Pero es real. Y en tiempos como estos, la realidad pesa más que la corrección política. Las palabras se dicen torpes a veces, pero verdaderas. Y en esa torpeza también hay aprendizaje.
El país habla porque necesita escucharse a sí mismo. Porque cuando una sociedad deja de conversar, otros hablan por ella. Esta conversación abierta, incómoda y persistente es una forma de defensa. Una manera de decir: seguimos aquí, pensando, cuestionando, negándonos a aceptar relatos que no se parecen a nuestra vida.
La memoria como territorio en disputa
Nada de lo que estamos viviendo surge de la nada. Cada tensión tiene historia, cada enojo tiene raíz, cada desconfianza tiene antecedentes. La memoria dejó de ser un ejercicio nostálgico para convertirse en un campo de disputa. Qué se recuerda, cómo se recuerda y para qué se recuerda importa más que nunca.
Durante demasiado tiempo se intentó administrar la memoria como si fuera un archivo cerrado. Se seleccionaron episodios, se omitieron otros, se suavizaron responsabilidades. Hoy esa estrategia ya no funciona. La memoria reaparece completa, incómoda, sin pedir autorización.
Recordar no es quedarse atrapado en el pasado. Es entender por qué estamos donde estamos. Es reconocer errores, abusos, silencios prolongados. La memoria no busca venganza; busca contexto. Y sin contexto, cualquier proyecto de futuro nace incompleto.
Un país que se atreve a mirar su historia sin maquillaje no se debilita: se fortalece. Porque solo desde una memoria honesta puede construirse algo distinto. La negación puede ser cómoda, pero nunca es duradera.
El presente como zona de decisión
Vivimos un presente tenso, cargado, inestable. No es un tiempo de certezas, sino de definiciones. Ya no estamos en la antesala de algo: estamos dentro. Las decisiones ya están teniendo consecuencias visibles.
El presente dejó de ser un simple tránsito. Se volvió una zona de elección permanente. Elegimos qué creer, a quién escuchar, qué tolerar, qué normalizar. Elegimos también cuándo decir basta.
No hay garantías ni manuales claros. Hay intuiciones, aprendizajes, errores. Pero también hay una conciencia creciente de que no decidir es, en sí mismo, una decisión.
La Leyenda se escribe desde aquí: desde un presente que no ofrece refugios fáciles, pero sí la oportunidad de entender lo que estamos viviendo antes de que otros lo definan por nosotros.
Escribir para no desaparecer
Escribir hoy no es un lujo ni un ejercicio ornamental. Es una forma de presencia. Una manera de decir: esto está pasando, y alguien lo está mirando con cuidado.
La palabra no resuelve los problemas del país, pero evita algo igual de peligroso: el borrado. Cuando no se nombra lo que ocurre, se normaliza.
La Leyenda no pretende dictar verdades finales. Pretende acompañar este momento con honestidad, con memoria, con preguntas abiertas.
Aquí seguimos escribiendo porque el país lo exige. Porque callar también construye realidades.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo porque este país ya no necesita traductores complacientes, sino testigos atentos. Escribo porque el silencio también es una forma de discurso y casi siempre juega del lado equivocado.
La Leyenda no está aquí para calmar conciencias ni para ofrecer consuelos rápidos. Está aquí para mirar de frente, para sostener la incomodidad, para dejar constancia de lo que se siente vivir este tiempo.
Seguimos escribiendo no para cerrar los ojos, sino para abrirlos más. No para suavizar el golpe, sino para entender de dónde viene. Que el miedo no nos vuelva mudos. Que el cansancio no nos vuelva cínicos.





LA FERIA QUE LE APRENDIÓ EL LATIDO A LEÓN
Historia sentimental de un enero que se volvió destino, memoria y abrazo colectivo
Cuando enero aprendió a decir “León”
El origen de una feria que nació como fe, costumbre y orgullo compartido
El día en que la ciudad se reconoce en el calendario
León no nació una sola vez. Nació en 1576, sí, con acta, trazo urbano y voluntad política; pero vuelve a nacer cada enero, cuando la ciudad se reconoce en una fecha que no envejece. El 20 de enero no es un día cualquiera: es una especie de espejo colectivo donde León se mira, se ajusta el rostro y confirma que sigue ahí. Ese día, la ciudad no se explica: se celebra.
Desde muy temprano, la coincidencia entre la fecha de fundación y la devoción a San Sebastián fue más que una casualidad religiosa. Fue una forma de darle sentido simbólico al origen. San Sebastián, mártir atravesado por flechas pero firme, terminó siendo una metáfora silenciosa de la ciudad misma: resistente, golpeada a veces por la historia, pero siempre de pie.
En los primeros siglos, no había feria como la conocemos hoy. Había misa, campanas, procesiones, y luego la calle. La fiesta no estaba separada de la vida cotidiana: era su extensión natural. Comer juntos, escuchar música, montar pequeños puestos, jugar, encontrarse.
Ahí está el germen de todo. Antes del espectáculo, antes del comercio organizado, antes de los grandes escenarios, la Feria fue una costumbre emocional. Una manera de decir “aquí estamos” cuando el año apenas comienza.
Antes de la Feria: la ciudad como escenario natural
Durante buena parte de su historia temprana, León no necesitó un recinto para festejar. La ciudad entera era suficiente. Las plazas, los jardines, los mercados y las calles funcionaban como un gran escenario abierto donde la vida pública se expresaba sin pedir permiso.
Las fiestas patronales eran el punto de encuentro. La religión marcaba el inicio, pero no el final. Terminada la misa, la gente no se iba a casa: salía. Se armaban verbenas, se improvisaban juegos, se cocinaba para muchos.
En ese León todavía pequeño, la fiesta era también una forma de descanso después del trabajo. El campo, los talleres, el comercio local encontraban en enero un respiro.
Por eso, cuando años después la ciudad decidió organizar la celebración, no partió de cero. Lo que hizo fue ponerle estructura a algo que ya existía en el ánimo colectivo.
1875: la ciudad decide celebrarse a sí misma
El siglo XIX trajo consigo una nueva conciencia urbana. Las ciudades comenzaron a mirarse no solo como lugares habitables, sino como proyectos históricos. León no fue la excepción.
Al acercarse el tercer centenario de su fundación, el ayuntamiento entendió que no bastaba con recordar: había que mostrar, narrar, dejar huella.
La idea de una exposición artesanal fue fundamental. Significaba poner en el centro a la gente que trabajaba, que producía, que sabía hacer cosas con las manos.
Esa decisión marcó un antes y un después. Porque al decidir exhibir lo que León producía, la ciudad empezó a entender que su identidad también pasaba por su economía.
1876: el primer desfile y la ciudad vestida de sí misma
Enero de 1876 llegó con una energía distinta. León se preparó como se prepara quien sabe que va a ser visto. Las casas se pintaron, las calles se limpiaron, las fachadas se adornaron.
El 20 de enero ocurrió algo que quedó grabado en la memoria colectiva: el primer gran desfile de carros alegóricos ligado formalmente a la celebración de la ciudad.
La calle se volvió escenario y el público protagonista. Familias enteras se agolparon para ver pasar las carrozas.
Desde entonces, el desfile quedó ligado a la identidad ferial. No como un simple adorno, sino como una forma de decir: esta ciudad se mueve junta.
La exposición artesanal: el trabajo convertido en celebración
Paralela al desfile, la exposición artesanal fue el otro gran pilar de 1876. No tenía la espectacularidad del desfile, pero tenía algo más profundo: dignidad.
En esa exposición convivían piezas hechas con paciencia, técnica y conocimiento heredado.
Este gesto explica mucho de lo que la Feria sería después. Porque León entendió que celebrar no significaba olvidar el trabajo, sino honrarlo.
Ahí nació una vocación que nunca se perdió: la Feria como espacio donde el gozo y la producción conviven.
La promesa que quedó sembrada
Después de 1876, la Feria no fue perfecta ni continua. Hubo años de interrupción, dificultades, pausas obligadas.
Pero lo importante no fue la regularidad inmediata, sino la certeza que quedó sembrada: León había encontrado una forma de celebrarse que ya no podía desaparecer.
Cada enero posterior llevó consigo esa memoria.
Y así, sin saberlo del todo, León dio el primer paso hacia una Feria que con los años crecería hasta convertirse en símbolo, motor y abrazo colectivo.
La fiesta que se negó a desaparecer
Inundaciones, pausas y la terquedad de una tradición que sobrevivió al siglo XIX
La Feria puesta a prueba por el tiempo
Toda tradición verdadera atraviesa una pregunta silenciosa: ¿qué pasa cuando no se puede celebrar? La Feria de León empezó a responder esa pregunta muy pronto. Después del entusiasmo inicial de 1876, la ciudad descubrió que la historia no avanza en línea recta. Hubo años en que la fiesta tuvo que detenerse, no por falta de ganas, sino porque la realidad se impuso con fuerza.
El León del final del siglo XIX era una ciudad vulnerable. Dependía del clima, del estado de sus ríos, de la fragilidad de su infraestructura. Cuando llegaron las inundaciones, no hubo espacio para la celebración. La Feria no desapareció por olvido, sino por necesidad. Y eso es importante decirlo: no fue abandono, fue espera.
En esos silencios forzados, la Feria empezó a adquirir una cualidad que la acompañaría siempre: la resistencia. No se borró del recuerdo. Se quedó guardada como se guardan las cosas importantes, esperando el momento adecuado para volver a salir.
La ciudad aprendió entonces que la Feria no era un lujo prescindible. Era algo que dolía cuando faltaba. Y cuando algo duele por ausencia, es porque ya forma parte de la identidad.
Los regresos que confirmaron la pertenencia
Cada vez que la Feria regresaba, lo hacía con una emoción distinta. No era rutina: era reencuentro. Después de las suspensiones de principios de la década de 1880, cuando la ciudad pudo retomar la celebración en 1885, la respuesta popular fue clara. León no había olvidado cómo festejar.
Ese regreso estuvo marcado por una voluntad colectiva de recomponer lo que se había perdido. Se retomaron las exposiciones, volvieron los juegos, reaparecieron las corridas de toros y las verbenas. La gente acudió no solo por curiosidad, sino por afecto. La Feria ya tenía raíces.
La experiencia se repetiría más adelante. Tras la gran inundación de 1888, León tuvo que esperar varios años para volver a celebrar con amplitud. Cuando la Feria regresó en 1894, no fue discreta. Fue una afirmación. La ciudad quiso dejar claro que seguía ahí.
Cada regreso fue una confirmación: la Feria no dependía de un solo año. Dependía de una voluntad que sobrevivía a los golpes. León empezaba a entenderse como una ciudad que se recompone celebrando.
La calle como refugio de la alegría
Durante esos años irregulares, la Feria no tuvo un solo lugar fijo. Y eso, lejos de debilitarla, la fortaleció. La ciudad entera fue su sede. Las plazas, los jardines, las calles principales se convirtieron en espacios feriales sin necesidad de letreros ni delimitaciones.
El Parque Manuel González —hoy Parque Hidalgo— fue uno de esos corazones improvisados. Ahí se instalaban juegos, se escuchaba música, se montaban espectáculos. La Plaza de Gallos albergaba peleas que reunían multitudes. El Paseo de la Calzada se llenaba de caminantes.
Esta dispersión creó una relación íntima entre la Feria y el espacio urbano. No había que ir a la Feria: la Feria estaba en el camino. Se cruzaba con ella al salir de casa, al ir al mercado, al encontrarse con los vecinos.
Ese rasgo dejó una huella profunda. Aun hoy, cuando la Feria tiene un recinto definido, la ciudad sigue sintiéndose parte del festejo. Enero no se limita a un polígono: se derrama.
El desfile y la verbena como memoria compartida
Entre pausas y regresos, hubo rituales que nunca se soltaron del todo. El desfile de carros alegóricos se convirtió en uno de ellos. Aunque cambiara de forma o se suspendiera algunos años, la idea de salir a mirar juntos permaneció.
Cuando los desfiles volvieron, lo hicieron con más intención. Ya no eran solo ornamento: eran relato. Carros que hablaban del trabajo, de la abundancia, del tiempo, del futuro.
Las verbenas nocturnas completaban la escena. Música en vivo, iluminación, comida compartida. La ciudad aprendió que la noche también podía ser familiar.
Estos rituales construyeron memoria. Años después, la gente no recordaría fechas exactas, pero sí recordaría “aquella Feria” en la que volvió el desfile.
La Feria como consuelo colectivo
En el León de finales del siglo XIX, la Feria empezó a cumplir una función que no estaba escrita en ningún programa: la de consolar. Después de una inundación, después de un año duro, después de la incertidumbre, la Feria ofrecía algo sencillo pero poderoso.
Celebrar no significaba negar la tragedia. Significaba decir que la vida continuaba. Que la ciudad podía volver a reír sin olvidar.
Por eso la gente acudía con tanta entrega. No solo iba a divertirse: iba a confirmarse que seguía perteneciendo a algo más grande.
La Feria era un abrazo público, una pausa emocional.
El cierre del siglo con una Feria ya enraizada
Al acercarse el cambio de siglo, León ya no se preguntaba si habría Feria. Se preguntaba cómo sería. La tradición había superado la fragilidad de los primeros años.
Aunque todavía no existía un recinto propio ni una estructura moderna, la Feria ya tenía forma, ritmo y expectativas.
El siglo XIX cerró con una certeza: la Feria de León había aprendido a resistir.
Y cuando una tradición sobrevive al silencio, ya no hay fuerza que la borre.
Cuando la ciudad ya no cabía en sus plazas
Del centro histórico a la necesidad de un recinto propio
Una ciudad que empezó a crecer hacia afuera
A finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, León comenzó a experimentar un cambio silencioso pero decisivo. La ciudad dejó de ser únicamente un núcleo compacto alrededor de su plaza principal y empezó a estirarse, poco a poco, hacia sus bordes. Ese crecimiento no fue inmediato ni ordenado, pero sí constante.
La población aumentó, el comercio se diversificó y los oficios tradicionales encontraron nuevas escalas. León ya no era solo una ciudad que se miraba a sí misma: empezaba a recibir gente de otros municipios, comerciantes de paso, visitantes que acudían atraídos por su actividad económica y, por supuesto, por su Feria.
Ese crecimiento comenzó a presionar a las plazas y calles que durante décadas habían sido suficientes. Lo que antes cabía con holgura —puestos, juegos, música, verbenas— empezó a sentirse apretado. La ciudad seguía celebrando, pero ya no con la misma comodidad.
La Feria, que siempre había sabido adaptarse, empezó a revelar un problema nuevo: necesitaba espacio. Y ese problema, lejos de ser una crisis, era una señal clara de éxito.
El centro histórico como corazón ferial
Durante muchos años, el centro histórico fue el escenario natural de la Feria. Las plazas, los jardines y las calles cercanas concentraban la mayor parte de la actividad. El corazón de la ciudad latía con más fuerza en enero.
El Mercado Hidalgo, conocido como El Parián, se volvió un punto clave. Ahí se instalaron exposiciones, muestras artesanales y comerciales. El mercado dejó de ser solo un lugar de abasto cotidiano para convertirse en escaparate de lo que León producía.
Los jardines cercanos al centro —como el Parque Manuel González— alojaban juegos mecánicos, espectáculos populares y reuniones familiares. Las noches se llenaban de música y de luces improvisadas.
Esta apropiación del centro reforzó la idea de que la Feria no era un evento aislado, sino una extensión de la vida urbana. Pero también evidenció que el crecimiento de la ciudad estaba alcanzando los límites de ese modelo.
Los juegos, el ruido y la vida en movimiento
La llegada de los juegos mecánicos transformó la experiencia ferial. Ya no se trataba solo de mirar o escuchar: ahora también se subía, se giraba, se gritaba. El ruido se volvió parte del paisaje.
Estos juegos requerían espacio, seguridad y organización. Montarlos en jardines y calles implicaba cerrar vialidades, improvisar soluciones y convivir con la rutina diaria de la ciudad.
Aun así, la gente los esperaba con entusiasmo. Los juegos eran símbolo de modernidad, de progreso, de un León que se abría a nuevas formas de diversión.
La Feria, en ese sentido, empezó a marcar el ritmo del cambio urbano: obligó a la ciudad a repensar cómo usar su espacio público sin perder su carácter popular.
El tránsito entre lo cotidiano y lo extraordinario
Durante enero, el centro de León vivía una doble vida. Por la mañana, seguía siendo espacio de trabajo, comercio y trámites. Por la tarde y la noche, se transformaba en fiesta.
Esa convivencia no siempre fue sencilla. Había tensiones entre la vida diaria y la celebración. Comerciantes, vecinos y autoridades debían negociar constantemente el uso del espacio.
Sin embargo, esa tensión también generó una experiencia única: la sensación de que la Feria irrumpía en lo cotidiano, lo desordenaba y lo volvía extraordinario por unos días.
Ese carácter invasivo, lejos de ser negativo, reforzó el vínculo emocional de la gente con la Feria. Porque lo extraordinario se sentía cercano, al alcance de la puerta de casa.
La idea de un espacio propio comienza a tomar forma
Con el paso de los años, la necesidad de un espacio específico para la Feria empezó a discutirse con mayor seriedad. No como una ruptura con la tradición, sino como una evolución necesaria.
La ciudad ya no podía seguir cargando toda la Feria sobre el centro histórico sin afectar su funcionamiento. Era evidente que se requería un lugar amplio, flexible y permanente.
La idea de un recinto propio no nació de un solo acuerdo, sino de una acumulación de experiencias. Cada año en que la Feria crecía confirmaba esa urgencia.
León comenzaba a entender que, para que la Feria siguiera siendo del pueblo, necesitaba una casa que la protegiera y le permitiera crecer.
El umbral de una nueva etapa
El cierre de esta etapa no fue abrupto. Fue gradual, casi natural. La Feria seguía en el centro, pero ya miraba hacia otros rumbos.
La ciudad, por su parte, empezaba a imaginar una Feria que pudiera concentrarse, ordenarse y expandirse sin perder su esencia.
Ese umbral marcó el fin de la Feria completamente dispersa y el inicio de una búsqueda: la de un lugar que pudiera contener toda esa energía sin apagarla.
León estaba a punto de dar uno de los pasos más importantes en la historia de su Feria: convertirla en institución sin quitarle el alma.
La Feria se vuelve Estado
El nacimiento del recinto ferial y la institucionalización de una tradición
1962: el año que cambió la historia
Durante décadas, la Feria de León había sido una celebración resistente pero dispersa, popular pero frágil en su logística. Ese modelo llegó a su límite a comienzos de la década de 1960, cuando el crecimiento urbano y la magnitud del evento exigieron una transformación profunda. El año 1962 se convirtió entonces en un parteaguas definitivo.
Fue en ese año cuando el Gobierno del Estado de Guanajuato asumió formalmente la organización de la Feria, elevándola al rango de Feria Estatal. Este cambio no fue solo administrativo: implicó una nueva visión sobre el papel de la Feria como motor económico, cultural y simbólico para toda la entidad.
La decisión respondió a datos concretos: la afluencia de visitantes ya superaba con creces la capacidad del centro histórico, los espectáculos requerían infraestructura estable y la exposición ganadera necesitaba condiciones sanitarias y logísticas más adecuadas.
1962 marcó así el momento en que la Feria dejó de depender de la improvisación anual y comenzó a pensarse como una institución permanente, con planeación, presupuesto y objetivos claros.
Los terrenos y la apuesta por un recinto propio
El paso siguiente fue territorial. A principios de los años sesenta, el Estado adquirió y destinó terrenos al oriente de la ciudad para concentrar ahí las actividades feriales. No se trataba de alejar la Feria del pueblo, sino de darle un espacio donde pudiera crecer sin colapsar la vida urbana.
Estos terrenos, conocidos entonces como el Centro de Fomento Ganadero, fueron elegidos por su amplitud y su cercanía estratégica a las vialidades principales de León. La ubicación permitía recibir grandes volúmenes de visitantes y animales sin interferir con el centro histórico.
La creación del recinto respondió también a una visión de largo plazo: no solo serviría para la Feria anual, sino para exposiciones, congresos y eventos que posicionaran a León como ciudad anfitriona durante todo el año.
Con esta decisión, la Feria encontró por primera vez una casa propia. Una casa pensada no solo para celebrar, sino para durar.
El nacimiento del Teatro del Pueblo
Uno de los elementos más significativos de esta nueva etapa fue la formalización del Teatro del Pueblo. Aunque la música y los espectáculos habían estado presentes desde finales del siglo XIX, fue a partir de 1962 cuando se diseñó un espacio fijo y gratuito para presentaciones artísticas masivas.
El Teatro del Pueblo respondió a un principio fundamental: la Feria debía seguir siendo accesible. La gratuidad de los espectáculos garantizaba que cualquier familia, sin importar su ingreso, pudiera disfrutar de artistas y eventos de calidad.
Durante los años sesenta y setenta, este espacio albergó a cantantes populares, agrupaciones regionales, orquestas y espectáculos tradicionales. Se convirtió rápidamente en uno de los principales puntos de reunión nocturna.
El Teatro del Pueblo consolidó la idea de la Feria como un espacio democrático, donde la cultura y el entretenimiento no eran privilegio, sino derecho compartido.
La Expo Ganadera y el corazón productivo
Paralelamente, la Expo Ganadera adquirió un peso central en la nueva Feria Estatal. Guanajuato era y sigue siendo una entidad con fuerte vocación agropecuaria, y León se convirtió en escaparate de ese sector.
Desde los primeros años del recinto, la exposición reunió a productores de ganado bovino, porcino y ovino, con estrictos controles sanitarios y espacios adecuados para exhibición y comercialización.
La Expo no solo mostraba animales: mostraba avances técnicos, genética, prácticas de crianza y la fuerza económica del campo guanajuatense. Para muchos productores, participar en la Feria significaba reconocimiento y oportunidad.
Así, la Feria empezó a equilibrar espectáculo y producción, reafirmando su carácter de plataforma económica real y no solo festiva.
De feria local a símbolo estatal
Con la institucionalización llegó también un cambio de escala. La Feria dejó de ser percibida únicamente como una celebración de León para convertirse en un evento representativo de todo Guanajuato.
Municipios vecinos comenzaron a participar activamente con stands, exposiciones y muestras culturales. La Feria se volvió un punto de encuentro estatal donde se exhibían productos, tradiciones y logros de distintas regiones.
Este crecimiento trajo consigo mayor inversión pública, mejores servicios y una promoción más amplia. La Feria empezó a figurar en calendarios nacionales como uno de los eventos más importantes del Bajío.
León asumió entonces un nuevo rol: anfitrión del estado. Y la Feria se convirtió en su carta de presentación.
Una tradición que entró a la modernidad
El cierre de esta etapa dejó una certeza clara: la Feria había cruzado el umbral de la modernidad sin perder su esencia popular. La institucionalización no apagó la fiesta; la fortaleció.
A partir de los años sesenta, la Feria comenzó a crecer de manera sostenida, con estructuras cada vez más sólidas y una identidad más definida.
La ciudad entendió que había creado algo que la trascendía. La Feria ya no dependía solo de la voluntad popular, sino de una estructura capaz de sostenerla en el tiempo.
Con ese cimiento, León estaba listo para llevar su Feria a nuevas dimensiones en las décadas siguientes.
La Feria que aprendió a cantar
Espectáculos, palenque y la memoria sonora de varias generaciones
Cuando la música se volvió punto de encuentro
Hasta mediados del siglo XX, la Feria de León había sido principalmente una celebración visual y social: desfiles, juegos, exposiciones y encuentros. Pero a partir de la década de 1960 comenzó a tomar forma un fenómeno que cambiaría para siempre la experiencia ferial: la música como eje emocional. No solo se iba a la Feria a mirar o a comprar; se iba a escuchar.
La consolidación del Teatro del Pueblo permitió que la música dejara de ser un acompañamiento ocasional y se convirtiera en cita diaria. Las familias comenzaron a organizar sus visitas en función de los espectáculos nocturnos, y la Feria empezó a tener horarios marcados por el sonido.
Este cambio no fue menor. La música generó un lenguaje común entre generaciones. Padres, hijos y abuelos compartían canciones, bailaban juntos y se reconocían en melodías que pronto se volverían recuerdos.
Así, la Feria empezó a cantar. Y al hacerlo, se metió todavía más hondo en la memoria colectiva de León.
El Teatro del Pueblo como escenario democrático
Desde finales de los años sesenta y durante toda la década de 1970, el Teatro del Pueblo se consolidó como uno de los espacios más queridos de la Feria. Su principio de gratuidad marcó una diferencia fundamental frente a otros espectáculos privados.
Ahí se presentaron intérpretes de música vernácula, baladistas, agrupaciones tropicales y orquestas populares. No importaba el género: importaba la posibilidad de escuchar música en vivo sin barreras económicas.
El Teatro del Pueblo se volvió punto de reunión nocturna. Las familias llegaban temprano, extendían la velada y hacían de cada concierto una experiencia compartida.
Con el tiempo, este escenario se volvió símbolo de la Feria misma: un lugar donde todos cabían y donde la música era patrimonio común.
El palenque y la noche adulta
Paralelo al Teatro del Pueblo, el palenque comenzó a adquirir un papel específico dentro de la Feria, sobre todo a partir de los años setenta. A diferencia del escenario gratuito, el palenque ofrecía espectáculos de acceso controlado y un ambiente más nocturno.
En el palenque se consolidaron géneros como la música ranchera, la banda y posteriormente el regional mexicano moderno. Fue el espacio donde muchos artistas construyeron una relación cercana con el público leonés.
Las noches de palenque marcaron generaciones. Para muchos, asistir por primera vez a un concierto ahí era un rito de paso, una señal de que se entraba a otra etapa de la vida.
El palenque añadió una capa distinta a la Feria: más intensa, más íntima, más cargada de emoción contenida.
Décadas, artistas y recuerdos compartidos
Con el paso de los años, la Feria fue acumulando una memoria sonora diversa. En los años ochenta y noventa, la programación se amplió para incluir pop, rock, balada romántica y espectáculos internacionales.
Cada década dejó sus himnos. Canciones que quedaron asociadas a una edición específica, a un enero concreto, a una etapa de la vida. La Feria se convirtió en una banda sonora personal para miles de personas.
No se trataba solo de nombres famosos, sino de momentos: la canción que sonó mientras se tomaba de la mano por primera vez, el coro que se gritó con amigos, la melodía que hoy despierta nostalgia.
La música hizo que la Feria no solo se recordara: se escuchara incluso años después.
La logística detrás del aplauso
El crecimiento musical de la Feria implicó también retos logísticos cada vez mayores. A partir de los años noventa, la organización tuvo que adaptarse a escenarios más grandes, equipos de sonido complejos y aforos multitudinarios.
Se profesionalizó la producción técnica, se establecieron horarios estrictos y se fortalecieron los operativos de seguridad. Todo para que la experiencia musical fuera segura y de calidad.
Este proceso permitió que la Feria atrajera artistas de mayor escala, sin perder el control ni el carácter familiar del evento.
Detrás de cada concierto hubo planeación, inversión y aprendizaje institucional que consolidaron a la Feria como referente nacional.
Cantar juntos como forma de identidad
Al final, la música hizo algo más profundo que entretener: ayudó a construir identidad. Cantar juntos generó comunidad, rompió distancias sociales y creó un lenguaje emocional compartido.
La Feria se volvió un lugar donde la gente no solo asistía, sino participaba activamente a través de la voz y el cuerpo. El aplauso, el canto y el baile se volvieron formas de pertenencia.
Cada enero, León afinó su memoria colectiva. Y en ese canto repetido año con año, la Feria encontró una de sus fuerzas más duraderas.
Porque una ciudad que canta junta, difícilmente se olvida de sí misma.
Comer, mirar, encontrarse
Tradiciones, sabores y oficios que hicieron de la Feria una casa cultural
La comida como primer recuerdo
Para muchas personas, la Feria de León no entra por la vista ni por el oído, sino por el olfato. El recuerdo más antiguo de la Feria suele ser un olor: el del maíz caliente, el de la manteca chisporroteando, el de la azúcar tostada en el aire frío de enero. Comer en la Feria nunca ha sido solo alimentarse; ha sido iniciar el rito.
Desde finales del siglo XIX, los puestos de comida acompañaron cada celebración ferial. Primero de manera modesta, luego cada vez más organizada, la gastronomía popular se convirtió en un ancla emocional. La gente no solo iba a ver espectáculos: iba a comer lo que solo se comía ahí.
Las gorditas, los huaraches, los elotes, las papas, el pan dulce de feria y las bebidas de cebada se volvieron parte del paisaje. Eran sabores sencillos, pero cargados de sentido, porque se compartían en familia.
Con el tiempo, la Feria entendió que su cocina era patrimonio. No algo accesorio, sino una forma profunda de identidad.
Gorditas, huaraches y la cocina del Bajío
A lo largo del siglo XX, la Feria fue consolidando un repertorio gastronómico reconocible. Las gorditas de maíz rellenas, servidas con salsa roja y verde, se volvieron casi un emblema. Las filas largas no desanimaban; al contrario, confirmaban que la espera también era parte del ritual.
Los huaraches, con su base alargada de masa, frijoles, nopales y carne, representaban la abundancia popular del Bajío. Comerlos en la Feria tenía un sabor distinto al de cualquier otro día.
A estos platillos se sumaron con el tiempo los elotes preparados, las papas asadas o fritas y las bebidas tradicionales como la cebadina y el agua de cebada, pensadas para combatir el frío seco de enero.
La Feria fue así un mapa comestible de la región, donde cada bocado contaba una historia heredada.
Artesanías y el orgullo del trabajo hecho a mano
Desde su origen con la exposición artesanal de 1876, la Feria de León entendió el valor del oficio. Mostrar lo que se hacía con las manos era reconocer la dignidad del trabajo local.
A lo largo de las décadas, los espacios artesanales crecieron y se diversificaron. Cerámica, textiles, madera, vidrio y, de manera muy especial, productos de piel encontraron en la Feria una vitrina privilegiada.
León, conocida ya en el siglo XX como capital del calzado, aprovechó la Feria para mostrar su fuerza productiva. Zapatos, cinturones, bolsas y chamarras se ofrecían directamente al público, fortaleciendo la relación entre productor y comprador.
Este intercambio no era solo económico: era cultural. La Feria se volvió un mercado de identidad.
Vestimenta, desfile y representación simbólica
La Feria también se expresó a través del cuerpo y la vestimenta. En los desfiles y actos inaugurales, los trajes típicos y las representaciones folclóricas hicieron visible la diversidad cultural del estado.
Aunque León no posee un traje típico único, adoptó elementos charros, campesinos y coloniales que dialogaban con la identidad regional del Bajío.
Los desfiles se poblaron de carros alegóricos, danzas y personajes simbólicos. Cada uno representaba una idea: trabajo, historia, futuro, abundancia.
Vestirse para la Feria fue, durante décadas, una forma de participar activamente en ella.
Lo religioso como raíz persistente
A pesar de su crecimiento y modernización, la Feria nunca rompió del todo con su raíz religiosa. El 20 de enero siguió marcado por la devoción a San Sebastián.
La misa patronal, la bendición de las instalaciones y la presencia de autoridades religiosas en actos inaugurales recordaban que la Feria nació de una coincidencia entre fe y ciudad.
Incluso para quienes no asistían a los actos religiosos, la dimensión simbólica permanecía. La Feria conservó ese tono de agradecimiento colectivo.
Lo sagrado y lo festivo siguieron conviviendo, como habían convivido desde el inicio.
La Feria como lenguaje y pertenencia
Con el paso del tiempo, la Feria se integró al lenguaje cotidiano de León. No hacía falta explicarla: se sabía qué significaba “ir a la Feria”.
Dichos populares, referencias compartidas y anécdotas familiares construyeron una memoria común. La Feria se volvió punto de encuentro inevitable.
Más allá de espectáculos o comida, la Feria fue eso: un lugar donde todos se encontraban, donde la ciudad se reconocía a sí misma.
Esa capacidad de reunir, de hacer sentir en casa, es lo que convirtió a la Feria en una verdadera casa cultural.
Una ciudad que se mide en abrazos
Impacto, cifras y la Feria que aprendió a sobrevivir al siglo XXI
La Feria como motor económico real
Con el paso de las décadas, la Feria de León dejó de ser solo una tradición cultural para convertirse en uno de los motores económicos más importantes de la ciudad y del estado. Este cambio no ocurrió de golpe, sino como resultado de una expansión sostenida que comenzó a hacerse evidente a finales del siglo XX.
Para los primeros años del siglo XXI, la Feria ya recibía millones de visitantes cada edición, generando una derrama económica que impactaba directamente en hoteles, restaurantes, transporte, comercio y servicios. Enero dejó de ser un mes bajo para León y se transformó en temporada alta.
Las cifras comenzaron a hablar con claridad. La Feria no solo convocaba multitudes: activaba la economía de manera medible y constante.
Este impacto consolidó la idea de que la Feria no era gasto, sino inversión social y económica.
Visitantes, turismo y ciudad anfitriona
En la segunda década del siglo XXI, la Feria de León alcanzó cifras que la colocaron entre las más concurridas del país. La asistencia anual superó los seis millones de visitantes, muchos de ellos provenientes de otros estados.
El turismo se convirtió en un componente central. Hoteles con ocupación casi total, restaurantes llenos y una ciudad en movimiento confirmaron que la Feria proyectaba a León a nivel nacional.
La ciudad aprendió a asumirse como anfitriona. Señalética, servicios, transporte y seguridad se ajustaron para recibir a miles de personas cada día durante varias semanas.
León entendió que la Feria no solo mostraba lo que era, sino lo que podía ofrecer.
Derrama, empleo y oportunidades
Las cifras de derrama económica comenzaron a ser históricas. Para mediados de la década de 2020, los ingresos generados por la Feria superaron varios miles de millones de pesos por edición.
Este flujo económico se tradujo en empleo temporal para miles de personas: montaje, seguridad, limpieza, logística, venta y servicios. Para muchos hogares, la Feria representó un ingreso clave al inicio del año.
También se volvió un espacio de oportunidad para emprendedores y pequeños negocios, que encontraron en la Feria un escaparate único para dar a conocer sus productos.
La Feria se consolidó, así como un sistema económico temporal, pero profundamente influyente.
La pausa de 2021 y el silencio inesperado
En 2021, por primera vez en décadas, la Feria de León no se celebró. La pandemia obligó a suspender aquello que parecía inamovible. El silencio fue abrupto.
La ausencia dejó claro lo que la Feria significaba. La ciudad sintió el vacío económico, social y emocional. Enero pasó sin multitudes, sin música, sin puestos.
Ese año confirmó que la Feria no era un accesorio. Era una estructura viva que sostenía parte del ánimo colectivo.
El silencio fue una lección dura, pero necesaria.
El regreso y la adaptación al presente
El regreso de la Feria en 2022 no fue un simple reinicio. Fue una adaptación. Nuevos protocolos, tecnología, venta digital y reorganización del espacio marcaron una nueva etapa.
La Feria demostró capacidad de aprendizaje institucional. Se integraron herramientas digitales, controles de aforo y nuevos formatos de programación.
El público regresó con entusiasmo, confirmando que la tradición seguía viva y dispuesta a transformarse.
La Feria entró al siglo XXI con otra conciencia de sí misma.
Una promesa que sigue abierta
Hoy, la Feria de León es una de las celebraciones más importantes de México. Recibe millones de personas, genera miles de empleos y produce una derrama económica sin precedentes.
Pero más allá de las cifras, sigue siendo un punto de encuentro. Un lugar donde la ciudad se abraza a sí misma cada enero.
La Feria ha sobrevivido a inundaciones, crisis y pandemias porque su raíz no está en la infraestructura, sino en la gente.
Mientras León exista, habrá Feria. Y mientras haya Feria, la ciudad seguirá recordando quién es.
Cuando la Feria deja de pertenecer
Durante más de un siglo, la Feria de León fue construida desde abajo hacia arriba. No nació de presupuestos millonarios ni de decisiones espectaculares, sino de una voluntad colectiva que supo celebrar incluso en la escasez. El pueblo sostuvo la Feria cuando no había recintos, cuando había inundaciones, cuando la ciudad apenas podía con sus propias urgencias. La Feria sobrevivió porque nunca se entendió como botín, sino como patrimonio compartido.
En los últimos años, sin embargo, algo comenzó a desentonar. Dos patronatos consecutivos —el anterior y el actual— parecieron olvidar esa raíz. Primero, una etapa marcada por el gasto de millones de pesos en ciclos de pláticas motivacionales presentadas como “inspiración”, ajenas al espíritu popular de la Feria y con beneficios difíciles de justificar frente al origen comunitario del evento. Después, una decisión aún más estridente: la contratación de un espectáculo que superó los cincuenta millones de pesos, promovido como atracción estelar, pero percibido por amplios sectores de la sociedad como un exceso.
La diferencia no es solo de montos; es de sentido. Durante generaciones, la Feria fue un espacio donde la alegría no costaba explicaciones, donde el gasto se justificaba en el encuentro, en el acceso, en la memoria compartida. Cuando el dinero público se utiliza para deslumbrar en lugar de reunir, la Feria corre el riesgo de dejar de ser del pueblo y convertirse en vitrina de poder.
La historia de la Feria de León demuestra que no se necesita derroche para construir felicidad colectiva. El pueblo ya lo había probado durante más de cien años. Por eso, cuando quienes administran la Feria confunden patrimonio con presupuesto y tradición con espectáculo, no traicionan una edición: traicionan una herencia. Y esa herencia no les pertenece.
(By operación W).

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/… La Agenda en Corto GOBERNAR SIN HOLGURA




Gobernar un municipio pequeño suele ser un ejercicio de resistencia más que de lucimiento. En Jaral del Progreso, el primer año de Daniel Cimental ha estado marcado menos por los discursos y más por la gestión constante de recursos, esos que casi nunca alcanzan pero que definen si una administración avanza o se estanca. La obra pública, en este contexto, no es promesa: es urgencia.
La apuesta por una planta tratadora de aguas residuales revela la dimensión del reto. Setenta millones de pesos no son una cifra menor para un municipio con limitaciones presupuestales evidentes. Buscar esos recursos obliga a tocar puertas, negociar con distintos niveles de gobierno y sostener proyectos que no siempre generan aplauso inmediato, pero sí impacto estructural a largo plazo.
La seguridad aparece como otro frente complejo. Reducir la incidencia delictiva implica decisiones difíciles: reasignar presupuesto, enfrentar vacantes en la policía municipal y construir condiciones mínimas de orden en un entorno donde los recursos humanos y financieros son escasos. Aquí, más que discursos de mano dura, lo que se asoma es una administración que intenta sostener el equilibrio.
En medio de todo, el orgullo local y el turismo funcionan como ancla identitaria. Los dulces de leche y los rollos de guayaba no solo representan tradición, sino una oportunidad para posicionar al municipio más allá de sus carencias. En su segundo año, Cimental enfrenta el desafío clásico de los gobiernos jóvenes: demostrar que la voluntad política, acompañada de gestión y acuerdos sin colores partidistas, puede traducirse en resultados concretos para la gente.
CUANDO LA POLÍTICA SE MUDA A LAS REDES
La política local ya no se anuncia solo desde tribunas oficiales. Hoy, buena parte del debate público nace en redes sociales. De acuerdo con DataReportal 2025, más del 82 % de los mexicanos usuarios de internet se informa de asuntos públicos a través de plataformas digitales. No es un dato menor: ahí se construye percepción, se fijan posturas y se adelantan narrativas antes de que los medios tradicionales puedan contextualizarlas.
Facebook, en particular, sigue siendo la red con mayor penetración política en municipios y regiones medias. Cifras del INEGI indican que más del 70 % de los usuarios de redes en México utiliza Facebook como su principal canal de información local. Por eso, cuando un mensaje político se publica ahí, no suele ser improvisación: es estrategia. El problema surge cuando el formato breve sustituye a la explicación completa que exige la función pública.
El traslado del discurso a redes también modifica la lógica de la rendición de cuentas. Un post permite fijar posición sin réplica inmediata, seleccionar el encuadre y evitar preguntas incómodas. Estudios académicos del CIDE y la UNAM sobre comunicación política digital señalan que los funcionarios recurren a redes para controlar el relato en momentos de presión o controversia, priorizando impacto sobre profundidad.
El riesgo es claro. Cuando la política se queda solo en la publicación, el debate se empobrece. Las reacciones —likes, compartidos y comentarios— no sustituyen la explicación institucional ni la responsabilidad pública. Las redes son una herramienta poderosa, pero no un sustituto del diálogo democrático. Gobernar también es comunicar, pero comunicar no puede reducirse a administrar un muro.
CUANDO EL PODER SE EJERCE DESDE EL FRENO
Gobernar Abasolo no ha sido una tarea cómoda para Job Gallardo. No por falta de rumbo ni de proyectos, sino por una realidad más áspera: el poder también se ejerce cerrando llaves, y en su caso, la más sensible fue la financiera. La negativa a respaldar una deuda destinada a obra pública no respondió a un dictamen técnico adverso ni a una alerta de riesgo financiero, sino a una decisión política tomada desde su propio partido, bajo una lógica de control antes que de respaldo institucional.
La solicitud de endeudamiento tenía un propósito concreto: infraestructura básica, servicios y capacidad operativa para un municipio con rezagos históricos. No se trataba de gasto suntuario ni de ocurrencias administrativas. Aun así, el acompañamiento no llegó. El mensaje fue claro y duro: en la aritmética interna del poder, el margen de maniobra del alcalde debía reducirse. No por errores comprobados, sino por equilibrios partidistas que se juegan lejos del territorio y de sus necesidades cotidianas.
Lejos de romper o victimizarse, Gallardo optó por una ruta más compleja: seguir gobernando sin holgura, ajustando prioridades, reordenando recursos y sosteniendo el discurso de que Abasolo no puede ser rehén de disputas internas. Esa postura, menos estridente pero más resistente, revela a un presidente municipal consciente de que el cargo no se ejerce solo con aplausos ni con chequeras abiertas, sino con capacidad de aguante y visión de largo plazo.
El episodio deja una lección incómoda para la política local: cuando el control pesa más que el proyecto, los municipios pagan el costo. A Job Gallardo le tocó gobernar en ese cruce. No como error propio, sino como parte de una disputa que excede su escritorio. Y aun así, sigue ahí, administrando lo posible, defendiendo a Abasolo y recordando que el verdadero juicio no vendrá de los pasillos partidistas, sino de la gente que vive —y espera resultados— todos los días.
FITUR: CUANDO VIAJAR NO ES LO MISMO QUE PROYECTAR
La presencia de Guanajuato en FITUR 2026 dejó una estampa conocida: delegaciones completas, fotografías bien encuadradas y discursos generales sobre vocación turística. Lo que no quedó igual de claro fue para qué fue cada municipio ni qué agenda concreta llevaba bajo el brazo. En el escaparate más importante del turismo internacional, la diferencia entre estar y aprovechar suele ser abismal, y esta vez muchos gobiernos locales parecieron conformarse con la primera.
FITUR no es una feria de presencia simbólica. Es un espacio donde se mide la capacidad de gestión, la preparación técnica y la claridad de objetivos. Ir sin citas programadas, sin productos definidos o sin propuestas específicas convierte el viaje en un acto protocolario, no en una estrategia. La pregunta no es cuántas fotos se tomaron, sino qué acuerdos se buscaron, con quién se habló y qué se puso sobre la mesa para competir en un mercado global cada vez más exigente.
El problema no es asistir, sino no distinguir entre promoción y turismo político. Cuando la narrativa se centra en acompañar, asistir o estar presentes, pero no en resultados, el mensaje que se envía es de improvisación. Para municipios con presupuestos limitados y necesidades urgentes, cada viaje internacional debería justificarse con metas claras y retornos posibles, no solo con visibilidad en redes sociales.
FITUR deja siempre una lección incómoda: el turismo no se construye con boletos de avión ni con stands bien iluminados, sino con planeación, profesionalización y seguimiento. Lo demás es escenografía. Y mientras los municipios no entiendan que representar a una ciudad implica algo más que aparecer en la foto oficial, el riesgo es que la promoción termine siendo solo eso: una imagen bonita que no se traduce en desarrollo real.
(By operación W).

“LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS”
POEMA DE VÍCTOR MANUEL OTERO
La noche quedó atrás, un nuevo día se asoma en tu horizonte de ventura. en lo que fuera llanto, hoy es alegría, en lo que fue rencor, hoy hay ternura. Ya eres otro. Bajo el conjuro de la palabra “Amor” te has superado. Todo es más noble en ti. Todo es más puro, porque todo de amor se te ha llenado. ¡Amar y solo amar! Esa es la clave que mueve al universo, a la vida, Lo duro de la senda es más suave si tú puedes decir: “Ama y olvida”. Amar a Dios, a ti, al mundo entero. A los que tú conoces, al extraño, al rico, al poderoso, al pordiosero, al que te da paz o te hace daño. ¡Tú ya eres otro! porque has podido arrancar la cadena que te ataba a tu eterno “Imposible”, y has sabido trasponer el dolor que te agobiaba. Llena tu mente de las cosas buenas, de las cosas positivas que construyen y deja en el ayer todas tus penas, las negaciones que todo lo destruyen. Tu hogar será la dicha, y en los tuyos hallarás el “Por qué” de tu camino. Y todo para ti será orgullo, y tus hijos tendrán otro destino. Y tú que eres soltera, buscarás, no al hombre que halague tus sentidos, sino al alma que te comprenda más, porque el alma hace el hombre y no el vestido. La noche quedó atrás. Un nuevo día se anuncia en el dintel de tu ventana. Ya no dejes que escape tu alegría ni que vuelva el ocaso a tu mañana. Ya no vivas de ayeres, de los lamentos. Ya no suene tu nota discordante. Piensa siempre en todos tus momentos, ¡Que la vida comienza a cada instante!




*Si quieres escucharlo en la voz de: *Adolfo Fernández Zepeda.
Sobre el poema.
La luz que aprende a nacer de nuevo
Lectura emocional y simbólica del poema “La noche quedó atrás” de Víctor Manuel Otero, como un canto a la esperanza que se levanta después de la sombra.
El sentido de una noche que termina
El poema de Víctor Manuel Otero parte de una imagen sencilla y poderosa: la noche. No es solo la noche física, la que se va con el amanecer, sino una noche interior, hecha de dudas, miedos y silencios acumulados. Cuando el autor afirma que “la noche quedó atrás”, está declarando mucho más que el paso del tiempo. Está hablando de una liberación.
En esa frase inicial cabe toda una biografía emocional. La noche representa los momentos en que la vida parece cerrarse, cuando las preguntas pesan más que las respuestas. Otero construye su poema como quien abre una ventana después de un largo encierro. No hay prisa, no hay grito: hay una serena afirmación de que lo oscuro puede ser vencido.
El poema no lucha contra la noche; simplemente la deja ir. Y en ese gesto hay una profunda enseñanza humana: a veces vencer no significa pelear, sino aprender a soltar.
La metáfora del amanecer interior
Uno de los mayores logros del texto es convertir el amanecer en una experiencia íntima. No se trata solo del sol que sale, sino del espíritu que despierta. El autor transforma un fenómeno cotidiano en un símbolo de renovación personal.
Cada verso parece sugerir que la luz no llega desde afuera, sino desde adentro. La claridad es presentada como un estado del alma. Por eso el poema conmueve: porque no habla de un día cualquiera, sino del día en que alguien vuelve a encontrarse consigo mismo.
El amanecer de Otero no es escandaloso: es humilde, como la primera respiración tranquila después de una tormenta.
El lenguaje como refugio y caricia
El poema está escrito con una delicadeza notable. No recurre a palabras grandilocuentes ni a imágenes exageradas. Su belleza nace de la sencillez. Víctor Manuel Otero entiende que la emoción verdadera no necesita adornos.
El tono es casi confidencial, como si quien escribe hablara en voz baja para no asustar a la esperanza recién llegada. Esa elección de un lenguaje claro y sereno permite que el lector se sienta acompañado, no invadido.
Esa contención expresiva convierte al poema en un espacio seguro, un lugar donde el dolor pasado puede descansar sin vergüenza.
La esperanza sin estridencias
Uno de los aspectos más hermosos del poema es su manera de entender la esperanza. No como un estallido repentino de alegría, sino como una certeza tranquila que va creciendo poco a poco.
El poema no promete milagros. Simplemente afirma que lo peor ha terminado y que es posible seguir caminando. Esa esperanza realista es la que lo vuelve creíble y cercano.
Otero nos recuerda que la verdadera esperanza no grita: respira.
Un mensaje que abraza al lector
Al final, el poema trasciende la experiencia personal del autor y se vuelve un mensaje universal. Todos hemos tenido noches propias: pérdidas, desilusiones, cansancios del alma.
Funciona como un recordatorio amoroso de que ninguna oscuridad es eterna. Que incluso los periodos más difíciles terminan cediendo y siempre existe la posibilidad de un nuevo comienzo.
Víctor Manuel Otero logra construir un canto luminoso a la capacidad humana de levantarse. Su poema es una invitación a creer otra vez, a mirar el horizonte con ojos renovados.
Sobre el autor.
Víctor Manuel Otero González: la voz que convirtió la Poesía en amanecer
Semblanza biográfica y recorrido por la obra de un creador mexicano ue unió la palabra escrita con la magia de la radio
Infancia y origen de un poeta
Víctor Manuel Otero González nació el 23 de agosto de 1914 en el barrio de Tacubaya, en la Ciudad de México. Desde sus primeros años mostró una sensibilidad poco común hacia el lenguaje y la emoción. Su familia recordaba que, con apenas ocho años de edad, escribió su primer poema titulado “Yo no sé por qué te quiero”, un gesto temprano que anunciaba ya la vocación que marcaría toda su vida.
Aquella inclinación infantil por las letras no fue un capricho pasajero. Con el paso de los años se convirtió en una disciplina constante. Otero creció en un México que empezaba a transformarse culturalmente y encontró en la literatura un refugio y un destino. La poesía no fue para él un adorno intelectual, sino una forma natural de entender y narrar el mundo.
Su vida transcurrió casi un siglo completo: falleció el 10 de octubre de 2009 a los 95 años de edad, dejando tras de sí una huella profunda en la cultura popular mexicana y, sobre todo, en la memoria radiofónica del país.
Formación intelectual y vocación radiofónica
La preparación de Víctor Manuel Otero fue amplia y diversa. Realizó estudios de métrica poética, teología, jurisprudencia y publicidad, campos que fueron nutriendo su mirada humanista y su capacidad expresiva. Esta combinación de saberes le permitió desarrollar una escritura clara, estructurada y profundamente espiritual.
En 1945 ingresó de manera profesional al mundo de la radio, un medio que marcaría definitivamente su vida. Comprendió muy pronto que el micrófono era un vehículo ideal para llevar su poesía a miles de personas. Trabajó en estaciones emblemáticas de amplitud modulada como XELA, XESM y XEJP, conocida como “El Fonógrafo”.
Posteriormente se incorporó a la emisora XELZ del Grupo Radio Centro, donde desarrolló una labor ininterrumpida durante 62 años, tanto como locutor como en el área de publicidad. Fue testigo privilegiado de la época de oro de la radio mexicana y una de sus voces más respetadas. Además, fue miembro fundador de la Asociación Nacional de Locutores de México, participó activamente en clubes cívicos como el Rotario y el de Leones, y formó parte de la Sociedad de Autores y Compositores de México, lo que respalda el reconocimiento formal de su obra.
Una obra poética al servicio del optimismo
Desde muy joven, Otero González cultivó una producción poética constante. Su hijo Jorge Otero lo describía como un escritor incansable que abordaba todo tipo de temas: el amor, la naturaleza, la religión, la vida cotidiana. En cada uno de ellos se percibía siempre un mismo espíritu: un profundo humanismo.
Su estilo se caracterizó por ser sencillo, claro y accesible. No buscaba la experimentación literaria ni la complejidad académica, sino la comunicación directa con el lector y el oyente. Su poesía estaba pensada para ser comprendida, sentida y declamada.
El libro más representativo de su trayectoria es la antología “Un nuevo amanecer: La noche quedó atrás”, publicada en 1999 por la editorial Edamex. En sus 152 páginas se reúnen muchos de sus poemas más conocidos, orientados a transmitir esperanza, fortaleza interior y amor por la vida. Aunque publicó otros poemarios en décadas anteriores —algunos desde los años cuarenta—, esta antología se convirtió en la consolidación de su legado impreso.
El poema que lo inmortalizó
Dentro de su vasta producción, una obra se convirtió en emblema: “La noche quedó atrás”. Este poema es, sin duda, el texto que le otorgó mayor fama y permanencia en la memoria colectiva.
La autoría del poema se encuentra confirmada y reconocida en distintas referencias periodísticas y editoriales. Es un texto que comenzó a circular con fuerza en la radio y, desde 1970, se transmite diariamente por la estación Radio Universal en la voz del locutor Adolfo Fernández Zepeda.
Durante décadas, millones de mexicanos han iniciado su jornada escuchando esos versos que invitan a dejar atrás la tristeza y comenzar cada día con fe renovada. La transmisión cotidiana se convirtió en una especie de homenaje permanente, hasta volver la pieza un clásico de la declamación mexicana.
Un estilo hecho para ser escuchado
Víctor Manuel Otero González pertenece a la tradición del poeta-declamador. Su obra no nació para los claustros académicos, sino para el oído del pueblo. Su formación en métrica le permitió crear versos musicales, de fácil recitación y gran fuerza emotiva.
Su poesía se inscribe dentro de una corriente humanista y motivacional. En ella abundan valores espirituales, la fe religiosa, el amor familiar y la esperanza cotidiana. Era un hombre profundamente creyente; se sabe que llegó a presentar personalmente al papa Juan Pablo II un poema dedicado a la Virgen de Guadalupe, hecho que retrata el núcleo devocional de su sensibilidad.
Más que buscar la fama literaria, Otero aspiró siempre a tocar el corazón de la gente común. Y lo logró: su palabra se volvió compañía y consuelo, especialmente a través de la radio.
Reconocimientos y memoria
Tras su muerte en 2009, su figura comenzó a recibir homenajes por parte de la comunidad radiofónica. En 2010 se realizó un tributo en el Teatro Ignacio López Tarso de la Ciudad de México, con la participación de locutores que recordaron su vida y declamaron su obra.
En 2012, su nombre quedó inmortalizado en la Rotonda de los Locutores Ilustres de la Plaza de San Juan, donde se develó un busto en su honor. Con ello, se reconoció su larga trayectoria al aire y la huella que dejó en la memoria auditiva de varias generaciones.
Años después, la prensa destacó que el monumento permanecía en pie, recordatorio tangible de un legado que, como su poema, insiste en volver cada mañana. Su obra sigue sonando y, con ella, la certeza de que siempre es posible volver a empezar.
Un legado que no se apaga
La vida de Víctor Manuel Otero González ejemplifica la unión entre literatura y comunicación. Utilizó la radio para dar vida a sus versos y los versos para acompañar la vida de miles de personas. Su nombre permanece asociado a un mensaje sencillo y profundo: cada día es un nuevo amanecer. Y mientras alguien escuche o recite sus palabras, será verdad que, como él mismo escribió, la noche siempre puede quedar atrás.
(ByNotas de Libertad).

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/… UNA MESA PARA QUEDARSE
Crónicas del Bajío donde el sabor aprende a decir quiénes somos
Comer también es una forma de quedarse
Hay lugares que no se visitan: se habitan. No importa si se llega con hambre, con curiosidad o por simple intuición; basta sentarse para comprender que comer es algo más que alimentarse. En ciertos espacios, el plato no es el centro absoluto, sino el pretexto. Lo importante ocurre alrededor: el tiempo que se acomoda, la conversación que baja de volumen, la atención que se afina.
Comer, cuando se hace bien, es una forma de permanecer. Permanecer un poco más de lo planeado. Permanecer en una mesa aunque el día afuera siga avanzando. Permanecer en la memoria de un sabor que no busca impresionar, sino acompañar. En esos momentos, la vida se deja tocar con suavidad.
Esta serie nace de esa convicción. De entender que hay mesas que cuentan historias sin necesidad de palabras, mercados que explican ciudades mejor que cualquier archivo, y antojos que funcionan como lengua materna. Aquí no se viene a consumir experiencias rápidas: se viene a reconocer lo que ya estaba ahí.
Cada texto que sigue parte de esa idea inicial: que sentarse a comer también es una forma de quedarse un rato más con uno mismo y con el lugar que lo recibe.
El territorio se aprende bocado a bocado
El Bajío no se entiende solo con mapas, cifras o fechas. Se entiende en los olores que salen temprano de los mercados, en las manos que repiten gestos aprendidos hace décadas y en los platillos que se siguen preparando porque cumplen su función. El territorio se transmite por la mesa.
Hay ciudades que se explican mejor con un platillo que con un discurso. Un mercado activo revela más identidad que cualquier monumento. La comida cotidiana —la que no presume ni se disfraza— es la que sostiene la vida diaria y crea sentido de pertenencia.
En cada rincón que aparece en estas páginas hay una relación directa con el lugar. No son espacios neutros ni replicables. Son cocinas, mesas y antojos que aprendieron a dialogar con su entorno, con su gente y con su ritmo.
Esta guía recorre ese territorio vivo. No el de la nostalgia congelada, sino el de la práctica diaria. El que cambia sin romperse. El que sigue cocinándose todos los días, incluso cuando nadie lo está mirando.
La mesa como acto de conversación
Comer acompañado no es solo compartir alimentos: es compartir ritmo. La mesa reúne historias mínimas, acuerdos tácitos, silencios cómodos y risas que no necesitan explicación. En ella se cruzan el oficio, la ciudad y la intimidad.
Hay lugares que entienden esto con claridad. Espacios donde el servicio no interrumpe, donde el lugar protege la conversación y donde el comensal puede quedarse sin sentir la presión del reloj. Son mesas que invitan a hablar despacio y a escuchar mejor.
En estas crónicas aparecen restaurantes, sí, pero también mercados, fondas y antojos callejeros. Lugares donde la mesa sigue siendo un acto humano antes que una transacción. Donde comer no es un trámite, sino una pausa necesaria.
Cuando la mesa funciona, se convierte en conversación con el territorio. Y esa conversación deja huella.
Tradición que no se queda quieta
La tradición no es repetición mecánica. Es método, criterio y decisión. Es saber qué se sostiene y qué se transforma. Los espacios que aparecen en estas crónicas no son museos del pasado: son cocinas vivas que dialogan con su tiempo.
Hay cocineras y cocineros que piensan antes de servir. Hay mercados que resisten porque cumplen una función real. Hay antojos que sobreviven porque entienden su lugar dentro de la ciudad. Esa es la tradición que aquí interesa: la que se adapta sin perder sentido.
En estos textos, la tradición no se idealiza ni se congela. Se observa en movimiento. En el gesto repetido, en la receta heredada, en el cambio sutil que permite seguir adelante sin traicionar el origen.
Comer, en estos casos, también es una forma de pensar. Pensar el pasado, el presente y la manera en que ambos se sientan a la misma mesa.
Una guía que no ordena, acompaña
Esta no es una lista ni un ranking. No pretende decir qué es mejor ni qué se debe visitar primero. Es una invitación. Una manera de caminar el Bajío desde la mesa, con curiosidad, respeto y atención.
Las páginas que siguen reúnen mercados que laten, cocinas que reflexionan y antojos que aprendieron a decir su ciudad sin levantar la voz. Son lugares que no buscan agradar rápido ni convertirse en moda, sino permanecer.
Esta guía no se lee con prisa. Se recorre. Se saborea. Se vuelve una excusa para sentarse mejor frente a la vida y frente a los otros.
Porque al final, comer bien no es un lujo: es una forma de estar en el mundo.
(By Notas de Libertad).

Domingo 25 de enero al sábado 31 de enero.
Santoral.
Siete días para recordar a los que caminaron en la fe
En esta sección del calendario semanal miramos hacia la memoria espiritual de la humanidad. El santoral no es solo una lista de nombres antiguos, sino un espejo donde se refleja la grandeza de mujeres y hombres que hicieron de su vida un acto de servicio. Cada día guarda historias de entrega, valentía y esperanza que cruzaron los siglos. Recordarlos es una forma de entender mejor nuestras propias luchas y búsquedas. Sus pasos dejaron huellas profundas en la cultura, la fe y la historia. Del 25 al 31 de enero recorremos siete jornadas cargadas de ejemplo y significado. Que estas breves semblanzas sirvan como un puente entre el pasado y nuestro tiempo.
Domingo 25 de enero
San Pablo Apóstol
Recordado por su conversión en el camino a Damasco, pasó de ser perseguidor a predicador incansable. Fundó comunidades cristianas y escribió cartas que hoy forman parte esencial del Nuevo Testamento. Su vida es ejemplo de cambio profundo y de fidelidad a la fe. Murió mártir en Roma tras anunciar el Evangelio.
Santa Elvira
Mujer cristiana de los primeros siglos que destacó por su caridad hacia los pobres. Dedicó su vida a ayudar a los enfermos y necesitados de su ciudad. Fue reconocida por su sencillez y su profunda vida de oración. Su testimonio se conservó gracias a la tradición de su comunidad.
San Popón
Monje benedictino que trabajó por la reforma espiritual de varios monasterios europeos. Fue un hombre de disciplina, estudio y servicio. Promovió la vida comunitaria basada en la humildad y el trabajo. Su liderazgo fortaleció la vida religiosa de su tiempo.
San Agileo
Mártir africano que defendió su fe en medio de persecuciones. Se negó a renunciar a sus creencias a pesar de las amenazas. Su firmeza lo convirtió en ejemplo para los cristianos de Cartago. Es venerado como testigo de fidelidad hasta el final.
Beata Arcángela Girlani
Religiosa carmelita italiana reconocida por su intensa vida mística. Dedicó largas horas a la oración contemplativa y al servicio de su comunidad. Fue guía espiritual de muchas jóvenes de su época. Su vida refleja la serenidad de quien confía plenamente en Dios.
Lunes 26 de enero
San Timoteo
Discípulo cercano de San Pablo y obispo de Éfeso. Acompañó al apóstol en varios viajes misioneros y recibió de él cartas pastorales. Destacó por su prudencia y su capacidad para organizar comunidades. Es modelo de colaboración y lealtad cristiana.
San Tito
Compañero de misión de San Pablo y primer obispo de Creta. Trabajó para fortalecer la fe de las primeras iglesias. Fue mediador en conflictos y animador de la vida comunitaria. Su figura representa la continuidad de la obra apostólica.
San Teógenes
Obispo que sufrió martirio por defender la doctrina cristiana. Se mantuvo firme ante los intentos de hacerlo renunciar a su fe. Su testimonio fortaleció a los creyentes de su región. Es recordado por su valentía espiritual.
San Alberico
Abad francés que impulsó la reforma monástica. Buscó una vida religiosa más austera y cercana al Evangelio. Formó a numerosos monjes en la disciplina y la oración. Su legado influyó en varias órdenes religiosas.
Beato Miguel Kozal
Obispo polaco que murió mártir durante la Segunda Guerra Mundial. Defendió la dignidad humana frente a la persecución. Acompañó espiritualmente a los prisioneros de su tiempo. Su vida es símbolo de resistencia moral.
Martes 27 de enero
Santa Ángela de Mérici
Fundadora de la congregación de las Ursulinas dedicada a la educación femenina. Trabajó para que las niñas tuvieran formación humana y espiritual. Su visión fue adelantada para su tiempo. Es patrona de los educadores.
San Vitaliano
Papa del siglo VII que promovió la unidad de la Iglesia. Impulsó la música litúrgica y la organización eclesial. Buscó el diálogo con otras comunidades cristianas. Su pontificado estuvo marcado por la prudencia.
San Enrique de Ossó
Sacerdote español dedicado a la educación cristiana. Fundó la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Trabajó intensamente en la formación de maestros. Su obra sigue presente en muchos países.
San Julián de Sora
Mártir de los primeros tiempos que dio testimonio público de su fe. Soportó persecuciones sin renunciar a sus convicciones. Su ejemplo animó a otros creyentes a mantenerse firmes. Es recordado por su entereza.
Santa Devota
Joven mártir venerada especialmente en Mónaco. Prefirió morir antes que negar su fe. Su figura se convirtió en símbolo de pureza y valor. Cada año se le rinden honores en su tierra natal.
Miércoles 28 de enero
Santo Tomás de Aquino
Gran teólogo y filósofo de la Iglesia, llamado Doctor Angélico. Logró unir la fe con la razón de manera admirable. Sus escritos siguen siendo base del pensamiento cristiano. Es patrono de universidades y estudiantes.
San Jacobo el Ermitaño
Monje que vivió en profunda oración y penitencia. Abandonó la vida cómoda para buscar a Dios en el silencio. Su vida sencilla atrajo a muchos discípulos. Es ejemplo de humildad y recogimiento.
San Amadeo
Obispo que trabajó por la paz y la justicia en su diócesis. Se preocupó por los más pobres y necesitados. Fue consejero prudente de gobernantes y religiosos. Su memoria se conserva con respeto.
Beato Bartolomé Aiutamicristo
Religioso italiano dedicado a la caridad. Su nombre significa ayuda de Cristo, reflejo de su misión. Trabajó con enfermos y desamparados. Su vida fue discreta pero profundamente generosa.
Beata Olimpia Bida
Mártir del siglo XX que defendió su fe en tiempos de guerra. Permaneció fiel a sus convicciones a pesar del peligro. Ayudó a muchos perseguidos de su época. Es símbolo de fortaleza interior.
Jueves 29 de enero
San Gildas
Monje y escritor británico conocido por su sabiduría. Denunció las injusticias de su tiempo con valentía. Promovió la renovación espiritual de su pueblo. Sus textos siguen siendo referencia histórica.
San Sulpicio Severo
Historiador cristiano que narró la vida de San Martín de Tours. Defendió la ortodoxia de la fe frente a errores doctrinales. Su obra ayudó a conservar la memoria de la Iglesia. Fue hombre de letras y oración.
San Valerio de Tréveris
Obispo que consolidó la evangelización en tierras germánicas. Se dedicó a la formación del clero y del pueblo. Es recordado como pastor cercano y bondadoso. Su trabajo fortaleció la Iglesia local.
San Papías Mártir
Cristiano de los primeros siglos que entregó su vida por Cristo. Su martirio alentó a las comunidades perseguidas. Es venerado junto con otros compañeros de fe. Representa la fidelidad hasta la muerte.
Beato Manuel Domingo y Sol
Sacerdote español fundador de los Operarios Diocesanos. Trabajó por la formación de seminaristas. Dedicó su vida al servicio de las vocaciones. Su obra sigue vigente en la Iglesia.
Viernes 30 de enero
Santa Martina
Joven romana que sufrió martirio por confesar a Cristo. Se mantuvo firme frente a las presiones del imperio. Su nombre quedó unido al valor femenino cristiano. Es ejemplo de constancia espiritual.
San David Galván
Sacerdote mexicano mártir durante la persecución religiosa. Defendió la libertad de conciencia y la dignidad humana. Acompañó a su pueblo en momentos de violencia. Fue canonizado como testigo de fe.
San Muciano María
Hermano lasallista dedicado a la educación de los jóvenes. Enseñó con paciencia y disciplina durante décadas. Su vida fue un silencioso servicio cotidiano. Es modelo de maestro cristiano.
San Barsimeo
Obispo oriental que sufrió prisión por su fe. Se negó a abandonar a su comunidad pese al peligro. Su testimonio fortaleció a los cristianos perseguidos. Es recordado por su fidelidad pastoral.
Beata Columba Marmion
Monje benedictino y gran maestro espiritual. Sus escritos ayudaron a muchos a comprender la vida interior. Promovió una espiritualidad profunda y equilibrada. Fue beatificado por su santidad.
Sábado 31 de enero
San Juan Bosco
Sacerdote italiano fundador de los Salesianos y gran educador. Dedicó su vida a los jóvenes más pobres. Creó escuelas y oratorios para darles futuro. Su método se basa en amor y razón.
Santa Marcela
Noble romana que renunció a sus bienes para vivir el Evangelio. Acogió en su casa a San Jerónimo y otros maestros. Fue ejemplo de vida austera y generosa. Murió sirviendo a los necesitados.
San Ciro y San Juan
Médicos cristianos que atendían gratuitamente a los enfermos. Fueron martirizados por negarse a abandonar su fe. Su memoria se asocia a la caridad y la ciencia. Son patronos de profesionales de la salud.
Beato Julián Maunoir
Misionero francés que evangelizó regiones rurales. Predicó incansablemente y formó catequistas. Su celo pastoral transformó muchas comunidades. Es recordado como apóstol del pueblo.
San Geminiano
Obispo de Módena que defendió a su ciudad de invasiones. Fue pastor cercano y protector de su gente. Su intercesión es muy venerada en Italia. Representa la unión entre fe y servicio social.





Música para recordar el ayer
THALÍA: LA VOZ QUE CONVIRTIÓ EL POP EN FANTASÍA




Retrato biográfico y artístico de una de las figuras más luminosas del espectáculo latino
Una niña que nació mirando al escenario
Ariadna Thalía Sodi Miranda nació en la Ciudad de México en 1971 dentro de una familia donde el arte y la música eran parte de la vida cotidiana. Desde muy pequeña mostró una inclinación natural por cantar, bailar y actuar.
Su infancia estuvo marcada por una combinación de disciplina y entusiasmo. Ingresó muy joven a escuelas de música y actuación, donde comenzó a desarrollar habilidades que más tarde la convertirían en una artista integral.
La adolescencia fue el periodo en que su vocación tomó forma definitiva. Participó en grupos musicales juveniles y comenzó a relacionarse con productores y compositores.
Aquellos primeros pasos fueron fundamentales para forjar el carácter profesional que la acompañaría durante toda su carrera.
El salto a la fama y la construcción de un estilo
El verdadero despegue llegó cuando se integró al grupo Timbiriche, uno de los proyectos musicales más importantes de México en los años ochenta.
Al iniciar su carrera como solista apostó por un pop colorido y fresco que conectara con el público juvenil. Sus primeros discos mostraron una imagen alegre y llena de energía.
Poco a poco fue afinando su identidad musical. Combinó ritmos bailables con baladas románticas y logró construir un repertorio propio.
Su nombre comenzó a sonar con fuerza en toda América Latina y la joven cantante mexicana se transformó en una figura central del espectáculo.
La televisión como segunda gran conquista
Paralelamente a la música, Thalía encontró en la actuación otra vía para consolidar su popularidad. Su participación en telenovelas marcó un antes y un después en su trayectoria.
Producciones como “María Mercedes”, “Marimar” y “María la del Barrio” la convirtieron en un fenómeno internacional.
Gracias a esas historias televisivas, dejó de ser solo una cantante mexicana para transformarse en una figura global.
El éxito televisivo impulsó aún más su carrera musical y amplió su presencia en decenas de países.
Una carrera que supo renovarse
Con el paso del tiempo, Thalía comprendió que el secreto de la permanencia estaba en la renovación constante. Fue explorando nuevos sonidos y colaborando con distintos productores.
Álbumes como “Arrasando”, “El sexto sentido” y “Habítame siempre” confirmaron su versatilidad artística.
Además de la música y la actuación, desarrolló una faceta empresarial que amplió su presencia pública.
Supo conectar con nuevas generaciones a través de colaboraciones y del uso inteligente de las plataformas digitales.
Un legado de alegría y constancia
Después de más de tres décadas de trayectoria, Thalía se ha consolidado como una de las figuras más reconocidas del espectáculo latino.
Su historia demuestra que el éxito duradero se construye con talento, disciplina y pasión.
Ha vendido millones de discos y ha protagonizado proyectos que dieron la vuelta al mundo.
Hoy es recordada como una artista integral que supo convertir el pop en fantasía y en un lenguaje universal.
Que Será De Ti.
Tómame O Déjame.
No Soy El Aire.
GLORIA TREVI: EL GRITO QUE APRENDIÓ A VOLVER A CANTAR




Historia de una artista que convirtió la provocación en identidad musical
Infancia inquieta y primeros sueños
Gloria de los Ángeles Treviño Ruiz nació en Monterrey en 1968 dentro de una familia común del norte de México. Desde muy pequeña mostró un temperamento distinto al de las niñas de su generación: hablaba fuerte, imaginaba historias y sentía una atracción casi natural por los escenarios.
Su adolescencia estuvo marcada por una mezcla de disciplina y rebeldía. Muy joven tomó la decisión de mudarse a la Ciudad de México con la intención firme de abrirse camino en el mundo del espectáculo.
En esos años de aprendizaje comenzó a entender que el talento por sí solo no era suficiente. Trabajó duro, tocó puertas y aprendió a moverse en un medio competitivo.
El encuentro con personas clave de la industria musical le permitió dar los primeros pasos profesionales. Ahí empezó a gestarse la figura pública de Gloria Trevi, una joven decidida a cantar sin pedir permiso.
El nacimiento de una estrella irreverente
A finales de los años ochenta apareció ante el público una cantante que rompía con todos los moldes del pop mexicano. Su propuesta no se parecía a la de ninguna otra artista.
Sus primeras canciones mostraron una voz rasposa y una actitud escénica cargada de energía. Gloria Trevi entendió desde el inicio que su fuerza estaba en la provocación inteligente.
El éxito llegó de manera acelerada. Sus presentaciones se llenaban y su imagen se volvió inconfundible dentro de la música latina.
En pocos años dejó de ser una promesa para convertirse en un fenómeno popular que marcó a toda una generación.
Canciones que marcaron una época
La obra musical de Gloria Trevi se construyó a partir de discos que definieron el pop latino de los noventa. Temas como “Dr. Psiquiatra”, “Pelo suelto”, “Zapatos viejos” y “Me siento tan sola” se convirtieron en himnos generacionales.
Sus álbumes iniciales ofrecieron un estilo fresco y sin complejos. Las letras conectaron con un público que buscaba algo más que melodías románticas tradicionales.
Además de la música, exploró el cine y la televisión, ampliando su presencia en toda América Latina.
Aquella etapa la consolidó como una de las artistas más influyentes de su tiempo y como un referente cultural.
El derrumbe personal y el silencio forzado
A finales de los años noventa su vida se vio envuelta en un proceso legal que la apartó de los escenarios y de la vida pública. De ser una estrella admirada pasó a enfrentar años de incertidumbre.
Su carrera quedó suspendida y su nombre se asoció a noticias que poco tenían que ver con la música.
Cuando finalmente recuperó la libertad, regresó en busca de los escenarios con la determinación de empezar de nuevo.
El silencio obligado se transformó en una nueva fuerza creativa que marcaría su segunda etapa artística.
El regreso, la madurez y un nuevo legado
La segunda etapa de su carrera comenzó con un proceso de reinvención personal y profesional. Gloria Trevi volvió con canciones más reflexivas y espectáculos más elaborados.
En esta nueva fase surgieron éxitos como “Todos me miran”, “Cinco minutos” y “No querías lastimarme”, que confirmaron su vigencia.
Realizó giras internacionales y conquistó a nuevas generaciones de seguidores sin perder su esencia.
Hoy es reconocida como una figura imprescindible de la música en español y como un símbolo de resistencia y transformación personal.
(By Notas de Libertad).
Como Yo Te Amo.
Con Los Ojos Cerrados.
No Querías Lastimarme.

López Rega: El peronismo y la Triple A
De: Marcelo Larraquy
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Resumen.
EL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ AL ESTADO EN SOMBRA
Recapitulación completa del libro de Marcelo Larraquy sobre José López Rega y la Triple A
De un policía anónimo al círculo íntimo del poder
Marcelo Larraquy inicia su obra reconstruyendo los orígenes de José López Rega, un hombre que durante años pasó casi inadvertido en la vida pública argentina. Hijo de una familia modesta, se incorporó joven a la Policía Federal y desarrolló una carrera sin brillo, marcada más por la rutina que por los méritos. Nada hacía pensar que aquel suboficial silencioso terminaría convertido en una de las figuras más influyentes y temidas del país.
El libro relata cómo, paralelamente a su trabajo policial, López Rega fue desarrollando un profundo interés por el esoterismo, la astrología y las prácticas místicas. Esos rasgos terminarían siendo fundamentales para entender su personalidad y su manera de relacionarse con el poder.
El punto decisivo de su vida llegó cuando logró acercarse a Isabel Martínez, quien más tarde sería esposa de Juan Domingo Perón. Gracias a esa relación, logró ingresar al reducido círculo que rodeaba al líder peronista durante su exilio en España.
A partir de ese momento comenzó un ascenso vertiginoso. Cuando Perón regresó definitivamente a la Argentina en 1973, López Rega volvió junto a él, ya transformado en un hombre clave dentro del entorno familiar.
El regreso del peronismo y la construcción de un feudo personal
Con el retorno del peronismo al gobierno, López Rega fue nombrado ministro de Bienestar Social. Ese cargo se convirtió en la base desde la cual edificó su influencia y su poder político.
El autor describe cómo utilizó el presupuesto estatal para crear una red de dependencias y alianzas personales. Su oficina se transformó en un verdadero centro de decisiones políticas.
Mientras tanto, el país vivía una creciente polarización. En ese clima, López Rega se presentó como el defensor del orden frente a lo que consideraba amenazas subversivas.
Muchos dirigentes históricos comenzaron a ser desplazados o marginados. Poco a poco, el ministro dejó de ser un simple colaborador para transformarse en un verdadero conductor político detrás del trono.
El nacimiento de la Triple A y la violencia clandestina
El núcleo del libro está dedicado a la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, la organización conocida como la Triple A. Desde el Ministerio de Bienestar Social se impulsó un aparato parapolicial destinado a combatir a la izquierda por fuera de la ley.
La Triple A fue una estructura organizada que contó con financiamiento estatal y participación de fuerzas de seguridad. Su misión era intimidar y eliminar a quienes fueran considerados enemigos del gobierno.
El libro detalla numerosos casos de amenazas, atentados y asesinatos que sembraron el terror en la sociedad argentina.
Queda claro en el relato que López Rega fue el principal impulsor de esa organización y de la violencia sistemática.
Tras la muerte de Perón: el poder absoluto
Cuando Juan Domingo Perón murió en 1974, Isabel Martínez asumió la Presidencia. Desde entonces, López Rega alcanzó la cúspide de su influencia política.
El libro describe un escenario donde un solo hombre concentraba un poder desmedido y controlaba decisiones claves del Estado.
La inflación, los conflictos laborales y la violencia política creaban un clima de inestabilidad permanente.
Las tensiones con las Fuerzas Armadas y con sectores sindicales crecieron hasta volverse insostenibles.
El derrumbe y la huella que dejó
La última parte de la obra relata la caída de López Rega. Ante la presión social fue obligado a abandonar su cargo y salir del país en 1975.
Aunque se fue al exilio, la Triple A continuó actuando y el clima de represión no se detuvo.
El aparato creado por López Rega fue un antecedente directo del terrorismo de Estado que vendría después.
Larraquy concluye que su paso por el poder abrió una etapa oscura cuyos efectos marcaron a varias generaciones.
Sobre el autor.
EL PERIODISTA QUE CONVIRTIÓ LA HISTORIA RECIENTE EN NARRACIÓN
Retrato biográfico y bibliográfico del escritor e investigador argentino Marcelo Larraquy
Un reportero que eligió mirar donde otros callaban
Marcelo Larraquy nació en Buenos Aires en 1965 y se formó como periodista en una Argentina todavía atravesada por las heridas de la dictadura militar. Desde muy joven comprendió que su vocación no sería la noticia efímera, sino la investigación profunda de los hechos que marcaron al país.
A diferencia de muchos cronistas de su generación, decidió no quedarse en la superficie de la coyuntura. Eligió revisar archivos, entrevistar protagonistas y reconstruir procesos completos. Esa decisión lo llevó a transformar el periodismo en una herramienta para explicar la historia reciente.
Con el tiempo se convirtió en una referencia obligada para entender los años más convulsos de la Argentina contemporánea. Sus libros comenzaron a llenar vacíos de información y a ordenar episodios que durante décadas habían sido contados de manera fragmentaria.
Cada obra suya fue sumando piezas a un gran rompecabezas nacional, convirtiéndolo en uno de los narradores más sólidos del pasado político reciente.
De la redacción al libro: el nacimiento de un investigador
La transición de Larraquy del periodismo cotidiano a la escritura de libros fue natural. Descubrió que ciertos temas no podían explicarse en una nota breve y que necesitaban investigaciones extensas.
Así nació su primera gran obra: “López Rega: el peronismo y la Triple A” (2004), un trabajo fundamental para comprender la violencia política previa al golpe militar de 1976.
Luego llegaron títulos decisivos como “Galimberti: de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA” (2000) y “Fuimos soldados” (2006), investigación sobre la guerra de Malvinas escrita junto a Roberto Caballero.
Cada nuevo libro amplió su prestigio y confirmó su lugar como investigador riguroso y narrador de los episodios más complejos de la historia argentina.
Un autor que fue construyendo una obra sólida
Con los años, Marcelo Larraquy desarrolló una bibliografía extensa y diversa. Publicó “Marcados a fuego” (2007), donde investigó la violencia política de los años setenta.
Más tarde apareció “El dueño” (2010), un análisis del poder económico y mediático, y “Recen por él” (2015), dedicado a la figura del papa Francisco y su relación con la política argentina.
También escribió “Argentina. Un siglo de violencia política” (2017), ambiciosa mirada sobre los conflictos del siglo XX, y “La guerra invisible” (2021), centrado nuevamente en Malvinas.
En cada obra fue perfeccionando su capacidad para unir investigación histórica y narración periodística accesible para el gran público.
Un estilo que convirtió la historia en relato
Uno de los mayores méritos de Larraquy es su manera de escribir. Sus libros se ubican entre la investigación académica y la crónica periodística, combinando rigor y claridad.
Su método de trabajo se basa en entrevistas, revisión de archivos y reconstrucción paciente de contextos. Luego organiza todo ese material en relatos ágiles y bien estructurados.
Gracias a ese estilo logró que temas difíciles como la represión ilegal o las internas del peronismo fueran comprendidos por miles de lectores.
Para él, contar bien la historia es también una forma de compromiso con la verdad y con la memoria colectiva.
Un intelectual comprometido con la memoria
La trayectoria de Marcelo Larraquy puede leerse como un esfuerzo continuo por iluminar el pasado reciente argentino. Cada libro suyo dialoga con los anteriores y amplía el mapa de comprensión del país.
Su obra ha permitido que nuevas generaciones conozcan episodios que durante mucho tiempo permanecieron confusos o distorsionados.
Con una mirada crítica pero equilibrada, se ha convertido en uno de los cronistas fundamentales de la Argentina moderna.
Hoy es reconocido como un autor imprescindible para entender el peronismo, la violencia política y las transformaciones del poder en las últimas décadas.
(By Notas de Libertad).





El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (4/10)
Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga
Continúa de La Leyenda 63…
La vida que se abre paso
Dos años de madurez política, el nacimiento de un hijo y el aprendizaje de gobernar con serenidad
El nacimiento que cambia el ritmo
El nacimiento del primer hijo de Héctor Beltrán Aguirre llegó una mañana tranquila, casi en silencio, como si la vida hubiera decidido imponer una pausa en medio del torbellino político. Durante meses la agenda había marcado cada minuto de su tiempo, pero ese día nada tuvo prioridad mayor que acompañar a Eugenia en un momento que los dos habían imaginado muchas veces y que ahora se volvía real. El hospital sustituyó por unas horas a las oficinas y a las reuniones interminables, y el poder, por primera vez en mucho tiempo, quedó en segundo plano.
Tomar al niño entre sus brazos fue una experiencia que no cabía en ningún discurso público. Héctor entendió que ningún cargo, por alto que fuera, podía competir con esa sensación nueva de responsabilidad íntima. Mientras afuera seguían los problemas, las llamadas y los pendientes, adentro todo se redujo a un latido, a un nombre y a un futuro que comenzaba a escribirse.
El equipo respetó ese espacio con una discreción poco común en la política. No hubo presiones ni mensajes urgentes. Todos comprendieron que aquel momento pertenecía a otra dimensión, más profunda y más duradera que cualquier coyuntura. El nacimiento se volvió un punto de equilibrio en medio de la exigencia institucional.
Desde ese día, la forma de mirar el poder cambió para Héctor. Gobernar dejó de ser únicamente administrar conflictos y se convirtió también en cuidar un mundo personal que crecía. El reloj político siguió avanzando, pero ya no marcó el mismo compás dentro de su vida.
Dos años al frente de la Secretaría
Los dos años siguientes al frente de la Secretaría General de Gobierno transcurrieron entre acuerdos delicados y decisiones complejas que exigían temple y paciencia. Héctor había aprendido que el gobierno no se sostiene con declaraciones, sino con trabajo constante y con la capacidad de escuchar incluso a quienes piensan distinto. Cada semana traía un problema nuevo y cada problema obligaba a afinar el método.
Las giras por el estado se volvieron rutina. Municipios grandes y pequeños, comunidades alejadas, reuniones con sectores productivos y mesas de diálogo con grupos inconformes. Héctor recorrió el territorio varias veces, construyendo relaciones que no se basaban en el aplauso sino en la confianza. Aquellos viajes le dieron una visión más amplia de la realidad del estado.
El despacho funcionaba como un mecanismo preciso. Las decisiones se tomaban con información completa y con el respaldo de un equipo que ya se conocía de memoria. Los conflictos se atendían de frente y las soluciones se construían sin estridencias. Gobernar se había vuelto un oficio más que una aventura.
Con los meses, Héctor dejó de ser visto como una apuesta generacional y empezó a ser reconocido como un operador sólido, de decisiones firmes y resultados comprobables. Esa madurez fue reconocida incluso por adversarios y abrió nuevas puertas dentro y fuera del gobierno.
Equilibrar familia y responsabilidad pública
El nacimiento del hijo obligó a reorganizar tiempos y prioridades. Héctor descubrió que también se puede gobernar sin sacrificar cada instante personal. Empezó a cuidar espacios familiares que antes cedía sin pensarlo y a entender que la política no necesita devorarlo todo para ser eficaz.
Hubo noches en que regresó tarde a casa con el peso de una negociación difícil y encontró en la cuna una razón para volver a empezar al día siguiente. Esos momentos domésticos le dieron otra perspectiva sobre los conflictos públicos y le enseñaron a relativizar la urgencia permanente.
Eugenia se convirtió en un sostén fundamental, no como figura pública sino como compañera cotidiana. Su mirada serena ayudó a Héctor a mantener los pies en la tierra cuando la presión política amenazaba con desbordarlo. La familia comenzó a ser un contrapeso necesario frente al poder.
Ese equilibrio nuevo no lo hizo menos firme, sino más consciente. Aprendió que un gobierno estable se construye también con gobernantes que saben cuidar su vida personal. La paternidad se volvió una lección política silenciosa pero profunda.
El oficio que se aprende por dentro
Durante ese periodo, Héctor Beltrán Aguirre comprendió que gobernar no se aprende en los discursos ni en los manuales, sino en los pasillos, en las reuniones tensas y en las decisiones que nadie quiere tomar. El cargo de secretario le enseñó que la política real es menos espectacular de lo que parece y mucho más exigente de lo que se imagina.
Cada problema que llegaba a su escritorio traía detrás historias humanas complejas, intereses legítimos y otros no tanto. Héctor descubrió que la tarea principal de un funcionario no es imponer su voluntad, sino encontrar equilibrios posibles sin renunciar a la legalidad ni al sentido común.
Aprendió también que el poder se administra mejor cuando se escucha más de lo que se habla. Las soluciones más firmes nacían casi siempre de conversaciones largas y pacientes, no de órdenes apresuradas. Ese aprendizaje cotidiano fue moldeando su carácter público.
Con el tiempo dejó de preocuparse por la imagen y empezó a concentrarse en los resultados. Entendió que el respeto no se exige: se construye con coherencia y con la capacidad de resolver problemas sin necesidad de levantar la voz.
Señales de un nuevo ciclo
Con el paso de los meses comenzaron a aparecer señales de que una etapa estaba por cerrarse. El gobernador Vicente Díaz Cueto hablaba cada vez más de la necesidad de fortalecer al partido y de preparar la siguiente fase política, venía la elección intermedia del Congreso del Estado y los Municipios. Eran comentarios sueltos, pero cargados de intención.
En reuniones privadas se mencionaba la importancia de contar con una dirigencia partidista capaz de sostener lo construido en el gobierno. Héctor escuchaba con atención, consciente de que esas conversaciones no eran casuales.
No había todavía una propuesta formal, pero sí un ambiente de transición. El propio Héctor sentía que el ciclo en la Secretaría estaba llegando a su punto de madurez y que pronto vendría otra responsabilidad.
La política, como la vida, funciona por tiempos. Y el tiempo empezaba a sugerir un movimiento que todavía no se nombraba en voz alta.
Antesala de una conversación decisiva
Héctor sabía que ninguna carrera política avanza por casualidad. Las decisiones importantes se cocinan con paciencia y se anuncian cuando están listas. Intuía que el gobernador estaba por plantearle un cambio de rumbo que alteraría nuevamente su camino.
Las invitaciones a tomar café, las charlas sin agenda y los comentarios sobre el futuro del partido comenzaron a multiplicarse. No eran presiones, sino señales de confianza que anunciaban una conversación más profunda.
Mientras tanto, él siguió trabajando con normalidad, concentrado en cerrar pendientes y en mantener la estabilidad institucional. No quería anticiparse a nada ni dejar tareas inconclusas por especulaciones.
La vida familiar había traído serenidad y el gobierno había dado experiencia. Faltaba solo una plática larga con el gobernador para definir el siguiente capítulo de la historia.
El partido que se quedó sin dueño
La crisis interna que amenaza al gobierno y obliga a Héctor a aceptar la tarea más incómoda
El triunfo que reveló una fragilidad
La victoria de Vicente Díaz Cueto como gobernador había sido clara, trabajada y celebrada. Durante la campaña todo pareció funcionar con precisión: estrategia, disciplina, mensaje y operación territorial. Héctor Beltrán Aguirre coordinó ese esfuerzo con método y constancia, y el resultado confirmó que el proyecto político estaba vivo.
Pero apenas pasó la euforia electoral apareció un problema que nadie quiso ver a tiempo. El presidente del partido, Efraín Justo Juárez, fue propuesto para ocupar la fiscalía general del Estado. La decisión era lógica y políticamente impecable, pero dejó un vacío delicado.
Al irse él, la dirigencia quedó en manos de la secretaria general, Zoila Concha de la Llanta, conocida en el ambiente político como “la Toperwer”, Era conocida así en el ambiente político porque durante años se había dedicado a la venta y distribución de productos plásticos para el hogar tipo Tupperware, actividad que le dio redes, clientela y un estilo muy particular de hacer política: reuniones caseras, eventos sociales y trato directo con la gente. El apodo no nació como burla, sino como una forma coloquial de identificar su origen comercial y su manera de construir liderazgo. Lo que parecía un relevo administrativo terminó convirtiéndose en un naufragio institucional.
El gobierno había ganado la elección, pero el partido entró en una zona de abandono que muy pronto comenzaría a costarle credibilidad pública y presencia territorial.
El naufragio llamado “Toperwer”
Zoila tenía habilidad para las relaciones públicas y gusto por los eventos sociales. Lo que no tenía era vocación para la organización política. Le interesaban más las reuniones que las asambleas; más las fotos que los padrones; más la vida pública que la estructura partidista.
El partido comenzó a funcionar por pura inercia. Los comités municipales dejaron de recibir atención, las oficinas se abrieron cada vez menos y la militancia dejó de ser convocada con seriedad. El trabajo territorial se convirtió en recuerdo. Las anécdotas empezaron a correr como chispazos de comedia involuntaria. Primero eran cuentos de sobremesa: reuniones del comité que se suspendían porque la dirigente no llegaba; eventos solemnes que terminaban convertidos en convivios improvisados; giras que salían como actos políticos y regresaban como fiestas de barrio. Hubo una ocasión, ya casi legendaria, en que se convocó a una asamblea estatal “de urgencia”. Llegaron delegados de la mayoría de los municipios, se acomodaron banderas, se sirvió café… y la dirigente apareció dos horas tarde, con un pastel bajo el brazo, convencida de que aquello era un cumpleaños. Nadie supo si reír o preocuparse. Se rieron primero. Se preocuparon después.
Al principio esas historias provocaban carcajadas y comentarios maliciosos. Con el tiempo dejaron de ser graciosas. El partido empezó a verse más como un salón de fiestas que como una estructura política. La militancia se fue alejando, los comités se quedaban cerrados y la imagen pública se llenó de bromas que ya no tenían nada de inocentes. Lo que nació como estilo festivo terminó convertido en desorden permanente, y ese desorden empezó a pasarle factura al gobierno y a la marca del partido.
Mientras el gobierno avanzaba con relativa estabilidad, el partido se desmoronaba ante los ojos de todos, sin que nadie se atreviera a ponerle freno.
Las encuestas que encendieron las luces rojas
El gobernador pidió mediciones para conocer el clima político real. Los resultados fueron alarmantes: la administración de Díaz Cueto aparecía con buena calificación, pero el partido estaba por los suelos. La gente aprobaba al gobierno y rechazaba a su organización.
Los informes internos confirmaban el desastre: comités cerrados, estructuras desmanteladas, militancia desmotivada y ausencia total de estrategia electoral. En varios municipios el partido era solo un cascarón sin vida propia.
La dirigencia nacional comenzó a enviar advertencias cada vez más severas. El mensaje era claro y directo: si el partido no se recomponía con rapidez, el siguiente proceso electoral corría un riesgo serio.
La frase que más inquietó al gobernador fue contundente: “Se puede perder si nadie hace algo pronto”. Esa advertencia terminó por precipitar las decisiones.
La plática que nadie quería tener
Ante ese escenario, Vicente Díaz Cueto llamó a Héctor a su despacho. No hubo formalidades ni rodeos. El gobernador le explicó la gravedad del momento y fue al punto: necesitaba que se hiciera cargo del partido para rescatarlo de la crisis.
Para Héctor la propuesta no era cómoda. Dejar la Secretaría General de Gobierno para ir a dirigir un partido desprestigiado no sonaba a ascenso, sino a problema mayor. Pero también sabía que sin partido no había proyecto político que resistiera.
Aceptó, pero puso una condición: libertad absoluta para integrar un comité que funcionara de verdad, sin imposiciones ni cuotas de grupo que reprodujeran los vicios del pasado.
El gobernador respondió sin titubeos: “Toda la libertad. Solo te pido una cosa: no incluyas a Álvaro Cruz. Tengo pensado otro espacio para él”. Con ese acuerdo quedó sellado el reto.
Armar un equipo para levantar ruinas
Héctor sabía que el partido no necesitaba discursos nuevos, sino operadores serios. Lo primero fue llamar a Rosaura Mejía para que aceptara ser la fórmula en la Secretaría General del partido. Su disciplina y carácter eran indispensables para poner orden donde reinaba el desorden. Ella acepta, pero deja la Diputación Federal para estar de tiempo completo.
Convocó a Lito Vargas para encargarse de la Secretaría de Organización, eje central del trabajo territorial, y a Tomás Aguilera para asumir los asuntos electorales, tarea clave para reconstruir padrones, comités y estructuras municipales.
En el área juvenil se hizo un movimiento estratégico. María López, dirigente estatal de los jóvenes, ya tenía un liderazgo propio dentro del partido y se integró al equipo cercano por su relación de confianza con Claudia Treviño.
La propia Claudia Treviño, desde su responsabilidad como coordinadora de los diputados locales, asumió la Secretaría de Asuntos Legislativos del partido, para garantizar que la agenda del Congreso y la vida partidista volvieran a caminar juntas.
La renuncia que todos esperaban
La presión sobre Zoila Concha de la Llanta se volvió insostenible. Los escándalos públicos, el abandono del partido y las malas evaluaciones internas terminaron por cerrarle cualquier salida política digna.
Su renuncia llegó como una noticia sorpresiva en la forma, pero inevitable en el fondo. Apenas se publicó la convocatoria para renovar la dirigencia, quedó claro que el ciclo de “la Toperwer” había terminado definitivamente.
El partido necesitaba algo más que un cambio de nombre: requería un rescate completo, una cirugía profunda que devolviera credibilidad, orden y rumbo. Héctor entendió la magnitud del desafío que estaba aceptando.
Recibía una organización desmantelada, sin estructura y sin ánimo. Pero también sabía que, si lograba levantarla, estaría construyendo el cimiento del futuro político del proyecto. El partido estaba en ruinas, y a él le tocaba reconstruirlo.
El regreso del partido
La asamblea que devuelve la esperanza y el día en que una institución aprende a empezar de nuevo
La convocatoria que cambió el ánimo
La publicación de la convocatoria para elegir nueva dirigencia estatal no fue un trámite administrativo. Fue un mensaje político. Después de meses de escándalos, comités cerrados y militancia dispersa, el simple anuncio de que habría un proceso formal encendió algo que parecía apagado: la sensación de que el partido volvía a pertenecerle a su gente.
En los municipios la noticia corrió más rápido que cualquier comunicado. Volvieron a abrirse oficinas, reaparecieron viejos militantes y empezaron a organizarse reuniones espontáneas. No había discursos todavía, pero sí un movimiento silencioso que decía más que cualquier declaración pública: el partido respiraba de nuevo.
Héctor Beltrán Aguirre asumió la etapa con prudencia. Sabía que el entusiasmo inicial podía ser engañoso. No se trataba de ganar una asamblea, sino de reconstruir una institución. Por eso evitó promesas grandilocuentes y se concentró en un mensaje simple: orden, trabajo y respeto a la militancia.
La renuncia de Zoila Concha de la Llanta, conocida en el ambiente político como “la Toperwer”, llegó sin dramatismos pero con un enorme alivio interno. No hubo despedidas solemnes ni defensas apasionadas. El escenario quedó listo para empezar de verdad.
El ambiente de una fiesta contenida
El día de la asamblea estatal amaneció distinto. Desde temprano comenzaron a llegar delegaciones de todos los rincones del estado. No era una multitud ruidosa: era una militancia que regresaba.
En los pasillos se respiraba una mezcla de nervios y esperanza. No había acarreados ni invitados de último momento. Había caras conocidas que volvían a saludarse como si se reencontraran después de una larga ausencia. El partido, por primera vez en mucho tiempo, se parecía a sí mismo.
Héctor llegó temprano, sin comitiva aparatosa. Saludó uno por uno, caminó entre la gente y abrazó a quienes habían resistido los peores años. No necesitó discursos para darse cuenta de que algo profundo estaba ocurriendo.
El salón se llenó sin empujones. No hubo gritos de consigna ni porras artificiales. Lo que dominó fue una calma expectante, como si todos supieran que estaban a punto de presenciar un reinicio histórico.
La elección que no necesitó imponerse
Cuando inició formalmente la asamblea, quedó claro que no habría sobresaltos. El proceso fue transparente, ordenado y breve. No hubo necesidad de presiones ni de operaciones ocultas. La candidatura de Héctor no era un capricho de cúpula: era una decisión asumida por la base.
Los oradores hablaron de reconstrucción, de trabajo territorial y de recuperar la dignidad partidista. Nadie mencionó los excesos del pasado reciente. No hacía falta. El simple contraste con la presente era suficiente.
La votación fue casi un trámite emocional. Delegados de municipios pequeños y dirigentes históricos coincidieron en un mismo sentido. Cuando se anunció el resultado, no estalló un grito eufórico: se levantó un aplauso largo y profundamente sincero.
Héctor fue declarado presidente estatal del partido no por aclamación forzada, sino por consenso natural. No llegaba para imponerse. Llegaba para reconstruir.
Las nuevas manos que se suman
Con la elección consumada, comenzó la integración formal del nuevo comité estatal. A la estructura ya delineada se incorporaron tres mujeres que aportarían experiencia y equilibrio al proyecto.
Karla Malacara González empresaria y presidenta del comité municipal de la capital, asumió la Secretaría de Finanzas del partido. Su perfil administrativo y su disciplina organizativa daban certeza a un área que había sido caótica.
Gertrudis García Morelos tomó la Secretaría de Gestión y Relaciones Institucionales. Su conocimiento territorial y su capacidad de diálogo la convertían en puente natural entre el partido y los liderazgos regionales.
Victoria Pacheco Arista se integró como secretaria particular de la presidencia. Ella venía de ser asistente de Hector desde su paso por el Congreso. Con ellas, el comité dejó de ser un grupo improvisado y comenzó a verse como una estructura plural y seria.
La transición silenciosa con el gobierno
Mientras el partido celebraba su nueva etapa, en el gobierno se movían piezas fundamentales. Álvaro Cruz, ya diputado federal, había recibido la invitación del gobernador para incorporarse al gabinete en sustitución de Héctor.
Juan Carlos Águila González permaneció en la Secretaría General de Gobierno, garantizando continuidad institucional. Emilio Nájera continuaba como subsecretario de Desarrollo Social, consolidando la presencia del equipo y siendo un vínculo importante para la gestión partidaria.
La transición se realizó sin sobresaltos ni disputas. No hubo rupturas ni golpes de timón. Cada quien ocupó su nuevo espacio con naturalidad.
Ese equilibrio fue clave para que el arranque partidista no se convirtiera en una crisis política.
El primer día de una nueva historia
El primer día de Héctor como presidente del partido no tuvo ceremonia especial. Solo una oficina abierta desde temprano y un puñado de reuniones que marcaron el tono de lo que vendría.
Se revisaron padrones, se programaron giras y se estableció una regla sencilla: ningún municipio volvería a sentirse abandonado.
El partido no sería un edificio en la capital, sino una red viva en todo el estado.
Esa tarde, al cerrar la jornada, Héctor tuvo la certeza de que lo más difícil apenas comenzaba.
El día que algo se quebró
La semana final de la campaña y la reunión inesperada que cambia el clima político
Un fin de semana a todo ritmo
El sábado y el domingo previos a la elección fueron jornadas intensas para Héctor Beltrán Aguirre. Recorrió varios municipios acompañando cierres de campaña, saludando equipos locales y revisando los últimos detalles operativos. Todo parecía transcurrir dentro de la normalidad de un proceso electoral competitivo, con el cansancio natural de los días finales pero con el ánimo relativamente estable.
Las reuniones se sucedían una tras otra. En cada evento se repetían los discursos de cierre, las fotografías obligadas y los mensajes de confianza. Nadie hablaba de problemas mayores. Las encuestas internas marcaban tendencias conocidas y el partido se preparaba para una elección difícil, pero manejable.
Héctor regresó a casa la noche del domingo con la sensación de haber cumplido una etapa importante. Había visto a la estructura funcionar, a los candidatos movilizarse y a los comités municipales responder con disciplina. Todo indicaba que la recta final transcurriría sin sobresaltos extraordinarios.
Nada hacía pensar que ese fin de semana sería el último momento de calma antes de un giro inesperado. La política, sin embargo, tiene la costumbre de cambiar de tono cuando menos se espera, y ese cambio estaba a punto de manifestarse de manera abrupta.
La llamada hasta el sur del estado
El lunes comenzó con agenda normal. Héctor se encontraba en el sur del estado atendiendo reuniones de última hora y afinando detalles logísticos para el cierre de actividades. Era un día más dentro de la rutina electoral, cargado de pendientes pero sin señales de alarma.
A media mañana recibió una llamada del secretario general de gobierno, Jaime Cruz. No fue un mensaje protocolario ni una invitación abierta. El tono fue directo y breve: se requería su presencia inmediata en la capital para una reunión urgente. No hubo explicaciones adicionales.
Héctor entendió de inmediato que no se trataba de un asunto menor. Canceló el resto de sus actividades, pidió organizar el regreso y salió del municipio sin dar mayores detalles a quienes lo acompañaban. En política, las reuniones verdaderamente urgentes nunca se anuncian con cortesía.
Durante el trayecto de regreso repasó mentalmente escenarios posibles. Nada de lo ocurrido en los días previos parecía justificar una convocatoria de esa naturaleza. La incertidumbre comenzó a instalarse como una sombra que lo acompañó todo el camino.
Una reunión fuera de agenda
Llegando al palacio de Gobierno de inmediato se dirigió a la oficina del Jaime Cruz. Héctor entró solo, sin asesores ni acompañantes, y fue recibido de manera directa. No hubo introducciones largas ni rodeos innecesarios. Las palabras fueron medidas y el ambiente, inusualmente serio.
Quienes se encontraban en las oficinas percibieron que algo distinto estaba ocurriendo. No era una cita ordinaria de coordinación política. El rostro de Jaime Cruz y la premura del encuentro revelaban que el asunto tratado superaba la dinámica cotidiana del proceso electoral.
Al salir, Héctor mantuvo el silencio. Agradeció, se despidió con rapidez y pidió que lo llevaran de inmediato a la sede del partido. No hizo comentarios en el trayecto ni atendió llamadas. Su gesto había cambiado de manera evidente.
Los colaboradores más cercanos entendieron que no era momento de preguntas. En política hay silencios que pesan más que cualquier declaración, y aquel silencio anticipaba que se acercaba una situación delicada.
El regreso con otro semblante
De vuelta en el partido, Héctor pidió cancelar todas las actividades del resto del día. La agenda pública quedó suspendida sin explicaciones. La instrucción fue clara: convocar de urgencia a su equipo más cercano para una reunión inmediata.
La noticia corrió con rapidez por los pasillos. La secretaria particular Victoria Pacheco recibió a cada uno de los convocados ofreciendo agua o café, intentando mantener la calma habitual. Sin embargo, el ambiente ya no era el mismo de la mañana.
Fueron llegando Rosaura Mejía, secretaria general del partido; Lito Vargas, responsable de organización; Tomás Aguilera, de asuntos electorales; Karla Malacara, de finanzas; Gertrudis García Morelos, de gestión institucional; María López, dirigente juvenil; y Claudia Treviño, coordinadora legislativa.
Nadie conocía el motivo de la cita, pero todos percibían la gravedad del momento. El equipo que durante meses había trabajado con ritmo casi mecánico se encontró de pronto frente a una incertidumbre que no figuraba en ningún guion.
El equipo completo en espera
La sala de reuniones se llenó en pocos minutos. Cada uno tomó su lugar habitual, pero el ambiente distaba mucho de las juntas operativas de costumbre. No había carpetas sobre la mesa ni documentos para revisar. Solo miradas cruzadas y preguntas que nadie se atrevía a formular.
Algunos pensaron en problemas electorales de última hora; otros imaginaron conflictos internos o decisiones del gobierno que podían afectar la campaña. Las especulaciones crecían en silencio mientras esperaban la llegada de Héctor.
La disciplina del equipo evitó comentarios innecesarios. A pesar de la tensión, nadie levantó la voz ni buscó protagonismo. Cada uno comprendía que lo que estaba por comunicarse requería serenidad y prudencia.
La experiencia acumulada les decía que las reuniones urgentes suelen preceder a cambios importantes. Sin embargo, nadie imaginaba con claridad la dimensión de lo que estaba por escucharse.
Algo grave había pasado
Cuando Héctor entró finalmente a la sala, el silencio se volvió absoluto. Su expresión confirmaba que no se trataba de un simple ajuste de agenda ni de un problema menor. Tomó asiento, miró a cada uno de los presentes y pidió cerrar la puerta.
Agradeció la presencia inmediata de todos y reconoció el esfuerzo realizado durante la campaña. Después hizo una pausa larga, de esas que preparan el terreno para noticias difíciles. El equipo entendió que estaba a punto de hablar de algo verdaderamente serio.
Explicó que había sido convocado de urgencia por el secretario general de gobierno y que la conversación sostenida cambiaba por completo el escenario de los días siguientes. Héctor tomó aire con calma. Se quitó los lentes, los dejó a un lado y apoyó las manos sobre la mesa. No parecía nervioso, pero sí consciente del momento. Su rostro tenía esa mezcla de firmeza y preocupación que solo aparece cuando alguien sabe que va a comunicar una noticia importante.
Recorrió nuevamente la mesa con la mirada. Frente a él estaban años de trabajo compartido, lealtades probadas, historias comunes. Sabía que lo que iba a decir no era un asunto personal, sino una decisión que podía cambiar el rumbo de todos.
Entonces rompió el silencio con una frase simple y directa:
“Les voy a decir exactamente lo que está sucediendo y lo que va a pasar”.
En un pasado ya lejano…
El pueblo donde todo parecía sencillo
Cuatro jóvenes, dos hermanas, dos amigos y una amistad que nació antes de cualquier ambición
El lugar donde se conocen todos
En un rincón tranquilo del estado hay un pueblo que parece detenido en un tiempo amable. Calles cortas, plaza central, una iglesia antigua y un ritmo de vida donde casi todos se conocen por su nombre. Ahí, entre uniformes escolares y tardes calurosas, comenzó una historia que nadie imaginó importante.
Era un municipio pequeño, de familias de clase media trabajadora, donde la vida giraba alrededor de la escuela, las fiestas patronales y los partidos de futbol de fin de semana. Un lugar donde crecer no parecía un asunto complicado, sino un camino natural que se recorría casi sin pensarlo.
En ese escenario aparecieron cuatro jóvenes que con el tiempo se volvieron inseparables: las hermanas Gloria y Beatriz Palomar de la Cuesta, y los amigos Vicente Díaz Cueto y Alfonso Hernández Gómez. Nadie los veía como algo especial. Eran, simplemente, muchachos de secundaria con las mismas inquietudes que todos los demás.
Lo extraordinario de su historia no estaba en nada grandioso. Estaba en la normalidad con la que empezaron a compartirlo todo.
Amistades que nacen sin plan
Se conocieron en los pasillos de la escuela, entre tareas, exámenes y recreos. Gloria era aplicada y discreta; Beatriz más inquieta y ruidosa. Vicente tenía fama de responsable y buen estudiante; Alfonso era alegre, bromista y buen deportista.
No hubo un momento exacto que explicara la amistad. Simplemente comenzó a ocurrir. Coincidían en trabajos en equipo, se sentaban juntos en los festivales escolares y terminaban compartiendo el mismo grupo de amigos.
Pronto empezaron a volverse un pequeño círculo propio. Los cuatro caminaban juntos de regreso a casa, se reunían para estudiar y encontraban cualquier pretexto para pasar las tardes en la plaza del pueblo.
Eran hijos únicos los dos varones. Eso los hizo verse casi como hermanos adoptivos. En las casas de las hermanas Palomar siempre había un lugar para ellos, un plato extra en la mesa y una silla lista en las reuniones familiares.
Los primeros noviazgos
Con el paso de los años, la cercanía natural empezó a transformarse en algo más. En la secundaria, casi sin darse cuenta, nacieron dos noviazgos juveniles que parecían inevitables.
Vicente comenzó a salir con Gloria. Era una relación tranquila, de conversaciones largas y planes sencillos. Caminatas por la plaza, idas al cine del pueblo, pláticas interminables en las bancas del jardín.
Alfonso, en cambio, inició una relación con Beatriz, mucho más intensa y ruidosa. Donde Gloria era mesura, Beatriz era carácter. Donde Vicente era prudencia, Alfonso era impulso.
Los cuatro seguían siendo un mismo grupo, pero ahora divididos en dos parejas que se complementaban y, a veces, también se contrastaban.
Dos amigos que empiezan a ser distintos
Aunque Vicente y Alfonso compartían casi todo, poco a poco comenzaron a mostrar intereses muy diferentes. A Vicente le atraían los debates en clase, las materias de historia y las discusiones sobre justicia y política.
Le gustaba organizar, convencer, argumentar. Tenía una inclinación natural por el liderazgo, aunque todavía no supiera ponerle ese nombre. Alfonso, por su parte, prefería los números, los proyectos y los retos prácticos.
Le gustaba construir cosas, entender cómo funcionaban, competir en deportes y resolver problemas concretos. Uno empezaba a mirar hacia las leyes y las ideas. El otro hacia la ingeniería y el mundo tangible.
Esas diferencias no los alejaron. Al contrario: los hicieron más complementarios y reforzaron la amistad que ya parecía indestructible.
Dos hermanas que no se parecían
Entre Gloria y Beatriz ocurría algo parecido. Gloria era ordenada, prudente, de risa suave y carácter firme. No necesitaba llamar la atención para sentirse segura.
Le gustaba leer, ayudar en casa y planear con calma cada cosa. Beatriz era todo lo contrario: inquieta, impaciente, a veces caprichosa y siempre deseosa de destacar.
Tenía un encanto natural que la hacía el centro de cualquier reunión, pero también un temperamento difícil de contener. Se querían profundamente, pero ya empezaban a mostrar dos formas muy distintas de enfrentar la vida.
Nadie lo veía como un problema. Solo como parte natural de crecer y de descubrir quién era cada una.
La inocencia de un mundo pequeño
En ese tiempo todo parecía simple. Los cuatro creían que la vida seguiría siendo así: escuela, amigos, familia y pueblo. No había todavía ambiciones grandes ni planes extraordinarios.
Solo sueños normales de jóvenes que imaginan un futuro tranquilo y cercano. El mundo adulto estaba lejos. La política era una palabra ajena. El poder, algo que solo veían en las noticias.
Ellos eran, simplemente, cuatro muchachos construyendo recuerdos sin saber que algún día esos recuerdos tendrían otro significado.
Y así, entre risas, tareas y primeras responsabilidades, la adolescencia fue quedando atrás.
La preparatoria que lo cambia todo
El tiempo intermedio donde los sueños empiezan a tomar forma y las diferencias se vuelven visibles
La vida sigue en el mismo pueblo
La secundaria terminó sin sobresaltos y los cuatro amigos entraron juntos a la preparatoria del pueblo, una escuela pública pequeña donde casi todos se conocían por nombre y apellido. No hubo despedidas ni mudanzas. La vida siguió girando en los mismos parques, las mismas calles y las mismas costumbres.
En esa etapa comenzó a notarse que ya no eran niños. Los horarios cambiaron, las responsabilidades crecieron y las conversaciones dejaron de girar solo en torno a tareas o partidos de futbol. Aparecieron las primeras ideas sobre el futuro, aunque todavía sonaban lejanas.
Vicente y Alfonso seguían tan unidos como siempre. Ambos hijos únicos, se acompañaban en todo: trabajos escolares, entrenamientos, reuniones familiares y escapadas de fin de semana. Sus noviazgos con Gloria y Beatriz se volvieron parte natural del paisaje cotidiano del pueblo.
Las hermanas Palomar de la Cuesta también maduraban a su propio ritmo. Gloria seguía siendo tranquila y responsable, mientras Beatriz comenzaba a mostrar un carácter más impaciente y ambicioso. En la preparatoria esas diferencias, que antes parecían pequeñas, empezaron a hacerse más notorias.
Cuatro personalidades que crecen distinto
La preparatoria fue el primer escenario donde cada uno empezó a descubrir quién quería ser. Vicente destacaba por su facilidad para hablar en público, para organizar equipos y para involucrarse en actividades estudiantiles. Le atraían los debates y las lecturas políticas.
Alfonso, en cambio, encontraba su lugar en las materias exactas y en el deporte. Le gustaban los números, los mecanismos y la disciplina del entrenamiento. Era más reservado que Vicente, pero igual de leal y constante en sus amistades.
Gloria se inclinó pronto por las ciencias sociales. Le interesaban las clases de civismo y literatura, y empezaba a hablar de estudiar Derecho algún día. Era aplicada sin hacer ruido, siempre responsable y poco dada a los reflectores.
Beatriz miraba la vida desde otro ángulo. Le atraían las cosas elegantes, la moda, los viajes que veía en revistas y la idea de un futuro más sofisticado que el del pueblo. No era mala estudiante, pero su atención estaba puesta en horizontes más grandes.
Noviazgos que también maduran
Los noviazgos que habían nacido en la secundaria se consolidaron en la preparatoria. Vicente y Gloria formaban una pareja serena, casi predecible: estudio, familia, paseos sencillos y planes compartidos con los amigos.
Alfonso y Beatriz eran distintos. Se querían, pero tenían otro estilo de vida. A ella le gustaban los restaurantes más caros de la capital del estado, la ropa nueva, los planes que a veces rebasaban el presupuesto. Alfonso hacía esfuerzos por seguirle el paso.
Esas diferencias no provocaban pleitos abiertos, pero sí pequeñas tensiones silenciosas. Beatriz soñaba con un mundo más amplio; Alfonso prefería la estabilidad y la sencillez. Aun así, el cariño entre ellos parecía suficiente para mantener el equilibrio.
Entre los cuatro existía una amistad sólida. Salían juntos, estudiaban juntos y planeaban viajes cortos los fines de semana. El pueblo los veía como un grupo inseparable que crecía casi al mismo ritmo.
Los primeros sueños profesionales
Hacia el final de la preparatoria empezaron las preguntas inevitables: ¿qué estudiar?, ¿dónde hacerlo?, ¿quién se iría y quién se quedaría? Por primera vez el futuro dejó de ser una palabra lejana y se volvió una decisión concreta.
Vicente hablaba cada vez con más seguridad de estudiar Derecho y dedicarse a la política. Alfonso se inclinaba por la ingeniería, fascinado por la idea de construir cosas que se pudieran tocar y medir.
Gloria coincidía con Vicente en el interés por el Derecho. Imaginaba una vida profesional ordenada, quizá cerca de su familia. Beatriz, por su parte, comenzó a mencionar la arquitectura como una forma de diseñar el mundo que siempre había soñado.
En las sobremesas familiares y en las bancas de la plaza se discutían esas decisiones. Ninguno imaginaba todavía lo lejos que los llevarían, ni las vueltas que daría la vida en los años siguientes.
El final de una etapa tranquila
El último año de preparatoria fue una mezcla de nostalgia y expectativa. Se organizaron fiestas, viajes de generación y despedidas que parecían exageradas para un grupo que creía que siempre estaría junto.
El pueblo seguía siendo su refugio. Ahí estaban las familias, las historias compartidas y los recuerdos de una infancia que se resistía a terminar. Nadie quería decirlo en voz alta, pero sabían que todo estaba a punto de cambiar.
Las solicitudes de ingreso a universidades se convirtieron en tema central de conversación. Cada uno comenzó a trazar su propio camino, aunque todavía sin romper del todo el círculo que los había unido desde niños.
Con la graduación de preparatoria se cerró la etapa más estable de sus vidas. Lo que venía después ya no sería igual: nuevos rumbos, nuevas ciudades y decisiones que empezarían a marcar destinos diferentes.
Un amor sin condiciones
La relación que se vuelve certeza y la voluntad de complacer que empieza a definir destinos
Un noviazgo sin sobresaltos
Mientras la vida universitaria avanzaba y los cuatro amigos iban tomando rumbos cada vez más definidos, la relación entre Beatriz Palomar de la Cuesta y Alfonso Hernández Gómez parecía caminar por un carril distinto al de todos. Donde otros encontraban dudas, ellos encontraban costumbre. Donde aparecían discusiones, ellos respondían con acuerdos rápidos y silenciosos.
Alfonso estaba profundamente enamorado de Beatriz. No era un enamoramiento juvenil ni una pasión pasajera: era una devoción serena, constante, casi inquebrantable. Para él, complacerla no era un sacrificio, sino una forma natural de quererla. Aprendió pronto a leer sus gestos, a anticipar sus deseos y a entender sus silencios.
Beatriz, en cambio, disfrutaba de esa entrega con naturalidad. Estaba acostumbrada a que el mundo girara a su alrededor y Alfonso encajaba perfecto en ese esquema. Nunca lo exigió abiertamente, pero tampoco lo rechazó. Él hacía lo imposible por darle gusto, y ella aceptaba ese esfuerzo como algo casi lógico.
Esa dinámica se fue consolidando con los años. Mientras otras parejas discutían por proyectos, dinero o futuro, ellos parecían caminar sin tropiezos visibles. Nadie se preguntaba si aquello era equilibrio o dependencia. Simplemente se veía como un noviazgo sólido.
Los pequeños lujos cotidianos
A Beatriz le gustaban las cosas finas. Los restaurantes de moda, los viajes de fin de semana, la ropa elegante, los lugares exclusivos. No era un capricho ocasional: era su manera de entender la vida. Había crecido así y no estaba dispuesta a cambiarlo.
Alfonso no siempre podía seguirle el ritmo económico, pero hacía todo por intentarlo. Ajustaba gastos, aceptaba trabajos extra, posponía proyectos personales. Prefería sacrificar sus propias comodidades antes que decirle que no a un plan o a un antojo.
Entre ellos nunca se habló abiertamente de dinero. Beatriz asumía que Alfonso resolvería. Alfonso asumía que ese era su papel. Así fueron construyendo una relación donde el amor se expresaba en detalles materiales y en esfuerzos silenciosos.
Sus amigos los veían y pensaban que eran la pareja perfecta. Siempre juntos, siempre sonrientes, siempre estables. Nadie imaginaba que, detrás de esa armonía, se estaba tejiendo una forma muy particular de entender el poder dentro de una relación.
Dos mundos distintos
La diferencia con la relación de Vicente y Gloria era evidente. Mientras ellos hablaban de proyectos, lecturas y futuro profesional, Beatriz y Alfonso hablaban de planes inmediatos: la próxima salida, la próxima compra, el próximo viaje.
Eso no generaba fricciones entre los cuatro amigos. Al contrario, convivían con naturalidad. Pero las diferencias empezaban a ser notorias. Vicente y Gloria se movían con sencillez y prudencia; Alfonso y Beatriz con un gusto cada vez más marcado por lo vistoso.
Alfonso admiraba en silencio la disciplina de Vicente, pero no la imitaba. Su prioridad era otra: hacer feliz a Beatriz. Y en ese objetivo concentraba casi toda su energía emocional.
Beatriz, por su parte, veía a Gloria con un cariño fraternal, pero también con cierta distancia. No entendía del todo su estilo austero ni su forma tranquila de vivir. Para ella, la vida debía notarse, disfrutarse, exhibirse un poco.
El futuro imaginado
Conforme se acercaba el final de la universidad, Beatriz empezó a hablar de boda, de casa, de viajes. Tenía un futuro perfectamente dibujado en la cabeza y Alfonso aparecía en todos los escenarios como compañero incondicional.
Alfonso aceptaba esos planes con una mezcla de ilusión y vértigo. Sabía que cumplirlos no sería fácil, pero también sabía que no estaba dispuesto a renunciar a ella. Su vida giraba ya alrededor de ese proyecto compartido.
Entre ellos no había dudas, pero sí una verdad silenciosa: Beatriz marcaba el rumbo y Alfonso encontraba la forma de recorrerlo. Así habían aprendido a quererse y así pensaban seguir.
Los amigos, las familias y el pequeño pueblo daban por hecho que terminarían casándose. Eran, a los ojos de todos, una pareja destinada a durar para siempre.
Lo que nadie cuestionaba
Nadie se preguntaba si aquella relación era completamente equilibrada. Nadie dudaba del amor de Alfonso ni del afecto de Beatriz. Simplemente se aceptaba que así eran ellos y que así funcionaban.
En apariencia, todo estaba en orden. Dos jóvenes profesionales, enamorados, con planes y con futuro. Un noviazgo sin grandes conflictos y sin sobresaltos.
Pero a veces, lo que parece más estable es justamente lo que menos se examina. Y lo que no se examina a tiempo, termina definiendo muchas más cosas de las que uno imagina.
El tiempo, como siempre, sería el encargado de revelar hasta dónde podía sostenerse esa forma de quererse.
Continuará en La Leyenda 65…
(By Notas de Libertad).





































