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LA LEYENDA 61

El año que despierta sin pedir perdón

 

Un domingo que no inaugura: irrumpe

Este domingo no abre el año: lo sacude. No llega con campanas ni con promesas nuevas envueltas en papel limpio. Llega como llegan las verdades cuando ya no aceptan espera. El calendario avanza, sí, pero el país despierta con una vigilia más honda que la celebración. Hay algo en el aire que no se deja nombrar con brindis: una conciencia alerta, una herida que no cerró en diciembre, una pregunta que cruzó la frontera del año sin ser respondida.

No estamos empezando de cero. Estamos empezando con memoria.

 

El país que cruza el año cargando lo suyo

México entra a este nuevo tiempo sin desprenderse del peso que trae en los hombros. No deja atrás lo vivido: lo arrastra, lo guarda, lo transforma. Las casas siguen contando monedas en silencio. Las calles siguen aprendiendo a caminar con dignidad entre sobresaltos. La esperanza no grita, pero tampoco se rinde. Se acomoda como puede.

Este país no avanza con discursos de año nuevo: avanza con terquedad íntima. Con esa forma de resistir que no aparece en los balances, pero sostiene la historia.

 

Escribir cuando el tiempo exige palabra

Hay años que piden silencio y otros que exigen voz. Este es de los segundos. Callar ahora no sería prudencia: sería abandono. La palabra no llega como ornamento ni como ritual dominical. Llega como responsabilidad. Como necesidad moral. Como acto de cuidado colectivo.

Escribir en este inicio no es mirar hacia adelante con ingenuidad, sino mirar de frente lo que somos para no repetirlo sin conciencia. La palabra aquí no consuela: alumbra. No tapa: abre. No adorna el año: lo interroga.

 

Lo que arrastramos también nos define

Entramos a 2026 con ausencias que no aceptaron quedarse en el año viejo. Con duelos sin calendario. Con rabias que no se extinguieron al sonar las doce. Hay dolores que no entienden de ciclos y verdades que no obedecen al optimismo obligatorio.

Negar eso sería mentirnos. Nombrarlo es, quizá, la primera forma de dignidad del año. Porque lo que no se enfrenta se repite, y lo que no se nombra termina gobernando en silencio.

 

Abrir el año sin anestesia

Esta edición no viene a suavizar el tránsito. Viene a acompañarlo con honestidad. No ofrece certezas rápidas ni consuelos fáciles. Ofrece presencia. Ofrece mirada firme. Ofrece una escritura que no se esconde detrás del entusiasmo artificial ni del cinismo defensivo.

Lo que sigue no pretende agradar al año: pretende estar a la altura de lo que el tiempo nos está pidiendo sentir, pensar y decir.

 

La palabra que entra primero al año

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo porque empezar un año también es decidir desde dónde se mira el mundo. Escribo porque creo que la memoria no es lastre, sino brújula. Porque decir lo que duele, lo que arde y lo que todavía importa sigue siendo una forma profunda de amor por este país.

Mientras exista una verdad que incomode, una emoción que no se deje domesticar y una historia que se niegue a ser borrada por el paso del tiempo, La Leyenda seguirá entrando primero al año.

Que arda la palabra. Que empiece, ahora sí, el tiempo con nombre.

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Índice de Contenido

Hoy en “La Leyenda”

 

 

/…  LA LEYENDA 61

El país entero entra al año 

Bienvenida a una edición que no se fragmenta

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 1

 

/…  Don Manuel Cortés Rubio Morales

La dignidad de una vida que nunca hizo ruido

Crónica íntima y memorial de un hombre íntegro, cuya inteligencia serena, sentido del deber y profunda humanidad hicieron de la casa, el trabajo y la familia una forma silenciosa de grandeza

(By operación W).

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-Agenda del Poder:

 

/…  El impuesto que mueve al país… y lo encarece todo

Hacienda arranca 2026 sin estímulos al IEPS en gasolina Premium y diésel. No es una decisión técnica menor: es un golpe silencioso que viaja en cada camión y termina cobrándose en la mesa de todos.

/…   El tren descarriló… ¿y la responsabilidad también?

Crónica política de una tragedia que volvió público lo que quisieron llamar honorífico

/… Cuando una ciudad demuestra que sí se puede

Celaya baja homicidios bajo el gobierno de Juan Miguel Ramírez; Irapuato y León exhiben los retos que sus alcaldes aún no resuelven

 

/…  Tres coordinadores, tres formas de sostener el poder

Espadas ordena con diálogo; Ferro llega con fuego interno; Contreras deja el partido y se vuelve decisivo en el Congreso

 

/… Cuando el dinero que sostiene a México empieza a faltar

La caída prolongada de las remesas no es un dato económico: es una advertencia política y social

 

/…  Cuando la excepción se volvió costumbre y el Estado decidió decir basta

El cierre de los autos “chocolate” y la factura política de haber normalizado lo irregular

 

/… Rumbo a 2026: el Mundial ya nos está mirando

Tres sedes, una prueba de Estado y una Selección que carga el país en la espalda: estadios, organización y expectativas en la recta final.

 

(By Operación W).

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-Alimento para el alma.  

 “No te rindas”

De:  Mario Benedetti

Sobre el poema:

“No te rindas”

La persistencia como forma de ternura

Sobre el autor:

Mario Benedetti

La palabra como refugio, la escritura como ética

 

*Si quieres escucharlo en la voz de:  Luigi María Corsanico.

 

(By Notas de Libertad).

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 - “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”

 

/… Los imperdibles de Puerto Vallarta

Cuando el paisaje, la mesa y el tiempo se ponen de acuerdo

(By Notas de Libertad).

 

/…  Las Juntas y los Veranos: una cocina sin concesiones

En una casa pequeña, escondida a un costado de la plaza de Las Juntas y los Veranos, en Cabo Corrientes, Jal. La cocina no presume: gobierna. Aquí el tiempo no se acelera para el cliente; el cliente aprende a respetar el tiempo del fuego.

(By La Gira del Tragón).

 

/…Aquí la selva también se sienta a la mesa: JARDÍN BOTÁNICO DE PUERTO VALLARTA

Crónica de un jardín vivo —en territorio del municipio de Cabo Corrientes— donde la naturaleza no se ordena para agradar: se cuida, se camina, se come y se escucha correr el agua.

(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

 

/…  El Tuito: un pueblo que no se apresura

Crónica de la cabecera municipal de Cabo Corrientes, Jalisco, un pueblo serrano donde la vida no se presume ni se acelera: se vive con los pies en la tierra, la mesa puesta y la sierra como horizonte.

(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

 

/… Mayto: la playa donde la noche también alimenta

Crónica de una costa extensa y casi intacta en el municipio de Cabo Corrientes, Jalisco, donde el día se come con calma, la noche se camina en silencio y el cielo sin luces completa la mesa.

(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

/… Tehuamixtle (Tehua): donde el mar todavía tiene nombre propio

Crónica de una playa viva en el municipio de Cabo Corrientes, Jalisco —mejor conocida simplemente como Tehua— donde el mar se trabaja al amanecer, la mesa se arma con lo que llega fresco y el tiempo conserva el pulso de un pueblo que sigue mirando al océano de frente.

(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

 

/… Pajaritos: el sabor vallartense que se aprende plato a plato

Crónica de un restaurante de mariscos en la colonia Emiliano Zapata, en Puerto Vallarta, donde el menú manda, el ambiente acompaña y la cocina sostiene su prestigio con constancia, no con espectáculo.

(By La Gira del Tragón).

 

/… Tino’s La Laguna: comer mirando el agua, quedarse por el sabor

Crónica de un restaurante frente a la laguna, en Nuevo Vallarta, donde el mar se cocina con oficio, la vista acompaña sin distraer y el menú ha sabido construir prestigio con platos que se repiten porque funcionan.

(By La Gira del Tragón).

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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.

 

Domingo 4 de enero al sábado 10 de enero.

Santoral

La semana donde el tiempo se vuelve testimonio

Hay días que no se recuerdan por lo que ocurrió, sino por quiénes los habitaron. El santoral no enumera…

Efemérides Nacionales e Internacionales

 

EL CALENDARIO QUE NO OLVIDA

Una fecha no es un número: es una puerta. Detrás de cada día se apilan decisiones, giros de época y vidas que

 

Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales

 

LAS FECHAS QUE NO SE DEJAN PASAR

Hay días que el mundo aparta para recordar en voz alta: no por costumbre, sino por necesidad.

Una conmemoración es…

(By Notas de Libertad).

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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.

 

/… La voz que aprendió a romper su propio espejo

Trayectoria, transformación artística y obra de Miley Cyrus

 

*Con un click escucha: *Miley Cyrus: Greatest Hits.

 

(By Notas de Libertad).

 

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/… La autora que convirtió la vida en repertorio

Trayectoria, evolución artística y obra de Taylor Swift

*Con un click escucha: *Taylor Swift Greatest Hits

(By Notas de Libertad).

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¿Qué leer esta semana?

 “La Liturgia del tigre blanco”

De: Daniel Salinas Basave

 

 Resumen:  

La construcción de una leyenda contemporánea

Vida pública, poder, empresa y escándalo en la trayectoria de Jorge Hank Rhon

Sobre el autor:

El cronista de la frontera

Vida, trayectoria y obra de Daniel Salinas Basave

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 2.

/… El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (1/10)

Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga

(By operación W).

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 LA LEYENDA 61

El país entero entra al año

Bienvenida a una edición que no se fragmenta

Una Leyenda que no se reduce a una sola mirada

La Leyenda 61 no se construye desde un solo ángulo ni desde una sola urgencia. Entra al año como entra el país: con capas, contradicciones, preguntas abiertas y una vida que no cabe en una sección. Esta edición entiende que México no es solo poder, ni solo calle, ni solo memoria, ni solo mesa: es todo ocurriendo al mismo tiempo.

Aquí el lector no avanza por compartimentos estancos. Avanza por un territorio vivo donde la política se cruza con la ética, la cultura dialoga con la emoción, el calendario conversa con la historia y la música recuerda lo que a veces la palabra ya no alcanza.

Esta bienvenida no ordena jerarquías: reconoce un ecosistema editorial que respira completo. Cada bloque es distinto, pero ninguno está aislado. Todos hablan del mismo país desde registros distintos.

Entrar a esta Leyenda es aceptar que el año no se entiende si se mira por partes.

 

Pláticas con el Licenciado: la dignidad que no hizo ruido

Uno de los primeros gestos de esta edición es bajar el volumen del estruendo para escuchar la grandeza silenciosa. En estas páginas, la política no aparece solo como estrategia o disputa, sino como vida encarnada en trayectorias íntimas, domésticas, humanas.

Aquí el poder se mira desde abajo, desde la ética personal, desde la inteligencia serena y el sentido del deber que no busca reflectores. No es una exaltación del cargo, sino del carácter.

Esta sección recuerda que hay biografías que enseñan más que cualquier discurso. Vidas que no se vendieron como ejemplo, pero lo fueron.

La Leyenda 61 inicia así su recorrido: recordando que la dignidad también es una forma de resistencia.

 

Agenda del Poder: donde las decisiones se vuelven destino

El corazón político de esta edición entra de lleno en las decisiones que están marcando el arranque de 2026. Aquí el poder no se aborda como consigna, sino como consecuencia: económica, social, ética y humana.

Las páginas que siguen observan impuestos, tragedias, seguridad, dinero, migración, legalidad y Estado. No como notas aisladas, sino como síntomas de un mismo momento político que ya está impactando la vida cotidiana.

Esta Agenda no grita: explica. No insulta: conecta. No especula: advierte. Cada texto pregunta quién paga, quién decide y quién carga.

La Leyenda no acusa por reflejo; examina por responsabilidad.

 

Alimento para el alma: la palabra que sostiene

En medio del peso del país, esta edición abre un espacio donde la palabra se vuelve refugio sin volverse evasión. La poesía aparece aquí como acto de resistencia emocional, no como ornamento.

El poema, el autor y la reflexión dialogan con el resto de la Leyenda desde otro registro: el de la persistencia, la ternura y la ética de no rendirse. No se huye del mundo: se toma aire para seguir mirándolo.

Esta sección recuerda que también se lucha desde la sensibilidad. Que resistir no siempre es endurecerse, a veces es sostener lo humano.

La Leyenda 61 no separa razón y emoción: las hace caminar juntas.

 

Rincones y Sabores: el país que se come y se camina

La mesa, el paisaje y el territorio entran aquí como parte del mismo relato nacional. Comer, caminar y mirar también son formas de entender el país.

Estas crónicas no celebran el turismo superficial: narran comunidades, tiempos lentos, cocinas con oficio y geografías que todavía resisten al apuro. El país aparece aquí con sal, fuego, selva, mar y sierra.

Cada texto confirma que la identidad no solo se legisla: se cocina, se habita, se cuida.

La Leyenda entiende que el alma también necesita mesa.

 

El tiempo que recuerda: calendario, música y lectura

El cierre de esta edición no baja la intensidad: la transforma. El calendario se vuelve memoria activa. La música, biografía emocional. La lectura, reflexión sobre el poder, el mito y la frontera.

Nada de esto aparece como relleno cultural. Todo dialoga con el país que se analizó antes. El ayer ilumina el hoy. El arte explica lo que la política no siempre sabe decir.

La Leyenda 61 termina recordando que entender un país también exige escuchar, leer y recordar.

Porque solo quien entiende su tiempo completo puede aspirar a transformarlo.

Soy Wintilo Vega Murillo y te agradezco me dejes estar contigo…

 

(By Notas de Libertad).

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Don Manuel Cortés Rubio Morales
La dignidad de una vida que nunca hizo ruido

Crónica íntima y memorial de un hombre íntegro, cuya inteligencia serena, sentido del deber y profunda humanidad hicieron de la casa, el trabajo y la familia una forma silenciosa de grandeza

 

ORÍGENES Y TEMPLE

Nacer en Morelia, hacerse hombre en el trabajo

Infancia, carácter y el inicio de una vocación silenciosa

 

Morelia, 1909: el origen de un hombre que no necesitó alzar la voz

Don Manuel Cortés Rubio Morales nació en Morelia, Michoacán, el 11 de septiembre de 1909, cuando México todavía no sabía descansar. El país era una suma de heridas recientes, silencios largos y esfuerzos cotidianos. No se vivía con comodidad, se vivía con carácter. Y ese carácter se aprendía desde la cuna.

Aquel México no formaba hombres suaves ni distraídos. Formaba hombres atentos, cuidadosos, responsables. Don Manuel creció en ese ambiente donde nadie prometía nada y donde cada día se sostenía con trabajo. No hubo dramatismo en su origen, pero sí una enseñanza clara: la vida no se lamenta, se enfrenta.

Desde muy joven entendió que el ruido no sustituye a la firmeza. Que alzar la voz no es señal de autoridad. Que hay hombres que mandan por imposición y otros que conducen por ejemplo. Don Manuel pertenecía, desde el inicio, a los segundos.

Ese origen austero, contenido y silencioso fue la raíz de todo lo que vino después. Ahí se formó su temple. Ahí empezó una vida que nunca necesitó explicarse a gritos.

 

La juventud y el aprendizaje de hacerse responsable

La juventud de Don Manuel no estuvo marcada por gestos espectaculares ni por ambiciones ruidosas. Estuvo marcada por el aprendizaje constante, por la observación atenta y por una ética que no se anunciaba, pero se ejercía. Aprendió pronto que nadie te debe nada y que todo lo que vale cuesta.

Entendió que crecer no es acumular privilegios, sino asumir responsabilidades. Mientras otros buscaban atajos, él aprendía a cumplir. Mientras otros hablaban de futuro, él se hacía cargo del presente. Esa fue su verdadera escuela.

Cuando eligió la contaduría, no lo hizo por prestigio ni por comodidad. Lo hizo porque entendió que llevar cuentas era cuidar la confianza de otros. Que los números bien llevados sostienen hogares, empresas e instituciones.

Así, la contaduría no fue solo un oficio, fue una forma de pensar la vida: con orden, con claridad y con respeto.

 

La viudez temprana: aprender a vivir con el silencio

Antes de la vida familiar que muchos conocieron, Don Manuel atravesó una experiencia dura y definitiva: la viudez. Perder a su primera esposa lo enfrentó de golpe a la fragilidad de la vida, a esa verdad que pocos quieren mirar de frente.

No hizo de ese dolor un estandarte ni un discurso. No hablaba de ello con dramatismo. Pero quienes lo trataron sabían que esa herida lo volvió más profundo, más cuidadoso, más humano.

La viudez le enseñó el valor del silencio. Le enseñó que hay ausencias que no se llenan con palabras, sino con respeto. Que hay dolores que no se superan, pero sí se integran a la vida con dignidad.

Desde entonces, Don Manuel caminó con una mezcla singular de firmeza y ternura. No se volvió duro. Se volvió sabio.

 

Un apellido ilustre, una vida sin privilegios

Don Manuel era sobrino del presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio. El dato estaba ahí, pero nunca pesó más de lo debido. Él mismo lo decía con una ironía fina, casi como quien se quita importancia.

Jamás utilizó ese parentesco como llave ni como escudo. No buscó ventajas ni favores. No se apoyó en el apellido para abrir caminos.

Eligió, deliberadamente, el trayecto más difícil: el del mérito propio. En una época donde muchos hacían del parentesco una escalera, Don Manuel hizo del trabajo su única carta de presentación.

Esa elección define su ética. Don Manuel creía que el valor de una persona está en lo que hace todos los días, no en a quién puede nombrar.

 

La inteligencia que no hacía ruido

Don Manuel era un hombre profundamente inteligente. No una inteligencia estridente, sino tranquila, de esas que se sienten sin necesidad de demostrarse.

Pensaba antes de hablar. Observaba antes de opinar. Escuchaba más de lo que decía. Esa forma de estar en el mundo lo distinguía.

Tenía un humor fino, elegante, casi discreto. Sus frases no buscaban risa fácil, sino complicidad y verdad.

Estar con él producía calma. Una calma que nacía de la certeza de estar frente a un hombre completo.

 

Cumplir: su manera de estar en el mundo

Si hubiera que resumir la vida de Don Manuel en una sola palabra, esa palabra sería cumplir. Cumplir con el trabajo, con la familia, con la palabra dada.

Nunca buscó reflectores ni reconocimientos. Nunca necesitó aplausos. Le bastaba saber que había hecho lo correcto.

Cumplir, para él, no era una carga: era una forma de dignidad. Una manera de caminar por la vida sin deberle nada a nadie.

Así vivió Don Manuel Cortés Rubio Morales. Sin ruido, sin espectáculo. Y por eso, cuando se le recuerda de verdad, los ojos se humedecen.

 

 

 CUANDO EL DESTINO CAMBIA DE CIUDAD

De Morelia a Guanajuato: trabajo, encuentro y promesa

 

 

El traslado: salir de Morelia sin saber que se estaba llegando

Don Manuel Cortés Rubio Morales no salió de Morelia por una decisión sentimental. Salió porque el trabajo así lo dispuso. En Luz y Fuerza del Centro, el traslado era parte del oficio, y él lo asumió con la serenidad de quien entiende que cumplir no admite dramatismos.

Dejar Morelia significó apartarse de una vida conocida, de rutinas firmes y de afectos profundos. En aquellos años, cambiar de ciudad no era un trámite administrativo: era rehacer el día a día desde cero, aprender nuevas calles, nuevos silencios, nuevas distancias.

Guanajuato apareció primero como un destino laboral. Una ciudad empinada, distinta, con un ritmo propio que exigía paciencia y observación. Don Manuel llegó sin pretensión de conquista, dispuesto a aprender antes que a imponer.

Sin saberlo, ese traslado no solo lo movía de ciudad. Lo colocaba, con precisión silenciosa, en el lugar donde su vida iba a tomar forma definitiva.

 

La llegada a Guanajuato: aprender la ciudad con los pies

Guanajuato no se entrega de inmediato. Hay que caminarla, escucharla, acostumbrarse a su manera de respirar. Don Manuel comenzó ese aprendizaje sin prisa, entendiendo que las ciudades, como las personas, no se revelan de golpe.

Sus días se organizaron entre el trabajo y una vida todavía provisional. Las calles comenzaron a repetirse, los trayectos a fijarse, los saludos a reconocerse. Así se construye la pertenencia: sin anunciarla.

No era un hombre de apropiaciones rápidas. Prefería observar, comprender, adaptarse. Guanajuato empezó a reconocerlo de la misma manera, con discreción y sin ruido.

Ese tiempo de adaptación fue también un tiempo de preparación. La ciudad hacía su parte, aun cuando él todavía no lo sabía.

 

El encuentro con Carmelita: cuando la vida se aquieta

Fue en ese Guanajuato todavía nuevo donde apareció Carmelita. No como un acontecimiento espectacular, sino como una presencia serena, firme, profundamente humana. Don Manuel la conoció sin escenas memorables, porque lo importante no hizo ruido.

Carmelita destacaba por una bondad natural, por una elegancia interior que no necesitaba mostrarse. Su forma de estar en el mundo hablaba antes que cualquier palabra, y eso Don Manuel lo reconoció de inmediato.

Entre ellos no hubo urgencia. Hubo conversación, respeto, silencios compartidos que no incomodaban. Se miraron sin prisa, como quienes entienden que lo importante no se empuja.

Ese encuentro empezó a ordenar la vida. No la transformó de golpe, pero le dio sentido.

 

El noviazgo: la certeza que se construye despacio

El noviazgo fue un tiempo de confirmación. No de dudas, no de pruebas. Don Manuel no era hombre de juegos sentimentales, y Carmelita tampoco era una mujer de medias decisiones.

Caminaron juntos con la misma seriedad con la que él asumía el trabajo y la palabra dada. No había posesión ni estridencia, sino una claridad tranquila sobre lo que estaban construyendo.

Compartían una visión de vida basada en el respeto, el cuidado mutuo y la responsabilidad. La conversación era profunda, los silencios cómodos, el proyecto común evidente.

Para ambos, el amor no era una exaltación momentánea. Era una decisión consciente.

 

La pedida: un compromiso con peso moral

La pedida no fue un gesto social ni un trámite familiar. Fue un acto solemne, cargado de responsabilidad. Don Manuel sabía perfectamente a quién estaba pidiendo y qué estaba ofreciendo a cambio.

Llegaba a ese momento como viudo, con la experiencia y el peso que eso implica. No pedía desde la ingenuidad, sino desde la conciencia plena de lo que significaba formar una vida compartida.

Para acompañarlo estuvo presente el obispo de Morelia. Su presencia no era protocolaria: daba cuenta del nivel moral, familiar y social del compromiso que se estaba asumiendo.

La pedida no fue romántica en el sentido ligero de la palabra. Fue un acto de palabra, serio y definitivo.

 

El umbral de una vida compartida

Con la pedida, Guanajuato dejó de ser solo un lugar de trabajo. Empezó a convertirse en un espacio de pertenencia. La vida todavía no estaba armada, pero ya tenía dirección.

Trabajo, ciudad y amor comenzaban a alinearse. No había aún casa ni rutina compartida, pero sí una certeza firme sobre el camino que se iba a recorrer.

Nada estaba concluido. Todo estaba por empezar. Y eso es exactamente lo que define este momento de la historia.

Lo que vendrá después pertenece a otro tiempo. A otro bloque. A otra etapa de la vida.

 

 

 LA VIDA COMPARTIDA

Cuando el matrimonio se vuelve casa, hijos y vocación de futuro

 

La boda: una familia que se integra, no que empieza de cero

Don Manuel llegó al matrimonio con Carmelita siendo viudo y padre. No iniciaba una vida desde la nada, sino que traía consigo una historia previa, responsabilidades asumidas y una madurez que marcó el tono de la unión desde el primer día.

Carmelita no llegó a borrar el pasado, sino a integrarlo con respeto. Su manera de estar dio cauce y orden a una vida ya vivida, ampliándola sin imponer jerarquías afectivas ni comparaciones.

La boda fue un compromiso sobrio, sin escenografías. Dos personas adultas, conscientes de lo que significaba unirse y de lo que estaban dispuestas a sostener.

Desde ese momento, el matrimonio se entendió como proyecto familiar: responsabilidad compartida, paciencia cotidiana y visión de largo plazo.

 

La casa de Temezcuitate: un hogar que aprende a respirar

Tras unos años el callejón de Temezcuitate número 12 fue el espacio donde la vida comenzó a asentarse. Una casa grande, con doble salida hacia Peñaranda, que pronto se llenó de rutinas y presencia.

Don Manuel cuidaba la huerta y los árboles que sembraba con la misma constancia con la que cuidaba su trabajo. La casa era un organismo vivo que debía mantenerse y crecer.

Carmelita convirtió el espacio en hogar: orden, limpieza y calidez como gestos diarios que no necesitaban explicación.

La casa empezó a respirar familia poco a poco, como se construyen las cosas que duran: sin ruido, con constancia.

 

Los hijos: presencia viva, sin jerarquías ni listas

La casa se fue llenando de nombres y voces sin orden ni jerarquías. Manuel, hijo del primer matrimonio, ocupó su lugar con respeto y reconocimiento, integrado a la nueva vida familiar.

Con Carmelita, la familia se ensanchó: Juan Manuel, Carlos, José Luis, Fernando, Carmen —a quien todos llamaban Chacha— y Margarita, conocida como Tata, aparecían y crecían en el mismo espacio compartido.

No hubo listas ni comparaciones. Cada hijo fue presencia viva, con su carácter y su tiempo, dentro de un hogar donde el orden no se imponía: se vivía.

Así se construyó una familia integrada, donde el origen no separaba y el afecto no competía.

 

Educar sin discursos: estudiar como herencia moral

Desde temprano hubo una convicción clara: todos debían estudiar. No como consigna, sino como forma de dignidad y posibilidad real de futuro.

Don Manuel enseñaba con el ejemplo: trabajo constante, palabra cumplida, responsabilidad diaria. Carmelita sostenía esa enseñanza con disciplina amorosa y presencia firme.

El estudio no era castigo ni premio. Era una responsabilidad asumida con naturalidad, entendida como camino propio.

Las vocaciones y profesiones surgieron de esa enseñanza persistente, no de la casualidad.

 

La mesa diaria: donde también se aprendía a vivir

La mesa fue centro de la vida familiar. Comer juntos era convivir, escuchar, aprender a respetar silencios y turnos.

Carmelita caminaba cada día hasta la panaderia La Purísima y regresaba con el bolillo caliente. Ese gesto cotidiano era una lección de cuidado.

Don Manuel escuchaba más de lo que hablaba. Su humor fino aparecía cuando hacía falta, aligerando sin romper el orden.

En esa mesa se formaban personas, no solo hábitos.

 

Una familia que camina, aunque la vida disperse

Con el tiempo, los hijos tomaron caminos propios. La casa se vaciaba y se llenaba según los ritmos de la vida.

Los regresos, especialmente los fines de semana, devolvían a la casa su pulso completo.

Don Manuel y Carmelita entendían que educar también es soltar, sin perder la raíz.

La familia caminaba y se dispersaba, pero siempre sabía dónde volver.

LOS CAMINOS PROPIOS

Cuando los hijos salen al mundo y la casa aprende a esperar

 

Salir de casa: el momento en que la educación se pone a prueba

Llega un día en que la casa deja de ser suficiente. No porque falte amor, sino porque la vida empieza a pedir espacio. Para Don Manuel y Carmelita, ese momento llegó cuando los hijos comenzaron a salir a estudiar y a probarse en trabajos lejos del resguardo cotidiano.

No fue una ruptura dramática. Fue una transición silenciosa, hecha de maletas discretas, libros nuevos y despedidas sin exceso de palabras.

La casa de Temezcuitate empezó a vaciarse por tramos. Unos cuartos quedaban en silencio, otros se ocupaban solo los fines de semana.

Ahí se ponía a prueba la educación: no en el control, sino en la confianza sembrada durante años.

 

Estudiar lejos: la confianza como forma de amor

Algunos hijos permanecieron en Guanajuato para formarse, manteniendo un vínculo cotidiano con la ciudad y con la casa familiar.

Otros tuvieron que salir. José Luis se fue a la UNAM para estudiar medicina, y Fernando hizo lo propio en León para formarse como médico. Juan Manuel trabajaba para ICA Y recorría el país al ritmo de las obras del consorcio. Carlos en San Miguel de Allende desarrollando su profesión de Arquitecto.

Chacha desde muy jovencita vivía en la casa materna acompañando a sus tias, hermanas de su mamá. Las Maestra Eliza y Esperanza López López, legendarias formadoras de infinidad de generaciones de maestros.

Don Manuel y Carmelita acompañaron esos caminos sin invadir. La distancia no se volvió vigilancia, sino respeto.

Educar también era permitir que se fueran, sabiendo que siempre habría un lugar al cual volver.

 

Profesiones que no fueron casualidad

Las carreras elegidas por los hijos no aparecieron por azar. Cada decisión fue consecuencia de una formación constante y exigente.

Quienes estudiaron en Guanajuato lo hicieron con disciplina y cercanía familiar, aprendiendo a cumplir sin alardes.

Quienes salieron entendieron que la distancia también educa y obliga a una responsabilidad mayor.

En todos los casos, la profesión fue herramienta de vida, no trofeo para presumir.

 

La casa que espera: Temezcuitate como punto de regreso

Entre semana, la casa aprendió a estar en calma. Menos pasos, menos voces, pero el mismo orden de siempre.

La huerta seguía creciendo, los perros vigilaban, y los hábitos se mantenían intactos.

Bastaba un fin de semana o una fecha señalada para que la casa recuperara su pulso completo.

La casa no reclamaba ausencias: celebraba regresos.

 

Padres sin posesión: soltar sin desaparecer

Don Manuel y Carmelita entendieron que amar no es retener. Educar es preparar para la salida.

Nunca persiguieron a los hijos con exigencias adultas ni reproches innecesarios.

La autoridad seguía presente, pero como referencia moral, no como control diario.

Soltar sin romper el lazo fue una de sus mayores enseñanzas.

 

El orgullo que no se presume

Hubo orgullo, pero fue íntimo y silencioso. Nunca se convirtió en discurso público.

Don Manuel miraba los caminos recorridos con serenidad; Carmelita lo hacía con gratitud.

Sabían que habían cumplido con lo que les correspondía como padres.

La casa más callada no era vacío: era tarea cumplida.

 

 

 CUANDO LA CASA SE QUEDA EN MANOS DE DOS

Las bodas, la llegada de alguien más y el tiempo de la madurez

 

Las bodas: irse bien también es una forma de educación

Los hijos de Don Manuel y Carmelita se fueron casando uno a uno, sin rupturas ni estridencias, como se van las cosas que han sido bien formadas.

Cada boda fue una confirmación de la educación recibida: responsabilidad, respeto y decisión para construir una vida propia.

No hubo dramatismo en esas partidas. Hubo acuerdos maduros y pasos firmes.

Don Manuel y Carmelita entendían que educar también es acompañar la salida.

 

La casa de Temezcuitate: cuando el ruido se vuelve silencio

Con cada boda, la casa grande fue quedándose en calma. Los cuartos se vaciaban, pero el orden permanecía.

La rutina cambió: menos voces, menos pasos, más conversación baja.

Don Manuel y Carmelita aprendieron a habitar ese silencio sin tristeza.

La casa seguía viva, pero en otro ritmo.

 

 

1977: llegar a una casa que ya sabía recibir

En 1977 llegué a Guanajuato a estudiar y llegué también a esa casa. Don Manuel y Carmelita me hicieron el favor de recibirme en su hogar.

La puerta se abrió gracias a Chacha, Carmen, su hija, (amiga de mi tía Osve que en su etapa de estudios había vivido con las Señoritas Lopez), quien tendió ese puente humano.

No entré como visitante ocasional. Me integré a la vida diaria y a la mesa compartida.

Llegué a una casa ordenada, generosa y hospitalaria.

 

Chacha: una boda importante, pero no la última

Cuando Chacha se casó, la casa ya había vivido varias despedidas.

Su boda fue profundamente significativa, porque cerraba una etapa afectiva importante para Don Manuel y Carmelita. Ya solo quedaba soltero Fernando que estaba finalizando sus estudios de medicina.

Yo ya vivía en la casa cuando ocurrió y asistí desde ese lugar cercano.

Pero la historia familiar aún no se cerraba del todo.

 

Fernando: la última boda y el cierre definitivo del ciclo

La última boda fue la de Fernando, celebrada un año después de la de Chacha.

Con esa unión se cerró definitivamente el ciclo de hijos en casa.

Don Manuel y Carmelita lo entendieron con claridad y serenidad.

A partir de entonces, la casa quedó en manos de dos.

 

Roberto Delgado Arredondo: un hombre excepcional

Roberto Delgado Arredondo, esposo de Chacha, fue uno de esos seres humanos que dejan marca sin proponérselo. No hacía ruido, no buscaba protagonismo, no necesitaba imponerse. Su presencia bastaba. Siempre humano, siempre amistoso, siempre cercano. Tenía una inteligencia clara, serena, que no humillaba ni competía. Su ética no se proclamaba: se ejercía. En el trato cotidiano, en la palabra cumplida, en la forma de mirar a los otros con respeto verdadero. Era abogado, sí, pero antes que eso era un hombre justo. Su generosidad no fue un gesto ocasional, sino una forma de estar en el mundo. Acompañaba, orientaba, ayudaba sin hacer sentir deuda. Tenía esa rara virtud de hacerte sentir mejor persona después de hablar con él. Yo lo conocí, conviví con él, y por eso lo digo con certeza: Roberto fue un ser humano excepcional. De los que escasean. De los que se recuerdan con afecto hondo, con gratitud limpia, con la tristeza suave que dejan las buenas personas cuando se van, pero también con la alegría de haberlos tenido cerca.

 

 LA VIDA EN CALMA

La madurez compartida y los gestos que sostienen una casa

 

La casa habitada por dos

Temezcuitate 12 era ya una casa de pasos conocidos. Don Manuel y Carmelita la habitaban sin prisa, como quien conoce cada rincón y no necesita demostrar nada.

El silencio no pesaba; acompañaba. La rutina tenía forma y sentido, hecha de horarios claros y conversación medida.

Yo ya vivía ahí y aprendí pronto que esa calma no era casualidad, sino fruto de una vida ordenada.

La casa no se defendía del tiempo: convivía con él.

 

El carro azul: carácter sin estridencias

El Ford Fairmont azul llegó con ilusión, pero pronto apareció el fallo de la agencia: el carro no traía aceite y comenzó a desvielarse.

Acompañé a Don Manuel cuando fue a reclamar. No gritó ni perdió la compostura; fue firme y claro.

Defendió lo justo sin humillar ni permitir abuso, poniendo las cosas en su lugar.

Ahí entendí que el carácter también se expresa en la dignidad.

 

Las colmenas: paciencia aprendida en el campo

Don Manuel tenía colmenas en el campo, en una comunidad rural. En varias ocasiones lo acompañé.

No era paseo, era trabajo silencioso, atento y respetuoso de los tiempos.

La miel se obtenía sin prisa, sin destruir, entendiendo los ciclos naturales.

Ahí aprendí que la paciencia también es una forma de inteligencia.

 

Santa Rosa: el mezcal y el camino compartido

Varias veces lo acompañé a Santa Rosa, en la Sierra de Guanajuato, a comprar mezcal.

El camino era parte del ritual: conversación tranquila y observación del paisaje. No en todos lados hay buen mezcal, hay que saber dónde y con quien me decía.

El mezcal se compraba con respeto, para disfrutar sin exceso.

Su humor fino aparecía cuando la botella se ‘desaparecía’ entre invitados.

La sobremesa: uno, dos tragos y la palabra justa

Don Manuel no era hombre de excesos: uno o dos tragos a la hora de la comida y no de forma cotidiana. Le gustaba la coca cola con hielos y limón para la sed, así simple sin nada más.

La sobremesa era conversación medida y escucha atenta.

Carmelita acompañaba con su bondad constante y silenciosa.

Ahí se formaba carácter sin discursos.

 

Vivir ahí: ser testigo de una vida bien vivida

Acompañarlo en esas actividades me permitió conocerlo de verdad.

Vi su temple, su paciencia y su humor cotidiano.

Vivir ahí fue aprender sin que nadie lo explicara.

Tuve el privilegio de presenciar una vida bien vivida.

Yo me fui a Mexico a continuar mis estudios en 1980.

 

EL TIEMPO DEL DESPEDIR

Los últimos años, la memoria viva y la herencia que permanece

 

Los días que se hacen más lentos

Con los años, el tiempo comenzó a caminar distinto. No con prisa, sino con una cadencia nueva, más pausada, como si la vida misma pidiera hablar más bajo.

Don Manuel seguía siendo el mismo en carácter: firme, claro, dueño de su humor fino. Pero el cuerpo, poco a poco, empezó a pedir tregua.

La casa se adaptó a ese ritmo: menos salidas, más conversación a la sombra, más silencio compartido, más atención a los detalles que antes pasaban inadvertidos.

La vida se recogía sin perder dignidad, como se recoge una mesa bien puesta: con cuidado, sin prisa, sin drama.

 

Carmelita: acompañar hasta el final

Carmelita estuvo siempre ahí, como lo había estado toda la vida: sin alarde, sin quejarse, con esa bondad que no necesitaba explicarse.

Cuidó sin invadir, sostuvo sin reclamar, acompañó sin dramatizar. Su amor no era ruido: era estructura, era presencia, era sostén.

En el tiempo final, su mirada fue abrigo. Su manera de estar volvió más ligero lo pesado y más llevadero lo inevitable.

Fue la compañía firme de Don Manuel en la última etapa: la misma mujer buena, constante, entera, hasta donde el mundo lo permitió.

 

La memoria en las pequeñas cosas

La memoria empezó a habitar los gestos pequeños: una frase repetida con ironía, una pausa larga antes de hablar, una mirada que decía más que una explicación.

Don Manuel recordaba con claridad lo esencial: el valor del trabajo, la decencia, la palabra cumplida, la gente que valía la pena.

Lo vivido no se desvanecía; se asentaba. No era olvido: era una manera distinta de estar, más callada, más íntima, más honda.

La casa guardaba cada recuerdo como patrimonio: la mesa, los cuartos, el patio, la huerta, todo parecía saber que estaba viviendo una despedida lenta.

 

La despedida sin estridencias

La despedida no fue abrupta ni ruidosa. Fue, como había sido su vida, sobria y clara, sin excesos, sin teatralidad.

Se fue dejando una sensación extraña: la de quien no rompe nada al partir, porque vivió en orden, con cuentas morales pagadas desde mucho antes.

Don Manuel Cortés Rubio Morales murió el 30 de julio de 1996. Y aun en esa fecha exacta, lo que duele no es el número: es la ausencia que empieza a ocupar los días.

No hubo pendientes que ensuciaran su memoria. Hubo, más bien, gratitud entre quienes lo conocimos: la certeza de haber conocido a un hombre íntegro.

 

El vacío que no es ausencia

Tras su partida, la casa cambió. No de golpe, sino como cambian los lugares cuando falta el paso de quien los sostenía con su sola presencia.

Pero no quedó vacía de sentido. Quedó llena de eco: de frases, de hábitos, de esa manera suya de mirar el mundo con inteligencia y humor.

Su presencia siguió habitando los muros, la mesa, la huerta. En ciertos silencios, parecía que aún estaba ahí, sin hacer ruido.

La ausencia se volvió recuerdo vivo: un modo de volver a él cada vez que la memoria lo nombra con cariño.

 

La herencia que permanece

La herencia de Don Manuel no fue material. Fue carácter: una forma de estar en la vida sin dobleces, sin abuso, sin alardes.

Fue ética práctica: la decencia como hábito, el cumplimiento como estilo, la responsabilidad como marca personal.

Quienes lo conocieron llevan algo suyo consigo, aunque no lo digan: una frase, un ejemplo, un límite, una manera de tratar a los otros.

Eso es lo que permanece. Y por eso, al recordarlo, a muchos se les brillan los ojos: porque hay vidas que siguen sosteniendo aun después de irse.

 

(By operación W).

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/… El impuesto que mueve al país… y lo encarece todo

Hacienda arranca 2026 sin estímulos al IEPS en gasolina Premium y diésel. No es una decisión técnica menor: es un golpe silencioso que viaja en cada camión y termina cobrándose en la mesa de todos.

 

 

No es un anuncio fiscal: es una señal política

El anuncio pasó sin estridencias, como suelen pasar las decisiones que verdaderamente pesan. Hacienda confirmó que el inicio de 2026 llegará con 0% de estímulo al IEPS para la gasolina Premium y el diésel. Traducido a lenguaje ciudadano: el Estado deja de amortiguar el impuesto y permite que el cobro completo viaje directo al consumidor.

No hubo conferencia solemne ni discurso de emergencia. Precisamente por eso es relevante. Cuando una decisión fiscal de esta magnitud se presenta como trámite administrativo, lo que está diciendo el gobierno es claro: la prioridad es la recaudación, incluso si el costo político se paga después.

No se trata de una corrección menor ni de un ajuste temporal. Es una señal de rumbo.

 

 

Premium duele a algunos; el diésel le duele a todos

Conviene aclararlo desde el principio para no confundir el debate. No es la gasolina en abstracto. La gasolina Premium afecta a un segmento específico del parque vehicular. El diésel, en cambio, afecta al país entero.

El diésel mueve el transporte de carga, el transporte público, la maquinaria agrícola, la construcción, la distribución de alimentos y el reparto de mercancías. Es el combustible de la economía real. Cuando el diésel se encarece, no sube un tanque: sube la vida.

 

 

Cuando el estímulo es cero, el impuesto se vuelve protagonista

El estímulo al IEPS ha funcionado durante años como una válvula de escape. No elimina el impuesto, pero suaviza el golpe cuando los precios internacionales presionan. Ponerlo en cero significa algo muy concreto: el impuesto se cobra completo, sin amortiguador.

Además, el inicio de año trae consigo la actualización automática de las cuotas del IEPS. El resultado es que el arranque de 2026 combina dos factores delicados: impuesto completo y cuotas actualizadas. Desde la lógica fiscal, el movimiento es entendible. Desde la lógica social, el costo es evidente.

 

 

El diésel como detonador de inflación silenciosa

El impacto del diésel no se mide solo en el precio visible. Se mide en su efecto indirecto sobre toda la cadena de precios. Cuando el transporte se encarece, el costo se traslada.

Provoca algo más difícil de combatir: inflación cotidiana, dispersa y persistente. Esa inflación que no se explica con discursos, pero se siente en la mesa. Para un régimen que tantas veces prometió que no habría  gasolinazos la medida debe doler.  Mi duda es como lo van a querer tapar, ahora a quien culpar?

 

 

Recaudar hoy, pagar mañana

Eliminar el estímulo incrementa la recaudación, pero reduce el colchón político del gobierno. En una economía presionada por inseguridad, logística cara y consumo frágil, esta decisión actúa como multiplicador de tensiones.

El malestar no se anuncia: se acumula. Y cuando el costo de vivir sube sin contención visible, el desgaste político se vuelve inevitable. Porque en política, lo que encarece la vida termina pasando factura.

 

 

Un cierre de año que deja factura abierta

El problema no es solo la medida. Es el momento. El año cierra con señales de cansancio económico, con bolsillos adelgazados, con precios que no bajaron como se prometió y con una percepción social de fragilidad que no se corrige con comunicados técnicos.

Arrancar el siguiente año sin estímulos al diésel y a la gasolina Premium no es neutral: es cargarle más peso a una estructura ya tensada. Enero llegará con costos más altos antes de que llegue cualquier alivio.

En política, los años no solo se miden por cifras, se miden por estados de ánimo. Y este cierra mal. Con la sensación de que el ajuste siempre cae del mismo lado. Ese es el verdadero riesgo de iniciar 2026 así: no el precio del litro, sino la acumulación del malestar.

 

 

(By operación W).

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“No te rindas”

De: Mario Benedetti

No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.   No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.   No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.   Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas, quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.   Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.   No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque cada día es un comienzo nuevo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estás sola, porque yo te quiero.

 *Si quieres escucharlo en la voz de: Luigi María Corsanico.

Sobre el poema.

 

“No te rindas”

La persistencia como forma de ternura

 

 

Cuando la palabra decide quedarse

Mario Benedetti escribe “No te rindas” desde un lugar que no presume fuerza, sino conciencia. El poema no nace del optimismo ni de la euforia, sino del conocimiento íntimo del desgaste. Benedetti sabe que hay días en los que la vida pesa más de lo que uno puede cargar, y por eso elige una voz baja, cercana, casi fraterna. No sermonea, no consuela a la ligera: acompaña.

La belleza del texto no está en su artificio, sino en su honestidad. Cada verso parece haber pasado antes por el cuerpo. El poema no se lee: se recibe. Y en esa recepción ocurre algo decisivo: el lector deja de sentirse solo en su cansancio.

“No te rindas” no intenta convencer con razones abstractas. Su fuerza está en la cercanía emocional. No promete soluciones; propone permanencias. Y esa propuesta, en un mundo acostumbrado a huir, resulta profundamente humana.

 

 

Una palabra que no ordena, acompaña

El título parece una orden, pero en realidad es un gesto de cuidado. Benedetti usa el imperativo sin dureza, como quien toma del brazo a alguien para que no caiga. No hay superioridad moral ni exigencia heroica. Hay presencia.

Decir “no te rindas” es, aquí, una forma de quedarse. De no abandonar al otro en su momento más frágil. El poema convierte la exhortación en ternura, y la resistencia en un acto cotidiano, posible, al alcance de cualquiera.

Resistir no significa vencer. Significa no soltarse de sí mismo. En esa definición silenciosa, el poema desplaza la épica y la sustituye por una ética del cuidado: seguir, aun sin fuerzas sobrantes.

 

 

La esperanza como ejercicio cotidiano

La esperanza que propone Benedetti no es ingenua ni espectacular. No llega como una iluminación súbita, sino como una práctica diaria. El poema no asegura que el dolor desaparezca; afirma que todavía se puede caminar con él.

Cada imagen del texto sugiere un recomienzo modesto: volver a intentar, abrir una rendija, confiar en que no todo está clausurado. La esperanza se vuelve una tarea humilde, casi artesanal, que se construye con paciencia.

Este enfoque le devuelve a la esperanza su dignidad real. No es una emoción pasajera, sino una decisión consciente: no cerrar la puerta del todo, incluso cuando el cansancio invita a hacerlo.

 

 

El tiempo que repara sin hacer ruido

El tiempo, en “No te rindas”, no es enemigo ni salvación inmediata. Es espacio. Benedetti confía en su capacidad lenta para recomponer lo que hoy está roto, sin exigirle milagros.

El poema invita a habitar el tiempo en lugar de pelearse con él. A aceptar que hay procesos que no se aceleran y heridas que solo cicatrizan cuando se les concede duración.

En esa confianza silenciosa, el tiempo deja de ser amenaza y se convierte en aliado. No todo se resuelve hoy, pero hoy puede sostenerse. Y eso basta para seguir.

 

 

La voz que se dirige al tú herido

La elección de la segunda persona es una de las decisiones más profundas del poema. Benedetti no habla desde un púlpito; habla al oído. El “tú” no señala, reconoce.

Ese “tú” es el lector, pero también es cualquiera que atraviesa una noche difícil. La voz poética se vuelve compañía, presencia que no invade, pero tampoco se retira.

Al usar esa cercanía, el poema rompe el aislamiento del dolor. Alguien nos nombra cuando no sabemos cómo nombrarnos. Y ese gesto, por sí solo, ya es una forma de sostén.

 

 

Persistir como forma de dignidad

El centro moral del poema no es la victoria, sino la lealtad a la propia vida. No rendirse no significa triunfar, sino no abandonarse. Benedetti eleva la persistencia cotidiana a la categoría de dignidad.

No hay aplausos ni finales grandiosos. Hay continuidad. Hay decisión. Hay una forma silenciosa de valentía que consiste en seguir respirando sin traicionarse.

Por eso el poema permanece. Porque no habla desde la fuerza, sino desde la fragilidad compartida. Benedetti no promete salvación; ofrece compañía. Y en los momentos en que la vida se vuelve cuesta arriba, esa compañía es —sin exageración— una de las formas más altas de la esperanza.

 

 

Sobre el autor.

 

Mario Benedetti

La palabra como refugio, la escritura como ética

 

 

Un escritor nacido de la intemperie

Mario Benedetti nació en Montevideo en 1920, en una ciudad que todavía confiaba en la estabilidad, pero que pronto aprendería la fragilidad. Su infancia estuvo marcada por el trabajo temprano, la disciplina y la conciencia del esfuerzo cotidiano. No hubo privilegios: hubo observación del mundo real.

Desde joven comprendió que la realidad podía doler, pero también podía narrarse. Esa intuición sería decisiva. Benedetti no buscó escapar del mundo: eligió nombrarlo con claridad y cercanía.

Esa raíz explica su tono inconfundible. Benedetti nunca escribió desde el pedestal; escribió desde la vida común, desde la gente corriente que más tarde sería el centro de su obra.

 

 

La literatura como oficio cotidiano

Antes de consolidarse como autor, Benedetti fue empleado, periodista y crítico. La escritura no llegó como relámpago, sino como constancia. Para él, escribir era un oficio diario.

Su prosa y su poesía comparten esa ética: claridad, precisión y conciencia del lector. No escribió para deslumbrar, sino para comunicar.

Esa decisión lo volvió profundamente popular sin perder rigor. Benedetti demostró que la emoción puede convivir con la inteligencia.

 

 

La poesía: intimidad, resistencia y ternura

La poesía de Benedetti se mueve en lo cotidiano: el amor, la pérdida, el tiempo, el cansancio. No busca lo extraordinario; ilumina lo común.

Poemas como “No te rindas” condensan su poética: acompañar sin imponer, sostener sin dramatizar.

Su poesía se volvió compañía vital para millones de lectores, más allá de modas o premios.

 

 

La narrativa: la épica de la gente común

En su narrativa, Benedetti dio voz a la clase media urbana, rara vez celebrada por la literatura.

Obras como La tregua mostraron que una vida aparentemente gris podía contener profundidad moral.

Benedetti narra sin juzgar. Su mirada es empática, no indulgente.

 

 

Exilio, compromiso y coherencia

El exilio marcó profundamente su vida. La dictadura uruguaya lo obligó a vivir lejos de su país.

Nunca separó del todo literatura y compromiso ético, sin caer en el panfleto.

Su coherencia le dio autoridad moral basada en la claridad, no en el estruendo.

 

 

Un autor que sigue acompañando

Benedetti murió en 2009, pero su obra sigue viva en lectores de distintas generaciones.

Fue un autor de vínculos, no de modas. Entendió la palabra como refugio.

Por eso permanece: porque su voz acompaña cuando la vida se vuelve áspera.

(ByNotas de Libertad).

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/… Los imperdibles de Puerto Vallarta

Cuando el paisaje, la mesa y el tiempo se ponen de acuerdo

 

 

Un territorio que no se entiende con prisa

Puerto Vallarta y la región que lo rodea no se revelan de inmediato. No son un destino que se consuma con rapidez ni un lugar que se deje entender desde la primera mirada. Aquí el viaje comienza cuando la prisa se queda atrás y el cuerpo empieza a adaptarse a otro ritmo, uno más cercano al de la tierra, el mar y la conversación larga.

Esta segunda parte de Los imperdibles de Puerto Vallarta parte de esa certeza. No reúne lugares por fama ni por moda, sino por permanencia. Son sitios que siguen ahí porque tienen sentido para quienes los habitan y porque ofrecen algo más profundo que una experiencia fugaz.

Leer estas crónicas es aceptar una invitación a bajar el paso, a mirar con atención y a dejar que el territorio marque el compás. No hay urgencia. Hay camino.

 

 

Comer como se come aquí

En esta serie, la comida no es un pretexto decorativo ni un atractivo aislado. Es una forma de entender el lugar. Cada cocina, cada mesa y cada plato hablan del territorio del que provienen y de la gente que los sostiene día con día.

Aquí aparecen fogones que mandan, cocinas donde no hay concesiones al apuro, restaurantes que han construido su prestigio plato a plato y mesas que se arman con lo que llega fresco. Comer se vuelve un acto de atención y de respeto, no de consumo acelerado.

Cada crónica recuerda que el sabor no solo entra por la boca: se aprende observando, esperando y compartiendo. Comer, en estos lugares, es una manera de pertenecer, aunque sea por unas horas.

 

 

Pueblos, playas y jardines que siguen vivos

Los espacios que conforman esta entrega no fueron diseñados para exhibirse. Son pueblos que se viven, playas que se trabajan y jardines donde la naturaleza no se acomoda para agradar, sino que se cuida para durar.

Caminar por ellos es entender que la belleza no siempre grita. A veces se muestra en una plaza sin prisas, en una costa extensa donde la noche también importa, o en un jardín donde el agua marca el recorrido y el silencio tiene peso.

Estos lugares siguen vivos porque no se dejaron convertir en escenografía. Y eso los vuelve imperdibles para quien sabe mirar.

 

 

La experiencia antes que la postal

Esta serie no busca escenarios perfectos ni fondos para la fotografía rápida. Busca experiencias completas. Lugares donde sentarse implica quedarse, donde mirar alrededor es parte del plato y donde el tiempo no se fragmenta en actividades programadas.

Los textos que siguen no recomiendan desde la distancia. Acompañan desde dentro. Invitan a sentarse, a caminar, a probar sin prisa y a dejar que la experiencia se construya sola, sin instrucciones rígidas.

Aquí la postal es consecuencia, no objetivo. Lo que importa es lo que se vive mientras ocurre.

 

 

Una invitación abierta

Las crónicas que conforman esta segunda parte de Los imperdibles de Puerto Vallarta no cierran una guía ni pretenden agotar un territorio. Al contrario: abren preguntas, despiertan antojos y provocan el deseo de ir, de volver y de quedarse un poco más.

Son textos pensados para leerse con calma y para viajar con ellos en la cabeza. Para llegar sabiendo que lo verdaderamente imperdible no siempre se anuncia, pero se reconoce cuando se está frente a ello.

Porque hay lugares que se visitan, y otros —como los que siguen— que se aprenden con el cuerpo entero.

 

(By Notas de Libertad).

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Domingo 4 de enero al sábado 10 de enero.

 

 

Santoral.

 

La semana donde el tiempo se vuelve testimonio

Hay días que no se recuerdan por lo que ocurrió, sino por quiénes los habitaron. El santoral no enumera hazañas: recoge fidelidades. Son vidas que no buscaron trascender, pero lo hicieron permaneciendo. Aquí no hay ruido ni gloria inmediata, solo constancia. El calendario avanza, pero estas historias se quedan. Porque la fe, cuando es verdadera, no caduca.

 

 

Domingo 4 de enero

 

Isabel Ana Seton

Transformó la pérdida personal en una vocación educativa profunda. Abrió caminos para una fe enseñada con inteligencia y compasión. Educar fue su forma de servir.

 

Ángela de Foligno

Vivió una conversión interior radical que la llevó al despojo total. Su experiencia mística fue confrontación y búsqueda. La fe como incendio interior.

 

Rigoberto de Reims

Ejerció su ministerio con firmeza frente al poder político. Defendió la justicia sin concesiones. Su autoridad nació de la coherencia.

 

Tito de Creta

Acompañó la organización de las primeras comunidades cristianas. Dio estructura sin apagar el espíritu. La fe que cuida y ordena.

 

Aquiles de Spoleto

Mantuvo su convicción cristiana ante la persecución. Su martirio fue una decisión consciente. Fidelidad sin negociación.

 

 

Lunes 5 de enero

 

Juan Neumann

Dedicó su vida pastoral a migrantes y educación popular. Creyó en una Iglesia organizada para servir. La fe hecha institución solidaria.

 

Eduardo el Confesor

Gobernó con moderación en tiempos de conflicto. Rechazó la violencia como forma de poder. Ética en el mando.

 

Simeón Estilita

Eligió una vida extrema como signo espiritual. Su austeridad fue mensaje público. La fe llevada al límite.

 

Emiliana de Roma

Vivió la santidad en lo cotidiano y silencioso. Entrega constante sin notoriedad. La fe sostenida en la discreción.

 

Teleforo

Lideró a la Iglesia naciente bajo persecución. Murió defendiendo la fe. Cimiento temprano.

 

 

Martes 6 de enero

 

Melchor

Representa la búsqueda que no se conforma con lo evidente. El saber que se pone en camino. La fe que reconoce y se inclina.

 

Gaspar

Simboliza el encuentro humilde con lo sagrado. La ofrenda que no pretende dominar. La fe que aprende a escuchar.

 

Baltasar

Figura de los pueblos que también son llamados. Su presencia rompe fronteras. La fe como inclusión.

 

Andrés Bessette

Vivió la santidad desde la sencillez absoluta. Nunca buscó notoriedad. La humildad como camino de sanación.

 

Nilamón

Eligió el silencio del desierto como forma de vida. Su oración fue constancia. El tiempo vivido hacia adentro.

 

 

Miércoles 7 de enero

 

Raimundo de Peñafort

Unió rigor intelectual y vocación espiritual. Ordenó la vida jurídica de la Iglesia con claridad. La razón puesta al servicio de la fe.

 

Luciano de Antioquía

Defendió la fe desde el pensamiento y el testimonio personal. Murió sin renunciar a su palabra. Convicción sostenida hasta el final.

 

Ciro de Constantinopla

Vivió una espiritualidad austera y fiel. Su ejemplo fue discreto pero constante. Santidad sin estridencias.

 

Juliana de Nicomedia

Resistió la imposición del poder sobre la conciencia. Murió fiel a su fe. Dignidad interior inquebrantable.

 

Polieucto

Su conversión marcó una ruptura total con su pasado. La fe redefinió su destino. Coherencia sin medias tintas.

 

 

Jueves 8 de enero

 

Severino de Nórico

Defendió comunidades vulnerables en tiempos de desplazamiento y caos. La fe se volvió refugio. Evangelio vivido como protección.

 

Apolinar Claudio

Sostuvo comunidades pequeñas en los primeros siglos cristianos. Su labor fue silenciosa pero fundamental. Perseverancia cotidiana.

 

Máximo de Pavía

Ejerció el liderazgo desde la reconciliación. Su palabra tendía puentes. Autoridad nacida del diálogo.

 

Eugenio de Cartago

Guió a su pueblo bajo persecución constante. Nunca abandonó su responsabilidad pastoral. Fortaleza sin alarde.

 

Peñencio

Vivió retirado en oración continua. Su santidad fue constancia diaria. La fe que no se mueve.

 

 

Viernes 9 de enero

 

Adrián de Canterbury

Impulsó la educación como misión espiritual. Formó generaciones desde el conocimiento. La fe que enseña.

 

Juliano de Antioquía

Aceptó el martirio antes que renunciar a sus convicciones. Enfrentó la muerte con serenidad. Testimonio firme.

 

Marcelino de Ancona

Ejerció un pastoreo cercano y humano. Acompañó a su comunidad en dificultad. Liderazgo sin distancia.

 

Basilisa de Roma

Consagró su vida desde la juventud. Vivió la fidelidad sin reservas. Entrega total.

 

Eulogio de Córdoba

Defendió la fe cristiana desde la palabra y el pensamiento. Pagó con su vida esa convicción. Martirio de conciencia.

 

 

Sábado 10 de enero

 

Gregorio de Nisa

Exploró el misterio cristiano desde la teología y la filosofía. Unió razón y contemplación. Pensamiento que sigue dialogando.

 

Guillermo de Bourges

Rechazó privilegios para vivir con austeridad. Su autoridad fue moral. El ejemplo como fuerza.

 

Agatón

Buscó la unidad sin imponer. Defendió la verdad con prudencia. Sabiduría conciliadora.

 

Nicanor

Representa a los mártires anónimos de los primeros siglos. Fe sin nombre. Fidelidad sin registro.

 

Domingo de Silos

Vivió la reforma monástica desde la constancia diaria. Su legado fue perseverar. El tiempo como vocación.

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Música para recordar el ayer

La voz que aprendió a romper su propio espejo

Trayectoria, transformación artística y obra de Miley Cyrus

 

 

Origen y exposición temprana: crecer bajo la mirada pública

Miley Cyrus inicia su carrera artística desde la infancia en un contexto marcado por la visibilidad mediática y la industria del entretenimiento. Su entrada temprana al mundo del espectáculo la coloca desde muy joven en una relación compleja con la fama, donde la identidad personal y el personaje público se confunden. La música aparece inicialmente como una extensión de esa exposición, pero con el paso del tiempo se convierte en un espacio de búsqueda propia.

Desde sus primeros años, su trayectoria está atravesada por la tensión entre lo esperado y lo deseado. Crecer frente a cámaras, audiencias masivas y una narrativa prefabricada marca profundamente su relación con la creación artística y con la construcción de su voz.

 

 

Del personaje juvenil a la necesidad de ruptura

La primera etapa de su carrera musical se asocia a un público juvenil y a una imagen cuidadosamente controlada. Sin embargo, conforme avanza hacia la adultez, Miley Cyrus comienza a experimentar una incomodidad evidente con ese molde. La música se vuelve entonces un territorio de ruptura, donde la provocación, el exceso y el cambio de imagen funcionan como mecanismos para tomar distancia del personaje inicial.

Esta transición no es lineal ni cómoda. Está marcada por decisiones estéticas radicales, cambios de sonido y una relación conflictiva con la opinión pública. En ese proceso, Cyrus comienza a utilizar la música como una herramienta para redefinir quién es y quién no quiere seguir siendo.

 

 

Exploración sonora y afirmación de autonomía

Con el paso del tiempo, la obra de Miley Cyrus se vuelve más diversa y arriesgada. Aparecen influencias del pop, el rock, el soul y el country, combinadas con una actitud interpretativa cada vez más segura. La exploración sonora se acompaña de una presencia vocal más poderosa, donde su timbre rasposo y expresivo se convierte en una de sus principales fortalezas.

En esta etapa, la artista asume un mayor control creativo sobre su música. Las canciones dejan de girar exclusivamente en torno a la provocación y comienzan a explorar emociones más complejas: la pérdida, el deseo, la reconstrucción personal y la contradicción interna.

 

 

Relectura del pasado y reconciliación con la identidad

Un rasgo distintivo de la evolución de Miley Cyrus es su capacidad para volver sobre su propio pasado sin negarlo. En lugar de borrar etapas anteriores, su obra más reciente dialoga con ellas desde la distancia. La música se convierte en un espacio de reconciliación, donde la artista reconoce sus excesos, aprendizajes y transformaciones.

Esta relectura se expresa tanto en el sonido como en las letras, que adoptan un tono más reflexivo y directo. La imagen pública deja de ser un campo de batalla constante y se transforma en una extensión más honesta de su identidad creativa.

 

 

Madurez artística, éxitos y lugar en la música contemporánea

En sus trabajos más recientes, Miley Cyrus muestra una madurez artística centrada en la interpretación vocal y la solidez emocional de sus canciones. La potencia de su voz, combinada con arreglos más sobrios, permite que la música respire sin necesidad de artificios excesivos.

Canciones como The Climb marcaron su etapa inicial como himnos de crecimiento personal, mientras que Wrecking Ball y We Can’t Stop representaron una ruptura frontal con su imagen anterior. Más adelante, temas como Malibu y Flowers consolidaron su voz como la de una artista que canta desde la autonomía emocional, ocupando un lugar singular en la música contemporánea por su capacidad de transformación constante.

​(By Notas de Libertad).

Flowers.

Happy Xmas (War Is Over).

Wrecking Ball.

La autora que convirtió la vida en repertorio

Trayectoria, evolución artística y obra de Taylor Swift

 

 

La escritura como origen y método

Taylor Swift inicia su relación con la música desde la escritura. Antes de consolidarse como intérprete, su rasgo distintivo es la composición de canciones concebidas como relatos personales, donde la experiencia cotidiana se transforma en letra. Desde muy joven, la música aparece para ella como un espacio de identidad, reflexión y orden emocional. La escritura no funciona como un complemento de su carrera: es el centro desde el cual se organiza toda su obra.

El traslado a Nashville durante la adolescencia marca un momento decisivo. En ese entorno, históricamente vinculado al country, comienza a desarrollar una carrera profesional sostenida en canciones propias, escritas en primera persona y con una atención minuciosa al detalle emocional. Desde el inicio, su propuesta se distingue por una narrativa clara, íntima y reconocible, que convierte vivencias personales en historias compartidas.

 

 

Del country narrativo a la expansión popular

Sus primeros discos se inscriben dentro del country contemporáneo y abordan el crecimiento personal, las relaciones afectivas, la inseguridad y el tránsito hacia la adultez. La claridad narrativa y el tono confesional se convierten en su sello distintivo. El reconocimiento llega de forma temprana y se acompaña de una identificación profunda por parte del público, que encuentra en sus canciones un reflejo directo de experiencias comunes.

Con el paso del tiempo, Taylor Swift inicia una transición progresiva hacia el pop. Este cambio no implica un abandono de su identidad autoral, sino una ampliación de recursos sonoros y expresivos. La producción se vuelve más sofisticada, la proyección internacional se expande y la estructura de sus álbumes adquiere mayor complejidad. En esta etapa, Swift consolida una figura artística capaz de moverse entre géneros sin perder coherencia narrativa.

 

 

Control creativo y reapropiación de la obra

Un punto central en su trayectoria es el conflicto por la propiedad de sus grabaciones originales. Frente a esta situación, Taylor Swift toma una decisión inusual en la industria: regrabar sus álbumes para recuperar el control sobre su catálogo. Este proceso no se limita a una estrategia legal o económica, sino que adquiere un peso simbólico profundo.

Las nuevas versiones resignifican canciones ya conocidas desde la distancia del tiempo y la experiencia acumulada. La reapropiación del catálogo reafirma su papel como autora y propietaria de su obra, y redefine la relación entre creador, industria y público. La decisión se convierte en uno de los episodios más influyentes de su carrera y en un referente dentro del debate contemporáneo sobre derechos de autor.

 

 

Madurez artística y expansión narrativa

En sus trabajos más recientes, la escritura de Taylor Swift se vuelve más reflexiva y estructuralmente compleja. Aparecen relatos menos inmediatos, personajes construidos desde la memoria, la observación y, en algunos casos, la ficción. La canción deja de ser únicamente un registro autobiográfico directo y se transforma en un espacio narrativo más amplio.

Esta etapa muestra a una creadora que escribe desde la conciencia plena de su oficio. La exploración de atmósferas, tiempos y voces amplía el alcance expresivo de su obra y confirma una madurez artística que no depende de fórmulas previas, sino de una relación cada vez más libre con la narración musical.

 

 

Lugar en la música contemporánea

Taylor Swift ocupa un lugar singular en la música contemporánea como compositora, intérprete y figura cultural. Su trayectoria se caracteriza por una evolución constante y por la centralidad de la autoría en cada etapa de su carrera. Más allá de géneros o modas, su obra se sostiene en la persistencia de la escritura como núcleo creativo.

Su repertorio puede leerse como una narración continua: una vida convertida en canciones, revisada, corregida y ampliada a lo largo del tiempo. En ese sentido, su obra no solo acompaña a su generación, sino que dialoga con ella desde la experiencia, la memoria y la palabra.

La dimensión de la obra de Taylor Swift también se explica por la forma en que sus canciones más conocidas se integraron a la experiencia emocional de distintas generaciones. Temas como Love Story y You Belong With Me marcaron su etapa inicial y la convirtieron en una voz reconocible de la juventud. Más adelante, canciones como We Are Never Ever Getting Back Together, Shake It Off y Blank Space consolidaron su dominio del pop y su capacidad para dialogar con la cultura popular desde la ironía y la autoafirmación. En una etapa posterior, piezas como All Too Well, Cardigan, Willow o Anti-Hero mostraron una escritura más contenida y reflexiva, capaz de sostener el éxito sin renunciar a la profundidad narrativa. En ese recorrido, sus grandes éxitos no funcionan como episodios aislados, sino como capítulos visibles de una obra coherente, donde la popularidad amplifica —y no sustituye— el peso de la autoría.

(By Notas de Libertad).

Love Story.

Cruel Summer.

Shake It Off.

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La Liturgia del tigre blanco

De: Daniel Salinas Basave

Resumen.

 

La construcción de una leyenda contemporánea

Vida pública, poder, empresa y escándalo en la trayectoria de Jorge Hank Rhon

 

 

El origen del personaje: familia, apellido y entorno de poder

El libro sitúa el origen de Jorge Hank Rhon dentro de una estructura familiar íntimamente ligada al poder político y económico de México. Desde las primeras páginas, Daniel Salinas Basave expone su condición de hijo de Carlos Hank González, uno de los personajes más influyentes del régimen priista del siglo XX, cuya trayectoria marcó durante décadas la relación entre política, negocios y administración pública.

El texto reconstruye el ambiente en el que se forma Jorge Hank Rhon: un entorno donde la política no es una vocación externa, sino una presencia constante; donde las relaciones con gobernadores, funcionarios, empresarios y operadores del poder forman parte de la vida cotidiana. El libro describe cómo este contexto moldea su carácter y su manera de concebir la autoridad, el dinero y la visibilidad pública.

Salinas Basave muestra que el apellido Hank funciona como un capital acumulado históricamente. No solo abre accesos, sino que genera expectativas, vigilancia y una atención mediática permanente. Desde edades tempranas, la figura de Hank Rhon se encuentra asociada al poder, lo que marcará de manera definitiva su trayectoria personal, empresarial y política.

 

 

Negocios y expansión: el imperio del juego y la influencia económica

Una parte central y extensa del libro está dedicada a documentar la construcción del emporio empresarial de Jorge Hank Rhon. El autor detalla el surgimiento del Grupo Caliente, su crecimiento progresivo y su consolidación como uno de los actores más relevantes de la industria de los juegos y apuestas en México.

El texto describe el funcionamiento del negocio del juego, los permisos necesarios para operar, los marcos regulatorios existentes y las tensiones constantes con autoridades federales y estatales. Se narran episodios de expansión territorial, disputas legales, conflictos administrativos y procesos de regularización que acompañan el crecimiento del grupo empresarial.

El libro muestra cómo esta actividad coloca a Hank Rhon en una posición de influencia económica significativa, especialmente en el norte del país. El dinero, la ostentación y la visibilidad del negocio comienzan a formar parte central de su imagen pública, convirtiéndolo en un personaje inevitable dentro del paisaje económico y mediático.

 

 

Tijuana como escenario: frontera, política y visibilidad pública

Tijuana es uno de los ejes narrativos fundamentales del libro. Salinas Basave presenta a la ciudad como un espacio atravesado por contrastes permanentes: frontera geográfica y simbólica, punto de encuentro entre legalidad e ilegalidad, comercio y violencia, poder formal e informal.

El texto desarrolla la relación entre Jorge Hank Rhon y Tijuana como una relación simbiótica. La ciudad amplifica su figura, y él se convierte en uno de los personajes más visibles y reconocibles de la vida pública local. Se narran episodios urbanos, sociales y políticos que refuerzan esa presencia constante.

La frontera aparece como un escenario donde los excesos adquieren mayor resonancia, donde la exposición mediática se intensifica y donde los personajes públicos se transforman con facilidad en figuras míticas.

 

 

Trayectoria política y administración del poder local

El libro aborda con detalle la incursión de Jorge Hank Rhon en la política formal, centrándose especialmente en su paso por la presidencia municipal de Tijuana. Salinas Basave describe las circunstancias de su llegada al cargo, su estilo personal de gobernar y su relación con el aparato partidista.

Se documentan decisiones administrativas, conflictos con actores políticos locales, tensiones con la prensa y reacciones ciudadanas encontradas. El texto muestra cómo su figura despierta apoyos y rechazos simultáneos, y cómo su manera de ejercer el poder rompe con ciertos códigos tradicionales de la política local.

La política aparece integrada al resto de su vida pública: no como un episodio aislado, sino como una extensión natural de su visibilidad económica, social y mediática.

 

 

Caída, proceso judicial y permanencia en la vida pública

El eje estructural del libro es la detención de Jorge Hank Rhon el 4 de junio de 2011 en Tijuana. El autor describe con detalle el operativo militar, el contexto político del momento y la manera en que el arresto se convierte de inmediato en un acontecimiento mediático de alcance nacional.

El libro reconstruye paso a paso el proceso judicial: las acusaciones presentadas, la revisión de pruebas, las inconsistencias señaladas y la resolución que conduce a su liberación por falta de elementos suficientes. Se documenta la distancia entre la acusación pública y el desenlace legal, así como el impacto de esa brecha en la percepción social del personaje.

El cierre del libro muestra que este episodio no marca el final de la trayectoria pública de Hank Rhon. Por el contrario, su figura se reconfigura y permanece instalada en la vida política y mediática como una leyenda contemporánea, alimentada por hechos, relatos repetidos y una exposición constante.

 

Conclusión

El libro termina sin clausurar al personaje ni fijarlo en una imagen definitiva. Daniel Salinas Basave deja el relato abierto, mostrando cómo Jorge Hank Rhon continúa siendo una presencia activa en el espacio público, más allá de episodios judiciales o ciclos políticos específicos. La narración se detiene en el punto en que la historia ya no avanza hacia una resolución, sino que permanece en circulación, sostenida por la memoria pública, la repetición mediática y la continuidad del poder en distintas formas. El cierre del libro no concluye una vida ni un proceso, sino que registra la persistencia de un personaje que sigue formando parte del paisaje político y social del país.

 

 

 

Sobre el autor.

El cronista de la frontera

Vida, trayectoria y obra de Daniel Salinas Basave

 

 

Origen y formación: la frontera como experiencia fundacional

Daniel Salinas Basave se forma en el norte de México, en un entorno fronterizo que marcará de manera decisiva su mirada periodística y literaria. Su experiencia vital y profesional se desarrolla en una región donde confluyen migración, comercio, violencia, poder informal y una intensa exposición mediática de la vida pública. Este contexto no aparece en su obra como simple escenario, sino como materia narrativa constante.

Su formación se da en el ejercicio directo del periodismo, en el contacto cotidiano con los hechos, las calles y los personajes que habitan una de las zonas más complejas del país. La frontera se convierte así en un punto de observación privilegiado desde el cual construye una mirada narrativa sobre México.

 

 

El periodismo como eje central de su trayectoria

La base de la obra de Salinas Basave es el periodismo. A lo largo de su carrera ha trabajado principalmente en la crónica y el reportaje de largo aliento, géneros en los que combina investigación, reconstrucción de escenas y contexto social.

En su labor periodística aparecen de manera recurrente asuntos como el poder político, la violencia, el crimen organizado, los márgenes de la legalidad y los personajes públicos polémicos. Su estilo privilegia la narración de hechos por encima de la opinión directa.

 

 

Obra en libro: diversidad de géneros y temas

La obra publicada de Daniel Salinas Basave es amplia y diversa. En el campo del ensayo y la no ficción destacan títulos como Réquiem por Gutenberg, Mitos del Bicentenario y Cartografías de Nostromo.

En el ámbito del periodismo narrativo se inscribe La liturgia del tigre blanco, biografía periodística de Jorge Hank Rhon. Su obra de ficción incluye libros de cuentos como Dispárenme como a Blancornelas, Juglares del bordo y Días de whisky malo, este último galardonado con el Premio Nacional Gilberto Owen de Literatura.

En la narrativa histórica y biográfica destaca El samurái de la Graflex, obra dedicada al fotógrafo japonés Kingo Nonaka y su paso por la Revolución mexicana.

 

 

Estilo y método: documentación, narración y distancia

El trabajo de Salinas Basave se caracteriza por la combinación de rigor documental y herramientas narrativas. Sus textos se construyen a partir de escenas, episodios y contextos bien delimitados.

Un rasgo constante de su método es la distancia narrativa: evita la sentencia explícita y permite que el peso del relato recaiga en los hechos documentados.

 

 

Lugar dentro del panorama literario y periodístico mexicano

Dentro del periodismo y la literatura contemporáneos en México, Daniel Salinas Basave ocupa un lugar como cronista de los márgenes del poder y de la vida fronteriza.

Su obra funciona como un registro sostenido de un país en tensión permanente, observado desde una frontera que en su escritura deja de ser periferia para convertirse en centro narrativo.

 

(By Notas de Libertad).

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El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (1/10)

Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga

 

 

 

Antes del nombre

La infancia donde el poder no se entiende, pero ya gobierna

 

 

La casa como primer mapa de jerarquías

Héctor Beltrán Aguirre creció en una casa donde el poder no se explicaba, se ejercía. No había discursos, ni órdenes en voz alta, ni discusiones largas: había decisiones que se asumían y silencios que organizaban la vida cotidiana. El padre regresaba del trabajo con el cansancio marcado en el cuerpo, y bastaba su presencia para que la casa encontrara un orden automático, aprendido a fuerza de repetición. La madre administraba tiempos, gastos y emociones con una disciplina invisible que nunca se proclamaba autoridad, pero lo era. En ese entorno, Héctor entendió desde niño que mandar no siempre implica imponer y que obedecer no significa necesariamente aceptar. Aquella casa fue su primer territorio político, un espacio donde las jerarquías no se cuestionaban porque nadie recordaba haberlas elegido.

Ese aprendizaje temprano dejó una marca profunda. El poder no se presentaba como algo heroico ni malvado, sino como algo inevitable. Nadie lo celebraba, pero todos ajustaban su comportamiento frente a él. Sin saberlo, Héctor empezó a desarrollar una relación temprana con la autoridad basada en la observación paciente y no en la confrontación. Ahí comenzó a formarse una intuición que lo acompañaría siempre: el poder más eficaz es el que no necesita justificarse.

 

 

El silencio adulto frente a las decisiones ajenas

Cuando los adultos hablaban del gobierno, bajaban la voz casi de manera automática. No era miedo explícito; era una prudencia heredada, transmitida como se transmiten los hábitos. Las frases se repetían con naturalidad: no vale la pena, mejor no meterse, así han sido siempre las cosas. Eran sentencias que cerraban cualquier intento de conversación y que, sin proponérselo, educaban en la resignación. Héctor escuchaba con atención, más por lo que no se decía que por lo que se afirmaba. Aprendió pronto que el silencio también es una forma de obediencia.

Ese silencio no era vacío. Era pedagógico. Enseñaba que el poder se fortalece cuando nadie lo nombra y que la falta de protesta no siempre significa acuerdo, sino cansancio acumulado. Héctor empezó a leer gestos, pausas y miradas. Descubrió que había verdades que no se pronunciaban, pero organizaban la vida cotidiana con más eficacia que cualquier ley escrita. Fue su primera lección política real, aunque todavía no tuviera nombre.

 

 

La calle donde la desigualdad se vuelve paisaje

La calle donde pasó su infancia no tenía nada de extraordinario. Precisamente por eso fue formativa. En ella convivían realidades distintas sin mezclarse del todo. Algunas casas mejoraban con los años; otras permanecían iguales. Algunos niños hablaban del futuro como una promesa; otros aprendían temprano a no esperar demasiado. Nadie se sorprendía por esas diferencias. Formaban parte del paisaje, como el polvo o los cables colgando de los postes.

Ahí se formó el primer grupo de amistades. Manuel “Lito” Vargas, noble y frontal, siempre dispuesto a decir lo que pensaba aunque incomodara. Rosaura Mejía, observadora, silenciosa, con una intuición temprana para leer los estados de ánimo del grupo. Y Pinchito, siempre presente, siempre atento, siempre cuidando no quedar mal con nadie. Pinchito no destacaba por liderazgo ni por talento, pero tenía una habilidad temprana para acomodarse. Nadie lo veía como amenaza. Nadie lo veía como figura central. Pero estaba en todos lados, aprendiendo a sobrevivir sin exponerse.

 

 

Aprender a mirar antes de hablar

Desde esos años, Héctor desarrolló una inclinación natural por la observación. No era timidez; era una forma temprana de cálculo. Prefería entender antes de intervenir. En los juegos, en la calle, en la escuela, notaba quién imponía las reglas, quién las aceptaba y quién fingía obedecer mientras buscaba ventaja. Descubrió que el mando rara vez se anunciaba y que muchas veces se ejercía desde los márgenes, sin títulos ni reconocimientos.

En la escuela primaria ese aprendizaje se volvió más claro. Los salones funcionaban como pequeños estados: había normas, castigos, privilegios y arbitrariedades. Algunos alumnos parecían intocables; otros siempre estaban bajo sospecha. Héctor se movía con cuidado entre ambos extremos. No desafiaba, pero tampoco se entregaba. Guardaba silencio, no por miedo, sino por intuición estratégica. Sin saberlo, estaba aprendiendo a medir fuerzas antes de exponerse.

 

 

La injusticia como costumbre temprana

Hubo episodios pequeños que se le quedaron grabados con nitidez. Castigos colectivos por faltas individuales. Decisiones tomadas sin escuchar. Reglamentos usados como excusa para imponer orden más que justicia. Una tarde, toda la clase fue sancionada por la falta de uno solo. Nadie habló. Nadie señaló. La autoridad decidió y todos obedecieron. Héctor aceptó el castigo, pero algo se movió dentro de él. No fue rabia, fue claridad.

Comprendió que el sistema no buscaba ser justo, buscaba funcionar. Y funcionaba precisamente porque nadie lo enfrentaba de frente. Ese día regresó a casa con una idea todavía sin nombre: el poder no necesita tener razón para imponerse; le basta con no ser cuestionado. Esa comprensión temprana se convirtió en una marca silenciosa que lo acompañaría durante años.

 

 

El carácter que se forma sin saberlo

La infancia de Héctor Beltrán Aguirre no estuvo marcada por gestas ni tragedias. Fue una suma constante de escenas pequeñas que, juntas, moldearon su carácter. Aprendió a resistir sin ruido, a esperar sin desesperarse, a no confiar del todo. Mientras otros soñaban con irse lejos, con escapar del entorno, Héctor desarrolló una necesidad distinta: entender. Entender por qué las cosas eran como eran y quién decidía que siguieran siéndolo.

Pinchito seguía cerca, siempre atento, siempre disponible. Lito y Rosaura también. Otros amigos aparecerían con el tiempo y algunos desaparecerían sin despedirse. Héctor aún no lo sabía, pero en ese grupo inicial ya estaban sembradas las futuras lealtades y las traiciones que marcarían su vida política. En esa infancia sin épica se estaba formando algo más peligroso que la rebeldía: la paciencia. Y la paciencia, en política, nunca es inocente.

 

 

La disciplina de obedecer

La escuela secundaria como el primer laboratorio donde la autoridad se ejerce sin pedir permiso

 

 

El primer roce con la autoridad visible

La secundaria fue el primer espacio donde Héctor Beltrán Aguirre comprendió que la autoridad ya no era una idea difusa, sino una presencia concreta, con rostro, nombre y voz. Directores, prefectos y maestros no pedían consentimiento: ejercían. Su poder no se discutía, se acataba. Las reglas aparecían colgadas en muros, repetidas en asambleas, escritas en reglamentos que pocos leían completos, pero todos temían infringir. Héctor observó desde los primeros días que esas normas no se aplicaban igual para todos. Algunos alumnos podían doblarlas sin consecuencia; otros cargaban sanciones desproporcionadas por faltas menores. Esa diferencia no era accidental: respondía a jerarquías invisibles.

Ese fue el primer contacto real con un poder que no se justificaba. Ya no bastaba obedecer en silencio como en la infancia; ahora había que aprender cuándo obedecer, cuándo callar y cuándo desaparecer del radar. Héctor entendió que la autoridad no premiaba la razón, sino la docilidad medida. No se trataba de someterse por completo, sino de no desafiar en el momento equivocado. Esa lección se grabó con claridad temprana.

 

 

Los nuevos compañeros y la ampliación del grupo

Con la secundaria llegaron nuevos nombres, nuevas miradas y tensiones más complejas. El grupo de la infancia se amplió y comenzó a fragmentarse. Apareció Álvaro Cruz, carismático, seguro, siempre cómodo frente a los adultos. Sabía decir lo correcto en el momento preciso y ganarse la simpatía de la autoridad sin perder prestigio entre los compañeros. Su facilidad para moverse entre ambos mundos lo volvía visible y protegido al mismo tiempo.

También llegó Claudia Treviño, organizada, inteligente, capaz de leer las reglas y utilizarlas a su favor sin levantar sospecha. No desafiaba el sistema: lo entendía. Manuel “Lito” Vargas seguía siendo frontal, incapaz de medir consecuencias. Rosaura Mejía continuaba observando todo con una lucidez silenciosa. Y Pinchito, como siempre, se mantenía en medio de todos, ajustando su discurso según el interlocutor. Héctor empezó a notar que el grupo ya no avanzaba como un solo cuerpo, sino como trayectorias que se separaban lentamente.

 

 

Aprender la utilidad de la obediencia

La obediencia dejó de ser un reflejo automático y se convirtió en una herramienta. Héctor comprendió que obedecer a tiempo podía evitar castigos innecesarios y que desobedecer sin cálculo solo generaba desgaste. No era una lección moral, sino práctica. La secundaria enseñaba rápido y sin contemplaciones. Cada error se pagaba con exposición pública y cada acierto con invisibilidad.

Pinchito fue quien entendió esa lógica con mayor rapidez. Siempre sabía cuándo alinearse, cuándo asentir y cuándo desaparecer. No confrontaba, no lideraba, pero rara vez pagaba costos. Esa habilidad empezó a incomodar a Héctor. No era admiración ni envidia: era una incomodidad seca, una sensación de que algo no estaba bien en esa facilidad para acomodarse sin dejar huella.

 

 

Los castigos ejemplares y las lecciones ocultas

Hubo sanciones que marcaron al grupo con nitidez. Expulsiones temporales, suspensiones, citatorios para los padres. No siempre recaían sobre los más responsables, sino sobre los más visibles. Héctor observó cómo Sergio Ledesma, impulsivo y directo, fue castigado con dureza por decir en voz alta lo que muchos pensaban. La falta no fue el problema: fue la ruptura del silencio.

Aquella escena dejó claro que el sistema no castigaba la injusticia, sino la incomodidad. Esa tarde, Héctor entendió que la autoridad prefería el orden a la verdad. Que el castigo no buscaba corregir, sino ejemplificar. Y que aprender a sobrevivir implicaba saber cuándo guardar la palabra, incluso cuando ardía por dentro.

 

 

Pinchito y la comodidad del acomodo

Pinchito comenzó a mostrar un rasgo que ya no pasó desapercibido. Cuando otros eran señalados, él se mantenía al margen. Cuando se requería apoyo, ofrecía palabras ambiguas. Nunca mentía de frente, pero tampoco decía toda la verdad. Siempre encontraba una forma de no quedar expuesto, de no aparecer en la lista, de no ser recordado.

Esa conducta empezó a generar una repulsión tenue, todavía confusa. No era traición abierta; era algo más difícil de nombrar: una renuncia constante a cualquier postura. Héctor empezó a comprender que esa forma de estar en el mundo tenía consecuencias, aunque aún no se manifestaran del todo. Pinchito avanzaba sin fricción, y eso empezaba a decir demasiado.

 

 

La obediencia como antesala del carácter

Al final de la secundaria, Héctor Beltrán Aguirre ya no era el mismo niño que había entrado. Había aprendido a obedecer sin perderse por completo, a resistir sin hacer ruido y a elegir con cuidado sus batallas. El grupo ya no caminaba unido. Algunos se acercaban a la autoridad; otros se alejaban del sistema; algunos, como Pinchito, se acomodaban entre ambos mundos sin asumir costos visibles.

En ese laboratorio temprano, Héctor empezó a forjar un carácter que no era dócil ni rebelde, sino atento. Sabía que el poder no se enfrentaba de golpe. Primero se aprendía a leer. Y esa lectura, lenta y paciente, sería la base de todo lo que vendría después, cuando la obediencia dejara de ser una estrategia y se convirtiera en decisión.

 

 

 

El día que se pierde por primera vez

La preparatoria como el territorio donde la política deja de ser intuición y se vuelve confrontación

 

 

El cambio de escala

La preparatoria fue, para Héctor Beltrán Aguirre, una frontera. No porque el edificio fuera más grande —aunque lo era—, ni porque hubiera más alumnos —que también—, sino porque ahí la autoridad dejó de parecer una pared firme y se volvió una red: flexible, silenciosa, capaz de apretar sin que se notara. En la secundaria se obedecía por miedo al castigo; en la preparatoria se obedecía por miedo a quedar marcado.

El primer día, Héctor sintió esa diferencia en el cuerpo. Los pasillos eran largos y sonaban distinto: no había el mismo eco de control, sino una especie de libertad vigilada. Los prefectos no caminaban con silbato al cuello; se quedaban en esquinas estratégicas, como si no observaran, pero lo supieran todo. Los directivos aparecían poco, y esa ausencia era una lección: el poder más cómodo es el que no tiene que mostrarse a cada momento.

Las reglas ya no se gritaban. Nadie decía “prohibido” con la misma contundencia, pero todo estaba ordenado por códigos no escritos. Había salones “que convenía” no usar para reuniones; horarios “que era mejor” respetar; asuntos “que podían” discutirse y otros que “era preferible” no tocar. Héctor, que venía aprendiendo a leer los silencios, entendió pronto que el nuevo sistema operaba con frases suaves que escondían consecuencias duras. La tolerancia era, muchas veces, una máscara de control.

En ese cambio de escala, la política estudiantil dejó de ser una ocurrencia de pasillo y comenzó a tener forma de tablero. Quien dominaba el tablero no era necesariamente el más valiente, sino el más capaz de sostener una presencia constante sin quemarse. Héctor lo vio, lo registró y sintió, por primera vez, que quedarse quieto podía ser una manera de perder sin haber peleado.

Nuevas alianzas, viejas tensiones

La preparatoria también cambió el mapa humano. El grupo de la infancia y la secundaria no desapareció, pero se reacomodó como se reacomodan las cosas cuando crece el espacio: ya no bastaba con “ser amigo”, ahora importaba con quién te veían, a qué mesa te sentabas, qué decías en público y qué negabas después.

Álvaro Cruz se consolidó rápido. Tenía esa facilidad que algunos traen de nacimiento: hablar como si nunca dudaran, sonreír sin parecer nerviosos, acercarse a los adultos sin perder estatus con los compañeros. En actos cívicos se ofrecía para leer, para coordinar, para “apoyar”. No era servil: era hábil. Sabía dónde estaba la línea roja y rara vez la tocaba. Su poder era suave, casi simpático.

Claudia Treviño empezó a organizar. No levantaba la voz, pero dejaba claro el orden. Llevaba libretas, apuntaba acuerdos, proponía rutas. Tenía una inteligencia práctica que no se quedaba en la queja. A Héctor le impresionó eso: la capacidad de convertir el malestar en acción sin convertirlo en escándalo.

Lito Vargas, en cambio, se fue volviendo más incómodo para la institución. En la secundaria lo castigaban por impulsivo; en la preparatoria lo vigilaban por “problemático”. Había en él una indignación que no sabía ocultar. Y Rosaura Mejía —Rosaura siempre— miraba todo como si tomara fotografías internas: quién se acercaba a quién, quién cambiaba de discurso, quién se reía en el momento que no debía.

Y Pinchito seguía. Pinchito como una sombra que cae bien. No era líder, no era brillante, no era audaz, pero tenía la habilidad más peligrosa en un ambiente político: la de estar en todos lados sin pertenecer a ninguno. Se acercaba a Álvaro cuando convenía; escuchaba a Claudia con atención “admirada”; acompañaba a Lito cuando era útil y se apartaba cuando olía castigo. Nunca llegaba primero al conflicto; llegaba cuando ya podía medir el costo. Héctor empezó a sentir que ese acomodo permanente ya no era simple astucia adolescente. Era una forma de vida.

La preparatoria, con su tamaño y su ruido, hizo que todo se viera más claro. Allí, las lealtades ya no eran inocentes: empezaban a ser elecciones.

 

 

El primer intento de participación

Héctor no buscó la política estudiantil como quien busca protagonismo. Llegó a ella por una incomodidad que crecía como una piedra en el estómago. Durante semanas escuchó a un par de alumnos hablar “por todos” en reuniones y pasillos. Presentaban acuerdos como si fueran consensos, pero nadie recordaba haberlos discutido. A Héctor le irritaba esa facilidad con la que alguien podía apropiarse de la voz de los demás.

Un día, después de una junta improvisada en la cafetería —esas juntas donde todo parece casual, pero nada lo es—, Claudia lo miró directo y le dijo, sin solemnidad: “Si te enoja, entra. Si no entras, te acostumbras.” Esa frase se le quedó clavada. No fue un llamado heroico. Fue una advertencia.

Héctor aceptó integrarse a una representación estudiantil. Lo hizo con una mezcla rara de prudencia y necesidad. Entró a la primera reunión pensando que ahí se discutirían ideas. Lo que encontró fue una coreografía. Había un orden del día ya definido; había turnos asignados; había frases que sonaban demasiado ensayadas. Los “acuerdos” aparecían como si hubieran nacido solos. Héctor observó cómo se votaba sin debatir, cómo se aplaudía sin convicción, cómo se tomaban notas de cosas que ya estaban decididas.

La experiencia, en lugar de entusiasmarlo, lo volvió más consciente. En cada sesión descubrió una verdad: la política es, antes que nada, administración del tiempo y del cansancio ajeno. El que se cansa primero pierde. El que insiste demasiado se quema. El que sonríe a tiempo se vuelve indispensable.

Aun así, Héctor no retrocedió. Había aprendido en la secundaria a obedecer sin desaparecer. Ahora intentaba algo más difícil: participar sin ser tragado por la simulación. Empezó a preparar propuestas pequeñas, concretas. No quería cambiar el mundo; quería probar si el sistema era capaz de escuchar algo que no viniera ya empaquetado.

 

 

La derrota pública

La derrota no llegó con gritos, ni con insultos, ni con una expulsión. Llegó como llegan las derrotas que enseñan: con normalidad. Una tarde, en una reunión ordinaria, Héctor planteó una propuesta sencilla: transparentar el uso de un fondo para actividades estudiantiles y definir criterios claros para asignarlo. Nada revolucionario. Solo claridad. Lo presentó con calma, cuidando el tono, pensando que eso —al menos eso— sería aceptable.

Durante unos segundos, el salón quedó en silencio. Héctor vio cómo algunos evitaban mirarlo. Álvaro cruzó los brazos con una sonrisa breve, casi elegante. Claudia frunció el ceño, como si ya supiera lo que venía. Lito levantó la cabeza, dispuesto a defenderlo. Rosaura, al fondo, no parpadeó.

El responsable del grupo —un alumno con demasiada cercanía con la dirección— agradeció la “preocupación” y propuso una “alternativa” inmediata: dejar todo como estaba, pero emitir un comunicado general sobre “buen uso de recursos”. Un discurso sin números, sin reglas, sin vigilancia. La dirección quedaba tranquila; el grupo aparentaba haber actuado. La propuesta de Héctor, con su incomodidad de transparencia, fue enviada a “revisión” sin fecha.

Luego vino la votación. Rápida. Sin debate. Sin preguntas. Héctor sintió, con una claridad física, cómo el sistema cerraba filas. Lo que más dolió no fue perder, sino la forma: no le dijeron que estaba equivocado; le dijeron, sin decirlo, que no era el momento. Y el “no es el momento” es la frase con la que el poder aplaza lo que no quiere enfrentar.

Pinchito, que en privado había dicho que “tenía sentido”, guardó silencio. Ni una palabra. Ni un gesto. Ni una mano levantada para pedir debate. Solo su quietud calculada. Ese silencio tuvo un peso que se convirtió en piedra.

Cuando terminó la sesión, Héctor salió al pasillo con la garganta apretada. No había escándalo afuera; la escuela seguía. Pero por dentro algo se había roto. Perdió una votación, sí, pero ganó una certeza amarga: en política, la razón no manda; manda la correlación de fuerzas. Y la fuerza, muchas veces, se alimenta de la comodidad de los que callan.

 

 

Pinchito y la normalización de la renuncia

Pinchito lo alcanzó en las escaleras. No venía agitado; venía tranquilo, como quien llega a un trámite. Se acercó con esa sonrisa pequeña que parecía siempre pedir permiso para existir y dijo, casi en confidencia, que “había estado complicado”, que “no era el momento”, que “ya habrá oportunidad”. Habló como si fuera un espectador, no un participante. Como si el resultado hubiera sido una tormenta inevitable y no una decisión fabricada.

Héctor lo miró y entendió, de golpe, algo que le provocó repulsión. Pinchito no elegía bandos: elegía resultados. Su lealtad llegaba cuando ya no implicaba costo. Su solidaridad era verbal y tardía. En el momento decisivo, se borraba. Y después, con la misma calma, se acercaba a consolar, a ofrecer explicaciones tibias, como quien vende serenidad.

Ese gesto —no la traición abierta, sino la renuncia a cualquier postura— fue lo que terminó de ensuciarlo. Porque en la política que Héctor empezaba a conocer, los grandes males no siempre se construyen con villanos evidentes; se construyen con gente que se acostumbra a no comprometerse.

Pinchito tenía, además, un talento: hacer sentir que el que insistía era el problema. “No te lo tomes así”, dijo. “Es un juego”. Y esa frase, dicha con suavidad, fue como un golpe. Porque convertía la exigencia de claridad en una exageración. Convertía la defensa de un principio en inmadurez. Era la manera más limpia de ensuciar al otro.

Héctor se quedó callado. No por falta de palabras, sino porque entendió que discutir con esa forma de vida era inútil. Pinchito ya había elegido quién era: alguien que siempre cae de pie, aunque para eso tenga que pisar a los demás sin que se note.

 

 

Lo que queda después de perder

Esa noche, Héctor regresó a casa con una sensación extraña: no era tristeza, era lucidez. La derrota le quitó una ingenuidad que todavía conservaba. Comprendió que participar no era entrar a un salón a hablar; era entrar a una maquinaria donde cada gesto se mide, donde el silencio es un voto y donde la institucionalidad puede ser una máscara.

La preparatoria le dejó una lección que ningún maestro explicó: perder es parte del proceso, pero hay derrotas que te enseñan en qué terreno estás parado. Y esa derrota fue la primera. Le mostró que el poder se defiende incluso en asuntos pequeños, porque en lo pequeño se ensaya lo grande. Si no aceptaban transparencia en un fondo menor, ¿qué aceptarían cuando hubiera cargos, dinero real, decisiones reales?

Héctor decidió permanecer. No por ambición, sino por una convicción todavía imprecisa, casi física: si el poder se iba a ejercer de cualquier modo, alguien tenía que aprender a enfrentarlo sin convertirse en lo que despreciaba. Esa decisión, silenciosa y sin aplausos, fue su primera afirmación política verdadera.

En el mismo patio donde otros reían como si nada, Héctor sintió que algo dentro de él había empezado a endurecerse. No se volvió cínico. Se volvió atento. Y entendió que, a partir de ahí, cada avance tendría un precio. Cada ascenso —aunque fuera mínimo— cobraría algo a cambio. Y él acababa de pagar su primer recibo.

 

 

 

Aprender a resistir sin romperse

El último tramo de la preparatoria como el espacio donde el carácter se tensa, se expone y abre la puerta a la militancia formal

 

 

La fatiga del entusiasmo

La derrota anterior no se evaporó con los días. Se quedó adherida como un polvo fino que ensuciaba cada intento nuevo, cada conversación y cada gesto. En el último tramo de la preparatoria, Héctor Beltrán Aguirre comenzó a sentir una fatiga distinta: no el cansancio del cuerpo después de una jornada larga, sino el desgaste silencioso de insistir sin obtener respuesta, de empujar ideas que parecían perder fuerza apenas tocaban el aire.

Al principio trató de convencerse de que era normal. Pensó que todo proceso tenía un momento de cansancio y que bastaba con ajustar el ritmo. Pero el entusiasmo inicial —ese impulso que lo había llevado a participar sin medir consecuencias— se transformó en una energía más densa, más reflexiva, casi áspera. Cada intervención exigía cálculo, contención y una lectura precisa del ambiente. No se trataba solo de qué decir, sino de cuándo, ante quién y con qué tono.

La política estudiantil dejó de ser un ejercicio formativo y empezó a sentirse como un espacio real donde se ganaba o se perdía algo más que prestigio. Se ganaba o se perdía credibilidad. Y esa pérdida, a esa edad, marcaba más que cualquier sanción visible. Héctor empezó a entender que el desgaste también era una herramienta del poder: no expulsar, no prohibir, sino cansar.

 

 

La decisión de competir

Fue en ese clima de desgaste cuando surgió una decisión que Héctor no tomó con ligereza. La presidencia de la sociedad de alumnos quedaría vacante y los nombres comenzaron a circular con una naturalidad ensayada, como si el resultado estuviera ya escrito. Héctor escuchó, midió, observó. Durante días se dijo que no valía la pena, que exponerse solo traería más desgaste.

Pero la incomodidad creció. Escuchaba propuestas vacías, promesas grandilocuentes y discursos que repetían fórmulas aprendidas. Comprendió que resistir desde los márgenes ya no era suficiente. Si el poder iba a organizarse de cualquier modo, prefería intentar disputarlo antes que observarlo desde fuera.

La decisión no nació de una ambición temprana, sino de una convicción incómoda: aceptar el juego sin entrar era otra forma de renuncia. Y esa renuncia, entendió, también dejaba marcas.

 

 

Armar la plantilla

Decidir competir obligó a organizarse. Héctor comenzó a convocar a quienes habían mostrado coherencia sin estridencia. Las conversaciones fueron discretas, casi cautelosas. Claudia fue la primera en escuchar. No celebró ni se entusiasmó: preguntó, midió, puso condiciones. Lito reaccionó con un entusiasmo inmediato que rozaba la imprudencia. Rosaura aceptó con una condición clara y no negociable: transparencia.

La plantilla se armó entre ausencias y silencios. Algunos se excusaron con argumentos razonables: falta de tiempo, miedo a represalias, cansancio acumulado. Otros simplemente se alejaron, sin explicación. Cada negativa afinaba el mapa real de lealtades. Héctor entendió que una campaña, incluso escolar, exhibe con rapidez quién acompaña por convicción y quién solo mientras no haya costo.

Ese proceso fue, en sí mismo, una lección política. No todos los amigos estaban dispuestos a convertirse en aliados, y no todos los aliados podían llamarse amigos.

 

 

La campaña y el ambiente

La campaña fue breve, intensa y por momentos involuntariamente cómica. Carteles mal pegados que se caían a las pocas horas, discursos interrumpidos por el timbre, consignas improvisadas que sonaban más solemnes de lo que eran. Hubo reuniones caóticas donde nadie sabía quién debía hablar primero y otras excesivamente formales para la edad, como si se imitara una liturgia ajena.

La risa, cuando aparecía, no aliviaba: revelaba. Mostraba la distancia entre la épica juvenil y la maquinaria institucional que ya operaba en pequeño. Héctor observaba y aprendía. Entendía que incluso en ese nivel, la política mezclaba convicción, teatro y cálculo, y que la solemnidad muchas veces escondía vacío.

Ese ambiente, entre lo serio y lo ridículo, terminó de convencerlo de que el poder se ensaya desde temprano, incluso cuando parece un juego.

 

 

Pinchito, la victoria y el perdón interesado

Durante la campaña, Pinchito se fue desplazando hacia el grupo contrario. No confrontó ni explicó nada. Simplemente dejó de estar. Su ausencia no fue estruendosa; fue cómoda. Aparecía en otros círculos, repetía argumentos ajenos, ensayaba una distancia calculada, como si estuviera apostando a todos los escenarios posibles, sobre todo porque nadie apostaba a la victoria de Hector.

La jornada de votación fue más larga de lo previsto. El conteo comenzó en un salón improvisado, con mesas arrimadas, hojas sueltas y una tensión que oscilaba entre lo solemne y lo ridículo. Lito Vargas fue el primero en perder la calma. Miró una hoja mal doblada, hizo una suma rápida y anunció en voz alta que la planilla de Héctor había perdido. Lo dijo con una seguridad torpe, casi dramática. Durante unos segundos, el ambiente se congeló.

Rosaura Mejía se acercó sin decir nada, tomó la hoja, revisó los números con calma y levantó la vista. “Estás contando dos veces este grupo”, dijo. El error era evidente. Hubo una risa nerviosa, breve, contenida. El cómputo continuó entre correcciones, tachaduras y silencios cada vez más densos.

Cuando el resultado final quedó claro, no hubo gritos ni celebración estridente. La planilla de Héctor ganó por diecinueve votos, la mayoría de estudiantes de su misma generación. No fue una avalancha ni un golpe aplastante, pero sí una victoria real. Los comentarios comenzaron a acomodarse, las miradas cambiaron de dirección y algunos entusiasmos se ajustaron de inmediato. Ganar, Héctor lo entendió ahí, también expone.

Horas después, Pinchito reapareció.

Buscó a Héctor con los ojos enrojecidos y la voz quebrada. Dijo que había sido presionado, que no había sabido qué hacer, que se había equivocado. Las lágrimas parecían sinceras, pero llegaban tarde. No pedía perdón desde la lealtad; lo pedía desde el cálculo. Había entendido quiénes habían ganado y necesitaba volver a estar cerca.

Ese gesto terminó de sellar la repulsión. No por la traición inicial, sino por el perdón interesado. Pinchito no lloraba por haber fallado; lloraba por haberse quedado del lado equivocado. Héctor comprendió entonces que esa conducta era más peligrosa que el enfrentamiento abierto. No gritaba, no discutía, no asumía riesgos. Se disculpaba cuando el resultado ya estaba definido.

Y esa forma de traicionar —envuelta en lágrimas y urgencia— fue una de las primeras lecciones duras del camino político.

 

 

La invitación

La victoria dejó huella. Haber encabezado una planilla, haber dado la cara y haber ganado sin estridencias colocó a Héctor en un radar que ya no era estudiantil. La política escolar no había pasado desapercibida. El sistema observa incluso estos triunfos pequeños, sobre todo cuando nacen desde abajo.

Días después de la elección, un adulto se le acercó con naturalidad calculada. No habló del margen de diecinueve votos ni del episodio del conteo. No mencionó nombres ni bandos. Habló de “capacidad”, de “liderazgo”, de “formación”. Usó palabras amplias, diseñadas para no comprometer a nadie.

La invitación fue clara sin decirlo todo: incorporarse a la militancia formal del partido. No era un cargo ni una promesa inmediata. Era una puerta entreabierta. Héctor entendió el mensaje con una lucidez nueva. La política estudiantil había sido observada, evaluada y procesada. El sistema no solo detecta derrotas dignas; premia victorias tempranas, incluso las modestas.

Aceptar no fue una celebración. Fue un cruce de umbral. Héctor comprendió que ese paso lo sacaba definitivamente del terreno de la simulación juvenil y lo colocaba en otro, más grande, más estructurado y menos indulgente. La preparatoria se cerró ahí, no como una etapa escolar más, sino como el primer peldaño real de una vida política organizada.

 

 

 

La universidad como campo de guerra política

El ingreso a la vida universitaria como el momento en que la militancia deja de ser vocación y se convierte en disciplina

 

 

El territorio donde nadie ordena y todo pesa

La universidad no tenía timbres ni voces que marcaran el ritmo del día. Nadie decía cuándo empezar ni cuándo terminar, pero todos parecían saberlo. El poder no se anunciaba: se intuía. Estaba en oficinas con puertas cerradas, en consejos que sesionaban a puerta cerrada, en listas que aparecían sin explicación y desaparecían sin aviso. La libertad aparente exigía un control más fino, más interiorizado. No había castigos públicos, pero sí consecuencias que se acumulaban con paciencia administrativa.

Héctor Beltrán Aguirre tardó poco en comprender que ese territorio no premiaba la ingenuidad. Aquí no bastaba con levantar la mano ni con tener facilidad de palabra. La universidad era un espacio donde el poder se ejercía con lenguaje técnico, con silencios largos y con una calma que desgastaba a los recién llegados. El que se apresuraba se exhibía; el que insistía demasiado quedaba marcado.

 

 

Ciencias Políticas: aprender a nombrar el poder

Héctor ingresó a la Facultad de Ciencias Políticas con una convicción todavía incompleta: entender el poder exigía estudiarlo de frente. Las primeras semanas confirmaron que el aula ofrecía conceptos, pero no claves. Teoría Política, Historia del Pensamiento Político, Estado y Gobierno prometían estructura, pero evitaban el presente.

Los profesores hablaban con brillantez de procesos lejanos, de sistemas ideales, de transiciones abstractas. Héctor tomaba notas con disciplina, pero sentía una incomodidad persistente: la distancia entre la teoría que se enseñaba y la práctica que él ya había comenzado a conocer en la militancia.

 

 

Las zonas intocables de la academia

Muy pronto identificó las fronteras invisibles. Había temas que no se cruzaban, preguntas que no se celebraban. Un profesor podía desmontar un régimen extranjero con precisión quirúrgica, pero desviaba la mirada cuando alguien intentaba aterrizar la discusión en el contexto local. Otro cerraba el debate con una frase elegante que no admitía réplica.

La universidad no era neutral. Era cuidadosa. Enseñaba a pensar, sí, pero también a medir cuándo hacerlo en voz alta. Esa lección no estaba en los programas, pero se aprendía rápido y se pagaba caro cuando se ignoraba.

 

 

La militancia como disciplina cotidiana

La invitación recibida al final de la preparatoria se concretó sin ceremonia ni épica. Una reunión breve, mesas viejas, carpetas gastadas. Nadie habló de ideales ni de historia partidista. Se habló de tareas, de horarios, de reportes. La militancia no se explicaba: se ejecutaba.

Héctor firmó sin entusiasmo y sin miedo. Entendió que ese gesto no lo volvía importante, solo disponible. A partir de entonces, su tiempo dejó de pertenecerle por completo. Reuniones nocturnas, encargos de último momento, fines de semana ocupados. La disciplina no se medía en convicciones, sino en resistencia.

 

 

El aula 203 y la risa que incomodó

La escena ocurrió en el aula 203, durante una clase de Teoría Política. El profesor salió unos minutos y dejó escrita en el pizarrón una pregunta aparentemente inocente: ¿Puede existir poder sin legitimidad? El debate comenzó con solemnidad excesiva, citas aprendidas y discursos ensayados.

De pronto, Lito —compañero de Ciencias Políticas— levantó la mano y dijo que el poder sin legitimidad existía todos los días en la cafetería: ahí mandaba quien controlaba la fila, no quien tenía razón. Hubo risas contenidas, miradas cómplices, un alivio breve.

Cuando el profesor regresó y preguntó por qué se reían, alguien intentó explicarlo. El maestro frunció el ceño, borró la pregunta sin comentario y continuó la clase. Esa escena enseñó más que la lectura obligatoria: la universidad también sabía cuándo no escuchar.

 

 

Pinchito: Derecho como refugio

Pinchito reapareció en la universidad cursando Derecho. Mismo campus, otro edificio, otra lógica. Había entendido su lugar. Se ofrecía para tareas menores, cargaba documentos, repartía volantes. No pedía protagonismo; pedía cercanía.

Héctor lo observaba a distancia. Sabía que Pinchito no había cambiado, solo había elegido mejor su instrumento. Estudiar Derecho no lo hacía más íntegro, solo más funcional. Esa obediencia sin dignidad no despertaba compasión, sino una repulsión silenciosa y persistente.

 

 

La primera obediencia que cobra factura

La militancia universitaria mostró pronto su rostro menos amable. Una línea bajada desde arriba debía cumplirse sin discusión. Un encargo nocturno coincidió con una lectura clave para un examen. Héctor eligió cumplir. Llegó cansado, respondió con solidez, pero sin brillo.

No hubo reproches ni reconocimientos. Nadie parecía notar el sacrificio. Héctor entendió entonces que la obediencia no otorgaba prestigio, solo permanencia. Y que cada concesión dejaba una marca pequeña, casi invisible, pero acumulativa.

Al cerrar el primer ciclo universitario, Héctor había aprendido a mantenerse visible sin ser estridente. No había ascendido, pero tampoco había sido desplazado. Había resistido. Y comprendió que, si quería seguir avanzando, tendría que aprender a pelear sin que pareciera pelea.

 

 

 

Cuando la lealtad empieza a cobrarse

La transición del estudiante visible al cuadro juvenil que el partido decide probar

 

 

Cuando el partido empieza a medir

Al iniciar el nuevo semestre, Héctor Beltrán Aguirre dejó de ser convocado como uno más. Sin anuncio ni ceremonia, empezó a ser tratado de otra manera: llamadas que llegaban tarde, mensajes que no decían “si puedes”, sino “te necesito”, y reuniones cuya ubicación se compartía a última hora, como si la discreción fuera una forma de autoridad. No era un ascenso. Era la mirada de una estructura que, cuando decide observarte, también decide exigirte.

La primera señal fue simple: un sábado por la mañana le pidieron acompañar a un coordinador juvenil a un acto “pequeño” fuera de la ciudad. Héctor creyó que sería una hora. Fueron seis. Volanteo, logística improvisada, sillas que faltaban, una bocina que no funcionaba y una lista de asistentes que había que “completar”. Nadie le dio instrucciones completas. Nadie lo presentó. Pero todos notaron que no se fue. Que se quedó hasta que el último cable quedó recogido.

En política, la disponibilidad es una especie de credencial. Y Héctor empezó a cargarla sin saberlo.

 

 

Las pruebas que no se nombran

Las pruebas siguientes fueron más finas. Una junta a las once de la noche “porque es cuando se puede hablar sin ruido”. Un encargo absurdo: conseguir, en dos horas, un salón que no prestaban a organizaciones políticas. Una lista de cien nombres que había que verificar uno por uno antes del amanecer. La prueba no era el encargo: era la reacción. Si se quejaba. Si pedía garantías. Si exigía explicaciones. La estructura no buscaba al más brillante; buscaba al más útil.

Héctor aprendió a resolver sin gritar. A hacer llamadas con el tono exacto: firme sin insolencia, cordial sin suplicar. A pedir favores sin parecer endeudado, y a agradecer sin arrodillarse. También aprendió algo más oscuro: que cumplir no basta; hay que cumplir sin dejar a nadie mal parado, a menos que así te lo ordenen.

Una tarde, un operador lo citó en un café frente a la facultad. Le habló durante veinte minutos sin decir nada directo. Luego dejó caer una frase como quien deja caer una moneda: “Aquí no se premia la razón, se premia la confiabilidad”. Héctor entendió el mensaje: la confianza era la nueva moneda.

 

 

El desgaste que no se presume

El trabajo juvenil comenzó a ocupar los huecos de la vida. Lo que antes era estudio se volvió un territorio compartido con la operación. La agenda se llenó de “cosas pequeñas” que juntas se comían el día entero. Viajes cortos por carretera, reuniones de pasillo, entregas de documentos, avisos urgentes. Dormía poco. Comía rápido. Su mochila empezó a llevar siempre lo mismo: cuadernos, plumas extra y un folder con papeles que no entendía del todo, pero que había que traer “por si acaso”.

En ese desgaste hubo escenas casi cómicas, de esas que en otra vida serían anécdotas de juventud. Una noche, en una asamblea improvisada, alguien confundió el altavoz del salón con la sirena de una patrulla afuera y, en el pánico, apagaron luces, escondieron banderas y se tiraron al piso como si el edificio fuera a ser cateado. Era falsa alarma: era un camión de gas. Nadie se rió al momento. Al final, cuando la tensión cedió, soltaron carcajadas cortas, nerviosas, como si la risa fuera un permiso para seguir.

Héctor rió también, pero entendió la lección:. el partido vivía con reflejos de clandestinidad incluso cuando todo era legal. Y esa paranoia, lejos de proteger, entrenaba obediencias.

 

 

La disputa que se vuelve inevitable

Cuando el nombre de Héctor comenzó a sonar para un espacio juvenil formal, la temperatura cambió. La estructura necesitaba un rostro universitario con legitimidad, alguien que pudiera hablar en el campus sin que lo abuchearan y que, al mismo tiempo, obedeciera sin romper. Héctor tenía disciplina y, sobre todo, no tenía escándalos.

Pinchito también escuchó los rumores. Y se movió. Desde Derecho, se volvió de pronto omnipresente: ofrecía “ayuda jurídica” para redactar convocatorias, proponía “ajustes” al reglamento interno y advertía, con voz suave, de riesgos inexistentes que solo él parecía ver. No buscaba una campaña; buscaba un candado. Si él no ganaba, al menos quería que el ganador dependiera de sus papeles.

La contienda no tuvo mítines. Tuvo pasillos. Tuvo llamadas en cadena. Tuvo promesas discretas. A Héctor le dijeron una frase que entendió en el estómago: “No se trata de gustar. Se trata de que sepas moverte sin romper equilibrios.” Fue el elogio más frío que había recibido.

El día de la decisión, la asamblea juvenil se reunió en un salón sin ventanas. Se habló poco. Se votó rápido. Héctor ganó por margen suficiente para que no hubiera impugnación útil. Pinchito perdió sin dramatismo público; solo apretó la mandíbula y guardó los papeles. La derrota no lo hizo humilde: lo hizo paciente.

 

 

Ganar sin festejar

El nombramiento llegó como llegan las cosas serias: sin emoción y con carga. Una oficina prestada, un escritorio cojo, un sello que nadie encontraba y un teléfono que sonaba como si trajera pleitos ajenos. A Héctor no le dijeron “felicidades”. Le dijeron “tienes que sacar esto”. Le dejaron una carpeta con pendientes atrasados y un calendario de actividades que parecía hecho para quebrar a cualquiera.

Esa misma semana tuvo su primera reunión con jóvenes de distintos Municipios. Llegaron tarde, desconfiados, algunos burlones. Le pidieron pruebas, no palabras. Un muchacho lo interrumpió: “Aquí han venido muchos a prometernos talleres. Luego desaparecen”. Héctor respiró y respondió sin solemnidad. No prometió milagros. Prometió presencia. Les dio su número. Y, lo más importante, se quedó cuando terminó la junta a recoger sillas con ellos. Esa escena, humilde y física, le ganó más respeto que cualquier discurso.

Pinchito apareció también. No para felicitar, sino para ofrecer “asesoría” y recordar con suavidad que él conocía los reglamentos “mejor que nadie”. Héctor sintió la repulsión con más claridad: Pinchito no buscaba sumar; buscaba amarrar.

 

 

Cuando la lealtad empieza a tener precio

Los costos comenzaron a presentarse como favores. Un puesto temporal para un amigo de alguien. Una lona que había que pagar “entre todos”. Un viaje que debía reportarse como “capacitación” aunque fuera operación. Nada era ilegal a simple vista; todo era torcido en el espíritu. Héctor empezó a comprender que la política no te pide que te vendas de golpe: te pide pequeñas concesiones hasta que el mapa moral se te mueve sin darte cuenta.

Hubo una noche especialmente dura: le pidieron firmar un oficio para “validar” el respaldo a un candidato a presidente Municipal que ni siquiera conocia. Era una formalidad, dijeron. Un trámite, dijeron. Héctor no firmó de inmediato. Pidió tiempo. Eso bastó para sentir el filo: miradas, silencios, un “no te compliques” dicho con sonrisa. Al final, encontró una salida: aceptó el oficio, pero adjuntó una nota interna que obligaba a corregir el registro. No ganó un aplauso. Ganó enemigos pequeños.

Al cerrar ese tramo inicial como dirigente juvenil, Héctor entendió que ya no estaba aprendiendo a resistir en la universidad. Estaba aprendiendo a sobrevivir dentro del partido sin convertirse en lo que despreciaba. Y supo, con una claridad inquietante, que derrotar a Pinchito no era el final de nada: era el inicio de una guerra lenta, de esas que se pelean con papeles, rumores y paciencia.

 

 

 

Los que no llegaron solos

El momento en que el liderazgo juvenil deja de ser personal y se vuelve colectivo

 

 

La semana en que el cargo empezó a pesar

La dirigencia juvenil estatal dejó de ser una noticia apenas se apagaron las felicitaciones. El cargo no trajo claridad, trajo peso. Héctor Beltrán Aguirre entró a una semana densa, sin horarios definidos ni jerarquías visibles, donde cada día parecía estirarse más de lo razonable. La oficina prestada —mal iluminada, con un escritorio inestable— se convirtió en un punto de tránsito continuo. Entraban jóvenes con prisa, operadores con sonrisas medidas, adultos que no se presentaban pero hablaban como si mandaran. Nadie daba órdenes directas, pero todos dejaban algo: presión, expectativa, advertencia.

Héctor escuchó más de lo que habló. Tomó notas, acumuló pendientes y entendió algo esencial: el cargo aislado se deforma. No por incapacidad, sino por saturación. Ahí comprendió que seguir solo no era una muestra de fuerza, sino de torpeza.

 

 

Las llamadas que no se hacen en público

No convocó a nadie. No armó una reunión abierta. Eligió marcar uno por uno. A Claudia Treviño la citó lejos de la Universidad. Llegó puntual, pidió café y sacó una libreta. Héctor habló sin adornos: demasiadas voces, poca estructura, presión constante. Claudia escuchó, preguntó números, tiempos y municipios. Cuando levantó la vista, fue directa: así no se sostiene una dirigencia.

A Lito Vargas lo encontró de noche, saliendo de clases. Lito no pidió contexto. Empezó a soltar nombres, inconformidades, conflictos locales. Rosaura Mejía no necesitó llamada. Llegó, se sentó en silencio durante una reunión y, al final, le dijo en voz baja: "Cuida a los que te hablan bonito".

 

 

Los que venían desde antes

Con ellos no hubo explicaciones largas. Claudia, Lito y Rosaura no llegaron por el cargo. Llegaron por la historia compartida, por una lealtad construida antes de que existiera la política como cálculo. No pidieron posiciones ni reflectores. Pidieron información clara y margen para decir lo que incomodaba.

Ese grupo marcó un cambio inmediato. Las decisiones dejaron de ser impulsivas. Los errores se discutían dentro. Las diferencias no se filtraban. Héctor entendió que la confianza verdadera no se proclama: se ejerce.

 

 

Los que traían municipio en la espalda

Las siguientes llamadas fueron distintas. Héctor marcó a Tomás Aguilera y a Emilio Nájera, ambos exdirigentes juveniles municipales. Tomás llegó con una carpeta gastada y mapas mentales claros. No preguntó cómo estaba Héctor; preguntó qué territorios estaban desatendidos.

Emilio Nájera operaba desde otro lugar. Saludaba, escuchaba, conectaba. Había aprendido en lo local que convencer no siempre es ganar. Con ellos, la dirigencia dejó de pensarse como oficina y empezó a entenderse como red.

 

 

Álvaro Cruz y el orden silencioso

Álvaro Cruz no pidió permiso. Apareció, observó y se quedó. Empezó a filtrar agendas, a desviar visitas innecesarias, a aplazar encuentros que solo traían ruido. No buscaba protagonismo ni reconocimiento. Buscaba equilibrio.

Con Álvaro, el equipo entendió que el orden también se ejerce callando. Que no todo conflicto merece mesa y que no toda urgencia es real.

 

 

Cuando el liderazgo deja de ser ensayo

La prueba llegó con un evento estatal mal armado. Expectativas infladas, rencores locales y poca coordinación. El equipo respondió como engranaje: Claudia reorganizó tiempos, Lito contuvo choques, Rosaura identificó provocadores, Tomás ajustó logística, Emilio habló con los inconformes y Álvaro evitó intervenciones innecesarias.

Héctor no fue el centro. Y por primera vez, eso fue un alivio. Pinchito apareció desde la orilla, ofreció ayuda y recordó favores. Nadie lo necesitó. Esa exclusión silenciosa fue su derrota más clara.

Al cerrar esa semana, Héctor entendió que el liderazgo había cambiado de naturaleza. Ya no era intuición personal ni ensayo juvenil. Era responsabilidad compartida. Y supo que ese equipo sería su mayor fuerza… y su mayor riesgo.

 

Continuará en La Leyenda 62…

 

(By Notas de Libertad).

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