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-  LA LEYENDA 95.

/… CUANDO LA SOBERANÍA TERMINÓ ARDIENDO EN LAS MANOS DE MORENA

Crónica de un poder que levantó la palabra soberanía cuando Estados Unidos pidió la detención provisional con fines de extradición de Rubén Rocha Moya, Enrique Inzunza Cázares y otros ocho sinaloenses; que endureció esa misma palabra hasta convertirla en acusación contra Maru Campos en Chihuahua; y que terminó contemplando cómo aquella bandera regresaba convertida en búmeran. Rocha quiso recuperar el gobierno y los suyos retrocedieron. Inzunza decidió permanecer en el Senado, abandonó Morena y conservó el fuero. Las investigaciones siguen abiertas y ninguna acusación sustituye una sentencia. Pero hay algo que ya no necesita juez: la contradicción de quienes ayer envolvieron a sus hombres en el discurso de la patria y hoy parecen desesperados por demostrar que nunca estuvieron demasiado cerca de ellos.

 

LA BANDERA QUE COMENZÓ A TAPAR ROSTROS

Hay palabras que un gobierno debería tocar únicamente con las manos limpias. Soberanía es una de ellas. México conoce demasiado bien cuánto cuesta perderla: detrás de esa palabra existen invasiones, sangre, territorios mutilados y generaciones que aprendieron que un país deja de pertenecerse cuando otro empieza a decidir por él. Por eso nadie puede reprochar que México defienda sus leyes frente a Estados Unidos. Nadie puede pedir que una acusación extranjera se convierta automáticamente en sentencia mexicana. Pero una cosa es defender a la República y otra muy distinta permitir que, detrás de la República, comiencen a confundirse los perfiles de los amigos.

Cuando Washington pidió la detención provisional con fines de extradición de diez personas ligadas al poder sinaloense, la discusión fue cubierta inmediatamente por una enorme bandera. Se habló de pruebas insuficientes, de dignidad nacional, de no aceptar imposiciones. Sin embargo, el tratado de extradición contempla precisamente una fase provisional para casos urgentes y permite que la documentación de la solicitud formal sea completada posteriormente dentro del plazo correspondiente. El asunto nunca fue tan simple como repetir que Estados Unidos debía entregar desde el primer instante todo aquello que tendría que sostener después una extradición formal.

Mientras aquella delicadeza jurídica rodeaba a Rocha Moya, a Inzunza Cázares y a los demás señalados, Chihuahua conocía otra versión de Morena. Allí la posible participación irregular de agentes estadounidenses en un operativo provocó furia política. Maru Campos fue colocada bajo sospecha, la palabra “traición” descendió desde los discursos como una cuchilla y la soberanía dejó de ser un principio que debía investigarse con serenidad para convertirse en un arma que buscaba herir. A los adversarios se les juzgaba políticamente a toda velocidad; para los propios se reclamaba paciencia infinita.

Fue entonces cuando comenzó el viaje del búmeran.

EL DÍA EN QUE LOS PROTEGIDOS VOLVIERON Y NADIE QUISO ABRAZARLOS

Rubén Rocha Moya permaneció 112 días fuera del gobierno. Durante ese tiempo pudo respirar dentro de un territorio cómodo: ninguna sentencia mexicana lo había condenado, la investigación seguía abierta y Morena podía defender la presunción de inocencia mientras repetía que no permitiría que Washington dictara justicia en nuestro país. Pero Rocha cometió un error devastador para esa construcción: decidió regresar.

Volvió a la gubernatura hablando de una frente limpia cuando todavía ningún tribunal había terminado de limpiar nada. Y entonces sucedió algo que debería permanecer durante mucho tiempo en la memoria política de Morena. El partido se apartó. El gobierno federal marcó distancia. La presidenta cuestionó el regreso. La protección que durante meses parecía sólida comenzó a deshacerse en cuestión de horas.

¿Qué apareció de repente?

No una sentencia.

No el cierre de una investigación.

No una absolución convertida en condena durante la madrugada.

Apareció el miedo.

El miedo al costo de verlo nuevamente sentado en el despacho. El miedo de tener que compartir la fotografía. El miedo de descubrir que defender jurídicamente la presunción de inocencia había terminado confundido, ante una parte del país, con defender políticamente al hombre.

Y luego llegó Enrique Inzunza Cázares para terminar de abrir la herida. También quiso recuperar plenamente su espacio. También encontró un partido que ya no parecía dispuesto a cargarlo sobre los hombros. Y tomó una decisión extraordinariamente reveladora: dejó Morena, pero no dejó el Senado. Perdió la bancada, no el escaño; abandonó la casa partidista, no el cargo desde el cual conserva el régimen constitucional de inmunidad procesal.

No sabemos si ésa fue la razón de su decisión y sería irresponsable afirmarlo. Pero sabemos lo que quedó frente a nuestros ojos: Inzunza prefirió continuar como senador independiente antes que separarse del Senado, mientras Morena prefirió verlo fuera antes que seguir pagando el precio de tenerlo dentro.

MORENA PUEDE SOLTARLOS, PERO NO PUEDE BORRAR QUE LOS SOSTUVO

Ahí se encuentra la verdadera oscuridad de esta historia. No en declarar culpable a quien todavía no ha sido condenado, sino en contemplar cómo un partido cambia de temperatura moral cuando el acusado deja de ser útil y comienza a convertirse en lastre.

Morena puede abandonar hoy a Rocha. Puede cerrar mañana otra puerta. Puede explicar que nunca protegió a nadie. Lo que no puede hacer es retroceder el tiempo. No puede recoger las palabras lanzadas contra Maru Campos, esconder las marchas, borrar los discursos ni fingir que durante meses la soberanía nacional no terminó colocada peligrosamente cerca de la defensa política de los suyos.

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo La Leyenda desde Guanajuato, mirando una bandera que nunca debió entrar en esta oscuridad. La soberanía pertenece a México. No pertenece a un gobernador, a un senador ni a un partido. Y cuando se utiliza para cubrir a hombres que después son abandonados en cuanto empiezan a quemar, no solamente se desgasta un gobierno: se lastima una palabra que costó demasiado construir.

Rocha volvió y lo dejaron solo. Inzunza permaneció y salió de Morena. Las investigaciones continúan.

Y entre los restos quedan unas preguntas terribles:

Si la soberanía estaba defendiendo a México, ¿por qué comenzó Morena a desprenderse de ella cuando ya no alcanzaba para proteger a los suyos? ¿Hasta dónde llegará el intento de limpiarse el rostro después de haberlo acercado tanto a esta historia? ¿Habrá cárceles al final del camino o volverán a levantarse murallas de expedientes, amparos, fueros y silencios? ¿Enrique Inzunza terminará enfrentando un desafuero, cederá finalmente a la presión y pedirá licencia, o resistirá aferrado a la única posición que todavía conserva? Pero existe una pregunta todavía más inquietante, una que quizá empiece a recorrer en silencio los pasillos del poder: qué sucede cuando quienes ayer se sintieron protegidos descubren que hoy los dejaron solos. Porque los abandonados también recuerdan. Los abandonados también guardan nombres, conversaciones, favores, lealtades y secretos. Y cuando un sistema comienza a desprenderse de los hombres que alguna vez sostuvo, siempre aparece una última incertidumbre, mucho más oscura que todas las anteriores: ¿qué pasará si alguno decide hablar?

 

 

(By Notas de Libertad).

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Índice de Contenido

/…  LA LEYENDA 95

BIENVENIDA

MORENA: CUANDO LA SUPERIORIDAD MORAL SE HIZO ESCOMBROS

Morena llegó al poder prometiendo algo mucho más ambicioso que administrar distinto: prometió ser distinto. No solamente ofreció combatir la corrupción; aseguró representar una ruptura moral con quienes habían convertido al Estado en patrimonio, negocio, privilegio o complicidad. Pero los años fueron acumulando demasiadas heridas: Segalmex y la protección política a Ignacio Ovalle; empresarios cercanos al círculo de los hijos del expresidente; contratos y negocios alrededor de obras públicas; visas canceladas; vuelos privados que obligan a preguntar quién pagó; gobernantes bajo severos cuestionamientos; La Barredora creciendo bajo las sombras del poder tabasqueño; el huachicol fiscal alcanzando estructuras de la Marina; y finalmente Sinaloa, donde las acusaciones dejaron atrás la corrupción administrativa para internarse en el territorio estremecedor del narcotráfico y la presunta protección criminal. Ninguno de esos casos convierte en culpables a todos los morenistas. Pero una dirigencia que transforma cada crisis de los poderosos en una defensa nacional termina haciendo algo profundamente injusto: obliga también a los honestos de abajo a cargar las manchas de quienes están arriba.

(By Notas de Libertad).

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 - Esaú González & Wintilo Vega…Comentando de Política…Podcast

/… PUEBLO NUEVO: CUANDO UNA HISTORIA DE SERVICIO QUIERE VOLVER A GOBERNAR

Esta semana, en el podcast Esaú González & Wintilo Vega comentando de política, la conversación nos llevó hasta Pueblo Nuevo, Guanajuato, con dos invitados profundamente vinculados con la vida pública del municipio: el presidente municipal Leonardo Solórzano Villanueva y Adriana Solórzano, presidenta del Sistema DIF Municipal. La charla caminó por la infancia, la familia, el servicio público, las necesidades de la gente y el futuro político de Pueblo Nuevo, hasta dejar una definición que ya no admite demasiados rodeos: Adriana levantó la mano y confirmó que, cuando llegue la convocatoria, buscará la candidatura del PAN a la presidencia municipal, llevando como carta de presentación una experiencia previa de gobierno, años de cercanía con las familias neopoblanas y una vocación que comenzó mucho antes de imaginar cualquier candidatura.

Video Crónica.

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 1

/… MÉXICO CON LA CARTERA EN LA MANO

Una crónica para entender por qué trabajamos, cobramos, gastamos, debemos, ahorramos, pagamos impuestos, sufrimos cuando suben los precios y celebramos cuando baja el dólar aunque muchas veces no sepamos exactamente por qué. Un recorrido por la economía mexicana explicado desde la quincena, la tarjeta de crédito, la tiendita, el supermercado, la empresa, el campo, el gobierno y esa cartera que parece tener un agujero secreto por donde desaparece el dinero. Porque detrás de palabras intimidantes como inflación, PIB, déficit, deuda, liquidez o tasa de interés casi siempre existe algo mucho más sencillo: quién tiene dinero, quién lo necesita, cuánto cuesta conseguirlo y qué demonios hicimos con él después.

CIERRE. 

MÉXICO: EL PROBLEMA YA NO ES RESISTIR, SINO CUÁNTO TIEMPO PUEDE SEGUIR DESPERDICIANDO SUS VENTAJAS

Después de recorrer la quincena, la inflación, el crédito, los impuestos, la deuda, el PIB, el dólar y la forma en que el dinero termina gobernando buena parte de nuestras decisiones, la fotografía del país obliga a abandonar tanto la propaganda como el catastrofismo. México no está quebrado, conserva estabilidad financiera, mantiene una poderosa plataforma exportadora y sigue integrado al mercado estadounidense; pero crece poco, carga obligaciones cada vez mayores, mantiene millones de trabajadores en la informalidad y acaba de entrar a una etapa en la que incluso su principal ventaja comercial deberá defenderse año con año. El problema no es que el país no tenga fortalezas. El problema es que las está utilizando por debajo de su capacidad.

(By operación W).

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-Agenda del Poder:

 

/… EL AVISO INOPORTUNO:

Movimiento Ciudadano presume que está creciendo en Guanajuato. Y sí: Yulma Rocha llegó después de su larga historia en el PRI, Alejandra Gutiérrez dejó el PAN y ahora Jorge Álvarez Máynez explica que todo eso es apertura. Sobre quienes empiezan a sospechar que MC ya no parece partido sino central camionera de políticos en tránsito, prefiero no discutir. Nomás falta que junto al registro pongan una ventanilla que diga: “Se reciben expriístas, expanistas y equipaje documentado”.

Brenda de la Mora cometió entonces una imprudencia imperdonable: decir en público lo que muchos dicen en corto. Reclamó que los recién llegados estaban desplazando a quienes construyeron la casa naranja y terminó acompañada hasta la salida. Poco después Máynez habló de inclusión. La escena fue magnífica: Yulma entró, Alejandra entró y Brenda descubrió que en Movimiento Ciudadano todos caben… siempre que no pregunten quién se quedó con su silla.

Pero Máynez todavía tenía un recurso maravilloso: el complot. Si hay inconformes, tal vez alguien los mueve; si hay protestas, quizá algún gobierno las alimenta; si aparece una crítica, seguramente detrás existe una mano negra, una mano azul, una mano tricolor o cualquier mano que no sea naranja. La fórmula ya quedó preciosa: si llega alguien del PRI, es crecimiento; si llega alguien del PAN, es pluralidad; si protesta alguien de MC, es infiltración enemiga. A este paso, si se descompone el aire acondicionado de la dirigencia, van a pedir una investigación para saber qué gobernador ordenó subirle al termostato.

Y como decía un viejo dirigente mientras cambiaba el logotipo de la puerta sin mover un solo mueble: partido nuevo es aquel que hace cosas distintas; si solamente cambia de militantes, eso no es renovación… es mudanza.

 

(By Notas de Libertad).

/...Agenda en Corto

1.- EL VERDE DESCUBRIÓ QUE SERGIO ERA EL PROBLEMA… JUSTO DESPUÉS DE QUE SE FUE

Durante años Sergio Contreras fue dirigente, candidato, diputado, operador y uno de los rostros más visibles del Partido Verde en Guanajuato. Desde la dirigencia nacional hubo respaldo, reconocimiento, elogios y acompañamiento. Ahora que ya no está, Karen Castrejón descubre que el partido llevaba demasiado tiempo sin crecer. Lo curioso no es que hoy quieran una nueva etapa; lo verdaderamente revelador es que durante tantos años nadie pareciera haber detectado la enfermedad y apenas ahora, cuando el paciente ya abandonó el consultorio, aparezcan todos los especialistas a explicar lo mal que estaba.

 

2.- LEÓN: CUANDO EL AYUNTAMIENTO EMPIEZA A PARECER CASA DE CAMPAÑA DE TODOS

En cuestión de horas aparecieron señalamientos que apuntan hacia rumbos políticos distintos pero nacen de una misma estructura municipal: mientras Miguel Bosques, director de Desarrollo Social y hoy también dirigente de Movimiento Ciudadano en León, es acusado por Morena de presuntamente utilizar su cercanía con beneficiarios para favorecer al partido naranja, otros servidores públicos son señalados de haber buscado firmas para Luis Ernesto Ayala en el proceso interno del PAN. Las acusaciones tendrán que probarse. El problema para Alejandra Gutiérrez es que el Ayuntamiento comienza a dar la impresión de tener más precampañas que escritorios.

 

3.- CELAYA: CUANDO EL PROBLEMA NO ESTÁ EN EL TRIBUNAL, SINO EN EL ESCRITORIO

En Celaya ya no basta preguntar cuánto costará una sentencia laboral. La pregunta verdaderamente incómoda es cuánto puede terminar pagando el municipio cuando el área encargada de defenderlo deja pasar tiempos, actuaciones y obligaciones procesales que después ya no tienen vuelta atrás.

 

4.- CUANDO LA PUREZA PARTIDISTA TERMINA EN LA VENTANILLA DE PROVEEDORES

Arturo Ávila suele construir buena parte de su discurso político desde la confrontación con sus adversarios. El detalle es que la política mexicana tiene una habilidad extraordinaria para volverse menos ideológica cuando aparecen contratos: la empresa encabezada por su padre terminó haciendo negocios con la Secretaría de Seguridad y Paz del Gobierno de Guanajuato. Ahí la discusión deja de ser de colores y empieza a ser de expedientes.

 

5.- VÍCTOR ZANELLA: CUANDO LA AUSTERIDAD NO ALCANZÓ A LLEGAR AL INFORME

Víctor Zanella quiso presumir cercanía con Irapuato, pero terminó dejando otra imagen mucho más poderosa: hotel, producción audiovisual, pantallas, montaje, publicidad por toda la ciudad y espectaculares donde la palabra “PRESIDENTE” aparece mucho antes de que el proceso interno del PAN tenga dueño. Lo curioso es que mientras intenta vender sencillez y contacto con la gente, la escenografía comienza a contar una historia bastante distinta.

 

6.- ROMITA: LOS BROCHAZOS NEGROS YA EMPIEZAN A TAPAR LA PARED

Ningún cateo, detención, investigación u observación administrativa basta por sí mismo para condenar a un gobierno. El problema aparece cuando los episodios comienzan a amontonarse y la ciudadanía deja de preguntarse qué ocurrió en cada caso para hacerse una pregunta mucho más peligrosa: ¿qué está pasando en Romita? Pedro Tanamachi quizá no haya provocado cada mancha que hoy aparece alrededor de su administración, pero como alcalde sí tiene una responsabilidad que ya no puede delegar: impedir que la suma termine definiendo a todo su gobierno.

 

(By Operación W).


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/...Agenda del Poder

/… 1.- TOCANDO CORAZONES: CUANDO EL TAMAÑO DEL PROYECTO PUEDE COMERSE LA OPORTUNIDAD

El debate sobre Tocando Corazones no debería reducirse a una pelea entre asociaciones grandes y pequeñas ni a cuestionar el mérito de quienes tienen capacidad para presentar proyectos ambiciosos. La verdadera discusión está en otra parte: qué debe hacer el gobierno cuando dispone de una bolsa limitada y frente a ella aparecen solicitudes capaces de absorber una porción enorme de los recursos. Porque administrar dinero público no consiste solamente en premiar buenos proyectos; también obliga a decidir cuántas causas pueden quedarse afuera cuando unas cuantas reciben demasiado.

 

/… 2.- MÁYNEZ: LA NUEVA POLÍTICA QUE YA APRENDIÓ A DEFENDER LO VIEJO

Jorge Álvarez Máynez vino a Guanajuato a presumir apertura, crecimiento y una nueva generación política. Pero el discurso naranja comenzó a estrellarse contra sus propias contradicciones: defendió la llegada de figuras externas mientras una militante como Brenda de la Mora denunció exclusión; respaldó a una dirigencia cuestionada por presuntos aviadores mientras la Contraloría del Congreso ya investiga; y terminó demostrando que Movimiento Ciudadano puede cambiar de color, de música y de lenguaje, pero todavía no ha demostrado que realmente haya cambiado de prácticas.

 

/… 3.- CELAYA: CUANDO LA ESPERANZA DECIDIÓ METERSE A LOS BARRIOS

Durante demasiado tiempo, hablar de Celaya fuera de Guanajuato significó hablar de violencia, miedo y una ciudad obligada a resistir una narrativa que parecía reducirla a sus peores días. Por eso tiene un peso especial que hoy su nombre aparezca en otro escenario y por otra razón: EsperanzArte, la red municipal que lleva actividades culturales gratuitas a colonias y comunidades, recibió un reconocimiento nacional en Cultura Comunitaria. El premio puede presumirse, claro, pero lo verdaderamente importante no está en la ceremonia ni en la fotografía. Está en la idea de fondo: recuperar presencia comunitaria, abrir espacios, acercar disciplinas artísticas y demostrar que una ciudad también puede disputar territorio social antes de que lo ocupen la indiferencia, el abandono o el miedo.

 

/… 4.- LENIA BATRES: ¿ESTÁ MÉXICO DISPUESTO A PONER LA CORTE EN SUS MANOS?

El relevo en la presidencia de la Suprema Corte para 2027 empieza a convertirse en algo mucho más serio que una simple sucesión. Lenia Batres aparece favorecida por una de las reglas constitucionales vigentes, pero otra disposición de la misma Constitución conserva un mecanismo completamente distinto. A esa contradicción se suman preocupaciones empresariales ya reconocidas públicamente, enfrentamientos recientes dentro del Pleno y dudas sobre si la ministra tiene el perfil técnico, institucional y político para conducir al máximo tribunal del país. El problema no es impedir que llegue porque incomoda. El problema es averiguar si México dejó una silla tan delicada sometida a una reforma mal amarrada.

 

/… 5.- MÉXICO: CUANDO TENER TRABAJO YA NO ALCANZA PARA DECIR QUE HAY EMPLEO

El mercado laboral mexicano acaba de dejar una cifra que debería preocupar mucho más de lo que probablemente preocupará: 34 millones 143 mil personas trabajando en la informalidad durante julio. No estamos hablando de una pequeña franja que permanece al margen del sistema, sino de una multitud equivalente a la población de varios países completos. México puede presumir que su desempleo no es alto, pero esa fotografía pierde brillo cuando se descubre que una parte enorme de quienes trabajan lo hace sin la protección, la estabilidad y las posibilidades de crecimiento que deberían acompañar a un empleo formal.

 

/… 6.- LEAGUES CUP: MÉXICO ENTRÓ A LA CASA AJENA Y TERMINÓ APAGANDO LA LUZ

Durante años la Leagues Cup cargó con la sospecha de ser un torneo demasiado cómodo para la MLS: estadios estadounidenses, viajes mexicanos, largas distancias y una competencia que parecía diseñada para acelerar el crecimiento comercial del futbol del norte. Pero en 2026 ocurrió exactamente lo contrario. Llegaron los cuartos de final, quedaron cuatro equipos de cada liga y México hizo algo que no dejó espacio para interpretaciones: ganó los cuatro cruces. Monterrey, León, Toluca y América borraron a Chicago, Real Salt Lake, Austin y Columbus. Ya no se trata de discutir qué liga presume más estrellas o cuál vende mejor su producto. Cuando llegó la hora de sobrevivir, la Liga MX dejó a la MLS viendo las semifinales desde fuera.

 

(By Operación W).

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-Alimento para el alma.  
 

 “Cigüeñas Blancas”

De:Guillermo Valencia

Sobre el poema:

“Cigüeñas blancas”: el vuelo que despierta la memoria de lo perdido

Lectura profunda del poema de Guillermo Valencia donde una bandada atravesando el crepúsculo transforma el paisaje en memoria y convierte la blancura de las aves en símbolo de la belleza, la nostalgia y aquello que el tiempo nos permite recordar, pero nunca recuperar por completo

Sobre el autor:

GUILLERMO VALENCIA: EL HOMBRE QUE BUSCÓ LA BELLEZA HASTA ENCONTRAR DETRÁS DE ELLA LA MELANCOLÍA

Reseña biográfica y de la obra del poeta colombiano que convirtió colores, paisajes, símbolos y antiguas culturas en una escritura de extraordinaria elaboración, mientras detrás de la perfección de sus versos permanecía una pregunta constante por el tiempo y por todo aquello que inevitablemente desaparece

*Si quieres escucharlo en la voz de:  *Abelardo Cano.

(By Notas de Libertad).

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 - “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”

/… BAR CALOI: LA CASA DONDE LA BOTANA TODAVÍA TIENE MEMORIA

En el bulevar Campestre de León, Juan Carlos “Caloi” convirtió un apodo de cinco letras en el refugio de una antigua forma de hospitalidad: bebida con botana generosa, música, conversación y respeto. Ésta es la historia del niño que a los ocho años lavaba vasos junto a su padre; del hombre que heredó el chamorro, creó su chicharrón y aprendió a leer las tristezas detrás de una barra; y del esposo y padre que, impulsado por su mujer, abandonó la comodidad para levantar una casa propia donde la memoria familiar se sirve en cada plato.

Video Crónica

(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.

 

Domingo 30 de agosto al sábado 5 de septiembre.

Santoral

CUANDO LA FE DEJA SU HUELLA EN EL TIEMPO

Cada fecha guarda nombres que consiguieron atravesar los siglos. Algunos pertenecieron a palacios, otros eligieron la pobreza; unos condujeron…

Efemérides Nacionales e Internacionales

CUANDO LA HISTORIA CAMBIA DE DIRECCIÓN

Hay acontecimientos que solamente adquieren su verdadera dimensión cuando se observan desde muchos años después. Un…


Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales

CUANDO UNA FECHA NOS OBLIGA A DETENERNOS

Hay conmemoraciones que nacen de una tragedia, otras de una causa que necesita visibilidad y algunas simplemente de…

(By Notas de Libertad).

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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.

/… DOLLY PARTON: LA MUJER QUE NUNCA DEJÓ DE SER AQUELLA NIÑA DE TENNESSEE

Dolly Rebecca Parton nació el 19 de enero de 1946 en Tennessee y murió el 25 de agosto de 2026, a los 80 años. Entre esas dos fechas cabe una de las trayectorias más singulares de la música popular: una niña criada entre carencias y montañas terminó convertida en compositora, cantante, actriz, empresaria y símbolo cultural. Pero lo verdaderamente extraordinario no fue cuánto se alejó de su origen, sino cuánto se negó a abandonarlo. Dolly llevó consigo a su familia, sus paisajes, sus pérdidas, su humor y su manera de mirar el mundo. Por eso su obra nunca sonó como la fabricación de una estrella: sonó como una mujer que aprendió a convertir cada pedazo de su vida en canción.

*Con un click escucha: *The Best Of Dolly Parton (PlayList).

(By Notas de Libertad).

 

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/… SABÚ: EL AMOR CUANDO TODAVÍA SE CANTABA SIN MIEDO

Hubo una época en que la canción romántica no pedía disculpas por exagerar los sentimientos. Se amaba para siempre, se sufría sin esconderse, se esperaba una llamada durante horas y una canción podía terminar asociada para toda la vida con el nombre de una persona. Sabú apareció en medio de aquel formidable tiempo de la balada latinoamericana y consiguió hacerse un sitio entre voces que competían por el mismo territorio: el corazón. Su imagen ayudó a convertirlo en ídolo, pero fueron sus canciones las que consiguieron sobrevivir al muchacho de las fotografías. “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar”, “Mon amour, mi bien, ma femme”, “Pequeña y frágil” y “Quizás sí, quizás no” forman parte de una obra que todavía conserva algo de aquellos años en que enamorarse también significaba encontrar una canción para decir aquello que uno no sabía explicar.

*Con un click escucha: *Sabu – Grandes Éxitos (Súper Colección) {PlayList}.

(By Notas de Libertad).

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¿Qué leer esta semana?

FLORES PARA ALGERNON

De DANIEL KEYES

Resumen:  

FLORES PARA ALGERNON

Charlie Gordon tiene treinta y dos años y una convicción que parece sencilla: si consiguiera ser inteligente, su vida sería mejor. Cree que entendería las bromas, tendría más amigos, podría conversar como los demás y dejaría de sentirse siempre varios pasos detrás del mundo. Esa esperanza lo lleva hasta un experimento que antes ha sido probado en Algernon, un pequeño ratón de laboratorio cuya inteligencia ha aumentado de manera sorprendente. La operación funciona también con Charlie y comienza entonces un ascenso vertiginoso: el hombre que apenas podía escribir unas frases termina superando intelectualmente a quienes transformaron su cerebro. Pero cada conocimiento abre también una puerta hacia el dolor. Charlie descubre quién se burlaba de él, recuerda la violencia y el rechazo de su infancia, comprende las heridas de su familia, aprende a desear y descubre que saber muchísimo no resuelve necesariamente la soledad. Entonces Algernon, que recorrió primero aquel camino, comienza a perder sus capacidades. Charlie entiende que el ratón no es solamente el antecedente del experimento. Puede ser también el anuncio de su final.

Sobre el autor:

 DANIEL KEYES: EL ESCRITOR QUE SE ATREVIÓ A ENTRAR EN LA MENTE HUMANA

 

Psicólogo de formación, marino en su juventud, editor, maestro y finalmente profesor universitario, Daniel Keyes construyó una obra relativamente breve pero de enorme permanencia. Su literatura encontró su territorio en las zonas más complejas de la identidad: la inteligencia, la enfermedad, la personalidad, la memoria y la necesidad de ser reconocido por los demás.

Flores para Algernon

bastó para darle un lugar definitivo en la literatura del siglo XX, pero otros libros demuestran que Charlie Gordon no fue una casualidad: Keyes pasó buena parte de su vida preguntándose cuánto de nosotros permanece cuando la mente cambia.

(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 2.

/… SIETE HISTORIAS PARA NO PASAR DE LARGO POR LA VIDA

 

Hay promesas que necesitan sesenta años para encontrar su día, amores que se enfrentan a la muerte cuando apenas comenzaban, sacrificios cuyo verdadero tamaño sólo se comprende cuando ya es demasiado tarde y palabras que permanecen décadas encerradas dentro de una caja. También existen vestidos que esperan a que su dueña vuelva a encontrarse, amistades que conservan durante cuarenta años la cuenta invisible de la gratitud y hombres capaces de descubrir, en medio de una boda y perseguidos a guamazos, que hasta las mejores palabras necesitan saber dónde caer. Siete relatos para detenernos frente a aquello que tantas veces dejamos escapar entre las prisas: el amor que debemos decir, la gratitud que necesitamos devolver, el sueño que todavía podemos cumplir, la persona que no deberíamos dejar para mañana y, también, la bendita capacidad de reírnos cuando la vida decide recordarnos que nunca seremos tan solemnes como creemos.

1.  EL VIAJE QUE ESPERÓ TODA UNA VIDA

Dos amigas hicieron una promesa cuando todavía podían contar los años que tenían por delante sin preocuparse demasiado por ellos: algún día viajarían juntas a Europa. No sabían cuándo, no tenían dinero y probablemente tampoco entendían cuánto podía complicarse una vida entre aquel “algún día” y su cumplimiento. Llegaron los matrimonios, los hijos, las enfermedades, las despedidas y las obligaciones. Envejecieron juntas y terminaron aceptando, sin decirlo, que aquel viaje pertenecía a las cosas que se sueñan de jóvenes y se guardan de viejos. Hasta que un hijo descubrió que todavía estaban a tiempo.

 

2. LA BODA QUE NO PODÍA ESPERAR HASTA EL SÁBADO

Se conocieron cuando todavía eran niños y durante años fueron creciendo uno al lado del otro, sin imaginar que aquella amistad terminaría convirtiéndose en el amor de sus vidas. Ya veinteañeros decidieron casarse y comenzaron a preparar una boda que debía abrirles las puertas de todo lo que habían soñado juntos. Entonces llegó la leucemia. Los planes se detuvieron, el vestido quedó guardado y el futuro comenzó a reducirse hasta caber dentro de la habitación de un hospital. Cuando los médicos dejaron de hablar de tratamientos y comenzaron a hablar de horas, ella comprendió que podían perder toda una vida juntos, pero todavía estaban a tiempo de cumplir una promesa.

 

3. EL HERMANO QUE PAGÓ LOS TÍTULOS CON SUS MANOS

Samuel tenía doce años cuando comprendió que en su casa no alcanzaba para que los tres hermanos siguieran estudiando. Nadie le pidió que abandonara la escuela: él decidió hacerlo para ayudar a su padre y permitir que Julián y Clara permanecieran en las aulas que él dejaba atrás. Durante años trabajó para pagar cuadernos que nunca abrió, zapatos que nunca estrenó y dos carreras universitarias cuyos salones jamás conocería. Sus hermanos crecieron, obtuvieron sus títulos, prosperaron y terminaron alejándose de aquella pobreza que comenzó a avergonzarlos. Samuel nunca les reclamó nada. Muchos años después, cuando ambos entendieron que una parte de todo cuanto habían conseguido pertenecía también a su hermano, regresaron para buscarlo. Las campanas del pueblo sonaban cuando llegaron: Samuel iba camino al cementerio.

 

4. LAS CARTAS QUE NUNCA ENCONTRARON EL CAMINO

Durante treinta años, un padre escribió para una hija que vivía lejos y una hija esperó la llamada de un padre que permanecía en la casa donde ella había crecido. Los dos se quisieron todos los días. Los dos se extrañaron en silencio. Los dos estuvieron muchas veces a punto de buscarse y dejaron para mañana lo que el orgullo les impedía hacer esa noche. Mientras tanto, él fue envejeciendo y llenando una caja con cumpleaños, Navidades, noticias, recuerdos y palabras que jamás salieron de aquella casa. Cuando Clara regresó, su padre ya no estaba. Pero sobre el piso de su habitación la esperaban treinta años de amor encerrados en sobres que nunca tuvieron estampilla.

 

5. EL VESTIDO AZUL QUE ESPERÓ CUARENTA AÑOS

Amalia compró un vestido azul cuando todavía era joven y decidió reservarlo para uno de esos días que merecen recordarse para siempre. No podía saber que pasarían cuatro décadas sin encontrar una ocasión suficientemente importante para estrenarlo. Mientras la tela permanecía protegida de la luz, ella crió hijos, sostuvo una casa, acompañó a su marido hasta su último día y volvió a convertirse en hija para cuidar a su madre anciana. Todos tuvieron su tiempo con Amalia. El único tiempo que fue quedándose pendiente era el suyo. Hasta que una mañana abrió el clóset, encontró aquel pedazo intacto de juventud y comprendió algo que nunca había pensado: quizá la vida no le debía ninguna ocasión especial. La ocasión era seguir viva.

 

6. EL HOMBRE QUE VOLVIÓ A PAGAR UNA DEUDA QUE NO ERA DE DINERO

Rafael y Tomás fueron de esos amigos que se encuentran antes de tener algo y por eso aprenden a quererse sin calcular cuánto vale cada uno. Cuando eran jóvenes, los dos soñaban con abandonar el pequeño pueblo donde habían nacido para estudiar y buscar una vida distinta. Sólo uno pudo hacerlo. Tomás puso en las manos de Rafael los ahorros que había reunido para su propio futuro y le dijo que se fuera, que él encontraría después su oportunidad. Rafael partió. Estudió, prosperó y terminó construyendo mucho más de lo que ambos habían imaginado. Tomás se quedó. Cuarenta años después, cuando la vida cambió los papeles y fue él quien comenzó a perderlo todo, Rafael regresó llevando en la cartera un boleto amarillento. Era el recuerdo del viaje que había dividido sus caminos y la prueba de que existen favores que el tiempo no convierte en pasado.

 

7. EL MAESTRO TIJERAS Y SU ÚNICO DISCURSO

En aquel pequeño pueblo todos conocían al maestro Tijeras. Era peluquero de oficio, conversador por naturaleza y lector por vocación. Entre espejos, navajas, lociones y alteros de revistas había construido una cultura que sorprendía a quienes se sentaban en su sillón. Por eso, cuando se anunció la visita del señor obispo y nadie encontraba quién pudiera recibirlo con palabras dignas, alguien pensó en él. Su intervención fue tan celebrada que meses después las familias más encumbradas del lugar volvieron a buscarlo, ahora para ofrecer el banquete en la gran boda de sus hijos. Tijeras aceptó el nuevo honor, viajó hasta la capital para rentar un frac y llegó a la fiesta convertido en todo un caballero. Nadie podía imaginar que aquella noche, entre una gran orquesta, invitados distinguidos y mesas de gala, el hombre más leído del pueblo terminaría aprendiendo una lección que no había encontrado en ninguna de sus revistas.

(By operación W).

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MORENA: CUANDO LA SUPERIORIDAD MORAL SE HIZO ESCOMBROS

Morena llegó al poder prometiendo algo mucho más ambicioso que administrar distinto: prometió ser distinto. No solamente ofreció combatir la corrupción; aseguró representar una ruptura moral con quienes habían convertido al Estado en patrimonio, negocio, privilegio o complicidad. Pero los años fueron acumulando demasiadas heridas: Segalmex y la protección política a Ignacio Ovalle; empresarios cercanos al círculo de los hijos del expresidente; contratos y negocios alrededor de obras públicas; visas canceladas; vuelos privados que obligan a preguntar quién pagó; gobernantes bajo severos cuestionamientos; La Barredora creciendo bajo las sombras del poder tabasqueño; el huachicol fiscal alcanzando estructuras de la Marina; y finalmente Sinaloa, donde las acusaciones dejaron atrás la corrupción administrativa para internarse en el territorio estremecedor del narcotráfico y la presunta protección criminal. Ninguno de esos casos convierte en culpables a todos los morenistas. Pero una dirigencia que transforma cada crisis de los poderosos en una defensa nacional termina haciendo algo profundamente injusto: obliga también a los honestos de abajo a cargar las manchas de quienes están arriba.

 

CUANDO LA RESPONSABILIDAD SE DETUVO ANTES DE LLEGAR ARRIBA

Quizá Segalmex fue una de las primeras noches verdaderamente oscuras de aquella superioridad moral. No sólo por el tamaño del quebranto investigado, sino por la manera en que el poder trató a quien encabezaba el organismo. Ignacio Ovalle Fernández era el director general. Bajo su responsabilidad administrativa crecieron irregularidades, operaciones cuestionadas y una corrupción que terminó convirtiéndose en uno de los mayores escándalos del sexenio de López Obrador. Sin embargo, Ovalle no terminó en prisión ni fue expulsado del gobierno. Salió de Segalmex y encontró después otra responsabilidad dentro de Gobernación. Para protegerlo apareció una explicación presidencial tan sencilla como inquietante: era un hombre bueno al que habían engañado.

Pero dirigir también significa saber. Vigilar. Preguntar. Controlar. Descubrir a tiempo aquello que ocurre debajo del escritorio antes de que millones de pesos desaparezcan por las rendijas. Si Ovalle conocía lo sucedido, la gravedad sería evidente; si no conocía nada, la explicación tampoco debería convertirse en absolución política. La ineptitud no necesariamente es corrupción, pero permitir que la corrupción florezca debajo de una responsabilidad gigantesca y después recibir protección porque “te engañaron” convierte la incompetencia en una extraña forma de impunidad administrativa.

Ahí comenzó a romperse algo. La corrupción se castigaba hacia abajo mientras para arriba aparecía la comprensión. Y después llegaron otros personajes, otros amigos, otros negocios. Amílcar Olán importa menos por su nombre que por aquello que representa: la proximidad con Andy y Gonzalo López Beltrán y las investigaciones periodísticas sobre conversaciones relacionadas con medicamentos, materiales y obras públicas. Aquella familiaridad con los negocios alrededor del gobierno fue abriendo una pregunta mucho más grande que cualquier empresario: ¿qué tan cerca estuvieron los amigos de los hijos del presidente de las puertas donde se decidían contratos y proyectos?

CUANDO CADA ESCÁNDALO NECESITÓ UNA EXPLICACIÓN DISTINTA

Luego llegaron las visas. A Andy López Beltrán se la retiró Estados Unidos y una parte del movimiento respondió preguntando para qué necesitaba una visa. Es una evasión perfecta porque responde todo excepto aquello que interesa. Estados Unidos puede cancelarla. Nadie discute eso. La pregunta sigue clavada exactamente en el mismo lugar: ¿por qué decidió hacerlo?

Algo semejante ocurre cuando aparecen vuelos privados en un gobierno que convirtió la austeridad en evangelio. Decir que no fueron pagados con dinero público no termina la discusión; la comienza. Si el erario no pagó, alguien pagó. Y cuando determinadas aeronaves aparecen vinculadas empresarialmente con el entorno de un proveedor gubernamental como Seguritech, la obligación moral es explicar quién abrió la puerta, quién cubrió el costo y bajo qué relación. No porque exista automáticamente un delito, sino porque la transparencia comienza precisamente donde terminan las respuestas cómodas.

Baja California agregó sus propios cuestionamientos. Tabasco dejó la sombra brutal de Hernán Bermúdez Requena, quien llegó a encabezar la seguridad pública y terminó bajo acusaciones vinculadas con La Barredora, mientras Adán Augusto López ha negado conocer o participar en cualquier actividad criminal. El huachicol fiscal penetró espacios relacionados con la Marina, una institución que durante años fue presentada como reserva prácticamente incorruptible del Estado. Cada expediente tiene naturaleza distinta y nadie serio debería mezclarlos jurídicamente. Pero políticamente comienzan a producir una misma sensación: aquello que Morena habría utilizado para incendiar a un adversario necesita, cuando ocurre entre los propios, toneladas de contexto, explicaciones, matices y defensas.

Y entonces apareció Sinaloa, donde hasta la palabra corrupción comenzó a resultar insuficiente.

LOS DE ARRIBA GENERARON LA MANCHA; LOS DE ABAJO RECIBIERON LA CAMISETA

Rocha Moya, Enrique Inzunza y otros personajes sinaloenses quedaron sometidos a acusaciones estadounidenses de enorme gravedad. No existe derecho a condenarlos antes de que los procesos determinen responsabilidades. Pero Morena convirtió durante meses su defensa en narrativa nacional: soberanía, falta de pruebas, respeto al debido proceso, rechazo a las presiones extranjeras. Después Rocha intentó regresar y el respaldo desapareció. Inzunza terminó fuera de Morena, aunque permanece en el Senado.

Pero el costo no termina en ellos.

En algún municipio del país hay hoy un militante de Morena que trabaja desde temprano, paga sus impuestos, jamás ha tocado un peso indebido, no conoce a Rocha, nunca habló con Olán, no viajó en aviones privados, no tiene relación con La Barredora y probablemente creyó sinceramente que “no mentir, no robar, no traicionar” podía ser una forma distinta de ejercer la política.

Y, sin embargo, cuando la dirigencia nacional decide que todos deben defender a uno, también lo obliga a él.

Le coloca enfrente un micrófono y le entrega explicaciones que no escribió, responsabilidades que no contrajo y una camiseta que quizá nunca habría aceptado ponerse.

No todos en Morena son corruptos. No todos están relacionados con el narcotráfico. Decirlo sería falso y profundamente injusto.

Precisamente ahí está la tragedia.

La superioridad moral no se convirtió en escombros solamente porque algunos poderosos fueran señalados. Se convirtió en escombros cuando el partido comenzó a pedir a miles de hombres y mujeres honestos que prestaran también su propia reputación para defenderlos.

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo La Leyenda desde Guanajuato pensando en ellos.

Porque cuando los de arriba ensucian una camiseta, todavía existe la posibilidad de cambiarla.

Lo verdaderamente terrible comienza cuando obligan a los de abajo a ponérsela y salir a convencer al país de que la mancha nunca existió.

 

 

(By Notas de Libertad).

- Esaú González & Wintilo Vega…Comentando de Política…Podcast

/… PUEBLO NUEVO: CUANDO UNA HISTORIA DE SERVICIO QUIERE VOLVER A GOBERNAR

Esta semana, en el podcast Esaú González & Wintilo Vega comentando de política, la conversación nos llevó hasta Pueblo Nuevo, Guanajuato, con dos invitados profundamente vinculados con la vida pública del municipio: el presidente municipal Leonardo Solórzano Villanueva y Adriana Solórzano, presidenta del Sistema DIF Municipal. La charla caminó por la infancia, la familia, el servicio público, las necesidades de la gente y el futuro político de Pueblo Nuevo, hasta dejar una definición que ya no admite demasiados rodeos: Adriana levantó la mano y confirmó que, cuando llegue la convocatoria, buscará la candidatura del PAN a la presidencia municipal, llevando como carta de presentación una experiencia previa de gobierno, años de cercanía con las familias neopoblanas y una vocación que comenzó mucho antes de imaginar cualquier candidatura.

 

LA VOCACIÓN QUE NO EMPEZÓ EN UNA CAMPAÑA

Hay historias políticas que parecen comenzar cuando aparece una elección. La de Adriana Solórzano viene de mucho más atrás. En el podcast recordó la figura de su padre, médico y servidor de la comunidad, y una casa donde ayudar a los demás no era una consigna sino una costumbre. Después llegaron su preparación como contadora, la maestría en auditoría, la docencia, la administración pública y una experiencia que ya la llevó anteriormente a gobernar Pueblo Nuevo.

Hoy ocupa otra trinchera: el Sistema DIF Municipal. Y ahí la política adquiere una dimensión distinta. Ya no se mide solamente en obras, presupuestos o discursos, sino en una mujer que necesita una despensa, en una familia que no puede pagar un medicamento, en una víctima de violencia que necesita ser escuchada o en un adulto mayor que llega cargando una vida completa y muchas veces una soledad demasiado pesada.

Adriana habló de esas historias con una sensibilidad que ayuda a explicar su manera de entender el servicio público. No presume poder resolverlo todo. Reconoce, incluso, que nunca existe una cobija suficientemente grande para alcanzar todas las necesidades. Pero insiste en algo elemental: si alguien llega hasta una institución pública pidiendo ayuda, quien ocupa el cargo tiene la obligación de intentar disminuir, aunque sea un poco, aquello que le está pesando.

Leonardo Solórzano lo explicó desde otra perspectiva. Habló de una mujer insistente para gestionar, capaz de regresar una y otra vez cuando necesita medicamentos, apoyos, recursos para una cirugía o ayuda para alguna comunidad. No basta escuchar el “no hay”. Hay que tocar otra puerta, volver a insistir y encontrar la forma de ayudar.

UN PUEBLO QUE TODAVÍA SE RECONOCE EN LA CALLE

La conversación terminó dibujando también a Pueblo Nuevo. Un municipio cuya economía continúa profundamente vinculada al campo, donde existen jóvenes que salen a estudiar y familias que esperan que las oportunidades les permitan construir su futuro sin perder el vínculo con su tierra.

Leonardo habló de seguridad, deporte, cultura, prevención y familia. Pero entre todos esos conceptos apareció una imagen mucho más sencilla y quizá más poderosa: las personas que todavía salen temprano a barrer el frente de su casa. Una costumbre aprendida de madres y abuelas que termina diciendo mucho sobre la identidad neopoblana. La calle no acaba exactamente donde comienza la puerta; existe todavía una sensación de pertenencia sobre el espacio común. Se barre, se saluda, se reconoce al vecino y se sabe quién acaba de pasar.

También se habló de vivienda, una de esas necesidades que no caben fácilmente dentro de los discursos. Familias jóvenes sin patrimonio, matrimonios que llevan años esperando una oportunidad, terrenos, urbanización y programas de autoconstrucción forman parte de una visión que busca que una casa deje de ser solamente un sueño que se aplaza generación tras generación.

Y en medio de todo eso apareció nuevamente la familia Solórzano. Las bromas entre hermanos, la infancia, el campo, la cocina, los hijos y el recuerdo permanente del padre. Adriana evocó una de aquellas frases que se quedan viviendo mucho tiempo después de que quien las dijo ya no está: cuando estaba por asumir una responsabilidad pública, su padre le recordó que podía acudir a él si alguna vez necesitaba ayuda, pero que no debía darle a nadie razones para señalarla por haber quedado mal.

Hay consejos que no se guardan en una libreta.

Se cargan durante toda la vida.

ADRIANA SOLÓRZANO LEVANTÓ LA MANO

En algún momento, la conversación tenía que llegar al futuro.

Adriana Solórzano no esquivó la pregunta. Está lista. Tiene ganas. Y cuando llegue la convocatoria correspondiente, buscará registrarse para competir por la candidatura del PAN a la presidencia municipal de Pueblo Nuevo.

No habló como si el resultado estuviera decidido ni como si bastara el apellido, la experiencia anterior o el respaldo de su hermano. Sabe que primero vendrá un proceso político y después algo mucho más importante: la decisión de los ciudadanos.

Leonardo tampoco ocultó su opinión. La considera preparada, cercana y con la experiencia suficiente para volver a gobernar. Pero su principal argumento no está en el parentesco. Está en una trayectoria que ya existe, en la cercanía que Adriana ha construido con las familias y en una forma de servicio que no comenzó con esta aspiración.

Hacia el final del podcast llegó una de las preguntas más importantes: ¿por qué tendría que creer la gente que Adriana puede ser una buena gobernante?

Su respuesta fue sencilla: porque ya lo hizo.

Y esa frase pesa.

Adriana no necesita inventarse una biografía política para comenzar una campaña. Ya conoce la presidencia municipal, conoce la administración pública, conoce las comunidades, conoce las limitaciones presupuestales y conoce también esa parte menos visible del gobierno: la persona que llega buscando una respuesta y espera encontrar del otro lado a alguien dispuesto a escucharla.

Esta semana, en Esaú González & Wintilo Vega comentando de política, Adriana Solórzano dejó algo más que una aspiración. Dejó claro que quiere volver a gobernar Pueblo Nuevo y que no parte de cero: lleva consigo experiencia, conocimiento del municipio, sensibilidad social y años de trabajo entre sus familias.

Levantó la mano con historia detrás.

Ahora vendrá el momento del PAN y, si el proceso la lleva hasta la candidatura, llegará después el momento de los neopoblanos.

Pero Adriana ya puso sobre la mesa algo que pesa en cualquier competencia política: trabajo realizado, conocimiento del territorio, cercanía con la gente y la convicción de que todavía hay mucho por hacer.

Porque en Pueblo Nuevo no tendría que presentarse para que la conozcan.

Porque en Pueblo Nuevo Adriana no parte de una historia desconocida. Su trayectoria ya forma parte de la memoria del municipio y ahora quiere poner nuevamente esa experiencia al servicio de la gente. Lo que venga tendrá que construirse paso a paso, primero dentro del PAN y después, si llega la candidatura, frente a los ciudadanos. Pero hay algo que ya quedó claro: su aspiración no nació de la improvisación, sino de una vida entera ligada al servicio, a la cercanía y a la convicción de que todavía puede aportar mucho a Pueblo Nuevo.

 

 

Video Crónica.

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/… MÉXICO CON LA CARTERA EN LA MANO

Una crónica para entender por qué trabajamos, cobramos, gastamos, debemos, ahorramos, pagamos impuestos, sufrimos cuando suben los precios y celebramos cuando baja el dólar aunque muchas veces no sepamos exactamente por qué. Un recorrido por la economía mexicana explicado desde la quincena, la tarjeta de crédito, la tiendita, el supermercado, la empresa, el campo, el gobierno y esa cartera que parece tener un agujero secreto por donde desaparece el dinero. Porque detrás de palabras intimidantes como inflación, PIB, déficit, deuda, liquidez o tasa de interés casi siempre existe algo mucho más sencillo: quién tiene dinero, quién lo necesita, cuánto cuesta conseguirlo y qué demonios hicimos con él después.

 

LA QUINCENA: ESA CRIATURA QUE NACE EL 15 Y MUERE EL 18

 

EL DÍA EN QUE TODOS NOS SENTIMOS MILLONARIOS

Hay pocas emociones económicas tan breves y tan intensas como ver caer la quincena en la cuenta bancaria. Durante algunos minutos, quizá algunas horas si uno conserva la prudencia, el mundo parece reconciliarse con nosotros. El saldo mejora, la tarjeta deja de producir miedo, el refrigerador inspira proyectos y hasta aparece esa peligrosa sensación de que ahora sí “podemos organizarnos mejor”. Es un espejismo bastante democrático: lo mismo le ocurre al empleado, al profesionista, al comerciante, al pequeño empresario y al funcionario que lleva dos semanas prometiéndose que esta vez sí llegará con dinero al siguiente depósito. La diferencia es que la quincena entra sola, pero nunca encuentra la casa vacía. Ya la esperan la renta o la hipoteca, la colegiatura, el teléfono, el internet, la gasolina, el seguro, la tarjeta, algún préstamo, dos suscripciones que nadie recuerda haber contratado y uno de esos gastos domésticos que tienen la extraña capacidad de aparecer exactamente cuando el dinero acaba de llegar. Por eso, una de las primeras confusiones de cualquier economía familiar consiste en creer que lo que cobramos es lo que tenemos. No. Una cosa es el ingreso y otra muy distinta el dinero disponible después de cubrir compromisos. Se puede ganar relativamente bien y vivir permanentemente ahorcado; también se puede tener un ingreso más modesto y conservar cierto orden. La verdadera historia financiera empieza cuando termina la euforia del depósito y aparece la pregunta que casi nunca queremos formular: de todo esto que entró, ¿cuánto era realmente mío?

Esa pregunta suele contestarse con una velocidad dolorosa. Abrimos la aplicación bancaria y empiezan las transferencias. Sale dinero para una cosa, para otra, para otra más, y el saldo comienza a adelgazar con una disciplina que uno quisiera tener para bajar de peso. Entonces descubrimos que algunos pesos nacieron comprometidos desde antes de llegar. No los gastamos hoy; los comprometimos meses atrás. El coche nuevo, el viaje, el préstamo, la compra a plazos, la mensualidad del aparato que parecía absolutamente indispensable cuando lo adquirimos y que ahora vive arrumbado junto a su cargador. Eso también es economía: nuestras decisiones de ayer presentándose puntualmente a cobrar en el presente. De ahí que la administración del dinero no consista solamente en saber sumar y restar. Consiste en reconocer que cada compromiso reduce la libertad del ingreso futuro. El problema no es comprar, disfrutar ni darse gustos; el problema aparece cuando el sueldo de mañana ya viene repartido entre decisiones tomadas cuando todavía no había llegado. Ahí empieza a entenderse algo elemental pero incómodo: ganar más no siempre resuelve el desorden, porque un ingreso mayor puede terminar únicamente financiando gastos mayores. Hay quienes reciben un aumento y, antes de que Recursos Humanos termine de felicitarlos, ya están viendo qué automóvil permite la nueva mensualidad. La economía doméstica posee ese talento casi artístico para elevar el nivel de vida con la misma rapidez con la que aumentan los ingresos.

 

LA DESPENSA DONDE LOS BILLETES SE HACEN CHIQUITOS

Después viene el supermercado, probablemente una de las mejores escuelas de economía que existen. Uno entra con una lista bastante inocente: leche, huevos, fruta, carne, tortillas, jabón, café y algunas cosas “para la semana”. Aparentemente no hay motivos para preocuparse. Sin embargo, conforme avanza el carrito, comienza una transformación misteriosa. Se agregan productos que no estaban previstos, aparecen promociones irresistibles de cosas que jamás habíamos considerado necesarias y, al llegar a la caja, la pantalla arroja una cifra que provoca una reacción universal: mirar a la cajera como si ella personalmente hubiera diseñado la política monetaria nacional. A veces uno incluso revisa el carrito esperando encontrar una televisión escondida debajo de las verduras. No está. Lo que ocurrió es mucho más sencillo: el dinero sigue teniendo el mismo número impreso, pero con el paso del tiempo puede comprar menos. Ahí aparece la inflación, que explicada desde una mesa familiar resulta bastante menos misteriosa que en cualquier conferencia. Si durante un periodo amplio sube de manera general el costo de los bienes y servicios, nuestro poder adquisitivo disminuye. El billete de quinientos pesos continúa siendo de quinientos, pero la cantidad de productos que logra traer a casa puede ser menor. La inflación, en ese sentido, no nos quita los billetes del bolsillo; les va quitando fuerza.

También por eso un aumento de sueldo no significa automáticamente una mejoría real. Si alguien gana cinco por ciento más pero sus gastos esenciales crecieron por encima de ese porcentaje, en el papel tiene mayor ingreso y en la vida cotidiana quizá esté peor. Esa diferencia entre salario nominal y salario real explica una frustración frecuente: “Me aumentaron y, sin embargo, no me alcanza más”. No es contradicción. El salario puede subir mientras el poder de compra se estanca o retrocede. Y aquí conviene no caer en otro simplismo: la inflación no significa que absolutamente todos los productos suban exactamente igual ni al mismo tiempo. Algunos aumentan mucho, otros poco, algunos incluso bajan, pero el efecto general termina sintiéndose en la suma de aquello que necesitamos para vivir. La familia no hace cálculos sofisticados para detectarlo. Lo sabe porque compara despensas, pagos, recibos y gasolina. De hecho, probablemente el índice económico más consultado dentro de una casa mexicana siga siendo una frase pronunciada junto al refrigerador: “Antes con lo mismo comprábamos más”.

 

AHORRAR: QUÉ GRAN IDEA CUANDO SOBRA DINERO

Y después de pagar, comprar y comprobar que el supermercado tiene una capacidad extraordinaria para humillar cualquier presupuesto, aparece el consejo más repetido de las finanzas personales: hay que ahorrar. Es correcto. También es verdad que recomendar ahorro resulta mucho más sencillo cuando no estamos mirando la cuenta de quien apenas cubre alimentación, vivienda, transporte, salud y educación. Una familia que vive al límite no necesita que alguien le explique con solemnidad que debería separar veinte por ciento de su ingreso; necesita primero que exista ese veinte por ciento. Por eso el ahorro debe entenderse sin moralismos. No es una prueba de virtud ni una señal de inteligencia superior. Es, en términos prácticos, la posibilidad de trasladar una parte del dinero de hoy hacia una necesidad de mañana. Cuando existe margen, hacerlo crea algo extraordinariamente importante: capacidad de resistencia. Un fondo de emergencia no luce espectacular en fotografías, no provoca envidia y difícilmente consigue aplausos, pero puede evitar que una falla mecánica, una enfermedad, una reparación doméstica o un gasto inesperado obliguen a recurrir inmediatamente al crédito.

Ese quizá sea uno de los lujos financieros menos presumidos y más valiosos: que el refrigerador deje de funcionar y el acontecimiento no se convierta en tragedia familiar. Porque cuando no hay ahorro, cualquier imprevisto encuentra una puerta abierta hacia la deuda. Se rompe el automóvil, aparece la tarjeta; surge un gasto médico, aparece el préstamo; llega una reparación, aparecen los meses que seguirán pagándose mucho después de que el problema original haya desaparecido. Ahí entendemos por qué el ahorro no sirve únicamente para comprar algo en el futuro, sino también para impedir que el futuro quede hipotecado por cualquier accidente del presente. Y con eso termina la primera lección de esta historia: la economía no empezó en una bolsa de valores ni en una oficina de gobierno. Empezó mucho antes, en la casa donde alguien recibe su ingreso, distribuye pagos, mira precios, decide qué puede comprar, qué debe posponer y cuánto puede guardar. Ahí, entre una transferencia y una despensa, comienza todo. Después volverá a llegar el día 15, el saldo respirará nuevamente y durante unas horas tendremos la agradable sensación de haber recuperado el control. Hasta que revisemos la fecha de corte de la tarjeta.

 

EL MEXICANO QUE GANA DIEZ, GASTA DOCE Y TODAVÍA INVITA

 

TARJETA DE CRÉDITO: DINERO QUE PARECE TUYO HASTA QUE LLEGA EL ESTADO DE CUENTA

La tarjeta de crédito tiene una virtud extraordinaria: consigue que comprar sea facilísimo y pagar parezca un asunto perteneciente a otra etapa de la vida. Uno entra a una tienda sin intención seria de adquirir nada, mira un refrigerador, una pantalla, unos zapatos o ese aparato tecnológico que hace exactamente lo mismo que el anterior pero con una cámara ligeramente mejor, y de pronto aparece la frase que ha arruinado más presupuestos que muchas crisis económicas: “también aceptamos tarjeta”. En ese momento ocurre una pequeña separación entre la emoción y las matemáticas. El producto se va con nosotros, pero el dinero todavía no salió de nuestra cuenta; por eso el gasto duele menos. El banco puso temporalmente el dinero y nosotros adquirimos una obligación. Así funciona el crédito: no amplía mágicamente nuestro patrimonio, únicamente adelanta capacidad de compra. El problema empieza cuando confundimos ambas cosas y creemos que una línea disponible de cien mil pesos significa que poseemos cien mil pesos. No los poseemos. Lo que poseemos es la oportunidad de deberlos.

Y deber tampoco es necesariamente malo. Una hipoteca puede permitir construir patrimonio; un crédito productivo puede ayudar a crecer un negocio; una tarjeta bien utilizada puede facilitar compras, ordenar pagos o incluso financiar temporalmente sin costo adicional si se liquida a tiempo. El peligro aparece cuando el crédito deja de ser herramienta y se convierte en complemento permanente del sueldo. Ahí entra en escena el pago mínimo, personaje entrañable de cualquier estado de cuenta porque siempre parece dispuesto a ayudarnos. Debemos una cantidad considerable y el banco nos permite pagar una fracción. Qué amable. El detalle es que aquello no significa que la deuda haya desaparecido, sino que compramos tiempo, y el tiempo financiero suele venir acompañado de intereses. Por eso el pago mínimo puede mantenernos al corriente mientras la deuda avanza con una paciencia admirable. La tarjeta no se enoja, no levanta la voz ni nos reclama durante la cena; simplemente espera y cobra. Esa tranquilidad es precisamente parte de su eficiencia.

 

MESES SIN INTERESES: EL FUTURO YA VIENE DESCONTADO

Si la tarjeta es seductora, los meses sin intereses son prácticamente poesía comercial. Hay algo profundamente tranquilizador en escuchar que aquello que cuesta treinta mil pesos realmente “sale” en mil quinientos al mes. No importa que treinta mil sigan siendo treinta mil; dividir la cantidad cambia nuestra percepción. De pronto una compra que parecía excesiva adquiere una apariencia doméstica, razonable y hasta prudente. Y lo cierto es que los meses sin intereses pueden ser útiles cuando se utilizan con orden: permiten distribuir un gasto importante, conservar liquidez y evitar el costo financiero de un crédito tradicional. El problema no es la mensualidad de una compra. El problema comienza cuando nuestra cuenta se convierte en una reunión multitudinaria de mensualidades.

Ahí descubrimos que el refrigerador ocupa una parte, el teléfono otra, las llantas otra, el viaje otra y aquella promoción navideña que parecía irrepetible sigue apareciendo religiosamente cada mes. El mexicano tiene una capacidad admirable para analizar cada mensualidad de manera individual: “son nada más ochocientos”; “son quinientos”; “son mil doscientos”. El conflicto llega cuando alguien comete la imprudencia de sumarlas. Entonces resulta que una parte importante del sueldo próximo ya está comprometida con objetos que compramos cuando teníamos una visión mucho más optimista del futuro. Incluso puede suceder algo particularmente cruel: seguir pagando unas vacaciones cuando ya olvidamos la contraseña de la carpeta donde guardamos las fotos.

Esa es la parte menos visible del endeudamiento: no sólo cuesta dinero, también cuesta libertad. Cada mensualidad resta capacidad de decidir qué hacer con el ingreso que todavía no llega. Por eso una buena pregunta antes de comprar no es únicamente “¿puedo pagar esto al mes?”, sino “¿cuánto de mis próximos meses ya prometí antes?”. El futuro financiero rara vez se arruina con una sola gran decisión; muchas veces se llena poco a poco de compromisos pequeños que parecían inofensivos mientras estaban separados.

 

PARECER RICO PUEDE SER CARÍSIMO

Pero todavía falta una de las partes más divertidas del comportamiento económico: no siempre compramos cosas únicamente porque nos sirven. Muchas veces también las compramos porque queremos que digan algo de nosotros. El automóvil transporta, por supuesto, pero también informa. El reloj da la hora, aunque curiosamente algunos cuestan lo mismo que un automóvil. El teléfono sirve para comunicarnos, pero colocado estratégicamente sobre la mesa puede funcionar además como declaración patrimonial no solicitada. La ropa, los viajes, determinados restaurantes, la casa, la boda y hasta el café pueden convertirse en señales de posición. Nada de eso es malo por sí mismo. Disfrutar lo ganado, darse gustos y comprar cosas hermosas también forma parte de una vida bien vivida. La complicación comienza cuando dejamos de comprar para nosotros y empezamos a financiar la impresión que queremos producir en los demás.

Entonces aparece una competencia maravillosa porque nunca termina. Estábamos encantados con nuestro automóvil hasta que el vecino compró uno más grande. Nuestra casa parecía estupenda hasta que visitamos la remodelación de unos amigos. El teléfono funcionaba perfectamente hasta que alguien enseñó el modelo nuevo. Incluso unas vacaciones pueden perder parte de su encanto cuando descubrimos que otro conocido viajó más lejos. La comparación social tiene ese talento: convierte satisfacción en insuficiencia sin modificar absolutamente nada de lo que ya poseíamos.

Por eso una forma poco espectacular, pero bastante seria, de riqueza consiste en no necesitar demostrarla todo el tiempo. Tener margen, poder enfrentar un gasto inesperado, no vivir perseguido por fechas de pago, mantener capacidad de elección y comprar algo simplemente porque nos gusta, no porque necesitamos que alguien lo admire. El verdadero problema no es gastar; es gastar para sostener una versión de nosotros mismos que nuestros ingresos reales no pueden mantener.

Y aun con todo eso aprendido, llegará una cena, alguien pedirá la cuenta y aparecerá inevitablemente el personaje generoso que anunciará con seguridad: “yo invito”. Quizá pueda hacerlo. Quizá no. Pero mientras acerca la tarjeta a la terminal y sonríe con absoluta confianza, hay algo seguro: el banco todavía no ha terminado de cenar.

 

INFLACIÓN: EL INVITADO QUE COME EN TU CASA Y NUNCA COOPERA

 

¿QUIÉN LE SUBIÓ A TODO?

La inflación tiene una habilidad extraordinaria para convertirse en tema de conversación incluso entre personas que jamás han abierto un libro de economía. Basta entrar al supermercado, detenerse frente al precio de la carne, mirar el kilo de huevo, pasar por la fruta y terminar en la caja para descubrir que todos llevamos un pequeño analista económico escondido dentro. “Esto ya estaba más barato”, dice alguien. “Cada vez alcanza para menos”, responde otro. Y antes de que termine la fila ya apareció una explicación para cada gusto: el gobierno, los productores, los intermediarios, el dólar, la gasolina, la sequía, la guerra, los empresarios, la tienda y seguramente algún culpable adicional que no se encontraba presente para defenderse. Lo curioso es que todos pueden tener un pedacito de razón, porque los precios no suben por una sola causa. Puede encarecerse producir, transportar o importar; puede escasear un alimento; aumentar demasiado la demanda; subir la energía; ocurrir una mala cosecha o aparecer un conflicto internacional capaz de encarecer materias primas a miles de kilómetros de distancia. La economía tiene esa pésima costumbre de permitir que un problema ocurrido al otro lado del mundo termine estacionado en nuestro carrito del supermercado.

Pero inflación no significa que todo suba exactamente igual ni que un jitomate caro sea suficiente para declarar una tragedia nacional. Lo importante es observar el comportamiento general de los precios durante un periodo. Por eso se sigue una amplia canasta de bienes y servicios: alimentos, vivienda, transporte, educación, salud, ropa y muchas otras cosas que forman parte de la vida cotidiana. El resultado intenta medir cuánto se ha encarecido, en promedio, vivir. El pequeño problema es que nadie compra exactamente el promedio nacional. Una familia con tres hijos, dos automóviles y colegiaturas no siente los precios igual que una pareja jubilada; quien destina buena parte de su ingreso a alimentos percibe de inmediato cualquier golpe en la despensa. Así nace aquella discusión maravillosa en la que la autoridad anuncia una inflación determinada y alguien responde desde la cocina: “Pues que vengan ellos a hacer el mandado”. Y desde su experiencia puede tener razón: cada hogar lleva su propio índice inflacionario en el bolsillo.

 

BANXICO Y EL EXTRAÑO ARTE DE ENCARECER EL DINERO PARA QUE DEJEMOS DE GASTAR

Cuando los precios empiezan a subir demasiado rápido, aparece uno de los personajes menos comprendidos de nuestra historia: Banco de México. Su trabajo no consiste en decidir cuánto costará el kilo de tortillas el martes ni mandar inspectores a regañar al dueño de la carnicería. Una de sus responsabilidades centrales es procurar que la moneda conserve razonablemente su poder de compra, y para ello dispone de una herramienta formidable: la tasa de interés. Aquí comienza uno de esos capítulos económicos que parecen escritos por alguien con sentido del humor. Si el problema es que las cosas están demasiado caras, una de las respuestas puede ser hacer también más caro pedir dinero prestado. Suena aproximadamente como combatir el calor encendiendo otro foco, pero tiene lógica.

Cuando las tasas suben, financiar un automóvil, una casa, una expansión empresarial o determinadas compras puede resultar menos atractivo. Algunos consumidores postergan gastos, algunas empresas moderan inversiones y ahorrar puede ofrecer mayores rendimientos. En términos sencillos: se intenta que circule un poco menos de entusiasmo comprador para reducir ciertas presiones sobre los precios. Es como tener una fiesta demasiado animada y bajar discretamente el volumen antes de que alguien termine bailando arriba de la mesa. El problema es que la medicina no distingue demasiado entre quien estaba bailando y quien apenas llegaba. Una tasa alta también puede encarecer hipotecas, créditos empresariales y financiamientos. El pequeño comerciante que quería ampliar su negocio descubre que el préstamo cuesta más; la familia que pensaba comprar casa revisa nuevamente las mensualidades, y el usuario de tarjeta aprende que dejar saldo pendiente puede convertirse en una relación bastante apasionada con los intereses.

Por eso combatir inflación nunca es tan sencillo como decir “bajen los precios”. Si bastara una orden, probablemente algún presidente habría decretado ya el kilo de aguacate a veinte pesos, la gasolina a diez y el filete de res a precio de nostalgia. Los precios responden a miles de decisiones simultáneas: productores calculando costos, consumidores eligiendo, empresas invirtiendo, mercados internacionales moviéndose y gobiernos cobrando o gastando. La economía no es una tienda donde alguien cambia una etiqueta y se terminó el asunto. Es una enorme conversación en la que millones hablan al mismo tiempo y casi ninguno escucha al otro.

 

EL PESO DE HOY NO ES EL PESO DE AYER

La inflación deja además una enseñanza particularmente cruel: el dinero envejece aunque lo guardemos perfectamente planchado. Mil pesos pueden permanecer diez años dentro de un cajón y salir exactamente con el mismo número impreso, pero ya no necesariamente compran lo mismo. No se rompieron, nadie les arrancó una esquina y tampoco desapareció un billete; simplemente perdieron parte de su capacidad de compra. Ése es el valor del dinero en el tiempo: un peso hoy y un peso dentro de muchos años no representan necesariamente el mismo poder económico.

Aquí aparece la diferencia entre simplemente guardar y tratar de hacer trabajar el dinero. Ahorrar significa reservar una cantidad para después; invertir busca, además, obtener algún rendimiento. Naturalmente, invertir implica distintos riesgos y nadie debería creerle a quien prometa ganancias extraordinarias, garantizadas y sin posibilidad de perder, porque en ese momento probablemente dejamos de hablar de economía y empezamos a acercarnos al territorio de los milagros. Pero sí existe una idea básica: si nuestros ahorros permanecen inmóviles mientras los precios avanzan, podemos conservar la cantidad y perder capacidad de compra.

El interés compuesto representa la cara amable del tiempo cuando éste trabaja para nosotros: los rendimientos pueden generar nuevos rendimientos y, con suficiente plazo, cantidades modestas pueden crecer de manera importante. La misma lógica, lamentablemente, se vuelve bastante menos simpática cuando estamos del lado de la deuda. Entonces son los intereses los que crecen mientras nosotros contemplamos cómo una compra aparentemente pequeña adquiere una biografía propia.

Al final, entender inflación no requiere memorizar fórmulas. Basta guardar durante algunos años los tickets del supermercado y compararlos. Ahí estará toda la explicación: los mismos huevos, el mismo café, el mismo jabón y una cantidad distinta al final de la cuenta. La inflación es ese invitado que jamás confirmamos, llega a la mesa sin traer nada, prueba de todos los platos y, cuando finalmente creemos que se ha ido, descubrimos que también dejó más cara la próxima cena.

 

EL GOBIERNO TAMBIÉN GASTA MÁS DE LO QUE GANA… PERO LA CUENTA LLEGA A TODOS

 

¿DE DÓNDE SACA EL GOBIERNO EL DINERO?

Hay una frase que se escucha con frecuencia y que tiene una capacidad casi mágica para borrar el origen de los recursos: “el gobierno va a poner el dinero”. Dicho así, parece que en algún sótano de Palacio Nacional existe una habitación enorme donde por las noches aparecen billetes recién nacidos, perfectamente acomodados y esperando instrucciones. La realidad es menos fantástica. El gobierno obtiene recursos principalmente de impuestos, derechos, aprovechamientos, ingresos petroleros y otras fuentes que, de una forma u otra, salen de la actividad económica del país. El IVA aparece cuando compramos bienes o servicios gravados; el ISR cuando personas y empresas generan ingresos; el IEPS se cobra en determinados productos; existen derechos por ciertos servicios y también ingresos derivados de empresas públicas y recursos naturales. Eso que llamamos dinero público tiene apellido antes de llegar al presupuesto: alguien produjo, vendió, compró, trabajó, importó, exportó o pagó para que ese peso terminara en las arcas del Estado.

Por eso cuando se anuncia una obra, un programa o cualquier gasto gubernamental conviene recordar que el dinero no apareció por voluntad política. Puede utilizarse bien, mal o regular, pero siempre tiene origen y siempre tiene costo. Incluso cuando el gobierno decide financiarse mediante deuda, alguien tendrá que pagar después capital e intereses con recursos futuros. Esto no significa que todo impuesto sea malo ni que gastar sea una desgracia. Sin impuestos sería imposible financiar seguridad, carreteras, hospitales, escuelas, tribunales, servicios públicos y muchas otras funciones indispensables. La discusión seria no es si el gobierno debe cobrar y gastar, sino cuánto, en qué, con qué eficiencia y con qué resultados. Porque también existe un talento burocrático que merece reconocimiento: convertir enormes cantidades de dinero en programas cuyo beneficio cuesta después encontrar hasta con lupa.

 

EL PRESUPUESTO: LA QUINCENA MÁS GRANDE DEL PAÍS

El presupuesto público es, en cierto sentido, la gran agenda de prioridades del país expresada en pesos. Allí se decide cuánto irá a salud, educación, seguridad, pensiones, infraestructura, programas sociales, transferencias a estados y municipios, operación gubernamental y una larga colección de obligaciones. Y aquí aparece una verdad tan sencilla que a veces se pierde entre miles de páginas presupuestales: el dinero es limitado. Incluso un gobierno con ingresos enormes debe elegir. Cada peso utilizado en una cosa deja de estar disponible para otra. A eso se le llama costo de oportunidad, expresión elegante para describir algo que cualquier familia conoce perfectamente: si hoy compramos una lavadora, quizá este mes no cambiamos la sala. El gobierno enfrenta esa misma lógica, sólo que en lugar de discutir entre sala y lavadora puede estar decidiendo entre una carretera, un hospital, una pensión o pagar intereses.

La diferencia es que el presupuesto público tiene dimensiones capaces de marear. Millones se vuelven miles de millones y los miles de millones terminan siendo billones, palabra que produce un efecto curioso: entre más grande es la cifra, menos parece entenderse. Si alguien pierde mil pesos en casa, hay investigación, interrogatorios y posiblemente acusaciones contra todos los presentes. Si en una cuenta pública aparecen miles de millones mal ejercidos, necesitaremos cuadros, auditorías, comparecencias y probablemente varias semanas para entender exactamente qué ocurrió. La escala vuelve abstracto el dinero, y por eso conviene aterrizarlo siempre a resultados. No basta saber cuánto se gastó; hay que preguntar qué produjo ese gasto. Una escuela no mejora sólo porque aumentó su presupuesto, una carretera no se vuelve buena porque costó más y un programa social no es eficiente únicamente porque repartió mucho dinero. El presupuesto indica intención; los resultados dicen si valió la pena.

DEUDA: GASTAR HOY Y MANDARLE LA CUENTA AL MÉXICO DE MAÑANA

Cuando los ingresos no alcanzan para cubrir todos los gastos, aparece el déficit. Y cuando ese faltante se financia mediante préstamos o emisión de deuda, el gobierno comienza a comprometer ingresos futuros. Esto tampoco debe explicarse como pecado automático. Endeudarse puede tener sentido si los recursos se utilizan para inversiones que producirán beneficios durante muchos años: infraestructura útil, proyectos productivos o acciones capaces de aumentar la capacidad económica del país. Sería absurdo exigir que una generación pagara completamente hoy una obra que utilizarán varias generaciones. El problema surge cuando la deuda crece de manera persistente sin generar beneficios equivalentes o cuando una parte cada vez mayor del presupuesto debe destinarse simplemente a pagar intereses.

Ahí aparece el costo financiero, ese invitado que no inaugura hospitales, no corta listones, no aparece en fotografías y, sin embargo, llega puntualmente a cobrar. Los intereses tienen una característica desagradable: se pagan antes de preguntarnos si este año preferíamos utilizar ese dinero en otra cosa. Entre mayor es la deuda y más elevado su costo, menor es el margen para gastar en otras prioridades. Es parecido a una familia cuyos ingresos aumentan, pero cuyo pago mensual de tarjetas crece todavía más rápido. Sobre el papel gana más; en la práctica tiene menos libertad.

La deuda pública, por tanto, no debe juzgarse sólo por su tamaño, sino por su relación con la capacidad de pago, el crecimiento de la economía, el costo de financiarla y el destino que tuvieron los recursos. Pedir prestado para construir algo que fortalezca el futuro puede ser razonable. Pedir prestado permanentemente para sostener gastos que no generan capacidad adicional puede convertirse en un problema que alguien heredará después. Y ese alguien, aunque todavía no haya nacido, ya aparece silenciosamente en la cuenta.

Al final, las finanzas públicas tienen una verdad bastante menos misteriosa de lo que parecen: el gobierno recauda, decide, gasta, se endeuda cuando necesita hacerlo y paga intereses igual que cualquier otro deudor, aunque a una escala capaz de quitarle el sueño a cualquiera. La diferencia es que cuando una familia se equivoca con sus cuentas, la discusión ocurre alrededor de la mesa. Cuando se equivoca un gobierno, la mesa es todo el país.

 

PIB: ESE SEÑOR IMPORTANTÍSIMO QUE NADIE HA VISTO EN PERSONA

 

TODO LO QUE MÉXICO PRODUJO EN UN AÑO

El Producto Interno Bruto tiene uno de esos nombres capaces de espantar a cualquiera antes de empezar. Suena a documento grueso, conferencia con gráficas y un señor señalando una pantalla con láser. Pero el PIB es, en realidad, una idea bastante terrenal: intenta medir el valor de todo lo que se produce dentro de un país durante un periodo determinado. Ahí entra el agricultor que cosecha, la fábrica que transforma, el restaurante que cocina, el médico que consulta, la empresa que exporta, el transportista que mueve mercancías, el ingeniero que diseña, el hotel que hospeda, el taller que repara y una enorme colección de actividades que, vistas por separado, parecen pequeñas historias y, sumadas, forman la economía nacional.

La gracia está en entender que el PIB no es una caja donde el gobierno guarda dinero ni una cuenta bancaria colectiva. Es una medida de actividad. Si una fábrica produce más, un restaurante vende más comidas, una empresa presta más servicios y el campo genera más valor, esa actividad puede contribuir al crecimiento del PIB. Por eso cuando se anuncia que la economía creció, lo que se está diciendo es que el país produjo más valor que antes. El problema es que la frase “México creció” tiene una facilidad enorme para sonar más emocionante de lo que muchas personas sienten en su bolsillo. El dato puede ser correcto y, al mismo tiempo, una familia puede seguir preguntándose por qué a ella no le llegó ninguna notificación bancaria anunciando su parte del crecimiento.

 

CRECER NO SIGNIFICA QUE TODOS CRECIERON

Ahí aparece una diferencia fundamental. Que la economía crezca no significa que todos los mexicanos hayan mejorado en la misma proporción. El PIB puede aumentar porque determinados sectores avanzaron con fuerza mientras otros permanecieron estancados. Puede crecer una región y otra no. Puede aumentar la producción mientras algunos salarios pierden poder de compra. Incluso puede haber más riqueza total sin que esa riqueza se distribuya de manera uniforme. Por eso conviene desconfiar tanto del pesimismo que dice “si yo no estoy mejor, entonces el país no creció” como del triunfalismo que responde “si el PIB aumentó, entonces todos estamos mejor”. Las dos frases intentan meter una realidad enorme dentro de una bolsa demasiado pequeña.

Para aproximarnos un poco más a la experiencia individual aparece el PIB per cápita, que divide la producción entre la población. Sirve como referencia, pero tampoco significa que al final del año alguien vaya casa por casa repartiendo la parte correspondiente. Si en una mesa hay diez personas y alguien coloca diez tacos, el promedio dice que toca uno por cabeza. Si una sola persona se come seis, el promedio sigue siendo uno. La economía funciona con un poco más de elegancia, pero la advertencia es parecida: los promedios ayudan a entender tendencias, no describen exactamente lo que vive cada persona.

Y luego está la productividad, una palabra menos famosa que el PIB pero decisiva para mejorar niveles de vida. Producir más no siempre significa trabajar más horas; también puede significar trabajar mejor, con tecnología, capacitación, infraestructura, organización y capital suficientes para obtener mayor valor con los mismos recursos. Un trabajador con una máquina adecuada puede producir mucho más que otro haciendo el mismo esfuerzo a mano. Una empresa conectada a mejores carreteras pierde menos tiempo transportando mercancía. Un agricultor con riego, técnica y acceso a mejores insumos puede obtener resultados distintos sin convertir el día en uno de treinta horas. Ahí se juega buena parte del crecimiento sostenible: no únicamente en hacer más, sino en conseguir que cada hora de trabajo genere más valor.

 

EL MÉXICO QUE TRABAJA SIN RECIBO

Y entonces llegamos a una de las grandes peculiaridades mexicanas: una enorme cantidad de personas trabaja, produce, vende, repara, cocina, transporta o presta servicios fuera de la formalidad completa. Está el vendedor del tianguis, el albañil independiente, quien arregla automóviles en casa, la señora que vende comida, el comerciante pequeño, el profesionista que trabaja por su cuenta y miles de negocios familiares donde quizá exista mucha actividad económica, pero poca relación con facturas, seguridad social, contabilidad formal o crédito bancario.

Sería facilísimo mirar todo ese universo desde una oficina y decir: “que se formalicen”. El problema es que para muchísimas personas la informalidad no empezó como una filosofía económica, sino como una forma inmediata de ganarse la vida. Formalizar significa costos, trámites, impuestos, obligaciones y conocimientos que no siempre son sencillos para quien comenzó con una mesa, una hielera, una máquina o un pequeño local. Pero tampoco conviene romantizarla. Trabajar informalmente puede significar vivir sin acceso estable a seguridad social, crédito, pensión, protección laboral o posibilidades mayores de crecimiento. Para el Estado, además, implica menor recaudación y una economía más difícil de organizar.

La informalidad mexicana tiene una paradoja formidable: demuestra una capacidad extraordinaria para encontrar la manera de trabajar y sobrevivir, pero también muestra lo difícil que sigue siendo convertir esa energía en empresas más productivas y trabajadores con mayor protección. El puesto de comida que alimenta a una colonia puede ser ejemplo de emprendimiento y, al mismo tiempo, una fuente de ingreso vulnerable si el dueño se enferma, pierde el lugar o enfrenta una emergencia.

Así que la próxima vez que alguien anuncie solemnemente que el PIB creció, quizá valga la pena imaginar qué hay detrás de esas tres letras. No es un señor misterioso escondido en Hacienda. Son millones de personas levantándose temprano para producir algo que otro necesita. Algunas lo hacen en una gran planta, otras detrás de un mostrador, otras desde una computadora y otras bajo una lona en el tianguis.

El PIB, visto de cerca, no es una cifra.

Es México trabajando.

Y, como casi siempre ocurre en México, una parte lo hace incluso sin recibo.

 

EL DÓLAR BAJÓ… ¿ENTONCES POR QUÉ MI DESPENSA NO?

 

EL PRECIO DE COMPRAR UN DÓLAR

El dólar tiene una extraña capacidad para convertirse en personaje principal de conversaciones donde nadie posee uno. Basta que baje algunos centavos para que aparezca alguien diciendo que “el peso está fortísimo”, y basta que suba para que otro anuncie, con tono de corresponsal financiero, que “ya se nos vino encima todo”. El tipo de cambio, sin embargo, no es un marcador de futbol ni una calificación instantánea del gobierno. Es simplemente el precio de una moneda expresado en otra. Si para comprar un dólar necesitamos más pesos, nuestra moneda se debilitó frente a él; si necesitamos menos, se fortaleció. Parece sencillo, pero detrás de ese precio están las exportaciones, importaciones, movimientos de capital, tasas de interés, expectativas, decisiones de inversionistas, condiciones internacionales y una larga lista de factores que pueden hacer que el peso amanezca de buen humor un martes y con ganas de drama el jueves.

Cuando entran muchos dólares al país porque exportamos, recibimos inversión, llegan remesas o los inversionistas encuentran atractivos determinados rendimientos, aumenta la disponibilidad de divisas y eso puede favorecer al peso. Cuando ocurre lo contrario, cuando se buscan más dólares de los que llegan o aparecen episodios de incertidumbre, la presión puede ir en sentido contrario. Y aquí surge una de las preguntas favoritas del consumidor mexicano: si el dólar bajó, ¿por qué no bajó automáticamente todo lo demás? Porque el precio de un producto no depende únicamente del tipo de cambio. Puede haber costos de transporte, energía, salarios, impuestos, inventarios comprados con anterioridad, márgenes comerciales y materias primas cuyo comportamiento va por otra ruta. El dólar puede bajar hoy mientras una empresa sigue vendiendo mercancía importada cuando estaba más caro. Además, no todo lo que consumimos depende directamente de él. La economía sería mucho más divertida si al bajar el dólar el carnicero saliera corriendo a cambiar las etiquetas, el restaurante imprimiera un menú nuevo y el predial amaneciera milagrosamente reducido. Lamentablemente, las cosas no funcionan con semejante coordinación.

 

REMESAS: LOS DÓLARES QUE LLEGAN CON NOMBRE DE FAMILIA

Hay, sin embargo, dólares que no llegan escondidos detrás de gráficas financieras. Llegan con nombre, apellido, historia y destinatario. Son las remesas que millones de mexicanos envían desde el exterior, principalmente desde Estados Unidos, a sus familias. Ese dinero paga comida, renta, estudios, medicinas, materiales para construir una casa, pequeñas inversiones y una enorme cantidad de necesidades cotidianas. Para muchas comunidades no es una cifra macroeconómica: es la transferencia que permite llegar al final del mes. En algunos municipios, incluso, buena parte de la actividad local gira alrededor de esos recursos que llegan desde lejos y terminan gastándose en la tienda, la farmacia, el mercado, la ferretería o la escuela.

Por eso celebrar que las remesas alcanzan cifras muy altas tiene una parte luminosa y otra incómoda. Sí, representan apoyo directo para millones de hogares y una entrada importante de divisas. Pero detrás de cada récord existe también una historia de migración. Alguien tuvo que irse. Alguien está trabajando lejos. Alguien se perdió cumpleaños, navidades, enfermedades, domingos familiares y esa colección de momentos que ningún envío bancario puede regresar. Una remesa puede fortalecer una economía doméstica y, al mismo tiempo, recordarnos que una parte de esa fortaleza fue construida fuera del país. Tal vez por eso son uno de los fenómenos económicos más humanos: el dólar llega convertido en pesos, pero antes fue cansancio, horas de trabajo, distancia y la decisión de compartir lo ganado con quienes se quedaron.

 

MÉXICO VENDE MUCHO MÁS QUE TEQUILA Y AGUACATE

Durante mucho tiempo la imagen internacional de México podía resumirse alegremente con tequila, sombrero, chile y quizá una playa espectacular. Económicamente somos bastante más complicados. México exporta automóviles, autopartes, maquinaria, equipos eléctricos, electrónicos, productos agroalimentarios, cerveza, dispositivos médicos y una enorme variedad de manufacturas que forman parte de cadenas productivas profundamente integradas con Estados Unidos y Canadá. En algunas fábricas mexicanas se produce una pieza que cruza la frontera, se incorpora a otro componente, regresa, vuelve a cruzar y termina dentro de un automóvil vendido a miles de kilómetros. Si esa pieza tuviera pasaporte, probablemente viajaría más que muchos de nosotros.

El T-MEC es fundamental para entender esa integración. No significa que México simplemente “le venda cosas” a Estados Unidos. Significa que muchas industrias funcionan como cadenas compartidas en las que proveedores, plantas, transportistas y empresas de distintos países participan en un mismo proceso. Guanajuato ofrece un ejemplo especialmente visible: industria automotriz, autopartes, agroalimentos, cuero-calzado y manufactura conviven con actividades tradicionales y cadenas exportadoras altamente sofisticadas. Un producto fabricado en el estado puede terminar en Estados Unidos, Canadá, Europa o Asia sin que quien lo produjo vea jamás al consumidor final.

A esto se suma el llamado nearshoring, la tendencia de algunas empresas a acercar producción y proveedores al mercado norteamericano. México tiene ventajas evidentes: ubicación, tratados comerciales, experiencia manufacturera y cadenas ya instaladas. Pero convertir esa oportunidad en crecimiento sostenido exige electricidad, agua, carreteras, seguridad, talento, certidumbre y capacidad logística. Ninguna empresa instala una planta únicamente porque alguien pronunció la palabra “nearshoring” durante un discurso.

Así que el dólar importa, y mucho, pero no explica por sí solo la economía mexicana. Importa porque compramos y vendemos al mundo, recibimos inversión, enviamos y recibimos dinero y participamos en cadenas internacionales. Pero convertir cada movimiento del tipo de cambio en victoria o tragedia nacional es como juzgar un automóvil mirando exclusivamente el velocímetro. Hay motor, combustible, llantas, dirección y un conductor que, con suerte, sabe hacia dónde va.

Y si mañana el dólar vuelve a bajar, podremos celebrarlo con moderación. Sólo conviene no ir inmediatamente al supermercado esperando que el aguacate haya recibido la noticia.

 

AL FINAL, LA ECONOMÍA ERA LA VIDA

 

RENTABILIDAD NO ES TENER LA CAJA LLENA

Hay negocios que venden muchísimo y, sin embargo, viven permanentemente buscando dinero. Desde fuera parecen una maravilla: clientes entrando, cajas saliendo, empleados corriendo y el dueño contestando el teléfono con esa voz de empresario ocupado que inspira respeto. El pequeño detalle aparece cuando llega el viernes y hay que pagar nómina. Entonces uno descubre una verdad que no suele aparecer en las fotografías de inauguración: vender no es lo mismo que ganar, ganar no es lo mismo que tener efectivo y tener efectivo tampoco significa necesariamente que el negocio sea sano. Una empresa puede facturar millones y gastar casi todo para producirlos; puede tener utilidad registrada mientras sus clientes todavía no pagan; puede poseer maquinaria, inventarios y edificios, pero no disponer del dinero suficiente para cubrir las obligaciones inmediatas. A eso se debe que las finanzas tengan tantas palabras para cosas que, vistas desde afuera, parecen simplemente “tener o no tener dinero”.

La rentabilidad pregunta si aquello que invertimos está produciendo una ganancia razonable. La liquidez pregunta si tenemos efectivo suficiente para pagar lo que vence pronto. La solvencia observa si podemos responder por nuestras deudas a lo largo del tiempo. Y generar valor significa algo todavía más exigente: que los recursos utilizados produzcan un rendimiento que realmente justifique el riesgo y el esfuerzo. Un restaurante puede estar lleno todas las noches y perder dinero si vende cada platillo por debajo de lo que cuesta prepararlo; una tienda puede presumir ventas récord y estar sufriendo porque vende a crédito y nadie paga; una empresa puede crecer tan rápido que termine sin dinero para financiar su propio crecimiento. Es una de esas ironías que parecen imposibles hasta que ocurren: morir de éxito. El negocio creció, los pedidos aumentaron, todos felicitaron al dueño y después alguien tuvo que avisarle que no había caja para comprar la materia prima del lunes.

 

EL DINERO NO SABE PARA QUÉ LO QUEREMOS

Después de hablar de quincenas, tarjetas, inflación, impuestos, deuda, PIB y dólares, quizá convenga hacer una pregunta que ningún banco incluye en sus contratos: ¿para qué queremos el dinero? Porque el dinero, por sí mismo, no tiene ninguna opinión sobre lo que deberíamos hacer con él. Sirve igual para comprar una casa que para comprar un reloj, financiar una empresa, pagar una operación, viajar, estudiar, ayudar a los hijos, llenar una bodega de cosas innecesarias o intentar impresionar durante quince minutos a alguien que probablemente olvidará nuestro nombre. El dinero es obediente. El problema somos nosotros.

Hay personas para quienes tener más significa seguridad. Para otras significa independencia. Algunas quieren tiempo, otras comodidad, otras experiencias y otras simplemente desean no volver a sentir aquella angustia de abrir el refrigerador y descubrir que faltaba demasiado mes para tan poca comida. Por eso dos personas con exactamente el mismo ingreso pueden relacionarse de maneras completamente distintas con el dinero. Una ahorra con disciplina casi religiosa; otra gasta porque siente que la vida se acaba mañana; una compra cosas, otra compra tranquilidad. No existe una cifra universal a partir de la cual todos seamos felices, entre otras cosas porque el ser humano posee una habilidad formidable para modificar sus necesidades en cuanto mejoran sus ingresos. El departamento pequeño se vuelve insuficiente, después la casa también, luego descubrimos que el automóvil necesita más espacio, el viaje puede ser más lejos y el restaurante de antes ya no parece tan emocionante. El nivel de vida tiene una capacidad sorprendente para perseguir al sueldo hasta alcanzarlo.

Tal vez por eso una forma bastante inteligente de riqueza sea saber cuándo algo ya es suficiente. No significa renunciar a la ambición ni convertir la pobreza en virtud. Significa evitar que cada mejora económica produzca inmediatamente una nueva obligación. Tener dinero para elegir es distinto a necesitar dinero para sostener la imagen que construimos. El primero da libertad; el segundo suele traer mensualidades.

 

LA CARTERA TAMBIÉN CUENTA NUESTRA HISTORIA

Y así llegamos al final descubriendo que la economía nunca estuvo encerrada en una oficina llena de economistas. Estaba en la quincena que desapareció demasiado pronto, en el carrito del supermercado que comenzó medio vacío y terminó costando una fortuna, en la tarjeta que nos permitió comprar hoy y preocuparnos el próximo mes, en el ahorro que evitó convertir una reparación en tragedia, en la inflación que fue haciendo más pequeños nuestros billetes sin cambiarles el tamaño y en el dólar que logró provocar discusiones familiares entre personas que jamás habían pisado una casa de cambio.

También estaba en otro lugar: en las decisiones. En aquello que compramos y en lo que decidimos no comprar. En el joven que acepta un crédito, en la familia que intenta adquirir vivienda, en el comerciante que calcula si puede contratar a alguien más, en el empresario que decide invertir, en el migrante que manda dinero, en el trabajador informal que sale cada mañana sin saber exactamente cuánto venderá y en el gobierno que elige qué hacer con recursos que nunca son infinitos. La economía es, al final, la administración de cosas escasas frente a deseos que tienen la desagradable costumbre de ser abundantes.

Quizá por eso entender economía no sirve únicamente para discutir sobre tasas, presupuestos o crecimiento. Sirve para mirar de otra manera nuestra propia vida. Comprender que una mensualidad es una decisión presente sobre un ingreso futuro; que un precio no sube porque alguien haya despertado necesariamente con ganas de perjudicarnos; que crecer no significa que todos hayan crecido; que una deuda puede construir algo o destruir margen; que vender mucho no garantiza ganar y que tener mucho tampoco garantiza vivir mejor.

La cartera, finalmente, cuenta una historia bastante sincera. Habla de lo que ganamos, pero también de lo que deseamos; de aquello que tememos perder, de lo que estamos dispuestos a esperar y de las cosas por las que aceptamos trabajar durante meses o años. Puede revelar prudencia, impulso, necesidad, generosidad, miedo, ambición y hasta vanidad. Todo eso cabe entre algunos billetes y varias tarjetas.

Y quizá ésa sea la sorpresa final: pasamos los años intentando entender la economía para descubrir que llevaba toda la vida siguiéndonos.

La encontramos en la casa, en el trabajo, en la calle, en el negocio y en el gobierno. Sólo necesitábamos dejar de mirarla como una colección de gráficas y comenzar a verla como lo que siempre fue: la complicada, divertida y a veces desesperante historia de todo lo que hacemos para conseguir dinero, conservarlo un rato y decidir en qué demonios vamos a gastarlo.

CIERRE.

MÉXICO: EL PROBLEMA YA NO ES RESISTIR, SINO CUÁNTO TIEMPO PUEDE SEGUIR DESPERDICIANDO SUS VENTAJAS

Después de recorrer la quincena, la inflación, el crédito, los impuestos, la deuda, el PIB, el dólar y la forma en que el dinero termina gobernando buena parte de nuestras decisiones, la fotografía del país obliga a abandonar tanto la propaganda como el catastrofismo. México no está quebrado, conserva estabilidad financiera, mantiene una poderosa plataforma exportadora y sigue integrado al mercado estadounidense; pero crece poco, carga obligaciones cada vez mayores, mantiene millones de trabajadores en la informalidad y acaba de entrar a una etapa en la que incluso su principal ventaja comercial deberá defenderse año con año. El problema no es que el país no tenga fortalezas. El problema es que las está utilizando por debajo de su capacidad.

 

UN PAÍS QUE TRABAJA MUCHO Y CRECE DEMASIADO POCO

México trabaja. Lo hace desde antes de que amanezca en fábricas, campos, comercios, restaurantes, talleres, mercados y oficinas. Millones de personas encuentran todos los días la manera de producir, vender, reparar, transportar, construir o prestar servicios. El problema es que ese esfuerzo no se está convirtiendo en crecimiento suficiente. Una economía que avanza lentamente puede parecer estable, pero la estabilidad no resuelve por sí misma las necesidades de una población enorme, de ciudades que exigen infraestructura, de sistemas de salud que necesitan recursos, de jóvenes que buscan empleo y de familias que quieren construir patrimonio.

La informalidad agrava esa debilidad. Millones trabajan, pero lo hacen sin seguridad social, sin acceso competitivo al crédito, sin pensión y con una vulnerabilidad enorme frente a cualquier enfermedad o caída del ingreso. México ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir, pero sobrevivir no es lo mismo que prosperar. Un país no puede conformarse con que su gente encuentre “alguna manera” de trabajar; necesita que ese trabajo produzca más, pague mejor y permita construir futuro.

El crecimiento bajo termina teniendo un costo silencioso. No provoca necesariamente una explosión, pero reduce oportunidades, limita salarios, frena inversión y disminuye la capacidad del gobierno para recaudar más sin aumentar impuestos. Es una especie de desgaste lento: el país sigue caminando, pero cada vez con una mochila más pesada.

 

EL PRESUPUESTO LLEGA CADA AÑO CON MENOS ESPACIO PARA ELEGIR

La segunda presión está en las finanzas públicas. México todavía puede pagar su deuda y no existe razón seria para hablar de bancarrota. Pero una parte creciente del presupuesto ya llega comprometida antes de que empiece la discusión sobre nuevas prioridades. Pensiones, programas sociales, intereses, transferencias, operación gubernamental y obligaciones de empresas públicas ocupan una proporción cada vez mayor de los recursos.

Eso reduce margen.

Y el margen es uno de los bienes más valiosos de cualquier economía.

Endeudarse puede ser sensato si el dinero se utiliza para crear capacidad productiva: infraestructura, energía, agua, carreteras, educación, logística o proyectos que eleven el crecimiento futuro. El problema empieza cuando el endeudamiento sirve principalmente para sostener necesidades presentes sin aumentar la capacidad de producir mañana. Entonces los ingresos futuros comienzan a llegar hipotecados.

México necesita entender una verdad incómoda: repartir más recursos no será sostenible si la economía que los genera sigue creciendo poco. Justicia social y crecimiento no son enemigos. Sin crecimiento, la política social termina dependiendo de una bolsa que cada año tendrá que financiar más compromisos con menos libertad.

 

EL T-MEC YA NO ES UNA CERTEZA QUE PUEDE DARSE POR SENTADA

Y aquí aparece uno de los puntos más delicados. México conserva el T-MEC y mantiene acceso privilegiado al mercado estadounidense, pero la revisión de 2026 dejó una condición que debilita la certidumbre: revisiones anuales. El tratado sigue vivo, sí; lo que no quedó completamente resuelto fue la tranquilidad de largo plazo.

Eso importa muchísimo porque una empresa no decide una inversión de miles de millones pensando en doce meses. Piensa en diez, quince o veinte años. Necesita saber qué reglas enfrentará, qué aranceles podrían aparecer, qué exigencias surgirán y si cada año volverá a abrirse la negociación.

Si el objetivo era despejar por varios años la incertidumbre, México no lo consiguió.

No fue un fracaso del tratado, pero sí una negociación que dejó incompleta una de sus tareas más importantes: devolver seguridad de largo plazo.

Y eso se suma a otros problemas que ya conocemos: energía, agua, seguridad, infraestructura, certeza jurídica y productividad. México tiene una ubicación privilegiada, experiencia manufacturera, cadenas exportadoras, talento empresarial y acceso al mercado norteamericano. Pocos países poseen juntas tantas ventajas. Precisamente por eso resulta más grave desaprovecharlas.

El país no está en crisis. Ése es, curiosamente, uno de los mayores riesgos. Las crisis obligan a corregir. La mediocridad permite aplazar.

México puede seguir pagando, exportando, trabajando y administrando. Pero eso ya no basta.

Después de todo lo explicado en estas páginas, la conclusión es sencilla: el país todavía tiene con qué crecer mucho más, pero cada año de bajo crecimiento, incertidumbre, deuda creciente y oportunidades comerciales mal aprovechadas reduce el margen para conseguirlo.

México no está sin dinero.

Está empezando a quedarse sin tiempo para seguir administrando sus ventajas como si fueran eternas.

 

 

 

(By operación W).

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/… EL AVISO INOPORTUNO:

Movimiento Ciudadano presume que está creciendo en Guanajuato. Y sí: Yulma Rocha llegó después de su larga historia en el PRI, Alejandra Gutiérrez dejó el PAN y ahora Jorge Álvarez Máynez explica que todo eso es apertura. Sobre quienes empiezan a sospechar que MC ya no parece partido sino central camionera de políticos en tránsito, prefiero no discutir. Nomás falta que junto al registro pongan una ventanilla que diga: “Se reciben expriístas, expanistas y equipaje documentado”.

Brenda de la Mora cometió entonces una imprudencia imperdonable: decir en público lo que muchos dicen en corto. Reclamó que los recién llegados estaban desplazando a quienes construyeron la casa naranja y terminó acompañada hasta la salida. Poco después Máynez habló de inclusión. La escena fue magnífica: Yulma entró, Alejandra entró y Brenda descubrió que en Movimiento Ciudadano todos caben… siempre que no pregunten quién se quedó con su silla.

Pero Máynez todavía tenía un recurso maravilloso: el complot. Si hay inconformes, tal vez alguien los mueve; si hay protestas, quizá algún gobierno las alimenta; si aparece una crítica, seguramente detrás existe una mano negra, una mano azul, una mano tricolor o cualquier mano que no sea naranja. La fórmula ya quedó preciosa: si llega alguien del PRI, es crecimiento; si llega alguien del PAN, es pluralidad; si protesta alguien de MC, es infiltración enemiga. A este paso, si se descompone el aire acondicionado de la dirigencia, van a pedir una investigación para saber qué gobernador ordenó subirle al termostato.

Y como decía un viejo dirigente mientras cambiaba el logotipo de la puerta sin mover un solo mueble: partido nuevo es aquel que hace cosas distintas; si solamente cambia de militantes, eso no es renovación… es mudanza.

 

(By Notas de Libertad).

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/… La Agenda En Corto. 

1.- EL VERDE DESCUBRIÓ QUE SERGIO ERA EL PROBLEMA… JUSTO DESPUÉS DE QUE SE FUE

Durante años Sergio Contreras fue dirigente, candidato, diputado, operador y uno de los rostros más visibles del Partido Verde en Guanajuato. Desde la dirigencia nacional hubo respaldo, reconocimiento, elogios y acompañamiento. Ahora que ya no está, Karen Castrejón descubre que el partido llevaba demasiado tiempo sin crecer. Lo curioso no es que hoy quieran una nueva etapa; lo verdaderamente revelador es que durante tantos años nadie pareciera haber detectado la enfermedad y apenas ahora, cuando el paciente ya abandonó el consultorio, aparezcan todos los especialistas a explicar lo mal que estaba.

 

2.- LEÓN: CUANDO EL AYUNTAMIENTO EMPIEZA A PARECER CASA DE CAMPAÑA DE TODOS

En cuestión de horas aparecieron señalamientos que apuntan hacia rumbos políticos distintos pero nacen de una misma estructura municipal: mientras Miguel Bosques, director de Desarrollo Social y hoy también dirigente de Movimiento Ciudadano en León, es acusado por Morena de presuntamente utilizar su cercanía con beneficiarios para favorecer al partido naranja, otros servidores públicos son señalados de haber buscado firmas para Luis Ernesto Ayala en el proceso interno del PAN. Las acusaciones tendrán que probarse. El problema para Alejandra Gutiérrez es que el Ayuntamiento comienza a dar la impresión de tener más precampañas que escritorios.

 

3.- CELAYA: CUANDO EL PROBLEMA NO ESTÁ EN EL TRIBUNAL, SINO EN EL ESCRITORIO

En Celaya ya no basta preguntar cuánto costará una sentencia laboral. La pregunta verdaderamente incómoda es cuánto puede terminar pagando el municipio cuando el área encargada de defenderlo deja pasar tiempos, actuaciones y obligaciones procesales que después ya no tienen vuelta atrás.

 

4.- CUANDO LA PUREZA PARTIDISTA TERMINA EN LA VENTANILLA DE PROVEEDORES

Arturo Ávila suele construir buena parte de su discurso político desde la confrontación con sus adversarios. El detalle es que la política mexicana tiene una habilidad extraordinaria para volverse menos ideológica cuando aparecen contratos: la empresa encabezada por su padre terminó haciendo negocios con la Secretaría de Seguridad y Paz del Gobierno de Guanajuato. Ahí la discusión deja de ser de colores y empieza a ser de expedientes.

 

5.- VÍCTOR ZANELLA: CUANDO LA AUSTERIDAD NO ALCANZÓ A LLEGAR AL INFORME

Víctor Zanella quiso presumir cercanía con Irapuato, pero terminó dejando otra imagen mucho más poderosa: hotel, producción audiovisual, pantallas, montaje, publicidad por toda la ciudad y espectaculares donde la palabra “PRESIDENTE” aparece mucho antes de que el proceso interno del PAN tenga dueño. Lo curioso es que mientras intenta vender sencillez y contacto con la gente, la escenografía comienza a contar una historia bastante distinta.

 

6.- ROMITA: LOS BROCHAZOS NEGROS YA EMPIEZAN A TAPAR LA PARED

Ningún cateo, detención, investigación u observación administrativa basta por sí mismo para condenar a un gobierno. El problema aparece cuando los episodios comienzan a amontonarse y la ciudadanía deja de preguntarse qué ocurrió en cada caso para hacerse una pregunta mucho más peligrosa: ¿qué está pasando en Romita? Pedro Tanamachi quizá no haya provocado cada mancha que hoy aparece alrededor de su administración, pero como alcalde sí tiene una responsabilidad que ya no puede delegar: impedir que la suma termine definiendo a todo su gobierno.

1.- EL VERDE DESCUBRIÓ QUE SERGIO ERA EL PROBLEMA… JUSTO DESPUÉS DE QUE SE FUE

Durante años Sergio Contreras fue dirigente, candidato, diputado, operador y uno de los rostros más visibles del Partido Verde en Guanajuato. Desde la dirigencia nacional hubo respaldo, reconocimiento, elogios y acompañamiento. Ahora que ya no está, Karen Castrejón descubre que el partido llevaba demasiado tiempo sin crecer. Lo curioso no es que hoy quieran una nueva etapa; lo verdaderamente revelador es que durante tantos años nadie pareciera haber detectado la enfermedad y apenas ahora, cuando el paciente ya abandonó el consultorio, aparezcan todos los especialistas a explicar lo mal que estaba.

Sergio Contreras no fue un pasajero ocasional del Verde; durante más de dos décadas ayudó a construir estructura, encabezó campañas, sostuvo candidaturas y dio la cara cuando ser Verde en Guanajuato estaba muy lejos de garantizar victorias. Y durante todo ese tiempo nadie desde la dirigencia nacional pareció encontrar semejante tragedia. Al contrario: hubo acompañamiento, fotografías, discursos, reconocimientos y esas loas que en política suelen durar exactamente hasta que alguien decide irse.

La contradicción resulta todavía mayor cuando aparece Virginia “Kikis” Magaña. Ella no llegó de fuera para rescatar un partido del que nada sabía. Durante años formó parte del mismo proyecto político de Sergio, creció dentro de esa estructura y encontró ahí buena parte de las oportunidades que construyeron su trayectoria. Incluso su proyección hacia el Senado se produjo dentro de aquella etapa, cuando Sergio Contreras encabezaba al Verde guanajuatense y participaba en las decisiones políticas de la alianza con Morena. Pretender ahora que el pasado fue únicamente responsabilidad de quien ya salió mientras quienes crecieron dentro de él aparecen convertidos en renovadores resulta, por lo menos, bastante cómodo.

Karen Castrejón tiene todo el derecho de respaldar a Kikis y apostar por una nueva etapa. Lo que resulta muy pobre es necesitar disminuir al anterior para engrandecer a la sucesora. Si durante tantos años el Verde estuvo realmente estancado, entonces la responsabilidad no puede cargarla un solo hombre: también tendrían que explicar quienes desde la dirigencia nacional avalaron esa conducción y quienes hicieron carrera dentro de ella. La manera digna de demostrar que Kikis puede hacerlo mejor no es borrar a Sergio del álbum; es conseguir más votos en 2027.

Porque una dirigencia nueva puede corregir estrategias, renovar cuadros y buscar mejores resultados sin escupir hacia atrás. La política se vuelve particularmente miserable cuando pretende reescribir la historia dependiendo de quién siga sentado en la mesa. Sergio Contreras puede haber cometido errores, como cualquier dirigente de tantos años, pero resulta difícil aceptar que todos hayan descubierto sus defectos justo cuando dejó de pertenecer al partido que antes los celebraba.

Y como decía un viejo militante mientras veía cambiar las fotos en la oficina: cuando ayer te aplaudían de pie y hoy dicen que nunca serviste, no cambiaron los resultados… cambió la conveniencia.

2.- LEÓN: CUANDO EL AYUNTAMIENTO EMPIEZA A PARECER CASA DE CAMPAÑA DE TODOS

En cuestión de horas aparecieron señalamientos que apuntan hacia rumbos políticos distintos pero nacen de una misma estructura municipal: mientras Miguel Bosques, director de Desarrollo Social y hoy también dirigente de Movimiento Ciudadano en León, es acusado por Morena de presuntamente utilizar su cercanía con beneficiarios para favorecer al partido naranja, otros servidores públicos son señalados de haber buscado firmas para Luis Ernesto Ayala en el proceso interno del PAN. Las acusaciones tendrán que probarse. El problema para Alejandra Gutiérrez es que el Ayuntamiento comienza a dar la impresión de tener más precampañas que escritorios.

Lo verdaderamente preocupante no es determinar cuál color lleva ventaja dentro de las oficinas municipales. Es descubrir que puedan existir funcionarios que, mientras cobran por servir a olos leoneses, tengan tiempo para ayudar a construir proyectos políticos. Bosques niega tajantemente haber condicionado apoyos y tiene derecho a exigir pruebas; Luis Ernesto Ayala también se deslindó de cualquier recolección de firmas realizada por servidores públicos y pidió investigar. Hasta ahí, acusaciones y deslindes. Pero justamente por eso corresponde a la administración establecer una frontera que no admita sospechas: los padrones sociales son para atender necesidades, los comités ciudadanos para representar colonias y el horario laboral para trabajar, no para descubrir quién será azul, naranja o candidato cuando llegue 2027.

Hay además una contradicción difícil de ignorar. Luis Ernesto dejó el IMPLAN para evitar que su participación en la contienda panista se mezclara con una responsabilidad institucional; Bosques, en cambio, mantiene simultáneamente la Dirección de Desarrollo Social y una responsabilidad política relevante dentro de MC. Podrá existir argumento jurídico para hacerlo, pero políticamente resulta una combinación explosiva: quien administra un área con enorme presencia territorial debería estar particularmente lejos de cualquier sospecha de convertir esa relación ciudadana en capital partidista.

Alejandra ya dijo que quien tenga pruebas acuda a la Contraloría. Está bien. Pero gobernar también significa prevenir aquello que después terminará investigándose. Si desde distintas áreas del municipio comienzan a aparecer señalamientos de operación hacia diferentes proyectos, la alcaldesa necesita hacer algo más que esperar denuncias: debe garantizar que nadie utilice personal, horarios, bases de datos, programas o relaciones institucionales para construir candidaturas.

Porque si unos trabajan para el naranja, otros para el azul y mañana aparece alguno recolectando apoyos para el guinda, lo único verdaderamente apartidista terminará siendo la nómina: ésa sí les paga parejo a todos.

Y como decía un viejo burócrata mientras cerraba la computadora de la oficina para abrir el grupo de campaña: cuando en el Ayuntamiento todos tienen candidato, el único que se queda sin estructura es el ciudadano.

3.- CELAYA: CUANDO EL PROBLEMA NO ESTÁ EN EL TRIBUNAL, SINO EN EL ESCRITORIO

En Celaya ya no basta preguntar cuánto costará una sentencia laboral. La pregunta verdaderamente incómoda es cuánto puede terminar pagando el municipio cuando el área encargada de defenderlo deja pasar tiempos, actuaciones y obligaciones procesales que después ya no tienen vuelta atrás.

El embargo sobre la partida 1110, destinada a las dietas de síndicos y regidores, sólo hizo visible algo que parece más profundo: expedientes laborales que debían ser atendidos con puntualidad terminaron convertidos en resoluciones adversas y obligaciones económicas para el Ayuntamiento. Ahí ya no sirve cargarle toda la culpa al tribunal ni al abogado contrario. Cuando una demanda avanza porque desde dentro no se atiende como debe, el problema deja de ser externo y se instala cómodamente en la propia oficina municipal.

La Dirección de Asuntos Laborales existe precisamente para conducir, vigilar y dar seguimiento a esos litigios. Al frente está Arturo Bravo Guadarrama, y por eso la responsabilidad funcional no puede esconderse detrás de una cadena de oficios. Si había que contestar, alguien tenía que contestar; si había plazos, alguien tenía que cuidarlos; si existían requerimientos, alguien debía asegurarse de que no quedaran olvidados en un escritorio. Lo grave es que cuando eso falla, el tiempo procesal no regresa y la sentencia no desaparece porque la administración decida mirar hacia otro lado.

La Contraloría ya investiga responsabilidades, pero la investigación llega cuando la factura ya está sobre la mesa. Y ahí está el verdadero filo del asunto: los ciudadanos no tendrían por qué financiar errores administrativos evitables. Una cosa es perder un litigio porque el fondo jurídico fue adverso y otra muy distinta entregar ventajas procesales por descuido. En ese segundo escenario no se perdió sólo un juicio; se perdió control interno, capacidad de respuesta y, eventualmente, dinero público.

Y como decía un viejo litigante mientras cerraba el expediente: cuando el abogado olvida el plazo, el tribunal no pierde el sueño… lo pierde el presupuesto.

4.- CUANDO LA PUREZA PARTIDISTA TERMINA EN LA VENTANILLA DE PROVEEDORES

Arturo Ávila suele construir buena parte de su discurso político desde la confrontación con sus adversarios. El detalle es que la política mexicana tiene una habilidad extraordinaria para volverse menos ideológica cuando aparecen contratos: la empresa encabezada por su padre terminó haciendo negocios con la Secretaría de Seguridad y Paz del Gobierno de Guanajuato. Ahí la discusión deja de ser de colores y empieza a ser de expedientes.

Lo primero es separar parentesco de irregularidad. Que el padre de Arturo Ávila venda legalmente al gobierno no convierte automáticamente el contrato en un escándalo. Lo que sí obliga a revisar es cómo se asignó, qué servicio se prestó, si hubo competencia, quién autorizó y por qué el monto terminó rondando los doce millones de pesos. En una contratación pública, la explicación vale más que el apellido.

Y el foco no puede quedarse únicamente en “Cero Votos”, como le llaman sus adversarios. Del lado institucional también hay una responsabilidad clara. Mauro González encabeza la Secretaría de Seguridad y Paz del Gobierno de Guanajuato y, si esas operaciones se hicieron dentro de su esfera, la obligación es sencilla: abrir los expedientes y explicar por qué fueron convenientes para el estado. Si todo está limpio, la transparencia debería resolverlo más rápido que cualquier discurso.

La parte verdaderamente deliciosa está en la política. Morena lleva años hablando de corrupción ajena con tono de superioridad moral, pero ahora uno de sus voceros más duros tiene a su propio padre haciendo negocios con una dependencia pública estatal. Eso no prueba nada indebido, pero sí obliga a guardar un poco de saliva antes de la próxima acusación. Porque si Arturo Ávila exige cuentas cuando aparece un apellido adversario cerca del dinero público, tendrá que aceptar exactamente la misma vara cuando el apellido del proveedor sea el suyo.

Del otro lado ocurre lo mismo. Si la Secretaría de Seguridad y Paz sostiene que las contrataciones fueron correctas, no debería responder con nerviosismo ni con rodeos. Basta enseñar la ruta administrativa, los criterios, los servicios contratados y los resultados obtenidos. Cuando los documentos están en orden, la mejor defensa suele ser dejarlos hablar.

En asuntos así, el escándalo no siempre está en el contrato. A veces está en la doble moral con la que cada quien decide leerlo.

Y como decía un viejo proveedor mientras guardaba la camiseta antes de entrar a firmar: en campaña todos tienen principios; en compras públicas lo importante es traer la factura.

5.- VÍCTOR ZANELLA: CUANDO LA AUSTERIDAD NO ALCANZÓ A LLEGAR AL INFORME

Víctor Zanella quiso presumir cercanía con Irapuato, pero terminó dejando otra imagen mucho más poderosa: hotel, producción audiovisual, pantallas, montaje, publicidad por toda la ciudad y espectaculares donde la palabra “PRESIDENTE” aparece mucho antes de que el proceso interno del PAN tenga dueño. Lo curioso es que mientras intenta vender sencillez y contacto con la gente, la escenografía comienza a contar una historia bastante distinta.

Zanella lleva ya una larga carrera legislativa y en su informe volvió a hablar de fiscalización, cuentas claras y cuidado del dinero público. Precisamente por eso la pregunta sobre el costo de su propia promoción adquiere mayor tamaño. No porque organizar un informe sea ilegal ni porque un diputado tenga prohibido contratar un salón o producir un video, sino porque quien hace de la vigilancia del gasto una bandera debería ser el primero en explicar con absoluta claridad cuánto costó semejante despliegue y de dónde salió cada peso. Más aún cuando la promoción no se quedó dentro de cuatro paredes: Irapuato se llenó de espectaculares, lonas y publicidad digital en plena competencia interna por la futura candidatura a la presidencia municipal. Y aunque Zanella sostiene que la palabra “presidente” alude a la Comisión de Hacienda y Fiscalización que encabeza en el Congreso, la tipografía parece haber entendido perfectamente hacia dónde mira su aspiración.

Hay además un detalle político que hizo más ruidoso el silencio: en el informe faltaron varias figuras relevantes del propio PAN irapuatense. No asistieron, entre otros, Lorena Alfaro, Ricardo Ortiz y Diego Barroso, mientras Zanella montaba una demostración de fuerza en momentos en que compite con varios perfiles por el mismo espacio. Eso no convierte las ausencias en ruptura, pero sí rompe la fotografía de unanimidad que cualquier aspirante quisiera presumir. Y entonces el informe deja de parecer únicamente una rendición de cuentas y empieza a parecer también una enorme tarjeta de presentación adelantada.

El problema para Zanella no está en querer ser alcalde; tiene todo el derecho de buscarlo. Está en que mientras más grande haga la campaña para demostrar que ya creció, más evidente puede resultar la ansiedad por conseguir algo que todavía no tiene.

Y como decía un viejo publicista mientras veía otro espectacular: cuando el candidato todavía no alcanza la candidatura, siempre puede intentar que la candidatura alcance primero el tamaño de su foto.

6.- ROMITA: LOS BROCHAZOS NEGROS YA EMPIEZAN A TAPAR LA PARED

Ningún cateo, detención, investigación u observación administrativa basta por sí mismo para condenar a un gobierno. El problema aparece cuando los episodios comienzan a amontonarse y la ciudadanía deja de preguntarse qué ocurrió en cada caso para hacerse una pregunta mucho más peligrosa: ¿qué está pasando en Romita? Pedro Tanamachi quizá no haya provocado cada mancha que hoy aparece alrededor de su administración, pero como alcalde sí tiene una responsabilidad que ya no puede delegar: impedir que la suma termine definiendo a todo su gobierno.

Romita ha vivido demasiado ruido para un municipio de sus dimensiones. Los antecedentes delicados dentro de Seguridad Pública no nacieron con esta administración, y eso debe decirse con claridad; pero durante el actual gobierno también hubo una intervención de la Fiscalía que alcanzó a quien había ocupado la dirección de la corporación y a otros integrantes o exintegrantes de esa estructura. Después llegaron nuevos operativos, el descubrimiento de un enorme cultivo clandestino de cannabis, el aseguramiento de miles de litros de hidrocarburo y la detención de una funcionaria municipal que posteriormente fue desvinculada oficialmente del asunto del invernadero. Cada expediente tiene su propia historia y sería irresponsable mezclarlos como si demostraran una sola trama. Políticamente, sin embargo, todos terminan cayendo sobre la misma fotografía.

Ése es el verdadero problema de Tanamachi. Un alcalde puede recibir problemas heredados; lo que no puede heredar indefinidamente es la explicación. Conforme avanza una administración, lo recibido comienza a convertirse en responsabilidad de quien gobierna. Si Seguridad Pública llegó lastimada, había que reconstruirla. Si existen dudas sobre determinados perfiles, hay que revisarlos. Si los controles internos son insuficientes, deben fortalecerse. Y si una sucesión de acontecimientos empieza a deteriorar la confianza ciudadana, esconderse detrás de comunicados solamente consigue que la mancha se seque.

Tanamachi necesita hacer algo mucho más profundo que defenderse de cada noticia conforme aparezca. Necesita limpiar la imagen de su administración con decisiones visibles: revisión de mandos, controles de confianza, depuración donde corresponda, transparencia en los nombramientos, explicación puntual de investigaciones y cero tolerancia para cualquiera que utilice un cargo público para algo distinto al servicio de Romita. No se trata de fabricar culpables para tranquilizar a la opinión pública; se trata de demostrar que desde la Presidencia Municipal existe mando suficiente para revisar la casa completa.

Todavía existe una diferencia enorme entre un gobierno rodeado de acontecimientos preocupantes y un gobierno responsable de ellos. Precisamente por eso Tanamachi debería actuar antes de que esa diferencia deje de importarle a la gente. En política, la percepción también gobierna: cuando aparecen demasiados brochazos negros, llega un momento en que el ciudadano deja de distinguir quién aventó cada pincelada y solamente observa una pared cada vez más oscura.

Y como decía un viejo político mientras veía acumularse los problemas: una mala noticia se explica; cuando llegan demasiadas, ya no alcanza con explicarlas… hay que gobernar para que dejen de ocurrir.

 

 

(By operación W).

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“Cigüeñas Blancas”

De:  Guillermo Valencia

De cigüeñas la tímida bandada,
recogiendo las alas blandamente,
pasó sobre la torre abandonada,
a la luz del crepúsculo muriente;   hora en que el Mago de feliz paleta
vierte bajo la cúpula radiante
pálidos tintes de fugaz violeta
que riza con su soplo el aura errante.   Esas aves me inquietan; en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.   Afrenta la negrura de sus ojos
al abenuz de tonos encendidos,
y van los picos de matices rojos
a sus gargantas de alabastro unidos.   Vago signo de mística tristeza
es el perfil de su sedoso flanco
que evoca, cuando al sol se despereza,
las lentas agonías de lo Blanco.   Con la veste de mágica blancura,
con el talle de lánguido diseño,
semeja en el espacio su figura
el pálido estandarte del Ensueño.   Y si, huyendo la garra que la asecha,
el ala encoge, la cabeza extiende,
parece un arco de rojiza flecha
que oculta mano en el espacio tiende.   A los fulgores de sidérea lumbre,
en el vaivén de su cansado vuelo,
fingen, bajo la cóncava techumbre,
bacantes del azul ebrias de cielo…

 *Si quieres escucharlo en la voz de: *Abelardo Cano.

Sobre el poema.

 

 

“Cigüeñas blancas”: el vuelo que despierta la memoria de lo perdido

Lectura profunda del poema de Guillermo Valencia donde una bandada atravesando el crepúsculo transforma el paisaje en memoria y convierte la blancura de las aves en símbolo de la belleza, la nostalgia y aquello que el tiempo nos permite recordar, pero nunca recuperar por completo

 

El instante en que el paisaje comienza a recordar

Guillermo Valencia abre “Cigüeñas blancas” en el crepúsculo, cuando el día empieza a retirarse y las formas adquieren una belleza que sabemos pasajera. Una bandada cruza sobre una torre abandonada mientras la luz va muriendo. Desde ese momento aparecen los dos grandes movimientos del poema: las aves que continúan su viaje y aquello que permanece abajo, vacío, como testimonio de un tiempo anterior. La torre permanece pero ha perdido la vida que alguna vez pudo rodearla; las cigüeñas poseen vida, pero no permanecen. Entre ambas está el poeta, observando cómo pasa el tiempo delante de sus ojos.

El cielo se vuelve entonces una pintura. Violetas pálidos, luces debilitadas y aire en movimiento construyen una escena donde Valencia mira el mundo con sensibilidad casi pictórica. Sin embargo, los colores no están puestos únicamente para embellecer el paisaje. El crepúsculo significa transición: todavía existe luz, aunque ya comienza la noche. Esa condición convierte el momento en una imagen de la propia existencia, donde muchas veces comprendemos el valor de algo justamente cuando empieza a desaparecer.

Entonces ocurre el verdadero giro del poema. Las cigüeñas inquietan al poeta porque despiertan sus “rotas alegrías”. La contemplación deja de mirar solamente hacia el cielo y comienza a mirar hacia el pasado. Las aves funcionan como una llave inesperada de la memoria. Algo en su blancura, en su lentitud o en su paso fugaz devuelve al hombre la serenidad de otros días. Pero aquellos días no regresan enteros: vuelven convertidos en recuerdo.

La blancura que también puede contener tristeza

Valencia construye las cigüeñas mediante una extraordinaria combinación de colores. Blanco en el cuerpo, negro en los ojos, rojo en los picos. Sin embargo, la blancura domina la escena y termina adquiriendo un significado mucho mayor que el puramente visual. Lo blanco representa aquello que todavía parece limpio, delicado, intacto; precisamente por eso su posible desaparición produce tristeza.

Cuando el poeta aproxima esa blancura a la agonía, introduce una contradicción hermosa y dolorosa. Normalmente pensamos en el blanco como principio, pureza o claridad; Valencia lo contempla también como algo que puede extinguirse. La belleza no queda protegida contra el tiempo. Al contrario: quizá nos conmueve precisamente porque sabemos que puede terminar.

Las cigüeñas dejan entonces de ser solamente aves. Se transforman en símbolos de aquello que alguna vez fue luminoso dentro de nosotros: una felicidad, una ilusión, una época de serenidad. El poeta las contempla y reconoce en ellas algo suyo que ya no posee de la misma manera.

También existe peligro. Una garra acecha y obliga al ave a modificar el vuelo. Esa imagen rompe cualquier posibilidad de una belleza completamente tranquila. Vivir significa también proteger aquello que puede ser herido. La cigüeña blanca continúa avanzando porque detenerse podría significar desaparecer.

 

Lo que se marcha puede seguir volando dentro de nosotros

En los últimos versos llega la noche. Las estrellas sustituyen la luz del crepúsculo y las cigüeñas continúan avanzando con un vuelo cansado. La fatiga vuelve más profunda la imagen: aquellas criaturas hermosas no atraviesan el cielo sin esfuerzo. Han recorrido distancia, han escapado del peligro y todavía siguen adelante.

Valencia termina elevándolas hacia una dimensión casi fantástica, como criaturas embriagadas por la inmensidad azul. Y allí la tristeza encuentra una forma de belleza. Las aves se marchan, pero dejan detrás una emoción que permanece en quien las contempló.

Ese es el corazón de “Cigüeñas blancas”. Hay encuentros breves capaces de despertar mundos enteros. Un paisaje, una música, un aroma o unas aves atravesando el cielo pueden devolvernos inesperadamente algo que creíamos perdido.

El pasado no vuelve. Pero tampoco desaparece por completo. Permanece esperando alguna imagen que lo despierte.

Y quizá la memoria sea precisamente eso: un cielo interior donde todavía siguen volando las cosas hermosas que alguna vez tuvimos que dejar partir.

 

 

 

Sobre el autor.

 

 

GUILLERMO VALENCIA: EL HOMBRE QUE BUSCÓ LA BELLEZA HASTA ENCONTRAR DETRÁS DE ELLA LA MELANCOLÍA

Reseña biográfica y de la obra del poeta colombiano que convirtió colores, paisajes, símbolos y antiguas culturas en una escritura de extraordinaria elaboración, mientras detrás de la perfección de sus versos permanecía una pregunta constante por el tiempo y por todo aquello que inevitablemente desaparece

 

Popayán, los libros y el nacimiento de una sensibilidad

Guillermo Valencia nació en Popayán, Colombia, el 20 de octubre de 1873. Aquella ciudad de iglesias, arquitectura colonial y largos silencios provincianos fue el primer escenario de una existencia que después conocería otros países, otras lenguas y una intensa participación en la vida pública. Perdió tempranamente a sus padres, circunstancia que acompañó una infancia en la que los libros terminaron ocupando un territorio fundamental. Su educación humanística lo acercó a los clásicos y despertó una curiosidad que nunca quedaría limitada a la literatura de su propio país.

Desde joven entendió la escritura como un trabajo de precisión. No parecía interesado en dejar que el verso naciera únicamente del impulso. Quería construirlo, escuchar su música, elegir su color y encontrar la palabra exacta. Esa disciplina terminaría convirtiéndose en una de las características más reconocibles de su poesía.

Europa amplió posteriormente sus horizontes. Valencia conoció nuevas corrientes literarias y encontró afinidades con autores que defendían la belleza formal, el símbolo y la musicalidad. Aquellas influencias no borraron su identidad; le proporcionaron recursos para construirla. Regresó de esas experiencias con una idea cada vez más definida de lo que deseaba hacer con el lenguaje.

Pero su existencia tuvo otra vertiente muy distinta. Participó activamente en la política colombiana, desempeñó responsabilidades diplomáticas y llegó a competir por la Presidencia de la República. El hombre público convivió así con el poeta contemplativo. Mientras uno recorría tribunas y discusiones políticas, el otro podía detenerse ante un crepúsculo y descubrir dentro de él una imagen de la fugacidad humana.

 

“Ritos”, “Catay” y el universo de un poeta que escribía con colores

La obra de Valencia no necesita una extensión desmesurada para ocupar un lugar importante en la literatura colombiana. Su libro esencial, Ritos, concentra buena parte del universo que lo distinguió: preocupación por la forma, imágenes cuidadosamente construidas, referencias culturales, musicalidad y una permanente transformación del mundo visible en símbolos.

Su poesía posee algo de pintura. El blanco, el rojo, el violeta, el oro y las sombras no aparecen solamente para describir objetos. Los colores adquieren estados de ánimo. Un paisaje puede convertirse en nostalgia; un animal, en presagio; una tarde, en conciencia del tiempo. “Cigüeñas blancas” muestra precisamente esa capacidad: el vuelo de unas aves termina despertando las alegrías perdidas de quien las contempla.

También escribió poemas de aliento filosófico, religioso y social. “Anarkos”, “Job” y otras composiciones revelan que su mundo no estuvo reducido al refinamiento visual. Debajo de la belleza existía un hombre preocupado por las contradicciones humanas, el sufrimiento y las preguntas que ninguna época consigue resolver definitivamente.

Otro momento singular de su producción fue Catay. Allí su fascinación por la poesía oriental encontró una forma nueva de expresión mediante recreaciones que acercaron al español sensibilidades procedentes de la tradición china. Valencia demostraba así que su curiosidad literaria podía viajar mucho más lejos que su propia geografía.

Su lenguaje puede resultar exigente para el lector contemporáneo. Utiliza palabras poco frecuentes, referencias cultas e imágenes elaboradas. Pero esa dificultad pertenece a su concepción de la poesía: para él, escribir significaba trabajar la materia verbal hasta

convertirla en una pieza donde sonido, imagen y pensamiento permanecieran unidos.

 

La belleza frente al tiempo

Guillermo Valencia murió en Popayán el 8 de julio de 1943. Había recorrido setenta años de una vida dividida entre literatura, diplomacia, política, viajes y una permanente disciplina intelectual. El mundo que encontró al morir era profundamente diferente del que había conocido durante su juventud, pero algunos de sus poemas ya habían conseguido aquello que tanto parecía preocuparle: permanecer.

Detrás de la fama de poeta refinado existe una sensibilidad mucho más vulnerable. Valencia contempla la belleza porque sabe que termina. El crepúsculo lo conmueve porque la luz está marchándose; las cigüeñas porque atraviesan el cielo y desaparecen; los recuerdos porque alguna vez fueron presente y ya no pueden volver.

Ahí se encuentra una de las claves más humanas de su escritura. No quiso detener el tiempo porque sabía que era imposible. Intentó otra cosa: rescatar del instante una imagen antes de que desapareciera.

Quizá esa sea también la razón por la que “Cigüeñas blancas” continúa emocionando. Las aves terminaron su vuelo hace muchísimo tiempo. El hombre que las contempló también desapareció. Pero aquel instante permanece dentro del poema.

Y esa fue, finalmente, una de las victorias de Guillermo Valencia: conseguir que algunas cosas destinadas a marcharse encontraran en las palabras una manera de quedarse.

(ByNotas de Libertad).

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/… BAR CALOI: LA CASA DONDE LA BOTANA TODAVÍA TIENE MEMORIA

En el bulevar Campestre de León, Juan Carlos “Caloi” convirtió un apodo de cinco letras en el refugio de una antigua forma de hospitalidad: bebida con botana generosa, música, conversación y respeto. Ésta es la historia del niño que a los ocho años lavaba vasos junto a su padre; del hombre que heredó el chamorro, creó su chicharrón y aprendió a leer las tristezas detrás de una barra; y del esposo y padre que, impulsado por su mujer, abandonó la comodidad para levantar una casa propia donde la memoria familiar se sirve en cada plato.

 

LEÓN TAMBIÉN CABE DENTRO DE UNA CANTINA

León huele a cuero, a taller abierto y a calle calentada por el sol. También huele a salsa molida, a chicharrón que espera su tortilla y a cerveza fría. Su memoria vive en costumbres simples: acercar otra silla, pedir una ronda y recibir una botana capaz de convertir el encuentro en comida.

Esa memoria encontró casa en el bulevar Campestre número 2402, local 4 de Plaza Bosques. Bar Caloi tiene nueve años, pero lleva dentro el sedimento de décadas. Recuperó el pacto de hospitalidad: aquí la bebida nunca llega abandonada. Aparecen los cueritos, las patitas encurtidas, el chamorro, los tacos de chicharrón, los guisos y las salsas que despiertan la boca y alargan la tarde.

El ruido de los vasos se mezcla con la música. Una canción puede cambiar el ánimo de la mesa y la sangría cantinera pone color a la reunión con vino y destilados. Sin embargo, el ingrediente no figura en la receta. Está en la mano que conoce la medida y en un equipo capaz de atender sin arrancarle al lugar su naturalidad. Caloi no vende una escenografía de cantina: conserva su espíritu.

 

EL NIÑO QUE APRENDIÓ A LEER LA VIDA DETRÁS DE LA BARRA

Juan Carlos tenía ocho años cuando la cantina se convirtió en escuela. Salía de clases y caminaba hasta el negocio de su padre. Comenzó entre platos sucios, vasos por lavar y pisos que nadie recuerda. Mientras sus manos cumplían las tareas, sus ojos aprendían. Veía cocinar a su padre, observaba cómo medía una bebida y escuchaba conversaciones que comprendería después.

Un día dejó el fregadero para acercarse a las mesas. Su padre le indicaba con la mirada hasta dónde servir y él cargaba el vaso con el orgullo de quien recibe su primera responsabilidad. Así descubrió que detrás de una barra no basta conocer botellas. Hay que distinguir al hombre que celebra del que busca olvidar, al cliente que desea compañía del que necesita silencio y al que puede brindar del que requiere una palabra firme. La cantina le enseñó humanidad sin discursos.

También recibió una herencia. Su padre le entregó el chamorro, los cueritos y las patitas; le enseñó a elegir buenos ingredientes y cocinar sin mezquindad. Juan Carlos respetó esas raíces, pero añadió su voz: preparó el chicharrón, encontró la salsa y dejó que los clientes dictaran sentencia. Hoy ese plato disputa el cariño. Así caminan las recetas familiares: alguien las lleva más lejos sin olvidar de dónde salieron.

 

CUANDO CINCO LETRAS SE CONVIRTIERON EN CASA

Caloi nació como apodo, escondido dentro de una canción que sus amigos le pedían cantar. Cuando Juan Carlos buscó otro nombre para el negocio, un amigo lo detuvo: la gente ya sabía quién era Caloi. Cinco letras bastaban para anunciar que él estaría detrás de aquella puerta. Su esposa lo impulsó a abandonar la comodidad, asumir el riesgo y construir algo que pudiera convertirse en futuro para sus tres hijas.

Abrió con tres trabajadores, dudas para quitar el sueño y una certeza aprendida de su padre: la comida preparada con gusto encuentra a quien la reconozca. Los primeros clientes llevaron a otros. Algunos venían de su etapa en El Encanto; muchos se quedaron por el sabor y el trato. El rumor transformó un local nuevo en sitio conocido. Hoy son seis personas sosteniendo los días en que las mesas se llenan y cada minuto exige paciencia y carácter.

Caloi continúa entrando a la cocina, recorriendo las mesas y acercándose cuando una espera comienza a pesar. No dirige desde lejos porque su oficio nació en la cercanía. Bar Caloi se parece a su dueño: tiene franqueza, humor, música, fe, memoria y una generosidad incapaz de servir porciones pequeñas. En sus mesas, León no llega únicamente a beber o comer. Llega para recuperar algo que la prisa le arrebata: el tiempo necesario para sentirse acompañado.

 

 

Video Crónica.

 

 

(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

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Domingo 30 de agosto al sábado 5 de septiembre.

 

 

 

SANTORAL

 

CUANDO LA FE DEJA SU HUELLA EN EL TIEMPO

Cada fecha guarda nombres que consiguieron atravesar los siglos. Algunos pertenecieron a palacios, otros eligieron la pobreza; unos condujeron pueblos, otros prefirieron la soledad de una gruta o el silencio de un monasterio. Hubo quienes defendieron su fe frente a los poderosos y quienes la convirtieron en hospital, enseñanza, consuelo o servicio. El santoral de esta semana reúne treinta y cinco historias nacidas en épocas y territorios diferentes, pero enlazadas por una misma decisión: vivir de acuerdo con aquello en lo que se cree, aun cuando el precio sea abandonar privilegios, enfrentar persecuciones o entregar la propia vida.

 

Domingo 30 de agosto

Santa Rosa de Lima: Primera santa nacida en América y una de las grandes figuras religiosas del continente. Consagró su vida a la oración, la penitencia y el cuidado de enfermos y personas desamparadas en la ciudad de Lima.

San Pamaquio de Roma: Senador romano perteneciente a una familia distinguida que, después de enviudar, renunció a sus privilegios y abrazó la vida monástica. Ayudó a fundar un albergue gratuito para peregrinos pobres y enfermos cerca de la desembocadura del Tíber.

Santos Félix y Adaucto: Mártires de los primeros siglos del cristianismo vinculados con la vía Ostiense de Roma. La tradición recuerda que Adaucto se unió espontáneamente a Félix cuando este era conducido al martirio, compartiendo su confesión de fe y su destino.

San Fiacrio de Breuil: Eremita de origen irlandés establecido en la región francesa de Meaux durante el siglo VII. Vivió entre la oración, la atención de los necesitados y el cultivo de la tierra, por lo que es venerado como protector de jardineros y agricultores.

San Fantino el Joven: Monje nacido en Calabria dentro de una familia de raíces griegas. Practicó una vida de gran austeridad, recorrió diferentes comunidades monásticas y fue reconocido por su capacidad para promover la reconciliación entre grupos enfrentados.

 

Lunes 31 de agosto

San Ramón Nonato: Religioso catalán de la Orden de la Merced cuyo sobrenombre alude a su nacimiento, ocurrido después de la muerte de su madre. Dedicó su ministerio a rescatar cautivos y llegó a ofrecerse como rehén cuando los recursos para liberarlos se agotaron.

San José de Arimatea: Miembro respetado del Sanedrín y discípulo discreto de Jesús. Después de la crucifixión acudió ante Poncio Pilato para solicitar el cuerpo, envolverlo dignamente y colocarlo en un sepulcro nuevo de su propiedad.

San Nicodemo: Fariseo y maestro de Israel que buscó a Jesús para escucharlo y más tarde intervino en su defensa. Tras la muerte de Cristo acompañó a José de Arimatea durante la sepultura y aportó una abundante mezcla de mirra y áloe.

San Aidán de Lindisfarne: Monje irlandés y obispo misionero del siglo VII que evangelizó el norte de Inglaterra. Fundó el monasterio de Lindisfarne y recorrió a pie numerosas comunidades, enseñando con sencillez y atendiendo especialmente a pobres y esclavos.

Beato Alfredo Ildefonso Schuster: Monje benedictino, cardenal y arzobispo de Milán durante los difíciles años del fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Permaneció cerca de la población, impulsó la formación religiosa y procuró aliviar los sufrimientos provocados por la guerra.

 

Martes 1 de septiembre

San Josué: Figura fundamental del Antiguo Testamento y sucesor de Moisés en la conducción del pueblo de Israel. Encabezó la entrada a la Tierra Prometida y fue recordado como un dirigente firme, obediente y comprometido con la alianza recibida.

San Gil o Egidio Abad: Eremita cuya vida transcurrió probablemente entre los siglos VII y VIII en el sur de Francia. La comunidad formada alrededor de su retiro dio origen a un monasterio, y su devoción lo incorporó al grupo de los catorce santos auxiliadores.

Santa Teresa Margarita Redi: Carmelita descalza nacida en Arezzo en 1747 y conocida también como Teresa Margarita del Sagrado Corazón. Vivió su vocación desde la contemplación, la humildad y el cuidado paciente de las religiosas enfermas de su comunidad.

San Vicente de Dax: Obispo y mártir venerado como uno de los primeros evangelizadores de la región de Dax, en la antigua Galia. La tradición sitúa su testimonio durante las persecuciones romanas, cuando se negó a abandonar la fe cristiana.

San Sixto de Reims: Considerado el primer obispo de Reims y uno de los iniciadores de la evangelización en aquella región. Su misión contribuyó a establecer una comunidad cristiana organizada en un territorio donde todavía predominaban las antiguas creencias paganas.

 

Miércoles 2 de septiembre

Beato Bartolomé Gutiérrez: Sacerdote agustino nacido en la Ciudad de México y enviado como misionero a Japón. Ejerció clandestinamente su ministerio durante la persecución contra los cristianos y fue martirizado en Nagasaki en 1632.

San Antolín de Pamiers: Mártir de los primeros siglos cuya veneración se extendió por Francia y España. La tradición lo presenta como un joven que sostuvo públicamente sus convicciones cristianas y aceptó la muerte antes que rendir culto a las divinidades paganas.

San Zenón de Nicomedia: Cristiano martirizado en Nicomedia durante una de las persecuciones emprendidas contra la Iglesia. Su nombre fue conservado por antiguas tradiciones religiosas como testimonio de quienes se negaron a renunciar a su fe frente al poder imperial.

San Habib de Edesa: Diácono sirio que continuó predicando y visitando a los creyentes a pesar de las prohibiciones imperiales. Se presentó voluntariamente ante las autoridades para evitar represalias contra otras personas y murió en la hoguera por mantenerse firme.

San Salomón Leclercq: Hermano de las Escuelas Cristianas asesinado en París durante la Revolución Francesa. Rechazó el juramento que pretendía someter a la Iglesia al nuevo orden civil y fue uno de los mártires ejecutados en el convento de los Carmelitas en 1792.

 

Jueves 3 de septiembre

San Gregorio Magno: Papa y Doctor de la Iglesia que condujo la sede romana desde 590 hasta 604. Reorganizó la administración eclesiástica, fortaleció la atención de los pobres, promovió misiones y dejó escritos pastorales de enorme influencia para el cristianismo occidental.

San Vitaliano de Capua: Obispo italiano del siglo VII que padeció calumnias y hostilidad dentro de su propia comunidad. Después de abandonar temporalmente su sede llevó una vida de retiro y austeridad, aunque la tradición afirma que más tarde fue llamado nuevamente por sus fieles.

San Auxano de Milán: Obispo de Milán durante el siglo VI, en una etapa marcada por fuertes disputas doctrinales. Defendió la unidad de la Iglesia y combatió la expansión del arrianismo mientras trabajaba en la reorganización pastoral de su diócesis.

San Sandalio de Córdoba: Mártir cristiano vinculado con la ciudad de Córdoba durante el periodo de dominio musulmán. Su memoria quedó asociada a quienes sostuvieron públicamente sus convicciones religiosas a pesar de saber que podían ser condenados a muerte.

San Mansueto de Toul: Reconocido tradicionalmente como el primer obispo de Toul, en la antigua Galia. Dedicó su labor a establecer comunidades cristianas, formar nuevos creyentes y extender la evangelización entre poblaciones que conservaban prácticas paganas.

 

Viernes 4 de septiembre

San Moisés: Profeta y legislador central del Antiguo Testamento, elegido para conducir al pueblo hebreo fuera de la esclavitud en Egipto. Recibió las Tablas de la Ley en el monte Sinaí y guio a Israel durante su prolongada marcha por el desierto.

Santa Rosalía de Palermo: Joven siciliana de familia noble que abandonó la vida cortesana para retirarse a una gruta y consagrarse a la oración. Su devoción creció en Palermo cuando sus reliquias fueron llevadas en procesión durante una epidemia de peste del siglo XVII.

San Bonifacio I: Papa desde 418 hasta 422, elegido en medio de una dura disputa por la sucesión pontificia. Defendió la autoridad de la sede romana, intervino en controversias eclesiásticas y procuró restaurar la estabilidad dentro de la Iglesia.

San Marino: Cantero cristiano procedente de Dalmacia que se refugió en el monte Titano para escapar de las persecuciones. La comunidad surgida alrededor de su retiro es considerada el origen histórico y espiritual de la República de San Marino.

San Caletrico de Chartres: Obispo de Chartres durante el siglo VI y participante en importantes concilios de la Iglesia franca. Trabajó por fortalecer la disciplina del clero y mantener la vida religiosa de su diócesis durante una época de profundos cambios políticos.

 

Sábado 5 de septiembre

Santa Teresa de Calcuta: Religiosa nacida en Skopie, de ascendencia albanesa, que fundó en la India las Misioneras de la Caridad. Dedicó su vida al cuidado de enfermos, moribundos, huérfanos y personas abandonadas, y recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979.

San Bertín de Sithin: Monje franco del siglo VII y abad del monasterio que posteriormente llevaría su nombre, cerca de Saint-Omer. Combinó la evangelización con la organización comunitaria, el trabajo agrícola y la formación de nuevos religiosos.

San Quinto de Capua: Mártir venerado desde la antigüedad en la región italiana de Campania. Aunque se conservan pocos datos sobre su vida, los antiguos registros eclesiásticos mantuvieron su nombre como testimonio de fidelidad durante las persecuciones romanas.

Santos Aconcio, Nono, Herculano y Taurino: Mártires relacionados con Porto Romano, en las cercanías de la desembocadura del Tíber. La tradición conservó conjuntamente sus nombres, y parte de sus reliquias fue trasladada siglos después a una iglesia de la isla Tiberina.

San Alperto de Tortona: Monje y ermitaño medieval venerado en el norte de Italia. Eligió una existencia apartada, dedicada a la contemplación y a la orientación espiritual de quienes acudían a buscar consejo en su retiro.

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Música para recordar el ayer

/… DOLLY PARTON: LA MUJER QUE NUNCA DEJÓ DE SER AQUELLA NIÑA DE TENNESSEE

Dolly Rebecca Parton nació el 19 de enero de 1946 en Tennessee y murió el 25 de agosto de 2026, a los 80 años. Entre esas dos fechas cabe una de las trayectorias más singulares de la música popular: una niña criada entre carencias y montañas terminó convertida en compositora, cantante, actriz, empresaria y símbolo cultural. Pero lo verdaderamente extraordinario no fue cuánto se alejó de su origen, sino cuánto se negó a abandonarlo. Dolly llevó consigo a su familia, sus paisajes, sus pérdidas, su humor y su manera de mirar el mundo. Por eso su obra nunca sonó como la fabricación de una estrella: sonó como una mujer que aprendió a convertir cada pedazo de su vida en canción.

 

NO SALIÓ DE TENNESSEE PARA OLVIDARLO

Dolly creció en una familia enorme, rodeada de hermanos, música y escasez. Esa infancia no fue un decorado que después maquilló para alimentar una leyenda. Fue el lugar desde donde aprendió a observar. Descubrió muy pronto que las cosas podían valer mucho más por lo que significaban que por lo que costaban, y esa sensibilidad terminaría apareciendo una y otra vez en sus canciones.

Cuando escribió “Coat of Many Colors”, por ejemplo, no necesitó inventar una gran tragedia. Le bastó recordar a su madre cosiendo un abrigo con retazos y a una niña que descubría que otros podían burlarse precisamente de aquello que ella consideraba precioso. Ahí estaba ya Dolly completa: orgullosa de su origen, capaz de convertir una herida pequeña en una historia enorme.

La música apareció antes que la fama. Cantó desde niña y fue creciendo con la certeza de que aquello no sería únicamente entretenimiento. Cuando terminó la escuela tomó el camino hacia Nashville. No llevaba detrás una maquinaria construida para fabricar ídolos. Llevaba canciones.

Y eso terminó siendo decisivo.

Su encuentro profesional con Porter Wagoner le abrió una gran puerta. Durante años trabajaron juntos y el público comenzó a reconocerla. Pero Dolly comprendió que una oportunidad puede dejar de ser impulso cuando empieza a convertirse en límite. Decidió marcharse y, en lugar de cerrar aquella etapa con resentimiento, escribió “I Will Always Love You”.

Ese gesto explica mucho de su obra: incluso cuando se despedía, encontraba una manera de conservar la ternura.

 

UNA MUJER PODÍA SUPLICAR, REÍRSE Y MANDAR AL MISMO TIEMPO

Dolly nunca escribió desde una sola mujer.

En “Jolene” aparece vulnerable, temerosa de perder a quien ama frente a otra mujer cuya belleza la intimida. No intenta parecer invencible. Suplica. Y precisamente por eso la canción atraviesa generaciones: cualquiera que haya sentido alguna vez que no era suficiente puede reconocerse allí.

En “9 to 5”, en cambio, la vulnerabilidad deja paso a la ironía. Dolly mira la rutina laboral, las jerarquías, el cansancio y la frustración de quienes entregan horas de su vida a un sistema que rara vez les devuelve lo mismo. La canción puede bailarse, pero debajo del ritmo hay una mujer mirando con lucidez una estructura injusta.

Después están “Here You Come Again”, “Islands in the Stream”, sus grabaciones junto a Emmylou Harris y Linda Ronstadt y tantas otras piezas que fueron ensanchando su territorio. Dolly podía acercarse al pop, regresar al country, entrar al bluegrass o experimentar con otros sonidos sin perderse dentro de ellos.

Porque su identidad no estaba únicamente en un género.

Estaba en la manera de contar.

También entendió algo que muy pocos artistas manejan bien: el personaje público puede exagerarse sin devorar a quien lo interpreta. Las pelucas enormes, los vestidos brillantes, el maquillaje, los tacones y aquella imagen casi excesiva terminaron convirtiéndose en una armadura humorística. Dolly se burlaba de sí misma antes de que alguien pudiera intentarlo desde fuera.

Pero detrás de aquella exuberancia había una mujer que controlaba cuidadosamente su carrera, sus canciones y sus decisiones.

 

CUANDO EL ÉXITO DECIDIÓ REGRESAR A CASA

Con los años, Dolly dejó de ser solamente una cantante. Llegó el cine, aparecieron los negocios, nació Dollywood y su nombre terminó convertido en una marca mundial. Sin embargo, incluso cuando podía vivir definitivamente lejos de Tennessee, decidió regresar una y otra vez a su región.

Ahí aparece otra dimensión de su historia.

La Imagination Library nació para hacer llegar libros a niños pequeños. El proyecto terminaría creciendo muchísimo más allá de las montañas donde comenzó. No fue una ocurrencia decorativa de celebridad: tenía relación con su propia familia y con la dificultad que su padre había tenido para leer y escribir.

Esa continuidad entre origen y éxito fue una de las grandes coherencias de Dolly Parton.

Nunca pareció avergonzarse de la niña que fue.

La llevó consigo hasta el final.

Dolly murió en Nashville el 25 de agosto de 2026, después de una breve enfermedad. Un día antes todavía existían canciones suyas circulando por radios, plataformas y recuerdos; al día siguiente siguieron allí.

Quizá ésa sea la verdadera medida de su obra.

“Jolene” seguirá sonando cuando alguien tenga miedo de perder a quien ama. “9 to 5” continuará acompañando mañanas de trabajo. “Coat of Many Colors” seguirá recordando que la pobreza no siempre impide sentirse rico. Y “I Will Always Love You” continuará diciendo adiós sin necesidad de convertir el amor en rencor.

Dolly Parton pasó ochenta años construyendo una vida extraordinaria.

Pero su triunfo mayor quizá fue otro:

haber llegado tan lejos sin dejar nunca atrás a la muchacha que salió de Tennessee con una canción en las manos.

(By Notas de Libertad).

 I Will Always Love You.

9 To 5.

Coat Of Many Colors.

/… SABÚ: EL AMOR CUANDO TODAVÍA SE CANTABA SIN MIEDO

Hubo una época en que la canción romántica no pedía disculpas por exagerar los sentimientos. Se amaba para siempre, se sufría sin esconderse, se esperaba una llamada durante horas y una canción podía terminar asociada para toda la vida con el nombre de una persona. Sabú apareció en medio de aquel formidable tiempo de la balada latinoamericana y consiguió hacerse un sitio entre voces que competían por el mismo territorio: el corazón. Su imagen ayudó a convertirlo en ídolo, pero fueron sus canciones las que consiguieron sobrevivir al muchacho de las fotografías. “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar”, “Mon amour, mi bien, ma femme”, “Pequeña y frágil” y “Quizás sí, quizás no” forman parte de una obra que todavía conserva algo de aquellos años en que enamorarse también significaba encontrar una canción para decir aquello que uno no sabía explicar.

 

EL MUCHACHO QUE LLEGÓ ANTES QUE SABÚ

Antes de convertirse en Sabú fue Héctor Jorge Ruiz, nacido en Buenos Aires en 1951. Su historia comenzó lejos del brillo que después acompañaría su imagen. La muerte de su madre cuando todavía era niño dejó una ausencia temprana y su juventud estuvo marcada por la necesidad de abrirse camino. Hubo trabajos diversos, futbol y modelaje antes de que la música terminara imponiéndose. Esa etapa importa porque detrás del personaje romántico que después conocería el público había un muchacho que había aprendido pronto que las cosas podían perderse.

El cambio de nombre ayudó a construir al artista. Sabú era corto, sonoro, fácil de recordar y tenía algo exótico. La industria musical de aquellos años entendía perfectamente la importancia de fabricar una imagen, pero ninguna fabricación habría bastado sin canciones capaces de sostenerla.

Y Sabú encontró canciones.

A comienzos de los setenta comenzó su ascenso. “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar” fue uno de los títulos que ayudaron a colocarlo ante públicos cada vez mayores. El contexto no era sencillo: América Latina estaba viviendo una extraordinaria expansión de la canción romántica y las voces competían en radios, televisión, festivales y tiendas de discos. Había que distinguirse.

Sabú encontró su diferencia menos en la perfección vocal que en la temperatura con la que interpretaba. No parecía observar una historia amorosa desde fuera: entraba en ella.

PEQUEÑA Y FRÁGIL: UNA VOZ PARA LOS QUE TODAVÍA ESPERABAN

Su repertorio fue construyendo un mapa sentimental. Estaban el deseo, la ausencia, la duda, la necesidad de recuperar a alguien y esa vulnerabilidad que la balada de entonces permitía expresar a los hombres sin demasiados disfraces. Sabú podía mostrarse enamorado, lastimado, necesitado de una respuesta. No interpretaba al hombre que controla el sentimiento, sino al que ha sido desordenado por él.

Ahí aparecen “Él o yo”, “He tratado de olvidarte”, “Mon amour, mi bien, ma femme”, “Quizás sí, quizás no” y, por encima de todas en la identificación popular, “Pequeña y frágil”.

Esta última terminó convirtiéndose en algo parecido a su carta de identidad. No porque explique por sí sola toda su obra, sino porque contiene buena parte del universo que Sabú supo representar: un hombre frente a la fragilidad del amor, la necesidad del otro y el temor de perderlo.

“Quizás sí, quizás no” posee otra clase de fuerza. El propio título contiene una situación que casi cualquiera ha vivido: esperar una respuesta cuando sabemos que de ella depende mucho más de lo que quisiéramos reconocer. Sabú hizo de esas emociones comunes material para canciones capaces de viajar de un país a otro.

Su popularidad rebasó Argentina. Recorrió distintos escenarios latinoamericanos, apareció en cine y televisión y construyó una carrera internacional en una época en la que conquistar otro país exigía presencia física: viajar, presentarse ante públicos nuevos, entrar en sus estaciones de radio y conseguir que las canciones comenzaran a pertenecer también a quienes estaban lejos de casa.

CUANDO UNA CANCIÓN SE QUEDA A VIVIR CON NOSOTROS

El tiempo cambió la música. La balada perdió el dominio que había tenido, aparecieron otras generaciones y aquel joven de imagen impecable dejó inevitablemente de ocupar el centro de la escena. Pero ésa es precisamente la prueba que separa la popularidad de un momento de una cierta permanencia.

Sabú murió en la Ciudad de México en 2005, con apenas 54 años. Su historia quedó inevitablemente ligada a los setenta, aunque reducirlo a una fotografía nostálgica sería injusto. Su música pertenece a aquella época, sí, pero las emociones que la sostienen se negaron a quedarse allí.

Quizá por eso todavía funciona.

Escuchar hoy una canción de Sabú no significa únicamente escuchar a Héctor Jorge Ruiz cantando desde otro tiempo. Para quien vivió aquellos años puede significar recuperar un instante completo: una fiesta, el interior de un automóvil, una tarde frente a la radio, un primer baile, una despedida o aquella persona cuyo nombre nadie pronuncia desde hace décadas.

Ésa es una de las extrañas victorias de la canción popular. El cantante muere, los discos envejecen, cambian las maneras de escuchar y hasta desaparecen los aparatos donde aquellas canciones sonaron por primera vez. Pero basta que entren nuevamente unos acordes para que algo que creíamos perdido regrese entero.

Sabú consiguió esa permanencia.

Porque algunas voces pertenecen a la historia de la música.

Y otras, además, terminan perteneciendo a la historia de quienes las escucharon.

Quizás Si, Quizás No.

Pequeña Y Frágil.

 El O Yo.

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 FLORES PARA ALGERNON

Resumen.

 

FLORES PARA ALGERNON

Charlie Gordon tiene treinta y dos años y una convicción que parece sencilla: si consiguiera ser inteligente, su vida sería mejor. Cree que entendería las bromas, tendría más amigos, podría conversar como los demás y dejaría de sentirse siempre varios pasos detrás del mundo. Esa esperanza lo lleva hasta un experimento que antes ha sido probado en Algernon, un pequeño ratón de laboratorio cuya inteligencia ha aumentado de manera sorprendente. La operación funciona también con Charlie y comienza entonces un ascenso vertiginoso: el hombre que apenas podía escribir unas frases termina superando intelectualmente a quienes transformaron su cerebro. Pero cada conocimiento abre también una puerta hacia el dolor. Charlie descubre quién se burlaba de él, recuerda la violencia y el rechazo de su infancia, comprende las heridas de su familia, aprende a desear y descubre que saber muchísimo no resuelve necesariamente la soledad. Entonces Algernon, que recorrió primero aquel camino, comienza a perder sus capacidades. Charlie entiende que el ratón no es solamente el antecedente del experimento. Puede ser también el anuncio de su final.

 

ANTES DE CHARLIE ESTUVO ALGERNON

Charlie Gordon trabaja en la panadería Donner, en Nueva York. Realiza labores sencillas y vive con una discapacidad intelectual que limita su capacidad para comprender muchas de las situaciones que ocurren a su alrededor. Sin embargo, posee algo que resultará determinante: quiere aprender con una obstinación extraordinaria. Asiste a clases para adultos en el Beekman College Center for Retarded Adults y se esfuerza por mejorar su lectura y escritura. Su profesora, Alice Kinnian, advierte esa voluntad y lo recomienda cuando surge la posibilidad de elegir a una persona para un experimento destinado a aumentar la inteligencia humana.

Los responsables principales son el profesor Harold Nemur y el doctor Jay Strauss. Nemur encabeza la investigación científica; Strauss, psiquiatra y neurocirujano, se interesa también por la dimensión psicológica de Charlie. Antes de decidir si es adecuado para el procedimiento, lo someten a diversas pruebas. Charlie no siempre comprende qué esperan de él. Las manchas de tinta del test de Rorschach, por ejemplo, lo desconciertan: busca imágenes que supone escondidas allí porque no entiende que debe interpretarlas libremente. Desde el comienzo queda claro que Charlie no sólo vive con una capacidad intelectual limitada; vive dentro de un mundo diseñado por personas que continuamente dan por supuesto que todos entienden sus códigos.

Y entonces conoce a Algernon.

Algernon no es una mascota ni un ratón que aparezca casualmente en la historia. Es un animal de laboratorio que ya ha sido sometido a la intervención experimental que los científicos pretenden realizar posteriormente en Charlie. La operación ha producido en él un crecimiento excepcional de sus capacidades. Puede resolver complicados laberintos para obtener alimento y sus resultados representan la evidencia más importante de que el procedimiento podría funcionar.

Charlie y Algernon son puestos a competir. El ratón recorre físicamente un laberinto mientras Charlie intenta solucionar una versión equivalente. Algernon gana repetidamente. A Charlie le molesta perder contra un ratón, pero también comienza a sentir curiosidad por él. Todavía no puede saber que ese pequeño animal acaba de convertirse en la criatura con la que compartirá la experiencia más importante de su existencia.

Charlie es seleccionado para la operación.

Su motivación es mucho más profunda que querer leer libros difíciles. Charlie cree que las personas inteligentes tienen amigos y son queridas. En la panadería considera amigos a Joe Carp, Frank Reilly y otros compañeros porque bromean con él, lo llevan a algunas reuniones y se ríen frecuentemente cuando está presente. Charlie no alcanza a comprender que muchas de aquellas risas tienen como objeto su ingenuidad. Incluso existe entre ellos la expresión de hacer un “Charlie Gordon” cuando alguien comete una torpeza. Él escucha las palabras sin comprender la crueldad escondida dentro de ellas.

Por eso acepta los riesgos. Quiere aprender. Quiere pertenecer.

Después de la operación espera despertar convertido inmediatamente en un hombre inteligente y se decepciona cuando aparentemente nada ocurre. Nemur y Strauss le explican que deberá esperar. Charlie continúa escribiendo los informes de progreso que le han pedido llevar desde antes de la intervención. Esos informes constituyen la propia novela: al principio presentan numerosos errores de ortografía, puntuación y expresión, y después van transformándose junto con él.

El cambio comienza lentamente y luego se acelera. Charlie aprende ortografía, comprende conceptos que antes lo confundían, lee cada vez más y descubre una capacidad extraordinaria para absorber conocimiento. También llega el día en que consigue derrotar a Algernon en el laberinto. Lo celebra como una gran victoria.

Pero la inteligencia trae consigo algo que nadie le explicó antes de operarlo: aprender no significa solamente descubrir cosas nuevas. También significa comprender de otra manera las cosas que ya ocurrieron.

Charlie comienza a recordar.

Una noche comprende finalmente algunas de las bromas de la panadería. Mira hacia atrás y descubre que aquellos hombres a quienes consideraba sus amigos muchas veces se estaban burlando de él. Episios que había guardado como momentos divertidos cambian completamente de significado. Es como si su nueva inteligencia regresara al pasado con una lámpara y alumbrara escenas que el antiguo Charlie había vivido sin poder interpretarlas.

El conocimiento comienza a cobrar su precio.

 

EL GENIO QUE ENCONTRÓ AL NIÑO QUE HABÍA SIDO

El ascenso intelectual de Charlie no se detiene en una inteligencia considerada normal. Continúa mucho más allá. Aprende idiomas con enorme rapidez, estudia matemáticas, literatura, música y ciencias; desarrolla una capacidad analítica excepcional y finalmente alcanza un nivel que supera al de Nemur y Strauss. El sujeto experimental comienza a entender más que los investigadores que realizaron el experimento.

Entonces surge un conflicto decisivo. Nemur tiende a hablar de Charlie como si el experimento hubiera creado al hombre que ahora existe. Charlie se rebela interiormente contra esa idea. Antes de la operación ya había alguien allí. Quizá no podía comprender una discusión científica ni escribir correctamente, pero sentía miedo, afecto, vergüenza, ilusión y dolor. Tenía una historia. Tenía dignidad. La inteligencia no lo convirtió en persona.

Mientras su mente avanza hacia territorios extraordinarios, los recuerdos de su infancia regresan con creciente fuerza. Aparece Rose, su madre, obsesionada durante años con encontrar una manera de hacer que su hijo fuera como los demás. Se niega inicialmente a aceptar su discapacidad, busca soluciones y termina viviendo la condición de Charlie como algo que debe corregirse. Su padre, Matt, posee una actitud diferente y trata de protegerlo en diversas ocasiones, pero tampoco consigue impedir que la familia se fracture alrededor del niño.

Después nace Norma, su hermana menor. La presencia de una hija sin las dificultades de Charlie modifica todavía más las relaciones familiares. El niño siente celos, rechazo y desconcierto sin poseer las herramientas para comprenderlos. Rose llega a considerar a Charlie un peligro para Norma y la situación termina provocando su separación de la familia.

El Charlie adulto, ahora dotado de una inteligencia formidable, comienza a observar al Charlie niño dentro de sus propios recuerdos. Y ahí aparece una de las paradojas más dolorosas de la historia: puede analizar intelectualmente sus traumas, pero eso no significa que pueda liberarse de ellos. Su cerebro ha avanzado a una velocidad extraordinaria; su vida emocional no ha tenido la misma oportunidad.

Esto se vuelve particularmente evidente en su relación con Alice Kinnian.

Alice fue primero su profesora y una de las pocas personas que vio en él algo más que sus limitaciones. A medida que Charlie cambia, la relación también se transforma. Él empieza a enamorarse de ella, pero la intimidad despierta bloqueos profundamente relacionados con su infancia y con la educación represiva y temerosa que recibió de su madre. El hombre capaz de discutir ideas extraordinariamente complejas descubre que existen territorios afectivos donde continúa atrapado.

Más adelante conoce a Fay Lillman, su vecina, una mujer independiente, espontánea y desinhibida. La relación con Fay le permite explorar aspectos de sí mismo que había mantenido separados de su desarrollo intelectual. Charlie intenta aprender a vivir con el cuerpo y los sentimientos al mismo tiempo que su mente continúa expandiéndose.

Pero esa inteligencia extraordinaria tampoco lo convierte automáticamente en una mejor persona. Se vuelve impaciente. Puede ser arrogante. La conversación cotidiana comienza a aburrirlo y cada vez encuentra menos personas capaces de seguirlo intelectualmente. Había deseado ser inteligente para acercarse a los demás y termina descubriendo una nueva forma de aislamiento: antes estaba separado porque comprendía menos; ahora puede quedar separado porque comprende mucho más.

En una convención científica en Chicago, donde Nemur presenta los resultados del experimento, Charlie se siente especialmente molesto por la manera en que hablan de él y de Algernon. Los científicos exhiben al ratón como prueba de su éxito y tratan a Charlie, en cierta medida, como la culminación de una investigación que les pertenece. Él comprende la semejanza entre ambos: Algernon está dentro de una jaula y Charlie, aunque pueda caminar libremente, también está siendo mostrado.

Charlie libera a Algernon y escapa con él.

El gesto tiene algo más que rebeldía. Charlie está rescatando al único ser vivo que puede compartir verdaderamente lo que le ha ocurrido.

Y entonces Algernon comienza a comportarse de una manera extraña.

 

CUANDO EL RATÓN COMENZÓ A REGRESAR

Al principio son cambios pequeños. Algernon se vuelve irritable, pierde concentración y empieza a equivocarse en tareas que anteriormente realizaba con facilidad. Su comportamiento se hace imprevisible. Después, el deterioro se vuelve imposible de negar.

Charlie sabe lo que significa.

Algernon recibió primero el tratamiento. Si los efectos están desapareciendo en él, existe la posibilidad de que la transformación de Charlie tampoco sea permanente.

La novela cambia entonces de dirección. El hombre que había sido estudiado se convierte en investigador. Charlie utiliza precisamente la inteligencia que el experimento le concedió para analizar el experimento mismo. Revisa datos, trabaja febrilmente y busca desesperadamente una explicación. Ya no investiga por curiosidad académica: está tratando de calcular cuánto tiempo le queda siendo el hombre en que se ha convertido.

Llega finalmente a una conclusión devastadora. El incremento artificial de la inteligencia lleva consigo una inestabilidad que conduce al deterioro; además, la pérdida puede producirse con una rapidez relacionada con la magnitud del crecimiento alcanzado. Charlie denomina su hallazgo “efecto Algernon-Gordon”.

Ha resuelto el problema científico.

Y al resolverlo ha pronunciado su propia sentencia.

Algernon continúa deteriorándose hasta morir. Charlie lo entierra y coloca flores sobre su pequeña tumba.

Después comienza su propio descenso.

Primero aparecen olvidos que podrían parecer insignificantes. Luego pierde conocimientos adquiridos. Los idiomas que dominaba comienzan a escapársele. Conceptos que había manejado con facilidad se vuelven difíciles. Los libros que hace poco podía comprender dejan de abrirse ante él. Y Charlie posee durante algún tiempo la suficiente lucidez para saber exactamente qué está ocurriendo.

Ésa es quizá la crueldad mayor de su historia: no pierde la inteligencia dormido. Asiste a su desaparición.

Antes de que el deterioro avance demasiado, intenta cerrar las puertas que quedaron abiertas en su pasado. Busca a su padre, aunque el encuentro no produce el reconocimiento que podría imaginarse. También regresa a ver a Rose y a Norma. Su madre ha envejecido y su mente también se encuentra deteriorada. Por momentos parece reconocerlo y por otros vuelve a los temores antiguos. Norma, en cambio, puede encontrarse con el hermano desde una perspectiva adulta y comprender parte del daño ocurrido en aquella familia.

Charlie también consigue acercarse finalmente a Alice. Ahora que ha comprendido tantas cosas sobre sí mismo, puede derribar algunas de las barreras que durante meses habían impedido la intimidad entre ellos. Pero la posibilidad llega cuando su inteligencia ya está retrocediendo. El amor que parecía necesitar tiempo aparece precisamente cuando el tiempo se está terminando.

Los informes de progreso comienzan a transformarse nuevamente.

La escritura pierde complejidad. Regresan los errores. Charlie olvida aquello que había aprendido. En algún momento llega incluso a olvidar que ya no debe acudir a las clases de Alice y aparece allí nuevamente, provocando una de las escenas más dolorosas del regreso.

También vuelve a la panadería.

Y allí sucede algo que completa una transformación que no corresponde a Charlie, sino a quienes lo rodearon. Cuando un nuevo trabajador se burla de él, algunos de los antiguos compañeros que años atrás habían participado en bromas semejantes lo defienden. Charlie puede estar regresando intelectualmente al lugar desde donde partió, pero el viaje ha dejado una marca en otros.

Finalmente comprende que debe marcharse. No quiere vivir rodeado de personas que recuerden continuamente al hombre extraordinariamente inteligente que fue durante aquellos meses. Decide irse a la institución Warren, el lugar que durante años había representado uno de sus grandes temores.

Al final, la novela regresa casi formalmente al principio. Los informes vuelven a parecerse a los primeros. El lenguaje que había alcanzado una enorme complejidad se deshace delante del lector. Daniel Keyes no necesita explicar el deterioro desde fuera: lo vemos suceder en las propias palabras de Charlie.

Pero hay algo que la operación no consigue llevarse.

Charlie conserva la capacidad de sentir afecto.

Y en uno de sus últimos pensamientos recuerda a Algernon.

Pide que alguien, si puede, coloque flores en su tumba.

Ahí adquiere todo su significado el título Flores para Algernon. El ratón recorrió primero el camino: fue el triunfo científico, después el compañero de Charlie, más tarde su advertencia y finalmente el anticipo de su destino. Ambos fueron utilizados para demostrar que la inteligencia podía modificarse y ambos terminaron pagando el precio de esa conquista.

Sin embargo, la novela deja una pregunta mucho más incómoda que la científica. Charlie pasó buena parte de su existencia creyendo que necesitaba ser inteligente para merecer amistad, amor y respeto. Durante unos meses llegó a poseer una inteligencia extraordinaria y descubrió que tampoco eso garantizaba ninguna de esas cosas. La inteligencia podía enseñarle idiomas, abrirle bibliotecas enteras y permitirle descubrir el error de científicos brillantes, pero no podía devolverle la infancia, enseñarle automáticamente a amar ni impedirle sentirse solo.

Charlie Gordon termina perdiendo aquello que durante toda su vida había deseado alcanzar.

Pero su historia demuestra que nunca necesitó conseguirlo para adquirir valor como ser humano.

Antes de la operación, durante su extraordinario ascenso y después de comenzar el regreso, seguía siendo Charlie.

Quizá por eso la última petición resulta tan poderosa. Después de haber alcanzado una inteligencia capaz de internarse en los problemas más complejos, lo que queda al final no es una fórmula científica ni una gran teoría.

Son unas flores.

Y el deseo de que nadie olvide a un pequeño ratón que estuvo allí antes que él.

 

 

 

Sobre el autor.

 

DANIEL KEYES: EL ESCRITOR QUE SE ATREVIÓ A ENTRAR EN LA MENTE HUMANA

Psicólogo de formación, marino en su juventud, editor, maestro y finalmente profesor universitario, Daniel Keyes construyó una obra relativamente breve pero de enorme permanencia. Su literatura encontró su territorio en las zonas más complejas de la identidad: la inteligencia, la enfermedad, la personalidad, la memoria y la necesidad de ser reconocido por los demás.

Flores para Algernon

bastó para darle un lugar definitivo en la literatura del siglo XX, pero otros libros demuestran que Charlie Gordon no fue una casualidad: Keyes pasó buena parte de su vida preguntándose cuánto de nosotros permanece cuando la mente cambia.

 

DEL MAR A LAS AULAS

Daniel Keyes nació en Brooklyn, Nueva York, el 9 de agosto de 1927. A los diecisiete años ingresó al Servicio Marítimo estadounidense y salió al mar como sobrecargo. Aquella experiencia fue apenas el comienzo de una vida profesional poco convencional: estudió psicología en Brooklyn College, trabajó en el mundo editorial, pasó por la fotografía de moda y posteriormente se dedicó a la enseñanza. También realizó estudios de posgrado en literatura inglesa y estadounidense mientras daba clases y escribía durante los fines de semana. 

En los años cincuenta trabajó en publicaciones de ficción y comenzó a escribir relatos. Más adelante enseñó escritura creativa en Wayne State University y en 1966 se incorporó a Ohio University como profesor de inglés y escritura creativa. Décadas después sería reconocido allí como profesor emérito. Murió en 2014, a los 86 años. 

Esa combinación entre psicología, enseñanza y literatura explica buena parte de su obra. Keyes no parecía interesado únicamente en imaginar situaciones extraordinarias: quería colocar a una persona dentro de ellas y observar qué ocurría con su identidad.

 

EL LIBRO QUE CAMBIÓ SU VIDA

La historia decisiva apareció primero como relato en 1959. Keyes había comenzado a preguntarse años antes qué ocurriría si fuera posible incrementar artificialmente la inteligencia humana. Su experiencia docente contribuyó posteriormente a darle forma al personaje, aunque él mismo aclaró que Charlie Gordon no correspondía a una persona real específica. 

El relato Flowers for Algernon obtuvo el premio Hugo y Keyes decidió ampliar aquella historia hasta convertirla en novela, publicada en 1966. La nueva versión obtuvo el premio Nebula y terminó transformándose en su obra fundamental. Su permanencia se explica porque la pregunta científica es apenas la puerta de entrada: la verdadera exploración ocurre alrededor de la dignidad, el amor, la discriminación y el precio emocional del conocimiento. 

La historia tuvo numerosas adaptaciones. Entre ellas sobresale Charly (1968), protagonizada por Cliff Robertson, quien obtuvo el Oscar al mejor actor. También llegó a la televisión y al teatro. 

 

UNA OBRA MÁS ALLÁ DE ALGERNON

Keyes continuó explorando las fronteras de la mente. En The Touch (1968) abordó las consecuencias humanas de un accidente relacionado con radiación; The Fifth Sally (1980) se internó en el territorio de las personalidades múltiples. En la no ficción publicó The Minds of Billy Milligan (1981), reconstrucción de un controvertido caso de personalidad múltiple, y posteriormente Unveiling Claudia (1986). También escribió Until Death, The Asylum Prophecies y el volumen autobiográfico Algernon, Charlie and I: A Writer’s Journey, donde regresó a la historia de la creación de su personaje más célebre. 

Daniel Keyes escribió sobre cerebros alterados, identidades fragmentadas y experimentos extraordinarios, pero su pregunta esencial fue siempre profundamente humana: ¿qué queda de una persona cuando cambia aquello que creíamos que la definía?

Charlie Gordon terminó ofreciendo la respuesta más poderosa de toda su obra: la inteligencia puede crecer y desaparecer; la dignidad humana no debería depender nunca de ella.

 

 

(By Notas de Libertad).

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/… SIETE HISTORIAS PARA NO PASAR DE LARGO POR LA VIDA

Hay promesas que necesitan sesenta años para encontrar su día, amores que se enfrentan a la muerte cuando apenas comenzaban, sacrificios cuyo verdadero tamaño sólo se comprende cuando ya es demasiado tarde y palabras que permanecen décadas encerradas dentro de una caja. También existen vestidos que esperan a que su dueña vuelva a encontrarse, amistades que conservan durante cuarenta años la cuenta invisible de la gratitud y hombres capaces de descubrir, en medio de una boda y perseguidos a guamazos, que hasta las mejores palabras necesitan saber dónde caer. Siete relatos para detenernos frente a aquello que tantas veces dejamos escapar entre las prisas: el amor que debemos decir, la gratitud que necesitamos devolver, el sueño que todavía podemos cumplir, la persona que no deberíamos dejar para mañana y, también, la bendita capacidad de reírnos cuando la vida decide recordarnos que nunca seremos tan solemnes como creemos.

1.  EL VIAJE QUE ESPERÓ TODA UNA VIDA

Dos amigas hicieron una promesa cuando todavía podían contar los años que tenían por delante sin preocuparse demasiado por ellos: algún día viajarían juntas a Europa. No sabían cuándo, no tenían dinero y probablemente tampoco entendían cuánto podía complicarse una vida entre aquel “algún día” y su cumplimiento. Llegaron los matrimonios, los hijos, las enfermedades, las despedidas y las obligaciones. Envejecieron juntas y terminaron aceptando, sin decirlo, que aquel viaje pertenecía a las cosas que se sueñan de jóvenes y se guardan de viejos. Hasta que un hijo descubrió que todavía estaban a tiempo.

 

CUANDO SEAMOS GRANDES

Elena y Teresa se conocieron cuando tenían diecisiete años y todavía era posible pasar una tarde entera hablando de lo que harían con sus vidas sin sospechar cuánto de aquello terminaría ocurriendo de otra manera. Vivían a pocas calles de distancia, estudiaban juntas y habían desarrollado esa amistad en la que una termina entrando a la casa de la otra sin tocar la puerta. Las madres preguntaban por ambas cuando una sola llegaba a comer y los domingos podían encontrarlas caminando sin rumbo, hablando de novios que todavía no existían, trabajos que algún día tendrían y ciudades que apenas conocían por fotografías.

Fue Teresa quien comenzó con Europa.

Había encontrado una revista vieja donde aparecía París. La fotografía mostraba la Torre Eiffel al fondo y una pareja caminando junto al Sena. Teresa arrancó cuidadosamente la página y se la enseñó a Elena.

—Tenemos que ir.

Elena soltó una carcajada.

Entre las dos apenas podían pagar un café.

—¿Con qué dinero?

—No dije mañana. Dije que tenemos que ir.

Aquella tarde inventaron el viaje. París primero. Después Madrid. Roma porque Teresa quería conocer el Vaticano y Elena había decidido, sin ninguna razón particular, que alguna vez tenía que sentarse frente a la Fontana di Trevi. Discutieron incluso qué llevarían en las maletas y cuánto tiempo permanecerían en cada ciudad.

Guardaron la fotografía.

Durante algunos meses comenzaron a ahorrar. Eran cantidades pequeñas metidas dentro de un sobre. De vez en cuando una necesitaba dinero y lo sacaba prometiendo devolverlo. Nunca reunieron demasiado.

Después apareció la vida.

Elena conoció al hombre con quien terminaría casándose. Teresa encontró al suyo poco después. Hubo bodas sencillas, departamentos pequeños y los primeros muebles comprados a plazos. Cuando volvieron a hablar de Europa ya tenían otra respuesta:

—Cuando estemos un poco mejor.

No sabían entonces que ésa sería la primera de muchas maneras de decir después.

 

SIEMPRE HABÍA ALGO MÁS URGENTE

Llegaron los hijos.

Primero uno, después otro. Pañales, médicos, uniformes, zapatos que duraban demasiado poco, colegiaturas y refrigeradores que se descomponían exactamente cuando no había dinero para repararlos. Europa siguió existiendo, pero comenzó a alejarse.

Elena y Teresa nunca dejaron de verse.

Sus hijos crecieron llamando tía a la amiga de su madre. Celebraron cumpleaños juntas, compartieron bautizos, primeras comuniones, graduaciones y algunas desgracias. Cuando Elena perdió a su padre, Teresa llegó antes que muchos familiares. Cuando el marido de Teresa perdió el trabajo, Elena apareció con una bolsa de comida y tuvo la delicadeza de no explicar para qué la llevaba.

Europa regresaba ocasionalmente a la conversación.

—Cuando los muchachos terminen la universidad.

Después:

—Cuando acabemos de pagar la casa.

Más tarde:

—Cuando nos jubilemos.

Y todavía después:

—Cuando nuestros maridos puedan acompañarnos.

El tiempo fue cambiando incluso la forma de pronunciarlo. A los veinte años decían “vamos a ir”. A los cuarenta, “deberíamos ir”. A los sesenta comenzaron a decir “hubiera sido bonito”.

Ninguna reparó en el momento exacto en que un sueño dejó de conjugarse en futuro.

Los hijos se fueron de casa. Llegaron los nietos. Los padres murieron. También los esposos terminaron faltando, uno primero y el otro algunos años después.

Elena y Teresa quedaron otra vez como al principio: las dos.

Sólo que ahora caminaban más despacio.

Una tarde, mientras ordenaba algunas cosas de su madre, Daniel, el hijo mayor de Elena, encontró una caja antigua. Había fotografías, boletos de cine, cartas y recuerdos que para cualquiera habrían parecido insignificantes.

Entre ellos estaba aquella página amarillenta arrancada de una revista.

La Torre Eiffel.

En el reverso había dos nombres escritos con tinta casi borrada:

“Elena y Teresa. Algún día.”

Daniel preguntó.

Su madre tardó unos segundos en reconocer la fotografía. Después sonrió de una manera que él no le había visto hacía mucho tiempo.

Le contó la historia.

—¿Y por qué nunca fueron?

Elena comenzó a enumerar razones. El dinero. Los hijos. Los trabajos. Los padres. Las enfermedades. Los maridos. La vida.

Daniel la escuchó hasta que terminó.

—Mamá, todo eso ya pasó.

Elena lo miró.

—Sí. Por eso ya no fuimos.

Daniel entendió exactamente lo contrario.

 

DOS BOLETOS

Elena cumplió setenta y ocho años unos meses después.

La familia organizó una comida. Teresa llegó temprano, como llevaba llegando a los acontecimientos importantes de aquella casa desde hacía más de medio siglo.

Después del pastel, Daniel entregó a su madre un sobre.

Elena pensó que sería una tarjeta. Lo abrió y encontró unas hojas impresas. Necesitó ponerse los lentes.

Leyó su nombre.

Después leyó París.

Levantó la mirada.

—¿Qué hiciste?

—Tu regalo.

Elena volvió a mirar los papeles.

—Yo no puedo ir sola.

Daniel sonrió.

Sacó otro sobre y se lo entregó a Teresa.

Durante algunos segundos ninguna habló.

Teresa abrió el suyo, leyó y comenzó a llorar.

El viaje había cambiado respecto de aquel que imaginaron a los diecisiete años. Ya no recorrerían Europa cargando mochilas ni caminarían durante horas. Daniel había organizado un itinerario tranquilo, hoteles cómodos, traslados sencillos y tiempo suficiente para descansar. Había consultado médicos, contratado asistencia y pensado incluso en aquello que ellas todavía no sabían que necesitarían.

Dos meses después subieron juntas a un avión.

Era la primera vez que Teresa cruzaba el Atlántico. Elena no durmió durante el vuelo. De vez en cuando miraba por la ventanilla y luego a su amiga, como si necesitara comprobar que aquello estaba ocurriendo.

Madrid fue la primera escala.

Después Roma.

Cuando llegaron a la Fontana di Trevi, Elena sacó una moneda. Teresa se burló de ella.

—¿Vas a pedir regresar?

—No. Ya aprendí que no conviene dejarle todo a los deseos.

Rieron como hacía años no reían.

París quedó para el final.

La mañana en que fueron a conocer la Torre Eiffel estaba nublado. Caminaban tomadas del brazo. No por romanticismo, sino porque ambas necesitaban un poco de apoyo para avanzar.

Entonces apareció frente a ellas.

Teresa se detuvo.

Elena también.

Durante unos segundos permanecieron calladas mirando aquella estructura que habían conocido primero en una revista, después en sus conversaciones y finalmente en el silencio de un sueño que creyeron perdido.

Habían transcurrido más de sesenta años desde aquella tarde.

Teresa buscó la mano de Elena.

—Llegamos.

Elena comenzó a llorar.

No lloraba únicamente por París.

Lloraba por las muchachas que habían sido, por sus padres, por los hombres que amaron, por los hijos que criaron, por todo aquello que ganaron y por todo aquello que tuvieron que dejar en el camino.

Teresa la abrazó.

Y entonces, con esa sonrisa que sólo pueden permitirse quienes han esperado casi una vida entera, le susurró:

—Te dije que vendríamos.

2. LA BODA QUE NO PODÍA ESPERAR HASTA EL SÁBADO

Se conocieron cuando todavía eran niños y durante años fueron creciendo uno al lado del otro, sin imaginar que aquella amistad terminaría convirtiéndose en el amor de sus vidas. Ya veinteañeros decidieron casarse y comenzaron a preparar una boda que debía abrirles las puertas de todo lo que habían soñado juntos. Entonces llegó la leucemia. Los planes se detuvieron, el vestido quedó guardado y el futuro comenzó a reducirse hasta caber dentro de la habitación de un hospital. Cuando los médicos dejaron de hablar de tratamientos y comenzaron a hablar de horas, ella comprendió que podían perder toda una vida juntos, pero todavía estaban a tiempo de cumplir una promesa.

 

ANTES DE SABER QUÉ ERA EL AMOR

Daniel y Lucía se conocían desde que podían recordar. Sus casas quedaban a unas cuantas calles de distancia y durante la primaria compartieron pupitres, recreos, cumpleaños y esas pequeñas complicidades que solamente existen cuando todavía no sabemos que algún día las vamos a extrañar. Él cargaba su mochila cuando ella se cansaba; ella le guardaba un lugar cuando llegaba tarde. Se peleaban, dejaban de hablarse durante algunas horas y antes de terminar el día alguno encontraba cualquier pretexto para buscar al otro. Sus familias terminaron acostumbrándose a verlos juntos y durante mucho tiempo nadie pensó que aquello pudiera ser otra cosa. Eran simplemente Daniel y Lucía, dos niños que parecían haber encontrado muy temprano a la persona con quien preferían compartir el mundo.

La adolescencia modificó muchas cosas, menos aquella costumbre de estar juntos. Hubo otros amigos, fiestas, nuevas escuelas, sueños distintos y ese momento inevitable en que la infancia comienza a quedarse atrás. Hasta que una tarde Daniel tomó la mano de Lucía y ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por soltarla. No hubo una gran declaración ni necesitaron inventar palabras memorables. Quizá porque algunas historias de amor no comienzan de pronto: simplemente llega un día en que quienes las viven descubren que llevan años dentro de ellas. El noviazgo fue creciendo con la misma naturalidad. Terminaron sus estudios, llegaron los primeros trabajos y comenzaron a hablar de una casa, de una familia y de todas esas cosas que los jóvenes imaginan lejanas hasta que descubren que ya pueden tocarlas.

A los veintitantos Daniel le pidió matrimonio. Lucía dijo que sí antes de que terminara la pregunta. Escogieron un sábado para casarse y comenzaron los preparativos de una boda sencilla, rodeados de familiares y amigos que prácticamente los habían visto crecer. Ella buscó vestido; él hacía cuentas para pagar la fiesta. Discutieron sobre la música, la comida, los invitados y el lugar donde vivirían. Compraron algunas cosas para la casa y comenzaron a utilizar a todas horas una expresión que parecía contener un futuro interminable: “cuando nos casemos”. Cuando nos casemos compraremos aquello, cuando nos casemos iremos allá, cuando nos casemos tendremos tiempo. Ninguno podía imaginar que precisamente el tiempo sería lo único que no podrían comprar.

 

EL DÍA EN QUE EL FUTURO SE HIZO PEQUEÑO

Daniel comenzó a sentirse cansado. Al principio nadie se alarmó. Trabajaba mucho, dormía poco y los preparativos de la boda ocupaban buena parte de sus días. Después llegaron la palidez, algunos moretones inexplicables y un agotamiento que ya no desaparecía después de dormir. Fueron al médico esperando encontrar una explicación sencilla y terminaron frente a una palabra que dividió sus vidas en un antes y un después: leucemia. De pronto, todo aquello que unas semanas antes parecía urgente dejó de tener importancia. La boda fue aplazada, las invitaciones quedaron guardadas y el traje de Daniel nunca llegó a estrenarse. Lucía metió su vestido dentro de una funda y cambió las visitas a salones por pasillos de hospital.

Hubo tratamientos, días buenos y resultados que durante algún tiempo permitieron recuperar la esperanza. En esos momentos Daniel volvía a hablar de la boda y Lucía se aferraba con él a la idea de que aquello era solamente un paréntesis. Pero también llegaron recaídas, nuevas hospitalizaciones y noticias cada vez más difíciles. Lucía aprendió a dormir sentada, a reconocer el sonido de las máquinas, a celebrar resultados que antes le habrían parecido insignificantes y a descubrir en los rostros de los médicos cuándo una conversación no iba a terminar bien. Daniel, incluso en los días más difíciles, conservaba una frase: cuando saliera de ahí se casarían. Ella siempre respondía que sí. Durante meses ambos necesitaron creer que todavía existía ese después.

Hasta que una tarde el médico pidió hablar con la familia. Daniel estaba demasiado débil y el tratamiento ya no respondía. Nadie quiso pronunciar una fecha, pero todos comprendieron que ya no estaban hablando de meses y quizá tampoco de semanas. Lucía salió al pasillo, se sentó y lloró todo cuanto había tratado de contener durante aquellos meses. Después levantó la cabeza y formuló una pregunta que sorprendió incluso al médico: quería saber si Daniel podía casarse. Cuando le preguntaron cuándo, contestó que al día siguiente. Alguien intentó convencerla de esperar, quizá porque todavía resultaba demasiado doloroso aceptar lo que aquella urgencia significaba. Lucía se negó. Habían pasado demasiado tiempo esperando que Daniel recuperara la vida que tenían planeada. Ahora sabía que, si continuaban esperando, la muerte terminaría decidiendo por ellos.

 

FUERON ESPOSOS DURANTE UN DÍA

A la mañana siguiente no hubo iglesia llena, salón, banquete, viaje de bodas ni cientos de invitados. Pero hubo una novia. Lucía llegó al hospital con el vestido que llevaba meses guardado. Su madre la ayudó a arreglarse y, mientras caminaba por el pasillo, algunas enfermeras que conocían su historia se detuvieron para verla pasar. Daniel estaba despierto. Le habían acomodado la cama y conseguido una camisa blanca. Cuando ella entró en la habitación, él permaneció varios segundos mirándola, como si necesitara guardar aquella imagen en el poco tiempo que todavía le quedaba. “Viniste de novia”, alcanzó a decir. Lucía se acercó, tomó su mano y le respondió: “Te dije que me iba a casar contigo”.

Estuvieron sus padres, algunos familiares y unas cuantas personas que pudieron llegar. La habitación era demasiado pequeña para la boda que habían imaginado, pero resultó suficiente para la promesa que querían cumplir. Cuando llegó el momento de aceptar, Lucía no apartó los ojos de Daniel y respondió con una seguridad que contrastaba con todo cuanto se estaba derrumbando alrededor: “Sí, acepto”. Él tuvo que reunir fuerzas para contestar. Dijo simplemente “sí” y sonrió. Lucía se inclinó para besarlo mientras algunos de los presentes lloraban tratando de hacerlo en silencio. Durante las horas siguientes permanecieron juntos. Hablaron poco porque, después de tantos años, quizá ya se habían dicho casi todo. En algún momento Daniel miró el anillo en la mano de Lucía y murmuró: “Ya eres mi esposa”. Ella apretó su mano: “Y tú mi marido”.

Daniel murió al día siguiente.

Lucía había imaginado una vida completa a su lado: una casa, quizá hijos, domingos sin prisa, discusiones pequeñas, reconciliaciones, fotografías acumulándose sobre algún mueble y dos cuerpos envejeciendo juntos. Nada de aquello ocurrió. Fueron esposos apenas unas horas, pero aquellas horas no fueron una derrota frente a la muerte. Fueron la última decisión que pudieron tomar juntos. Muchos años después, cuando alguien le preguntó por qué había querido casarse sabiendo que Daniel estaba muriendo, Lucía guardó silencio durante unos instantes y finalmente respondió: “Porque yo no me casé con él para tener mañana. Me casé porque lo había amado todos mis ayeres”.

Y por una vez, la muerte tuvo que esperar su turno.

3. EL HERMANO QUE PAGÓ LOS TÍTULOS CON SUS MANOS

Samuel tenía doce años cuando comprendió que en su casa no alcanzaba para que los tres hermanos siguieran estudiando. Nadie le pidió que abandonara la escuela: él decidió hacerlo para ayudar a su padre y permitir que Julián y Clara permanecieran en las aulas que él dejaba atrás. Durante años trabajó para pagar cuadernos que nunca abrió, zapatos que nunca estrenó y dos carreras universitarias cuyos salones jamás conocería. Sus hermanos crecieron, obtuvieron sus títulos, prosperaron y terminaron alejándose de aquella pobreza que comenzó a avergonzarlos. Samuel nunca les reclamó nada. Muchos años después, cuando ambos entendieron que una parte de todo cuanto habían conseguido pertenecía también a su hermano, regresaron para buscarlo. Las campanas del pueblo sonaban cuando llegaron: Samuel iba camino al cementerio.

 

MAÑANA YA NO VOY A LA ESCUELA

La noche en que Samuel dejó de ser niño no ocurrió nada extraordinario. No hubo una tragedia, una enfermedad ni una decisión anunciada alrededor de la mesa. Hubo algo mucho más sencillo y quizá por eso más doloroso: su padre vació sobre un mantel unas cuantas monedas y comenzó a contarlas. Samuel estaba acostado en la habitación contigua con sus hermanos, pero podía escuchar la conversación. Faltaba dinero para comprar comida, había una deuda pendiente en la tienda y los tres niños necesitaban cosas para la escuela. Clara requería zapatos porque los suyos ya le apretaban; Julián debía comprar libros y Samuel había pedido un compás. Escuchó a su madre decir que podían esperar otra semana y al padre responder que llevaba meses diciendo lo mismo. Después vino un silencio y una frase pronunciada casi en secreto: quizá alguno de los muchachos tendría que dejar la escuela durante un tiempo.

Samuel tenía doce años y le gustaba estudiar. Era especialmente bueno con los números. Su maestro había escrito alguna vez sobre uno de sus ejercicios: “Puedes llegar lejos”, y él conservaba aquella hoja porque nadie le había dicho algo parecido. Cuando le preguntaban qué quería ser de grande respondía que ingeniero. No sabía explicar exactamente qué hacía un ingeniero, pero había visto a unos hombres con casco medir un camino y quedó fascinado por la idea de que alguien pudiera ganarse la vida utilizando números. Aquella noche, sin embargo, Samuel hizo otra cuenta: eran cinco personas, entraba un solo jornal y había tres niños estudiando. Entendió que algo tenía que desaparecer de aquella suma y decidió que no serían los estudios de sus hermanos.

A la mañana siguiente no se puso el uniforme. Lo dobló cuidadosamente, guardó sus cuadernos dentro de una caja y dejó encima aquella hoja donde el maestro había escrito que podía llegar lejos. Cuando su padre salió para trabajar encontró al muchacho esperándolo en la puerta. Intentó regresarlo, le explicó que ése no era su problema y terminó enojándose cuando Samuel insistió en acompañarlo. El niño no lloró ni pronunció ningún discurso; únicamente dijo que Julián y Clara eran más pequeños y debían seguir estudiando. Comenzó haciendo mandados, después cargó mercancía y limpió un taller. Su primer pago fue tan pequeño que cabía entero dentro de su mano. Lo llevó a casa y se lo entregó a su madre. Ella lo recibió llorando porque comprendió que aquellas monedas costaban mucho más de lo que valían.

Durante algún tiempo Samuel continuó acercándose a los cuadernos de sus hermanos. Por las noches preguntaba qué habían aprendido y algunas veces resolvía los ejercicios de Julián antes que él. Hasta que llegó un día en que abrió uno de aquellos libros y descubrió que ya no entendía. Su hermano había avanzado hasta un lugar al que él no pudo acompañarlo. Samuel pasó lentamente las páginas, cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. A la mañana siguiente volvió al trabajo.

 

USTEDES SÍ VAN A LLEGAR

A los dieciocho años Samuel consiguió empleo en una mina. El trabajo era duro, pero pagaban mejor y eso significaba que Julián podría terminar la preparatoria y Clara no tendría que abandonar la escuela. Aprendió a levantarse cuando todavía era de noche, a bajar cientos de metros bajo tierra y a regresar con el polvo metido en el cabello, en la ropa y debajo de las uñas. Su madre dejaba agua preparada junto a la entrada para que pudiera lavarse antes de sentarse a cenar. Con el tiempo sus manos se llenaron de pequeñas cicatrices y grietas que nunca terminaban de cerrar. Cuando Clara se preocupaba por ellas, Samuel se reía y decía que eran las cuentas de la casa escritas sobre la piel.

Julián terminó la preparatoria y una noche anunció que quería estudiar una carrera en la ciudad. El padre escuchó con orgullo, pero inmediatamente preguntó cuánto costaría. Se hizo un silencio parecido al de aquella noche muchos años atrás. Samuel lo rompió preguntando únicamente cuánto había que pagar para inscribirlo. Aceptó turnos adicionales y durante meses gastó apenas lo indispensable. Después llegó el turno de Clara. Ella conocía demasiado bien la situación familiar y anunció que buscaría trabajo para no aumentar los gastos. Samuel no se lo permitió: ya había habido un hijo que dejó la escuela en aquella casa y con uno era suficiente.

Los años siguientes transcurrieron entre recibos, libros, pasajes, rentas y depósitos. Samuel conocía las universidades de sus hermanos por las cantidades que debía enviar cada mes. Hubo ocasiones en que Julián necesitó un libro y Samuel pospuso la compra de unas botas; otras en que Clara tuvo que pagar una inscripción y él aceptó jornadas adicionales. Jamás llevó una cuenta de lo entregado porque nunca pensó que sus hermanos tuvieran que devolverle nada. Cada materia aprobada era para él una pequeña confirmación de que aquella decisión tomada a los doce años había servido para algo.

El día de la graduación de Julián pidió permiso para salir antes de la mina. Se bañó, se puso su mejor camisa y llegó al auditorio cuando la ceremonia ya había comenzado. Aunque se había lavado varias veces, todavía conservaba una línea oscura debajo de las uñas. Se quedó atrás para no interrumpir y, cuando escuchó el nombre de su hermano, aplaudió hasta que le dolieron las manos. Julián posó después con sus compañeros y Samuel apareció apenas en algunas fotografías familiares, colocado en uno de los extremos. Años después ocurrió lo mismo con Clara. Cuando ella recibió el título, Samuel la abrazó y le dijo al oído solamente cuatro palabras: “Todo valió la pena”. Para él, aquellas dos ceremonias fueron probablemente los días más cercanos a una graduación propia.

La distancia llegó despacio. Julián y Clara encontraron buenos empleos, comenzaron a relacionarse con personas que provenían de ambientes muy distintos y construyeron vidas cada vez más alejadas del pueblo. Al principio regresaban con frecuencia; después lo hicieron en las fiestas importantes y finalmente comenzaron a faltar también a algunas de ellas. La casa donde habían crecido les parecía cada vez más pequeña y la pobreza de su familia se convirtió en una parte de la biografía que preferían contar rápidamente. Samuel, con su ropa de trabajo, sus manos ásperas y su manera sencilla de hablar, pertenecía precisamente al mundo del que ellos habían logrado salir. Él debió advertirlo, pero jamás se los echó en cara. Cuando llamaba preguntaba por sus trabajos, celebraba sus ascensos y quería saber de los sobrinos. Nunca preguntaba por qué llevaban tantos meses sin regresar.

Primero murió la madre y después el padre. Julián y Clara acudieron a los funerales, resolvieron lo indispensable y volvieron pronto a sus ciudades porque sus trabajos y sus familias los esperaban. Samuel se quedó en la casa donde habían crecido. Conservó la habitación de sus padres casi intacta y continuó entrando a la mina cada mañana. Sus hermanos tenían despachos, automóviles, casas y títulos colgados en las paredes. Él seguía teniendo aquella vieja caja con sus cuadernos de primaria.

 

EL DÍA EN QUE REGRESARON DEMASIADO TARDE

Fue la vida de sus propios hijos la que obligó a Julián y Clara a mirar hacia atrás. El hijo mayor de Julián fue aceptado en la universidad y una noche ambos se sentaron a calcular lo que costaría la carrera. Mientras revisaba colegiaturas, libros y renta, Julián recordó de pronto los sobres que Samuel dejaba sobre la mesa cuando él estudiaba. Recordó también unos zapatos que recibió a los quince años y las botas abiertas que su hermano siguió usando durante meses. Por aquellos mismos días, Clara acompañaba a su hija a preparar una graduación. La muchacha, emocionada, comenzó a agradecerle todo lo que ella y su padre habían sacrificado para que pudiera estudiar. Clara escuchó la palabra “sacrificio” y vio las manos negras de Samuel colocando dinero sobre la mesa de su madre.

Clara llamó a Julián aquella noche. Hablaron durante horas. Al principio intentaron justificarse con las ocupaciones, las distancias, los hijos y los trabajos. Después comenzaron a recordar. Un libro pagado por Samuel, una inscripción, un pasaje, una Navidad en la que ellos estrenaron y él no, las dos graduaciones a las que llegó con las marcas de la mina todavía debajo de las uñas. Poco a poco fueron reconstruyendo una verdad que siempre había estado frente a ellos: ninguno de los dos habría llegado a donde estaba si Samuel no hubiera detenido su propia vida para empujar las suyas. Decidieron regresar juntos. Querían arreglarle la casa, convencerlo de abandonar la mina y llevarlo a vivir cerca de alguno de ellos. Durante el camino, Julián dijo que lo primero sería darle las gracias. Clara permaneció mirando por la ventanilla y respondió que no: lo primero sería pedirle perdón.

Entraron al pueblo poco después del mediodía. Las calles les parecieron más pequeñas de lo que recordaban. Cuando se aproximaban a la iglesia escucharon las campanas y encontraron una procesión avanzando lentamente. Varias mujeres llevaban flores y detrás caminaban hombres con ropa de trabajo. Cuatro de ellos cargaban un ataúd. Julián redujo la velocidad y Clara bajó la ventanilla para preguntar quién había muerto. La mujer a quien se dirigió tardó unos segundos en reconocerla. Cuando finalmente lo hizo, no necesitó explicar demasiado: Samuel había muerto la tarde anterior en un accidente dentro de la mina. Los hermanos dejaron el automóvil a un lado y se incorporaron en silencio al cortejo. Habían recorrido cientos de kilómetros para encontrarlo y terminaron caminando detrás de su ataúd.

Después del entierro regresaron a la vieja casa. Todavía estaba sobre una silla la ropa que Samuel había dejado antes de ir a trabajar. En la cocina había una taza sin lavar y sobre la mesa unas monedas, como si fuera a regresar al terminar el turno. Clara entró a su habitación buscando documentos y encontró en el armario una caja de madera. Esperaba hallar papeles de la mina, recibos o fotografías. En cambio encontró los programas de las dos graduaciones, recortes, algunas imágenes familiares y dos sobres transparentes cuidadosamente acomodados. Julián abrió uno. Dentro estaba la copia de su título universitario. Clara tomó el otro y encontró el suyo. Samuel había escrito detrás de cada uno la fecha de la graduación y había conservado aquellos papeles durante décadas.

Los dos permanecieron sentados en la habitación durante mucho tiempo. Julián miró sus manos, limpias y cuidadas, y recordó aquellas otras que llegaban de la mina cubiertas de polvo para contar el dinero que pagaría sus libros. Clara pasó los dedos sobre su nombre impreso en el título y comprendió que faltaba otro. Samuel no había terminado la primaria, nunca tuvo una profesión ni pudo colgar un diploma en aquella casa; sin embargo, había pagado dos carreras con madrugadas, turnos dobles, botas rotas, pulmones llenos de polvo y todos aquellos años que entregó sin pedir nada a cambio.

Habían regresado para decirle gracias. Habían regresado para pedirle perdón. Habían imaginado que todavía tendrían tiempo de abrazarlo, sacarlo de la mina y devolverle siquiera una pequeña parte de cuanto recibieron de él. Frente a ellos sólo quedaban dos títulos y una vieja caja con los cuadernos que Samuel guardó desde los doce años, desde aquella mañana en que decidió que sus hermanos llegarían hasta donde él no podría llegar.

En ninguno de los dos diplomas aparecía su nombre.

Pero los dos sabían ya quién los había ganado.

4. LAS CARTAS QUE NUNCA ENCONTRARON EL CAMINO

Durante treinta años, un padre escribió para una hija que vivía lejos y una hija esperó la llamada de un padre que permanecía en la casa donde ella había crecido. Los dos se quisieron todos los días. Los dos se extrañaron en silencio. Los dos estuvieron muchas veces a punto de buscarse y dejaron para mañana lo que el orgullo les impedía hacer esa noche. Mientras tanto, él fue envejeciendo y llenando una caja con cumpleaños, Navidades, noticias, recuerdos y palabras que jamás salieron de aquella casa. Cuando Clara regresó, su padre ya no estaba. Pero sobre el piso de su habitación la esperaban treinta años de amor encerrados en sobres que nunca tuvieron estampilla.

 

UNA PUERTA CERRADA PUEDE DURAR TREINTA AÑOS

Cuando Clara era niña creía que su padre podía arreglarlo todo. Ernesto reparaba juguetes, curaba rodillas raspadas, espantaba monstruos debajo de la cama y aparecía en la puerta de la escuela cuando llovía con un paraguas demasiado pequeño para los dos. Ella lo esperaba cada tarde junto a la ventana y sabía reconocer el ruido de sus pasos antes de verlo. Después murió su madre y quedaron solos. Ernesto tuvo que aprender a peinarla, a preparar algunas comidas que nunca le salieron como a su esposa y, sobre todo, a esconder el miedo de criar solo a una muchacha que cada día necesitaba menos que la llevaran de la mano. Clara, sin darse cuenta, terminó siendo también compañía para aquel hombre que había perdido a la mujer con quien imaginó envejecer.

Por eso dolió tanto la tarde en que se rompieron. Clara tenía veintitrés años, había conseguido trabajo en otra ciudad y quería marcharse. Para ella significaba comenzar; para Ernesto, quedarse solo otra vez. Él convirsió el miedo en autoridad y ella convirtió las ganas de vivir en rebeldía. Discutieron en la cocina donde habían desayunado juntos durante años. Dijeron cosas que no pensaban y escucharon otras que jamás olvidarían. Ernesto, acorralado por su propia desesperación, terminó pronunciando la peor: si cruzaba aquella puerta contra su voluntad, no esperara encontrarlo cuando decidiera regresar.

Clara subió por una maleta. Ernesto permaneció sentado. Ella bajó despacio, esperando que su padre dijera su nombre. Él escuchó cada escalón esperando que su hija dejara la maleta y volviera a abrazarlo. Clara llegó hasta la puerta, puso la mano sobre la cerradura y permaneció allí unos segundos. Bastaba una palabra. Una sola. Ninguno la pronunció. La puerta se cerró y Ernesto tardó apenas unos instantes en arrepentirse. Corrió a la ventana, pero su hija ya doblaba la esquina.

Durante los primeros meses vivieron pendientes del mismo teléfono. Clara pensaba que su padre llamaría cuando se le pasara el enojo. Ernesto estaba convencido de que ella regresaría cuando descubriera que aquella casa seguía siendo suya. La primera Navidad, él puso dos platos sobre la mesa por costumbre. Cuando se dio cuenta, retiró uno y cenó mirando la silla vacía. Clara, en otra ciudad, tuvo el teléfono entre las manos cerca de la medianoche. Llegó a marcar algunos números y colgó antes de terminar. Los dos se fueron a dormir creyendo que al otro no le importaba.

Así comenzó lo imperdonable: no con odio, sino con un mañana.

 

TODO LO QUE UN PADRE PUEDE GUARDAR EN UN SOBRE

Ernesto escribió la primera carta cuando Clara cumplió veinticuatro años. Había comprado una tarjeta, pero le pareció demasiado pequeña para todo lo que necesitaba decir. Tomó varias hojas y comenzó con dos palabras que durante los siguientes treinta años repetiría cientos de veces: “Querida hija”. Le contó que el rosal había florecido, que seguía preparando demasiado café por las mañanas y que esperaba que estuviera comiendo bien. Le pidió perdón sin saber pedirlo: rodeó la palabra, se acercó a ella, escribió otras cosas, pero nunca consiguió ponerla completa sobre el papel. Cerró el sobre, escribió la dirección y caminó hasta el buzón. Permaneció frente a él varios minutos. Después guardó la carta en el bolsillo y regresó a casa.

Al año siguiente escribió otra. Después una en Navidad. Luego ya no necesitó fechas. Escribía cuando sucedía algo que hubiera querido contarle. Cuando murió el perro que Clara había recogido de la calle siendo niña, Ernesto se sentó frente a la mesa y le explicó que lo había enterrado debajo del árbol porque allí le gustaba dormir. Cuando tuvieron que cortar ese árbol años después, volvió a escribir. Cuando una conocida le contó que Clara se había casado, sacó su mejor botella, sirvió dos copas y dejó una frente a la silla vacía. Esa noche escribió: “Espero que ese hombre sepa que se lleva a la muchacha más extraordinaria que ha pasado por esta casa”.

Nunca envió aquella carta tampoco.

Después supo que era abuelo. Durante días preguntó discretamente hasta conocer el nombre del niño. Compró un pequeño tren de madera y lo guardó en el armario. En la carta de aquel año escribió que algún día le gustaría enseñarle a su nieto a andar en bicicleta, como había hecho con ella. El niño creció sin conocerlo. El tren permaneció dentro de su caja.

También Clara envejecía al otro lado del silencio. Cuando nació su hijo deseó llamar a Ernesto. Cuando el niño dio sus primeros pasos pensó en él. Cuando tuvo fiebre por primera vez recordó aquellas noches en que su padre permanecía sentado junto a su cama. A medida que educaba a su propio hijo empezó a comprender que detrás de muchas prohibiciones de Ernesto había habido miedo y detrás de muchas torpezas había existido amor. Varias veces buscó su número. Nunca llamó. “Si quisiera conocer a su nieto, me habría buscado”, se repetía. Sin saberlo, mientras ella pronunciaba esas palabras, Ernesto escribía cartas para un niño cuyo rostro solamente podía imaginar.

Los años comenzaron a notarse en la letra. Las primeras cartas estaban escritas con trazos firmes; después las palabras comenzaron a inclinarse y finalmente aparecieron pequeños temblores. Ernesto dejó de escribir sobre el enojo. Ya no recordaba con precisión qué habían discutido. La pelea que les había parecido gigantesca se volvió insignificante frente a los cumpleaños perdidos. Un día escribió: “Ya ni siquiera sé quién tenía razón. Lo único que sé es que tenerla salió demasiado caro”.

 

CUANDO EL AMOR LLEGA DESPUÉS DEL ENTIERRO

La llamada llegó una mañana. Una vecina había encontrado a Ernesto muerto en su cama. Tenía ochenta años. Clara escuchó la noticia sin llorar al principio. Sólo preguntó a qué hora sería el funeral. Colgó y permaneció inmóvil, mirando el teléfono que durante treinta años ninguno de los dos había sabido utilizar.

Volvió al pueblo. Al entrar en la calle de su infancia sintió que las casas se habían hecho pequeñas. Cruzó la misma puerta que había cerrado a los veintitrés años y encontró el olor de los muebles, el reloj de pared y algunas fotografías exactamente donde las recordaba. Su padre ya no estaba para escuchar sus pasos. Después del entierro, cuando todos se marcharon, Clara recorrió la casa sola. Abrió su antiguo dormitorio. Ernesto había cambiado algunas cosas, pero conservaba sobre un estante varios libros de su adolescencia y una fotografía de ella junto a su madre. En el armario encontró un tren de madera todavía dentro de su caja. No entendió qué hacía allí.

Fue en la habitación de Ernesto donde encontró la caja grande con su nombre.

La abrió.

Había decenas y decenas de sobres ordenados por fecha. Cumpleaños. Navidades. La muerte del perro. Su boda. El nacimiento de su hijo. El primer nieto que Ernesto nunca conoció. Clara tomó una carta y comenzó a leer de pie. Para la quinta tuvo que sentarse sobre la cama. Después terminó en el suelo, rodeada de sobres abiertos, mientras afuera se hacía de noche.

Leyó cómo su padre había envejecido sin ella.

Descubrió que supo de su boda. Que brindó solo. Que había comprado aquel tren para su hijo. Que conservó su habitación porque quería que, si alguna vez regresaba, todavía pudiera reconocerla. Encontró una fotografía suya de niña dentro de uno de los sobres y una frase escrita detrás: “Ésta es la edad que todavía tienes algunas veces cuando cierro los ojos”.

Clara siguió leyendo hasta que comenzó a amanecer.

El último sobre estaba fechado tres semanas antes de la muerte de Ernesto. La letra apenas podía sostenerse sobre el papel. Su padre escribía que últimamente dormía poco y que algunas noches volvía a escuchar en su cabeza el sonido de aquella puerta cerrándose. Decía que había pasado demasiados años pensando que siempre habría otro cumpleaños, otra Navidad, otra oportunidad. Y terminaba con unas líneas sencillas: “No sé si algún día vas a volver. Pero todavía dejo algunas noches la puerta sin seguro. A los viejos también nos quedan esperanzas tontas”.

Clara dejó caer la carta sobre sus piernas.

Entonces comprendió que durante treinta años ambos habían esperado exactamente lo mismo.

Caminó hasta la entrada. El amanecer comenzaba a iluminar la calle. Puso la mano sobre la cerradura y comprobó que no tenía puesto el seguro. Quizá Ernesto la había dejado así la última noche. Quizá llevaba años haciéndolo.

Clara abrió la puerta.

Frente a ella estaba la misma calle por la que se había marchado siendo muchacha.

Durante treinta años había esperado que su padre fuera detrás de ella.

Durante treinta años, él había esperado verla regresar por aquella esquina.

Entre ambos no habían existido océanos, guerras ni una imposibilidad verdadera. Había existido solamente una puerta, dos orgullos y todos los mañanas que creyeron tener.

Clara permaneció allí hasta que salió el sol, sosteniendo contra el pecho la última carta de su padre.

Esta vez la puerta estaba abierta.

Pero ya no quedaba nadie del otro lado esperando escucharla.

5. EL VESTIDO AZUL QUE ESPERÓ CUARENTA AÑOS

Amalia compró un vestido azul cuando todavía era joven y decidió reservarlo para uno de esos días que merecen recordarse para siempre. No podía saber que pasarían cuatro décadas sin encontrar una ocasión suficientemente importante para estrenarlo. Mientras la tela permanecía protegida de la luz, ella crió hijos, sostuvo una casa, acompañó a su marido hasta su último día y volvió a convertirse en hija para cuidar a su madre anciana. Todos tuvieron su tiempo con Amalia. El único tiempo que fue quedándose pendiente era el suyo. Hasta que una mañana abrió el clóset, encontró aquel pedazo intacto de juventud y comprendió algo que nunca había pensado: quizá la vida no le debía ninguna ocasión especial. La ocasión era seguir viva.

 

TODO LO HERMOSO PARECÍA PODER ESPERAR

Amalia vio el vestido una tarde detrás de un aparador. Había salido para comprar unos zapatos escolares y llevaba en el bolso una lista de cosas necesarias, todas destinadas a alguien más. El azul la obligó a detenerse. No era un color discreto; tenía algo de cielo limpio después de varios días de lluvia y, durante unos segundos, imaginó cómo se vería con él. Después recordó el precio de los zapatos, siguió caminando y llegó casi hasta la esquina. No supo por qué regresó. Quizá porque a veces una mujer necesita cometer una pequeña imprudencia para recordar que además de madre, esposa, hija y administradora de necesidades ajenas sigue siendo ella. La dependienta la convenció de probárselo y, cuando Amalia descorrió la cortina del vestidor, permaneció inmóvil frente al espejo. Hacía mucho que no se concedía el lujo de contemplarse. Se acomodó el cabello, giró ligeramente y sonrió. El vestido abrazaba su cintura y aquel azul iluminaba su rostro. Por unos instantes desaparecieron la despensa, las prisas, la ropa por lavar y los zapatos que todavía tenía que comprar. Allí estaba simplemente Amalia. Y estaba hermosa.

Lo compró. Durante el camino de regreso sintió esa culpa absurda que sienten quienes han aprendido a justificar cualquier gasto propio. Su marido sonrió cuando la vio probárselo aquella noche y propuso salir a cenar para estrenarlo, pero Amalia se negó divertida: un vestido así merecía algo verdaderamente importante. Habría una boda, un aniversario, quizá un viaje. Lo colgó cuidadosamente dentro del clóset, protegió la tela con una funda y decidió guardarlo “para una ocasión especial”. No podía imaginar cuánto puede durar una frase. La primera oportunidad fue una boda a la que no asistieron porque uno de los niños enfermó; después llegó un aniversario y terminaron celebrándolo en casa porque el dinero hacía falta para otra cosa. Pensó estrenarlo en un cumpleaños, pero pasó el día atendiendo a quienes fueron a felicitarla y cuando finalmente pudo sentarse ya estaba agotada. Nunca decidió renunciar al vestido. Simplemente siempre había algo antes. Y mientras Amalia vivía, aquel azul esperaba.

 

CUARENTA AÑOS CABEN DENTRO DE UN CLÓSET

Los niños crecieron con esa velocidad que los padres solamente descubren cuando ya ocurrió. El clóset fue testigo silencioso de uniformes que quedaron pequeños, ropa para graduaciones, trajes para primeras entrevistas de trabajo y maletas que un día salieron de la casa para regresar únicamente de visita. Amalia estuvo presente en cada transformación y aprendió que criar hijos consiste también en prepararlos para marcharse. Cuando salió el último, abrió el clóset buscando una cobija y encontró la funda. Pasó los dedos sobre ella y pensó que finalmente había llegado su tiempo. Ella y su marido llevaban años hablando de viajar, de conocer otros lugares, de recuperar los días que las obligaciones familiares habían ido ocupando. El vestido azul podría acompañarlos. Sin embargo, tampoco hubo viaje.

La enfermedad llegó sin hacer ruido. Primero fueron molestias pequeñas; después, estudios, especialistas, medicamentos y hospitales. Amalia volvió a organizar su existencia alrededor de alguien a quien amaba. El hombre que treinta años antes había querido sacarla a cenar para estrenar el vestido comenzó a necesitar ayuda para levantarse. Ella lo bañó cuando ya no pudo hacerlo solo, aprendió horarios de medicamentos, sostuvo su cuerpo cuando las fuerzas comenzaron a abandonarlo y pasó noches enteras escuchando su respiración. Una madrugada él le pidió perdón por estarle quitando tantos años. Amalia apretó su mano y le respondió que no le estaba quitando nada, porque acompañarlo también era su vida. Lo dijo sin sacrificio ni amargura. Habían prometido caminar juntos y ahora caminar juntos significaba avanzar muy despacio por un pasillo, sosteniéndose uno al otro.

Cuando murió, Amalia abrió el clóset buscando la ropa que llevaría al funeral. Vio el vestido azul al fondo y cerró la funda. Durante algún tiempo creyó que después aprendería a vivir para ella, pero entonces su madre comenzó a olvidar. Primero fueron fechas, después nombres y finalmente las pequeñas instrucciones necesarias para atravesar un día. Amalia, que acababa de despedir al hombre con quien había compartido su vida, regresó a la casa donde había sido niña y volvió a aprender a cuidar. Peinó a su madre, le dio de comer, administró medicamentos y respondió una y otra vez las mismas preguntas. Una tarde, la anciana la observó largamente y preguntó quién era. Amalia sintió que algo se rompía por dentro, pero contestó suavemente que era su hija. Su madre sonrió, le acarició la mano y dijo que siempre había querido tener una hija como ella. Amalia esperó hasta salir de la habitación para llorar.

Después también murió su madre. Cuando regresó del cementerio encontró una casa donde, por primera vez en décadas, nadie esperaba que hiciera nada. No había hijos que despertar, marido que acompañar, medicamentos que ordenar ni una madre que pudiera llamarla en mitad de la noche. El silencio que tantas veces había deseado terminó pareciéndole enorme. Había pasado buena parte de su existencia preguntando qué necesitaban los demás y ahora se enfrentaba a una pregunta mucho más difícil: qué quería ella. Tardó meses en encontrar una respuesta. Quizá porque todavía no había comprendido que, después de cuidar a todos, quedaba una última persona a quien había dejado esperando.

 

EL DÍA MÁS IMPORTANTE ERA ÉSTE

Una mañana decidió ordenar el clóset. Sacó ropa, abrió cajas y encontró al fondo aquella vieja funda. Cuando apareció el vestido azul, Amalia tuvo la sensación de encontrarse con alguien que conoció hacía muchísimo tiempo. Lo sostuvo frente a ella y regresaron el aparador, la dependienta, su marido diciéndole que estaba hermosa y aquella mujer que aún no cumplía los treinta años convencida de que el futuro estaba lleno de ocasiones especiales. Habían pasado cuatro décadas. Durante todo ese tiempo había protegido el vestido para que los años no lo tocaran; a ella, en cambio, los años la habían tocado por todas partes.

Se lo probó y no cerró. Frente al espejo contempló los brazos distintos, la cintura transformada, las arrugas, las pequeñas manchas de sus manos y el cabello casi blanco. Durante unos segundos sintió nostalgia, pero después comprendió que ninguna de aquellas marcas estaba vacía. En ese cuerpo habían crecido sus hijos; aquellos brazos habían sostenido a su marido cuando ya no podía caminar y aquellas manos habían peinado a su madre cuando comenzó a olvidar. El vestido había permanecido intacto porque no había vivido. Ella había envejecido precisamente porque sí.

No intentó adelgazar para recuperar el cuerpo que había tenido. Llevó el vestido con una costurera y le pidió que lo adaptara. Cuando la mujer comenzó a explicarle cómo podía modificarlo, Amalia hizo una sola petición: no quería que el vestido intentara hacerla parecer joven; quería que le quedara bien a la mujer que era. Días después regresó a recogerlo. El azul seguía siendo aquel azul, pero ahora la tela había aprendido otras formas. Amalia se miró largamente frente al espejo y, por primera vez en muchos años, no buscó a la muchacha que había sido. Le gustó la mujer que encontró.

A la mañana siguiente se puso el vestido. Abrió un frasco de perfume que también reservaba para ocasiones especiales y se perfumó sin medir las gotas. Se arregló el cabello, escogió unos zapatos bonitos y salió de casa. Era martes. No cumplía años, nadie se casaba, no había aniversario, graduación ni bautizo. Entró en un pequeño restaurante que siempre había querido conocer, pidió una mesa junto a la ventana y ordenó aquello que realmente se le antojaba. La mesera dejó el café frente a ella, admiró el vestido y le preguntó si era nuevo. Amalia acarició la tela y respondió que tenía cuarenta años. La muchacha abrió los ojos y sonrió: entonces, dijo, aquel día debía ser muy especial.

Amalia miró por la ventana. Pensó en sus hijos, en el hombre al que había amado, en su madre, en las noches sin dormir y en todos los años entregados con gusto. No quería recuperar ninguno. Tampoco se arrepentía de haber estado para ellos. Su error no había sido amar demasiado a los demás; había sido creer que para acordarse de sí misma siempre existiría otro día.

La mesera le preguntó qué celebraba.

Amalia miró su reflejo sobre el cristal de la ventana. Por primera vez en mucho tiempo no vio a la viuda, a la madre, a la abuela ni a la hija que cuidó hasta el final. Vio a Amalia.

—Que todavía estoy aquí.

La muchacha sonrió y se alejó. Amalia bebió el primer sorbo de café mientras el sol de la mañana caía sobre aquel azul que había permanecido cuarenta años esperando una ocasión especial.

Y finalmente comprendió que el vestido nunca había estado esperando una fiesta.

Había estado esperándola a ella.

6. EL HOMBRE QUE VOLVIÓ A PAGAR UNA DEUDA QUE NO ERA DE DINERO

Rafael y Tomás fueron de esos amigos que se encuentran antes de tener algo y por eso aprenden a quererse sin calcular cuánto vale cada uno. Cuando eran jóvenes, los dos soñaban con abandonar el pequeño pueblo donde habían nacido para estudiar y buscar una vida distinta. Sólo uno pudo hacerlo. Tomás puso en las manos de Rafael los ahorros que había reunido para su propio futuro y le dijo que se fuera, que él encontraría después su oportunidad. Rafael partió. Estudió, prosperó y terminó construyendo mucho más de lo que ambos habían imaginado. Tomás se quedó. Cuarenta años después, cuando la vida cambió los papeles y fue él quien comenzó a perderlo todo, Rafael regresó llevando en la cartera un boleto amarillento. Era el recuerdo del viaje que había dividido sus caminos y la prueba de que existen favores que el tiempo no convierte en pasado.

 

VETE TÚ; YO ME ARREGLO

Rafael y Tomás crecieron en dos casas separadas por una calle y unidas por todo lo demás. Compartieron pupitres, balones parchados, tardes interminables y esa pobreza que cuando se vive de niño todavía no tiene nombre. Sabían que el dinero escaseaba porque los zapatos debían durar un año más y porque algunas cosas solamente podían pedirse en Navidad, pero no se sentían desgraciados. Tenían una plaza para inventar el mundo, dos bicicletas que arreglaban más de lo que montaban y una banca donde, al terminar la preparatoria, comenzaron a hablar de aquello que harían cuando fueran grandes. Los dos querían estudiar. Rafael soñaba con convertirse en ingeniero; Tomás todavía no estaba seguro, pero sabía que quería conocer algo más grande que aquellas calles donde todos parecían tener decidido el destino desde antes de nacer.

La oportunidad llegó para Rafael dentro de un sobre. Había conseguido una beca para estudiar lejos, pero la ayuda no cubría el traslado, la inscripción inicial ni las primeras semanas. Su padre hizo cuentas, su madre preguntó cuánto tiempo tenían y aquella noche los tres descubrieron que una oportunidad también puede ser demasiado cara. Rafael pasó varios días buscando dinero y finalmente decidió renunciar. Fue a buscar a Tomás para contárselo. Se sentaron en la banca de siempre y Rafael intentó bromear diciendo que quizá aquello era una señal de que debía quedarse. Tomás no se rio. Sabía cuánto había trabajado su amigo para conseguirlo y conocía, sobre todo, lo que significaba aquella beca. Le preguntó cuánto necesitaba. Rafael respondió y Tomás se quedó mirando la plaza.

Durante casi tres años Tomás había guardado dinero en una lata escondida en su habitación. Trabajaba por las tardes y los fines de semana haciendo cualquier cosa que apareciera. Aquel dinero tenía también un destino: algún día se marcharía. No sabía exactamente a dónde, pero cada moneda era una pequeña distancia entre él y el pueblo. Esa noche abrió la lata, contó sus ahorros y comprendió que casi alcanzaban para lo que Rafael necesitaba.

A la mañana siguiente apareció en su casa con el dinero dentro de un sobre. Rafael creyó al principio que era un préstamo conseguido con alguien. Cuando supo la verdad, se negó. Discutieron durante largo rato. Rafael sabía que no estaba recibiendo dinero: estaba recibiendo el futuro que su amigo llevaba años comprando moneda por moneda. Tomás terminó poniéndole el sobre en el pecho y le dijo con una serenidad que Rafael recordaría toda su vida: “Vete tú; yo me arreglo. Si uno de los dos consigue salir, ya habrá valido la pena”.

Días después Tomás lo acompañó a la terminal. Rafael llevaba una maleta prestada, algunas camisas y más miedo del que quería reconocer. Antes de subir al autobús prometió devolver hasta el último centavo. Tomás le dio un abrazo y le contestó que dejara de decir tonterías. Rafael subió. Desde la ventanilla vio a su amigo levantar una mano mientras el autobús comenzaba a moverse. Después miró el boleto que llevaba entre los dedos y lo guardó dentro de su cartera.

Nunca volvió a tirarlo.

 

LA VIDA LOS LLEVÓ POR CAMINOS DISTINTOS

Rafael descubrió pronto que marcharse no significaba haber llegado. Estudió de día y trabajó por las noches. Hubo semanas de comer poco, habitaciones compartidas y momentos en que estuvo a punto de regresar. En esos días pensaba en Tomás. Rendirse habría significado desperdiciar algo que ya no era solamente suyo. Terminó la carrera, consiguió su primer empleo y, con los años, comenzó a prosperar. Formó una familia, entró en una empresa, después creó la propia. Nunca se convirtió en aquel hombre deslumbrante que mide el éxito por lo que puede exhibir, pero vivió bien y consiguió algo que durante su juventud parecía extraordinario: elegir.

Tomás tomó otro camino. Los ahorros volvieron a comenzar desde cero y la oportunidad de estudiar terminó alejándose. Su padre enfermó y hubo que ayudar en casa. Después conoció a Elena, se casó y abrió un pequeño negocio. No fue una vida menor. Tuvo hijos, levantó una casa poco a poco, conoció la alegría de ver crecer a su familia y consiguió hacerse respetar por quienes lo conocían. Rafael devolvió años atrás aquel dinero, pero Tomás recibió el sobre casi con fastidio. Nunca había considerado que existiera una deuda. “Eso fue entre dos muchachos”, le dijo. Y no volvieron a hablar del asunto.

Durante los primeros años se escribieron y visitaron con frecuencia. Después llegaron los hijos, los trabajos, las urgencias y esa maquinaria silenciosa con la que el tiempo separa incluso a quienes se quieren. No se pelearon. No hubo traición. Simplemente comenzaron a vivir lejos. Se llamaban en los cumpleaños, se encontraban algunas Navidades y, cuando podían sentarse juntos, bastaban diez minutos para que volvieran a hablar como aquellos muchachos de la plaza. Luego cada uno regresaba a su mundo.

Hasta que el mundo de Tomás comenzó a desmoronarse. El negocio que había sostenido durante décadas dejó de funcionar. Primero pidió créditos para mantenerlo abierto; después utilizó sus ahorros. Una mala decisión llevó a otra y terminó comprometiendo la casa. Elena había muerto algunos años antes y los hijos vivían lejos, con sus propias responsabilidades. Tomás no quiso preocuparlos. Tampoco llamó a Rafael. Había algo que su orgullo no podía aceptar: después de haber sido el muchacho que alguna vez dijo “yo me arreglo”, le resultaba insoportable confesar que esta vez no sabía cómo hacerlo.

Rafael se enteró por un antiguo amigo. No telefoneó. Tomó un avión, después un automóvil y regresó al pueblo.

Cuando Tomás abrió la puerta y lo encontró allí, tardó unos segundos en reaccionar. Habían envejecido. El cabello blanco, los cuerpos más lentos y cuarenta años de caminos distintos estaban frente a frente. Sin embargo, Rafael reconoció inmediatamente al muchacho que una mañana había llegado a su casa cargando un sobre.

 

HAY COSAS QUE EL CORAZÓN NO DECLARA PAGADAS

Tomás preparó café y trató de quitar importancia a todo. Dijo que vendería la casa, que buscaría un lugar más pequeño, que a su edad tampoco necesitaba demasiado. Rafael lo escuchó sin interrumpir hasta que terminó. Después le explicó que había venido a ayudarlo. Tomás se negó de inmediato. Una cosa era la amistad y otra aceptar dinero. Rafael insistió y el tono comenzó a subir hasta que, de pronto, ambos se descubrieron discutiendo exactamente como cuarenta años antes, sólo que con los papeles cambiados.

Tomás golpeó suavemente la mesa con la mano y preguntó qué pretendía, si acaso llevaba toda la vida pensando que todavía le debía aquellos ahorros. Rafael negó con la cabeza. No había viajado para devolver dinero. Aquello lo había pagado hacía décadas. Entonces metió la mano en su cartera y sacó un pequeño rectángulo de papel protegido dentro de una funda transparente.

Era el boleto de autobús.

El tiempo había borrado parte de la tinta y doblado las esquinas. Tomás lo reconoció antes de tomarlo. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Rafael explicó que lo había llevado consigo durante cuarenta años: primero en una cartera barata de estudiante, después en otras que fue cambiando. Había viajado con él a reuniones, hospitales, bodas, entierros, vacaciones y negocios. Cada vez que lo encontraba recordaba la misma terminal, la misma maleta prestada y a un muchacho levantando la mano mientras el autobús se alejaba.

—Todo lo que vino después empezó con este boleto —le dijo.

Tomás bajó los ojos. Rafael continuó. Le recordó que aquel día él tampoco le había pedido permiso para ayudarlo. No preguntó si aceptaba ni puso condiciones; simplemente abrió una lata donde guardaba su futuro y se lo entregó. Ahora no tenía derecho a impedir que su amigo hiciera lo mismo.

Tomás sostuvo aquel boleto entre las manos y comprendió algo que quizá nunca había pensado. Él recordaba haber entregado unos ahorros. Rafael recordaba haber recibido una vida.

Esa tarde arreglaron lo necesario. No hubo caridad ni rescate. Hubo reciprocidad. Rafael ayudó a ordenar las deudas y a conservar la casa; Tomás aceptó con la dificultad de quien ha pasado la existencia resolviendo solo sus problemas. Cuando terminaron, caminaron hasta la plaza. La banca donde habían hablado de jóvenes seguía allí, aunque la habían pintado muchas veces. Se sentaron.

Hablaron hasta que oscureció.

Recordaron a sus padres, a Elena, los amigos que ya no estaban, las bicicletas, la primera vez que quisieron marcharse y todo aquello que imaginaron que sería la vida. Tomás confesó que durante años había pensado que quizá se equivocó al entregar aquellos ahorros. No porque lamentara haber ayudado a Rafael, sino porque algunas veces se preguntó qué habría sucedido si él hubiera sido quien subiera a aquel autobús.

Rafael lo miró y no intentó consolarlo con una mentira. Nadie podía saberlo. Tal vez habría estudiado. Tal vez habría conocido otra mujer, vivido en otra ciudad, tenido otros hijos. Una decisión puede abrir una vida y cerrar otras cien. Tomás asintió. Después miró la plaza y dijo que, aun sabiéndolo, volvería a hacer lo mismo.

Rafael sonrió.

Porque ésa era precisamente la razón por la que había regresado.

Dos muchachos habían salido de aquella plaza soñando con conquistar el mundo. Uno viajó lejos y el otro se quedó. Durante muchos años pudo parecer que solamente uno había cumplido el sueño. Pero aquella noche, sentados otra vez en la misma banca y con un boleto de autobús envejecido entre las manos, comprendieron que la historia había sido distinta: ninguno había llegado solo.

La amistad verdadera no lleva contabilidad. No pregunta cuánto dio cada uno ni exige que la vida devuelva exactamente lo recibido. Guarda otras cuentas, más antiguas y profundas: quién creyó en nosotros cuando nadie sabía quiénes seríamos, quién compartió lo poco cuando todavía no existía abundancia y quién estuvo dispuesto a perder una oportunidad para que nosotros no perdiéramos la nuestra.

Antes de despedirse, Tomás quiso devolverle el boleto.

Rafael cerró sus dedos alrededor del papel y negó con la cabeza.

—Guárdalo tú.

Esta vez Tomás entendió.

Cuarenta años atrás había pagado aquel viaje.

Ahora sabía hasta dónde había llegado.

7. EL MAESTRO TIJERAS Y SU ÚNICO DISCURSO

En aquel pequeño pueblo todos conocían al maestro Tijeras. Era peluquero de oficio, conversador por naturaleza y lector por vocación. Entre espejos, navajas, lociones y alteros de revistas había construido una cultura que sorprendía a quienes se sentaban en su sillón. Por eso, cuando se anunció la visita del señor obispo y nadie encontraba quién pudiera recibirlo con palabras dignas, alguien pensó en él. Su intervención fue tan celebrada que meses después las familias más encumbradas del lugar volvieron a buscarlo, ahora para ofrecer el banquete en la gran boda de sus hijos. Tijeras aceptó el nuevo honor, viajó hasta la capital para rentar un frac y llegó a la fiesta convertido en todo un caballero. Nadie podía imaginar que aquella noche, entre una gran orquesta, invitados distinguidos y mesas de gala, el hombre más leído del pueblo terminaría aprendiendo una lección que no había encontrado en ninguna de sus revistas.

 

EL DÍA QUE EL PUEBLO NECESITÓ UN ORADOR

La noticia corrió de casa en casa hasta convertirse en el acontecimiento del año: el señor obispo visitaría el pueblo. En una comunidad profundamente católica, donde las campanas de la parroquia todavía acompañaban bautizos, bodas, funerales, fiestas patronales y buena parte de la existencia cotidiana, aquello no podía resolverse con una misa y un saludo en la sacristía. El señor cura reunió a sus colaboradores y comenzó a organizar una recepción a la altura del visitante. La idea creció rápidamente. Una gran marcha saldría hasta la entrada del pueblo para recibirlo; habría banda de música, flores, cohetes y repique de campanas; después todos caminarían hacia la parroquia y finalmente se ofrecería una comida en el jardín principal, frente a la iglesia. Las catequistas tendrían sus responsabilidades, otras personas se encargarían de los alimentos, habría invitados especiales y, por supuesto, el presidente municipal ocuparía uno de los lugares principales.

Durante varios días se discutió todo. Quién haría la comida, quién adornaría, quién recibiría a los invitados, dónde se colocarían las mesas, en qué momento tocaría la banda y hasta dónde debía salir la marcha para encontrarse con el obispo. El señor cura revisaba los preparativos con esa mezcla de preocupación y entusiasmo de quien sabe que, si algo sale mal, todo el mundo terminará preguntándole a él. Parecía que no quedaba un detalle sin responsable hasta que, en una de las últimas reuniones, alguien lanzó una pregunta capaz de detener la conversación: ¿y quién va a decir las palabras para recibir al señor obispo?

Comenzaron los nombres. Uno era muy serio, pero apenas conseguía hablar delante de diez personas; otro tenía facilidad de palabra, aunque el problema consistía precisamente en lograr que dejara de utilizarla; alguno poseía estudios, pero ninguna gracia para hablar. Las propuestas iban cayendo una detrás de otra hasta que alguien mencionó al maestro Tijeras. Primero hubo sorpresa y quizá alguna sonrisa. Después comenzaron a asentir. ¿Y por qué no? El peluquero era probablemente uno de los hombres más leídos del pueblo.

El maestro Tijeras no debía el tratamiento de maestro a ninguna escuela. Su cátedra estaba detrás de un sillón de peluquería y su biblioteca crecía amontonada por todos los rincones. Tenía alteros y alteros de revistas y las había leído prácticamente todas. Mientras movía las tijeras podía conversar de historia, religión, política, personajes famosos, países remotos o acontecimientos que apenas habían sucedido. Poseía esa cultura construida sin programa ni diploma, a fuerza de curiosidad. Había clientes que llegaban a cortarse el pelo y, una vez terminado el trabajo, permanecían sentados únicamente porque la conversación estaba demasiado buena para marcharse.

La comisión fue a buscarlo. Tijeras escuchó la petición con enorme seriedad. No todos los días se le pedía a un peluquero que hablara en nombre de un pueblo frente a un obispo. Preguntó cuánto tiempo tendría, qué carácter debía tener la intervención y en qué momento hablaría. Finalmente aceptó. Durante los días siguientes leyó, pensó, escribió, tachó y corrigió. Nadie supo exactamente cuánto trabajó aquellas palabras, pero el maestro asumió la encomienda como si de ella dependiera el prestigio entero de la comunidad.

Llegó el gran día. Desde temprano se escucharon los primeros cohetes. La banda se reunió, las campanas comenzaron a repicar y las familias salieron vestidas para la ocasión. La multitud caminó hasta la entrada del pueblo y allí esperó hasta que apareció el vehículo del visitante. Hubo música, aplausos, flores y saludos. El señor obispo descendió y comenzó aquella marcha que el cura había imaginado durante semanas. Las calles se llenaron de gente y el cortejo avanzó hasta el jardín principal, donde todo estaba preparado.

Entonces llegó el momento del maestro Tijeras.

Lo presentaron. Caminó hasta su lugar, acomodó los papeles, esperó a que se hiciera silencio y miró al señor obispo. Frente a él estaban el cura, las autoridades, las catequistas, las familias y buena parte del pueblo. Tijeras tomó aire y comenzó con una voz que nadie le conocía:

—Elo ahí… dispuesto a cumplir su misión; mas si en el camino las fuerzas le faltaren, aquí estamos todos, uno a uno, prestos para ayudarle a cumplir su función.

La frase cayó redonda. Frente al obispo tenía solemnidad, compromiso y hasta cierta grandeza. Aquello de estar todos dispuestos a ayudarlo si las fuerzas llegaban a faltarle expresaba exactamente el espíritu comunitario que el señor cura había querido transmitir. Tijeras continuó y terminó entre aplausos. Lo felicitaron las autoridades, los organizadores y seguramente también quienes, hasta esa mañana, sólo conocían sus habilidades con las tijeras.

El señor cura quedó particularmente agradecido. Habían buscado a última hora quién pronunciara unas palabras y habían descubierto un orador.

Aquella tarde, mientras el pueblo comía en el jardín y la banda seguía tocando, el maestro Tijeras recibió felicitaciones de mesa en mesa. Volvió a su peluquería convertido en algo más que el hombre culto que cortaba el cabello.

Ahora el pueblo sabía que también sabía hablar.

 

EL DÍA QUE TIJERAS SE PUSO FRAC

Meses después comenzó a prepararse otro acontecimiento, esta vez sin mitras ni campanas episcopales, pero con suficiente importancia para mantener entretenido al pueblo durante semanas. Se casarían los hijos de dos de las familias más ricas del lugar. Por un lado estaban los Leal González Casanova y, por el otro, una familia de apellido igualmente rimbombante, de esos que pronunciados completos parecían necesitar una respiración intermedia. La unión prometía ser memorable. Habría ceremonia religiosa, después boda civil, una gran orquesta, invitados llegados de fuera y un banquete en el mejor salón del lugar.

Nada podía dejarse al azar. Se discutieron las flores, la música, el menú, la colocación de las mesas, la lista de invitados y todos esos detalles capaces de mantener despierta durante semanas a una familia que está por casar a una hija. Cuando prácticamente todo estaba dispuesto, alguien le hizo al padre de la novia una pregunta inquietantemente parecida a la que meses atrás había aparecido durante la organización de la visita episcopal: ¿quién ofrecería el banquete y pronunciaría las palabras en honor de los recién casados?

Volvieron las dudas. Tratándose de dos familias tan distinguidas no podían colocar allí a cualquiera. Hacía falta alguien que supiera hablar, tuviera presencia y fuera capaz de darle al momento la solemnidad correspondiente. Fue entonces cuando alguien recordó el éxito más reciente de la oratoria local: el maestro Tijeras. Si aquel hombre había hablado frente al señor obispo, con el cura, el presidente municipal y medio pueblo escuchándolo, una boda no parecía empresa capaz de intimidarlo.

Fueron nuevamente a la peluquería.

Tijeras aceptó.

Pero esta vez entendió que el compromiso exigía algo más. En la recepción episcopal había podido presentarse con su mejor ropa; una boda de semejante categoría, con una gran orquesta y lo más distinguido de la sociedad local, reclamaba elegancia mayor. El maestro tomó entonces una decisión extraordinaria para sus costumbres: viajaría hasta la capital del estado para rentar un frac.

Fue, escogió uno, se lo probó y cuidó hasta el último detalle. Cuando regresó al pueblo llevaba consigo aquella vestimenta como si transportara una investidura. El día de la boda cerró temprano la peluquería, se arregló cuidadosamente, se perfumó, se puso la camisa, acomodó el frac y se contempló frente al mismo espejo donde todos los días veía desfilar las cabezas de sus clientes. Aquella noche no parecía el peluquero. Parecía el hombre que iba a pronunciar el discurso más importante de la fiesta.

La boda religiosa estuvo a la altura de lo esperado. La iglesia lucía espléndida, los novios recibieron felicitaciones al salir y después vino la ceremonia civil. Finalmente comenzó el banquete. La orquesta llenaba el salón, las mesas estaban impecables y las familias saludaban orgullosas a sus invitados. Todo tenía ese brillo de las grandes celebraciones en las que nadie quiere que el menor detalle quede por debajo de lo previsto.

Llegó la hora de ofrecer el banquete. Alguien pidió silencio y anunció al maestro Tijeras.

Él se levantó.

El frac le quedaba magníficamente.

Caminó hasta el lugar dispuesto para hablar, esperó a que cesaran las conversaciones, dirigió un saludo a las familias y finalmente clavó los ojos en el novio. El salón quedó en silencio. Todos conocían ya el antecedente del peluquero y esperaban otra demostración de aquella inesperada elocuencia que había sorprendido al propio señor cura.

Tijeras tomó aire.

 

EL DISCURSO QUE CASI LE CUESTA EL FRAC

—Elo ahí… dispuesto a cumplir su misión; mas si en el camino las fuerzas le faltaren, aquí estamos todos, uno a uno, prestos para ayudarle a cumplir su función.

Silencio.

No mucho.

Apenas el necesario para que aquellas palabras viajaran desde el maestro Tijeras hasta las mesas, entraran en los oídos de los invitados y adquirieran, frente a un novio recién casado, un significado que jamás habían tenido delante del señor obispo.

Alguien bajó la cabeza intentando contenerse. En otra mesa apareció una sonrisa. Dos invitados cruzaron las miradas y ya no pudieron más. La risa comenzó pequeña, casi clandestina, pero se extendió con una rapidez imposible de contener. Porque el ofrecimiento era formidable: si al recién casado le faltaban las fuerzas para cumplir su función, allí estaban todos, uno a uno, prestos para ayudarlo.

La carcajada estalló.

Tijeras tardó algunos segundos en comprender. Permanecía solemne dentro de su frac, quizá preguntándose qué parte de una frase que había provocado aplausos frente al obispo estaba causando semejante desorden aquella noche. Los invitados, en cambio, habían comprendido perfectamente. Y mientras más intentaba el maestro conservar la dignidad, más imposible resultaba detener la risa.

Sólo había una persona en todo el salón que no encontraba absolutamente ninguna gracia.

El novio.

Al principio miró alrededor intentando entender por qué todos reían. Cuando entendió, su cara cambió. Aquello de tener a todos los presentes, uno a uno, disponibles para auxiliarlo en el cumplimiento de su función no le pareció una demostración de solidaridad particularmente oportuna en la noche de su boda.

Se levantó.

Tijeras lo vio venir.

Y entonces el hombre que había leído alteros enteros de revistas descubrió que ninguna de ellas explicaba qué debe hacer un orador cuando el homenajeado abandona su mesa dispuesto a arreglar el discurso a guamazos.

Corrió.

El maestro Tijeras atravesó el salón con el frac rentado agitándose detrás de él, mientras el novio iba tras sus pasos y algunos invitados trataban de detenerlo. Otros ya no podían siquiera levantarse de sus sillas de tanta risa. Tijeras esquivaba mesas con una preocupación doble: conservar la integridad física y evitar que aquel hombre enfurecido le destrozara un frac que al día siguiente debía regresar a la capital.

Seguramente la boda tuvo una comida magnífica. La orquesta debió tocar hasta muy entrada la noche. La novia estaría preciosa y las dos familias habrían gastado una fortuna para que todo resultara inolvidable. Pero los pueblos poseen una manera muy particular de escoger aquello que merece sobrevivir, y con el paso de los años nadie recordaba con precisión qué sirvieron en el banquete ni cuál fue la primera pieza que bailaron los novios. Lo que todos podían reconstruir era al maestro Tijeras, elegantísimo dentro de un frac ajeno, corriendo entre las mesas mientras el recién casado intentaba alcanzarlo.

Regresó a su peluquería y siguió siendo el mismo hombre culto, curioso y leído. Los alteros de revistas continuaron creciendo y seguramente durante mucho tiempo no faltó el cliente que, sentado frente al espejo, le preguntara con malicia cuándo sería su próximo discurso. Tijeras debió aprender a reírse también. Al fin y al cabo, un hombre que había leído tantas historias tenía suficiente inteligencia para comprender cuándo él mismo acababa de convertirse en una.

Y quizá ésa fue la mejor historia que contó durante el resto de su vida.

Porque de todo cuanto había leído, estudiado y aprendido, la enseñanza más útil terminó llegando fuera de las páginas, vestida de frac y perseguida a guamazos alrededor de unas mesas. El maestro Tijeras descubrió que las palabras se parecen mucho a las herramientas de su oficio: no basta con que sean buenas; hay que saber cuándo, cómo y dónde utilizarlas. Una frase capaz de conmover a un obispo puede provocar una carcajada en una boda y despertar, de paso, las peores intenciones del novio.

Por eso, durante muchos años, cuando alguien del pueblo era invitado a pronunciar unas palabras y decía muy confiado que ya tenía preparado algo que podía servir para cualquier ocasión, siempre aparecía quien recordaba aquella boda.

No hacía falta explicar demasiado.

Bastaba mencionar al maestro Tijeras.

Porque desde aquella noche quedó demostrada una regla que ninguna escuela de oratoria habría podido enseñar con tanta eficacia:

en esta vida siempre hay que tener, por lo menos, dos discursos.

 

 

 

(By Notas de Libertad).

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