


- LA LEYENDA 91
/… EL PAÍS DONDE LA REALIDAD COMENZÓ A VOLVERSE IRRECONOCIBLE
Crónica de un México donde las palabras empezaron a caminar más rápido que los hechos; de una nación donde el poder aprendió a construir certezas mientras la vida cotidiana seguía sembrando incertidumbres; de ciudadanos que dejaron de preguntarse quién gobernaba para comenzar a preguntarse qué país habitaban realmente; y de una época donde la mayor oscuridad ya no consiste en la crisis, sino en la lenta desaparición de un territorio común donde todos podamos reconocer la misma realidad.
CUANDO EL PAÍS COMENZÓ A PERDER SU REFLEJO
Hay tragedias que llegan haciendo ruido. Se anuncian con sirenas, incendios, terremotos, disparos o multitudes corriendo. Nadie necesita explicar que algo terrible está ocurriendo porque el miedo habla antes que las palabras. Pero existen otras desgracias mucho más silenciosas. No derriban edificios ni llenan los hospitales. Se instalan lentamente en la conciencia de una sociedad hasta el punto de que un día descubrimos que seguimos caminando por las mismas calles, saludando a los mismos vecinos y mirando las mismas montañas, aunque el país que creemos habitar ya no sea exactamente el mismo.
No desaparecieron las ciudades.
Desapareció la certeza.
Comenzó a ocurrir algo extraño. Cada mañana aparecía una nueva explicación del país. Cada tarde surgía otra distinta. Cada noche alguien aseguraba poseer la única versión verdadera de México. Y mientras los discursos crecían como árboles después de la lluvia, el ciudadano empezó a experimentar una sensación que resulta mucho más inquietante que cualquier mala noticia: dejó de saber cuál de todas aquellas versiones se parecía realmente a la vida que encontraba cuando cerraba la puerta de su casa.
Porque un país empieza a perderse mucho antes de perder el rumbo.
Comienza a perderse cuando ya nadie consigue reconocer con claridad el paisaje que pisa.
EL DÍA EN QUE LAS PALABRAS COMENZARON A SUSTITUIR A LA REALIDAD
Toda nación necesita esperanza. Ningún pueblo puede sobrevivir únicamente alimentándose de malas noticias. Los gobiernos están obligados a ofrecer rumbo, confianza y futuro. Pero existe un momento delicado en la vida de las sociedades: aquel en que las palabras dejan de describir la realidad e intentan reemplazarla.
Entonces ocurre una fractura invisible.
La familia que sigue ajustando el gasto escucha prosperidad. El comerciante que observa disminuir sus ventas escucha crecimiento. El joven que no encuentra oportunidades escucha futuro. La madre que sigue esperando una consulta escucha transformación. El vecino que continúa mirando con desconfianza la calle al caer la noche escucha tranquilidad. Nadie niega que puedan existir avances. Lo que comienza a romperse es otra cosa: la posibilidad de que la experiencia cotidiana y el discurso oficial habiten el mismo territorio.
Y cuando esa distancia crece demasiado, el ciudadano ya no discute cifras.
Empieza a desconfiar de las palabras.
Ésa es una de las grietas más profundas que puede abrirse dentro de una democracia. Porque la confianza no desaparece de un día para otro. Se desgasta lentamente. Se erosiona cada vez que una promesa no consigue encontrarse con la vida diaria. Se vuelve más frágil cuando el relato parece caminar por un país distinto del que millones de personas experimentan todos los días.
No hace falta que aparezca una gran crisis.
Basta con que la realidad y el lenguaje dejen de caminar juntos.
LA OSCURIDAD MÁS PELIGROSA
Las naciones sobreviven a las recesiones, a los cambios de gobierno, a las derrotas electorales, incluso a las grandes tragedias naturales. La historia demuestra que los pueblos poseen una extraordinaria capacidad para levantarse cuando todavía saben dónde quedó la verdad. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando esa verdad deja de ser un punto de encuentro y se transforma en un territorio dividido.
Entonces ya no importa únicamente qué ocurre.
Importa quién lo cuenta.
Las noticias dejan de evaluarse por su contenido y comienzan a medirse por el lugar desde donde fueron pronunciadas. La evidencia deja de convencer. La desconfianza ocupa su lugar. Cada dato necesita una sospecha. Cada explicación encuentra inmediatamente otra explicación. Poco a poco el país deja de discutir los hechos para comenzar a discutir la existencia misma de los hechos.
Ésa es la niebla más espesa que puede envolver a una sociedad.
No aquella donde nadie sabe hacia dónde caminar.
Sino aquella donde nadie está completamente seguro de estar viendo el mismo horizonte que los demás.
Y cuando un pueblo llega a ese punto, la oscuridad ya no proviene solamente de la violencia, de la pobreza, de la corrupción o de la incertidumbre económica. Proviene de un lugar mucho más profundo: la lenta desaparición de una realidad compartida.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, mirando a un México que parece avanzar entre dos espejos enfrentados, donde cada reflejo acusa al otro de ser una mentira y donde millones de ciudadanos permanecen en medio intentando reconocer el rostro de su propio país. Me pregunto si la mayor amenaza de nuestro tiempo no será aquello que todavía podemos medir, corregir o cambiar, sino ese instante casi imperceptible en que una nación deja de confiar en lo que ve y comienza a depender únicamente de quien se lo cuenta. Porque los países rara vez se extravían el día en que aparece la primera mentira. Comienzan a perderse cuando la verdad deja de tener un lugar donde todos puedan volver a encontrarla.
(By Notas de Libertad).

Índice de Contenido
/… LA LEYENDA 91
BIENVENIDA
CUANDO EL PAÍS COMENZÓ A CANSAR A SU PROPIA GENTE
Crónica de ese desgaste que no aparece en los diagnósticos económicos ni en los informes de gobierno; de millones de mexicanos que cada mañana siguen levantándose para cumplir con la vida, pero que poco a poco han comenzado a descubrir que el peso más difícil ya no es el del trabajo, sino el de la incertidumbre; y de una nación donde el verdadero riesgo no consiste únicamente en perder la confianza, sino en agotar silenciosamente la fuerza interior de quienes todavía sostienen al país con su esfuerzo cotidiano.
(By Notas de Libertad).
————————————————————————
- OPERACIÓN W…Podcast.
/… JUAN CARLOS ROMERO HICKS: EL PANISTA QUE SIGUE CREYENDO QUE LA POLÍTICA DEBE FORMAR CIUDADANOS
Desde la crisis que atraviesan los partidos políticos hasta la necesidad de reconstruir la confianza ciudadana; de la educación como el instrumento más poderoso para transformar una sociedad a la obligación de pensar gobiernos con visión de largo plazo; de su experiencia como rector universitario, gobernador, legislador y servidor público a su decisión de seguir participando en la vida política de Guanajuato, Juan Carlos Romero Hicks sostiene que México necesita recuperar la política entendida como servicio, porque ninguna democracia puede fortalecerse cuando los ciudadanos dejan de creer en sus instituciones y los partidos olvidan la razón por la que nacieron.
Video Crónica.
(By Notas de Libertad).
————————————————————————
-Pláticas con el Licenciado 1
/… EL HOMBRE QUE NUNCA DEJÓ DE PERTENECER A SAN PANCHO
La historia de Mayo del Moral Vázquez, un muchacho que descubrió demasiado pronto que la vida podía cambiar en un solo día; del hombre que encontró en el trabajo una forma de honrar la memoria de sus padres; del empresario que entendió que emprender significaba abrir camino para otros; del ciudadano que jamás dejó de sentirse parte de San Francisco del Rincón; y de una existencia que, al acercarse a los noventa años, demuestra que las grandes vidas no se miden únicamente por lo que construyen, sino por el cariño, la confianza y la gratitud que dejan sembrados en quienes caminaron a su lado.
(By operación W).
————————————————————————
-Agenda del Poder:
/… EL AVISO INOPORTUNO:
La nueva Ley de Telecomunicaciones produjo un fenómeno bastante curioso. En cuestión de días dejó de importar lo que decía el articulado y comenzó a importar una sola cosa: si usted estaba dispuesto o no a creerle al gobierno cuando aseguraba que no censuraría a nadie. Sobre quienes consideran que ésa era exactamente la discusión que debía provocar una ley, prefiero no discutir.
Lo malo de convertir una ley en un acto de fe es que los milagros no se publican en el Diario Oficial. Se publican las facultades. Y mientras unos pedían leer el texto, otros pedían creer en las intenciones. Ahí fue donde el debate cambió de ventanilla.
Porque, al final, el poder terminó pidiendo exactamente aquello que más trabajo le cuesta conseguir: confianza. No bastaba con aprobar la ley; ahora también había que creer que jamás sería utilizada de una manera distinta a la prometida. Ése sí resultó un requisito novedoso. Antes bastaba con leer las leyes; ahora parece que también habrá que rezarlas.
Y como decía un viejo periodista: nunca había visto una ley salir rodeada de tantos abogados defensores… cualquiera diría que, antes de entrar al Diario Oficial, primero tenía que rendir declaración ante el Ministerio Público.
(By operación W).
/...Agenda en Corto
1.- MUCHOS ASPIRANTES. NINGÚN LIDERAZGO.
El proceso del PAN para designar a la Persona Defensora de la Patria, la Familia y la Libertad en San Miguel de Allende dejó una primera fotografía que merece leerse con atención. No porque falten participantes. Al contrario. Hay perfiles de distintas generaciones, trayectorias diversas, un regidor en funciones, una exdirigente priista, empresarios, militantes históricos y operadores territoriales. Lo que sorprende no es la cantidad de nombres. Lo que sorprende es la ausencia de un liderazgo capaz de provocar que los demás simplemente acepten que llegó su momento.
2.- LOS PARTIDOS TAMBIÉN TIENEN DERECHO A MADURAR
Durante años, Morena en Guanajuato tuvo una tarea muy clara: crecer. Para lograrlo abrió sus puertas a liderazgos provenientes de otras fuerzas políticas, recibió a personajes con experiencia electoral y entendió que la construcción de un partido también exige sumar capacidades. Aquella etapa cumplió su propósito. Hoy, sin embargo, el movimiento enfrenta una pregunta completamente distinta: ¿ha llegado el momento de confiar en los cuadros que nacieron dentro de Morena?
3.- EL PRIMER DOMINÓ YA EMPEZÓ A CAER
Mientras Morena comienza a mover sus piezas rumbo a la elección municipal de San Miguel de Allende, otro cambio empieza a tomar forma lejos de los reflectores. Si Ricardo Ferro Baeza solicita licencia para buscar la Presidencia Municipal, el relevo en la diputación local del Distrito IX ya tiene nombre. En política, las candidaturas nunca llegan solas; casi siempre arrastran consecuencias que terminan modificando todo el tablero.
4.- LOS CANDIDATOS NO NACEN EL AÑO DE LA ELECCIÓN
Hay políticos que aparecen seis meses antes de las campañas. Otros llevan años sembrando el terreno donde algún día pedirán el voto. La diferencia suele ser sencilla de explicar: los primeros necesitan propaganda para que la gente recuerde su nombre; los segundos llegan al proceso cuando la gente ya sabe quiénes son. En Apaseo el Grande comienza a dibujarse uno de esos casos.
5.- YULMA PRESIDE. ALEJANDRA DECIDE.
Movimiento Ciudadano en Guanajuato cambió de presidenta, pero no necesariamente de mando. La llegada de Yulma Rocha a la presidencia estatal dejó satisfechos a unos, inconformes a otros y abrió una discusión que desde hace días recorre los cafés políticos del estado: ¿quién tomó realmente el control del partido naranja? Porque una cosa es ocupar la presidencia y otra muy distinta construir el equipo que administrará el poder interno.
(By Operación W).
——————————————————————————————
/...Agenda del Poder
/…1.- EL ZOOLÓGICO DE LEÓN YA NO PUEDE VIVIR DE EXPLICACIONES
La muerte de Oldie, la eutanasia de un bisonte, el antecedente de los muflones y otros episodios recientes dejaron de ser hechos aislados. El verdadero debate ya no gira alrededor de un animal en particular, sino de la capacidad de la administración del Zoológico de León para impedir que las crisis comiencen a convertirse en una rutina.
/…2.- EL TESORERO NO GOBERNABA SOLO
Apaseo el Alto ya tiene un extesorero detenido y un proceso penal en marcha. Lo que todavía no tiene es una explicación convincente. Porque cuando un presunto desfalco alcanza semejante dimensión, la discusión deja de centrarse únicamente en un funcionario y comienza a girar alrededor de la fortaleza —o la fragilidad— de todo el sistema de vigilancia del gobierno municipal.
/…3.- EL TREN QUE CADA AMANECER LE PASA LA CUENTA A MÉXICO
Hay obras públicas que necesitan tiempo para demostrar su utilidad. Eso nadie lo discute. Los aeropuertos, las presas, los puertos y las carreteras suelen tardar años en alcanzar su madurez. Pero una cosa es conceder tiempo para consolidar un proyecto y otra muy distinta aceptar que el paso del tiempo sustituya a la rendición de cuentas. El Tren Maya dejó hace mucho de ser una promesa de campaña. Hoy es una empresa pública que consume recursos públicos todos los días. Y cuando una obra comienza a exigir miles de millones adicionales para mantenerse de pie, el debate deja de ser ideológico. Se convierte en una obligación elemental de cualquier democracia: preguntar cuánto cuesta, quién lo paga y hasta cuándo podrá sostenerse.
/…4.- LA PRIMERA GRAN REPROBADA
Durante décadas, la Universidad Nacional Autónoma de México enseñó que un examen debía cumplir una condición elemental: ser confiable. Miles de jóvenes aceptaban un resultado adverso porque sabían que detrás de aquella calificación existía una institución cuya autoridad académica era incuestionable. El prestigio de la UNAM nunca descansó únicamente en sus aulas, en sus investigadores o en su historia; descansó, sobre todo, en la certeza de que sus decisiones podían ser discutidas, pero difícilmente podían ser puestas en duda. Esa convicción recibió uno de los golpes más severos de los últimos años. Lo ocurrido con el proceso de admisión de 2026 dejó de ser un problema tecnológico desde el momento en que la Universidad comenzó a responder preguntas que nunca antes había tenido que contestar.
/…5.- CUANDO HABLÓ UNO DE LOS ARQUITECTOS
Los países suelen acostumbrarse a que las críticas económicas provengan de la oposición, de los adversarios políticos o de quienes nunca estuvieron cerca de las decisiones de gobierno. Por eso ciertas voces poseen un peso distinto. No porque sean infalibles, sino porque conocen desde dentro los pasillos donde se construyen las políticas públicas. Cuando uno de los arquitectos del sistema económico mexicano decide advertir que el país corre el riesgo de sustituir el diagnóstico por la narrativa, la discusión deja de ser un intercambio de opiniones. Se convierte en una llamada de atención sobre la manera en que el poder comienza a relacionarse con la verdad.
/…6.- EL BOBO MADRIGAL, EL ÚLTIMO BOHEMIO DEL FÚTBOL MEXICANO
Hubo una época en que el fútbol mexicano todavía se parecía a México. Los ídolos viajaban en autobús, saludaban por su nombre al vendedor de periódicos, se detenían a platicar con cualquiera y podían aparecer lo mismo en una cancha de tierra que sentado frente a una mesa de cantina. Eran futbolistas, sí, pero antes de eso eran personajes. Ninguno tan inolvidable como Alfonso “El Bobo” Madrigal, un hombre que jamás necesitó levantar una copa para convertirse en leyenda y que hizo del Pachuca su única camiseta y de la Segunda División el escenario perfecto para escribir una historia que todavía hoy se sigue contando con una sonrisa..
(By Operación W).
————————————————————————-
-Alimento para el alma.
“INVICTUS”
De: William Ernest HENLEY
Sobre el poema:
INVICTUS
Cuando el ser humano descubre que hay derrotas capaces de destruir el cuerpo, pero ninguna suficientemente grande para derrotar un espíritu que ha decidido permanecer de pie
Sobre el autor:
WILLIAM ERNEST HENLEY: EL HOMBRE QUE ENCONTRÓ EN LA ADVERSIDAD LA MATERIA DE SU POESÍA
Mucho antes de que Invictus se convirtiera en uno de los poemas más citados del mundo, William Ernest Henley había aprendido que la vida podía arrebatar la salud, la tranquilidad y las certezas, pero difícilmente podía vencer a quien decidiera conservar intacta su voluntad. Su obra nació de esa convicción y convirtió la resistencia humana en una de las voces más firmes de la literatura inglesa del siglo XIX.
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Fenete
(By Notas de Libertad).
————————————————————————-
- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… SALAMANCA: EL LUGAR DONDE LOS SUEÑOS TAMBIÉN TIENEN SABOR
Acompañar a Anselmo Conejo por Salamanca fue mucho más que realizar un recorrido por una ciudad. Fue descubrir la profunda relación que un hombre puede llegar a construir con la tierra donde nació. Cada conversación, cada paso y cada historia terminaron revelando el afecto de quien no solamente conoce sus calles, sino que también conserva intacta la ilusión de verla crecer y transformarse. Bajo esa mirada recorrimos algunos de los rincones más representativos de Salamanca, convencidos de que la mejor manera de entender una comunidad es escuchar primero a quienes nunca han dejado de creer en ella.
Video Crónica
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
————————————————————————
-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 2 de agosto al sábado 8 de agosto.
Santoral
AGOSTO COMIENZA ENTRE ALTARES, CAMPANAS Y NOMBRES CONOCIDOS
Agosto abre sus primeros días con un santoral particularmente cercano a la vida cotidiana. No hace falta buscar demasiado para…
Efemérides Nacionales e Internacionales
CUANDO EL CALENDARIO ABRE LAS PUERTAS DEL TIEMPO
Hay fechas que parecen haber reunido, por alguna extraña coincidencia, personajes y acontecimientos que nunca imaginaríamos encontrar en…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
CUANDO EL CALENDARIO NOS OBLIGA A MIRAR LO QUE CASI NUNCA MIRAMOS
Hay días que llegan cargados de ceremonias y otros que pasan sin hacer ruido, pero basta detenerse frente al calendario para…
(By Notas de Libertad).
————————————————————————-
-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… VICENTICO: LA VOZ IMPERFECTA QUE TERMINÓ SONANDO PERFECTAMENTE HUMANA
Entre la furia festiva de Los Fabulosos Cadillacs y la intimidad de una carrera en solitario que encontró otra manera de conmover, Gabriel Fernández Capello hizo de su voz quebrada una identidad y construyó canciones para bailar, resistir, enamorarse y acompañar esas noches en que hasta la tristeza necesita música
*Con un click escucha: *Lo Mejor De Vicentico (PlayList).
(By Notas de Libertad).
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
/… ANDRÉS CALAMARO: TODAS LAS VIDAS QUE CABEN DENTRO DE UNA CANCIÓN
Entre Buenos Aires y Madrid, entre Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez, entre el músico que podía escribir canciones casi compulsivamente y el hombre que convirtió sus amores, excesos, pérdidas y contradicciones en materia musical, Calamaro construyó una obra donde el rock aprendió a convivir con el tango, la rumba y la vieja necesidad de cantar aquello que uno no sabe decir hablando
*Con un click escucha: *CALAMARO LO MEJOR (PlayList).
(By Notas de Libertad).
————————————————————————-
¿Qué leer esta semana?
House of Cards (La casa de cartas).
De: Michael Dobbs
Resumen:
HOUSE OF CARDS
El hombre que aprendió a convertir los secretos, las debilidades y las traiciones de Westminster en los peldaños de una escalera hacia Downing Street, hasta descubrir que cuando la ambición ya no reconoce límites, el poder termina exigiendo mucho más que lealtades y votos
Sobre el autor:
MICHAEL DOBBS: EL NOVELISTA QUE APRENDIÓ A ESCUCHAR LO QUE EL PODER DICE CUANDO CIERRA LA PUERTA
Una vida repartida entre la política británica, la comunicación y la literatura convirtió al creador de House of Cards en un narrador excepcional de la ambición, los secretos y las debilidades humanas que sobreviven detrás de los grandes cargos
(By Notas de Libertad).
————————————————————————-
-Pláticas con el Licenciado 2.
/… NICARAGUA: LA REVOLUCIÓN QUE UN DÍA PROMETIÓ CAMBIAR LA HISTORIA Y TERMINÓ CAMBIANDO DE ROSTRO
De Sandino y el largo dominio de los Somoza al nacimiento de una generación que convirtió la rebeldía en revolución; de Carlos Fonseca, Tomás Borge y quienes levantaron el Frente a la insurrección que reunió guerrilleros, estudiantes, campesinos, sacerdotes, empresarios, intelectuales y ciudadanos hasta derribar una dictadura; de la celebración de 1979 a la guerra de los años ochenta, las urnas que apartaron al sandinismo del gobierno y los pactos que prepararon su regreso; y de la vuelta de Daniel Ortega a la construcción de un poder compartido con Rosario Murillo que fue cerrando espacios, expulsando adversarios y modificando las reglas hasta colocar a Nicaragua, casi medio siglo después de aquella victoria, frente a la vieja pregunta que creyó haber resuelto para siempre: quién decide cuándo debe terminar el poder.
(By operación W).

CUANDO EL PAÍS COMENZÓ A CANSAR A SU PROPIA GENTE
Crónica de ese desgaste que no aparece en los diagnósticos económicos ni en los informes de gobierno; de millones de mexicanos que cada mañana siguen levantándose para cumplir con la vida, pero que poco a poco han comenzado a descubrir que el peso más difícil ya no es el del trabajo, sino el de la incertidumbre; y de una nación donde el verdadero riesgo no consiste únicamente en perder la confianza, sino en agotar silenciosamente la fuerza interior de quienes todavía sostienen al país con su esfuerzo cotidiano.
HAY CANSANCIOS QUE NO SE CURAN DURMIENDO
Hay fatigas que desaparecen después de una buena noche de descanso. El cuerpo recupera el aliento, los músculos dejan de doler y el día siguiente ofrece la posibilidad de comenzar otra vez. Pero existen otros cansancios mucho más profundos. No nacen del esfuerzo físico ni de las largas jornadas de trabajo. Se instalan lentamente en el ánimo de una sociedad hasta convertir la esperanza en una tarea pesada y el futuro en una pregunta que cada vez cuesta más formular.
Ese cansancio no hace ruido.
No ocupa las primeras planas.
No provoca manifestaciones multitudinarias.
Simplemente comienza a acompañar a la gente mientras abre su negocio, mientras conduce hacia el trabajo, mientras espera una consulta médica, mientras hace cuentas para terminar el mes, mientras observa a sus hijos dormir preguntándose si la vida que ellos encontrarán será realmente mejor que la suya.
México siempre ha sido un país acostumbrado a luchar. Ha sobrevivido a crisis económicas, terremotos, epidemias, violencia, devaluaciones y profundas divisiones políticas. Su historia está llena de generaciones que aprendieron a levantarse cuando todo parecía perdido. Pero hay algo diferente en el desgaste de nuestro tiempo. No se parece al miedo de las grandes tragedias. Se parece más a la lenta acumulación de pequeñas incertidumbres que nunca terminan de irse y que obligan a vivir permanentemente en estado de alerta.
No es una sola preocupación.
Son todas al mismo tiempo.
LA VIDA QUE COMENZÓ A PESAR MÁS DE LO QUE DEBERÍA
Hay una madre que ya no recuerda cuándo dejó de comprar algunas cosas porque simplemente dejaron de caber en el presupuesto. Hay un comerciante que abre todos los días con la esperanza de vender un poco más que ayer y cierra preguntándose cuánto tiempo podrá seguir resistiendo. Hay jóvenes que estudian, trabajan y se preparan, pero descubren que el camino hacia una vida mejor parece alejarse a la misma velocidad con la que ellos avanzan. Hay adultos mayores que hicieron todo lo que su generación consideró correcto y aun así miran el porvenir con una preocupación que nunca imaginaron tener a esa edad.
Ninguna de esas historias aparece completa en una estadística.
Pero juntas forman el retrato de un país.
El ciudadano sigue cumpliendo. Sigue pagando impuestos. Sigue trabajando. Sigue levantándose antes de que amanezca. Sigue creyendo que la responsabilidad personal importa. Sin embargo, comienza a sentir que cada esfuerzo necesita producir el doble para obtener la mitad de tranquilidad. Y cuando esa sensación se prolonga durante demasiado tiempo, el desgaste deja de ser económico o emocional. Empieza a convertirse en una forma de vivir.
Ése es uno de los mayores peligros para cualquier nación.
No cuando la gente deja de trabajar.
Sino cuando trabaja sin encontrar un horizonte que le devuelva sentido al sacrificio.
EL ÚLTIMO PATRIMONIO DE UNA NACIÓN
Los países no se sostienen únicamente con carreteras, inversiones, presupuestos o instituciones. Se sostienen, sobre todo, con la energía silenciosa de millones de personas convencidas de que vale la pena seguir intentándolo. Cada pequeño negocio que abre sus puertas, cada estudiante que permanece en el aula, cada agricultor que vuelve a sembrar después de una mala cosecha, cada padre o madre que continúa apostando por el futuro de sus hijos representa un acto de confianza en la posibilidad de un mañana mejor.
Cuando esa fuerza comienza a agotarse, el deterioro tarda en hacerse visible. Las ciudades continúan llenas. Las fábricas siguen funcionando. Los mercados abren cada mañana. Todo parece conservar la normalidad. Pero debajo de esa apariencia empieza a crecer una sociedad emocionalmente exhausta, donde la resignación corre el riesgo de ocupar el lugar que antes pertenecía a la ilusión.
Y una nación resignada es infinitamente más vulnerable que una nación enojada.
El enojo todavía lucha.
La resignación deja de esperar.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, mirando a un México que continúa levantándose todos los días con una dignidad admirable, pero que también comienza a cargar un peso que no siempre alcanza a verse. Me pregunto cuánto tiempo puede una sociedad caminar sosteniendo sobre los hombros la incertidumbre, la preocupación y el desgaste sin que algo termine rompiéndose por dentro. Porque las grandes crisis rara vez comienzan el día en que faltan las fuerzas. Empiezan mucho antes, cuando hombres y mujeres extraordinariamente resistentes empiezan a convencerse de que resistir será, quizá, lo único que les quede por hacer.
(By Notas de Libertad).




-Operación W... Podcast
/… JUAN CARLOS ROMERO HICKS: EL PANISTA QUE SIGUE CREYENDO QUE LA POLÍTICA DEBE FORMAR CIUDADANOS




Desde la crisis que atraviesan los partidos políticos hasta la necesidad de reconstruir la confianza ciudadana; de la educación como el instrumento más poderoso para transformar una sociedad a la obligación de pensar gobiernos con visión de largo plazo; de su experiencia como rector universitario, gobernador, legislador y servidor público a su decisión de seguir participando en la vida política de Guanajuato, Juan Carlos Romero Hicks sostiene que México necesita recuperar la política entendida como servicio, porque ninguna democracia puede fortalecerse cuando los ciudadanos dejan de creer en sus instituciones y los partidos olvidan la razón por la que nacieron.
EL PARTIDO QUE OLVIDÓ POR QUÉ HABÍA NACIDO
Juan Carlos Romero Hicks no comenzó la entrevista hablando de candidaturas ni de procesos internos. Comenzó hablando de una crisis. Lo hizo con una afirmación que marcó el tono de toda la conversación: todos los partidos políticos viven un momento difícil y quien pretenda negarlo simplemente está dejando de mirar la realidad. Desde esa premisa construyó una reflexión que fue mucho más allá de Acción Nacional y terminó convirtiéndose en un análisis sobre el desgaste que hoy enfrenta la política mexicana.
Para el ex gobernador de Guanajuato, Acción Nacional nació desde la ciudadanía y no desde el poder. Recordó que su origen no estuvo en la búsqueda de cargos públicos, sino en la formación de ciudadanos comprometidos con la vida democrática. Sin embargo, con el paso de los años, esa vocación comenzó a diluirse conforme los partidos fueron privilegiando la competencia electoral sobre la formación política, la construcción de liderazgos y el contacto permanente con la sociedad. Desde su perspectiva, el PAN necesita recuperar humildad, revisar su identidad y volver a preguntarse qué significa hoy para los jóvenes, los trabajadores, los empresarios, los estudiantes y las familias mexicanas.
Romero Hicks recordó también su propia llegada a Acción Nacional después de haber encabezado la Universidad de Guanajuato. Explicó que su incorporación respondió a una coincidencia de principios y no a una ambición personal de poder. Aquella transición, dijo, significó pasar de una institución donde la pluralidad constituye una condición indispensable a un espacio donde debía demostrar que era posible ejercer la política sin abandonar los valores aprendidos durante su vida académica. Esa experiencia terminó definiendo la forma en que posteriormente entendió el servicio público: gobernar para todos y no solamente para quienes votaron por un determinado partido.
GOBERNAR ES MIRAR MÁS LEJOS QUE LA SIGUIENTE ELECCIÓN
La conversación avanzó entonces hacia uno de los temas que mejor identifica la trayectoria de Juan Carlos Romero Hicks: la educación como herramienta para transformar una sociedad. Al recordar su paso por la Universidad de Guanajuato, por la gubernatura del estado, por el Senado de la República y por organismos nacionales relacionados con la ciencia y la tecnología, sostuvo que los gobiernos suelen cometer un error frecuente: pensar únicamente en el siguiente proceso electoral cuando deberían estar construyendo condiciones para las próximas generaciones.
Explicó que las mejores decisiones públicas casi nunca producen resultados inmediatos. Algunas requieren años para demostrar su utilidad y otras solamente pueden valorarse cuando el tiempo confirma que fueron capaces de fortalecer instituciones, mejorar las finanzas públicas o preparar mejores condiciones para el desarrollo económico y social. Desde esa lógica defendió la importancia de planear con visión de largo plazo, evitando que cada administración comience nuevamente desde cero.
Uno de los aspectos que mayor énfasis recibió durante la entrevista fue el papel de la ciencia y la innovación. Romero Hicks recordó la capacidad instalada que posee Guanajuato en universidades y centros de investigación, insistiendo en que los grandes desafíos del presente —como el agua, la energía, la seguridad, la salud, el cambio climático o la competitividad— difícilmente podrán resolverse sin conocimiento especializado. Para él, la política debe aprender a escuchar mucho más a las instituciones académicas y científicas si realmente pretende ofrecer soluciones duraderas.
Durante esta parte de la conversación también habló sobre distintos momentos de su administración estatal. Más que detenerse en obras específicas, explicó que siempre procuró fortalecer las instituciones, ordenar las finanzas públicas y dejar mecanismos que permitieran dar continuidad a los proyectos estratégicos del estado. Gobernar, insistió, significa pensar mucho más allá del tiempo que dura un cargo público.
LA DEMOCRACIA TAMBIÉN NECESITA PERSONAS DISPUESTAS A DEFENDERLA
En el último tramo de la entrevista, Juan Carlos Romero Hicks explicó por qué decidió participar nuevamente en la vida interna de Acción Nacional dentro del proceso que actualmente desarrolla el partido en Guanajuato. Señaló que su propósito consiste en fortalecer la organización, impulsar nuevos liderazgos y contribuir a recuperar la confianza ciudadana. Afirmó que ningún cargo público puede entenderse como un privilegio personal y que toda responsabilidad adquiere sentido únicamente cuando sirve para mejorar la vida de las personas.
La conversación abordó también el caso del ex gobernador de Baja California, Ernesto Ruffo Appel. Romero Hicks expresó abiertamente su respaldo al político panista y manifestó preocupación por el respeto al debido proceso, la autonomía de las fiscalías y la independencia del Poder Judicial. Consideró que la democracia solamente puede sostenerse cuando las instituciones actúan con imparcialidad y cuando las diferencias políticas no terminan convirtiéndose en instrumentos de persecución.
Al concluir, regresó a la idea que había acompañado toda la entrevista: la política necesita recuperar la capacidad de escuchar. Sostuvo que los partidos deben volver a formar ciudadanos antes que estructuras electorales, los gobiernos deben gobernar para todos y las instituciones tienen la obligación de pensar en el futuro antes que en la siguiente elección. Más que una conversación sobre coyunturas, Operación W terminó ofreciendo una reflexión sobre el papel que todavía puede desempeñar la política cuando decide volver a colocar al ciudadano en el centro de todas sus decisiones.
Video Crónica.





/… EL HOMBRE QUE NUNCA DEJÓ DE PERTENECER A SAN PANCHO
La historia de Mayo del Moral Vázquez, un muchacho que descubrió demasiado pronto que la vida podía cambiar en un solo día; del hombre que encontró en el trabajo una forma de honrar la memoria de sus padres; del empresario que entendió que emprender significaba abrir camino para otros; del ciudadano que jamás dejó de sentirse parte de San Francisco del Rincón; y de una existencia que, al acercarse a los noventa años, demuestra que las grandes vidas no se miden únicamente por lo que construyen, sino por el cariño, la confianza y la gratitud que dejan sembrados en quienes caminaron a su lado.
CUANDO LA VIDA LE PIDIÓ DEJAR DE SER NIÑO
LA CALLEJUELA PRIMERO DE MAYO
Toda gran historia tiene un punto de partida que casi nunca aparece en los reconocimientos ni en las fotografías. La de Mayo del Moral Vázquez comenzó en la Callejuela Primero de Mayo, en aquel San Francisco del Rincón donde las calles todavía conservaban el ritmo sereno de los pueblos que aprendían a crecer sin renunciar a su identidad. Era una ciudad donde el trabajo comenzaba antes de que amaneciera, donde los vecinos se conocían por su nombre y donde las familias entendían que el prestigio no se heredaba: se conquistaba con años de esfuerzo, de palabra cumplida y de respeto por los demás.
En ese ambiente transcurrieron sus primeros años, rodeado del ejemplo de sus padres, Jesús del Moral Barajas y Ester Vázquez León, quienes hicieron de la honestidad una forma cotidiana de vivir. En aquella casa no abundaban los discursos sobre el deber ni las grandes lecciones pronunciadas alrededor de la mesa. Bastaba observar la disciplina con la que enfrentaban cada jornada para comprender que el trabajo dignificaba, que la familia siempre debía permanecer unida y que ningún logro tendría verdadero valor si para alcanzarlo era necesario olvidar a los demás.
Aquella infancia estuvo hecha de pequeños momentos que con el paso del tiempo terminarían convirtiéndose en los cimientos de toda una existencia. Las calles del barrio, las conversaciones con los vecinos, el movimiento constante de una ciudad que encontraba en el sombrero una de sus principales formas de vida y la tranquilidad de una comunidad donde todavía era posible crecer entre rostros conocidos fueron formando, casi sin que él lo advirtiera, el carácter de un muchacho profundamente enamorado de su tierra. Mucho antes de imaginar empresas, responsabilidades o reconocimientos, aprendió algo que nunca volvería a abandonar: el privilegio de pertenecer a un lugar también obliga a corresponderle.
EL DÍA QUE LA INFANCIA TERMINÓ DEMASIADO PRONTO
Pero la vida no siempre respeta el ritmo con el que los niños deberían convertirse en hombres. Hay días que llegan sin anunciarse y cambian para siempre el destino de una familia. La muerte de su padre fue uno de ellos. Apenas había comenzado a asomarse a la juventud cuando el hogar quedó envuelto en un silencio que ninguna palabra podía aliviar. De pronto, el futuro dejó de parecer una promesa para convertirse en una incertidumbre compartida.
A los quince años, cuando muchos adolescentes apenas comienzan a descubrir el mundo, Mayo comprendió que la vida acababa de entregarle una responsabilidad que no admitía demora. No hubo tiempo para lamentarse demasiado. Frente al dolor de su madre y a las necesidades de la familia apareció una decisión que marcaría todo lo que vendría después. Sin hacer ruido, sin buscar reconocimiento y sin imaginar siquiera el camino que la vida le tenía reservado, entendió que había llegado el momento de sostener, junto con ella, aquello que su padre había dejado como herencia: no solamente una tienda, sino la dignidad de una familia acostumbrada a salir adelante con su propio esfuerzo.
Hay personas cuya fortaleza nace de una ambición. La de Mayo nació de una ausencia. Fue el vacío que dejó su padre el que terminó revelando el tamaño del carácter que comenzaba a formarse. A veces el destino no escoge a los hombres cuando ya están preparados; los prepara precisamente porque un día los obliga a enfrentar aquello que jamás hubieran querido vivir.
LA PROMESA SILENCIOSA DE SACAR ADELANTE A LOS SUYOS
Junto a su madre comenzó una nueva etapa. La tienda familiar dedicada a la venta de productos para la fabricación del sombrero dejó de ser únicamente un negocio y se convirtió en el lugar donde un muchacho empezó a descubrir el verdadero significado de la responsabilidad. Cada cliente atendido, cada jornada cumplida y cada esfuerzo compartido representaban mucho más que una obligación cotidiana. Eran la manera de mantener viva la obra de su padre y de demostrar que las dificultades no siempre derrotan a quienes deciden enfrentarlas unidos.
Sin saberlo, aquellas largas jornadas estaban formando mucho más que a un futuro empresario. Estaban enseñándole a observar, a escuchar, a comprender las necesidades de la gente y a descubrir oportunidades allí donde otros solamente encontraban problemas. Antes de aprender a dirigir empresas, aprendió a dirigir su propia voluntad. Antes de administrar proyectos, aprendió a administrar la esperanza de una familia. Antes de convertirse en un hombre de negocios, se convirtió en un hijo dispuesto a no dejar sola a su madre cuando más lo necesitaba.
Con el paso de los años llegarían los proyectos, los nuevos caminos, los amigos, las empresas, las instituciones y las responsabilidades públicas. Pero ninguna de esas páginas podría entenderse sin volver primero a aquella tienda y a aquella decisión tomada cuando todavía era demasiado joven para cargar con tanto peso. Porque las vidas que verdaderamente dejan huella casi nunca se construyen a partir del éxito. Se construyen, como la de Mayo del Moral Vázquez, el día en que alguien descubre que el amor también puede expresarse trabajando en silencio para que quienes más quiere jamás pierdan la esperanza.
EL OFICIO DE SOÑAR MIENTRAS SE TRABAJABA
LA ESCUELA QUE NUNCA TUVO PUPITRES
La vida comenzó a enseñarle de una manera distinta. Sus maestros ya no estaban frente a un pizarrón, sino detrás de un mostrador, entre clientes, proveedores, pacas de materiales y largas conversaciones que terminaban convirtiéndose en lecciones de comercio, de prudencia y de confianza. Muy pronto comprendió que un negocio no se sostiene únicamente con mercancías. Se sostiene escuchando, observando y aprendiendo a conocer a las personas.
Cada jornada era diferente. Llegaban fabricantes con necesidades nuevas, hombres preocupados por mejorar la calidad de sus productos y trabajadores que conocían como nadie los secretos de un oficio que había dado identidad a San Francisco del Rincón durante generaciones. Mientras muchos solamente veían una actividad comercial, Mayo comenzaba a descubrir una inmensa red de relaciones humanas donde cada decisión afectaba la vida de muchas familias.
Aquella experiencia despertó en él una curiosidad permanente. No se conformaba con vender. Quería entender por qué un producto funcionaba mejor que otro, qué hacía falta para facilitar el trabajo de los fabricantes y cómo podía resolverse un problema antes de que se convirtiera en obstáculo. Sin proponérselo, estaba formando una manera muy particular de pensar: observar primero, comprender después y actuar solamente cuando encontraba una solución que realmente aportara valor.
CUANDO EL SOMBRERO COMENZÓ A CONTAR OTRA HISTORIA
La industria sombrerera atravesaba una etapa de transformación. Nuevos materiales, nuevos procesos y nuevas necesidades comenzaban a modificar una actividad que durante décadas había definido buena parte de la economía local. Fue entonces cuando apareció una oportunidad que cambiaría el rumbo de su vida: representar comercialmente a don Alfonso Ruiz Víquez en la distribución de lona para la fabricación de sombreros.
Aquella responsabilidad significó mucho más que incorporar un nuevo producto. Le permitió recorrer talleres, conversar con fabricantes, conocer de cerca los cambios que vivía el sector y comprender que toda industria evoluciona cuando alguien se atreve a mirar un poco más lejos que los demás. La lona encontró rápidamente su lugar en la producción y abrió posibilidades que pocos imaginaban. Junto con ella llegaron otros materiales indispensables para el proceso de fabricación, y cada contacto con los clientes ampliaba su conocimiento sobre un mundo donde la innovación nacía muchas veces de escuchar con atención a quienes trabajaban todos los días con las manos.
Mientras algunos veían únicamente un buen momento para vender, él comenzaba a descubrir algo mucho más importante: detrás de cada necesidad existía la posibilidad de construir una respuesta duradera. Aquella forma de pensar terminaría acompañándolo durante toda su vida.
CUANDO LOS HORIZONTES COMENZARON A ENSANCHARSE
Hay personas que encuentran un camino y permanecen en él durante toda su existencia. Otras, en cambio, descubren que cada experiencia puede convertirse en la puerta de una nueva aventura. Mayo pertenecía a estas últimas. Sin prisa, sin estridencias y sin perder nunca la prudencia, empezó a imaginar que el futuro podía ofrecer posibilidades mucho más amplias de las que alcanzaba a ver desde el mostrador de la tienda.
No se trataba de una ambición desmedida ni de un deseo de acumular negocios. Era, sobre todo, una actitud frente a la vida. Cada conversación dejaba una enseñanza. Cada cliente aportaba una idea. Cada dificultad obligaba a buscar soluciones distintas. Poco a poco comenzó a comprender que el crecimiento no depende solamente del tamaño de un proyecto, sino de la capacidad para aprender continuamente y de la disposición para abrirse a nuevos desafíos sin olvidar jamás los principios con los que uno empezó.
Mucho antes de que aparecieran las empresas que llevarían su sello, ya existía el rasgo que terminaría distinguiendo toda su trayectoria: la voluntad permanente de aprender. Porque algunos hombres construyen su destino únicamente con recursos. Otros lo construyen, sobre todo, con la curiosidad de quien nunca deja de hacer preguntas. Fue precisamente esa inquietud silenciosa la que empezó a dibujar el siguiente capítulo de una vida que apenas comenzaba a desplegar todo lo que todavía llevaba dentro.
HAY CAMINOS QUE SOLAMENTE PUEDEN RECORRERSE ACOMPAÑADOS
LA CONFIANZA FUE SIEMPRE EL PRIMER PATRIMONIO
Existen personas que miden la riqueza por lo que poseen. Otras aprenden muy pronto que el patrimonio más difícil de reunir no cabe en una cuenta bancaria. Se construye lentamente, conversación tras conversación, promesa tras promesa, hasta convertirse en algo que ningún mercado puede comprar: la confianza de los demás. Ése fue uno de los mayores capitales de Mayo del Moral Vázquez. Mucho antes de consolidar proyectos, comprendió que la credibilidad se gana cumpliendo la palabra incluso cuando nadie la exige por escrito.
En aquellos años, el valor de un hombre no se calculaba únicamente por lo que sabía hacer, sino por la certeza de que respondería cuando llegaran los momentos difíciles. Esa reputación fue creciendo con él. Quienes lo trataban encontraban a una persona que escuchaba antes de decidir, que prefería el acuerdo al enfrentamiento y que entendía que ninguna relación duradera podía construirse sobre ventajas pasajeras. Esa manera de conducirse fue abriendo puertas que no se abrían con dinero, sino con prestigio, respeto y reciprocidad.
Con el tiempo descubriría que los negocios podían cambiar, los mercados transformarse y las circunstancias modificar cualquier plan. Lo único que verdaderamente permanecía era el nombre de una persona. Cuidarlo se convirtió en una convicción que jamás abandonó y que terminaría acompañándolo durante toda su vida.
LAS PERSONAS QUE DIERON FUERZA A CADA ETAPA DE SU VIDA
Ninguna existencia importante se escribe en solitario. Siempre aparecen rostros que llegan para compartir los días luminosos y también aquellos en los que las respuestas parecen esconderse. Mayo tuvo la fortuna de encontrar a muchas de esas personas a lo largo de su camino. Algunas llegaron como compañeros de trabajo, otras como colaboradores, otras como socios y muchas terminaron ocupando un lugar definitivo dentro de su historia personal.
Con especial gratitud recordaría a hombres como Luis Pereda, Ernesto Pérez, Pedro Gutiérrez, José Ramírez y doña Rafaela, Wenceslao Hernández, Julio Palma y muchos otros con quienes compartió no solamente proyectos, sino largas conversaciones, decisiones difíciles, aprendizajes y una amistad que fue fortaleciéndose con el paso de los años. También su hermano Jesús ocupó un lugar esencial cuando ambos comenzaron a caminar juntos en nuevas etapas de crecimiento. No era una suma de nombres. Era una comunidad de personas convencidas de que avanzar resultaba más valioso cuando podía hacerse con lealtad y respeto mutuo.
Cada uno aportó algo distinto. Un consejo oportuno, una idea, una experiencia, una palabra de aliento o simplemente la presencia constante que sólo ofrecen las amistades verdaderas. Al mirar hacia atrás, resulta evidente que buena parte de las satisfacciones de su vida nacieron precisamente de esas relaciones humanas que resistieron el paso del tiempo y nunca dependieron únicamente del éxito de un proyecto.
CUANDO COMPARTIR TAMBIÉN SE CONVIRTIÓ EN UNA FORMA DE CRECER
Hay quienes entienden el triunfo como una carrera donde solamente importa llegar primero. Mayo del Moral Vázquez prefirió recorrer otro camino. Nunca perdió de vista que el crecimiento tiene mucho más sentido cuando también crea oportunidades para quienes vienen caminando al lado. Por eso, cada nueva etapa fue encontrando espacio para incorporar personas, sumar capacidades y abrir posibilidades que beneficiaran a más de una familia.
Esa manera de entender la vida terminó generando algo mucho más valioso que cualquier expansión empresarial. Fue creando una red de afectos, gratitud y confianza que sobrevivió a los años, a los cambios económicos y a las inevitables dificultades que toda trayectoria enfrenta. Muchos de quienes compartieron alguna etapa con él siguieron presentes aun cuando los proyectos habían cambiado de rumbo, prueba de que los vínculos más sólidos nunca dependieron exclusivamente del trabajo.
Quizá por eso, cuando se habla de Mayo del Moral Vázquez, resulta imposible separar al emprendedor del ser humano. Detrás de cada decisión importante siempre hubo personas con quienes compartir la alegría de los buenos momentos y la serenidad necesaria para enfrentar los tiempos difíciles. Al final, las obras materiales pueden transformarse, crecer o desaparecer; las relaciones construidas con afecto, respeto y lealtad tienen una manera mucho más profunda de permanecer. Y fue precisamente en esas personas donde comenzó a edificarse uno de los legados más valiosos de su vida.
CUANDO EL HOGAR SE CONVIRTIÓ EN EL CENTRO DE SU VIDA
EL AMOR TAMBIÉN ES UNA FORMA DE CONSTRUIR EL FUTURO
El 29 de noviembre de 1959, Mayo del Moral Vázquez y María Guadalupe Gómez Ríos comenzaron una vida que, como todas las grandes historias de amor, se fue construyendo mucho más con los días compartidos que con las promesas pronunciadas. Eran años de juventud, de trabajo constante y de un futuro que todavía estaba por escribirse. Mientras él luchaba por abrirse camino y consolidar un patrimonio, ambos fueron levantando un hogar donde la confianza, el respeto y el cariño terminaron convirtiéndose en los cimientos de una familia que muy pronto comenzaría a crecer.
Con el paso de los años aquella casa dejó de pertenecer únicamente a dos personas. Se llenó de voces infantiles, de juguetes olvidados sobre el piso, de tareas escolares, de celebraciones sencillas y de esa alegría que solamente conocen los hogares donde cada nacimiento renueva la esperanza. Fueron llegando Mayo, Abril, Agosto, Enero y Febrero, cinco hijos que transformaron para siempre el sentido de la vida de sus padres. Resultaba imposible no sonreír al escuchar aquellos nombres que parecían convertir el calendario en parte de la familia. Pero detrás de esa singularidad había algo mucho más profundo: cinco historias distintas que comenzaron a darle un nuevo significado a cada jornada de trabajo y a cada sacrificio.
Desde entonces, el esfuerzo cotidiano dejó de pertenecer solamente a sus propios sueños. Cada proyecto tenía ahora un destinatario mucho más importante. Trabajaba pensando en el bienestar de aquellos hijos que crecían bajo el mismo techo, observando cómo el ejemplo silencioso de sus padres iba enseñándoles el valor de la honestidad, del compromiso y de la palabra cumplida. María Guadalupe compartía esa tarea con la serenidad y la fortaleza de quien entiende que educar también significa acompañar, escuchar y formar seres humanos de bien. Juntos fueron construyendo una familia donde el cariño nunca necesitó grandes demostraciones para hacerse presente.
Aquellos años permanecieron para siempre entre los recuerdos más entrañables de Mayo. Porque antes de cualquier reconocimiento público, antes de cualquier proyecto importante, existió la felicidad sencilla de volver cada tarde a una casa donde cinco pequeños lo esperaban y donde una mujer compartía con él la enorme aventura de formar una familia.
Pero la vida también conoce el lenguaje de las despedidas. Años después, la muerte de María Guadalupe Gómez Ríos dejó una ausencia imposible de llenar. No desaparecieron únicamente una presencia y una voz; quedó el recuerdo de una historia compartida, de los hijos nacidos de aquel amor y de una etapa que había dado forma a una parte fundamental de su existencia. Hay personas cuya partida nunca consigue romper el vínculo que construyeron durante la vida. Permanecen habitando la memoria, los afectos y la gratitud de quienes tuvieron el privilegio de caminar a su lado.
El tiempo siguió su marcha. Poco a poco, el dolor aprendió a convivir con los recuerdos y la vida volvió a ofrecer una oportunidad para reencontrar la compañía. El 7 de enero de 1977, Mayo del Moral Vázquez contrajo matrimonio con Lucía González González, iniciando una nueva etapa marcada por la serenidad, la comprensión y el afecto. Lucía llegó para compartir con él los años de la madurez, acompañándolo en los nuevos desafíos, en las satisfacciones y en la vida cotidiana. Nunca se trató de reemplazar una historia por otra. Fueron capítulos distintos de una misma existencia, unidos por un mismo anhelo: construir un hogar donde el cariño siguiera siendo el centro de todo.
EL HOGAR SIEMPRE FUE EL MEJOR LUGAR PARA VOLVER
Por importantes que fueran las responsabilidades que asumía cada día, siempre existía un momento en el que todo recuperaba su verdadera dimensión: regresar a casa. Allí quedaban atrás las preocupaciones, las decisiones y el ritmo acelerado de la vida pública. Comenzaban entonces las conversaciones sin prisa, las reuniones familiares, las sobremesas que parecían no tener reloj y esa tranquilidad que sólo puede ofrecer el lugar donde uno sabe que siempre será recibido con afecto.
Con el paso de los años la familia siguió creciendo. Llegaron nuevas generaciones, nuevas alegrías y nuevos motivos para agradecer la vida. Ver reunidos a hijos, nietos y seres queridos terminó convirtiéndose en uno de los mayores regalos que el tiempo podía ofrecerle. Cada encuentro confirmaba que los años transcurridos no habían sido únicamente una suma de calendarios, sino la construcción paciente de una familia unida por el respeto y el cariño.
Quienes mejor lo conocen saben que nunca permitió que las obligaciones terminaran robándole espacio a los afectos. Siempre encontró tiempo para escuchar, para acompañar, para aconsejar o simplemente para disfrutar la presencia de quienes daban verdadero sentido a su existencia. Allí, en la intimidad del hogar, desaparecía el empresario y permanecía únicamente el hombre.
LOS RECUERDOS QUE NUNCA DEJAN DE ACOMPAÑAR
Cuando una vida se acerca a los noventa años, la memoria comienza a ordenar los recuerdos de una manera distinta. Los triunfos dejan de impresionar tanto como los abrazos; los reconocimientos pesan menos que las voces de los hijos; las obras materiales ceden su lugar a los momentos compartidos alrededor de una mesa o durante una conversación familiar.
Quizá ésa sea una de las lecciones más hermosas que deja el paso del tiempo. Al final, las empresas podrán cambiar, los cargos concluirán y los aplausos terminarán apagándose. Lo que permanece es el amor recibido y entregado, la familia construida con paciencia y las personas que decidieron caminar juntas durante las distintas etapas de una misma vida.
Y si alguna obra merece contemplarse con orgullo cuando se vuelve la vista hacia atrás, no es la que aparece escrita en documentos o razones sociales. Es la que lleva los nombres de quienes han compartido la alegría, el dolor, la esperanza y los días de toda una existencia. Porque allí, en el corazón de su familia, Mayo del Moral Vázquez encontró el legado más profundo que un hombre puede aspirar a dejar.
CUANDO LAS IDEAS COMENZARON A CONVERTIRSE EN EMPRESAS
CADA EMPRESA CONTABA UNA HISTORIA DIFERENTE
Más de cuarenta empresas nacieron a lo largo de la trayectoria de Mayo del Moral Vázquez. Algunas estuvieron ligadas al sombrero, otras al calzado, al sector textil, a los insumos para la manufactura, al transporte, a la construcción, a los desarrollos inmobiliarios y al comercio. Cada una surgió en un momento distinto, respondió a necesidades diferentes y terminó escribiendo una página propia dentro de una trayectoria empresarial que acompañó durante décadas el crecimiento económico de San Francisco del Rincón.
No fueron proyectos repetidos ni empresas nacidas por el simple afán de multiplicar negocios. Cada una representó un desafío distinto, una oportunidad nueva y una respuesta concreta a los cambios que vivía la región. Algunas crecieron rápidamente; otras cumplieron su ciclo y dieron paso a iniciativas diferentes. Pero todas compartieron una misma característica: nacieron con la convicción de construir algo duradero y útil para la comunidad donde habían encontrado su origen.
Con el paso del tiempo aparecieron nombres como Productos Delmo, Empresas Delmo, Delmotex, Textil Del, Delmo Hats, Unión Hats, Transportes del Moral, Cintas y Lonas, Hulera San Francisco, Tenería Curtidel, Pinturas San Francisco, Casas DMG, Delmorey, Supermercado Mi Casa, Electrodomésticos Pedel, Hacienda de Santiago, Granja Delmo, Rancho Delmo, junto con muchas otras iniciativas que terminaron formando parte del paisaje industrial y comercial de la región. Más que una colección de razones sociales, representan el testimonio de una vida dedicada a imaginar, crear y volver a comenzar cuantas veces fue necesario.
Cuando hoy se observa ese largo recorrido empresarial, resulta fácil detenerse únicamente en la cantidad de compañías creadas. Sin embargo, detrás de cada nombre existe una historia de personas, de decisiones, de riesgos asumidos y de oportunidades abiertas para muchas familias. Al final, las empresas pueden cambiar de dueño, transformarse o desaparecer; lo verdaderamente importante es el impulso que dejan en la comunidad donde nacieron.
EL CRECIMIENTO DE UNA CIUDAD TAMBIÉN SE ESCRIBE DESDE SUS EMPRESAS
Mientras San Francisco del Rincón ampliaba sus horizontes económicos y veía surgir nuevas oportunidades, muchas mujeres y muchos hombres comenzaron a impulsar actividades que transformaron poco a poco el rostro productivo de la ciudad. Mayo formó parte de ese proceso sin perder nunca de vista el lugar donde había nacido. Su historia empresarial terminó caminando al mismo ritmo que la evolución de una comunidad que aprendía a diversificar sus actividades sin renunciar a la identidad que durante décadas le había dado la industria sombrerera.
Cada empresa significaba también nuevos empleos, nuevas familias incorporándose a una actividad productiva, nuevas ilusiones y una confianza renovada en el futuro. Detrás de cada cortina que se levantaba para iniciar labores había personas que encontraban una oportunidad para construir su propio patrimonio. Esa dimensión humana fue siempre mucho más importante que cualquier cifra o balance financiero.
Quizá por eso nunca entendió las empresas como un logro aislado. Formaban parte de una ciudad que crecía junto con ellas y de una comunidad donde el desarrollo solamente tenía sentido cuando alcanzaba también a quienes participaban todos los días en ese esfuerzo colectivo.
MÁS IMPORTANTE QUE FUNDAR EMPRESAS ERA CONSTRUIR CONFIANZA
Resulta imposible explicar una trayectoria tan amplia únicamente enumerando sociedades mercantiles o recordando marcas comerciales. Lo verdaderamente valioso fue la reputación que acompañó cada uno de esos proyectos. Durante décadas, el nombre de Mayo del Moral Vázquez terminó asociado a una forma de hacer las cosas: actuar con seriedad, responder a los compromisos adquiridos y comprender que el prestigio tarda muchos años en construirse, pero apenas unos minutos en perderse.
Esa manera de conducirse permitió que distintas generaciones lo conocieran no solamente como empresario, sino como un hombre cuya palabra seguía teniendo el mismo peso que había aprendido a darle desde los primeros años de su vida. Tal vez ésa sea la explicación de una trayectoria tan prolongada. Las empresas nacen, evolucionan, cambian de rumbo o concluyen su ciclo natural. La confianza, cuando ha sido sembrada con honestidad durante toda una vida, permanece mucho después de que los nombres comerciales dejan de ocupar los encabezados.
Y quizá sea precisamente ahí donde debe buscarse el verdadero significado de su historia empresarial. No en la cantidad de compañías que ayudó a fundar, sino en la huella de credibilidad que fue dejando detrás de cada una de ellas, convencido de que ningún proyecto puede aspirar a perdurar si antes no ha sabido ganarse el respeto de las personas.
CUANDO COMENZÓ A DEVOLVERLE A SAN PANCHO UNA PARTE DE TODO LO QUE HABÍA RECIBIDO
EL COMPROMISO DE PARTICIPAR, NO SOLAMENTE DE OPINAR
Hay quienes consideran que su responsabilidad termina cuando cierran la puerta de su empresa. Otros entienden que pertenecer a una comunidad significa asumir también el deber de participar en su construcción. Mayo del Moral Vázquez siempre eligió este último camino. Nunca creyó que el desarrollo de una ciudad dependiera exclusivamente de los gobiernos. Estaba convencido de que la iniciativa de los ciudadanos también podía cambiar el destino de un pueblo cuando se ejercía con responsabilidad, generosidad y verdadero sentido de pertenencia.
Por eso aceptó responsabilidades que iban mucho más allá de la actividad empresarial. Fue presidente fundador del Jufranco Club, presidente del Club Rotario, presidente de la Cámara de Comercio, presidente del Patronato de Pavimentación y presidente de la Feria de San Francisco del Rincón. También participó como consejero regional de Bancomer, consejero de Bomberos y de la Cruz Roja, además de desempeñarse como síndico, regidor y, en su momento, candidato a la Presidencia Municipal. No buscaba acumular cargos. Cada uno representaba una oportunidad distinta para contribuir al crecimiento de la ciudad que lo había visto nacer.
Su manera de participar nunca estuvo marcada por el protagonismo. Prefería las mesas de trabajo a los discursos, las soluciones a las confrontaciones y los acuerdos duraderos a los aplausos pasajeros. Comprendía que una ciudad se fortalece cuando sus ciudadanos dejan de preguntarse qué puede hacer el gobierno por ellos y comienzan a preguntarse qué pueden hacer ellos por su ciudad.
HAY OBRAS QUE NO LLEVAN FIRMA, PERO PERMANECEN PARA SIEMPRE
Existen contribuciones que no aparecen en los informes oficiales ni suelen ocupar los grandes titulares. Permanecen discretamente integradas al paisaje cotidiano hasta que llega un momento en que nadie recuerda exactamente cuándo comenzaron a formar parte de la ciudad. Así entendía Mayo del Moral Vázquez muchas de las acciones que decidió impulsar a lo largo de su vida.
Su apoyo hizo posible la donación del candil principal de la parroquia de San Francisco del Rincón; colaboró en la remodelación del quiosco del jardín principal; participó en la donación del Monumento al Tejedor, símbolo de una actividad que dio identidad a generaciones enteras; respaldó la publicación de libros dedicados a preservar la historia del municipio y contribuyó al mural del CBTis, convencido de que la educación y la memoria también construyen comunidad.
Nunca buscó que esas aportaciones llevaran su nombre por encima de la obra realizada. Le bastaba saber que permanecían al servicio de la ciudad y de quienes la habitan. Quizá porque entendía que las mejores contribuciones son aquellas que terminan perteneciendo a todos y dejan de pertenecer únicamente a quien las hizo posibles.
EL ORGULLO DE SEGUIR SIENDO UN HOMBRE DE SAN PANCHO
A pesar de los años, de las responsabilidades y de todo lo alcanzado, jamás dejó de sentirse un hombre de San Francisco del Rincón. Continuó hablando de su ciudad con el mismo entusiasmo de quien la descubrió desde niño, interesado siempre en su historia, en sus límites, en sus tradiciones y en el rumbo que iba tomando con el paso del tiempo. Disfrutaba recorrer sus calles, sentarse en el jardín principal, conversar con amigos de toda la vida y escuchar las historias que solamente conocen quienes han visto pasar generaciones enteras desde el mismo lugar.
También encontró en el deporte otra forma de expresar ese profundo sentido de pertenencia. Su cercanía con el Club León, su participación en el futbol local y el impulso brindado a distintos proyectos deportivos respondían a una convicción sencilla: las ciudades también se fortalecen cuando encuentran motivos para reunirse, celebrar y sentirse orgullosas de lo que son.
Quizá por eso, al hablar de Mayo del Moral Vázquez, resulta imposible separar al empresario del ciudadano. Todo cuanto emprendió terminó regresando, de una u otra forma, al mismo sitio donde había comenzado su historia. Porque existen hombres que cambian de ciudad para alcanzar sus sueños. Él prefirió construir los suyos sin dejar nunca de pertenecer al lugar que, desde la Callejuela Primero de Mayo hasta la madurez, siguió llamando con el mismo cariño de siempre: San Pancho.
LOS AÑOS TERMINAN REVELANDO LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE
NOVENTA AÑOS DESPUÉS
Noventa años no convierten a nadie en un hombre extraordinario por sí solos. Lo verdaderamente importante es aquello que cada persona decide hacer con el tiempo que le fue concedido. Al volver la mirada hacia su propia historia, Mayo del Moral Vázquez no encuentra una vida exenta de dificultades ni un camino donde todo haya resultado sencillo. Encuentra, más bien, una existencia vivida con intensidad, donde cada etapa dejó enseñanzas distintas y donde cada decisión fue construyendo, poco a poco, al hombre que hoy sigue siendo.
Ha visto cambiar a San Francisco del Rincón generación tras generación. Ha observado cómo calles tranquilas se transformaron en avenidas, cómo llegaron nuevas industrias, cómo aparecieron colonias, escuelas y empresas, cómo algunas costumbres desaparecieron mientras otras lograron permanecer. Ha visto partir a muchas personas queridas y también ha recibido con alegría a nuevas generaciones que hoy continúan escribiendo la historia de la ciudad. Muy pocos tienen el privilegio de contemplar casi un siglo de transformaciones desde la misma tierra donde comenzaron a caminar.
Quizá por eso mira el paso del tiempo con serenidad. Comprende que toda vida está formada por capítulos distintos y que cada uno tuvo su razón de ser. Ninguno fue perfecto, pero todos contribuyeron a construir una historia de la que puede sentirse profundamente agradecido.
HAY COSAS QUE EL TIEMPO NUNCA CONSIGUE BORRAR
Con los años uno descubre que la memoria selecciona cuidadosamente aquello que decide conservar. Los días difíciles terminan enseñando tanto como los felices; las despedidas ayudan a valorar los encuentros, y las pequeñas alegrías, que alguna vez parecieron insignificantes, terminan ocupando un lugar mucho más importante que los grandes acontecimientos.
Hoy, cuando recuerda el camino recorrido, no necesita hacer cuentas para saber cuál ha sido su mayor fortuna. La encuentra en las personas que compartieron su vida, en los afectos que permanecieron, en las amistades que resistieron el paso del tiempo y en la satisfacción íntima de haber procurado actuar siempre de acuerdo con sus convicciones.
Tal vez ésa sea una de las enseñanzas más discretas que deja una vida larga: comprender que el verdadero prestigio no depende de los reconocimientos recibidos, sino del recuerdo que permanece en quienes tuvieron la oportunidad de conocernos y caminar un tramo del camino junto a nosotros.
UNA VIDA QUE SIGUE PERTENECIENDO A SAN PANCHO
Todavía disfruta recorrer las calles de San Francisco del Rincón, conversar con quienes han compartido buena parte de su historia, interesarse por el presente de la ciudad y recordar episodios que ayudan a entender cómo llegó hasta donde hoy se encuentra. Continúa sintiendo el mismo afecto por ese lugar que lo vio crecer y donde aprendió las primeras lecciones que terminarían acompañándolo durante toda la vida.
Quizá esa fidelidad sea una de las características que mejor lo definen. Nunca dejó de sentirse parte de San Pancho. Allí permanecen sus recuerdos, buena parte de sus afectos y el profundo agradecimiento hacia una comunidad que le permitió desarrollarse como empresario, como ciudadano y como hombre de familia. A cambio, procuró corresponder participando, emprendiendo, colaborando y tendiendo la mano cada vez que consideró que podía ser útil.
Al llegar a los noventa años, Mayo del Moral Vázquez no necesita que su historia sea exagerada para adquirir valor. Basta recorrerla con honestidad para descubrir a un hombre que supo trabajar, formar una familia, construir empresas, servir a su comunidad y conservar, por encima de todo, un profundo amor por la tierra donde nació. Porque al final, más allá de los cargos, de las empresas o de los reconocimientos, hay una satisfacción que el tiempo no puede quitarle a nadie: saber que vivió de acuerdo con sus principios y que dejó una parte de sí mismo en el lugar al que siempre llamó, con orgullo y cariño, San Pancho.
Porque al final, las empresas podrán cambiar de nombre, los cargos quedarán como parte de una época y los reconocimientos terminarán ocupando apenas unas líneas en la memoria. Lo que verdaderamente permanece es el cariño sembrado en la familia, la confianza ganada entre los amigos, el respeto de una comunidad y la tranquilidad de haber procurado vivir siempre de acuerdo con los propios principios. Ése es el patrimonio que el paso de los años no consigue desgastar.
Salud por tus noventa años, Mayo. Que la vida siga regalándote la dicha de contemplar a tu familia reunida, de estrechar la mano de los amigos de siempre, de recorrer las calles de ese San Pancho que tanto has querido y de seguir encontrando motivos para sonreír. Gracias por una vida vivida con trabajo, con afecto y con un profundo amor por tu tierra. Porque al final, el mejor legado de un hombre no está solamente en lo que construyó, sino en el recuerdo que deja en el corazón de quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Felices noventa años.
(By operación W).

EL AVISO INOPORTUNO:
La nueva Ley de Telecomunicaciones produjo un fenómeno bastante curioso. En cuestión de días dejó de importar lo que decía el articulado y comenzó a importar una sola cosa: si usted estaba dispuesto o no a creerle al gobierno cuando aseguraba que no censuraría a nadie. Sobre quienes consideran que ésa era exactamente la discusión que debía provocar una ley, prefiero no discutir.
Lo malo de convertir una ley en un acto de fe es que los milagros no se publican en el Diario Oficial. Se publican las facultades. Y mientras unos pedían leer el texto, otros pedían creer en las intenciones. Ahí fue donde el debate cambió de ventanilla.
Porque, al final, el poder terminó pidiendo exactamente aquello que más trabajo le cuesta conseguir: confianza. No bastaba con aprobar la ley; ahora también había que creer que jamás sería utilizada de una manera distinta a la prometida. Ése sí resultó un requisito novedoso. Antes bastaba con leer las leyes; ahora parece que también habrá que rezarlas.
Y como decía un viejo periodista: nunca había visto una ley salir rodeada de tantos abogados defensores… cualquiera diría que, antes de entrar al Diario Oficial, primero tenía que rendir declaración ante el Ministerio Público.
(By operación W).




Desliza a la derecha para leer el siguiente título
/… La Agenda En Corto.
1.- MUCHOS ASPIRANTES. NINGÚN LIDERAZGO.
El proceso del PAN para designar a la Persona Defensora de la Patria, la Familia y la Libertad en San Miguel de Allende dejó una primera fotografía que merece leerse con atención. No porque falten participantes. Al contrario. Hay perfiles de distintas generaciones, trayectorias diversas, un regidor en funciones, una exdirigente priista, empresarios, militantes históricos y operadores territoriales. Lo que sorprende no es la cantidad de nombres. Lo que sorprende es la ausencia de un liderazgo capaz de provocar que los demás simplemente acepten que llegó su momento.
2.- LOS PARTIDOS TAMBIÉN TIENEN DERECHO A MADURAR
Durante años, Morena en Guanajuato tuvo una tarea muy clara: crecer. Para lograrlo abrió sus puertas a liderazgos provenientes de otras fuerzas políticas, recibió a personajes con experiencia electoral y entendió que la construcción de un partido también exige sumar capacidades. Aquella etapa cumplió su propósito. Hoy, sin embargo, el movimiento enfrenta una pregunta completamente distinta: ¿ha llegado el momento de confiar en los cuadros que nacieron dentro de Morena?
3.- EL PRIMER DOMINÓ YA EMPEZÓ A CAER
Mientras Morena comienza a mover sus piezas rumbo a la elección municipal de San Miguel de Allende, otro cambio empieza a tomar forma lejos de los reflectores. Si Ricardo Ferro Baeza solicita licencia para buscar la Presidencia Municipal, el relevo en la diputación local del Distrito IX ya tiene nombre. En política, las candidaturas nunca llegan solas; casi siempre arrastran consecuencias que terminan modificando todo el tablero.
4.- LOS CANDIDATOS NO NACEN EL AÑO DE LA ELECCIÓN
Hay políticos que aparecen seis meses antes de las campañas. Otros llevan años sembrando el terreno donde algún día pedirán el voto. La diferencia suele ser sencilla de explicar: los primeros necesitan propaganda para que la gente recuerde su nombre; los segundos llegan al proceso cuando la gente ya sabe quiénes son. En Apaseo el Grande comienza a dibujarse uno de esos casos.
5.- YULMA PRESIDE. ALEJANDRA DECIDE.
Movimiento Ciudadano en Guanajuato cambió de presidenta, pero no necesariamente de mando. La llegada de Yulma Rocha a la presidencia estatal dejó satisfechos a unos, inconformes a otros y abrió una discusión que desde hace días recorre los cafés políticos del estado: ¿quién tomó realmente el control del partido naranja? Porque una cosa es ocupar la presidencia y otra muy distinta construir el equipo que administrará el poder interno.
(By Operación W).
1.- MUCHOS ASPIRANTES. NINGÚN LIDERAZGO.
El proceso del PAN para designar a la Persona Defensora de la Patria, la Familia y la Libertad en San Miguel de Allende dejó una primera fotografía que merece leerse con atención. No porque falten participantes. Al contrario. Hay perfiles de distintas generaciones, trayectorias diversas, un regidor en funciones, una exdirigente priista, empresarios, militantes históricos y operadores territoriales. Lo que sorprende no es la cantidad de nombres. Lo que sorprende es la ausencia de un liderazgo capaz de provocar que los demás simplemente acepten que llegó su momento.
Hace apenas algunos años, los procesos internos del PAN en San Miguel giraban alrededor de figuras perfectamente identificadas. Había liderazgos que ordenaban al partido, generaban consensos o imponían condiciones. Hoy la realidad parece muy distinta. Ninguno de los perfiles registrados llega con una victoria reciente que lo convierta en referente indiscutible. Al contrario, el listado está integrado, en buena medida, por personajes que han conocido más derrotas que triunfos, por políticos que siguen buscando la oportunidad que nunca terminó de consolidarlos o por figuras que todavía intentan construir el liderazgo que el partido necesita.
Esa realidad explica por qué el proceso luce tan competido. No existe un aspirante que domine el escenario. Nadie entra con la fuerza suficiente para obligar a los demás a declinar, esperar otro momento o asumir un papel secundario. Cuando todos creen tener posibilidades, normalmente ocurre una de dos cosas: o el partido vive un extraordinario momento de renovación… o simplemente dejó de tener un liderazgo que marque el camino. Y, por ahora, la segunda explicación parece mucho más cercana a la realidad sanmiguelense.
Por eso las encuestas, las filtraciones y las apuestas anticipadas dicen tan poco. No existe un favorito que haya construido una ventaja política contundente. Lo que existe es una competencia abierta entre perfiles con historias distintas, pero con una característica común: ninguno ha logrado convertirse en ese liderazgo capaz de unir al panismo alrededor de un solo proyecto. La verdadera disputa del PAN no consiste únicamente en elegir un coordinador. Consiste en descubrir si entre todos esos nombres realmente existe alguien con tamaño suficiente para volver a conducir políticamente a San Miguel de Allende.
Como dicen los viejos panistas: cuando en la mesa todos se sienten candidatos… normalmente es porque hace mucho tiempo dejó de haber un jefe político.




2.- LOS PARTIDOS TAMBIÉN TIENEN DERECHO A MADURAR
Durante años, Morena en Guanajuato tuvo una tarea muy clara: crecer. Para lograrlo abrió sus puertas a liderazgos provenientes de otras fuerzas políticas, recibió a personajes con experiencia electoral y entendió que la construcción de un partido también exige sumar capacidades. Aquella etapa cumplió su propósito. Hoy, sin embargo, el movimiento enfrenta una pregunta completamente distinta: ¿ha llegado el momento de confiar en los cuadros que nacieron dentro de Morena?
Ése es el verdadero fondo de la discusión que comenzó en Guanajuato capital. La regidora María Fernanda Arellano no sólo respondió a la posibilidad de que el exalcalde Edgar Castro busque incorporarse a Morena. Lo que puso sobre la mesa fue un principio que muchos militantes comparten y pocas veces expresan públicamente: las puertas deben permanecer abiertas para quien quiera sumarse al proyecto, pero las candidaturas no pueden convertirse automáticamente en premio para quienes llegan desde otras siglas.
La posición de la regidora adquiere mayor relevancia porque ella misma forma parte de la nueva generación de liderazgos que Morena ha construido en Guanajuato capital. Desde el Cabildo ha mantenido una presencia política constante y hoy aspira legítimamente a competir por la Presidencia Municipal. Su planteamiento, por lo tanto, no nace del rechazo a una persona; nace de la convicción de que quienes han sostenido al partido durante los años más difíciles también tienen derecho a disputar el futuro del movimiento.
Todos los partidos atraviesan ese momento. Primero buscan dirigentes; después buscan candidatos; finalmente descubren que también deben formar relevos propios. Morena parece haber llegado a esa tercera etapa. Si continúa recurriendo a figuras externas cada vez que se acerca una elección importante, enviará un mensaje complicado a su militancia. Si, por el contrario, apuesta por quienes crecieron dentro de sus filas, demostrará que el esfuerzo, la permanencia y la lealtad también cuentan cuando llega la hora de decidir.
En realidad, la discusión ya no es Edgar Castro. La discusión consiste en definir qué clase de partido quiere ser Morena durante la próxima década. Un movimiento que siempre necesite mirar hacia afuera para encontrar a sus candidatos o una organización capaz de producir sus propios liderazgos. Esa decisión comenzará a escribirse desde ahora y Guanajuato capital puede convertirse en el primer gran laboratorio de esa nueva etapa.
Como dicen los viejos militantes: un partido deja de ser escuela cuando siempre termina graduando a los alumnos de otra institución.




3.- EL PRIMER DOMINÓ YA EMPEZÓ A CAER
Mientras Morena comienza a mover sus piezas rumbo a la elección municipal de San Miguel de Allende, otro cambio empieza a tomar forma lejos de los reflectores. Si Ricardo Ferro Baeza solicita licencia para buscar la Presidencia Municipal, el relevo en la diputación local del Distrito IX ya tiene nombre. En política, las candidaturas nunca llegan solas; casi siempre arrastran consecuencias que terminan modificando todo el tablero.
La atención pública hoy se concentra en San Miguel de Allende y en la eventual participación de Ricardo Ferro dentro del proceso interno de Morena. Es natural. Se trata de uno de los municipios más importantes del estado y una candidatura ahí tiene peso político propio. Sin embargo, detrás de ese movimiento comienza a construirse otra historia que pocos están observando y que puede alterar la representación legislativa del noreste de Guanajuato.
Si Ferro formaliza su proyecto municipal y solicita licencia al Congreso del Estado, quien asumiría la diputación local sería Arturo Pegueros Vargas, originario de Rancho Largo, comunidad de San José Iturbide, ingeniero civil, empresario y suplente de la fórmula ganadora del Distrito IX. Su llegada no sería únicamente un trámite legal. Representaría el ingreso de un nuevo actor político a un Congreso donde cada voto cuenta y donde Morena busca fortalecer su presencia territorial.
El movimiento también tendría un fuerte contenido regional. Durante años, el noreste de Guanajuato ha reclamado mayor representación política. La eventual incorporación de Pegueros significaría que una comunidad rural de San José Iturbide colocaría a uno de sus hijos en el Poder Legislativo estatal, mientras San Miguel de Allende concentraría la atención de una de las contiendas municipales más relevantes de 2027. Dos municipios, un mismo distrito y un solo movimiento político que modificaría ambas realidades.
Ésta apenas sería la primera pieza del reacomodo morenista. Porque cuando un aspirante deja una curul para buscar una alcaldía, no sólo cambia de oficina; pone en marcha una cadena de decisiones que alcanza al Congreso, a los municipios y a los grupos políticos que ya comienzan a acomodarse rumbo a la siguiente elección. A veces la noticia parece estar en quien se va. La verdadera historia, muchas veces, comienza con quien está listo para llegar.
Como dicen los viejos operadores: cuando cae la primera ficha del dominó, las demás ya no preguntan si deben moverse… sólo esperan su turno.




4.- LOS CANDIDATOS NO NACEN EL AÑO DE LA ELECCIÓN
Hay políticos que aparecen seis meses antes de las campañas. Otros llevan años sembrando el terreno donde algún día pedirán el voto. La diferencia suele ser sencilla de explicar: los primeros necesitan propaganda para que la gente recuerde su nombre; los segundos llegan al proceso cuando la gente ya sabe quiénes son. En Apaseo el Grande comienza a dibujarse uno de esos casos.
Mientras otros apenas empiezan a dejarse ver en reuniones, desayunos y fotografías, Frank Mendoza parece haber seguido otra ruta. No la del protagonismo fácil, sino la de permanecer donde casi nunca llegan los reflectores: atendiendo gestiones, regresando llamadas, resolviendo problemas pequeños que jamás abrirán un noticiero, pero que terminan construyendo algo mucho más valioso que una campaña publicitaria: confianza.
La política municipal tiene reglas distintas a las de las grandes ciudades. Aquí no gana necesariamente quien llena más espectaculares. Gana quien logra que una comunidad recuerde que estuvo presente cuando hacía falta, quien convierte el escritorio en una oficina abierta y quien entiende que un trámite resuelto suele valer más que un discurso perfectamente pronunciado. Esa clase de capital político tarda años en construirse y apenas unos minutos en desperdiciarse.
Por eso no sorprende que dentro del panismo apaseense el nombre de Frank Mendoza aparezca cada vez con mayor frecuencia cuando se habla del futuro. No porque alguien haya decretado que será candidato. Tampoco porque exista una campaña adelantada. Simplemente porque hay trayectorias que empiezan a pesar por sí mismas. Cuando un político deja de necesitar presentaciones, normalmente significa que el trabajo comenzó mucho antes que la contienda.
Falta tiempo. Las decisiones todavía no se toman y la política siempre guarda espacio para las sorpresas. Pero también hay una verdad que rara vez falla: las candidaturas más sólidas no suelen construirse el año de la elección. Se construyen mucho antes, cuando casi nadie está mirando.
Como decía un viejo presidente municipal: las campañas duran unos meses; la reputación tarda años en levantarse.




5.- YULMA PRESIDE. ALEJANDRA DECIDE.
Movimiento Ciudadano en Guanajuato cambió de presidenta, pero no necesariamente de mando. La llegada de Yulma Rocha a la presidencia estatal dejó satisfechos a unos, inconformes a otros y abrió una discusión que desde hace días recorre los cafés políticos del estado: ¿quién tomó realmente el control del partido naranja? Porque una cosa es ocupar la presidencia y otra muy distinta construir el equipo que administrará el poder interno.
La integración de la nueva Comisión Operativa Estatal ofrece las primeras respuestas. Martín López Camacho quedó en la Secretaría General; Dessire Ángel Rocha se incorporó al órgano de dirección; Juan Pablo Delgado, integrante del Comité Ejecutivo Nacional, apareció respaldando la nueva etapa del partido; mientras Luis Guillermo Benítez decidió romper el silencio y expresar públicamente su inconformidad con el proceso. Ninguno de esos movimientos puede analizarse por separado. Todos forman parte del mismo rompecabezas.
Hay un detalle que difícilmente puede pasar inadvertido. Durante años, Juan Pablo Delgado y Dessire Ángel Rocha construyeron buena parte de su identidad política confrontando a Alejandra Gutiérrez. Hoy esa confrontación desapareció del discurso. Juan Pablo guarda un silencio que contrasta con su activismo de otros tiempos y Dessire forma parte del órgano que conducirá políticamente a Movimiento Ciudadano en Guanajuato. En política los cambios de estrategia existen, pero cuando cambian al mismo tiempo los discursos, los silencios y las posiciones, normalmente también cambió el centro del poder.
Por eso la inconformidad de Luis Guillermo Benítez vale mucho más de lo que parece. No es únicamente el reclamo de un militante. Es la primera voz que advierte que dentro de Movimiento Ciudadano no todos comparten el nuevo rumbo. Mientras unos celebran la reconfiguración del partido, otros observan cómo el proyecto que durante años presumió independencia comienza a girar alrededor de un liderazgo distinto.
Y ahí aparece la verdadera lectura política. La presidencia estatal tiene nombre y apellido: Yulma Rocha. Pero el armado del equipo, los equilibrios alcanzados y el comportamiento de los principales actores cuentan una historia diferente. En Guanajuato ya hay quienes sostienen que el mando político del partido no se encuentra donde está la oficina de la presidencia, sino donde realmente se construyeron los acuerdos que dieron origen a esta nueva etapa.
Como dicen los viejos operadores: hay dirigentes que firman los nombramientos… y hay quienes, sin firmarlos, deciden quién los recibe.
(By operación W).





“INVICTUS”
De: Mario Benedetti
Apartado de la noche que me envuelve Negra como el aljibe de polo a polo, Doy gracias a los dioses quienesquiera que sean Por mi espíritu indomable. En las garras del instante No me he estremecido ni llorado a gritos. Bajo los golpes del azar Mi cabeza está cubierta de sangre, pero no se dobla. Más allá de este lugar de ira y lágrimas Inminente es sólo el Horror de la sombra, Y todavía la amenaza de los años Me encuentra y me encontrará libre de temor. No importa lo estrecha que sea la puerta, Cuán llena de castigos la bóveda Yo soy el amo de mi propio destino, Yo soy el capitán de mi alma.




*Si quieres escucharlo en la voz de: *Fenete
Sobre el poema.
INVICTUS
Cuando el ser humano descubre que hay derrotas capaces de destruir el cuerpo, pero ninguna suficientemente grande para derrotar un espíritu que ha decidido permanecer de pie
LA NOCHE COMO METÁFORA DE TODAS LAS ADVERSIDADES
Hay poemas que nacen para describir un paisaje y otros que parecen escritos para acompañar a quienes atraviesan una tormenta. Invictus pertenece a estos últimos. William Ernest Henley no escribe sobre una batalla concreta, un país determinado o un enemigo visible. Escribe sobre esa oscuridad que alguna vez alcanza a todo ser humano y que puede presentarse como enfermedad, pobreza, prisión, fracaso, pérdida, injusticia o soledad. La noche que envuelve al poeta no es únicamente la ausencia de luz; representa ese instante en que el mundo parece haberse cerrado alrededor de una persona y todo indica que ya no existe salida.
Sin embargo, el poema comienza con un gesto inesperado: el agradecimiento. No hay una queja contra el destino ni una pregunta desesperada dirigida al cielo. El poeta da gracias por conservar un espíritu que no ha sido vencido. Esa elección cambia completamente el sentido de la obra. Henley no afirma que la vida haya sido justa ni que el sufrimiento carezca de importancia. Reconoce la existencia de la oscuridad, pero sostiene que incluso dentro de ella permanece un espacio donde el ser humano continúa siendo dueño de sí mismo. Esa primera victoria no ocurre contra el mundo, sino contra la tentación de dejar que el dolor defina por completo la propia identidad.
EL VALOR DE RESISTIR CUANDO TODO INVITA A CEDER
El poema avanza después hacia una idea profundamente humana: resistir no significa no sangrar. La imagen de la cabeza cubierta de sangre rompe con la falsa idea de que la fortaleza consiste en salir ileso de los golpes. El autor acepta que el azar hiere, que la vida golpea y que existen momentos capaces de dejar cicatrices visibles e invisibles. Lo extraordinario no es evitar el daño, sino impedir que ese daño doble la voluntad.
Henley distingue así dos derrotas muy diferentes. La primera pertenece al cuerpo y a las circunstancias. Puede manifestarse en una enfermedad, una pérdida económica, una derrota política o una tragedia familiar. La segunda ocurre únicamente cuando la persona renuncia a gobernarse a sí misma. El poema sostiene que los acontecimientos pueden arrebatarnos casi todo, pero todavía queda una decisión que nadie puede tomar por nosotros: elegir la actitud con la que enfrentaremos aquello que nos ha ocurrido.
Por eso Invictus no celebra la invulnerabilidad. Celebra la dignidad. El protagonista no aparece como un héroe invencible que jamás siente miedo o dolor. Es alguien que ha conocido el sufrimiento y, precisamente por haberlo conocido, comprende que la verdadera valentía consiste en continuar caminando cuando ya no existen garantías de éxito. Esa idea explica la enorme influencia que el poema ha tenido entre personas sometidas a circunstancias extremas. No promete milagros ni asegura finales felices. Ofrece algo mucho más sólido: la posibilidad de conservar la libertad interior incluso cuando las circunstancias exteriores parecen haber desaparecido.
SER CAPITÁN DEL ALMA: LA ÚLTIMA LIBERTAD DEL SER HUMANO
Los dos últimos versos constituyen uno de los cierres más poderosos de la poesía universal porque trasladan toda la responsabilidad hacia el individuo. Henley no culpa al destino, a los dioses, al tiempo ni a la fortuna. Afirma que cada ser humano continúa siendo el amo de su destino y el capitán de su alma. La metáfora marítima resulta especialmente significativa. Un capitán no controla las tormentas, los vientos ni la fuerza del océano. Lo que controla es la manera de conducir su embarcación frente a ellos. De la misma forma, el poema no sostiene que podamos decidir todo lo que ocurrirá en nuestra vida. Sostiene que sí podemos decidir quiénes seremos mientras atravesamos aquello que nos ocurre.
Existe también una profunda lección ética escondida en ese desenlace. Invictus no invita al orgullo vacío ni a la soberbia. Invita a la responsabilidad. Si somos los capitanes de nuestra alma, entonces también somos responsables de nuestras decisiones, de nuestras renuncias y de la manera en que respondemos al sufrimiento. La libertad deja de ser únicamente un derecho para convertirse también en una obligación moral: nadie puede vivir nuestra vida por nosotros ni asumir las decisiones que sólo nos corresponden a nosotros.
Tal vez ahí resida la extraordinaria permanencia de este poema. Más de un siglo después de haber sido escrito continúa hablando con la misma intensidad porque no depende de una época determinada. Todos los seres humanos conocen alguna noche, alguna herida y algún momento en que el horizonte parece cerrarse. Invictus recuerda que la grandeza no consiste en evitar esas pruebas, sino en impedir que ellas destruyan aquello que somos.
William Ernest Henley escribió estos versos después de haber enfrentado una vida marcada por la enfermedad y el dolor físico. Por eso el poema posee una autoridad especial. No nace de quien observa el sufrimiento desde lejos, sino de quien aprendió a convivir con él sin permitir que definiera su existencia. Cada estrofa parece afirmar que la adversidad puede ocupar el camino, pero nunca tiene el derecho de convertirse en dueña del viajero.
Invictus termina siendo, más que un poema, una declaración de independencia espiritual. Nos recuerda que existen derrotas inevitables, pérdidas irreparables y noches demasiado largas, pero también que ninguna de ellas posee la última palabra mientras el ser humano conserve la capacidad de elegir la dignidad antes que la rendición.
Y quizá ésa sea la razón por la que estos versos siguen emocionando generación tras generación: porque nos recuerdan que la libertad más importante no siempre consiste en cambiar el mundo que nos rodea, sino en impedir que ese mundo consiga cambiar aquello que somos por dentro.
Sobre el autor.
WILLIAM ERNEST HENLEY: EL HOMBRE QUE ENCONTRÓ EN LA ADVERSIDAD LA MATERIA DE SU POESÍA
Mucho antes de que Invictus se convirtiera en uno de los poemas más citados del mundo, William Ernest Henley había aprendido que la vida podía arrebatar la salud, la tranquilidad y las certezas, pero difícilmente podía vencer a quien decidiera conservar intacta su voluntad. Su obra nació de esa convicción y convirtió la resistencia humana en una de las voces más firmes de la literatura inglesa del siglo XIX.
LOS AÑOS EN QUE EL DOLOR SE CONVIRTIÓ EN MAESTRO
William Ernest Henley nació el 23 de agosto de 1849 en Gloucester, Inglaterra, dentro de una familia de recursos modestos. Desde la infancia convivió con una enfermedad ósea derivada de la tuberculosis, un padecimiento que marcó buena parte de su existencia y que lo obligó a pasar largas temporadas entre hospitales, tratamientos y limitaciones físicas. A los dieciséis años sufrió la amputación de una pierna, una experiencia que habría bastado para quebrar el ánimo de muchas personas, pero que en él produjo un efecto distinto: fortaleció una voluntad extraordinaria y una manera profundamente reflexiva de mirar la vida.
Durante aquellos años difíciles encontró refugio en la lectura. Descubrió la poesía inglesa, la literatura clásica y el periodismo, disciplinas que terminarían moldeando su vocación. No escribía para escapar del sufrimiento, sino para comprenderlo. Muy pronto entendió que la poesía podía ser mucho más que un ejercicio de belleza: podía convertirse en un acto de afirmación frente a la adversidad.
Su paso por el hospital de Edimburgo, bajo la atención del célebre cirujano Joseph Lister, representó un momento decisivo. Gracias a tratamientos innovadores logró conservar la otra pierna y recuperar parte de su movilidad. Aquella experiencia reforzó su admiración por el progreso científico y también alimentó una visión del ser humano basada en la fortaleza, la disciplina y la esperanza. En lugar de escribir desde la amargura, Henley comenzó a construir una voz que aceptaba el dolor como parte inevitable de la existencia, pero se negaba a concederle la victoria.
EL POETA, EL PERIODISTA Y EL HOMBRE QUE INSPIRÓ A OTROS ESCRITORES
Henley desarrolló una intensa carrera como periodista, editor y crítico literario. Dirigió importantes revistas culturales de su tiempo y desde ellas impulsó a numerosos escritores jóvenes, convirtiéndose en una figura influyente dentro del ambiente intelectual británico. Su capacidad para descubrir talento y su criterio como editor hicieron de él un personaje respetado mucho más allá de su propia producción poética.
Entre sus amistades destacó la que sostuvo con Robert Louis Stevenson. La personalidad enérgica de Henley, su carácter decidido y la manera en que enfrentaba la discapacidad impresionaron profundamente al novelista escocés. Aquella admiración dio origen a uno de los personajes más famosos de la literatura universal: Long John Silver, el inolvidable pirata de La isla del tesoro. Stevenson tomó de Henley algunos rasgos físicos, su extraordinaria fuerza de voluntad y esa mezcla de inteligencia, liderazgo y determinación que definía al poeta inglés.
Como escritor, Henley nunca buscó el exceso ornamental. Su lenguaje era firme, directo y de gran intensidad emocional. Prefería construir imágenes poderosas antes que perderse en artificios retóricos. En sus poemas aparecen con frecuencia la lucha interior, el valor, la dignidad, el paso del tiempo, la enfermedad, la muerte y la capacidad humana para mantenerse de pie aun cuando todo parece derrumbarse alrededor. Su poesía no invita a negar el sufrimiento; invita a enfrentarlo con entereza.
Además de su obra lírica, escribió ensayos, críticas, piezas teatrales en colaboración con Robert Louis Stevenson y numerosos textos periodísticos que reflejan su interés por la cultura, la sociedad y la literatura de su época. Aunque fue reconocido por sus contemporáneos, el paso del tiempo terminó concentrando la atención casi exclusivamente en uno de sus poemas, dejando en segundo plano una producción mucho más amplia y variada.
“INVICTUS”: EL POEMA QUE TERMINÓ CONVIRTIÉNDOSE EN UN SÍMBOLO UNIVERSAL
La obra de William Ernest Henley alcanza su máxima expresión en Invictus, escrito hacia 1875 y publicado algunos años después dentro de su colección A Book of Verses. El poema nació de una experiencia profundamente personal, pero logró trascender cualquier circunstancia individual para convertirse en un mensaje universal sobre la libertad interior, la fortaleza y la responsabilidad con la propia existencia.
Con apenas cuatro estrofas, Henley construyó una de las declaraciones más contundentes sobre la capacidad humana para resistir la adversidad. Sus versos han acompañado durante más de un siglo a personas que enfrentan enfermedades, guerras, encarcelamientos, persecuciones, pérdidas familiares o desafíos personales. Líderes políticos, deportistas, militares, escritores y millones de lectores han encontrado en esas palabras una fuente de inspiración porque el poema no promete una vida sin sufrimiento; recuerda que incluso en las circunstancias más difíciles permanece intacta la posibilidad de decidir quién queremos ser.
Sin embargo, reducir a Henley únicamente a Invictus sería injusto. Su legado también vive en colecciones como Hospital Poems, donde transformó la experiencia médica en literatura de extraordinaria sensibilidad; en A Book of Verses, que reúne buena parte de su poesía más representativa; y en numerosos escritos donde defendió la honestidad intelectual, el rigor artístico y la independencia del pensamiento.
William Ernest Henley falleció el 11 de julio de 1903 en Woking, Inglaterra, dejando una obra que nunca fue particularmente extensa, pero cuya influencia ha resultado desproporcionadamente grande. Sus versos continúan siendo leídos porque hablan de una verdad que no envejece: la fortaleza no consiste en evitar las heridas, sino en impedir que ellas gobiernen el espíritu.
Pocos escritores lograron convertir una experiencia tan personal en un mensaje tan universal. Henley no escribió desde la comodidad ni desde la teoría; escribió después de haber conocido el dolor, la incertidumbre y la fragilidad humana. Tal vez por eso sus palabras siguen conservando la autoridad de quien habla únicamente de aquello que ha vivido.
Más de un siglo después de su muerte, William Ernest Henley continúa recordándonos que la mayor victoria del ser humano no siempre consiste en cambiar las circunstancias, sino en conservar intacta la dignidad con la que decide enfrentarlas.
(ByNotas de Libertad).

/… SALAMANCA: EL LUGAR DONDE LOS SUEÑOS TAMBIÉN TIENEN SABOR
Acompañar a Anselmo Conejo por Salamanca fue mucho más que realizar un recorrido por una ciudad. Fue descubrir la profunda relación que un hombre puede llegar a construir con la tierra donde nació. Cada conversación, cada paso y cada historia terminaron revelando el afecto de quien no solamente conoce sus calles, sino que también conserva intacta la ilusión de verla crecer y transformarse. Bajo esa mirada recorrimos algunos de los rincones más representativos de Salamanca, convencidos de que la mejor manera de entender una comunidad es escuchar primero a quienes nunca han dejado de creer en ella.
ENTRE EL RÍO Y LA MEMORIA
Nuestro encuentro comenzó donde la historia de Salamanca ha encontrado durante siglos uno de sus principales testigos: el río Lerma. Desde ahí iniciamos una caminata hacia el Centro Histórico, dejando que la ciudad fuera marcando el ritmo del recorrido. No había prisa. Cada calle invitaba a detenerse y cada conversación abría una nueva ventana para comprender el carácter de una comunidad orgullosa de sus raíces.
Anselmo Conejo fue compartiendo recuerdos, episodios de la vida cotidiana y reflexiones nacidas de muchos años de observar a Salamanca desde distintos frentes. No hablaba únicamente del pasado; hablaba también del futuro. De la responsabilidad de conservar la identidad sin renunciar al progreso y del derecho que tienen los ciudadanos de imaginar una ciudad cada vez mejor.
La caminata nos condujo hasta el Templo del Señor del Hospital, uno de los símbolos más importantes de Salamanca. Frente a su historia, su arquitectura y su profundo significado para miles de fieles, comprendimos que las ciudades encuentran en sus espacios de encuentro una parte esencial de su identidad. La fe, la memoria y la vida cotidiana conviven ahí desde hace generaciones y continúan dando sentido a buena parte de la historia salmantina.
LA TRADICIÓN QUE SE SIENTA A LA MESA
Después de recorrer el corazón de la ciudad llegó el momento de conocer uno de esos establecimientos que han acompañado durante décadas la vida de Salamanca: La Granja. Más que un restaurante, encontramos una historia construida con trabajo familiar, constancia y una cocina que ha sabido mantener el equilibrio entre la tradición y la innovación.
Conversar con quienes han dado vida a este lugar permitió entender que el éxito gastronómico nunca depende solamente de una receta. Se construye con disciplina, con atención permanente a los clientes y con la capacidad de hacer que cada visitante se sienta nuevamente en casa. Quizá por eso varias generaciones de salmantinos siguen encontrando en La Granja un sitio donde celebrar los momentos importantes de la vida.
La gastronomía también forma parte del patrimonio de una ciudad. Conserva costumbres, fortalece vínculos familiares y termina convirtiéndose en un punto de encuentro donde las historias continúan escribiéndose alrededor de una mesa.
EL SABOR QUE TAMBIÉN HABLA DE UNA CIUDAD
Nuestro recorrido concluyó en la Taquería Aguilera, un negocio que resume el espíritu de muchas empresas familiares mexicanas: trabajo constante, respeto por la calidad y cercanía con sus clientes. Detrás de cada orden existe una historia de esfuerzo cotidiano, de recetas perfeccionadas durante años y de una familia que ha hecho de la cocina una forma de servir a su comunidad.
Mientras observábamos el movimiento de la parrilla y escuchábamos las historias de quienes han construido este lugar, comprendimos que los grandes negocios suelen tener un origen sencillo: una idea, mucho trabajo y la decisión de no renunciar nunca a hacer bien las cosas.
Así terminó nuestro recorrido por Salamanca. No con la sensación de haber visitado únicamente un destino gastronómico, sino con la certeza de haber conocido una ciudad a través de la mirada de uno de sus habitantes. Porque, al final, los mejores viajes no dependen solamente de los lugares que se recorren. Dependen de las personas que nos enseñan a descubrirlos.
Video Crónica.
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).





Domingo 2 de agosto al sábado 8 de agosto.
SANTORAL
AGOSTO COMIENZA ENTRE ALTARES, CAMPANAS Y NOMBRES CONOCIDOS
Agosto abre sus primeros días con un santoral particularmente cercano a la vida cotidiana. No hace falta buscar demasiado para encontrar alguno de estos nombres en una familia mexicana, en la fachada de una parroquia, en una calle de pueblo o en esas imágenes religiosas que permanecen durante años en un rincón de la casa. Esteban, Lidia, Juan, Cayetano, Domingo, Justo, Pastor: detrás de muchos nombres que hoy pronunciamos con absoluta naturalidad existe una historia que comenzó mucho antes de que terminaran formando parte de nuestro lenguaje familiar.
La semana del 2 al 8 de agosto tiene además una curiosa diversidad. Comienza bajo una advocación mariana, Nuestra Señora de los Ángeles; encuentra el martes a Juan María Vianney, aquel sacerdote de una pequeña aldea francesa que terminó convirtiéndose en patrono de los párrocos; pasa el miércoles por Nuestra Señora de las Nieves y una tradición que habla, insólitamente, de nieve en pleno verano romano; y el jueves se detiene ante la Transfiguración del Señor, una de las escenas más luminosas de los Evangelios. Después llega Cayetano de Thiene, cuyo nombre quedó unido en la religiosidad popular a dos preocupaciones que nunca pasan de moda: que haya trabajo y que no falte el pan.
El sábado cierra con Santo Domingo de Guzmán y allí la historia toca directamente a México. Los dominicos cruzaron el Atlántico en el siglo XVI y dejaron una presencia profunda en la evangelización de la Nueva España, particularmente en territorios indígenas del centro y sur del país. Basta recorrer antiguos conventos, templos y poblaciones de Oaxaca, Puebla, Chiapas o el centro de México para encontrar las huellas de aquella orden. Por eso este santoral no necesita buscar solemnidad en palabras demasiado grandes: basta mirar cuánto de aquellos nombres permanece todavía entre nosotros. Agosto apenas comienza y el calendario vuelve a encontrarse con la vida diaria.
DOMINGO 2 DE AGOSTO
NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES
La advocación de Nuestra Señora de los Ángeles posee una antigua tradición mariana y tiene una presencia particularmente significativa en México. En la Ciudad de México se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, cuya historia se remonta al periodo virreinal y que durante generaciones ha sido lugar de peregrinación y devoción popular. El nombre de la advocación está también estrechamente relacionado con la tradición franciscana y con la Porciúncula de Asís, pequeña iglesia dedicada a Santa María de los Ángeles que ocupó un lugar central en la vida de san Francisco.
SAN EUSEBIO DE VERCELLI
Obispo del siglo IV y una de las figuras destacadas en la defensa de la doctrina de Nicea frente al arrianismo. Fue el primer obispo de Vercelli y sufrió el destierro debido a su posición doctrinal. Después de varios años pudo regresar a su diócesis y continuar su labor pastoral y evangelizadora. La Iglesia lo recuerda como ejemplo de fidelidad en una época de intensas disputas teológicas.
SAN PEDRO JULIÁN EYMARD
Sacerdote francés nacido en 1811 y fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento. Su espiritualidad estuvo profundamente vinculada con la Eucaristía, razón por la cual llegó a ser conocido como el Apóstol de la Eucaristía. Promovió la adoración al Santísimo Sacramento y contribuyó al desarrollo de una espiritualidad eucarística que posteriormente alcanzaría una gran presencia en numerosas comunidades católicas.
SAN ESTEBAN I, PAPA
Gobernó la Iglesia entre los años 254 y 257, durante una etapa especialmente difícil para las primeras comunidades cristianas. Una de las grandes controversias de su pontificado estuvo relacionada con la validez del bautismo administrado por grupos considerados heréticos. Defendió que quienes habían recibido válidamente ese sacramento no debían ser bautizados nuevamente al regresar a la comunión de la Iglesia.
SAN PEDRO DE OSMA
Obispo relacionado con la reorganización de la diócesis de Osma después de la recuperación cristiana de aquellos territorios de la península ibérica. Desarrolló una intensa labor pastoral y contribuyó a reconstruir la vida religiosa de la región. Su recuerdo quedó especialmente arraigado en España y posteriormente pasó a distintas comunidades de tradición hispánica.
LUNES 3 DE AGOSTO
SANTA LIDIA DE TIATIRA
Lidia aparece en los Hechos de los Apóstoles como una comerciante de púrpura originaria de Tiatira que escuchó la predicación de san Pablo en Filipos. Después de aceptar el cristianismo fue bautizada junto con su familia y ofreció su casa a los primeros evangelizadores. Por ello suele ser considerada la primera cristiana europea cuyo nombre aparece en el Nuevo Testamento y es tradicionalmente vinculada con comerciantes y tintoreros.
SAN NICODEMO
Personaje del Evangelio de san Juan, miembro del grupo de los fariseos y del Sanedrín. Visitó a Jesús durante la noche para conversar con él y posteriormente intervino para reclamar que se le juzgara conforme a la ley. Después de la crucifixión participó, junto con José de Arimatea, en la preparación y sepultura del cuerpo de Cristo. Esa relación con la Pasión explica su presencia en numerosas tradiciones de Semana Santa.
SAN GAMALIEL
Maestro de la ley mencionado en los Hechos de los Apóstoles y una de las figuras más respetadas del judaísmo de su época. Cuando algunos miembros del Sanedrín pretendían actuar contra los apóstoles, Gamaliel aconsejó prudencia y pidió observar el desarrollo de aquel movimiento antes de condenarlo. La tradición cristiana terminó recordándolo como ejemplo de sabiduría, moderación y respeto.
SAN PEDRO DE ANAGNI
Obispo italiano del siglo XI que participó activamente en la renovación eclesiástica de su tiempo. Fue enviado en distintas misiones pontificias y se distinguió por su actividad pastoral y diplomática. Su figura quedó vinculada especialmente con Anagni, ciudad italiana en la que ejerció su ministerio episcopal.
SAN ASPRENO DE NÁPOLES
La tradición cristiana lo considera el primer obispo de Nápoles y sitúa su vida durante los primeros siglos de la Iglesia. Su nombre está profundamente unido a los orígenes del cristianismo napolitano y a las antiguas comunidades que comenzaron a desarrollarse alrededor del Mediterráneo cuando profesar la nueva fe todavía podía significar persecución.
MARTES 4 DE AGOSTO
SAN JUAN MARÍA VIANNEY, EL CURA DE ARS
Nacido en Francia en 1786, Juan María Vianney se convirtió en uno de los grandes modelos del sacerdocio parroquial. Después de superar enormes dificultades durante su formación llegó a la pequeña población de Ars, donde desarrolló prácticamente toda su vida pastoral. Miles de personas comenzaron a viajar hasta allí para confesarse y escuchar sus consejos espirituales. Murió el 4 de agosto de 1859 y posteriormente fue proclamado patrono de los párrocos del mundo.
SAN JUSTINO DE ROMA
Cristiano de los primeros siglos recordado por su servicio a quienes sufrían persecución y por procurar sepultura digna a los mártires. La tradición lo sitúa entre quienes arriesgaron su propia vida para realizar obras de misericordia cuando las autoridades romanas perseguían a las comunidades cristianas.
SAN CRESCENCIO
Mártir de la antigua comunidad cristiana de Roma cuya memoria se conserva junto con la de san Justino. Las noticias históricas sobre su vida son escasas, como ocurre con numerosos cristianos de los primeros siglos, pero su nombre sobrevivió dentro de la tradición litúrgica como testimonio de fidelidad durante los tiempos de persecución.
SAN ARISTARCO
Discípulo y compañero de san Pablo mencionado en distintos pasajes del Nuevo Testamento. Acompañó al apóstol durante algunos de sus viajes y aparece relacionado con momentos difíciles de su misión. La tradición cristiana lo recuerda por su lealtad y por haber compartido los peligros que implicaba extender las primeras comunidades cristianas por el mundo mediterráneo.
SAN ELEUTERIO DE TARSO
Mártir de los primeros tiempos del cristianismo venerado por antiguas tradiciones orientales. Como sucede con otros santos pertenecientes a aquellos siglos, los datos biográficos conservados son limitados, pero su memoria permanece asociada al testimonio de quienes mantuvieron su fe incluso ante la persecución y la muerte.
MIÉRCOLES 5 DE AGOSTO
NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES
El 5 de agosto está tradicionalmente ligado a la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, uno de los grandes templos marianos de la cristiandad. La antigua tradición cuenta que una nevada extraordinaria ocurrida durante el verano romano señaló el lugar donde debía levantarse una iglesia dedicada a la Virgen, relato del que surgió la advocación de Nuestra Señora de las Nieves. Con el paso de los siglos la devoción atravesó fronteras y llegó también al mundo hispánico y a México, donde existen parroquias, capillas y comunidades que llevan su nombre.
SAN EMIGDIO DE ÁSCOLI
Obispo y mártir cuya tradición se encuentra estrechamente vinculada con la ciudad italiana de Ascoli Piceno. La devoción popular terminó convirtiéndolo en uno de los santos invocados frente a los terremotos, especialmente después de que su protección fuera atribuida a la preservación de Ascoli durante fuertes movimientos sísmicos. Por ello suele aparecer representado sosteniendo una ciudad o un edificio, imagen que expresa la protección que durante generaciones los creyentes han buscado bajo su intercesión.
SAN OSVALDO DE NORTHUMBRIA
Rey anglosajón del siglo VII que desempeñó un papel importante en la expansión del cristianismo por el norte de Inglaterra. Después de recuperar el reino de Northumbria favoreció la llegada de misioneros y colaboró particularmente con san Aidan en la evangelización de sus territorios. Murió el 5 de agosto del año 642 durante la batalla de Maserfield y su figura adquirió rápidamente fama de santidad, extendiéndose su veneración por distintas regiones de Europa.
SANTA NONA DE NACIANZO
Cristiana del siglo IV y madre de san Gregorio Nacianceno, uno de los grandes Padres y Doctores de la Iglesia. La tradición destaca su profunda influencia sobre la vida religiosa de su familia y particularmente sobre la conversión de su esposo, Gregorio el Viejo, quien posteriormente sería obispo. Su historia recuerda el papel decisivo que tuvieron numerosas mujeres en la transmisión de la fe dentro de las familias cristianas de los primeros siglos.
SAN MEMMIO DE CHÂLONS
Considerado por la tradición como el primer obispo de Châlons, en la actual Francia, y uno de los primeros evangelizadores de aquella región. Aunque los datos históricos sobre su vida son escasos y quedaron mezclados con antiguas tradiciones locales, su veneración se mantuvo durante siglos alrededor de la diócesis y de los lugares religiosos relacionados con su nombre. Su figura pertenece a aquella primera generación de pastores a quienes las comunidades cristianas europeas atribuyeron sus orígenes.
JUEVES 6 DE AGOSTO
LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
El 6 de agosto la Iglesia celebra solemnemente la Transfiguración del Señor, episodio narrado por los Evangelios en el que Jesús sube a una montaña acompañado por Pedro, Santiago y Juan y se manifiesta ante ellos de una manera extraordinaria. Su rostro y sus vestiduras adquieren un resplandor excepcional y aparecen Moisés y Elías, mientras los discípulos contemplan anticipadamente la gloria de Cristo antes de los acontecimientos de la Pasión. Es una de las grandes fiestas del calendario litúrgico y posee numerosas expresiones de religiosidad popular en México.
SAN JUSTO DE ALCALÁ
Justo era todavía un niño cuando, según la antigua tradición cristiana, sufrió martirio junto con su hermano Pastor durante las persecuciones ordenadas en tiempos del emperador Diocleciano. Ambos fueron ejecutados en la antigua Complutum, actual Alcalá de Henares, después de mantenerse firmes en su fe. Su culto se extendió por la península ibérica y los convirtió en dos de los ejemplos más conocidos de niños mártires de los primeros siglos del cristianismo.
SAN PASTOR DE ALCALÁ
Hermano de san Justo y compañero inseparable de su martirio. La tradición sitúa a los dos hermanos ante las autoridades romanas cuando todavía eran muy jóvenes y señala que ninguno quiso renunciar a sus creencias. Justo y Pastor han sido venerados conjuntamente durante siglos, especialmente en España, donde la actual Catedral de Alcalá de Henares está dedicada a los Santos Niños y conserva de manera especial su memoria.
SAN HORMISDAS, PAPA
Nacido en la península itálica, Hormisdas ocupó el pontificado entre los años 514 y 523. Uno de los acontecimientos fundamentales de su gobierno fue la superación del cisma acaciano, una prolongada ruptura entre Roma y Constantinopla. La llamada Fórmula de Hormisdas desempeñó un papel importante en el restablecimiento de la comunión en el año 519. Su pontificado quedó así relacionado con uno de los grandes esfuerzos de reconciliación eclesial de la Antigüedad tardía.
SAN OCTAVIANO DE QUIETI
Obispo venerado por antiguas tradiciones cristianas italianas y asociado con la vida religiosa de la región de los Abruzos. Como sucede con numerosos santos de los primeros siglos medievales, se conservan pocos datos biográficos plenamente documentados sobre su existencia, mientras buena parte de su recuerdo procede de la tradición eclesiástica local. Su presencia en el santoral representa a aquellos antiguos pastores cuya memoria permaneció durante generaciones en las comunidades que los veneraron.
VIERNES 7 DE AGOSTO
SAN CAYETANO DE THIENE
Nacido en Vicenza, Italia, en 1480, Cayetano de Thiene abandonó una prometedora carrera vinculada con la administración eclesiástica para dedicarse al sacerdocio y al servicio de enfermos y necesitados. Junto con Juan Pedro Carafa, futuro papa Pablo IV, fundó la Orden de Clérigos Regulares, cuyos integrantes serían conocidos como teatinos. Con el paso de los siglos su devoción adquirió una enorme dimensión popular y quedó particularmente relacionada con las necesidades materiales de las familias. En numerosos países de tradición católica se le conoce como patrono del pan y del trabajo, y cada 7 de agosto miles de personas acuden a sus templos para pedir empleo, agradecer el sustento recibido o encomendar las dificultades económicas del hogar.
SAN SIXTO II, PAPA
Sixto II fue elegido papa en el año 257, en una de las etapas más peligrosas para las comunidades cristianas del Imperio romano. Durante la persecución ordenada por el emperador Valeriano fue detenido mientras celebraba una reunión litúrgica en el cementerio de Calixto, en Roma. Murió mártir el 6 de agosto del año 258 junto con varios de sus diáconos, y la Iglesia conserva su memoria litúrgica el día 7. Su nombre quedó profundamente unido al de san Lorenzo, uno de sus diáconos, quien sería martirizado pocos días después.
SAN MIGUEL DE LA MORA
Sacerdote mexicano nacido en Tecalitlán, Jalisco, en 1874. Desarrolló su ministerio principalmente en Colima y vivió los años de persecución religiosa que acompañaron el conflicto entre el Estado mexicano y sectores de la Iglesia durante la década de 1920. Fue detenido y fusilado el 7 de agosto de 1927. La tradición relata que antes de morir rezó serenamente el rosario. Juan Pablo II lo canonizó en el año 2000 junto con otros mártires mexicanos, por lo que su presencia en esta semana tiene un significado especialmente cercano para el santoral de México.
SAN DONATO DE AREZZO
Obispo y mártir venerado desde la antigüedad en Arezzo, Italia. La tradición sitúa su vida en el siglo IV y relaciona su martirio con las persecuciones contra los cristianos durante el gobierno del emperador Juliano. Alrededor de su figura surgieron diversos relatos de milagros que extendieron su veneración más allá de la Toscana. Su memoria permanece particularmente vinculada con la ciudad de Arezzo, cuya catedral conserva una profunda relación histórica con su culto.
SAN ALBERTO DE TRAPANI
Religioso carmelita nacido en Sicilia durante el siglo XIII y una de las primeras grandes figuras de santidad de la Orden del Carmen en Occidente. La tradición destaca su vida de oración, austeridad y predicación, así como su atención a los enfermos y necesitados. Su veneración se extendió ampliamente entre las comunidades carmelitas y durante siglos fue invocado especialmente por quienes atravesaban enfermedades. Murió en Messina y su culto quedó profundamente arraigado en Sicilia y dentro de la familia carmelitana.
SÁBADO 8 DE AGOSTO
SANTO DOMINGO DE GUZMÁN
Nacido en Caleruega, Castilla, hacia 1170, Domingo de Guzmán fue el fundador de la Orden de Predicadores, conocida universalmente como la de los dominicos. Concibió una comunidad religiosa en la que el estudio, la predicación y la vida espiritual caminaran juntos, y su orden recibió aprobación pontificia en el siglo XIII. Su importancia para México es enorme: los dominicos llegaron a la Nueva España en 1526 y participaron intensamente en la evangelización, especialmente en regiones de Oaxaca, Chiapas y el centro del territorio. Templos, conventos, poblaciones y tradiciones mexicanas conservan hasta hoy las huellas de aquella presencia. Santo Domingo murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221 y la Iglesia celebra actualmente su memoria el 8 de agosto.
SAN CIRIACO DE ROMA
Diácono y mártir de los primeros siglos del cristianismo cuya veneración quedó asociada a un grupo de compañeros que, según antiguas tradiciones, sufrieron persecución en Roma. Su historia fue enriquecida a lo largo de los siglos por numerosos relatos piadosos, por lo que resulta difícil separar algunos detalles legendarios de los datos históricos. Sin embargo, su culto es muy antiguo y su nombre quedó incorporado a martirologios y calendarios cristianos como testimonio de quienes murieron por profesar su fe.
SAN EMILIANO DE CÍZICO
Obispo de Cízico, en Asia Menor, durante el siglo IX, vivió en tiempos de las disputas iconoclastas del Imperio bizantino. Defendió la veneración de las imágenes sagradas frente a las disposiciones imperiales que pretendían eliminarlas y, debido a esa posición, padeció destierro y persecución. La Iglesia lo recuerda como confesor de la fe, es decir, como alguien que sufrió por sus convicciones cristianas sin que necesariamente su testimonio terminara en un martirio sangriento.
SAN MARINO DE ANAZARBO
Mártir de la antigüedad cristiana asociado con Anazarbo, antigua ciudad de Cilicia, en Asia Menor. Como sucede con numerosos mártires de los primeros siglos, se conservan pocos detalles seguros sobre su vida, pero su nombre fue transmitido por antiguos registros eclesiásticos. Su memoria forma parte del conjunto de cristianos cuya veneración sobrevivió gracias a las comunidades locales que conservaron durante generaciones el recuerdo de quienes habían muerto por su fe.
SANTA MARÍA DE LA CRUZ MAC KILLOP
Nacida en Melbourne en 1842, Mary MacKillop dedicó su vida a la educación de niños pobres y de comunidades alejadas de los grandes centros urbanos de Australia. Junto con el sacerdote Julian Tenison Woods fundó las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, congregación que desarrolló una importante labor educativa y social. Afrontó conflictos internos, incomprensiones e incluso una excomunión que posteriormente fue levantada. Murió el 8 de agosto de 1909 y en 2010 fue canonizada por Benedicto XVI, convirtiéndose en la primera santa canonizada de Australia.





Música para recordar el ayer
/… VICENTICO: LA VOZ IMPERFECTA QUE TERMINÓ SONANDO PERFECTAMENTE HUMANA




Entre la furia festiva de Los Fabulosos Cadillacs y la intimidad de una carrera en solitario que encontró otra manera de conmover, Gabriel Fernández Capello hizo de su voz quebrada una identidad y construyó canciones para bailar, resistir, enamorarse y acompañar esas noches en que hasta la tristeza necesita música
UNA VOZ QUE NUNCA QUISO PARECER BONITA
Hay cantantes que pasan media vida buscando la nota perfecta y otros que terminan siendo inolvidables precisamente porque dentro de su voz cabe todo aquello que la perfección suele borrar. Vicentico pertenece a los segundos. Gabriel Julio Fernández Capello, nacido en Buenos Aires el 24 de julio de 1964, nunca necesitó cantar con limpieza académica para hacerse reconocible. Su voz podía rasparse, quebrarse, endurecerse o parecer cansada, pero siempre conservaba una cualidad mucho más importante: uno sabía inmediatamente quién estaba cantando. Y en la música popular, poseer una identidad semejante vale algunas veces mucho más que alcanzar cualquier nota.
Su gran historia comenzó en los años ochenta con Los Fabulosos Cadillacs. Junto a Flavio Cianciarulo y una formación que fue adquiriendo personalidad propia, Vicentico participó en una aventura que comenzó con el ska y terminó recorriendo buena parte del mapa sonoro latinoamericano. Los Cadillacs podían meter en una misma habitación rock, reggae, salsa, ritmos caribeños y una irreverencia porteña que impedía confundirlos con cualquier otra banda. No buscaban la solemnidad del rock que deseaba ser tomado demasiado en serio. Podían hacer una fiesta y, mientras todos estaban bailando, colocar en medio de ella una historia sobre violencia, injusticia, persecución o muerte.
Ahí está una de las claves para comprender a Vicentico. Nunca necesitó escoger entre la alegría y la oscuridad. “Matador” podía levantar a miles de personas mientras contaba una persecución feroz; “Mal bicho” podía convertirse en descarga colectiva mientras señalaba intolerancias y miserias; “Manuel Santillán, el León” llevaba una tragedia dentro de un ritmo que seguía avanzando; “El satánico Dr. Cadillac” poseía la insolencia de una banda que ya sabía perfectamente quién era. Los Cadillacs descubrieron que una canción podía entrar por los pies y terminar golpeando mucho más arriba.
Pero entre toda aquella energía apareció también “Siguiendo la luna”. Y quizá allí comenzó a escucharse con mayor claridad al Vicentico que años después caminaría solo. Ya no hacía falta la explosión. Bastaban una melodía, una ausencia y esa manera suya de cantar como si la noche hubiera durado demasiado. La canción revelaba que detrás del líder de una banda capaz de incendiar escenarios existía también un intérprete extraordinariamente apto para la melancolía.
Durante años, Los Fabulosos Cadillacs crecieron hasta convertirse en una de las agrupaciones fundamentales del rock latinoamericano. Vicentico encontró allí fama, identidad y un repertorio que habría sido suficiente para vivir del recuerdo. Pero cuando llegó la pausa del grupo, tomó una decisión mucho más difícil que repetir la fórmula: se permitió sonar diferente.
EL DÍA EN QUE DEJÓ DE GRITAR PARA DESCUBRIR CUÁNTO PODÍA DECIR EN VOZ BAJA
La carrera solista de Vicentico mostró algo que Los Cadillacs habían permitido ver sólo por momentos. El hombre que podía plantarse delante de una banda enorme también podía quedarse prácticamente solo con una canción sentimental. Su primer disco individual apareció en 2002 y allí ocurrió un encuentro que definiría buena parte de esta segunda vida: tomó “Algo contigo”, de Chico Novarro, y la cantó sin intentar borrar la historia anterior de la pieza. Simplemente la llevó hacia su propia voz.
El resultado fue extraordinario porque parecía no estar interpretando una declaración amorosa sino confesándola. Vicentico comprendió algo esencial acerca de las canciones ajenas: para hacerlas propias no es necesario modificarlas hasta volverlas irreconocibles; hay que encontrar dentro de ellas una emoción que parezca verdadera cuando sale de tu boca. Esa capacidad terminaría convirtiéndose en una de sus grandes virtudes.
Después siguió escribiendo, grabando y explorando una música menos atada a la identidad sonora de su antigua banda. Aparecieron trabajos como Los Rayos y Los Pájaros, pero su consolidación como solista alcanzó otro nivel con “Sólo un momento”. Allí estaba nuevamente esa forma de cantar que parecía llevar algunos kilómetros recorridos antes de llegar al estudio. La canción hablaba del tiempo, de aquello que permanece y de lo poco que finalmente somos capaces de retener. No necesitaba grandes artificios porque la edad comenzaba a proporcionarle a la voz algo que ningún productor puede fabricar: biografía.
También llegaron “Creo que me enamoré”, su lectura de “No te apartes de mí” y una versión de “Paisaje” que nuevas generaciones terminaron asociando intensamente con él. Las tres ayudaron a confirmar una transformación notable. El público de Vicentico ya no era solamente el que había crecido con Los Cadillacs. Había personas que llegaban hasta él desde la canción romántica y otras que podían conocer primero “Paisaje” antes de descubrir “Matador”.
Eso no significó abandonar el rock ni convertirse en un cantante de baladas convencionales. Su música siguió moviéndose entre géneros con la misma libertad de siempre. Lo verdaderamente distinto era la perspectiva. El joven podía cantar desde la urgencia; el hombre adulto comenzó a cantar también desde aquello que queda después de haber vivido. La voz se hizo más grave, más rugosa y quizá menos preocupada por demostrar nada.
En ese tránsito aparece una paradoja hermosa: cuanto menos perfecta se volvió su voz, más convincente podía resultar. Una palabra quebrada podía contar más que un adorno vocal. Un silencio podía pesar tanto como el estribillo. Vicentico había descubierto que algunas canciones necesitan justamente aquello que los años van dejando sobre quien las interpreta.
ENTRE “MATADOR” Y “PAISAJE” CABE UNA VIDA ENTERA
Los Fabulosos Cadillacs volvieron a encontrarse y Vicentico regresó con ellos sin abandonar su camino individual. Eso le permitió conservar dos territorios que, vistos desde lejos, podrían parecer contradictorios. En uno continúa el cantante que hace estallar “Matador” frente a multitudes; en el otro aparece el hombre que puede interpretar “Algo contigo” y conseguir que miles de personas permanezcan quietas. No tuvo que escoger entre ambos porque los dos siempre estuvieron allí.
Su trabajo posterior confirmó además que no quería limitarse a administrar nostalgia. Discos como Último acto, El hombre y El Pozo Brillante prolongaron una búsqueda propia. Este último recibió reconocimiento en los Latin Grammy y mostró a un artista que, después de varias décadas de carrera, todavía podía escribir y grabar sin convertir cada nuevo proyecto en simple pretexto para volver a cantar los éxitos antiguos.
Su historia personal ha caminado también cerca del arte. Su larga relación con la actriz Valeria Bertuccelli y una familia vinculada a la creación forman parte de una vida que Vicentico ha procurado no convertir completamente en espectáculo. Esa reserva resulta coherente con un artista que puede exponerse enormemente dentro de una canción y después guardar para sí buena parte del hombre que la canta.
Mirar su obra completa permite entender por qué ocupa un sitio tan particular. Los Fabulosos Cadillacs ayudaron a construir una música latinoamericana que podía sentirse orgullosa de sus mezclas, apropiarse de ritmos diversos y hablar desde este continente sin necesidad de pedirle identidad prestada a nadie. Vicentico llevó después esa libertad hacia un territorio mucho más íntimo. No rompió con su pasado: descubrió otra manera de continuarlo.
Entre “Matador” y “Paisaje” parece existir una distancia enorme. Una corre, la otra contempla. Una lleva multitud y sudor; la otra puede acompañar una habitación vacía. Pero las dos caben dentro de la misma voz.
Quizá ésa sea la mejor manera de explicar a Vicentico.
Primero aprendimos a bailar con él.
Después nos enseñó que esa misma voz también servía cuando se terminaba la fiesta, alguien apagaba las luces y quedaba solamente una canción diciendo aquello que nosotros no habíamos podido decir.
(By Notas de Libertad).
Algo Contigo.
Los Caminos De La Vida.
No Te Apartes De Mi.
/… ANDRÉS CALAMARO: TODAS LAS VIDAS QUE CABEN DENTRO DE UNA CANCIÓN




Entre Buenos Aires y Madrid, entre Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez, entre el músico que podía escribir canciones casi compulsivamente y el hombre que convirtió sus amores, excesos, pérdidas y contradicciones en materia musical, Calamaro construyó una obra donde el rock aprendió a convivir con el tango, la rumba y la vieja necesidad de cantar aquello que uno no sabe decir hablando
UN MUCHACHO QUE DESCUBRIÓ MUY PRONTO QUE LAS CANCIONES PODÍAN CONTARLO TODO
Andrés Calamaro nació en Buenos Aires el 22 de agosto de 1961, pero quizá su verdadera biografía comenzó cuando descubrió que podía sentarse frente a un teclado y encontrar allí un idioma propio. No tardó demasiado en entrar al oficio. Pasó por Raíces cuando todavía era muy joven y después apareció en Los Abuelos de la Nada, aquella extraordinaria reunión encabezada por Miguel Abuelo donde convivían talento, irreverencia, rock, pop y una libertad creativa que coincidió con una Argentina que comenzaba también a recuperar la suya. Calamaro no era todavía el personaje de gafas oscuras, frases imprevisibles y canciones de madrugada que conoceríamos después. Era un músico joven aprendiendo a encontrar su lugar entre personalidades enormes.
Pero ya escribía. Y algunas de aquellas primeras canciones se negaron a envejecer. “Mil horas” terminó convertida en una de esas piezas que dejan de pertenecer completamente a su autor porque pasan a las fiestas, los bares, las reuniones y la educación sentimental de varias generaciones. “Costumbres argentinas” confirmó algo todavía más importante: Calamaro poseía la rara facilidad de escribir frases que parecían haber existido antes de que alguien las pusiera sobre una melodía. Ahí comenzó a distinguirse el compositor que después haría de esa aparente sencillez una de sus grandes virtudes.
Intentó paralelamente construir una carrera individual y grabó discos que fueron definiendo su personalidad, entre ellos Hotel Calamaro, Vida cruel, Por mirarte y Nadie sale vivo de aquí. No todo fue éxito inmediato ni cada canción encontró inmediatamente a su público. Eso también forma parte de su historia. Antes del Calamaro consagrado existió un artista que tuvo que buscar, equivocarse, producir para otros, tocar, grabar y atravesar años en los que el reconocimiento no siempre correspondía con la cantidad de música que llevaba dentro.
A finales de los ochenta, Argentina comenzó a quedarle pequeña o difícil, quizá ambas cosas. España apareció entonces como otro comienzo. Madrid le ofreció bares, músicos, noches largas y una distancia suficiente para reinventarse. Allí se reunió con Ariel Rot y Julián Infante, provenientes de Tequila, y con Germán Vilella. De ese encuentro nacieron Los Rodríguez y también una de las etapas más felices de la historia del rock cantado en español.
LOS RODRÍGUEZ: CUANDO UNA GUITARRA PODÍA TENER ACENTO DE BUENOS AIRES Y MADRUGADA DE MADRID
Los Rodríguez no sonaban completamente argentinos ni completamente españoles, y justamente por eso terminaron perteneciendo a los dos lugares. Había rock, rumba, guitarras, tabernas, amistad, desorden y una manera despreocupada de contar historias que escondía composiciones mucho más precisas de lo que sugería aquella imagen de músicos viviendo siempre a punto de comenzar otra noche. Calamaro encontró allí compañeros capaces de acompañar su enorme facilidad para producir canciones y un público que terminó haciendo suyo aquel mestizaje.
“Sin documentos” condensó perfectamente ese espíritu. Era una declaración amorosa, pero también tenía algo de frontera atravesada sin pedir permiso. Después estaban “Dulce condena”, “Mucho mejor”, “Para no olvidar” y tantas canciones que fueron construyendo un repertorio donde el amor rara vez aparecía limpio y ordenado. En el universo de Calamaro se quiere con equipaje, con pasado, con errores y casi siempre sabiendo que algo puede terminar mal.
Los Rodríguez terminaron separándose en 1996. Para muchos grupos, una ruptura semejante habría significado comenzar a vivir del recuerdo. Para Calamaro ocurrió lo contrario. Aquella despedida dejó libre al compositor justamente cuando estaba entrando en el periodo más fértil de su vida.
Alta suciedad apareció en 1997 y modificó su dimensión artística. “Flaca” se volvió gigantesca, pero reducir aquel disco a una sola canción sería perder “Loco”, “Media Verónica”, “Crímenes perfectos” y una colección de temas donde Calamaro consiguió algo que llevaba años buscando: hacer música popular sin volverla previsible. Podía escribir una canción que sonara en todas partes y conservar dentro de ella una frase extraña, una imperfección o una sombra que la hiciera reconociblemente suya.
Luego llegó Honestidad brutal y el propio título terminó pareciendo una definición de su manera de escribir. “Paloma”, “Te quiero igual”, “Cuando te conocí”, “La parte de adelante” y otras canciones parecían nacidas demasiado cerca de aquello que las había provocado. Había poco interés en esconder al hombre detrás del compositor. El amor podía aparecer junto al resentimiento, la ternura junto al orgullo y la nostalgia junto a una frase que todavía dolía. Calamaro escribía como quien vaciaba los bolsillos sobre una mesa y aceptaba que apareciera todo.
CUANDO ESCRIBIR DEMASIADO TAMBIÉN SE CONVIRTIÓ EN UNA FORMA DE SOBREVIVIR
El Salmón llevó esa necesidad hasta un extremo difícil de repetir: cinco discos y más de cien canciones publicados en 2000. No era una obra pensada para demostrar equilibrio. Era exactamente lo contrario. Calamaro parecía incapaz de cerrar la llave por donde estaba saliendo la música. Había grandes canciones junto a experimentos, momentos luminosos junto a otros deliberadamente ásperos. El exceso no era un accidente del proyecto; era el proyecto mismo.
También su vida atravesó años complicados. Hubo aislamiento, excesos y una retirada prolongada de los escenarios. El personaje público comenzó por momentos a devorar al músico, pero Calamaro consiguió regresar. Cuando volvió a presentarse en Argentina y apareció El Regreso, el título adquirió un significado que excedía al disco. El público no estaba recibiendo solamente a un cantante que volvía a ofrecer conciertos: estaba reencontrándose con alguien cuyas canciones habían seguido viviendo durante su ausencia.
Después Calamaro se permitió recorrer otros territorios. Se acercó al tango, trabajó con Litto Nebbia, volvió al rock, grabó nuevas composiciones y revisó su propio repertorio acompañado por músicos de generaciones distintas. Tinta roja, El Palacio de las Flores, La lengua popular, Bohemio, Volumen 11, Cargar la suerte y otros trabajos mostraron que no estaba interesado en convertirse únicamente en guardián de sus grandes éxitos. La edad podía modificar la voz, la mirada y la velocidad de la noche, pero no había terminado con su curiosidad.
Ahí está quizá la verdadera dimensión de Andrés Calamaro. Su historia no cabe en “Flaca”, aunque “Flaca” sea inmensa; tampoco en “Mil horas”, “Sin documentos” o “Paloma”. Esas canciones son estaciones de una obra mucho más desordenada, abundante y humana. Algunas fueron escritas por un muchacho; otras por un hombre enamorado; algunas nacieron desde el exceso y otras después de haber sobrevivido a él.
Calamaro nunca necesitó parecer impecable. Buena parte de su encanto está justamente en lo contrario. Sus canciones pueden llegar despeinadas, con una copa todavía sobre la mesa, una despedida reciente y alguna frase que quizá habría sido más prudente guardar.
Pero la prudencia rara vez escribe canciones memorables.
Andrés Calamaro prefirió escribirlas con lo que quedaba después de la noche.
Y muchas veces, cuando amaneció, todavía estaban ahí.
(By Notas de Libertad).
La Parte De Adelante.
Contigo Aprendí.
Flaca.

House of Cards (La casa de cartas).
De: Michael Dobbs




Resumen.
HOUSE OF CARDS
El hombre que aprendió a convertir los secretos, las debilidades y las traiciones de Westminster en los peldaños de una escalera hacia Downing Street, hasta descubrir que cuando la ambición ya no reconoce límites, el poder termina exigiendo mucho más que lealtades y votos
EL HOMBRE QUE GUARDABA LOS SECRETOS DE TODOS
House of Cards (La casa de cartas), publicada por Michael Dobbs en 1989, entra en la política británica por una puerta muy distinta a la de los grandes discursos, las campañas electorales o los debates parlamentarios. Su territorio verdadero son los corredores de Westminster, los despachos donde se habla en voz baja, las confidencias que nunca deberían abandonar una habitación y las debilidades personales que pueden pesar mucho más que una ideología cuando comienza una lucha por el poder. En el centro de ese mundo se encuentra Francis Urquhart, jefe de disciplina parlamentaria del Partido Conservador, el Chief Whip, un hombre cuya aparente discreción es precisamente la fuente de su fuerza. Mientras otros necesitan aparecer ante las cámaras para demostrar que existen, Urquhart ha pasado años trabajando detrás de ellas. Sabe quién desea un ministerio, quién odia a un compañero, quién tiene problemas económicos, quién guarda una aventura sentimental, quién bebe demasiado y quién podría modificar una lealtad a cambio de la promesa adecuada. Su trabajo consiste en mantener disciplinados a los diputados del gobierno; su verdadero patrimonio consiste en conocer aquello que cada uno preferiría mantener escondido.
La historia comienza después de unas elecciones generales que mantienen a los conservadores en el gobierno bajo el primer ministro Henry Collingridge. Urquhart considera que ha llegado la hora de recibir una recompensa por tantos años resolviendo problemas ajenos. Aspira a una posición ministerial de mayor importancia y confía en que Collingridge reconocerá sus servicios. Sin embargo, el primer ministro decide mantenerlo exactamente donde está. Lo considera demasiado eficaz en la disciplina parlamentaria como para desprenderse de él. Aquello que para Collingridge es una decisión práctica, Francis lo recibe como una humillación. Comprende que ha pasado demasiado tiempo ayudando a otros a ascender mientras él permanecía guardando sus secretos.
La respuesta no es una explosión de rabia. Urquhart resulta mucho más peligroso que eso. Decide destruir a Collingridge mientras continúa comportándose públicamente como uno de sus servidores más leales. No organizará una rebelión abierta porque hacerlo revelaría demasiado pronto sus intenciones. Utilizará algo mucho más difícil de combatir: la sospecha. Conoce suficientemente bien la política para saber que un primer ministro no necesita cometer personalmente un gran delito para perder autoridad; puede bastar una sucesión de dudas, filtraciones y escándalos hasta conseguir que todo cuanto ocurre a su alrededor parezca confirmar que ha perdido el control.
Es entonces cuando aparece Mattie Storin, una joven periodista política inteligente, ambiciosa y deseosa de conseguir información que le permita destacar dentro de un ambiente profesional dominado por hombres con más experiencia y mejores contactos. Urquhart descubre inmediatamente su utilidad. Para Mattie, él representa una fuente extraordinaria dentro del corazón del Partido Conservador. Para Francis, ella es algo diferente: el conducto perfecto para introducir determinadas historias en la prensa sin que nadie pueda descubrir quién las puso originalmente en circulación.
Comienza a suministrarle información cuidadosamente escogida. Nunca entrega demasiado. Le ofrece fragmentos, insinuaciones, nombres y pistas suficientemente valiosas para que sea la propia Mattie quien investigue y termine publicando. De esa manera, la manipulación adquiere apariencia de descubrimiento periodístico. Ella gana exclusivas y prestigio; él consigue modificar el clima político sin dejar sus huellas directamente sobre las noticias. Francis entiende que la información tiene mucho más poder cuando quien la publica cree haber llegado hasta ella por sus propios medios.
Entre ambos comienza además una relación personal cada vez más compleja. Mattie siente fascinación por aquel hombre mayor que conoce como pocos los mecanismos secretos de Westminster. Urquhart comprende esa admiración y sabe alimentarla. Le concede la sensación de estar entrando en habitaciones políticas cerradas para los demás periodistas. Lo que ella todavía no entiende es que cada puerta abierta por Francis conduce exactamente al lugar donde él necesita que mire.
El objetivo inmediato continúa siendo Collingridge. Urquhart utiliza las vulnerabilidades relacionadas con Charles Collingridge, hermano del primer ministro, y manipula circunstancias vinculadas con operaciones financieras para producir un escándalo capaz de alcanzar a Downing Street. La maniobra está construida para que las sospechas parezcan surgir de los propios hechos y no de una conspiración organizada. Cuando la información comienza a circular, el primer ministro se encuentra obligado a defenderse de algo cuya arquitectura completa desconoce.
La presión crece hasta convertirse en políticamente insoportable. Collingridge termina renunciando. Urquhart consigue así su primera gran victoria: ha destruido al hombre que se negó a promoverlo y, al mismo tiempo, ha conservado ante los demás la apariencia del funcionario disciplinado que lamenta la desgracia de su jefe. Pero la caída del primer ministro abre un problema nuevo. Downing Street no queda vacía esperando a Francis. El Partido Conservador debe escoger un nuevo líder y aparecen varios aspirantes con mayor notoriedad pública, experiencia ministerial y ambiciones propias.
Urquhart tendrá entonces que conseguir algo mucho más complicado que derribar a un primer ministro.
Tendrá que lograr que todos los hombres situados delante de él desaparezcan de su camino sin que nadie comprenda quién está despejándolo.
UNA ELECCIÓN INTERNA DONDE CADA ADVERSARIO TENÍA UN SECRETO
La competencia por el liderazgo conservador transforma la novela en una partida de eliminación política. Los aspirantes comienzan a reunir apoyos parlamentarios, negociar votos, buscar alianzas y calcular quién puede sobrevivir a las distintas rondas. Cada uno observa las fortalezas y debilidades de sus rivales. Francis Urquhart posee, sin embargo, una ventaja que ninguno puede igualar: durante años ha acumulado información precisamente sobre los hombres que ahora se interponen entre él y el cargo que desea.
El conocimiento se convierte en su verdadera maquinaria electoral. Como Chief Whip había tenido que enterarse de indiscreciones para evitar que perjudicaran al partido; ahora puede utilizarlas para producir exactamente el efecto contrario. Conoce relaciones inconvenientes, ambiciones, errores, miedos y vulnerabilidades. Los expedientes que alguna vez sirvieron para proteger carreras pueden servir también para terminarlas. El hombre encargado de impedir que los secretos incendiaran Westminster descubre que sabe perfectamente dónde colocar el fósforo.
Su método consiste en evitar los ataques frontales. Francis no quiere aparecer como responsable de la destrucción de sus adversarios porque necesita heredar los votos de quienes vayan cayendo. Prefiere provocar acontecimientos que parezcan independientes. Una información llega a determinada persona, alguien reacciona como él esperaba, una debilidad se vuelve pública, una candidatura pierde apoyos y el tablero vuelve a acomodarse. Los políticos creen estar tomando decisiones libres mientras Urquhart calcula anticipadamente cuáles serán sus reacciones.
La novela muestra así que el poder no siempre pertenece a quien habla más fuerte. Muchas veces pertenece a quien conoce suficientemente bien a los demás para predecir qué harán cuando sean presionados. Francis observa las ambiciones como un jugador observa cartas descubiertas. Sabe quién puede resistir, quién se asustará, quién traicionará y quién cometerá un error si cree que la oportunidad de su vida está a punto de desaparecer.
Dentro de esas operaciones adquiere importancia Roger O’Neill, un operador político y publicitario relacionado con el Partido Conservador. O’Neill posee una vulnerabilidad que lo hace particularmente manipulable: su dependencia de la cocaína. Urquhart entiende cómo utilizarlo y lo convierte en pieza de algunas de sus maniobras. Roger cumple funciones, transmite información y participa en movimientos cuyo alcance total no necesariamente comprende desde el principio.
Pero una persona utilizada para ejecutar secretos termina sabiendo que esos secretos existen. Y quien sabe demasiado puede convertirse rápidamente en un problema.
O’Neill comienza a representar un riesgo para Urquhart. Su fragilidad, que inicialmente lo hizo controlable, ahora lo vuelve impredecible. Francis descubre que todo cómplice contiene la posibilidad futura de una confesión y que toda confesión puede hacer caer la construcción completa. La ambición que comenzó como una venganza política alcanza entonces una frontera mucho más oscura.
Roger muere.
Su relación con las drogas permite que la muerte pueda envolverse en una explicación aparentemente coherente con su propia vida. Pero detrás de lo ocurrido se encuentra nuevamente la mano de Urquhart. Francis ha cruzado una línea definitiva. Ya no está destruyendo únicamente reputaciones ni candidaturas. Ha comenzado a tratar vidas humanas como obstáculos dentro de una operación política.
Dobbs consigue que esa transformación resulte inquietante precisamente porque Urquhart no se contempla a sí mismo como un criminal ordinario. Continúa racionalizando cada movimiento como una necesidad producida por el anterior. Primero había que castigar una injusticia. Después había que proteger una estrategia. Más tarde había que impedir que un secreto fuera revelado. La ambición va construyendo su propia moral: todo aquello que garantiza la supervivencia del proyecto comienza a parecer necesario.
Elizabeth Urquhart, la esposa de Francis, adquiere en este contexto una importancia especial. No es simplemente la mujer que permanece en casa mientras su marido conquista Westminster. Conoce la naturaleza de su ambición y comprende mucho más de lo que Francis necesita explicar. Entre ambos existe una complicidad intelectual y política que vuelve su matrimonio parte de la maquinaria del protagonista. Elizabeth entiende que la meta de su marido no consiste simplemente en obtener un cargo mejor. Francis quiere llegar hasta arriba.
Mientras tanto, Mattie comienza a observar las noticias que ella misma publicó desde una perspectiva diferente. Hay demasiadas coincidencias. Determinadas revelaciones aparecen en momentos demasiado convenientes. Los escándalos eliminan sucesivamente a personas que se encuentran entre Francis y Downing Street. Lo que inicialmente parecía una serie de crisis independientes comienza a revelar una geometría.
La periodista empieza entonces a investigar sus propias fuentes.
Ése es el error que Urquhart no había previsto. Francis había entendido la ambición profesional de Mattie, pero había subestimado su inteligencia. Creyó que proporcionar información significaba controlar para siempre la interpretación de esa información. No comprendió que estaba enseñándole, noticia tras noticia, el camino que algún día podía conducirla hasta él.
A medida que los demás candidatos pierden posibilidades, Francis administra cuidadosamente su propio ascenso. Evita mostrar una desesperación excesiva por convertirse en líder porque sabe que la ambición demasiado visible provoca resistencias. Necesita que otros comiencen a verlo como una solución natural. Su candidatura debe parecer menos producto de su voluntad que consecuencia inevitable del derrumbe de todos los demás.
La maniobra funciona.
El hombre que comenzó la historia guardando los secretos de los poderosos se aproxima cada vez más al lugar desde donde podría gobernarlos.
Pero Mattie también se aproxima.
Y ella ya no está buscando una exclusiva.
Está buscando al hombre que fabricó todas las anteriores.
LA PERIODISTA QUE SIGUIÓ EL HILO HASTA ENCONTRAR AL HOMBRE QUE LO HABÍA MOVIDO TODO
Mattie Storin comienza a reconstruir la historia desde atrás. En lugar de preguntar qué significa cada escándalo por separado, se pregunta a quién benefició. La caída de Collingridge, las filtraciones, las crisis sufridas por los aspirantes conservadores y la muerte de Roger O’Neill dejan de parecer acontecimientos independientes cuando se colocan sobre una misma mesa. Una presencia se repite alrededor de demasiados episodios: Francis Urquhart.
La revelación tiene para ella una dimensión profesional y otra profundamente personal. Significa reconocer que buena parte de aquello que consideró grandes descubrimientos periodísticos había sido cuidadosamente suministrado para convertirla en instrumento. Urquhart había comprendido su necesidad de destacar y la había alimentado con exclusivas. Ella creyó estar utilizando una fuente privilegiada para penetrar en Westminster; ahora descubre que la fuente llevaba mucho tiempo utilizándola a ella para modificar Westminster.
La relación íntima entre ambos vuelve todavía más peligrosa la investigación. Mattie no está siguiendo a un político desconocido. Persigue la verdad sobre un hombre por quien sintió admiración y atracción, alguien cuya confianza consideró durante mucho tiempo un privilegio. Para aceptar quién es Francis debe reconocer también cuánto permitió que esa fascinación afectara su capacidad para observarlo.
Urquhart detecta el cambio. Ha construido su carrera interpretando silencios y debilidades y sabe cuándo una persona ha dejado de creerle. Mattie ya no escucha como antes. Pregunta de manera distinta, contrasta información y comienza a mirar detrás de las respuestas. La relación entre fuente y periodista se invierte: el hombre que durante tanto tiempo decidió qué debía investigar Mattie se convierte finalmente en aquello que ella está investigando.
La casa levantada por Francis empieza entonces a mostrar su fragilidad. Cada movimiento había necesitado proteger al anterior. Una manipulación produjo un secreto; el secreto necesitó un encubrimiento; el encubrimiento creó un testigo; el testigo se convirtió en amenaza. Cuanto más cerca está Urquhart de alcanzar el poder, mayor es la cantidad de piezas que no pueden moverse sin provocar un derrumbe.
Mattie consigue comprender suficientemente bien el mecanismo para convertirse en una amenaza definitiva. Ya no posee únicamente sospechas sobre una maniobra política. Está acercándose a una explicación capaz de conectar acontecimientos y revelar quién se encontraba detrás de ellos. Francis comprende que si ella logra publicar lo descubierto, no perderá solamente la posibilidad de convertirse en primer ministro. Todo aquello que hizo para llegar puede quedar expuesto.
La confrontación entre ambos concentra entonces el verdadero sentido de la novela. Mattie tiene la verdad que ha conseguido reconstruir. Urquhart tiene el poder, la experiencia y, sobre todo, una ausencia de límites que ella ha tardado demasiado en comprender. La periodista descubre que no está enfrentándose simplemente a un político extraordinariamente manipulador, sino a un hombre que ha terminado considerando su propia supervivencia política una razón suficiente para eliminar cualquier obstáculo.
El desenlace lleva esa confrontación hasta sus últimas consecuencias y confirma que la ambición de Francis ha dejado de reconocer fronteras morales. La misma lógica que utilizó para derribar adversarios políticos termina aplicándose contra quien amenaza con descubrirlo. En ese momento ya no existe una separación clara entre conquistar el poder y ocultar los actos cometidos para conquistarlo. Una cosa necesita inevitablemente de la otra.
Ahí adquiere pleno significado House of Cards. La casa de cartas no es solamente el gobierno británico ni Westminster. Es la construcción de Francis Urquhart. Cada carta sostiene otra: una confidencia sostiene una manipulación, una manipulación exige una mentira, una mentira necesita un silencio y ese silencio puede terminar necesitando un crimen. Desde fuera, el edificio parece cada vez más sólido; por dentro, cada nuevo piso aumenta la posibilidad de que una sola verdad haga caer todo lo anterior.
Dobbs convierte así una lucha por el liderazgo conservador en algo mucho mayor que una intriga partidista. La política es el escenario, pero el verdadero asunto es la ambición. Francis comienza sintiéndose injustamente postergado y termina creyendo que aquello que desea le corresponde de tal manera que cualquier procedimiento para conseguirlo puede justificarse. Su descenso moral no ocurre mediante una sola decisión gigantesca. Avanza mediante pequeñas autorizaciones que se concede a sí mismo hasta que ya no queda ninguna frontera que no pueda cruzar.
Por eso Francis Urquhart resulta mucho más inquietante que un villano construido únicamente desde la maldad. Es inteligente, disciplinado, paciente y conoce extraordinariamente bien a las personas. Su gran talento consiste en detectar aquello que los demás quieren. Su tragedia consiste en no reconocer a tiempo que él también posee una debilidad capaz de gobernarlo por completo.
Quiere llegar a Downing Street.
Al principio parece una aspiración.
Después se convierte en obsesión.
Finalmente termina siendo la medida con la que decide cuánto vale todo lo demás.
House of Cards es, en el fondo, la historia de un hombre que conoce los secretos de todos hasta terminar construyendo el más peligroso de todos: el suyo. Francis comprende que los gobiernos pueden sostenerse con mayorías, los partidos con disciplina y las carreras con apariencias, pero descubre también que debajo de esas estructuras existen seres humanos llenos de miedo, deseo, vanidad y necesidad de reconocimiento.
Él aprende a tocar exactamente esas debilidades.
Y mientras los demás creen estar jugando sus propias cartas, Francis lleva demasiado tiempo mirando la baraja completa.
Sobre el autor.
MICHAEL DOBBS: EL NOVELISTA QUE APRENDIÓ A ESCUCHAR LO QUE EL PODER DICE CUANDO CIERRA LA PUERTA
Una vida repartida entre la política británica, la comunicación y la literatura convirtió al creador de House of Cards en un narrador excepcional de la ambición, los secretos y las debilidades humanas que sobreviven detrás de los grandes cargos
DE LA POLÍTICA VIVIDA A LA POLÍTICA IMAGINADA
Michael Dobbs nació en Inglaterra en 1948 y pertenece a esa poco frecuente clase de escritores que llegaron a la novela después de haber conocido personalmente el mundo que terminarían convirtiendo en materia literaria. Su formación académica, desarrollada entre Gran Bretaña y Estados Unidos, lo acercó desde joven a las relaciones internacionales, la seguridad y los grandes conflictos de la segunda mitad del siglo XX. Pero fueron sus años dentro de la política conservadora británica los que terminaron proporcionándole un conocimiento mucho más difícil de adquirir en una biblioteca: aprendió cómo se comportan los hombres cuando una puerta se cierra, desaparecen los periodistas y comienza la verdadera discusión por el poder.
Su trayectoria estuvo estrechamente relacionada con el Partido Conservador y con la generación de Margaret Thatcher. Desempeñó responsabilidades importantes dentro de la organización y conoció de cerca las campañas, las luchas internas, las crisis y la enorme presión que rodea a quienes viven pendientes de una encuesta, una votación parlamentaria o una conversación capaz de cambiar una carrera. Estuvo cerca de Thatcher durante una parte importante de aquellos años y posteriormente continuó vinculado con la vida política británica. Mucho después ingresaría incluso en la Cámara de los Lores, convirtiéndose en Baron Dobbs of Wylye.
Esa experiencia dejó una huella mucho más profunda en su literatura que cualquier dato autobiográfico aislado. Dobbs entendió que la política posee dos lenguajes. Uno pertenece a los discursos, las entrevistas y las cámaras; el otro aparece cuando alguien necesita un voto, teme perder un cargo, descubre una traición o comprende que el compañero sentado a su lado desea ocupar su lugar. Ese segundo lenguaje sería el que llevaría a sus novelas.
También conoció de cerca momentos en los que la política dejó de ser estrategia para convertirse en peligro físico. En 1984 se encontraba en Brighton durante el congreso conservador cuando una bomba colocada por el IRA explotó en el Grand Hotel, donde se alojaban Thatcher y numerosos dirigentes de su partido. Sobrevivir a un atentado dirigido contra el corazón de la dirigencia británica significaba comprobar de una manera brutal que las disputas políticas podían abandonar los parlamentos y entrar violentamente en una habitación.
Cuando años después comenzó a escribir ficción, Dobbs no necesitó imaginar cómo olía una campaña agotada, cómo se comportaba un político bajo presión o cuánto puede pesar una confidencia. Había vivido demasiado cerca de todo aquello. Lo verdaderamente literario consistió en tomar esa experiencia, desprenderla de la simple anécdota autobiográfica y convertirla en personajes capaces de representar algo mucho más universal: la sed humana de reconocimiento, ascenso y dominio.
FRANCIS URQUHART Y EL DESCUBRIMIENTO DE QUE LOS SECRETOS TAMBIÉN GOBIERNAN
House of Cards apareció en 1989 y transformó la carrera de Michael Dobbs. En lugar de escribir unas memorias sobre aquello que había contemplado dentro del conservadurismo, inventó a Francis Urquhart y colocó en él algunas de las características más inquietantes del operador político: paciencia, conocimiento de las debilidades ajenas, capacidad para esconder la ambición y una comprensión casi clínica de la manera en que puede utilizarse un secreto.
Urquhart no necesita ser el político más popular de Westminster porque posee algo mejor: información. Dobbs convirtió así al responsable de la disciplina parlamentaria en un personaje capaz de demostrar que muchas veces el hombre aparentemente secundario sabe mucho más que quienes aparecen todos los días en primera plana. Su protagonista conoce adulterios, adicciones, resentimientos, problemas económicos, aspiraciones frustradas y pequeñas miserias. Con ese material comienza a levantar su camino hacia Downing Street.
El enorme acierto de House of Cards fue no limitarse a presentar una conspiración. La novela convirtió la política en un estudio de la naturaleza humana. Cada movimiento de Urquhart funciona porque existe otra persona con miedo, vanidad o ambición suficiente para reaccionar como él espera. Francis manipula instituciones, pero antes manipula seres humanos. Ahí está la verdadera oscuridad del personaje.
La historia continuó en To Play the King y The Final Cut. Las tres novelas forman el gran ciclo de Urquhart y desarrollan una evolución particularmente amarga: conquistar el poder resulta apenas el primer problema; conservarlo puede exigir todavía más. El hombre que inicialmente elimina obstáculos para ascender termina atrapado por la necesidad de proteger todo aquello que hizo durante el ascenso. Dobbs construyó así una de las grandes figuras de la ficción política británica contemporánea.
La adaptación televisiva de la BBC multiplicó la fama de la historia y convirtió a Ian Richardson en el rostro inolvidable de Urquhart. Décadas después, el universo creado por Dobbs fue trasladado a Estados Unidos. La nueva House of Cards cambió Westminster por Washington y transformó profundamente personajes y circunstancias, pero conservó la idea fundamental: observar el poder desde el punto de vista de alguien dispuesto a utilizar todas sus grietas.
El éxito internacional terminó provocando una curiosa inversión. Muchísimas personas conocieron primero las adaptaciones y solamente después descubrieron que detrás de ellas había un novelista británico que había pasado años dentro de la política real. Francis Urquhart había escapado de las páginas y terminado convertido en una referencia cultural para describir determinada clase de ambición política.
MUCHO MÁS QUE HOUSE OF CARDS
El extraordinario éxito de Francis Urquhart puede ocultar que Dobbs construyó una obra considerablemente más amplia. Regresó en distintas ocasiones a Westminster porque allí encontró un escenario literario prácticamente inagotable. Sus novelas políticas exploran diputados, funcionarios, periodistas, asesores y personajes atrapados entre aquello que desean hacer y aquello que están dispuestos a sacrificar para conseguirlo. En libros como Goodfellowe MP, The Buddha of Brewer Street, Whispers of Betrayal y First Lady continuó observando la política británica desde perspectivas distintas, sin limitarse a repetir la fórmula de su personaje más famoso.
Otra parte importante de su producción se dirige hacia Winston Churchill. Dobbs encontró en él un personaje histórico ideal para sus intereses porque Churchill reunía grandeza y contradicción, seguridad pública y momentos de profunda incertidumbre. En lugar de contemplarlo únicamente desde la estatua del estadista que desafió a Hitler, decidió aproximarse al hombre sometido a decisiones terribles cuando todavía nadie podía garantizar que terminaría convertido en héroe.
Winston’s War, Never Surrender, Churchill’s Hour y Churchill’s Triumph recorren distintos momentos de la Segunda Guerra Mundial y permiten a Dobbs mezclar investigación histórica con recursos de la novela. Allí reaparece una de sus obsesiones esenciales: mirar los grandes acontecimientos desde las habitaciones donde todavía no se sabe cuál será el desenlace. La historia conoce el resultado de Dunkerque, Pearl Harbor o Yalta; los personajes que estaban viviéndolos no. Dobbs intenta devolverles esa incertidumbre.
También creó la serie protagonizada por Harry Jones, parlamentario, antiguo militar y hombre de acción que le permitió llevar sus intrigas hacia escenarios internacionales, terrorismo, conspiraciones y amenazas que exceden las paredes del Parlamento. Con títulos como The Lords’ Day, The Edge of Madness, A Sentimental Traitor y A Ghost at the Door, entre otros, amplió el territorio de su ficción sin abandonar el interés por quienes se mueven cerca de los centros de decisión.
Vista en conjunto, su obra posee una continuidad mucho más clara de lo que podría sugerir la variedad de argumentos. Dobbs escribe sobre el poder, pero sobre todo escribe sobre las personas cuando están cerca de él. Le interesa descubrir qué parte de un hombre permanece intacta cuando aparece la posibilidad de ascender, cuánto puede resistir una lealtad frente a una ambición y en qué momento alguien comienza a justificar aquello que antes habría considerado inadmisible.
Quizá por eso House of Cards continúa siendo la mejor puerta de entrada a su literatura. No porque sea su único trabajo importante, sino porque contiene concentradas muchas de las preguntas que después reaparecen en sus demás libros. Francis Urquhart conoce los secretos de todos y cree que ese conocimiento lo vuelve invulnerable, hasta que su propia ambición termina siendo el secreto que mejor explica quién es.
Michael Dobbs conoció primero el poder como trabajador político, estratega y testigo de una época extraordinaria de la vida británica. Después lo convirtió en materia narrativa. Y acaso ahí se encuentre la diferencia fundamental entre sus novelas y tantas ficciones políticas construidas únicamente desde la imaginación: cuando Dobbs describe una puerta cerrándose en Westminster, uno sospecha que alguna vez escuchó personalmente lo que comenzaba a decirse al otro lado.
(By Notas de Libertad).





/… NICARAGUA: LA REVOLUCIÓN QUE UN DÍA PROMETIÓ CAMBIAR LA HISTORIA Y TERMINÓ CAMBIANDO DE ROSTRO
De Sandino y el largo dominio de los Somoza al nacimiento de una generación que convirtió la rebeldía en revolución; de Carlos Fonseca, Tomás Borge y quienes levantaron el Frente a la insurrección que reunió guerrilleros, estudiantes, campesinos, sacerdotes, empresarios, intelectuales y ciudadanos hasta derribar una dictadura; de la celebración de 1979 a la guerra de los años ochenta, las urnas que apartaron al sandinismo del gobierno y los pactos que prepararon su regreso; y de la vuelta de Daniel Ortega a la construcción de un poder compartido con Rosario Murillo que fue cerrando espacios, expulsando adversarios y modificando las reglas hasta colocar a Nicaragua, casi medio siglo después de aquella victoria, frente a la vieja pregunta que creyó haber resuelto para siempre: quién decide cuándo debe terminar el poder.
LA TIERRA DONDE TODO COMENZÓ CON UN HOMBRE ASESINADO
EL HOMBRE AL QUE MATARON SIN SABER QUE ACABABAN DE VOLVERLO ETERNO
Antes de que Nicaragua conociera las fotografías de los muchachos sandinistas entrando victoriosos en Managua, antes de que los fusiles levantados hacia el cielo anunciaran el derrumbe de los Somoza y mucho antes de que Daniel Ortega pudiera imaginar siquiera que algún día gobernaría el país, hubo un hombre caminando por las montañas de Las Segovias con un sombrero ancho, un ejército pobre y una obstinación demasiado grande para el tamaño de sus fuerzas. Se llamaba Augusto César Sandino. Había nacido en Niquinohomo en 1895 y pertenecía a una Nicaragua acostumbrada a que su destino fuera discutido dentro y fuera de sus fronteras, entre liberales y conservadores, entre gobiernos frágiles y caudillos armados, bajo una presencia estadounidense que había convertido la soberanía en una palabra que muchas veces parecía escrita con tinta ajena. Sandino no inventó aquella herida histórica, pero decidió vivir dentro de ella hasta convertirla en combate.
En 1927 ocurrió el momento que terminaría definiéndolo. La guerra constitucionalista enfrentaba nuevamente a los nicaragüenses y Estados Unidos intervino para favorecer una salida negociada. El Pacto del Espino Negro condujo al desarme de buena parte de las fuerzas liberales. Sandino se negó. Podía aceptar que otros dejaran los fusiles; no podía aceptar que Nicaragua normalizara la presencia de soldados extranjeros sobre su territorio. Desde entonces su guerra adquirió otro significado. Ya no peleaba solamente contra adversarios nacionales: levantaba una bandera de soberanía frente a una potencia inmensamente superior. Organizó el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y desde el norte mantuvo durante años una resistencia que militarmente podía parecer condenada y políticamente comenzó a resultar contagiosa. Sus hombres conocieron hambre, persecución, bombardeos y muerte; él fue convirtiéndose, casi sin proponérselo, en una figura que empezaba a pertenecer también a quienes jamás lo habían visto.
Estados Unidos retiró sus marines en enero de 1933. La guerra parecía haber llegado al lugar donde las armas podían finalmente callarse. Sandino abrió negociaciones con el presidente Juan Bautista Sacasa y comenzó a discutir la desmovilización de sus fuerzas. Había sobrevivido a años de persecución y a una confrontación que parecía imposible de sostener. Lo que no sabía era que mientras él negociaba la paz estaba creciendo dentro del país una institución que cambiaría para siempre la historia nicaragüense: la Guardia Nacional. Su jefe era Anastasio Somoza García, un hombre que entendía el lenguaje del poder con una claridad despiadada y que pronto descubriría que quien controlaba los fusiles podía terminar controlando también la República.
La noche del 21 de febrero de 1934, Sandino salió de una reunión con Sacasa. Fue detenido por miembros de la Guardia Nacional junto con Francisco Estrada, Juan Pablo Umanzor y otros acompañantes. Sandino, Estrada y Umanzor fueron conducidos fuera de Managua y asesinados. Después vendría la persecución contra hombres vinculados con su movimiento. De Sandino ni siquiera quedaría una tumba cierta donde Nicaragua pudiera llevar flores. Quienes ordenaron eliminarlo creyeron resolver un problema político enterrando un cuerpo en un lugar desconocido. Consiguieron exactamente lo contrario. Al desaparecer al hombre hicieron imposible enterrar el símbolo.
Sandino comenzó entonces una segunda existencia. Ya no necesitaba ejército, porque tenía una historia; ya no necesitaba territorio, porque su nombre podía viajar; ya no necesitaba sobrevivir, porque otros terminarían sobreviviendo en él. Pasarían casi tres décadas antes de que una nueva generación recogiera aquel apellido y lo colocara en el nombre de una organización revolucionaria. Muchos de esos jóvenes ni siquiera habían nacido cuando lo mataron. Sin embargo, cuando comenzaron a buscar una palabra capaz de unir soberanía, rebeldía y dignidad nacional, descubrieron que Nicaragua ya se las había dejado escrita. Sandino no conoció al sandinismo. Nunca vio una bandera rojinegra. Jamás escuchó a Carlos Fonseca Amador pronunciar su nombre. Pero desde aquella noche de 1934 comenzó a caminar hacia una revolución que todavía tardaría cuarenta y cinco años en entrar en Managua.
LOS SOMOZA: EL APELLIDO QUE APRENDIÓ A HEREDAR NICARAGUA
Anastasio Somoza García comprendió muy pronto que una presidencia termina, pero un sistema puede aprender a sobrevivir a quien lo funda. Desde la jefatura de la Guardia Nacional fue acumulando una fuerza que no dependía únicamente de votos, discursos o partidos. Tenía las armas, las lealtades militares y una creciente capacidad para intervenir en la vida política. En 1936 forzó la salida del presidente Juan Bautista Sacasa y al año siguiente asumió formalmente la Presidencia. A partir de entonces Nicaragua comenzó a vivir bajo una estructura donde la frontera entre Estado, fuerza militar, intereses económicos y familia gobernante se hizo cada vez más difícil de distinguir. Somoza no quería ocupar simplemente una silla. Quería que la silla no pudiera existir sin él.
El régimen cultivó una relación estrecha con Washington, particularmente útil dentro de la política estadounidense hacia Centroamérica y, posteriormente, en el contexto anticomunista. Mientras tanto, la familia Somoza fue acumulando propiedades e intereses económicos hasta convertirse en una de las grandes fortunas del país. Había opositores, periódicos críticos, conservadores enfrentados al régimen y momentos de apertura aparente, pero detrás de aquella fachada permanecía la Guardia Nacional. El mensaje podía cambiar; la fuerza que garantizaba el sistema permanecía. Nicaragua empezó a conocer esa forma particularmente corrosiva del autoritarismo en la que las instituciones continúan llevando nombres republicanos mientras las decisiones esenciales se toman alrededor de un círculo cada vez más pequeño.
El 21 de septiembre de 1956, en León, el poeta Rigoberto López Pérez disparó contra Somoza García durante una celebración. El dictador murió días después a consecuencia de las heridas; López Pérez fue abatido aquella misma noche. Parecía el final natural de una época. No lo fue. El sistema estaba preparado para sobrevivir a su fundador. Luis Somoza Debayle, hijo mayor del dictador, asumió la Presidencia, mientras Anastasio Somoza Debayle, conocido después simplemente como Tachito, consolidaba su posición al frente de la Guardia Nacional. La muerte había retirado al padre, pero no había desmontado la casa.
Aquello produjo una transformación profunda en la percepción de una nueva generación. Ya no se trataba solamente de oponerse a un gobernante autoritario. El problema era una estructura capaz de reproducirse dentro de la misma familia. Los apellidos comenzaron a repetirse en los lugares donde se decidía el futuro nacional. El poder tenía continuidad biológica. La política podía cambiar de rostro sin cambiar de sangre. Para miles de jóvenes que crecieron durante aquellos años, la posibilidad de derrotar al somocismo mediante los mecanismos tradicionales comenzó a parecer cada vez más remota.
La Revolución Cubana de 1959 terminó de sacudir aquella generación. La entrada de Fidel Castro y sus guerrilleros en La Habana recorrió América Latina como una descarga eléctrica. Cuba parecía demostrar que una dictadura respaldada por un ejército podía caer ante una organización revolucionaria capaz de combinar clandestinidad, guerrilla y movilización social. Pero los jóvenes nicaragüenses no necesitaban importar completamente una epopeya. Tenían una propia esperando debajo del polvo. Tenían a Sandino. Y entre quienes comprendieron mejor esa posibilidad apareció un joven de Matagalpa que poseía menos aspecto de comandante que de estudiante obstinado, un hombre delgado, miope, lector infatigable, llamado Carlos Fonseca Amador.
CARLOS FONSECA Y LOS MUCHACHOS QUE APRENDIERON A CONVERSAR CON SUS MUERTOS
Carlos Fonseca nació en Matagalpa en 1936. Creció lejos de los privilegios de las familias que controlaban Nicaragua y desde muy joven encontró en los libros una manera de comprender las desigualdades que veía alrededor. Leyó marxismo, observó la experiencia cubana, viajó, militó y fue construyendo una idea que terminaría siendo decisiva: una revolución nicaragüense no podía limitarse a repetir consignas extranjeras. Necesitaba encontrar su propia genealogía. Fonseca volvió entonces la mirada hacia aquel hombre asesinado en 1934 y comprendió que Sandino podía convertirse en el puente entre una antigua lucha por la soberanía y una nueva lucha por transformar socialmente el país.
A comienzos de los años sesenta nació la organización que terminaría llamándose Frente Sandinista de Liberación Nacional. Alrededor de aquella primera etapa aparecen nombres que nuestra historia no debe permitir que sean borrados por la enorme sombra posterior de Daniel Ortega: Carlos Fonseca Amador, Tomás Borge Martínez, Silvio Mayorga, Santos López y otros militantes que participaron en la construcción de una organización diminuta frente al tamaño del enemigo que pretendía derrotar. Santos López proporcionaba además un vínculo casi físico con el pasado: había combatido en las filas de Sandino. Entre aquellos jóvenes y el viejo ejército de Las Segovias ya no existía solamente una admiración histórica; había un hombre capaz de transmitir recuerdos de una lucha que ellos no habían vivido.
Los primeros años estuvieron muy lejos de cualquier imagen romántica de victoria. Hubo improvisación, derrotas, persecuciones y muertos. La experiencia guerrillera de Raití y Bocay en 1963 terminó duramente golpeada. Después vendrían nuevas tentativas. En 1967, Pancasán se convertiría en otro episodio doloroso: allí murieron, entre otros, Silvio Mayorga y Rigoberto Cruz, conocido como Pablo Úbeda. Los nombres comenzaron a acumularse antes que las victorias. Germán Pomares Ordóñez, “El Danto”, se incorporaría también a esa generación de combatientes cuya vida terminaría fundida con la historia del Frente. Leonel Rugama aportaría después una voz poética y rebelde que sobreviviría a su muerte. Julio Buitrago se convertiría en símbolo de resistencia urbana. Cada caída parecía demostrar la fragilidad militar de la organización y, al mismo tiempo, alimentaba una extraña certeza entre quienes permanecían vivos: abandonar significaba aceptar que todos aquellos muertos habían muerto inútilmente.
Tomás Borge fue una de las figuras esenciales de aquella primera generación. Fundador del Frente, organizador, militante clandestino y sobreviviente de cárceles y persecuciones, su nombre quedaría unido durante décadas al sandinismo. Junto a Fonseca y los demás fundadores pertenecía a un tiempo en el que ser dirigente revolucionario no significaba disponer de ministerios, escoltas o residencias oficiales. Significaba aprender nombres falsos, cambiar de escondite, saber que una puerta podía abrirse para recibir a un compañero o para dejar entrar a quienes venían a detenerlo. Mucho antes de convertirse en gobierno, el sandinismo fue una comunidad de hombres y mujeres que convivían con la posibilidad de no llegar vivos al día siguiente.
En ese mundo comenzó a formarse también la familia Ortega. José Daniel Ortega Saavedra había nacido el 11 de noviembre de 1945 en La Libertad, Chontales, hijo de Daniel Ortega Cerda y Lidia Saavedra. Sus padres habían conocido de cerca la oposición al somocismo y sus hijos crecieron en un ambiente donde la política no era conversación distante. Daniel, Humberto y Camilo terminarían vinculándose de maneras distintas a la lucha contra el régimen. Todavía ninguno era dueño de nada. Daniel era apenas uno entre muchos jóvenes que miraban al Frente como la posibilidad de hacer aquello que las generaciones anteriores no habían conseguido: terminar con el somocismo.
Humberto Ortega demostraría después una notable capacidad para el pensamiento militar y estratégico. Camilo Ortega tomaría también el camino de la militancia y acabaría dejando su vida en ella. Daniel comenzaría a entrar en la clandestinidad siendo muy joven. Pero ninguno podía saber entonces cuál de todos aquellos muchachos llegaría al final, porque ésa era precisamente la crueldad de la época: los futuros dirigentes caminaban junto a hombres que serían asesinados antes de cumplir treinta años, poetas que morirían disparando, campesinos convertidos en guerrilleros, estudiantes que abandonarían las aulas y fundadores que jamás alcanzarían a contemplar la victoria por la cual estaban entregándolo todo.
Carlos Fonseca era todavía la gran referencia. Tomás Borge estaba ahí. Silvio Mayorga ya había caído. Santos López cargaba recuerdos de Sandino. Germán Pomares seguía peleando. Daniel Ortega comenzaba apenas a ocupar un sitio dentro de una historia escrita por muchos otros. Todavía faltaban Edén Pastora, Dora María Téllez y las operaciones que estremecerían al continente; todavía faltaban las divisiones que partirían al Frente, los nueve comandantes, las ciudades insurrectas y aquella multitud que un día cubriría Managua. Todo eso vendría después.
Por ahora quedaba una organización pequeña contando a sus muertos y una dictadura convencida de que podía seguir contando los años.
En algún lugar de Nicaragua, sin embargo, ya había comenzado la cuenta regresiva.
CUANDO LA CLANDESTINIDAD ERA UNA FORMA DE EXISTIR
SIETE AÑOS DETRÁS DE LOS MUROS Y UNA LIBERTAD NEGOCIADA CON REHENES
Daniel Ortega tenía veintiún años cuando la cárcel dejó de ser una posibilidad y se convirtió en su domicilio. Fue detenido en 1967, acusado de participar en actividades armadas vinculadas al FSLN, y permaneció recluido durante aproximadamente siete años. Para comprender al personaje que saldría de ahí hay que imaginar la dimensión de ese tiempo: casi toda la primera adultez transcurriendo bajo vigilancia, mientras afuera la organización a la que pertenecía cambiaba, discutía estrategias y perdía integrantes. Ortega no construyó aquellos años desde una tribuna ni desde una oficina política. Los atravesó privado de libertad, acumulando una credencial que dentro de cualquier organización insurgente poseía un valor difícil de sustituir: haber pagado personalmente las consecuencias de pertenecer a ella.
Las prisiones somocistas fueron también territorios de castigo político. Tomás Borge conocería brutalmente esa experiencia años después y dejaría testimonios sobre interrogatorios y torturas. Ortega sufrió aislamiento y malos tratos durante su reclusión. La condición de preso político comenzó además a darle una identidad que trascendía su importancia inicial dentro de la organización. Mientras otros adquirían prestigio por acciones militares o trabajo clandestino, él iba adquiriéndolo por permanencia. Cada año encerrado añadía una capa a una biografía que más tarde sería utilizada como prueba de autenticidad revolucionaria.
La salida llegó de una manera que parecía escrita para una película. El 27 de diciembre de 1974, un comando sandinista irrumpió en la residencia de José María Castillo Quant, donde se celebraba una reunión a la que asistían personajes vinculados al régimen. Eduardo Contreras encabezó la operación. Entre los participantes estaba Hugo Torres, cuyo nombre reaparecerá muchas décadas más tarde en circunstancias que entonces habrían resultado inconcebibles. Los guerrilleros tomaron rehenes y presentaron exigencias que incluían dinero, difusión de comunicados y liberación de presos políticos. El gobierno tuvo que negociar.
Entre quienes recuperaron la libertad estaba Daniel Ortega.
No salió porque hubiera cumplido una condena ni porque las autoridades hubieran decidido concederle clemencia. Salió porque sus compañeros habían construido una operación suficientemente audaz para obligar al régimen a intercambiar prisioneros por rehenes. Los liberados viajaron a Cuba. Para Ortega comenzaba una etapa distinta: La Habana no era únicamente refugio. Cuba constituía entonces el gran centro de gravedad revolucionario de América Latina, un lugar donde militantes de distintos países encontraban entrenamiento, vínculos políticos y una experiencia de gobierno surgida de una insurrección triunfante.
Ortega regresaría posteriormente a la actividad clandestina con otra posición dentro del Frente. Ya no era simplemente el joven detenido siete años antes. Su encarcelamiento, su liberación y su permanencia en la organización habían aumentado su peso. Pero mientras él reconstruía su lugar, el FSLN enfrentaba un problema mucho más profundo que cualquier biografía individual: sus dirigentes ya no estaban de acuerdo acerca de cómo alcanzar aquello por lo que llevaban tantos años arriesgándolo todo.
UNA MISMA SIGLA, TRES CAMINOS Y UNA DISCUSIÓN SOBRE CÓMO LLEGAR AL ÚLTIMO DÍA
Las organizaciones perseguidas suelen parecer monolíticas vistas desde fuera. Por dentro pueden contener desacuerdos capaces de partirlas. El FSLN de los años setenta llegó a ese punto. La discusión no giraba alrededor de una diferencia menor, sino de una pregunta decisiva: ¿cómo podía ser derrotado el somocismo? Las respuestas terminaron articulándose en tres grandes tendencias, cada una con sus propios dirigentes, diagnóstico, ritmo y concepción de la lucha.
La Tendencia de Guerra Popular Prolongada apostaba por una estrategia de acumulación paciente, con particular importancia de las zonas rurales y de un proceso guerrillero extendido. Entre sus principales figuras estuvieron Tomás Borge, Henry Ruiz, conocido como “Modesto”, y Bayardo Arce. Su lógica desconfiaba de los atajos: una estructura con tantos años de control no desaparecería mediante una llamarada breve, sino después de una confrontación capaz de desgastarla y construir bases sociales durante un periodo largo.
La Tendencia Proletaria colocaba mayor énfasis en el trabajo político entre obreros y sectores urbanos. Jaime Wheelock, Luis Carrión y Carlos Núñez figuraron entre sus dirigentes. Consideraban insuficiente una estrategia concentrada fundamentalmente en la montaña y buscaban desarrollar organización política en espacios donde estaba creciendo una sociedad nicaragüense más urbana, compleja y atravesada por nuevas contradicciones. Aquella corriente sería particularmente importante porque recordaba que una transformación nacional no podía depender exclusivamente de hombres armados lejos de las ciudades.
La tercera corriente sería conocida como Tendencia Insurreccional o Tercerista. Allí adquirieron especial relevancia Humberto Ortega, Daniel Ortega y Víctor Tirado López. Su apuesta resultaría distinta y finalmente decisiva: acelerar las condiciones para una insurrección nacional y ampliar las alianzas mucho más allá de quienes compartían la ideología del Frente. Si para derrotar al régimen era necesario coincidir temporalmente con empresarios, conservadores descontentos, sectores religiosos, profesionales, estudiantes y opositores democráticos, había que hacerlo. El adversario principal determinaba la amplitud del acuerdo. Primero había que abrir la puerta; después llegaría la discusión sobre qué país construir detrás de ella.
Humberto Ortega fue particularmente importante en la elaboración estratégica del tercerismo. Su capacidad para pensar la insurrección desde una perspectiva política y militar le proporcionó una influencia que no debe confundirse con la posterior preeminencia de su hermano. Daniel avanzaba dentro de la conducción; Humberto contribuía a diseñar la vía mediante la cual aquella corriente pretendía precipitar el desenlace. Víctor Tirado completaba un núcleo que entendió que la correlación podía modificarse si la insurgencia conseguía dejar de ser observada como patrimonio exclusivo de la izquierda y se convertía en punto de encuentro de todos aquellos que querían cerrar el ciclo somocista, aunque sus razones fueran distintas.
Las diferencias produjeron separaciones reales y tensiones severas. Durante un tiempo parecía posible que una sigla terminara conteniendo proyectos incapaces de volver a caminar juntos. Entonces llegó una ausencia que cambió la dimensión del problema. El 8 de noviembre de 1976, Carlos Fonseca Amador murió en Zinica, en las montañas del norte. Tenía cuarenta años. El principal referente histórico y doctrinario del FSLN desaparecía cuando la organización todavía no había resuelto sus diferencias y cuando el objetivo por el que había trabajado continuaba lejos de estar garantizado.
La muerte de Fonseca dejó algo más difícil de llenar que un puesto de dirección. Desaparecía la figura capaz de representar el origen común por encima de las corrientes. Tomás Borge permanecía como único sobreviviente de los fundadores principales de aquella primera etapa, mientras una nueva camada de dirigentes comenzaba a asumir responsabilidades crecientes. La necesidad de recomponer la unidad fue haciéndose cada vez más evidente conforme la crisis nacional se profundizaba. Las tres tendencias terminarían reunificándose formalmente en 1979 y constituirían una Dirección Nacional conjunta integrada por nueve comandantes: tres procedentes de cada corriente.
De la Guerra Popular Prolongada llegarían Tomás Borge, Henry Ruiz y Bayardo Arce. De la Tendencia Proletaria, Jaime Wheelock, Luis Carrión y Carlos Núñez. Del tercerismo, Daniel Ortega, Humberto Ortega y Víctor Tirado López.
Nueve nombres.
Ningún jefe único.
Esa composición será esencial cuando lleguemos al momento de la victoria. El FSLN que estaba aproximándose a su hora decisiva todavía se concebía mediante una conducción colectiva donde convivían trayectorias y concepciones distintas. Daniel Ortega era ya una figura central, pero compartía la dirección con otros ocho comandantes que poseían historia, autoridad y bases propias. La imagen de un sandinismo identificado casi exclusivamente con un hombre pertenecía todavía a un futuro lejano.
Mientras ellos discutían la manera de precipitar los acontecimientos, otra vida avanzaba por un camino completamente diferente. No venía de una comandancia guerrillera ni de años encerrada en una prisión. Venía de la literatura, los viajes, una familia acomodada, la maternidad y una sensibilidad construida entre poemas, pérdidas y una ciudad que sería literalmente sacudida hasta los cimientos.
ROSARIO MURILLO: LA POETA QUE TODAVÍA NO HABÍA ENCONTRADO SU LUGAR JUNTO AL MANDO
Rosario María Murillo Zambrana nació en Managua el 22 de junio de 1951. Su origen social fue diferente al de numerosos militantes que llegaron al sandinismo desde familias campesinas, obreras o empobrecidas. Creció en un entorno con posibilidades económicas y educativas, estudió dentro y fuera de Nicaragua y desde joven desarrolló una relación intensa con la literatura. Aprendió idiomas, escribió poesía y frecuentó espacios culturales. Mucho antes de que su voz se volviera inseparable de las comunicaciones oficiales nicaragüenses, quiso construir una identidad desde las palabras.
Su vida personal comenzó pronto y fue compleja. Se casó joven, tuvo hijos y atravesó experiencias familiares dolorosas. La maternidad ocupó una parte importante de esos años, al mismo tiempo que la escritura iba abriéndole espacios dentro de los círculos literarios. Murillo no apareció originalmente como una dirigente militar. Su entrada al universo revolucionario se produjo desde otro territorio: actividades culturales, redes políticas y colaboración con la causa sandinista. Esa diferencia de procedencia importa porque ayuda a entender la función que terminaría desempeñando. Desde muy temprano comprendió el valor de las palabras, los símbolos y la construcción emocional de un mensaje.
El terremoto que destruyó buena parte de Managua el 23 de diciembre de 1972 marcó a toda una generación. Miles de personas murieron, decenas de miles quedaron sin hogar y la capital cambió físicamente para siempre. La administración de la ayuda y las acusaciones de corrupción contra el aparato somocista aumentaron el desprestigio de las autoridades. Para numerosos nicaragüenses, la catástrofe natural terminó mostrando también una catástrofe política: mientras una ciudad buscaba familiares entre los escombros, la desconfianza hacia quienes gobernaban alcanzaba niveles nuevos.
Murillo incrementó su participación en actividades vinculadas a la oposición y acabó saliendo de Nicaragua. Vivió un periodo en el extranjero, particularmente en Costa Rica, donde numerosos opositores encontraban refugio y desde donde se desarrollaban redes de apoyo. Su trabajo literario continuó. La poesía no era para ella una decoración paralela a la política: constituía una manera de nombrar la experiencia, de organizar imágenes y de transformar acontecimientos en lenguaje. Esa habilidad adquirirá otra dimensión con los años, cuando palabras religiosas, revolucionarias, familiares, místicas y patrióticas terminen mezclándose dentro de una retórica política absolutamente reconocible.
Fue en ese universo opositor donde las trayectorias de Rosario Murillo y Daniel Ortega terminaron encontrándose. La relación se consolidó durante la década de los setenta y ambos formarían una familia numerosa. Todavía existía una distancia enorme entre aquella pareja vinculada a una organización que buscaba llegar al gobierno y la estructura política que décadas después compartiría formalmente la cúspide del Estado. Interpretar aquellos primeros años desde lo que sabemos hoy sería cometer un error histórico. Murillo no era entonces la figura que posteriormente concentraría enormes atribuciones ni Ortega tenía asegurado siquiera sobrevivir políticamente a los acontecimientos que se aproximaban.
Pero algo comenzaba a definirse. Daniel había aprendido durante años de encierro la disciplina de esperar. Humberto pensaba en términos de estrategia. Tomás Borge representaba la continuidad de una generación anterior. Henry Ruiz, Bayardo Arce, Jaime Wheelock, Luis Carrión, Carlos Núñez y Víctor Tirado aportaban estructuras y concepciones diferentes. Rosario poseía una herramienta distinta: entendía la capacidad de las palabras para construir pertenencia.
Ninguno podía conocer todavía la forma exacta del desenlace.
Porque antes de cualquier celebración faltaba el tramo más peligroso.
Faltaba que la inconformidad abandonara definitivamente los círculos clandestinos y llegara a las calles. Faltaba que un asesinato sacudiera a las clases medias y empresariales. Faltaba que un grupo armado entrara al lugar donde sesionaban los legisladores. Faltaban Edén Pastora y Dora María Téllez irrumpiendo en el centro de la escena. Faltaban ciudades levantándose casi simultáneamente y un gobierno descubriendo que ya no podía apagar todos los incendios a la vez.
Nicaragua estaba acercándose a 1978.
Y a partir de ahí, los acontecimientos dejarían de caminar.
Comenzarían a correr.
EL AÑO EN QUE NICARAGUA DEJÓ DE TENERLE MIEDO AL MIEDO
PEDRO JOAQUÍN CHAMORRO: EL ASESINATO QUE HIZO SALIR LA INDIGNACIÓN DE LAS CASAS
La mañana del 10 de enero de 1978, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal salió de las oficinas de La Prensa y tomó el camino que tantas veces había recorrido por Managua. Tenía cincuenta y tres años, dirigía el periódico más importante de la oposición y se había convertido en una de las figuras civiles capaces de desafiar abiertamente al gobierno de Anastasio Somoza Debayle. No era guerrillero ni comandante militar. Su arma cotidiana era un periódico que incomodaba, denunciaba y conseguía que una parte considerable del país encontrara impresas las preguntas que el régimen prefería mantener lejos de las calles. Aquella mañana un grupo de hombres interceptó su automóvil y lo asesinó a tiros. Nicaragua recibió la noticia con la sensación de que algo acababa de romperse definitivamente.
La muerte de Chamorro produjo una conmoción que ninguna explicación oficial consiguió contener. Las sospechas y acusaciones apuntaron inmediatamente hacia círculos relacionados con el somocismo, aunque la autoría intelectual del crimen permanecería envuelta en controversias y procesos inconclusos. Para la historia política, sin embargo, hubo una consecuencia indiscutible: sectores que hasta entonces habían observado la confrontación con prudencia comenzaron a movilizarse. El asesinato convirtió el rechazo acumulado en una indignación transversal. Empresarios, profesionales, estudiantes, trabajadores, opositores tradicionales y ciudadanos que no pertenecían al FSLN coincidieron en las calles. El funeral se convirtió en una demostración multitudinaria. Hubo huelga empresarial, protestas y enfrentamientos. La oposición dejó de caber dentro de una sola corriente ideológica.
Violeta Barrios de Chamorro quedó repentinamente colocada dentro de una historia que años después adquiriría una dimensión que nadie podía anticipar. Era la viuda del hombre asesinado y madre de sus hijos; todavía faltaba mucho para que su nombre terminara asociado a una de las derrotas electorales más sorprendentes de América Latina. En aquel enero, su figura representaba algo más elemental y doloroso: una familia acompañando un féretro detrás del cual caminaba una parte enorme del país. Pedro Joaquín Chamorro había sido durante años una voz contra Somoza; muerto, consiguió reunir a personas que vivas probablemente nunca habrían aceptado marchar bajo una misma bandera.
El asesinato alteró también las posibilidades políticas del FSLN. La organización armada ya no se movía solamente dentro de un país inconforme; se movía dentro de una sociedad cuya tolerancia al régimen estaba disminuyendo rápidamente. La burguesía opositora tenía sus propias razones, la izquierda las suyas, los estudiantes otras, las comunidades religiosas las propias y los trabajadores cargaban agravios distintos. No hacía falta que todos imaginaran la misma Nicaragua después de Somoza. Bastaba, por el momento, que una cantidad creciente coincidiera en que Somoza debía irse.
Durante los meses siguientes, la temperatura política aumentó. Masaya, León, Estelí, Matagalpa y otros lugares comenzaron a convertirse en escenarios de movilización, levantamientos y enfrentamientos. Los barrios aprendieron a levantar barricadas. Jóvenes sin larga experiencia política comenzaron a actuar como correos, esconder personas, transportar alimentos o incorporarse a estructuras insurreccionales. Las madres empezaron a reconocer el sonido de los disparos antes de saber dónde estaban sus hijos. La Guardia Nacional respondió con una violencia que ampliaba todavía más el resentimiento. Cada entierro podía convertirse en protesta y cada protesta producir nuevos entierros.
En medio de esa aceleración aparecieron también figuras provenientes de ámbitos distintos al combate armado. Sergio Ramírez, escritor, abogado e intelectual, participaba en el Grupo de los Doce, integrado por personalidades que respaldaron públicamente una salida política donde el FSLN tuviera participación. Entre aquellos doce hubo empresarios, profesionales, religiosos e intelectuales. Su importancia radicaba en romper la imagen de que el rechazo a Somoza pertenecía exclusivamente a guerrilleros marxistas. La insurgencia estaba consiguiendo algo que durante años había parecido imposible: convertirse en interlocutora de sectores que nunca habrían compartido íntegramente su programa.
También la fe comenzó a mezclarse con la tormenta política. Ernesto Cardenal había construido en las islas de Solentiname una comunidad contemplativa donde campesinos, artistas, creyentes y visitantes discutían el Evangelio desde una mirada comprometida con los pobres. El cristianismo de Cardenal no se refugiaba en una espiritualidad indiferente al sufrimiento social. Después de que jóvenes vinculados a Solentiname participaron en acciones contra instalaciones de la Guardia Nacional en 1977, la represión alcanzó la comunidad y sus instalaciones fueron destruidas. Cardenal tuvo que salir del país. Aquel sacerdote de barba abundante, poeta antes que funcionario y contemplativo antes que hombre de gobierno, comenzaba a convertirse en una de las imágenes más singulares de la confluencia entre cristianismo y transformación social que acompañaría al proceso nicaragüense.
Su hermano Fernando Cardenal recorrería igualmente ese territorio donde fe y compromiso político dejaron de considerarse incompatibles para una parte del catolicismo latinoamericano. En torno al proceso aparecerían sacerdotes, comunidades eclesiales y creyentes influenciados por las corrientes sociales que habían cobrado fuerza después del Concilio Vaticano II y Medellín. No toda la Iglesia pensaba igual, ni mucho menos. Pero la existencia de religiosos dispuestos a acercarse al sandinismo ayudaba a romper otra frontera: la que habría permitido presentar aquella confrontación simplemente como una batalla entre ateísmo revolucionario y sociedad cristiana.
Nicaragua comenzaba a convertirse en una suma de rebeldías distintas. Y entonces un hombre que sabía convertir la audacia en espectáculo decidió que había llegado el momento de golpear al régimen exactamente donde éste se sentía más seguro.
EDÉN PASTORA Y DORA MARÍA TÉLLEZ: EL DÍA EN QUE UN PUÑADO DE GUERRILLEROS TOMÓ COMO REHÉN AL PODER
Edén Pastora Gómez ya era un personaje difícil de confundir con cualquier otro. Impulsivo, carismático, contradictorio, enamorado de la acción y poseedor de una teatralidad natural que lo acompañaría durante toda su vida, terminaría siendo conocido universalmente como el Comandante Cero. Su biografía política sería una de las más desconcertantes del proceso nicaragüense: lucharía para derribar a Somoza, ocuparía responsabilidades después del triunfo, rompería con quienes habían sido sus compañeros y acabaría tomando nuevamente las armas, esta vez contra el gobierno nacido de la insurrección. Pero en agosto de 1978 nada de aquello podía verse todavía. Pastora estaba a punto de protagonizar la operación que lo convertiría en leyenda.
El 22 de agosto, veinticinco integrantes de un comando sandinista llegaron al Palacio Nacional de Managua disfrazados parcialmente con uniformes que les permitieron aproximarse sin despertar inmediatamente sospechas. Allí funcionaba el Congreso y se encontraban centenares de personas. La operación recibió el nombre de “Chanchera”. Edén Pastora encabezaba el grupo como Comandante Cero. Junto a él se encontraba una joven de apenas veintidós años que llevaba el nombre de guerra de Comandante Dos: Dora María Téllez. También participaba Hugo Torres, otro hombre cuyo destino terminaría unido a las contradicciones más dolorosas de la historia que estamos contando.
En cuestión de minutos, el centro institucional del régimen quedó bajo control de los atacantes. Entre los rehenes había legisladores y personajes de gran importancia política, incluidos familiares y allegados al círculo gobernante. La dimensión simbólica resultaba devastadora. No se trataba de una acción realizada en una zona remota ni de un enfrentamiento perdido entre montañas. Habían entrado al corazón político de Managua, tomado el edificio donde se representaba formalmente al Estado y demostrado que las barreras de seguridad podían romperse.
Pastora entendía perfectamente la dimensión escénica de la operación. El uniforme, el nombre de guerra, la selección del objetivo y la capacidad para mantener la atención internacional formaban parte del golpe. Pero detrás de aquella teatralidad había una negociación extraordinariamente peligrosa. Los guerrilleros exigieron la liberación de presos políticos, dinero, difusión de proclamas y garantías para abandonar el país. El gobierno tuvo que negociar mientras el mundo observaba.
Dora María Téllez desempeñó un papel fundamental. Su juventud contrastaba con la enorme responsabilidad que asumía. No era una acompañante colocada ahí para completar una fotografía. Participó en la planificación y ejecución de la operación y posteriormente sería una de las figuras relevantes de la insurrección en León. Años después estudiaría historia, ocuparía responsabilidades ministeriales, rompería políticamente con Daniel Ortega y terminaría encerrada por el gobierno encabezado por aquel antiguo compañero. Esa paradoja tendrá su momento. En agosto de 1978 era simplemente una muchacha de veintidós años caminando armada por un edificio donde cualquier error podía convertir la operación en una matanza.
Hugo Torres cargaba igualmente con una trayectoria que el tiempo volvería casi insoportable de contemplar. Había participado en la operación de 1974 que consiguió la liberación de Daniel Ortega y ahora estaba nuevamente involucrado en una acción destinada a liberar prisioneros. Décadas después sería detenido por el gobierno de Ortega y moriría bajo custodia estatal en 2022. Cuando lleguemos a ese episodio no necesitaremos fabricar ninguna ironía: bastará recordar que uno de los hombres que arriesgó su vida para sacar a Ortega de una cárcel terminó muriendo preso bajo Ortega.
La negociación concluyó con la liberación de decenas de presos políticos y la salida de los integrantes del comando hacia el extranjero. Pastora apareció ante el mundo como uno de los rostros más reconocibles de la insurgencia. La operación había conseguido algo que excedía sus resultados materiales: transmitió la sensación de que el régimen podía ser vulnerado. Una estructura que durante décadas había construido una imagen de invencibilidad acababa de negociar públicamente con quienes pretendían destruirla.
La noticia recorrió Nicaragua como una descarga. Para unos fue una hazaña; para otros, una temeridad; para el gobierno, una humillación; para Washington, otra señal de que su viejo aliado centroamericano entraba en una zona cada vez más difícil de sostener. Lo importante era que después del Palacio Nacional la pregunta comenzaba a cambiar. Ya no era solamente cuánto tiempo podía resistir la insurgencia.
Empezaba a preguntarse cuánto tiempo podía resistir Somoza.
CUANDO LAS CIUDADES DESCUBRIERON QUE TAMBIÉN PODÍAN CONVERTIRSE EN TRINCHERAS
La insurrección de septiembre de 1978 llevó la confrontación a otra escala. Varias ciudades se levantaron y durante días Nicaragua pareció fragmentarse entre zonas controladas temporalmente por insurgentes y territorios recuperados violentamente por la Guardia Nacional. León, Estelí, Masaya, Chinandega y otros puntos vivieron combates que hicieron desaparecer la distancia entre frente militar y vida cotidiana. Las calles donde hasta hacía poco circulaban autobuses, vendedores y niños comenzaron a llenarse de barricadas, disparos y edificios perforados.
La Guardia Nacional utilizó su superioridad militar para recuperar posiciones. Hubo bombardeos y ataques que afectaron áreas urbanas y produjeron víctimas civiles. La insurrección de septiembre no consiguió derribar al gobierno. En términos estrictamente militares terminó siendo contenida. Sin embargo, dejó una enseñanza que modificaría los cálculos posteriores: existía una capacidad de levantamiento urbano mucho mayor de la que se había demostrado hasta entonces. El régimen podía recuperar una ciudad, pero cada recuperación aumentaba el costo político de seguir gobernándola.
Fue en ese escenario donde comenzaron a adquirir mayor dimensión otros nombres que deben permanecer dentro de nuestra historia. Mónica Baltodano desarrolló responsabilidades en estructuras insurreccionales y posteriormente sería una de las comandantes guerrilleras reconocidas del proceso. Leticia Herrera, guerrillera desde muy joven, formó parte de esa generación de mujeres cuya participación desmiente cualquier relato de la lucha como una aventura exclusivamente masculina. Doris Tijerino había conocido persecución, prisión y tortura. Gladys Báez participó desde los primeros años y llegaría a tener una trayectoria extensa dentro del sandinismo. Las mujeres no estaban únicamente curando heridos o transportando mensajes; algunas organizaban estructuras, combatían y asumían mandos.
Germán Pomares, “El Danto”, continuaba siendo una referencia militar fundamental. Joaquín Cuadra, que más tarde tendría un papel importante en el Ejército, formaba parte también de la generación que avanzaba hacia el enfrentamiento definitivo. René Núñez, miembros de estructuras estudiantiles, militantes urbanos, campesinos incorporados a los frentes y centenares de responsables locales componían una red imposible de reducir a los nombres de quienes posteriormente ocuparían los cargos principales. La historia suele recordar a quienes llegan a los balcones; las insurrecciones, en cambio, se construyen también con personas cuyos nombres desaparecen antes de que alguien alcance a escribirlos.
Camilo Ortega Saavedra no llegó al final de aquel año. El 26 de febrero de 1978 había muerto en Los Sabogales, Masaya, durante un enfrentamiento con la Guardia Nacional, junto con otros militantes. Para Daniel y Humberto, la confrontación adquiría también el peso de una ausencia familiar. Camilo tenía veintisiete años. Su muerte quedaría incorporada a la simbología posterior, pero en aquel momento no era todavía un retrato utilizado en ceremonias: era un hermano que no regresaría.
La violencia aumentaba mientras el aislamiento internacional de Somoza se hacía más visible. La administración estadounidense de Jimmy Carter había colocado los derechos humanos dentro de su política exterior y la relación con Managua se volvió progresivamente incómoda, aunque Estados Unidos no rompió de inmediato todos sus vínculos con el régimen. Países latinoamericanos tomaban posiciones diferentes; Costa Rica, Panamá y Venezuela serían relevantes para las redes políticas y logísticas de la oposición. El problema nicaragüense comenzaba a dejar de ser un asunto encerrado entre sus fronteras.
También aparecía una dificultad decisiva para quienes buscaban sustituir a Somoza sin entregar el futuro exclusivamente al FSLN. Había opositores empresariales y políticos que deseaban una transición democrática, sectores internacionales preocupados por la posibilidad de una revolución de orientación marxista y dirigentes sandinistas que comprendían que necesitaban ampliar al máximo la coalición para provocar el desenlace. Las coincidencias eran reales, pero también lo eran las desconfianzas. Todos podían encontrarse en la salida del gobernante; el problema comenzaría cuando tuvieran que ponerse de acuerdo sobre aquello que debía nacer al día siguiente.
1979 comenzó sin ceremonias. En los calendarios apenas había cambiado un número, pero debajo de aquella normalidad quedaban demasiadas cuentas pendientes para imaginar un regreso a la calma. Los mercados abrían, las campanas seguían marcando las horas y las familias intentaban conservar las costumbres pequeñas con las que se sostiene la vida cuando alrededor todo se vuelve incierto. Sin embargo, cada jornada parecía acercar una definición que nadie sabía todavía fechar. Nicaragua había entrado en ese instante excepcional de la historia en que el presente dura muy poco: detrás quedaba un país que ya no podía reconstruirse como había sido y delante comenzaba a levantarse otro cuyo rostro nadie alcanzaba todavía a reconocer.
EL DÍA EN QUE NICARAGUA AMANECIÓ CREYENDO QUE PODÍA INVENTARSE DE NUEVO
LA ÚLTIMA MADRUGADA DE UN HOMBRE QUE YA NO ENCONTRABA DÓNDE SOSTENER SU GOBIERNO
Los primeros meses de 1979 tuvieron la respiración entrecortada de los finales que todavía se resisten a reconocerse. Anastasio Somoza Debayle permanecía en la Presidencia y disponía de una fuerza militar considerable, pero el escenario alrededor había cambiado con una velocidad imposible de revertir. El conflicto se extendía, la economía se deterioraba, las presiones diplomáticas crecían y la posibilidad de encontrar una salida que conservara intacto el viejo orden se reducía conforme avanzaban las semanas. Ya no se discutía solamente una sucesión presidencial. Lo que estaba en juego era la supervivencia completa del sistema construido durante más de cuatro décadas.
En mayo comenzó la ofensiva final. Los distintos frentes guerrilleros incrementaron sus operaciones mientras una huelga general buscaba paralizar la actividad económica. León adquirió una importancia extraordinaria y terminó convirtiéndose en la primera gran ciudad controlada por los insurgentes. En otros puntos, la confrontación adquirió características distintas: barrios convertidos en posiciones defensivas, carreteras interrumpidas, comunicaciones alteradas, familias desplazándose de una casa a otra y hospitales intentando recibir una cantidad de heridos que crecía demasiado rápido. La geografía nicaragüense comenzó a medirse menos por departamentos que por lugares donde se combatía.
La superioridad material de la Guardia Nacional seguía siendo enorme. Sus unidades respondieron con artillería y aviación en distintos escenarios, mientras las fuerzas insurgentes combinaban armamento capturado, abastecimiento llegado desde el exterior y una estructura cada vez más coordinada. La batalla por Managua adquirió especial ferocidad. A finales de junio, los combatientes que operaban dentro de la capital realizaron un repliegue hacia Masaya para evitar quedar atrapados y preservar fuerzas. Aquello que desde fuera podía interpretarse como retroceso formaba parte de una confrontación cuyo centro comenzaba a desplazarse hacia una conclusión política además de militar.
El asesinato del periodista estadounidense Bill Stewart por integrantes de la Guardia Nacional, ocurrido el 20 de junio y registrado por una cámara de televisión, produjo un efecto internacional demoledor. Las imágenes llegaron a Estados Unidos y mostraron algo que ningún comunicado diplomático podía suavizar. La administración de Jimmy Carter aumentó su distancia respecto de Somoza. Washington buscó alternativas para una transición y trató de impedir que el desenlace desembocara completamente en manos sandinistas, pero el margen para diseñar desde fuera una solución intermedia se estaba consumiendo.
En Costa Rica se había constituido una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que pretendía ofrecer un rostro político al país que vendría después. La componían cinco personas procedentes de mundos diferentes: Daniel Ortega, Sergio Ramírez, Moisés Hassan, Alfonso Robelo y Violeta Barrios de Chamorro. Aquella composición no era accidental. Intentaba demostrar que la sustitución del régimen no significaría automáticamente la instalación de un gobierno exclusivamente partidista. Había representantes vinculados al Frente, intelectuales, empresarios y una figura cargada de enorme legitimidad civil. Sobre el papel, el futuro nacía plural.
Somoza comprendió finalmente que su permanencia era insostenible. En la madrugada del 17 de julio presentó su renuncia y abandonó Nicaragua. Francisco Urcuyo Maliaños asumió constitucionalmente la Presidencia y sorprendió al anunciar que pretendía completar el periodo en lugar de facilitar inmediatamente la transferencia acordada. La maniobra duró apenas unas horas. Sin respaldo suficiente dentro ni fuera del país, Urcuyo terminó marchándose. La estructura estatal que había protegido durante décadas a la familia gobernante se deshacía con una rapidez casi irreal.
Anastasio Somoza Debayle salió hacia Miami y posteriormente encontró refugio en Paraguay bajo la dictadura de Alfredo Stroessner. No tendría una vejez tranquila. El 17 de septiembre de 1980 sería asesinado en Asunción por un comando de izquierda argentino. Pero aquella muerte pertenece a otra página. En julio de 1979 lo verdaderamente importante era que el último gobernante de la familia había abandonado el territorio y que la Guardia Nacional comenzaba a desintegrarse.
Durante cuarenta y tres años, desde la llegada de Anastasio Somoza García a la Presidencia en 1937, Nicaragua había vivido bajo la influencia directa de un mismo clan. El final no llegó mediante una ceremonia institucional cuidadosamente preparada. Llegó entre aeropuertos, renuncias apresuradas, uniformes abandonados, columnas armadas avanzando por las carreteras y funcionarios descubriendo que los teléfonos que durante años habían obedecido comenzaban a quedarse en silencio.
El país quedó durante unas horas suspendido entre dos órdenes.
Uno acababa de marcharse.
El otro todavía venía en camino.
19 DE JULIO: LA MAÑANA EN QUE LA VICTORIA TUVO ROSTROS DEMASIADO JÓVENES
La llegada a Managua el 19 de julio produjo una de las fotografías políticas más poderosas de América Latina en el siglo XX. Columnas de combatientes avanzaron hacia la capital mientras una multitud ocupaba calles y plazas. Había camiones repletos, armas levantadas, pañuelos, abrazos, llanto, polvo, música y personas intentando acercarse a quienes llegaban desde distintos frentes. Muchos guerrilleros parecían demasiado jóvenes para cargar la historia que acababa de caerles encima. Algunos llevaban meses combatiendo; otros, años. De pronto tenían frente a ellos algo para lo cual ninguna escuela clandestina podía prepararlos: habían ganado.
La Plaza de la República, posteriormente conocida como Plaza de la Revolución, se convirtió en el gran escenario de aquella jornada. El júbilo tenía razones concretas. Terminaba un régimen familiar prolongado, desaparecía la Guardia Nacional y regresaban personas que habían pasado años fuera del país. Las cárceles políticas se abrían. Los exiliados preparaban el regreso. Quienes habían escondido militantes podían dejar de hacerlo. Durante unas horas, la palabra futuro pareció suficientemente amplia para que grupos profundamente diferentes imaginaran que cabían dentro de ella.
La victoria tampoco pertenecía solamente a quienes habían empuñado un arma. Había madres que habían enterrado hijos, médicos que atendieron clandestinamente, sacerdotes que protegieron perseguidos, campesinos que alimentaron columnas, trabajadores que participaron en huelgas, empresarios que financiaron actividades opositoras, estudiantes que abandonaron carreras, periodistas que documentaron abusos y familias enteras que convirtieron sus casas en lugares de paso. Una insurrección puede tener dirigentes reconocibles; una transformación de aquella magnitud necesitó miles de biografías que jamás aparecerían en una fotografía oficial.
Edén Pastora alcanzó entonces una popularidad enorme. Su figura reunía aventura, audacia y una facilidad extraordinaria para comunicarse con la multitud. Dora María Téllez llegaba con el prestigio adquirido en las operaciones de los meses anteriores y en la conducción del frente occidental. Joaquín Cuadra, Mónica Baltodano y otros responsables militares aparecían dentro de una generación que comenzaba a intercambiar los nombres clandestinos por responsabilidades públicas. La guerra había creado jerarquías propias; gobernar exigiría otras habilidades.
Germán Pomares no pudo contemplar aquella jornada. Había muerto el 24 de mayo de 1979 después de resultar herido en combate en Jinotega. “El Danto”, uno de los guerrilleros más reconocidos de la organización, quedó a pocas semanas de la victoria. Tampoco estaban Julio Buitrago, Leonel Rugama, Camilo Ortega y tantos otros cuyos lugares vacíos acompañaron silenciosamente las celebraciones. El triunfo tenía una alegría inevitablemente incompleta: había demasiadas personas a quienes contarles que aquello por lo que habían peleado finalmente había ocurrido.
Los integrantes de la Dirección Nacional asumieron la conducción política del FSLN, pero el diseño institucional inicial no colocó formalmente todo el gobierno en sus manos. La Junta de cinco miembros asumió las funciones ejecutivas. Daniel Ortega acabaría convirtiéndose en su coordinador y aumentando gradualmente su visibilidad, aunque todavía compartía escenario con personalidades capaces de disputar orientación, influencia y legitimidad.
Los primeros discursos hablaron de pluralismo político, economía mixta y no alineamiento internacional. Era una fórmula deliberadamente amplia. Permitía tranquilizar a sectores internos que temían una reproducción del modelo cubano y conservar la alianza que había hecho posible el desenlace. También expresaba una realidad: quienes habían coincidido para destruir el régimen anterior no habían acordado todavía con la misma claridad la naturaleza del país que pretendían levantar.
La celebración, por eso, contenía ya una pregunta escondida.
Ganar había requerido unir diferencias.
Gobernar obligaría a administrarlas.
EL PAÍS QUE QUISO APRENDER A LEER ANTES DE APRENDER A GOBERNARSE
La nueva administración recibió una nación devastada. Miles de personas habían muerto durante la confrontación, la infraestructura estaba dañada, la producción había caído, parte del capital había salido del país y numerosas instituciones necesitaban ser reconstruidas casi desde cero. La Guardia Nacional fue sustituida por nuevas estructuras armadas surgidas del movimiento triunfante. Se realizaron confiscaciones, inicialmente dirigidas de manera importante contra propiedades de la familia Somoza y sus allegados, y el Estado amplió considerablemente su presencia económica.
Pero la transformación que consiguió mayor reconocimiento internacional durante los primeros tiempos no comenzó en un cuartel ni en un despacho ministerial. Comenzó con cuadernos, pizarrones improvisados y miles de jóvenes enviados a lugares donde nunca habían estado. La Cruzada Nacional de Alfabetización de 1980 movilizó a decenas de miles de estudiantes, maestros y voluntarios para enseñar a leer y escribir en comunidades rurales y urbanas. Fernando Cardenal tuvo una responsabilidad central en aquella empresa. Muchachos procedentes de las ciudades convivieron durante meses con familias campesinas, descubriendo un país que para muchos de ellos había existido solamente como nombre sobre un mapa.
La alfabetización tuvo una dimensión educativa evidente y otra profundamente política. Enseñar las primeras letras significaba también incorporar a sectores históricamente marginados a una nueva narrativa nacional. La campaña redujo de manera significativa el analfabetismo y recibió reconocimiento de organismos internacionales, aunque posteriormente los avances enfrentarían las dificultades derivadas de la guerra y la crisis económica. Para quienes participaron, aquella experiencia quedó asociada a una época en que la transformación parecía poder medirse en algo tan sencillo y enorme como una persona escribiendo por primera vez su propio nombre.
La salud pública fue otro de los espacios prioritarios. Se organizaron campañas de vacunación y se extendieron servicios hacia comunidades que habían tenido acceso muy limitado. La reforma agraria comenzó a modificar la propiedad rural mediante expropiaciones y redistribución de tierras, mientras se desarrollaba un sector estatal junto con propiedad privada y cooperativa. Algunas medidas obtuvieron respaldo popular; otras generaron conflictos, incertidumbre y resistencia. El proyecto naciente quería transformar con rapidez una estructura social construida durante generaciones, y cada modificación producía beneficiarios, perjudicados y nuevos adversarios.
Ernesto Cardenal asumió el Ministerio de Cultura y convirtió aquella responsabilidad en una extensión de la concepción artística que había cultivado durante años. Impulsó talleres populares de poesía y defendió la idea de que la creación no pertenecía exclusivamente a las élites intelectuales. Su figura era extraordinaria incluso dentro del nuevo gobierno: sacerdote católico, poeta reconocido internacionalmente y revolucionario ocupando un ministerio. La imagen sintetizaba durante aquellos primeros tiempos la peculiar mezcla nicaragüense de cristianismo, marxismo, nacionalismo, arte y utopía social.
Fernando Cardenal, Miguel d’Escoto y otros religiosos vinculados al proceso provocarían posteriormente tensiones muy fuertes con la jerarquía católica y con el Vaticano. La presencia de sacerdotes dentro de responsabilidades gubernamentales colocaba a Nicaragua en el centro de una discusión que atravesaba a la Iglesia latinoamericana: hasta dónde podía llegar el compromiso político de un religioso y en qué momento la opción por los pobres se transformaba en adhesión a una estructura partidista. Aquella disputa alcanzaría años después una escena mundialmente conocida cuando Juan Pablo II visitara Managua.
Sergio Ramírez se convirtió en una de las figuras civiles más relevantes del nuevo gobierno. Escritor de sólida trayectoria, aportaba una dimensión intelectual y una imagen diferente a la de los dirigentes procedentes directamente de las estructuras militares. Alfonso Robelo y Violeta Barrios de Chamorro representaban, en cambio, sectores que comenzaron a sentirse incómodos con la dirección que tomaban los acontecimientos. Ambos abandonarían la Junta en 1980. Sus salidas fueron una señal temprana de que la alianza extraordinariamente amplia que había permitido llegar hasta julio no necesariamente podía sobrevivir a las decisiones tomadas después.
El nuevo Estado fue desarrollando organizaciones de masas, estructuras de participación y mecanismos de control estrechamente vinculados al FSLN. Los Comités de Defensa Sandinista se extendieron por barrios y comunidades. Para sus defensores eran instrumentos de movilización y participación popular; para sus críticos comenzaron a funcionar también como redes de vigilancia política. Medios de comunicación enfrentaron restricciones y conflictos con las autoridades. La Prensa, dirigida por sectores de la familia Chamorro cada vez más críticos, se convertiría en uno de los principales espacios de confrontación con el gobierno.
En el campo aparecieron tensiones que adquirirían enorme importancia. Las políticas agrarias, la presencia creciente del Estado, los conflictos con propietarios y las dificultades de relación con determinadas comunidades rurales fueron acumulando descontentos. En la Costa Caribe, la relación con pueblos indígenas, particularmente miskitos, se deterioraría gravemente. Aquellas fracturas todavía no constituían la gran guerra que vendría, pero estaban abriendo grietas en una sociedad que apenas acababa de celebrar su unidad.
Mientras tanto, Cuba se convirtió en un aliado fundamental. Llegaron médicos, maestros, asesores y cooperación, al mismo tiempo que las relaciones políticas entre Managua y La Habana se estrechaban. Para los dirigentes sandinistas, Cuba ofrecía solidaridad y recursos indispensables. Para sus adversarios y para sectores del gobierno estadounidense, aquella cercanía confirmaba los peores temores sobre el rumbo geopolítico de Nicaragua.
La Guerra Fría estaba a punto de entrar con toda su fuerza en el pequeño país centroamericano.
En noviembre de 1980, Ronald Reagan ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos.
Cuando asumiera el poder en enero siguiente, observaría Nicaragua con ojos radicalmente diferentes a los de Jimmy Carter.
El tiempo de intentar construir una nueva sociedad mientras se discutían sus contradicciones internas estaba llegando a su fin.
Pronto habría que construirla mientras comenzaba otra guerra.
LA DÉCADA EN QUE NICARAGUA PAGÓ CON SANGRE EL PRECIO DE ESTAR EN MEDIO DEL MUNDO
REAGAN MIRÓ HACIA EL SUR Y ENCONTRÓ UNA REVOLUCIÓN QUE ESTADOS UNIDOS NO ESTABA DISPUESTO A TOLERAR
Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca en enero de 1981 convencido de que la Guerra Fría no debía administrarse sino combatirse. Desde Washington, Nicaragua dejó de ser observada principalmente como una nación centroamericana intentando reorganizarse después de una conmoción histórica y comenzó a ocupar un lugar dentro de un tablero mucho mayor: Cuba, la Unión Soviética, El Salvador, las guerrillas latinoamericanas y la disputa global entre Estados Unidos y el bloque socialista. La cercanía del gobierno nicaragüense con La Habana y Moscú, el apoyo sandinista a movimientos revolucionarios de la región y el temor estadounidense a que Centroamérica desarrollara nuevos gobiernos aliados de Cuba convirtieron al país en una prioridad estratégica de la nueva administración republicana.
Washington acusó al gobierno nicaragüense de facilitar armas y apoyo a la guerrilla salvadoreña del FMLN. Managua negó durante distintos momentos esas acusaciones o discutió su alcance. Para Reagan, sin embargo, la conclusión política estaba tomada: el sandinismo debía ser contenido y presionado hasta modificar su comportamiento o perder el poder. La CIA comenzó a participar en la organización, entrenamiento y financiamiento de fuerzas contrarrevolucionarias que pronto serían conocidas simplemente como la Contra. Entre ellas confluyeron antiguos miembros de la Guardia Nacional, campesinos descontentos, opositores políticos, exiliados y personas que se incorporaron por razones muy diferentes. Presentarlos a todos como somocistas sería históricamente falso; presentarlos a todos como combatientes democráticos también lo sería.
Honduras adquirió una importancia estratégica como retaguardia de las fuerzas contrarrevolucionarias del norte. Desde allí operó principalmente la Fuerza Democrática Nicaragüense. En el sur surgieron estructuras diferentes, y una de las grandes paradojas de esta historia tomó forma alrededor de Edén Pastora. El antiguo Comandante Cero rompió con la dirección sandinista denunciando el rumbo político del gobierno y organizó la Alianza Revolucionaria Democrática, ARDE, desde Costa Rica. El hombre que había protagonizado una de las acciones más espectaculares contra el somocismo aparecía ahora armado contra quienes habían celebrado con él la victoria. La historia nicaragüense comenzaba a demostrar que haber combatido juntos no significaba haber imaginado el mismo país.
Pastora tampoco aceptó someterse dócilmente a los sectores más estrechamente vinculados con Washington. Su relación con la CIA fue conflictiva y su proyecto terminó debilitándose. El 30 de mayo de 1984, durante una conferencia de prensa en La Penca, territorio nicaragüense cercano a Costa Rica, una bomba explotó en medio de periodistas y guerrilleros. Murieron varias personas y decenas resultaron heridas; Pastora sobrevivió. La autoría y las responsabilidades alrededor del atentado generarían durante años investigaciones y controversias. La escena resumía hasta qué punto el conflicto había multiplicado zonas oscuras donde inteligencia, propaganda, operaciones encubiertas y guerra irregular comenzaban a mezclarse.
La CIA participó además en operaciones que provocaron una crisis internacional de enorme importancia. El minado de puertos nicaragüenses en 1984 y otras acciones llevaron al gobierno de Managua ante la Corte Internacional de Justicia. Nicaragua demandó a Estados Unidos y en 1986 la Corte concluyó, entre otros puntos, que Washington había violado obligaciones derivadas del derecho internacional al apoyar determinadas operaciones y al intervenir mediante acciones contra territorio nicaragüense. Estados Unidos rechazó aspectos esenciales de la jurisdicción y no cumplió la sentencia en los términos exigidos. Para Managua, el fallo se convirtió en una victoria diplomática; para Washington, el conflicto continuó siendo leído primordialmente desde la seguridad hemisférica.
Cuba proporcionaba cooperación económica, técnica, educativa, médica y asesoría; la Unión Soviética suministraba ayuda, petróleo, armamento y respaldo dentro del bloque socialista. Nicaragua recibió material militar de origen soviético, incluidos helicópteros que aumentarían la capacidad de las fuerzas gubernamentales. Reagan utilizaba esa relación como prueba de que el problema excedía las fronteras nicaragüenses. Cada parte encontraba en la otra argumentos para justificar sus decisiones. Washington señalaba la presencia cubana y soviética; Managua señalaba la intervención estadounidense. Entre ambas explicaciones quedaba una población que empezaba a descubrir que los grandes conflictos internacionales siempre terminan teniendo muertos locales.
La política exterior se había convertido en guerra doméstica.
Y la guerra doméstica estaba a punto de entrar a las cocinas.
LA GUERRA QUE LLEGÓ HASTA LA MESA, LAS MADRES Y LOS MUCHACHOS QUE RECIBIERON UN FUSIL
A medida que la Contra incrementó sus operaciones, las zonas rurales se convirtieron en escenarios de una violencia prolongada. Hubo ataques contra instalaciones gubernamentales, cooperativas, infraestructura y comunidades identificadas con el sandinismo; también asesinatos, secuestros y abusos contra civiles atribuidos a fuerzas contrarrevolucionarias. Organismos de derechos humanos documentaron graves violaciones cometidas durante el conflicto. La guerra irregular producía además una dificultad particularmente cruel: muchas veces no existía una línea clara que separara el campo de batalla de la casa campesina. Una familia podía quedar atrapada entre combatientes que exigían comida, información, lealtad o silencio.
El gobierno respondió aumentando enormemente su aparato militar. El Ejército Popular Sandinista creció bajo la conducción de Humberto Ortega y en 1983 se estableció el Servicio Militar Patriótico. Miles de jóvenes fueron llamados obligatoriamente a filas. Para quienes defendían la medida era imposible proteger al país de una fuerza respaldada desde el exterior sin movilizar a una parte considerable de la población. Para numerosas familias, sin embargo, la explicación estratégica terminaba cuando un hijo recibía la orden de presentarse. La guerra dejó de ser entonces una discusión ideológica y comenzó a medirse en meses lejos de casa, cartas, permisos, fotografías guardadas y noticias que ninguna madre quería recibir.
El servicio militar produjo también rechazo y se convirtió en una fuente adicional de desgaste. Algunos jóvenes evitaron el reclutamiento, otros abandonaron el país y muchas familias comenzaron a preguntarse cuánto tiempo podía sostenerse una confrontación que parecía no tener fecha de conclusión. Los funerales fueron multiplicándose en comunidades de ambos bandos. Campesinos enfrentaban a campesinos; antiguos aliados perseguían a antiguos aliados; muchachos que probablemente nunca habían leído a Marx ni a Reagan podían terminar disparándose porque la geografía, el reclutamiento o la historia familiar los habían colocado en lados opuestos.
El gobierno sandinista tampoco atravesó aquellos años sin responsabilidades propias. Organizaciones nacionales e internacionales documentaron restricciones a libertades civiles, censura, detenciones y abusos cometidos por agentes estatales. La relación con comunidades indígenas de la Costa Caribe llegó a uno de sus momentos más graves con desplazamientos forzados, conflictos armados y violaciones de derechos. Parte de la población miskita se incorporó a organizaciones enfrentadas al gobierno. Con el tiempo hubo rectificaciones y negociaciones que desembocaron en el Estatuto de Autonomía de las regiones caribeñas de 1987, pero para entonces el daño humano y político ya formaba parte del expediente de aquellos años.
Tomás Borge, como ministro del Interior, se convirtió en una de las figuras más poderosas y controvertidas de la administración. Bajo su área se encontraban estructuras esenciales de seguridad y orden interno. Sus defensores destacaban su antigua trayectoria y la necesidad de defender al Estado frente a una agresión armada; sus críticos denunciaban el peso creciente de los organismos de seguridad y las limitaciones impuestas a adversarios políticos. Borge encarnaba una contradicción que comenzaba a acompañar al proceso: cuánto podía restringirse en nombre de defender aquello que se decía querer liberar.
La Iglesia católica vivió igualmente una fractura profunda. Mientras religiosos como Ernesto Cardenal, Fernando Cardenal y Miguel d’Escoto participaban activamente en el proyecto gubernamental, una parte importante de la jerarquía eclesiástica mantenía crecientes conflictos con las autoridades. El arzobispo de Managua, Miguel Obando y Bravo, se convirtió en una referencia crítica. La visita de Juan Pablo II en marzo de 1983 mostró aquellas tensiones ante las cámaras del mundo. En el aeropuerto ocurrió la célebre escena en la que el Papa reprendió públicamente a Ernesto Cardenal, arrodillado ante él, por su participación política. Más tarde, durante la misa en Managua, gritos y consignas interrumpieron distintos momentos de la ceremonia. La imagen de un país dividido llegó incluso al altar.
La economía comenzó a sufrir una presión insoportable. El costo militar absorbía recursos gigantescos para una nación pequeña. La producción se reducía, las exportaciones enfrentaban dificultades, faltaban productos, crecían las filas y aparecía el mercado negro. Estados Unidos decretó en 1985 un embargo comercial que profundizó el aislamiento económico. A ello se sumaron errores de política interna, desequilibrios fiscales, controles, caída productiva y los efectos directos de la destrucción provocada por el conflicto. La inflación comenzó a devorar los salarios con una velocidad que volvía inútiles los aumentos nominales.
El dinero perdió la capacidad de conservar el tiempo. Un salario podía valer una cosa al cobrarlo y mucho menos cuando llegaba el momento de gastarlo. Las familias aprendieron a buscar productos antes que precios, a sustituir alimentos, a guardar aquello que aparecía y a depender de redes familiares. Las revoluciones suelen escribirse en discursos monumentales; el desgaste empieza muchas veces en una pregunta mucho más pequeña: qué habrá mañana para desayunar.
La solidaridad inicial de una parte importante de la comunidad internacional comenzó también a fragmentarse. Había quienes continuaban viendo a Nicaragua como víctima de una intervención estadounidense y quienes señalaban cada vez con mayor dureza las restricciones políticas internas. En Europa y América Latina persistían movimientos de solidaridad, brigadistas y organizaciones que respaldaban al gobierno. Al mismo tiempo, la prolongación del conflicto hacía más difícil conservar las imágenes sencillas de buenos y malos con las que tantas personas habían intentado comprenderlo desde lejos.
Nicaragua llevaba ya demasiados años viviendo en estado de excepción histórica.
Y todavía faltaba descubrir que Washington había encontrado una manera clandestina de mantener vivo el financiamiento de la Contra cuando su propio Congreso había intentado limitarlo.
LAS URNAS, LAS ARMAS Y EL ESCÁNDALO QUE UNIÓ A NICARAGUA CON IRÁN EN LOS SÓTANOS DE WASHINGTON
El 4 de noviembre de 1984 Nicaragua celebró elecciones generales. Daniel Ortega fue candidato presidencial del FSLN acompañado por Sergio Ramírez como aspirante a la Vicepresidencia. Participaron varios partidos, aunque la principal coalición opositora articulada alrededor de Arturo Cruz decidió finalmente no competir, alegando falta de condiciones suficientes. Observadores internacionales ofrecieron evaluaciones diversas, pero una parte significativa consideró que la votación había sido competitiva dentro de las difíciles circunstancias existentes. Ortega obtuvo una victoria amplia y asumió constitucionalmente la Presidencia el 10 de enero de 1985.
Aquella elección modificó su posición. Hasta entonces había encabezado la Junta; ahora poseía un mandato surgido de las urnas. Sergio Ramírez quedó como vicepresidente y el FSLN obtuvo una mayoría importante en la Asamblea. El país avanzó además hacia una nueva Constitución, aprobada en 1987, que estableció el marco institucional de la República y reconoció un conjunto amplio de derechos. En paralelo, sin embargo, la confrontación militar continuaba. La existencia de elecciones no había conseguido detener los fusiles.
En Estados Unidos, el Congreso había aprobado sucesivas restricciones conocidas como enmiendas Boland para limitar el apoyo gubernamental a la Contra. Dentro de la administración Reagan surgió entonces una operación clandestina destinada a mantener recursos para los contrarrevolucionarios mediante mecanismos que acabarían produciendo uno de los mayores escándalos políticos estadounidenses de la década. Funcionarios vinculados al Consejo de Seguridad Nacional participaron en ventas secretas de armas a Irán, país sometido a restricciones y enfrentado públicamente con Washington, y parte del dinero fue canalizada hacia la Contra nicaragüense.
Cuando el entramado salió a la luz en 1986, la contradicción resultó extraordinaria. Una administración que proclamaba una línea inflexible frente al terrorismo había autorizado contactos y ventas clandestinas de armas relacionadas con Irán mientras desviaba recursos hacia una fuerza centroamericana cuya financiación el Congreso había tratado de restringir. El nombre de Nicaragua quedó unido para siempre al de un país situado al otro lado del planeta: Irán-Contra. Oliver North se convirtió en uno de los rostros más conocidos del escándalo; las investigaciones alcanzaron a altos funcionarios y abrieron una crisis política que dañó severamente a la administración Reagan.
Pero ningún escándalo en Washington podía devolver los años consumidos dentro de Nicaragua. Hacia finales de la década, el país estaba exhausto. La hiperinflación alcanzó dimensiones devastadoras, el aparato productivo se encontraba profundamente debilitado y el gobierno tuvo que aplicar medidas económicas de ajuste que golpearon incluso a sectores que habían constituido parte importante de su base social. La Unión Soviética de Mijaíl Gorbachov comenzaba a reducir su capacidad y disposición para sostener aliados en condiciones anteriores. El mundo que había alimentado aquella confrontación también estaba cambiando.
Centroamérica buscó entonces una salida propia. Los presidentes de la región impulsaron negociaciones que desembocaron en los acuerdos de Esquipulas. El costarricense Óscar Arias Sánchez desempeñó un papel central y recibiría el Premio Nobel de la Paz en 1987. El proceso planteó compromisos de democratización, cese de apoyo a fuerzas irregulares, reconciliación, amnistías y elecciones. No resolvió inmediatamente todos los conflictos, pero comenzó a trasladar el centro de gravedad desde los campos de batalla hacia las mesas de negociación.
En Nicaragua se abrió espacio para conversaciones con la resistencia armada y para acuerdos que facilitaran su desmovilización. También aumentaron las posibilidades de participación opositora. Diversos partidos comenzaron a construir una alianza electoral extraordinariamente heterogénea. Había liberales, conservadores, socialcristianos, socialdemócratas y antiguos adversarios que difícilmente habrían compartido un programa común en circunstancias normales. Los unía, sobre todo, la posibilidad de derrotar electoralmente al FSLN.
La candidata alrededor de la cual terminaría articulándose aquella coalición no era una comandante, una dirigente partidista tradicional ni una figura surgida de los cuarteles.
Era Violeta Barrios de Chamorro.
La campaña de 1990 colocaría frente a frente dos relatos del sufrimiento nacional. El FSLN pediría respaldo para defender sus conquistas y continuar el proyecto que había gobernado durante la década. La oposición ofrecería paz, reconciliación y la posibilidad de terminar una guerra que había agotado a las familias. Sobre cada voto pesaría una pregunta imposible de separar de la vida cotidiana: qué opción ofrecía mayores posibilidades de que los hijos dejaran de marcharse al frente.
Daniel Ortega llegó a aquella elección convencido de que podía ganarla.
Las concentraciones sandinistas eran enormes. El aparato político parecía formidable. Las encuestas y percepciones internas alimentaban la confianza. El FSLN había sobrevivido a una guerra financiada desde el exterior, a un embargo, al aislamiento y a una crisis económica extraordinaria. Después de resistir todo aquello, perder mediante una papeleta parecía para muchos dirigentes menos probable que haber perdido mediante las armas.
El 25 de febrero de 1990 Nicaragua acudió a votar.
Y esa noche ocurrió algo para lo cual diez años de guerra no habían preparado a Daniel Ortega.
El pueblo que había soportado una década extraordinaria estaba a punto de decirle que quería otra cosa.
EL HOMBRE QUE PERDIÓ EL GOBIERNO Y DEDICÓ DIECISÉIS AÑOS A DESCUBRIR CÓMO RECUPERARLO
LA NOCHE EN QUE DANIEL ORTEGA DESCUBRIÓ QUE UNA PAPELETA TAMBIÉN PODÍA DERRIBAR CERTEZAS
Los resultados del 25 de febrero de 1990 dejaron al sandinismo frente a una realidad que prácticamente nadie dentro de su conducción había querido imaginar. Violeta Barrios de Chamorro, candidata de la Unión Nacional Opositora, obtuvo alrededor del 55 por ciento de los votos frente a aproximadamente 41 por ciento de Daniel Ortega. La diferencia no permitía refugiarse en interpretaciones cómodas. Después de una campaña en la que el FSLN había exhibido organización, concentraciones multitudinarias y confianza en la victoria, una mayoría de nicaragüenses había decidido entregar el Ejecutivo a una coalición formada por catorce partidos que tenían profundas diferencias entre sí y una coincidencia suficientemente poderosa para mantenerlos juntos durante la elección: querían terminar el ciclo gubernamental sandinista.
La derrota produjo una de las decisiones más importantes de la carrera de Ortega. Reconoció el resultado. En una región donde demasiadas disputas por el mando habían terminado mediante cuartelazos, fraude o violencia, la transferencia pacífica adquirió una dimensión internacional extraordinaria. El jefe del Ejecutivo aceptaba abandonar el cargo después de una votación que él mismo había convocado. Aquella conducta sería recordada durante años incluso por críticos severos de su administración. También construiría una paradoja que solamente adquiriría todo su significado décadas más tarde: hubo un tiempo en que Daniel Ortega perdió una elección presidencial y aceptó que otro gobernara.
Violeta Chamorro asumió el 25 de abril de 1990. La imagen poseía una carga histórica singular: una mujer sin trayectoria militar, encabezando una alianza ideológicamente desordenada, recibía el mando de quienes habían conducido el país durante la década anterior. Su principal promesa había sido devolver tranquilidad a una sociedad exhausta y avanzar hacia la reconciliación. Conseguirlo exigía desmovilizar combatientes, reorganizar las fuerzas armadas, estabilizar una economía devastada, reintegrar a miles de personas y administrar simultáneamente las expectativas de vencedores electorales que querían desmontar rápidamente el legado sandinista y de una organización derrotada que conservaba una enorme capacidad social.
Humberto Ortega permaneció inicialmente como jefe del Ejército. La decisión provocó fuertes críticas entre sectores de la coalición vencedora, pero permitió una transición militar menos abrupta y ayudó al proceso de pacificación. El hermano del expresidente comenzó a desarrollar una identidad institucional cada vez más diferenciada del partido y, con el paso del tiempo, también del propio Daniel. Aquella distancia se volvería mucho más profunda muchos años después. Por entonces servía para demostrar que el sandinismo había perdido el Ejecutivo sin desaparecer del mapa nacional: conservaba sindicatos, organizaciones, alcaldías, cuadros políticos, propiedades, medios de influencia y una estructura capaz de convertir una derrota en punto de partida.
Antes de entregar formalmente el gobierno ocurrió, sin embargo, uno de los episodios que más dañaron la autoridad moral de la dirigencia saliente. Durante los meses de transición se realizaron transferencias, adjudicaciones y legalizaciones de bienes estatales y propiedades que habían sido confiscadas durante el periodo revolucionario. Una parte buscaba asegurar patrimonio para organizaciones sociales y personas vinculadas al proceso; otra terminó beneficiando directamente a dirigentes y funcionarios. El fenómeno quedó bautizado con una palabra devastadora por su sencillez: “la piñata”.
La discusión jurídica sobre determinadas propiedades sería larga y compleja, porque algunas transferencias respondían a situaciones creadas por confiscaciones anteriores y otras pretendían proteger bienes utilizados por organizaciones. Pero políticamente el daño estaba hecho. Una organización que había construido buena parte de su legitimidad alrededor de la igualdad tenía ahora que explicar por qué algunos de sus dirigentes abandonaban el gobierno convertidos en propietarios. No todos recibieron bienes, ni todas las operaciones fueron iguales, pero la imagen pública fue suficiente para instalar una sospecha que acompañaría durante décadas al FSLN: la distancia entre aquello que se proclamaba y aquello que algunos hacían cuando llegaba la hora de repartir.
Daniel Ortega quedó al frente del partido y comenzó una etapa distinta de su vida. Ya no tenía bajo su responsabilidad cotidiana ministerios, fuerzas armadas ni administración pública. Tenía algo que terminaría demostrando ser igualmente importante: tiempo. Mientras otros dirigentes comenzaron a preguntarse si el sandinismo necesitaba transformarse para sobrevivir en democracia, Ortega se concentró en conservar el control de la organización. Perder el Ejecutivo no significaría perder el Frente.
Ahí comenzó otra batalla.
No se libraría en montañas ni con uniformes.
Se libraría por el derecho a decidir quién podía hablar en nombre del sandinismo.
LOS COMPAÑEROS COMENZARON A MARCHARSE Y ROSARIO DECIDIÓ QUEDARSE JUNTO A DANIEL
La derrota abrió discusiones que habían permanecido contenidas mientras gobernar exigía disciplina. Una parte del sandinismo quería revisar errores, democratizar el partido, ampliar sus alianzas y construir una izquierda capaz de competir dentro del nuevo escenario. Otra defendía una conducción más vertical y consideraba indispensable conservar cohesión frente a adversarios que buscaban desmantelar las conquistas de la década anterior. Detrás de los debates ideológicos había también una disputa por liderazgo. Daniel Ortega no parecía dispuesto a convertirse en una figura ceremonial de su propia organización.
Sergio Ramírez fue alejándose hasta romper definitivamente. Escritor, antiguo vicepresidente y uno de los rostros civiles más reconocibles de la etapa anterior, terminó participando en la creación del Movimiento Renovador Sandinista en 1995. Junto con él se ubicaron personalidades que defendían una reinterpretación democrática del legado revolucionario. Dora María Téllez sería otra figura fundamental del nuevo movimiento. Luis Carrión también tomaría distancia. Henry Ruiz se convertiría con los años en un crítico severo del rumbo orteguista. Víctor Tirado se alejaría igualmente de la conducción dominante. Ernesto Cardenal rompería con el FSLN controlado por Ortega y dirigiría palabras cada vez más duras contra quien consideraba responsable de haber deformado aquel proyecto colectivo. Gioconda Belli, poeta y novelista que había militado en el sandinismo, recorrería también el camino desde el entusiasmo revolucionario hasta una oposición frontal al nuevo liderazgo.
No todos se marcharon. Tomás Borge permaneció junto a Ortega y sería durante años uno de sus respaldos históricos más importantes. Bayardo Arce conservaría también una relación estrecha con el núcleo dirigente. Otros antiguos cuadros continuaron dentro del partido por convicción, disciplina, lealtad o porque consideraban que, pese a sus defectos, el FSLN seguía representando la única fuerza capaz de defender aquello que valoraban de su experiencia histórica. El viejo sandinismo comenzó así a dividirse no solamente entre quienes estaban dentro y fuera, sino entre distintas interpretaciones de qué significaba seguir siendo sandinista.
En 1996 Ortega volvió a buscar la Presidencia. Perdió frente a Arnoldo Alemán, candidato de la Alianza Liberal. Cinco años después lo intentó nuevamente y fue derrotado por Enrique Bolaños. Tres elecciones presidenciales consecutivas —1990, 1996 y 2001— habían demostrado que el piso electoral del FSLN era importante, pero insuficiente para devolverlo por sí solo al Ejecutivo. Ortega podía conservar una base disciplinada cercana a cuatro de cada diez votantes y, al mismo tiempo, provocar un rechazo suficientemente amplio para reunir a sus adversarios alrededor de casi cualquier candidatura capaz de impedir su regreso.
Durante esos años Rosario Murillo dejó de ser simplemente la compañera del dirigente y comenzó a adquirir una importancia creciente dentro de su entorno político. Su influencia en comunicación, organización y construcción del discurso se volvió cada vez más visible. Mientras antiguos compañeros cuestionaban a Ortega, ella cerraba filas. La pareja fue desarrollando una relación donde vida familiar y proyecto político comenzaron a entrelazarse con una intensidad cada vez mayor.
En 1998 ocurrió un acontecimiento que fracturó a la familia y produjo una de las acusaciones más graves que han acompañado a Ortega. Zoilamérica Narváez Murillo, hija de Rosario Murillo y posteriormente adoptada por Ortega, lo acusó públicamente de haber cometido abusos sexuales contra ella desde que era menor de edad. Ortega negó las acusaciones. Rosario Murillo se colocó del lado de su esposo y rechazó la denuncia de su hija. El caso llegó al terreno judicial, pero Ortega gozaba entonces de inmunidad parlamentaria y posteriormente los tribunales nicaragüenses consideraron prescrita la acción penal. No hubo, por tanto, un juicio de fondo que estableciera judicialmente culpabilidad o inocencia sobre los hechos denunciados. Zoilamérica acudió posteriormente al sistema interamericano de derechos humanos y terminó residiendo fuera de Nicaragua.
La dimensión política del episodio fue enorme, pero la dimensión familiar resultó todavía más áspera. Una hija acusaba al hombre que había ejercido como su padre; su madre defendía al acusado. Murillo eligió públicamente a Ortega y aquella decisión consolidó una alianza personal que resistiría una de las crisis más destructivas imaginables. Desde entonces resultaría cada vez más difícil separar dónde terminaba la familia y dónde comenzaba el proyecto político de ambos.
Ortega necesitaba, sin embargo, algo más que fidelidad doméstica para regresar. Había aprendido una lección electoral muy precisa: con su porcentaje habitual podía conservar el partido, pero no necesariamente ganar la Presidencia. Para cambiar esa ecuación necesitaba modificar las reglas, reducir resistencias y negociar con personas a quienes durante años había presentado como adversarios.
Una de ellas se llamaba Arnoldo Alemán.
EL PACTO: CUANDO DOS ADVERSARIOS DESCUBRIERON QUE PODÍAN SERVIRSE MUTUAMENTE
Arnoldo Alemán había derrotado a Ortega en 1996 y gobernó Nicaragua entre 1997 y 2002. Era un liberal de enorme habilidad política, estilo exuberante y liderazgo fuerte dentro del Partido Liberal Constitucionalista. Ortega encabezaba la principal fuerza opositora. En apariencia representaban dos polos incompatibles. En la práctica descubrieron que podían repartirse espacios institucionales y modificar las reglas de manera beneficiosa para ambos.
El entendimiento conocido como el pacto Ortega-Alemán comenzó a tomar forma a finales de los años noventa y se materializó en reformas constitucionales y electorales aprobadas alrededor del cambio de siglo. FSLN y PLC ampliaron y distribuyeron cuotas de influencia en instituciones fundamentales, incluidas la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y otros órganos estatales. La lógica bipartidista estrechó el espacio disponible para fuerzas menores y permitió que los dos grandes aparatos incrementaran su capacidad para influir sobre árbitros y contrapesos.
Una modificación resultaría particularmente importante para el futuro personal de Ortega. Las reglas para ganar la Presidencia en primera vuelta redujeron el umbral necesario. Un candidato podía triunfar con al menos 40 por ciento de los votos, o incluso con 35 por ciento si mantenía una ventaja mínima de cinco puntos porcentuales sobre quien ocupara el segundo lugar. Para un político que había demostrado poseer un voto duro considerable pero dificultades para superar la mitad del electorado, aquello cambiaba radicalmente las matemáticas de la competencia.
El pacto tuvo otra dimensión cuando Alemán enfrentó procesos por corrupción después de dejar la Presidencia. En 2003 fue condenado por delitos relacionados con lavado de dinero y fraude contra el Estado. Las relaciones entre liberales se fracturaron y el expresidente mantuvo influencia política pese a su situación judicial. Con los años obtuvo beneficios legales hasta que su condena terminó siendo anulada. La percepción de que decisiones judiciales y acuerdos políticos se cruzaban reforzó las críticas de quienes sostenían que el pacto había convertido instituciones nacionales en fichas dentro de una negociación entre dos caudillos.
Mientras tanto, Ortega trabajó sobre su propia imagen. El antiguo lenguaje revolucionario fue cediendo espacio a una comunicación centrada en paz, reconciliación, cristianismo y amor. Los colores tradicionales comenzaron a convivir con una estética más amplia y llamativa. Rosario Murillo adquirió un papel fundamental en esa transformación simbólica. La política dejó de presentarse exclusivamente mediante referencias ideológicas y comenzó a envolverse en una retórica espiritual, familiar y conciliadora.
También hubo acercamientos con sectores empresariales y con antiguos adversarios. Uno de los movimientos más significativos ocurrió alrededor de la Iglesia católica. Ortega buscó reconciliarse con el cardenal Miguel Obando y Bravo, quien durante años había sido uno de los críticos más influyentes del sandinismo. La relación entre ambos cambió hasta llegar a una proximidad que habría parecido imposible en la década anterior. Ortega y Murillo formalizaron además su matrimonio religioso en 2005 en una ceremonia oficiada por Obando.
En el mismo periodo, el FSLN apoyó una prohibición total del aborto terapéutico, medida aprobada en 2006. La decisión fue interpretada por críticos como parte del acercamiento a sectores religiosos conservadores y marcó una ruptura con posiciones históricamente asociadas a buena parte de la izquierda. Ortega estaba demostrando que su prioridad ya no consistía en conservar intacta una ortodoxia. Consistía en construir la coalición necesaria para regresar.
La elección presidencial del 5 de noviembre de 2006 encontró a la oposición liberal dividida. Eduardo Montealegre encabezó la Alianza Liberal Nicaragüense y José Rizo compitió por el PLC. Ortega se presentó acompañado por Jaime Morales Carazo, un antiguo dirigente de la Contra, convertido ahora en candidato a vicepresidente del FSLN. La selección contenía un mensaje cuidadosamente calculado: el hombre que había dirigido un gobierno enfrentado militarmente a la resistencia podía compartir fórmula con alguien procedente de aquel mundo.
Daniel Ortega obtuvo aproximadamente el 38 por ciento de los votos.
No necesitó cincuenta.
Las reglas negociadas años antes hicieron suficiente aquella cifra porque su ventaja sobre el segundo lugar superó el margen establecido.
Después de perder en 1990, 1996 y 2001, había conseguido finalmente regresar.
No era ya el mismo dirigente que había abandonado la Presidencia dieciséis años antes. Había sobrevivido a rupturas internas, acusaciones devastadoras, tres derrotas consecutivas y transformaciones ideológicas que habrían destruido a otros políticos. Había negociado con adversarios, reconstruido relaciones, modificado su discurso y aprovechado una oposición fragmentada.
El 10 de enero de 2007 volvería a recibir la banda presidencial.
Esta vez llegaba mediante una elección competitiva.
Lo que Nicaragua todavía no podía saber era qué tendría que ocurrir para que volviera a quitársela.
CUANDO EL PODER DEJÓ DE PREGUNTARSE CÓMO GANAR Y COMENZÓ A PREGUNTARSE CÓMO NO VOLVER A PERDER
LA CASA, EL PARTIDO Y EL ESTADO: ROSARIO MURILLO SUBIÓ TODOS LOS ESCALONES
El regreso de Daniel Ortega en enero de 2007 no restauró simplemente el gobierno que había perdido dieciséis años antes. Aquella ausencia había sido demasiado larga para regresar siendo el mismo y, sobre todo, le había enseñado algo que terminaría resultando decisivo: alcanzar la Presidencia era solamente una parte del problema; la otra consistía en construir alrededor de ella suficientes seguridades para no volver a quedar a merced de una derrota. La nueva etapa comenzó con un rostro conciliador, una relación menos hostil con sectores económicos que antes habían sido adversarios y una extraordinaria capacidad para reunir bajo un mismo techo discursos que en otro tiempo habrían parecido incompatibles. Revolución y empresa privada, cristianismo y sandinismo, retórica popular y entendimientos con las élites pudieron convivir mientras hubiera beneficios suficientes para mantener funcionando el acuerdo.
La Venezuela de Hugo Chávez fue fundamental durante esos primeros años. La cooperación petrolera abrió una fuente de recursos que permitió financiar programas sociales, proyectos productivos y mecanismos de asistencia con un margen de maniobra considerable. Para miles de familias, el nuevo periodo se relacionó con beneficios concretos y no solamente con discursos. Al mismo tiempo, el gobierno sostuvo durante años una relación funcional con el Consejo Superior de la Empresa Privada. Aquella combinación produjo estabilidad y permitió a Ortega ampliar apoyos sin regresar a las confrontaciones económicas que habían marcado otras épocas. El comandante que alguna vez había hablado desde la lógica de una transformación revolucionaria gobernaba ahora con una habilidad pragmática que sabía negociar sin abandonar el control político.
Debajo de esa superficie fue ocurriendo otra transformación. Las restricciones que podían impedir nuevas candidaturas presidenciales fueron desapareciendo y la reelección dejó de encontrar los límites que alguna vez había tenido. Las mayorías legislativas, las decisiones judiciales, la composición de las instituciones y el peso del oficialismo fueron modificando gradualmente el equilibrio del sistema. No hizo falta clausurar la República mediante un solo decreto. Resultó mucho más eficaz ir debilitando cada obstáculo hasta conseguir que las instituciones continuaran existiendo con sus edificios, funcionarios y nombres, pero con una autonomía cada vez menor frente al Ejecutivo. La concentración no llegó haciendo ruido; avanzó protegida por la rutina.
Rosario Murillo crecía dentro de ese proceso con una velocidad que terminó haciendo insuficiente la palabra influencia. Su presencia cotidiana se volvió una forma paralela de autoridad. Comunicaba decisiones, articulaba estructuras territoriales, marcaba prioridades y desarrollaba un lenguaje donde lo religioso, lo familiar, lo revolucionario y lo espiritual se mezclaban hasta formar una identidad absolutamente propia. Managua comenzó además a cubrirse con los enormes árboles metálicos iluminados que terminaron asociados a su estética. Había en todo aquello una manera distinta de ocupar el espacio político: no bastaba con administrar el gobierno; había que construir también sus colores, sus palabras, sus ceremonias y hasta su paisaje.
En 2017, Murillo llegó formalmente a la Vicepresidencia después de haber acompañado a Ortega en la fórmula electoral de 2016. El matrimonio ocupaba ya los dos principales cargos del Ejecutivo. Varios de sus hijos adquirieron asimismo presencia en actividades empresariales, medios y relaciones internacionales, con Laureano Ortega Murillo particularmente visible en negociaciones e interlocución económica con otros países. El apellido familiar comenzó a aparecer con demasiada frecuencia alrededor del círculo gobernante como para considerarlo una casualidad. Nicaragua estaba viendo formarse algo que la historia nacional conocía demasiado bien: la dificultad de establecer una frontera clara entre familia y Estado.
Abril de 2018 destruyó la sensación de que aquel modelo podía durar sin una gran ruptura. Una reforma a la seguridad social provocó protestas que crecieron después de las agresiones sufridas por manifestantes. Estudiantes y jubilados fueron seguidos por otros sectores; universidades se convirtieron en centros de resistencia, aparecieron bloqueos carreteros y el descontento acumulado encontró una salida que excedió rápidamente el motivo inicial. Había además un elemento generacional imposible de ignorar. Muchos de quienes estaban protestando no habían vivido la revolución ni podían sentir nostalgia por ella. Habían nacido bajo un sistema donde Ortega era, sencillamente, el hombre que gobernaba desde hacía años.
La reacción oficial convirtió el conflicto en una de las mayores crisis nicaragüenses desde el final de la guerra civil. La represión dejó centenares de muertos según las investigaciones de organismos internacionales, además de heridos, detenidos y una nueva oleada de personas que abandonaron el país. El gobierno sostuvo que se enfrentaba a una tentativa golpista; las investigaciones internacionales documentaron graves violaciones de derechos humanos cometidas desde estructuras estatales y grupos progubernamentales, además de registrar episodios de violencia provenientes de sectores opositores. Cuando las calles fueron finalmente controladas, la victoria del aparato de seguridad no devolvió las cosas al punto de partida. El acuerdo con buena parte de los empresarios estaba roto, la relación con la Iglesia se había deteriorado profundamente y una generación que antes podía permanecer indiferente había descubierto motivos propios para enfrentarse al gobierno.
Lo verdaderamente decisivo vino después. El Estado comenzó a cerrar los lugares desde donde una crisis semejante podía organizarse nuevamente. El periodismo independiente sufrió allanamientos, confiscaciones, cierres y exilio; organizaciones civiles fueron perdiendo personalidad jurídica; universidades quedaron afectadas por cancelaciones e intervenciones; dirigentes sociales, religiosos y políticos encontraron espacios cada vez menores para actuar. La emigración se convirtió en una salida política además de económica. Costa Rica, Estados Unidos, España y otros destinos comenzaron a recibir una Nicaragua que seguía discutiendo sobre su país desde fuera de él.
La Iglesia católica, que había tratado de participar en el diálogo durante la crisis, terminó convertida en uno de los principales focos del enfrentamiento. Sacerdotes fueron detenidos, expulsados o impedidos de regresar; comunidades religiosas tuvieron que abandonar el territorio y el obispo Rolando Álvarez terminó encarcelado antes de salir hacia el Vaticano. El conflicto tenía una carga histórica extraordinaria: aquel sandinismo que décadas atrás había podido mostrar sacerdotes participando en su proyecto político contemplaba ahora con desconfianza una sotana cuando debajo de ella encontraba una voz crítica.
Para 2021, el dilema ya no era únicamente cómo controlar una protesta.
Era cómo impedir que el descontento encontrara una candidatura.
Y ahí comenzó la siguiente transformación.
CUANDO EL ADVERSARIO DEJÓ DE SER ALGUIEN A QUIEN DERROTAR Y SE CONVIRTIÓ EN ALGUIEN A QUIEN IMPEDIRLE COMPETIR
Los meses anteriores a las elecciones de noviembre de 2021 dejaron una diferencia esencial respecto de las derrotas y victorias electorales que habían marcado la vida política de Ortega durante décadas. Antes había tenido que enfrentarse a la posibilidad real de perder. Ahora varios de quienes aspiraban a disputarle la Presidencia quedaron detenidos, sometidos a restricciones o excluidos de la competencia. La incertidumbre, que constituye el corazón de cualquier elección auténtica, comenzó a desaparecer antes de que llegara el día de votar.
Aquello modificó la naturaleza del sistema. Una democracia no depende únicamente de que existan urnas ni de que una autoridad anuncie resultados. Necesita que el gobernante acepte previamente algo mucho más incómodo: que el adversario pueda ganar. Cuando los principales contendientes son neutralizados antes de llegar a la boleta, la jornada electoral puede conservar su liturgia y perder al mismo tiempo su sustancia. Ortega obtuvo otro mandato, pero Nicaragua había cruzado una frontera distinta a todas las anteriores. El hombre que alguna vez conoció personalmente la derrota electoral encabezaba ahora un modelo donde esa posibilidad se hacía cada vez más remota.
Después vino el destierro. En febrero de 2023, más de doscientos presos políticos fueron enviados a Estados Unidos y privados de la nacionalidad nicaragüense. Otras personas sufrieron posteriormente medidas semejantes y también hubo confiscaciones. La decisión añadió una crueldad especial a la persecución política: ya no bastaba con encarcelar, vigilar o expulsar; el Estado se arrogaba la posibilidad de negar jurídicamente la pertenencia al país. Nicaragua comenzó a tener ciudadanos que seguían sintiéndose nicaragüenses mientras el gobierno les decía que legalmente habían dejado de serlo.
El exilio adquirió entonces una dimensión cultural, periodística, política y familiar. Redacciones enteras aprendieron a informar desde otro territorio. Escritores comenzaron a hablar de su patria desde bibliotecas extranjeras. Activistas organizaron reuniones a cientos o miles de kilómetros de las ciudades donde habían comenzado su militancia. Familias quedaron partidas por fronteras y prohibiciones de regreso. La oposición perdió presencia física dentro del país, pero el costo de ese silencio interior fue la formación de una diáspora que convirtió la situación nicaragüense en una denuncia permanente fuera de sus fronteras.
La maquinaria siguió extendiéndose sobre organizaciones religiosas, universidades, asociaciones empresariales, fundaciones y agrupaciones civiles. Miles de entidades perdieron su personalidad jurídica a lo largo de ese proceso. La consecuencia fue mucho mayor que la desaparición administrativa de unas siglas. Cada organización clausurada significaba menos lugares donde ciudadanos pudieran reunirse sin depender del gobierno, recaudar recursos, educar, investigar, ayudar, publicar, organizarse o simplemente conversar fuera de la mirada oficial. Un autoritarismo no se vuelve poderoso solamente porque tenga policías; se vuelve mucho más difícil de desafiar cuando consigue que la sociedad se quede sin habitaciones propias.
Entonces la depuración alcanzó una zona todavía más cercana al origen del propio poder. Humberto Ortega había tomado distancia política de su hermano y en sus últimos años formuló críticas cada vez más claras sobre el rumbo nacional y la sucesión. En 2024 quedó sometido a vigilancia y aislamiento en su residencia después de declaraciones particularmente incómodas para el gobierno. Murió en septiembre. El episodio mostró hasta qué punto la lealtad histórica había dejado de funcionar como salvoconducto: ni siquiera compartir sangre, apellido y una parte fundamental de la construcción revolucionaria garantizaba inmunidad frente al aparato cuando aparecía una discrepancia.
Bayardo Arce proporcionaría después otra señal. Había permanecido durante muchos años cerca del gobierno y se desempeñó como asesor económico presidencial. En julio de 2025 fue detenido en medio de investigaciones oficiales relacionadas con operaciones económicas. Más allá de las acusaciones concretas, su caída tuvo un enorme valor simbólico: uno de los últimos integrantes de la antigua dirección sandinista que todavía conservaba proximidad con el círculo gobernante también podía ser apartado. Para entonces ya resultaba evidente que la legitimidad histórica pesaba menos que la fidelidad presente.
Mientras los viejos vínculos se deshacían, la estructura constitucional fue adaptándose a la nueva realidad. Las reformas que entraron en vigor en febrero de 2025 ampliaron el periodo presidencial a seis años, establecieron una copresidencia ejercida por un hombre y una mujer y fortalecieron extraordinariamente la capacidad de la Presidencia para coordinar los distintos órganos estatales. Rosario Murillo dejó así de ser constitucionalmente la segunda figura del Ejecutivo: pasó a compartir con Ortega la primera. Lo que durante años había crecido como una relación de poder dentro del matrimonio quedó finalmente convertido en una institución del Estado.
Aquello cambió incluso la pregunta sobre la sucesión. Durante mucho tiempo se había especulado qué ocurriría después de Daniel Ortega. La nueva arquitectura ofrecía una respuesta parcial antes de que la pregunta pudiera resolverse naturalmente: Rosario ya estaba arriba. No necesitaba esperar a que quedara vacía una silla porque el sistema había colocado dos.
La revolución que comenzó hablando de dirección colectiva había recorrido un camino extraordinariamente largo.
Al final de ese camino había una pareja.
Y en julio de 2026 esa pareja decidió avanzar todavía más.
LA RENOVACIÓN: CUANDO HASTA LA PALABRA ELECCIÓN COMENZÓ A RESULTAR INCÓMODA
El cuadragésimo séptimo aniversario del triunfo sandinista llegó el 19 de julio de 2026 en un país donde casi nada conservaba el significado que había tenido en aquella fecha original. Daniel Ortega tenía ochenta años. Rosario Murillo compartía constitucionalmente la Presidencia. El sistema político había sido reformado, la oposición interior estaba severamente debilitada y una parte considerable de las voces críticas hablaba desde el extranjero. En ese escenario Ortega formuló una declaración que abrió una etapa todavía más profunda: sostuvo que Nicaragua no volvería a celebrar elecciones que permitieran a quienes identifica como enemigos del proceso alcanzar el gobierno.
La frase tenía una dimensión histórica enorme porque atacaba directamente el mecanismo que alguna vez había obligado al propio Ortega a entregar el mando. Hasta entonces podía discutirse la calidad de las elecciones, las ventajas del oficialismo, la exclusión de adversarios, el control institucional o las condiciones de competencia. Ahora el debate avanzaba hacia otro lugar: la posibilidad misma de que una elección pudiera servir para sustituir a quienes gobiernan.
Durante los días siguientes comenzó a tomar forma la respuesta jurídica. La Asamblea Nacional, controlada abrumadoramente por el FSLN y sus aliados, emprendió un nuevo proceso de modificación constitucional. El concepto utilizado para el futuro de la copresidencia resulta revelador: “renovación”. La propuesta conocida este 28 de julio plantea ampliar a siete años los periodos y establecer la posibilidad de renovarlos, al mismo tiempo que profundiza mecanismos mediante los cuales determinados ciudadanos o fuerzas políticas podrían quedar excluidos de la competencia. El proceso todavía debe completar las etapas constitucionales correspondientes, por lo que sería incorrecto escribir esta historia como si todo estuviera definitivamente consumado. Pero también sería ingenuo tratarlo como una simple posibilidad académica: existe una iniciativa política expresa, una mayoría legislativa capaz de impulsarla y una declaración presidencial que explica con bastante claridad hacia dónde pretende conducirla.
La elección prevista originalmente para 2027 queda así en el centro de una transformación cuyo alcance apenas comienza a medirse. No estamos ante una discusión menor sobre calendarios. Cambiar un año por otro puede parecer un detalle cuando se observa desde lejos; sustituir la obligación periódica de someter el mando a una competencia real por un mecanismo de continuidad significa modificar la relación fundamental entre gobernantes y gobernados. El ciudadano deja de ser quien presta temporalmente el poder y corre el riesgo de convertirse en quien simplemente contempla su prolongación.
Quizá por eso la palabra escogida resulta tan poderosa. “Renovación” posee una dulzura que “reelección indefinida” nunca podría tener. Renovar sugiere conservar algo valioso, prolongar aquello que funciona, impedir que el tiempo destruya lo construido. Pero la democracia no consiste en conservar gobernantes. Consiste precisamente en obligarlos a regresar periódicamente ante una sociedad que conserva el derecho de decirles que continúen o que se marchen. Sin esa segunda posibilidad, la primera deja de ser una elección y se convierte en ratificación.
Ésa es la distancia que separa al Daniel Ortega que volvió al gobierno mediante las urnas en 2006 del Daniel Ortega que habla en 2026 de impedir que sus adversarios puedan llegar por ellas. No necesitamos repetir toda su vida para comprenderla. Basta mirar ambos extremos. En uno estaba un candidato que necesitaba convencer a suficientes ciudadanos para regresar. En el otro aparece un gobernante que pretende impedir que el mecanismo electoral pueda entregar el mando a quienes considera enemigos.
Rosario Murillo ha recorrido una transformación igualmente extraordinaria. La joven poeta que alguna vez habitó los márgenes culturales del sandinismo pasó por la comunicación gubernamental, la coordinación política, la Vicepresidencia y finalmente llegó a la copresidencia. Su nombre ya no aparece después del de Ortega como una cortesía protocolaria. Forma parte de la definición constitucional del mando. Y detrás de esa transformación aparece inevitablemente la pregunta que acompaña a todos los regímenes personalistas cuando sus fundadores envejecen: quién seguirá, con qué legitimidad y mediante qué procedimiento.
Nicaragua llega así a julio de 2026 sin necesitar que nadie le invente una tragedia. La historia real posee suficiente fuerza. Una revolución que nació prometiendo que ningún apellido volvería a confundirse con el Estado terminó construyendo una copresidencia matrimonial. Un dirigente que alguna vez entregó el gobierno después de perder una elección encabeza ahora un proyecto que pretende impedir que sus adversarios puedan utilizar esa misma puerta. Un movimiento que reunió corrientes distintas terminó reduciendo la discrepancia hasta convertirla en motivo de exclusión. Y un país que pagó durante generaciones un precio inmenso por decidir quién debía gobernarlo vuelve a encontrarse frente a la pregunta más antigua de su vida pública: quién tiene derecho a decidir cuándo termina el poder.
No hace falta regresar a los muertos para responderla. Tampoco convertir el final en un catálogo de antiguos comandantes, cárceles o destierros. Todos ellos pertenecen ya a las páginas anteriores. El último rostro de esta crónica debe ser otro: el de los nicaragüenses que nacieron cuando Daniel Ortega ya gobernaba nuevamente y que hoy son adultos; el de quienes sólo conocen las grandes gestas revolucionarias por fotografías; el de las familias que aprendieron a vivir divididas entre Managua, San José, Miami, Madrid y tantas otras ciudades; el de quienes apoyan todavía al gobierno y también el de quienes lo rechazan, porque la democracia sólo tiene sentido cuando reconoce derechos políticos incluso a aquellos con quienes no estamos de acuerdo.
Después de casi un siglo de nuestra historia, Nicaragua vuelve así al punto esencial. Ya no importa quién posee la biografía más heroica, quién conserva las fotografías más antiguas ni quién puede recitar el mayor número de sacrificios. Ninguna revolución concede propiedad perpetua sobre un país. Ninguna victoria de ayer sustituye el consentimiento de mañana. Ninguna bandera puede valer más que el derecho de una sociedad a escoger y, sobre todo, a cambiar.
Tal vez ése sea el juicio más difícil que el tiempo termina imponiendo sobre quienes llegan al poder después de haber luchado contra él: recordarles que aquello que conquistaron no les pertenece.
Nicaragua tampoco.
Nunca le perteneció a Somoza.
Nunca le perteneció a una revolución.
Y tampoco puede pertenecerle para siempre a Daniel Ortega y Rosario Murillo.
(By Notas de Libertad).

























