


- LA LEYENDA 90
/… EL PAÍS DONDE COMENZAMOS A DEJAR DE RECONOCERNOS
Crónica de un México que aprendió poco a poco a dividir incluso aquello que alguna vez parecía indivisible; de familias donde la política comenzó a incomodar las sobremesas, de amistades que descubrieron que pensar diferente podía pesar más que los años compartidos, de ciudadanos clasificados entre buenos y malos según el lugar desde donde miran al poder; y de una nación que corre el peligro de descubrir demasiado tarde que ninguna victoria política alcanza para reconstruir fácilmente aquello que el odio consiguió romper entre nosotros.
EL DÍA EN QUE DEJAMOS DE DISCUTIR PARA COMENZAR A DESCONOCERNOS
Hubo un tiempo en que dos mexicanos podían discutir de política y después seguir compartiendo la mesa. Podían votar distinto, desconfiar de gobiernos diferentes, defender candidatos contrarios y, terminada la discusión, recordar que antes que adversarios eran vecinos, compañeros, amigos, hermanos. No era un país reconciliado ni mucho menos un territorio sin agravios. México siempre ha cargado desigualdades, heridas, abusos y rencores demasiado antiguos como para inventarnos ahora un pasado de armonía. Pero algo se ha ido modificando en nuestra manera de mirarnos. Ya no solamente discutimos sobre el país que queremos. Cada vez con mayor frecuencia discutimos sobre qué clase de persona es quien no quiere el mismo país que nosotros.
Y ahí comienza el verdadero peligro.
Porque una democracia puede sobrevivir a millones de ciudadanos que piensan distinto. Para eso existe. Lo que difícilmente puede soportar durante demasiado tiempo es que millones de personas comiencen a considerar moralmente despreciables a quienes piensan diferente. Entonces el adversario deja de ser alguien equivocado y comienza a convertirse en alguien indigno. Ya no queremos convencerlo: queremos derrotarlo. Ya no escuchamos para comprender qué está diciendo: esperamos únicamente el momento de responder. Y cuando finalmente dejamos de hablar, cada quien regresa a su propia tribu con la certeza confortable de que del otro lado habitan los culpables.
Así hemos ido construyendo dos Méxicos que ocupan las mismas calles, pero parecen habitar realidades diferentes. Uno mira al gobierno y encuentra transformación; otro observa exactamente el mismo paisaje y encuentra destrucción. Uno pronuncia justicia y el otro escucha venganza. Uno habla de pueblo y el otro entiende clientelismo. Uno denuncia privilegios y el otro advierte autoritarismo. Entre ambos quedan millones de mexicanos que no caben completamente en ninguno de esos relatos y que, sin embargo, reciben diariamente la exigencia de escoger una trinchera.
La tragedia no consiste en que existan dos visiones del país. Podrían existir veinte y una democracia tendría que celebrarlo. La tragedia comienza cuando para defender la nuestra necesitamos negar la legitimidad humana de todas las demás.
LAS HERIDAS DE UN PAÍS QUE DESCUBRIÓ QUE EL ENOJO TAMBIÉN PRODUCE PODER
La división mexicana no nació ayer ni puede atribuirse a un solo gobierno. Sería demasiado cómodo. Debajo de ella existen décadas de desigualdad, corrupción, impunidad, abandono y una profunda distancia entre quienes sintieron que México les pertenecía y quienes crecieron convencidos de que ese mismo México jamás los había invitado a entrar. Había enojo mucho antes de que alguien aprendiera a convertirlo en discurso político. Había resentimiento mucho antes de que las redes sociales descubrieran que la indignación podía transformarse en audiencia.
Lo que cambió fue otra cosa: comprendimos que la división también sirve.
Sirve electoralmente. Sirve para movilizar. Sirve para conservar fidelidades. Sirve para evitar preguntas incómodas. Cuando todo puede reducirse a nosotros contra ellos, ya no hace falta explicar demasiado. Si los nuestros se equivocan, encontramos contexto. Si se equivocan los otros, encontramos culpables. Si una noticia beneficia a nuestra causa, la compartimos antes de terminar de leerla; si la contradice, sospechamos inmediatamente de quien la publicó. Poco a poco dejamos de buscar la verdad y comenzamos a buscar municiones.
Y la política descubrió el extraordinario rendimiento de esa herida.
Un país reconciliado pregunta por resultados. Un país enfurecido pregunta primero quién está de su lado.
Por eso la polarización posee algo profundamente adictivo. Nos entrega pertenencia. Nos permite sentir que formamos parte de los buenos, de los conscientes, de quienes sí entendieron lo que ocurre. Y pocas tentaciones son tan poderosas como aquella que nos concede simultáneamente identidad e inocencia: nosotros nunca somos responsables porque la culpa siempre vive enfrente.
Pero ningún país puede permanecer eternamente dividido entre inocentes y culpables.
En algún momento la fractura abandona los discursos y entra a las casas.
Entra cuando una conversación familiar termina antes de tiempo para evitar una pelea. Cuando dejamos de llamar a alguien porque “ya sabemos cómo piensa”. Cuando una amistad comienza a medir cada palabra. Cuando un periodista deja de ser evaluado por lo que investiga y empieza a ser clasificado según a quién incomoda. Cuando un ciudadano siente que debe ocultar su voto para evitar una discusión. Cuando la identidad política pesa más que la biografía de la persona que tenemos enfrente.
Entonces la polarización deja de ser una estrategia electoral.
Se convierte en una forma de vivir.
CUANDO ALGÚN DÍA TENGAMOS QUE VOLVER A MIRARNOS A LOS OJOS
Lo más dramático de esta historia es que algún día la elección terminará. Terminará este gobierno y terminará el siguiente. Cambiarán presidentes, gobernadores, partidos, mayorías legislativas, consignas y colores. Algunos de quienes hoy parecen invencibles terminarán convertidos en fotografías de archivo y otros, que ahora parecen derrotados, regresarán quizá a ocupar las oficinas del poder.
Pero nosotros seguiremos aquí.
Seguiremos encontrándonos en los mercados, en las escuelas, en los hospitales, en las fábricas, en los estadios, en las iglesias, en las calles. Nuestros hijos compartirán salones con los hijos de quienes hoy consideramos adversarios. Tendremos que construir ciudades juntos, pagar los mismos impuestos, soportar los mismos problemas y enterrar a nuestros muertos en la misma tierra.
Entonces quizá descubramos que ganar una elección era muchísimo más sencillo que reconstruir una sociedad.
Porque una urna puede contar votos en unas horas. Una herida social puede necesitar generaciones.
Ésa debería ser la pregunta que nos persiguiera antes de pronunciar la próxima palabra destinada a humillar al otro: ¿qué país quedará cuando termine la batalla?
Podremos derrotar a un partido. Podremos sacar a un gobierno. Podremos conservarlo. Podremos celebrar en una plaza mientras la mitad del país guarda silencio. Pero ninguna victoria será completa si para alcanzarla necesitamos convertir a millones de mexicanos en enemigos de otros millones de mexicanos.
México ya ha conocido demasiadas veces el precio de sus divisiones. Nuestra historia está llena de generaciones convencidas de que para construir un país primero tenían que destruir al adversario. Liberales y conservadores, revolucionarios y contrarrevolucionarios, vencedores y vencidos fueron dejando muertos, exilios, rencores y heridas que después otras generaciones tuvieron que aprender a cargar.
Tal vez por eso resulta tan inquietante escuchar nuevamente el lenguaje de los bandos.
Porque las grandes fracturas nacionales casi nunca comienzan con el estruendo que después recordarán los libros. Comienzan mucho antes. Comienzan cuando dejamos de conceder buena fe al que piensa distinto. Cuando dejamos de reconocerle razones. Cuando nos alegramos de su desgracia porque pertenece al otro lado. Cuando aceptamos para los nuestros aquello que jamás perdonaríamos en los demás. Cuando la palabra traidor comienza a utilizarse con demasiada facilidad. Cuando el odio deja de avergonzarnos porque alguien consiguió convencernos de que odiar al enemigo correcto también puede ser una virtud.
Y después llega un momento terrible: ya nadie recuerda exactamente quién empezó.
Sólo quedan dos orillas gritándose sobre un país partido.
México todavía está a tiempo de evitar que la diferencia se convierta definitivamente en enemistad. No mediante una reconciliación falsa donde nadie discuta ni denuncie. Una democracia necesita conflicto, crítica, oposición, periodismo incómodo y ciudadanos capaces de enfrentarse al poder. Lo que no necesita es odio. No necesita convertir cada elección en una guerra moral ni cada desacuerdo en una prueba de traición.
Quizá el verdadero desafío de nuestra generación no sea conseguir que todos pensemos igual. Eso sería imposible y además profundamente indeseable. El desafío será aprender nuevamente a vivir juntos después de haber aprendido tan bien a dividirnos.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, mirando a un México que cada mañana parece despertar un poco más dispuesto a escoger bando y un poco menos dispuesto a escuchar. Y me pregunto cuánto tiempo puede dividirse un país antes de comenzar a romperse; cuántas palabras pueden convertirse en piedras antes de que alguien termine levantando un muro; cuánto odio puede sembrarse entre hermanos antes de que olvidemos que seguimos perteneciendo a la misma casa.
Porque quizá la tragedia más grande no sería que un día México terminara dividido entre vencedores y vencidos.
Sería que, cuando finalmente terminara la batalla, levantáramos los ojos entre las ruinas buscando al enemigo y descubriéramos que durante todo ese tiempo habíamos estado peleando contra nosotros mismos.
(By Notas de Libertad).

Índice de Contenido
/… LA LEYENDA 90
BIENVENIDA
/...CUANDO LA HISTORIA VUELVA A PREGUNTAR POR LOS ESTADISTAS
CRÓNICA SOBRE ESA EXTRAÑA DIFERENCIA ENTRE ALCANZAR LA PRESIDENCIA Y ALCANZAR LA HISTORIA; SOBRE LOS LIDERAZGOS QUE APRENDEN A CONQUISTAR EL PODER, PERO NO SIEMPRE A TRASCENDERLO; Y SOBRE LA POSIBILIDAD DE QUE EL PRÓXIMO GRAN PERSONAJE DE MÉXICO NO SEA QUIEN DERROTE CON MAYOR CONTUNDENCIA A SUS ADVERSARIOS, SINO QUIEN ENTIENDA QUE GOBERNAR UNA ÉPOCA ES MUCHO MÁS PEQUEÑO QUE CONSTRUIR UN DESTINO
(By Notas de Libertad).
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- OPERACIÓN W…Podcast.
/… JUAN MANUEL OLIVA: DEL BARRIO DE SAN MIGUEL A LA RUPTURA CON EL PAN
OPERACIÓN W RECORRE LA HISTORIA PERSONAL Y POLÍTICA DE JUAN MANUEL OLIVA: SUS ORÍGENES EN UNA FAMILIA TRABAJADORA DE LEÓN, LOS AÑOS DE REPORTERO, LA CONSTRUCCIÓN TERRITORIAL DEL PAN EN GUANAJUATO, SU PASO POR EL GOBIERNO Y UNA RUPTURA QUE HOY LO COLOCA FRENTE A UNA NUEVA BATALLA: IMPULSAR CANDIDATURAS CIUDADANAS Y DISPUTAR EL FUTURO POLÍTICO DEL PAÍS DESDE FUERA DEL PARTIDO AL QUE ENTREGÓ DÉCADAS DE SU VIDA
Video Crónica.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… ARTURO NÚÑEZ: EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A LEER LAS FICHAS DEL PODER
Crónica de un mexicano que conoció por dentro las habitaciones del antiguo régimen, participó en la construcción de las reglas que abrieron las puertas de la competencia democrática, condujo al PRI cuando por primera vez descubrió que ya no podía decidir solo en la Cámara de Diputados, abandonó después el partido donde había transcurrido buena parte de su vida y terminó gobernando Tabasco desde la oposición; pero también retrato del hombre detrás de los cargos, dueño de una memoria extraordinaria, una conversación capaz de derrotar al reloj, un humor que sobrevivió a la solemnidad del poder y una manera de ejercer el liderazgo basada menos en ocupar todos los espacios que en saber reconocer el talento de quienes estaban sentados a su lado.
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
EL AVISO INOPORTUNO:
El PAN de Guanajuato puso a competir en nueve municipios a sus aspirantes a Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad. Oficialmente ganar no garantiza ninguna candidatura y sobre quienes sostienen que todos los participantes conocen perfectamente esa condición, prefiero no discutir. Seguramente nadie está buscando apoyos, midiéndose con sus compañeros, enseñando músculo político y recorriendo su municipio pensando en 2027. Debe ser únicamente por amor a la patria, a la familia… y a la libertad.
Lo interesante vendrá cuando haya ganadores. Porque mientras todos corren se puede repetir que el premio no está garantizado; el problema será explicárselo al que llegue primero. Si después quieren quitarle la candidatura, aunque sea a uno solo, el control de daños puede convertirse en una operación bastante entretenida: habrá que convencer al ganador de que ganar no significaba ganar y a quienes lo apoyaron de que participaron en una competencia cuyo resultado, después de todo, podía no servir para lo que todos suponían.
Y como decía un viejo panista después de contar los votos: competir es muy democrático… hasta que gana el que no queríamos.
/...Agenda en Corto
1.- ROMERO HICKS, UNA CARTA DE PESO
Juan Carlos Romero Hicks se registró para participar en el proceso de los Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital, llevando a la competencia una trayectoria, preparación y conocimiento de la ciudad que inevitablemente elevan el nivel de la contienda.
2.- LOS QUE TODAVÍA ESTÁN
El registro de Jorge Espadas dejó una fotografía interesante: entre cientos de acompañantes aparecieron viejos panistas de León, militantes de colonias populares y una presencia cargada de simbolismo, la maestra Marta Martínez.
3.- TOÑO NAVARRO, CON LOS PIES EN SAN PANCHO
Tres perfiles participan en el proceso panista de San Francisco del Rincón. Diana Gutiérrez, Mayra Gordillo y Antonio Navarro llegan con historias y fortalezas propias; pero Toño carga una combinación particularmente valiosa: arraigo, territorio, experiencia pública y conocimiento de la vida interna del PAN.
4.- NAVARRO CONTRA NAVARRO
Alejandro Navarro explicó que no participaría en el proceso panista porque quienes ya tuvieron oportunidades deben abrir espacio a nuevas voces y generaciones. El detalle apareció después: aquella generosidad no necesariamente alcanza hasta la candidatura de 2027.
5.- LALO YA SE PUSO EL PARACAÍDAS
Eduardo López Mares se registró para competir en Irapuato, pero llegó cuestionando el procedimiento, advirtiendo contra grupos y padrinazgos y reclamando piso parejo. Curiosa manera de comenzar una competencia: entrar a la cancha explicando desde antes por qué podría perderse el partido.
6.- ROSARIO ROBLES, DE VUELTA AL CAMINO
La exjefa de Gobierno encabeza la Red Ciudadana para la Defensa de México, la apuesta del PRI para recuperar territorio, sumar ciudadanos y construir una oposición con rumbo a 2027.
(By Operación W).
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/...Agenda del Poder
/…1.- JORGE ESPADAS: LA FUERZA DE SER DE LOS SUYOS
Cinco perfiles participan en León en el proceso del PAN para elegir al coordinador de los Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad. Hay experiencia, juventud, oficio político y trayectorias importantes. Pero Jorge Espadas Galván posee una condición que resulta difícil adquirir y todavía más difícil fingir: viene del mismo León popular que pretende representar y, después de muchos años en política, conserva esa pertenencia.
/…2.- SALAMANCA: CUATRO ASPIRANTES Y UNA TRAYECTORIA QUE PESA
El PAN puso en marcha en Salamanca un proceso para elegir a su coordinador municipal de los Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad. Hay cuatro aspirantes y cuatro historias distintas. Todos tendrán oportunidad de demostrar lo suyo. Pero si realmente van a pesar la trayectoria, el liderazgo, la cercanía ciudadana, la militancia y el trabajo territorial, Anselmo Conejo llega con algo que no puede construirse durante las semanas que dura una convocatoria: años de presencia constante en Salamanca.
/…3.- EL ZOOLÓGICO DONDE LO ÚNICO QUE YA NO PUEDE ESCAPARSE ES LA RESPONSABILIDAD
Muertes de animales, escapes, cuestionamientos sobre instalaciones, cambios de dirección, investigaciones administrativas, intervención de autoridades ambientales, señalamientos sobre posibles irregularidades y, finalmente, la renuncia de Rebeca González Pasini a la presidencia del Consejo Directivo. El Zoológico de León ha pasado demasiados meses explicando episodios que nunca debieron acumularse de esa manera. Tal vez llegó el momento de dejar de buscar cada problema dentro de una jaula distinta y comenzar a preguntarnos quién estaba cuidando realmente a la institución.
/…4.- 158 MIL EXÁMENES Y UNA SOLA PREGUNTA
Casi 159 mil jóvenes buscaron este año un lugar en la UNAM mediante un examen que, por primera vez, convirtió miles de casas en aulas y miles de computadoras en pupitres. El procedimiento nació acompañado por tecnología capaz de identificar, observar y detectar anomalías; terminó rodeado de exámenes cancelados, sospechas sobre ayuda externa, una denuncia penal y una revisión extraordinaria de los resultados. No sabemos todavía cuál será la dimensión final del problema. Lo que sí sabemos es que la Universidad acaba de encontrarse frente a uno de los grandes dilemas educativos de nuestro tiempo: cómo seguir confiando en un examen cuando la tecnología puede estar simultáneamente vigilándolo y tratando de burlarlo.
/…5.- TU SUELDO DICE UNA COSA. TU CARTERA DICE OTRA
Faltan cinco meses para 2027 y quizá sea hora de abandonar por un momento la economía de los grandes discursos para mirar otra mucho más pequeña y bastante más despiadada: la que cabe en una cartera. Porque una cosa es cuánto dicen las estadísticas que gana un hogar mexicano y otra cuánto conserva después de alimentarse, transportarse, atender su salud, pagar servicios y resolver con dinero propio necesidades que deberían encontrar respuesta mucho antes de llegar al bolsillo.
/…6.- EL MUCHACHO QUE LE ENSEÑÓ A MÉXICO QUE LAS MONTAÑAS TAMBIÉN SE SUEÑAN
Isaac del Toro tiene apenas 22 años y ya llevó al ciclismo mexicano hasta un territorio que durante generaciones pareció reservado para otros. De Ensenada a las grandes carreteras europeas, su historia no solamente cuenta la aparición de un deportista excepcional: cuenta ese instante extraño y hermoso en que alguien consigue ensanchar las fronteras de lo que todo un país creía posible.
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“hagamos un trato”
De: Mario Benedetti
Sobre el poema:
CUANDO AMAR ES SABER QUE HAY ALGUIEN DEL OTRO LADO
LECTURA PROFUNDA DE “HAGAMOS UN TRATO”, DE MARIO BENEDETTI: UNA REFLEXIÓN SOBRE EL AMOR QUE NO POSEE, LA RECIPROCIDAD QUE NO EXIGE Y ESA NECESIDAD PROFUNDAMENTE HUMANA DE SABER QUE, AUN EN LOS DÍAS MÁS DIFÍCILES, EXISTE ALGUIEN CON QUIEN PODEMOS CONTAR
Sobre el autor:
MARIO BENEDETTI: UNA VIDA ENTRE EL AMOR, LA PALABRA Y EL DESARRAIGO
RESEÑA BIOGRÁFICA Y LITERARIA DE UN ESCRITOR QUE HIZO DE LA VIDA COTIDIANA, EL COMPROMISO POLÍTICO, EL EXILIO Y LOS AFECTOS UNA OBRA CAPAZ DE ACERCAR LA POESÍA Y LA LITERATURA A MILLONES DE LECTORES
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Joan Manuel Serrat
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… SAN JUAN DE DIOS: DONDE LEÓN TODAVÍA RECUERDA A QUÉ SABE SU HISTORIA
HAY UN BARRIO EN EL QUE LOS SIGLOS CONVIVEN CON UNA CEBADINA, EL SILENCIO DE UN TEMPLO, EL VAPOR DE UN TACO, UNA NIEVE HECHA COMO ANTES Y EL PICANTE DE UNA GUACAMAYA; RECORRERLO ES DESCUBRIR QUE LA MEMORIA DE UNA CIUDAD TAMBIÉN PUEDE GUARDARSE EN LAS MANOS DE SU GENTE.
Video Crónica
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 26 de julio al sábado 1 de agosto.
Santoral
LOS NOMBRES QUE EL TIEMPO CONVIRTIÓ EN MEMORIA
El santoral es mucho más que una sucesión de nombres colocados junto a los días del calendario. Detrás de cada uno existe una historia nacida en…
Efemérides Nacionales e Internacionales
LA MEMORIA TAMBIÉN TIENE FECHA
Hay fechas que parecen una simple casilla en el calendario hasta que se descubre todo lo que ocurrió dentro de ellas. En un mismo día pueden encontrarse…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
CUANDO EL CALENDARIO NOS RECUERDA LO QUE NO DEBEMOS OLVIDAR
El calendario no solamente sirve para contar los días. También guarda las preocupaciones, las causas, los afectos y hasta las pequeñas costumbres con las…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… MINA MAZZINI: UNA VOZ QUE SE VOLVIÓ PARTE DE LA HISTORIA DE ITALIA
DESDE EL ROCK DE SU JUVENTUD HASTA LAS GRANDES CANCIONES DE AMOR, EL JAZZ, LA TELEVISIÓN Y SUS ENCUENTROS CON CELENTANO, MINA CONSTRUYÓ UNA CARRERA DE MÁS DE SEIS DÉCADAS EN LA QUE SU VOZ TERMINÓ SIENDO MUCHO MÁS FAMOSA QUE SU PROPIA IMAGEN
*Con un click escucha: *Mina Mazzini-Best Songs (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… ADRIANO CELENTANO: EL ITALIANO QUE HIZO DE SU REBELDÍA UNA MANERA DE ESTAR EN EL MUNDO
DE LOS BARRIOS POPULARES DE MILÁN A MÁS DE SEIS DÉCADAS DE FAMA, CONSTRUYÓ UNA VIDA ENTRE LA MÚSICA, EL CINE, LA TELEVISIÓN Y UNA PERSONALIDAD QUE NUNCA NECESITÓ PARECERSE A NADIE
*Con un click escucha: *Adriano Celentano Greatest Hits Collection (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
MIL SOLES ESPLÉNDIDOS
De: KHALED HOSSEINI
Resumen:
MIL SOLES ESPLÉNDIDOS
LA HISTORIA DE MARIAM Y LAILA, DOS MUJERES UNIDAS POR LA GUERRA, LA VIOLENCIA Y UN AFECTO CAPAZ DE SOBREVIVIR A LA DEVASTACIÓN DE AFGANISTÁN
Sobre el autor:
KHALED HOSSEINI: EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A REGRESAR A AFGANISTÁN A TRAVÉS DE LAS PALABRAS
MÉDICO, REFUGIADO, ESCRITOR Y HUMANITARIO, SU VIDA QUEDÓ MARCADA POR LA DISTANCIA DE LA TIERRA DONDE NACIÓ Y POR UNA LITERATURA QUE TERMINÓ CONVIRTIENDO LA MEMORIA EN SU MANERA DE VOLVER A CASA.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… CUANDO UNA CAMPAÑA COMIENZA MUCHO ANTES DE PEDIR EL VOTO
Crónica de la maquinaria política que nace alrededor de una candidatura: desde la primera conversación donde alguien decide competir hasta la construcción del equipo, la estrategia, el territorio, el mensaje, la comunicación, la movilización y esa última jornada en la que millones de decisiones individuales terminan diciendo quién ganó y quién tendrá que comenzar a preguntarse dónde perdió
(By operación W).

CUANDO LA HISTORIA VUELVA A PREGUNTAR POR LOS ESTADISTAS
CRÓNICA SOBRE ESA EXTRAÑA DIFERENCIA ENTRE ALCANZAR LA PRESIDENCIA Y ALCANZAR LA HISTORIA; SOBRE LOS LIDERAZGOS QUE APRENDEN A CONQUISTAR EL PODER, PERO NO SIEMPRE A TRASCENDERLO; Y SOBRE LA POSIBILIDAD DE QUE EL PRÓXIMO GRAN PERSONAJE DE MÉXICO NO SEA QUIEN DERROTE CON MAYOR CONTUNDENCIA A SUS ADVERSARIOS, SINO QUIEN ENTIENDA QUE GOBERNAR UNA ÉPOCA ES MUCHO MÁS PEQUEÑO QUE CONSTRUIR UN DESTINO
HAY HOMBRES QUE LLEGAN AL PODER Y OTROS QUE CONSIGUEN LLEGAR A LA HISTORIA
La política está llena de hombres y mujeres que alguna vez parecieron imprescindibles. Sus fotografías ocuparon oficinas, sus nombres encabezaron periódicos, las carreteras se cerraron para permitir el paso de sus convoyes y hubo multitudes capaces de esperar durante horas solamente para escucharlos hablar. Durante algunos años parecía imposible imaginar al país sin ellos. Después llegó el tiempo, hizo aquello que siempre hace y terminó convirtiendo muchas de aquellas figuras aparentemente enormes en una fotografía acompañada por dos fechas.
El poder tiene esa crueldad. Mientras se ejerce parece eterno; contemplado desde la distancia suele resultar extraordinariamente breve.
Por eso llegar a la Presidencia nunca ha sido suficiente para alcanzar la historia. La banda presidencial puede obtenerse mediante votos, organización, circunstancias favorables, talento, carisma o incluso mediante los errores de quienes estaban enfrente. La estatura histórica exige otra cosa. Aparece cuando un gobernante comprende que su responsabilidad no consiste únicamente en administrar los años que le correspondieron, sino en entregar algo que pueda sobrevivirlos.
Ésa es la diferencia entre ocupar una época y modificarla.
Un político pregunta qué necesita hacer para conservar fuerza. Un estadista comienza a preguntarse qué debería hacer aunque quizá le cueste parte de ella. El político contempla la siguiente elección. El estadista imagina un país que probablemente nunca llegará a conocer. Uno necesita resultados que puedan anunciarse; el otro está dispuesto a sembrar árboles bajo cuya sombra sabe perfectamente que jamás descansará.
México ha tenido demasiados gobernantes obsesionados con el juicio inmediato y demasiado pocos dispuestos a trabajar para una sentencia que llegará cuando ellos ya no puedan defenderse.
Porque la historia tiene una ventaja sobre el poder: no necesita pedir permiso para cambiar de opinión.
EL VALOR DE HACER AQUELLO QUE NO PRODUCE APLAUSOS
Tal vez una de las tragedias de la política contemporánea sea que todo necesita producir recompensa inmediata. Una decisión debe convertirse rápidamente en aprobación, una política pública en propaganda, una obra en fotografía y una declaración en tendencia. Gobernar comienza entonces a parecerse peligrosamente a administrar un gigantesco espejo: cada decisión termina evaluándose según la imagen que devuelve.
Pero los grandes cambios nacionales casi nunca funcionan de esa manera.
Construir instituciones verdaderamente independientes puede significar crear organismos que algún día investiguen a quienes los fundaron. Fortalecer la justicia implica aceptar que alguna vez alcance a los amigos. Defender la libertad de expresión obliga a tolerar palabras profundamente incómodas. Preparar una sucesión democrática significa admitir que quien venga después puede desmontar una parte de nuestra obra. Educar a una generación requiere invertir hoy en resultados que probablemente celebrará otro gobierno.
Ahí comienza la dimensión más difícil del estadista: renunciar voluntariamente a una parte del control.
Los gobernantes inseguros necesitan que todo dependa de ellos. Los grandes liderazgos construyen cosas capaces de funcionar cuando ellos ya no están.
Por eso las instituciones sólidas son, en cierta forma, monumentos levantados contra el ego. Obligan al gobernante a aceptar que la nación es anterior a su llegada y continuará después de su despedida. Le recuerdan que ningún proyecto, por extraordinario que se considere, posee derecho de propiedad sobre el futuro.
Quizá México deba comenzar a buscar ahí a sus próximos liderazgos. No solamente entre quienes pronuncian mejor un discurso o consiguen despertar mayor entusiasmo, sino entre quienes sean capaces de perder una batalla pequeña para proteger algo más grande. Entre quienes puedan aceptar un límite sin considerarlo una humillación. Entre quienes entiendan que reconocer un error no disminuye necesariamente la autoridad y que rectificar puede exigir bastante más carácter que insistir.
La política suele premiar al que jamás duda.
La historia, algunas veces, termina agradeciendo al que supo hacerlo a tiempo.
LA GRANDEZA COMIENZA CUANDO EL PODER DEJA DE SER EL DESTINO
Hay un instante que revela finalmente el tamaño de cualquier gobernante: aquel en que comienza a imaginar el país sin él.
No el día de la toma de posesión. No la primera gran reforma. Ni siquiera el momento de mayor popularidad. La verdadera prueba llega cuando comprende que el reloj ha comenzado a correr hacia la puerta y debe decidir qué clase de ausencia quiere dejar.
Algunos intentan prolongarse. Buscan sucesores que les pertenezcan, estructuras que continúen obedeciéndolos, relatos que preserven intacta su imagen y mecanismos capaces de mantenerlos presentes cuando formalmente ya se marcharon. Otros comprenden algo mucho más difícil: gobernar bien también consiste en saber desaparecer.
Quizá ése sea uno de los gestos políticos más escasos de nuestro tiempo.
Marcharse sin llevarse las instituciones.
Marcharse sin exigir obediencia futura.
Marcharse sin convertir al sucesor en heredero personal.
Marcharse sabiendo que algunas decisiones serán modificadas y que el país tiene derecho a continuar escribiendo su historia con otra letra.
Los grandes personajes públicos no son necesariamente aquellos cuyo nombre permanece más tiempo pronunciándose desde el poder. A veces son precisamente quienes construyeron condiciones para que su nombre dejara de ser necesario.
México tendrá nuevas elecciones, nuevas mayorías y nuevos liderazgos. Aparecerán figuras que hoy desconocemos y algunas de ellas despertarán nuevamente esa fascinación que acompaña a quienes parecen interpretar exactamente el espíritu de su tiempo. Pero quizá deberíamos comenzar a exigirles algo distinto antes de entregarles nuestra admiración: que nos expliquen no solamente cómo piensan llegar, sino qué clase de país imaginan dejar cuando llegue la hora inevitable de marcharse.
Porque conquistar el poder requiere talento.
Conservarlo exige habilidad.
Pero renunciar a utilizarlo para engrandecerse a uno mismo exige una dimensión completamente distinta.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, convencido de que México no necesita esperar la llegada de un hombre providencial ni depositar nuevamente su destino en una sola persona. Necesita algo mucho más difícil de encontrar: mujeres y hombres capaces de comprender que la mayor obra de un gobernante no debería ser conseguir que una nación recuerde eternamente su nombre, sino construir instituciones, oportunidades y certezas suficientemente fuertes para que algún día esa nación pueda continuar perfectamente sin él.
Porque quizá ésa sea la última paradoja del poder: los gobernantes que más desesperadamente intentan permanecer suelen terminar perteneciendo solamente a su tiempo; los que construyen algo capaz de sobrevivirlos son quienes, sin proponérselo, terminan perteneciendo a la historia.
(By Notas de Libertad).




- OPERACIÓN W…Podcast.




/… JUAN MANUEL OLIVA: DEL BARRIO DE SAN MIGUEL A LA RUPTURA CON EL PAN
OPERACIÓN W RECORRE LA HISTORIA PERSONAL Y POLÍTICA DE JUAN MANUEL OLIVA: SUS ORÍGENES EN UNA FAMILIA TRABAJADORA DE LEÓN, LOS AÑOS DE REPORTERO, LA CONSTRUCCIÓN TERRITORIAL DEL PAN EN GUANAJUATO, SU PASO POR EL GOBIERNO Y UNA RUPTURA QUE HOY LO COLOCA FRENTE A UNA NUEVA BATALLA: IMPULSAR CANDIDATURAS CIUDADANAS Y DISPUTAR EL FUTURO POLÍTICO DEL PAÍS DESDE FUERA DEL PARTIDO AL QUE ENTREGÓ DÉCADAS DE SU VIDA
Hay entrevistas que comienzan con el personaje público y terminan descubriendo al hombre. En esta edición de Operación W ocurrió casi lo contrario. Antes de llegar al exgobernador, al dirigente partidista o al estratega electoral, Claudia Padilla, Carlos Gardés y Wintilo Vega fueron a buscar al muchacho que creció en el barrio de San Miguel, en un León de calles todavía empedradas o de tierra, dentro de una familia numerosa que conocía el trabajo como parte natural de la existencia.
Desde ahí comenzó a desenrollarse una vida que ha transitado por dos oficios profundamente vinculados con el poder: primero observarlo y cuestionarlo desde el periodismo; después ejercerlo desde la política.
Oliva habló de su formación en León y de su paso por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, en la Ciudad de México. Recordó madrugadas preparando síntesis informativas, jornadas que debían combinarse con las aulas y una formación profesional construida también en las redacciones y en la calle. Vinieron después El Sol de Naucalpan, El Universal, su experiencia en Baja California y finalmente el regreso a León, donde trabajó en El Contacto. Cubrió información general, asuntos policiacos y acontecimientos que exigían aquel periodismo de guardias nocturnas, teléfonos, máquinas de escribir, laboratorios fotográficos y reporteros obligados a llegar físicamente hasta donde estaba ocurriendo la noticia.
No era todavía el político que gobernaría Guanajuato. Era un periodista aprendiendo a preguntar.
Y quizá nunca dejó completamente de serlo.
CUANDO EL REPORTERO CRUZÓ LA LÍNEA Y DECIDIÓ ENTRAR A LA POLÍTICA
El punto de quiebre llegó a finales de los años ochenta. Una invitación relacionada con Vicente Fox y las necesidades de comunicación de un PAN todavía pequeño en Guanajuato terminó modificando el rumbo de su vida. Oliva pasó de narrar acontecimientos políticos a participar directamente en ellos.
Su relato permite mirar un PAN muy distinto del que décadas después dominaría electoralmente Guanajuato. Era una organización con presencia limitada, pocos militantes y municipios donde ni siquiera conseguía presentar candidatos. La estrategia fue entonces salir al territorio: formar comités, construir subcomités, identificar liderazgos locales y extender una organización que pudiera competir más allá de las ciudades donde ya tenía presencia.
Esa parte de la conversación revela quizá al Oliva más importante para entender su trayectoria: el organizador.
La política, desde su relato, no comenzó en los grandes mítines ni en las oficinas gubernamentales. Comenzó recorriendo municipios, buscando personas dispuestas a representar al partido y construyendo estructuras donde prácticamente no existían. Aquella expansión territorial acompañó el crecimiento de Vicente Fox en Guanajuato y formó parte de una transformación política que terminaría llevando al PAN primero al gobierno estatal y después a la Presidencia de la República.
Los años siguientes colocarían a Oliva en prácticamente todos los niveles de aquella historia. Fue dirigente partidista, senador, secretario de Gobierno y finalmente gobernador de Guanajuato. En Operación W defendió especialmente una idea sobre su administración: la continuidad como estrategia de desarrollo. Frente a la costumbre mexicana de comenzar de nuevo con cada gobierno, sostuvo que su administración buscó aprovechar proyectos anteriores y articularlos alrededor de una visión económica de largo plazo.
Desde esa perspectiva explicó la apuesta por el Puerto Interior, la industria automotriz, los corredores económicos, la infraestructura carretera, la ampliación de la educación media y superior, los hospitales y la atracción de inversiones. También enfrentó uno de los episodios más polémicos de aquellos años: la refinería que finalmente no se construyó en Guanajuato. Oliva ofreció su propia versión del proceso, defendió la adquisición de terrenos y sostuvo que, una vez tomada la decisión federal de llevar el proyecto a Hidalgo, buscó compensaciones para Guanajuato mediante inversión y desarrollo económico.
Son afirmaciones del propio exgobernador y, como corresponde a una conversación política, forman parte de su balance personal sobre el poder que ejerció. Pero tienen un valor adicional: permiten conocer cómo interpreta hoy las decisiones de aquel Juan Manuel Oliva que gobernaba el estado.
EL HOMBRE QUE AYUDÓ A CONSTRUIR EL PAN Y TERMINÓ DICIENDO: “YA NO ES EL PAN”
La conversación cambia de temperatura cuando llega al presente. Porque el personaje sentado frente a los micrófonos de Operación W ya no pertenece al partido alrededor del cual construyó prácticamente toda su carrera política.
Ahí aparece la paradoja central de la entrevista.
Oliva ayudó a extender territorialmente al PAN, dirigió su estructura estatal, llegó al Senado, ocupó la Secretaría de Gobierno y alcanzó la gubernatura bajo sus siglas. Sin embargo, terminó renunciando. Su explicación no gira alrededor de la falta de cargos ni de una derrota interna. Él coloca la ruptura en el terreno ideológico.
Sostiene que el PAN contemporáneo se apartó de principios que considera esenciales dentro del humanismo político y cuestiona particularmente decisiones relacionadas con la vida, la familia y determinadas reformas legislativas. Puede compartirse o rechazarse esa interpretación, pero resulta imposible ignorar el significado político de que uno de los hombres que participó en la construcción de la hegemonía panista guanajuatense afirme ahora que ya no reconoce al partido que ayudó a levantar.
No habla como quien abandonó la política.
Habla como quien cambió de trinchera.
Su objetivo inmediato, según explicó, es impedir que Morena conserve una mayoría suficiente en la Cámara de Diputados para ejercer lo que él considera una supremacía legislativa. Su diagnóstico es frontal: acusa al oficialismo de construir un partido de Estado, utilizar los programas sociales como ventaja electoral y concentrar un poder que, desde su perspectiva, necesita contrapesos.
Pero tampoco plantea simplemente regresar al PAN. Ahí aparece el proyecto que puede definir la siguiente etapa de su trayectoria: un movimiento ciudadano que busca organizar candidaturas independientes y establecer alianzas electorales donde considere que existe un aspirante competitivo.
Oliva asegura que mantiene conversaciones en diversos estados y que ya existen entidades donde trabajan para impulsar candidaturas independientes. Su apuesta consiste también en recuperar a ciudadanos que han dejado de identificarse con los partidos y atraer una parte del electorado que normalmente se abstiene en las elecciones intermedias.
Es todavía un proyecto en construcción. Habrá que observar si consigue convertirse en estructura electoral, si encuentra candidatos capaces de competir y si su discurso logra convocar más allá de los antiguos círculos partidistas de los que procede.
Pero una cosa quedó clara durante la conversación: Juan Manuel Oliva no está retirado.
UNA VIDA POLÍTICA QUE REGRESA AL PUNTO DONDE COMENZÓ: CONVENCER PERSONA POR PERSONA
Hay una curiosa simetría en esta historia. Décadas atrás, cuando el PAN era todavía una fuerza pequeña en Guanajuato, Oliva recorría municipios buscando ciudadanos, formando estructuras y tratando de convertir convicciones en organización. Hoy, fuera de ese mismo partido, vuelve a hablar de recorrer estados, localizar liderazgos y construir candidaturas desde abajo.
Cambió el escenario. Cambiaron los adversarios. Incluso cambió el partido del que alguna vez fue uno de sus principales dirigentes.
El método, sin embargo, parece familiar.
Quizá por eso esta edición de Operación W terminó siendo algo más que una conversación sobre los recuerdos de un exgobernador. Claudia Padilla, Carlos Gardés y Wintilo Vega fueron llevando al invitado desde su infancia hasta una pregunta inevitable: después de haber sido periodista, dirigente, senador, secretario de Gobierno y gobernador, ¿qué sigue?
La respuesta no apareció en forma de candidatura personal.
Apareció como una intención de volver a organizar.
Juan Manuel Oliva salió del PAN, pero no salió de la política. Y cuando un hombre que pasó buena parte de su vida construyendo estructuras electorales comienza otra vez a recorrer el territorio, buscar candidatos y hablar de una elección que todavía está por venir, la pregunta ya no consiste solamente en dónde estuvo.
La pregunta es hacia dónde pretende llevar ahora todo lo que aprendió en el camino.
Video Crónica.





/… ARTURO NÚÑEZ: EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A LEER LAS FICHAS DEL PODER
Crónica de un mexicano que conoció por dentro las habitaciones del antiguo régimen, participó en la construcción de las reglas que abrieron las puertas de la competencia democrática, condujo al PRI cuando por primera vez descubrió que ya no podía decidir solo en la Cámara de Diputados, abandonó después el partido donde había transcurrido buena parte de su vida y terminó gobernando Tabasco desde la oposición; pero también retrato del hombre detrás de los cargos, dueño de una memoria extraordinaria, una conversación capaz de derrotar al reloj, un humor que sobrevivió a la solemnidad del poder y una manera de ejercer el liderazgo basada menos en ocupar todos los espacios que en saber reconocer el talento de quienes estaban sentados a su lado.
ANTES DE QUE LAS URNAS DEJARAN DE OBEDECER
CUANDO PERDER TODAVÍA PARECÍA IMPOSIBLE
México llegó a acostumbrarse tanto a la permanencia que terminó confundiéndola con el destino. Durante décadas cambiaron los presidentes, envejecieron los generales de la Revolución, desaparecieron los grandes caciques, crecieron ciudades donde antes terminaban los caminos y varias generaciones de mexicanos nacieron, votaron, tuvieron hijos y envejecieron sin conocer a un presidente surgido de un partido distinto al PRI. El país se transformaba a una velocidad extraordinaria, pero cada seis años, cuando llegaba el momento de transmitir el poder, una parte esencial de la ceremonia permanecía intacta. El nombre cambiaba. El partido, no.
Aquella continuidad produjo algo más profundo que una hegemonía electoral: creó una manera de imaginar el futuro. El poder podía disputarse dentro del sistema, podían enfrentarse grupos, carreras y aspiraciones, podían caer secretarios y levantarse gobernadores, pero la gran maquinaria permanecía. Para un joven mexicano que quisiera hacer política en los años sesenta o setenta, el PRI no aparecía simplemente como una opción colocada junto a otras. Era el territorio donde ocurría casi todo lo que podía conducir hacia las grandes decisiones nacionales.
En ese México comenzó Arturo Núñez Jiménez.
Había nacido en Villahermosa, Tabasco, el 23 de enero de 1948, y llegó después a la Universidad Nacional Autónoma de México para estudiar Economía. Su generación creció mirando un Estado poderoso, convencido de su capacidad para conducir el desarrollo, administrar los conflictos y organizar también la sucesión política. Núñez entró al servicio público y al PRI sin necesidad de imaginar entonces que buena parte de su vida terminaría ligada precisamente a una pregunta que aquel sistema había conseguido mantener durante demasiado tiempo lejos de su puerta principal: ¿qué tendría que ocurrir para que quienes gobernaban pudieran perder?
La ironía sólo puede apreciarse desde la distancia. Arturo Núñez se formó dentro del sistema político que años después ayudaría a modificar. Aprendió sus códigos antes de participar en la transformación de sus reglas. Conoció al poder cuando todavía caminaba con la seguridad de quien supone que el mañana será una continuación del presente, y terminaría siendo testigo de la lenta desaparición de aquella certeza.
No ocurrió mediante una conversión repentina. Tampoco comenzó con una ruptura ideológica. El primer movimiento fue mucho menos espectacular y, quizá por eso, más interesante: comenzó estudiando.
LAS REGLAS QUE ESCONDÍAN UNA PREGUNTA
En algún momento de su formación llegaron a las manos de Arturo Núñez los trabajos de Dieter Nohlen. Detrás del lenguaje aparentemente seco de los sistemas electorales encontró una maquinaria fascinante. Una elección podía parecer una operación elemental —ciudadanos que votan, votos que se cuentan, candidatos que ganan o pierden—, pero debajo existía un universo de decisiones capaces de alterar la representación política de un país.
Núñez comenzó a internarse en él.
Mayorías, representación proporcional, circunscripciones, mecanismos para convertir votos en escaños. Cada fórmula respondía de manera distinta a una pregunta que en el México de aquellos años todavía podía parecer incómoda: ¿cómo representar a quienes no ganaban?
La cuestión era mucho más profunda de lo que parecía. Durante demasiado tiempo la cultura política mexicana había concentrado su atención en el vencedor. El presidente electo, el gobernador electo, el partido mayoritario. Pero una democracia no se reconoce solamente por la manera en que trata a quien gana. Se reconoce también por el lugar que reserva a quienes perdieron.
Núñez empezó a estudiar ese territorio mientras el país real comenzaba a moverse debajo de las instituciones. El PAN conquistaba espacios y acumulaba agravios; las izquierdas se reorganizaban; las ciudades producían ciudadanos menos dóciles frente a las viejas formas de autoridad; las universidades multiplicaban discusiones que ya no cabían fácilmente dentro de los discursos oficiales. El PRI seguía siendo inmensamente poderoso, pero México comenzaba a ser demasiado plural para continuar mirándose en un espejo de un solo rostro.
Ahí comenzó a abrirse una distancia.
De un lado estaba el país institucional, todavía acostumbrado a la continuidad. Del otro empezaba a crecer un país electoral que quería competir, vigilar, protestar y, sobre todo, tener alguna posibilidad verdadera de ganar.
Durante años ambas realidades consiguieron convivir.
Hasta que llegó una noche en que dejaron de caber juntas.
1988: CUANDO EL RESULTADO YA NO FUE SUFICIENTE
El 6 de julio de 1988 no comenzó con la apariencia de una fecha destinada a perseguir durante décadas la memoria política mexicana. Había urnas, funcionarios, representantes de partidos, candidatos y millones de ciudadanos esperando resultados. Manuel Bartlett Díaz era secretario de Gobernación. Carlos Salinas de Gortari competía por el PRI, Manuel J. Clouthier por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas había conseguido reunir una fuerza opositora que alteraba cálculos y despertaba entusiasmos que el sistema no estaba acostumbrado a enfrentar en una elección presidencial.
Después cayó la noche y ocurrió aquello que terminaría resumido en unas cuantas palabras capaces de sobrevivir a todos sus protagonistas: la caída del sistema.
Lo verdaderamente devastador no fue solamente la controversia sobre los resultados. Fue la sospecha. Una sospecha suficientemente grande para instalarse durante años en la conversación nacional y convertir cada explicación oficial en una nueva pregunta. México descubrió entonces que una elección podía producir un presidente y, al mismo tiempo, dejar abierta una discusión sobre la legitimidad del mecanismo que lo había declarado vencedor.
Aquello cambió la naturaleza del problema.
El poder ya no necesitaba solamente votos. Necesitaba credibilidad.
Cuando Carlos Salinas de Gortari asumió la Presidencia, el primero de diciembre de 1988, Fernando Gutiérrez Barrios llegó a Gobernación. El sistema seguía siendo formidable, pero entraba al nuevo sexenio llevando una fractura que no podía resolverse con discursos. Si quería recuperar confianza tendría que tocar precisamente aquello que durante décadas había administrado desde una posición privilegiada: las reglas electorales.
Y entonces la formación de Arturo Núñez dejó de ser una curiosidad intelectual para convertirse en una herramienta política.
El hombre que había estudiado cómo diferentes democracias organizaban la representación comenzó a trabajar en un territorio donde las fórmulas tendrían nombres, voces y adversarios. Ya no habría únicamente sistemas mayoritarios o proporcionales. Habría priistas, panistas, cardenistas, dirigentes que desconfiaban del gobierno y funcionarios obligados a conseguir que quienes llegaban acusándolo aceptaran sentarse a negociar con él.
Núñez entraría a ese mundo junto a hombres de enorme peso político y jurídico. Fernando Gutiérrez Barrios encabezaba Gobernación; Manlio Fabio Beltrones tendría responsabilidades fundamentales dentro de aquella estructura; José Luis Lamadrid Souza aportaría una inteligencia jurídica que Núñez siempre reconocería. Del otro lado de las negociaciones aparecerían figuras como Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Castillo Peraza, Diego Fernández de Cevallos y Pablo Emilio Madero. Algunos podían disentir prácticamente en todo, pero comenzaban a compartir una certeza: las reglas existentes ya no alcanzaban para el país que tenían enfrente.
No estaban todavía construyendo la alternancia. Ni siquiera podían saber cuándo llegaría. Estaban haciendo algo anterior y quizá más difícil: intentando fabricar confianza con materiales hechos de desconfianza.
Arturo Núñez recordaría después cientos de horas dedicadas a aquellas negociaciones. Horas suficientes para descubrir que una palabra podía detener una reforma, que detrás de una coma podía esconderse una sospecha y que algunos acuerdos sólo aparecían después de llevar el desacuerdo hasta el agotamiento. La democracia mexicana no nació una mañana completa y luminosa. Fue ensamblándose lentamente, con imperfecciones, retrocesos y cicatrices, entre personas que muchas veces se sentaban juntas sin confiar unas en otras.
Núñez estaba aprendiendo ahí una política distinta a la que había conocido al comenzar su carrera. Ya no bastaba con entender cómo funcionaba el poder. Había que aprender a limitarlo. Ya no bastaba con construir mayorías. Había que reconocer derechos a las minorías. Y, sobre todo, comenzaba a resultar indispensable aceptar una idea que durante décadas había parecido casi ajena a la cultura del régimen: quien establece las reglas también debe estar dispuesto a perder bajo ellas.
El muchacho nacido en Villahermosa todavía quería hacer carrera política. Seguía perteneciendo al PRI. Tabasco permanecía en algún lugar de sus aspiraciones y faltaban años para que su propia vida lo colocara del otro lado de aquel partido. Nada estaba escrito.
Pero México había comenzado a escribir algo nuevo.
Durante décadas el sistema había perfeccionado el arte de conservar el poder. Después de 1988 tendría que emprender un aprendizaje infinitamente más difícil: construir las condiciones para que algún día pudiera perderlo y el país continuara en pie.
LA PACIENCIA TAMBIÉN PUEDE CAMBIAR LA HISTORIA
MIL HORAS PARA ESCRIBIR UN PUENTE
Mil horas no caben fácilmente en una fotografía. Tampoco en una placa conmemorativa. No tienen la espectacularidad de una multitud llenando una plaza ni producen esa clase de imágenes que después aparecen en los documentales para anunciar que un país ha cambiado. Mil horas son otra cosa: noches que se alargan, café que se enfría, documentos llenos de correcciones, argumentos pronunciados tantas veces que comienzan a perder su novedad y hombres que regresan al día siguiente a discutir exactamente aquello que la víspera parecía imposible resolver. Aproximadamente ese tiempo recuerda Arturo Núñez dedicado a dos grandes negociaciones de aquellos años: unas seiscientas horas alrededor de la reforma constitucional y cerca de cuatrocientas más en la elaboración del nuevo ordenamiento electoral. No fue una epopeya de plazas públicas. Fue una batalla contra el cansancio.
Ahí comenzó a revelarse una de las características que acompañarían a Núñez durante buena parte de su trayectoria: podía permanecer mucho tiempo dentro de una conversación sin confundir paciencia con debilidad. Negociar no significaba para él llegar rápidamente a un punto medio para poder levantarse de la mesa. Había que comprender dónde estaba la verdadera resistencia del otro, distinguir aquello que formaba parte de la posición pública de aquello que constituía una preocupación irrenunciable y descubrir, algunas veces después de jornadas enteras, el pequeño espacio por donde podía pasar un acuerdo.
Las discusiones podían atascarse en asuntos que desde afuera parecían incomprensiblemente técnicos. ¿Quién debía integrar el nuevo organismo? ¿Cómo impedir que una fuerza pudiera dominar sus decisiones? ¿Qué atribuciones corresponderían a cada órgano? ¿Hasta dónde debía llegar la presencia gubernamental? ¿Qué garantías tenían que quedar protegidas desde el texto constitucional y cuáles podían reservarse para la legislación secundaria? Cada respuesta abría nuevas preguntas. Una palabra cambiada podía alterar equilibrios cuidadosamente construidos durante semanas.
Núñez llevaba orden del día, registraba intervenciones, levantaba minutas y conservaba papeles. Muchos de aquellos documentos permanecieron con él. Esa costumbre de guardar puede parecer burocrática hasta que pasan treinta años y los papeles dejan de ser papeles para convertirse en memoria. Ahí quedan las tachaduras, las propuestas que murieron antes de llegar a una ley, las fórmulas que alguien defendió durante días y terminó abandonando, las huellas de un país que fue escribiendo una parte de su futuro sin saber todavía cuál de todos aquellos borradores sobreviviría.
Hay una dimensión profundamente humana en semejante trabajo. Después de muchas horas nadie negocia únicamente con inteligencia. También negocia con agotamiento, orgullo, carácter. Llega un momento en que el desacuerdo deja de pertenecer al artículo discutido y comienza a instalarse entre las personas. Entonces una reunión puede romperse por una frase pronunciada con el tono equivocado. Núñez poseía una herramienta que los manuales de derecho parlamentario difícilmente registran: el humor. Sabía utilizarlo para aflojar una tensión, devolver aire a una conversación endurecida y recordar que quienes estaban enfrentados por una norma tendrían que volver a verse al día siguiente.
Pero la paciencia, por sí sola, tampoco resuelve un laberinto.
En algún momento hacía falta una idea.
Y aquella idea llegó de un hombre que tenía la extraña costumbre de apartarse para pensar.
LA TARDE EN QUE LAMADRID DECIDIÓ NO HACER NADA MÁS QUE PENSAR
José Luis Lamadrid Souza podía anunciar que dedicaría una tarde a pensar. La frase parece casi extravagante en política, un territorio donde todos corren, todos hablan, todos contestan y muy pocos se conceden el lujo de permanecer quietos frente a un problema. Arturo Núñez lo recuerda precisamente por esa capacidad. Lamadrid podía alejarse del ruido, revisar antecedentes, comparar posibilidades y regresar después con una solución que no estaba donde los demás llevaban días buscándola.
Uno de los grandes nudos estaba en la imparcialidad. No bastaba con bautizar una institución nueva y colocarle encima las virtudes que se deseaba que tuviera. Había que encontrar una estructura capaz de sostenerlas cuando llegara el conflicto. Lamadrid cambió entonces la dirección de la pregunta. En lugar de seguir mirando exclusivamente hacia las elecciones, buscó otro espacio del Estado donde la neutralidad constituyera la esencia misma de la función. Encontró a los jueces.
La intuición era poderosa por su sencillez. Un juez no adquiere legitimidad porque las partes de un litigio estén de acuerdo con cada una de sus decisiones; la adquiere porque existen condiciones destinadas a proteger su independencia. ¿Podía trasladarse parte de esa lógica al terreno electoral? ¿Era posible construir una función profesional, especializada, protegida de las presiones inmediatas y sostenida por servidores públicos cuya permanencia no dependiera del humor político de cada temporada?
A partir de esa pregunta comenzaron a ordenarse piezas que hasta entonces parecían dispersas. Lamadrid pensaba la arquitectura; Fernando Franco ayudaba a darle precisión jurídica; Núñez tenía que llevarla al territorio donde las mejores ideas pueden morir si nadie consigue hacerlas políticamente aceptables. Ese reparto revela algo importante de Arturo que aparecería nuevamente muchos años después, cuando le correspondiera coordinar diputados: sabía que conducir no consiste en apropiarse del talento de los demás. Consiste en reconocerlo, colocarlo donde resulta más útil y conseguir que capacidades diferentes trabajen hacia un mismo desenlace.
De aquella búsqueda surgiría una estructura institucional que con los años habría de adquirir una importancia enorme. También comenzó a tomar forma un servicio profesional especializado. Había que preparar personas para organizar elecciones como una tarea de Estado y no como una encomienda circunstancial de cada proceso. Había que profesionalizar una función que hasta entonces había vivido demasiado cerca de las necesidades inmediatas de la política.
En paralelo apareció una batalla menos vistosa pero decisiva: el padrón. ¿De qué servía perfeccionar la autoridad si persistían dudas sobre la lista de quienes podían acudir a votar? La decisión de reconstruirlo obligó a emprender una operación gigantesca. Después vendría la credencial con fotografía, objeto tan cotidiano con el paso del tiempo que terminaríamos olvidando el significado político de su nacimiento. Una pequeña tarjeta comenzó a responder una pregunta enorme: éste soy yo, existo en el registro, tengo derecho a votar y nadie debería poder hacerlo en mi lugar.
Las instituciones importantes suelen volverse invisibles precisamente cuando funcionan. Se incorporan a la rutina hasta que una generación termina creyendo que siempre estuvieron ahí. Arturo Núñez alcanzó a conocer el tiempo anterior. Por eso puede recordar no sólo el resultado, sino las costuras.
Y algunas costuras estuvieron a punto de romperse.
CUANDO UNA PALABRA PODÍA HACER NAUFRAGAR SEMANAS ENTERAS
En una negociación tan extensa, el peligro no siempre estaba en los grandes desacuerdos. Algunas veces aparecía después de haber conseguido avanzar. Una fuerza podía aceptar modificar la Constitución y preguntarse inmediatamente qué impediría que lo acordado cambiara de sentido cuando llegara la legislación secundaria. Era una preocupación legítima: entregar un voto en el primer piso de una reforma podía significar perder el control de lo que se construiría en el segundo.
Núñez buscó una salida utilizando una figura proveniente de un mundo distinto. Su formación económica le recordó las cartas de intención utilizadas en determinados procesos financieros: documentos capaces de fijar compromisos para una etapa posterior. La propuesta parecía ofrecer un camino, hasta que su divulgación prematura provocó exactamente lo contrario. Dentro del propio PRI surgieron reclamos. ¿Qué se había negociado? ¿Quién lo había autorizado? ¿Hasta dónde llegaban las concesiones? De pronto el problema ya no estaba enfrente. Estaba dentro de casa.
Esos momentos permiten entender mejor la verdadera dificultad de una negociación política. El negociador no habla solamente con el adversario. Tiene que regresar después con los suyos y convencerlos de que aquello que cedió no fue una derrota, que lo obtenido justifica lo entregado y que el acuerdo final será mejor que regresar al punto de partida. Cada avance tiene dos fronteras: la resistencia del otro y la resistencia propia.
La solución terminó buscando refugio en el lugar más alto del orden jurídico. Si determinados compromisos resultaban demasiado importantes para quedar expuestos a una interpretación posterior, podían incorporarse directamente a la Constitución. Arturo recordó las discusiones del Constituyente de 1917 y aquella defensa de Heriberto Jara frente a quienes pretendían una Carta Magna reducida a principios generales: cuando se trata de proteger conquistas fundamentales, la extensión puede ser un costo menor. Décadas después, una preocupación semejante ayudaba a explicar por qué ciertas disposiciones electorales mexicanas comenzaron a adquirir un detalle poco habitual en otros sistemas.
No era elegancia jurídica lo que estaban buscando.
Era seguridad política.
Cada precisión cerraba una puerta por donde alguien temía que pudiera regresar una vieja práctica. Cada candado era también la confesión de una experiencia anterior. La legislación fue acumulando garantías como una casa que añade cerraduras después de haber conocido demasiados intrusos.
Arturo Núñez atravesó aquellas jornadas sin imaginar todavía la ironía que lo esperaba. Había dedicado horas incontables a discutir cómo debía funcionar una autoridad electoral, qué principios tendrían que guiarla y qué clase de profesionalización necesitaba. Había aprendido a conocerla desde sus planos, antes incluso de verla completamente construida.
Pero él seguía considerándose político.
Tenía aspiraciones. Tabasco continuaba llamándolo desde algún lugar del futuro. Su vida estaba pensada para competir, disputar espacios, construir una candidatura. No se veía apartado de la cancha contemplando cómo otros jugaban.
Por eso, cuando tiempo después apareció la posibilidad de que asumiera la dirección del Instituto Federal Electoral, su primera reacción no fue de entusiasmo.
Fue de resistencia.
Había ayudado a construir al árbitro.
Ahora querían entregarle el silbato.
Y Arturo Núñez tenía una objeción que resumía, en unas cuantas palabras, todo lo que todavía esperaba de su propia vida:
él no quería ser árbitro.
Todavía quería jugar.
EL AÑO EN QUE MÉXICO CAMINÓ SOBRE EL FILO
UN POLÍTICO OBLIGADO A MIRAR DESDE EL CENTRO
Arturo Núñez había pasado buena parte de su vida preparándose para participar en la política, no para contemplarla desde una posición de neutralidad. Conocía el impulso de quien quiere intervenir, tomar partido, defender una causa, construir una candidatura. Por eso la posibilidad de incorporarse a la dirección del Instituto Federal Electoral encerraba para él una contradicción personal difícil de ignorar. Aceptar significaba modificar temporalmente la dirección de su propia carrera y someterse a una disciplina distinta: dejar fuera de la oficina preferencias, afectos, pertenencias y aspiraciones para asumir una responsabilidad cuya legitimidad dependía justamente de que nadie pudiera adivinar hacia dónde inclinaba el corazón de quien tomaba las decisiones.
No era una renuncia menor. Tabasco seguía ocupando un lugar importante en su horizonte y la política partidista formaba parte natural de su identidad. Había dedicado años a entender el poder desde dentro y conservaba la vocación de disputarlo. Sin embargo, terminó aceptando. La paradoja tenía una belleza casi cruel: después de participar en la discusión de las normas, tendría que vivir bajo ellas; después de imaginar equilibrios desde una mesa de trabajo, tendría que comprobar si resistían cuando comenzaran a recibir el peso verdadero de una elección presidencial.
Hay responsabilidades que llegan acompañadas de ceremonia y otras que entregan, junto con el nombramiento, una carga cuyo tamaño sólo se descubre después. A Núñez le correspondió la segunda clase. El país que debía acudir a las urnas en 1994 estaba a punto de convertirse en un territorio donde cada semana parecía capaz de modificar la siguiente. La serenidad administrativa que exige organizar una elección tendría que sobrevivir dentro de una nación sacudida por acontecimientos que ningún calendario electoral podía prever.
El primero de enero, mientras entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el gobierno celebraba la incorporación de México a una nueva etapa económica, desde Chiapas llegó una imagen brutalmente distinta del país. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional apareció públicamente y tomó varias poblaciones. El contraste resultó demoledor: el mismo México que aquella mañana pretendía anunciar su entrada a la modernidad despertaba contemplando hombres armados y encapuchados en una de sus regiones más pobres.
La campaña presidencial apenas comenzaba y el país ya no era el mismo.
A partir de entonces, cada decisión electoral tendría que convivir con un clima político que podía cambiar en cuestión de horas. Organizar los comicios dejó de parecer únicamente una tarea administrativa. Había que conseguir que las casillas llegaran, que los ciudadanos estuvieran inscritos, que las boletas pudieran imprimirse y distribuirse, que los partidos encontraran condiciones para competir y que la jornada pudiera celebrarse aun cuando afuera de las oficinas institucionales México parecía avanzar sobre un suelo que se movía.
Núñez había querido seguir siendo jugador.
El destino acababa de colocarlo en el sitio desde donde tendría que ver jugar a todos los demás.
Y todavía faltaba lo peor.
LA TARDE EN QUE UNA CAMPAÑA TERMINÓ ENTRE SANGRE
El 23 de marzo de 1994 comenzó como un día de campaña y terminó convertido en una fecha imposible de pronunciar sin que aparezca una imagen. Luis Donaldo Colosio había llegado a Lomas Taurinas, en Tijuana. Había gente alrededor, música, empujones, entusiasmo, cuerpos apretados intentando acercarse al candidato presidencial del PRI. Después se escucharon los disparos.
En unos segundos la campaña dejó de existir como había sido concebida.
El asesinato de Colosio no eliminó solamente a un candidato. Introdujo una sensación de vulnerabilidad en el corazón mismo del sistema político. Si podía asesinarse en público al hombre que encabezaba la candidatura presidencial del partido gobernante, ¿qué podía considerarse verdaderamente seguro? El país comenzó a llenarse de versiones, preguntas, sospechas y rumores. Cada explicación parecía producir otras interrogantes. El miedo abandonó los márgenes y caminó hacia el centro.
Para el Instituto Federal Electoral, la tragedia planteaba además problemas concretos que no podían resolverse mediante el duelo. Había plazos que seguían corriendo. Existían procedimientos legales. El PRI tendría que designar otro candidato. Las boletas, los registros, las campañas y las decisiones administrativas debían adaptarse a una circunstancia para la cual ningún funcionario podía haberse preparado emocionalmente.
Ésa es una de las crueldades del servicio público en momentos de crisis: mientras una sociedad todavía intenta comprender lo ocurrido, alguien tiene que continuar trabajando.
Núñez se encontraba en ese lugar.
No podía detener el calendario porque el país estuviera conmocionado. Tampoco podía permitirse que la velocidad necesaria para responder produjera errores capaces de contaminar la elección. Había que conservar la cabeza fría cuando alrededor casi todo invitaba a perderla. Ernesto Zedillo sustituyó a Colosio como candidato priista y el proceso siguió adelante, aunque ya nadie podía fingir que se trataba de una campaña ordinaria.
México entró entonces en una temporada extraña. Las conversaciones privadas parecían llenas de presagios. Las noticias se seguían con ansiedad. La política adquirió un tono oscuro, como si detrás de cada acontecimiento pudiera estar preparándose otro todavía peor. Las instituciones continuaban abiertas, los candidatos recorrían el territorio, los partidos producían propaganda y los ciudadanos seguían con su vida diaria, pero algo se había instalado en el ambiente. No era posible tocarlo y, sin embargo, estaba en todas partes.
En medio de aquella atmósfera se organizó también el debate presidencial del 12 de mayo, un acontecimiento que adquiriría una enorme importancia pública. Millones de mexicanos vieron juntos a los principales contendientes discutir frente a las cámaras. La política nacional, acostumbrada durante demasiado tiempo a campañas donde el candidato oficial recorría el país desde una posición privilegiada, mostraba otra escena: aspirantes confrontando argumentos ante ciudadanos que podían compararlos simultáneamente.
Núñez observaba todo aquello desde una posición peculiar. El político que llevaba dentro podía entender las estrategias, calcular movimientos, reconocer fortalezas y errores. Pero el funcionario electoral tenía prohibido comportarse conforme a esas inclinaciones. Su trabajo consistía precisamente en conseguir que sus opiniones personales fueran irrelevantes.
Esa frontera entre lo que un hombre piensa y aquello que su responsabilidad le permite hacer es una de las pruebas más severas del poder público. La imparcialidad no significa carecer de convicciones. Significa impedir que las convicciones privadas secuestren una obligación que pertenece a todos.
Y 1994 no concedía treguas para aprenderlo.
UNA CREDENCIAL, MILLONES DE NOMBRES Y EL PESO DE UNA ELECCIÓN
Mientras la tragedia política ocupaba las primeras planas, existía otra historia mucho menos dramática en apariencia y, sin embargo, indispensable para que el país pudiera llegar al día de la elección. Millones de ciudadanos tenían que aparecer correctamente en el padrón, contar con una credencial que permitiera identificarlos y encontrar su nombre cuando llegaran a la casilla. La democracia tenía también esa dimensión silenciosa: detrás de los discursos presidenciales había cajas, listas, fotografías, rutas de distribución, funcionarios capacitados y una gigantesca maquinaria que no podía permitirse el lujo de improvisar.
La credencial con fotografía adquirió entonces un significado que el uso cotidiano terminaría borrando con los años. Hoy se entrega en una ventanilla, se guarda en una cartera y se muestra para realizar innumerables trámites. En aquel momento representaba algo diferente. El rostro del ciudadano comenzaba a acompañar formalmente su identidad electoral. La fotografía era una pequeña barrera contra viejas suspicacias y, al mismo tiempo, una forma de devolver al individuo una certeza elemental: ese registro correspondía a él y a nadie más.
Núñez quedó ligado a la culminación de aquel esfuerzo desde la dirección del Instituto. Lo verdaderamente extraordinario era la escala. México no estaba ensayando el procedimiento en una pequeña comunidad. Había que conseguir que funcionara desde las grandes ciudades hasta localidades separadas por montañas, selvas, desiertos y caminos donde cualquier dificultad logística podía convertirse en un problema político.
Llegó finalmente el 21 de agosto.
Después de meses de sobresaltos, México amaneció frente a las urnas.
Había algo profundamente distinto en aquella jornada. No porque hubieran desaparecido todas las desigualdades de la competencia ni porque las instituciones hubieran alcanzado de pronto una perfección inexistente en cualquier democracia. Lo diferente era el tamaño de la mirada pública colocada sobre la elección. Partidos, observadores, medios y ciudadanos vigilaban un proceso que cargaba sobre sí mucho más que la decisión acerca del siguiente presidente. Después de todo lo ocurrido durante aquel año, el país necesitaba comprobar que todavía podía resolver su sucesión mediante votos.
Las casillas abrieron.
La gente llegó.
Las boletas comenzaron a llenarse.
Y durante algunas horas, en medio de uno de los años más convulsos de nuestra historia reciente, México hizo algo extraordinariamente sencillo: votó.
Ernesto Zedillo ganó la elección presidencial. La participación ciudadana fue particularmente elevada y el proceso consiguió atravesar una prueba que meses antes podía parecer rodeada de demasiados peligros. Para Arturo Núñez aquello significó mucho más que cumplir una encomienda administrativa. Había conocido las elecciones desde la teoría, después desde la negociación y finalmente desde la responsabilidad directa de hacer posible una de ellas bajo una presión difícil de repetir.
Pero 1994 todavía guardaba otra herida.
El 28 de septiembre fue asesinado José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI. Otra vez la violencia entró en el corazón de la política. Otra vez aparecieron investigaciones, acusaciones y preguntas. El año que había comenzado con una rebelión armada y había atravesado el asesinato de un candidato presidencial terminaba dejando la sensación de que el viejo orden político no sólo estaba cambiando: en algunos sitios parecía desgarrarse.
Arturo Núñez salió de aquella experiencia con algo que ningún tratado podía proporcionarle. Había conocido la distancia entre diseñar una institución y cargarla sobre los hombros cuando afuera sopla la tormenta. Había aprendido que detrás de cada norma existe finalmente una persona obligada a decidir y que la serenidad puede ser una forma silenciosa de valentía cuando todo alrededor empuja hacia la precipitación.
Después vendrían otras responsabilidades.
Volvería plenamente a la política partidista. Llegaría a la Cámara de Diputados. Y ahí la historia le prepararía otra ironía.
El hombre que acababa de participar en la organización de una elección desde una posición institucional regresaría a la arena política para encontrarse, pocos años después, frente a una realidad que durante décadas había parecido inconcebible para su partido.
El PRI seguiría siendo la primera fuerza en San Lázaro.
Pero por primera vez ya no podría gobernar la Cámara solamente con sus propios votos.
Y entonces Arturo Núñez tendría que demostrar algo muy diferente a la imparcialidad.
Tendría que aprender a conducir sin tener la mayoría.
CUANDO LA MAYORÍA DEJÓ DE SER UNA COSTUMBRE
AQUELLA LLAMADA EN LA CARRETERA
La campaña había terminado y yo iba rumbo a Guadalajara. Después de semanas de recorridos, reuniones, discursos y esa intensidad que solamente conoce quien ha pasado por una elección, finalmente podía pensar en unos días de descanso. Era mi primera diputación federal. Llevaba conmigo la emoción natural de quien sabe que está a punto de entrar a la Cámara de Diputados, pero todavía no alcanzaba a comprender que también estaba entrando a una Legislatura destinada a modificar para siempre la manera de ejercer el poder en México.
En algún punto de la carretera sonó el teléfono.
Era Arturo Núñez.
No llamaba para felicitarme ni para conversar sobre la campaña. Me convocaba a una reunión para la semana siguiente. Quería que comenzáramos a discutir cómo habría de organizarse el grupo parlamentario, cómo íbamos a conducirnos y de qué manera enfrentaríamos una Legislatura que ni siquiera había comenzado formalmente y ya representaba un territorio desconocido para el PRI.
Aquella llamada se me quedó grabada porque con los años entendí mejor lo que revelaba. Arturo no estaba esperando a llegar a San Lázaro para improvisar una respuesta frente a los acontecimientos. Había comprendido el resultado electoral y, sobre todo, sus consecuencias. Por primera vez el PRI no tendría mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Durante décadas los legisladores priistas habían podido discutir entre ellos, negociar diferencias internas, escuchar a las oposiciones y atravesar jornadas parlamentarias difíciles con una certeza guardada al final de casi todas las cuentas: cuando llegara el momento decisivo, los votos propios alcanzarían.
En 1997 dejaron de alcanzar.
No era una derrota cualquiera ni podía medirse únicamente contando curules. Había desaparecido una comodidad histórica. El partido que durante generaciones había marcado el ritmo legislativo tendría ahora que descubrir cuánto valía realmente su capacidad política cuando ya no podía convertir por sí solo una decisión en mayoría. Y Arturo Núñez recibió la responsabilidad de coordinar a los diputados priistas precisamente en ese momento.
Para quienes llegábamos por primera vez a San Lázaro, aquello era el comienzo de nuestra experiencia legislativa. Para Núñez significaba algo diferente. Él conocía el sistema desde mucho antes de que comenzara a perder sus antiguas seguridades. Había participado en la transformación electoral, había dirigido el aparato ejecutivo del IFE y ahora regresaba a la militancia partidista para encontrarse con una consecuencia concreta de los cambios ocurridos durante los años anteriores: el Congreso ya no obedecía a una sola voluntad.
La política mexicana acababa de cambiar de gramática.
Arturo tendría que aprender a hablarla mientras nosotros aprendíamos a escucharla.
LA AUTORIDAD DE QUIEN SABÍA ESCUCHAR
Muy pronto descubrí que Núñez no pretendía conducirnos mediante una disciplina ciega. Tenía autoridad, desde luego, pero no necesitaba exhibirla cada cinco minutos. Convocaba, escuchaba, discutía y permitía que dentro del grupo aparecieran posiciones diferentes. Para alguien que llegaba por primera vez a una diputación federal, aquella manera de ejercer la coordinación resultaba especialmente formativa: uno podía expresar una opinión sin sentir que estaba desafiando al coordinador y podía disentir sin convertirse automáticamente en sospechoso.
Arturo poseía una sólida preparación jurídica y política, pero tenía además una virtud mucho menos frecuente: sabía reconocer cuándo otro dominaba mejor un asunto. No necesitaba convertirse en el hombre más inteligente de cada conversación. Entendía que una bancada integrada por decenas de diputados contenía experiencias, especialidades y temperamentos distintos, y que la tarea del coordinador no consistía en apagar esas diferencias sino en conseguir que trabajaran en una misma dirección.
Ahí recuerdo especialmente a José Luis Lamadrid Souza, Enrique Jackson Ramírez, Rafael Oseguera Ramos, Fidel Herrera Beltrán, Ricardo Monreal Ávila, Ricardo Castillo Peralta y un número innumerable de compañeras y compañeros con quien incluso hoy seguimos siendo amigos en su mayoría. Cada uno aportaba capacidades diferentes. Arturo sabía escucharlos, aprovechar sus conocimientos y permitirles ocupar el espacio correspondiente cuando las circunstancias lo exigían. Esa capacidad para conducir talento quizá diga más sobre un dirigente que muchos discursos acerca del liderazgo. Los hombres inseguros suelen rodearse de personas que jamás puedan hacerles sombra; quienes poseen verdadera autoridad pueden permitirse trabajar con gente extraordinariamente capaz.
Núñez es de esa naturaleza.
La nueva aritmética parlamentaria exigía precisamente eso. El PRI podía ser la bancada más numerosa y, sin embargo, perder una votación. La oposición podía construir acuerdos sin él. Los corredores de San Lázaro comenzaron a tener otro significado porque una conversación aparentemente secundaria podía terminar modificando el desenlace de una iniciativa. Había que negociar comisiones, procedimientos, reformas y posiciones con fuerzas políticas que por primera vez descubrían juntas que podían formar una mayoría distinta.
El cambio no fue elegante ni sencillo. Las transiciones verdaderas casi nunca lo son. Hubo choques, maniobras, sesiones ásperas y momentos en que la vieja cultura política intentó responder a una realidad para la cual no había sido educada. Pero algo ya no podía deshacerse: la Cámara había dejado de ser el lugar donde la mayoría presidencial encontraba automáticamente los votos necesarios.
Arturo Núñez tenía que conducir a sus diputados en medio de esa incertidumbre sin transmitirles derrota. Ése era el desafío psicológico además del político. Una bancada acostumbrada a pertenecer al partido gobernante podía interpretar la pérdida de la mayoría como una humillación o convertirla en un aprendizaje. Núñez eligió la segunda ruta. Había que discutir más, escuchar más, preparar mejor los argumentos y reconocer que enfrente existían interlocutores capaces de impedir una decisión.
La política dejaba de parecerse a una orden.
Comenzaba a parecerse mucho más a una conversación difícil.
Y Arturo podía conversar durante horas.
COYOACÁN: DONDE EL COORDINADOR VOLVÍA A SER ARTURO
La Cámara mostraba solamente una parte del personaje. La otra aparecía lejos de San Lázaro, en su casa de Coyoacán, alrededor de una mesa donde el lenguaje cambiaba y las preocupaciones parlamentarias podían esperar algunas horas. Arturo nos invitaba a jugar dominó. Ahí el coordinador dejaba de ser únicamente el hombre encargado de conducir a una bancada en una Legislatura histórica y aparecía el anfitrión cálido, el amigo, el conversador extraordinario y el hombre dotado de un sentido del humor capaz de sobrevivir incluso a las semanas más complicadas de la política.
Era muy buen jugador de dominó. No jugaba distraídamente. Miraba, calculaba, recordaba las fichas que habían aparecido y parecía disfrutar tanto la estrategia como la convivencia. Pero las noches de Coyoacán no se explicaban solamente por el juego. Arturo tenía una capacidad extraordinaria para contar historias y una memoria que podía recuperar detalles que otros habíamos dejado atrás. Una conversación podía comenzar hablando de la Cámara, desviarse hacia algún episodio de la política nacional, regresar a Tabasco, encontrar una anécdota perdida muchos años antes y terminar en una carcajada.
Y estaban los chistes de Verdaguer.
Arturo era especialista en ellos. Los contaba muy bien. No se limitaba a recordar el remate: sabía conducir la historia hasta él, medir los tiempos y esperar el instante exacto. En aquellas reuniones entendí que su sentido del humor no era un accesorio de su personalidad. Formaba parte de su manera de relacionarse con los demás. Había hombres capaces de construir autoridad imponiendo distancia; Núñez podía conservarla mientras acercaba a la gente.
Es difícil explicar desde afuera la importancia de esos espacios. La política suele escribirse mediante leyes, votaciones y discursos, pero las relaciones que permiten que un grupo funcione también se construyen fuera del recinto. Compartir una mesa, conocer al otro cuando no está pronunciando una posición oficial, reírse juntos después de una jornada complicada: todo eso crea una forma de confianza que después reaparece cuando llegan los momentos difíciles.
Yo veía en aquellas noches a un Arturo distinto y, al mismo tiempo, al mismo hombre que nos coordinaba. Su manera de dirigir no podía separarse completamente de su manera de tratar a las personas. Era cálido, educado, atento. Podía sostener una plática extensa sin mirar constantemente el reloj y conseguía algo que los años vuelven cada vez más escaso: hacer sentir al interlocutor que durante esa conversación no existía un asunto más urgente que escucharlo.
Quizá por eso se ganó nuestro cariño además de nuestro respeto.
No era solamente el coordinador.
Era Arturo.
Y esa diferencia importa.
La LVII Legislatura siguió avanzando entre negociaciones, enfrentamientos y una pluralidad que comenzaba a adquirir músculos propios. Nosotros íbamos aprendiendo que pertenecer al partido gobernante ya no garantizaba controlar la Cámara. Arturo, en cambio, estaba viviendo una paradoja mucho más grande. Años atrás había contribuido a construir mecanismos capaces de abrir la competencia política; después había participado en la organización de elecciones bajo aquellas nuevas condiciones. Ahora tenía enfrente una de sus consecuencias más profundas.
El poder comenzaba a repartirse.
Y lo hacía mientras él estaba sentado en primera fila.
Tal vez por eso, cuando recuerdo aquella llamada recibida en la carretera rumbo a Guadalajara, ya no escucho solamente la voz del coordinador convocando a un diputado recién electo. Escucho a un hombre que había entendido antes que muchos de nosotros que la Legislatura que estaba por comenzar no podía caminar con los hábitos de las anteriores.
Arturo Núñez sabía que algo había terminado.
Lo extraordinario es que no intentó fingir que seguía existiendo.
Nos convocó para aprender a caminar sobre lo que venía después.
EL PARTIDO QUE UN DÍA DEJÓ DE SER SU CASA
TABASCO, ESA PALABRA QUE SIEMPRE ESTUVO AL FONDO
Hay lugares de los que uno puede marcharse sin terminar de irse nunca. Para Arturo Núñez, Tabasco fue durante muchos años uno de ellos. La vida pública lo había llevado a la Ciudad de México, a oficinas federales, negociaciones nacionales, responsabilidades electorales y al Congreso, pero detrás de aquella trayectoria permanecía la tierra donde había nacido. No como una fotografía sentimental guardada entre los recuerdos de infancia, sino como una aspiración política que había madurado durante años: gobernar su estado.
No era un deseo repentino. Tampoco la ocurrencia de un político que, después de acumular cargos, busca un territorio donde culminar su carrera. Núñez conocía Tabasco y conocía el peso que la política tenía en una entidad donde las pasiones partidistas podían adquirir una intensidad extraordinaria. Allí el PRI había construido durante décadas una fortaleza que parecía confundirse con la historia institucional del estado. Gobernadores, alcaldes, legisladores, organizaciones y estructuras territoriales habían crecido bajo sus siglas. Para alguien formado en ese partido, buscar la gubernatura significaba aspirar al punto más alto de una trayectoria que parecía guardar cierta lógica natural.
Pero las casas políticas también envejecen. Cambian sus habitantes, se modifican las reglas internas y aquello que durante años produjo pertenencia puede comenzar a generar extrañeza. Algunas rupturas ocurren con un portazo; otras necesitan mucho tiempo para llegar al instante en que ya no resulta posible seguir fingiendo que nada ha cambiado.
A Núñez le ocurrió lo segundo.
El PRI al que regresaba después de haber conocido desde cerca la transformación electoral del país tampoco era exactamente el partido de sus primeros años. México había cambiado y dentro del priismo se acumulaban tensiones que la vieja disciplina ya no podía resolver con la misma facilidad. La derrota presidencial del año 2000 produjo además un vacío difícil de exagerar. Por primera vez, el partido que durante siete décadas había organizado buena parte de su vida alrededor de la Presidencia de la República tenía que descubrir cómo existir sin ella. Ya no había un presidente priista capaz de ordenar aspiraciones, administrar equilibrios y pronunciar, abierta o discretamente, la última palabra.
En medio de ese reacomodo, Tabasco adquirió para Arturo un significado todavía mayor. Era la posibilidad de volver. Pero algunas veces regresar a casa es la manera más dolorosa de descubrir cuánto ha cambiado.
LA DERROTA QUE NO TERMINÓ CUANDO CONTARON LOS VOTOS
La disputa por la candidatura priista al gobierno de Tabasco terminó colocando frente a frente proyectos, grupos y ambiciones que llevaban años acumulándose. Núñez buscó la nominación convencido de que poseía trayectoria, experiencia y vínculos suficientes para competir por ella. Había desempeñado responsabilidades nacionales de primer nivel y acababa de coordinar a la bancada del PRI en una Cámara donde la negociación había sustituido a la antigua comodidad de las mayorías automáticas. Llegaba, por tanto, no como un improvisado sino como uno de los políticos tabasqueños con mayor experiencia federal de su generación.
Pero en política los méritos rara vez llegan solos a una contienda. Los acompañan estructuras, intereses, lealtades, agravios y poderes que han aprendido a defender el espacio que ocupan. En Tabasco pesaba de manera decisiva la figura de Roberto Madrazo Pintado. Alrededor de su liderazgo se había construido una fuerza política capaz de influir profundamente en la vida interna del priismo estatal, y la sucesión gubernamental terminó convirtiéndose en mucho más que una competencia entre aspirantes.
Núñez perdió la candidatura.
Una frase así cabe cómodamente en un renglón, pero hay derrotas que necesitan años para terminar de explicarse. Lo que se quebró no fue solamente una aspiración personal. Para un hombre que había entregado décadas de su vida al PRI, la manera en que se procesaban las decisiones internas tocaba una fibra mucho más profunda: la relación entre pertenencia y dignidad.
Porque perder es parte de la política. Arturo lo sabía quizá mejor que muchos. Había dedicado una parte fundamental de su carrera a construir procedimientos destinados precisamente a conseguir que vencedores y vencidos pudieran coexistir después de una elección. El problema aparece cuando quien pierde deja de reconocer en el procedimiento aquello que durante años defendió como condición indispensable para aceptar un resultado.
Entonces la derrota cambia de naturaleza. Ya no duele únicamente aquello que no se obtuvo. Comienza a doler también el lugar al que uno pertenece.
El distanciamiento no ocurrió como una escena cinematográfica. No hubo necesariamente un instante único capaz de explicar todo lo que vendría después. Las separaciones políticas importantes suelen madurar mediante acumulaciones: una decisión que incomoda, una respuesta que decepciona, una puerta que ya no se abre de la misma manera, la certeza creciente de que permanecer exige aceptar cosas que antes se habrían discutido. Hasta que llega un momento en que la pregunta deja de ser cuánto hemos dado a una organización y comienza a ser cuánto de nosotros mismos tendríamos que entregar para continuar dentro de ella.
Para Núñez aquella pregunta tenía un peso especial. El PRI no era un partido al que hubiera llegado después de recorrer otras opciones. Ahí había transcurrido buena parte de su vida adulta. Dentro de sus gobiernos había ocupado responsabilidades; bajo sus siglas había sido legislador; con algunos de sus cuadros había compartido décadas de trabajo, amistad, discrepancias y proyectos. Marcharse significaba abandonar mucho más que una credencial.
Significaba aceptar que una historia personal podía terminar antes que una vida.
Y terminó.
CRUZAR LA PUERTA Y DESCUBRIRSE DEL OTRO LADO
La salida de Arturo Núñez del PRI tuvo algo que ninguna mudanza política puede borrar completamente: el peso de los afectos que permanecen atrás. Los partidos suelen hablar de las rupturas mediante un vocabulario militar. Traición. Deserción. Lealtad. Enemigo. Como si cambiar de organización obligara también a borrar de golpe amistades, aprendizajes y años compartidos. La vida real es bastante más complicada. Uno puede dejar una institución sin dejar de querer a personas que continúan dentro. Puede combatir electoralmente a antiguos compañeros y conservar gratitud hacia quienes fueron importantes en otra etapa. Puede cerrar una puerta sin incendiar necesariamente la casa.
Núñez cruzó hacia la izquierda mexicana y encontró en el PRD el espacio desde donde reconstruiría su carrera. El movimiento encerraba una ironía histórica imposible de ignorar. Durante años había negociado desde el gobierno con dirigentes provenientes de esa tradición política; ahora compartiría con ellos una misma trinchera electoral. Los antiguos interlocutores podían convertirse en compañeros y quienes habían sido compañeros podían aparecer enfrente.
La política había movido las sillas.
Pero Arturo no llegaba vacío. Llevaba consigo algo que no podía dejar sobre el escritorio al entregar una militancia: conocimiento del Estado, experiencia parlamentaria, comprensión de las instituciones y décadas enteras observando la forma en que se construían y se deshacían acuerdos. Su tránsito no borró al hombre anterior. Lo acompañó.
En 2006 llegó al Senado de la República bajo las siglas del PRD. El antiguo coordinador priista ocupaba ahora un escaño desde la oposición. El cambio era enorme, pero no significó que Núñez despertara una mañana convertido en otra persona. Seguía siendo un político institucional, formado en una cultura donde la negociación tenía un valor central. Lo que había cambiado era el lugar desde donde ejercería esa experiencia.
Y quedaba Tabasco. Siempre Tabasco.
La gubernatura que no había conseguido desde el PRI permanecía ahí, pero el camino hacia ella sería completamente distinto. Ya no podría recorrerlo protegido por la organización que había gobernado el estado durante generaciones. Tendría que hacerlo desde enfrente, disputándole votos a la maquinaria en la que él mismo se había formado y enfrentándose a hombres con quienes alguna vez había compartido partido.
Pocas experiencias políticas deben ser tan extrañas como hacer campaña contra una parte de la propia biografía. Cada plaza conocida puede contener un antiguo compañero. Cada municipio guarda relaciones construidas durante años. Cada crítica al adversario obliga a medir hasta dónde se está cuestionando también una época de la que uno mismo formó parte. La ruptura deja entonces de ser solamente ideológica o partidista. Se vuelve íntima.
Arturo Núñez había pasado décadas aprendiendo a moverse dentro de las instituciones. Ahora tendría que aprender algo diferente: construir una alternativa contra el poder que durante buena parte de su vida había sido también el suyo.
El tiempo hizo el resto.
En 2012 volvió a buscar la gubernatura de Tabasco. Esta vez no necesitaba convencer al PRI de que le permitiera competir. Necesitaba convencer a los tabasqueños de entregarle el gobierno precisamente para sacar al PRI de él.
La distancia entre ambas escenas era enorme. De un lado quedaba aquel hombre que alguna vez había esperado encontrar dentro de su partido el camino hacia la gubernatura. Del otro aparecía un candidato dispuesto a terminar con una continuidad política de más de ocho décadas.
La historia posee un extraño sentido de la simetría.
Arturo Núñez había ayudado años atrás a construir condiciones para que en México perder dejara de ser una imposibilidad. Ahora regresaba a Tabasco para comprobarlo desde el sitio más personal de todos.
Esta vez no iba a organizar la elección. No iba a negociar sus reglas.
Iba a pedir el voto.
Y enfrente estaba la casa donde había vivido políticamente durante casi toda su vida.
GANAR EL GOBIERNO, ENCONTRARSE CON LA HISTORIA
LA VEZ QUE TABASCO DIJO QUE SÍ
Arturo Núñez regresó a la contienda por la gubernatura en 2012 llevando una biografía que difícilmente podía separarse de la historia política que pretendía derrotar. No llegaba como un extraño dispuesto a conquistar un territorio desconocido. Conocía sus caminos, sus actores, sus heridas y las formas casi familiares con las que el poder había aprendido a reproducirse durante generaciones. También conocía desde dentro al partido que ahora tendría enfrente. Sabía cómo pensaba, cómo se organizaba y hasta dónde podían llegar sus reflejos cuando sentía amenazada una posición que durante décadas había considerado propia.
Esta vez, sin embargo, Arturo no buscaba que una estructura partidista le concediera el derecho a competir. Salió a buscar directamente una decisión de los tabasqueños. Habían pasado muchos años desde aquella aspiración frustrada dentro del PRI y el hombre que volvía ya no era el mismo. Había conocido la derrota interna, la ruptura, el Senado y la experiencia de comenzar otra etapa política cuando muchos habrían considerado terminada la carrera. Llegaba con una edad en la que algunos empiezan a despedirse de sus grandes ambiciones y él regresaba para disputar la que lo había acompañado durante buena parte de su vida.
Las campañas tienen una geografía emocional que las cifras nunca consiguen registrar. Una plaza no es solamente una plaza cuando ahí se reconoce a quienes fueron compañeros; una carretera no conduce únicamente hacia otro municipio cuando también atraviesa recuerdos; un saludo puede contener veinte años de cercanía y una negativa puede revelar que antiguas lealtades encontraron nuevo domicilio. Núñez recorrió un estado donde buena parte de su propia historia estaba dispersa entre personas colocadas ahora a ambos lados de la contienda.
Enfrente estaba Jesús Alí de la Torre, candidato del PRI. Pero detrás de los nombres había algo mucho mayor en disputa. Desde 1929, bajo las distintas denominaciones que antecedieron al Partido Revolucionario Institucional y después bajo las propias siglas del PRI, el poder estatal había permanecido dentro de una misma corriente política. Habían cambiado gobernadores, generaciones, estilos y grupos. Lo que no había ocurrido era la alternancia.
Ochenta y tres años pesan mucho sobre una elección.
Pesan en las oficinas, en las costumbres, en las relaciones y también en la imaginación colectiva. Cuando una misma fuerza ha gobernado durante tanto tiempo, la posibilidad de que pierda puede parecer extraña incluso para quienes desean verla derrotada. El cambio tiene entonces que vencer algo más resistente que un adversario: debe vencer la costumbre.
El primero de julio de 2012 los tabasqueños votaron. Mientras el país devolvía al PRI a la Presidencia de la República con Enrique Peña Nieto, Tabasco caminó en dirección contraria. Arturo Núñez ganó la gubernatura encabezando la coalición opositora.
La contradicción era extraordinaria. El PRI recuperaba Los Pinos y perdía Tabasco.
Y quien le arrebataba Tabasco era uno de los hombres que había pasado buena parte de su vida dentro del propio PRI.
La política acababa de escribir una de esas escenas que ningún novelista prudente se atrevería a construir por temor a parecer demasiado evidente.
EL DÍA EN QUE LA ALTERNANCIA TUVO ROSTRO
Una victoria electoral puede resumirse en porcentajes, pero aquello que ocurrió en Tabasco no cabía solamente en una estadística. Por primera vez en más de ocho décadas, el gobierno estatal cambiaría de signo político. Familias enteras habían nacido y envejecido sin contemplar esa posibilidad. Había tabasqueños que conocían alternancias municipales, disputas intensas y oposiciones vigorosas, pero nunca habían visto entregar el Palacio de Gobierno a alguien surgido de una fuerza distinta.
Y ahora ese hombre era Arturo Núñez.
Debe haber momentos en la vida pública en que el presente adquiere de pronto el peso de todos los años que fueron necesarios para alcanzarlo. Para Núñez, la victoria de 2012 tenía inevitablemente una dimensión semejante. Ahí estaba finalmente la gubernatura buscada mucho tiempo atrás, pero llegaba por una puerta que entonces habría resultado imposible imaginar. No vestía los colores con los que había comenzado su carrera. No era recibido como continuador de una cadena, sino como responsable de interrumpirla.
La victoria tenía también una ironía personal difícil de ignorar. El hombre que había estudiado durante años las condiciones necesarias para hacer posible la competencia electoral terminaba beneficiándose de la maduración de ese mismo proceso. Ya no se trataba de discutir fórmulas ni de observar resultados desde una responsabilidad institucional. Ahora su nombre estaba impreso en la boleta y eran otros quienes contaban los votos que lo convertirían en gobernador.
Pero ganar una elección y gobernar son dos oficios profundamente distintos.
La noche de la victoria pertenece a la emoción. Gobernar comienza cuando se apagan las luces.
Entonces desaparecen los discursos pronunciados frente a las multitudes y aparecen expedientes, nóminas, hospitales, carreteras, escuelas, deudas, compromisos, presupuestos y una administración que no se transforma simplemente porque cambió el nombre de quien ocupa el despacho principal. La alternancia puede ocurrir en unas horas; modificar las inercias acumuladas durante décadas requiere mucho más que una jornada electoral.
Núñez asumió el gobierno de Tabasco el primero de enero de 2013. Recibió una entidad atravesada por severos problemas financieros y administrativos y señaló públicamente las condiciones en que encontraba las finanzas estatales. El comienzo de su administración estuvo marcado por la confrontación con la herencia recibida y por las investigaciones relacionadas con el manejo de recursos del gobierno anterior. Aquella transición, que en las urnas había significado la llegada de una nueva fuerza, adquirió rápidamente una dimensión mucho más áspera cuando hubo que abrir cajones, revisar cuentas y determinar qué podía hacerse con el gobierno real que había quedado detrás de la ceremonia.
La historia había concedido a Arturo aquello que durante años había buscado.
Ahora comenzaba a cobrarle el precio de ejercerlo.
EL PODER VISTO DESDE LA SILLA QUE TANTO HABÍA BUSCADO
Gobernar Tabasco significaba además enfrentarse a una entidad particularmente compleja. La riqueza petrolera había producido durante décadas una relación contradictoria con el desarrollo. Debajo de la tierra existía una enorme fuente de recursos; sobre ella persistían desigualdades, rezagos y una economía profundamente sensible a las decisiones de una industria cuyo destino se definía muchas veces lejos del estado. A eso se sumaban inundaciones recurrentes, infraestructura vulnerable, demandas sociales acumuladas y una cultura política donde las expectativas sobre el gobierno podían ser tan grandes como la decepción cuando esas expectativas no encontraban respuesta.
Arturo Núñez llegó al cargo con una enorme experiencia política. Pero ninguna experiencia anterior podía sustituir la realidad cotidiana de gobernar. Coordinar diputados permite negociar una ley; gobernar obliga a enfrentar simultáneamente cientos de problemas que no esperan a que termine la reunión anterior. Conducir una institución electoral exige administrar procedimientos definidos; un gobierno estatal recibe todos los días aquello que la sociedad no pudo resolver en ninguna otra parte.
La gubernatura fue, por ello, una etapa mucho más contradictoria de su biografía. Hubo acciones de gobierno, reformas y decisiones que sus partidarios reivindicarían; también crecieron inconformidades, cuestionamientos y críticas que terminaron acompañando su salida. Sería un error convertir estos años en una celebración destinada a proteger al personaje. Una crónica biográfica pierde su valor cuando confunde cercanía con indulgencia. Núñez había alcanzado el cargo que durante tanto tiempo había deseado y, precisamente por eso, su desempeño debía quedar expuesto a la misma severidad con la que él había examinado durante años las responsabilidades de otros.
El poder posee una crueldad particular: permite imaginar durante mucho tiempo lo que haríamos con él y después nos obliga a demostrarlo.
Durante seis años Arturo dejó de ser el negociador que podía atribuir el resultado final a un acuerdo colectivo, el legislador que compartía decisiones con una bancada o el funcionario electoral protegido por procedimientos institucionales. En Tabasco la responsabilidad terminaba inevitablemente llegando a su escritorio. Un gobernador puede delegar tareas, pero no puede delegar completamente el juicio que la sociedad hará de su gobierno.
Y ese juicio no fue uniforme.
Para unos quedó el hombre que hizo posible la primera alternancia estatal y recibió una administración en condiciones extremadamente difíciles. Para otros, las expectativas depositadas en aquel cambio fueron mayores que los resultados alcanzados. Hacia el final del sexenio aparecieron además señalamientos y controversias sobre las finanzas públicas y el cierre administrativo que formarían parte de la discusión alrededor de su legado. La historia de un gobernante no puede escribirse solamente desde el día en que levanta la mano para celebrar la victoria; también debe observarse cuando entrega las llaves y los ciudadanos hacen cuentas.
Tal vez ahí se encuentre una de las ironías más duras de la trayectoria de Arturo Núñez. Había dedicado una parte importante de su vida a estudiar cómo hacer posible que el poder cambiara de manos. En Tabasco consiguió demostrar que podía cambiar.
Lo que vino después planteaba una pregunta distinta.
¿Basta la alternancia para producir el cambio que la sociedad imaginó cuando votó por ella?
La respuesta nunca pertenece por completo a un gobernador ni a sus adversarios. Se construye lentamente entre resultados, recuerdos, decepciones y obras que sobreviven al discurso. El tiempo termina retirando la propaganda de vencedores y vencidos hasta dejar algo mucho más difícil de manipular: la distancia entre lo prometido, lo posible y lo realizado.
Cuando Arturo Núñez entregó el gobierno el 31 de diciembre de 2018, Tabasco ya era políticamente otro. El PRI no había regresado. Tampoco lo sucedería el PRD. Una fuerza distinta, Morena, había irrumpido con una potencia extraordinaria y llevaría a Adán Augusto López Hernández a la gubernatura.
Núñez había llegado para romper una continuidad de más de ocho décadas y terminó entregando el poder en un estado donde ninguna continuidad parecía ya garantizada.
Ésa quizá fue su victoria histórica más profunda y también su paradoja: abrió una puerta que después ya no perteneció a quien la había abierto.
El poder había aprendido a cambiar de manos.
Ahora faltaba saber cómo recordaría Tabasco al hombre que hizo posible aquel primer relevo.
CUANDO LOS CARGOS SE QUEDAN ATRÁS
DESPUÉS DEL ÚLTIMO DESPACHO
Un día ocurre algo que durante décadas parecía imposible: el teléfono deja de sonar con la misma urgencia. Ya no hay una reunión esperando detrás de la siguiente, ningún coordinador pregunta cuántos votos faltan, los documentos dejan de llegar con la palabra urgente en la primera página y el automóvil puede atravesar la ciudad sin que cada minuto de retraso altere una agenda. El poder, que durante años parecía ocupar todos los espacios de la vida, comienza a retirarse. Primero desaparecen los horarios. Después las ceremonias. Más tarde los hombres que rodeaban al cargo encuentran otros despachos, otros jefes, otras causas. Y finalmente queda una pregunta que ningún nombramiento puede responder: quién era el hombre cuando ya no existe el puesto que durante tanto tiempo apareció junto a su nombre.
Arturo Núñez Jiménez llegó a ese territorio después de medio siglo de vida pública. Había conocido demasiadas habitaciones del Estado como para conservar una visión ingenua de él. Había visto presidentes llegar rodeados de una fuerza que parecía inconmovible y marcharse seis años después convertidos en pasado; había contemplado ascensos fulgurantes y caídas que nadie había previsto; había visto partidos celebrar victorias que consideraban definitivas para descubrir, unos años más tarde, que las urnas no reconocen derechos de propiedad. También conoció personalmente la diferencia entre aspirar, perder, esperar, romper, volver a competir, ganar y finalmente entregar aquello que alguna vez se deseó con todas las fuerzas.
Cuando se retiran los cargos queda la memoria. Y en Arturo la memoria nunca fue un almacén silencioso. Es una habitación llena de puertas.
Basta mencionar un nombre para que encuentre una fecha; una fecha conduce hacia una circunstancia y la circunstancia termina recuperando una conversación que parecía extraviada treinta años atrás. Su memoria posee además algo que la vuelve particularmente seductora: no está construida solamente con los grandes acontecimientos. Conserva gestos, frases, personajes secundarios, ironías, pequeñas escenas que permiten comprender que la historia política no fue protagonizada por estatuas, sino por seres humanos capaces de discutir durante horas un artículo constitucional y, terminada la reunión, contar un chiste.
Tal vez por eso conversar con Arturo puede convertirse en una forma de viajar sin darse cuenta.
Las horas pierden peso.
El pasado vuelve a tener voz.
TODO LO QUE NO APARECE EN UN CURRÍCULUM
Si alguien leyera solamente la relación de cargos ocupados por Arturo Núñez encontraría material suficiente para describir una carrera excepcionalmente extensa. Pero no encontraría necesariamente al hombre. Los currículums poseen esa limitación: registran cuándo alguien llegó a un puesto y cuándo salió de él, pero son incapaces de decir cómo trataba a las personas cuando cerraba la puerta del despacho.
Yo conocí esa otra dimensión.
Recuerdo al coordinador que podía ejercer autoridad sin convertirla en distancia. Recuerdo las conversaciones que se prolongaban mucho más de lo previsto y, por supuesto, aquellas reuniones en Coyoacán donde el dominó permitía durante unas horas dejar a México fuera de la puerta. Recuerdo al hombre que disfrutaba los chistes de Verdaguer y sabía contarlos con el tiempo exacto para que el remate llegara cuando tenía que llegar. Hay personas que cuentan un chiste para demostrar que son graciosas; Arturo lo hacía por el placer de compartir la risa.
El tiempo modifica también la manera en que recordamos a quienes conocimos en el poder. Mientras ocupan un cargo tendemos a mirarlos desde la dimensión de sus decisiones. Muchos años después empiezan a regresar detalles que entonces parecían menores y terminan resultando más persistentes que algunos discursos. Una sobremesa. Una llamada. Una conversación sin prisa. La cortesía con alguien que no tenía nada que ofrecer. La capacidad de escuchar cuando no había cámaras enfrente.
En mi memoria permanece especialmente aquel trato cálido y educado que no necesitaba distinguir jerarquías a cada momento. Arturo podía conversar extensamente porque poseía curiosidad y porque detrás del político existía un hombre al que verdaderamente le interesaban las historias. Su inteligencia no necesitaba manifestarse aplastando la conversación. Podía utilizarla para enriquecerla.
Eso explica quizá una parte del afecto que consiguió despertar entre quienes fuimos sus diputados. El respeto institucional puede obtenerse mediante un nombramiento. El cariño no.
El cariño tiene que ganarse.
Y sobrevive mucho más tiempo que los cargos.
A estas alturas de la vida, cuando tantos protagonistas de aquellas décadas han desaparecido y otros pertenecen ya a una historia que las nuevas generaciones conocen solamente por fotografías, Arturo puede mirar hacia atrás y descubrir algo que muy pocos políticos tienen oportunidad de contemplar: casi todos los mundos políticos en los que vivió terminaron desapareciendo.
Desapareció el PRI invencible de su juventud. Desapareció la Presidencia capaz de ordenar prácticamente toda la vida interna de ese partido. Desapareció la Cámara donde una sola fuerza podía decidir por sí misma. Desapareció el país donde organizar una elección era una responsabilidad esencialmente gubernamental. Incluso el PRD al que llegó después de abandonar el priismo terminó perdiendo gran parte de la fuerza nacional que tuvo durante los años en que Núñez militó en él.
Las instituciones permanecen, pero las épocas mueren.
Y él alcanzó a atravesar varias.
EL HOMBRE Y SUS CONTRADICCIONES
Sería demasiado sencillo terminar esta historia convirtiendo a Arturo Núñez en una estatua. Las estatuas no dudan, no se equivocan, no pierden elecciones, no cambian de partido, no gobiernan bajo presión y jamás decepcionan expectativas. Los seres humanos sí. Y precisamente por eso resultan infinitamente más interesantes.
Su trayectoria contiene contradicciones que no necesitan ocultarse para reconocer su dimensión. Se formó en el partido hegemónico y terminó enfrentándolo. Participó en la construcción de instituciones destinadas a fortalecer la competencia y después regresó a competir. Conoció el poder federal desde dentro y terminó encabezando una oposición estatal. Buscó durante años gobernar Tabasco y, cuando finalmente lo consiguió, descubrió que alcanzar una aspiración no garantiza salir indemne del juicio que comienza al ejercerla.
Habrá quienes recuerden principalmente al reformador electoral. Otros conservarán al legislador. En Tabasco inevitablemente permanecerá el gobernador, con los claroscuros, controversias y juicios encontrados que acompañan a cualquier ejercicio real del poder. Algunos recordaremos también al amigo, al coordinador, al hombre sentado frente a las fichas de dominó.
Ninguna de esas memorias posee por sí sola a Arturo Núñez.
Todas juntas se acercan más.
Porque una vida pública de tantas décadas no puede reducirse a una victoria ni condenarse por una decepción. Hay que observar el trayecto completo: el joven tabasqueño que llegó a la UNAM; el funcionario que descubrió una vocación por los asuntos electorales; el negociador paciente; el responsable de una institución sometida a una prueba extraordinaria; el coordinador que recibió una Cámara sin mayoría; el priista que descubrió que su partido ya no era el lugar donde quería permanecer; el senador opositor; el candidato que regresó por aquello que alguna vez se le había negado; el gobernador que produjo una alternancia histórica y también el hombre que tuvo que entregar su administración al escrutinio inevitable de quienes vinieron después.
Pero para mí existe además otra imagen.
No ocurre en Palacio de Gobierno.
No ocurre en Gobernación.
Tampoco en San Lázaro.
Ocurre alrededor de una mesa.
Hay fichas de dominó. La conversación se ha prolongado mucho más de lo previsto. Arturo recuerda alguna historia, prepara uno de aquellos chistes de Verdaguer y quienes estamos ahí sabemos que probablemente faltan horas antes de que termine la noche. Afuera continúa ese país feroz que convierte aliados en adversarios, reparte victorias provisionales y termina quitándoles a todos aquello que alguna vez creyeron poseer.
Adentro, por un momento, no importa quién manda.
Quizá el tiempo termine haciendo eso con el poder. Le va retirando escoltas, oficinas, títulos y ceremonias hasta obligarnos a mirar lo único que verdaderamente puede permanecer: la huella humana que dejamos en quienes compartieron una parte del camino.
Yo conocí a Arturo Núñez desde la política, pero los años me enseñaron a recordarlo más allá de ella.
Y después de tantas elecciones, reformas, derrotas, victorias y despedidas, quizá ésa sea una de las pocas formas de poder que ningún relevo puede arrebatarnos: seguir ocupando un lugar en la memoria de los otros.
Hoy Arturo sigue ahí, de pie frente a sus días, con proyectos, inquietudes y esa energía serena de quien todavía tiene razones para levantarse mirando hacia adelante. Y para quienes hemos tenido el privilegio de caminar algún trecho cerca de él, hay una alegría difícil de explicar sin tocar el territorio del afecto: saberlo pleno, saberlo activo, saber que la vida todavía le guarda mañanas. Después de todo lo vivido, quizá no haga falta decir mucho más. A veces la amistad también consiste en mirar al otro después de tantos años y agradecer, silenciosamente, que el camino todavía nos permita encontrarnos.
Y celebrar que sigue aquí.
(By operación W).

EL AVISO INOPORTUNO:
El PAN de Guanajuato puso a competir en nueve municipios a sus aspirantes a Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad. Oficialmente ganar no garantiza ninguna candidatura y sobre quienes sostienen que todos los participantes conocen perfectamente esa condición, prefiero no discutir. Seguramente nadie está buscando apoyos, midiéndose con sus compañeros, enseñando músculo político y recorriendo su municipio pensando en 2027. Debe ser únicamente por amor a la patria, a la familia… y a la libertad.
Lo interesante vendrá cuando haya ganadores. Porque mientras todos corren se puede repetir que el premio no está garantizado; el problema será explicárselo al que llegue primero. Si después quieren quitarle la candidatura, aunque sea a uno solo, el control de daños puede convertirse en una operación bastante entretenida: habrá que convencer al ganador de que ganar no significaba ganar y a quienes lo apoyaron de que participaron en una competencia cuyo resultado, después de todo, podía no servir para lo que todos suponían.
Y como decía un viejo panista después de contar los votos: competir es muy democrático… hasta que gana el que no queríamos.




Desliza a la derecha para leer el siguiente título
/… La Agenda En Corto.
1.- ROMERO HICKS, UNA CARTA DE PESO
Juan Carlos Romero Hicks se registró para participar en el proceso de los Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital, llevando a la competencia una trayectoria, preparación y conocimiento de la ciudad que inevitablemente elevan el nivel de la contienda.
2.- LOS QUE TODAVÍA ESTÁN
El registro de Jorge Espadas dejó una fotografía interesante: entre cientos de acompañantes aparecieron viejos panistas de León, militantes de colonias populares y una presencia cargada de simbolismo, la maestra Marta Martínez.
3.- TOÑO NAVARRO, CON LOS PIES EN SAN PANCHO
Tres perfiles participan en el proceso panista de San Francisco del Rincón. Diana Gutiérrez, Mayra Gordillo y Antonio Navarro llegan con historias y fortalezas propias; pero Toño carga una combinación particularmente valiosa: arraigo, territorio, experiencia pública y conocimiento de la vida interna del PAN.
4.- NAVARRO CONTRA NAVARRO
Alejandro Navarro explicó que no participaría en el proceso panista porque quienes ya tuvieron oportunidades deben abrir espacio a nuevas voces y generaciones. El detalle apareció después: aquella generosidad no necesariamente alcanza hasta la candidatura de 2027.
5.- LALO YA SE PUSO EL PARACAÍDAS
Eduardo López Mares se registró para competir en Irapuato, pero llegó cuestionando el procedimiento, advirtiendo contra grupos y padrinazgos y reclamando piso parejo. Curiosa manera de comenzar una competencia: entrar a la cancha explicando desde antes por qué podría perderse el partido.
6.- ROSARIO ROBLES, DE VUELTA AL CAMINO
La exjefa de Gobierno encabeza la Red Ciudadana para la Defensa de México, la apuesta del PRI para recuperar territorio, sumar ciudadanos y construir una oposición con rumbo a 2027.
(By Operación W).
1.- ROMERO HICKS, UNA CARTA DE PESO
Juan Carlos Romero Hicks se registró para participar en el proceso de los Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital, llevando a la competencia una trayectoria, preparación y conocimiento de la ciudad que inevitablemente elevan el nivel de la contienda.
El registro de Juan Carlos Romero Hicks modificó de inmediato la dimensión del proceso panista en Guanajuato capital. No estamos frente a un nombre que necesite presentación ni ante alguien que deba demostrar de qué está hecho. Rector de la Universidad de Guanajuato, gobernador del estado, director general del Conacyt, senador, diputado federal y actualmente legislador local, ha construido una de las trayectorias públicas más completas del panismo guanajuatense. Pero quizá su principal fortaleza para esta competencia no esté en la cantidad de responsabilidades desempeñadas, sino en el conocimiento profundo de una capital particularmente compleja, donde conviven universidad, burocracia, turismo, barrios tradicionales, comunidades y una intensa vida política. Romero Hicks conoce sus instituciones, sus problemas y también sus enormes posibilidades. En un proceso diseñado para evaluar experiencia, liderazgo, trayectoria, valores y percepción ciudadana, semejante equipaje pesa. Su participación además obliga a elevar la discusión: frente a un perfil de esa dimensión, los demás aspirantes tendrán que demostrar no solamente ganas, sino capacidad. El PAN buscaba cartas fuertes para Guanajuato capital y una de las más conocidas ya está sobre la mesa.
Y como dicen en el rancho: “para buen gallo, cualquier corral es cancha”.




2.- LOS QUE TODAVÍA ESTÁN
El registro de Jorge Espadas dejó una fotografía interesante: entre cientos de acompañantes aparecieron viejos panistas de León, militantes de colonias populares y una presencia cargada de simbolismo, la maestra Marta Martínez.
Entre las curiosidades que dejaron los registros de los Defensores de la Patria, la Familia y la Libertad hubo una que pasó casi inadvertida. Jorge Espadas llegó acompañado por cientos de personas, pero entre aquella multitud apareció la maestra Marta Martínez, esposa del exgobernador Juan Manuel Oliva. Él abandonó hace tiempo las filas de Acción Nacional; ella decidió permanecer. Y la historia agrega otra coincidencia: Marta es además suegra de Jorge Jiménez Lona, actual secretario de Gobierno de Guanajuato. Su presencia podría leerse solamente como un respaldo personal, pero alrededor de Espadas apareció algo más interesante: ese viejo panismo leonés que todavía sobrevive en las colonias populares. Hombres y mujeres con décadas de militancia, aquellos que conocieron al PAN cuando militar significaba reuniones pequeñas, tocar puertas, convencer vecinos y perder elecciones sin abandonar el partido al lunes siguiente. Llegaron de distintos puntos de León, sin demasiada preocupación por aparecer en la primera fila. Para Espadas, que precisamente presume venir del barrio, la fotografía tiene valor político: no sólo reunió figuras públicas; consiguió que caminaran con él quienes llevan media vida caminando con Acción Nacional. En tiempos de adhesiones instantáneas y convicciones con fecha de caducidad, encontrar a los que todavía están tampoco es poca cosa.
Y como dicen en el rancho: “el que conoce el camino no necesita que le pinten las piedras”.




3.- TOÑO NAVARRO, CON LOS PIES EN SAN PANCHO
Tres perfiles participan en el proceso panista de San Francisco del Rincón. Diana Gutiérrez, Mayra Gordillo y Antonio Navarro llegan con historias y fortalezas propias; pero Toño carga una combinación particularmente valiosa: arraigo, territorio, experiencia pública y conocimiento de la vida interna del PAN.
San Francisco del Rincón tendrá una competencia interesante entre tres perfiles que conocen el municipio desde espacios diferentes. Diana Estefanía Gutiérrez Valtierra llega con experiencia profesional y la participación como Diputada Federal; Mayra Gordillo Gutiérrez representa otra opción dentro del proceso y tendrá oportunidad de acreditar liderazgo y respaldo ciudadano. Antonio Navarro Padilla entra con una trayectoria construida desde varios frentes: fue regidor del Ayuntamiento, ha desempeñado responsabilidades en el gobierno estatal, encabezó JuventudEsGTO, es consejero estatal del PAN y hasta su registro ocupaba la Secretaría General del Comité Municipal, responsabilidad que dejó para concentrarse en esta nueva etapa. Pero su principal carta quizá no esté en los cargos, sino en el territorio. Toño es de San Francisco, conoce sus colonias, comunidades, liderazgos y una militancia con la que ha convivido durante años. Diana y Mayra tienen argumentos propios y harán de éste un proceso competido; Navarro, sin embargo, llega con algo adicional: conoce la administración, conoce al partido y conoce la calle. Cuando una evaluación pretende medir trayectoria, liderazgo, percepción y cercanía ciudadana, esa combinación pesa. La competencia apenas comienza, pero Toño no necesita aprenderse San Pancho para salir a buscarlo.
Y como dicen por aquellos rumbos: “el que es de casa sabe hasta cuál puerta rechina”.




4.- NAVARRO CONTRA NAVARRO
Alejandro Navarro explicó que no participaría en el proceso panista porque quienes ya tuvieron oportunidades deben abrir espacio a nuevas voces y generaciones. El detalle apareció después: aquella generosidad no necesariamente alcanza hasta la candidatura de 2027.
Alejandro Navarro sorprendió al no registrarse como aspirante a Defensor de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital. Incluso tenía preparada la documentación, pero optó por publicar un video explicando sus razones. El argumento sonaba impecable: después de haber sido alcalde y diputado, quienes ya tuvieron oportunidades deberían saber hacerse a un lado para permitir que aparezcan nuevas voces y generaciones. Hasta ahí, una lección de renovación política digna de aplauso. El problema fue que el propio Navarro se encargó de ponerle letras chiquitas. Su decisión, aclaró, corresponde solamente a esta convocatoria y cuando llegue el proceso electoral de 2027 habrá que valorar experiencia, capacidad, presencia en la calle y resultados. Dicho de otra manera: que pasen los nuevos, que participen, que recorran Guanajuato, que junten respaldos y se sometan a las evaluaciones; cuando llegue la candidatura, entonces volvemos a platicar. Jurídicamente puede hacerlo, porque la coordinación de los Defensores no garantiza una candidatura. Políticamente, sin embargo, resulta difícil conciliar el discurso de abrir espacios con la intención de conservar abierta la puerta para regresar por el principal. La renovación que propone Navarro tiene una condición curiosa: que nadie vaya a tomársela demasiado en serio.
Y como dicen en el pueblo: “pásale, estás en tu casa… nomás no te sientes en mi silla”.




5.- LALO YA SE PUSO EL PARACAÍDAS
Eduardo López Mares se registró para competir en Irapuato, pero llegó cuestionando el procedimiento, advirtiendo contra grupos y padrinazgos y reclamando piso parejo. Curiosa manera de comenzar una competencia: entrar a la cancha explicando desde antes por qué podría perderse el partido.
Lalo López Mares conoce perfectamente las entrañas del PAN porque durante años estuvo sentado justamente donde se toman las decisiones. Fue dirigente estatal durante el gobierno de Diego Sinhue y desde esa posición le correspondió administrar acuerdos, procesar intereses, negociar candidaturas y convivir con los grupos que inevitablemente existen dentro de cualquier partido. Por eso resulta particularmente llamativo escucharlo ahora reclamar que no pesen apellidos, cuotas ni padrinazgos. No es que carezca de derecho para hacerlo; quizá simplemente tardó algunos años en descubrir las virtudes del piso parejo. Hay además un pequeño problema político: en Irapuato enfrenta una competencia numerosa y varios de sus adversarios llegan con mayor presencia territorial, exposición pública o estructuras construidas durante los últimos años. López Mares lo sabe y conoce demasiado bien al PAN como para ignorar lo que eso significa. De ahí que sus advertencias puedan tener una segunda lectura: si el resultado le favorece, habrá demostrado que consiguió imponerse incluso a un método que cuestionó; si no, las razones de su derrota comenzaron a escribirse desde el día del registro. Inteligente jugada. Lo único incómodo es que cuando Lalo dirigía el partido no parecía tan preocupado por revisar quién acomodaba las fichas. Ahora que le toca ser una de ellas, quiere lupa, lámpara y hasta notario.
Y como dice el refrán: “el que se lleva, se aguanta… aunque ahora pida árbitro”.




6.- ROSARIO ROBLES, DE VUELTA AL CAMINO
La exjefa de Gobierno encabeza la Red Ciudadana para la Defensa de México, la apuesta del PRI para recuperar territorio, sumar ciudadanos y construir una oposición con rumbo a 2027.
La política mexicana tiene memoria, pero también unas vueltas capaces de marear al más experimentado. Rosario Robles, quien desde la izquierda ayudó alguna vez a combatir al PRI, recorre ahora el país encabezando una organización impulsada precisamente por el tricolor. La Red Ciudadana para la Defensa de México pretende ir bastante más allá de cuidar votos: busca ciudadanos, organización territorial, participación y contrapesos frente al predominio de Morena. La elección de Robles para semejante tarea tiene su jiribilla. Fue presidenta nacional del PRD, jefa de Gobierno capitalina, secretaria de Estado con Enrique Peña Nieto y permaneció tres años en prisión durante el obradorismo antes de recuperar su libertad. Ahora el PRI le encomienda ayudar a reconstruir desde abajo una fuerza política que alguna vez creyó tener escriturado el país. El desafío será demostrar que los Defensores de México pueden convertirse en algo más que otro membrete rumbo a las elecciones y conseguir que ciudadanos sin militancia encuentren razones para acercarse. Rosario conoce el poder desde demasiados ángulos como para ignorar la dificultad de la encomienda. Quizá precisamente por eso la escogieron: después de tantas caídas y regresos, pocas personas saben mejor que ella que en política nadie está suficientemente muerto mientras conserve ganas de levantarse.
Y como decía mi abuela: “más sabe el diablo por viejo que por diablo… y Rosario ya conoce hasta dónde guardan el azufre”.
(By operación W).





“hagamos un trato”
De: Mario Benedetti
Compañera usted sabe puede contar conmigo no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo si alguna vez advierte que la miro a los ojos y una veta de amor reconoce en los míos no alerte sus fusiles ni piense qué delirio a pesar de la veta o tal vez porque existe usted puede contar conmigo si otras veces me encuentra huraño sin motivo no piense qué flojera igual puede contar conmigo pero hagamos un trato yo quisiera contar con usted es tan lindo saber que usted existe uno se siente vivo y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco no ya para que acuda presurosa en mi auxilio sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo.




*Si quieres escucharlo en la voz de: *Joan Manuel Serrat
Sobre el poema.
CUANDO AMAR ES SABER QUE HAY ALGUIEN DEL OTRO LADO
LECTURA PROFUNDA DE “HAGAMOS UN TRATO”, DE MARIO BENEDETTI: UNA REFLEXIÓN SOBRE EL AMOR QUE NO POSEE, LA RECIPROCIDAD QUE NO EXIGE Y ESA NECESIDAD PROFUNDAMENTE HUMANA DE SABER QUE, AUN EN LOS DÍAS MÁS DIFÍCILES, EXISTE ALGUIEN CON QUIEN PODEMOS CONTAR
Hay amores que quieren ser proclamados y otros que prefieren convertirse en presencia. Hay quienes aman prometiendo el mundo y quienes ofrecen algo aparentemente mucho más pequeño, pero quizá más difícil de cumplir: permanecer disponibles cuando el otro necesite una mano, una palabra, una compañía o simplemente la certeza de que no está completamente solo. En Hagamos un trato, Mario Benedetti construye su reflexión alrededor de esa segunda manera de querer. No necesita grandes escenarios ni juramentos desmesurados; le basta una expresión que utilizamos todos los días —contar con alguien— para penetrar en una de las necesidades más profundas de la vida afectiva.
El poema comienza desde una palabra fundamental: compañera. No hay allí una mujer colocada sobre un pedestal ni una figura idealizada hasta perder su condición humana. Una compañera es alguien que camina junto a nosotros, alguien cuya existencia comparte una parte del trayecto. Esa elección establece desde el principio una relación de cercanía y horizontalidad. El hablante no parece decir “quiero que seas mía”, sino algo mucho más delicado: quiero que sepas que estoy aquí. Y entre esas dos maneras de entender el amor existe una distancia enorme.
Benedetti toma entonces una palabra cotidiana y descubre dentro de ella dos mundos. “Contar” significa enumerar, avanzar de un número al siguiente, pero “contar con” significa confiar. El poeta juega con esa pequeña diferencia gramatical hasta convertirla en el corazón de su propuesta. Porque en la vida podemos contar muchas cosas: años, pérdidas, triunfos, errores, cumpleaños, distancias. Lo verdaderamente extraordinario comienza cuando podemos contar con alguien.
AMAR SIN INVADIR: LA DIFÍCIL GENEROSIDAD DE PERMANECER SIN APODERARSE DEL OTRO
En el poema existe amor, y Benedetti no intenta ocultarlo. El hombre sabe que su mirada puede delatar aquello que siente. La mujer podría descubrirlo en sus ojos y comprender que detrás de aquella compañía hay algo más profundo. Sin embargo, el descubrimiento no viene acompañado por una exigencia. No aparece la reclamación habitual de quien considera que amar mucho debería concederle algún derecho sobre la persona amada. Éste es uno de los aspectos más delicados del poema: el sentimiento se reconoce, pero no se utiliza como instrumento de presión.
La imagen de los fusiles resulta especialmente poderosa porque introduce la posibilidad de que la otra persona se defienda. A veces ocurre: alguien descubre que es amado y teme inmediatamente lo que vendrá después. ¿Qué esperará de mí? ¿Qué tendré que responder? ¿Se convertirá su cariño en una deuda? Benedetti desmonta esa amenaza. El amor que propone no necesita sitiar a nadie. Puede reconocer su propia existencia sin transformar al otro en territorio conquistado.
Ahí encontramos una diferencia esencial entre amar y poseer. Quien posee necesita garantías; quien ama de esta manera ofrece libertad. No significa ausencia de deseo ni indiferencia. Al contrario: existe una emoción suficientemente fuerte como para ser visible en los ojos, pero también suficientemente respetuosa como para aceptar que la otra persona continúa siendo dueña de sí misma.
El poema incorpora después otra verdad menos romántica y mucho más humana: habrá días malos. Quien ofrece compañía no se presenta como un ser permanentemente luminoso. Puede estar huraño, distante, inexplicable incluso para sí mismo. Benedetti permite que la imperfección entre en el poema porque sabe que las relaciones verdaderas no ocurren entre versiones ideales de las personas. Ocurren entre seres humanos que algunas mañanas despiertan alegres y otras no quieren hablar; personas capaces de cuidar y también de encerrarse, de comprender y equivocarse, de estar disponibles y al mismo tiempo cargar sus propias tormentas.
La promesa adquiere entonces mayor valor. No consiste en asegurar que nunca habrá oscuridad, sino en afirmar que la oscuridad ocasional no destruye necesariamente el vínculo. Hay una diferencia enorme entre decir “siempre estaré bien para ti” y decir “incluso cuando yo mismo no esté bien, aquello que nos une seguirá teniendo significado”. Lo primero pertenece al territorio de las promesas imposibles; lo segundo se parece mucho más a la vida.
EL AMOR CAMBIA CUANDO QUIEN DICE “CUENTA CONMIGO” CONFIESA QUE TAMBIÉN NECESITA A ALGUIEN
Durante la primera parte parece que todo el movimiento emocional ocurre en una sola dirección. Él ofrece y ella recibe la certeza. Él está dispuesto a permanecer, comprender y acompañar. Podría parecer incluso la declaración de alguien que no espera nada a cambio. Pero llega el momento decisivo: propone un trato. Esa palabra modifica todo lo anterior porque introduce la reciprocidad. Quien parecía completamente autosuficiente revela que también necesita algo.
No pide demasiado. No reclama una demostración espectacular de amor ni exige una equivalencia exacta entre lo que ofrece y lo que recibe. Simplemente quisiera poder contar también con ella. Y esa pequeña petición descubre una vulnerabilidad que hasta entonces permanecía escondida. Porque ofrecer ayuda puede colocarnos en una posición de fortaleza; reconocer que algún día nosotros también podemos necesitarla significa aceptar nuestra fragilidad.
Hay personas que han aprendido a estar siempre para los demás y, sin embargo, encuentran enormes dificultades para decir “te necesito”. Saben escuchar, resolver, acompañar, sostener; pero cuando les corresponde ocupar el otro lugar, guardan silencio. Benedetti rompe precisamente esa asimetría. El hombre que ofrece su presencia comprende que una relación verdadera no puede construirse únicamente desde el sacrificio de uno y la necesidad del otro. También él desea experimentar la tranquilidad de saber que existe alguien al otro lado.
Aquí aparece una de las ideas más profundas de la composición: la sola existencia de una persona puede modificar nuestra manera de habitar el mundo. No es necesario que esté físicamente junto a nosotros todo el tiempo. Tampoco que resuelva nuestros problemas. Basta saber que existe y que entre su vida y la nuestra hay un puente.
Esa certeza parece pequeña hasta que alguna vez falta.
Podemos estar rodeados de personas y sentirnos profundamente solos. Podemos conocer cientos de nombres y no saber a quién llamar durante una madrugada difícil. La soledad más dura no siempre consiste en carecer de compañía física; muchas veces consiste en no saber con seguridad quién permanecería si las cosas se complicaran. Por eso el poema no mide la riqueza afectiva por la cantidad de personas que nos rodean, sino por la profundidad de aquellas pocas relaciones donde existe confianza verdadera.
La reciprocidad que Benedetti propone tampoco funciona como contabilidad sentimental. No dice: yo te doy esto y, por lo tanto, me debes exactamente lo mismo. El trato es mucho más humano. Ambos necesitan conocer la existencia del otro como posibilidad. No se intercambian favores; se reconocen mutuamente como refugio.
NO NECESITO QUE VENGAS A SALVARME: NECESITO SABER QUE NO ESTOY SOLO
Hacia el final, el poema alcanza una madurez extraordinaria porque el hablante aclara que no está pidiendo un rescate. No necesita que la otra persona abandone todo y corra a solucionar sus problemas cada vez que aparezca una dificultad. Su petición es mucho más discreta: quiere una certeza.
Ésta es quizá la distancia que separa la dependencia de la compañía. La dependencia dice: sin ti no puedo. La compañía dice: puedo seguir caminando, pero saber que existes hace diferente el camino. Una convierte al otro en condición para sobrevivir; la otra lo reconoce como presencia que enriquece, sostiene y acompaña.
Por eso Hagamos un trato puede leerse mucho más allá del amor de pareja. Puede hablar de una amistad profunda, de hermanos, de padres e hijos, de compañeros de vida o incluso de esas relaciones difíciles de nombrar en las que dos personas saben que existe entre ellas algo que no necesita una definición exacta para ser verdadero. El poema toca una fibra anterior a todas esas categorías: el deseo humano de pertenecer afectivamente a la vida de alguien.
Con los años también cambia nuestra manera de entender esta necesidad. Cuando somos jóvenes podemos imaginar que el amor se mide por intensidad, por declaraciones, por urgencia, por cuánto alguien está dispuesto a abandonar en nuestro nombre. La vida suele enseñarnos una medida distinta. Comenzamos a valorar a quien contesta, a quien escucha, a quien permanece cuando ya no somos divertidos, exitosos o fuertes. Descubrimos que algunas de las formas más profundas del cariño carecen de espectacularidad.
Quizá por eso este poema ha acompañado a tantas generaciones. Su propuesta no envejece porque no depende de una moda sentimental. Todos, en algún momento, necesitamos descubrir quién está realmente al otro lado.
Y existe todavía una dimensión más íntima. El hablante no sólo desea contar con ella; necesita que ella sepa que puede contar con él. Parece una diferencia mínima, pero es enorme. Quiere ocupar un lugar verdadero en la vida de esa persona. No necesariamente el primero, no necesariamente el único. Simplemente un lugar desde el cual su presencia tenga significado.
En el fondo, ésa puede ser una de las aspiraciones más limpias del amor: importar en la vida de alguien sin convertirnos en dueños de su vida.
Benedetti construye así una declaración sentimental sin recurrir a la eternidad. No promete que nunca cambiarán, que jamás sufrirán o que permanecerán físicamente juntos hasta el último día. Propone algo más humilde y, por eso mismo, más creíble: mientras este vínculo exista, quiero que tengas la certeza de que puedes acudir a mí, y quisiera sentir que yo también puedo encontrar esa certeza en ti.
Tal vez todos deberíamos preguntarnos alguna vez quiénes son esas personas. No quiénes aparecen en nuestra lista de contactos, quiénes celebran nuestros triunfos o quiénes comparten nuestras fotografías, sino quiénes conocen nuestras partes menos luminosas y continúan siendo presencia. Y después habría que formular una pregunta todavía más difícil: ¿para quién somos nosotros esa persona?
Porque contar con alguien es un privilegio, pero convertirse en alguien con quien otro puede contar es también una responsabilidad.
Ése es, finalmente, el trato que atraviesa el poema: no salvarnos mutuamente, no poseernos, no exigirnos perfección, sino acompañarnos desde la libertad y la reciprocidad. Saber que cuando la vida apriete existe una voz que reconocerá la nuestra.
Y quizá una de las formas más serenas de la felicidad consista precisamente en eso: llegar a cierta altura del camino, mirar alrededor y saber que entre tantas personas que han pasado por nuestra historia existe al menos una a quien podemos decirle, con absoluta certeza, “cuento contigo”, mientras sabemos que ella podría decirnos exactamente lo mismo.
Sobre el autor.
MARIO BENEDETTI: UNA VIDA ENTRE EL AMOR, LA PALABRA Y EL DESARRAIGO
RESEÑA BIOGRÁFICA Y LITERARIA DE UN ESCRITOR QUE HIZO DE LA VIDA COTIDIANA, EL COMPROMISO POLÍTICO, EL EXILIO Y LOS AFECTOS UNA OBRA CAPAZ DE ACERCAR LA POESÍA Y LA LITERATURA A MILLONES DE LECTORES
Mario Benedetti construyó una de las trayectorias más reconocibles de la literatura latinoamericana del siglo XX sin necesitar personajes extraordinarios ni escenarios monumentales. Encontró materia literaria en una oficina, una conversación, un enamoramiento tardío, una ausencia, el miedo a perder lo alcanzado o la nostalgia de quien vive lejos de su país. Esa mirada hacia la vida cotidiana, acompañada por un lenguaje deliberadamente cercano, permitió que su obra saliera de los círculos estrictamente literarios y llegara a lectores que encontraron en sus poemas, cuentos y novelas palabras para sentimientos que muchas veces no sabían expresar.
DEL JOVEN TRABAJADOR AL ESCRITOR QUE HIZO DE MONTEVIDEO UN TERRITORIO LITERARIO
Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, Uruguay. Después de diversos desplazamientos familiares, Montevideo se convirtió en el escenario central de su vida y de buena parte de su imaginación literaria. Su juventud estuvo marcada por la necesidad de trabajar en diferentes empleos, experiencia que le permitió conocer directamente el mundo de los horarios, las jerarquías laborales, los sueldos modestos y las aspiraciones de la clase media urbana.
En 1946 se casó con Luz López Alegre, su compañera durante aproximadamente sesenta años. Al mismo tiempo comenzó a consolidar su presencia en el ambiente cultural uruguayo y se vinculó estrechamente con Marcha, una publicación decisiva en la vida intelectual del país. Formó parte de la llamada Generación del 45, en la que coincidieron figuras fundamentales de las letras uruguayas, aunque Benedetti desarrollaría muy pronto una identidad propia.
Esa voz comenzó a reconocerse con claridad en Poemas de la oficina, donde convirtió un espacio asociado con la monotonía en escenario de frustraciones, sueños y pequeñas derrotas. Más tarde, Montevideanos mostró su capacidad para observar la ciudad y retratar a sus habitantes sin idealizarlos.
El gran salto llegó en 1960 con La tregua. La historia de Martín Santomé, un viudo próximo a jubilarse cuya existencia cambia al conocer a Laura Avellaneda, permitió a Benedetti explorar la soledad, el paso del tiempo y la fragilidad de una felicidad que llega cuando parecía demasiado tarde para esperarla. La novela alcanzó una amplia difusión internacional y se convirtió en una de las obras fundamentales de su trayectoria.
Pero Benedetti nunca perteneció a un solo género. Escribió poesía, cuento, novela, ensayo, crítica, periodismo y teatro. Entre sus títulos narrativos destacan también Gracias por el fuego, Primavera con una esquina rota, La borra del café y Andamios. En poesía desarrolló una obra vastísima en la que el amor ocupa un lugar importante, pero comparte espacio con la soledad, la política, la memoria, el paso del tiempo y la resistencia frente a la derrota.
CUANDO LA HISTORIA DE URUGUAY CAMBIÓ TAMBIÉN LA HISTORIA DEL ESCRITOR
Benedetti fue un intelectual políticamente comprometido con la izquierda latinoamericana y participó activamente en las discusiones de su tiempo. La crisis uruguaya y el golpe de Estado de 1973 terminaron afectándolo directamente y lo obligaron a abandonar su país. Comenzó entonces un largo periodo de exilio que lo llevó por Argentina, Perú, Cuba y España.
El destierro transformó su escritura porque convirtió en experiencia personal asuntos que hasta entonces podían pertenecer principalmente a la reflexión política. La patria pasó a ser también distancia; Montevideo dejó de ser solamente una ciudad para convertirse en recuerdo. El exilio afectó asimismo su vida con Luz, de quien las circunstancias lo mantuvieron separado durante determinados periodos.
De aquella experiencia surgió una literatura marcada por la pérdida del territorio, la fragmentación familiar y la necesidad de conservar una identidad lejos del lugar de origen. Primavera con una esquina rota constituye una de las expresiones más logradas de esa etapa porque muestra las consecuencias del autoritarismo no únicamente en quienes padecen directamente la persecución, sino también en las familias y los afectos que quedan fracturados.
Cuando recuperó la posibilidad de regresar a Uruguay en 1985, Benedetti descubrió que volver tampoco significaba recuperar intacto aquello que había dejado. Habían cambiado el país, las personas y él mismo. Para explicar esa experiencia utilizó una palabra que terminaría estrechamente vinculada con su obra: “desexilio”. Después de aprender a vivir lejos de casa, había que aprender también a regresar.
UNA POESÍA QUE PREFIRIÓ SER COMPRENDIDA ANTES QUE PRESUMIR SU COMPLEJIDAD
Una de las razones de la extraordinaria difusión de Benedetti fue su decisión de utilizar un lenguaje próximo a la conversación sin renunciar por ello a abordar cuestiones profundas. Esa característica resulta particularmente evidente en su poesía amorosa. Textos como Hagamos un trato, Táctica y estrategia, Te quiero, Viceversa o No te salves encontraron lectores mucho más allá de quienes habitualmente frecuentaban libros de poesía.
Esa popularidad produjo también discusiones críticas. Para algunos, su lenguaje podía resultar excesivamente directo; para otros, precisamente ahí residía su virtud. Benedetti nunca necesitó convertir la oscuridad en prueba de profundidad. Su desafío consistió en expresar emociones complejas mediante palabras reconocibles y conseguir que detrás de una frase aparentemente sencilla apareciera una segunda dimensión.
Su literatura amorosa tampoco debería separarse completamente del resto de su pensamiento. En Benedetti aparecen constantemente la compañía, la solidaridad, la lealtad y la necesidad del otro. Esos valores pueden encontrarse en un poema amoroso, pero también en su visión política y en sus textos sobre el exilio. La relación entre el individuo y los demás constituye uno de los grandes hilos que atraviesan su producción.
La música amplió todavía más el alcance de sus palabras. Sus poemas fueron musicalizados e interpretados por diferentes artistas, y su trabajo junto a Daniel Viglietti acercó poesía y canción a públicos multitudinarios. De esa manera, algunos textos comenzaron a circular independientemente del libro que los contenía y pasaron a formar parte de la cultura popular latinoamericana.
La muerte de Luz López Alegre en 2006 marcó profundamente sus últimos años. Benedetti continuó escribiendo, aunque su salud fue deteriorándose. Murió en Montevideo el 17 de mayo de 2009, a los 88 años, después de una trayectoria que atravesó buena parte de las transformaciones políticas, sociales y culturales del Uruguay contemporáneo.
Su legado no puede reducirse a La tregua ni a los poemas amorosos que alcanzaron mayor popularidad. Benedetti dejó una obra extensa y plural en la que pueden seguirse las transformaciones de un hombre y de una época: el joven que conoció la rutina laboral, el escritor que retrató Montevideo, el intelectual comprometido con las disputas de su tiempo, el exiliado obligado a reconstruir su geografía y el hombre mayor que contempló las pérdidas acumuladas por los años.
Quizá su mayor logro haya sido demostrar que la claridad también puede tener profundidad. Benedetti escribió sobre experiencias reconocibles sin considerarlas menores y convirtió emociones ordinarias en literatura. Por eso sigue encontrando lectores: porque muchas décadas después, detrás de sus personajes y sus versos, continúan apareciendo preguntas que no han envejecido. Cómo amar sin poseer, cómo conservar la esperanza después de una derrota, cómo regresar a aquello que cambió durante nuestra ausencia y cómo seguir adelante cuando el tiempo comienza a llevarse lo que creíamos permanente.
Mario Benedetti murió; esas preguntas, y las palabras con las que intentó acercarse a ellas, permanecen.
(ByNotas de Libertad).

/… SAN JUAN DE DIOS: DONDE LEÓN TODAVÍA RECUERDA A QUÉ SABE SU HISTORIA
HAY UN BARRIO EN EL QUE LOS SIGLOS CONVIVEN CON UNA CEBADINA, EL SILENCIO DE UN TEMPLO, EL VAPOR DE UN TACO, UNA NIEVE HECHA COMO ANTES Y EL PICANTE DE UNA GUACAMAYA; RECORRERLO ES DESCUBRIR QUE LA MEMORIA DE UNA CIUDAD TAMBIÉN PUEDE GUARDARSE EN LAS MANOS DE SU GENTE
San Juan de Dios no necesita levantar la voz para demostrar que es uno de los barrios esenciales de León. Le basta seguir ahí, viendo cómo la ciudad crece a su alrededor mientras cada mañana vuelven a abrir los negocios, la plaza recupera su movimiento y las puertas del templo reciben a quienes todavía encuentran entre sus muros un momento para la fe, el agradecimiento o la memoria. Hay lugares que cambian tanto que un día dejan de reconocerse; San Juan de Dios también ha vivido sus transformaciones, pero conserva suficientes señales para encontrar al León de antes dentro del León de ahora. Están en las fachadas, en las calles, en los aromas, pero principalmente en las personas que heredaron una receta, levantaron un negocio, aprendieron un oficio y decidieron permanecer.
Venimos para Rincones y Sabores, la guía completa para el alma, el paladar y la vida, buscando precisamente esas señales. No queríamos hacer un inventario de establecimientos ni recorrer el barrio como quien marca puntos sobre un mapa. Queríamos escuchar a quienes han dejado años enteros detrás de un mostrador, descubrir qué sostiene una receta durante generaciones y entender por qué algunos sabores terminan formando parte de la memoria colectiva de una ciudad. San Juan de Dios comenzó a respondernos desde la primera parada y, para fortuna nuestra, lo hizo con un vaso de cebadina entre las manos.
PRIMERO FUE UNA CEBADINA Y EN CADA TRAGO COMENZÓ A APARECER EL BARRIO
En Ignacio Altamirano 202, casi esquina con Díaz Mirón, encontramos a Carlos Fernando Bucharrás Nieto. Tiene 86 años y una historia demasiado grande para caber detrás del mostrador donde prepara sus cebadinas. Él prefiere jugar con la edad: nació un 29 de febrero y asegura que, si contamos solamente las veces que el calendario le ha concedido un cumpleaños exacto, apenas tiene veintiún años y medio. Lo dice sonriendo, con esa picardía que sólo conceden los años cuando han sido suficientemente vividos, y uno termina sospechando que quizá el calendario se equivocó porque Carlos Fernando conserva una energía que contradice cualquier cifra.
Su relación con la cebadina comenzó cuando tenía siete u ocho años. Salía de la escuela y se acercaba al lugar donde trabajaba José María Carpio, Don Chema, de quien aprendió a preparar aquella bebida que, según su memoria, nació en el antiguo Callejón Padilla. Lo que pudo quedarse convertido en una travesura o un recuerdo infantil terminó acompañándolo durante toda la vida. Carlos Fernando creció, trabajó treinta años en el Banco de México, vivió una larga temporada en Valle de Bravo, pasó también por Cancún y finalmente regresó a León. Cambiaron las ciudades, los trabajos y las décadas, pero la cebadina siguió viajando con él hasta convertirse nuevamente en oficio cuando regresó al terruño.
Hoy prepara una fórmula que asegura haber perfeccionado con el paso de los años. Habla de cebada, malta, frutos rojos, cítricos y algunos secretos que, naturalmente, no piensa revelar. También explica las propiedades que personalmente atribuye a los ingredientes de su bebida, aunque nosotros preferimos quedarnos en el terreno donde no hace falta ninguna discusión: el sabor. Porque probar una cebadina con Carlos Fernando tiene su propia ceremonia. No entrega el vaso para que uno lo termine apresuradamente; acompaña la experiencia, pregunta qué se percibe y espera el siguiente trago. Primero aparece una acidez particular, después la jamaica, más adelante algún recuerdo de granada y poco a poco se van asomando otros frutos hasta que llega el bicarbonato y la espuma despierta dentro del vaso. Hay que beber con cuidado, aunque en nuestro caso estuvimos cerca de convertir la degustación en espectáculo cuando aquello comenzó a subir con mayor entusiasmo del previsto.
Pero quizá el ingrediente que explica buena parte del éxito no se encuentra dentro del barril. Está detrás del mostrador. Carlos Fernando habla con cada persona, cuenta historias, bromea, explica y convierte la compra de una bebida en una conversación. Cuando le preguntamos por qué sigue atendiendo así a sus 86 años, respondió que si la vida todavía lo tiene ahí, lo menos que puede hacer es recibir con amor a la gente. Esa frase vale más que cualquier secreto de la fórmula. Hay recetas que pueden copiarse; la manera de mirar a quien llega, hacerlo sentir bienvenido y seguir disfrutando el oficio después de toda una vida no se consigue mezclando ingredientes. Terminamos la cebadina y caminamos hacia el templo con la sensación de que San Juan de Dios acababa de entregarnos su primera enseñanza: una tradición permanece mientras exista alguien dispuesto a cuidarla y compartirla.
EL TEMPLO GUARDA LOS SIGLOS Y AFUERA LA VIDA SIGUE ESCRIBIENDO LA HISTORIA
Del negocio de Carlos Fernando caminamos hacia el templo de San Juan de Dios y en unas cuantas calles pasamos del sabor a la memoria. Al cruzar sus puertas cambia naturalmente el ritmo. Quedan afuera por unos momentos los automóviles, las conversaciones, los vendedores y el movimiento cotidiano del barrio, mientras adentro aparecen los muros, las imágenes, el altar y esa quietud particular de los edificios que han visto pasar muchas más vidas de las que cualquiera podría contar. Habíamos llegado buscando sabores y nos encontrábamos frente a una de las raíces más profundas del lugar que estábamos recorriendo.
La historia del barrio está vinculada desde el siglo XVII con la presencia de los religiosos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. El antiguo hospital, el convento y el conjunto religioso ayudaron a formar una comunidad en terrenos que entonces se encontraban fuera del pequeño núcleo de la Villa de León. El templo que conocemos hoy pertenece a una historia posterior, desarrollada durante el siglo XVIII, y su presencia terminó convirtiéndose en referencia espiritual, urbana y hasta nominal de un barrio que creció alrededor de aquel antiguo espacio de asistencia y religiosidad. Mucho antes de que alguien vendiera una guacamaya, preparara una nieve o levantara la cortina de cualquiera de los negocios que hoy conocemos, aquí ya había personas cuidando enfermos, rezando, trabajando y construyendo comunidad.
Por San Juan de Dios pasaron epidemias, conflictos nacionales, transformaciones urbanas y una de las tragedias que dejaron mayor cicatriz en la memoria leonesa: la inundación de 1888. El agua golpeó con particular dureza esta zona y dejó muerte y destrucción. Después llegaron otros tiempos. Cambiaron gobiernos, desaparecieron construcciones, se abrieron calles, crecieron nuevas casas y aquella Villa de León terminó convirtiéndose en una ciudad que rodeó por completo al viejo barrio. El templo permaneció como un testigo silencioso de esas transformaciones y entrar hoy permite imaginar, aunque sea por unos minutos, la cantidad de vidas que han cruzado las mismas puertas: niños llevados a bautizar, parejas comenzando una historia, familias agradeciendo, personas buscando consuelo y otras despidiendo para siempre a alguien querido.
Al salir, San Juan de Dios recuperó inmediatamente su sonido y nosotros continuamos por Ignacio Altamirano hasta el número 348, donde nos esperaba doña Conchita en Tacos al Vapor San Juan. Lleva cerca de veintinueve años trabajando en el mismo lugar y detrás de algo aparentemente tan sencillo como un taco encontramos una de las historias más profundamente humanas de todo el recorrido. Su jornada comienza a las tres de la mañana. Mientras una buena parte de León todavía duerme, ella ya está preparando lo necesario; alrededor de las cinco y media llega al negocio y a las siete y media abre para recibir a los primeros clientes. Así ha transcurrido buena parte de su vida, entre vapor, salsa, encurtido, tortillas y una disciplina que no entiende de domingos cómodos cuando hay trabajo por hacer.
Le preguntamos por qué no ampliar el menú, agregar otros productos o hacer esas mezclas que tantos negocios terminan incorporando con el tiempo. Su respuesta fue sencilla: porque para ella esto es lo tradicional. Y lo tradicional, cuando se hace bien, no necesita disfrazarse para seguir teniendo sentido. Sus tacos al vapor conservan precisamente esa sencillez, pero detrás de cada uno existe una historia que ningún ingrediente podría revelar. Doña Conchita nos dijo que prácticamente ha dejado la vida en ese negocio y después explicó una de las grandes razones: quería que su hija tuviera estudios. De pronto, veintinueve años dejaron de medirse en calendarios y comenzaron a medirse en madrugadas. Miles de veces levantándose cuando todavía estaba oscuro para conseguir que alguien a quien ama pudiera alcanzar una oportunidad distinta. Ésa es una parte de la gastronomía que rara vez aparece en los menús: el sacrificio de quienes cocinaron durante años para que sus hijos pudieran elegir otro camino.
Doña Conchita también tiene carácter, y qué bueno que lo conserva. Nos contó que pocos días antes un cliente, después de servirse salsa, tuvo la ocurrencia de introducir en la cubeta común una cuchara que ya había utilizado. Después de levantarse a las tres de la mañana, preparar todo y esforzarse por mantener limpio su producto, aquello no podía terminar con una sonrisa diplomática. La reprimenda llegó como tenía que llegar. En San Juan de Dios la hospitalidad es generosa, pero tampoco hay que confundirla con permiso para hacer barbaridades con una cubeta de salsa.
ENTRE NIEVES, GUACAMAYAS Y HERENCIAS, EL BARRIO TERMINÓ CONTÁNDONOS QUIÉN ES
Después llegó uno de los sabores inseparables de San Juan de Dios: la nieve. Con Rosalío Hermosillo Estrada entramos a la historia de Nieves Don Marcos, una tradición familiar que, de acuerdo con los recuerdos transmitidos dentro de la propia familia, se acerca al siglo de existencia. Antes del establecimiento, antes del nombre que hoy conocen los clientes y antes de la variedad de sabores, hubo un hombre empujando un carrito. Era el abuelo de Rosalío y se llamaba Álvaro. Comenzó vendiendo nieve de limón en una época en la que el barrio era muy distinto. Después continuó Marcos, el padre de Rosalío, y con el tiempo su nombre terminó identificando un negocio que hoy siguen los hijos y en el que comienza a aparecer también una nueva generación.
Rosalío habla de esa herencia sin solemnidad, quizá porque para quien creció dentro de ella resulta natural aquello que para el visitante parece extraordinario. La familia conoce las cantidades, los procedimientos y la manera de mantener el sabor porque así lo aprendió. No hay necesidad de convertirlo en misterio; existe, simplemente, la responsabilidad de no echar a perder aquello que otros construyeron antes. Preparan alrededor de diez recipientes de nieve durante la jornada y, conforme algún sabor comienza a terminarse, vuelven a trabajar. Limón y vainilla siguen entre los favoritos. El domingo no sirve para descansar porque es uno de los días fuertes, el sábado por la noche tampoco concede demasiadas treguas y hasta el lunes tiene una clientela particular: quienes llegan buscando una nieve de limón para reconciliarse con los excesos del fin de semana. Así también se construye la historia de una ciudad, no únicamente mediante grandes acontecimientos, sino con un abuelo que un día empujó un carrito sin imaginar que varias generaciones después su familia seguiría viviendo de aquel primer sabor.
Nuestra última parada fue Botanas Juan. Ahí encontramos a Juan y más de medio siglo de barrio acumulado detrás de un mostrador. Lleva 52 años trabajando entre tostadas de cueritos, guacamayas, tacos dorados y clientes que dejaron de ser solamente clientes porque después de tantos años algunos terminan formando parte del paisaje afectivo de un negocio. Juan pertenece a aquella generación de boteneros antiguos de San Juan de Dios. Él mismo reconoce que hubo otros antes, pero muchos ya murieron y hoy quedan pocos capaces de contar desde dentro cómo era aquel mundo durante los años setenta.
Naturalmente apareció la guacamaya, una de las expresiones gastronómicas más reconocibles de León. Juan la prepara con el duro, los cueritos y una salsa cuyo sabor defiende como propio porque incluso cuando sus sobrinos siguen las instrucciones, asegura, nunca termina quedando exactamente igual. Y después está la guacamaya “bautizada”. El bautizo no tiene aquí demasiada relación con el templo que acabábamos de visitar: consiste en colocar discretamente una carga adicional de picante para que el comensal descubra demasiado tarde el tamaño del desafío. Juan recuerda que comenzó a hacerlo durante los años setenta, cuando algunos estudiantes competían y le pedían que castigara con chile al adversario para ver quién resistía menos y terminaba pagando.
Sus tacos dorados guardan otra historia todavía más entrañable porque nacieron de la necesidad de no desperdiciar. Un día quedaron unas tortillas y una pequeña cantidad de frijoles después de almorzar. Juan venía de una familia humilde donde tirar comida simplemente no tenía sentido. Untó ligeramente las tortillas, las dobló y las puso a dorar mientras trabajaba, pensando comérselas él mismo. Los clientes las vieron y aquellas primeras piezas desaparecieron antes de que pudiera disfrutarlas. Lo que comenzó como una manera de aprovechar unas sobras terminó incorporándose al negocio y hoy, según nos contó, llega a preparar alrededor de diez kilos diarios. A veces una tradición no nace de una gran idea empresarial; nace de respetar una tortilla demasiado como para arrojarla a la basura.
Pero entre todas las historias de Juan hubo una que resume maravillosamente el espíritu del barrio. Nos contó que a lo largo de su vida se ha comido un taco con trabajadores humildes que llegaban con sus propias tortillas y también con empresarios capaces de pagar cualquier restaurante. En su mostrador han coincidido unos y otros porque el hambre tiene una extraordinaria capacidad para borrar durante unos minutos las diferencias que afuera parecen enormes. También han llegado personajes conocidos, creadores de contenido, sonideros y visitantes de distintas partes del país. Juan disfruta que alguien lo reconozca lejos del barrio y le diga que ha visto su negocio, pero detrás de esa satisfacción hay algo mucho más importante: de ese pequeño espacio salió también la posibilidad de dar estudios a sus hijos.
Además, Juan construyó su propia profesión. Es licenciado en Ciencias del Deporte, administra un club y trabaja como instructor, mientras continúa atendiendo el negocio familiar. Sus jornadas parecen no dejar demasiado espacio para el descanso y cuando le preguntamos cómo podía sostener ese ritmo respondió con una idea sencilla: cuando se trabaja en algo que gusta, el cansancio se siente distinto. Ahí entendimos que habíamos escuchado, con diferentes palabras, la misma historia durante todo el recorrido.
Carlos Fernando regresó a León y a los 86 años sigue preparando la bebida que aprendió de niño. Doña Conchita lleva casi tres décadas despertando antes del amanecer y convirtió sus tacos en estudios para su hija. Rosalío conserva con sus hermanos una nieve que comenzó con el carrito de su abuelo. Juan ha pasado 52 años detrás de sus botanas y todavía encuentra razones para conversar con quien llega. Ninguno cuenta su vida como una hazaña. Quizá por eso conmueve más. Simplemente hicieron lo que había que hacer, un día después del otro, hasta que la suma de esos días terminó convirtiéndose en tradición.
Y en medio de todos ellos permanece el templo. Los siglos por un lado y las vidas cotidianas por el otro. La piedra y el vapor. Las campanas y el pregón. La oración y la salsa. La memoria antigua de León y esa otra memoria, mucho más doméstica, que se transmite cuando un padre enseña una receta a un hijo y espera que algún día éste decida conservarla.
Eso fue lo que encontramos en San Juan de Dios. No solamente un lugar para probar cebadina, tacos, nieves o guacamayas, sino un barrio donde el sabor tiene nombre, rostro, edad y memoria. Un rincón de León que ha aprendido a sobrevivir sin quedarse detenido en el pasado y donde todavía existen personas capaces de convertir un oficio cotidiano en una herencia.
Porque al final uno puede olvidar cuánto costó una nieve, cuántos tacos pidió o qué tan fuerte picaba aquella guacamaya. Lo difícil será olvidar a quienes estaban detrás de ellos.
Y quizá ahí esté el verdadero sabor de San Juan de Dios: en todo aquello que permanece en nosotros mucho después de haber terminado el último bocado.
Video Crónica.
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).





Domingo 26 de julio al sábado 1 de agosto.
SANTORAL
LOS NOMBRES QUE EL TIEMPO CONVIRTIÓ EN MEMORIA
El santoral es mucho más que una sucesión de nombres colocados junto a los días del calendario. Detrás de cada uno existe una historia nacida en épocas y lugares distintos: apóstoles de los primeros tiempos del cristianismo, mártires perseguidos por sus creencias, religiosos que fundaron comunidades, hombres y mujeres dedicados al cuidado de los demás y personajes cuya memoria terminó atravesando siglos y fronteras. Algunas de esas vidas pueden reconstruirse mediante testimonios históricos; otras llegaron hasta nosotros envueltas en antiguas tradiciones religiosas que forman parte de la manera en que fueron veneradas por generaciones.
En México, el santoral adquirió además una dimensión particular. Durante siglos los nombres de los santos pasaron de las iglesias a las familias, de las fiestas patronales a los pueblos y de las devociones religiosas a la propia geografía nacional. Joaquín, Ana, Natalia, Víctor, Ignacio, Alfonso y tantos otros nombres permanecen vinculados a historias que todavía se recuerdan en parroquias, comunidades y hogares. Por eso recorrer el santoral significa también asomarse a una parte de la cultura que acompañó la formación de muchas costumbres mexicanas.
Entre el 26 de julio y el 1 de agosto aparecen figuras pertenecientes a momentos muy diferentes de la historia cristiana. En esta primera parte encontramos desde los tradicionales abuelos de Jesús hasta mártires de los primeros siglos, un médico venerado por atender gratuitamente a los enfermos, un periodista asesinado por enfrentarse al nazismo y religiosos cuya obra educativa continúa vigente. Son vidas separadas por siglos, idiomas y geografías, pero reunidas cada año por una misma circunstancia: el día en que la tradición religiosa vuelve a pronunciar sus nombres.
DOMINGO 26 DE JULIO
San Joaquín y Santa Ana
La tradición cristiana reconoce a Joaquín y Ana como padres de la Virgen María y, por consiguiente, abuelos maternos de Jesús. Sus nombres no aparecen en los Evangelios canónicos, sino que proceden de antiguas tradiciones cristianas transmitidas principalmente a través de escritos apócrifos. Con el paso de los siglos su culto adquirió una enorme extensión y ambos terminaron convertidos en símbolos de la familia, la transmisión de la fe y la importancia de los abuelos dentro del hogar. En México su devoción dejó numerosas parroquias, templos, poblaciones y fiestas patronales. La celebración conjunta del 26 de julio explica también que esta fecha haya quedado estrechamente relacionada, en distintos lugares, con el reconocimiento y cariño hacia los abuelos.
San Erasto de Corinto
Erasto pertenece al pequeño grupo de personajes del cristianismo primitivo cuyo nombre aparece directamente relacionado con san Pablo. El Nuevo Testamento menciona a un Erasto vinculado con Corinto y lo identifica como una persona que desempeñaba una responsabilidad pública en la ciudad. La tradición cristiana lo incorporó posteriormente entre los discípulos y colaboradores de la primera evangelización. Su figura permite observar una característica interesante de aquellas comunidades nacientes: el cristianismo no solamente avanzaba entre personas alejadas de la administración romana, sino que también encontraba seguidores entre quienes ocupaban determinadas responsabilidades públicas. Su memoria permanece ligada a Corinto, una de las ciudades fundamentales en los viajes y cartas del apóstol Pablo.
Santa Bartolomea Capitanio
Bartolomea Capitanio nació en Lovere, Italia, en 1807 y desde muy joven manifestó una marcada preocupación por la educación y asistencia de niñas y jóvenes necesitadas. Junto con Vincenza Gerosa impulsó una congregación que posteriormente sería conocida como las Hermanas de la Caridad de las Santas Bartolomea Capitanio y Vincenza Gerosa. Su proyecto combinaba enseñanza, formación religiosa y atención a quienes vivían en condiciones difíciles, en una época en la que las posibilidades educativas de muchas mujeres eran extremadamente limitadas. Bartolomea murió en 1833, cuando tenía apenas 26 años, por lo que no alcanzó a contemplar la expansión posterior de la obra que había iniciado. Fue canonizada en 1950 y su legado continuó mediante las comunidades religiosas inspiradas en su vocación educativa y asistencial.
San Austindo de Auch
Austindo, conocido también como Austinde, vivió durante el siglo XI y llegó a ocupar la sede episcopal de Auch, en la región francesa de Gascuña. Su actividad se desarrolló en una época de importantes reformas dentro de la Iglesia occidental, cuando numerosos obispos y comunidades monásticas buscaban fortalecer la disciplina eclesiástica y reorganizar instituciones que habían sufrido largos periodos de inestabilidad. Como arzobispo participó en ese esfuerzo reformador y promovió una vida clerical más rigurosa. Su figura no alcanzó la popularidad universal de otros santos medievales, pero permaneció en la memoria religiosa de la región donde ejerció su ministerio. Su presencia en el santoral recuerda precisamente a aquellos personajes cuya influencia fue principalmente local, pero resultó decisiva para las comunidades de su tiempo.
San Simeón de Émesa
San Simeón de Émesa, también conocido como Simeón el Loco por Cristo, fue un asceta cristiano del siglo VI cuya historia pertenece a una de las tradiciones espirituales más singulares del cristianismo oriental. Después de pasar años dedicado a la vida eremítica, habría regresado a la ciudad de Émesa, en la actual Siria, donde adoptó deliberadamente comportamientos extravagantes que hacían creer a los demás que había perdido la razón. Detrás de aquella conducta existía, según sus antiguos biógrafos, una búsqueda radical de humildad: realizar obras de caridad evitando recibir admiración o prestigio. Numerosos relatos sobre su vida poseen un marcado carácter hagiográfico, pero su figura terminó representando la tradición de los llamados “locos por Cristo”, ascetas que utilizaban la provocación y el desprecio social como formas extremas de renuncia personal.
LUNES 27 DE JULIO
Santa Natalia de Córdoba
Natalia de Córdoba vivió durante el siglo IX en Al-Ándalus y forma parte del grupo conocido como los mártires de Córdoba. Las antiguas narraciones cristianas cuentan que estaba casada con Aurelio y que ambos practicaban discretamente su fe en un ambiente marcado por fuertes tensiones religiosas. Finalmente fueron denunciados y ejecutados en el año 852 junto con otros cristianos. Su historia quedó incorporada al martirologio y el nombre Natalia alcanzó posteriormente una gran difusión en numerosos países de tradición católica, incluido México. Más allá de los detalles transmitidos por las fuentes medievales, su memoria religiosa quedó asociada a la fidelidad mantenida frente a la persecución y a una generación de cristianos cordobeses cuya historia continúa siendo estudiada dentro del complejo contexto social y religioso de la península ibérica medieval.
San Pantaleón de Nicomedia
San Pantaleón es uno de los santos médicos más antiguos y conocidos de la tradición cristiana. Según los relatos transmitidos sobre su vida, ejerció la medicina en Nicomedia, en Asia Menor, y terminó abrazando plenamente el cristianismo. La tradición destaca especialmente que atendía a los enfermos sin exigir pago, razón por la cual fue incluido entre los llamados santos anárgiros, médicos que ofrecían gratuitamente sus servicios. Habría sufrido el martirio durante las persecuciones contra los cristianos a comienzos del siglo IV. Su culto se difundió ampliamente tanto en Oriente como en Occidente y terminó convirtiéndolo en intercesor tradicional de médicos y enfermos. Iglesias, hospitales y comunidades de numerosos países llevan su nombre, conservando la asociación entre su memoria religiosa y el ejercicio compasivo de la medicina.
San Cucufato
Cucufato —conocido en Cataluña como sant Cugat— es venerado como uno de los antiguos mártires vinculados con la evangelización de la península ibérica. La tradición lo presenta como cristiano procedente del norte de África que llegó a la región de Barcelona y murió durante las persecuciones de comienzos del siglo IV, probablemente en tiempos de Diocleciano. Como sucede con numerosos mártires de aquella época, los relatos posteriores incorporaron detalles difíciles de comprobar históricamente, por lo que conviene distinguir entre el núcleo antiguo de su veneración y las narraciones hagiográficas desarrolladas después. Su culto, sin embargo, adquirió una extraordinaria importancia en Cataluña. El monasterio de Sant Cugat del Vallès y la propia ciudad que creció a su alrededor conservan hasta nuestros días el nombre de aquel antiguo mártir.
San Celestino I, papa
Celestino I ocupó el pontificado entre 422 y 432, una década especialmente importante para la configuración doctrinal y territorial de la Iglesia antigua. Durante su gobierno intervino en las grandes controversias teológicas de su época y respaldó las posiciones que terminaron imponiéndose frente al nestorianismo durante el Concilio de Éfeso de 431. Su pontificado también estuvo relacionado con la expansión misionera hacia las islas británicas: envió al obispo Paladio a trabajar entre los cristianos de Irlanda. Algunas tradiciones posteriores vincularon estos esfuerzos con la misión de san Patricio, aunque no debe simplificarse diciendo que Celestino personalmente lo envió. Murió en 432 y quedó recordado como uno de los pontífices que contribuyeron a fortalecer la organización de la Iglesia occidental durante un periodo de profundas transformaciones políticas y religiosas.
San Tito Brandsma
Tito Brandsma fue un sacerdote carmelita neerlandés, profesor universitario, escritor y periodista que convirtió la defensa de la libertad de conciencia en una resistencia abierta frente al nazismo. Cuando Alemania ocupó los Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial, Brandsma colaboró con los medios católicos y se opuso a que publicaran propaganda nacionalsocialista. Esa actividad provocó su arresto en 1942. Después de pasar por distintas prisiones fue trasladado al campo de concentración de Dachau, donde murió el 26 de julio de ese mismo año tras recibir una inyección letal. La Iglesia católica lo reconoció como mártir, lo beatificó en 1985 y lo canonizó en 2022. Su figura posee una especial significación para el periodismo por haber defendido la responsabilidad moral de la prensa frente a un régimen totalitario.
MARTES 28 DE JULIO
San Víctor I, papa
Víctor I dirigió la Iglesia de Roma hacia finales del siglo II y suele ser considerado el primer papa procedente de la provincia romana de África. Su pontificado quedó especialmente relacionado con la controversia sobre la fecha en que los cristianos debían celebrar la Pascua. Mientras algunas comunidades de Asia Menor mantenían una tradición vinculada al día 14 del mes judío de Nisán, Roma y otras iglesias defendían su celebración dominical. Víctor sostuvo con gran firmeza la práctica romana e incluso amenazó con romper la comunión con quienes conservaran la costumbre diferente, aunque otros obispos intervinieron para moderar el conflicto. Por ello resulta exagerado afirmar que él solo “fijó mundialmente” la fecha pascual, pero su intervención fue un episodio importante dentro del largo proceso que terminó generalizando la celebración de la Pascua en domingo.
San Pedro Poveda
Pedro Poveda nació en Linares, España, en 1874 y desarrolló una intensa labor sacerdotal vinculada especialmente con la educación. Después de trabajar entre comunidades pobres de Guadix comprendió la importancia de formar educadores capaces de integrar preparación profesional, responsabilidad social y vida cristiana. De esa preocupación nació la Institución Teresiana, una asociación que concedió especial importancia a la presencia y formación de las mujeres en el ámbito educativo y profesional. Cuando comenzó la Guerra Civil española en 1936, Poveda fue detenido en Madrid y posteriormente asesinado. La Iglesia católica reconoció su muerte como martirio y Juan Pablo II lo canonizó en 2003. Su legado permanece estrechamente relacionado con una concepción de la educación como instrumento para transformar a las personas y su entorno.
San Acacio de Mileto
San Acacio figura entre los antiguos mártires cristianos vinculados con Mileto, ciudad de Asia Menor situada en el territorio de la actual Turquía. Las noticias históricas conservadas sobre su vida son escasas y buena parte de los detalles transmitidos posteriormente pertenecen a la tradición hagiográfica. Su martirio suele situarse durante las persecuciones sufridas por los cristianos bajo el emperador Licinio, en las primeras décadas del siglo IV. Precisamente por la limitada documentación existente no resulta prudente atribuirle profesiones, edades o circunstancias biográficas que las fuentes antiguas no permiten asegurar. Su permanencia en el santoral muestra cómo la memoria cristiana conservó durante siglos los nombres de numerosos mártires de los primeros tiempos aun cuando buena parte de sus historias personales terminó perdiéndose.
Santa Alfonsa de la Inmaculada Concepción
Alfonsa de la Inmaculada Concepción nació en Kerala, India, en 1910 y fue la primera mujer de ese país canonizada por la Iglesia católica. Ingresó en la congregación de las Franciscanas Clarisas y desarrolló una vida religiosa marcada por numerosas enfermedades y limitaciones físicas. Lejos de presentar el sufrimiento como una búsqueda deliberada, su espiritualidad se caracterizó por la manera en que intentó vivir aquellas circunstancias desde la fe, la paciencia y el servicio dentro de su comunidad. Murió el 28 de julio de 1946, con apenas 35 años. Su tumba comenzó a recibir peregrinos y su devoción se extendió especialmente entre los cristianos de la India. Benedicto XVI la canonizó en 2008, convirtiéndola en una figura de enorme relevancia para el catolicismo indio contemporáneo.
San Nazario y San Celso
Nazario y Celso son dos antiguos mártires asociados por la tradición cristiana con la ciudad de Milán. San Ambrosio, obispo de aquella ciudad durante el siglo IV, dejó testimonio del hallazgo de sus restos y contribuyó decisivamente a extender su veneración. Las narraciones posteriores describieron a Nazario como un predicador cristiano que recorrió distintas regiones y a Celso como su joven compañero, aunque muchos detalles de esas biografías pertenecen a tradiciones desarrolladas siglos después. Ambos habrían sufrido el martirio durante las persecuciones del Imperio romano. Su culto se difundió ampliamente por Europa y sus nombres quedaron unidos de manera inseparable en el santoral. Su historia representa además la importancia que tuvo la recuperación y veneración de las tumbas de los primeros mártires en la formación de la memoria cristiana antigua.
MIÉRCOLES 29 DE JULIO
Santa Marta de Betania
Santa Marta ocupa un lugar particularmente cercano dentro de los relatos evangélicos por la amistad que ella y sus hermanos, María y Lázaro, mantuvieron con Jesús. Los Evangelios presentan su casa de Betania como un espacio de hospitalidad y encuentro. En uno de los episodios más conocidos, Marta aparece ocupada en atender a su huésped mientras María permanece escuchándolo; en otro momento, después de la muerte de Lázaro, es Marta quien sale al encuentro de Jesús y expresa una de las profesiones de fe más intensas del Evangelio de Juan. Durante siglos fue celebrada individualmente el 29 de julio, pero desde 2021 el Calendario Romano General reúne ese día la memoria de los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. En México, Marta es un nombre de enorme tradición y su figura ha estado especialmente vinculada con quienes trabajan en la atención del hogar, la cocina, la hospitalidad y el servicio a los demás.
Santa María de Betania
María de Betania aparece en los Evangelios como hermana de Marta y Lázaro y como una mujer especialmente atenta a las palabras de Jesús. El relato de Lucas la muestra sentada a sus pies mientras Marta se ocupa de las tareas de la casa, una escena que durante siglos fue interpretada como símbolo de la vida contemplativa frente a la actividad cotidiana. El Evangelio de Juan la presenta también vinculada a la unción de Jesús con un perfume de gran valor, gesto de afecto y veneración que adquiere una profunda significación ante la proximidad de su muerte. No debe confundirse automáticamente con María Magdalena, identificación que se extendió durante determinadas épocas pero que no corresponde a la distinción actual del calendario litúrgico. Desde 2021 comparte oficialmente la celebración del 29 de julio con sus hermanos Marta y Lázaro.
San Lázaro de Betania
Lázaro es uno de los personajes más reconocibles del Evangelio de Juan por protagonizar el relato de su regreso a la vida después de permanecer cuatro días en el sepulcro. Hermano de Marta y María y amigo de Jesús, vivía en Betania, localidad cercana a Jerusalén. La narración de su muerte contiene además una de las escenas más humanas de los Evangelios: Jesús llora ante la tumba de su amigo antes de llamarlo para que salga de ella. El episodio convirtió a Lázaro en una poderosa representación cristiana de la esperanza frente a la muerte. A lo largo de los siglos surgieron diversas tradiciones acerca de lo ocurrido con él posteriormente, aunque no todas poseen fundamento histórico comprobable. Desde la reforma litúrgica decretada en 2021, la Iglesia católica celebra conjuntamente a Marta, María y Lázaro cada 29 de julio.
San Lupo de Troyes
Lupo —también llamado Lupus o Loup— fue obispo de Troyes, en la actual Francia, durante el siglo V, una época marcada por la desintegración progresiva del Imperio romano de Occidente y las grandes migraciones de pueblos europeos. Había abrazado inicialmente la vida monástica y posteriormente fue elegido obispo, responsabilidad que ejerció durante varias décadas. Una antigua tradición lo relaciona con el avance de Atila y los hunos hacia Troyes y sostiene que el obispo intervino personalmente para evitar la destrucción de la ciudad. Como ocurre con numerosas historias medievales, algunos detalles fueron engrandecidos por la tradición posterior, pero su influencia religiosa en la Galia está bien asentada. También participó en una misión eclesiástica a Britania destinada a enfrentar la expansión del pelagianismo.
San Olaf II de Noruega
Olaf Haraldsson fue rey de Noruega durante el siglo XI y desempeñó un papel decisivo en el proceso de consolidación del cristianismo en aquel territorio escandinavo. Llegó al poder después de una juventud vinculada con expediciones militares y emprendió posteriormente un proyecto para fortalecer la autoridad monárquica y extender las instituciones cristianas. Su gobierno encontró una fuerte resistencia entre distintos grupos de la nobleza, hasta que perdió el trono y marchó al exilio. Regresó en 1030 intentando recuperar el poder y murió el 29 de julio durante la batalla de Stiklestad. Poco después comenzó a desarrollarse un intenso culto en torno a su figura y fue venerado como mártir y santo. Su sepultura en Nidaros, actual Trondheim, terminó convirtiéndose en uno de los grandes centros medievales de peregrinación del norte de Europa.
JUEVES 30 DE JULIO
Santa María de Jesús Sacramentado Venegas
María de Jesús Sacramentado Venegas nació como María Natividad Venegas de la Torre en Zapotlanejo, Jalisco, en 1868, y ocupa un sitio singular en la historia del catolicismo mexicano: fue la primera mujer nacida en México canonizada por la Iglesia católica. Desde joven orientó su vida hacia la asistencia de enfermos y necesitados y terminó vinculándose al pequeño Hospital del Sagrado Corazón de Guadalajara, donde desempeñó durante décadas tareas que iban desde el cuidado directo de pacientes hasta responsabilidades administrativas. Fue una de las figuras fundamentales de la congregación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús. Vivió además los difíciles años de la persecución religiosa en México sin abandonar su labor hospitalaria. Murió en 1959 y Juan Pablo II la canonizó el 21 de mayo de 2000. Su memoria posee una relevancia especial para México por unir santidad, servicio sanitario y una vida prácticamente entera dedicada a quienes sufrían enfermedad o pobreza.
San Pedro Crisólogo
Pedro Crisólogo fue obispo de Rávena durante el siglo V y pasó a la historia especialmente por la calidad y claridad de su predicación. El sobrenombre “Crisólogo” significa aproximadamente “palabra de oro” y refleja la reputación que adquirieron sus sermones. A diferencia de los grandes discursos extremadamente extensos de algunos predicadores antiguos, Pedro prefería exposiciones relativamente breves, directas y construidas para que las enseñanzas cristianas pudieran ser comprendidas por sus oyentes. Se conservan numerosos sermones atribuidos a él que permiten conocer tanto su pensamiento como algunos aspectos de la vida religiosa de su época. Rávena tenía entonces una enorme importancia política dentro del Imperio romano de Occidente, lo que dio particular relevancia a su episcopado. En 1729 fue proclamado Doctor de la Iglesia, reconocimiento reservado a santos cuya enseñanza ha tenido una especial importancia doctrinal.
San Abdón y San Senén
Abdón y Senén pertenecen al antiguo grupo de mártires venerados en Roma y sus nombres aparecen desde hace siglos unidos en la tradición cristiana. Las narraciones hagiográficas posteriores los presentan como personajes procedentes de Persia que habrían sido llevados a Roma y condenados por profesar el cristianismo durante las persecuciones imperiales. Algunas versiones sostienen que se habían dedicado a recoger y sepultar los cuerpos de otros mártires, aunque esos detalles proceden de tradiciones desarrolladas posteriormente y no pueden establecerse con plena seguridad histórica. Lo que sí posee una larga antigüedad es su culto conjunto, asociado a un cementerio situado en la vía Portuense de Roma. Su veneración se extendió posteriormente por distintos territorios europeos, especialmente España, donde llegaron a ser conocidos popularmente como “los Santos de la Piedra” y fueron invocados por comunidades agrícolas frente a tormentas y granizadas.
Santa Julita de Cesarea
Julita de Cesarea fue una cristiana de Capadocia cuya historia conocemos principalmente gracias a una homilía de san Basilio de Cesarea. Según ese testimonio, una persona poderosa se apropió injustamente de buena parte de sus propiedades y Julita recurrió a los tribunales para recuperarlas. Su adversario respondió alegando que, por ser cristiana, no podía beneficiarse de determinadas protecciones legales establecidas por el Imperio. Ante la posibilidad de conservar sus bienes si renunciaba a su fe, ella se negó y terminó condenada a morir en la hoguera. Su martirio suele situarse a comienzos del siglo IV, durante las persecuciones contra los cristianos. Su historia resulta singular porque no comienza con una predicación o enfrentamiento religioso, sino con una disputa patrimonial que terminó obligándola a elegir entre conservar sus posesiones o mantenerse fiel a sus convicciones.
Beato Juan Soreth
Juan Soreth nació en Normandía a finales del siglo XIV y se convirtió en una figura decisiva para la renovación de la Orden del Carmen. Ingresó entre los carmelitas, estudió teología en París y posteriormente fue elegido prior general de la orden. Desde esa responsabilidad emprendió una profunda reforma destinada a recuperar la disciplina comunitaria y el espíritu contemplativo de las primeras generaciones carmelitas. Su nombre está especialmente relacionado con el reconocimiento y organización de comunidades femeninas vinculadas al Carmelo, que durante el siglo XV comenzaron a integrarse formalmente en la estructura de la orden. También favoreció el desarrollo de grupos de laicos asociados a su espiritualidad. Murió en Angers en 1471. Su obra preparó parte del terreno sobre el que, un siglo después, surgirían otras grandes reformas carmelitas y figuras como santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.
VIERNES 31 DE JULIO
San Ignacio de Loyola
Ignacio de Loyola es una de las figuras de mayor trascendencia en la historia moderna de la Iglesia católica y su influencia adquirió una dimensión particularmente profunda en México. Nació en 1491 en el País Vasco y durante su juventud siguió una vida vinculada con las armas y la corte. Una grave herida recibida durante la defensa de Pamplona en 1521 cambió radicalmente su trayectoria. Mientras se recuperaba comenzó un proceso de transformación espiritual que lo llevó a abandonar sus antiguas aspiraciones y emprender años de peregrinación, estudio y reflexión. De aquella experiencia surgirían los Ejercicios espirituales, obra destinada a orientar el discernimiento y la vida interior. En París reunió al grupo con el que fundaría la Compañía de Jesús, aprobada por el papa Paulo III en 1540. Los jesuitas alcanzarían posteriormente una presencia enorme en México mediante colegios, misiones, universidades y una intensa actividad cultural. Ignacio murió en Roma el 31 de julio de 1556 y fue canonizado en 1622.
San Fabio de Mauritania
San Fabio pertenece al grupo de antiguos mártires del norte de África cuya memoria sobrevivió a pesar de que conocemos pocos datos seguros sobre sus vidas. La tradición lo presenta como integrante del ejército romano en Mauritania durante el siglo IV. En el marco de una ceremonia militar se le habría ordenado portar un estandarte que contenía imágenes relacionadas con el culto imperial. Fabio se negó porque consideró que aquel acto era incompatible con su fe cristiana. Su resistencia habría provocado su arresto, juicio y posterior ejecución. Como sucede con numerosos relatos de los primeros mártires, algunos pormenores proceden de narraciones hagiográficas posteriores y no pueden verificarse completamente. Sin embargo, su memoria quedó asociada a una cuestión que afectó profundamente a los primeros cristianos integrados en las instituciones romanas: hasta dónde podían cumplir las obligaciones civiles o militares cuando estas implicaban participar en prácticas religiosas contrarias a sus convicciones.
San Germán de Auxerre
Germán nació hacia finales del siglo IV en la Galia romana y recibió una sólida educación que le permitió desarrollar inicialmente una carrera jurídica y administrativa. Ejerció responsabilidades públicas antes de que su vida cambiara al ser incorporado al clero y posteriormente elegido obispo de Auxerre. Desde esa posición se convirtió en una de las personalidades eclesiásticas más importantes de la Galia del siglo V. Realizó viajes a Britania para combatir la expansión del pelagianismo, doctrina que había provocado una intensa controversia dentro del cristianismo occidental. Las antiguas biografías también le atribuyen intervenciones políticas y diplomáticas en defensa de poblaciones amenazadas durante un periodo caracterizado por la progresiva descomposición de la autoridad romana. Murió en Rávena hacia el año 448. Su trayectoria resulta especialmente significativa porque representa el paso de las antiguas élites administrativas romanas hacia las nuevas estructuras episcopales que adquirirían creciente importancia en la Europa medieval.
Santa Elena de Skövde
Elena de Skövde —conocida también como Helena de Suecia— fue una mujer cristiana del siglo XII cuya veneración adquirió especial arraigo en Escandinavia. Las tradiciones sobre su vida la presentan como una viuda perteneciente a una familia acomodada que, después de la muerte de su esposo, dedicó buena parte de sus recursos a obras religiosas y de asistencia. Se le atribuye participación en la construcción o sostenimiento de iglesias y una vida marcada por la piedad. Su historia terminó envuelta en un conflicto familiar: fue acusada de estar relacionada con la muerte de un hombre que había maltratado a una de sus hijas. Aunque habría realizado una peregrinación a Jerusalén, al regresar fue asesinada por familiares del fallecido como acto de venganza. Algunos elementos de su biografía pertenecen a tradiciones medievales difíciles de comprobar, pero su culto se consolidó y Skövde terminó reconociéndola como una de sus figuras religiosas más representativas.
San Calimero de Milán
Calimero es venerado tradicionalmente como uno de los primeros obispos de Milán, aunque la información histórica disponible acerca de su vida es limitada y diferentes fuentes antiguas ofrecen cronologías distintas. La tradición desarrollada alrededor de su figura sostiene que habría nacido en el mundo griego y llegado posteriormente a Italia, donde terminó dirigiendo la comunidad cristiana milanesa. Relatos hagiográficos posteriores lo presentan dedicado a la evangelización en una época en que profesar el cristianismo podía significar persecución. También se difundió la narración de que murió mártir al ser arrojado a un pozo, aunque este episodio no puede establecerse como un hecho histórico seguro. Lo indiscutible es la antigüedad de su veneración en Milán: una basílica de la ciudad conserva su nombre y testimonia la permanencia de su culto a través de los siglos.
SÁBADO 1 DE AGOSTO
San Alfonso María de Ligorio
Alfonso María de Ligorio nació cerca de Nápoles en 1696 y llegó a convertirse en una de las grandes figuras intelectuales y pastorales del catolicismo del siglo XVIII. Dotado de una extraordinaria formación, obtuvo muy joven el doctorado en derecho y ejerció como abogado antes de abandonar aquella profesión para ingresar al sacerdocio. Su atención se dirigió especialmente hacia poblaciones pobres y comunidades rurales que disponían de escasa asistencia religiosa. En 1732 fundó la Congregación del Santísimo Redentor, cuyos integrantes serían conocidos como redentoristas. Alfonso escribió extensamente sobre moral, espiritualidad y vida pastoral, procurando alejarse tanto del rigorismo excesivo como de una interpretación demasiado permisiva de las obligaciones cristianas. Fue obispo de Sant’Agata de’ Goti y murió el 1 de agosto de 1787. Canonizado en 1839 y proclamado Doctor de la Iglesia en 1871, su nombre y la obra redentorista poseen también una prolongada presencia en México.
San Félix de Gerona
San Félix, conocido en Cataluña como sant Feliu, es uno de los mártires cristianos tradicionalmente asociados con la ciudad de Gerona. Su vida suele situarse entre finales del siglo III y comienzos del IV, durante las persecuciones impulsadas bajo los emperadores Diocleciano y Maximiano. Las antiguas tradiciones lo presentan como procedente del norte de África y relacionado con la predicación cristiana en tierras hispanas. Posteriores relatos hagiográficos describieron diferentes tormentos sufridos antes de su muerte, aunque resulta difícil separar los acontecimientos históricos de los elementos incorporados por la devoción medieval. Su culto, en cambio, posee raíces muy antiguas y alcanzó una importancia considerable en la región catalana. La basílica de Sant Feliu de Girona conserva hasta nuestros días la memoria del mártir y constituye uno de los grandes testimonios arquitectónicos de la prolongada veneración que recibió.
San Secundino de Adrumeto
Secundino de Adrumeto figura entre los mártires de las antiguas comunidades cristianas del norte de África, una región que durante los primeros siglos produjo algunas de las figuras y testimonios más importantes del cristianismo latino. Adrumeto —la actual Susa, en Túnez— fue una relevante ciudad portuaria del Imperio romano y contó tempranamente con presencia cristiana. Los datos conservados acerca de Secundino son escasos, circunstancia habitual entre numerosos mártires cuyos nombres sobrevivieron en antiguos calendarios y martirologios mientras los detalles de sus biografías desaparecieron con el paso del tiempo. Su inclusión en el santoral conserva precisamente la memoria de aquellas comunidades africanas que atravesaron distintas etapas de persecución. Más que reconstruir una biografía que las fuentes no permiten conocer con certeza, su figura recuerda la profunda importancia que tuvo el norte de África en el desarrollo inicial del cristianismo occidental.
Santa Caridad
Caridad —también conocida en diferentes tradiciones como Ágape— aparece vinculada a la antigua historia de santa Sofía y sus tres hijas: Fe, Esperanza y Caridad. Sus nombres poseen un evidente significado simbólico relacionado con las virtudes cristianas, razón por la cual los relatos sobre ellas adquirieron una extraordinaria difusión en las Iglesias de Oriente y posteriormente en Occidente. La tradición sostiene que las tres niñas fueron martirizadas en Roma mientras su madre presenciaba su sufrimiento y que Sofía murió poco después junto a sus sepulturas. Sin embargo, la documentación histórica disponible no permite comprobar los detalles de esta narración y buena parte de su desarrollo pertenece al terreno hagiográfico. Su permanencia en la tradición cristiana se explica especialmente por la fuerza simbólica de sus nombres: la fe, la esperanza y la caridad quedaron representadas como virtudes capaces de mantenerse incluso ante la adversidad.
San Ethelwoldo de Winchester
Ethelwoldo —también escrito Æthelwold— fue una de las personalidades decisivas de la renovación monástica inglesa durante el siglo X. Nació aproximadamente en el año 904 y recibió formación religiosa antes de incorporarse al gran movimiento de reforma que buscaba recuperar una observancia más estricta de la Regla de san Benito. Como abad de Abingdon y posteriormente obispo de Winchester promovió la restauración de monasterios, reorganizó comunidades religiosas y favoreció intensamente la educación y la producción de manuscritos. Su actividad coincidió con un periodo de fortalecimiento político y cultural del reino inglés, y su influencia trascendió ampliamente los límites de su diócesis. Murió el 1 de agosto de 984. La tradición lo recuerda no solamente como obispo y reformador, sino también como uno de los responsables del renacimiento intelectual y artístico que acompañó a la vida monástica inglesa en el siglo X.





Música para recordar el ayer
/… MINA MAZZINI: UNA VOZ QUE SE VOLVIÓ PARTE DE LA HISTORIA DE ITALIA




DESDE EL ROCK DE SU JUVENTUD HASTA LAS GRANDES CANCIONES DE AMOR, EL JAZZ, LA TELEVISIÓN Y SUS ENCUENTROS CON CELENTANO, MINA CONSTRUYÓ UNA CARRERA DE MÁS DE SEIS DÉCADAS EN LA QUE SU VOZ TERMINÓ SIENDO MUCHO MÁS FAMOSA QUE SU PROPIA IMAGEN
Anna Maria Mazzini nació el 25 de marzo de 1940 en Busto Arsizio, Lombardía, aunque Cremona fue la ciudad de su infancia y el lugar al que quedaría sentimentalmente vinculada. Creció en los años en que Italia dejaba lentamente atrás las privaciones de la posguerra y comenzaba a descubrir una modernidad que también llegaba por la radio y los discos. Desde Estados Unidos entraban el jazz, el rhythm and blues y el rock and roll, músicas que fascinaban a una generación dispuesta a romper con el gusto de sus padres. Mina perteneció plenamente a ella. Todavía no era la sofisticada intérprete de las grandes baladas; era una muchacha que quería cantar con la energía de aquella música nueva.
Su entrada profesional al espectáculo ocurrió a finales de los años cincuenta, después de haberse atrevido a cantar durante unas vacaciones familiares en Forte dei Marmi. Comenzó a presentarse con músicos de Cremona y durante un breve periodo utilizó el nombre Baby Gate para algunas grabaciones orientadas al rock, mientras otras aparecían ya firmadas simplemente como Mina. La duplicidad duró poco: aquella joven tenía demasiada personalidad para necesitar un seudónimo construido a la manera estadounidense. En 1959 empezaron a llegar canciones como Tintarella di luna y poco después Il cielo in una stanza, escrita por Gino Paoli, mostró que detrás de la cantante juvenil existía una intérprete de una profundidad mucho mayor. La canción se convirtió en uno de sus primeros éxitos monumentales y abrió el camino hacia la Mina que Italia terminaría reconociendo durante generaciones.
DE “TINTARELLA DI LUNA” A “SE TELEFONANDO”: LA MUCHACHA DEL ROCK SE CONVIERTE EN LA GRAN VOZ ITALIANA
Los primeros años sesenta fueron vertiginosos. Mina participó en el Festival de Sanremo, apareció constantemente en televisión y comenzó a encadenar canciones populares mientras desarrollaba una manera de cantar que escapaba a las clasificaciones sencillas. Tenía potencia suficiente para imponerse sobre una gran orquesta, pero su verdadera riqueza estaba en el control: podía contener la voz, retrasar una frase, quebrarla ligeramente o lanzar una nota con una facilidad que hacía parecer natural algo técnicamente complejo. Por eso logró sobrevivir al primer rock italiano cuando muchos de quienes habían comenzado junto a ella quedaron asociados exclusivamente con aquella época.
En 1963 ocurrió uno de los episodios personales que más influyeron en su imagen pública. Mina esperaba un hijo del actor Corrado Pani, quien continuaba legalmente casado. En la Italia de aquellos años la situación provocó un enorme escándalo y la RAI la apartó temporalmente de sus programas. Mina decidió continuar con su embarazo y nació Massimiliano Pani. El público, lejos de abandonarla, siguió comprando sus discos, y finalmente volvió a la televisión. El episodio resulta importante en su biografía no porque deba convertir toda su trayectoria en una historia de desafío social, sino porque demuestra hasta qué punto su popularidad había dejado de depender de la aprobación institucional.
La segunda mitad de los sesenta fue decisiva para su madurez artística. E se domani se convirtió en una de esas interpretaciones donde la canción parece construirse alrededor de la respiración de quien la canta. En 1966 llegó Se telefonando, compuesta musicalmente por Ennio Morricone con letra de Maurizio Costanzo y Ghigo De Chiara. La estructura poco convencional de la pieza encontró en Mina una intérprete capaz de recorrer sus cambios sin perder naturalidad y terminó convirtiéndose en uno de los títulos imprescindibles de su repertorio.
A esa etapa pertenecen también Un anno d’amore, Sono come tu mi vuoi, La voce del silenzio y otras grabaciones que fueron alejándola definitivamente de cualquier etiqueta juvenil. Mina podía interpretar composiciones de procedencias muy distintas y hacerlas reconocibles por una cualidad difícil de describir técnicamente: parecía encontrar el punto exacto donde una canción dejaba de ser una melodía bien cantada y comenzaba a sentirse como una experiencia personal.
Su imagen evolucionó al mismo tiempo. La joven rockera de los comienzos dejó paso a una mujer cada vez más sofisticada, con un estilo visual atrevido y una presencia televisiva extraordinaria. Los ojos intensamente maquillados, las cejas prácticamente eliminadas y los constantes cambios de apariencia hicieron de ella un personaje visualmente inconfundible. Pero la imagen nunca consiguió imponerse sobre la voz; funcionaba como su complemento.
Los años setenta encontraron a Mina en plena madurez. Llegaron entonces algunos de los éxitos que más profundamente quedarían asociados con ella. Insieme, Amor mio y especialmente Grande grande grande mostraron una intérprete capaz de hacer del conflicto amoroso un pequeño drama musical. En 1972 grabó junto a Alberto Lupo Parole parole, construida alrededor del contraste entre la voz cantada de Mina y las frases habladas de Lupo. La canción atravesó las fronteras italianas, tuvo numerosas versiones en otros idiomas y terminó incorporándose a la cultura popular mucho más allá de su grabación original.
También apareció E poi, otro de los grandes momentos de su repertorio, mientras sus álbumes confirmaban que Mina no era únicamente una artista de sencillos. Discos como Mina, Cinquemilaquarantatre, Frutta e verdura y Mina® fueron mostrando su capacidad para elegir compositores, músicos y arreglos sin quedar subordinada a una sola fórmula comercial.
EL AMOR, LA TELEVISIÓN Y LOS AÑOS EN QUE MINA PODÍA CONVERTIR CASI CUALQUIER CANCIÓN EN SUYA
La vida sentimental de Mina continuó desarrollándose bajo una atención pública considerable. En 1970 se casó con el periodista Virgilio Crocco y al año siguiente nació Benedetta Mazzini. La relación terminó y posteriormente Crocco murió en un accidente automovilístico. Mina continuó criando a sus hijos mientras mantenía una actividad profesional intensa. Massimiliano acabaría dedicándose también a la música como compositor, arreglista y productor, mientras Benedetta desarrollaría una carrera relacionada con la actuación, la radio y la televisión.
Durante esos años Mina alcanzó una posición excepcional dentro de la RAI. Sus apariciones en programas como Studio Uno, Canzonissima, Teatro 10 y Milleluci permitieron verla junto a algunos de los grandes nombres del espectáculo italiano. Uno de sus encuentros históricos fue el dueto con Lucio Battisti en 1972, cuando ambos enlazaron varias canciones del compositor en una actuación que quedó como testimonio de dos talentos extraordinarios coincidiendo en el momento de mayor creatividad de la canción italiana.
Mina poseía además una cualidad que explica la extraordinaria extensión de su repertorio: no establecía fronteras rígidas entre la música considerada popular y la sofisticada. Podía acercarse a canciones de Battisti, Gino Paoli, Bruno Lauzi, Ennio Morricone o Paolo Conte, explorar estándares internacionales, cantar en otros idiomas y regresar después a una balada italiana sin que ninguno de esos movimientos pareciera artificial. No intentaba demostrar versatilidad; simplemente la tenía.
Su relación con Lucio Battisti produjo algunas interpretaciones particularmente recordadas. Canciones como Io e te da soli, Amor mio e Insieme, nacidas de la colaboración autoral de Battisti y Mogol, encontraron en Mina una voz diferente de la del propio compositor y ayudaron a consolidar uno de los encuentros más fértiles de la música italiana de aquellos años.
Sin embargo, precisamente cuando su exposición televisiva era enorme, Mina comenzó a reducirla. En 1974 realizó sus últimas apariciones regulares en televisión y en 1978 ofreció sus conciertos finales en Bussoladomani, en la Toscana. A partir de entonces dejó de actuar ante el público. La decisión no significó abandonar su carrera, sino concentrarla casi exclusivamente en el lugar donde parecía sentirse más libre: el estudio.
Ese cambio coincidió con una etapa en la que su catálogo continuó creciendo. Llegaron álbumes dobles, proyectos dedicados a distintos compositores, versiones de canciones internacionales y una producción que se mantendría sorprendentemente constante durante décadas. Su voz también fue transformándose: perdió algunos rasgos juveniles y adquirió otros colores, mayor gravedad y una textura que Mina supo incorporar en lugar de combatir.
En el terreno personal se estableció desde hacía tiempo en Suiza y posteriormente adquirió también esa nacionalidad. Su relación con el cardiólogo Eugenio Quaini se prolongó durante años y ambos se casaron en 2006. Alejada de la maquinaria cotidiana de la celebridad, encontró una estabilidad privada muy distinta de la exposición que había acompañado su juventud.
DE CELENTANO A LAS NUEVAS GENERACIONES: UNA CARRERA QUE CONTINUÓ MUCHO DESPUÉS DE SU ÚLTIMO CONCIERTO
La ausencia de los escenarios produjo un fenómeno poco habitual: mientras desaparecía la figura pública, seguían apareciendo nuevas grabaciones. Mina no necesitó organizar regresos porque musicalmente nunca se había marchado. Durante los años ochenta y noventa publicó regularmente y continuó incorporando autores y repertorios diferentes. Entre las canciones que fueron sumándose a su historia se encuentran Ancora ancora ancora, convertida con el paso del tiempo en una de sus interpretaciones más reconocibles, y muchas otras que permitieron que su carrera no quedara congelada en los éxitos de los sesenta y setenta.
En 1998 ocurrió uno de los acontecimientos discográficos más importantes de su madurez: el encuentro con Adriano Celentano en el álbum Mina Celentano. Los dos habían surgido prácticamente de la misma revolución musical italiana de finales de los cincuenta, pero representaban personalidades opuestas. Celentano había hecho de su presencia pública parte fundamental del personaje; Mina llevaba veinte años sin ofrecer conciertos. Juntos consiguieron un éxito enorme, impulsado por canciones como Acqua e sale y Brivido felino. El disco demostró que la reunión de dos figuras históricas podía producir música nueva y popular en lugar de limitarse a explotar recuerdos.
La colaboración se repetiría muchos años después con Le migliori, publicado en 2016. Para entonces ambos llevaban cerca de seis décadas de trayectoria y seguían despertando una atención reservada a muy pocos artistas de su generación.
Mina continuó explorando además repertorios inesperados. Grabó canciones napolitanas, proyectos de jazz, homenajes y trabajos construidos alrededor de compositores determinados. En distintos momentos se acercó a canciones asociadas con Frank Sinatra, The Beatles y numerosos autores italianos, demostrando una curiosidad musical que sobrevivió a las modas que fueron apareciendo y desapareciendo a su alrededor.
Su influencia tampoco quedó encerrada en Italia. Ha cantado en varios idiomas y su obra encontró públicos importantes en otros países europeos y en América Latina. Versiones y adaptaciones de sus canciones circularon ampliamente, mientras intérpretes de distintas generaciones reconocieron la importancia de una cantante cuya técnica nunca estuvo separada de la emoción.
Al recorrer su trayectoria aparecen títulos que bastarían para sostener varias carreras: Tintarella di luna, Il cielo in una stanza, E se domani, Se telefonando, Un anno d’amore, Insieme, Amor mio, Grande grande grande, Parole parole, E poi, Ancora ancora ancora, y posteriormente Acqua e sale, entre muchos otros. Pero la importancia de Mina no surge de sumar canciones famosas. Está en la manera en que esas canciones acompañaron la transformación de una intérprete durante más de sesenta años.
La joven que comenzó acercándose al rock terminó siendo capaz de cantar prácticamente cualquier repertorio sin perder identidad. La estrella televisiva de los años sesenta se convirtió en una artista de estudio. La voz brillante de la juventud adquirió con el tiempo una profundidad distinta y Mina permitió que esa transformación quedara registrada en sus discos.
Ahí se encuentra probablemente una de las razones de su permanencia. Nunca intentó quedarse eternamente en 1960, 1970 o 1980. Dejó que el tiempo entrara en su voz y continuó trabajando desde allí.
Mina Mazzini ocupa por eso un lugar difícil de reproducir dentro de la música italiana. Su historia reúne éxito popular, riesgo artístico, grandes compositores, televisión, decisiones personales controvertidas para su época y una longevidad extraordinaria. Pero, por encima de todo, existe una voz.
Una voz que hizo inolvidable Il cielo in una stanza, encontró otra dimensión en Se telefonando, convirtió Grande grande grande en una declaración sentimental, jugó con la seducción y el desencanto en Parole parole, volvió a conquistar al gran público junto a Celentano con Acqua e sale y continuó grabando cuando hacía décadas que nadie podía comprar una entrada para verla cantar.
Ésa es la singularidad de Mina: su leyenda no se construyó porque desapareciera, sino porque después de hacerlo tuvo suficiente música para no necesitar regresar.
(By Notas de Libertad).
Grande, Grande, Grande.
Parole parole.
Amor Mío.
/… ADRIANO CELENTANO: EL ITALIANO QUE HIZO DE SU REBELDÍA UNA MANERA DE ESTAR EN EL MUNDO




DE LOS BARRIOS POPULARES DE MILÁN A MÁS DE SEIS DÉCADAS DE FAMA, CONSTRUYÓ UNA VIDA ENTRE LA MÚSICA, EL CINE, LA TELEVISIÓN Y UNA PERSONALIDAD QUE NUNCA NECESITÓ PARECERSE A NADIE
Adriano Celentano nació en Milán el 6 de enero de 1938 y pertenece a una generación de artistas que no sólo acompañó la transformación de Italia después de la Segunda Guerra Mundial, sino que terminó formando parte de ella. Sus padres procedían de Apulia, en el sur italiano, y habían emigrado hacia el norte, como tantas familias que buscaban mejores posibilidades en las ciudades industriales. Adriano fue el menor de cinco hermanos y creció en un ambiente popular, lejos de cualquier destino que permitiera imaginar que aquel muchacho acabaría convirtiéndose en uno de los personajes más reconocibles del espectáculo italiano. La Via Gluck, la calle milanesa donde nació y pasó parte de sus primeros años, quedaría para siempre vinculada con su historia y mucho después reaparecería transformada en canción, memoria y símbolo de una ciudad que cambiaba demasiado rápido.
Su educación escolar fue breve. Dejó las aulas siendo todavía muy joven y pasó por diferentes trabajos antes de dedicarse profesionalmente a la música. Entre ellos estuvo el oficio de relojero, una ocupación aparentemente distante de los escenarios que, sin embargo, nunca desapareció del imaginario construido alrededor de su biografía. Celentano pertenecía al mundo del trabajo y del barrio mucho antes de pertenecer al mundo del espectáculo. Esa procedencia popular terminaría siendo importante porque nunca construyó la imagen refinada del cantante distante: incluso cuando alcanzó una enorme fama conservó algo del muchacho de Milán que observaba con ironía a quienes se tomaban demasiado en serio.
Durante su adolescencia descubrió la música estadounidense que comenzaba a cruzar el Atlántico. El rock and roll representaba entonces una ruptura. No se trataba solamente de nuevas canciones: era otra manera de mover el cuerpo, de vestir, de dirigirse a los jóvenes y de desafiar las formas tradicionales del entretenimiento. Celentano quedó fascinado por aquel lenguaje y comprendió intuitivamente que podía hacerlo suyo. No tenía interés en convertirse en una copia italiana de los artistas norteamericanos. Tomó de ellos la energía y la irreverencia, pero terminó construyendo algo profundamente personal.
UN MUCHACHO QUE BAILABA DISTINTO Y TERMINÓ CAMBIANDO LA MANERA DE MIRAR A UN CANTANTE
A finales de los años cincuenta Celentano comenzó a abrirse camino en los escenarios milaneses y rápidamente llamó la atención por una característica imposible de ocultar: no sabía —o no quería— permanecer quieto. Su cuerpo parecía acompañar la música con movimientos propios, elásticos, exagerados y en ocasiones deliberadamente cómicos. De ahí nació el sobrenombre de Il Molleggiato, que acabaría siguiéndolo durante toda su carrera. Aquella forma de bailar podía parecer una simple extravagancia juvenil, pero escondía algo que definiría su trayectoria: Celentano entendió muy pronto que un artista no solamente canta una canción; también crea una presencia.
Su participación en el movimiento inicial del rock italiano lo convirtió en uno de los rostros de una juventud que comenzaba a reclamar su propia música. El éxito de Il tuo bacio è come un rock confirmó que aquel muchacho excéntrico tenía algo más que movimientos llamativos. Poseía una voz áspera y reconocible, un sentido extraordinario del ritmo y, sobre todo, una personalidad capaz de atravesar las canciones. Poco después llegó al Festival de Sanremo y comenzó una relación con el gran escaparate de la canción italiana que tendría distintos capítulos a lo largo de los años.
Celentano tampoco quiso depender enteramente de las estructuras tradicionales de la industria discográfica. En 1961 impulsó el Clan Celentano, una iniciativa que le permitió reunir colaboradores y desarrollar proyectos con un grado de autonomía poco habitual para un intérprete joven de aquella época. Ese impulso empresarial revelaba otra faceta de su carácter: detrás del artista aparentemente espontáneo había alguien interesado en conservar capacidad de decisión sobre su carrera.
El cine apareció casi al mismo tiempo. Su imagen funcionaba demasiado bien frente a una cámara para que la industria cinematográfica italiana la ignorara. Participó en numerosas películas y llegó incluso a aparecer brevemente en La dolce vita, de Federico Fellini. Con los años dejó de ser simplemente “el cantante que actuaba” y construyó una carrera cinematográfica de enorme popularidad, especialmente dentro de la comedia. Su personaje habitual conservaba muchos elementos del Celentano musical: insolencia, humor, masculinidad desafiante, movimientos imprevisibles y una facilidad extraordinaria para convertir la pantalla en territorio propio.
Pero detrás de la velocidad con la que avanzaba aquella carrera ocurrió también el encuentro sentimental que marcaría su vida. A comienzos de los años sesenta conoció a Claudia Mori durante un rodaje. Se casaron en 1964 y formaron una familia con tres hijos, Rosita, Giacomo y Rosalinda. La relación sobrevivió al tipo de exposición, rumores, crisis y atención pública que acompaña inevitablemente a una pareja formada por dos figuras conocidas. Claudia no quedó relegada al papel de esposa de una celebridad: desarrolló su propia carrera artística y con el tiempo se convirtió además en una pieza importante de la organización profesional construida alrededor de Celentano.
DE “AZZURRO” A LA VIA GLUCK: CUANDO LA EXTRAVAGANCIA EMPEZÓ A CONVIVIR CON LA NOSTALGIA
A medida que dejó atrás la primera juventud, Celentano demostró que su permanencia no dependería exclusivamente del rock and roll. Fue ampliando registros y encontró una manera particular de combinar melodía italiana, ritmo, ironía y observación social. Su repertorio comenzó a acumular canciones que acabarían acompañando varias generaciones. Azzurro quedó unida de tal manera a su interpretación que terminó convertida en una de esas melodías capaces de evocar inmediatamente una cierta idea de Italia. Una carezza in un pugno, Soli, Il tempo se ne va, Susanna y otros títulos fueron construyendo una carrera que ya no podía explicarse mediante una sola época o un único género.
Entre todas aquellas canciones, Il ragazzo della via Gluck ocupa un lugar especialmente revelador porque llevó al artista nuevamente hacia el niño que había sido. La calle de su infancia se convirtió en el punto de partida para hablar del crecimiento urbano, del cemento que sustituye al paisaje y de la nostalgia provocada por aquello que desaparece en nombre del progreso. Celentano comenzaba a mostrar una preocupación ambiental que reaparecería muchas veces durante su vida pública. El hombre conocido inicialmente por bailar de manera extravagante demostraba que también podía mirar alrededor y preguntarse qué estaba perdiendo la sociedad mientras celebraba su modernización.
Su capacidad para jugar con las convenciones alcanzó uno de sus momentos más curiosos con Prisencolinensinainciusol. Celentano creó una canción construida con sonidos que recuerdan al inglés pero que, en realidad, forman un idioma inexistente. La ocurrencia tenía algo de broma y algo de experimento: demostraba cuánto puede comunicar una voz mediante ritmo, intención y sonoridad incluso cuando las palabras dejan de tener significado convencional. Décadas después, aquella rareza seguiría despertando curiosidad entre nuevas generaciones que ni siquiera habían nacido cuando fue grabada.
El cine, mientras tanto, convirtió su rostro en una presencia prácticamente familiar para el público italiano. Durante los años setenta y ochenta protagonizó numerosas películas y encontró en la comedia un territorio especialmente fértil. Títulos como Il bisbetico domato e Innamorato pazzo, junto a otras producciones de gran difusión, consolidaron una etapa en la que podía llenar salas cinematográficas al mismo tiempo que continuaba vendiendo discos. Su asociación en pantalla con actrices como Ornella Muti contribuyó además a construir algunas de las imágenes más recordadas de su carrera cinematográfica.
Celentano consiguió así algo poco frecuente: no necesitó abandonar una profesión para triunfar en otra. Cantaba, actuaba, componía, producía y comenzaba a utilizar la televisión de una manera cada vez más personal. En lugar de ir sustituyendo identidades, fue acumulándolas.
CLAUDIA MORI, LA TELEVISIÓN Y LA EXTRAÑA LIBERTAD DE UN HOMBRE QUE NUNCA QUISO SER SOLAMENTE CANTANTE
Con la madurez, la figura de Celentano adquirió una dimensión diferente. Ya no era únicamente una estrella del entretenimiento. Sus apariciones televisivas comenzaron a convertirse en acontecimientos porque nadie podía estar completamente seguro de lo que haría o diría. Podía cantar y detenerse después durante largos segundos; podía bromear, reflexionar sobre el medio ambiente, hablar de religión, cuestionar aspectos de la sociedad italiana o entrar en terrenos políticos capaces de generar controversia. Para algunos resultaba brillante; para otros, excesivo. La indiferencia, en cambio, rara vez acompañó su presencia pública.
Ese carácter explica buena parte de su longevidad. Celentano nunca permitió que la nostalgia lo convirtiera simplemente en una reliquia de los primeros años del rock italiano. Cuando ya llevaba décadas de carrera encontró nuevas maneras de acercarse al público y nuevos colaboradores. Su encuentro discográfico con Mina, otra institución de la música italiana, produjo a finales de los años noventa un éxito extraordinario y muchos años después ambos volverían a trabajar juntos. Dos artistas nacidos en otra época demostraban que podían seguir ocupando el centro de la conversación musical sin fingir pertenecer a una generación distinta.
Claudia Mori permaneció durante todo ese recorrido como una presencia esencial. Su historia matrimonial ha conocido momentos complejos y episodios ampliamente comentados por la prensa, pero atravesó más de medio siglo mientras ambos construían una familia y una estructura profesional compartida. En una industria donde las relaciones suelen medirse en temporadas, la permanencia de la pareja terminó convirtiéndose también en parte de la historia pública de Celentano.
Con el tiempo disminuyeron sus apariciones y se volvió más selectivo. Ya no necesitaba demostrar presencia constante. Había alcanzado una posición desde la cual incluso sus silencios podían despertar atención. Para entonces su trayectoria atravesaba la segunda mitad del siglo XX y se internaba profundamente en el XXI: desde los discos de vinilo y el nacimiento del rock italiano hasta la televisión masiva, el CD, internet y las plataformas digitales. Pocos artistas europeos pueden contemplar una carrera tan larga sin encontrar en ella un periodo prolongado de desaparición.
Adriano Celentano ha vendido decenas de millones de discos y ha dejado una extensa filmografía, pero las cifras explican sólo una parte de su permanencia. Lo verdaderamente singular es que nunca terminó de caber dentro de una sola definición. Fue pionero del rock italiano sin permanecer encerrado en el rock; actor sin abandonar la música; presentador sin convertirse simplemente en hombre de televisión; provocador capaz de mostrarse profundamente religioso; estrella popular interesada en cuestiones ambientales y sociales; personaje cómico que podía introducir inesperadamente una reflexión seria.
Aquel muchacho nacido en la Via Gluck terminó convirtiéndose en una figura inseparable de la cultura popular italiana porque hizo de sus contradicciones una identidad. Nunca necesitó presentarse como el cantante perfecto, el actor perfecto ni el intelectual que poseía respuestas para todo. Su fuerza estuvo precisamente en otra parte: en atreverse a ocupar cada escenario como si las reglas todavía pudieran discutirse.
Y después de más de seis décadas de trayectoria, quizá ésa sea la mejor manera de comprender a Adriano Celentano. No como el hombre de una canción, una película o una época, sino como alguien que comenzó imitando los movimientos rebeldes del rock and roll y terminó descubriendo que la verdadera rebeldía consistía en conservar, durante toda una vida, la libertad de seguir siendo imprevisible.
Azzurro.
La Coppia Piu Bella Del Mondo (Con Claudia Morí).
Susana.

MIL SOLES ESPLÉNDIDOS
De: KHALED HOSSEINI




Resumen.
MIL SOLES ESPLÉNDIDOS
LA HISTORIA DE MARIAM Y LAILA, DOS MUJERES UNIDAS POR LA GUERRA, LA VIOLENCIA Y UN AFECTO CAPAZ DE SOBREVIVIR A LA DEVASTACIÓN DE AFGANISTÁN
Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini, es la historia de dos mujeres que nacieron con casi dos décadas de diferencia y que parecían destinadas a no encontrarse jamás. Mariam llega al mundo en los alrededores de Herat, marcada desde niña por el rechazo y por una condición que otros utilizan para hacerla sentir inferior. Laila nace después, en Kabul, dentro de una familia que imagina para ella estudios, independencia y una vida distinta. Una aprende muy pronto a soportar; la otra crece pensando que podrá elegir. Sin embargo, la guerra termina empujándolas hacia la misma casa, el mismo hombre y una existencia en la que sobrevivir se convierte en una tarea cotidiana.
La novela recorre varias décadas de Afganistán y permite que la historia del país avance al mismo tiempo que la de sus protagonistas. Golpes de Estado, ocupación soviética, resistencia armada, guerra entre facciones, ascenso de los talibanes y destrucción de Kabul van modificando el destino de los personajes. Pero Hosseini no cuenta esos acontecimientos desde los grandes centros del poder. Los hace entrar por las ventanas de una casa, caer sobre una calle, separar a dos enamorados, matar a una familia o imponer nuevas prohibiciones a quienes ya vivían con pocas libertades. La tragedia nacional termina convirtiéndose así en tragedia doméstica.
MARIAM: LA NIÑA QUE CRECIÓ PENSANDO QUE NO TENÍA DERECHO A PEDIRLE NADA A LA VIDA
Mariam es hija de Nana y Jalil. Su padre es un hombre acomodado de Herat, propietario de negocios, con esposas e hijos reconocidos. Nana, en cambio, vive apartada junto con Mariam en una humilde vivienda construida lejos de la familia legítima de Jalil. Desde pequeña, Mariam conoce el significado de ser considerada una hija ilegítima y escucha de su propia madre palabras que van construyendo en ella la idea de que nació ocupando un lugar que socialmente no le correspondía.
A pesar de ello, Mariam adora a Jalil. Espera sus visitas, escucha fascinada sus historias e imagina la casa donde él vive como un mundo al que algún día podría pertenecer. Mientras Nana contempla al hombre desde el resentimiento, la niña lo mira desde la ilusión. También encuentra cariño y educación religiosa en el mulá Faizullah, una de las pocas personas que la trata con auténtica ternura.
Cuando cumple quince años, Mariam pide a su padre que la lleve al cine. Jalil acepta, pero llegado el momento no aparece. La muchacha, desobedeciendo a Nana, decide caminar hasta Herat para buscarlo. Frente a la casa de su padre descubre la verdad que durante años había evitado mirar: Jalil se encuentra allí, pero no está dispuesto a recibirla. Mariam pasa la noche afuera y finalmente es conducida de regreso.
Cuando vuelve encuentra a Nana muerta. Su madre se ha quitado la vida.
La pérdida deja a Mariam atrapada entre el dolor y la culpa. Se traslada entonces a la casa de Jalil, pero tampoco allí encuentra el hogar que había imaginado. Las esposas de su padre buscan resolver cuanto antes aquella presencia incómoda y acuerdan casarla con Rasheed, un zapatero de Kabul considerablemente mayor que ella.
Mariam suplica que no la obliguen. Espera, una vez más, que Jalil la defienda. Pero su padre vuelve a elegir la comodidad de su propia vida antes que a su hija. Poco después Mariam abandona Herat y viaja con Rasheed hacia Kabul.
Su matrimonio comienza con una aparente normalidad. Rasheed le muestra algunos lugares de la ciudad, le compra cosas y parece dispuesto a construir una familia. Sin embargo, detrás de aquellas atenciones existe una expectativa que pronto se vuelve obsesiva: quiere un hijo, particularmente un varón.
Mariam queda embarazada y por primera vez cree haber encontrado una posibilidad de felicidad. Pero pierde al bebé. Después vienen otros embarazos y nuevas pérdidas. Con cada uno de ellos Rasheed se vuelve más frío, más humillante y más violento.
El hombre que alguna vez pareció tolerante revela progresivamente su verdadera naturaleza. Controla a Mariam, la desprecia, la castiga y convierte la casa en un territorio gobernado por el miedo. Ella aprende a anticipar su humor, a guardar silencio y a intentar no provocar una violencia que, en realidad, no depende de lo que haga.
Mientras tanto, Afganistán cambia. Los gobiernos caen, los soviéticos intervienen, la resistencia crece y las guerras se suceden. Mariam envejece dentro de aquella casa mientras afuera el país también comienza a romperse.
A pocas calles de allí está creciendo otra niña.
Se llama Laila.
LAILA: EL AMOR DE TARIQ, LA DESTRUCCIÓN DE KABUL Y EL ENCUENTRO DE DOS DESTINOS
Laila crece en una familia muy diferente. Su padre, Hakim, es un hombre educado que considera indispensable que su hija estudie. Cree que Afganistán necesitará algún día mujeres preparadas para reconstruirse y quiere que Laila pueda decidir su propio futuro.
Su madre, Fariba, es una mujer de carácter fuerte cuya vida termina consumida por la guerra. Sus dos hijos mayores, Ahmad y Noor, se incorporan a la lucha contra los soviéticos, y la preocupación por ellos ocupa buena parte de su existencia. Cuando ambos mueren, Fariba queda emocionalmente devastada.
En medio de aquella familia y de una ciudad cada vez más amenazada está Tariq.
Tariq y Laila crecen juntos. Él perdió una pierna siendo niño debido a una mina, pero la discapacidad no determina su personalidad. Es orgulloso, decidido, divertido y profundamente protector con Laila. Lo que comienza como amistad infantil se transforma, con los años, en un amor que ninguno puede seguir ocultando.
Mientras ellos descubren ese sentimiento, Kabul se convierte en campo de batalla. Tras la retirada soviética y la caída del gobierno respaldado por Moscú, distintas facciones de los muyahidines se disputan el poder. Los proyectiles caen sobre barrios enteros y la muerte puede llegar desde cualquier punto de la ciudad.
La familia de Tariq decide abandonar Afganistán.
Antes de partir, Tariq pide a Laila que se marche con ellos. Ella lo ama, pero no puede abandonar a sus padres. La separación parece definitiva y, en las horas previas a la despedida, ambos se entregan al amor que habían guardado durante años.
Después de la partida de Tariq, la situación se vuelve insoportable. Finalmente, incluso Fariba acepta abandonar Kabul. La familia prepara sus pertenencias y Laila comienza a imaginar que quizá todavía pueda alcanzar a Tariq en algún lugar.
No ocurre.
Un proyectil alcanza la casa.
Los padres de Laila mueren y ella queda gravemente herida.
Rasheed y Mariam la rescatan de entre la destrucción y la llevan a su casa para que se recupere. Allí, todavía débil, Laila recibe la visita de un hombre que asegura haber coincidido con Tariq durante sus últimos días. Le cuenta que el joven sufrió heridas terribles y que finalmente murió.
Laila siente que ha perdido todo: sus hermanos, sus padres y ahora también a Tariq.
Pero guarda un secreto que modifica completamente su situación.
Está embarazada.
El hijo es de Tariq.
Rasheed comienza a interesarse en ella y finalmente le propone matrimonio. Laila entiende perfectamente lo que significa aceptar, pero también comprende la vulnerabilidad absoluta de una joven embarazada y sola en una ciudad destruida por la guerra. Decide casarse con él y hacer pasar al bebé por hijo de Rasheed.
Para Mariam, la llegada de Laila como segunda esposa resulta dolorosa. Después de años de humillaciones interpreta inicialmente a la muchacha como una nueva amenaza. Rasheed aprovecha la juventud de Laila para aumentar todavía más su desprecio hacia Mariam.
Pero nace Aziza.
Y la niña cambia la relación entre las dos mujeres.
Rasheed se siente decepcionado porque esperaba un varón y poco a poco comienza a mostrar hacia Aziza una indiferencia que contrasta con el amor absoluto de Laila. Mariam, que perdió todos los hijos que esperaba, encuentra en la pequeña una ternura que creía perdida.
Laila y Mariam comienzan entonces a acercarse.
Primero comparten pequeños gestos. Después conversaciones. Finalmente secretos.
La rivalidad que Rasheed habría preferido mantener entre ellas se convierte en solidaridad. Laila encuentra en Mariam algo parecido a una madre; Mariam descubre en Laila y Aziza la familia que nunca tuvo.
Laila termina confesándole la verdad sobre Tariq y Aziza.
Las dos empiezan a imaginar una fuga.
Ahorran dinero secretamente y preparan su salida de Kabul, pero viajar siendo mujeres sin la compañía de un hombre resulta extremadamente difícil. Intentan conseguir la ayuda de un desconocido para hacerse pasar por miembros de su familia. El plan fracasa. Son descubiertas y devueltas a Rasheed.
La reacción es despiadada.
Las golpea, las encierra y deja perfectamente claro que otro intento podría costarles la vida.
Poco después los talibanes toman Kabul.
Las restricciones contra las mujeres se multiplican. Se limita su presencia en los espacios públicos, se restringe su educación, se imponen normas estrictas de vestimenta y comportamiento y desaparecen libertades que Laila había conocido durante su infancia.
La cárcel doméstica de Rasheed parece extenderse ahora sobre toda la ciudad.
Laila vuelve a quedar embarazada. Esta vez nace Zalmai, hijo de Rasheed. El hombre vuelca sobre el niño el cariño que nunca concedió a Aziza y gasta en él incluso cuando la familia comienza a hundirse económicamente.
La pobreza termina volviéndose desesperante. Rasheed pierde posibilidades de trabajo, escasea la comida y llega un momento en que mantener a todos resulta imposible.
Aziza es enviada a un orfanato.
Para Laila supone una separación devastadora. Intenta visitar a su hija siempre que puede, recorriendo una ciudad donde una mujer sola puede ser detenida y castigada. Aun así continúa haciéndolo porque abandonar emocionalmente a Aziza sería aceptar una derrota que no está dispuesta a conceder.
Entonces ocurre algo que parecía imposible.
Un día, Tariq aparece en la puerta.
Está vivo.
La historia que Laila escuchó años atrás había sido un engaño preparado para convencerla de que el hombre al que amaba había muerto. Tariq sobrevivió a la huida de Afganistán, atravesó años difíciles, perdió a sus padres, conoció la cárcel y finalmente consiguió establecerse en Pakistán.
El reencuentro rompe todas las defensas de Laila.
Ella le revela que Aziza es su hija.
Pero Zalmai, demasiado pequeño para comprender lo ocurrido, cuenta a Rasheed que un hombre estuvo en casa.
Rasheed entiende quién era.
Y aquella noche desencadena la violencia definitiva.
Golpea brutalmente a Laila. La derriba y comienza a estrangularla. Mariam observa y comprende que esta vez no habrá un castigo seguido de arrepentimiento ni otra noche de terror que termine al amanecer.
Rasheed va a matar a Laila.
Mariam toma una pala.
Lo golpea.
Y después vuelve a hacerlo.
Rasheed muere.
EL ÚLTIMO ACTO DE MARIAM Y LA VIDA QUE CONTINÚA DESPUÉS DE ELLA
La muerte de Rasheed abre por unos instantes una posibilidad de libertad, pero Mariam comprende inmediatamente la realidad. Si todas desaparecen, serán perseguidas. Laila quiere que huyan juntas con Tariq y los niños, pero Mariam sabe que la presencia de una mujer buscada por asesinato puede terminar destruyendo la oportunidad que acaba de abrirse.
Entonces toma la decisión más importante de su vida.
Se quedará.
Laila intenta convencerla, pero Mariam ya ha elegido. Durante casi toda su existencia otros decidieron por ella: dónde vivir, con quién casarse, qué soportar, cuándo callar. Ahora, paradójicamente, cuando sabe que probablemente morirá, toma una decisión enteramente suya.
Quiere que Laila viva.
Quiere que Aziza tenga a su padre.
Quiere que Zalmai pueda crecer lejos de aquella casa.
Y quiere que la familia que encontró cuando ya creía imposible ser amada tenga una oportunidad.
Mariam se entrega.
Es encarcelada y sometida a juicio por las autoridades talibanes. Su destino está prácticamente decidido desde el principio. Finalmente es condenada a muerte.
En los momentos anteriores a su ejecución piensa en su vida. Ya no es únicamente la niña abandonada por Jalil, ni la hija que perdió a Nana, ni la esposa que durante años soportó a Rasheed, ni la mujer que nunca consiguió tener hijos propios.
Fue amada.
Laila la amó. Aziza la amó. Y ella conoció finalmente una forma de maternidad que no necesitó de la sangre para existir.
Mariam muere sabiendo que su último acto ha salvado a quienes constituyeron su verdadera familia.
Laila, Tariq, Aziza y Zalmai consiguen abandonar Afganistán y se instalan en Pakistán. Allí comienza una vida que durante años había parecido imposible.
Laila y Tariq finalmente pueden estar juntos. Se casan y Aziza conoce la verdad sobre su padre. Entre ella y Tariq nace rápidamente el vínculo que les había sido arrebatado.
Para Zalmai el proceso es más difícil. Rasheed era su padre y con él había mostrado una cara distinta de la que conocían las mujeres de la casa. El niño pregunta por su ausencia y tarda en aceptar a Tariq. Nadie puede explicarle todavía toda la verdad.
La familia aprende poco a poco a vivir sin miedo.
Pero Afganistán permanece dentro de Laila.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la intervención estadounidense provoca la caída del régimen talibán y comienza una nueva etapa. Laila siente entonces que debe regresar. No porque el país se haya convertido repentinamente en un lugar seguro, sino porque entiende que también le pertenece la responsabilidad de reconstruir aquello que la guerra destruyó.
Antes de volver definitivamente a Kabul hace un viaje a Herat.
Necesita conocer el mundo del que provenía Mariam.
Busca el lugar donde vivió, reconstruye fragmentos de su infancia y entra en contacto con la familia del mulá Faizullah. Allí descubre algo que llega demasiado tarde para Mariam, pero que permite cerrar una de las heridas más antiguas de la novela.
Jalil había intentado buscar a su hija años después.
Había dejado para ella una carta y una herencia. En aquellas palabras reconocía el daño que le causó y expresaba un arrepentimiento que nunca tuvo el valor de comunicarle personalmente.
Mariam murió sin leerlas.
Laila sí puede hacerlo.
Y de alguna manera recibe en nombre de su amiga aquello que llegó demasiado tarde: el reconocimiento del padre cuya aceptación Mariam había esperado desde niña.
Después, Laila regresa con Tariq y los niños a Kabul.
La ciudad sigue llena de cicatrices. Las casas destruidas, los recuerdos de los muertos y las consecuencias de décadas de guerra continúan allí. Pero también comienza una reconstrucción.
Laila decide participar en ella.
Trabaja como maestra y colabora con el orfanato donde alguna vez tuvo que dejar a Aziza. El lugar que simbolizó uno de los momentos más dolorosos de su vida se convierte ahora en un espacio desde el cual puede ayudar a otros niños.
Está embarazada nuevamente.
La familia espera otro hijo.
Y aunque Mariam no está físicamente con ellos, permanece en la vida cotidiana de Laila. Está en la libertad que consiguió para ella, en Aziza, en Zalmai, en la casa que pudieron construir y en la posibilidad de que una nueva criatura nazca en circunstancias diferentes.
Por eso Mil soles espléndidos no termina realmente con la ejecución de Mariam.
Termina con aquello que su sacrificio hizo posible.
Khaled Hosseini construye alrededor de estas dos mujeres una historia en la que Afganistán no es solamente el escenario de la novela, sino una presencia constante. Las guerras destruyen familias, modifican costumbres, producen desplazamientos y convierten decisiones privadas en asuntos de supervivencia. Cada transformación política del país termina afectando directamente la mesa, la escuela, la calle y el interior de los hogares.
Pero el centro emocional permanece en Mariam y Laila.
Una nació aprendiendo que debía aceptar lo que le tocara. La otra creció creyendo que podría decidir su destino. La historia terminó arrebatándoles muchas cosas a ambas, pero no consiguió impedir que construyeran entre ellas una forma de amor que Rasheed jamás pudo comprender.
Mariam no tuvo los hijos que deseó, pero terminó siendo madre.
Laila perdió prácticamente todo lo que conocía, pero consiguió volver a empezar.
Y las dos demostraron que incluso dentro de una casa dominada por el miedo podía nacer una lealtad capaz de enfrentarse a aquello que parecía invencible.
Ésa termina siendo la fuerza profunda de Mil soles espléndidos: no contar únicamente cuánto puede soportar una persona, sino mostrar aquello que puede llegar a hacer cuando finalmente encuentra a alguien por quien vale la pena dejar de soportar.
Sobre el autor.
KHALED HOSSEINI: EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A REGRESAR A AFGANISTÁN A TRAVÉS DE LAS PALABRAS
MÉDICO, REFUGIADO, ESCRITOR Y HUMANITARIO, SU VIDA QUEDÓ MARCADA POR LA DISTANCIA DE LA TIERRA DONDE NACIÓ Y POR UNA LITERATURA QUE TERMINÓ CONVIRTIENDO LA MEMORIA EN SU MANERA DE VOLVER A CASA
Khaled Hosseini nació en Kabul, Afganistán, el 4 de marzo de 1965, dentro de una familia en la que la educación y el servicio público formaban parte de la vida cotidiana. Su padre trabajaba para el Ministerio de Asuntos Exteriores afgano y su madre era profesora de lengua persa e historia. Sus primeros años transcurrieron, por tanto, en un Afganistán muy diferente del que décadas después conocería buena parte del mundo a través de las imágenes de guerra, destrucción y fanatismo religioso. El Kabul de su infancia era también una ciudad de escuelas, comercios, reuniones familiares, cines, jardines y una vida cultural que permanecería profundamente arraigada en su memoria. Comprender esa primera etapa resulta esencial para entender al escritor que llegaría después, porque Hosseini no recuerda Afganistán únicamente como el territorio de una tragedia histórica: antes que todo eso, fue su casa.
La actividad diplomática de su padre provocó algunos desplazamientos familiares durante su niñez y, en 1976, cuando Khaled tenía once años, la familia se trasladó a París por un nuevo destino profesional. La estancia debía ser temporal. Sin embargo, mientras ellos se encontraban en Francia, Afganistán comenzó a precipitarse hacia una transformación política que acabaría impidiendo el regreso. El golpe comunista de 1978, la creciente inestabilidad y posteriormente la invasión soviética de 1979 convirtieron aquel viaje diplomático en una separación definitiva. La familia que había salido pensando en volver descubrió que el país al que pretendía regresar estaba entrando en una guerra que modificaría para siempre su historia.
EL EXILIO Y LA SEGUNDA VIDA DE UNA FAMILIA QUE TUVO QUE COMENZAR DE NUEVO
En 1980 la familia Hosseini obtuvo asilo político en Estados Unidos y se instaló en San José, California. Khaled tenía quince años. El cambio significó mucho más que aprender a vivir en otro país: implicó abandonar la posición social y profesional que la familia había conocido, adaptarse a otra lengua y comenzar prácticamente desde cero. El hijo de un diplomático afgano se convirtió en un adolescente refugiado que debía construir una nueva identidad mientras conservaba dentro de sí los recuerdos de un país al que ya no podía regresar. Aquella experiencia de desplazamiento acabaría acompañándolo durante toda su vida y explicaría, muchos años después, la cercanía con la que comprendería a quienes se ven obligados a abandonar su hogar.
Hosseini continuó sus estudios en California y eligió inicialmente un camino muy alejado de la literatura profesional. Estudió Biología en la Universidad de Santa Clara y se graduó en 1988. Después ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de California en San Diego, donde obtuvo el título de médico en 1993. Completó su residencia en medicina interna en el Cedars-Sinai Medical Center de Los Ángeles y comenzó una carrera profesional estable como internista. Durante años su vida pública fue exactamente ésa: la de un médico que atendía pacientes en California, había formado una familia y parecía haber encontrado definitivamente la profesión alrededor de la cual construiría su futuro.
Pero la literatura había permanecido con él desde mucho antes. Había crecido cerca de la poesía persa, de los relatos tradicionales y de una cultura en la que las historias ocupaban un lugar importante. También conservaba imágenes de Kabul que el paso del tiempo no conseguía borrar. Afganistán se había convertido en un lugar distante físicamente, pero extraordinariamente cercano en la memoria. Mientras ejercía la medicina comenzó a tomar cada vez más en serio aquella necesidad de escribir y, en 2001, decidió trabajar en una historia que llevaba dentro desde hacía tiempo. Lo hizo sin abandonar todavía el consultorio, escribiendo muchas veces durante las primeras horas de la mañana antes de iniciar su jornada médica.
EL MÉDICO QUE PUBLICÓ UNA NOVELA Y DESCUBRIÓ QUE SU VIDA HABÍA CAMBIADO PARA SIEMPRE
En 2003 apareció Cometas en el cielo, la primera novela de Khaled Hosseini, y lo que pudo haber sido simplemente la incursión literaria de un médico se convirtió en el comienzo de una trayectoria internacional extraordinaria. El libro encontró lectores en numerosos países y colocó a su autor frente a una decisión que pocos años antes habría parecido improbable. En 2004 dejó la práctica médica para dedicarse plenamente a escribir. No renegó de la medicina ni de los años invertidos en ella; simplemente comprendió que la literatura había dejado de ser una actividad paralela y se había convertido en el centro de su vida profesional.
Cuatro años después publicó Mil soles espléndidos, obra que confirmó su alcance internacional y amplió considerablemente su número de lectores. En 2013 apareció Y las montañas hablaron y, posteriormente, Súplica a la mar, un libro breve e ilustrado relacionado con el drama contemporáneo de los refugiados. Con una producción literaria relativamente contenida en número de títulos, Hosseini consiguió algo que muchos autores no alcanzan después de decenas de publicaciones: construir una identidad literaria inmediatamente reconocible y mantener durante años una presencia internacional extraordinaria. Sus novelas fueron traducidas a numerosos idiomas, circularon por decenas de países y alcanzaron ventas millonarias.
El éxito también convirtió a Hosseini en una de las voces de origen afgano con mayor proyección internacional. Y eso encerraba una paradoja interesante: el hombre que comenzó a representar literariamente a Afganistán ante millones de lectores llevaba décadas viviendo fuera del país. Había salido siendo niño y prácticamente toda su formación adulta, profesional y familiar había ocurrido en Estados Unidos. Sin embargo, la distancia terminó fortaleciendo una relación con la memoria que se convirtió en una de las claves de su identidad. Hosseini podía escribir desde California, pero una parte esencial de aquello que escribía seguía regresando a las calles, las familias, los paisajes y las heridas del país donde había nacido.
En 2003 tuvo la oportunidad de regresar a Afganistán después de veintisiete años de ausencia. Aquel viaje significó enfrentarse con la diferencia entre el país conservado durante décadas en la memoria y el país transformado por guerras sucesivas. Volver no podía devolverle la infancia ni reconstruir el Kabul que había dejado atrás, pero sí permitió que la relación con Afganistán dejara de existir únicamente a través del recuerdo. A partir de entonces su vínculo con la tierra natal adquiriría también una dimensión pública y humanitaria.
EL REFUGIADO QUE CONVIRTIÓ SU PROPIA HISTORIA EN UNA FORMA DE AYUDAR A OTROS
En 2006 Khaled Hosseini fue nombrado Embajador de Buena Voluntad de ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. El nombramiento tenía para él un significado particular porque no se acercaba al problema únicamente desde la celebridad adquirida como escritor. Él mismo había sido refugiado. Había experimentado la incertidumbre de una familia que no podía regresar a su país y conocía la necesidad de reconstruir una existencia lejos de aquello que alguna vez había considerado hogar. Esa experiencia personal terminó convirtiéndose en una herramienta para hablar públicamente sobre desplazamiento forzado, guerras y personas obligadas a abandonar sus comunidades.
Su compromiso continuó con la creación, junto con su esposa Roya, de la Khaled Hosseini Foundation, organización dedicada a brindar asistencia humanitaria a población afgana vulnerable. De esta manera, una vida que había comenzado en Kabul y después había pasado por París, el refugio en Estados Unidos, las aulas universitarias, los hospitales y finalmente la literatura terminó cerrando parcialmente el círculo mediante el trabajo en favor de quienes atravesaban circunstancias semejantes a las que alguna vez vivió su propia familia.
Hosseini ha construido su vida adulta en Estados Unidos, donde desarrolló su profesión, formó una familia y alcanzó reconocimiento mundial. Sin embargo, nunca permitió que el éxito literario borrara la condición de refugiado que forma parte de su historia. Esa doble pertenencia —el Afganistán de la infancia y los Estados Unidos de la vida adulta— ayuda a comprender buena parte de su personalidad pública. No habla de la pérdida del hogar desde una abstracción intelectual, sino desde el recuerdo de haber salido de un país pensando que probablemente volvería y descubrir después que ese regreso ya no era posible de la manera imaginada.
Su biografía puede leerse entonces como una sucesión de vidas que parecían destinadas a no encontrarse y terminaron formando parte del mismo hombre. Fue el niño que conoció Kabul antes de las grandes guerras contemporáneas; el adolescente que llegó como refugiado a California; el estudiante que eligió la medicina para construir un futuro; el médico que escribía cuando todavía no había amanecido; el novelista inesperadamente leído por millones de personas y, finalmente, el personaje público que utilizó una parte de esa notoriedad para trabajar en favor de refugiados y familias afganas.
Por eso la historia de Khaled Hosseini resulta mucho más amplia que la de un escritor que alcanzó fama con una primera novela. Es también la historia de alguien obligado a abandonar muy joven el escenario de su infancia y que pasó buena parte de su vida buscando distintas maneras de mantenerlo cerca. Primero lo conservó en la memoria; después lo recuperó mediante la escritura; más tarde volvió físicamente a él y finalmente transformó parte del reconocimiento obtenido en una forma concreta de ayuda.
Afganistán dejó de ser el lugar donde Hosseini vive, pero nunca dejó de ser uno de los lugares desde donde comprende el mundo. Y quizá allí se encuentre la clave más profunda de su trayectoria: el niño que salió de Kabul sin saber que comenzaba un largo exilio terminó encontrando en las palabras una manera de regresar una y otra vez, aunque supiera que ningún regreso podría devolverle exactamente el país que había dejado atrás.
(By Notas de Libertad).





/… CUANDO UNA CAMPAÑA COMIENZA MUCHO ANTES DE PEDIR EL VOTO
Crónica de la maquinaria política que nace alrededor de una candidatura: desde la primera conversación donde alguien decide competir hasta la construcción del equipo, la estrategia, el territorio, el mensaje, la comunicación, la movilización y esa última jornada en la que millones de decisiones individuales terminan diciendo quién ganó y quién tendrá que comenzar a preguntarse dónde perdió
ANTES DEL CANDIDATO TIENE QUE EXISTIR UNA RAZÓN
Toda campaña política comienza mucho antes de que alguien pronuncie públicamente la palabra candidatura. Comienza cuando una posibilidad deja de parecer imposible. A veces ocurre alrededor de una mesa donde apenas caben cuatro personas; otras, durante una conversación aparentemente casual en la que alguien pregunta por primera vez aquello que durante meses nadie se había atrevido a formular: ¿y si competimos? Todavía no existen oficinas, coordinadores, propaganda, discursos ni multitudes. Tampoco hay encuestas suficientes para alimentar certezas. Lo único que existe es una idea buscando argumentos para convertirse en proyecto. Y ése es precisamente el momento más delicado, porque antes de preguntarse cómo ganar una elección habría que responder algo mucho más elemental: para qué se quiere ganar.
Las campañas suelen hacerse visibles cuando aparecen los candidatos, pero para entonces muchas de las decisiones fundamentales ya deberían haberse tomado. La política tiene una enorme fascinación por las fotografías inaugurales: el anuncio, el registro, la primera caminata, la presentación del equipo, el templete rodeado de simpatizantes. Sin embargo, detrás de esas imágenes tendría que existir un trabajo menos vistoso y mucho más importante. Alguien debió estudiar el territorio, reconstruir elecciones anteriores, identificar dónde están los votos propios y dónde viven los adversarios, conocer los problemas que preocupan a la población y determinar si la persona que pretende competir posee realmente posibilidades de construir una mayoría.
Porque una campaña no debería comenzar buscando votos. Primero tendría que encontrar una razón.
EL DIAGNÓSTICO: SABER DÓNDE SE ESTÁ PARADO ANTES DE DECIDIR HACIA DÓNDE CAMINAR
La primera tentación de quien desea ser candidato consiste generalmente en buscar una encuesta que confirme aquello que ya quiere creer. Si el resultado resulta favorable, se convierte inmediatamente en prueba de que la candidatura es inevitable; si resulta adverso, entonces se cuestiona la metodología, la muestra, la empresa encuestadora o cualquier elemento capaz de explicar por qué los ciudadanos todavía no han entendido lo que el aspirante considera evidente. Es uno de los primeros peligros de una campaña: utilizar la información para alimentar expectativas en lugar de utilizarla para comprender la realidad.
Un diagnóstico serio comienza precisamente haciendo lo contrario. No pregunta únicamente cuánto conocimiento tiene una persona o cuántos ciudadanos dicen estar dispuestos a votar por ella. Pregunta qué ha ocurrido durante años en ese territorio. Cuántos electores están registrados, cuántos acostumbran votar, cómo se comporta la participación, qué partidos han ganado, dónde han perdido, cuáles son las zonas más competitivas, dónde existen lealtades históricas y dónde el voto cambia con mayor facilidad. Cada elección anterior deja un mapa y cada mapa contiene una historia que conviene leer antes de intentar escribir la siguiente.
Los números electorales necesitan además territorio. Un porcentaje aislado puede resultar impresionante hasta que alguien descubre dónde está concentrado. No vale lo mismo una ventaja distribuida por cientos de secciones que una acumulada solamente en unas cuantas zonas. Tampoco significa necesariamente lo mismo tener muchos simpatizantes que poseer capacidad para llevarlos hasta las urnas. Por eso una campaña que comienza correctamente convierte el territorio en una enorme radiografía: sección por sección, colonia por colonia, comunidad por comunidad, distrito por distrito. No para creer que los ciudadanos pertenecen permanentemente a determinada fuerza política, sino para entender cómo se han comportado y dónde podrían producirse los movimientos capaces de decidir una elección.
Después vienen las personas. ¿Qué preocupa realmente a los ciudadanos? La respuesta rara vez cabe completamente dentro de las oficinas partidistas. Seguridad, empleo, servicios públicos, transporte, salud, agua, corrupción, oportunidades, costo de vida, abandono de comunidades o cualquier combinación posible de problemas pueden modificar las prioridades de una elección. Pero incluso los grandes asuntos nacionales cambian cuando aterrizan en una colonia. La inseguridad puede significar estadísticas para un gobierno, pero para una familia significa dejar de salir por la noche; el transporte puede convertirse en una discusión presupuestal para una autoridad, mientras para un trabajador representa dos horas perdidas diariamente. Una campaña comienza a comprender el territorio cuando consigue traducir los grandes conceptos políticos a la vida cotidiana de las personas.
Aquí aparece una herramienta que ninguna tecnología ha conseguido sustituir completamente: escuchar. Grupos de conversación, entrevistas, reuniones pequeñas, estudios cualitativos, recorridos y contacto directo permiten descubrir algo que las cifras por sí mismas difícilmente explican: por qué piensa la gente aquello que piensa. Una encuesta puede decir que existe malestar; escuchar permite comenzar a entender de dónde proviene. Puede mostrar que un candidato tiene negativos elevados; conversar con los ciudadanos ayuda a descubrir qué los provoca. Los números indican dónde mirar. Las personas explican qué está ocurriendo.
El diagnóstico también debe observar hacia dentro. Ninguna fuerza política llega completamente limpia al comienzo de una elección. Existen gobiernos que defender, administraciones que explicar, divisiones pendientes, personajes inconformes, compromisos incumplidos, grupos enfrentados y decisiones anteriores que tarde o temprano regresarán a la conversación pública. La campaña que solamente estudia las debilidades del adversario está mirando la mitad del campo de batalla. Antes de investigar al contrario conviene abrir los propios cajones, porque aquello que el equipo decida ignorar probablemente será exactamente lo primero que buscarán quienes estén enfrente.
Y entonces comienza a surgir una primera conclusión. Tal vez exista una oportunidad. Quizá haya una inconformidad suficiente para construir una alternativa. Puede ser que el partido conserve una base sólida pero necesite recuperar sectores alejados. Acaso el aspirante tenga un conocimiento extraordinario acompañado de una imagen negativa demasiado elevada. Todo diagnóstico verdaderamente útil tiene una característica incómoda: no está hecho para entusiasmar al candidato, sino para mostrarle el terreno sobre el cual pretende caminar.
La campaña todavía no existe. Pero por primera vez comienza a saber dónde podría existir.
LA DECISIÓN DE COMPETIR: CUANDO UNA ASPIRACIÓN TIENE QUE DEMOSTRAR QUE PUEDE CONVERTIRSE EN CANDIDATURA
Hay políticos que pasan años preparándose para una candidatura y candidaturas que aparecen en unas cuantas semanas porque las circunstancias cambiaron. La política posee esa capacidad de acelerar los calendarios personales. Una renuncia, una crisis, una ruptura partidista, una decisión de las dirigencias, una modificación en las preferencias electorales o simplemente la aparición de una oportunidad puede transformar en pocos días a quien se consideraba espectador en protagonista.
Pero querer competir nunca ha sido suficiente.
El aspirante tiene que ser sometido al mismo examen que pretende aplicar a sus adversarios. Su trayectoria, decisiones, declaraciones, patrimonio público cuando corresponda, relaciones políticas, desempeño profesional, antecedentes administrativos, fortalezas y contradicciones deben revisarse antes de que alguien más lo haga. No se trata solamente de encontrar problemas. También hay que identificar aquello que puede convertirse en argumento: experiencia, resultados, capacidad de comunicación, conocimiento territorial, historia personal, cercanía con determinados sectores o una característica capaz de distinguirlo de quienes estarán en la misma boleta.
Una candidatura necesita contestar una pregunta aparentemente sencilla que muchas campañas jamás consiguen resolver con claridad: ¿por qué él o por qué ella?
No basta responder que porque tiene experiencia. Probablemente otros también la tengan. Tampoco porque conoce los problemas, porque cualquier candidato asegurará conocerlos. Mucho menos porque quiere servir, una afirmación que por repetida ha terminado perdiendo buena parte de su capacidad para diferenciar. La respuesta debe contener una razón reconocible. Algo que explique por qué esa persona, en ese momento y frente a esas circunstancias, puede representar una opción distinta o conveniente.
Allí comienza a construirse algo mucho más importante que un eslogan: el sentido de la candidatura.
También llega el momento de medir resistencias. Una campaña no solamente compite contra otros partidos. Algunas veces debe sobrevivir primero a su propia organización. Existen candidaturas que llegan después de procesos internos desgastantes y tienen que comenzar recogiendo los pedazos que dejó la selección. Aspirantes derrotados que conservan estructuras, dirigentes que aceptaron la decisión sin compartirla, liderazgos territoriales esperando reconocimiento y grupos que consideran haber sido desplazados. El primer adversario puede encontrarse sentado en la misma mesa.
Por eso la viabilidad política debe analizarse junto con la electoral. Un aspirante extraordinariamente competitivo hacia afuera puede resultar incapaz de mantener unido a su partido; otro quizá controle perfectamente las estructuras internas pero carezca de atractivo suficiente para crecer entre los ciudadanos que no pertenecen a ellas. La candidatura ideal casi nunca existe. Lo que existe es una combinación de fortalezas y debilidades que deberá administrarse durante toda la campaña.
Hay además una dimensión personal que pocas veces aparece en los organigramas. Competir significa colocar la vida del candidato bajo una lupa. Su familia, su pasado, sus amistades, sus errores, sus palabras antiguas y algunas decisiones que creyó olvidadas pueden regresar convertidas en materia electoral. La campaña ocupará horarios, conversaciones, fines de semana y espacios privados. El candidato será observado cuando hable y también cuando calle; cuando sonría y cuando pierda la paciencia. Una persona puede desear profundamente un cargo y descubrir demasiado tarde que no estaba preparada para soportar una campaña.
La decisión final debería llegar después de todas esas preguntas y no antes.
Cuando ocurre al revés, el equipo termina dedicado a justificar una candidatura previamente decidida. Cuando ocurre correctamente, la información ayuda a determinar si verdaderamente existen condiciones para construirla.
Entonces llega aquella reunión. Quizá no tenga solemnidad alguna. Una mesa, varias carpetas, computadoras abiertas, café que lleva demasiado tiempo servido y un grupo reducido de personas repasando escenarios. Alguien expone las cifras. Otro señala los riesgos. Aparecen dudas. Se discuten posibilidades. Finalmente todas las miradas terminan sobre la misma persona.
Y la pregunta cambia.
Ya no es: ¿quieres competir?
Ahora es: ¿estás dispuesto a hacer todo lo que una campaña exige para intentar ganar?
EL CUARTO DONDE COMIENZA TODO: CONSTRUIR EL PRIMER CÍRCULO SIN CONSTRUIR TODAVÍA UNA BUROCRACIA
La primera estructura de una campaña cabe alrededor de una mesa. Y probablemente sea mejor que así ocurra.
Uno de los errores iniciales consiste en repartir cargos antes de definir responsabilidades. De pronto aparecen coordinadores, subcoordinadores, asesores, enlaces y responsables de áreas que todavía no existen. El organigrama crece antes que la estrategia y la campaña comienza a parecer una administración pública en miniatura cuando todavía debería funcionar como una organización pequeña, rápida y capaz de tomar decisiones.
El primer círculo necesita pocas personas, pero necesita las correctas.
Alguien debe conducir políticamente la operación. Alguien tiene que entender los números. Otra persona deberá comenzar a traducir estrategia en territorio. Comunicación tendrá que escuchar desde el principio, incluso antes de producir mensajes. Jurídico deberá conocer las reglas que delimitan cada movimiento. Administración tendrá que empezar a calcular cuánto costará convertir las ideas en realidad. Y por encima de las especialidades debe existir una conducción suficientemente clara para impedir que cada área termine organizando su propia campaña.
El coordinador general ocupa una de las posiciones más complejas. No necesariamente es quien mejor habla ni quien lleva más años junto al candidato. Es quien debe conseguir que decenas y después cientos o miles de personas trabajen hacia el mismo objetivo. Necesita autoridad suficiente para decir que no, incluso cuando la propuesta venga de alguien poderoso. Tiene que administrar recursos limitados, resolver conflictos, proteger el tiempo del candidato y comprender que prácticamente todos los días alguien llegará asegurando poseer la idea que cambiará completamente la elección.
Porque alrededor de una candidatura aparecen rápidamente los expertos espontáneos.
El amigo que conoce a todo el municipio. El empresario convencido de que una campaña funciona exactamente como su compañía. El antiguo operador que asegura controlar miles de votos. El asesor que promete transformar la elección con una estrategia secreta. El conocido que tiene acceso a un personaje supuestamente indispensable. El familiar preocupado por la imagen. Todos pueden aportar algo; algunos efectivamente resultarán valiosos. El problema comienza cuando la cercanía sustituye a la responsabilidad y las decisiones dejan de responder a una estrategia para satisfacer relaciones personales.
El candidato tendrá que aprender entonces una disciplina difícil: escuchar a muchos sin obedecer a todos.
También deberá entender que su tiempo acaba de cambiar de dueño. Desde ese momento cada hora se convierte en recurso estratégico. Una reunión innecesaria no cuesta únicamente sesenta minutos; puede significar una colonia que no se visitó, una entrevista que no se concedió, una sesión de preparación que tuvo que cancelarse o varias decisiones esperando autorización. Por eso la agenda no es simplemente una secretaria acomodando compromisos. Es una de las herramientas centrales de la campaña.
En ese pequeño cuarto inicial deben establecerse además las primeras reglas. Quién decide. Quién informa al candidato. Qué asuntos requieren autorización. Cómo circularán los datos. Quién puede hablar públicamente en nombre de la campaña. Cómo se resolverán diferencias. Qué reuniones serán periódicas. Qué información deberá permanecer reservada. Parece burocracia prematura hasta que la ausencia de reglas comienza a producir caos.
Las campañas generan cantidades enormes de información y una parte considerable puede resultar sensible. Encuestas, estrategias, presupuestos, investigaciones, agendas, diagnósticos, escenarios y decisiones futuras circulan diariamente entre muchas manos. La discreción no es una extravagancia. Es una condición operativa. Un documento enviado al grupo equivocado puede regalar semanas de trabajo al adversario.
Pero existe algo todavía más importante que proteger documentos: proteger la capacidad de decir la verdad dentro del equipo.
El candidato que solamente escucha buenas noticias comienza a perder antes de darse cuenta. Si nadie puede decirle que una intervención fue mala, que una propuesta no funciona, que determinada declaración causó daño o que la encuesta muestra una caída, entonces la campaña dejará de administrar realidad y comenzará a fabricar comodidad. Y pocas cosas resultan más peligrosas en política que un cuarto lleno de personas tratando de adivinar qué quiere escuchar quien encabeza la mesa.
La confianza verdadera no consiste en decir siempre que sí. Consiste en poder advertir cuando algo está mal y permanecer en la habitación después de haberlo dicho.
Con el paso de las semanas aquella mesa pequeña comenzará a quedarse corta. Llegarán especialistas, coordinadores territoriales, comunicadores, abogados, administradores, productores, enlaces, responsables electorales, operadores y voluntarios. Aparecerán oficinas, teléfonos que nunca dejan de sonar, grupos de mensajes funcionando durante las veinticuatro horas, agendas modificadas sobre la marcha y paredes cubiertas de mapas. Lo que comenzó como una conversación se habrá convertido en una organización.
Pero todavía falta algo fundamental.
La campaña sabe dónde está parada. Ha determinado que existe una posibilidad. Tiene candidato y comienza a reunir al equipo que intentará convertirla en realidad.
Ahora deberá construir la máquina.
Y antes de encenderla tendrá que asegurarse de que todas sus piezas entiendan hacia dónde deben moverse.
CONSTRUIR LA MÁQUINA ANTES DE ENCENDERLA
Hay un momento en toda campaña en que la voluntad deja de ser suficiente. Las conversaciones iniciales ya produjeron una decisión, comenzaron a incorporarse colaboradores y las necesidades se multiplican con una velocidad que pocas organizaciones conocen fuera de la política. Lo que durante los primeros días podía resolverse mediante una llamada empieza a necesitar procedimientos; aquello que estaba únicamente en la cabeza de unas cuantas personas debe convertirse en instrucciones comprensibles para muchas más. La candidatura entra entonces en una fase menos visible que los discursos y mucho más determinante de lo que suele reconocerse: tiene que aprender a funcionar.
Desde afuera, una campaña parece construida alrededor de quien aparece en los carteles, concede entrevistas, encabeza reuniones y ocupa los escenarios. Por dentro sucede exactamente lo contrario. Mientras una persona concentra las miradas, decenas o cientos trabajan para hacer posible cada movimiento. Hay quienes preparan información, quienes coordinan desplazamientos, quienes revisan documentos, quienes atienden solicitudes, quienes organizan actos, quienes registran gastos, quienes mantienen comunicación con responsables regionales y quienes resuelven problemas que jamás llegarán a conocimiento público. Una parte considerable de la competencia electoral transcurre detrás de puertas cerradas.
Allí se descubre una verdad que puede resultar incómoda para quienes creen que las elecciones dependen exclusivamente del carisma: una candidatura extraordinaria puede naufragar dentro de una operación desordenada. El talento individual difícilmente compensa durante meses la ausencia de controles, la duplicidad de funciones, los gastos sin planeación, las decisiones contradictorias o la incapacidad para ejecutar acuerdos. La política necesita inspiración para entusiasmar, pero requiere método para sostener aquello que la inspiración pone en movimiento.
La diferencia comienza a observarse muy pronto. En una operación improvisada, casi todo parece urgente porque pocas cosas fueron previstas. Los teléfonos se convierten en centros permanentes de emergencia, las instrucciones cambian varias veces, nadie sabe con precisión quién autorizó determinada acción y las soluciones dependen de encontrar a una persona específica. En una organización madura también aparecen dificultades —siempre aparecerán—, pero existe una manera establecida de procesarlas. No desaparece la presión: disminuye el desorden.
Construir esa capacidad exige algo menos atractivo que pronunciar un gran discurso, pero igualmente político: repartir correctamente el poder interno.
EL ORGANIGRAMA QUE DEBE FUNCIONAR TAMBIÉN CUANDO NADIE ESTÁ MIRANDO
Un organigrama puede dibujarse en una tarde. Hacerlo funcionar puede consumir semanas.
Las líneas colocadas sobre una hoja aparentan resolverlo todo: coordinación general arriba; debajo, las diferentes responsabilidades; después, enlaces, responsables y auxiliares. El problema comienza cuando esa geometría se encuentra con seres humanos. Entonces aparecen personalidades, trayectorias, compromisos, rivalidades, amistades, capacidades diferentes y maneras distintas de entender la autoridad. Una caja conectada mediante una línea con otra no garantiza que ambas personas sepan trabajar juntas.
La conducción central tiene que conseguir precisamente eso. Su función no consiste en acumular todas las decisiones, sino en lograr que cada área pueda tomar las que le corresponden sin perder coherencia con el conjunto. Si todo debe subir hasta una sola oficina, pronto habrá una montaña de pendientes esperando respuesta. Si cada departamento actúa según su propio criterio, surgirán varias campañas simultáneas compitiendo incluso entre ellas. El equilibrio consiste en establecer autonomía operativa sin fragmentar la conducción política.
A partir de allí se distribuyen responsabilidades específicas. El despliegue territorial organiza presencia y actividad en las distintas zonas. Comunicación construye la expresión pública de lo que ocurre. Prensa administra la relación cotidiana con medios y periodistas. El área digital trabaja sobre plataformas donde una conversación puede nacer, crecer y desaparecer en unas cuantas horas. Jurídico observa permanentemente los límites normativos. Administración controla los movimientos financieros. Logística transforma instrucciones en actos realizables. Investigación alimenta decisiones mediante información. Producción convierte conceptos en materiales. La representación electoral prepara la defensa institucional de cada voto cuando llegue el momento correspondiente.
No todas las contiendas necesitan exactamente la misma dimensión. Una elección municipal compacta puede funcionar mediante áreas reducidas y personas capaces de desempeñar varias tareas. Una competencia estatal obliga a multiplicar enlaces y establecer niveles regionales. Una elección nacional requiere una arquitectura mucho más extensa. Sobredimensionar una operación consume recursos y crea burocracia; reducirla demasiado provoca saturación. El tamaño adecuado no se determina por vanidad, sino por necesidades reales.
Pero existe una pieza que atraviesa todas las demás: la coordinación.
Pensemos en algo aparentemente sencillo: una gira de varias horas. Antes de que comience deben definirse lugares, horarios, desplazamientos, anfitriones, condiciones de acceso, características de cada encuentro, información necesaria, presencia de medios, materiales requeridos y posibles contingencias. Durante el recorrido alguien deberá vigilar tiempos; otra persona atenderá modificaciones; alguien más garantizará que el siguiente punto esté preparado. Al terminar todavía quedarán materiales por procesar, compromisos que registrar y asuntos que requieren seguimiento. Lo que públicamente fueron algunas fotografías puede haber involucrado el trabajo previo de numerosos colaboradores.
Por eso cada responsabilidad necesita tener dueño. Las tareas colectivas sin encargado definido poseen una extraña tendencia a convertirse en tareas de nadie. “Hay que hacerlo” es una frase peligrosa cuando no viene acompañada por un nombre y un plazo. Una organización profesional convierte los acuerdos en obligaciones verificables.
También necesita mecanismos breves para conocer avances. Las reuniones interminables suelen producir una sensación engañosa de productividad. Se habla mucho, se informa demasiado y al final queda poco tiempo para ejecutar. Un sistema eficiente distingue entre aquello que necesita discusión y aquello que solamente requiere seguimiento. Los problemas importantes merecen conversación; los pendientes cotidianos necesitan responsables y fechas.
La circulación de información debe obedecer a la misma lógica. No todos requieren conocer absolutamente todo. Compartir indiscriminadamente puede provocar confusión y filtraciones; concentrar excesivamente genera ceguera en los niveles que deben actuar. Cada área necesita recibir oportunamente aquello indispensable para cumplir su función. Ni más por curiosidad ni menos por control.
Cuando esto funciona correctamente ocurre algo curioso: casi nadie lo percibe.
El vehículo llega. El documento está listo. La persona indicada fue avisada. El sonido funciona. La ruta fue confirmada. Los materiales aparecen donde tenían que aparecer. La actividad comienza. Después viene la siguiente.
La normalidad es, muchas veces, el resultado de cientos de pequeñas cosas realizadas correctamente.
Por eso existen trabajadores fundamentales cuyos nombres probablemente jamás aparecerán en una nota periodística. Son quienes llegan cuando todavía están montando las sillas y se marchan después de que todos se fueron. Quienes manejan durante kilómetros, revisan listas, cargan materiales, localizan personas, corrigen una dirección equivocada, consiguen una impresión cuando todo está cerrado o encuentran en veinte minutos aquello que parecía imposible conseguir.
Las campañas suelen recordar a quienes estuvieron sobre el escenario.
Pero muchas veces sobreviven gracias a quienes estuvieron detrás.
EL DINERO: CADA CAMPAÑA TIENE SUEÑOS, PERO TAMBIÉN TIENE CUENTAS
Toda área considera importantes sus propias necesidades. Quien produce contenidos quisiera disponer de mayores herramientas; quien organiza actividades desea mejores condiciones; quien trabaja en campo pide recursos adicionales; quien atiende difusión encuentra nuevas posibilidades; quien coordina traslados necesita vehículos; quien prepara materiales calcula cantidades cada vez mayores. Cada petición puede tener una explicación perfectamente razonable.
El problema aparece cuando todas llegan a la misma cuenta.
El presupuesto obliga entonces a realizar uno de los ejercicios más difíciles de la política: escoger. No entre algo bueno y algo malo, sino frecuentemente entre varias cosas útiles que no pueden financiarse simultáneamente.
Por eso administrar recursos no es una actividad separada de las decisiones centrales. Cada cantidad asignada expresa una prioridad. Destinar más a determinada acción significa inevitablemente reducir otra. Financiar un gran acto puede implicar renunciar a numerosas actividades pequeñas. Imprimir enormes cantidades de materiales puede disminuir capacidad para otros instrumentos. La pregunta correcta no consiste únicamente en cuánto cuesta algo, sino qué objetivo pretende conseguir y si existe una manera más eficiente de alcanzarlo.
Una planeación financiera seria comienza dividiendo recursos por grandes necesidades y por etapas. Los primeros días no tienen las mismas exigencias que las últimas semanas. Gastar demasiado temprano puede producir una espectacular sensación de abundancia seguida por una dolorosa escasez cuando más se necesita capacidad de movimiento. Guardar excesivamente tampoco tiene sentido si se dejan pasar oportunidades que ya no regresarán. Administrar significa encontrar el ritmo correcto.
Debe existir además una reserva para lo imprevisible. Ningún presupuesto político sobrevive exactamente como fue concebido. Aparecen modificaciones, necesidades extraordinarias, acontecimientos inesperados o situaciones que obligan a reaccionar rápidamente. Quien comprometió hasta el último peso desde el principio termina contemplando los problemas con las manos atadas.
Sin embargo, el dinero electoral posee una característica adicional: no basta con gastarlo adecuadamente; también debe poder explicarse y comprobarse conforme a las disposiciones aplicables.
La fiscalización convierte cada movimiento en una responsabilidad documental. Ingresos, egresos, contrataciones, servicios, materiales y actividades deben atender requisitos específicos. Los topes de gastos no son recomendaciones. Las restricciones sobre aportaciones tampoco pueden interpretarse según conveniencia. Una campaña que pretende ganar respetando las reglas necesita incorporar el cumplimiento desde el momento en que se toma una decisión económica, no cuando alguien solicita posteriormente los comprobantes.
Aquí suelen enfrentarse dos velocidades. La política quiere resolver inmediatamente; la administración necesita documentar correctamente. Una exige rapidez; la otra orden. Si ambas se consideran enemigas, surgirán problemas. La solución consiste en diseñar procedimientos suficientemente ágiles para no detener la operación y suficientemente rigurosos para conservar control.
Los proveedores forman otra pieza delicada. La prisa puede ser una pésima negociadora. Cuando todo se solicita “para mañana”, los costos aumentan y disminuye la capacidad de comparar opciones. Planear con anticipación permite revisar precios, calidad, condiciones y tiempos de entrega. También reduce la dependencia de quienes descubren que poseen algo que la organización necesita desesperadamente.
Cada contratación debe responder a una necesidad verificable. Durante las campañas aparecen ofertas para prácticamente todo: tecnologías capaces de cambiar supuestamente una elección, bases de datos milagrosas, servicios de promoción, consultorías, plataformas, productos novedosos y soluciones presentadas como indispensables. Algunas pueden resultar útiles. Otras solamente poseen una presentación convincente. Comprar innovación sin comprender para qué servirá es una manera particularmente moderna de desperdiciar dinero.
El control financiero debe protegerse además de pequeñas fugas que, acumuladas, terminan siendo enormes. Gastos duplicados, servicios que continúan contratados aunque ya no se utilizan, cantidades superiores a las necesarias, compras urgentes provocadas por falta de previsión. Las grandes pérdidas llaman la atención; las pequeñas suelen esconderse dentro de la rutina.
Hay una razón adicional para mantener disciplina: el dinero modifica relaciones.
Quien controla recursos adquiere influencia. Quien recibe presupuesto puede interpretar que también recibió independencia. Quien ve rechazada una solicitud puede pensar que su área está siendo relegada. Las decisiones financieras necesitan criterios conocidos para impedir que cada negativa termine convertida en conflicto político.
El presupuesto, finalmente, cuenta una historia distinta de la que aparece en los discursos. Permite saber qué consideró realmente importante una candidatura. Las prioridades declaradas pueden ser muchas; las financiadas son necesariamente menos.
Y cuando el dinero comienza a escasear, desaparecen las cortesías.
Entonces se descubre cuáles eran verdaderamente las prioridades.
LA DISCIPLINA INTERNA: CUANDO LOS EGOS PUEDEN CONVERTIRSE EN EL PRIMER ADVERSARIO
En política casi nadie llega solo.
Alrededor de una candidatura existen quienes estuvieron desde el comienzo, quienes participaron en etapas anteriores, dirigentes partidistas, liderazgos regionales, amistades personales, especialistas recién incorporados, representantes de grupos, colaboradores recomendados y personajes convencidos de haber sido decisivos para que todo comenzara. Cada uno trae una historia. Y algunas historias vienen acompañadas por una factura invisible.
“Yo estuve cuando nadie creía.”
“Yo conseguí aquellos apoyos.”
“Yo conozco mejor este municipio.”
“Yo tengo acceso directo.”
“Yo sé cómo se hacen las campañas.”
Frases semejantes pueden convertirse rápidamente en credenciales utilizadas para disputar influencia.
La competencia por estar cerca de quien encabeza la candidatura constituye una de las enfermedades más antiguas de la política. La cercanía física empieza a confundirse con importancia estratégica. Algunos quieren acompañar todos los recorridos; otros buscan participar en cada reunión; alguien intenta convertirse en conducto exclusivo de información. Poco a poco puede formarse una pequeña corte alrededor de la figura principal, exactamente cuando lo que se necesita es una organización profesional.
El problema no son únicamente los egos individuales. También existen diferencias legítimas de criterio. Comunicación puede considerar inconveniente una actividad que operación juzga indispensable. Administración puede rechazar un gasto que otra área considera urgente. Jurídico puede advertir riesgos donde los demás solamente observan una oportunidad. Es natural. Una estructura donde nadie discrepa probablemente no está pensando suficientemente.
La clave consiste en determinar dónde termina la discusión.
Mientras una decisión se encuentra abierta, debe permitirse argumentar con libertad. Una vez tomada, las áreas necesitan ejecutarla. Continuar disputándola mediante resistencias silenciosas, retrasos o instrucciones contradictorias debilita el mando y termina transmitiendo hacia abajo la división existente arriba.
Hay también un personaje especialmente peligroso: el colaborador que construye su propia parcela. Controla información, personas o relaciones y procura que todo pase necesariamente por él. En lugar de fortalecer al conjunto, desarrolla dependencia. Puede parecer indispensable precisamente porque se encargó de impedir que alguien más aprendiera a realizar aquello que controla.
Una organización sana distribuye conocimiento suficiente para no quedar secuestrada por ninguna individualidad.
Lo mismo ocurre con los grupos políticos incorporados al proyecto. Sumar fuerzas resulta indispensable; entregar pedazos autónomos de la operación a cambio de apoyos puede convertirse en otra cosa. Los acuerdos necesitan respetarse, pero el objetivo común debe permanecer por encima de las cuotas internas. Cuando cada grupo trabaja solamente para demostrar su propio peso, la energía comienza a gastarse hacia adentro.
El aspirante tampoco puede convertirse en árbitro cotidiano de todas esas disputas. Si dos responsables acuden permanentemente a pedirle que resuelva sus diferencias, la conducción intermedia ha fracasado. Su atención debe reservarse para asuntos que verdaderamente requieren una definición política superior.
Eso exige aprender una habilidad que puede resultar dolorosa: decir que no.
No a determinadas recomendaciones. No a reuniones innecesarias. No a incorporaciones que solamente complicarán funciones. No a gastos sin justificación. No a quienes pretenden utilizar la candidatura para resolver cuentas personales. No a la idea de que toda persona influyente merece automáticamente un lugar dentro de la operación.
Cada sí innecesario termina ocupando espacio.
La disciplina también se mide en la capacidad para corregir. Habrá colaboradores que funcionen extraordinariamente y otros que no alcancen el rendimiento esperado. Algunas responsabilidades deberán cambiar de manos. Mantener a alguien en una posición únicamente porque removerlo resulta políticamente incómodo puede ser más costoso que enfrentar la incomodidad.
Nada de esto significa construir una organización fría. Las campañas someten a las personas a jornadas extenuantes, presión permanente y semanas en las que los días parecen mezclarse. El cansancio altera el carácter. Las diferencias pequeñas se magnifican. La convivencia intensa genera fricciones. Reconocer el esfuerzo, cuidar al personal y establecer descansos cuando sean posibles también forma parte de mantener capacidad operativa. Una persona agotada comienza a cometer errores que ninguna motivación consigue evitar.
Conforme pasan los días, aquella maquinaria que al principio solamente existía sobre algunas hojas empieza a adquirir movimiento propio. Los responsables conocen sus funciones. Los recursos encuentran destino. Los procedimientos comienzan a volverse rutina. Los conflictos no desaparecen, pero existe capacidad para contenerlos antes de que gobiernen la operación.
La candidatura ya tiene algo que antes no tenía: músculos.
Puede desplazarse, producir, organizar, reaccionar y sostener simultáneamente distintas actividades.
Sin embargo, disponer de una máquina perfectamente construida no responde todavía la pregunta más importante.
Porque una campaña puede tener oficinas, recursos, especialistas, vehículos, equipos, operadores y miles de personas trabajando alrededor de ella y continuar sin saber explicar, en unas cuantas palabras, por qué alguien debería votar por su candidato.
La maquinaria está lista.
Ahora necesita encontrar una voz.
UNA CAMPAÑA NECESITA SABER QUÉ QUIERE DECIR ANTES DE COMENZAR A HABLAR
Una candidatura puede recorrer cien calles en un día, aparecer en todos los medios, publicar constantemente, llenar auditorios y pronunciar discursos durante semanas sin conseguir que la ciudadanía entienda exactamente qué representa. Estar presente no significa necesariamente estar posicionado. La exposición consigue que alguien sea visto; el significado determina aquello que queda en la memoria después de haberlo visto.
Éste es uno de los momentos más delicados de toda campaña porque obliga a reducir una enorme cantidad de información hasta encontrar una idea reconocible. Hay antecedentes, propuestas, problemas públicos, cualidades personales, necesidades sociales, diferencias partidistas y circunstancias particulares de la elección. Todo parece importante. Todo quiere entrar en el discurso. Pero la atención ciudadana es limitada y la política compite diariamente no solamente contra otras candidaturas, sino contra el trabajo, la familia, las preocupaciones económicas, el entretenimiento, las noticias y cientos de asuntos mucho más próximos a la vida de cada persona.
El ciudadano no tiene obligación alguna de estudiar una campaña.
Es la campaña la que tiene obligación de hacerse entender.
Eso significa encontrar una forma sencilla de responder preguntas fundamentales: quién es esta persona, qué quiere cambiar, qué ofrece, por qué debería creérsele y qué la distingue de las demás opciones. Cuando esas respuestas son confusas, cada aparición pública termina enviando una señal diferente. Un día se habla de seguridad, otro de economía, después de educación, posteriormente de obras públicas y al siguiente de cualquier asunto colocado por la coyuntura. Todos pueden ser relevantes, pero juntos y sin una columna vertebral terminan produciendo ruido.
La construcción del discurso político comienza precisamente separando lo importante de lo esencial.
Lo importante puede cambiar durante la contienda.
Lo esencial debe permanecer.
ENCONTRAR LA HISTORIA: POR QUÉ ESTA CANDIDATURA DEBERÍA IMPORTARLE A ALGUIEN
Toda candidatura posee una biografía. No todas poseen una historia política capaz de ser contada.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme. Una biografía enumera lugares, cargos, estudios, responsabilidades y acontecimientos. Una historia conecta determinados elementos para explicar por qué alguien llegó hasta este momento y qué relación existe entre su trayectoria y aquello que propone hacer. La primera responde qué ha hecho una persona. La segunda intenta explicar por qué eso debería resultar relevante para los demás.
No se trata de inventar un personaje.
Ese sería uno de los errores más peligrosos.
La construcción narrativa funciona cuando descubre características auténticas y consigue ordenarlas dentro de un sentido reconocible. Si alguien ha dedicado buena parte de su trayectoria a resolver problemas administrativos, puede existir allí una identidad relacionada con eficacia. Si proviene de una lucha social determinada, quizá su fortaleza sea representar una causa. Si gobernó anteriormente con buenos resultados verificables, la experiencia puede convertirse en argumento. Si nunca ha ocupado un cargo, precisamente la distancia respecto de determinadas prácticas podría formar parte de su presentación.
La clave está en encontrar aquello que resulta verdadero, relevante y diferenciador al mismo tiempo.
Una cualidad verdadera pero irrelevante aporta poco. Una característica relevante que todos los competidores poseen tampoco distingue. Y una diferencia atractiva construida artificialmente puede derrumbarse en cuanto la realidad la contradiga.
La historia necesita además un conflicto. No necesariamente una pelea personal ni un enemigo con nombre y apellido. El conflicto puede ser una realidad que se pretende transformar: una ciudad detenida, servicios deficientes, inseguridad, abandono, corrupción, falta de oportunidades, deterioro económico o cualquier problema suficientemente importante para explicar la necesidad de un cambio. Sin conflicto no existe urgencia. Y sin urgencia resulta mucho más difícil responder por qué una elección debería producir algo distinto.
Allí aparece una fórmula narrativa antigua porque pertenece a la manera en que los seres humanos contamos historias: existe una situación, esa situación produce un problema, alguien propone una ruta diferente y al final aparece una posibilidad de futuro.
La política utiliza esa estructura constantemente, aunque pocas veces la nombre.
El oficialismo puede decir: hemos avanzado, todavía falta y necesitamos continuar.
La oposición puede sostener: las cosas no funcionan, conocemos una alternativa y podemos corregirlas.
Una candidatura emergente quizá plantee: los de siempre agotaron sus respuestas y hace falta comenzar de otra manera.
Cada posición parte de un lugar diferente. Pretender contar la misma historia desde todas ellas sería absurdo.
Por eso el relato debe corresponder con la ubicación real de quien compite. Quien representa continuidad no puede presentarse simultáneamente como ruptura absoluta sin enfrentar una contradicción evidente. Quien pasó años formando parte del sistema difícilmente podrá construir credibilidad proclamándose completamente ajeno a él. Quien llega desde fuera tendrá que demostrar que la novedad no significa desconocimiento. Cada ventaja trae consigo una pregunta que deberá responderse.
La historia personal también necesita utilizarse con cuidado. La infancia humilde, la familia trabajadora, los obstáculos superados, los sacrificios y las dificultades forman parte legítima de muchas vidas. Pero cuando se convierten en fórmulas prefabricadas pierden fuerza. Los ciudadanos han escuchado tantas veces determinadas narraciones que rápidamente perciben cuándo una experiencia está siendo explotada solamente para provocar emoción.
La autenticidad tiene detalles.
No necesita exageraciones.
Una anécdota verdadera puede explicar mucho más que diez adjetivos. El lugar donde alguien creció, una experiencia profesional, una decisión difícil, una derrota anterior o una conversación que modificó su manera de pensar pueden humanizar a una figura pública siempre que exista una conexión natural con aquello que representa. La vida personal sirve cuando ayuda a comprender al personaje; estorba cuando parece utilizada como decoración sentimental.
También existe aquello que nunca debe intentarse esconder mediante narrativa. Si hay una vulnerabilidad conocida, pretender construir una identidad exactamente opuesta puede terminar amplificándola. Un político percibido como distante no se convierte automáticamente en cercano porque aparezca durante tres semanas abrazando personas. Alguien considerado inexperto no resuelve esa percepción proclamando repetidamente que está preparado. Las debilidades profundas necesitan respuestas demostrables, no maquillaje verbal.
Por eso la historia no se escribe únicamente con palabras.
Se escribe mediante comportamiento.
Si la candidatura pretende representar cercanía, su manera de relacionarse debe demostrarla. Si ofrece eficacia, la propia operación pública necesita proyectarla. Si habla de austeridad, cualquier ostentación se convertirá inmediatamente en contradicción. Si coloca la honestidad como bandera, los antecedentes tendrán que soportar un escrutinio especialmente intenso.
Cuanto más elevada sea la promesa moral, mayor será la lupa.
Finalmente, una buena narrativa debe poder sobrevivir a una pregunta muy sencilla: si desaparecieran el nombre, el logotipo y la fotografía, ¿seguiría siendo posible reconocer de quién estamos hablando?
Si la respuesta es no, probablemente todavía se está utilizando un discurso genérico.
Y las elecciones están llenas de discursos que podrían pertenecer indistintamente a cualquiera.
EL MENSAJE: CONVERTIR CIENTOS DE IDEAS EN UNAS CUANTAS PALABRAS CAPACES DE PERMANECER
Encontrada la historia, llega una tarea todavía más difícil: aprender a contarla sin necesitar veinte minutos.
Los equipos políticos suelen conocer demasiado sobre sí mismos. Han pasado semanas revisando información, conversando, preparando documentos y discutiendo asuntos públicos. Esa profundidad puede producir una ilusión: creer que los ciudadanos poseen el mismo nivel de atención. No es así. La mayoría encontrará fragmentos. Una entrevista mientras conduce. Un video durante unos segundos. Una conversación familiar. Una publicación. Una fotografía. Tal vez un discurso escuchado parcialmente.
El mensaje tiene que sobrevivir a esa fragmentación.
Por eso necesita un centro.
No significa reducir toda una propuesta de gobierno a una frase vacía. Significa establecer una idea principal capaz de organizar las demás. Las propuestas pueden ser numerosas, pero deberían relacionarse con un propósito identificable. Cuando cada una parece pertenecer a una candidatura diferente, el ciudadano recibe piezas sin encontrar la figura completa.
Una campaña puede hablar de seguridad, empleo, movilidad, salud o servicios y, sin embargo, conectar todos esos asuntos mediante una misma promesa política: recuperar tranquilidad, corregir abandono, acelerar desarrollo, ordenar una administración o proteger determinada forma de vida. El eje dependerá de las circunstancias. Lo importante es que permita entender cómo se relacionan las distintas ofertas.
Después viene la jerarquización.
No todos los temas pueden ocupar el primer lugar.
Pretender colocar diez prioridades significa, en realidad, no tener ninguna. Deben elegirse aquellos asuntos que combinan preocupación ciudadana, credibilidad del aspirante y posibilidad real de diferenciación. Hablar exclusivamente de aquello que preocupa a la población sin poseer autoridad para hacerlo puede sonar oportunista. Concentrarse solamente en los temas cómodos para quien compite puede resultar irrelevante. El punto adecuado se encuentra donde necesidad pública y capacidad política consiguen encontrarse.
Cada propuesta necesita además atravesar una prueba brutal: poder explicarse.
La administración pública produce lenguajes especializados. Programas, indicadores, presupuestos, competencias institucionales y términos técnicos pueden ser indispensables para gobernar, pero resultan poco útiles cuando impiden comprender. Simplificar no significa mentir ni empobrecer una idea. Significa traducirla.
Decir qué se hará.
Cómo cambiará algo.
A quién beneficiará.
Y, cuando corresponda, de dónde saldrán los recursos y cuánto tiempo podría tomar.
La claridad también protege contra promesas imposibles. Cuanto más concreta sea una oferta, más fácil resulta examinarla. Esa es precisamente la razón por la que algunas candidaturas prefieren refugiarse en palabras enormes: transformación, bienestar, progreso, futuro, esperanza. Son conceptos poderosos, pero necesitan contenido. De lo contrario funcionan como recipientes dentro de los cuales cada persona puede imaginar algo distinto.
El discurso requiere repetición, aunque no monotonía.
Ésta es una diferencia fundamental.
La idea central debe aparecer una y otra vez, pero puede expresarse mediante historias, propuestas, ejemplos, imágenes y situaciones diferentes. Repetir literalmente el mismo párrafo termina agotando. Cambiar diariamente de argumento impide fijar cualquier cosa. La consistencia consiste en decir esencialmente lo mismo de maneras suficientemente variadas para mantener interés.
También el tono comunica.
Hay candidaturas que necesitan proyectar serenidad; otras, energía; algunas, autoridad; otras más, empatía o renovación. No existe una personalidad universalmente correcta. El tono debe corresponder tanto con el momento político como con la persona. Obligar a alguien naturalmente sobrio a comportarse permanentemente como animador de multitudes puede producir una actuación evidente. Convertir a una figura enérgica en personaje excesivamente contenido puede apagar precisamente aquello que la hacía atractiva.
El lenguaje corporal, la ropa, los escenarios y las imágenes forman parte de esa comunicación aunque nadie pronuncie una sola palabra.
Una reunión en una plaza transmite algo distinto de un encuentro en un salón cerrado. Hablar rodeado de especialistas produce una impresión diferente a hacerlo acompañado por familias. Caminar por una comunidad genera otra lectura que aparecer detrás de un escritorio. Ninguna imagen es neutral. Todas cuentan algo.
La campaña debe preguntarse constantemente si aquello que muestra coincide con aquello que afirma.
Porque una fotografía puede desmentir un discurso entero.
Y existe finalmente una prueba sencilla para medir si el mensaje ha comenzado a funcionar: preguntar a personas que no pertenecen al equipo qué creen que representa esa candidatura.
No qué recuerdan del último discurso.
No qué propuesta escucharon ayer.
Qué representa.
Cuando las respuestas comienzan a parecerse entre sí, existe posicionamiento.
Cuando cada persona responde algo completamente diferente, todavía hay trabajo por hacer.
CONOCER AL ADVERSARIO SIN TERMINAR HACIENDO CAMPAÑA PARA ÉL
Ninguna candidatura compite en el vacío.
Enfrente existen personas tratando de construir simultáneamente su propia versión de la elección. También quieren definir los problemas, apropiarse de determinadas causas, presentar cualidades, esconder vulnerabilidades y conseguir que los ciudadanos observen la realidad desde el ángulo que más les conviene.
Ignorarlas sería ingenuo.
Obsesionarse con ellas puede ser todavía peor.
Conocer a los competidores exige mucho más que recopilar ataques. Hay que entender qué representan, dónde son fuertes, cuáles sectores pueden escucharles, qué argumentos poseen, qué acontecimientos de su trayectoria podrían favorecerlos y qué debilidades enfrentarán. Solamente después tiene sentido pensar en contraste.
La investigación debe comenzar siempre por información comprobable. Trayectorias públicas, decisiones anteriores, resultados de gobierno cuando existan, votaciones, declaraciones, propuestas, documentos y posiciones conocidas permiten construir una imagen seria del contrario. El rumor puede circular rápidamente, pero utilizarlo sin comprobación puede destruir credibilidad y producir consecuencias jurídicas o políticas.
Hay una diferencia fundamental entre investigar y fabricar.
La primera busca hechos.
La segunda intenta producir escándalos.
Una campaña profesional debería saber distinguirlas.
El conocimiento del contrario sirve también para anticipar ataques. Si existe una vulnerabilidad propia que probablemente será utilizada, conviene preparar una respuesta antes de que aparezca públicamente. Esperar hasta encontrarse frente a cámaras para decidir qué contestar suele ser una manera demasiado costosa de improvisar.
La preparación puede incluir preguntas difíciles, escenarios adversos y ejercicios donde alguien desempeñe deliberadamente el papel del competidor. No para vivir asustados, sino para reducir sorpresas. Una pregunta incómoda pierde parte de su capacidad destructiva cuando ya fue enfrentada varias veces dentro de una habitación cerrada.
El contraste, sin embargo, necesita una razón.
Atacar solamente porque existe material disponible puede terminar fortaleciendo al contrario. Cada vez que se menciona su nombre se le concede atención. Cada acusación puede permitirle responder y ocupar espacio. Incluso una ofensiva exitosa puede resultar inútil si no ayuda a explicar por qué la alternativa propia es mejor.
El contraste efectivo no dice únicamente: ellos están mal.
Debe completar la frase: por eso nosotros proponemos algo diferente.
De lo contrario la campaña termina convertida en comentarista permanente de los demás.
Existe también un riesgo especialmente frecuente cuando alguien va detrás en las preferencias: permitir que el competidor mejor posicionado determine todos los movimientos. Si habla de seguridad, se responde seguridad. Si presenta una propuesta, inmediatamente se contesta. Si realiza un acto, se organiza otro. Poco a poco deja de existir agenda propia. Quien supuestamente está siendo atacado termina marcando el ritmo de quien lo persigue.
Responder no siempre significa reaccionar.
Algunas provocaciones merecen contestación inmediata. Otras se extinguen precisamente porque nadie las alimenta. Saber distinguirlas requiere evaluar quién está hablando, qué alcance posee, qué daño potencial existe y si una respuesta ampliará algo que todavía era pequeño.
Las campañas contemporáneas enfrentan además una velocidad desconocida durante buena parte de la historia electoral. Una declaración puede convertirse en fragmento, el fragmento en publicación, la publicación en tendencia y la tendencia en noticia antes de que termine el día. En ese ambiente resulta tentador perseguir cada conversación.
Hacerlo puede ser una condena.
No todo lo que ocurre en las redes ocurre también en la sociedad.
Una polémica capaz de consumir durante horas a periodistas, militantes y usuarios intensivos puede ser completamente desconocida para la mayoría del electorado. Confundir ambos mundos conduce a gastar energía respondiendo preguntas que muchos ciudadanos jamás hicieron.
El verdadero adversario tampoco siempre aparece en la boleta.
Puede ser el abstencionismo.
Puede ser la desconfianza.
Puede ser una percepción profundamente instalada.
Puede ser la idea de que todos son iguales.
Puede ser incluso la indiferencia.
En determinadas elecciones, derrotar esas barreras resulta mucho más difícil que superar a cualquier competidor.
Por eso el conocimiento del contrario debe servir para definir diferencias, no para perder identidad.
Cuando una candidatura sabe quién es, qué representa, cuáles son sus prioridades y por qué pretende gobernar, puede mirar hacia enfrente sin convertirse en reflejo de aquello que observa.
Al terminar esta etapa ocurre algo fundamental.
La maquinaria construida anteriormente ya no solamente puede moverse.
Ahora sabe qué quiere decir cuando se mueve.
Existe una historia capaz de explicar la candidatura. Hay una idea central que organiza las propuestas. Se ha establecido una personalidad reconocible y comienzan a definirse las diferencias frente a quienes disputarán el mismo voto.
Pero todavía existe una distancia enorme entre construir un mensaje dentro de una oficina y conseguir que ese mensaje atraviese una ciudad, un municipio, un estado o un país.
Porque las elecciones no ocurren sobre una presentación.
Ocurren en calles, colonias, barrios, comunidades y secciones electorales.
Ha llegado el momento de abandonar el escritorio.
Y convertir el mapa en personas.
EL TERRITORIO: DONDE LAS ENCUESTAS TERMINAN ENCONTRÁNDOSE CON LAS PERSONAS
Hasta este momento buena parte de la campaña ha podido observarse desde arriba. Hay cifras, mapas, documentos, prioridades, líneas discursivas y decisiones construidas alrededor de información que intenta explicar el comportamiento de miles o millones de personas. Sobre una pantalla, el territorio parece perfectamente ordenado: límites municipales, distritos, secciones, colonias, comunidades y porcentajes distribuidos mediante colores. Todo parece susceptible de clasificarse.
Pero ningún mapa vota.
Detrás de cada número existe una persona cuya decisión no pertenece definitivamente a nadie. El ciudadano que apoyó a determinado partido hace tres años puede haber cambiado de opinión. Quien nunca había participado puede decidir hacerlo. El simpatizante convencido puede quedarse en casa. Una colonia considerada favorable puede modificar su comportamiento y una comunidad históricamente adversa puede abrir una oportunidad inesperada. Los antecedentes permiten comprender tendencias; jamás deberían confundirse con escrituras de propiedad sobre los electores.
Por eso llega un momento en que los estudios tienen que encontrarse con la calle.
La elección comienza a adquirir entonces una dimensión completamente distinta. Ya no basta saber cuántos habitantes existen en determinada zona. Hay que conocer cómo viven, dónde se reúnen, cuáles son sus rutas cotidianas, qué problemas comparten, qué liderazgos reconocen y qué relación mantienen con las instituciones. Dos colonias separadas apenas por una avenida pueden poseer preocupaciones profundamente diferentes. Dos comunidades pertenecientes al mismo municipio pueden mirar la política desde experiencias completamente opuestas.
El territorio obliga a abandonar generalizaciones.
También obliga a escuchar cosas que quizá no estaban previstas.
Una campaña puede llegar convencida de que determinado asunto constituye la principal preocupación y descubrir que allí existe otro mucho más inmediato. Puede llevar preparada una explicación sobre grandes proyectos y encontrarse con personas que quieren hablar de una calle destruida desde hace años. Puede intentar discutir políticas públicas mientras una familia pregunta por qué nunca llega el agua.
La política cambia cuando adquiere dirección y código postal.
Y es precisamente allí donde comienza una de las tareas más extensas de toda contienda: convertir una candidatura conocida desde lejos en una presencia capaz de llegar hasta lugares donde ningún anuncio puede sustituir una conversación.
DIVIDIR EL MAPA PARA PODER ENTENDERLO
Una elección extensa puede parecer inabarcable hasta que comienza a dividirse.
Estados, distritos, municipios, zonas, secciones, colonias y comunidades permiten convertir una enorme superficie en unidades que pueden estudiarse y atenderse. Esa fragmentación no pretende reducir personas a estadísticas. Sirve para comprender diferencias y decidir dónde concentrar esfuerzos que inevitablemente serán limitados.
La sección electoral constituye una referencia especialmente útil porque conecta comportamiento histórico con una unidad geográfica concreta. Permite observar participación, resultados anteriores, competitividad y variaciones entre elecciones. Cuando miles de secciones se analizan conjuntamente comienzan a aparecer patrones imposibles de detectar mediante impresiones generales.
Algunas muestran una presencia histórica sólida para determinada fuerza política. Otras presentan competencia cerrada. Existen lugares donde el voto cambia con frecuencia y otros donde las preferencias han permanecido relativamente estables. También aparecen zonas con participación elevada y lugares donde el abstencionismo domina elección tras elección.
Cada característica plantea una pregunta diferente.
En una zona favorable habrá que conservar apoyo y conseguir que llegue a las urnas. En una competitiva puede existir margen para crecer. Allí donde la desventaja es enorme quizá resulte poco eficiente dedicar recursos desproporcionados intentando una transformación improbable. Pero abandonarla completamente tampoco necesariamente será correcto: incluso una reducción moderada de la diferencia puede tener importancia cuando miles de pequeñas variaciones terminan sumándose en el resultado general.
La estrategia territorial consiste precisamente en decidir prioridades sin confundir prioridad con exclusividad.
No todos los lugares recibirán la misma intensidad, pero ninguno debería analizarse mediante intuiciones.
Los resultados anteriores ofrecen una primera capa. Después deben agregarse características demográficas, crecimiento urbano, condiciones socioeconómicas, problemas locales, presencia de organizaciones, comportamiento reciente y cualquier elemento capaz de explicar transformaciones. Una zona que hace seis años tenía determinada composición puede haber cambiado profundamente por nuevos desarrollos habitacionales, migración interna o modificaciones económicas.
Los mapas envejecen.
La realidad no espera a que alguien los actualice.
Por eso el conocimiento local resulta indispensable. Quien vive allí puede advertir cosas que ninguna base de datos registra oportunamente: una colonia nueva, un liderazgo que perdió influencia, una organización vecinal que comenzó a crecer, un conflicto comunitario, una obra que modificó movilidad o una inconformidad surgida durante los últimos meses.
La información cuantitativa y el conocimiento humano deben corregirse mutuamente.
Con esos elementos puede construirse una clasificación operativa. No necesita convertirse en una colección interminable de categorías. Basta distinguir dónde existe fortaleza, dónde hay competencia, dónde se encuentran oportunidades y dónde las condiciones son especialmente difíciles. Después se determina qué objetivo corresponde a cada lugar.
Esto cambia incluso la manera de programar recorridos.
Una agenda diseñada exclusivamente para producir imágenes puede concentrarse en sitios cómodos, auditorios llenos y reuniones donde todos aplauden. Una agenda territorialmente útil obliga también a entrar en lugares complicados, escuchar reclamos y visitar zonas donde el apoyo todavía no está garantizado.
Hay una enorme diferencia entre recorrer para ser visto y recorrer para crecer.
La primera opción produce fotografías agradables.
La segunda puede producir votos.
También debe considerarse el tiempo. Un candidato puede dedicar varias horas a desplazarse hasta una actividad con escaso impacto mientras deja sin atención una zona donde existen miles de electores accesibles en distancias menores. Eso no significa gobernar la agenda únicamente mediante cálculos matemáticos. Hay lugares simbólicos, compromisos políticos y comunidades cuya atención posee un valor que trasciende su tamaño. Pero cada excepción debe ser consciente.
El territorio obliga constantemente a administrar escasez.
No habrá suficientes días para visitar cada calle.
No habrá recursos ilimitados para cubrir cada punto.
No será posible hablar personalmente con todos.
Por eso cada recorrido necesita multiplicarse mediante personas capaces de permanecer después de que la comitiva se haya marchado.
Allí comienza la verdadera estructura de campo.
LA ESTRUCTURA: CONVERTIR SIMPATÍAS DISPERSAS EN ORGANIZACIÓN
Una persona que dice apoyar a determinada candidatura representa una preferencia.
Una persona que además está dispuesta a trabajar para convencer a otras representa algo diferente.
La estructura territorial nace precisamente cuando las simpatías comienzan a convertirse en participación organizada. No se construye solamente reuniendo nombres en listas. Necesita responsables capaces de mantener presencia, transmitir información, organizar actividades y conservar contacto con ciudadanos dentro de espacios concretos.
Su forma dependerá nuevamente del tamaño de la elección. Puede existir coordinación por distrito, municipio, zona o sección. Lo verdaderamente importante es que la cadena llegue hasta unidades suficientemente pequeñas para que alguien conozca personalmente aquello que ocurre allí.
El responsable territorial no debería ser simplemente quien afirma tener más conocidos.
Necesita capacidad para convocar, credibilidad local, disposición para trabajar y habilidad para reportar información con precisión. Los liderazgos reales no siempre son quienes hablan más fuerte ni quienes llegan acompañados por mayor número de personas. Algunas veces son vecinos que durante años resolvieron problemas comunitarios, comerciantes conocidos, integrantes de organizaciones civiles, profesionistas, jóvenes activos o personas cuya opinión es escuchada porque construyeron confianza mucho antes de que comenzara la elección.
Identificarlos requiere paciencia.
También exige evitar una vieja trampa: creer automáticamente en quien asegura controlar determinada cantidad de votos.
Los votos no se guardan en cajas.
Nadie puede garantizar completamente cómo decidirán otras personas frente a una boleta secreta. Los operadores que prometen miles como si fueran propiedad privada deberían ser observados con la misma cautela con la que se escucha cualquier oferta demasiado extraordinaria.
La estructura moderna necesita trabajar sobre relaciones verificables y no sobre mitologías.
Cada responsable debe conocer su área, mantener comunicación con quienes participan allí y saber cuáles actividades se realizarán. Conforme avanza la contienda, puede ayudar a convocar reuniones, distribuir información permitida, detectar preocupaciones, identificar simpatizantes y facilitar contacto con distintos sectores.
Pero su función más valiosa quizá sea otra: regresar información.
La comunicación territorial no puede funcionar solamente de arriba hacia abajo. Si desde el centro salen instrucciones y desde las comunidades nunca vuelve nada, la organización terminará hablando consigo misma. Quienes están diariamente en campo pueden detectar cambios de ánimo, inconformidades, rumores, dificultades y oportunidades antes que cualquier estudio formal.
Ese flujo debe procesarse con cuidado.
Una experiencia individual no necesariamente representa a toda una zona. Que diez personas repitan algo durante una reunión tampoco significa que miles piensen igual. El conocimiento territorial aporta señales, no certezas absolutas. Su valor aumenta cuando diferentes puntos comienzan a reportar patrones semejantes.
La capacitación adquiere entonces importancia. Cada persona que participa en nombre de una candidatura puede terminar representándola frente a otros ciudadanos. Una mala actitud, una promesa imposible o una confrontación innecesaria pueden producir daños que después serán difíciles de corregir. No basta entregar materiales y pedir resultados. Hay que explicar qué puede hacerse, qué no, cuál es la forma adecuada de acercamiento y cómo responder cuando alguien rechaza conversar.
Porque también habrá rechazo.
No todas las puertas se abrirán.
No todas las personas querrán escuchar.
Algunas expresarán enojo.
Otras aprovecharán la presencia para reclamar decisiones que quizá ni siquiera correspondan a quien compite.
Una estructura disciplinada entiende que convencer no significa presionar. El ciudadano conserva siempre el derecho de decir no. Respetarlo es también una forma de hacer política.
Los voluntarios constituyen otra fuerza especialmente valiosa. Quien entrega tiempo sin convertirlo necesariamente en una relación laboral suele hacerlo porque existe identificación auténtica. Esa energía puede resultar contagiosa, pero necesita organización. Un grupo numeroso sin tareas claras termina cansándose rápidamente. Las personas permanecen cuando entienden para qué sirve su esfuerzo.
También necesitan sentirse parte de algo que avanza.
La información sobre logros, actividades próximas y objetivos concretos ayuda a conservar motivación. No mediante triunfalismos artificiales, sino permitiendo que cada colaborador comprenda cómo su trabajo individual se conecta con un propósito mayor.
Conforme esa red comienza a extenderse, el mapa deja de estar compuesto únicamente por colores.
Empieza a tener nombres.
Personas que conocen otras personas.
Vecinos que conversan con vecinos.
Grupos capaces de organizarse sin esperar que todo llegue desde una oficina central.
Entonces la candidatura adquiere algo que ningún espectacular puede proporcionar por sí solo: presencia humana.
LA CALLE: CAMINAR TAMBIÉN ES UNA FORMA DE OBTENER INFORMACIÓN
Salir a caminar parece una de las actividades más simples de cualquier campaña.
No lo es.
Una caminata puede convertirse en una representación perfectamente coreografiada donde el candidato solamente saluda a simpatizantes previamente reunidos, escucha frases amables y termina convencido de que todo marcha extraordinariamente. También puede convertirse en una herramienta formidable para observar directamente aquello que ningún informe consigue transmitir completamente.
La diferencia está en cómo se realiza.
Caminar por un mercado permite observar precios, actividad económica, condiciones del espacio y conversar con comerciantes que pasan allí buena parte de su vida. Recorrer una colonia revela pavimento, iluminación, transporte, parques, basura, seguridad y distancias. Visitar una comunidad rural obliga a comprender caminos, servicios, conectividad y dificultades que pueden permanecer invisibles desde una cabecera municipal.
La realidad posee texturas.
No caben todas en una tabla.
Por eso el candidato necesita tiempo para escuchar sin convertir cada conversación en discurso. La tentación natural consiste en responder inmediatamente. Alguien presenta un problema y el político comienza a explicar su propuesta. Pero algunas veces resulta más útil preguntar otra vez.
¿Desde cuándo ocurre?
¿A cuántas personas afecta?
¿Ya lo reportaron?
¿Qué respuesta recibieron?
¿Quién más vive la misma situación?
Cinco preguntas pueden proporcionar más información que cinco minutos hablando.
La escucha directa tiene además una consecuencia política importante: obliga a enfrentarse con contradicciones. Un mismo problema puede producir opiniones opuestas. Comerciantes que quieren determinada medida mientras vecinos la rechazan. Automovilistas solicitando más espacio y peatones pidiendo exactamente lo contrario. Habitantes exigiendo desarrollo y otros intentando preservar características de su comunidad.
Gobernar significa frecuentemente elegir entre intereses legítimos que no pueden satisfacerse simultáneamente.
Una campaña seria debería comenzar a comprender esas tensiones antes de prometer soluciones universales.
Los recorridos permiten también detectar historias capaces de explicar problemas mayores. Una madre esperando transporte durante horas puede representar una deficiencia de movilidad. Un pequeño negocio cerrado después de varios robos puede mostrar el impacto económico de la inseguridad. Una escuela con carencias puede convertir una estadística educativa en una realidad imposible de ignorar.
Esas historias deben tratarse con respeto.
Las personas no son escenografía.
Utilizar el dolor ajeno solamente para producir una fotografía puede resultar profundamente contraproducente y, sobre todo, políticamente pobre. Si alguien comparte una dificultad, debería existir un mecanismo para registrar el asunto y, cuando sea posible, darle seguimiento dentro de los límites correspondientes. Escuchar sin volver a saber jamás qué ocurrió termina convirtiéndose en otra forma de simulación.
También los encuentros sectoriales cumplen una función diferente. Empresarios, trabajadores, jóvenes, mujeres, profesionistas, organizaciones civiles, productores, comerciantes, maestros, artistas, deportistas y muchos otros grupos poseen preocupaciones particulares. Reunirse con ellos permite profundizar asuntos que difícilmente aparecerían durante una caminata.
Pero esas reuniones deben evitar convertirse en una sucesión de monólogos del candidato.
Si se invita a veinte personas para escucharlas y durante cincuenta minutos habla quien las convocó, algo salió mal.
La información obtenida en campo necesita regresar después a quienes toman decisiones. Problemas recurrentes pueden modificar prioridades, enriquecer propuestas o revelar que determinado discurso no está conectando como se esperaba. Allí se completa el circuito: la candidatura habla, la ciudadanía responde y lo escuchado modifica la manera de continuar.
La calle sirve también para medir aquello que ningún aplausómetro puede calcular con precisión.
Hay entusiasmo espontáneo y entusiasmo organizado.
Hay saludos de cortesía y apoyos verdaderos.
Hay personas que se acercan porque quieren conocer y otras que simplemente estaban allí.
Aprender a distinguir esas señales evita interpretaciones exageradas.
El candidato que regresa de cada recorrido convencido de haber arrasado probablemente está observando solamente aquello que desea observar.
Las campañas necesitan entusiasmo.
Pero necesitan todavía más capacidad para interpretar correctamente la realidad.
Con el paso de las semanas, el territorio comienza a dejar huellas sobre quien compite. Los discursos cambian ligeramente porque aparecen historias nuevas. Algunas propuestas adquieren mayor precisión. Determinadas preocupaciones que parecían secundarias crecen. La candidatura aprende nombres de comunidades que antes apenas conocía y descubre problemas que nunca habían llegado hasta los informes iniciales.
Eso es lo que ocurre cuando la política abandona el mapa y pisa el suelo.
A estas alturas, la campaña ya posee una identidad y ha comenzado a extenderla mediante miles de contactos. Hay personas hablando con personas, recorridos acumulando kilómetros y una red que intenta crecer cada día.
Pero la calle tiene límites físicos.
Un candidato puede estrechar cientos de manos.
Una estructura puede tocar miles de puertas.
Ninguno puede conversar personalmente con todos los electores.
Para alcanzar a quienes nunca asistirán a una reunión, jamás se acercarán a un acto y quizá nunca se encuentren frente a frente con quien busca su voto, será necesario entrar en otro territorio.
Uno sin fronteras geográficas precisas.
El de los medios, las pantallas, las imágenes y la conversación pública.
La siguiente batalla será por la atención.
LA BATALLA POR LA CONVERSACIÓN
Hubo un tiempo en que buena parte de una campaña podía organizar su comunicación alrededor de horarios relativamente previsibles. Los periódicos cerraban ediciones, los noticiarios tenían horas determinadas y una declaración realizada por la mañana podía disponer de varias horas antes de producir una respuesta pública. Ese mundo prácticamente desapareció. Ahora una frase pronunciada durante un recorrido puede viajar en segundos, ser recortada, interpretada, celebrada, cuestionada, convertida en imagen, multiplicada por miles de cuentas y llegar a los medios tradicionales después de haber recorrido primero teléfonos particulares.
La política dejó de comunicarse solamente mediante grandes emisores.
Ahora vive dentro de una conversación que nunca duerme completamente.
Esto modificó algo más profundo que las herramientas. Cambió la velocidad con la que una candidatura debe observar su entorno y la cantidad de espacios donde puede construirse o destruirse una percepción. La entrevista de radio convive con el video vertical; la portada de un periódico con una publicación realizada desde cualquier teléfono; el discurso preparado con una grabación captada por alguien entre el público. Ya prácticamente no existen momentos completamente privados cuando una figura política se encuentra frente a ciudadanos.
La atención se convirtió así en uno de los recursos más disputados.
Todos quieren unos segundos.
Los candidatos, los partidos, los gobiernos, los medios, los creadores de contenido, las empresas y millones de usuarios compiten dentro de las mismas pantallas. El ciudadano puede pasar de una noticia política a un partido de futbol, de allí a un mensaje familiar y después a un video humorístico en menos de un minuto. La candidatura que pretenda exigir atención prolongada simplemente porque considera importante lo que está diciendo probablemente terminará hablando sola.
Pero conseguir atención tampoco basta.
Una provocación puede obtener millones de reproducciones y producir un efecto negativo. Un error puede convertir a alguien en tendencia durante horas. La notoriedad no posee automáticamente valor favorable. El verdadero desafío consiste en conseguir que la exposición ayude a fortalecer aquello que se pretende representar y no termine deformándolo.
La comunicación electoral vive, por tanto, dentro de una contradicción permanente: necesita velocidad sin convertirse en precipitación, creatividad sin perder coherencia y capacidad de reacción sin permitir que cada ruido determine su comportamiento.
En ese equilibrio se juega una parte considerable de la batalla contemporánea.
COMUNICACIÓN: CONSEGUIR QUE UNA CANDIDATURA TENGA ROSTRO, VOZ Y PERSONALIDAD
La comunicación política comienza mucho antes de encender una cámara.
Empieza decidiendo qué acontecimientos merecen convertirse en noticia, cuáles necesitan explicación, quién debe hablar sobre ellos y cuál es el mejor espacio para hacerlo. No todo requiere conferencia. No toda declaración necesita boletín. No cada actividad merece transmisión. Elegir el formato adecuado puede ser tan importante como aquello que pretende comunicarse.
La relación con los medios constituye una parte central de ese trabajo. Periodistas, reporteros, conductores, columnistas y editores observan diariamente acontecimientos desde perspectivas diferentes. La campaña necesita proporcionar información oportuna, atender preguntas, facilitar entrevistas y mantener canales profesionales incluso con quienes sostienen posiciones críticas.
Pretender relacionarse únicamente con medios favorables puede producir una cómoda burbuja.
La política democrática incluye preguntas incómodas.
Un periodista no tiene obligación de convertirse en promotor de ninguna candidatura. Su trabajo puede llevarlo precisamente a buscar contradicciones, revisar datos y cuestionar afirmaciones. Entender esa diferencia evita una práctica contraproducente: interpretar cada pregunta difícil como una agresión.
Preparar una entrevista tampoco significa fabricar respuestas mecánicas. Consiste en conocer los asuntos probables, disponer de datos correctos y saber cuáles ideas no deberían perderse dentro de una conversación extensa. El candidato que llega sin preparación puede terminar entregando titulares que jamás quiso producir; quien memoriza cada frase corre el riesgo contrario de parecer incapaz de sostener una conversación natural.
Entre ambos extremos existe la preparación auténtica: conocer suficientemente los temas para poder hablar con libertad.
Los discursos requieren otra lógica.
Un acto multitudinario necesita ritmo, emoción y capacidad para conectar con quienes se encuentran presentes. Una intervención ante especialistas demanda profundidad. Un mensaje televisado obliga a utilizar tiempos diferentes. Hablar frente a jóvenes no significa imitar su manera de expresarse; significa comprender cuáles asuntos pueden resultarles relevantes. Cada público merece adaptación sin convertir al personaje en alguien distinto cada vez que cambia de escenario.
La voz debe permanecer reconocible.
Eso incluye aquello que no se dice.
Las pausas, el tono, la manera de reaccionar ante una interrupción, la forma de tratar a colaboradores y el comportamiento cuando algo sale mal también comunican. Algunas de las imágenes más poderosas de una contienda no fueron planeadas. Surgieron cuando alguien creyó que las cámaras ya no estaban mirando.
La fotografía merece atención particular porque puede condensar en un instante una interpretación completa. Un escenario vacío detrás de quien habla transmite algo. Una multitud cerrada alrededor produce otra sensación. La distancia física respecto de las personas, los elementos colocados al fondo, la iluminación y hasta aquello que aparece accidentalmente dentro del encuadre pueden alterar la lectura.
Nada de esto debería llevar a fabricar escenas falsas.
La obsesión por producir la imagen perfecta puede terminar generando precisamente la percepción contraria: artificialidad.
La mejor fotografía política suele aparecer cuando existe algo verdadero ocurriendo frente a la cámara.
También los materiales audiovisuales necesitan abandonar la vieja idea de que todo debe parecer un anuncio. Hay momentos donde una producción elaborada resulta adecuada y otros donde un contenido sencillo posee mayor credibilidad. La calidad técnica importa, pero no sustituye aquello que se está contando.
Un video impecablemente producido sobre algo irrelevante seguirá siendo irrelevante.
La prensa escrita, radio, televisión, portales informativos, podcasts y formatos de conversación larga continúan ofreciendo algo que la velocidad digital muchas veces dificulta: contexto. Una candidatura necesita espacios donde pueda desarrollar argumentos y no limitarse permanentemente a fragmentos de unos cuantos segundos.
Pero cada aparición debe responder a una pregunta: ¿para qué estamos aquí?
Puede buscar conocimiento.
Puede intentar explicar una propuesta.
Puede responder una controversia.
Puede dirigirse a un sector particular.
Puede mostrar una característica determinada.
Cuando la respuesta es simplemente “porque nos invitaron”, probablemente falta criterio.
La sobreexposición también desgasta. Aparecer en todas partes sin tener algo nuevo que aportar puede convertir presencia en saturación. Hay momentos para ocupar conversación y otros para permitir que una idea permanezca sin cubrirla inmediatamente con la siguiente.
Comunicar no consiste en producir más.
Consiste en conseguir que aquello producido tenga sentido.
LA CAMPAÑA DIGITAL: MILLONES DE PANTALLAS CONVERTIDAS EN PEQUEÑAS PLAZAS PÚBLICAS
El teléfono modificó radicalmente la distancia entre políticos y ciudadanos.
Antes, una persona necesitaba asistir a un evento, encontrarse con una entrevista o recibir propaganda para entrar en contacto con una candidatura. Ahora ésta puede aparecer mientras alguien desayuna, espera transporte, descansa durante el trabajo o está acostado antes de dormir. La política consiguió acceso a espacios profundamente cotidianos.
Ese privilegio tiene un precio: puede ser ignorada mediante un movimiento del dedo.
La primera batalla digital ocurre en unos cuantos segundos.
Si algo no despierta interés, desaparece inmediatamente hacia arriba de la pantalla.
Por eso los contenidos necesitan comprender el lenguaje de cada plataforma. Un fragmento preparado para televisión no necesariamente funciona igual en una red de videos breves. Una fotografía acompañada por un comunicado completo puede resultar inútil donde las personas esperan interacción rápida. Publicar exactamente lo mismo en todos los espacios facilita trabajo interno, pero desaprovecha características diferentes.
Cada plataforma tiene ritmos, públicos y códigos particulares.
Eso no significa perseguir cada moda.
Hay políticos que intentando parecer contemporáneos terminan convirtiéndose en caricaturas de aquello que creen que los usuarios esperan. Bailes forzados, expresiones que jamás utilizarían fuera de cámara o imitaciones de tendencias pueden conseguir atención, pero también destruir seriedad cuando no corresponden con la personalidad de quien aparece.
La naturalidad vuelve a ser una ventaja.
El contenido digital permite mostrar dimensiones que otros formatos difícilmente capturan. Momentos detrás de una actividad, conversaciones breves, explicaciones sencillas, respuestas directas, fragmentos cotidianos y testimonios pueden acercar a una persona sin necesidad de convertir cada publicación en pieza publicitaria.
Pero las redes no son solamente canales de emisión.
También son espacios de escucha.
Comentarios, preguntas y conversaciones permiten observar preocupaciones, aunque deben interpretarse con enorme cautela. Quienes participan activamente en plataformas no representan automáticamente a toda la población. Un grupo reducido puede generar cantidades enormes de publicaciones y producir la impresión de que un tema domina completamente la opinión pública.
Las tendencias pueden ser importantes.
No son elecciones.
Los números digitales también producen espejismos. Seguidores, visualizaciones, reacciones y reproducciones son indicadores útiles para evaluar contenido, pero ninguno equivale directamente a votos. Una publicación puede viajar por todo el país cuando la elección ocurre solamente en un municipio. Miles de interacciones pueden provenir de personas que ni siquiera tienen posibilidad de participar en esa contienda.
La pregunta no es únicamente cuántos vieron.
También importa quiénes, dónde y qué hicieron después.
La publicidad digital permite dirigir contenidos hacia públicos específicos dentro de los límites legales y de las políticas de cada plataforma. Esa capacidad puede utilizarse para informar sobre asuntos relevantes para determinados segmentos, probar formatos y distribuir mensajes con mayor precisión. Pero la segmentación tampoco debe convertirse en una colección de personalidades contradictorias.
No puede prometerse una cosa a un grupo y la contraria a otro esperando que nunca se encuentren.
En internet todo termina encontrándose.
La memoria digital constituye precisamente uno de los mayores desafíos. Declaraciones pronunciadas años atrás pueden reaparecer en segundos. Publicaciones antiguas, fotografías, entrevistas y opiniones permanecen disponibles para cualquiera que decida buscarlas. Una figura pública necesita conocer su propio archivo antes de descubrirlo mediante una polémica.
También existe información falsa.
Fotografías alteradas, contenidos sacados de contexto, cuentas que imitan identidades, rumores y afirmaciones inventadas pueden circular con enorme rapidez. La respuesta requiere primero verificar alcance. Desmentir precipitadamente algo que apenas conocían unas cuantas personas puede terminar dándole una difusión que jamás habría conseguido por sí solo.
Cuando el daño potencial es real, la contestación necesita ser clara, documentada y suficientemente rápida.
No siempre hace falta escribir diez páginas.
Algunas falsedades se derrumban mostrando un dato.
Otras necesitan una explicación más amplia.
Y algunas requieren acciones legales.
La conversación digital exige además seguridad. Cuentas oficiales, accesos, contraseñas, dispositivos y permisos deben protegerse cuidadosamente. Una intrusión durante momentos importantes puede generar publicaciones falsas, pérdida de información o problemas difíciles de contener.
Hay también un elemento frecuentemente olvidado: las personas encargadas de observar redes pasan horas expuestas a críticas, insultos y confrontaciones. Esa presión puede distorsionar percepción y provocar respuestas emocionales. Quien administra una cuenta institucional no debería contestar como si estuviera defendiendo personalmente su honor.
La candidatura necesita conservar la cabeza fría incluso cuando internet parece haberla perdido.
Porque tarde o temprano llegará un momento en que la conversación deje de ser simplemente difícil.
Y se convierta en crisis.
LA CRISIS: ESAS HORAS CAPACES DE DESTRUIR MESES ENTEROS DE TRABAJO
Las crisis rara vez solicitan cita.
Llegan durante un recorrido, en mitad de una entrevista, mientras el candidato se encuentra trasladándose o precisamente cuando parecía que el día terminaría tranquilo. Puede ser una declaración desafortunada, un acontecimiento externo, una acusación, un documento filtrado, una fotografía, un comportamiento indebido de algún colaborador o una información que nadie esperaba conocer públicamente en ese momento.
Lo primero que suele desaparecer es el tiempo.
Los teléfonos comienzan a sonar. Llegan mensajes contradictorios. Los medios solicitan postura. Las redes multiplican versiones. Alguien propone responder inmediatamente; otro recomienda silencio; una tercera persona asegura tener información diferente.
Ese instante separa a las organizaciones preparadas de aquellas que empiezan a pensar cuando el incendio ya comenzó.
El primer requisito es establecer qué ocurrió realmente.
Parece evidente, pero la presión puede llevar a responder sobre hechos que todavía no se conocen completamente. Una declaración emitida demasiado pronto puede quedar desmentida minutos después y convertir un problema inicial en dos: el acontecimiento y la pérdida de credibilidad.
Verificar antes de hablar no significa permanecer paralizado.
Puede comunicarse que se está recabando información cuando sea necesario. Lo importante es evitar afirmaciones categóricas basadas únicamente en versiones parciales.
Después debe evaluarse dimensión.
¿Existe evidencia?
¿Quién originó la información?
¿Qué alcance ha conseguido?
¿Puede crecer?
¿Afecta directamente a la persona que encabeza la candidatura?
¿Tiene consecuencias jurídicas?
¿Contradice algún elemento central de su imagen pública?
No todas las crisis son iguales y, por tanto, no pueden recibir la misma respuesta.
Cuando existe un error real, negar lo evidente suele empeorar las cosas. Reconocerlo, explicar circunstancias y señalar qué se hará puede resultar doloroso, pero permite comenzar a cerrar el episodio. La disculpa funciona solamente cuando parece asumir responsabilidad. Una frase diseñada para lamentar que “alguien se haya sentido ofendido” sin reconocer conducta alguna suele producir el efecto contrario.
Cuando la acusación es falsa, la respuesta necesita firmeza y pruebas.
Y cuando los hechos todavía no están claros, la prudencia vale más que cualquier ocurrencia.
La velocidad debe convivir con una sola voz autorizada. Si diferentes integrantes comienzan a ofrecer versiones distintas, la crisis adquiere nuevas ramas. Alguien necesita centralizar información, establecer postura y determinar quién hablará.
Mientras tanto, la actividad cotidiana no necesariamente debe detenerse.
Cancelar todo puede magnificar la sensación de gravedad. Continuar como si nada hubiera ocurrido puede parecer indiferencia. La decisión dependerá de la naturaleza del problema. Algunas circunstancias requieren modificar completamente la agenda; otras pueden administrarse sin abandonar el programa previsto.
Existe además un momento particularmente difícil: saber cuándo dejar de responder.
Una explicación inicial puede ser necesaria. La segunda puede aclarar. La décima probablemente mantiene vivo aquello que se pretendía cerrar. Si cada nueva crítica provoca otra declaración, el tema nunca abandona la conversación.
No se trata de esconderse.
Se trata de comprender el ciclo de atención.
Las crisis también dejan información valiosa. Revelan fallas en protocolos, personas que no estaban preparadas, vulnerabilidades ignoradas y procesos que necesitan corregirse. Una vez superado el momento inmediato, debe revisarse qué ocurrió y por qué.
La peor crisis es aquella de la que nadie aprende nada.
Hay, sin embargo, acontecimientos mucho más graves que cualquier cálculo electoral: accidentes, violencia, fallecimientos, desastres o situaciones donde existen víctimas. Allí la prioridad debe ser humana. Intentar convertir una tragedia en oportunidad propagandística puede producir un rechazo completamente justificado.
La política tiene momentos en que necesita saber retirarse de la fotografía.
Después de semanas de exposición, entrevistas, publicaciones, polémicas y acontecimientos inesperados, la candidatura habrá aprendido algo que ningún plan puede enseñar completamente: la conversación pública tiene vida propia.
Puede influirse sobre ella.
Nunca controlarse por completo.
A estas alturas, el nombre ya circula. La imagen es reconocible. Los argumentos han sido escuchados, cuestionados y comparados. Existen simpatizantes convencidos, adversarios definidos y una franja de ciudadanos que todavía observa sin decidir.
Entonces aparece una pregunta inevitable.
¿Todo esto está funcionando?
Ya no basta contar asistentes, reproducciones, entrevistas o aplausos.
Hay que volver a medir.
Pero ahora los números tendrán otra función.
No servirán para decidir si vale la pena comenzar.
Servirán para saber si todavía hay tiempo de corregir antes de que termine.
La campaña entra en su tramo más corto.
Y también en el más peligroso.
CUANDO LA CAMPAÑA ENTRA EN SU RECTA MÁS PELIGROSA
Hay un momento en toda campaña en que el calendario comienza a pesar más que cualquier otra cosa. Hasta entonces todavía existía la posibilidad de corregir lentamente, cambiar determinadas decisiones, probar caminos distintos y esperar que los movimientos produjeran resultados. Ahora cada día perdido adquiere otra dimensión. Faltan semanas, después días, y finalmente horas. Aquello que no consiguió construirse durante meses difícilmente podrá inventarse de repente.
También cambia el ambiente interno. Los números son observados con mayor ansiedad, cualquier acontecimiento parece capaz de modificar la competencia y comienzan a multiplicarse las opiniones sobre aquello que debería hacerse inmediatamente. Quienes durante semanas guardaron silencio descubren soluciones definitivas; aparecen recomendaciones de última hora y cada persona conoce supuestamente una zona, un grupo o una acción capaz de proporcionar exactamente los votos que faltan.
Es precisamente cuando menos tiempo existe para equivocarse que aumenta la presión para tomar decisiones apresuradas.
La serenidad se convierte entonces en una ventaja política.
Llegar a esta etapa con posibilidades reales significa que muchas piezas anteriores consiguieron funcionar razonablemente bien. Pero nada está resuelto. Una ventaja puede disminuir, una competencia cerrada puede abrirse y una candidatura aparentemente rezagada puede encontrar una oportunidad si las circunstancias cambian. Las elecciones no terminan cuando alguien publica una encuesta favorable. Terminan cuando se cuentan votos válidamente emitidos.
Eso obliga a abandonar triunfalismos y derrotismos prematuros. Quien se siente ganador demasiado pronto puede bajar intensidad; quien se considera vencido antes de tiempo puede provocar exactamente aquello que teme. El tramo final exige mirar la realidad sin permitir que el estado de ánimo sustituya a los datos.
Ahora cada decisión tiene fecha de caducidad.
LAS ENCUESTAS: INSTRUMENTOS PARA DECIDIR, NO FOTOGRAFÍAS PARA PRESUMIR
Las encuestas poseen una capacidad extraordinaria para alterar el humor de una campaña. Una cifra favorable puede transformar una oficina cansada en celebración; una caída puede llenar de preocupación los mismos pasillos. Sin embargo, ninguna de esas reacciones modifica aquello que verdaderamente es una medición: una estimación realizada bajo determinadas condiciones, mediante una metodología específica y dentro de un momento concreto.
El primer error consiste en convertirla en profecía.
Una encuesta no sabe qué ocurrirá el día de la elección. Registra preferencias, opiniones o comportamientos declarados durante el periodo en que fue levantada. Entre ese momento y la jornada pueden suceder acontecimientos, cambiar decisiones y, sobre todo, aparecer una diferencia fundamental entre declarar una intención y acudir efectivamente a votar.
Por eso importa mucho más que un solo porcentaje.
Hay que observar conocimiento, opinión positiva y negativa, intención declarada, firmeza de preferencias, posibilidades de cambio, segunda opción, rechazo, evaluación de asuntos públicos y características de los diferentes segmentos. Una candidatura puede encontrarse arriba y al mismo tiempo presentar vulnerabilidades que anticipan dificultades. Otra puede estar detrás pero disponer de mayor espacio para crecer entre quienes todavía no han tomado una decisión definitiva.
La tendencia suele ofrecer más información que una fotografía aislada. Si varias mediciones comparables muestran crecimiento constante, existe un movimiento que merece analizarse. Si reflejan descenso, debe investigarse qué comenzó a ocurrir. Cuando las cifras permanecen estables durante semanas, quizá el problema sea precisamente que ninguna de las acciones realizadas está consiguiendo modificar preferencias.
Pero comparar requiere metodología compatible. Colocar una encuesta telefónica junto a otra realizada cara a cara y presentar sus diferencias como si fueran movimientos exactos puede conducir a conclusiones equivocadas. Lo mismo ocurre cuando cambian muestras, cuestionarios, fechas o criterios utilizados para estimar votantes probables.
Las campañas deberían resistir una tentación especialmente frecuente: creer solamente en las mediciones que les gustan.
Si cinco estudios muestran una competencia difícil y uno presenta una ventaja extraordinaria, aferrarse exclusivamente al sexto puede resultar emocionalmente agradable, pero estratégicamente inútil. La información sirve precisamente cuando permite conocer aquello que uno preferiría no encontrar.
También existen encuestas destinadas a comunicación pública y estudios diseñados para consumo interno. Confundir sus propósitos puede resultar peligroso. Una medición interna debe permitir formular preguntas incómodas, explorar debilidades y conocer percepciones sin necesidad de producir un titular favorable. Su valor está en ayudar a decidir, no en proporcionar material para una conferencia.
En esta etapa adquieren especial importancia los cruces territoriales y demográficos. Saber que alguien tiene determinado porcentaje general dice poco sobre dónde necesita trabajar durante los días restantes. Puede existir fortaleza entre ciertos grupos y debilidad entre otros; ventaja en determinadas regiones y rezago en zonas específicas. La cifra total es solamente la superficie.
Después viene la interpretación.
Una caída no necesariamente exige cambiarlo todo. Puede responder a un acontecimiento temporal, a movimientos dentro de un segmento pequeño o incluso encontrarse dentro de márgenes estadísticos que aconsejan prudencia. Modificar de golpe el rumbo cada vez que aparece una variación convierte a la candidatura en un barco dirigido por cada ola.
Medir también implica aprender a esperar.
Las acciones políticas necesitan tiempo para producir efectos observables. Una propuesta presentada el lunes difícilmente puede evaluarse correctamente mediante información levantada antes de que buena parte de la población siquiera la conozca. La obsesión por encontrar resultados instantáneos termina generando decisiones basadas en señales demasiado débiles.
Conforme se acerca la elección aparece además la pregunta más difícil: quién realmente irá a votar. Los modelos de participación intentan aproximarse a esa respuesta utilizando antecedentes, interés declarado y otras variables, pero siempre existirá incertidumbre. Una preferencia que permanece en casa vale electoralmente lo mismo que ninguna.
Por eso los últimos números deben leerse con humildad.
Pueden indicar dirección.
Nunca sustituyen a las urnas.
LOS DEBATES: NOVENTA MINUTOS DONDE CUALQUIER SEGUNDO PUEDE CONVERTIRSE EN TODA LA CAMPAÑA
Un debate puede durar una hora, dos o quizá algo más. Su preparación debería comenzar mucho antes.
La dificultad no está solamente en conocer propuestas. Quien participa debe escuchar, responder, administrar tiempo, observar ataques, decidir cuándo confrontar y mantener control sobre su comportamiento mientras sabe que cualquier equivocación puede quedar grabada y circular indefinidamente.
El escenario cambia incluso la manera de hablar. En un mitin, el público suele estar predispuesto favorablemente. En una entrevista existe un interlocutor. En un debate, varios competidores intentan simultáneamente construir su propia imagen y debilitar la de los demás. Cada intervención ocurre dentro de una confrontación donde también importan los silencios.
La preparación comienza identificando los asuntos previsibles. Propuestas, antecedentes, cifras, cuestionamientos públicos y puntos vulnerables deben revisarse hasta que las respuestas puedan construirse con naturalidad. No se trata de memorizar páginas completas. Una respuesta memorizada palabra por palabra puede derrumbarse si la pregunta cambia ligeramente. Lo importante es dominar argumentos, datos y ejemplos.
Después llegan los ataques.
El equipo debe imaginar qué dirá cada competidor y cuáles temas utilizará para incomodar. Incluso conviene preparar los cuestionamientos más agresivos posibles. Si nadie dentro del entrenamiento se atreve a formularlos para no molestar al candidato, alguien los formulará frente a las cámaras.
Los simulacros cumplen precisamente esa función. Reproducen tiempos, reglas, interrupciones y presión. Alguien adopta el papel de cada adversario y busca provocar. Otro observa respuestas. Se revisan gestos, duración y claridad. Después se repite.
La preparación necesita ser exigente porque el debate real no concederá oportunidad para detenerse y comenzar nuevamente.
También hay que decidir qué objetivo se persigue. Quien encabeza las preferencias puede necesitar proteger su posición y evitar errores innecesarios. Quien busca crecer probablemente requiera mayor contraste. Una candidatura poco conocida puede utilizar el espacio para presentarse ante públicos que apenas comienzan a observarla. Todos comparten escenario, pero no necesariamente necesitan la misma estrategia.
El ataque merece especial cuidado. Uno eficaz debe ser comprensible, verificable y relacionado con una diferencia importante. Acumular acusaciones durante cada intervención puede terminar proyectando desesperación. No atacar nunca puede desperdiciar oportunidades para establecer contrastes. La medida depende del momento y de la posición de cada participante.
La respuesta ante una ofensiva posee otra dificultad: saber cuándo no aceptar el terreno planteado por el contrario. Hay preguntas diseñadas para obligar a elegir entre dos respuestas igualmente inconvenientes. Otras intentan consumir tiempo en asuntos secundarios. Contestar no siempre significa seguir exactamente el camino que alguien más dibujó.
El lenguaje corporal adquiere enorme importancia. Una sonrisa fuera de lugar, un gesto de molestia, mirar permanentemente hacia abajo o perder control frente a una provocación pueden terminar comunicando más que varias frases. Las cámaras continúan observando incluso cuando habla otra persona.
Eso exige resistencia emocional.
Un competidor puede mencionar deliberadamente un asunto personal, formular una acusación injusta o utilizar un tono provocador esperando una reacción. Quien pierde la calma puede regalar en segundos el momento que el otro buscaba.
Los mejores momentos rara vez pueden fabricarse completamente. Aparecen cuando preparación y oportunidad coinciden. Una respuesta clara, una frase que resume perfectamente una diferencia o una reacción espontánea puede convertirse en el fragmento más recordado. Intentar producir artificialmente diez “momentos históricos” suele conseguir exactamente lo contrario.
Y el debate no termina cuando se apagan las cámaras.
En cuanto concluye comienza otra competencia: la interpretación. Equipos, medios, analistas y usuarios seleccionan fragmentos, discuten quién ganó y multiplican determinados momentos. Una intervención vista originalmente por una audiencia limitada puede alcanzar después a muchas más personas mediante clips.
Por eso debe existir preparación para el después: materiales listos, fragmentos identificados, vocerías disponibles y capacidad para colocar rápidamente los mejores momentos dentro de la conversación pública.
Pero también hace falta perspectiva.
Ganar un debate no significa automáticamente ganar una elección.
Perderlo tampoco necesariamente significa perderla.
Su importancia depende de audiencia, competitividad, momento y magnitud de aquello que haya ocurrido. Algunos modifican percepciones; otros apenas confirman lo que cada simpatizante ya pensaba.
Después del último debate importante, el calendario comienza a quedarse sin grandes oportunidades para corregir.
Y entonces llega el cierre.
EL CIERRE: CUANDO YA NO EXISTE TIEMPO SUFICIENTE PARA CORREGIRLO TODO
Las últimas semanas tienen una energía distinta. Las actividades se acumulan, los desplazamientos aumentan, los equipos duermen menos y la sensación de cuenta regresiva aparece en prácticamente todas las conversaciones. Ya no se piensa en meses. Se habla del próximo fin de semana, de los últimos días y finalmente de aquello que deberá hacerse mañana.
En esta fase, la peor decisión puede ser intentar comenzar una campaña nueva.
Si durante todo el proceso se construyó una determinada identidad, cambiarla repentinamente porque alguien sugirió una ocurrencia de última hora puede desorientar a quienes ya habían entendido la propuesta. El cierre sirve para concentrar, reforzar y movilizar; no para descubrir a estas alturas quién se quería ser.
Eso obliga a seleccionar.
Los recursos restantes deben concentrarse donde todavía puedan producir efecto. La agenda necesita priorizar lugares importantes. La comunicación debe reforzar las razones fundamentales para elegir. Las propuestas principales necesitan aparecer con claridad. Todo aquello que durante meses se explicó ampliamente debe comenzar a condensarse.
El ciudadano está acercándose al momento de decidir.
Algunos lo hicieron hace mucho y difícilmente cambiarán. Otros poseen inclinación pero todavía podrían modificarla. Existe también quien no sabe si participará. Cada grupo requiere una aproximación diferente. Gastar enormes esfuerzos intentando convencer a quien mantiene un rechazo absoluto puede ser menos útil que fortalecer una preferencia todavía débil o estimular participación entre simpatizantes.
Los actos de cierre poseen un valor simbólico. Permiten mostrar fuerza, reunir estructuras, agradecer y producir una última imagen de entusiasmo. Pero una plaza llena no equivale necesariamente a una elección ganada. La movilización hacia un evento y la participación electoral son comportamientos distintos.
Confundirlos ha producido muchas celebraciones anticipadas.
El cierre también exige cuidar físicamente a quien encabeza la candidatura. Después de semanas de jornadas prolongadas, la voz, el sueño y la concentración comienzan a resentirse. Un candidato exhausto puede cometer precisamente en estos días el error que logró evitar durante meses. Agregar actividades solamente para presumir una agenda imposible puede terminar disminuyendo calidad en todas.
Cada aparición final debería tener propósito.
Hay otro fenómeno inevitable: los rumores crecen. Versiones sobre encuestas desconocidas, supuestas declinaciones, acuerdos secretos, acontecimientos que “ocurrirán mañana” y datos imposibles de verificar circulan con rapidez. La ansiedad vuelve fértil cualquier información que parezca confirmar esperanzas o temores.
La disciplina consiste también en no perseguir fantasmas.
Mientras tanto, las áreas jurídicas y electorales intensifican preparación para la jornada. Representantes deben conocer procedimientos, mecanismos de reporte y rutas para atender incidencias. Documentos, contactos y responsabilidades necesitan quedar definidos antes de que llegue un día donde ya no habrá margen para aprender sobre la marcha.
La comunicación prepara también escenarios. Qué se dirá si las primeras tendencias son favorables. Qué ocurrirá si existe una competencia cerrada. Cómo actuar si aparecen datos contradictorios. Quién podrá declarar. Cuándo será prudente hacerlo.
Nada debería darse por ganado.
Nada debería darse por perdido.
Las últimas horas de proselitismo poseen además una carga emocional difícil de explicar para quien nunca ha vivido una campaña desde dentro. Durante meses, cientos o miles de personas organizaron su vida alrededor de una fecha que parecía distante. De pronto está enfrente. Llegan los últimos recorridos, los últimos discursos, la última fotografía pública antes del periodo en que la ley ordena detener la promoción.
Entonces ocurre algo extraño.
Después de tanto ruido, llega el silencio.
Ya no hay mitines que puedan cambiarse, anuncios nuevos que lanzar ni discursos capaces de corregir aquello que quedó pendiente. El candidato puede repasar mentalmente todo lo realizado, recordar errores, imaginar escenarios y preguntarse si fue suficiente.
Pero la respuesta ya no está en sus manos.
Durante meses pidió confianza.
Ahora tendrá que esperar.
Mientras la propaganda se detiene, otra maquinaria comienza a prepararse para funcionar desde antes del amanecer. Representantes revisan documentos. Responsables confirman comunicaciones. Equipos jurídicos permanecen atentos. Miles de personas organizan aquello que ocurrirá cuando se instalen las primeras casillas.
La campaña termina de hablar.
Ha llegado el momento de que hablen los ciudadanos.
EL DÍA EN QUE TODO TERMINA DEPENDIENDO DE UNA BOLETA
La jornada electoral comienza mucho antes de que abran las casillas. Mientras buena parte de la ciudad todavía duerme, existen personas que llevan horas despiertas. Se revisan teléfonos, directorios, rutas, documentos y mecanismos de comunicación. Los representantes comienzan a trasladarse hacia los lugares asignados, los responsables territoriales confirman presencias y quienes durante meses trabajaron pensando en una fecha descubren finalmente que esa fecha dejó de pertenecer al calendario y se convirtió en presente.
Es un día completamente diferente a todos los anteriores.
Ya no hay discurso capaz de sustituir aquello que no se hizo. No existe tiempo para reconstruir una presencia insuficiente ni para modificar una percepción consolidada durante semanas. La comunicación política pierde buena parte del protagonismo y otras responsabilidades ocupan su lugar: observar, documentar, informar, resolver incidencias mediante los cauces legales y garantizar que quienes participan en representación de la candidatura conozcan exactamente qué deben hacer.
El candidato también cambia de papel. Durante meses fue el centro permanente de una actividad que parecía moverse alrededor de sus horarios. Ahora se convierte, en buena medida, en espectador de un proceso que pertenece a los ciudadanos y a las instituciones electorales. Acudirá a votar, aparecerá frente a las cámaras, probablemente responderá algunas preguntas y después tendrá que esperar mientras miles o millones de personas toman individualmente la única decisión que verdaderamente cuenta.
La paradoja es formidable: después de construir una organización enorme para intentar convencer a los electores, llega un momento en que cada uno entra solo a decidir.
Nadie puede acompañarlo detrás de la mampara.
Allí termina todo el ruido.
LAS PRIMERAS HORAS: MIENTRAS EL CANDIDATO VOTA, MILES TRABAJAN
La instalación de las casillas ofrece las primeras señales del día. Representantes acreditados observan el desarrollo conforme a las reglas aplicables y comienzan a reportarse incidencias cuando las hay. Una ubicación que tarda en instalarse, alguna ausencia, dificultades materiales o situaciones imprevistas pueden provocar preocupación, especialmente durante las primeras horas, cuando cualquier problema parece adquirir dimensiones mayores.
La información necesita entonces circular con enorme precisión. Un reporte incompleto puede generar una alarma innecesaria; uno que nunca llega puede impedir atender oportunamente una situación verdadera. Después de meses donde la comunicación estuvo orientada principalmente hacia afuera, ahora una parte fundamental ocurre hacia dentro: saber qué está sucediendo simultáneamente en numerosos puntos.
El centro de seguimiento empieza a recibir datos.
No debería convertirse en un espacio para alimentar rumores. Su función consiste en ordenar información, verificarla y determinar cuáles situaciones requieren atención jurídica o institucional. La jornada electoral tiene procedimientos establecidos y cualquier inconformidad debe conducirse mediante ellos. La improvisación que pudo resolver pequeños problemas durante un recorrido resulta especialmente peligrosa cuando se trata de actos formalmente regulados.
Los representantes constituyen entonces una pieza fundamental. No necesitan protagonismo. Necesitan conocimiento. Deben saber qué pueden observar, cómo documentar aquello que consideren irregular, cuáles son los procedimientos y a quién reportar. Una persona perfectamente comprometida pero mal capacitada puede resultar menos útil que alguien sereno que conoce exactamente sus atribuciones.
Mientras eso sucede, llega uno de los rituales públicos más conocidos: el voto del candidato.
Cámaras y reporteros esperan. Aparecen familiares, colaboradores y curiosos. Se forma una pequeña multitud alrededor de una acción que millones realizarán durante el mismo día. Después viene la fotografía con la boleta depositada y las preguntas inevitables sobre expectativas.
Ese momento requiere mesura.
Declararse ganador cuando apenas comenzó la votación puede proyectar arrogancia y carece de sustento. Presentarse derrotado tampoco tiene sentido. Lo razonable es invitar a participar, expresar confianza en el proceso y permitir que sean los electores quienes decidan.
Después, la espera.
Es probablemente una de las actividades más difíciles para quien pasó meses acostumbrado a intervenir en todo. El impulso natural consiste en preguntar permanentemente qué está ocurriendo. ¿Cómo va la participación? ¿Qué reportan determinadas zonas? ¿Dónde hay problemas? ¿Qué dicen los demás?
Pero las primeras horas ofrecen información fragmentaria y cualquier interpretación apresurada puede conducir a conclusiones equivocadas.
Una participación elevada puede beneficiar a una candidatura en determinado contexto y perjudicarla en otro. Una zona que parece especialmente activa quizá simplemente comenzó temprano. Un lugar con poca afluencia durante la mañana puede recuperarla por la tarde. La jornada tiene ritmos diferentes y pretender conocer el resultado mientras todavía se está votando significa intentar leer un libro cuando muchas de sus páginas aún no han sido escritas.
También es el momento de mantener especial cuidado con aquello que se comunica públicamente. Las disposiciones electorales establecen restricciones que deben respetarse y la prudencia aconseja evitar cualquier acción que pueda interpretarse como intento de influir indebidamente durante la votación.
La campaña que habló durante meses debe aprender, precisamente ese día, a guardar silencio.
Mientras tanto, la verdadera actividad continúa distribuida por todo el territorio. Cada casilla es una pequeña pieza dentro de una elección mucho mayor. Y en cada una de ellas personas comunes están realizando una acción extraordinariamente sencilla: marcar un papel y depositarlo dentro de una urna.
Todo aquello que costó meses construir comienza a concentrarse allí.
Voto por voto.
MOVER EL VOTO SIN PERDER EL CONTROL
La participación comienza a convertirse conforme avanzan las horas en una de las grandes preguntas de la jornada. No se trata solamente de cuántas personas están votando, sino de cómo se comportan las distintas zonas respecto de patrones conocidos. El seguimiento puede ofrecer indicios, pero nuevamente exige cautela: un indicio todavía no es un resultado.
La organización territorial entra entonces en su última función electoral legítima: facilitar que simpatizantes previamente identificados recuerden la importancia de participar y atender, dentro de lo permitido por la legislación, aspectos organizativos previamente previstos. Todo debe realizarse con absoluto respeto a la libertad del elector y a las normas que regulan la jornada. El voto pertenece exclusivamente al ciudadano.
Esta frontera es fundamental.
Ninguna necesidad política justifica vulnerar la legalidad.
Las prácticas indebidas, la presión sobre electores, cualquier condicionamiento o intento de alterar la libertad del sufragio no solamente pueden producir consecuencias jurídicas: contradicen el principio básico sobre el cual descansa una elección democrática. Ganar significa conseguir que más ciudadanos elijan libremente una opción, no encontrar maneras de sustituir su voluntad.
La movilización legal depende fundamentalmente del trabajo previo. Quien pretende construir toda su capacidad durante las últimas horas descubre demasiado tarde que las relaciones territoriales no pueden improvisarse. Los contactos debieron existir, las responsabilidades estar definidas y los mecanismos permitidos haberse preparado.
También surgen incidencias.
Algunas serán menores y podrán resolverse rápidamente. Otras necesitarán documentación. Puede haber información incorrecta circulando, confusiones, retrasos o conflictos aislados. Cada situación exige clasificación antes de convertirse automáticamente en “emergencia”.
El área jurídica adquiere entonces una responsabilidad central. Debe separar aquello que solamente genera molestia de lo que podría tener relevancia legal, conservar evidencias cuando corresponda y utilizar las vías institucionales disponibles. Una fotografía sin contexto, un mensaje reenviado o una versión transmitida por varias personas no constituyen automáticamente prueba suficiente de nada.
Verificar se vuelve indispensable.
Conforme avanza la tarde, el cansancio acumulado durante meses comienza a mezclarse con una tensión distinta. Ya falta poco para que cierren las primeras casillas. Los teléfonos continúan activos, pero las conversaciones cambian. Se empiezan a preparar espacios para recibir información y se revisan nuevamente procedimientos para el cierre.
A esas alturas resulta inútil intentar reconstruir aquello que no se hizo.
La jornada solamente puede ejecutar capacidades previamente desarrolladas.
Cuando llega la hora legal correspondiente y las casillas comienzan a cerrar conforme a las disposiciones aplicables, ocurre otro cambio profundo. Los ciudadanos que permanecían formados concluyen su participación y comienza el escrutinio.
La campaña deja de preguntarse cuántos podrían votar.
Ahora comienza a conocer cómo votaron.
Los representantes observan, las actas adquieren una importancia enorme y los primeros resultados empiezan a circular. Una casilla, después otra, después decenas. Las cifras aparecen todavía incompletas y, sin embargo, dentro de los centros de operación todos comienzan inevitablemente a hacer cuentas.
Aquí aparece uno de los peligros finales: celebrar tendencias construidas con muestras insuficientes.
Las primeras casillas reportadas pueden provenir de zonas particularmente favorables o adversas. Su orden de llegada no necesariamente representa el comportamiento total. La ansiedad quiere respuestas inmediatas; la estadística exige paciencia.
La noche apenas comienza.
CUANDO LLEGAN LOS NÚMEROS: GANAR, PERDER Y ENTENDER QUÉ OCURRIÓ
Hay pocas noches políticas comparables con una noche electoral.
Durante horas, los resultados comienzan a llenar pantallas que nadie deja de mirar. Aparecen porcentajes, actas, estimaciones y diferencias que pueden ampliarse o reducirse conforme entra nueva información. Quienes durante meses estuvieron corriendo de un lugar a otro ahora permanecen casi inmóviles frente a números que cambian.
Si la diferencia es amplia, la incertidumbre puede durar relativamente poco.
Cuando la competencia es cerrada, cada actualización parece contener un mundo entero.
Una décima modifica gestos.
Un grupo de casillas modifica expectativas.
Un porcentaje de avance puede convertir optimismo en prudencia.
Por eso la conducción necesita conservar serenidad incluso cuando alrededor comienzan las celebraciones o el desánimo. Existen mecanismos oficiales para conocer resultados y, cuando corresponda, estimaciones institucionales con procedimientos determinados. Adelantarse sin información suficiente puede producir una imagen difícil de corregir.
Proclamarse vencedor prematuramente es una tentación antigua. La noche electoral está llena de historias donde más de uno celebró antes de tiempo.
Esperar información confiable no disminuye una victoria.
La protege.
Cuando finalmente las tendencias poseen suficiente consistencia, llega uno de dos momentos que ninguna capacitación puede reproducir completamente.
Ganar.
O perder.
La victoria produce una explosión emocional. Meses de cansancio parecen desaparecer de repente. Hay abrazos, lágrimas, llamadas, fotografías y personas que recuerdan inmediatamente todo aquello que tuvieron que superar. Quien encabeza la candidatura debe salir entonces a hablar probablemente frente a la multitud más feliz que habrá encontrado durante toda la contienda.
Y precisamente allí comienza una responsabilidad nueva.
El discurso de victoria no debería convertirse en humillación del adversario. Una elección termina dividiendo preferencias, pero quien gobernará tendrá que hacerlo también para quienes votaron en contra. El lenguaje puede comenzar a cerrar heridas o profundizarlas.
Agradecer es indispensable. Reconocer a los ciudadanos, a quienes participaron, a quienes hicieron posible la jornada y a quienes trabajaron durante meses. También reconocer que el resultado no entrega propiedad sobre una ciudad, un estado o un país. Entrega temporalmente una responsabilidad pública.
La victoria cambia inmediatamente la pregunta.
Hasta ayer era cómo ganar.
Ahora será cómo gobernar.
La derrota posee otro silencio.
No importa cuántas veces alguien haya repetido que estaba preparado para cualquier resultado. Cuando los números comienzan a cerrar posibilidades aparece inevitablemente una sensación difícil de describir. Quienes trabajaron durante meses buscan explicaciones. Algunos lloran. Otros se enojan. Hay quienes comienzan inmediatamente a señalar responsables y quienes simplemente permanecen mirando una pantalla que ya no ofrece ninguna combinación capaz de modificar el desenlace.
También allí se conoce la calidad política de una candidatura.
Si existen elementos jurídicos reales que deban revisarse, deberán utilizarse las vías correspondientes. Defender votos y derechos mediante procedimientos institucionales es completamente legítimo. Otra cosa es inventar irregularidades solamente porque el resultado fue adverso.
Saber perder democráticamente no significa renunciar a derechos.
Significa ejercerlos con responsabilidad.
El discurso de derrota puede conservar dignidad, agradecer a quienes acompañaron el esfuerzo y reconocer la decisión ciudadana cuando no existe fundamento para controvertirla. También puede convertirse en el primer acto de aquello que venga después, porque una derrota electoral no necesariamente termina una trayectoria política.
Luego llegará el análisis.
Y ése deberá hacerse cuando la emoción haya disminuido.
Habrá que revisar dónde se ganó, dónde se perdió, cuáles sectores respondieron, dónde cayó participación, qué objetivos se cumplieron y cuáles estuvieron lejos de alcanzarse. Algunas explicaciones resultarán incómodas. Tal vez el problema estuvo en la candidatura, quizá en determinadas decisiones, en una presencia insuficiente, en acontecimientos externos o simplemente en que la mayoría prefirió otra opción.
No todas las derrotas tienen un culpable único.
Tampoco todas las victorias demuestran que todo se hizo correctamente.
Una campaña puede ganar a pesar de varios errores y perder aun habiendo realizado muchas cosas bien. El resultado final es definitivo para determinar quién obtuvo más votos, pero no convierte automáticamente cada decisión anterior en acertada o equivocada.
Después comienza el desmontaje.
Las oficinas que durante meses permanecieron encendidas hasta la madrugada empiezan a vaciarse. Los mapas desaparecen de las paredes. Se entregan equipos. Terminan contratos. Los grupos de mensajes pierden actividad. Personas que convivieron diariamente regresan a trabajos, familias y rutinas que habían quedado parcialmente suspendidas.
Resulta extraño comprobar la velocidad con la que puede desaparecer una campaña.
Lo que unas horas antes parecía ocuparlo todo comienza a convertirse en recuerdo.
Quedarán fotografías, documentos, materiales, anécdotas y amistades construidas durante jornadas interminables. También heridas, diferencias y conversaciones que probablemente nunca se harán públicas.
Y quedará una cifra.
La cifra que resume brutalmente meses de trabajo.
Porque una elección puede estudiarse mediante estrategia, comunicación, organización, recursos, presencia territorial, mediciones y cientos de decisiones. Puede planearse hasta el último detalle posible y prepararse para decenas de escenarios. Pero ninguna campaña democrática posee el derecho de conocer anticipadamente cómo terminará.
Ésa es precisamente la grandeza y también la incertidumbre de las urnas.
Todo comienza cuando unas cuantas personas imaginan que alguien puede competir. Después llegan los análisis, las primeras decisiones, la construcción de una organización, la definición de una identidad, los recorridos, las conversaciones, los medios, las pantallas, las mediciones, los debates y las últimas horas.
Durante meses, la candidatura intenta hablarle al ciudadano.
Al final ocurre exactamente lo contrario.
El ciudadano responde.
Lo hace individualmente, detrás de una mampara, sin discursos, sin aplausos y sin necesidad de explicar a nadie las razones de su decisión.
Una marca sobre una boleta.
Eso es todo.
Y, al mismo tiempo, después de meses enteros construyendo una campaña desde cero hasta cien, eso termina siendo absolutamente todo.
NOTA DEL AUTOR: Para la elaboración de esta crónica se tomaron como referencia los conocimientos, experiencias y principios de organización electoral contenidos en el curso “Cómo ganar una elección”, de EFECTO W ORGANIZACIÓN, dedicado al estudio y preparación integral de una campaña política desde su nacimiento hasta la jornada electoral.
(By Notas de Libertad).

























