


CUANDO EL DESGASTE DEJÓ DE SER SUFICIENTE
Crónica de un país donde el desgaste comenzó a alcanzar a todos; donde el poder empezó a perder fuerza emocional mientras las oposiciones desperdiciaban la dimensión histórica del momento; y donde México entró lentamente en una etapa de cansancio político donde ya no basta con esperar la erosión del adversario para construir esperanza
El aire cansado que comenzó a cubrir al país
Hay épocas en que las naciones empiezan a desgastarse sin necesidad de incendios visibles. El deterioro llega despacio. Se mete en el lenguaje. En la mirada de la gente. En el tono agotado de las discusiones públicas. En la sensación de que todo comenzó a repetirse demasiado. México parece entrar lentamente en uno de esos tiempos donde el cansancio deja de sentirse solamente en el gobierno y empieza a extenderse sobre el ambiente entero, como una sombra larga que va apagando poco a poco la capacidad de creer.
Porque algo comenzó a envejecerse en el clima nacional.
Las palabras. Los discursos. Las promesas. Las confrontaciones.
Y sobre todo, la relación emocional entre el poder y la sociedad.
El poder que comenzó a perder consistencia frente al país
Durante demasiado tiempo, gran parte del poder en México descansó sobre algo más profundo que la fuerza institucional: la capacidad de sostener un relato. La idea de que todavía existía dirección. La percepción de que aún podía conducir el ánimo colectivo. Pero las sociedades no se desgastan solamente por los errores. Se desgastan cuando empiezan a sentir que las palabras ya no coinciden con la realidad.
Y quizá eso es lo que comenzó a fracturarse lentamente.
Porque el país empezó a descubrir demasiadas cosas al mismo tiempo.
Que el poder promete y no cumple. Que el poder niega y después se contradice. Que el poder acusa mientras protege a los suyos. Que el poder puede hablar de transformación mientras reproduce viejas prácticas. Que el poder puede levantar discursos morales mientras acumula silencios incómodos alrededor de sí mismo.
Entonces algo comenzó a erosionarse más allá de la popularidad o de las encuestas.
La consistencia emocional del poder.
Y cuando un gobierno empieza a perder la capacidad de ser creído plenamente, el desgaste deja de ser solamente político. Comienza a volverse moral.
Las oposiciones que tampoco estuvieron a la altura de la herida nacional
Pero quizá lo más devastador de este momento sea que el desgaste del poder no encontró enfrente una oposición capaz de crecer a la misma velocidad que el desencanto nacional.
Porque mientras el oficialismo comenzó a erosionarse bajo el peso de sus propias contradicciones, muchas oposiciones parecieron incapaces de comprender el tamaño histórico de la oportunidad que tenían enfrente.
Pequeñas guerras internas. Protagonismos diminutos. Fragmentaciones absurdas. Egos incapaces de construir proyecto. Ambiciones personales disfrazadas de estrategia.
Y mientras México comenzaba a cansarse del poder, también empezó lentamente a cansarse de quienes prometían reemplazarlo.
Ahí nace una de las sensaciones más dolorosas de esta etapa.
La de un país atrapado entre el desgaste de quienes gobiernan… y la insuficiencia histórica de quienes aspiran a sucederlos.
La fatiga emocional que comenzó a instalarse en México
Hay cansancios políticos normales.
Y hay otros mucho más profundos. Más parecidos a una tristeza colectiva.
México parece acercarse lentamente a ese territorio donde la discusión pública comienza a sentirse agotada incluso antes de empezar. Donde las palabras envejecen demasiado rápido. Donde los discursos parecen reciclados. Donde la confrontación permanente empieza a perder capacidad de conmover a una sociedad que lleva demasiados años viviendo entre promesas rotas, decepciones acumuladas y polarizaciones interminables.
Y cuando un país entra en ese estado emocional, el problema deja de pertenecer solamente al gobierno.
Empieza a convertirse en una crisis de atmósfera nacional.
La herida silenciosa que comenzó a crecer debajo de todo
Tal vez por eso este momento resulta tan inquietante.
Porque México parece entrar lentamente en una etapa donde el desgaste ya no garantiza renovación, donde el desencanto ya no produce automáticamente esperanza y donde la sociedad empieza a mirar a casi todos los actores políticos con una mezcla dolorosa de cansancio, incredulidad y distancia.
La Leyenda 81 nace justamente desde esa herida.
Desde el instante en que el país comenzó a sentir que algo se estaba erosionando en todas partes al mismo tiempo: la fuerza emocional del poder, la credibilidad de las oposiciones y la capacidad misma de la política para entusiasmar nuevamente a la sociedad.
Soy Wintilo Vega Murillo. Escribo desde Guanajuato en un tiempo donde México comienza a sentir el desgaste no solamente en el poder, sino en toda la atmósfera política del país. Una etapa donde las promesas envejecieron demasiado rápido, donde muchas palabras comenzaron a perder consistencia frente a la realidad y donde la sociedad empezó a descubrir, con una mezcla de cansancio y tristeza, que el desencanto ya no alcanza únicamente a quienes gobiernan… sino también a muchas de las oposiciones que durante años prometieron convertirse en alternativa.
La Leyenda no busca fabricar derrotas ni administrar optimismos artificiales. Busca mirar el instante histórico en que México comenzó a cansarse de demasiadas cosas al mismo tiempo: de los discursos que no cumplen, de las confrontaciones interminables, de las promesas recicladas y de una política que demasiadas veces parece más ocupada en destruir adversarios que en reconstruir esperanza.
Porque quizá las democracias no comienzan a fracturarse únicamente cuando el poder se vuelve demasiado fuerte.
A veces empiezan a romperse cuando la gente descubre demasiadas veces que el poder miente, que el poder incumple y que el poder traiciona… mientras las alternativas todavía no logran construir algo suficientemente grande, suficientemente serio y suficientemente humano para devolverle al país una razón verdadera para volver a creer.
(By Notas de Libertad).

