


LA LEYENDA 67
El país que se cansó de ser explicado
Crónica de una nación que decidió dejar de pedir traducción
Un comienzo sin prólogo
No hay preámbulo para lo que sigue. El país no llega con cortesía ni pide contexto. Atraviesa el papel como atraviesa la semana: con la espalda cargada de cosas que no se dijeron a tiempo. México aparece aquí sin maquillaje de introducción, sin el gesto amable de quien se presenta. Se presenta la herida. Se presenta la deuda. Se presenta la pregunta que nadie quiso formular cuando todavía era sencilla.
Este número no viene a acomodar el ánimo del lector. Viene a sacudir la inercia de entenderlo todo como si nada nos tocara. La Leyenda 67 empieza donde se rompe la comodidad: en el punto exacto en que mirar deja de ser espectáculo y se vuelve implicación.
El enojo que no pide permiso para existir
Hay un enojo que no se negocia. No es rabieta: es cansancio acumulado que aprendió a hablar en frases largas. No explota; se sostiene. Camina con la paciencia de quien ya entendió que el grito se pierde, pero la palabra persistente perfora.
Este enojo no busca culpables para descansar; busca estructuras para desmontar. No pide aplauso: exige explicación. Cuando el país se enoja así, deja de ser ruido y se vuelve método. La furia se vuelve gramática. Y la gramática, cuando nace del hartazgo, escribe preguntas que no caben en boletines.
El poder cuando se queda sin relato
Hay días en que el poder se queda sin historia que contarse. Se le caen las coartadas, se le vencen las frases hechas, se le acaban los sinónimos para la demora. En ese instante no queda discurso: queda procedimiento. Y el procedimiento, desnudo, muestra su filo.
Mirar al poder sin relato es mirar su mecánica: quién decide, quién posterga, quién firma, quién borra. La Leyenda 67 no persigue personajes; persigue patrones. No acusa por reflejo; señala por repetición. Cuando el patrón aparece, la indignación deja de ser impulso y se vuelve lectura del sistema.
Lo que sostiene el día cuando todo pesa
El país no se sostiene por grandes promesas, sino por gestos que no piden permiso para seguir. Abrir temprano, cerrar tarde, volver a intentar. No hay épica en el cansancio, pero hay ética en la repetición. En esa insistencia sin aplauso vive una política mínima que no se ve desde arriba.
Aquí aparecen los territorios donde la vida se organiza sin esperar autorización: el barrio que se cuida, el equipo que se niega a desaparecer, el pueblo que vuelve a juntarse cuando todo empuja a dispersarse. No es romanticismo: es arquitectura cotidiana de la resistencia.
La memoria que incomoda al presente
Recordar no es un gesto amable. Recordar interrumpe la comodidad de seguir como si nada hubiera pasado. La memoria trae consigo una pregunta que molesta: ¿por qué se permitió?, ¿por qué se repite?
En esta edición, la memoria no sirve para consolar al pasado, sino para incomodar al presente. Vuelve para exigir coherencia: si sabemos, no podemos fingir que no. Si vimos, no podemos cerrar los ojos sin costo. La memoria no pide permiso para entrar; exige espacio para quedarse.
La palabra cuando decide no quedar bien con nadie
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo para no traducir el país en versiones amables. Escribo para que la palabra no quede bien con todos, sino con la verdad que incomoda.
La Leyenda no busca conciliar lo irreconciliable. Acompaña el trayecto cuando pesa, señala el patrón cuando se repite, nombra la herida cuando otros prefieren decir “tema superado”.
Mientras escribir siga incomodando, seguirá haciéndolo. Y mientras la palabra no se vuelva coartada, el país tendrá una forma de decirse sin pedir traducción.

Índice de Contenido
Hoy en “La Leyenda”
/… LA LEYENDA 67
Bienvenida
Donde el país decide no volver a explicarse
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… La casa donde el mañana aprendió a respirar
Crónica sentimental de la secundaria oficial que ancló el porvenir en Pénjamo
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… La Agenda en Corto.
/- LA INDIGNACIÓN SELECTIVA: CUANDO LA ÉTICA CAMBIA DE ACERA EN EL CONGRESO
El archivo de una investigación, la comparecencia a puerta cerrada y la colisión de egos que exhibe la política guanajuatense
/- LOS DOS ALAN Y LA HERENCIA INCÓMODA: LEÓN ANTE EL ESPEJO DE LA CONTINUIDAD
Cuando la sucesión se vende como experiencia, pero la ciudad la lee como prolongación de pendientes y sombras
/- JALPA DE CÁNOVAS: CUANDO UN “PERMISO DE LIMPIA” SE CONVIERTE EN DELITO AMBIENTAL
La tala en el río, la extralimitación municipal y el peso jurídico que ya toca la puerta
/... LA JUSTICIA QUE SE DEFIENDE A SÍ MISMA: CUANDO LA FISCALÍA RECHAZA MIRARSE AL ESPEJO
El caso de Dulce Alejandra y la negativa institucional que agrava la herida social
/… NI VENGANZA NI PERDÓN: EL LIBRO QUE DESATÓ EL ESCÁNDALO DEL PODER
La aparición de una memoria política que encendió un escándalo público, sacudió lealtades y volvió a tensar la conversación nacional
/… EL ZOOLÓGICO EN TERAPIA INTENSIVA: 400 MIL PESOS, UN DIRECTOR FALLIDO Y LA VERGÜENZA ADMINISTRATIVA
Cómo una contratación externa prometió recomponer el desastre y terminó exhibiendo fallas de método, criterio y control
/… LA CARESTÍA QUE CAMINA DESPACIO: CUANDO EL 3.79% SE SIENTE EN LA MESA
Inflación de enero de 2026: el dato parece moderado, el impacto no
/… MÉXICO SIN CORAZA: EL REGRESO DEL SARAMPIÓN NO FUE ACCIDENTE, FUE RUPTURA DE CONTINUIDAD
Cuando la prevención deja de sostenerse como política de Estado, los virus regresan a cobrar factura
/…EL TURCO EN SU MOMENTO DE LEYENDA: ANTONIO MOHAMED Y EL ARTE DE TRANSFORMAR RESULTADOS EN EMOCIONES
Único técnico en la historia en conquistar la Liga MX con cuatro equipos distintos: el oficio de ganar convertido en identidad
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“Negra sombra”
De: Rosalia de Castro
Sobre el poema:
La sombra que no se deja perder
Lectura cercana de “Negra sombra”, de Rosalía de Castro
Sobre el autor:
Rosalía de Castro: la voz que le dio cuerpo a la saudade
Vida y obra de una voz que convirtió la melancolía en palabra
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Luz Casal & Carlos Nuñez.
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/…Cinco puertas para entrar a una ciudad que respira debajo
Guía para mirar Guanajuato desde la memoria, la duda, la imaginación, la tierra y la vida
(By Notas de Libertad).
/… Museo de Historia Natural Alfredo Dugès, Guanajuato
El gabinete donde la vida aprendió a quedarse
(By Notas de Libertad).
/… Museo Iconográfico del Quijote, Guanajuato
El lugar donde la imaginación aprendió a colgarse de los muros
(By Notas de Libertad).
/… Museo de la Santa Inquisición, Guanajuato
La memoria del juicio que enseñó a dudar del castigo
(By Notas de Libertad).
/…Museo de Sitio Ex Convento Dieguino, Guanajuato
La ciudad que se dejó ver bajo sus propias capas
(By Notas de Libertad).
/… Museo de las Momias de Guanajuato
Donde la memoria se vuelve materia
(By Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 15 de febrero al sábado 21 de febrero.
Santoral
CUANDO LA MEMORIA SE HACE NOMBRE
El santoral es una constelación de vidas que el tiempo no consiguió borrar.
Cada nombre concentra decisiones tomadas…
Efemérides Nacionales e Internacionales
Una semana que late
Hay semanas que parecen discretas hasta que se las mira de frente. Entre el 15 y el 21 de febrero se cruzan nacimientos que movieron disciplinas enteras, muertes que…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
Cuando la sociedad decide recordar
Las conmemoraciones no nacen del azar: surgen cuando una comunidad decide no soltar un tema que le duele, la define o la compromete.
No son hechos puntuales del pasado, sino…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… ABBA: la música que convirtió la luz en memoria
Crónica biográfica y de la obra de un cuarteto que enseñó a cantar la alegría y la herida
*Con un click escucha: *ABBA GOLD (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… Los Solitarios: un éxito que cruzó la frontera y se quedó en la memoria
Reseña biográfica y de la obra musical de una banda que convirtió la nostalgia en idioma
*Con un click escucha: *Los Solitarios…Colección de Oro (Playlist).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
De: Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez
Resumen:
NI VENGANZA NI PERDÓN: CRÓNICA DEL PODER, LA LEALTAD Y LA FRACTURA
Resumen del libro de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez sobre el ascenso, el ejercicio y los costos del poder en México
Sobre el autor:
DOS MIRADAS SOBRE EL PODER: SCHERER IBARRA Y FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Reseña biográfica y de la obra de los autores de Ni venganza ni perdón, escrita desde la confluencia entre el adentro del poder y la observación crítica
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (7/10)
Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga
Continúa de La Leyenda 66…
(By operación W).

LA LEYENDA 67
BIENVENIDA
Donde el país decide no volver a explicarse
Entrar después de encender la palabra no trae descanso
Si en la introducción la nación decidió dejar de pedir traducción, aquí da el siguiente paso: deja de justificarse. No hay promesa de calma al cruzar estas páginas. Hay una decisión más áspera: sostener la intemperie sin pedir permiso. La Leyenda 67 no busca acomodar el ánimo del lector; lo convoca a caminar en un terreno que ya no acepta coartadas.
Lo que sigue no intenta suavizar la voz que se liberó: la acompaña. No ordena el temblor; lo hace legible. Porque cuando el país deja de explicarse, la palabra cambia de función: deja de pedir comprensión y empieza a exigir responsabilidad.
Las historias que cargan historia: cuando la juventud paga de contado
Aquí la historia vuelve a pedir cuerpos para escribirse. No como metáfora elegante, sino como deuda que se cobra en biografías tempranas. La juventud aparece sin el brillo de la promesa: aparece con el peso de una herencia que no eligió. No se la celebra: se la mira. Y al mirarla sin ornamento, la herida deja de ser consigna para volverse pregunta incómoda: ¿quién decidió que ardieran tan pronto?
Pero el país no es solo ese sacrificio temprano. Es también la comunidad que aprende a sostenerse cuando la historia cobra caro: los pueblos que se reconocen al volver, los equipos que resisten a desaparecer, los cuerpos que caminan juntos cuando la épica oficial ya no alcanza para explicar el cansancio.
El poder cuando se queda sin coartadas
En estas páginas el poder aparece en su momento menos teatral: cuando ya no alcanza el gesto ni la frase hecha. Se le cae el relato y queda el procedimiento. Y el procedimiento, visto de cerca, revela su filo: retrasos que cuestan vidas, coordinaciones que no llegan, decisiones que se esconden en trámites.
Aquí no hay gritería, pero tampoco absoluciones cómodas. La mirada es sostenida. Se nombra la repetición como patrón. Se reconoce la torpeza como sistema cuando deja de ser excepción. Porque el poder no cansa por lo que dice: cansa por lo que posterga.
La palabra como casa provisoria
Cuando el país se cansa de explicarse, la palabra deja de ser ornamento y se vuelve techo momentáneo. No protege del todo, pero resguarda lo suficiente para respirar. La poesía no viene a embellecer la herida: la vuelve habitable. La música no llega a distraer: acompaña el paso cuando el trayecto raspa.
Aquí el lenguaje no busca quedar bien: busca sostener. En un tiempo donde el ruido quiere imponer versiones rápidas, la palabra lenta devuelve espesor humano. Decir despacio es una forma de resistir a la prisa que trivializa el daño.
Comer, volver, recordar: prácticas de pertenencia
Hay territorios que sostienen al país sin figurar en los discursos. Mesas donde el humo convoca a la conversación, pueblos que recuperan el pulso cuando regresan sus hijos, caminos que se recorren para no olvidar de dónde se viene. En estas páginas, el territorio no es postal: es método para no desaparecer.
Leer es otra forma de volver: volver a los laberintos donde el poder se pensó a sí mismo, volver a las historias que enseñan a desconfiar de las respuestas fáciles. Comer, leer, caminar: prácticas íntimas para entender un lugar cuando la política se queda corta.
Nombrar para no pactar con el cansancio
Esta Bienvenida no promete alivio. Promete compañía. Nombrar lo que duele no lo resuelve, pero impide que se vuelva paisaje. Y cuando el dolor deja de ser paisaje, el país recupera la capacidad de preguntarse.
La Leyenda 67 no viene a reconciliar lo irreconciliable: viene a sostener la incomodidad como método. A decir que la claridad no siempre calma, pero ordena el paso siguiente. A recordar que el cansancio no es excusa para dejar de mirar.
Soy Wintilo Vega Murillo.
Escribo desde Guanajuato para acompañar cuando el país decide no explicarse y, aun así, exige ser mirado con responsabilidad. La Leyenda existe para sostener el paso en la intemperie, para no dejar que la repetición se vuelva normalidad y para decir que mientras sigamos nombrando con verdad, el camino —aunque áspero— sigue siendo nuestro.
(By Notas de Libertad).





/… La casa donde el mañana aprendió a respirar
Crónica sentimental de la secundaria oficial que ancló el porvenir en Pénjamo
Cuando una mujer decidió que el pueblo debía estudiar
El origen de una escuela que nació de la falta y creció de la fe
El exilio educativo: cuando estudiar significaba irse del pueblo y dejar la casa atrás para poder aprender
Antes de 1951, el deseo de estudiar empujaba a los jóvenes de Pénjamo a salir del pueblo. No había puertas abiertas para continuar la formación, y la distancia se volvía un costo emocional y económico que muchas familias no podían pagar. Quien quería aprender debía despedirse del hogar, asumir gastos, buscar techo prestado y cargar con la incertidumbre de no saber si podría volver. Estudiar era, en los hechos, una forma de exilio.
Ese éxodo silencioso dejó marcas profundas en generaciones enteras. Padres que veían partir a sus hijos con la mezcla de orgullo y miedo que provoca no poder acompañarlos; jóvenes que abandonaban el intento antes de comenzar porque el camino parecía demasiado largo; talentos que se apagaban por falta de una puerta cercana. El pueblo no expulsaba por dureza: expulsaba por carencia, y la carencia se normalizaba con los años.
La vida cotidiana se organizaba alrededor de esa ausencia. En las sobremesas se hablaba de quien se había ido a estudiar fuera, de quien no volvió, de quien regresó con una profesión que parecía un milagro. El estudio se convirtió en relato lejano, en posibilidad para unos cuantos, en excepción. Así, la educación secundaria no era un derecho visible, sino una promesa postergada.
En ese contexto, fundar una secundaria en Pénjamo no fue un trámite administrativo: fue una decisión contra la costumbre del exilio. Fue decirle al pueblo que la inteligencia de sus jóvenes no tenía por qué emigrar para existir. La escuela nacería para que el aprendizaje tuviera casa, para que la pregunta por el futuro pudiera hacerse sin despedidas previas.
Maricela Echeverría: el gesto fundador que convirtió la carencia en promesa colectiva para Pénjamo
La decisión no vino de un escritorio lejano ni de una orden impersonal. Nació del contacto directo con la carencia y del reconocimiento de una urgencia que dolía. Maricela Echeverría, hacendada francesa avecindada en Pénjamo, supo ver lo que otros veían sin mirar: que el pueblo perdía a sus jóvenes por no tener una escuela secundaria que los recibiera.
No bastaba con la intención; hacía falta tejer voluntades. Maricela tocó puertas, habló con profesionistas del pueblo, pidió tiempo, compromiso, fe en muchachos que aún no sabían que podían aspirar a más. Doce aceptaron dar clases sin pago. No fue un acto heroico aislado, fue una suma de pequeñas renuncias personales para sostener un bien común.
Ese gesto fundador no prometía resultados inmediatos. Prometía proceso, persistencia, una construcción lenta hecha de presencia. Enseñar sin retribución económica directa fue, en ese inicio, un modo de afirmar que la educación no es favor sino justicia. Cada hora de clase era una declaración: aquí también se puede aprender.
La escuela comenzó a existir antes de tener muros propios. Existió primero como acuerdo moral, como pacto entre quienes decidieron que la carencia no podía seguir siendo destino. Esa primera arquitectura fue humana: voces que sostuvieron la idea cuando todavía no había edificio que la contuviera.
Doce de febrero de 1951: la escuela nace pequeña y persiste contra el abandono
El 12 de febrero de 1951 no fue un día ruidoso en el calendario nacional, pero en Pénjamo se abrió una puerta que no volvería a cerrarse. La Escuela Secundaria Oficial de Pénjamo nació pequeña, con 21 alumnos, sin multitudes ni ceremonias grandilocuentes, pero con la firmeza de quien sabe que lo que empieza frágil puede durar.
El camino inicial fue áspero. De aquellos primeros estudiantes, solo seis alcanzaron el tercer año y apenas dos lograron graduarse. La cifra no habla de fracaso: habla de resistencia. En cada permanencia hubo una victoria contra la deserción, en cada continuidad una promesa cumplida a medias que pedía ser completada por las siguientes generaciones.
El primer director, el profesor Margarito Juárez, recibió un desafío más que una institución consolidada. Dirigir en el origen es sostener la intemperie: ordenar sin tradición, convocar sin prestigio previo, insistir cuando el cansancio llega primero. Cada lista de asistencia era una afirmación de que quedarse a estudiar también era quedarse en la vida.
Con el tiempo, la escuela aprendió a nombrarse en sus rutinas: la tiza sobre el pizarrón, el murmullo de los salones improvisados, la disciplina que se ensayaba sin rigidez. La secundaria no prometía destinos; ofrecía herramientas. Y esas herramientas empezaron a hacer su trabajo silencioso.
Mudanzas, donaciones y el camino al predio propio: crecer sin quedarse chico
La primera sede, en la calle Morelos, cerca de lo que hoy es la Casa de la Cultura Salvador Campos, fue un refugio inicial para la urgencia educativa. Luego vino la mudanza a la calle Arteaga, al inmueble que el tiempo llamaría la “prepa vieja”. Cada traslado fue una forma de no resignarse a la estrechez del espacio.
Más tarde, por la presión de los cuerpos y las voces, la escuela pasó a Morelos esquina con Aldama, en un edificio donado por Pablo Herrera. La generosidad privada sostuvo lo que el crecimiento hacía inevitable: la necesidad de más lugar para aprender. Cada cambio de sede fue una respuesta al crecimiento de la demanda.
El paso decisivo llegó cuando, con apoyo de autoridades y padres de familia, se compró el terreno donde hoy se levanta la secundaria. No fue un regalo: fue una conquista colectiva. Comprar tierra para una escuela es comprar tiempo para los hijos; es anclar el porvenir en un pedazo de suelo compartido.
Una parte del predio fue donada por la familia Martínez; un aula lleva el nombre de Jesús Martínez como gesto de gratitud. Los muros comenzaron a guardar nombres, y los nombres empezaron a guardar historias. La escuela dejó de mudarse para aprender a quedarse.
El nombre que se defiende como se defiende una casa: identidad y continuidad de la Secundaria Oficial
Con los años, la secundaria aprendió que la identidad también se cuida. Cuando en el ciclo 2010–2011 se intentó cambiar el nombre de la institución, la comunidad entendió que los nombres guardan memoria. No se trataba de rechazar a Morelos, sino de preservar la continuidad de una historia propia.
Alumnos, docentes, directivos y supervisión defendieron la identidad que había acompañado triunfos y derrotas. El nombre “Escuela Secundaria Oficial de Pénjamo” no era un rótulo: era una forma de reconocerse en el espejo de lo vivido. Cambiarlo era, para muchos, borrar trayectorias que habían aprendido a nombrarse ahí.
El maestro Benjamín Chaveste Mosqueda realizó los trámites necesarios para conservar el nombre histórico. Fue un acto administrativo con fondo ético: sostener la continuidad de una comunidad que se reconoce en su propia historia. Defender el nombre fue defender la casa simbólica donde se formaron generaciones.
Así, la escuela confirmó que no solo se construye con muros, sino con memoria. La identidad no es un ornamento; es una raíz. Y esta raíz nació para no borrarse, para seguir creciendo sin olvidar el gesto que la hizo posible.
Cuando la escuela aprende a quedarse
El traslado al predio actual, la consolidación del plantel y el nacimiento de una comunidad escolar
Del terreno comprado al primer muro levantado: cuando la escuela encontró suelo propio y dejó de vivir en la mudanza permanente
Conseguir un predio propio fue un acto de madurez para la secundaria. No se trató solo de comprar tierra, sino de comprar tiempo para el futuro de los hijos del pueblo. Autoridades y padres de familia tejieron un acuerdo práctico que, en el fondo, era un acuerdo moral: la escuela debía tener casa para no depender más de la urgencia. Tener suelo propio significó dejar de pedir prestado el porvenir.
El terreno no era únicamente una superficie; era una promesa de continuidad. Allí se colocaron las primeras marcas del “aquí nos quedamos”, con la conciencia de que cada metro cuadrado iba a convertirse en pasillo, aula, explanada y memoria. La escuela dejó de ser tránsito para empezar a ser destino, y ese cambio se sintió en la manera en que el pueblo la nombraba.
La compra del predio no canceló las carencias de un día para otro. Hubo tiempos de construcción lenta, de improvisación responsable, de aprender a administrar el crecimiento sin perder el pulso. Levantar muros no fue levantar comodidad: fue levantar posibilidades. Cada pared nueva abría un margen para que la demanda educativa no volviera a desbordarse.
Así, la secundaria comenzó a aprender a quedarse. Dejar la mudanza permanente fue también dejar la ansiedad de lo provisional. En el gesto de plantar cimientos se fundó otra lección: la educación necesita permanencia para echar raíces, y las raíces necesitan tierra para sostenerse.
Un edificio que crece con los cuerpos: aulas, explanada y el orden del espacio que enseña a convivir
La arquitectura del plantel no se pensó como monumento, sino como herramienta de convivencia. Un solo nivel, pasillos que comunican, aulas que miran hacia la explanada: el espacio enseñaba a encontrarse. El cuerpo del alumno aprendía el mapa antes que la cabeza: entrar, rodear, volver a salir, reconocer el centro donde las voces se juntan.
La explanada se volvió corazón del conjunto. No solo por su función práctica, sino por su papel simbólico: allí convergían los ritmos, las esperas, los recreos, las filas que ordenan el día. El espacio común enseñó que la escuela es más que la suma de salones: es el lugar donde lo individual se hace comunidad.
Las aulas crecieron conforme crecieron los cuerpos que las habitaban. No siempre fueron suficientes, y esa insuficiencia obligó a pensar el orden del espacio con cuidado. Aprender a convivir en aulas llenas fue también aprender a respetar turnos de palabra, a escuchar el rumor del otro, a sostener el silencio cuando hacía falta.
La disposición del edificio enseñó sin decirlo que el espacio educa. Caminar por los pasillos, reunirse en la explanada, volver al salón: cada trayecto formó hábitos de encuentro. La escuela se volvió un organismo donde el movimiento ordenado hacía posible el aprendizaje.
La escuela entre dos mundos: la vecindad con el cuartel militar y la colindancia con el campo Pablo Herrera
La vecindad con el cuartel militar puso a la secundaria frente a un espejo de disciplina. Del otro lado de la barda, el orden tenía forma de formación y consigna; del lado de la escuela, el orden se ensayaba con reglas, horarios y acuerdos. Esa proximidad enseñó a convivir con la noción de rigor sin convertirla en rigidez.
Al mismo tiempo, la colindancia con el campo de fútbol Pablo Herrera ofrecía el contrapunto del juego. Gritos, carreras, polvo levantado por los tacos, tardes que olían a cansancio feliz. El ruido del balón golpeando el aire recordaba que el cuerpo también aprende, que el descanso es parte de la formación.
Entre el cuartel y el campo, la secundaria ocupó un punto medio. No imitó la dureza de uno ni se disolvió en el desorden del otro. Aprendió a pararse derecha sin dejar de correr. En ese cruce, la escuela encontró un tono propio: firme en las normas, abierta a la alegría del movimiento.
La geografía del entorno se volvió una pedagogía silenciosa. Vivir entre orden y juego enseñó a los estudiantes a modular su energía: saber cuándo atender y cuándo soltar el cuerpo. La escuela no aisló a sus alumnos del mundo; los colocó en diálogo con sus ritmos.
Maestros que levantan paredes invisibles: disciplina, afecto y el oficio cotidiano de enseñar en una casa que crece
Consolidar el plantel fue también consolidar a los maestros como estructura viva. La escuela se sostuvo en la rutina del oficio: preparar clase, escuchar dudas, insistir cuando el cansancio se adelanta. Esa constancia levantó paredes invisibles que protegieron el aprendizaje de la intemperie.
La disciplina no se entendió como castigo, sino como acuerdo para que la convivencia fuera posible. Prefectos, dirección, docentes y alumnos fueron afinando un modo de estar juntos que hiciera del día escolar un espacio habitable. El orden cotidiano sostuvo la libertad de aprender.
En el aula, el afecto no fue un adorno: fue una herramienta. Acompañar al que se queda atrás, reconocer el esfuerzo, sostener la exigencia sin humillar. Ese equilibrio construyó confianza, y la confianza abrió la puerta a la pregunta, que es el motor del aprendizaje.
Así, los maestros levantaron una arquitectura moral: hábitos, expectativas, modos de trato. La escuela se volvió casa grande porque quienes la habitaban aprendieron a cuidarla con gestos pequeños, repetidos todos los días.
Cuando el nombre empieza a pesar: prestigio temprano, primeras generaciones que regresan y sentido de pertenencia
Con el tiempo, el nombre de la secundaria empezó a pesar en el pueblo. No como etiqueta, sino como referencia: “de ahí salen muchachos que saben”. Ese prestigio temprano se construyó con trayectorias que regresaban a Pénjamo con oficio, con estudio, con ganas de quedarse.
Las primeras generaciones que volvieron al pueblo trajeron consigo una prueba silenciosa de que la escuela funcionaba. No volvieron perfectas: volvieron con herramientas. Y esas herramientas empezaron a verse en la vida cotidiana: en el trabajo mejor hecho, en la palabra más precisa, en la confianza para emprender.
El sentido de pertenencia creció a la par del edificio. Reconocerse como parte de la Secundaria Oficial de Pénjamo fue reconocerse en una historia compartida. El nombre dejó de ser rótulo para volverse raíz: una forma de decir “aquí me formé” sin pedir explicación.
Cuando el nombre pesa, la comunidad aprende a cuidarlo. Ese cuidado no es solemnidad: es continuidad. La escuela consolidó su identidad antes de que llegaran nuevas generaciones a habitarla; dejó lista la casa para quienes vendrían a escribir su propio capítulo.
1975: entrar por la tarde, aprender a habitar el espacio
La geografía del plantel y el primer día como umbral de una vida nueva
Llegar de una a siete: el ritmo de la tarde como forma de entrar al mundo y aprender a esperar sin prisa
Entrar a la secundaria en 1975 era entrar por la tarde. Llegar de una a siete marcaba un ritmo distinto del día: no el arranque nervioso de la mañana, sino la cadencia donde el sol cede y el pueblo baja el volumen para escuchar otras cosas. Ese horario enseñaba a esperar, a acomodar el cuerpo a un tiempo que no apuraba, a reconocer que el aprendizaje también necesita tregua para asentarse.
La tarde traía una luz oblicua que se colaba en los pasillos y volvía cada sombra una promesa de descanso cercano. Aprender en ese horario era aprender a convivir con el cansancio del día, a sostener la atención cuando el cuerpo pide pausa. La escuela, así, no solo enseñaba contenidos: enseñaba resistencia serena.
El rumor del pueblo entraba con nosotros. Las conversaciones se afinaban al cruzar la barda; la prisa se quedaba afuera. La tarde convertía la secundaria en un espacio de concentración compartida, donde la energía se administraba con cuidado para llegar completos al final del día.
Ese ritmo fue una pedagogía silenciosa. Llegar por la tarde enseñó a leer el tiempo con otra paciencia, a no confundir urgencia con importancia. La escuela se volvió un lugar donde la vida cotidiana encontraba compás para pensar.
La barda perimetral y los pocos escalones: cruzar de la calle al territorio del porvenir cotidiano
La barda perimetral marcaba el umbral entre la calle y la escuela. No era un muro hostil, sino una frontera simbólica: del otro lado empezaba una manera distinta de estar en el mundo. Cruzarla implicaba ajustar el paso, bajar la voz, ordenar el ánimo para entrar al territorio del aprendizaje.
No había grandes alturas que vencer: apenas unos pocos escalones para cambiar de nivel. Ese gesto mínimo bastaba para que el cuerpo entendiera que algo se transformaba. Subir esos escalones era dejar atrás el ruido inmediato de la calle y entrar en una respiración más amplia.
La construcción de un solo piso se extendía como un brazo que recibe. No imponía monumento: ofrecía cercanía. El espacio parecía decir que el aprendizaje se hace a ras de suelo, con los pies firmes en la realidad del pueblo.
Cada cruce del umbral repetía la lección del primer día: la escuela no era un edificio al que se llega, sino un territorio al que se entra con disposición. Los pocos escalones enseñaban que los cambios importantes no siempre se anuncian con estruendo.
La explanada y el orden del plantel: primero al frente, segundo a la derecha, tercero al fondo del mapa
La explanada se abría como centro de gravedad del plantel. Allí convergían los pasos, las esperas, los recreos, las filas que ordenaban el día. El espacio común hacía visible que la escuela es un cuerpo colectivo que aprende a coordinarse.
De frente estaban los salones de primero. Ahí comenzaba el trayecto, con cuadernos nuevos y nervios estrenados. A la derecha, junto a la dirección, se alineaban los salones de segundo; al fondo, antes del taller de carpintería, los de tercero. El orden del espacio dibujaba una pedagogía muda del crecimiento.
Caminar ese mapa cada tarde era aprender a ubicarse en una historia que avanza. Ver a los de tercero al fondo enseñaba que el tiempo también se recorre; reconocer los de segundo al costado recordaba que el avance no es recto, que se rodea y se vuelve a mirar.
La disposición del plantel educaba el cuerpo: entrar, rodear, volver al centro. El espacio no era neutral; formaba hábitos de encuentro y de tránsito que sostenían la convivencia.
Los primeros códigos del salón: aprender a sentarse, a callar y a preguntar sin miedo
El primer día en el salón trae consigo un lenguaje nuevo del cuerpo: aprender a sentarse sin desaparecer, a callar sin borrarse, a mirar sin desafiar. El aula enseña un código de presencia que no viene escrito en los cuadernos.
El grupo B se fue armando con miradas que tanteaban el lugar propio. La palabra todavía costaba; el silencio pesaba más de lo necesario. Con el tiempo, el miedo se volvió pregunta y la pregunta se volvió conversación.
Levantar la mano fue un gesto aprendido. No por obediencia ciega, sino por respeto al turno de la palabra. Ese acuerdo mínimo hizo posible que la voz circulara sin atropellarse y que el error encontrara lugar para decirse.
Así, el salón se convirtió en taller de confianza. Preguntar sin miedo no fue inmediato; fue una conquista hecha de pequeños permisos cotidianos. El aula enseñó que aprender es exponerse con cuidado.
La dirección en 1975: el pulso del día bajo la conducción del licenciado Felipe Arredondo Vázquez
En 1975, la dirección marcaba el pulso del día bajo la conducción del licenciado Felipe Arredondo Vázquez. Su presencia daba forma al ritmo cotidiano de la escuela: horarios que se cumplían, acuerdos que ordenaban la convivencia, una noción de casa grande que debía funcionar para todos.
No era una autoridad distante, sino una figura que hacía legible el orden. Su nombre circulaba en la explanada y en los pasillos como circulan los nombres que sostienen una casa: no para imponerse, sino para dar cauce al movimiento del día.
En torno a la dirección se afinaban tensiones, se resolvían dudas y se organizaban los tiempos de la tarde. Ese trabajo silencioso permitió que el aprendizaje tuviera un marco estable donde ocurrir sin sobresaltos innecesarios.
Bajo su conducción, la disciplina cotidiana no anulaba la vida del plantel: la hacía habitable. El orden permitió que la memoria del primer día se convirtiera en hábito de permanencia y cuidado del espacio compartido.
Los nombres que nos enseñaron a estar en el mundo
Maestros, oficios y personas que hicieron de la Secundaria Oficial de Pénjamo una casa con rostro humano
Los maestros que daban la cara al saber
Autoridad, cercanía y respeto ganado en cada clase que dejaba huella. Había maestras y maestros que no necesitaban alzar la voz para ser escuchados. El respeto nacía de la forma en que entraban al aula y de la manera en que miraban a los alumnos como si cada uno trajera consigo una pregunta legítima. La autoridad no se imponía: se ganaba con presencia, con claridad, con la certeza de que el conocimiento importaba.
Rigoberto Reyes Rodríguez enseñaba con una firmeza que no aplastaba; Leopoldo Reyes ponía orden con claridad; el doctor Jaime Garcidueñas hacía sentir que el saber tenía consecuencias en la vida real. El padre Rogelio Rivera traía al salón otra lengua del espíritu; el profesor Alejandro Herrera hacía del método una brújula; el licenciado Enrique Álvarez Carretero exigía precisión en la palabra como quien afila el pensamiento.
El ingeniero Javier Alatorre recordaba que la lógica se aprende tocando el mundo; la licenciada Osvelia Vega Salazar acompañaba con rigor y cercanía; el ingeniero David Trinidad Camarena enseñaba a pensar con estructura. La maestra Amparo Meléndez, desde la Química; Eloísa López y Virginia López, desde la paciencia cotidiana del aula; y Adela, en inglés, abrían ventanas distintas para aprender. Gustavo Reyes Medina, desde la Física, hacía del asombro una herramienta. El Maestro Rafael la música y la quinta de Beethoven. La Maestra Yolanda Arredondo Español con calma y presunción.
Cada una y cada uno encarnaba una forma distinta de pararse frente al conocimiento. No eran iguales, y justo por eso enseñaban más: la escuela se volvía un mosaico de estilos donde el alumno aprendía a leer la autoridad sin miedo. La exigencia no se sentía como castigo, sino como invitación a sostener el propio peso frente a la tarea.
Pido una gran disculpa por no nombrarlos a todos: han pasado muchos años y la memoria no alcanza para cada rostro que sostuvo la casa. Los nombres que quedan nombran también a los que faltan; son una manera de decir gracias a quienes hicieron del aula un lugar con rostro humano.
El prefecto Ramón y el taller de carpintería: aprender con las manos, medir el mundo con el cuerpo
El prefecto Ramón no solo vigilaba el orden: enseñaba a habitarlo. Su presencia marcaba el ritmo de los pasillos, el cuidado de los tiempos, la forma de entrar y salir del salón sin romper la convivencia. La disciplina, en su modo de ejercerla, no era un golpe seco: era un acuerdo que se recordaba todos los días.
En el taller de carpintería, Ramón se convertía en maestro de oficio. La madera enseñaba lo que el pizarrón no alcanza: medir antes de cortar, escuchar la veta para no romperla, entender que el error se corrige con paciencia. El cuerpo aprendía junto con la cabeza.
Aprender con las manos afinaba la mirada. El alumno entendía que el conocimiento no vive solo en la palabra, sino en el gesto bien hecho. El taller era una escuela dentro de la escuela: un lugar donde el trabajo ordenado devolvía dignidad al esfuerzo cotidiano.
Ese cruce entre prefectura y taller dejó una lección que se quedaba para siempre: el orden no está peleado con la creatividad, y la disciplina no cancela el cuidado. En ese espacio, la secundaria enseñaba a hacerse cargo de lo que se toca y de lo que se dice.
La vida que no era clase: Yola, Rosita, Don Cipol y su esposa, Pana el velador, la escuela como comunidad viva
La vida de la escuela no se agotaba en las clases. En la dirección, Yola y Rosita organizaban el día con un trabajo silencioso que hacía posible que todo funcionara. Su trato marcaba la diferencia entre el trámite frío y la atención que cuida.
La tienda de Don Cipol y su esposa era un pequeño centro del mundo. Ahí se cruzaban las voces del recreo, el cambio de monedas, el alivio de una sed, la tregua breve antes de volver al salón. La escuela también se aprende en esos espacios donde la vida se hace ligera.
Pana, el velador, cuidaba la noche de la escuela para que la mañana encontrara las puertas intactas. Su presencia enseñaba que el cuidado continúa cuando las aulas se quedan en silencio. La institución dormía acompañada.
Entre secretarías, tienda y vigilancia nocturna, la secundaria se revelaba como comunidad. No era solo un lugar de clases, sino una red de cuidados que permitía que el aprendizaje tuviera casa.
Los espacios que nos formaron: grupos, canchas y salones que también enseñaban a pertenecer
Los grupos formaban carácter. En primero había A, B, C y D; en segundo, A, B y C; en tercero, A, B y C. Nombrarse por letras era aprender a pertenecer a una pequeña tribu dentro de la casa grande.
La cancha de basquetbol detrás de los salones de tercero enseñaba a coordinar el cuerpo con otros cuerpos. El juego con reglas compartidas hacía visible que la convivencia se aprende en movimiento. Perder y ganar eran dos caras de la misma lección.
La sala de usos múltiples entre primero A y primero B ofrecía un espacio para reunirse de otra manera. Asambleas y actividades sacaban al alumno del encierro del pupitre para recordar que aprender también es estar juntos.
Los espacios educan porque guardan memoria. Caminar de un salón a otro, reunirse en la cancha, entrar a la sala común: cada trayecto repetido iba construyendo un sentido de pertenencia. La escuela se volvía mapa del cuerpo y del recuerdo.
Gracias por seguir encendiendo la luz
75 años de una escuela viva: gratitud a los de ayer, los de hoy y los que vienen
A los de ayer: quienes abrieron la puerta cuando estudiar era irse del pueblo y volver era un milagro
A los de ayer se les debe el gesto inicial de desobedecer a la carencia. Cuando estudiar significaba irse, alguien decidió que el pueblo no podía seguir perdiendo a sus jóvenes por falta de una puerta cercana. Ese gesto no fue una consigna: fue una acción sostenida por manos que levantaron muros, por voces que dieron clase aun sin garantías, por padres y madres que creyeron que el porvenir podía anclarse en un patio.
A los de ayer se les debe la paciencia de la primera jornada, el cuidado de la primera lista, la terquedad de no rendirse cuando los números eran pequeños y el cansancio grande. La escuela nació frágil, pero no nació sola: nació acompañada por una comunidad que supo cuidar lo que aún no prometía aplausos, solo trabajo cotidiano.
A los de ayer se les debe la dignidad del intento. No todo salió bien, no todo fue fácil, no todo fue suficiente. Y aun así, persistieron. Persistir es una forma de amor que no presume: se levanta temprano, vuelve al día siguiente, corrige, vuelve a intentar, y deja el mundo un poco menos oscuro para quienes llegan después.
A los de ayer se les debe esta casa que hoy respira. Sus nombres viven en los pasillos aunque no estén escritos en los muros. Viven en la costumbre de abrir la puerta, en el gesto de saludar, en la manera de sostener el día cuando pesa. Gracias por encender la primera luz.
A los de hoy: quienes mantienen encendida la lámpara en medio del día, aun cuando el cansancio aprieta
A los de hoy se les debe el pulso que no se apaga. Mantener una escuela viva no es repetir un rito: es sostenerlo con el cuerpo cansado, con la paciencia gastada, con la esperanza que se renueva a diario. La lámpara no se enciende sola: alguien la cuida para que no falte aceite cuando la tarde cae.
A los de hoy se les debe la presencia en los pasillos, la palabra que ordena sin herir, el cuidado que no se ve cuando todo funciona. Hay días en que la escuela pesa más de lo que se confiesa, y aun así se abre la puerta, se toma lista, se vuelve a empezar.
A los de hoy se les debe el gesto de quedarse cuando sería más fácil irse. Permanecer es una ética silenciosa: cuidar el espacio común, sostener el ánimo de quien llega con la mochila cargada de dudas, volver habitable el aprendizaje para que nadie sienta que está de paso en su propia casa.
A los de hoy, gracias por mantener encendida la lámpara. Gracias por no dejar que el cansancio apague el gesto. Gracias por sostener la respiración de la escuela para que siga siendo un lugar donde el tiempo aprende a ser humano.
A los de mañana: los que aún no llegan, pero ya son promesa escrita en los muros que esperan pasos
A los de mañana se les debe la promesa. Aún no llegan, pero ya están escritos en los muros que esperan pasos, en los pupitres que aguardan cuadernos, en la explanada que se abrirá para otras voces. La escuela prepara su lugar sin conocer sus nombres.
A los de mañana se les debe el cuidado del presente. Lo que hoy se repara, se pinta, se ordena, se enseña, es herencia para quienes aún no tocan la barda. La casa se cuida para huéspedes que todavía no saben que lo serán.
A los de mañana se les debe la confianza. Que lleguen sin miedo a preguntar, sin vergüenza de errar, con la certeza de que el aula puede ser un taller de confianza. Que encuentren una lámpara encendida y manos dispuestas a acercarla al libro, al mapa, a la duda.
A los de mañana, ojalá les llegue la luz con la misma ternura con que fue encendida. Ojalá sepan que alguien pensó en ellos cuando aún no estaban. Ojalá encuentren aquí un lugar donde quedarse sin tener que irse para aprender.
La escuela como casa: volver sin volver, quedarse sin quedarse, aprender a habitar la memoria
La escuela es casa en el sentido más hondo: no se posee, se habita. Volver a ella en la memoria es volver sin volver, quedarse sin quedarse, tocar un umbral que sigue ahí aunque el cuerpo ya no cruce la barda todos los días.
En la casa que fue la escuela se aprende a nombrar el mundo. Cada pasillo guarda una escena, cada aula un silencio que enseñó a escuchar, cada banca un gesto de paciencia. La memoria no pide permiso para entrar: entra porque tiene llaves.
La casa que fue la escuela acompaña la vida entera. Aparece en la forma de hablar, en el modo de mirar el error, en la disciplina que no humilla. Aparece cuando el mundo aprieta y uno recuerda que hubo un lugar donde aprender fue posible.
Gracias por ser casa. Gracias por enseñar a habitar. Gracias por guardar un sitio para quienes vuelven sin volver. La escuela no se queda atrás: camina dentro de quienes la vivieron.
Setenta y cinco años después: la luz no se apaga, se hereda y se vuelve camino
Este lunes la escuela cumplió setenta y cinco años y sigue. Seguir es una palabra grande: implica no apagarse, no rendirse, no volverse costumbre sin sentido. Seguir es heredar la luz para que otros la acerquen a su propia noche.
Setenta y cinco años después, la lámpara no presume su brillo: alumbra. Alumbra el paso siguiente, el cuaderno que se abre, la pregunta que se atreve. La luz no cancela la sombra: la nombra para que no asuste.
Gracias a los de ayer por encenderla. Gracias a los de hoy por cuidarla. Gracias a los de mañana por acercarse a ella. La luz no pertenece a nadie: se comparte. Y en compartirla, la escuela se vuelve camino.
Que esta luz siga andando de mano en mano. Que siga diciendo: aquí se aprende, aquí se cuida, aquí se vuelve. Setenta y cinco años después, la escuela sigue viva porque alguien, todos los días, decide encenderla.
Los que compartimos las aulas
El nosotros que nació en un pupitre y nunca se fue del todo
Nos sentamos juntos sin saber que nos estábamos quedando para siempre. Éramos nombres recién dichos, mochilas pesadas, miradas que buscaban dónde apoyarse. La tribu nació así: sin ceremonia, sin promesas, con el torpe acuerdo de caber todos en el mismo día.
Aprendimos a cuidarnos en gestos pequeños: un lápiz prestado, una risa que salva del ridículo, el lugar guardado en la fila. También nos herimos a veces, porque crecer duele. Pero el aula enseñó a reparar: pedir perdón, volver a sentarse cerca, no dejar solo al que se quedó atrás.
No todos llegamos juntos al final. Algunos se fueron antes, empujados por la vida. Desde entonces entendimos que el nosotros también está hecho de huecos. Que hay pupitres que se quedan vacíos y nombres que vuelven cuando nadie los llama. Cuidar al que está se volvió una forma de despedir al que se fue.
El último día pasó sin avisar. Salimos como cualquier tarde, creyendo que el mundo seguía igual. Años después, el pasillo vuelve en la memoria y nos alcanza el nudo en la garganta: ahí aprendimos a no pasar solos. Si hoy nos encontramos, no hacen falta palabras: nos reconocemos en el silencio. La escuela camina dentro de nosotros.
(By operación W).

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/… La Agenda en Corto.
/… LA INDIGNACIÓN SELECTIVA: CUANDO LA ÉTICA CAMBIA DE ACERA EN EL CONGRESO




El archivo de una investigación, la comparecencia a puerta cerrada y la colisión de egos que exhibe la política guanajuatense
En Guanajuato, una investigación administrativa relacionada con la revisión de presuntos vínculos indebidos entre un exgobernador y una empresa de tecnología para seguridad fue archivada por la autoridad encargada de vigilar la legalidad del Ejecutivo. La decisión reactivó el reclamo político: voces de oposición exigieron que la titular del área compareciera públicamente para explicar por qué no se fincaron responsabilidades. La exigencia es legítima: cuando un expediente se cierra, el escrutinio público debe aumentar. El problema no es pedir cuentas; el problema es cómo y con qué coherencia se pide.
La tensión estalló en el Congreso local cuando una diputada de la oposición acusó que la mayoría había “mayoriteado” para impedir una comparecencia en tribuna y frente a cámaras. El señalamiento buscó encuadrar la decisión como cerrazón y protección. Sin embargo, el detalle que matiza la acusación apareció en el pleno: el formato de rendición de cuentas —en un ámbito privado ante el órgano de gobierno del Congreso— fue aprobado de manera colegiada, con votos de todos. No es la transparencia ideal para la opinión pública, pero tampoco es un veto absoluto. La disonancia entre la consigna de cerrazón y el acuerdo compartido debilitó el relato inicial.
Ahí emergió la fisura interna: un legislador de la misma bancada que había impulsado la denuncia admitió haber votado el acuerdo del formato privado y quedó atrapado en una explicación confusa. El episodio exhibió descoordinación y, sobre todo, uso táctico del discurso de transparencia: se exigió exposición total en la tribuna, aun cuando el propio bloque había avalado otro mecanismo. El debate dejó de ser sobre el fondo del caso —por qué se archivó la investigación y con qué criterios— y se volvió una disputa por el encuadre mediático.
El ambiente se tensó aún más cuando la discusión escaló a reproches por el uso de la palabra entre legisladores de distintos partidos. Las interrupciones y los reclamos personales desplazaron el tema central. El Congreso cambió el foco: de la rendición de cuentas al choque de egos. Ese desliz no es anecdótico; revela una patología recurrente: cuando la política se vuelve pelea por el micrófono, la transparencia se convierte en escenografía.
El fondo sigue pendiente: ¿qué estándares se usan para archivar investigaciones?, ¿qué criterios técnicos sostienen la decisión?, ¿qué controles existen para evitar que el cierre de expedientes se lea como protección política? Exigir respuestas es correcto siempre. Pero la indignación selectiva —gritar cuando el señalado está enfrente y guardar prudente silencio cuando los casos tocan a los propios— vacía de contenido la lucha contra la corrupción. Si la exigencia no es pareja, deja de ser ética y se vuelve estrategia. Y cuando la ética se usa como arma, la credibilidad pública se erosiona más que con cualquier expediente archivado.
/- LOS DOS ALAN Y LA HERENCIA INCÓMODA: LEÓN ANTE EL ESPEJO DE LA CONTINUIDAD
Cuando la sucesión se vende como experiencia, pero la ciudad la lee como prolongación de pendientes y sombras
Allan León reaparece en la conversación pública con un discurso de continuidad del gobierno de Alejandra Gutiérrez y coloca su aspiración en el centro del tablero político de León. Quiere competir por la presidencia municipal y lo dice sin rodeos: con el PAN, sin el PAN o a pesar del PAN. La frase no es menor; sugiere que la candidatura no está atada de forma absoluta al partido que hoy gobierna la ciudad. En un contexto donde las sucesiones municipales suelen definirse por acuerdos internos, esa ambición coloca presión sobre el propio PAN: o procesa la aspiración con reglas claras, o empuja a que el proyecto busque otras vías.
La palabra “continuidad” pesa en León. No se lee como estabilidad, sino como evaluación del presente. La ciudad arrastra un balance mixto: anuncios de proyectos grandes, debates técnicos abiertos y episodios que erosionan la confianza en la operación cotidiana del gobierno municipal. Cuando la narrativa oficial apunta al futuro, pero el presente acumula frentes de desgaste, la continuidad se vuelve una promesa frágil. El riesgo político de Allan León no está en su trayectoria, sino en cargar con un corte de caja que muchos ciudadanos consideran insuficiente.
En el otro extremo del tablero aparece el segundo Alan, con una biografía vinculada al último sexenio estatal. No es un matiz irrelevante: en la política local, los vínculos con el pasado inmediato pesan más que los discursos de renovación. Para amplios sectores, ese nombre no evoca ruptura, sino prolongación de un ciclo estatal que dejó ruido, fisuras narrativas y costos reputacionales. Pensar en esa herencia orbitando la presidencia municipal de León resulta incómodo para una ciudad que quiere sacudirse la sombra de los sexenios conflictivos.
Así, León se encuentra ante una paradoja: dos rutas de continuidad que no entusiasman del todo. Una, la municipal, con pendientes visibles y episodios de desgaste institucional; otra, la estatal, con el lastre de un pasado reciente que muchos preferirían ver lejos del Palacio Municipal. El dilema no es escoger entre dos nombres, sino entre dos herencias políticas que cargan cuentas por saldar. La elección deja de ser biográfica y se vuelve una decisión sobre qué pasado está dispuesto a tolerar el electorado para construir el siguiente ciclo de gobierno.
Si el PAN quiere retener León con competitividad real, necesita algo más que aspirantes con currículum. Necesita una narrativa de ruptura creíble con los pendientes, un compromiso de resultados medibles y una distancia clara de los lastres que la ciudad ya identificó. De lo contrario, la contienda se convertirá en un referéndum sobre continuidades incómodas. En la paradoja de los dos Alan, León no está eligiendo personas: está decidiendo si acepta que el futuro se parezca demasiado al pasado.
/- JALPA DE CÁNOVAS: CUANDO UN “PERMISO DE LIMPIA” SE CONVIERTE EN DELITO AMBIENTAL
La tala en el río, la extralimitación municipal y el peso jurídico que ya toca la puerta
Lo ocurrido en Jalpa de Cánovas no es una anécdota administrativa: es una tragedia ambiental con responsables políticos claros. Bajo un ambiguo “permiso de limpia”, autoridades municipales de Purísima del Rincón autorizaron una intervención que derivó en la tala de 103 árboles en el cauce del río, pese a que el municipio no tiene atribuciones legales para intervenir un cuerpo de agua sujeto a jurisdicción superior. No fue un error de forma: fue una invasión de competencias que dejó huella en el paisaje y en la confianza ciudadana.
El argumento de la prevención de inundaciones no alcanza para justificar la devastación. Nadie discute que existan riesgos en temporada de lluvias; lo que se discute es la ligereza con la que se tomó una decisión irreversible sin dictámenes técnicos, sin coordinación interinstitucional y sin supervisión ambiental competente. La gestión del riesgo no puede convertirse en pretexto para el atajo. La prevención sin método termina siendo daño con discurso.
La reacción política no es menor. El regidor de Movimiento Ciudadano, Salvador Cruz Villegas, y el activista leonés Juan Pablo Delgado anunciaron una ruta legal múltiple —Contraloría, procuradurías ambientales y amparo— para frenar futuras talas y exigir responsabilidades. Delgado no es un actor marginal: ha ganado juicios relevantes contra gobiernos municipales de León, conoce los engranes del litigio administrativo y ambiental, y suele convertir la indignación social en precedentes judiciales. Su involucramiento eleva el costo legal del error municipal.
Este episodio coloca a la administración de Purísima del Rincón en un terreno de riesgo jurídico real. La tala sin competencia abre frentes administrativos, ambientales y de control interno que no se resuelven con comunicados. No es “otro escándalo más” en una agenda cargada de polémicas: es un caso con potencial de sanciones, reparaciones y límites claros a la discrecionalidad local.
Si los gobiernos no asumen la protección ambiental como obligación de Estado, la sociedad organizada está marcando el camino: obligarlos a cumplir la ley. No se trata de negar los riesgos del río, sino de intervenir con legalidad, técnica y supervisión. Talando fuera de la ley, el poder no previene: rompe.
(By operación W).

“Negra sombra”
De: Rosalia de Castro
Cuando pienso que te huyes, negra sombra que me asombras, al pie de mis cabezales, tornas haciéndome mofa. Si imagino que te has ido, en el mismo sol te asomas, y eres la estrella que brilla, y eres el viento que sopla. Si cantan, tú eres quien cantas, si lloran, tú eres quien llora, y eres murmullo del río y eres la noche y la aurora. En todo estás y eres todo, para mí en mí misma moras, nunca me abandonarás, sombra que siempre me asombras.




*Si quieres escucharlo en la voz de: *Luz Casal & Carlos Nuñez.
Sobre el poema.
La sombra que no se deja perder
Lectura cercana de “Negra sombra”, de Rosalía de Castro
La sombra que regresa cuando se cree vencida
El poema abre con una escena íntima: la hablante cree que la sombra se ha ido, pero justo en el momento de ese alivio, vuelve a aparecer “al pie de mis cabezales”. No es una presencia distante: está junto al lugar del descanso, del sueño, del abandono del cuerpo. La sombra acompaña incluso en el espacio donde se supone que la conciencia se apaga. Esto vuelve inquietante su figura: no hay refugio nocturno.
La idea de que la sombra “torna haciéndome mofa” sugiere una relación casi cruel entre la conciencia y la pena. No se trata solo de que el dolor vuelva: parece burlarse de la ilusión de que se fue. El poema presenta así una psicología del duelo o de la tristeza profunda: cuando se cree que ha pasado, reaparece con mayor claridad.
Aquí, la sombra no es un enemigo externo; es una parte íntima del yo. Su regreso no depende de una causa externa: depende del propio pensamiento. Pensar que se ha ido es lo que la hace volver.
La sombra que habita incluso la luz
En la segunda estrofa, la sombra se infiltra en lo que culturalmente asociamos con claridad y alivio: el sol, la estrella, el viento. No hay oposición entre sombra y luz; hay convivencia. La tristeza no se limita a los momentos oscuros del día: se cuela en la luminosidad misma.
Este movimiento poético rompe una idea común: que el dolor se esconde en la noche y la tristeza se disipa con la luz. En el poema, la luz no expulsa a la sombra; la revela. Incluso el sol se vuelve escenario de su presencia. Esto sugiere que el sufrimiento no depende del entorno, sino de la conciencia que mira.
La estrella que brilla y el viento que sopla son imágenes tradicionalmente asociadas con esperanza o consuelo. Rosalía de Castro las vuelve territorios de la sombra. El poema nos dice: no hay paisaje que logre expulsar del todo aquello que se lleva dentro.
La sombra que ocupa todas las voces
La tercera estrofa expande la sombra al terreno de las emociones humanas compartidas: cantar y llorar. La sombra no pertenece solo a la voz poética; se instala en el gesto universal del canto y del llanto. Es decir: no se trata de una pena individual, sino de una forma de estar en el mundo.
Cuando otros cantan, la sombra canta; cuando otros lloran, la sombra llora. Esto sugiere que el dolor se reconoce en los demás. La pena propia se proyecta en las emociones ajenas, como si el mundo entero se volviera espejo del estado interior de quien habla.
El murmullo del río, la noche y la aurora amplían aún más este campo. La sombra se infiltra en el tiempo: está en el cierre del día y en su inicio. No hay transición que la disuelva. El poema convierte a la sombra en una presencia que atraviesa el ciclo completo de la vida: emoción, naturaleza y tiempo.
La sombra como forma de totalidad
“En todo estás y eres todo” es una afirmación radical. La sombra deja de ser una figura parcial para convertirse en una totalidad que lo invade todo. Esto no significa que el mundo sea solo oscuridad, sino que la experiencia de la hablante está atravesada completamente por esa presencia. La sombra ya no es un elemento entre otros: es el filtro con el que se percibe todo.
Esta estrofa marca un punto decisivo: la sombra no es solo algo que acompaña; define. La conciencia ha quedado tan marcada por esa presencia que ya no hay experiencia que no pase por ella. El dolor no es un episodio: es una lente.
Aquí, el poema se vuelve filosófico sin perder su intimidad. Habla de cómo ciertas experiencias transforman de manera irreversible la forma en que se habita el mundo.
La sombra que vive dentro del yo
El cierre del poema es clave: “para mí en mí misma moras”. La sombra deja de ser externa por completo. Ya no está solo en el sol, el viento, el canto o el llanto: vive dentro del yo. No es una persecución: es una residencia. La tristeza no acompaña desde fuera; habita el interior.
El verso final no es desesperado: es lúcido. “Nunca me abandonarás” no se dice con rabia, sino con aceptación. La sombra ya no es un enemigo a vencer, sino una presencia con la que se ha aprendido a convivir. No hay promesa de curación total; hay conciencia de permanencia.
Este cierre convierte al poema en una reflexión profunda sobre el duelo, la melancolía o la marca de una experiencia vital. Rosalía de Castro no propone huir de la sombra, sino reconocerla como parte de la identidad. La sombra deja de ser un accidente: se vuelve memoria viva.
Sobre la autora.
Rosalía de Castro: la voz que le dio cuerpo a la saudade
Vida y obra de una voz que convirtió la melancolía en palabra
Una infancia entre orígenes inciertos y sensibilidad precoz
Rosalía de Castro nació en Galicia en el siglo XIX, en un contexto social marcado por jerarquías rígidas, silencios familiares y una vida rural atravesada por la pobreza. Desde temprano, su experiencia estuvo cruzada por la conciencia del margen: crecer en una tierra periférica dentro de España y hacerlo, además, desde una posición social frágil, imprimió en su mirada una sensibilidad hacia los olvidados.
Esa infancia no se tradujo en una queja directa, sino en una atención constante a lo que no suele tener voz: las mujeres, los campesinos, los emigrantes, los pobres. Rosalía aprendió a mirar desde abajo, no como postura ideológica abstracta, sino como experiencia vital. Esa mirada se volvería, con el tiempo, el pulso ético de su escritura.
Desde muy joven mostró inclinación por la literatura y una capacidad inusual para convertir la emoción en palabra sobria. No escribió para deslumbrar, sino para nombrar aquello que dolía en silencio en su entorno más cercano.
Escribir desde Galicia: lengua, territorio y pertenencia
Rosalía de Castro tomó una decisión literaria que fue también política: escribir en gallego cuando esa lengua estaba relegada al ámbito doméstico y despreciada por la cultura oficial. Al hacerlo, devolvió dignidad literaria a una lengua herida por siglos de subordinación.
Su poesía y su prosa no usan el gallego como ornamento folclórico, sino como lengua viva de una experiencia colectiva. El territorio no aparece como paisaje bonito, sino como espacio de trabajo, de carencia y de despedida. Galicia, en su obra, es una tierra que ama y duele al mismo tiempo.
Esta elección convirtió a Rosalía en una figura fundacional de la literatura gallega moderna. Escribir desde la periferia fue, para ella, una forma de decir que la emoción, el pensamiento y la belleza no pertenecen solo a los centros de poder cultural.
La obra poética: melancolía, pérdida y conciencia del tiempo
La poesía de Rosalía de Castro está atravesada por una melancolía lúcida. No es un lamento complaciente, sino una conciencia aguda del paso del tiempo, de la pérdida y de la fragilidad de los vínculos humanos. El dolor no es un episodio: es una forma de mirar.
En poemas como “Negra sombra”, la tristeza aparece como presencia persistente, no como estado pasajero. La pena no se disuelve con el sol ni con el canto; acompaña incluso los momentos de aparente luz. Esta poética rompe con la idea romántica del dolor como tormenta momentánea y propone, en cambio, una convivencia con la herida.
La voz de Rosalía no busca consolar: busca decir verdad emocional. Su sobriedad expresiva hace que la melancolía no sea exageración, sino respiración cotidiana. De ahí la potencia duradera de su poesía.
Narrativa y mirada social: mujeres, emigración y dignidad
Además de poeta, Rosalía de Castro fue narradora. En su prosa, la atención se desplaza hacia las condiciones de vida de las mujeres, la desigualdad social y la experiencia de la emigración, tan presente en la Galicia de su tiempo. La partida forzada, el desarraigo y la nostalgia atraviesan su mirada del mundo.
Las mujeres en su obra no aparecen como figuras decorativas: son sujetos atravesados por limitaciones reales, por silencios impuestos y por cargas afectivas que la sociedad no reconoce. Rosalía escribe desde una conciencia crítica que no se proclama panfleto, pero sí se filtra en cada escena.
Su narrativa complementa su poesía: allí donde el verso condensa la emoción, la prosa despliega el contexto social que la produce. Ambas formas dialogan en una misma ética de la atención hacia los frágiles.
Una figura mayor marcada por el reconocimiento tardío
Durante buena parte de su vida, Rosalía de Castro escribió en condiciones de precariedad material y reconocimiento limitado. Su obra no fue celebrada de inmediato como fundacional; el peso de su escritura se entendió con mayor claridad con el paso del tiempo.
Hoy es leída como una de las grandes voces de la literatura en lengua gallega y como una figura central del siglo XIX español. Sin embargo, su grandeza no proviene de los homenajes posteriores, sino de la coherencia íntima de su escritura: decir lo que dolía aun cuando no era cómodo decirlo.
Su legado permanece porque no construyó una obra para el prestigio, sino para acompañar la experiencia humana del desarraigo, la pérdida y la memoria. Rosalía de Castro sigue siendo una voz que nombra la tristeza sin convertirla en espectáculo, y que devuelve dignidad a quienes viven en los márgenes del relato oficial.
(ByNotas de Libertad).

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/… Cinco puertas para entrar a una ciudad que respira debajo
Guía para mirar Guanajuato desde la memoria, la duda, la imaginación, la tierra y la vida
Primera puerta: cuando la vida se vuelve un idioma que se aprende despacio (Alfredo Dugès)
Hay ciudades que se entienden con los pies, y hay ciudades que piden aprender un idioma nuevo para ser miradas. Guanajuato pertenece a las segundas. Aquí la vida no se ofrece en un golpe de luz; se revela por aproximaciones, por silencios atentos, por la paciencia de observar sin prisa. Entrar en esta primera puerta es aceptar que la curiosidad no es un salto, sino una caminata lenta que reconoce formas, tamaños, latidos que casi no se ven.
La ciudad respira por los intersticios: en la sombra de un muro vive un insecto, en la grieta de una cantera se sostiene una hoja, en el vuelo breve de un ave se ensaya un mapa del territorio. Mirar la vida de cerca devuelve humildad al paso. El visitante aprende que la piedra no está sola, que la calle no es solo tránsito humano, que el centro histórico es también un pequeño ecosistema que resiste en lo mínimo.
Esta puerta abre una ética de la atención. Nombrar después de mirar, comprender antes de tocar, cuidar antes de poseer. La ciudad se vuelve un laboratorio a cielo abierto donde cada forma viva pide ser leída con respeto, sin convertir la observación en dominio. La vida enseña a mirar sin apropiarse.
Salir de aquí deja un instrumento invisible en la mirada. La prisa pierde fuerza y el ojo aprende a demorarse. Guanajuato ya no es solo piedra: es respiración múltiple, pulso que se mueve en lo pequeño, promesa de cuidado en lo cercano.
Segunda puerta: la imaginación como una forma de verdad que no se deja domesticar (Quijote)
Después de aprender a mirar lo vivo, la ciudad abre su territorio de imágenes. Aquí la imaginación no es un escape: es un método para pensar lo real desde la metáfora. Guanajuato se vuelve un libro abierto donde cada muro puede ser escena y cada gesto cotidiano una pregunta. Entrar por esta puerta es aceptar que la verdad no siempre se dice con datos; a veces se revela con figuras que arden.
Las imágenes no piden obediencia: piden conversación. El idealismo aparece como una forma de ternura que no se rinde, la locura como una lucidez que incomoda, el fracaso como una dignidad que persiste. La ciudad se reconoce en esa terquedad hermosa de intentar lo justo aun cuando el mundo empuja en contra.
Caminar con estas imágenes en el cuerpo cambia el modo de leer la calle. Las escaleras parecen gestos, los callejones se vuelven párrafos, las plazas respiran como páginas abiertas. La imaginación trabaja en silencio, corrige la mirada, vuelve hospitalaria la duda.
Salir por esta puerta es aceptar que la belleza también piensa. Guanajuato continúa como texto que no se cierra, como promesa de sentido que no se deja domesticar por una sola lectura.
Tercera puerta: la duda que salva del ruido del castigo (Inquisición)
Hay memorias que queman porque recuerdan el peso del juicio. Entrar aquí no es buscar el estremecimiento fácil, es sostener la mirada frente a los lenguajes que hicieron del castigo una costumbre. Guanajuato, tan dado a la fiesta, también guarda la sombra de los rituales de condena. Mirarlos es aprender a no repetirlos.
La duda aparece como una forma de cuidado. Dudar de los discursos que prometen pureza, dudar de las certezas que piden obediencia ciega, dudar del ruido que convierte la vigilancia en virtud. Esta puerta enseña a escuchar la historia con un oído crítico que no aplaude la violencia aunque la entienda.
El visitante camina con una pregunta encendida: ¿qué parte del pasado sigue respirando en nuestras formas de juzgar? La ciudad no se acusa a sí misma; se ofrece como espejo para revisar la manera en que el poder se disfraza de orden.
Salir de aquí no deja miedo, deja lucidez. La duda acompaña el paso por el centro histórico como una lámpara discreta que alumbra los excesos del juicio sin apagar la esperanza de justicia.
Cuarta puerta: cuando el suelo habla y la ciudad aprende a escucharse (Ex Convento Dieguino)
Guanajuato no solo se mira: se pisa. Y al pisarse, habla. Esta puerta abre el oído para escuchar al suelo que sostiene la ciudad, a las capas que guardan decisiones antiguas, a los cimientos que cargan el peso del presente. Entrar es descender en el tiempo sin perder claridad en el ahora.
La ciudad se revela como una conversación entre lo que fue y lo que se levantó para sobrevivir. El agua obligó a elevar calles, la pendiente forzó soluciones, la urgencia cubrió espacios que hoy vuelven a decir algo. Caminar por estratos educa la humildad del paso.
El visitante aprende a leer la vertical del centro histórico: arriba el tránsito, abajo la memoria que sostiene. Cada desnivel se vuelve un archivo vivo. La ciudad deja de ser fachada y se convierte en profundidad.
Salir de esta puerta transforma el modo de habitar Guanajuato. El suelo ya no es superficie neutra: es una página que se lee con cuidado. El paso se vuelve atento, la mirada aprende a no olvidar lo que sostiene.
Quinta puerta: cuando la memoria toma cuerpo y el silencio pide respeto (Momias)
El recorrido culmina donde el tiempo dejó huella en la materia. Aquí la memoria no es metáfora: tiene peso, temperatura, textura. La ciudad se enfrenta a su propia fragilidad y a su manera de resguardar lo que el azar expuso. Entrar exige bajar la voz interna para escuchar el silencio.
No hay espectáculo en esta puerta: hay cuidado. La mirada aprende a no convertir el asombro en consumo, a no confundir cercanía con permiso. Guanajuato se muestra desde su herida conservada, desde la decisión de sostener lo que apareció sin convertirlo en mercancía del morbo.
El cuerpo se vuelve prudente. El paso se mide. La respiración se ordena. Algo del respeto que aquí se aprende acompaña al visitante cuando vuelve a la calle y mira otros cuerpos, otras historias, otros silencios.
Salir de la última puerta no cierra el viaje: lo funda. La ciudad queda adentro como una responsabilidad de la mirada. Recordar sin herir, mirar sin poseer, cuidar lo que permanece: esa es la forma más alta de atravesar Guanajuato.
(By Notas de Libertad).

Domingo 15 de febrero al sábado 21 de febrero.
Santoral.
CUANDO LA MEMORIA SE HACE NOMBRE
El santoral es una constelación de vidas que el tiempo no consiguió borrar.
Cada nombre concentra decisiones tomadas a contracorriente, en contextos duros y concretos.
No son estatuas: son biografías atravesadas por miedo, esperanza y perseverancia.
La memoria los conserva porque su modo de vivir dejó una huella reconocible.
Al leerlos, no se pide devoción automática, sino atención humana.
Hay en estos nombres servicio silencioso, estudio paciente, martirio y ternura.
El calendario los reúne para que no queden dispersos en el olvido.
Nombrarlos es traerlos al presente por un instante.
Y traerlos al presente es volver a medirnos con su coherencia.
Así, cada día se vuelve una pequeña lección de tiempo.
Domingo 15 de febrero
• San Claudio de la Colombière
Sacerdote jesuita francés del siglo XVII, conocido por su dirección espiritual. Acompañó procesos de fe marcados por la exigencia interior y la claridad de conciencia. Su vida combinó disciplina intelectual con cercanía pastoral. Es recordado por su coherencia en contextos de persecución y exilio.
• San Sigfrido de Suecia
Misionero del siglo XI que impulsó la evangelización en Escandinavia. Trabajó en territorios de frontera cultural y religiosa. Su labor formó comunidades estables de fe. Es símbolo de paciencia misionera.
• San Onésimo
Discípulo de la primera comunidad cristiana y colaborador de Pablo. Su historia encarna procesos de reconciliación y dignidad recuperada. La tradición lo recuerda como obispo y servidor. Representa la integración de los márgenes en la comunidad.
• San Severo de Valeria
Pastor antiguo recordado por su cercanía a comunidades rurales. Promovió la organización eclesial en regiones dispersas. Su ministerio fue más de presencia que de protagonismo. Es ejemplo de liderazgo silencioso.
• Santa Georgina de Polonia
Virgen venerada por su vida de piedad y servicio local. Vivió en sencillez, lejos de los centros de poder. La tradición conserva su memoria por la constancia en el bien. Encarnó una espiritualidad cotidiana.
Lunes 16 de febrero
• San Onésimo, obispo
Recordado como responsable de comunidades cristianas en tiempos tempranos. Su liderazgo priorizó la reconciliación y el cuidado de los frágiles. Trabajó en contextos de vigilancia y presión social. Es memoria de la Iglesia naciente.
• Santa Juliana de Nicomedia
Mártir del siglo IV durante persecuciones imperiales. Sostuvo su fe frente a amenazas y torturas. Su testimonio fortaleció a comunidades perseguidas. Es recordada por su firmeza juvenil.
• San Elías de Jerusalén
Pastor antiguo vinculado a la organización de comunidades en Tierra Santa. Promovió la estabilidad en tiempos de conflicto. Cuidó la transmisión de la enseñanza cristiana. Es símbolo de custodia de la memoria.
• San Tychón de Amathus
Obispo del siglo V en Chipre, cercano a los pobres. Fomentó obras de caridad y catequesis. Su gobierno pastoral buscó aliviar necesidades concretas. Es recordado por su cercanía social.
• San Flaviano de Constantinopla
Patriarca del siglo V involucrado en debates doctrinales. Defendió posiciones teológicas en contextos de presión política. Sufrió destierro por su postura. Representa la conciencia frente al poder.
Martes 17 de febrero
• San Alejo
Figura ascética asociada a la renuncia radical. La tradición lo presenta como peregrino de la pobreza voluntaria. Su vida inspira desapego de privilegios. Es símbolo de humildad extrema.
• Santa Isabel de Hungría
Princesa del siglo XIII conocida por su servicio a los pobres. Transformó su posición social en caridad concreta. Fundó hospitales y obras de asistencia. Es modelo de misericordia activa.
• San Teodoro de Tiro
Mártir militar de los primeros siglos. Rechazó prácticas contrarias a su fe. Su testimonio alentó a creyentes bajo persecución. Es recordado por su coherencia pública.
• San Finano de Clonard
Monje irlandés vinculado a escuelas monásticas. Formó generaciones de discípulos en vida espiritual. Su influencia fue educativa y comunitaria. Representa la tradición formativa celta.
• Santa Constancia
Virgen venerada por su vida consagrada. Eligió la fidelidad a su vocación frente a presiones sociales. Su memoria preserva la opción por la coherencia personal. Encarnó una espiritualidad de firmeza.
Miércoles 18 de febrero
• San Simeón de Jerusalén
Obispo de la primera generación cristiana. Acompañó comunidades en contextos de persecución. Su liderazgo fue pastoral y prudente. Es memoria de los inicios frágiles de la Iglesia.
• Santa Bernardita Soubirous
Joven francesa del siglo XIX vinculada a Lourdes. Vivió la fe desde la sencillez y el silencio. Soportó incomprensiones con constancia. Su figura representa la humildad perseverante.
• San Eladio de Toledo
Pastor hispano recordado por su gobierno estable. Promovió la organización eclesial local. Atendió la formación de su comunidad. Es ejemplo de continuidad institucional.
• San Lucio de Roma
Obispo antiguo en tiempos de tensiones doctrinales. Favoreció procesos de reconciliación comunitaria. Su ministerio buscó restaurar la comunión. Representa el arte de recomponer vínculos.
• Santa Geltrudis la Grande
Monja alemana del siglo XIII, escritora espiritual. Desarrolló una teología del corazón y la misericordia. Su obra influyó en la piedad medieval. Es referente de profundidad contemplativa.
Jueves 19 de febrero
• San Conrado de Piacenza
Penitente del siglo XIV que eligió vida austera. Abandonó privilegios para vivir en sencillez. Su testimonio atrajo a buscadores de coherencia. Es símbolo de conversión práctica.
• San Barbato de Benevento
Obispo del siglo VII enfrentado a supersticiones locales. Promovió prácticas cristianas en contextos sincretistas. Su liderazgo fue pedagógico y firme. Encarnó paciencia pastoral.
• San Jorge de Antioquía
Pastor antiguo en una sede de frontera cultural. Mantuvo la cohesión comunitaria en tiempos inestables. Cuidó la transmisión de la enseñanza. Es ejemplo de sostén institucional.
• Santa Ágata de Catania (memoria local)
Virgen y mártir venerada en Sicilia por su fidelidad. Su culto popular fortaleció identidades locales. La tradición resalta su resistencia al abuso. Es símbolo de dignidad femenina.
• San Álvaro de Córdoba
Intelectual hispano del siglo IX en contexto andalusí. Defendió la identidad cristiana en minoría. Promovió la educación y la memoria cultural. Representa diálogo y firmeza.
Viernes 20 de febrero
• San Eleuterio de Tournai
Obispo de la Galia en tiempos de reorganización eclesial. Atendió comunidades dispersas con presencia constante. Favoreció la cohesión local. Es recordado por su cercanía pastoral.
• Santa Jacinta Marto
Niña portuguesa del siglo XX, testigo de fe sencilla. Vivió la enfermedad con fortaleza interior. Su testimonio inspiró prácticas de oración. Es símbolo de confianza infantil.
• San Tirso
Mártir de la antigüedad venerado en varias regiones. Rechazó renunciar a su fe bajo amenaza. Su memoria fortaleció tradiciones locales. Representa constancia ante la presión.
• San León de Catania
Pastor siciliano conocido por su celo pastoral. Intervino en conflictos locales con prudencia. Defendió la disciplina comunitaria. Es ejemplo de liderazgo cercano.
• Santa Susana de Palestina
Virgen venerada por su vida consagrada. Optó por la fidelidad en contextos adversos. La tradición conserva su memoria por su constancia. Encarnó una fe perseverante.
Sábado 21 de febrero
• San Pedro Damián
Monje y reformador del siglo XI. Promovió renovación moral en la vida clerical. Combinó vida eremítica con servicio público. Es símbolo de reforma con austeridad.
• San Eustacio de Antioquía
Obispo del siglo IV involucrado en debates cristológicos. Defendió posiciones doctrinales frente a presiones imperiales. Sufrió destierro por su postura. Representa conciencia doctrinal.
• Santa Eulalia de Mérida
Joven mártir hispana del siglo IV. Sostuvo su fe frente a autoridades. Su testimonio alimentó la piedad local. Es símbolo de valentía temprana.
• San Serapión de Egipto
Asceta del desierto vinculado a tradiciones monásticas. Vivió en pobreza voluntaria y oración. Acompañó procesos de formación espiritual. Representa la radicalidad del desierto.
• Santa Marta de Astorga
Virgen venerada en la tradición local hispana. Su memoria se conserva por su vida consagrada. Encarnó fidelidad en contextos sencillos. Es ejemplo de constancia discreta.





Música para recordar el ayer
/… ABBA: la música que convirtió la luz en memoria




Crónica biográfica y de la obra de un cuarteto que enseñó a cantar la alegría y la herida
Estocolmo como punto de partida: cuatro voces que aprendieron a escucharse
ABBA nació del cruce de cuatro trayectorias que ya habían probado la soledad del escenario. En Suecia, entre inviernos largos y estudios donde la paciencia se aprende como oficio, dos mujeres y dos hombres entendieron que la suma no garantiza un centro: había que escucharse antes de intentar brillar. Ese acuerdo inicial fue más importante que cualquier arreglo técnico, porque puso a la voz del otro como medida del propio volumen.
La unión no fue un relámpago romántico, sino una negociación diaria. Cada quien traía una manera distinta de concebir la canción: para unos la melodía era arquitectura; para otros, la letra debía tocar sin rodeos. En esa fricción se fue templando un pop que no depende del estruendo, sino de la claridad con la que la emoción encuentra sitio.
Estocolmo les regaló un clima propicio para pulir: luz breve, silencios largos, tiempo para repetir hasta que la armonía dejara de ser ensayo y se volviera gesto natural. La identidad no se decretó; se trabajó en capas, con pruebas tímbricas y decisiones que privilegiaron la escucha mutua.
Así se formó un cuarteto que convirtió la cercanía entre voces en idioma. La base no fue el espectáculo, sino una ética de trabajo: cuidar el centro común para que la canción pudiera viajar sin perder su pulso humano.
La arquitectura del brillo: cómo se construyó un sonido inconfundible
El sonido de ABBA se sostiene en una arquitectura precisa: melodías luminosas, armonías que envuelven y una producción que enmarca sin sofocar. La canción se piensa como un cuarto bien iluminado: cada elemento cumple su función, el coro abre la ventana y el ritmo ordena el paso del cuerpo.
Ese brillo no es superficial. Debajo del destello hay una ingeniería sensible del pop: cambios de dinámica que permiten respirar, entradas de coro que funcionan como abrazo colectivo y una economía del exceso que respeta al oyente. La música se vuelve habitable, no un golpe de efecto.
La claridad se convirtió en una forma de respeto. La letra entra limpia, la melodía se queda, el pulso acompaña. En un paisaje saturado de estímulos, esa legibilidad emocional permitió que las canciones atravesaran generaciones sin perder sentido.
Por eso el sello del grupo se reconoce desde los primeros compases. No hace falta anunciarlo: el color armónico y la forma de entrar al estribillo dicen quién canta antes de que la memoria termine de recordar.
Alegría que no oculta la herida: el corazón de su obra
La obra de ABBA vive en una tensión fecunda: celebrar sin negar la herida. En canciones donde el cuerpo pide moverse —como cuando el pulso invita a la pista en “Dancing Queen” o la memoria sonríe al escuchar “Mamma Mia”— la alegría no es máscara, es respiración que ayuda a seguir.
En otras piezas, la claridad melódica nombra la duda y el riesgo del afecto. Cuando la canción propone confiar otra vez —como en “Take a Chance on Me”— la emoción entra sin rodeos; y cuando el amor pierde la partida —como en “The Winner Takes It All”— la derrota se dice con dignidad, sin teatro innecesario.
La pista de baile se vuelve lugar de catarsis. La luz convive con la sombra: “SOS” pide auxilio sin dramatizar; “Fernando” recuerda sin hundirse; “Chiquitita” consuela sin paternalismo. El cuerpo se mueve mientras el corazón entiende.
Esa convivencia entre fiesta y duelo explica por qué las canciones se vuelven memoria afectiva. No pertenecen a un solo momento: regresan cuando la vida necesita cantar para no quedarse muda.
Fama, pausa y regreso: aprender a soltar sin romper
El éxito acelera el tiempo y, a veces, adelgaza el centro. ABBA supo leer el desgaste de la exposición y eligió la pausa como forma de cuidado. No fue huida: fue una manera de proteger el pulso creativo antes de que la repetición lo vaciara.
La pausa dejó la obra en manos del tiempo. Las canciones siguieron viviendo en radios, celebraciones y casas donde “Super Trouper” iluminaba la noche sin pedir permiso. La presencia se volvió memoria activa: la música seguía ocurriendo aunque el grupo callara.
El regreso se pensó desde otro lugar: no para competir con el ruido del presente, sino para dialogar con él. Volver sin pretender ser lo que ya fue implica aceptar la transformación y cuidar la identidad sin petrificarla.
Esa forma de soltar sin romper explica la vigencia del proyecto. La obra aprendió a respirar con los años y a convivir con nuevas generaciones sin pedir disculpas por seguir siendo recordada.
Un legado que se canta: cuando la memoria aprende a bailar
El legado de ABBA se mide en la manera en que sus canciones se cantan, no solo en cómo se escuchan. Hay música que pasa; esta se queda en la boca del coro colectivo. El tránsito de oyente a voz compartida es una marca profunda del impacto cultural.
Las melodías funcionan como puentes entre generaciones. Padres e hijos se encuentran en la misma estrofa sin negociar el idioma emocional: la claridad del pop permite que la memoria se herede sin traducciones difíciles.
En fiestas, viajes o tardes domésticas, la música acompaña sin trivializar la emoción. El baile no cancela la nostalgia; la vuelve llevadera. Así, la obra regresa una y otra vez sin agotarse.
El legado, al final, es una ética del gozo: celebrar con conciencia, cantar sin negar lo que duele y confiar en que la luz también puede volverse memoria compartida.
(By Notas de Libertad).
Chiquitita.
The Winner Takes It All.
Mamma Mía.
/… Los Solitarios: un éxito que cruzó la frontera y se quedó en la memoria




Reseña biográfica y de la obra musical de una banda que convirtió la nostalgia en idioma
Tijuana como escuela de intemperie: donde la música aprende a quedarse
Los Solitarios se formaron en Tijuana, una ciudad hecha de tránsito, despedidas y regresos que rara vez cierran del todo. En esa frontera donde la gente llega con prisa y se va con promesas incompletas, la música no es ornamento: es refugio. El grupo creció tocando para públicos cambiantes, leyendo miradas cansadas, celebraciones breves y silencios largos. Ahí aprendieron que la canción debía entrar rápido al ánimo del que escucha y quedarse cuando el ruido de la noche se apaga.
No hubo para ellos un circuito cómodo ni una escena estable. Cada escenario era una prueba: salones donde la conversación competía con la guitarra, cantinas donde la música debía abrirse paso entre vasos y humo. En ese ejercicio cotidiano construyeron una identidad que no dependía de la moda ni del volumen, sino de la constancia: decir el amor sin gritarlo, nombrar la herida sin exhibirla.
La frontera les enseñó a mirar hacia afuera. Desde Tijuana se canta con la conciencia de que la música viaja, cruza, se vuelve compañía de quien parte y de quien espera. Los Solitarios entendieron pronto que su oficio era acompañar trayectos: el cruce con esperanza, el regreso con nostalgia, la noche que pesa en el pecho.
Por eso su origen no es solo un dato geográfico, sino una ética del oficio. Tijuana fue escuela de intemperie: resistencia, paciencia y claridad emocional. Desde ahí comenzó un camino que no se agotaría en lo local, sino que aprendería a dialogar con otros oídos y otras memorias.
Daniel López: el pulso que sostuvo al grupo contra el desgaste
Daniel López fue una de las columnas que permitió que Los Solitarios no se diluyeran con el primer cambio de viento. Guitarrista y compositor, entendió que la duración de una banda no depende solo de un éxito, sino de un pulso reconocible. Su trabajo se concentró en cuidar el clima de las canciones: melodías claras, arreglos sobrios, una respiración que dejara espacio a la voz.
En un entorno donde muchos proyectos se fragmentan por la tentación de seguir la moda, él apostó por el camino lento. Prefirió la arquitectura del repertorio: que cada tema sumara una variación del mismo latido emocional. Esa decisión, menos espectacular que otras, dio al grupo una base sólida para resistir el paso del tiempo.
Desde la guitarra sostuvo una forma de acompañar sin invadir. Ese gesto, discreto pero constante, se volvió parte del carácter del grupo: la sensación de estar frente a una música que no empuja, sino que se sienta al lado del que escucha.
Gracias a esa ética del oficio, el repertorio envejeció con dignidad. Las canciones no quedaron como piezas de época, sino como memorias activas que vuelven a sonar cuando la vida pide palabras sencillas para nombrar lo que duele.
Agustín Villegas: la voz que hizo de la canción una confidencia
La historia emocional de Los Solitarios no se comprende sin la voz de Agustín Villegas. Su canto no buscaba el lucimiento técnico, sino la cercanía. En temas que el público volvió propios —como "Mi amor es para ti" o "No dudes de mi amor"— la voz parecía hablarle a una sola persona, como si cada oyente fuera el destinatario secreto de la canción.
En otras piezas, la herida se decía sin estridencias. Canciones como "Sufrir" o "Un desengaño más" no exhiben el dolor: lo colocan a la altura del pecho, donde duele sin ruido. Esa contención convirtió a la banda en compañía de madrugada, en voz para los programas de dedicatorias y para los regresos solitarios a casa.
La memoria colectiva se fue tejiendo alrededor de esos títulos que regresan: "Ya se va", "Nada de tu amor", "Hay cosas inolvidables". No eran canciones de temporada, sino piezas que se repiten porque siguen nombrando escenas reconocibles: la despedida que no se cierra, la promesa que no se cumple del todo.
Cuando la voz de Agustín se apagó, el grupo perdió una respiración propia. Pero quedó una ética del canto: decir el amor con sobriedad, permitir que el silencio complete lo que la palabra no alcanza. Esa herencia sigue marcando el clima del grupo.
Continuar sin imitar: heredar el espíritu sin congelarlo
Continuar después de una pérdida exige una decisión ética: no convertir el pasado en museo. En Los Solitarios, la continuidad se pensó como cuidado del espíritu, no como calco de una voz que pertenece a otra historia.
Alí y Luigy Villegas asumieron la tarea de sostener el proyecto desde el presente, respetando el clima emocional heredado sin pretender reproducir una época. Ese equilibrio permite que las canciones sigan respirando con nuevas voces.
La continuidad se volvió una lealtad creativa: escuchar al pasado sin quedarse atrapado en él. Así, el grupo evitó la trampa de la nostalgia congelada y mantuvo viva su función principal: acompañar vidas.
Ese gesto ético explica por qué el proyecto sigue caminando. No se trata de repetir el gesto, sino de preservar la intención que dio sentido a la banda desde el inicio.
Una obra que cruzó fronteras: compañía para quien se queda y para quien parte
La música de Los Solitarios cruzó la frontera porque no estaba hecha para un territorio, sino para un estado del ánimo. Las canciones viajan bien cuando nombran escenas universales: la madrugada, la carretera larga, la casa donde alguien vuelve a poner una pista para no sentirse solo.
El cruce no fue solo geográfico. Fue simbólico: la banda logró acompañar experiencias compartidas por públicos distintos. En cada lugar, los títulos se vuelven recuerdos personales, pero el clima emocional permanece.
Esa capacidad de acompañar sin imponerse explica la permanencia del repertorio. No es música que domine la escena: camina con quien escucha. En tiempos de ruido, su sobriedad encuentra oído.
El legado de Los Solitarios puede leerse como una ética del canto: decir lo esencial sin alardes, dejar que la emoción respire y confiar en que la música que acompaña de verdad cruza fronteras sin necesidad de gritar.
(By Notas de Libertad).
Sufrir.
No debes llorar.
Pero nunca digas.

“NI VENGANZA NI PERDÓN”
De: Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez




Resumen.
NI VENGANZA NI PERDÓN: CRÓNICA DEL PODER, LA LEALTAD Y LA FRACTURA
Resumen del libro de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez sobre el ascenso, el ejercicio y los costos del poder en México
El tejido de una cercanía: periodismo, agravios y construcción del liderazgo
El libro se abre con una memoria larga: la relación entre Andrés Manuel López Obrador y la familia Scherer no nace en el triunfo, sino en la fricción con el poder. El antecedente de la expulsión de Julio Scherer García de Excélsior, el periodismo crítico como identidad y la experiencia del agravio frente al autoritarismo forman un suelo común que explica la cercanía posterior. La política aparece, desde el inicio, como una trama de lealtades construidas en la adversidad.
Los autores reconstruyen episodios que moldean el carácter del liderazgo opositor: el desafuero, las derrotas, la perseverancia y el regreso. No son solo hitos electorales, sino estaciones de una pedagogía del conflicto. La narrativa del agravio se convierte en motor político y en clave interpretativa de decisiones futuras: quien llega herido al poder tiende a gobernar desde la memoria del agravio.
El tránsito de la oposición al gobierno se narra como un cambio de piel. Pasar de denunciar a administrar implica negociar con inercias institucionales, actores hostiles y tiempos que no obedecen a consignas. La épica del cambio convive con la aritmética del Estado. El libro muestra ese choque sin romanticismos.
Este primer bloque instala la tensión que recorrerá toda la obra: la política como vínculo personal frente a la política como institución. La cercanía habilita decisiones rápidas, pero también concentra costos cuando el conflicto estalla.
Gobernar desde el centro: equipo, mando personal y contrapesos en tensión
Con la llegada al poder, el libro describe la conformación del equipo cercano y la centralidad del Ejecutivo como rasgo estructural del gobierno. La toma de decisiones se ordena alrededor de un núcleo reducido, donde la confianza personal pesa tanto como la capacidad técnica. La política se acelera: crisis, anuncios, rectificaciones y disputas públicas se suceden a un ritmo que exige mando concentrado.
Los autores detallan fricciones con actores políticos, empresariales y con órganos autónomos. La promesa de transformación tropieza con la necesidad de certidumbre para la economía y con límites legales que no se mueven al ritmo del discurso. Gobernar es negociar márgenes de maniobra en un campo de fuerzas que no se deja domesticar.
La personalización del mando muestra ventajas tácticas —rapidez, cohesión del mensaje—, pero también expone debilidades estratégicas cuando se sustituyen procedimientos por lealtades. El libro ilustra cómo la cercanía resuelve urgencias, pero erosiona procesos cuando se vuelve regla.
Este tramo hace visible el costo de la centralidad: los contrapesos incomodan, pero su debilitamiento deja al gobierno sin amortiguadores cuando llegan los golpes políticos y judiciales.
Seguridad en el territorio: Guardia Nacional, crisis visibles y límites estructurales
La creación de la Guardia Nacional aparece como decisión fundacional para enfrentar la violencia. El libro explica el giro desde el diseño civil hacia una implementación sostenida por las Fuerzas Armadas, bajo el argumento de capacidad inmediata. La urgencia territorial impone soluciones operativas antes que reformas de largo aliento.
Los autores describen la fragilidad de policías locales y fiscalías, la debilidad de la investigación criminal y la presión política por resultados visibles. La contención se vuelve prioridad frente a la construcción de instituciones que requieren tiempo. El Estado intenta ocupar territorios donde el crimen organiza economías y lealtades.
El atentado contra Omar García Harfuch funciona como espejo de la magnitud del desafío: exhibe capacidad de fuego criminal, vulnerabilidad institucional y la necesidad de coordinación real entre niveles de gobierno. La respuesta revela tensiones entre estrategia, comunicación y mando.
El balance es sobrio: la militarización ofrece control inmediato, pero no sustituye la justicia. Sin inteligencia, investigación y fiscalías robustas, la seguridad se vuelve despliegue permanente. El dilema queda abierto entre contención hoy y Estado de derecho mañana.
Justicia, mañanera y prensa: la disputa por la legalidad y la verdad pública
El libro entra en la arena de la relación con la Suprema Corte y el Poder Judicial. Las reformas, controversias y decisiones judiciales marcan límites al Ejecutivo, mientras el gobierno busca ampliar márgenes para cumplir su agenda. Legalidad y legitimidad se tensan en cada episodio.
La mañanera aparece como dispositivo central de comunicación política: fija agenda, define marcos y responde a crisis en tiempo real. Esa centralidad del relato fortalece cohesión, pero también polariza la conversación pública y vuelve más difícil una evaluación técnica de políticas.
La relación con la prensa, incluida la fricción con Proceso y periodistas críticos, se narra como una disputa por credibilidad. La descalificación del mensajero convive con la necesidad de sostener una narrativa unificada frente a golpes mediáticos. La verdad pública se fragmenta entre trincheras.
Este bloque subraya un costo democrático: cuando el relato se impone a la evidencia, el aprendizaje institucional se empobrece. Sin crítica informada, la corrección de políticas pierde motor.
Jesús Ramírez Cuevas y la arquitectura del relato del poder
Jesús Ramírez Cuevas aparece en el libro como una figura clave en la construcción cotidiana del relato presidencial. No opera como un vocero tradicional, sino como un arquitecto del encuadre político: decide qué temas suben a la conversación pública, cuáles se enfrían y cómo se responde a las crisis. Su trabajo no es solo comunicar decisiones, sino producir un clima de interpretación favorable al proyecto de gobierno. La comunicación deja de ser un apéndice del poder y se vuelve parte constitutiva del ejercicio de gobierno.
El texto muestra cómo la mañanera se convierte en el principal dispositivo de poder narrativo del sexenio, y cómo Ramírez Cuevas organiza esa escena: selección de temas, tiempos de respuesta, líneas discursivas frente a escándalos y ofensivas mediáticas. La agenda pública se ordena desde ese espacio cotidiano, que fija marcos de interpretación antes de que otras voces logren posicionarse. La comunicación, así, no acompaña a la política: la antecede y la moldea.
En el libro se subraya que esta estrategia tiene efectos concretos en la relación con la prensa. La confrontación con medios críticos no es improvisada, sino parte de un diseño que busca deslegitimar interlocutores incómodos y fortalecer una base de apoyo que consume la narrativa oficial como fuente principal de verdad. La disputa por la credibilidad se vuelve un frente permanente del ejercicio del poder, con costos en el clima de deliberación pública.
El costo de esta arquitectura comunicacional, advierten los autores, es la erosión de una conversación pública basada en evidencia. Cuando el encuadre sustituye a la evaluación de resultados, la corrección de políticas se vuelve más difícil. La comunicación gana eficacia política inmediata, pero la deliberación democrática pierde profundidad. El poder se protege mejor, pero aprende menos de sus propios errores.
Cienfuegos, cooperación internacional y el cierre de un ciclo
El caso del general Salvador Cienfuegos se presenta como episodio geopolítico que condensa soberanía, cooperación con Estados Unidos y el peso de las Fuerzas Armadas en la arquitectura de seguridad. La detención, la reacción del gobierno mexicano y la defensa institucional del Ejército revelan prioridades políticas en un contexto de despliegue ampliado de militares en tareas civiles.
El libro describe los costos de ese episodio: tensiones con agencias estadounidenses, cierre de filas internas y la reafirmación del papel castrense como pilar operativo del gobierno. La seguridad se vuelve también política exterior y diplomacia de crisis.
Hacia el final, la salida de Scherer Ibarra marca el cierre de un ciclo de cercanía al poder. Los autores registran golpes mediáticos, decisiones difíciles y desgaste personal. No hay absolución: hay inventario de costos del mando desde dentro.
El balance general propone una tesis exigente: el poder concentra eficacia y fracturas. La promesa de no venganza ni perdón choca con la realidad de decisiones que dejan heridas abiertas. Gobernar desde la cercanía produce lealtades, pero también quiebres que el tiempo no borra.
Sobre el autor.
DOS MIRADAS SOBRE EL PODER: SCHERER IBARRA Y FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Reseña biográfica y de la obra de los autores de Ni venganza ni perdón, escrita desde la confluencia entre el adentro del poder y la observación crítica
Datos biográficos y recorrido editorial de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez
Julio Scherer Ibarra nació en la Ciudad de México en 1968. Es abogado de formación y desarrolló su carrera profesional en el ámbito jurídico antes de ocupar responsabilidades públicas de alto nivel. Su trayectoria se construyó, durante años, lejos de la escena editorial: su perfil fue el del operador legal y político que trabaja en la arquitectura institucional y en la negociación de conflictos, más que el del autor de libros. Ese recorrido marca su escritura posterior, que surge desde la experiencia directa del ejercicio del poder y desde la observación de los límites reales del Estado cuando se enfrenta a crisis políticas, judiciales y mediáticas.
Su aportación no se construye como obra académica ni como periodismo de investigación, sino como memoria política: registrar procesos, conversaciones y costos de la toma de decisiones en el corazón del Estado. Ese lugar de enunciación define su huella pública como autor: la del testigo interno que escribe después de haber atravesado el centro del poder.
Jorge Fernández Menéndez nació en Buenos Aires, Argentina, en 1951, y desarrolló su carrera periodística en México. Su trayectoria profesional se ha consolidado en el periodismo de investigación y el análisis político, con énfasis sostenido en seguridad, crimen organizado, relaciones entre Estado y organizaciones criminales, y política internacional vinculada a la agenda de seguridad. Ha sido columnista durante décadas en medios de circulación nacional y analista permanente en radio y televisión, construyendo una presencia pública asociada a la explicación de procesos complejos y no solo a la cobertura de coyunturas.
En el terreno editorial, Fernández Menéndez cuenta con una bibliografía amplia y reconocida que articula violencia, poder e instituciones. Entre sus títulos más citados se encuentran "De Chiapas a Colosio: el año que vivimos en peligro" (1994), "La trama negra: de las redes del narcotráfico a la violencia en México" (2001), "Nadie supo nada: la verdadera historia del asesinato de Eugenio Garza Sada" (2006), "Calderón presidente: la lucha por el poder" (2007) y "El enemigo en casa: drogas y narcomenudeo en México" (2008). En estos libros combina investigación periodística, contexto histórico y lectura estructural del poder.
Las trayectorias de ambos autores no se superponen: se complementan desde lugares distintos frente al poder. Scherer Ibarra escribe desde la experiencia del adentro y desde el lenguaje del derecho y la operación política; Fernández Menéndez escribe desde la investigación periodística y el seguimiento de largo plazo de la violencia y las instituciones. Juntas, sus biografías explican dos modos de producir conocimiento público: el del testigo interno que narra costos y dilemas, y el del periodista que convierte hechos en sistemas interpretables. Esa diferencia de origen marca la naturaleza de sus obras y la manera en que cada uno dialoga con la esfera pública.
Julio Scherer Ibarra: herencia crítica y tránsito por el Estado
Julio Scherer Ibarra creció en un entorno donde la palabra no era ornamento sino responsabilidad. La herencia periodística que lo rodea le inculcó una relación tensa con el poder: entenderlo para confrontarlo, acercarse a él sin dejar de medir sus costos. Esa formación temprana le dio una sensibilidad particular hacia los abusos de la autoridad y la fragilidad de las instituciones cuando se subordinan a la conveniencia política.
Su ruta profesional se construyó en la intersección entre el derecho y la vida pública. La mirada jurídica le aportó método, lectura de reglas y comprensión de los engranajes institucionales; la cercanía con el periodismo crítico le dejó una conciencia permanente del escrutinio público. Ese cruce de lenguajes lo coloca en una posición ambigua: operar dentro del Estado sin perder del todo la distancia reflexiva.
El paso por el gobierno lo expone a la lógica del mando real: negociación bajo presión, manejo de crisis, toma de decisiones con información incompleta. En esa experiencia se revelan los límites de la buena intención cuando se enfrenta a inercias, lealtades y costos políticos. La biografía de Scherer Ibarra se vuelve, así, una crónica de aprendizaje en el filo entre convicción y pragmatismo.
Su salida del gobierno cierra un ciclo formativo que deja marcas. El poder no solo se ejerce: también transforma a quien lo toca. La reseña de su trayectoria muestra esa huella como parte constitutiva de su voz en el libro: hablar desde dentro sin reclamar absoluciones, nombrar costos sin convertirlos en coartada.
Jorge Fernández Menéndez: oficio periodístico y lectura estructural del poder
Jorge Fernández Menéndez forjó su carrera en el periodismo de investigación y análisis político con una atención persistente a los temas de seguridad, violencia y crimen organizado. Su método privilegia la verificación, el contraste de fuentes y la lectura de contextos que no se explican con consignas. La información, en su trabajo, es materia prima para comprender estructuras, no para alimentar el escándalo efímero.
A lo largo de su trayectoria ha cultivado una escritura que conecta hechos con sistemas: cómo operan las instituciones, cómo se mueven las lealtades, cómo se construyen —o se erosionan— capacidades estatales. Esa mirada le permite traducir episodios concretos en procesos de largo aliento, sin perder de vista a los actores que toman decisiones bajo presión.
Su relación con el poder ha sido la del observador crítico que entiende incentivos y límites. No se ubica en la comodidad de la denuncia sin contexto; se instala en el terreno incómodo de explicar por qué las decisiones se toman como se toman y qué consecuencias producen. Esa posición lo expone a polémicas, pero le da densidad analítica a su trabajo.
En el libro, su voz aporta el andamiaje interpretativo que convierte el testimonio en lectura de época. Su biografía profesional es la del periodista que hace del seguimiento del poder un método para entender la violencia, la gobernabilidad y sus zonas grises.
La obra de Scherer Ibarra: testimonio del adentro y ética del costo
La escritura de Scherer Ibarra se reconoce por su carácter testimonial: no pretende la distancia del cronista puro, sino la franqueza de quien estuvo en la sala de decisiones. Su obra reciente se organiza como memoria crítica del ejercicio del poder, con énfasis en los dilemas éticos que surgen cuando la política exige escoger entre daños.
En su narrativa, el poder aparece como un campo de fuerzas donde la intención se enfrenta a la inercia institucional. No hay épica sin fricción: cada decisión deja restos, cada victoria produce pérdidas colaterales. Esa conciencia del costo es un rasgo central de su mirada.
Su escritura evita la absolución retrospectiva. Más que justificar, intenta explicar desde dentro cómo se toman decisiones en contextos de presión mediática, urgencia territorial y disputa por la legitimidad. La obra se vuelve un ejercicio de rendición de cuentas narrativa.
Este enfoque convierte su aportación en un registro de aprendizaje político: no ofrece recetas, ofrece experiencias que obligan a pensar el precio de gobernar cuando la promesa de cambio choca con la complejidad del Estado.
La obra de Fernández Menéndez: análisis de seguridad y lectura del sistema
La obra de Fernández Menéndez se ha concentrado en la lectura de la violencia como fenómeno estructural. Sus libros y columnas conectan el comportamiento de las organizaciones criminales con las fallas de las instituciones, la economía ilegal y la geopolítica de la seguridad. El énfasis está en el sistema, no en el episodio aislado.
Su escritura propone diagnósticos incómodos: la violencia no se reduce a voluntad política, requiere capacidades estatales, inteligencia, fiscalías funcionales y coordinación real entre niveles de gobierno. El periodismo, en su enfoque, no se limita a señalar; busca explicar por qué las políticas fallan cuando no se sostienen en instituciones.
Esa obra ha construido una lectura de largo plazo sobre la relación entre Estado y crimen organizado, subrayando los riesgos de soluciones inmediatas que no invierten en la arquitectura civil de la justicia. La insistencia en procesos por encima de consignas atraviesa su producción.
En el libro compartido, su aporte ordena el contexto y dota de perspectiva a la memoria del adentro. La obra del periodista se convierte en el marco que permite evaluar decisiones sin caer en el juicio fácil ni en la complacencia.
Confluencia de miradas: método, tensiones y legado del libro
La colaboración entre Scherer Ibarra y Fernández Menéndez produce una escritura en tensión: testimonio y análisis se corrigen mutuamente. El primero aporta la experiencia del adentro; el segundo, la distancia crítica que traduce episodios en procesos. Esa confluencia evita tanto la apología como la denuncia sin contexto.
El método del libro descansa en esa fricción productiva. La memoria se somete a contraste; el análisis se nutre de escenas concretas. El legado del trabajo conjunto es una invitación a leer el poder sin ingenuidad y sin cinismo. Gobernar implica costos; observar implica rigor. La confluencia de trayectorias construye una pedagogía del poder que no promete consuelos, ofrece herramientas para pensar.
En esa clave, la obra compartida se vuelve un ejercicio de responsabilidad pública: narrar el adentro con contexto y leer el sistema con memoria. El resultado es una crónica de época que obliga a discutir el poder sin atajos morales.
(By Notas de Libertad).





El ascenso de un hombre común, DONDE EL PODER EMPIEZA A RESPIRARSE. (7/10)
Historia novelada de un político mexicano que aprende, desde abajo, que el poder no se hereda: se resiste, se negocia y se paga
Continúa de La Leyenda 66…
El día en que el nombre apareció en los periódicos
Cuando el poder se anuncia en tinta y se confirma en la mesa
El destape que amanece en papel
Los periódicos amanecieron con el mismo nombre en titulares, columnas y notas interiores. El destape de Gonzalo Gamaliel González no fue un rumor: fue una confirmación pública que reordenó conversaciones, agendas y lealtades. La ciudad leyó el anuncio como quien recibe una instrucción tácita. Desde ese momento, el calendario político cambió de ritmo y de centro de gravedad.
Las redacciones repitieron el nombre con distintos énfasis, pero con una misma certeza: el proceso estatal ya había comenzado. Los actores locales ajustaron discursos, midieron silencios y empezaron a calcular movimientos. La tinta convirtió en hecho lo que antes era murmullo. En política, la publicación fija lo que el poder ya decidió mover.
Vicente entendió que el tablero había girado hacia la esfera estatal y que su municipio quedaba, de pronto, dentro de una corriente mayor. El anuncio no lo nombraba, pero lo alcanzaba. Cada proyecto local empezaba a leerse como parte de una cadena de lealtades que miraban hacia arriba. El juego se ampliaba y exigía otro tipo de precisión.
Ese amanecer de titulares fue también una advertencia: el tiempo de las definiciones había llegado. No bastaba con administrar lo ganado; había que elegir posiciones en el nuevo mapa. La política dejaba de ser continuidad municipal para convertirse en estrategia de alcance estatal, con riesgos más altos y expectativas más duras.
La comida donde el relevo se presenta
Carlos Lara González organizó una comida sobria para presentar al candidato a sucederle. No hubo estridencias ni protocolo excesivo; la señal estaba en la convocatoria misma. La mesa reunió a quienes debían conocer de primera mano al relevo que ya había sido anunciado en los periódicos. En política, la mesa confirma lo que la prensa inaugura.
El ambiente fue medido, casi de reconocimiento mutuo. Se habló de coyuntura, de continuidad administrativa y de retos que exigían coordinación. La comida funcionó como ritual de transición: quienes asistían sabían que el ciclo cambiaba de manos. La cortesía fue la forma pública de una decisión ya tomada.
Vicente fue presentado con naturalidad, sin subrayados. El gesto fue suficiente: lo colocaba dentro del círculo que debía ser visto. No se trataba de promesas, sino de ubicación en el mapa del poder. En esos espacios, la pertenencia se construye por presencia y por lectura correcta del momento.
La comida cerró sin acuerdos explícitos, pero con señales claras. El relevo estaba en marcha y los vínculos comenzaban a trazarse. La política se reconoce en estos gestos: un asiento, una conversación breve, una mirada que anticipa lo que vendrá después.
El afecto que nace sin ceremonia
El primer trato entre Gonzalo y Vicente fue de cercanía franca. No hubo discursos de campaña ni promesas infladas; hubo conversación directa y reconocimiento de trayectorias. La camaradería surgió sin ceremonia, como ocurre cuando dos actores se leen en el mismo tiempo político. Vicente Díaz Cueto no llegó a ese encuentro como un invitado decorativo ni como un alcalde en tránsito. Llegó con el peso de una administración que había aprendido a moverse entre presión social, respaldo del gobernador Carlos Lara González y una relación cada vez más visible con los círculos donde se estaba decidiendo el futuro del estado. No era parte del núcleo duro del poder, pero ya no era un actor periférico. Su nombre empezaba a circular como el de un joven al que convenía tener cerca cuando se pensaba en el siguiente ciclo político.
Vicente percibió que el candidato buscaba operadores con lectura territorial y disciplina de equipo. Gonzalo, por su parte, leyó en Vicente una combinación de cercanía local y disposición a jugar en un tablero mayor. El vínculo se asentó en esa lectura mutua.
Esa camaradería inicial no prometía favores; prometía coordinación. Y en un proceso estatal, la coordinación es la moneda más valiosa. La relación quedó sembrada en términos de trabajo compartido, no de lealtad ciega.
La cita que define el siguiente paso
Días después de la comida, Gonzalo citó a Vicente en las oficinas del partido. La conversación fue directa: había una propuesta y una exigencia. La propuesta era la candidatura a diputado local; la exigencia, ganar con contundencia para coordinar la bancada del partido en el congreso.
El encargo no se presentó como premio, sino como responsabilidad de escala mayor. Coordinar significaba ordenar, negociar y sostener disciplina en un espacio de fricciones constantes. La candidatura traía consigo la tarea de construir mayoría funcional.
Vicente escuchó sin dramatizar. Entendió que el ofrecimiento implicaba dejar la comodidad del control municipal para entrar en el terreno áspero de la aritmética legislativa. El reto no era solo ganar, sino ganar de manera que legitimara un liderazgo posterior.
La cita cerró con una línea clara: trabajar para una victoria amplia que permitiera coordinar sin debilidades. El siguiente paso estaba definido. La política había dejado de insinuar y había pasado a pedir resultados concretos.
El momento de pedir licencia
Tras la cita, Vicente apresuró la decisión de solicitar licencia a la presidencia municipal. No fue un gesto teatral, sino un movimiento de tablero. Cambiar de escala exigía cerrar con orden el ciclo local para no contaminar la transición.
La licencia se planteó como continuidad institucional, no como ruptura. El municipio debía seguir su curso sin sobresaltos, mientras él se movía al plano estatal. En política, los cierres importan tanto como los arranques.
Vicente entendió que pedir licencia no era abandonar, sino reubicar la responsabilidad. El poder exige saber cuándo soltar una silla para ocupar otra sin generar vacíos. Ese aprendizaje es parte del oficio.
El movimiento fue leído por el entorno como confirmación de que el proceso estatal ya absorbía a los liderazgos locales. La decisión cerró una etapa y abrió otra, con reglas más duras y mayor exposición.
El interinato que cierra una etapa
El secretario del Ayuntamiento no se quedó a cuidar la silla. Presentó su renuncia sin rodeos y salió del edificio con la prisa de quien sabe que el verdadero trabajo ya no se hace en oficinas. La campaña de Vicente Díaz Cueto lo reclamaba en otro terreno: el de las rutas nocturnas, los acuerdos discretos y las conversaciones que no quedan asentadas en actas. El gobierno municipal perdió un operador; la campaña ganó un engrane central.
Al frente de la administración quedó Florentina Díaz Camacho como presidenta municipal interina. No hubo ceremonias ni gestos de ruptura. Entró a la oficina principal con la conciencia de que no estaba ahí para inaugurar una era, sino para sostener un orden. Los pendientes siguieron su curso, los directores mantuvieron agenda y el Ayuntamiento continuó respirando con la misma cadencia, apenas modificada por el cambio de nombre en la puerta.
Vicente se fue a recorrer el territorio con la certeza de que el municipio quedaba en manos que no improvisaban. No dejó discursos de despedida ni promesas de regreso triunfal. Dejó expedientes abiertos, acuerdos en marcha y una estructura que debía sostenerse sin él. El cierre de su etapa local no tuvo solemnidad pública; tuvo funcionamiento interno.
Con el interinato quedó marcado el salto de escala. El juego municipal quedó atrás y el tablero se amplió sin pedir permiso. Vicente ya no se movía en el perímetro conocido del Ayuntamiento; entraba a un terreno donde las decisiones pesan distinto y los compromisos no se olvidan. Ahí, en ese desplazamiento silencioso, se cerró una etapa y se abrió otra que ya no admitía pasos cortos.
La campaña que se expande
Cuatro municipios, un operador central y una maquinaria que aprende a moverse sin fricciones
La campaña que crece en territorio
La campaña dejó de ser un recorrido concentrado en un solo municipio para convertirse en una operación extendida que obligaba a pensar en rutas, tiempos y prioridades distintas. Vicente Díaz Cueto comenzó a dimensionar que el territorio ya no se medía en colonias conocidas, sino en trayectos largos, agendas encimadas y realidades políticas diversas.
Cada traslado implicaba una logística nueva. No bastaba con llegar, saludar y hablar; había que coordinar equipos locales, cuidar mensajes y no contradecir líneas que en cada municipio se jugaban con matices propios. La campaña se volvió un ejercicio de adaptación permanente.
El desgaste físico se acumuló rápido. Viajes continuos, comidas improvisadas y reuniones nocturnas se volvieron parte de la rutina. Vicente entendió que el cuerpo también entra en campaña y que sostener el ritmo requería disciplina que no se ve desde fuera.
La expansión territorial transformó la percepción de la contienda. Ya no era una carrera corta, sino una travesía prolongada donde la constancia importaba más que los golpes espectaculares. Ganar presencia implicaba sostener el paso sin perder claridad de rumbo.
Alfonso y el costo de escalar
Alfonso Hernández Gómez fue el primero en advertir que la campaña ya no se parecía en nada a la anterior. Cuatro municipios implicaban cuatro equipos, cuatro agendas y un gasto que crecía de forma inevitable. No se trataba de lujos, sino de operación básica para no improvisar.
La discreción siguió siendo su método. Compró vehículos, facilitó otros, cubrió viáticos y resolvió emergencias sin hacer ruido. Su papel no era visible en los mítines, pero era decisivo en los traslados, en los tiempos y en la continuidad de la agenda.
El dinero empezó a moverse como estructura. Cada gasto se traducía en presencia, cada inversión en capacidad de respuesta. Alfonso entendía que una campaña sin fricciones se paga con previsión y con margen para resolver imprevistos.
Asumir ese costo fue también asumir un riesgo mayor. La escala de la campaña amplificaba cualquier error financiero. Alfonso actuó con cálculo, consciente de que el crecimiento del proyecto también multiplicaba las dependencias y las deudas implícitas.
Cuatro municipios, cuatro batallas
Cada municipio tenía su propia dinámica política. En algunos, el partido contaba con estructuras sólidas; en otros, apenas se estaba reconstruyendo la presencia territorial. Vicente tuvo que aprender a leer esos mapas distintos sin imponer una sola forma de hacer campaña.
Los candidatos a presidentes municipales del partido jugaban sus propias batallas. Coordinar agendas sin eclipsar liderazgos locales se volvió un ejercicio delicado. La campaña debía sumar sin absorber, acompañar sin desplazar.
Los recorridos mostraron realidades contrastantes. Demandas rurales, conflictos urbanos y tensiones históricas obligaban a ajustar discursos y prioridades. Vicente entendió que no existía un solo mensaje capaz de cubrir todos los territorios.
Esa diversidad obligó a construir una narrativa flexible. La campaña se volvió un mosaico de causas locales articuladas por una ruta común. Ganar en cuatro municipios implicaba respetar cuatro formas distintas de habitar la política.
La operación sin fricciones
Uno de los objetivos centrales fue evitar conflictos internos que entorpecieran la marcha. La instrucción fue clara: coordinar sin invadir, ordenar sin imponer y resolver sin exhibir. La fricción interna suele ser más costosa que la presión externa.
Los equipos locales recibieron apoyo logístico sin condicionamientos visibles. Vehículos, material y acompañamiento técnico se entregaban como refuerzos, no como mecanismos de control. Esa sutileza ayudó a mantener cohesión.
Las tensiones inevitables se procesaban en corto. Cuando surgían desacuerdos, se atendían fuera del reflector, sin escalar al ruido público. La campaña avanzaba porque los conflictos no se convertían en espectáculo.
Mantener la marcha sin fricciones exigió escucha constante y ajustes rápidos. La operación no era rígida; se movía con el territorio. Esa capacidad de adaptación se convirtió en una de las fortalezas menos visibles del proyecto.
Efraín Justo Juárez y el pulso fino
Efraín Justo Juárez asumió la coordinación operativa con un estilo de pulso fino. No buscaba protagonismo, sino precisión en tiempos, mensajes y cierres. Su trabajo se notaba en la ausencia de crisis, no en el lucimiento personal.
Su lectura del territorio permitió ajustar recorridos y priorizar plazas clave sin descuidar las secundarias. La campaña no corría por intuición, sino por evaluación constante de impactos y rendimientos políticos.
Efraín cuidó que los equipos no se agotaran en actos inútiles. Menos eventos vacíos, más encuentros productivos. La eficiencia operativa se volvió criterio para decidir dónde y cómo invertir tiempo y recursos.
La coordinación entre municipios encontró en su método un punto de equilibrio. No centralizó en exceso ni dejó a la deriva. Ese balance permitió que la campaña se moviera como red y no como suma de islas.
La maquinaria que aprende a coordinarse
Con el paso de las semanas, la campaña comenzó a comportarse como una maquinaria que aprende. Los errores iniciales se corrigieron, los tiempos se ajustaron y la coordinación mejoró sin necesidad de órdenes espectaculares.
Los equipos entendieron que la victoria no se construye en actos aislados, sino en la repetición disciplinada de tareas bien hechas. La constancia sustituyó al impulso y la planeación desplazó a la improvisación.
La coordinación entre campañas municipales generó sinergias. Compartir rutas, materiales y aprendizajes redujo costos y fortaleció la presencia territorial. La campaña dejó de ser suma de esfuerzos para convertirse en estrategia compartida.
Ese aprendizaje colectivo marcó un punto de madurez. La política empezaba a funcionar como estructura y no solo como entusiasmo. Ya había una certeza: la escala exige método, y el método se construye caminando.
El día de la elección
La jornada decisiva, el cuarto de mando y el cierre de una etapa local
La madrugada que no deja dormir
La noche previa a la elección fue larga y fragmentada. Vicente Díaz Cueto intentó dormir, pero el cuerpo se negaba a entrar en reposo completo. No había nervios espectaculares ni ansiedad teatral, sino una inquietud densa que se instalaba en el pecho como una presencia constante que no se iba con el silencio.
Antes del amanecer, la casa estaba despierta. El café se preparó en silencio y la rutina mínima se volvió un ritual de concentración. Vicente repasó puntos de control, responsables de zona y horarios de reporte, entendiendo que la elección es una operación precisa donde cada minuto cuenta.
Al salir, el aire mezclaba expectación y normalidad. El pueblo abría negocios y la vida cotidiana avanzaba mientras algo importante estaba por ocurrir. La política convive con la rutina sin pedir permiso, y en esa convivencia el poder adquiere consecuencias concretas.
El inicio de la jornada no trajo euforia, trajo enfoque. Vicente se dirigió al punto de coordinación con la certeza de que, desde ese momento, la disciplina valía más que cualquier discurso. La estructura debía funcionar sin errores pequeños que se vuelven grandes.
El cuarto de mando
El cuarto de mando concentró reportes de casillas, incidencias menores y decisiones rápidas. Efraín Justo Juárez operaba con serenidad técnica, marcando tiempos y prioridades con precisión que no admitía improvisaciones en un día que no perdona descuidos.
Los primeros informes llegaron sin sobresaltos. Casillas abiertas, participación constante y retrasos resueltos con llamadas puntuales. En ese espacio el protagonismo no servía: servía la eficacia y la lectura fría de cada dato que llegaba.
Conforme avanzaron las horas, la tensión se desplazó al sostenimiento de la operación. Mantener el ritmo era tan importante como haber diseñado la estrategia. Efraín se movía entre teléfonos y mapas con calma que provenía de experiencia, no de indiferencia.
Vicente comprendió que ganar una elección no se parece a narrarla después. La política se juega en cuartos cerrados, con personas que trabajan sin reflectores y con una presión que no se ve desde afuera.
Las horas que no avanzan
El mediodía trajo la sensación de que el tiempo se arrastraba. Cada reporte se leía como decisivo, aunque muchos no lo eran. Vicente caminaba en círculos breves, escuchaba fragmentos y regresaba al mismo punto de concentración.
Las llamadas de líderes locales se acumulaban. Algunos informaban, otros buscaban tranquilizarse. Vicente escuchaba y regresaba al silencio operativo, sabiendo que hablar de más crea compromisos que no siempre se pueden sostener.
En el cuarto de mando, la disciplina evitó triunfalismos tempranos. Las elecciones se pierden cuando se confunde una señal parcial con un resultado definitivo, y todos ahí conocían esa regla no escrita.
Hacia la tarde, los reportes dibujaron tendencia favorable. Nadie celebró. La soberbia temprana se paga caro, y la política castiga la anticipación sin sustento.
La confirmación
La confirmación llegó como una certeza que se arma pieza por pieza. Los datos coincidieron y la reversión se volvió remota. Efraín asintió sin discursos; el gesto bastó para entender el momento.
La elección estaba ganada como resultado de una operación que funcionó. Vicente sintió alivio y peso a la vez: alivio por cruzar el día sin incidentes graves y peso porque la victoria es un umbral, no un final.
Las llamadas cambiaron de tono y Vicente agradeció sin prolongar conversaciones. La noche traería decisiones que definirían el siguiente tramo, porque la política no concede treguas largas ni siquiera al ganar.
El cuarto de mando se descomprimió lentamente. La tensión mutó hacia el acomodo posterior. Vicente salió con la conciencia clara de que cerrar una campaña es abrir compromisos.
La conversación con Alfonso
Ya entrada la noche, Vicente habló con Alfonso Hernández Gómez al margen del ruido. Agradeció con franqueza el respaldo que dio estructura real a la campaña, sin discursos elaborados ni poses públicas.
Vicente fue claro: desde el Congreso gestionaría obras estatales para la región como parte de un compromiso político que ahora tenía otra escala. Alfonso entendió sin subrayados ni teatralidad.
Alfonso recordó que durante la presidencia municipal de Vicente les fue muy bien y que ahora las posibilidades serían mayores. No fue reclamo ni amenaza, fue constatación de la realidad que abre el poder.
Antes de despedirse, Alfonso pidió ir a la capital en la semana. Ya tenía una casa lista para que vivieran ahí. El gesto reconfiguraba el mapa de la vida personal de Vicente.
El abrazo que sella
El abrazo fue breve y cargado de significados. En él estaban la campaña, los acuerdos y las deudas implícitas que no se anuncian en público, pero sostienen decisiones futuras.
Vicente guardó silencio después del abrazo. El ciclo municipal cerraba con contundencia y el siguiente no permitiría la misma inocencia ni cercanía con los márgenes de decisión.
Alfonso se retiró sin añadir palabras. La relación ya no era solo familiar ni solo política: era una mezcla consolidada en el ejercicio del poder y en el uso compartido de recursos e influencias.
La elección estaba ganada, el abrazo sellado y una casa esperaba en la capital. El siguiente tramo de la historia ya no sería local: sería de otro tamaño.
Del municipio al Congreso
El salto de escala política y el primer encuentro con el gobernador electo
La llegada al Congreso local
El primer día de Vicente Díaz Cueto en el Congreso local no tuvo la solemnidad de los actos públicos, pero sí la densidad de los cambios que se sienten en el cuerpo antes que en la cabeza. Pasar del municipio al ámbito legislativo implicó cambiar de lenguaje, de ritmos y de horizontes. Las conversaciones ya no giraban en torno a calles, colonias o servicios inmediatos, sino a marcos legales, acuerdos políticos y correlaciones de fuerzas que se movían en otro plano.
Vicente entendió pronto que el Congreso no es un espacio de ejecución directa, sino de construcción de condiciones. Cada iniciativa es una negociación previa, cada voto una suma de lealtades que no se improvisan. La experiencia municipal le había dado calle, pero el ámbito legislativo exigía lectura fina de los tiempos y de los actores. No bastaba con tener razón: había que construir mayorías para que esa razón se volviera norma.
Los pasillos del Congreso se le revelaron como un mapa nuevo de influencias cruzadas. Antiguos aliados ahora ocupaban posiciones distintas y viejos adversarios podían convertirse en socios circunstanciales. Vicente comprendió que la política estatal no amplifica lo local: lo reconfigura. La cercanía se diluye y el peso de la institucionalidad se vuelve más visible.
Esa mañana marcó el inicio de una curva de aprendizaje distinta. Vicente asumió que su capital político debía traducirse en capacidad de articulación. Del municipio al Congreso, el margen de error se estrecha porque cada paso deja huella pública. La transición exigía prudencia, método y una nueva manera de leer el poder.
Efraín Justo Juárez, del territorio al tablero legislativo
El nombramiento de Efraín Justo Juárez como secretario general del Congreso local fue una señal de continuidad operativa. Su paso por la operación electoral le había dado una lectura precisa de los equilibrios internos del partido y de las fricciones inevitables entre bancadas. En el Congreso, esa experiencia se traducía en orden, agenda y conducción de procesos que no admiten improvisación.
Efraín asumió el cargo con la conciencia de que la institucionalidad se sostiene en detalles: tiempos de sesión, acuerdos previos, rutas de negociación y contención de conflictos antes de que escalen. La política legislativa no se resuelve en el pleno; se cocina antes, en mesas discretas donde se miden costos y beneficios para cada actor.
Para Vicente, contar con Efraín en la secretaría general significó tener un puente operativo entre la voluntad política y el procedimiento. No era una relación de subordinación personal, sino de sincronía estratégica. El Congreso exige engranajes que funcionen sin ruido, y Efraín entendía esa mecánica.
La presencia de Efraín aportó estabilidad al arranque de la legislatura. En un entorno donde los reflectores suelen distorsionar los procesos, su trabajo consistió en hacer que lo complejo fluyera sin estridencias. Esa discreción operativa se volvió un activo político para el grupo que iniciaba etapa en el ámbito estatal.
El primer saludo con Gonzalo Gamaliel Gonzales
El primer encuentro formal entre Vicente Díaz Cueto y el gobernador electo Gonzalo Gamaliel Gonzales ocurrió en un ambiente medido, sin excesos de protocolo, pero con la carga simbólica de los relevos de poder. No era una reunión de cortesía: era la presentación de dos trayectorias que comenzarían a cruzarse en el tablero estatal.
Gonzalo Gamaliel Gonzales se mostró cercano en el trato, pero claro en el fondo. Habló de prioridades, de coordinación institucional y de la necesidad de que el Congreso acompañara con seriedad los proyectos de gobierno. No pidió lealtades ciegas; planteó responsabilidades compartidas. El mensaje fue simple: la gobernabilidad se construye con reglas claras y trabajo constante.
Vicente entendió que la relación con el gobernador electo no se sostendría en afectos, sino en resultados legislativos. El Congreso sería un espacio de negociación real, no una extensión automática del Ejecutivo. Esa claridad temprana evitó confusiones y marcó el tono de una interlocución que debía ser firme y profesional.
Ese primer saludo dejó establecida una ruta: coordinación sin sumisión, colaboración sin renuncia a la autonomía del Poder Legislativo. Para Vicente, el encuentro confirmó que la política estatal exige una densidad distinta de acuerdos. La cercanía no elimina la responsabilidad; la vuelve más visible.
Dos gobernadores, dos tiempos del poder
Mientras Gonzalo Gamaliel Gonzales se preparaba para asumir, Carlos Lara González cerraba su sexenio como gobernador en funciones. La convivencia de ambos tiempos del poder generó una transición cargada de gestos y mensajes implícitos. En los pasillos se hablaba de cierres pendientes y de aperturas inminentes, dos agendas que no siempre dialogan con fluidez.
Vicente tuvo que aprender a moverse entre esos dos momentos. El gobernador en funciones todavía marcaba la pauta institucional; el gobernador electo comenzaba a delinear prioridades futuras. Navegar esa dualidad exigía cuidado para no confundir lealtades ni anticipar definiciones que aún no correspondían.
La transición de gobierno no es un vacío; es un terreno de reacomodos. Los actores buscan posicionarse, cerrar ciclos y abrir espacios. Vicente comprendió que su papel como diputado local implicaba respetar los tiempos institucionales sin perder de vista el nuevo horizonte político que se aproximaba.
Esa coexistencia de dos poderes temporales obligó a la prudencia. La política estatal se mueve en capas: lo que termina y lo que inicia conviven por un tramo. Vicente asumió que entender esa superposición de tiempos era clave para no cometer errores de lectura en el arranque de su nueva etapa.
Aprender el ritmo del Congreso
El ritmo del Congreso resultó más pausado en la forma, pero más denso en el fondo. Las discusiones se extendían en comisiones, los acuerdos se afinaban en mesas técnicas y las decisiones públicas eran apenas la punta de procesos largos. Vicente tuvo que ajustar su expectativa de inmediatez, heredada del ámbito municipal.
Cada iniciativa implicaba lecturas jurídicas, impactos presupuestales y negociaciones políticas. No bastaba con el impulso de la buena intención: la ley exige estructura. Vicente comenzó a rodearse de equipos técnicos para no perderse en el laberinto procedimental que define la eficacia legislativa.
Aprender el lenguaje del Congreso fue parte del proceso. Términos, tiempos y rutas formales marcan la diferencia entre una propuesta viable y una ocurrencia. Vicente entendió que el poder legislativo se ejerce con paciencia estratégica, no con prisa operativa.
Ese aprendizaje inicial le permitió ubicar dónde podía incidir con mayor fuerza. El Congreso no premia la estridencia; premia la constancia en la construcción de acuerdos. Vicente asumió que su capital político debía convertirse en capital legislativo, y eso toma tiempo.
El nuevo tablero político
Con la instalación de la legislatura, el tablero político se amplió. Ya no se trataba solo de un municipio, sino de un entramado estatal donde cada movimiento tiene repercusiones cruzadas. Vicente comenzó a dimensionar el alcance de sus decisiones en un contexto donde los efectos se multiplican.
La coordinación con el Ejecutivo electo, la relación con el gobernador en funciones y la dinámica interna del Congreso configuraron un escenario de alta complejidad. La política dejó de ser un circuito conocido para convertirse en un sistema de capas superpuestas que exigen lectura constante.
Vicente entendió que el salto de escala implica una responsabilidad mayor: cada error se amplifica y cada acierto requiere más trabajo para sostenerse. La visibilidad aumenta, pero también la exigencia de coherencia entre discurso y acción.
Ese nuevo tablero marcó el inicio de una etapa distinta. Del municipio al estado, la política cambia de densidad. Vicente asumió que su trayectoria entraba en un terreno donde las decisiones ya no impactan a cientos, sino a miles, y donde la disciplina estratégica se vuelve condición de permanencia.
Tres años en el Congreso
La construcción de confianza política y el peso de la familia en medio del poder
La agenda que se vuelve gobierno
El arranque del periodo legislativo no fue una extensión de la campaña, sino un cambio de ritmo que exigió método, paciencia y lectura fina del tablero. Vicente entendió que llevar la agenda del Ejecutivo al Congreso no se lograba con discursos, sino con trabajo previo, conversaciones discretas y construcción de mayorías que no siempre eran evidentes a primera vista.
Cada iniciativa implicó mapear intereses, anticipar resistencias y diseñar rutas de salida para conflictos que aparecían antes de llegar al pleno. La política parlamentaria le enseñó que la victoria pública se cocina en privado, y que la negociación efectiva es un oficio que requiere constancia, memoria y cuidado del vínculo con cada interlocutor.
Hubo semanas en que el avance parecía mínimo y el desgaste alto. Dictámenes detenidos, comisiones tensas y presiones cruzadas obligaron a Vicente a sostener el pulso sin estridencias. Aprendió a distinguir entre concesión estratégica y renuncia innecesaria, un límite que no se traza en el papel, sino en la experiencia acumulada.
Con el tiempo, la agenda dejó de ser un listado de propuestas para convertirse en política pública en movimiento. Las iniciativas aprobadas comenzaron a reflejar el ritmo del gobierno y a dar señales de coordinación real entre poderes. Ese tránsito, lento pero firme, marcó la madurez de su trabajo legislativo.
Resultados que construyen confianza
Los primeros resultados no generaron aplausos inmediatos, pero sí cambiaron la percepción interna. Diputadas y diputados empezaron a reconocer que los acuerdos se cumplían y que la palabra empeñada tenía seguimiento. En un entorno donde la desconfianza es moneda común, la consistencia se volvió una ventaja silenciosa.
Vicente entendió que la confianza no se solicita: se construye con pequeñas victorias sostenidas. Votaciones cerradas, reformas complejas y ajustes presupuestales exigieron sostener compromisos aun cuando el costo político parecía alto en el corto plazo.
Esa constancia fue creando un margen de maniobra mayor. La bancada comenzó a operar con disciplina y el diálogo con otras fuerzas encontró cauces menos ríspidos. No desaparecieron las tensiones, pero se volvió posible procesarlas sin romper puentes.
El respeto ganado se tradujo en capacidad de conducción. Cuando los resultados aparecen de forma recurrente, el liderazgo deja de explicarse y empieza a ejercerse. Ese cambio de estatus marcó un punto de inflexión en el Congreso.
La relación con el gobernador Gonzálo Gamaliel Gonzales
La relación con el gobernador electo, Gonzálo Gamaliel Gonzales, se construyó desde la eficacia compartida. No fue una afinidad generacional con Vicente, sino una cercanía operativa basada en resultados verificables y en la capacidad de resolver cuellos de botella políticos en momentos clave del arranque de gobierno.
Las reuniones dejaron de ser protocolarias para volverse de trabajo fino. Llamadas directas, encargos delicados y coordinación puntual marcaron una dinámica de confianza que se alimentaba del cumplimiento. La cercanía no nació del afecto, sino de la fiabilidad demostrada en el terreno legislativo.
Vicente entendió que la confianza del Ejecutivo no es un capital simbólico: se renueva o se pierde con cada votación relevante. Mantener ese vínculo implicó cuidar tiempos, evitar protagonismos innecesarios y sostener una interlocución honesta incluso cuando las decisiones eran impopulares.
Con el paso de los meses, la coordinación entre Congreso y Ejecutivo encontró un ritmo estable. No era un acuerdo ciego, sino una alineación estratégica que permitió avanzar la agenda prioritaria sin romper el equilibrio institucional que la política exige.
El oficio del operador legislativo
Coordinar una bancada fue aprender a administrar tensiones sin exhibirlas. Cada legislador traía su territorio, sus compromisos y sus urgencias. Convertir esa diversidad en una línea de trabajo común requirió escucha activa, negociación constante y una arquitectura de acuerdos que resistiera la presión del día a día.
El cuarto de mando legislativo no tenía reflectores, pero sí desgaste acumulado. Horas de pasillo, llamadas tardías y cierres de dictamen se volvieron rutina. Vicente aprendió que el operador no aparece en la foto del logro, pero sostiene la estructura que lo hace posible.
Hubo crisis internas que exigieron contención y decisiones impopulares. Marcar límites fue parte del oficio, así como ceder en lo accesorio para proteger lo sustantivo. El equilibrio entre firmeza y flexibilidad se volvió una herramienta cotidiana.
Con el tiempo, la bancada encontró una cadencia de trabajo. No por ausencia de conflictos, sino por capacidad de procesarlos sin fractura. Ese aprendizaje colectivo elevó la densidad política del equipo y fortaleció su posición en el Congreso.
La familia en medio del poder
Mientras el ritmo político se intensificaba, la vida familiar se reorganizaba en la capital. Gloria sostuvo el pulso doméstico en medio de agendas cambiantes, compromisos oficiales y ausencias que se justificaban por el trabajo, pero que acumulaban cansancio emocional en casa.
Los hijos crecieron al ritmo del calendario legislativo. Ya eran tres, y cada etapa exigía presencia que no siempre era posible. La familia aprendió a administrar tiempos prestados, celebraciones en ventana corta y silencios que pedían reparación posterior.
La política entró al hogar como ruido de fondo: llamadas nocturnas, fines de semana ocupados y conversaciones interrumpidas por urgencias públicas. Mantener el equilibrio requirió acuerdos internos y una paciencia que no aparece en los balances de gestión.
En ese espacio íntimo, Vicente entendió el costo real del poder. No como renuncia total, sino como tensión permanente entre lo público y lo privado. Cuidar la casa se volvió parte del oficio, aun cuando no diera rédito político.
Cerrar filas para el siguiente tramo
Hacia el cierre del ciclo legislativo, la conversación dentro del grupo cambió de tono. Gonzálo Gamaliel Gonzales, ya con la agenda del Ejecutivo avanzando en el Congreso local, empezó a mirar a Vicente Díaz Cueto no solo como coordinador eficiente, sino como un perfil que podía sostener al proyecto en una cancha más grande: la Cámara de Diputados Federal.
La idea no llegó como ocurrencia, sino como cálculo político. Vicente había demostrado disciplina, capacidad de acuerdo y una lealtad operativa que no hacía ruido. Por eso el gobernador le insinuó que lo quería candidato a diputado federal: necesitaba a alguien que ganara con contundencia y que, desde allá, cuidara el aterrizaje de las prioridades estatales en el tablero nacional.
La propuesta llegó con otra tentación, el ExGobernador Carlos Lara González había sido nombrado como secretario de Economía del Gobierno Federal. Le propuso llevarlo como subsecretario, una ruta de escritorio alto y proyección inmediata. Vicente escuchó, lo valoró, y entendió el peso del gesto; pero también supo que su camino, en ese momento, estaba en la calle y en las urnas, no en un nombramiento.
Esa decisión —ir por la diputación federal— todavía no se anunciaba en público, pero ya empezaba a ordenar conversaciones, equipos y expectativas. Vicente no estaba dejando el Congreso: estaba cerrando filas para lo que venía, con el mismo cuidado con el que había sostenido la agenda legislativa. Una puerta abierta, dos caminos posibles, y un gobernador que ya estaba empujando el siguiente salto.
La escala nacional
La llegada a la Cámara de Diputados federal y el horizonte que empieza a abrirse
El regreso a las urnas
La nueva campaña no tuvo el aire artesanal de las contiendas municipales ni el ritmo cercano del congreso local. Ahora el territorio era más amplio, las agendas más densas y las exigencias mucho más visibles. Vicente entendió desde el primer día que cada recorrido implicaba una logística mayor y una exposición que ya no se podía administrar solo con cercanía personal. La política había escalado de tamaño y también de complejidad.
Las giras se multiplicaron y las reuniones se volvieron más técnicas. Cada encuentro implicaba compromisos con sectores diversos que no siempre compartían intereses ni tiempos. Vicente comenzó a moverse entre mesas de trabajo, encuentros regionales y foros donde la palabra tenía peso distinto. El aprendizaje fue rápido: en la política federal, cada gesto es observado por actores que no perdonan la improvisación.
El día de la elección confirmó que la estructura construida en etapas previas seguía funcionando. No fue una victoria escandalosa ni un triunfo arrasador, pero sí una elección ganada con orden y consistencia. La campaña dejó claro que el crecimiento político exige disciplina permanente y capacidad para sostener equipos más amplios sin perder el control del rumbo.
Ganar la elección significó cerrar una etapa local y abrir otra de alcance nacional. Vicente asumió que su carrera ya no estaría marcada solo por el municipio o el estado, sino por un tablero mucho más amplio donde cada movimiento tendría repercusiones mayores. La política dejaba de ser territorio conocido para convertirse en un escenario con reglas nuevas.
El trabajo legislativo en otra escala
La llegada a la Cámara de Diputados federal implicó adaptarse a un ritmo distinto de deliberación y negociación. Los acuerdos ya no se construían solo con actores locales, sino con bancadas completas, coordinaciones parlamentarias y negociaciones que cruzaban intereses regionales y nacionales. Vicente comprendió que legislar era aprender a leer un mapa de fuerzas más complejo.
Presidir una comisión relevante no fue un honor automático, sino una responsabilidad ganada por confianza política y resultados previos. La Comisión de Gobernación y Puntos Constitucionales se convirtió en un espacio donde las decisiones tenían impacto directo en la arquitectura institucional del país. Cada sesión exigía preparación técnica y capacidad de diálogo con posiciones encontradas.
El trabajo cotidiano dejó ver que la política federal no se sostiene solo con discursos. Implica leer iniciativas, negociar reservas, sostener posiciones ante presiones internas y externas. Vicente fue entendiendo que la paciencia y la constancia eran tan importantes como la firmeza en los temas de fondo. El oficio legislativo comenzó a moldear su perfil con mayor densidad política.
Con el paso de los meses, su presencia se volvió reconocible dentro de la Cámara. No como figura estridente, sino como operador confiable en momentos clave. Esa reputación comenzó a abrirle puertas en espacios donde la credibilidad pesa más que la visibilidad mediática. La política, en ese nivel, premia la consistencia más que el ruido.
La mirada empieza a cambiar
A dos años y medio de trabajo legislativo, el nombre de Vicente empezó a aparecer en conversaciones que ya no tenían que ver solo con comisiones o iniciativas. Su desempeño constante comenzó a ser leído como señal de proyección futura. En política, el silencio prolongado también es un mensaje: indica que alguien empieza a ser observado con otros ojos.
El gobernador Gonzálo Gamaliel Gonzales no ocultó su interés en impulsar nuevos perfiles para los siguientes ciclos electorales. La confianza construida en el congreso local y reforzada en el ámbito federal comenzó a traducirse en respaldo político. No se trataba de promesas formales, sino de gestos de cercanía que, en política, anticipan movimientos mayores.
El respaldo del exgobernador Carlos Lara González, ahora secretario de Economía del gobierno federal, añadió otro nivel de lectura al momento político de Vicente. Aunque existía la posibilidad de incorporarse al ámbito administrativo federal como subsecretario, la apuesta empezó a perfilarse hacia una ruta electoral de mayor alcance. Las decisiones ya no eran solo personales, sino estratégicas.
El escenario comenzó a ampliarse con la aparición de nuevos actores. Mauricio Fernández Haro, experimentado subsecretario de Gobernación y amigo cercano del presidente de la República, se perfilaba como candidato al gobierno del estado. Su mirada favorable hacia la posible candidatura de Vicente al Senado añadía peso político al momento que se estaba gestando.
El horizonte del Senado
La posibilidad de una candidatura al Senado no surgió como anuncio público, sino como conversación en voz baja entre actores con capacidad de decisión. En política, las candidaturas se cocinan mucho antes de hacerse visibles. Vicente comenzó a percibir que su nombre circulaba en espacios donde antes no aparecía.
La convergencia de apoyos comenzó a delinear un escenario distinto. El gobernador en funciones, el exgobernador ahora en el ámbito federal y el candidato al gobierno del estado compartían una lectura común: era momento de proyectar perfiles nuevos con experiencia acumulada. Esa coincidencia rara vez ocurre sin cálculo político profundo.
Vicente entendió que una candidatura al Senado implicaría una campaña de otra dimensión. Territorio ampliado, estructuras más complejas y una exposición nacional que no admitía errores menores. La política ya no permitiría aprendizajes improvisados: cada paso tendría consecuencias más visibles.
La posibilidad aún estaba en el aire. No habia decisión tomada, sino como horizonte que empieza a definirse. La carrera política había cambiado de escala una vez más. El siguiente tramo ya no se jugaría en clave local ni estatal, sino en una lógica nacional que exigiría otra densidad de decisiones.
La familia, el poder y las deudas que no se dicen
El círculo íntimo que crece con el éxito y las lealtades que ya no son inocentes
Dos casas, un mismo ascenso
Alfonso Hernández Gómez y Beatriz Palomar de la Cuesta se instalaron definitivamente en la capital del estado, no como visitantes ocasionales sino como actores ya integrados al circuito del poder económico. La mudanza no fue solo geográfica: implicó un cambio de hábitos, de relaciones y de códigos sociales que poco a poco los fue colocando en un entorno donde el dinero no es excepción, sino regla de pertenencia. La casa nueva no buscaba ostentación desmedida, pero sí marcaba una frontera clara entre el pasado de esfuerzos y el presente de solvencia constante.
Beatriz asumió ese nuevo lugar con una naturalidad que sorprendía a quienes la habían conocido en el pueblo. Eventos sociales, comidas formales, inauguraciones y reuniones privadas empezaron a formar parte de su agenda cotidiana. No ocupaba un cargo público, pero su presencia era visible en los espacios donde se construyen relaciones de influencia. El brillo no era solo estético: era una forma de posicionamiento que ella sabía usar con soltura y ambición.
Vicente Díaz Cueto y Gloria Palomar de la Cuesta habitaban una lógica distinta. Su vida en la capital estaba marcada por el ritmo institucional, por los tiempos del cargo y por la necesidad de mantener una imagen sobria frente a la opinión pública. La casa que ocupaban era funcional, pensada para el trabajo y la familia, no para la exhibición. Sin embargo, la cercanía con los centros de decisión los colocaba en una ruta de ascenso que, aunque menos visible, era igual de determinante.
El contraste entre ambas parejas no rompió el vínculo familiar, pero lo reconfiguró de manera silenciosa. Ya no compartían solo sobremesas largas y recuerdos del pueblo; compartían estatus, expectativas y una nueva forma de ser mirados por los demás. En ese cruce de trayectorias, la familia empezó a funcionar también como una red de poder, donde cada movimiento tenía lecturas más amplias que las del ámbito doméstico.
La fortuna que se acelera
El crecimiento de Alfonso no fue gradual ni prudente: fue vertiginoso. La constructora comenzó a ganar licitaciones importantes, a ampliar su plantilla y a extender su operación a distintos puntos del estado. Lo que antes era una empresa en consolidación se convirtió en un actor relevante del sector de la obra pública. El ritmo de expansión marcaba un antes y un después en su biografía económica y en la percepción que otros empresarios tenían de él.
Los contratos grandes trajeron consigo nuevas responsabilidades, pero también una visibilidad que no siempre resultaba cómoda. Alfonso empezó a ser invitado a mesas donde se decide el rumbo de proyectos estratégicos, a encuentros donde la cercanía con funcionarios de alto nivel no era una excepción, sino una expectativa. En esos espacios, aprendió a moverse con discreción, entendiendo que el verdadero poder rara vez se ejerce a la vista de todos.
Beatriz acompañó ese ascenso con una presencia que combinaba carisma y cálculo. Su gusto por los espacios urbanos, por el glamour medido y por las relaciones de alto perfil le permitió construir una red social que reforzaba la posición de la empresa. No pedía favores, pero sabía a quién saludar, con quién sentarse y en qué momento aparecer. El lujo dejó de ser un capricho para convertirse en lenguaje de pertenencia.
La riqueza empezó a construir un cerco social. Amistades de antes se fueron diluyendo, no por ruptura explícita, sino por distancia de agendas y de códigos. En su lugar aparecieron relaciones funcionales, útiles para el momento, menos ancladas en la memoria compartida. Ese cambio no fue declarado, pero sí palpable: el éxito acelerado reordenó la vida social de la pareja y el tipo de vínculos que consideraban necesarios.
La gratitud que se vuelve estructura
Vicente reconocía, aunque rara vez lo decía en voz alta, que gran parte de su ascenso político había sido posible por el respaldo financiero de Alfonso. Campañas, vehículos, logística y casas no habían salido del aire: habían sido sostenidas por una relación de confianza que empezó como apoyo familiar y terminó como engranaje de un proyecto político más amplio. Esa conciencia pesaba más en los silencios que en las conversaciones.
Lo que comenzó como ayuda puntual se volvió estructura permanente. En cada etapa electoral, Alfonso aparecía resolviendo problemas antes de que se volvieran crisis públicas. La política de Vicente dejó de improvisar en lo material, y ese orden tenía un origen claro. La gratitud se transformó en una forma de organización del poder, donde el respaldo económico ya no era excepción, sino condición de funcionamiento.
La frontera entre agradecimiento y dependencia se volvió difusa. Vicente se decía a sí mismo que mantenía autonomía en las decisiones, pero entendía que el soporte constante generaba expectativas legítimas del otro lado. No se trataba de órdenes explícitas, sino de una lealtad construida en el tiempo, sostenida por resultados y por una historia compartida de triunfos.
Esa red de apoyos comenzó a moldear la manera en que Vicente leía su propio proyecto. El poder ya no era solo un instrumento para gobernar, sino un espacio de retribuciones implícitas. La política dejó de ser únicamente programa y convicción; empezó a ser también contabilidad moral, donde cada favor acumulado pedía, tarde o temprano, una forma de pago.
Los contratos que sellan lealtades
Los grandes contratos que la empresa de Alfonso comenzó a obtener se presentaban, en el discurso público, como decisiones técnicas, apegadas a procedimientos y a criterios de eficiencia. En los documentos, todo parecía cumplir la norma. En la práctica, quienes conocían la historia entendían que esos resultados tenían raíces en lealtades antiguas y en un respaldo que había sostenido al proyecto político desde su origen.
No era necesario pedir de manera directa. La prioridad se construía sola, alimentada por una memoria compartida de apoyos y riesgos asumidos. En ese contexto, la obra pública se convirtió en una moneda de retribución que no se nombraba, pero se ejercía. El sistema funcionaba con una lógica de entendimientos tácitos que raramente dejaba huellas visibles.
Alfonso no reclamaba ni exigía; su historial de respaldo lo colocaba en una posición de ventaja implícita. La reciprocidad se daba por sentada, como parte del pacto no escrito que sostiene muchas trayectorias políticas. En ese terreno, la línea entre lo legalmente correcto y lo éticamente incómodo se volvía cada vez más delgada.
La lealtad quedó sellada por resultados. Cada contrato reforzaba la red, cada obra ampliaba el margen de acción de la empresa y el capital político del entorno cercano. El poder, así entendido, no se ejercía en un solo sentido: circulaba entre quienes sabían reconocer de dónde venía el impulso original.
Gloria entre la familia y el cargo
Gloria observaba el crecimiento de su cuñado y de su hermana con una mezcla de orgullo, incomodidad y silencio. Entendía que su posición institucional la obligaba a mirar distinto lo que antes era solo familia. El éxito de Alfonso tenía implicaciones públicas, y ella debía cuidar que su cercanía no se interpretara como aval automático en cada decisión que su esposo había ayudado a construir.
La vida familiar se volvió un territorio político que exigía cuidado. Las reuniones ya no eran solo afecto y memoria compartida; eran espacios donde cualquier gesto podía leerse como señal. Gloria comenzó a medir palabras, presencias y ausencias, consciente de que su rol de esposa la colocaba bajo un escrutinio distinto al de su hermana.
No rompió el vínculo, pero introdujo prudencias. Aprendió a separar tiempos, a no mezclar conversaciones domésticas con asuntos de gestión y a establecer límites que antes no eran necesarios. Esa disciplina emocional no siempre resultaba cómoda, pero se volvió parte de su manera de proteger tanto a su familia como a la institución que representaba.
La cercanía con el poder económico de Alfonso no anuló su compromiso con el trabajo social, pero sí le recordó que las decisiones públicas tienen ecos privados. En ese equilibrio frágil, Gloria empezó a construir una forma de actuar que intentaba sostener la ética de su papel de esposa sin dinamitar los afectos familiares.
El éxito que ya no es inocente
Las reuniones familiares dejaron de ser ingenuas. El poder se sentó a la mesa sin anunciarse, organizando silencios y prioridades. Los temas cotidianos convivían con decisiones que tenían impacto en contratos, nombramientos y agendas. La vida privada se volvió un espacio donde el éxito pesaba tanto como el afecto.
El dinero dejó de ser un tema tabú para convertirse en un organizador de relaciones. No se hablaba de cifras exactas, pero todos entendían el alcance del crecimiento de la empresa de Alfonso y la manera en que ese crecimiento dialogaba con la trayectoria política de Vicente. La prosperidad ya no era solo resultado del trabajo: era también efecto de un sistema de lealtades.
Vicente comenzó a percibir que cada logro arrastraba una deuda no escrita. No era una deuda que se cobrara en un solo gesto, sino en una cadena de decisiones que iban configurando el rumbo de su carrera. El éxito, así, adquiría una densidad distinta: no era ligero ni celebratorio, era acumulativo y exigente.
La familia creció, el poder se expandió y la riqueza se aceleró, pero el costo de sostener ese crecimiento dejó de ser invisible. A partir de aquí, cada paso político estaría acompañado por la pregunta silenciosa de a quién se le debía, y cuánto.
Continuará en La Leyenda 68…
(By Notas de Libertad).












































