
LA LEYENDA
59

La Leyenda 59
El país que se queda cuando el año baja la voz
Hay días —como estos— en que México no avanza: permanece.
No corre detrás de la noticia ni se empuja hacia el mañana. Se queda quieto, escuchando lo que el año dejó vibrando en los huesos. Es un tiempo raro: no es final ni principio, es ese borde donde el calendario deja de mandar y la conciencia empieza a hablar.
En ese silencio relativo, el país se vuelve más verdadero. Aparecen las preguntas que no cabían en la prisa, las cuentas que no se hacen con números, las decisiones que no admiten consigna. Diciembre no exige respuestas: exige honestidad. Y esa honestidad pesa. Se siente en el cuerpo, en la conversación lenta, en la mirada que ya no esquiva.
La Leyenda llega a su entrega 59 desde ese lugar incómodo y necesario. No para ordenar el año, sino para mirarlo de frente. Para decir que hubo gritos donde hacía falta escucha, poder donde faltó cuidado, fe donde no hubo reflectores, mesas que sostuvieron lo que la política no supo abrazar. Aquí, la palabra no presume lucidez: asume responsabilidad.
Porque también hay una ética del cierre. Una forma de despedirse sin maquillar lo vivido. El país que somos no se define solo por lo que celebra, sino por lo que se atreve a nombrar cuando baja el ruido. La Leyenda no corre a clausurar el calendario: se queda un momento más, como quien sabe que irse sin mirar es otra forma de perder.
Esta no es una edición para consumir. Es una para habitar. Para leer despacio, como se camina un pueblo al atardecer. Para aceptar que sobrevivir al año también fue un trabajo emocional. Para reconocer que seguir aquí —pensando, sintiendo, escribiendo— ya es un acto de resistencia silenciosa.
Porque hay momentos en que la palabra no viene a explicar el país, sino a sostenerlo mientras respira.
Porque hay finales que no se anuncian con ruido, sino con conciencia.
Porque hay cierres que no bajan la cortina, sino la voz.
La Leyenda 59 se abre así: sin prisa, sin estridencia, sin certezas falsas.
Como quien entiende que quedarse también es una forma de valentía.
Soy Wintilo Vega Murillo.
Escribo para que el tiempo no nos pase sin dejarnos huella,
para que el país no se quede solo cuando el año se apaga,
y porque mientras alguien lea con el pecho abierto,
la palabra seguirá encendida, incluso en la penumbra.

Índice de Contenido
Hoy en “La Leyenda”
/… Bienvenida a La Leyenda 59
CUANDO EL AÑO APRENDE A HABLAR EN VOZ BAJA
Una bienvenida al cierre del calendario donde la palabra no explica: acompaña lo que queda.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… EL VENADO
Crónica de un hombre que habitó los márgenes y regresó convertido en raíz
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… LA POSE Y EL ESPEJO
Morena frente a la deuda en Guanajuato: cuando el discurso de austeridad se endurece en la oposición, pero se diluye —incluso a alto costo— cuando el poder se ejerce desde el gobierno.
/… ECONOMÍA EN PAUSA, POLÍTICA EN MODO GRITO
Diciembre trae una fotografía incómoda: el país no se desploma, pero tampoco avanza; y mientras la actividad se enfría en la industria y se sostiene por los servicios, la política decide pelear con consignas en lugar de gobernar con diagnóstico.
/… CUANDO EL JEFE SE ADELANTA Y EL PARTIDO SIGUE CARGANDO SU PASADO
Un dirigente que empieza a pensar en candidaturas propias antes de cerrar fracturas internas y limpiar herencias incómodas no proyecta liderazgo: exhibe desgaste y deja a su partido en pausa estratégica.
/… CELAYA SE PLANTA EN EL MAPA: EL POLO DE BIENESTAR QUE YA TIENE RUTA Y FECHA
El Polo de Desarrollo para el Bienestar en Celaya dejó de ser una idea difusa: entró al tablero nacional con calendario y socios. La oportunidad es grande y, bien conducida, puede convertir a la ciudad en nodo logístico del Bajío con inversión, empleo y encadenamientos productivos que se queden.
/… CUANDO NEGOCIAR ES HACER POLÍTICA: UNA VOZ QUE ARTICULA ACUERDOS
Frente a conflictos complejos como el del Acueducto Solís-León y debates fiscales sensibles, la actuación pública de Manuel Bribiesca Sahagún muestra que la negociación profesional puede convertir confrontaciones estancadas en rutas viables de entendimiento y gobernabilidad.
/… CUANDO LA UNIVERSIDAD FALLA A LOS SUYOS: LA CRISIS DE LA RED MÉDICA DE LA UG
La Universidad de Guanajuato enfrenta una de sus crisis más delicadas no en las aulas ni en los rankings, sino en el lugar donde se mide la coherencia institucional: la salud de su propia comunidad, hoy atrapada entre malas decisiones acumuladas y el traslado del costo a quienes menos margen tienen para pagarlo.
/… TOLUCA BICAMPEÓN: EL MÉTODO QUE DESNUDA A LA LIGA
Dos títulos en 2025 —Clausura y Apertura— construidos sin histeria: con banquillo, oficio y nervio. Toluca no solo ganó; exhibió que en México el desorden se volvió costumbre.
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“Ayer te besé en los labios”
De: Pedro Salinas
Sobre el poema:
El beso que abre el mundo
Lectura profunda de “Ayer te besé en los labios”, de Pedro Salinas
Sobre el autor:
Pedro Salinas: el poeta que hizo del amor una forma de pensamiento
Una vida escrita desde la lucidez, el exilio y la palabra exacta
*Si quieres escucharlo en la voz de: Versos y Casetes.
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… Rincones y Sabores: cuando el camino también se sienta a la mesa
Guía completa para el alma, el paladar y la vida en el cierre del año
Una travesía donde la comida, la piedra, la fe y la mesa compartida no aparecen como adornos del viaje, sino como formas profundas de entender el tiempo que termina y el país que todavía se reconoce en sus rituales cotidianos.
(By Notas de Libertad).
/… LA BRUSCHETTA, LEÓN
Cuando la cocina italiana encuentra un ritmo propio en una ciudad exigente. Un restaurante que no se impone por moda ni por ruido, sino por constancia, mesa larga y una cocina que entiende que el prestigio en León se gana regresando todos los días al mismo punto: hacer bien las cosas.
(By Notas de Libertad).
/…PECCATO DI GOLA, MARFIL (GUANAJUATO)
La cocina italiana como refugio cotidiano entre ciudad y calma. Un restaurante que no presume espectáculo ni modernidad forzada, sino una mesa sólida, reconocible y hecha para volver.
(By Notas de Libertad).
/… FARO TRATTORIA, SAN MIGUEL DE ALLENDE
La cocina italiana como gesto íntimo en una ciudad que vive de la mirada ajena. Un restaurante que decide hablar en voz baja, cocinar sin espectáculo y sostener una mesa honesta en medio de una ciudad acostumbrada al asombro constante.
(By Notas de Libertad).
/… LAGOS DE MORENO
Piedra quieta para cerrar el año
Un municipio donde el frío afina la mirada, la historia acompaña el paso y diciembre se convierte en una forma de detenerse para despedir lo que termina.
(By Notas de Libertad & La Gira del Tragón).
/… SAN JUAN DE LOS LAGOS
Fe que camina para cerrar el año
Un municipio donde diciembre no se adorna: se prepara. Aquí el final del año se acerca con luces, rezos y la promesa de caminar rumbo a la Candelaria.
(By Notas de Libertad & La Gira del Tragón).
/… SAN JULIÁN, JALISCO
El pueblo que se queda cuando el año baja la voz
Un municipio donde diciembre no se impone: se comparte. Aquí cerrar el año es volver a lo cercano, a lo conocido, a lo que no necesita explicación.
(By Notas de Libertad & La Gira del Tragón).
/… SAN MIGUEL EL ALTO, JALISCO
Orgullo que no se disculpa al cerrar el año
Un municipio donde diciembre no suaviza el carácter: lo confirma. Aquí el final del año se mira de frente, entre cantera firme, fe antigua y palabra cumplida.
(By Notas de Libertad & La Gira del Tragón).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 21 de diciembre al sábado 27 de diciembre.
Santoral
Entre la fe y el tiempo
Antes de que el calendario se llenara de cifras, estuvo habitado por nombres. El santoral no es una lista devocional…
Efemérides Nacionales e Internacionales
La memoria fechada del mundo
No todas las fechas pesan igual, pero todas dejan rastro.
Las efemérides son puntos donde la historia se detiene y vuelve a respirar…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
Los días que el mundo decidió recordar
No todos los días conmemorativos nacen de la celebración; muchos surgen del aprendizaje.
Las conmemoraciones marcan acuerdos…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… THE ROLLING STONES: BIOGRAFÍA DE UNA BANDA QUE NUNCA SE DETUVO
Origen, tensiones internas, obra musical y permanencia histórica de un grupo que convirtió el rock en una forma de resistencia cultural y duración extrema.
*Con un click escucha: *The Rolling Stones: Their Best And Greatest Hits (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… THREE SOULS IN MY MIND / EL TRI: CRÓNICA DE UN MISMO RUGIDO
De los hoyos fonqui al escenario permanente: la historia de una banda que cambió de nombre, pero no de origen, ni de lenguaje, ni de relación con la calle que la vio nacer.
*Con un click escucha: *THREE SOULS IN MY MIND / EL TRI-Exitos.
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
De: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano
Resumen:
CUAUHTÉMOC CÁRDENAS SOLÓRZANO: BIOGRAFÍA DE UNA CONSCIENCIA PÚBLICA
Reconstrucción ordenada de la vida, el pensamiento y las decisiones de Lázaro Cárdenas del Río a partir de sus propios documentos personales y oficiales, organizados y contextualizados por Cuauhtémoc Cárdenas con criterio histórico y editorial.
Sobre el autor:
CUAUHTÉMOC CÁRDENAS SOLÓRZANO: BIOGRAFÍA DE UNA CONSCIENCIA PÚBLICA
Trayectoria vital, pensamiento político y obra escrita de un actor central en la transición democrática mexicana, construida desde la experiencia directa del poder, la disidencia y la reflexión histórica.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… La Navidad en México: el rito que aprendió a hablar en muchas lenguas
Historia viva de una celebración que cruzó océanos, se mezcló con dioses antiguos, aprendió a cantarse en patios y plazas, y terminó convirtiéndose en una de las tradiciones más profundas, complejas y emotivas del país.
*Con un click escucha: Gordolfo Gelatino.
(By operación W).

Bienvenida a LA LEYENDA 59
CUANDO EL AÑO APRENDE A HABLAR EN VOZ BAJA
Una bienvenida al cierre del calendario donde la palabra no explica: acompaña lo que queda.
EL UMBRAL DEL TIEMPO
Diciembre no corre: se detiene a mirarnos. Es el mes en que el calendario afloja el paso y deja que la vida alcance a la prisa. En ese punto impreciso, donde el año ya no empuja pero tampoco se ha ido, aparece La Leyenda 59 como un umbral. No llega para clausurar, llega para quedarse un momento más.
El país también entra en ese umbral. Baja la voz. Se cansa del grito. Descubre que no todo se resuelve con velocidad. La Leyenda nace ahí: no como un resumen del año, sino como una respiración compartida.
Aquí no se presume claridad moral ni se ofrece consuelo fácil. Se reconoce el cansancio colectivo, la esperanza terca, la contradicción cotidiana de seguir creyendo aun cuando muchas certezas se han adelgazado.
EL PAÍS QUE SE MIRA SIN MAQUILLAJE
Cuando el ruido baja, México se vuelve nítido. Aparecen las fisuras que durante el año quedaron ocultas por la urgencia. El poder se revela cuando posa, la economía cuando se enfría, las instituciones cuando fallan justo donde deberían cuidar.
La política aquí no se trata como espectáculo ni como consigna. Se observa como ejercicio humano, lleno de tensiones, errores, negociaciones y responsabilidades incumplidas.
Nombrar la deuda, el desgaste institucional y la negociación como forma legítima de hacer política no es cinismo: es respeto por la realidad.
LA MÚSICA COMO MEMORIA QUE INSISTE
Hay memorias que no se escriben en archivos oficiales, sino en canciones. La música entra en La Leyenda 59 como entra la vida: sin pedir permiso.
Bandas que resistieron décadas aparecen aquí no como ídolos, sino como testigos de un país que aprendió a escucharse.
Cuando la memoria canta, se vuelve resistente. No se rinde ante el olvido.
LA MESA, EL CAMINO Y LA FE COMPARTIDA
Cerrar el año también es sentarse. Caminar. Prepararse. En esta Leyenda, la comida y los pueblos aparecen no como destinos, sino como pausas necesarias.
La fe camina sin estridencia. Se practica. Hay lugares donde diciembre no se celebra: se prepara.
EL CONTENIDO COMO MAPA DEL CIERRE
La Leyenda 59 reúne sus voces como quien arma un mapa para no perderse al final del año. Pláticas con el Licenciado abre con El Venado.
Agenda del Poder observa la deuda, el discurso y la negociación. Alimento para el alma recuerda que un beso puede abrir el mundo.
Rincones y Sabores sienta al camino a la mesa. Los Ecos del Calendario ordenan la memoria del tiempo. La música confirma que la resistencia también sabe durar.
Soy Wintilo Vega Murillo y esta es La Leyenda 59…arrancamos
(By Notas de Libertad).





EL VENADO
Crónica de un hombre que habitó los márgenes y regresó convertido en raíz
La casa, el parque y la ciudad que todavía no sabíamos leer
Cuando llegar a la Ciudad de México era también aprender a respirar distinto
La salida de Guanajuato
Yo venía de Guanajuato capital, de una ciudad donde los pasos todavía se reconocen y los días parecen acomodarse solos. Había estudiado la preparatoria en la escuela de Universidad de Guanajuato, entre callejones que se aprenden de memoria y silencios que acompañan. Salir de ahí no fue una hazaña; fue un desprendimiento. Uno cree que se va por decisión propia, pero en realidad es la vida la que empieza a empujar.
Dejar Guanajuato fue dejar una escala humana. Allá, todo tenía rostro: el panadero, el vecino, el trayecto cotidiano. Allá, la ciudad no se imponía. En el fondo, yo no sabía que estaba saliendo también de una protección invisible, de un mundo donde todavía era posible sentirse contenido.
Llegar a la Ciudad de México
Llegué a la Ciudad de México en 1980 y entendí, desde el primer día, que aquello no era solo una ciudad más grande. Era otra dimensión. El ruido no descansaba, la gente no se miraba, las avenidas parecían no terminar nunca. Todo se movía como si hubiera una urgencia permanente que nadie se detenía a explicar.
La ciudad no te recibe con palabras; te recibe con empujones suaves pero constantes. Aprendí pronto a caminar rápido, a no detenerme demasiado, a cargar mis cosas como si siempre hubiera alguien mirando. La capital no te pregunta quién eres: te observa hasta que decides quién vas a ser.
Trabajo y estudio: una doble vida
No llegué solo a estudiar. Llegué con trabajo. El licenciado Enrique Velasco Ibarra, entonces gobernador de Guanajuato, me abrió la puerta para incorporarme a una dependencia federal: la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas. Trabajaba en el área de asentamientos humanos y desarrollo urbano, palabras grandes para un joven que apenas estaba aprendiendo a vivir.
La oficina estaba en Avenida Constituyentes 947, rumbo a la salida a Toluca. Por las mañanas era empleado federal: expedientes, mapas, sellos, trámites. Por las tardes y parte de la noche, estudiante. Vivía dividido entre dos mundos que no siempre se tocaban. Esa doble vida me dio estabilidad, pero también me enseñó que la ciudad se vive en capas.
La casa de Diagonal de San Antonio
Vivía en Diagonal de San Antonio número 910 en la colonia del valle. A un lado, una gasolinera que nunca dormía. Sus luces permanecían encendidas como una vigilancia constante. El edificio era compartido, como se compartían entonces las ilusiones y las carencias. Jóvenes aprendiendo a cocinar, a pagar renta, a convivir.
El cuarto departamento donde compartirá con amigos entrañables de Ensenada era grande, viejo, pero era nuestro. Ahí cabían mis libros, mis dudas y ese cansancio que solo se conoce cuando uno empieza a vivir por su cuenta. La casa era un territorio improvisado, una comunidad frágil que se sostenía a base de acuerdos tácitos y humor.
El parque como refugio
Cruzando Gabriel Mancera estaba el Parque Mariscal Sucre. No era espectacular, pero ahí estaba. Ahí nos sentábamos algunas tardes a platicar, a perder el tiempo, a sentir que el día se estiraba un poco más. El parque era una tregua frente a la ciudad que no se detenía.
Ahí reíamos, discutíamos, fantaseábamos. A veces hablábamos con seriedad impostada; otras, con una ligereza que solo da la juventud. No lo sabíamos entonces, pero esas tardes eran una forma de resistencia. En ese parque aprendimos a estar.
La tarde que parecía cualquiera
Fue una tarde cualquiera cuando todo empezó. Estábamos sentados, hablando sin rumbo, cuando se acercó un hombre desaliñado, con el pelo largo cayéndole alrededor de los hombros. No parecía peligroso, pero tampoco común. Se detuvo frente a nosotros y nos preguntó si vivíamos en el edificio del lado de la gasolinera.
Le dije que sí. Entonces pidió prestado el cuarto de servicio de nuestro departamento. La petición era absurda. Le pregunté cómo sabía que no lo usabamos. Me respondió, con una calma que aún hoy recuerdo: “Es que ya me pasé a ver”. La risa se nos atoró en la garganta. El parque dejó de ser parque. La ciudad acababa de dar un paso más hacia nosotros.
El desconocido que empezó a quedarse
Cuando el miedo inicial se transforma en convivencia
El hombre sin ficha
Después de aquella tarde, el hombre volvió a aparecer. No de inmediato ni de forma insistente. Simplemente empezó a estar. A veces lo veíamos desde la ventana del departamento, otras lo encontrábamos sentado en el parque, como si ese espacio también fuera suyo. No pedía nada. No explicaba nada. Solo observaba.
En una ciudad acostumbrada a clasificarlo todo, él no encajaba en ninguna ficha. No era un vecino, no era un indigente, no era un visitante ocasional. Era un cuerpo presente, una mirada atenta. Y eso, sin saber por qué, inquietaba más que cualquier amenaza explícita.
El miedo compartido
Entre nosotros comenzó a circular una inquietud muda. Nadie lo decía abiertamente, pero todos pensábamos lo mismo: ¿quién era ese hombre? ¿Qué quería realmente? La Ciudad de México te enseña a desconfiar por supervivencia, no por maldad.
Hablábamos en voz baja, cruzábamos miradas, exagerábamos precauciones. El parque ya no era del todo una tregua. Aun así, algo nos impedía romper el contacto. No había agresión, no había insistencia. Solo presencia.
La primera tregua
La primera tregua llegó sin discurso. Un día, al regresar al departamento, encontramos el piso barrido. Nadie había pedido nada. Otro día apareció comida caliente en la estufa. Luego, un mandado hecho sin encargo previo. Pequeños gestos que desarmaban cualquier sospecha.
La desconfianza no se fue de golpe, pero empezó a ceder. En la vida cotidiana, los actos pesan más que las explicaciones. Y aquel hombre, sin decirlo, empezaba a ocupar un lugar.
El nombre
Fue en una de esas tardes, ya sin tanta tensión, cuando le dije que no podíamos prestarle el cuarto de servicio porque no sabíamos quién era. Me escuchó con atención y asintió, como si agradeciera la honestidad.
“Tienes razón”, dijo. “Déjame decirte quién soy. Yo soy el Venado, a tus órdenes”. No añadió nada más. El nombre quedó flotando en el aire, extraño y contundente a la vez.
Instalarse sin invadir
El Venado no se instaló de golpe. No tomó el espacio. No impuso su presencia. Fue quedándose como se quedan algunas personas: ayudando, respetando, esperando. El cuarto de servicio terminó siendo suyo casi sin darse cuenta.
Nunca cruzó una línea. Pedía permiso para todo. Avisaba cuando se iba. Respetaba horarios y silencios. La convivencia se volvió natural, como si siempre hubiera estado ahí.
La ciudad afloja
La Ciudad de México, que al principio parecía un animal alerta, empezó a aflojar. El miedo se transformó en rutina. El parque volvió a ser parque. La casa volvió a sentirse casa.
No lo sabíamos aún, pero ese era solo el inicio. El Venado no había llegado para quedarse en los márgenes. Había llegado para atravesarlos.
La casa empieza a tener otro ritmo
Cuando la confianza se construye con actos pequeños y risas inesperadas
La cocina como lenguaje
El primer territorio donde el Venado se volvió imprescindible fue la cocina. No lo anunció ni pidió permiso. Simplemente empezó a cocinar. Al principio pensamos que era una cortesía pasajera, una forma de agradecer el espacio. Pero no. Cocinaba todos los días, con una disciplina que ninguno de nosotros tenía.
Preparaba comida sencilla, pero bien hecha. Arroz en su punto, frijoles que sabían a casa, guisos que aparecían justo cuando el hambre empezaba a volverse mal humor. No hablaba mientras cocinaba. Se movía con calma, como si ese espacio fuera un ritual y no una obligación.
Ahí entendimos algo importante: el Venado no necesitaba explicarse. Se explicaba con hechos.
El orden invisible
Además de cocinar, limpiaba. Barría, acomodaba, lavaba trastes que no había ensuciado. Nunca reclamó nada. Nunca llevó la cuenta. Simplemente hacía lo que había que hacer.
Al principio eso nos incomodó. No estábamos acostumbrados a que alguien hiciera las cosas sin pedir reconocimiento. Después lo normalizamos. Y más tarde, cuando no estaba, lo extrañábamos. La casa, sin él, se sentía desordenada incluso cuando estaba limpia.
El Venado había impuesto un orden invisible: el de la responsabilidad compartida.
Las primeras risas
La convivencia empezó a producir risas. Risas verdaderas, no nerviosas. Como aquella vez que uno de nosotros se quejó de la comida diciendo que parecía “de hospital”. El Venado levantó la mirada, serio, y respondió: “Entonces está curativa”. Nos reímos todos, incluido él, con una carcajada breve que casi nunca soltaba.
O aquella ocasión en que alguien dejó la llave abierta del gas. El Venado no gritó. Cerró la llave, se sentó y dijo: “Hoy no explotamos. Mañana vemos”. Esa mezcla de humor seco y serenidad nos desarmaba.
El mesero de smoking
Hubo una noche que lo definió para siempre. Organizamos una fiesta en el departamento. Yo dije, medio en broma medio en serio, que no iba a andar sirviendo botanas ni bebidas, que mejor contratáramos a un mesero.
El Venado escuchó atento y preguntó cuánto cobraba uno. Le dije que quizá cincuenta o cien pesos. Se quedó pensativo y respondió: “¿Y para qué gastan eso? Yo hago el servicio. Nomás préstenme veinte”.
No era pago. No era préstamo. Era para alquilar un smoking.
Esa noche atendió a nuestros invitados vestido de mesero formal, con una dignidad que ninguno de nosotros habría imaginado. No bebió, no se mezcló. Sirvió, recogió, cuidó la casa. Al final de la noche, cuando todos se fueron, colgó el traje y volvió a ser el Venado de siempre. Pero nosotros ya no lo vimos igual.
La honradez
Nunca faltó nada mientras el Venado vivió con nosotros. Ni dinero, ni objetos, ni comida. Cuidaba las cosas como si fueran suyas, quizá porque entendía mejor que nadie lo frágil que es lo ajeno cuando no se respeta.
Había en él una ética silenciosa. No hablaba de valores. Los practicaba. Y eso, sin discursos, nos educó más que cualquier clase universitaria.
Una casa distinta
Con el tiempo, la casa dejó de ser solo un lugar donde dormíamos. Se volvió un espacio compartido de verdad. El Venado no era un huésped ni un favor. Era parte del equilibrio.
Cuando salía de viaje —a Real de Catorce, a Acapulco— siempre avisaba. Siempre pedía permiso. Regresaba con la misma discreción con la que se iba. La casa, mientras tanto, lo esperaba.
Ahí entendí que hay personas que llegan para sostener, no para ocupar. Y que cuando eso ocurre, la vida se vuelve, sin darse cuenta, un poco más habitable.
El mundo interior del Venado
Lectura, silencio y pensamiento en un hombre que no necesitaba explicarse
El Venado lector
El Venado leía. No de manera ostentosa ni como quien busca impresionar a nadie, sino con la naturalidad de quien ha hecho de los libros una forma de respiración. Leía en la mesa, leía sentado en el suelo, leía en el cuarto de servicio cuando el ruido del departamento se apagaba. No era lectura de paso ni de entretenimiento ligero; eran libros densos, de filosofía, de pensamiento profundo, de preguntas que no tienen respuesta inmediata.
Para nosotros, jóvenes universitarios que apenas empezábamos a creer que sabíamos algo, aquello resultaba desconcertante. El Venado no coincidía con la imagen que uno suele hacerse de alguien que vive en los márgenes. No leía para presumir ni para corregir a nadie. Leía porque necesitaba entender algo que no cabía en conversaciones rápidas ni en certezas fáciles.
Pensar sin hablar
Nunca lo vimos dar lecciones. Jamás lo escuchamos pontificar. El Venado pensaba en silencio y, cuando hablaba, lo hacía con frases breves, medidas, como si no quisiera desgastar las palabras. A veces alguien le preguntaba qué estaba leyendo y él respondía con una idea suelta, nunca con un resumen. Parecía más interesado en abrir preguntas que en cerrarlas.
Había tardes enteras en las que se quedaba mirando un punto fijo después de cerrar el libro. No era distracción. Era concentración. Como si siguiera conversando con aquello que acababa de leer. En ese silencio, uno entendía que su mundo interior era vasto, mucho más amplio que el espacio reducido que habitaba físicamente.
Más allá del cosmos
El Venado tenía una obsesión por temas que iban más allá del cosmos. No hablaba de astronomía ni de ciencia en el sentido convencional, sino de aquello que está detrás de lo visible. Se notaba en la forma en que escuchaba, en cómo parecía medir el peso de cada cosa. No buscaba respuestas espectaculares ni revelaciones inmediatas. Buscaba sentido.
Ese interés no venía acompañado de misticismo barato ni de discursos grandilocuentes. Era una búsqueda seria, casi austera. Como si supiera que las respuestas verdaderas no hacen ruido. Nosotros, que todavía creíamos que todo debía explicarse en voz alta, empezamos a aprender de ese modo distinto de estar en el mundo.
Una herencia que no se nombra
Con el paso del tiempo se hizo evidente que el Venado cargaba una herencia profunda. Algo que no se contaba, pero que estaba presente en cada gesto. No hablaba de su familia ni de su pasado con detalle, pero había en él una forma de respeto antiguo, una relación cuidadosa con los objetos, con los espacios, con las personas.
Esa herencia no necesitaba palabras. Se manifestaba en su ética cotidiana, en su manera de pedir permiso, en su disposición a servir sin humillarse. Era una memoria viva, transmitida no por relatos, sino por conducta. Y eso, sin darnos cuenta, nos marcó.
Edad y experiencia
No recuerdo que el Venado fuera mucho mayor que nosotros. Quizá tendría veintiocho años. Yo rondaba los veinte, veintiuno. Sin embargo, la diferencia no estaba en la edad, sino en la experiencia acumulada. El Venado había vivido más caminos, más silencios, más despedidas.
Eso se notaba en su paciencia, en su forma de no reaccionar de inmediato, en su capacidad para esperar. Mientras nosotros vivíamos con prisa, él parecía habitar otro ritmo. No uno lento, sino uno profundo. Esa diferencia, lejos de separarnos, nos enseñó.
Una presencia que ordena
Sin proponérselo, el Venado se convirtió en una presencia que ordenaba la casa. No desde la autoridad ni desde la imposición, sino desde el ejemplo. Su calma apaciguaba. Su silencio equilibraba. Cuando él estaba, todo parecía funcionar mejor.
Con el tiempo entendí que hay personas que no buscan el centro, pero sostienen el conjunto. El Venado era así. No necesitaba ser visto ni reconocido. Bastaba con que estuviera. Y esa forma de estar, discreta y firme, terminó siendo una de las enseñanzas más profundas que nos dejó.
El camino y el llamado
Identidad, viaje y pertenencia en la vida del Venado
Los kikapú
Con el tiempo, el Venado empezó a dejar caer fragmentos de su origen, nunca como una confesión ni como una explicación formal. Hablaba poco, pero cuando lo hacía se notaba que cada palabra estaba medida. Supimos que pertenecía al pueblo kikapú, un pueblo antiguo, acostumbrado al desplazamiento, a vivir entre territorios y a sostener su identidad más allá de las fronteras.
No hablaba de ello con solemnidad. No reclamaba nada. Simplemente lo decía como se dice una verdad personal que no necesita aprobación. Para él, ser kikapú no era una etiqueta cultural, sino una forma de entender el mundo, una raíz que lo acompañaba incluso cuando parecía andar sin rumbo.
La doble pertenencia
El Venado tenía doble nacionalidad. Era mexicano y era estadounidense. No lo decía con orgullo ni con conflicto. Lo decía como quien asume una condición natural. Para nosotros, acostumbrados a pensar la identidad en términos rígidos, aquello resultaba desconcertante.
Él habitaba ambos lados con naturalidad. No hablaba de fronteras como líneas, sino como pasos. Esa doble pertenencia explicaba muchas cosas: su manera de moverse, su facilidad para adaptarse, su relación distinta con la idea de hogar. El Venado no estaba partido; estaba ampliado.
El viaje espiritual
El Venado hablaba de su viaje como de algo que aún estaba ocurriendo. No decía “fui”, decía “estoy”. Llevaba ya dos años caminándolo cuando lo conocimos, y sabía que todavía le faltaban otros dos, quizá tres. No había prisa. No había calendario.
Había vivido en Quintana Roo, en Chiapas, había pasado por Tijuana, por La Paz, por Guanajuato. No se movía por huida ni por aventura. Se movía por necesidad interior. Cada lugar era una estación de aprendizaje, aunque para los demás pareciera solo tránsito.
Real de Catorce
Entre todos los lugares que mencionaba, uno aparecía con una insistencia particular: Real de Catorce. No lo describía como pueblo ni como destino turístico. Para él era un sitio de encuentro. Un lugar donde algo se alineaba.
Hablaba de energías sin grandilocuencia. Decía que ahí se metía peyote. Así, sin adornos. No lo decía para provocar ni para impresionar. Era parte de su camino. Parte de una tradición que no necesitaba explicarse con palabras modernas.
Peyote sin folclor
El Venado nunca habló del peyote como espectáculo ni como experiencia exótica. No lo romantizaba. No lo vendía como iluminación instantánea. Para él era una herramienta, un medio, no un fin.
Escucharlo hablar de ello era entender que había respeto, preparación y silencio. No todos los caminos espirituales son ruidosos. Algunos se recorren despacio, con disciplina y con una ética que no se improvisa.
El sentido del camino
Con el paso del tiempo, empezamos a entender que el Venado no estaba perdido. Estaba formándose. Cada traslado, cada estancia, cada silencio tenía un propósito que no se revelaría sino muchos años después.
Nosotros lo veíamos como alguien que iba y venía. Él se veía como alguien que se preparaba. Y esa diferencia de perspectiva lo explicaba todo. El camino no era errancia. Era llamado.
La despedida
Cuando el llamado llega y la casa aprende a soltar
El anuncio
El anuncio no llegó como una noticia repentina ni como una urgencia. Llegó con la misma serenidad con la que el Venado hacía todo. Una tarde, mientras la casa seguía su rutina, nos dijo que tenía que regresar. No explicó demasiado. No hizo drama. Dijo simplemente que había sido llamado otra vez.
En su voz no había miedo ni duda. Había certeza. Y esa certeza nos dejó en silencio. Entendimos que no se trataba de una decisión negociable ni de un plan que pudiera aplazarse. Era un llamado que venía de más lejos que la ciudad y de más adentro que cualquier deseo.
La tribu
Habló de su gente con respeto, sin solemnidad impostada. Tenía que reportarse con los kikapú. Así lo dijo, como se dice una obligación que no pesa, pero que manda. Para él, la pertenencia no era una carga; era una responsabilidad.
Escucharlo fue entender que su vida no le pertenecía solo a él. Había un nosotros que lo reclamaba. Un nosotros antiguo, extendido, que no se rompía por la distancia ni por los años. La casa empezó a sentir, desde ese momento, que algo iba a cambiar.
El festejo
Decidimos despedirlo como se despide a alguien querido: con un festejo. No fue una fiesta ruidosa ni desbordada. Fue una reunión sencilla, cargada de afecto. Comimos, brindamos, reímos.
Hubo risas sinceras, anécdotas compartidas, silencios que decían más que cualquier discurso. El Venado sonreía, agradecía, escuchaba. No se despedía con tristeza abierta, pero se notaba que le costaba irse. Dejar una casa nunca es fácil cuando se ha sido parte de ella.
Septiembre de 1984
Se fue en septiembre de 1984. La fecha quedó grabada no por el calendario, sino por el vacío inmediato. De pronto, la casa se sintió distinta. El orden invisible se desajustó. La cocina perdió su ritmo. El parque volvió a ser solo parque.
Regresó a Coahuila. Así lo supimos. Y luego, nada. La vida siguió, como sigue siempre. Estudios, trabajo, responsabilidades. El Venado quedó guardado en la memoria como quedan las personas que marcaron una etapa.
El silencio largo
Pasaron los años sin noticias. No hubo llamadas, cartas ni señales. El Venado se volvió recuerdo. A veces aparecía en una conversación, en una anécdota, en una risa súbita. Pero no había forma de saber dónde estaba ni qué había sido de él.
Ese silencio no fue olvido. Fue espera sin saberlo. Algunas personas desaparecen de la vida cotidiana, pero no se van del todo. Se quedan suspendidas, como si algo aún estuviera por revelarse.
La casa aprende a soltar
Con el tiempo entendimos que soltar también es una forma de respeto. El Venado no se había ido para huir ni para perderse. Se había ido porque su camino lo llamaba.
La casa aprendió a sostenerse sin él. Nosotros aprendimos a seguir. Y sin saberlo, nos preparamos para el día en que la historia, muchos años después, volvería a tocar la puerta.
Yo mismo también me fui y volví. En 1988 regresé definitivamente a Guanajuato. La vida tomó otro cauce: trabajo, responsabilidades, arraigo. La Ciudad de México quedó atrás como quedan las etapas que ya cumplieron su función. Desde entonces, el Venado y yo quedamos en territorios distintos, cada uno siguiendo un camino que todavía no revelaba su sentido completo.
El último llamado
Cuando la memoria, el poder y el espíritu cierran el círculo
Las llamadas
Fue a finales de 1997 cuando comenzaron a llegar las llamadas. Yo había sido electo diputado federal por Pénjamo, Guanajuato, y empezaba a transitar por los pasillos de la Cámara. Entre sesiones, comisiones y agendas saturadas, aparecieron recados insistentes: un hombre buscaba hablar conmigo.
Decía que yo lo conocía. Decía que era mi amigo. No lográbamos coincidir. Las llamadas quedaban registradas como una nota al margen de los días, hasta que alguien añadió un dato que cambió todo: venían de Estados Unidos.
Desde la franja tejana
Las llamadas provenían de una franja que se extendía por dos o tres estados de la Unión Americana. Ese dato encendió algo en la memoria. No fue
una certeza inmediata, sino una intuición honda, como si una historia que había quedado en pausa estuviera pidiendo ser retomada.
Pedí que, cuando volviera a llamar, me comunicaran de inmediato. Sabía —sin saber por qué— que no se trataba de cualquier llamada.
La voz del Venado
Cuando por fin tomé la llamada, reconocí la voz antes que las palabras. Era el Venado. El mismo tono sereno, firme, sin urgencias. Hablaba desde otro lugar, pero seguía siendo él.
Me dijo que ahora era jefe. Un jefe importante de su pueblo. No lo dijo con orgullo, sino con responsabilidad. Me habló de cómo su comunidad había logrado establecer un casino y de cómo ese casino pagaba impuestos a la propia tribu. A ellos. No al revés.
Gobernar sin perder raíz
El Venado me explicó que formaban parte de una federación de pueblos originarios en Estados Unidos, conocida como la Gran Nación India. No hablaba de poder abstracto, sino de organización concreta.
Me habló de escuelas, de hospitales, de decisiones tomadas para asegurar el futuro de su gente. Mientras lo escuchaba, entendí que aquel viaje largo, de cuatro años y medio, había sido preparación. Cada ciudad, cada silencio, cada lectura, cada servicio humilde había tenido un propósito.
El sentido revelado
Colgué el teléfono con una claridad nueva. El Venado no había sido un hombre errante. Había sido un hombre en formación. Su paso por nuestra casa ya no era una anécdota aislada, sino una etapa necesaria de un camino mayor.
Comprendí entonces que a veces la vida te permite convivir con alguien sin revelarte de inmediato quién es en realidad. El sentido llega después, cuando todo encaja.
El Águila
Termine mi paso por la LVII Legislatura y regresé a Guanaj, el el 2003 regresaría otra vez a la cámara de Diputados pero en la LIX Legislatura.
En 2005 volvió a sonar el teléfono. Esta vez no era el Venado. Era uno de sus hijos. La voz era firme, respetuosa, contenida. No me dijo que su padre había muerto. Me dijo algo distinto: que el Venado se había transformado en águila.
Entendí de inmediato. En su mundo, el águila es quien vuela más alto, el mensajero entre planos, el que deja de caminar la pradera para empezar a recorrerla desde otro cielo. El Venado ya no andaba los caminos: los cuidaba.
Colgué el teléfono sin tristeza. Sentí cierre. El viaje había terminado. El Venado había cumplido su misión y ahora recorría la pradera en otro plano, con la misma dignidad con la que había vivido entre nosotros.
Hoy sé que el Venado no pasó por nuestra casa por azar. Llegó cuando tenía que llegar y se fue cuando tuvo que irse. Caminó ligero por la ciudad, sostuvo silencios, barrió pisos ajenos, cocinó para otros, aprendió a mandar obedeciendo y volvió a su origen con las manos limpias. Cuando dejó este mundo no cayó: se elevó. Si alguna vez recorre la pradera desde otro plano, quiero pensar que reconoce los caminos que ayudó a ordenar, las vidas que tocó sin ruido, las casas que sostuvo sin pedir nada. Hay hombres que no dejan monumentos, pero dejan dirección. Y el Venado —hecho Águila— sigue señalando, desde lo alto, por dónde vale la pena caminar.
(By operación W).

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/… LA POSE Y EL ESPEJO
Morena frente a la deuda en Guanajuato: cuando el discurso de austeridad se endurece en la oposición, pero se diluye —incluso a alto costo— cuando el poder se ejerce desde el gobierno.
El discurso que se acomoda según el territorio
La discusión sobre la deuda pública en Guanajuato no puede entenderse como un simple desacuerdo presupuestal. Lo que está en juego es una forma de hacer política que se repite en distintos frentes: un discurso rígido, moralizante y severo cuando Morena actúa como oposición, y uno mucho más flexible cuando gobierna. La deuda se convierte así en un símbolo, no de prudencia financiera, sino de posicionamiento político.
En Guanajuato, Morena ha optado por construir un relato donde cualquier financiamiento es presentado como una amenaza al futuro del estado. No hay matices, no hay escalas, no hay contexto comparativo. La deuda es condenada en bloque, sin distinguir montos, destino ni proporción. Ese absolutismo retórico contrasta con la conducta que el mismo partido adopta en otras entidades.
Donde Morena gobierna, la deuda deja de ser pecado
En los estados gobernados por Morena, el endeudamiento no solo es aceptado, sino defendido como una herramienta legítima de política pública. Se argumenta que es necesario para infraestructura, programas sociales o reordenamiento financiero. El discurso cambia por completo: la deuda ya no es irresponsabilidad, sino planeación; ya no es riesgo, sino oportunidad.
Lo relevante no es únicamente que se aprueben financiamientos, sino las condiciones bajo las cuales se hace. En varios casos, los márgenes fiscales son más estrechos, las presiones presupuestales mayores y la dependencia del crédito más prolongada. Aun así, no hay rebelión discursiva ni llamados a la austeridad extrema. Hay acompañamiento político.
Endeudamiento más caro, silencio más cómodo
Existen ejemplos claros donde los financiamientos aprobados en gobiernos afines a Morena resultan significativamente más costosos en términos per cápita. Estados con menor población, menor dinamismo económico o menor recaudación propia han asumido cargas financieras mucho más altas por habitante que las planteadas en Guanajuato.
En esos escenarios, el partido no activa el lenguaje de alerta ni el tono de condena. No se habla de herencias malditas ni de hipotecas al futuro. El silencio sustituye a la crítica, y la disciplina partidista reemplaza al análisis técnico.
Guanajuato y la prudencia que estorba
El planteamiento financiero del gobierno de Guanajuato se ubica en una franja intermedia a nivel nacional. No encabeza los montos más altos ni en términos absolutos ni por habitante. La propuesta no rompe equilibrios ni compromete de manera desproporcionada las finanzas estatales.
Sin embargo, esa moderación no ha sido suficiente para abrir un debate serio. La negativa ha sido prácticamente automática, como si el objetivo no fuera evaluar la viabilidad del financiamiento, sino bloquear políticamente al Ejecutivo. La prudencia, cuando no conviene al relato, se vuelve invisible.
La deuda como instrumento de confrontación
Cuando la deuda pública se discute con criterios partidistas, pierde su naturaleza técnica y se convierte en arma política. Se deja de hablar de desarrollo, planeación o sostenibilidad, y se entra en la lógica del desgaste y la descalificación.
El caso de Guanajuato no es una excepción, sino un reflejo de una estrategia nacional. La deuda es mala cuando la propone el adversario y aceptable cuando fortalece al propio. Esa contradicción no solo empobrece el debate público: erosiona la credibilidad del discurso político.
(By operación W).

“Ayer te besé en los labios”
De: Pedro Salinas
Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Densos, rojos. Fue un beso tan corto, que duró más que un relámpago, que un milagro, más. El tiempo después de dártelo no lo quise para nada ya, para nada lo había querido antes. Se empezó, se acabó en él. Hoy estoy besando un beso; estoy solo con mis labios. Los pongo no en tu boca, no, ya no… -¿Adónde se me ha escapado?-. Los pongo en el beso que te di ayer, en las bocas juntas del beso que se besaron. Y dura este beso más que el silencio, que la luz. Porque ya no es una carne ni una boca lo que beso, que se escapa, que me huye. No. Te estoy besando más lejos.




Si quieres escucharlo en la voz de: Versos y Casetes.
Sobre el poema.
El beso que abre el mundo
Lectura profunda de “Ayer te besé en los labios”, de Pedro Salinas
El gesto amoroso como umbral de sentido
En este poema, Pedro Salinas parte de un gesto aparentemente simple: un beso. Sin embargo, desde su evocación inicial queda claro que no se trata de una escena romántica convencional ni de un recuerdo sentimental. El beso funciona como un umbral que transforma la percepción. No cierra una experiencia, la inaugura. A partir de ese contacto, el mundo cotidiano se modifica y aparece una forma distinta de entender al otro y al propio sentimiento amoroso.
El amor, en esta mirada, no se define por el arrebato ni por la exaltación emocional, sino por su capacidad de abrir una dimensión nueva de sentido. El beso no es posesión ni culminación, sino inicio de una conciencia más profunda.
La revelación del ser amado
Uno de los núcleos del poema es la idea de que la persona amada contiene una verdad que no siempre es visible. Existe una figura cotidiana, reconocible, y otra más honda que solo emerge cuando se rompe la distancia habitual entre dos seres. El beso no transforma al otro: permite acceder a lo que ya estaba ahí.
Salinas concibe el amor como un acto de descubrimiento. Amar no es construir una imagen idealizada, sino retirar velos. En ese sentido, el poema propone una ética del amor basada en el reconocimiento, no en la proyección.
Lenguaje y desnudez expresiva
El tono del poema se caracteriza por una notable claridad verbal. No hay exuberancia retórica ni imágenes excesivas. La palabra se mantiene contenida, precisa, casi conversacional. Esta elección estilística no responde a una falta de intensidad, sino a una búsqueda de exactitud.
Para Salinas, la emoción más profunda no necesita ornamento. La intimidad se expresa mejor cuando el lenguaje no distrae, cuando acompaña sin imponerse. La sencillez formal refuerza la hondura conceptual del poema.
El tiempo transformado por el amor
El “ayer” que aparece en el título no es una referencia anecdótica. Marca una frontera temporal. Antes del beso, la experiencia era una; después, es otra. El poema se sitúa en un presente ya transformado por ese instante pasado.
El amor no queda confinado al momento vivido. Reorganiza la memoria, altera la conciencia y modifica la manera de estar en el tiempo. Un solo gesto basta para dividir la experiencia vital en un antes y un después.
Amar sin apropiarse
A diferencia de muchas tradiciones amorosas centradas en la posesión, el poema de Salinas plantea una relación libre de dominio. El yo poético no reclama ni retiene al tú. Al conocerlo mejor, lo respeta más.
El amor auténtico, sugiere el poema, no reduce al otro a objeto del deseo. Lo reconoce como una presencia autónoma, con una interioridad que no se agota ni se conquista. El misterio no desaparece: se vuelve visible y, por ello mismo, digno de cuidado.
El amor como forma de conocimiento
En su núcleo más profundo, “Ayer te besé en los labios” es un poema sobre el conocimiento. No un conocimiento intelectual, sino una comprensión vivida, encarnada. El amor aparece como una vía privilegiada para acceder a la verdad del otro y, al mismo tiempo, a la propia.
Frente al amor ciego o devastador, Salinas propone un amor lúcido. No consume: ilumina. Amar es aprender a mirar con mayor claridad aquello que antes permanecía oculto.
Sobre el autor.
Pedro Salinas: el poeta que hizo del amor una forma de pensamiento
Una vida escrita desde la lucidez, el exilio y la palabra exacta
Una vida guiada por la inteligencia y la palabra
Pedro Salinas nació en Madrid en 1891, en una España que todavía confiaba en la razón ilustrada mientras comenzaban a gestarse las fracturas del siglo XX. Desde temprano entendió que la literatura no era un territorio de exhibición, sino de búsqueda. Su vocación no fue la del poeta arrebatado, sino la del escritor consciente: alguien que escribe para comprender, no para imponerse.
Antes de consolidarse como poeta, Salinas fue profesor, crítico, traductor y ensayista. Esa formación intelectual marcó de manera definitiva su obra. En él, la poesía nunca estuvo separada del pensamiento. Cada verso parece haber pasado antes por un filtro de reflexión, no para enfriarlo, sino para darle precisión.
El rigor académico y la sensibilidad poética
Salinas vivió siempre entre dos mundos que en su obra nunca se contradicen: el de la disciplina intelectual y el de la emoción poética. Estudió, enseñó y pensó la literatura con el mismo cuidado con el que la escribía. Esa doble condición lo llevó a concebir la poesía como un acto de lucidez, no como un desbordamiento incontrolado.
Para él, la emoción debía ser verdadera, pero también consciente. La palabra poética no debía ocultar, sino aclarar. Esa postura lo colocó en un lugar singular dentro de su generación.
El exilio como experiencia de conciencia
La Guerra Civil española marcó un punto de quiebre en su vida. Como tantos otros escritores de su generación, Salinas se vio obligado al exilio. Se instaló en Estados Unidos, donde continuó su labor académica y literaria. La distancia de España no produjo en él un discurso de nostalgia exaltada, sino una tristeza serena, pensada, casi silenciosa.
El exilio afinó su mirada. Desde lejos, su relación con la lengua se volvió más consciente. Escribió desde la memoria, pero también desde una ética de la contención.
La claridad como poética
Uno de los rasgos más distintivos de la obra de Salinas es su apuesta por la claridad. Frente a las tentaciones del hermetismo o del exceso metafórico, eligió una palabra limpia, directa, rigurosa. Esa claridad no es simpleza, sino depuración.
Salinas creía que la poesía debía acercar al lector a la experiencia, no alejarlo. Su lenguaje encierra una complejidad profunda: la de decir lo difícil sin oscurecerlo.
El amor como forma de conocimiento
El gran eje de su obra poética es el amor, entendido no como arrebato pasional, sino como experiencia de conocimiento. En libros fundamentales como La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento, Salinas explora la relación entre el yo y el tú como un diálogo exigente.
El amor, en su poesía, no anula la razón; la afina. No consume al otro; lo revela.
El pensamiento que sostiene el verso
Además de poeta, Salinas fue un ensayista de gran finura intelectual. Sus reflexiones sobre literatura, tradición y modernidad muestran a un escritor comprometido con su tiempo, pero reacio a las consignas fáciles.
Su obra ensayística dialoga de manera constante con su poesía. Ambas parten de la misma convicción: la palabra es una herramienta de conocimiento.
Un legado de lucidez
Pedro Salinas murió en 1951, lejos de España, pero nunca lejos de su lengua. Su obra sigue viva porque no depende de modas ni de gestos estridentes. Nos habla aún porque plantea preguntas que no envejecen.
Su legado es el de una lucidez rara y necesaria. Salinas nos enseñó que la poesía puede ser profunda sin ser oscura y que el amor, cuando es verdadero, ilumina.
(ByNotas de Libertad).

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/… Rincones y Sabores: cuando el camino también se sienta a la mesa
Guía completa para el alma, el paladar y la vida en el cierre del año
Una travesía donde la comida, la piedra, la fe y la mesa compartida no aparecen como adornos del viaje, sino como formas profundas de entender el tiempo que termina y el país que todavía se reconoce en sus rituales cotidianos.
Comer no como moda, sino como acto de permanencia
Esta sección no nace para perseguir tendencias ni para celebrar lo nuevo por el simple hecho de serlo. Aquí la comida importa cuando se sostiene, cuando regresa idéntica a sí misma día tras día y demuestra que el prestigio no se construye con ruido, sino con repetición bien hecha. Las mesas italianas de León, Marfil y San Miguel de Allende aparecen en estas páginas no como novedades gastronómicas, sino como espacios donde la cocina encontró un ritmo propio, una manera de permanecer en ciudades exigentes sin traicionar su identidad.
En Rincones y Sabores, comer no es espectáculo ni moda pasajera. Es oficio, es constancia, es la decisión diaria de volver al mismo punto: hacer bien las cosas, aunque nadie esté mirando.
El territorio que también se saborea
Aquí el viaje no empieza en la cocina ni termina en el plato. Empieza en la calle, en la piedra, en el clima, en la manera en que un pueblo se despierta o se recoge. Lagos de Moreno, San Juan de los Lagos, San Julián y San Miguel el Alto no aparecen como destinos turísticos, sino como territorios vividos, donde la arquitectura, la fe y la historia moldean también la forma de comer.
En estos textos, el territorio no se describe: se digiere. La cantera enfría el paso, la plaza ordena el tiempo, el templo impone silencio. Todo eso termina influyendo en la mesa.
Diciembre como pausa, no como cierre vacío
El mes final del año atraviesa esta sección como un hilo silencioso. Diciembre no aparece aquí como calendario festivo ni como lista de celebraciones, sino como momento de pausa, de balance, de mirada larga. En Lagos, el frío afina la memoria; en San Juan, la fe se prepara sin alardes; en San Julián, el pueblo se queda; en San Miguel el Alto, el carácter se confirma.
Cerrar el año, en estas páginas, no significa terminar, sino acomodar. Detenerse lo suficiente para entender qué merece seguir y qué puede soltarse. Por eso esta sección no corre: camina.
La mesa como lugar de comunidad
En todos los recorridos que aquí se presentan, la mesa cumple una función que va más allá de lo gastronómico. Es punto de encuentro, espacio de conversación, refugio contra el frío y
contra el ruido del mundo. Ya sea en una trattoria que habla en voz baja, en un restaurante que alcanzó excelencia sin aspavientos o en una fonda donde el caldo humea sin discurso, comer se convierte en una forma de estar juntos.
En Rincones y Sabores, la mesa no es escenario: es comunidad.
Una ruta para mirar el país con otros ojos
Esta sección propone algo simple y profundo: mirar a México desde sus mesas y sus pueblos. Entender que el país también se explica en una pizza bien hecha, en una plaza al atardecer, en un templo de cantera o en un taco nocturno compartido sin prisa. Aquí no hay jerarquías entre alta cocina y comida cotidiana; hay coherencia entre lugar, gente y mesa.
Rincones y Sabores es, al final, una guía para vivir con más atención. Para comer mejor no solo lo que llega al plato, sino lo que rodea la experiencia. Para cerrar el año mirando despacio, con el alma despierta y el paladar atento.
(By Notas de Libertad).

Domingo 21 de diciembre al sábado 27 de diciembre.
Santoral.
Entre la fe y el tiempo
Antes de que el calendario se llenara de cifras, estuvo habitado por nombres. El santoral no es una lista devocional, sino una memoria humana donde la fe se volvió resistencia. Cada santo representa una decisión tomada en su tiempo, muchas veces contra su tiempo. Estas vidas no hablan de perfección, sino de fidelidad. Leer el santoral es escuchar ecos antiguos que aún dialogan con el presente. Aquí, cada nombre es una huella. Cada día, una persistencia. Cada vida, una forma distinta de creer.
Domingo 21 de diciembre
Santo Tomás Apóstol: Apóstol conocido por su duda honesta, que terminó en una fe firme y misionera. La tradición lo sitúa evangelizando en Oriente, especialmente en la India. Representa la fe que nace de la búsqueda auténtica.
San Pedro Canisio: Jesuita y doctor de la Iglesia, figura clave de la Reforma Católica. Destacó por su labor educativa y claridad doctrinal. Su influencia marcó a generaciones enteras.
San Glicerio de Antioquía: Mártir de los primeros siglos del cristianismo. Murió por negarse a renunciar a su fe ante la persecución romana. Su testimonio es símbolo de constancia.
San Temístocles de Mira: Soldado romano convertido al cristianismo. Fue ejecutado tras confesar públicamente su fe. Su historia une disciplina y valentía espiritual.
San Pío de Santa María: Religioso recordado por su vida austera y silenciosa. Su santidad se forjó en la constancia cotidiana. Ejemplo de humildad perseverante.
Lunes 22 de diciembre
Santa Francisca Javiera Cabrini: Fundadora de las Misioneras del Sagrado Corazón. Dedicó su vida al cuidado de migrantes y huérfanos. Primera santa ciudadana de Estados Unidos.
San Isquirión de Egipto: Mártir del siglo IV que sostuvo su fe ante la persecución. Su nombre quedó ligado a la firmeza cristiana. Testimonio de convicción sin concesiones.
San Zenón de Roma: Oficial romano martirizado tras su conversión. Prefirió perder honores antes que renunciar a su fe. Representa la conciencia frente al poder.
San Flaviano de Constantinopla: Patriarca defensor de la ortodoxia cristiana. Murió a consecuencia de los maltratos sufridos por sostener sus convicciones teológicas. Figura de pensamiento firme.
Santa Honorata: Virgen venerada por su vida de oración y entrega. Su memoria destaca la fidelidad silenciosa. Modelo de constancia espiritual.
Martes 23 de diciembre
San Juan de Kety: Sacerdote polaco reconocido por su sabiduría y caridad. Maestro y guía espiritual, vivió con sencillez. Ejemplo de inteligencia al servicio del prójimo.
San Víctor de Marsella: Soldado romano convertido al cristianismo. Fue martirizado por confesar su fe. Su historia refleja la dureza de las persecuciones imperiales.
San Teódulo de Creta: Obispo y mártir que defendió a su comunidad. Su liderazgo se mantuvo firme en la adversidad. Pastor fiel hasta el final.
San Servando: Mártir hispano de los primeros siglos cristianos. Su memoria está ligada a la expansión temprana del cristianismo en la península ibérica.
Santa Eulalia de Mérida: Joven mártir que enfrentó la persecución con valentía. Su testimonio se convirtió en símbolo de fe juvenil. Figura luminosa de resistencia.
Miércoles 24 de diciembre
San Delfín de Burdeos: Obispo dedicado al cuidado pastoral de su diócesis. Fue guía en tiempos de transición. Ejerció la autoridad con prudencia.
San Irminio: Monje y abad conocido por su disciplina espiritual. Vivió entregado a la oración y al orden comunitario. Ejemplo de vida monástica.
Santa Paula Isabel Cerioli: Fundadora dedicada a la educación y al cuidado de huérfanos. Transformó el dolor personal en servicio. Su obra permanece viva.
San Gregorio de Spoleto: Mártir que sostuvo su fe hasta la muerte. Su testimonio pertenece a las primeras comunidades cristianas de Italia.
San Nicéforo de Antioquía: Obispo defensor de la doctrina cristiana. Vivió exilio y persecución por su fidelidad. Figura de firmeza intelectual.
Jueves 25 de diciembre
La Natividad del Señor: Celebración central del cristianismo. Conmemora el nacimiento de Jesús en Belén. Es la fiesta de la esperanza encarnada.
San Anastasio I, Papa: Pontífice que defendió la unidad doctrinal de la Iglesia. Su liderazgo fue breve pero claro. Ejemplo de prudencia pastoral.
Santa Eugenia de Roma: Mártir que renunció a privilegios para seguir su fe. Su vida refleja coherencia radical. Símbolo de libertad interior.
San Eugenio de Toledo: Obispo y escritor destacado del cristianismo hispano. Su obra fortaleció la vida intelectual de su tiempo.
San Adalberto de Praga: Misionero y mártir en Europa oriental. Murió en misión evangelizadora. Figura de entrega sin retorno.
Viernes 26 de diciembre
San Esteban Protomártir: Primer mártir del cristianismo. Murió perdonando a sus verdugos. Su testimonio inaugura la historia del martirio cristiano.
San Dionisio, Papa: Pontífice en tiempos de persecución. Reorganizó la Iglesia tras momentos críticos. Figura de reconstrucción.
San Zósimo de Cilicia: Mártir del siglo II. Su memoria refleja la fe de las primeras comunidades perseguidas.
San Arquílades: Cristiano martirizado por negarse a adorar a los dioses paganos. Símbolo de conciencia firme.
San Teodoro de Alejandría: Obispo que defendió a su comunidad. Su liderazgo pastoral fue cercano y firme.
Sábado 27 de diciembre
San Juan Apóstol y Evangelista: Discípulo cercano de Jesús y autor del cuarto Evangelio. Su mensaje gira en torno al amor. Figura de fe contemplativa.
San Fabián de Bolonia: Obispo recordado por su vida austera. Su memoria destaca el cuidado comunitario.
San Máximo de Alejandría: Teólogo y defensor de la doctrina cristiana. Contribuyó al pensamiento teológico primitivo.
San Filemón: Colaborador de las primeras comunidades cristianas. Asociado a la hospitalidad y fraternidad.
Santa Tecla de Iconio: Discípula venerada por su valentía y fidelidad. Figura clave de la tradición cristiana primitiva.





Música para recordar el ayer
THE ROLLING STONES: BIOGRAFÍA DE UNA BANDA QUE NUNCA SE DETUVO




Origen, tensiones internas, obra musical y permanencia histórica de un grupo que convirtió el rock en una forma de resistencia cultural y duración extrema.
El origen: blues, posguerra y juventud británica
The Rolling Stones se forman en Londres en 1962, en una Inglaterra todavía marcada por la posguerra, el racionamiento reciente y una juventud que comienza a buscar formas propias de expresión. Mick Jagger y Keith Richards se reencuentran después de años de haber sido compañeros de escuela y descubren una afinidad profunda por el blues estadounidense, una música que llega a ellos a través de discos importados, programas de radio y pequeños círculos de aficionados.
A este núcleo inicial se suma Brian Jones, músico con mayor experiencia instrumental, quien impulsa la formación del grupo y asume un papel central en los primeros años. Desde el inicio, The Rolling Stones se definen como intérpretes del blues eléctrico de Chicago, no como compositores originales, construyendo su identidad desde la reinterpretación intensa de una tradición ajena.
Una identidad construida contra la corrección
Durante los primeros años de su carrera, The Rolling Stones desarrollan una imagen pública deliberadamente confrontativa. Frente al pop pulido que domina la escena británica, la banda opta por una estética descuidada, un sonido más crudo y una actitud desafiante que incomoda tanto a la prensa como a sectores conservadores.
Esta identidad no es solo un recurso mediático, sino una posición cultural. Las letras, el comportamiento escénico y la relación con la autoridad reflejan una incomodidad con los valores dominantes. La sociedad británica de los años sesenta encuentra en los Stones una representación de pulsiones que no encajan en el discurso oficial del progreso ordenado.
La dupla Jagger–Richards y el núcleo creativo
Con el paso del tiempo, Mick Jagger y Keith Richards se consolidan como el centro creativo del grupo. Jagger aporta ambición, capacidad de lectura cultural y una presencia escénica calculada; Richards define el sonido desde el riff, el ritmo y una concepción del rock basada en la repetición hipnótica.
Esta alianza permite a The Rolling Stones comenzar a escribir su propio material y dejar atrás la etapa exclusivamente interpretativa. El grupo encuentra así una voz propia, capaz de dialogar con el blues, el soul y el rock and roll sin perder una identidad reconocible.
Rupturas internas y la salida de Brian Jones
El éxito creciente del grupo intensifica las tensiones internas. Brian Jones, figura clave en los inicios, queda progresivamente marginado del proceso creativo, afectado por problemas personales, consumo de drogas y dificultades para adaptarse a la nueva dinámica del grupo.
En 1969, Jones abandona la banda y muere poco después. Este episodio marca el fin de la etapa fundacional y obliga a The Rolling Stones a reconfigurarse. La llegada de Mick Taylor introduce una mayor complejidad técnica y coincide con un periodo de alta productividad musical.
La obra central: canciones y discos que definen época
Entre finales de los años sesenta y mediados de los setenta, The Rolling Stones producen el núcleo de su obra más influyente. Canciones como Satisfaction, Sympathy for the Devil, Gimme Shelter, Jumpin’ Jack Flash, Brown Sugar o Angie se convierten en referencias centrales del rock.
Más allá de los éxitos individuales, los discos de este periodo funcionan como retratos culturales de su tiempo, incorporando influencias del blues, el country y el soul. La banda logra un equilibrio entre experimentación y accesibilidad que amplía su público sin diluir su identidad.
Excesos, giras y confrontación con el sistema
La vida del grupo durante estos años está marcada por giras extensas, consumo desmedido y conflictos legales. The Rolling Stones se convierten en símbolo de exceso, pero también de resistencia frente a intentos de control moral y político.
Este contexto refuerza su imagen como banda peligrosa y atractiva a la vez. El rock deja de ser solo música juvenil para convertirse en un espacio de confrontación cultural, donde los Stones juegan un papel central.
Cambios de integrantes y profesionalización
Tras la salida de Mick Taylor y la incorporación de Ronnie Wood, The Rolling Stones alcanzan una estabilidad que les permite prolongar su carrera. A partir de los años ochenta, el grupo se adapta a una industria musical más compleja y globalizada.
Lejos de desaparecer, la banda se transforma en una maquinaria de gira internacional, capaz de convocar públicos masivos sin renunciar completamente a su identidad original.
Permanencia y significado histórico
La historia de The Rolling Stones no puede entenderse solo a partir de sus discos o de su mitología personal. Su rasgo distintivo es la duración. Han atravesado cambios culturales, tecnológicos y generacionales sin disolverse ni convertirse en una pieza de museo.
Más que una banda, The Rolling Stones representan una forma de entender el rock como actitud persistente, como una práctica cultural que se niega a cerrar su ciclo. Su biografía es, en ese sentido, una crónica de adaptación, resistencia y permanencia.
(By Notas de Libertad).
Angie.
Paint It Black.
Simpathy For The Devil.
THREE SOULS IN MY MIND / EL TRI: CRÓNICA DE UN MISMO RUGIDO




De los hoyos fonqui al escenario permanente: la historia de una banda que cambió de nombre, pero no de origen, ni de lenguaje, ni de relación con la calle que la vio nacer.
El origen subterráneo del rock mexicano
Three Souls in My Mind surge a finales de la década de 1960 en la Ciudad de México, en un contexto marcado por la represión política, la censura cultural y el desplazamiento deliberado del rock fuera del espacio público. Tras el movimiento estudiantil de 1968 y, de manera decisiva, después del Festival de Avándaro en 1971, el rock es empujado hacia la marginalidad, convertido en una expresión incómoda para el discurso oficial.
En ese entorno adverso, Three Souls no nace desde la industria musical ni desde los medios de comunicación, sino desde espacios improvisados y clandestinos: salones de baile, bodegas, patios, barrios y los llamados hoyos fonqui. Ahí, el rock deja de ser imitación y se vuelve experiencia compartida. La banda se forma sin una estructura fija, con recursos limitados y con una lógica de supervivencia cultural más que de proyección comercial.
Desde el inicio, Three Souls entiende que tocar rock en México implica asumir una condición periférica. No hay expectativas de difusión masiva ni de legitimación institucional. La música funciona como refugio, como espacio de reunión y como forma de decir lo que no tiene cabida en otros lenguajes públicos.
Alejandro Lora y la persistencia de una voz
Aunque Three Souls in My Mind tiene múltiples cambios de integrantes a lo largo de los años setenta, la figura de Alejandro Lora se mantiene como eje constante. Más que líder tradicional, Lora opera como punto de continuidad: compositor principal, voz reconocible y figura que articula la identidad del grupo.
Su presencia no responde a un proyecto de protagonismo individual, sino a la persistencia de una mirada. Lora observa, escucha y traduce en canciones la vida urbana, el desencanto, el humor áspero y la precariedad cotidiana. Su escritura no busca ornamento ni corrección, sino cercanía. Esa constancia convierte a Three Souls en un proyecto abierto, pero con una dirección clara.
La banda no se consolida como alineación estable, sino como espacio de tránsito. Músicos entran y salen, los formatos cambian, pero la voz narrativa permanece. En un contexto de exclusión cultural, esa persistencia resulta decisiva para la supervivencia del proyecto.
El momento en que el proyecto se vuelve nacional
Uno de los giros más relevantes en la historia del grupo ocurre cuando Three Souls in My Mind se transforma en El Tri. En su etapa inicial, la banda canta mayoritariamente en inglés, siguiendo la inercia del rock de la época y la influencia directa del blues y el rock anglosajón. Esa elección no responde a una aspiración de imitación, sino al contexto musical disponible y a la formación sonora de sus integrantes. El cambio llega cuando el grupo asume plenamente su identidad local y decide cantar en español, ya bajo el nombre de El Tri. Es entonces cuando Alejandro Lora incorpora el lenguaje coloquial, los modismos urbanos, el humor áspero, la ironía y las groserías como parte central del discurso. El español no aparece como traducción elegante del rock, sino como vehículo directo de la experiencia cotidiana: trabajo precario, policía, calle, desamor, fiesta y frustración. Ese paso marca una ruptura definitiva con la imitación y convierte al proyecto en una voz reconocible del rock mexicano, anclada en su realidad social y cultural. Las letras hablan de trabajo mal pagado, alcohol, desamor, policía, frustración, fiestas improvisadas y días que no prometen demasiado. No hay metáforas elevadas ni discursos ideológicos explícitos. Hay escenas reconocibles que conectan de inmediato con su público.
Este uso del lenguaje no es una estrategia de mercado, sino una consecuencia natural del contexto. Cantar como se habla es una forma de legitimarse ante una audiencia que no se reconoce en los discursos oficiales ni en las representaciones edulcoradas de la modernidad.
Three Souls como laboratorio, El Tri como continuidad
A inicios de la década de 1980, Three Souls in My Mind adopta el nombre de El Tri. El cambio no implica ruptura estética ni ideológica, sino una reorganización de identidad. Three Souls funciona como etapa formativa, como laboratorio donde se define un sonido, un lenguaje y una relación directa con el público.
El Tri recoge esa experiencia y la proyecta hacia un escenario más visible, sin abandonar el tono ni el origen. El cambio de nombre marca una transición generacional y una mayor estabilidad organizativa, pero no un abandono del espíritu subterráneo.
Comprender a El Tri sin Three Souls resulta incompleto. Todo lo que El Tri representará después —su vínculo con el público, su discurso directo, su permanencia— tiene raíces claras en esa primera etapa de resistencia cultural.
Obra, público y permanencia cultural
La obra de Three Souls in My Mind no se mide por una discografía pulida ni por presencia constante en medios. Sus canciones circulan durante años de forma fragmentaria: tocadas en vivo, grabaciones caseras, casetes copiados y memoria oral. Esa circulación irregular no debilita su impacto; lo vuelve más profundo.
El público no es espectador distante, sino parte activa del fenómeno. Three Souls se construye en diálogo con su audiencia, compartiendo condiciones, espacios y lenguaje. La banda no canta para el país oficial, sino para quienes habitan sus márgenes.
Su legado radica en haber sostenido el rock mexicano cuando parecía condenado a desaparecer del espacio público. Three Souls in My Mind, y posteriormente El Tri, no solo produjeron canciones: sostuvieron una forma de expresión que permitió a varias generaciones reconocerse, escucharse y persistir. Ese vínculo se volvió tangible a través de canciones que circularon de boca en boca y de escenario en escenario, hasta convertirse en referencias compartidas. Temas como Abuso de autoridad, Triste canción, Las piedras rodantes, Metro o ADO no se impusieron por la radio ni por campañas de difusión, sino por repetición y reconocimiento. Cada una condensó escenas de la vida urbana —la policía, el viaje, el desarraigo, la frustración cotidiana— y permitió que el público encontrara en el rock un espejo directo, sin intermediarios ni traducciones.
(By Notas de Libertad).
Abuso De Autoridad.
Piedras Rodantes.
He Pensado Mucho.

“Cárdenas por Cárdenas”
De: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano




Resumen.
CÁRDENAS POR CÁRDENAS: UNA BIOGRAFÍA CONSTRUIDA DESDE LA PALABRA ESCRITA
Reconstrucción ordenada de la vida, el pensamiento y las decisiones de Lázaro Cárdenas del Río a partir de sus propios documentos personales y oficiales, organizados y contextualizados por Cuauhtémoc Cárdenas con criterio histórico y editorial.
Un libro construido desde los documentos
Cárdenas por Cárdenas está concebido como una biografía documental sustentada en los propios escritos de Lázaro Cárdenas del Río. El libro se construye a partir de diarios personales, cartas, informes oficiales, apuntes de trabajo y correspondencia privada producidos a lo largo de su vida pública. Cuauhtémoc Cárdenas asume el papel de editor histórico, no de narrador protagónico, y organiza el material siguiendo una secuencia cronológica que permite observar la evolución del pensamiento y de las decisiones del biografiado.
El texto evita la interpretación constante o el juicio retrospectivo. En lugar de ello, presenta los documentos con breves contextualizaciones que sitúan al lector en el momento histórico correspondiente. De esta forma, la obra privilegia la voz directa de Lázaro Cárdenas y permite que sus razonamientos, dudas, prioridades y criterios de gobierno se reconstruyan desde la fuente primaria, sin convertir el libro en una memoria personal ni en un ensayo político contemporáneo.
Orígenes y formación
La biografía inicia con la infancia y juventud de Lázaro Cárdenas en Michoacán, en un entorno marcado por la inestabilidad política y social previa y posterior a la Revolución Mexicana. El libro describe una formación poco convencional, con escasa educación formal, pero con una intensa experiencia práctica adquirida en contextos militares y administrativos desde muy temprana edad.
Los documentos muestran cómo la Revolución fue para Cárdenas una experiencia vivida y no un relato construido posteriormente. Su aprendizaje se da en el territorio, en el contacto directo con comunidades, mandos militares y autoridades locales. Desde estos primeros años se perfila una visión del poder asociada a la disciplina, al orden y a la responsabilidad colectiva, más que al liderazgo carismático o personalista.
El ascenso político
Antes de llegar a la Presidencia, el libro recorre los distintos cargos desempeñados por Lázaro Cárdenas dentro del aparato político y militar del país. A través de informes y correspondencia, se reconstruyen sus responsabilidades en zonas conflictivas, su paso por funciones administrativas y su experiencia como gobernador de Michoacán.
Esta etapa permite observar cómo se consolida una concepción del Estado como instrumento de intervención directa para resolver conflictos agrarios, mantener el control territorial y reorganizar estructuras locales de poder. Los documentos reflejan tensiones constantes con élites regionales, limitaciones presupuestales y la necesidad de construir autoridad en un país aún en proceso de institucionalización.
La Presidencia de la República
El periodo presidencial (1934–1940) ocupa el núcleo del libro y se presenta como una sucesión de decisiones políticas complejas, no como una narrativa épica. A partir de notas personales, informes de gobierno y correspondencia oficial, se describen las políticas agrarias, laborales y administrativas como procesos prolongados, sujetos a resistencias, ajustes y conflictos internos.
La reforma agraria aparece como una política sostenida en el tiempo, con problemas técnicos, presiones políticas y efectos desiguales según las regiones.
El libro muestra cómo las decisiones presidenciales se toman a partir de información incompleta, evaluaciones constantes y la necesidad de equilibrar demandas sociales con la estabilidad del Estado.
La expropiación petrolera
La expropiación petrolera es abordada como el desenlace de un conflicto legal, laboral y económico acumulado a lo largo de varios años. El libro reconstruye el proceso mediante resoluciones judiciales, negociaciones fallidas con las empresas petroleras, estudios técnicos y reflexiones del propio presidente.
Lejos de presentarla como un acto repentino, la obra muestra que la decisión fue cuidadosamente preparada, considerando sus implicaciones internas y externas. Los documentos revelan la atención puesta en la legalidad del procedimiento, los riesgos diplomáticos y las consecuencias económicas, permitiendo entender la expropiación como una resolución de Estado basada en expedientes previos.
Después del poder
La parte final del libro aborda la vida de Lázaro Cárdenas tras concluir su mandato presidencial. A través de cartas y apuntes, se describe su participación en asuntos internacionales, su relación con gobiernos posteriores y su postura frente a decisiones que ya no estaban bajo su control.
El texto muestra a un expresidente que mantiene interés en la vida pública, pero que evita intervenir directamente en el ejercicio del poder. Esta etapa permite comprender cómo concibe la Presidencia como una responsabilidad limitada en el tiempo y no como una fuente permanente de influencia política, cerrando así el recorrido biográfico con continuidad documental.
Sobre el autor.
CUAUHTÉMOC CÁRDENAS SOLÓRZANO: BIOGRAFÍA DE UNA CONSCIENCIA PÚBLICA
Trayectoria vital, pensamiento político y obra escrita de un actor central en la transición democrática mexicana, construida desde la experiencia directa del poder, la disidencia y la reflexión histórica.
Origen, formación y herencia asumida
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nace el 1 de mayo de 1934, en un momento en que México se encuentra inmerso en la consolidación del Estado posrevolucionario. Su infancia transcurre durante los años en que su padre, Lázaro Cárdenas del Río, ocupa la Presidencia de la República (1934–1940), lo que sitúa su formación inicial en un entorno donde la política no es discurso abstracto, sino ejercicio cotidiano del poder, con implicaciones sociales directas y visibles. Crece en un ambiente marcado por la austeridad personal, la disciplina y una concepción estricta del servicio público. Lejos de una educación orientada al privilegio, su formación familiar privilegia la sobriedad, el contacto con realidades sociales diversas y una temprana conciencia del peso histórico de las decisiones públicas. La figura paterna no se presenta como un modelo retórico, sino como una presencia exigente que asocia el poder con responsabilidad y límite. En el plano académico, Cuauhtémoc Cárdenas opta por una formación técnica, estudiando Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se titula a mediados de la década de 1950. Esta elección no es menor: su paso por una disciplina estructural influye de manera clara en su forma de entender la política como sistema, proceso y construcción institucional, más que como ejercicio carismático o personalista. La ingeniería introduce en su pensamiento una lógica de planeación, diagnóstico y largo plazo que será constante en su vida pública. Durante sus años universitarios y posteriores, mantiene una relación crítica con el entorno político dominante. Aunque su apellido lo vincula inevitablemente con uno de los periodos más influyentes del siglo XX mexicano, Cárdenas evita construir su identidad pública únicamente desde esa herencia... El peso simbólico del nombre “Cárdenas” aparece, desde etapas tempranas, no como una ventaja automática, sino como una exigencia ética permanente, que obliga a sostener congruencia entre discurso, acción y conducta personal. Esta etapa formativa sienta las bases de una trayectoria marcada por la búsqueda de autonomía política, la resistencia a la improvisación y una visión del Estado como estructura que debe ser fortalecida, no utilizada como instrumento coyuntural. La herencia cardenista, lejos de ser un recurso narrativo, se convierte en un parámetro de comparación constante que influirá tanto en sus decisiones dentro del sistema como, más adelante, en su ruptura con él.
El ingreso al sistema político y el aprendizaje institucional
Cárdenas inicia su carrera dentro del sistema priista en un momento en que el partido funcionaba como eje articulador del Estado. Ocupa cargos administrativos y de gobierno que le permiten conocer desde dentro las reglas formales y no formales del poder, así como los límites de la institucionalidad.
Su experiencia como gobernador de Michoacán resulta decisiva. Ahí enfrenta problemas estructurales de desigualdad, centralismo y presión política, consolidando una visión crítica del modelo de desarrollo y del funcionamiento real del régimen político mexicano.
La ruptura de 1988 y la construcción de la oposición
La ruptura con el PRI y la candidatura presidencial de 1988 marcan un punto de quiebre en su trayectoria. Más que un episodio electoral, este momento representa la fractura de un sistema cerrado a la competencia democrática.
A partir de entonces, Cárdenas se convierte en un articulador de fuerzas opositoras diversas y en un referente de la transición democrática. La fundación del Partido de la Revolución Democrática refleja un intento de institucionalizar la disidencia y abrir espacios de participación política duradera.
Gobernar desde la alternancia
La jefatura de gobierno del Distrito Federal constituye la primera experiencia de alternancia política en una entidad central del país. Gobernar desde la oposición implica enfrentar resistencias institucionales, construir nuevas reglas y responder a una ciudadanía altamente politizada.
Su gestión se caracteriza por la búsqueda de equilibrios entre estabilidad administrativa y apertura democrática, sentando precedentes para el ejercicio del gobierno local fuera del partido hegemónico.
La obra escrita: política, memoria y reflexión histórica
La obra de Cuauhtémoc Cárdenas acompaña y complementa su trayectoria política. Sus libros abordan temas como la democracia, la soberanía, la reforma del Estado y la memoria histórica desde un tono analítico y documental.
Cárdenas por Cárdenas ocupa un lugar central en esta producción, al reconstruir la vida de Lázaro Cárdenas del Río a partir de documentos originales. Otras obras suyas continúan esta línea reflexiva, alejadas del testimonio personal y centradas en procesos históricos y políticos de largo aliento.
Perfil público y vigencia
En etapas recientes, Cárdenas ha mantenido una presencia pública activa sin ocupar cargos de gobierno. Su intervención se concentra en debates estratégicos sobre democracia, soberanía energética y fortalecimiento institucional.
Su figura representa una forma de hacer política asociada a la coherencia y a los procesos históricos prolongados más que a la inmediatez electoral. Su biografía y su obra permiten comprender las tensiones y límites de la democracia mexicana contemporánea.
(By Notas de Libertad).





La Navidad en México: el rito que aprendió a hablar en muchas lenguas
Historia viva de una celebración que cruzó océanos, se mezcló con dioses antiguos, aprendió a cantarse en patios y plazas, y terminó convirtiéndose en una de las tradiciones más profundas, complejas y emotivas del país.
Antes del pesebre: el invierno sagrado en el mundo indígena
El tiempo del frío como umbral ritual y cósmico, cuando el calendario, el fuego y la comunidad preparaban el renacimiento del mundo antes de que llegara el cristianismo.
El calendario mexica y el sentido ritual del solsticio
Mucho antes de que el pesebre se instalara en patios y templos, el invierno ya era en Mesoamérica un tiempo cargado de significado profundo. Los pueblos indígenas no concebían el calendario como una sucesión neutra de días, sino como un tejido sagrado donde el movimiento del sol, las lluvias y las cosechas determinaban la vida espiritual y social. El tiempo no se medía: se obedecía. En el centro de México, el calendario mexica articulaba el año en veintenas rituales, y el tránsito hacia el final del ciclo solar coincidía con celebraciones profundamente vinculadas al orden del cosmos. Panquetzaliztli y Atemoztli, meses documentados por cronistas del siglo XVI, marcaban un periodo donde el frío, la escasez relativa y la expectativa del nuevo ciclo imponían recogimiento y solemnidad.
El invierno no era una estación pasiva. Era un umbral. El sol parecía debilitarse, las noches se alargaban y la comunidad se preguntaba, de manera simbólica y colectiva, si el orden del mundo lograría sostenerse una vez más. Por ello, los rituales de este periodo no eran festivos en un sentido superficial, sino profundamente estructurantes. El calendario indicaba cuándo reunirse, cuándo ayunar, cuándo ofrecer alimentos y cuándo cantar. El tiempo se obedecía, y en esa obediencia se fundaba una primera noción de comunidad ritual.
Huitzilopochtli, el nacimiento simbólico del sol
En el corazón del invierno mexica se encontraba uno de los relatos fundacionales más poderosos: el nacimiento de Huitzilopochtli. Según las fuentes indígenas recopiladas tras la Conquista, el dios nacía armado y victorioso, restaurando el equilibrio cósmico tras una amenaza de destrucción. No se trataba de un nacimiento doméstico ni tierno, sino de un acto cósmico de afirmación del orden. El sol, encarnado en la figura del dios, volvía a imponerse a la oscuridad. El mundo, una vez más, continuaba.
Este mito no puede leerse como un antecedente directo del nacimiento de Cristo, pero sí como una evidencia clara de que el acto de nacer, en pleno invierno, ya estaba cargado de sentido regenerador. Celebrar ese nacimiento implicaba asegurar la continuidad de la vida, de la agricultura y de la comunidad. El nacimiento no era solo biológico: era simbólico, político y colectivo.
Fuego, comida y comunidad en el invierno prehispánico
El invierno indígena se sostenía en tres ejes fundamentales: el fuego, la comida compartida y la reunión comunitaria. El fuego era centro físico y simbólico. Encenderlo, mantenerlo y ofrecerle alimentos significaba asegurar la continuidad del hogar y del mundo. La comunidad se reunía en torno a él para reafirmar la pertenencia y el pacto colectivo con el tiempo.
La comida tenía un carácter ritual preciso. No se trataba de abundancia ostentosa, sino de alimentos con valor simbólico: maíz, tamales, atoles y preparaciones colectivas que recordaban el origen agrícola de la vida. Comer juntos no era un acto cotidiano, sino una reafirmación del nosotros.
La música, la danza y el orden ceremonial
El invierno también se cantaba y se danzaba. La música indígena no era entretenimiento, sino estructura ritual. Instrumentos de percusión, flautas y cantos colectivos acompañaban las ceremonias, marcando el ritmo del tiempo sagrado. Cada sonido tenía función; cada danza tenía un orden preciso.
Los cantos eran memoria oral. Transmitían mitos, normas y advertencias. En ellos se recordaba el origen del mundo, el papel de los dioses y la responsabilidad humana frente al equilibrio cósmico.
El concepto de renovación antes de la Navidad
Para los pueblos mesoamericanos, el tiempo no era lineal. Era cíclico. Cada cierre de ciclo implicaba el riesgo del fin y la posibilidad del renacimiento. El invierno concentraba esa tensión. Por eso los rituales no eran decorativos, sino necesarios.
Este concepto de renovación antecede claramente a la Navidad cristiana. La idea de que algo nace para que el mundo continúe ya estaba presente, profundamente arraigada.
Lo que sobrevivió y lo que fue transformado
Cuando la Navidad cristiana se instauró en la Nueva España, no encontró una tierra vacía de rituales. Encontró prácticas, símbolos y tiempos ya sacralizados. Sobrevivieron el sentido comunitario, la centralidad de la comida compartida, el canto colectivo y la idea del nacimiento como renovación.
La piñata, el canto, la reunión nocturna, el fuego simbólico y la mesa compartida no surgieron de la nada. Son herencias resignificadas.
La Navidad llega por mar: evangelización y calendario cristiano
La instauración del tiempo litúrgico europeo en la Nueva España y la lenta traducción de la fe a un territorio que ya conocía el peso ritual del invierno.
Las primeras Navidades en la Nueva España
La Navidad cristiana llegó a México por mar, junto con los primeros frailes y soldados, como parte inseparable del proyecto de conquista y evangelización. Las fuentes documentales del siglo XVI registran que, apenas consumada la caída de México-Tenochtitlan, comenzaron a celebrarse oficios religiosos correspondientes al calendario litúrgico europeo, incluida la conmemoración del nacimiento de Cristo. Estas primeras Navidades no fueron celebraciones abiertas ni populares, sino rituales estrictamente controlados, realizados en espacios cerrados y bajo la autoridad directa de la Iglesia.
Las ceremonias se llevaron a cabo en conventos recién fundados, capillas provisionales y recintos que funcionaban como centros de poder religioso. Eran misas solemnes, celebradas en latín, acompañadas por cantos europeos y lecturas bíblicas incomprensibles para la mayoría de la población indígena. La Navidad, en sus primeras décadas, no buscaba integración sino afirmación: marcar un nuevo orden espiritual y simbólico sobre un territorio recién sometido.
Para los pueblos indígenas, aquellas celebraciones resultaban ajenas en su forma y lenguaje, pero no del todo extrañas en su estructura profunda. La idea de un nacimiento sagrado celebrado en invierno no chocaba frontalmente con su cosmovisión. Lo que cambiaba era el relato, la figura divina y la narrativa de salvación. Ese punto de contacto simbólico sería clave para el proceso de adaptación posterior.
Franciscanos, dominicos y agustinos: pedagogía del rito
Las órdenes religiosas entendieron pronto que la evangelización no podía sostenerse únicamente en la imposición doctrinal. Franciscanos, dominicos y agustinos desarrollaron una estrategia pedagógica basada en el rito, la repetición y la imagen. La Navidad ofrecía un marco privilegiado para ese objetivo: un relato comprensible, una escena familiar, un niño que nacía, una historia que podía representarse sin necesidad de largas explicaciones teológicas.
Los frailes utilizaron la Navidad como una herramienta de enseñanza emocional. El nacimiento de Cristo se mostraba, se escenificaba y se repetía año con año, hasta fijarse en la memoria colectiva. El énfasis no estaba en el dogma abstracto, sino en la experiencia: mirar, escuchar, participar. La fe se aprendía a través de los sentidos.
Este método no eliminó las creencias previas, pero sí reordenó los símbolos. El cristianismo no llegó a un vacío cultural; se superpuso a una sociedad profundamente ritualizada. La Navidad funcionó como un puente narrativo entre dos mundos, permitiendo que el mensaje cristiano se filtrara a través de formas que resultaban familiares, aunque su significado último fuera distinto.
La Misa de Gallo y su instauración en territorio novohispano
Uno de los rituales más significativos de la Navidad cristiana fue la Misa de Gallo. Celebrada en la noche del 24 de diciembre, esta ceremonia fue introducida tempranamente en la Nueva España como parte del calendario litúrgico oficial. Su carácter nocturno, solemne y comunitario la dotó de una fuerza simbólica particular.
La noche tenía un peso ritual tanto en la tradición cristiana como en las cosmovisiones indígenas. Reunirse cuando el día terminaba, esperar el anuncio del nacimiento y participar colectivamente en un acto ceremonial conectaba con prácticas preexistentes ligadas al movimiento de los astros y a los ciclos del tiempo. Sin proponérselo, la Misa de Gallo dialogó con esa sensibilidad ancestral.
Con el paso de los años, esta ceremonia se convirtió en el eje central de la celebración navideña. Marcaba el inicio formal de la fiesta y ordenaba el resto de las prácticas: la reunión familiar, la comida posterior, el descanso y la continuidad del día siguiente. La Navidad comenzaba de noche, reforzando su carácter de umbral entre un tiempo que se cierra y otro que nace.
El nacimiento como instrumento visual de evangelización
El pesebre fue uno de los instrumentos más eficaces de la evangelización. Introducido desde Europa, el nacimiento permitía contar la historia cristiana sin palabras. Las figuras, los gestos y la escena completa funcionaban como un catecismo visual accesible para una población mayoritariamente no alfabetizada.
Los frailes comprendieron el poder de la imagen en una cultura acostumbrada a la representación simbólica. El nacimiento mostraba jerarquías, valores y roles: la humildad, la obediencia, la familia, la divinidad hecha carne. No hacía falta explicar: bastaba mirar. La escena se convertía en enseñanza.
Con el tiempo, los nacimientos comenzaron a salir de los templos y a instalarse en casas, patios y espacios comunitarios. Ahí inició una apropiación local que transformaría profundamente la Navidad mexicana. Los materiales cambiaron, los paisajes se volvieron familiares y el pesebre dejó de ser europeo para comenzar a hablar en clave local.
Lenguas indígenas y villancicos tempranos
La música fue otro vehículo fundamental de la evangelización navideña. Los villancicos, traídos de España, fueron traducidos y adaptados a lenguas indígenas como el náhuatl, el otomí y el purépecha. Esta traducción no fue solo lingüística, sino cultural: los ritmos, las melodías y las formas de canto se ajustaron a sensibilidades locales.
Cantar la Navidad en lengua indígena permitió que el mensaje cristiano se internalizara de manera más profunda. El canto fijaba el relato en la memoria, lo hacía repetible y compartido. La Navidad se aprendía cantando, participando y escuchando al otro. No era un rito pasivo, sino colectivo.
Estos villancicos tempranos sentaron las bases de una tradición musical navideña que, con el tiempo, se volvería profundamente mexicana. La repetición anual consolidó un repertorio mestizo donde el origen europeo y la expresión local comenzaron a entrelazarse de manera irreversible.
La Navidad como nuevo orden del tiempo
Más allá de la fe, la Navidad funcionó como un instrumento de reorganización del tiempo social. El calendario cristiano estructuró el año, marcó descansos, celebraciones y jerarquías. La Navidad, ubicada al final del ciclo anual, adquirió un valor simbólico de cierre y renovación que dialogaba con concepciones indígenas previas.
La imposición del calendario no eliminó de inmediato los rituales antiguos, pero los desplazó progresivamente. La Navidad se convirtió en el gran rito del invierno, absorbiendo prácticas, resignificando gestos y estableciendo una narrativa dominante. El tiempo dejó de contarse según los dioses antiguos, pero siguió sintiéndose como un ciclo que debía renovarse.
Así, la Navidad en la Nueva España no fue solo una fiesta religiosa. Fue una herramienta de enseñanza, de control simbólico y de integración cultural. Un rito importado que, al tocar tierra, comenzó a transformarse lentamente en algo distinto: una celebración mestiza, profundamente mexicana, que seguiría cambiando con los siglos.
Las posadas: teatro, canto y calle
Cuando la Navidad salió del templo y se volvió caminata, canto colectivo y rito compartido en patios, barrios y plazas.
Origen histórico de las posadas en la Nueva España
Las posadas surgieron en la Nueva España durante el siglo XVI como una estrategia pastoral destinada a reforzar el mensaje cristiano fuera del espacio estrictamente litúrgico. Su instauración se vincula a la labor evangelizadora de los agustinos, particularmente en la región central del territorio novohispano, donde se documenta la autorización eclesiástica para celebrar misas y actos devocionales durante los nueve días previos a la Navidad. Estas celebraciones, conocidas como “misas de aguinaldo”, marcaron el antecedente directo de las posadas.
A diferencia de otros rituales importados desde Europa, las posadas nacieron con una vocación claramente itinerante y comunitaria. No se trataba de un acto confinado al templo, sino de una ceremonia que debía desplazarse, tocar puertas, recorrer calles y reunir a la comunidad. Esta característica las distinguió desde el inicio y facilitó su arraigo en una sociedad acostumbrada a los rituales colectivos y a las procesiones ceremoniales.
Con el paso del tiempo, las misas de aguinaldo fueron perdiendo su carácter estrictamente clerical y se transformaron en celebraciones populares. La posada dejó de ser una extensión del templo para convertirse en una práctica social compartida, organizada por los propios vecinos y reproducida año con año como una tradición viva.
La dramatización del peregrinaje
El corazón simbólico de la posada es la dramatización del peregrinaje de José y María en busca de alojamiento. Este acto, aparentemente sencillo, encierra una compleja carga ritual. Caminar, pedir posada y ser rechazado varias veces antes de encontrar refugio reproduce una narrativa de exclusión y acogida que conecta profundamente con la experiencia comunitaria.
La dramatización no requiere escenario elaborado ni actores profesionales. Basta la calle, el patio o la puerta de una casa. La repetición del acto, noche tras noche, fija el relato en la memoria colectiva. Cada negativa, cada respuesta cantada y cada apertura final de la puerta refuerzan el sentido de espera, tránsito y culminación.
Este componente teatral permitió que la posada se convirtiera en un rito participativo. Nadie es solo espectador. Todos cantan, caminan, responden y celebran. La historia no se contempla: se vive.
El canto responsorial y la memoria oral
El canto es el eje estructural de la posada. El diálogo musical entre quienes piden posada y quienes la niegan establece un esquema responsorial que facilita la participación colectiva. La letra, repetida año tras año, se aprende por memoria, no por lectura. Así, la posada se transmite oralmente, de generación en generación. Este tipo de canto colectivo encuentra resonancia en tradiciones prehispánicas donde la música cumplía una función ritual y comunitaria. La repetición, el ritmo y la respuesta coral fortalecen el sentido de pertenencia. La letra de la posada no solo narra un episodio bíblico; también enseña valores: hospitalidad, humildad, perseverancia y solidaridad.
Patios, barrios y haciendas: los espacios de la posada
Uno de los rasgos distintivos de la posada es su capacidad de adaptarse a distintos espacios. En ciudades, pueblos y zonas rurales, la posada encontró siempre un lugar: patios familiares, barrios enteros, vecindades, haciendas y plazas públicas.
En las haciendas, la posada adquirió una dimensión colectiva que reunía a trabajadores, familias y propietarios en un mismo ritual, aunque no necesariamente en condiciones de igualdad. En los barrios urbanos, reforzó la identidad vecinal y el reconocimiento mutuo.
Esta flexibilidad espacial permitió que la posada sobreviviera a transformaciones urbanas, cambios sociales y rupturas políticas.
Comida, bebida y hospitalidad ritual
El momento en que la puerta finalmente se abre marca un giro decisivo dentro de la posada. El rito deja de ser tránsito y canto para convertirse en acogida concreta. La hospitalidad se expresa en comida y bebida compartidas, sellando simbólicamente el peregrinaje.
La mesa no busca ostentación. Frutas, dulces y alimentos sencillos recuerdan que la hospitalidad depende de la voluntad de compartir.
Este gesto enlaza la posada con antiguas tradiciones mesoamericanas donde alimentar al otro era reconocerlo como parte del grupo.
La posada como acto comunitario
Más allá de su contenido religioso, la posada se consolidó como un acto profundamente comunitario. Exige organización, acuerdos y participación activa. Año con año, reactiva vínculos, recompone relaciones y renueva el reconocimiento mutuo. No depende exclusivamente de la Iglesia ni del mercado. Mientras haya una comunidad dispuesta a caminar junta y a cantar, la posada persiste como uno de los rituales más vivos de la Navidad mexicana.
La mesa de diciembre: comer para recordar
La cocina navideña como archivo vivo de mestizaje, memoria y pertenencia, donde cada platillo conserva capas de historia.
El bacalao y la herencia del mar lejano
El bacalao llegó a México como parte del legado culinario europeo durante el periodo virreinal. Su presencia en la mesa navideña no responde a la disponibilidad local del ingrediente, sino a una tradición profundamente arraigada en la cultura católica europea, donde el consumo de pescado estaba asociado a los tiempos litúrgicos de vigilia y abstinencia. En la Nueva España, el bacalao seco y salado podía transportarse largas distancias sin descomponerse, lo que facilitó su incorporación a las celebraciones de fin de año.
Con el paso del tiempo, el bacalao dejó de ser un platillo estrictamente religioso para convertirse en una receta familiar transmitida de generación en generación. La preparación mexicana se apartó de los modelos europeos al incorporar ingredientes locales como jitomate, chile, aceitunas, alcaparras y, en algunos casos, frutos secos. Cada familia desarrolló su propia versión, convirtiendo al bacalao en un platillo de identidad doméstica más que de ortodoxia culinaria.
Servir bacalao en Navidad es, hasta hoy, un gesto de continuidad histórica. En cada cazuela conviven el comercio transatlántico, la disciplina religiosa y la creatividad local. Comer bacalao no es solo consumir un platillo: es participar de una memoria que cruza océanos y siglos.
Romeritos, mole y persistencia indígena
A diferencia del bacalao, los romeritos remiten directamente a la herencia indígena. El romerito, planta originaria del centro de México, era consumido desde antes de la Conquista y se mantuvo en la dieta novohispana gracias a su adaptación a los tiempos de vigilia. Su combinación con mole y tortitas de camarón seco refleja un proceso complejo de continuidad y transformación cultural.
El mole, resultado del encuentro entre ingredientes indígenas y técnicas europeas, se convirtió en un símbolo profundo de la cocina mexicana. En los romeritos navideños, el mole no solo aporta sabor, sino densidad histórica. Cada cucharada reúne el mundo prehispánico, el orden colonial y la creatividad popular que permitió integrar ambos universos sin anularlos.
Este platillo demuestra que la mesa navideña mexicana no es homogénea ni importada en bloque. Es un espacio donde la tradición indígena no solo sobrevivió, sino que se integró activamente a la celebración cristiana, resignificando el ayuno y la fiesta.
Tamales, atole y continuidad ritual
Los tamales y el atole son quizá los alimentos más antiguos de la mesa navideña mexicana. Su consumo ritual antecede con mucho a la Navidad cristiana. En Mesoamérica, ambos estaban ligados a ceremonias comunitarias, celebraciones agrícolas y momentos de tránsito ritual. La Colonia no erradicó estas prácticas; las reubicó dentro del nuevo calendario.
Durante diciembre, los tamales reaparecen como alimento colectivo por excelencia. Su preparación exige tiempo, cooperación y conocimiento transmitido. Hacer tamales es, en sí mismo, un acto comunitario que convoca manos, memorias y conversaciones. El atole, caliente y espeso, acompaña las noches frías y refuerza la lógica del cuidado compartido.
En la Navidad mexicana, tamales y atole funcionan como un hilo de continuidad que conecta el pasado indígena con el presente. No son un complemento: son una base simbólica que sostiene la celebración desde lo cotidiano.
Ponche, frutas y el calendario del invierno
El ponche navideño es una de las expresiones más claras de la relación entre la Navidad mexicana y el calendario natural. No es una bebida arbitraria ni intercambiable: nace del invierno y solo cobra sentido pleno en él. La bebida caliente cumple una función práctica y simbólica: reconforta el cuerpo y acompaña el rito nocturno. Sus ingredientes tradicionales —guayaba, tejocote, caña de azúcar, ciruela pasa, manzana y, en algunas regiones, tamarindo— responden a la disponibilidad estacional y a una lógica agrícola que antecede al consumo moderno deslocalizado.
El carácter caliente del ponche cumple una función concreta en las celebraciones nocturnas de diciembre. Acompaña las caminatas de las posadas, reconforta después del canto y reúne a las personas en torno a una olla común.
La preparación del ponche es profundamente doméstica. No existe una receta única ni canónica. Cada familia ajusta ingredientes, dulzor y especias según la memoria heredada y el gusto propio. Esa flexibilidad ha permitido que el ponche sobreviva como tradición viva. En la Navidad mexicana, el ponche no es solo una bebida: es una forma de habitar el invierno.
Dulces, buñuelos y la huella del azúcar
La incorporación del azúcar a la cocina novohispana transformó de manera profunda las celebraciones festivas, y la Navidad fue uno de los espacios donde ese cambio se hizo más visible. Proveniente de los ingenios azucareros establecidos durante la Colonia, el azúcar pasó de ser un producto escaso a convertirse en un ingrediente central de la repostería ceremonial.
Los conventos desempeñaron un papel clave en este proceso. En ellos se desarrollaron técnicas, recetas y combinaciones que dieron origen a una amplia tradición dulcera asociada a las festividades religiosas. Buñuelos, turrones, frutas cristalizadas y otros postres comenzaron a circular como parte indispensable de la mesa navideña.
Los buñuelos adquirieron un lugar simbólico asociado al cierre del año. Su forma circular, su textura crujiente y su consumo colectivo los vincularon con rituales domésticos que celebran el final de un ciclo y la esperanza del siguiente. Comer buñuelos en Navidad es participar de una tradición donde el gozo material y el tiempo simbólico se entrelazan.
La mesa como espacio de memoria familiar
Más allá de los platillos específicos, la mesa navideña funciona como un espacio de memoria activa. Es el lugar donde se repiten gestos aprendidos, se recuperan recetas heredadas y se actualizan relatos familiares. Cada preparación convoca recuerdos: quién enseñó la receta, en qué casa se comía, quién ya no está presente. La cocina se convierte así en un archivo afectivo.
La disposición de la mesa, los tiempos de la comida y el orden en que se sirven los platillos construyen una coreografía que no se improvisa. Se aprende por repetición, por observación y por pertenencia. Sentarse a la mesa en Navidad es ingresar a un ritual doméstico donde cada quien ocupa un lugar, literal y simbólico.
En la Navidad mexicana, la mesa no es solo un sitio para alimentarse. Es un espacio donde el pasado se hace presente, donde la historia familiar se actualiza y donde la comunidad —sea nuclear o ampliada— se reconoce a sí misma. Comer juntos no es un acto accesorio de la celebración: es su núcleo más íntimo y persistente.
Pastorelas, villancicos y el arte de enseñar cantando
La Navidad como escena compartida y memoria cantada, donde el teatro popular y la música formaron conciencia colectiva y tradición viva.
El origen colonial de las pastorelas
Las pastorelas nacieron en la Nueva España durante el siglo XVI como una estrategia de evangelización profundamente ligada al teatro. Las órdenes religiosas comprendieron que la palabra escrita y el sermón no bastaban para transmitir el mensaje cristiano en un territorio con lenguas, códigos y memorias distintas. Era necesario mostrar la historia, ponerla en movimiento, hacerla visible y comprensible. Así, el relato del nacimiento de Cristo se convirtió en una representación escénica accesible para todos.
Inspiradas en autos sacramentales europeos, las pastorelas fueron adaptadas rápidamente al contexto novohispano. Se representaban en atrios, patios y plazas, espacios abiertos donde la comunidad podía reunirse sin barreras. La historia de los pastores que caminan hacia Belén se convirtió en una metáfora cercana: un viaje lleno de obstáculos, tentaciones y dudas, similar al tránsito cotidiano de la propia comunidad.
Con el tiempo, estas representaciones dejaron de depender exclusivamente del clero. Pasaron a manos del pueblo, que las reprodujo, transformó y transmitió. Así, las pastorelas dejaron de ser solo catequesis teatral para convertirse en tradición viva, repetida año con año como parte inseparable de la Navidad mexicana.
El diablo como figura pedagógica y social
El personaje del diablo es uno de los elementos más distintivos de la pastorela mexicana. Su función original era claramente pedagógica: representar el mal de forma visible, concreta y comprensible. El diablo aparece para desviar a los pastores, sembrar dudas y poner trampas en su camino. No es un enemigo abstracto, sino una presencia activa que dialoga, provoca y tienta.
Con el paso del tiempo, este personaje adquirió rasgos profundamente locales. Su lenguaje se volvió coloquial, sus referencias se actualizaron y su conducta comenzó a reflejar vicios reconocibles de la vida cotidiana. Así, el diablo dejó de ser solo una figura teológica para convertirse en un espejo crítico de la sociedad: la pereza, la corrupción, la soberbia o el engaño se filtraron en sus parlamentos.
Este giro no debilitó el sentido moral de la pastorela; al contrario, lo fortaleció. El público reconocía en el diablo actitudes reales y cercanas, lo que hacía más significativo su eventual fracaso. El triunfo del bien no se presentaba como una abstracción, sino como una posibilidad concreta alcanzada tras identificar y enfrentar las tentaciones.
Los pastores y la representación del pueblo
Los pastores ocupan el centro narrativo de la pastorela porque encarnan al pueblo común. No son héroes ni figuras solemnes; son personajes sencillos, vulnerables, a veces ingenuos, que avanzan con dudas y tropiezos. Su camino hacia el nacimiento de Cristo no es recto ni seguro, y precisamente por eso resulta cercano.
Esta identificación fue clave para el arraigo de las pastorelas en México. El público no observaba una historia distante, sino una representación simbólica de su propia experiencia colectiva. Los pastores hablan como el pueblo, bromean como el pueblo y enfrentan obstáculos reconocibles. Su humanidad imperfecta refuerza la idea de que el acceso a lo sagrado no exige pureza absoluta, sino perseverancia.
A través de los pastores, la pastorela afirma una visión profundamente comunitaria de la fe. El camino se recorre en grupo, se avanza con ayuda mutua y se llega juntos al final del trayecto. Esta lógica colectiva explica por qué las pastorelas sobrevivieron al paso del tiempo y siguen representándose como un acto compartido.
Villancicos: música que enseña y permanece
Los villancicos llegaron a la Nueva España como parte del repertorio musical europeo asociado a la Navidad. Sin embargo, su éxito no se debió únicamente a su origen religioso, sino a su estructura sencilla y repetitiva, ideal para la transmisión oral. Cantar villancicos permitió aprender el relato navideño sin necesidad de leerlo ni memorizarlo como doctrina.
La música cumplió así una función educativa silenciosa. Las letras narraban el nacimiento, exaltaban valores y reforzaban la idea de comunidad. El canto colectivo transformó la enseñanza religiosa en experiencia compartida, fijando el mensaje en la memoria emocional más que en la intelectual.
Con el tiempo, los villancicos salieron del espacio litúrgico y se integraron a la vida doméstica. Se cantaron en casas, calles y posadas, convirtiéndose en un lenguaje común de la Navidad. Su permanencia demuestra que la música es uno de los vehículos más eficaces de la memoria cultural.
Lengua, humor y apropiación popular
Uno de los rasgos más notables de las pastorelas y villancicos en México es su capacidad de adaptación lingüística. El uso del español popular, así como de lenguas indígenas en distintas regiones, permitió que estas expresiones fueran comprendidas y apropiadas por amplios sectores de la población. La Navidad hablaba el idioma de quienes la celebraban.
El humor desempeñó un papel central en este proceso. Chistes locales, referencias contemporáneas e improvisaciones permitieron que las representaciones se actualizaran cada año. Esta flexibilidad evitó que las pastorelas se convirtieran en piezas rígidas o intocables. La risa funcionó como un mecanismo de apropiación y continuidad.
Gracias a esta capacidad de adaptación, la tradición no se congeló. Cada generación añadió matices sin borrar la estructura original. Así, la Navidad escénica se mantuvo viva, cercana y relevante, incluso en contextos sociales cambiantes.
Teatro, música y comunidad como ritual vivo
La combinación de teatro y música convirtió a la Navidad en un acontecimiento comunitario integral. Ensayar una pastorela, preparar los cantos y organizar la representación implica tiempo compartido, acuerdos y cooperación. La celebración no se limita al momento de la función: comienza mucho antes y se extiende en la convivencia.
Este proceso fortalece los lazos sociales. Quienes participan no solo representan una historia, sino que construyen comunidad. La Navidad deja de ser un espectáculo para convertirse en una obra colectiva donde todos tienen un papel.
Por eso, las pastorelas y los villancicos siguen vigentes. Más allá de cambios estéticos o tecnológicos, conservan su función esencial: enseñar sin imponer, reunir sin excluir y recordar que la celebración cobra sentido pleno cuando se vive y se canta en común.
Regalos, infancia y el nacimiento de la ilusión
Cuando la Navidad se volvió promesa, sorpresa y pedagogía del afecto, y la infancia ocupó el centro simbólico de la celebración.
El regalo como gesto ritual y no como mercancía
En sus primeras manifestaciones, el acto de regalar en Navidad no estuvo ligado al consumo, sino al símbolo. El obsequio funcionaba como una extensión del rito: un gesto de reconocimiento, gratitud y vínculo. En el mundo cristiano, el referente narrativo eran los dones de los Reyes Magos; en la práctica cotidiana, el regalo era modesto, cargado de intención más que de valor material.
En la Nueva España y durante buena parte del siglo XIX, los regalos navideños eran escasos y significativos. Podían consistir en ropa, alimentos especiales o pequeños objetos elaborados a mano. El acto de dar no buscaba sorprender por abundancia, sino afirmar pertenencia y cuidado. El regalo cerraba el ciclo ritual iniciado con las posadas y la Nochebuena.
Esta lógica simbólica permitió que el regalo se integrara sin romper la estructura comunitaria de la Navidad. Antes de convertirse en mercancía, fue un lenguaje afectivo que comunicaba presencia y memoria compartida.
La infancia como centro de la celebración
El desplazamiento progresivo de la infancia al centro de la Navidad es un proceso histórico. Durante siglos, los rituales navideños estuvieron orientados a la comunidad en su conjunto. Sin embargo, a partir del siglo XIX, y con mayor claridad en el XX, la figura del niño comenzó a adquirir un protagonismo simbólico creciente.
La Navidad empezó a leerse como una celebración del nacimiento, de la esperanza y del futuro. En ese marco, la infancia se convirtió en depositaria natural del sentido festivo. Las dinámicas familiares se reorganizaron en torno a los niños, y la ilusión pasó a ser un valor central.
Este cambio no anuló el carácter comunitario de la fiesta, pero sí la reorientó. La mesa, los cantos y los regalos comenzaron a pensarse desde la mirada infantil, estableciendo una pedagogía del afecto que enseñaba a cuidar, esperar y compartir.
Los Reyes Magos y la espera como aprendizaje
En México, la figura de los Reyes Magos adquirió una relevancia particular. Más allá de la tradición bíblica, los Reyes se convirtieron en un dispositivo cultural de la espera. La noche del 5 de enero y la mañana del 6 establecieron un tiempo suspendido donde la ilusión se construye lentamente.
Esperar a los Reyes no es solo aguardar un regalo; es aprender a desear, a imaginar y a confiar. La infancia mexicana incorporó este ritual como una experiencia formativa. La carta, el zapato y el despertar temprano construyen una narrativa donde el tiempo importa tanto como el resultado.
Este ritual reforzó una pedagogía emocional basada en la expectativa y la sorpresa. La Navidad se prolonga así más allá del 25 de diciembre, extendiendo su efecto simbólico hasta el Día de Reyes y consolidando un calendario afectivo propio.
El nacimiento del Niño Dios y el cuidado simbólico
Junto a los Reyes Magos, la figura del Niño Dios ocupa un lugar central en la Navidad mexicana. Colocar al Niño en el nacimiento, arrullarlo y vestirlo no son gestos decorativos: son actos simbólicos de cuidado. La comunidad —especialmente las familias— se reconoce como responsable de proteger lo frágil.
Estas prácticas refuerzan una ética del cuidado que atraviesa la celebración. El Niño no es solo una figura religiosa; es una representación de la vulnerabilidad que necesita ser atendida. Al cuidar al Niño, se aprende a cuidar al otro.
Este ritual conecta la Navidad con una pedagogía silenciosa donde el afecto se practica. La fiesta no se limita a recordar un nacimiento, sino a reproducir una actitud de responsabilidad y ternura compartida.
Del gesto íntimo al consumo masivo
Durante el siglo XX, el crecimiento urbano, la industrialización y la publicidad transformaron profundamente el significado del regalo navideño. El gesto simbólico comenzó a desplazarse hacia el consumo. La abundancia se volvió signo de celebración y el mercado encontró en la Navidad un espacio privilegiado.
Este cambio no ocurrió de manera homogénea ni inmediata. Conviven, hasta hoy, prácticas íntimas y dinámicas comerciales. Sin embargo, la presión del consumo modificó expectativas y rituales, especialmente en torno a la infancia, que pasó a ser destinataria principal de campañas y narrativas comerciales.
La Navidad mexicana ha tenido que negociar constantemente entre estas dos lógicas: la del afecto simbólico y la del mercado. La tensión entre ambas define buena parte de las prácticas contemporáneas.
La ilusión como herencia cultural
A pesar de los cambios, la ilusión sigue siendo uno de los núcleos más resistentes de la Navidad. No depende exclusivamente del regalo material, sino de la construcción colectiva de un tiempo distinto. La ilusión se hereda, se enseña y se recrea.
Contar historias, preparar sorpresas y sostener rituales aparentemente pequeños construye una memoria emocional que perdura. Quienes fueron niños recuerdan la espera, la sorpresa y el asombro, y reproducen esos gestos con nuevas generaciones.
Así, la Navidad mexicana conserva una dimensión profundamente humana. Más allá del mercado, sigue siendo un espacio donde la ilusión se cultiva como forma de esperanza compartida, recordando que celebrar también es enseñar a creer.
La Navidad contemporánea: entre fe, mercado y memoria
El tiempo presente de la Navidad mexicana, donde conviven la devoción heredada, el consumo masivo y la persistencia de la memoria comunitaria.
La expansión del mercado y la transformación del rito
En las últimas décadas, la Navidad mexicana ha sido profundamente atravesada por la lógica del mercado. La expansión de centros comerciales, campañas publicitarias y calendarios de consumo reconfiguró los tiempos y expectativas de la celebración. La temporada navideña comenzó a adelantarse en el calendario y a ocupar espacios públicos y privados con una intensidad inédita.
Este proceso no eliminó los rituales tradicionales, pero sí los rodeó de nuevas presiones simbólicas. El regalo, la decoración y la experiencia festiva comenzaron a medirse en términos de abundancia, novedad y visibilidad. La Navidad se convirtió, para amplios sectores urbanos, en un evento planificado desde el consumo.
Sin embargo, esta transformación no fue homogénea ni total. En muchas comunidades, el mercado convive con prácticas heredadas que resisten la lógica de la sustitución. La tensión entre rito y mercancía define buena parte del paisaje navideño contemporáneo.
La fe en tiempos de pluralidad
La Navidad actual se celebra en un contexto de pluralidad religiosa y cultural. Aunque su origen cristiano permanece visible, convive con una diversidad de creencias, prácticas y formas de participación. Para algunos, la Navidad sigue siendo un tiempo de profunda devoción; para otros, una tradición cultural desvinculada de la fe institucional.
Esta pluralidad no ha borrado los símbolos centrales, pero sí los ha resignificado. El nacimiento, las posadas y los cantos pueden ser vividos como actos religiosos, culturales o afectivos, según la experiencia de cada comunidad y familia. La fe se volvió una opción entre varias formas de sentido.
En este contexto, la Navidad mexicana demuestra una notable capacidad de adaptación. Permite distintos niveles de involucramiento sin romper su estructura básica, funcionando como un espacio compartido incluso entre quienes no comparten las mismas creencias.
La persistencia de los rituales comunitarios
A pesar de los cambios, los rituales comunitarios siguen siendo uno de los núcleos más resistentes de la Navidad. Las posadas, las pastorelas y las reuniones vecinales continúan realizándose en barrios, pueblos y colonias. Estos actos no dependen del mercado ni de la publicidad, sino de la voluntad colectiva.
La persistencia de estos rituales se explica por su función social. Reunir, cantar, caminar juntos y compartir comida responde a una necesidad de encuentro que trasciende épocas y contextos. La Navidad sigue siendo uno de los pocos momentos del año donde la comunidad se reactiva de manera visible.
En estos espacios, la memoria se renueva. Cada celebración retoma gestos antiguos y los adapta al presente, demostrando que la tradición no es repetición mecánica, sino recreación constante.
Familia, migración y nuevas configuraciones
La realidad contemporánea de la migración ha modificado profundamente la experiencia navideña en México. Muchas familias celebran con ausencias, reencuentros intermitentes o vínculos sostenidos a distancia. La Navidad se convirtió, para millones, en un tiempo de nostalgia y conexión transnacional.
Las videollamadas, los mensajes y los envíos de regalos sustituyen, en parte, la presencia física. Aun así, la fecha mantiene su carga emocional. La mesa puede estar incompleta, pero el ritual persiste como recordatorio de pertenencia.
Estas nuevas configuraciones no diluyen la Navidad; la transforman. La celebración se adapta a realidades complejas sin perder su función principal: sostener el vínculo incluso cuando la cercanía no es posible.
La memoria como resistencia cultural
En medio de la aceleración contemporánea, la memoria se convierte en una forma de resistencia. Preparar los mismos platillos, repetir los mismos cantos y conservar ciertos rituales funciona como un anclaje frente al cambio constante. La Navidad ofrece un tiempo donde el pasado tiene lugar.
Esta memoria no es estática ni idealizada. Se selecciona, se adapta y se transmite. Cada generación decide qué conservar y cómo hacerlo. En ese proceso, la Navidad se reafirma como un espacio donde la historia cotidiana encuentra continuidad.
Recordar no es oponerse al presente, sino dialogar con él. La memoria navideña mexicana demuestra que la identidad se construye tanto desde lo heredado como desde lo vivido.
Celebrar hoy: entre contradicción y sentido
La Navidad contemporánea se vive entre contradicciones evidentes: fe y consumo, recogimiento y exceso, memoria y espectáculo. Lejos de anularse, estas tensiones coexisten y definen la experiencia actual. Celebrar implica negociar significados.
En esa negociación, cada familia y comunidad construye su propia versión de la Navidad. Algunos privilegian el silencio y la devoción; otros, la reunión y la fiesta; otros, la nostalgia y el recuerdo. Todas estas formas caben dentro de una tradición amplia y flexible.
Así, la Navidad mexicana llega al presente sin perder su espesor histórico. Sigue siendo un tiempo donde el país se mira a sí mismo, reconoce sus transformaciones y, pese a todo, insiste en reunirse. Celebrar, hoy como ayer, es un acto de memoria compartida.
Que esta Navidad nos alcance sin ruido. Que llegue como llegan las cosas que importan: despacio, casi en silencio. Que nos encuentre alrededor de lo esencial —una mesa, una memoria, un gesto— y nos recuerde que estar juntos, aun en la fragilidad, sigue siendo una forma de esperanza. Celebrar no siempre es alegría plena; a veces es simplemente no soltarnos.
Que el tiempo nos conceda mirar con gratitud lo vivido y con cuidado lo que aún duele. Que sepamos abrazar lo que permanece, honrar lo que falta y sostener la luz, aunque sea pequeña. Porque mientras haya alguien dispuesto a compartir el pan, la palabra y la noche, la Navidad seguirá siendo un acto humano, profundo y necesario.
(By Notas de Libertad).


















































