
LA LEYENDA
58

La Leyenda 58
El país que aprende a despedirse sin dejar de amar
Hay días en que México no despierta: recuerda.
Recuerda con el cuerpo antes que con la cabeza. Con una punzada en el pecho, con una ausencia que ocupa más espacio que cualquier noticia. Son mañanas donde el país no pregunta qué sigue, sino quién falta. Donde el silencio pesa más que el ruido y la memoria se sienta a la mesa sin pedir permiso.
En esos días —como este— la vida no avanza en línea recta. Se detiene. Mira hacia atrás. Toca lo que fue suyo. Y duele. Pero también agradece.
La Leyenda llega a su entrega 58 desde ese lugar frágil y verdadero: el sitio donde el amor se convierte en memoria y la memoria se niega a desaparecer. No escribimos desde la épica ni desde el estruendo, sino desde lo que permanece cuando todo lo demás se mueve demasiado rápido. Desde los afectos que no hicieron ruido, pero sostuvieron el mundo. Desde las voces que nos acompañaron sin saberlo. Desde las risas que hoy entendemos como patrimonio emocional de un país.
México también se construye así: con presencias silenciosas, con canciones que alguien escuchó en soledad, con animales que fueron familia, con humor que nos enseñó a sobrevivir, con palabras que nos salvaron cuando no sabíamos cómo nombrar lo que sentíamos. Hay una política del afecto que nunca entra en los discursos oficiales, pero sin la cual nada funciona. Esa política —la que nace del cuidado, de la risa compartida, del amor que no pide aplauso— atraviesa estas páginas.
Esta no es una edición para correr. Es una para quedarse un momento más. Para aceptar que despedirse no siempre significa cerrar, y que recordar no es retroceder: es sostener. Aquí, la palabra no busca imponer sentido, sino acompañar. Caminar al lado. Decir: esto también importa.
Porque hay días en que escribir no es un acto intelectual, sino una forma de duelo amoroso.
Porque hay días en que la memoria no es archivo, sino caricia.
Porque hay días —como hoy— en que el país no necesita explicaciones, sino compañía.
La Leyenda 58 se abre así: con el corazón expuesto, sin escudos, sin prisa.
Como quien sabe que amar también es aprender a perder sin dejar de agradecer.
Soy Wintilo Vega Murillo
Escribo porque hay ausencias que no caben en el silencio,
y porque mientras alguien lea desde la emoción,
el país seguirá respirando, aunque sea entre lágrimas.

Índice de Contenido
Hoy en “La Leyenda”
/… Bienvenida a La Leyenda 58
Donde la memoria se vuelve afecto, la política se desnuda y la palabra insiste en quedarse como último acto de lucidez frente al ruido, el olvido y la costumbre.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… Cory: catorce años siendo familia
Un homenaje a la perrita que no fue mascota ni compañía ocasional, sino presencia diaria, memoria compartida y amor sostenido, desde su llegada silenciosa hasta la despedida que aún duele.
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… Impuestos sin confianza, el verdadero costo
Cuando los números pueden ser defendibles, pero la memoria pública y la exigencia de transparencia siguen siendo el centro del debate
/… Zooleón: la tumba de la buena intención mal administrada
El cierre ordenado por un juez federal exhibe una falla de fondo en la gestión pública: cuando la prevención se posterga, la justicia termina interviniendo.
/… Morena frente al espejo
Cuando el poder ya no se disputa con la oposición, sino entre los propios, y la justicia legislativa se convierte en un territorio de disputa interna que erosiona la credibilidad del proyecto.
/… El agua que desbordó la política
El acueducto Solís–León exhibe un contraste incómodo: viabilidad técnica y respaldo federal, pero una operación política fallida que llevó el conflicto hasta los gritos en el Congreso.
/…El caso Casar: cuando el pasado no acepta archivo
Una tragedia privada, una reapertura impulsada desde el poder y un país donde la justicia rara vez camina sin sombra política
/… Alejandra Gutiérrez: la finta naranja y la sombra guinda
Cuando el rumor no busca anunciar una salida, sino forzar una negociación de poder
/… Cuando el continente vuelve a creer
La esperanza persistente —y siempre renovada— de que una selección de América vuelva a ganar la Copa del Mundo
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“Libre te quiero”
De: Agustín Garcia Calvo
Sobre el poema:
LIBRE HASTA DEL OTRO LADO DEL DESEO
Un poema donde el amor renuncia a poseer y, en esa renuncia, se vuelve más verdadero, más hondo y más peligroso, porque amar sin atar implica aceptar el riesgo completo del otro.
Sobre el autor:
AGUSTÍN GARCÍA CALVO: VIDA, OBRA Y DESOBEDIENCIA
Filósofo, poeta, filólogo y ensayista español cuya vida y obra caminaron juntas en una misma dirección: pensar contra el poder, escribir contra la obediencia y defender la libertad del lenguaje como una forma de resistencia ética, política y poética.
*Si quieres escucharlo en la voz de: Amancio Prada
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… CUANDO EL TERRITORIO SE SIRVE, SE CONSTRUYE Y SE REZA
Una travesía por los sabores, los edificios y las devociones que explican a Guanajuato desde la vida cotidian
(By Notas de Libertad).
/… LOS INGENIEROS DEL FUEGO Y LOS ARQUITECTOS DEL ARROZ
Dos trayectorias que no nacieron en la cocina, pero entendieron que el arroz también se gobierna, se diseña y se construye con disciplina, paciencia y memoria.
(By Notas de Libertad).
/…CUANDO LA CASA CABE EN UN RECIPIENTE
Doña Amalia y Kome Sabor Casero: dos cocinas que no presumen mantel, pero gobiernan la comida casera para llevar en León, Guanajuato.
(By Notas de Libertad).
/… EL EX CONVENTO AGUSTINO DE SAN PABLO EN YURIRIA
Piedra, agua y disciplina: la arquitectura que organizó el sur del Bajío desde el siglo XVI
(By Notas de Libertad).
/… TEATRO JUÁREZ, GUANAJUATO CAPITAL
La arquitectura del Porfiriato donde la cultura se convirtió en poder, orden y representación pública
(By Notas de Libertad).
/… PUENTE DE BATANES, SALVATIERRA, GUANAJUATO
Ingeniería civil del siglo XVII que sostuvo comercio, ciudad y territorio en el Bajío
(By Notas de Libertad).
/… SANTUARIO DEL SEÑOR DEL HOSPITAL, SALAMANCA, GUANAJUATO
Fe, devoción popular y territorio: el culto que dio identidad espiritual al Bajío
(By Notas de Libertad).
/… TEMPLO DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL, SAN FELIPE, GUANAJUATO
Arquitectura de frontera y devoción persistente en el corazón del norte del Bajío
(By Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 14 de diciembre al sábado 20 de diciembre.
Santoral
Los Nombres que Alumbran el Tiempo
Cada semana abre un pequeño umbral donde la historia espiritual vuelve a hablarnos. El santoral no solo recuerda…
Efemérides Nacionales e Internacionales
El Pulso del Tiempo
Las efemérides no son simples marcas en el calendario: son huellas precisas del instante en que la historia cambió de dirección. Cada fecha guarda un…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
Las Fechas que el Mundo Decide Recordar
En el calendario hay fechas que no están ahí por costumbre, sino por decisión: resoluciones, decretos, acuerdos y tradiciones documentadas
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… Dyango: la voz que hizo del desamor una catedral emocional
El intérprete que elevó la balada a una confesión íntima y convirtió el romanticismo en una forma de verdad artística
*Con un click escucha: *Dyango-Grandes Éxitos, Sus Mejores Canciones (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… Joan Sebastian: la vida que se volvió canción y la canción que se volvió país
El creador que convirtió su origen rural, su dolor y su esperanza en un repertorio que hoy forma parte de la memoria emocional de México
*Con un click escucha: *Joan Sebastian-Grandes Éxitos, Sus Mejores Canciones (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
De: Javier Coello Trejo
Resumen:
El Fiscal de Hierro: Poder, furia y memoria de un país que se mira en sus propias grietas
Las confesiones de un procurador que caminó entre héroes, delincuentes y políticos sin rostro
Sobre el autor:
Javier Coello Trejo: trayectoria y figura en la vida jurídica mexicana
Un perfil construido entre instituciones federales, litigios de alto impacto
y decisiones que lo colocaron en el centro de momentos tensos para el Estado
en una etapa crucial de la procuración de justicia en México.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… LOS POLIVOCES: LA RISA QUE INVENTÓ UN PAIS
Historia épica de la lucha libre en México
La historia del dúo que convirtió la televisión en espejo de barrio, oficina, familia y calle.
Entre Enrique Cuenca y Eduardo Manzano nació un lenguaje que México adoptó como propio.
Hoy, con la partida de Manzano en diciembre de 2025, la risa vuelve para despedir a uno de sus grandes arquitectos.
*Con un click escucha: Gordolfo Gelatino.
(By operación W).

Bienvenida a La Leyenda 58
Donde la memoria se vuelve afecto, la política se desnuda y la palabra insiste en quedarse como último acto de lucidez frente al ruido, el olvido y la costumbre.
El domingo que aprende a respirar entre pérdidas y lucideces
Hay domingos que no llegan con el sol: llegan con el peso. Este —el de La Leyenda 58— abre los ojos despacio, como quien despierta después de una noche larga, cargando nombres, escenas, afectos y preguntas que no encontraron descanso. No es un domingo ligero. Es uno que camina con cuidado, consciente de que cada paso puede tocar una herida todavía viva. México amanece con la respiración irregular: hay cifras que no convencen, instituciones que crujen, memorias que regresan sin pedir permiso y afectos que duelen porque siguen siendo amor. Pero también hay algo más hondo: una necesidad urgente de mirar de frente, de nombrar con precisión, de no permitir que la costumbre anestesie lo que aún importa. Y en medio de ese pulso quebrado, la palabra vuelve a ocupar su sitio. No como adorno. No como consuelo fácil. Sino como acto de permanencia.
Las historias que no se archivan porque siguen latiendo
Esta edición se construye desde aquello que se resiste al olvido. Desde las presencias que no fueron accesorias, desde los temas que no aceptan cierre administrativo ni carpetazo político. Aquí, las historias no aparecen para llenar espacio: regresan porque siguen exigiendo sentido. Agenda del Poder se despliega como un mapa de tensiones donde los números ya no bastan y la técnica tropieza con la memoria pública. Impuestos defendibles, proyectos viables, decisiones judiciales, disputas internas y rumores calculados conviven en un mismo escenario donde el verdadero debate ya no es técnico ni presupuestal, sino ético.
El afecto como territorio político de la memoria
En Pláticas con el Licenciado 1, la historia se vuelve íntima sin perder gravedad. Cory no aparece como mascota ni como anécdota doméstica, sino como lo que fue: familia, presencia diaria, memoria compartida. Un afecto silencioso que sostuvo rutinas, acompañó silencios y dejó, al partir, un hueco que no entiende de calendarios ni consuelos rápidos. Pero la memoria afectiva no se detiene en lo doméstico. En Pláticas con el Licenciado 2, la risa también se convierte en territorio político. Los Polivoces regresan no como nostalgia ligera, sino como una forma de inteligencia colectiva que enseñó al país a mirarse en el espejo del humor. Con la partida de Eduardo Manzano, la risa se vuelve despedida, pero también legado: una manera de decir lo indecible sin romper el vínculo social. Aquí, el afecto —ya sea el que se expresa en la lealtad silenciosa de una vida compartida o en la carcajada que unió generaciones— demuestra que la memoria también se construye desde el amor, la risa y la presencia que sigue actuando incluso cuando el cuerpo ya no está.
Y en Al Ritmo del Corazón, la emoción encuentra su cauce musical. Dyango y Joan Sebastian no regresan como nombres del pasado, sino como voces que siguen habitando la memoria sentimental de México. Canciones que enseñaron a decir el amor, el desamor y la pérdida cuando las palabras cotidianas no alcanzaban. Así, la música se suma al afecto doméstico y a la risa compartida para recordarnos que la memoria también se canta, se escucha y se siente antes de pensarse.
La belleza que no huye del riesgo
En Alimento para el alma, la poesía no llega como descanso, sino como desafío. No se ofrece para tranquilizar conciencias ni para suavizar lo que duele: aparece para incomodar con belleza, para tensar el lenguaje hasta que diga algo verdadero. “Libre te quiero” no es un poema amable; es una declaración peligrosa en un mundo que confunde amar con poseer. Agustín García Calvo escribe desde un lugar donde el amor no promete seguridad, sino intemperie. Amar sin atar, desear sin domesticar, dejar al otro ser incluso cuando eso implica perderlo. Esa es la libertad que propone el poema: una libertad que no protege, pero que dignifica. Aquí, la palabra poética no sirve de refugio: sirve de espejo. Obliga a mirarnos sin excusas, a aceptar que la belleza auténtica no es la que consuela, sino la que se atreve a decir lo que muchos prefieren callar. Y en esa valentía —incómoda, luminosa, radical— el poema encuentra su verdad más honda.
El territorio y el tiempo que se niegan a callar
Rincones y Sabores recuerda que un país se explica comiendo, rezando y construyendo. El arroz, la piedra, la fe, la cocina y la arquitectura forman una sola narración material. En Los Ecos del Calendario, el tiempo insiste en alcanzarnos: el pasado sigue teniendo asuntos pendientes con el presente. Y la música —Dyango, Joan Sebastian— vuelve como memoria viva, como eco que no acepta silencio.
La palabra que no se retira
Bienvenidos a La Leyenda 58.
Aquí no se escribe para cerrar ciclos, sino para entender por qué siguen abiertos.
Soy Wintilo Vega Murillo, y abro contigo esta edición como quien enciende una luz en una casa habitada por recuerdos que todavía caminan. Porque mientras exista alguien dispuesto a mirar con honestidad y alguien más decidido a escribir sin pedir permiso, la palabra no se irá.
(By Notas de Libertad).





Cory: catorce años siendo familia
Un homenaje a la perrita que no fue mascota ni compañía ocasional, sino presencia diaria, memoria compartida y amor sostenido, desde su llegada silenciosa hasta la despedida que aún duele.
EL DÍA EN QUE EL AMOR LLEGÓ SIN SABERLO
Cuando una casa se cree completa y descubre, con el paso del tiempo, que aún podía aprender otra forma de pertenecer
El mundo antes de Cory
Antes de Cory, la vida en la casa avanzaba con una normalidad sólida, de esas que no hacen ruido pero sostienen. Las mañanas tenían horarios definidos, las tardes se repartían entre obligaciones y cansancio, y las noches cerraban con la sensación tranquila de haber cumplido con lo necesario. Era un hogar que funcionaba, que resolvía, que seguía adelante sin hacerse demasiadas preguntas.
El afecto estaba presente, pero se expresaba en claves humanas: conversaciones, acuerdos, silencios compartidos después de jornadas largas. Era un amor organizado, estructurado, consciente de sí mismo. Nadie sentía que faltara algo, porque todo parecía estar en su lugar.
Sin embargo, como ocurre en muchos hogares, había dimensiones del cariño que aún no se habían abierto. No por ausencia, sino por experiencia no vivida. Aún no existía ese amor que no necesita palabras ni horarios, que no se agenda ni se explica.
Antes de Cory, esa forma de afecto simplemente no había sido descubierta, y la casa no sabía todavía que podía aprender otra manera de pertenecer.
La memoria de un hogar en movimiento
Los hogares también aprenden. Aprenden a reconocer pasos, a distinguir estados de ánimo, a guardar recuerdos que no siempre se dicen, pero que se sienten. Antes de Cory, la memoria de la casa se construía a partir de eventos humanos: celebraciones, dificultades, decisiones que iban marcando el ritmo familiar.
El tiempo pasaba con continuidad. Los días no eran idénticos, pero sí previsibles. Había estabilidad, y eso daba seguridad. En ese fluir constante, la casa no sabía que podía sentirse acompañada incluso en los silencios.
Faltaba una presencia capaz de recorrer los espacios sin propósito aparente, de observar sin intervenir, de estar sin exigir. Esa ausencia no se percibía como vacío, porque todavía no se conocía.
La memoria del hogar estaba completa según sus propios parámetros, aunque aún podía expandirse.
Capi: el primer aprendizaje
Capi llegó antes que todo. Llegó cuando la casa todavía se pensaba únicamente desde lo humano, cuando el afecto se entendía como diálogo, acuerdo y convivencia organizada. Su llegada no fue anunciada como un acontecimiento trascendente; fue, en apariencia, un gesto cotidiano: el cumplimiento de un deseo de los hijos.
El 2 de abril de 2005, mientras el mundo despedía al Papa Juan Pablo II, en esa casa comenzó una pedagogía silenciosa. Capi no enseñó con actos espectaculares ni con gestos llamativos. Enseñó estando.
Aprendió los ritmos de la casa, reconoció las voces, distinguió los estados de ánimo. Supo cuándo acercarse y cuándo retirarse. Supo esperar.
Con Capi se aprendió que el afecto no siempre necesita palabras. Que la lealtad puede ser cotidiana. No fue una anécdota ni una etapa: fue el origen de una forma de vínculo que ya no se olvida.
Los hijos y el tiempo compartido
La infancia de los hijos transcurrió junto a Capi sin conciencia de estar viviendo algo excepcional. Juegos improvisados, tardes largas y momentos de ruido ocurrieron con su presencia constante.
Capi no era protagonista, pero siempre estaba. Acompañó el crecimiento sin intervenir, observando cambios sutiles que solo el tiempo revela.
Para nuestros hijos, su presencia parecía permanente. Nadie piensa en la finitud cuando la compañía es constante.
Ese tiempo compartido se convirtió, con los años, en uno de los cimientos emocionales más sólidos de la familia.
La decisión de no dejarlo solo
La llegada de Cory no fue un capricho ni una ocurrencia. Fue una decisión pensada desde el cuidado. Cecy mi Esposa pensó en Capi, en su vida diaria, en la posibilidad de ofrecerle algo más que compañía humana.
No se trató de sumar una mascota, sino de acompañar a quien ya había acompañado tanto. Buscarle una compañera fue un acto de responsabilidad y afecto.
Cory fue imaginada antes de llegar. Fue pensada como respuesta a una necesidad ajena.
En ese gesto silencioso se abrió una historia que transformaría la casa.
La llegada que cambió el ritmo
Cuando Cory llegó, no hubo solemnidad ni grandes anuncios. Su presencia se integró con una naturalidad desconcertante. No desordenó la casa; la reconfiguró.
No desplazó a Capi; lo acompañó. Desde el inicio, su lugar fue claro.
Poco a poco, la dinámica cotidiana empezó a modificarse. Los recorridos se duplicaron, los tiempos se ajustaron.
Ese fue el inicio de catorce años en los que Cory no solo acompañaría, sino que se volvería familia.
CUANDO DOS HUELLAS APRENDIERON A CAMINAR JUNTAS
La complicidad silenciosa que convirtió la convivencia en un modo de vida
El primer reconocimiento
Cory no llegó imponiéndose. Tampoco llegó temerosa. Llegó observando. Desde los primeros días, su manera de entrar a la casa fue pausada, casi cautelosa, como si entendiera que ese territorio ya tenía historia. Reconoció los espacios, olfateó los rincones, midió las distancias. Y, sobre todo, miró a Capi. No con desafío, no con ansiedad, sino con una atención tranquila, como quien sabe que ahí está la clave de todo.
Capi, por su parte, no reaccionó con estridencia. No marcó territorio ni reclamó exclusividad. Se permitió observar a Cory del mismo modo en que observaba la vida: con calma. Ese primer reconocimiento mutuo no fue un momento puntual, sino un proceso. Se fue construyendo con pequeños gestos, con silencios compartidos, con la aceptación gradual de que ahora había otro cuerpo habitando el mismo ritmo.
No hubo competencia. Hubo ajuste. Y en ese ajuste empezó a nacer una relación que no necesitaba demostrarse.
Aprender el ritmo del otro
La convivencia entre Capi y Cory se sostuvo, ante todo, en el respeto del tiempo del otro. Cada uno tenía su manera de moverse, su forma de estar, su propio carácter. Cory era más inquieta, más curiosa, más alerta. Capi era más reposado, más contemplativo, más estable. Lejos de chocar, esas diferencias se acomodaron.
Cory aprendió pronto a seguir el ritmo de Capi cuando era necesario. A esperar. A detenerse. A entender que no todo se resuelve corriendo. Capi, a su vez, se permitió rejuvenecer un poco con la energía de Cory. Se movió más, jugó más, se dejó contagiar por esa vitalidad nueva que entró a la casa con ella.
No fue una relación de dependencia. Fue una relación de equilibrio. Cada uno encontró en el otro algo que no tenía, y juntos construyeron una forma de estar que enriqueció la vida de ambos.
Dos presencias, una casa
Con Cory y Capi juntos, la casa cambió de manera perceptible. Ya no había una sola sombra recorriendo los pasillos, sino dos. Ya no se escuchaba un solo movimiento, sino una coreografía mínima de pasos, pausas y regresos. La casa empezó a organizarse en función de esa doble presencia.
Los tiempos se ajustaron. Las rutinas se ampliaron. La atención se repartió sin dividirse. La familia aprendió a mirar a dos sin comparar, a querer a dos sin jerarquías. Cory no llegó a ocupar el lugar de Capi ni a disputarlo. Llegó a crear uno nuevo, paralelo, complementario.
La casa dejó de ser solo un espacio habitado: se volvió un espacio compartido por dos vidas que se reconocían como parte del mismo hogar.
El juego como lenguaje común
Entre Cory y Capi, el juego fue uno de los primeros lenguajes compartidos. No siempre fue estridente ni constante. A veces era apenas un gesto, una invitación breve, un movimiento que decía “estoy aquí”. Otras veces se convertía en carreras cortas, en encuentros espontáneos, en momentos de energía compartida.
Cory solía iniciar. Capi decidía si seguir. Y esa negociación silenciosa definió gran parte de su relación. No había imposición. Había acuerdo. Cuando jugaban, lo hacían desde un entendimiento profundo: sabían cuándo parar, cuándo continuar, cuándo simplemente estar cerca sin moverse.
Ese juego no solo era diversión. Era una forma de vínculo. Una manera de decirse, sin palabras, que el otro importaba.
La familia aprende a mirar distinto
La presencia de Cory junto a Capi transformó también la mirada de la familia. Los hijos aprendieron a distinguir caracteres, a respetar tiempos, a entender que el amor no siempre se manifiesta igual. Vieron cómo dos seres distintos podían convivir sin anularse.
Ceci y yo observamos cómo esa relación se volvía parte del tejido cotidiano. No era algo que se comentara todo el tiempo, pero se sentía. Había una tranquilidad nueva, una sensación de equilibrio que no existía antes. Cory no solo acompañaba a Capi: acompañaba a la casa entera.
La familia empezó a entender que el hogar no se define solo por quienes hablan, sino también por quienes están.
La complicidad que se vuelve costumbre
Con el paso del tiempo, la relación entre Cory y Capi dejó de ser novedad y se volvió costumbre. Pero no una costumbre vacía, sino una presencia firme. Se buscaban sin buscarse. Se encontraban sin llamarse. Sabían dónde estaba el otro.
Esa complicidad silenciosa fue una de las grandes enseñanzas de Cory. Mostró que el amor no siempre es intensidad; muchas veces es permanencia. Que compartir la vida no requiere protagonismo, sino constancia.
Así, día tras día, Cory y Capi fueron escribiendo una historia paralela a la humana, una historia hecha de pasos, miradas y silencios. Y en esa historia, la casa aprendió amar de forma diferente.
LA CASA CUANDO EL TIEMPO SE HACE COSTUMBRE
La vida compartida como forma silenciosa de felicidad
La rutina que se vuelve refugio
Con el paso de los años, Cory y Capi dejaron de ser novedad para convertirse en parte esencial del pulso cotidiano. La rutina, lejos de desgastar, se volvió refugio. Las mañanas tenían un orden aprendido que no necesitaba instrucciones: los primeros movimientos, las esperas tranquilas, los recorridos repetidos que daban seguridad. La casa despertaba con ellos, como si su presencia marcara el verdadero inicio del día.
Había sonidos que ya no se cuestionaban: pasos suaves, respiraciones acompasadas, movimientos que anunciaban vida antes que palabras. Nadie pensaba en ellos como rituales, pero lo eran. Eran gestos mínimos que sostenían el día y lo volvían habitable. La casa funcionaba mejor porque ellos estaban.
Nada de eso parecía extraordinario, y precisamente ahí residía su valor. La felicidad no aparecía como un acontecimiento, sino como una continuidad serena. Cory y Capi estaban ahí todos los días, sosteniendo la vida sin hacerse notar, sin reclamar atención. La casa aprendió a descansar en esa certeza, a sentirse acompañada incluso en los silencios.
Dos caracteres, una convivencia madura
El tiempo no borró las diferencias; las afinó. Cory siguió siendo atenta, alerta, viva, siempre pendiente de lo que ocurría alrededor. Tenía una energía que se encendía con facilidad, una curiosidad constante que la llevaba a observarlo todo. Capi, en cambio, mantuvo su serenidad, su manera pausada de estar, su forma casi contemplativa de ocupar el espacio.
Ya no se trataba de aprender a convivir, sino de convivir sin pensar en ello. Cada uno sabía lo que podía esperar del otro. Cory entendía cuándo era momento de calma. Capi aceptaba cuándo la vitalidad de Cory pedía movimiento. Esa comprensión mutua evitó fricciones y construyó una convivencia sólida.
No hubo competencia ni dependencia. Hubo una convivencia madura, basada en el respeto del espacio del otro. Cory sabía cuándo acercarse y cuándo retirarse. Capi sabía cuándo acompañar y cuándo dejar hacer. Esa armonía no fue producto de entrenamiento ni disciplina: fue el resultado del tiempo compartido, de la experiencia acumulada día tras día.
La casa como escenario vivo
La casa se convirtió en un escenario donde la vida ocurría con una coreografía mínima pero constante. Dos cuerpos recorriendo los mismos pasillos, dos presencias ocupando los silencios, dos miradas atentas a lo que pasaba alrededor. No se necesitaban palabras para entender que ahí había equilibrio.
Los rincones cotidianos —las habitaciones, los pasillos, los espacios comunes— fueron apropiados por esa dupla que ya no se pensaba como dos perros, sino como parte del hogar. Cada lugar tenía ya una memoria asociada a ellos: una espera, una siesta, una vigilancia silenciosa.
La casa dejó de ser solo arquitectura: se volvió experiencia compartida, memoria viva en movimiento. Todo parecía tener sentido porque ellos lo habitaban. Incluso el paso del tiempo se volvía más amable cuando se compartía así.
Los hijos crecen, la presencia permanece
Mientras los hijos crecían y sus intereses se transformaban, Cory y Capi permanecían. Esa constancia fue, sin que nadie lo declarara, un punto de apoyo emocional. En un mundo que cambiaba rápido, ellos seguían ahí, fieles a la casa, al ritmo aprendido.
Los juegos infantiles dieron paso a otras preocupaciones, a otras edades. Sin embargo, Cory y Capi seguían ocupando su lugar. Ya no eran compañeros de juego, sino testigos silenciosos de una familia que se transformaba.
La infancia quedó atrás, pero la presencia continuó. Y esa permanencia tuvo un valor profundo: recordaba que no todo se va al mismo tiempo, que algunas presencias sostienen incluso cuando todo lo demás se mueve y cambia.
Cecy y la mirada del cuidado diario
Para Cecy, la vida cotidiana con Cory y Capi se volvió una forma de cuidado constante. No espectacular ni heroico, sino íntimo y persistente. Alimentar, observar, acompañar, entender pequeños cambios. Estar atenta a lo que no se dice, a lo que apenas se insinúa.
Ese cuidado diario fue tejiendo un vínculo profundo que no necesitaba demostrarse. Cory y Capi respondían a esa atención con una lealtad tranquila, sin estridencias. Estaban ahí, atentos, presentes, como si supieran que ese cuidado era parte esencial de la vida compartida.
La relación no se basaba en órdenes ni en dependencia, sino en una confianza construida con el tiempo. Una confianza que se volvió parte natural de la casa, tan cotidiana que a veces pasaba inadvertida.
El tiempo como aliado silencioso
En esta etapa, el tiempo dejó de ser amenaza y se volvió aliado. Cada día sumaba memoria, costumbre, arraigo. Nadie pensaba en el final. Nadie contaba los años. La vida se vivía como si esa estabilidad fuera natural y duradera.
Los días se acumulaban sin prisa, formando una continuidad sólida. Cory y Capi siguieron habitando la casa como se habitan las cosas esenciales: sin alardes, sin urgencia, sin conciencia de que algún día esa forma de estar tendría que transformarse.
La casa, mientras tanto, aprendía a ser feliz en silencio. Y en ese silencio compartido, se estaba escribiendo una de las partes más profundas de la historia.
CUANDO UNA AUSENCIA CAMBIA EL AIRE DE LA CASA
La pérdida que obliga a aprender otra forma de permanecer
El año en que el equilibrio se rompe
El 2017 marcó un antes y un después en la vida de la casa. No fue un quiebre inmediato ni ruidoso; fue una fractura silenciosa que se fue asentando con los días. Capi murió ese año, y con su partida se alteró un equilibrio que había parecido natural y duradero. La casa siguió en pie, pero algo en su respiración cambió.
La ausencia no llegó como un golpe seco, sino como una modificación del aire. Los espacios se sentían distintos, los recorridos quedaron incompletos, los silencios se volvieron más densos. Cory permanecía, pero ya no acompañada del mismo modo. Por primera vez, la casa aprendía que una presencia podía irse dejando todo aparentemente intacto y, aun así, cambiarlo todo.
La despedida de Capi
La muerte de Capi no fue solo la pérdida de un compañero; fue el cierre de una etapa completa. Capi había sido el origen, el primer aprendizaje, el punto desde el cual se había construido una forma de amar distinta. Su ausencia dejó una huella profunda, no por el ruido que hizo al irse, sino por el silencio que dejó al no estar.
Cory vivió esa pérdida desde un lugar que no necesitó palabras. Su cuerpo entendió antes que la razón. Hubo búsquedas breves, esperas prolongadas, miradas que parecían preguntar sin formular nada. La casa fue testigo de ese duelo contenido, sin dramatismos, pero cargado de sentido.
Cory frente al vacío
Con la ausencia de Capi, Cory quedó sola por primera vez. No abandonada, pero sí sin su referencia cotidiana. Su comportamiento cambió de manera sutil: más quietud, más observación, una presencia que parecía concentrarse en estar. No reclamó, no exigió. Aceptó.
La casa también aprendió a mirar a Cory de otra manera. Ya no era parte de una dupla; era el centro afectivo que permanecía. En su manera de estar se empezó a concentrar la memoria de lo que había sido. Cory se volvió, sin proponérselo, la guardiana del tiempo compartido.
La llegada de Bimba
Ese mismo año, 2017, llegó Bimba a la familia. Fue un regalo para Cecy nuestra Hija, y su presencia tuvo un inicio distinto: una vida repartida entre Guadalajara y San Francisco del Rincón. Bimba no llegó a sustituir nada. Llegó a existir, con su propia historia, con su propio ritmo.
Para Cory, Bimba representó una nueva forma de compañía. No inmediata, no idéntica a lo vivido con Capi, pero real. La convivencia se fue dando poco a poco, sin imposiciones. Bimba trajo movimiento, novedad, una energía distinta que empezó a modificar la dinámica de la casa sin borrar lo anterior.
Una casa que se reorganiza
Con Cory y Bimba, la casa comenzó a reorganizarse emocionalmente. No se trataba de llenar un vacío, sino de aprender a habitarlo de otra forma. Cory ocupaba ahora un lugar central, más visible, más cargado de memoria. Bimba, en cambio, exploraba, aprendía, se adaptaba.
La convivencia no fue inmediata ni automática. Fue un proceso. Cory enseñó sin enseñarse. Bimba aprendió observando. La casa, una vez más, se ajustó a nuevas presencias y nuevas ausencias, confirmando que el hogar no es estático: es un organismo vivo que se adapta para seguir.
El tiempo que ya no es inocente
Después de 2017, el tiempo dejó de sentirse infinito. No de manera trágica, sino consciente. La pérdida de Capi enseñó que las presencias no son eternas, aunque lo parezcan. Cory siguió ahí, firme, pero ahora con una carga distinta: la de haber atravesado una despedida.
Ese aprendizaje silencioso marcó el inicio de otra etapa. Una etapa en la que la casa empezó a entender que amar también implica despedirse, y que permanecer no siempre significa estar acompañado del mismo modo. Cory, sin saberlo, comenzó a transitar el camino que la llevaría a convertirse en el eje emocional de todo lo que vendría después.
CUANDO LA CASA APRENDE A SER TRIBU
La convivencia que transforma el duelo en compañía
Bimba se queda
Cuando Cecy se fue a España para realizar su maestría, la vida de Bimba cambió de manera definitiva. Dejó de ser una presencia intermitente entre ciudades para integrarse de lleno a la casa de San Francisco del Rincón. Ese traslado no fue solo geográfico: fue emocional. Bimba llegó para quedarse, para aprender una casa que ya tenía memoria y una habitante que la sostenía.
Cory observó ese proceso con atención tranquila. No hubo celos ni reservas. Hubo distancia prudente, reconocimiento gradual. Bimba se movía con curiosidad, explorando, mientras Cory marcaba los ritmos sin imponerlos. La casa, una vez más, se ajustaba a una nueva forma de convivencia.
Cory como eje silencioso
Tras la muerte de Capi, Cory había quedado como el centro afectivo del hogar. Con la llegada definitiva de Bimba, ese rol se hizo más evidente. Cory no se asumió como líder, pero su presencia ordenaba. En su manera de estar había una calma que se transmitía.
Bimba encontró en Cory una referencia. No una autoridad rígida, sino una guía implícita. Aprendió observando: dónde descansar, cuándo acercarse, cómo compartir el espacio sin invadirlo. La relación se fue tejiendo sin urgencias, respetando tiempos y caracteres.
El aprendizaje compartido
La convivencia entre Cory y Bimba fue un aprendizaje mutuo. Cory se permitió una compañía distinta, menos simétrica que la que había tenido con Capi, pero igualmente valiosa. Bimba aportó energía, movimiento, curiosidad. Cory aportó estabilidad, memoria, pausa.
Juntas comenzaron a construir una rutina nueva. No idéntica a la anterior, pero auténtica. La casa volvió a llenarse de recorridos dobles, de silencios compartidos, de presencias que se buscaban sin necesidad de llamarse.
La llegada de La Pinguica
En 2019, La Pinguica llegó a la casa de la mano de Win. Su llegada sumó una capa más a la historia doméstica. No irrumpió: se integró. Con su propio carácter, con su manera particular de estar, se incorporó a una convivencia que ya sabía adaptarse.
Cory recibió a La Pinguica desde un lugar sereno. Ya conocía el proceso de integrar a otro. Bimba, por su parte, encontró en La Pinguica una compañera de energía distinta. La casa empezó a funcionar como una pequeña tribu, donde cada una ocupaba su lugar sin competir.
Una nueva armonía
Con Cory, Bimba y La Pinguica, la casa alcanzó una armonía distinta. No basada en la ausencia del dolor, sino en su transformación. El duelo por Capi no desapareció: se volvió parte de la memoria. La convivencia se sostuvo en el reconocimiento de lo vivido y en la apertura a lo nuevo.
La casa volvió a sentirse habitada de manera plena. Tres presencias distintas, tres formas de estar, una convivencia que no buscaba perfección, sino equilibrio. Cory seguía siendo el eje, pero ya no estaba sola en esa tarea.
Permanecer acompañadas
En esta etapa, Cory no solo acompañaba: era acompañada. Bimba y La Pinguica compartían el día a día con ella, sin saber que estaban ayudando a sostener un ciclo que avanzaba. Las rutinas se llenaron de nuevas combinaciones, de nuevas complicidades.
La casa aprendió que el amor no se divide: se expande. Que la compañía no reemplaza, sino que acompaña. Y así, sin discursos ni solemnidad, la vida siguió avanzando, construyendo una comunidad pequeña pero profunda, sostenida por la presencia compartida.
CUANDO EL CUERPO AVISA LO QUE EL CORAZÓN NO QUIERE OÍR
El amor que aprende a cuidar cuando la vida se vuelve más lenta
Los primeros signos
Hubo un momento —impreciso, sin fecha ni escena única— en el que el cuerpo de Cory empezó a decir cosas que nadie quería escuchar. No fue un accidente ni una caída que obligara a detenerlo todo. Fue algo más difícil de aceptar: una variación mínima en la rutina, un cansancio que se quedaba un poco más de lo habitual, una pausa que antes no existía. La normalidad siguió su curso, pero debajo de ella se movía una advertencia suave, persistente.
La casa tardó en reconocerlo. No por desatención, sino por amor. A veces el cariño es una forma de negación: se mira, se observa, pero se decide no nombrar. Cory seguía siendo Cory —presente, dulce, cercana— y eso bastaba para sostener el día. Sin embargo, su cuerpo empezaba a pedir otra forma de escucha, una atención que ya no podía posponerse.
La vejez como territorio desconocido
Envejecer no es solo sumar años; es aprender a habitar el cuerpo de otra manera. Cory entró en esa etapa con una dignidad silenciosa que conmovía. Sus movimientos se volvieron más cuidadosos, como si midiera cada paso. El descanso se alargó. Los tiempos se dilataron. No hubo rebeldía ni queja: hubo adaptación.
La casa tuvo que aprender ese nuevo idioma. Ajustar horarios, modificar recorridos, observar con más detenimiento. La vejez dejó de ser una palabra abstracta y se convirtió en experiencia compartida. Cada gesto exigía una lectura más atenta, cada silencio pedía interpretación. Amar empezó a significar comprender límites nuevos sin convertirlos en barreras.
El cuidado como acto de amor
El cuidado se intensificó sin anuncio. No llegó como una decisión solemne, sino como una suma de gestos cotidianos: vigilar cómo comía, cómo dormía, cómo respiraba; notar cambios mínimos; anticipar necesidades antes de que se expresaran. El amor dejó de ser acompañar el movimiento y se transformó en proteger la quietud.
Cecy mi Esposa sostuvo ese cuidado con una serenidad profunda. No como sacrificio, sino como presencia. Estar ahí, observar, tocar con cuidado, ajustar el día para que Cory estuviera bien. Cory respondía con una confianza absoluta, una entrega que no pedía explicaciones. Sabía que estaba acompañada. Sabía que no estaba sola.
Bimba y La Pinguica como sostén
Bimba y La Pinguica entendieron antes que nadie que algo estaba cambiando. No lo preguntaron, no lo forzaron. Simplemente se quedaron cerca. Su compañía fue distinta: menos juego, más presencia. Dormir juntas, coincidir en los mismos espacios, compartir el silencio.
La convivencia se volvió más lenta, más consciente. Bimba ajustó su energía; La Pinguica encontró su lugar sin invadir. Entre las tres se creó una forma de acompañamiento que no necesitaba palabras. Era una cercanía respetuosa, un acuerdo tácito para sostener a Cory cuando el cuerpo pedía calma.
La casa camina de puntitas
Una vez más, la casa se reorganizó. Los espacios se adaptaron para facilitar el descanso; los ruidos se atenuaron; los recorridos se acortaron. Todo se hizo con cuidado, como si el hogar aprendiera a caminar de puntitas. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sabían: estabamos en otra etapa.
La casa, que había aprendido a recibir y a despedir, ahora aprendía a acompañar el desgaste. A entender que amar también es aceptar la fragilidad, sostenerla sin dramatizarla, darle lugar sin convertirla en protagonista.
El tiempo mirado de frente
En este punto, el tiempo dejó de ser una idea lejana. Se volvió visible, presente, concreto. No como amenaza inmediata, sino como conciencia. Nadie quería pensar en el final, pero todos sabían que el camino ya no era el mismo. Cada día se volvió más valioso por su simple existencia.
Cory seguía ahí, sosteniendo la casa con su sola presencia. Su amor no disminuía; se concentraba. Y en esa concentración, la familia aprendía una verdad difícil y hermosa a la vez: hay formas de amor que se vuelven más profundas justo cuando el cuerpo empieza a despedirse lentamente.
CUANDO EL AMOR APRENDE A DESPEDIRSE
La ausencia que no se va y la presencia que permanece
El final que llegó sin aviso
El final de Cory no llegó de golpe, pero tampoco dio tregua. Fue un proceso largo, desgastante, lleno de pequeñas batallas diarias que se libraban sin ruido. Las enfermedades avanzaron con paciencia cruel, imponiendo límites nuevos al cuerpo que durante años había sostenido a la casa con su sola presencia. Hubo días de alivio engañoso y días de cansancio extremo; momentos en los que parecía que todo se estabilizaba y otros en los que la fragilidad se hacía evidente.
La casa entró en un tiempo suspendido. Un tiempo donde cada gesto se medía, cada respiración se observaba, cada noche se volvía una vigilia silenciosa. Nadie estaba preparado para aceptar que el final se acercaba, aunque todos lo intuían. El amor se volvió atención absoluta, una forma de estar alerta sin decirlo.
El último cuidado
Cory fue cuidada hasta el último momento. No como un deber, sino como una forma de gratitud. Hubo manos que acomodaron su cuerpo con cuidado, miradas que buscaban señales mínimas de alivio, voces suaves que intentaban tranquilizar cuando el dolor aparecía. El cuidado dejó de ser una rutina y se convirtió en una despedida prolongada.
Cecy sostuvo ese tramo con una fortaleza que no necesitó mostrarse. Estar ahí, día tras día, aceptar que no siempre se puede curar, pero sí acompañar. Ajustar horarios, sacrificar descanso, vigilar noches enteras. Cory respondía con una calma profunda, con una confianza absoluta. En su manera de mirar había algo parecido a la entrega: sabía que estaba rodeada de quienes la habían amado siempre.
El momento de partir
Cuando Cory murió, la casa quedó inmóvil. No fue un instante dramático, sino un silencio pesado, definitivo. El cuerpo dejó de luchar y, con ese gesto mínimo, se cerró una historia que había durado catorce años. Cory dejó de respirar y la casa entendió, sin palabras, que algo irremplazable acababa de irse.
No hubo gritos ni escenas exageradas. Hubo incredulidad. Hubo llanto contenido. Hubo una sensación profunda de vacío que no encontraba forma de expresarse. La casa, que había aprendido a convivir con la fragilidad, ahora debía aprender a convivir con la ausencia.
Bimba y La Pinguica en la tristeza
Bimba y La Pinguica sintieron la muerte de Cory de inmediato. Durante días completos cambiaron su comportamiento: se movían poco, dormían más de lo habitual, buscaban a Cory en los espacios donde solía estar. Su tristeza no fue ruidosa; fue persistente, casi solemne. Era una pena animal, profunda, que no necesitaba explicación.
La casa fue testigo de ese duelo compartido. Tres presencias se habían vuelto dos, y esa resta se sentía en cada rincón. Bimba y La Pinguica acompañaron la ausencia como habían acompañado la vida: permaneciendo. En su quietud había una forma de respeto, una manera silenciosa de reconocer lo que se había perdido.
La casa después de Cory
Después de Cory, la casa no ha vuelto a ser la misma. Los recorridos quedaron incompletos, los silencios adquirieron otro peso, las rutinas se rompieron para siempre. Hay que aprender a vivir sin esa presencia que había ordenado el día durante tantos años. El vacío no se llenó; se aceptó.
Pero también quedó algo más fuerte que la tristeza: la certeza de haber amado bien. Cory no fue una mascota ni una compañía ocasional. Fue una presencia diaria, una memoria compartida, un amor sostenido. Su huella no se borra porque está hecha de tiempo vivido, de cuidado ofrecido, de vida compartida.
Catorce años siendo familia
Cory fue familia durante catorce años. No por decreto, sino por convivencia. Por estar en los días buenos y en los difíciles. Por acompañar sin exigir nada a cambio. Por enseñar que el amor más profundo no siempre se expresa con palabras, sino con presencia.
Hoy Cory no está, pero permanece. En la memoria de la casa, en Bimba y La Pinguica, en cada gesto aprendido a su lado, en cada silencio que aún la nombra. Este homenaje no es un adiós definitivo, sino un acto de gratitud. Porque hay amores que, incluso al irse, siguen sosteniendo la vida.
(By operación W).

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/… Impuestos sin confianza, el verdadero costo
Cuando los números pueden ser defendibles, pero la memoria pública y la exigencia de transparencia siguen siendo el centro del debate
El debate fiscal como problema político, no solo contable
La discusión sobre los ajustes fiscales en Guanajuato no se desarrolla en un laboratorio técnico, sino en el terreno áspero de la política. Ahí, los números importan, pero no gobiernan solos. Las decisiones fiscales se interpretan a la luz de la experiencia ciudadana, de la memoria institucional y de la confianza —o desconfianza— acumulada a lo largo de los años.
Por eso, cualquier análisis serio debe reconocer que una medida puede ser técnicamente defendible y, al mismo tiempo, socialmente frágil. Ignorar esa dualidad conduce a diagnósticos incompletos y a errores de lectura política.
Cuando la técnica es razonable y el ruido es político
Desde una lectura estrictamente técnica, el ajuste es defendible. Hay variables económicas que lo explican y lo sostienen: inflación acumulada durante varios años, crecimiento del parque vehicular, encarecimiento de los procesos administrativos y una presión creciente sobre servicios que el Estado presta de manera universal. En ese plano, el incremento no desborda parámetros nacionales ni rompe equilibrios financieros básicos. No es una decisión improvisada ni excepcional en el contexto del país. El problema no está en la matemática fiscal, sino en la arena política donde se discute. La reacción social adversa no se explica únicamente por el monto, sino por el entorno. El ajuste llega en un momento de desgaste institucional, donde la confianza pública no atraviesa su mejor etapa y donde la memoria de excesos, opacidades y decisiones mal explicadas del pasado sigue pesando. Ese antecedente convierte cualquier actualización en una cuesta arriba, por más razonable que sea en el papel. A ello se suma un factor que enturbia aún más el debate: la incongruencia opositora. En Guanajuato se grita contra un ajuste moderado mientras, en entidades gobernadas por esos mismos actores políticos, se aplican cobros significativamente más altos sin mayor debate interno. Esa doble vara no fortalece la crítica; la debilita. No porque invalide el derecho a oponerse, sino porque revela que el conflicto no es fiscal, sino territorial y político. Así, el aumento puede ser técnicamente justo y económicamente explicable, y aun así convertirse en un problema político. No por su contenido, sino por el contexto, por la memoria acumulada y por una oposición que prefiere el escándalo local a la coherencia nacional.
El refrendo y su lugar real en el mapa nacional
En términos comparativos, el ajuste al refrendo vehicular no coloca a Guanajuato entre las entidades más caras del país. Aun con el incremento, el estado se mantiene en un rango medio, por debajo de la media nacional y lejos de los cobros más elevados.
Este dato no vuelve popular la medida, pero sí la coloca en su justa dimensión. No se trata de un salto abrupto, sino de una corrección frente a un rezago sostenido durante años.
Actualización fiscal y percepción ciudadana
Desde la óptica gubernamental, el ajuste responde a la necesidad de actualizar tarifas frente al aumento de los costos operativos. Desde la ciudadanía, en cambio, se percibe como una presión adicional en un contexto económico complejo.
Ambas lecturas son válidas. El problema no radica únicamente en el monto, sino en el momento y en la forma en que la decisión se explica y se ejecuta.
Trámites, licencias y el costo administrativo
Los incrementos en licencias de conducir y en los trámites del padrón vehicular mantienen a Guanajuato cerca de la media nacional y por debajo de varios estados que cobran más por los mismos servicios.
Aunque estos ajustes buscan modernizar procesos y fortalecer el control administrativo, sus beneficios no siempre son visibles para la ciudadanía, lo que refuerza la percepción de un cobro burocrático sin retorno inmediato.
El impuesto cedular y la equidad fiscal
El aumento del impuesto cedular mantiene a Guanajuato con la tasa más baja del país entre los estados que aplican este gravamen. Además, no afecta a trabajadores asalariados ni a personas de bajos ingresos.
Desde una perspectiva técnica, el argumento de equidad se sostiene. Desde una perspectiva política, exige reglas claras, certidumbre y uso transparente de los recursos.
La memoria reciente y la confianza pendiente
Los excesos y escándalos en materia de transparencia del gobierno anterior siguen influyendo en la percepción ciudadana. Aunque las administraciones cambien, la memoria institucional no se borra.
En ese contexto, cualquier ajuste fiscal enfrenta un escrutinio mayor. Antes de aceptar pagar más, la sociedad exige claridad, rendición de cuentas y señales creíbles de que los errores del pasado no se repetirán.
La discusión fiscal en Guanajuato no es una confrontación entre extremos, sino una prueba de madurez institucional. Los números pueden ser defendibles, pero la legitimidad solo se construye con transparencia sostenida y resultados visibles.
(By operación W).

“Libre te quiero”
De: Agustín Garcia Calvo
Libre te quiero como arroyo que brinca de peña en peña, Pero no mía. Grande te quiero, como monte preñado de primavera, Pero no mía. Buena te quiero& como pan que no sabe su masa buena, Pero no mía. Alta te quiero, como chopo que en el cielo se despereza, Pero no mía. Blanca te quiero, como flor de azahares sobre la tierra, Pero no mía. Pero no mía ni de Dios ni de nadie ni tuya siquiera.




Si quieres escucharlo en la voz de: Amancio Prada
Sobre el poema.
LIBRE HASTA DEL OTRO LADO DEL DESEO
Un poema donde el amor renuncia a poseer y, en esa renuncia, se vuelve más verdadero, más hondo y más peligroso, porque amar sin atar implica aceptar el riesgo completo del otro.
El amor que no encierra
En “Libre te quiero”, Agustín García Calvo articula una idea que incomoda porque desarma una de las creencias más arraigadas del vínculo amoroso: que amar es poseer. El poema no propone un amor tibio ni distante, sino uno radicalmente consciente de sus límites. El yo poético no intenta sujetar, definir ni garantizar la permanencia del otro; entiende que cualquier forma de encierro, incluso la más afectuosa, termina por traicionar el sentido profundo del querer. Amar, aquí, no es apropiarse de una vida ajena, sino acompañarla sin obstaculizar su movimiento.
La repetición como martillo ético
La insistencia del verso “Libre te quiero” funciona como una declaración moral más que como un recurso retórico. La repetición no busca adornar el poema, sino perforar una idea culturalmente aceptada: que el amor debe asegurar, retener y proteger a toda costa. Cada reiteración refuerza una convicción que no admite negociación. No se trata de convencer al otro, sino de afirmarse frente a uno mismo y frente al lector.
El rechazo del para mí
Uno de los gestos más contundentes del poema es la renuncia explícita al “para mí”. El yo poético no reclama exclusividad ni derecho alguno sobre el cuerpo, el tiempo o las decisiones del otro. Este rechazo no nace del desapego, sino de una ética que entiende que el amor pierde sentido cuando se convierte en apropiación emocional. Amar no es garantizar compañía, sino aceptar la posibilidad permanente de la ausencia.
Amar sin contabilidad
En el universo del poema no existe una economía del afecto. No hay intercambio, equilibrio ni deuda. El amor no se mide por lo que se recibe ni se condiciona a la reciprocidad. García Calvo escribe contra una lógica sentimental donde querer se transforma en inversión y el otro en garantía. Aquí el amor se ofrece sin esperar rendimiento alguno.
El yo que aprende a retirarse
Lejos de desaparecer, el yo poético se redefine al aprender a retirarse. Su presencia no es invasiva ni central, sino consciente de su propia fragilidad. Este yo entiende que amar no exige protagonismo, sino una forma de humildad afectiva que acepta no ser el eje de la vida ajena. El amor se vuelve así un acto de respeto radical.
Una poética de la libertad
Aunque se lea como poema amoroso, “Libre te quiero” despliega una visión política de la existencia. La libertad que defiende no es decorativa ni romántica, sino profundamente ética. En un mundo que tiende a clasificar, poseer y controlar, amar sin atar se convierte en un gesto de resistencia. El poema no promete estabilidad ni permanencia, pero propone algo más exigente: un amor que no necesita jaulas para existir.
Sobre el autor.
AGUSTÍN GARCÍA CALVO: VIDA, OBRA Y DESOBEDIENCIA
Filósofo, poeta, filólogo y ensayista español cuya vida y obra caminaron juntas en una misma dirección: pensar contra el poder, escribir contra la obediencia y defender la libertad del lenguaje como una forma de resistencia ética, política y poética.
Infancia, formación y primeros años
Agustín García Calvo nació en Salamanca en 1926, en una España marcada por la fractura social y la posterior imposición del franquismo. Se formó en filología clásica y muy pronto destacó por una inteligencia crítica poco dócil al orden académico. Desde sus primeros años entendió que pensar y hablar no eran actos neutros, sino posiciones frente al poder. Esa conciencia temprana marcaría tanto su trayectoria vital como su obra.
Ruptura con el régimen y expulsión universitaria
Durante el franquismo, García Calvo fue apartado de la universidad por su oposición abierta al régimen. La expulsión no fue un episodio marginal, sino un punto de quiebre que definió su vida. A partir de entonces asumió una relación de distancia permanente con las instituciones, incluso cuando años después fue rehabilitado. La coherencia entre vida y pensamiento se volvió una de sus señas más profundas.
El pensamiento ensayístico y político
Su obra ensayística se caracteriza por una crítica radical al Estado, al progreso, al dinero y al tiempo administrado. García Calvo no ofrecía programas ni soluciones, sino desmontajes: textos que buscan revelar cómo el poder se disfraza de sentido común. Pensar, para él, era aprender a decir no allí donde todo parece ya decidido.
Lenguaje, filología y crítica de la palabra
Como filólogo, dedicó buena parte de su obra a estudiar el lenguaje no como herramienta neutra, sino como estructura de dominación. Analizó cómo las palabras ordenan la realidad, fijan identidades y reducen lo posible. Su trabajo sobre la lengua buscó devolverle su ambigüedad, su ritmo y su capacidad de abrir grietas en el discurso oficial.
La poesía como núcleo de su obra
La poesía ocupa un lugar central en su producción. En ella condensó su ética de la libertad y su rechazo a toda forma de posesión. Poemas como “Libre te quiero” no son declaraciones sentimentales, sino actos de pensamiento poético que cuestionan el amor posesivo, el yo dominante y la necesidad de control. Su poesía es clara, insistente y profundamente incómoda.
Últimos años y legado
Agustín García Calvo murió en 2012, dejando una obra vasta e indisciplinada que atraviesa géneros y categorías. Su legado no es una escuela ni un sistema, sino una actitud: desconfiar de lo dado, escuchar lo que el lenguaje todavía puede decir y resistirse a obedecer sin pensar. Leerlo hoy sigue siendo un ejercicio de lucidez y riesgo.
(ByNotas de Libertad).

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/… CUANDO EL TERRITORIO SE SIRVE, SE CONSTRUYE Y SE REZA
Una travesía por los sabores, los edificios y las devociones que explican a Guanajuato desde la vida cotidiana
Un índice que no enumera: convoca
Este índice no fue pensado para llenar una página: fue pensado para abrir una puerta. En esta sección, los títulos no funcionan como rótulos; funcionan como señales de ruta. Cada uno apunta a un sitio, sí, pero también a un método de mirar: mirar el oficio detrás de un platillo, mirar la historia detrás de un muro, mirar el calendario social que se sostiene con devociones y costumbres que sobreviven incluso cuando el país cambia de ánimo.
Por eso el lector encontrará aquí una mezcla deliberada: gastronomía y arquitectura, cocina y territorio, mesa y piedra. No es capricho. Es la forma real en que Guanajuato se ha construido: con manos que trabajan, con comunidades que repiten un ritual hasta volverlo identidad, con obras civiles que resolvieron la vida cotidiana y con edificios que, sin decir palabra, siguen explicando el orden de una época. Este índice es, en el fondo, una invitación a leer el estado como se lee un libro vivo: por capítulos que huelen, pesan y suenan.
El fuego gobernado: paella, oficio y carácter
En “Los ingenieros del fuego y los arquitectos del arroz” aparece una idea que sostiene toda la sección: cocinar también es una forma de gobierno. La paella, cuando se toma en serio, no admite improvisación. Exige cálculo del calor, lectura del tiempo, paciencia para no precipitar el arroz y carácter para sostener el proceso cuando el hambre quiere acelerar el mundo. Por eso aquí la paella no es un platillo de fiesta: es una disciplina.
Dos trayectorias que no nacieron en la cocina, pero entendieron la cocina como un territorio de orden, se vuelven símbolo de algo más grande: el Bajío como cultura de oficio. Guanajuato ha sido, históricamente, un lugar donde el trabajo bien hecho es reputación y destino. La paella, en estas crónicas, no se presenta como exotismo importado, sino como un arte adoptado con seriedad, donde el fuego se administra como se administra una obra: con método, con pulso y con memoria.
Esta sección no romantiza la cocina: la honra. Y la honra contando lo que casi nunca se cuenta: el detrás de escena, el gesto técnico, la paciencia invisible, la repetición que afina la mano, el día en que un error enseña más que cien elogios. En ese sentido, la paella se vuelve una metáfora perfecta para el resto del índice: todo lo importante en Guanajuato se ha construido así, a fuego sostenido.
El hogar que se lleva puesto: comida casera como patrimonio
“Cuando la casa cabe en un recipiente” se detiene en un hecho sencillo que, por sencillo, es profundo: en León, la comida casera para llevar es una forma de vida. No es un plan ocasional; es un sistema que sostiene familias, horarios, trabajos y cansancios. Hay cocinas que no presumen mantel porque su prestigio no nace de la puesta en escena, sino de la consistencia: el sabor que no falla, el guiso que llega como promesa cumplida, la porción que respeta la dignidad del que paga y del que recibe.
Doña Amalia y Kome Sabor Casero representan ese patrimonio cotidiano que casi nunca se nombra como patrimonio. Sin embargo, pocas cosas son tan patrimoniales como un guiso repetido durante años hasta volverse referencia emocional. En esa repetición hay historia: hay abuelas, hay mercados, hay madrugadas, hay economía doméstica y hay comunidad. La comida casera para llevar es una arquitectura invisible: construye hogar incluso cuando el hogar no tiene tiempo.
En esta crónica, la ciudad no se cuenta por avenidas ni por cifras: se cuenta por la ruta que hace la gente para llevarse una comida que sabe a descanso. Es un retrato de León desde lo íntimo, desde el recipiente que se convierte en casa, desde la cuchara que devuelve una certeza: todavía hay lugares donde el país se sostiene, porque alguien cocina con verdad.
La piedra que manda: edificios que ordenan el Bajío
Después viene la piedra, y con ella una afirmación que no se puede discutir: los edificios ordenan el territorio incluso cuando nadie los mira. El Ex Convento Agustino de San Pablo, en Yuriria, es la historia de un proyecto que unió fe y agua para organizar el sur del Bajío desde el siglo XVI. No es solo un monumento; es un mecanismo histórico: disciplina religiosa y disciplina territorial, piedra levantada para durar, y una obra hidráulica que cambió el paisaje para cambiar la vida.
El Teatro Juárez, en Guanajuato capital, muestra otra cara del poder: la cultura como representación pública. El Porfiriato entendió que los edificios no solo sirven: también persuaden. Un teatro podía enseñar a una ciudad a mirarse moderna, podía construir prestigio, podía convertirse en símbolo de orden. Esa lectura no se hace desde el aplauso fácil; se hace desde el análisis del porqué, del para qué, del momento histórico que necesitó una escenografía de grandeza.
Y el Puente de Batanes, en Salvatierra, recuerda la parte menos fotografiada del patrimonio: la obra civil que sostuvo comercio, ciudad y territorio. Hay infraestructuras que no tienen el glamour de los templos, pero sin ellas la vida se interrumpe. Este puente es la prueba: ingeniería del siglo XVII que convirtió el tránsito en continuidad. Conventos, teatros y puentes: tres maneras distintas de mandar sobre el tiempo.
La fe que hace ciudad: santuarios, templos y calendario
Si la piedra organiza el territorio, la fe organiza el calendario. El Santuario del Señor del Hospital, en Salamanca, demuestra que una devoción popular puede volverse identidad regional. No se trata solo de un edificio religioso; se trata de un punto de encuentro donde la gente mide su vida en promesas, en peregrinaciones, en gratitudes y en dolores. Ahí la arquitectura se vuelve recipiente de lo humano, y el santuario se vuelve una forma de comunidad.
El Templo de San Miguel Arcángel, en San Felipe, suma una dimensión distinta: la devoción en zona de frontera. El norte del Bajío se construyó con riesgo, con caminos tensos, con necesidad de cohesión social. San Miguel Arcángel, figura de defensa, se vuelve símbolo apropiado para una población que aprendió a persistir. Y la fiesta del 29 de septiembre, más que una fecha, es un modo de decir: seguimos aquí, seguimos juntos, seguimos creyendo.
En esta sección, la fe no se presenta como adorno folklórico. Se presenta como fuerza histórica. La devoción, vista de cerca, es una tecnología social: organiza encuentros, sostiene economías locales, transmite identidad. Y por eso merece una crónica a la altura de su peso real.
Una forma de leer Guanajuato: rigor, emoción y memoria
Esta nota de introducción es, en el fondo, una propuesta de lectura: leer Guanajuato sin postal. Aquí no se trata de repetir adjetivos ni de vender una imagen bonita. Se trata de comprender procesos: cuándo se construyó, por qué se construyó, qué problema resolvió un edificio, qué relación tuvo una devoción con la vida comunitaria, qué oficio hay detrás de un platillo. El rigor no enfría la narrativa; la vuelve creíble. Y la credibilidad es lo único que permite que la emoción no sea simulación.
Por eso el tono de estas crónicas busca ser intenso sin ser exagerado, preciso sin ser seco, emotivo sin volverse propaganda. El lector no es turista: es habitante o potencial habitante emocional del territorio. Esta sección quiere que el lector sienta, sí, pero que sienta con fundamento: que una fecha sostenga una imagen, que un contexto sostenga una metáfora, que la historia sostenga la belleza.
Al final, lo que une paella, comida casera, convento, teatro, puente, santuario y templo es una misma palabra: permanencia. Permanecer es el verdadero milagro del territorio. Permanecer cocinando, permaneciendo en la devoción, permaneciendo en la piedra. Eso es Guanajuato cuando se mira de frente: un estado que sigue vivo porque todavía cocina, construye y cree.
(By Notas de Libertad).

Domingo 14 de diciembre al sábado 20 de diciembre.
Santoral.
Los Nombres que Alumbran el Tiempo
Cada semana abre un pequeño umbral donde la historia espiritual vuelve a hablarnos. El santoral no solo recuerda nombres: revela caminos de luz que cruzaron épocas difíciles y dejaron una huella que aún respira. Estos días reúnen vidas que sostuvieron a comunidades enteras, que defendieron la fe, la misericordia y la dignidad humana. Cada santo es una memoria viva, una presencia que acompaña al creyente y al buscador por igual. Aquí, entre fechas y evocaciones, la historia se vuelve compañía y el tiempo vuelve a tener rostro humano.
Domingo 14 de diciembre
San Juan de la Cruz: Místico y Doctor de la Iglesia que renovó la espiritualidad cristiana mediante una profunda vida contemplativa. Su poesía sigue iluminando a quienes buscan sentido en medio de la oscuridad.
Santa Dróside de Antioquía: Joven mártir que defendió la fe durante la persecución romana. Su testimonio refleja la firmeza de las primeras comunidades cristianas ante el Imperio.
San Pompeyo de Pavía: Obispo del siglo IV, recordado por su prudencia en tiempos de tensiones doctrinales. Su liderazgo sostuvo a su comunidad en medio de disputas arrianas.
San Venancio Fortunato: Poeta y obispo cuya obra marcó la liturgia medieval. Su sensibilidad unió el arte con la vida pastoral.
Beata Victoria Rasoamanarivo: Laica malgache que preservó la fe en Madagascar cuando las misiones fueron expulsadas. Mujer de silencio, fortaleza y profunda compasión.
Lunes 15 de diciembre
Santa María Crucificada di Rosa: Fundadora de las Siervas de la Caridad, dedicada a enfermos y heridos. Su labor en hospitales improvisados la convirtió en referente del servicio heroico.
San Valeriano de Avensano: Obispo italiano que defendió la unidad de la Iglesia ante conflictos políticos. Su figura destaca por su serenidad en tiempos complejos.
Beato Carlos Steeb: Convertido desde el protestantismo, dedicó su vida a los pobres y fundó una congregación de servicio. Su testimonio une transformación personal y caridad.
San Urbicio de Metz: Obispo del siglo VI que pacificó disputas entre clanes y fortaleció la fe en la región. Modelo de reconciliación.
Beata Magdalena Caterina Morano: Educadora salesiana que formó generaciones de niñas y jóvenes en Sicilia. Su pedagogía transformó comunidades enteras.
Martes 16 de diciembre
Santa Adelaida de Borgoña: Emperatriz que unió liderazgo político y profunda vida espiritual. Su mediación pacificó reinos en una Europa convulsa.
San José Moscati: Médico italiano que atendía gratuitamente a los pobres. Su visión unió ciencia, ética y fe de manera ejemplar.
San Evaristo de Nicomedia: Mártir que sostuvo la fe cristiana frente a exigencias de culto imperial. Su vida refleja valentía ante la persecución.
Santa Albina de Cesarea: Joven mártir palestina recordada por su serenidad ante la muerte. Inspiró a su comunidad a permanecer unida.
San Ado de Vienne: Arzobispo y cronista cuyo rigor histórico preservó la memoria de santos antiguos. Reformador prudente del siglo IX.
Miércoles 17 de diciembre
San Lázaro de Betania: Amigo de Jesús, símbolo de esperanza y renovación espiritual. Su casa fue hogar de hospitalidad y fe.
Santa Olimpia de Constantinopla: Diaconisa influyente que dedicó su riqueza a la caridad. Consejera de san Juan Crisóstomo y modelo de liderazgo femenino.
San Juan de Mata: Fundador de la Orden Trinitaria, dedicada a liberar cautivos. Su misión cruzó fronteras y alivió sufrimientos profundos.
San Modesto de Jerusalén: Patriarca que reconstruyó la ciudad tras invasiones persas. Figura de esperanza y restauración.
Beata Jacinta Marto: Pastorcita de Fátima, reconocida por su vida de oración y sacrificio ofrecido por la paz. Ejemplo de fe sencilla.
Jueves 18 de diciembre
Nuestra Señora de la Esperanza: Advocación mariana que anuncia la cercanía de la Navidad. Emblema de consuelo y confianza en tiempos inciertos.
San Malaquías O’More: Arzobispo irlandés reformador del siglo XII. Su vida unió humildad, firmeza y deseo de renovación espiritual.
San Rufo de Roma: Mártir de los primeros siglos, su nombre aparece en antiguas listas de testigos. Símbolo de fidelidad en tiempos de persecución.
San Bodagisilo: Monje franco del siglo VII que impulsó el monacato. Figura de oración silenciosa y vida sencilla.
Beato Urbano V: Papa del siglo XIV que buscó regresar la sede pontificia a Roma. Impulsor de universidades y reformas eclesiales.
Viernes 19 de diciembre
San Nemesio de Alejandría: Mártir acusado injustamente y ejecutado por autoridades romanas. Su vida honra la integridad frente a la injusticia.
San Anastasio I Papa: Pontífice del siglo IV que defendió la correcta doctrina frente a herejías. Colaborador cercano de san Jerónimo.
San Gregorio de Auxerre: Obispo francés que protegió a su comunidad entre disputas tribales. Modelo de valentía pastoral.
Santa Eva de Brescia: Monja italiana del siglo XIII que acompañó espiritualmente a mujeres jóvenes. Vida marcada por serenidad y penitencia.
Beato Guillermo de Fenoglio: Religioso de los Siervos de María, guía de artesanos y campesinos. Su humildad lo convirtió en referente espiritual.
Sábado 20 de diciembre
San Domingo de Silos: Abad español y reformador monástico. Su monasterio se volvió faro cultural y espiritual.
Santa Filogonía: Madre de san Gregorio Nacianceno, ejemplo de piedad profunda y formación espiritual en la familia cristiana.
San Ursicino de Brescia: Obispo del siglo IV que defendió la unidad eclesial en tiempos de disputas doctrinales.
Beata María Teresa de Soubiran: Fundadora francesa que renovó la educación femenina. Afrontó pruebas con fe inquebrantable.
San Amón de Nitria: Padre del desierto, fundador del monacato egipcio. Maestro de oración, retiro y austeridad.





Música para recordar el ayer
Dyango: la voz que hizo del desamor una catedral emocional




El intérprete que elevó la balada a una confesión íntima y convirtió el romanticismo en una forma de verdad artística
Los primeros acordes de una vida moldeada por la música
Dyango, nacido José Gómez Romero en Barcelona en 1940, creció en un ambiente donde la música formaba parte natural de la vida cotidiana. Desde muy joven mostró una sensibilidad especial para el sonido, una capacidad para reconocer matices y emociones que otros pasaban por alto. En su hogar, los boleros, los tangos y las melodías tradicionales penetraban como una segunda lengua. Aquella mezcla de influencias europeas y latinoamericanas moldeó la sensibilidad del intérprete que, años más tarde, haría del dolor amoroso un arte mayor.
El nacimiento de Dyango y la construcción de un sello artístico
El nombre artístico que adoptó —inspirado en el legendario Django Reinhardt— revelaba su intención de rendir homenaje a la libertad creativa. Durante los años sesenta comenzó su carrera profesional, pero fue la década siguiente la que definió su sello: una interpretación profunda, íntima, donde cada palabra parecía desprenderse del alma. Su estilo no buscaba seguir tendencias; las trascendía. Con una voz cálida y vulnerable, Dyango se posicionó como un artista capaz de convertir un susurro en un terremoto emocional.
La balada romántica y la creación de un repertorio inolvidable
El repertorio de Dyango se volvió parte de la memoria sentimental del mundo hispano. Canciones como 'Corazón mágico', 'Cuando quieras, donde quieras', 'Esta noche quiero brandy', 'Si la vieras con mis ojos' y 'El amor de mi vida' se transformaron en himnos íntimos para quienes encontraban en sus letras una forma de nombrar aquello que no podían decir. Su voz tenía una cualidad rara: podía quebrarse sin romperse, podía ascender sin perder la ternura. Sus discos se convirtieron en refugios emocionales para varias generaciones.
Un intérprete que convirtió el dolor en una obra estética
Dyango dominó el arte de interpretar el desamor sin caer en la exageración. Su fuerza no residía en la potencia vocal sino en la honestidad. Cantaba como quien revive una herida, pero con la dignidad de quien ya aprendió a convivir con ella. Esa profundidad interpretativa lo convirtió en uno de los máximos exponentes de la balada romántica, con un estilo imposible de replicar. Cuando Dyango cantaba, el público no escuchaba una historia: la recordaba.
Puentes entre culturas: la influencia latinoamericana en su obra
Aunque nacido en España, Dyango encontró en América Latina su segundo hogar artístico. Fue uno de los primeros cantantes españoles que abrazó con respeto la tradición musical latinoamericana. Lo hizo con gratitud y sin apropiación, entendiendo que el bolero y la balada tenían raíces hondas que merecían ser honradas. Sus colaboraciones y giras fortalecieron un puente cultural que lo convirtió en figura querida en México, Argentina, Chile, Perú y prácticamente toda la región.
Legado y permanencia del caballero del romanticismo
El legado de Dyango no se mide solo en ventas o premios, sino en la forma en que su música sigue habitando momentos personales: confesiones, despedidas, reconciliaciones, noches solitarias y celebraciones íntimas. Su influencia permanece viva en nuevas generaciones de intérpretes que reconocen en él un pilar del romanticismo musical. La fuerza de Dyango reside en algo simple y extraordinario: convirtió el amor en un territorio artístico serio, profundo y plenamente humano.
(By Notas de Libertad).
Si La Vieras Con Mis Ojos.
Corazón Mágico.
Para Que No Me Olvides.
Joan Sebastian: la vida que se volvió canción y la canción que se volvió país




El creador que convirtió su origen rural, su dolor y su esperanza en un repertorio que hoy forma parte de la memoria emocional de México
Los cerros de Juliantla y el nacimiento de una sensibilidad distinta
Joan Sebastian llegó al mundo como José Manuel Figueroa en 1951, en Juliantla, Guerrero, un poblado donde las historias se transmitían más por canciones que por palabras solemnes. Desde niño comprendió que el paisaje no era un fondo decorativo, sino un lenguaje emocional que moldeó su visión del mundo. Aquella tierra de cerros, caminos polvorientos y afectos sencillos formó la sensibilidad que más tarde definiría su obra musical. El niño que recorría veredas con una guitarra improvisada no sabía aún que estaba construyendo una voz que México adoptaría como propia.
Los primeros escenarios y el descubrimiento del artista
Al dejar Juliantla en su juventud, no llevaba certezas, pero sí una inclinación profunda: la música era su destino natural. Cantó en hoteles, restaurantes y espacios improvisados, afinando un estilo honesto y cercano que no buscaba espectacularidad sino verdad emocional. Su voz, áspera y cálida, tenía una cualidad confesional que capturaba la atención de quienes lo escuchaban. En estos primeros escenarios se gestó el artista que luego llenaría recintos y conquistaría generaciones.
El compositor prodigioso: canciones que se volvieron parte de la gente
Más allá de su voz, Joan Sebastian se consolidó como uno de los compositores más prolíficos y sensibles de México. Su capacidad para convertir emociones cotidianas en melodías memorables lo llevó a crear obras como 'Tatuajes', 'Secreto de amor', 'Más allá del sol' y 'Eso y más'. No escribía para una época; escribía para el corazón humano. Su talento cruzó géneros y fronteras, siendo interpretado por figuras como Rocío Dúrcal, Vicente Fernández, Lucero y Thalía. Cada canción era un fragmento de vida, una confesión vestida de música.
El artista del pueblo: un estilo sin pretensiones y lleno de verdad
A diferencia de quienes buscaban glamour o distancia, Joan Sebastian cultivó un estilo cercano. Cantaba como quien conversa, como quien recuerda algo importante. No pretendía imponerse: pretendía acompañar. Por eso su música resonó de manera especial entre comunidades migrantes, familias rurales y públicos diversos que encontraron en sus letras un espejo emocional. Su autenticidad se convirtió en su mayor virtud artística.
La vida entre la luz del escenario y las sombras inevitables del destino
Su trayectoria estuvo acompañada tanto de éxitos monumentales como de desafíos dolorosos. El cáncer apareció varias veces en su vida, obligándolo a retirarse temporalmente, aunque siempre volvía al escenario con renovada intensidad. Las tragedias familiares dejaron heridas profundas que se reflejaron en su obra más introspectiva. Joan Sebastian no negó el dolor: lo transformó en canción, permitiendo que su música fuera también un refugio para quienes vivían sus propias batallas.
Legado y permanencia del Poeta del Pueblo
Su muerte el 13 de julio de 2015 no apagó su influencia. Por el contrario, fijó su lugar en la historia musical de México. Sus canciones continúan celebrándose en fiestas, serenatas, carreteras y momentos íntimos. Siguen acompañando historias de amor, despedidas, alegrías y pérdidas. El legado de Joan Sebastian no se mide solo en premios y ventas, sino en la forma en que su música se volvió parte del alma colectiva del país.
(By Notas de Libertad).
Eso y Más.
Rumores (Con Lisa López).
Diséñame.

El fiscal de hierro. Memorias
Javier Coello Trejo




Resumen.
El Fiscal de Hierro: Poder, furia y memoria de un país que se mira en sus propias grietas
Las confesiones de un procurador que caminó entre héroes, delincuentes y políticos sin rostro
El origen de un hombre dispuesto a cargar con las sombras del poder
El libro de Javier Coello Trejo abre sus páginas con un retrato íntimo y profundamente humano de los años en que su carácter se forjó entre la disciplina, la incertidumbre y la conciencia temprana de un país que vivía bajo tensiones permanentes. Desde el inicio se percibe que no pretende construir una narrativa heroica, sino revelar el camino áspero que conduce a un joven abogado a comprender que la justicia no es un concepto abstracto, sino una frontera donde constantemente chocan la ambición, la lealtad institucional y el miedo.
Coello describe un México lleno de silencios incómodos, donde la violencia se percibía con la misma naturalidad que los rituales de poder. Su vocación nace de esa mezcla de rigor familiar y necesidad de defenderse ante un entorno donde la ley no siempre era garantía, sino un lujo inestable. Todo esto va dando forma a la figura que luego sería conocida como el “fiscal de hierro”: un hombre capaz de tomar decisiones en situaciones límite, de mantenerse firme incluso cuando el Estado parecía tambalearse sobre sus propias contradicciones.
Lo que hace poderosa esta primera sección es la sinceridad con la que el autor reconoce que su temple no proviene de una superioridad moral, sino del entrenamiento emocional y estratégico que lo obligó a ver la realidad del país sin adornos. El origen del fiscal no es un ascenso meteórico, sino una lenta construcción entre amenazas latentes, oportunidades inciertas y un país que exigía más fuerza que certezas.
La irrupción en la procuración de justicia: un ascenso que incomodó a muchos
Cuando Coello Trejo entra a la estructura de la procuración de justicia, el libro adquiere un tono distinto: deja la introspección y se interna en el corazón del aparato institucional. Las oficinas, pasillos y cuartos cerrados de la PGR se convierten en escenarios donde la política respira en cada esquina y donde la justicia es apenas uno de los muchos elementos en disputa.
Coello encuentra resistencias desde el primer día. Su estilo directo, su disciplina y su convicción chocan con una burocracia acostumbrada a moverse con pasividad o conveniencia. Él se convierte en un disruptor: un funcionario que no teme empujar expedientes, exigir resultados y enfrentar a quienes se beneficiaban del letargo institucional. En consecuencia, su presencia genera tensiones internas, alianzas frágiles y enemistades duraderas.
El autor describe cómo operaban las fuerzas invisibles dentro del sistema: mandos que detenían investigaciones sin explicación, operadores que cuidaban intereses ajenos al Estado, funcionarios que actuaban con miedo y otros con ambiciones ocultas. Su ascenso es rápido, pero lleno de obstáculos. Cada nombramiento que recibe desata críticas, recelos o advertencias veladas. Sin embargo, la narrativa muestra que ese rechazo también alimenta su convicción de que un fiscal no puede plegarse a la comodidad, sino asumir un rol incómodo, incluso temido.
Aquí el libro ofrece uno de sus aportes más valiosos: una radiografía interna de una institución que parecía avanzar, pero que en muchos momentos sobrevivía gracias a la voluntad individual de quienes se negaban a ceder ante las presiones políticas o criminales.
Entre capos, operaciones y silencios: la guerra que se libra lejos de los reflectores
En uno de los tramos más crudos del libro, Coello Trejo revela el universo paralelo en el que se libra la verdadera guerra contra el crimen organizado. Habla de operaciones que jamás llegaron a la prensa, de noches en las que la posibilidad de morir era tan tangible como el aire que se respiraba, de llamadas amenazantes, de persecuciones y de decisiones tomadas a contrarreloj.
Describe la complejidad de perseguir a capos poderosos cuando la propia estructura del Estado estaba infiltrada por intereses criminales. Según su testimonio, no existía una línea clara entre “ellos” y “nosotros”: en muchas ocasiones, los enemigos estaban en la mesa de al lado, en un escritorio vecino o incluso en mandos que debían ser aliados y se convertían en obstáculos. El libro desnuda esa realidad sin sensacionalismo, con una franqueza que incomoda pero ilumina.
Los operativos que relata no solo muestran estrategia, sino la tensión humana detrás de cada decisión. Habla de agentes que temían por sus familias, de colaboradores que no regresaban al día siguiente, de traiciones internas que abrían la puerta a filtraciones y fracasos. Todo esto configura un retrato doloroso de una lucha que no era solo contra organizaciones delictivas, sino contra el propio desgaste emocional y moral que producía trabajar en un entorno donde la vida podía cambiar para siempre en cuestión de minutos.
Los juegos del poder: justicia negociada, expedientes congelados y decisiones que nadie quería firmar
El libro hace una pausa en la adrenalina operativa para adentrarse en uno de los temas más inquietantes: el modo en que la política influía —y muchas veces decidía— la aplicación de justicia. Coello Trejo narra reuniones de alto nivel donde un expediente podía acelerarse o enterrarse por conveniencia, negociaciones donde la ley era una pieza más dentro de un tablero de favores y amenazas, y decisiones que jamás aparecieron en documentos oficiales, pero que definieron el rumbo de investigaciones históricas.
Explica cómo presidentes, secretarios de Estado, empresarios influyentes y operadores políticos formaban parte de una maquinaria donde la justicia se negociaba. Algunos buscaban protección, otros buscaban venganza, otros simplemente querían limpiar su nombre. El fiscal muestra que la procuración de justicia, en muchos momentos, funcionó más como un instrumento político que como una institución jurídica.
Coello no se coloca como víctima ni como héroe, sino como un testigo privilegiado —y participante directo— de ese engranaje. La crudeza con la que describe esos episodios sirve para evidenciar un problema estructural: mientras la justicia dependa de voluntades individuales, la ley se volverá una herramienta flexible, manipulable, y en ocasiones, peligrosa.
La ruptura, el desgaste y el aprendizaje amargo del servicio público
El libro profundiza también en el costo personal del cargo. Coello narra la traición de quienes alguna vez consideró aliados, campañas mediáticas diseñadas para desacreditarlo, investigaciones internas que buscaron golpearlo políticamente y un desgaste emocional que se volvió imposible de ignorar. La caída no se cuenta como tragedia, sino como un proceso de revelación: la constatación de que incluso quienes luchan por sostener al Estado pueden convertirse en blanco del mismo Estado.
Habla del aislamiento que vivió en ciertos momentos, de la presión hacia su familia, del cuestionamiento interno que llega cuando el servidor público descubre que su institución ya no lo respalda. Pero también describe la reconstrucción: el regreso a una identidad propia fuera del aparato burocrático, la reinvención profesional, la oportunidad de narrar con libertad aquello que antes debía callar.
El legado que incomoda: advertencias para un país que aún teme mirarse al espejo
La obra cierra con una reflexión profunda sobre el sistema de justicia en México. Coello Trejo sostiene que el país vive atrapado en una paradoja: exige justicia, pero teme la confrontación real con los poderes que la secuestran. Afirma que sin reformas profundas, sin instituciones blindadas y sin funcionarios capaces de resistir presiones, la corrupción seguirá reproduciéndose como una enfermedad crónica.
Su mensaje final no busca redimir ni acusar, sino advertir. Deja constancia de lo que vivió para que el país comprenda que la justicia no se transforma con discursos, sino con decisiones que suelen ser dolorosas, impopulares y políticamente riesgosas.
El legado del fiscal de hierro no es una figura imperturbable, sino un llamado urgente a revisar la fragilidad del sistema. Su testimonio revela que México solo encontrará justicia cuando esté dispuesto a mirarse sin excusas, sin maquillajes y sin miedo a descubrir aquello que ha preferido ignorar durante décadas.
Sobre el autor.
Javier Coello Trejo: trayectoria y figura en la vida jurídica mexicana
Un perfil construido entre instituciones federales, litigios de alto impacto
y decisiones que lo colocaron en el centro de momentos tensos para el Estado
en una etapa crucial de la procuración de justicia en México.
Formación académica y primeros años profesionales
Javier Coello Trejo nació el 10 de diciembre de 1946 en Tecomán, Colima. Realizó estudios de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se especializó en materia penal. Desde sus primeros años mostró interés por la investigación criminal y el trabajo institucional, lo que lo llevó a incorporarse a áreas jurídicas del sector público. En esta etapa inicial consolidó una base técnica sólida y un estilo analítico que marcó su trayectoria.
Ingreso al servicio público y desarrollo dentro de la investigación penal
A lo largo de los años setenta y ochenta ocupó diferentes cargos en dependencias federales enfocadas en la investigación de delitos y la procuración de justicia. Su participación en áreas de inteligencia, operativos y coordinación institucional lo colocó en posiciones clave para enfrentar problemáticas crecientes de seguridad. Su desempeño destacó por su capacidad operativa y su manejo de escenarios complejos.
Subprocurador federal y figura visible de la PGR
Su etapa más reconocida llegó cuando fue nombrado subprocurador de la Procuraduría General de la República. Desde esa posición participó en investigaciones significativas y operativos de alto impacto. Su estilo firme y su presencia en casos relevantes lo proyectaron públicamente, originando el sobrenombre con el que sería conocido nacionalmente: 'El Fiscal de Hierro'. Esta etapa definió gran parte de su identidad profesional.
Transición al litigio privado y consolidación de un despacho propio
Tras su paso por el servicio público, Coello Trejo orientó su carrera al litigio penal, fundando su propio despacho. Representó a figuras públicas, empresarios y personajes vinculados a conflictos legales de alto perfil. Esta etapa reafirmó su reputación como abogado especializado en casos complejos y su habilidad para desenvolverse en un entorno jurídico altamente mediático.
La escritura como registro de una trayectoria pública
Luego de décadas de experiencia institucional y litigios emblemáticos, decidió plasmar parte de su recorrido en una obra escrita. Su propósito fue dejar testimonio de procesos, decisiones y momentos significativos de su carrera, así como ofrecer una mirada directa sobre los desafíos del sistema de justicia mexicano desde la perspectiva de alguien que ocupó cargos estratégicos.
Presencia y legado en la esfera jurídica
La figura de Javier Coello Trejo ocupa un lugar particular en la historia reciente de la procuración de justicia en México. Su trayectoria atravesó instituciones, operativos y momentos decisivos del Estado. Su legado se encuentra tanto en su participación en investigaciones relevantes como en la influencia que ejerció sobre la cultura jurídica y operativa de una época marcada por transformaciones profundas en materia penal.
(By Notas de Libertad).





LOS POLIVOCES: LA RISA QUE INVENTÓ UN PAIS
La historia del dúo que convirtió la televisión en espejo de barrio, oficina, familia y calle.
Entre Enrique Cuenca y Eduardo Manzano nació un lenguaje que México adoptó como propio.
Hoy, con la partida de Manzano en diciembre de 2025, la risa vuelve para despedir a uno de sus grandes arquitectos.
DOS MUCHACHOS, MUCHAS VOCES: EL ORIGEN DE UNA MANCUERNA IMPROBABLE
El encuentro de dos jóvenes que, sin saberlo, estaban por cambiar para siempre la comedia mexicana.
Un niño serio que aprendió a escuchar risas: la infancia de Eduardo Manzano
Eduardo Manzano creció en una Ciudad de México todavía hecha de vecindades, de cines de barrio y de estaciones de radio que acompañaban la tarde. No era el niño que interrumpía la comida con gritos o chistes improvisados; era el que observaba. Allí, en la mesa familiar, descubrió que la risa no es un accidente: es una coreografía. Notó que una palabra puede caer demasiado rápido, demasiado tarde o en el punto exacto donde se vuelve un pequeño estallido de alegría.
Esa intuición temprana —la de escuchar el ritmo de las conversaciones— le dio una ventaja que nadie imaginó. Mientras otros niños jugaban a ser héroes del cine, él imitaba a los tíos, al vecino que regañaba sin pausas, al voceador que cantaba las noticias. Su talento estaba germinando en silencio, sin aspavientos, como germinan las cosas que cambian vidas.
Enrique Cuenca: del barrio al escenario, el observador malicioso
Enrique Cuenca venía de otra ruta, pero compartía el mismo destino. Era el muchacho que caminaba por la calle con los ojos bien abiertos: veía el gesto exagerado del señor en la tienda, el paso presuroso de la ama de casa, el tono engolado del burócrata que se creía importante. Él no imitaba voces: imitaba actitudes. Tenía el olfato del caricaturista, esa habilidad para convertir un rasgo cotidiano en un personaje inolvidable.
En una época en que la televisión mexicana apenas estaba aprendiendo a respirar, Cuenca ya llevaba un pequeño teatro ambulante en la cabeza. No imaginaba que su habilidad necesitaba un complemento perfecto: alguien que pudiera
convertir todo aquello en música, en voz, en cadencia. La vida ya le estaba preparando el cruce.
La televisión que despertaba: México descubre el humor en vivo
La televisión de aquellos años era un experimento lleno de entusiasmo y torpezas. Los foros eran calurosos, las cámaras eran pesadas, los comediantes tenían que improvisar para llenar los huecos que la tecnología todavía no podía cubrir. Era un tiempo en que la creatividad valía más que cualquier presupuesto, porque todos estaban inventando un lenguaje.
En ese universo naciente, los productores buscaban algo nuevo: rostros frescos, ideas audaces, humor que no dependiera de grandes decorados sino de ingenio. México estaba listo para reír, pero no sabía aún cómo quería hacerlo. Hacía falta alguien que le diera forma a esa risa. O mejor dicho: hacían falta dos.
Concursos de aficionados: la noche en que dos imitadores empataron en talento
Los concursos de aficionados eran el territorio donde los jóvenes probaban su valor ante un público implacable. Allí llegó Manzano con su precisión vocal, limpio, disciplinado, casi quirúrgico. Y allí llegó Cuenca con su gesto desbordado, su energía contagiosa y esa picardía que arrancaba aplausos espontáneos.
Aquella noche coincidieron sin habérselo propuesto. Primero pasó uno, luego el otro, y algo en el ambiente cambió. Era evidente que ambos tenían talento; era evidente que ninguno eclipsaba al otro. Cuando el jurado anunció un empate, la reacción no fue de sorpresa, sino de reconocimiento. El público había visto claramente lo que los productores aún no sabían: esos dos jóvenes no estaban destinados a competir, sino a encontrarse.
Nada en ese pequeño foro hacía pensar que México acababa de presenciar el nacimiento de una dupla histórica.
De rivales a socios: la idea de unir talentos y compartir micrófono
La idea de unir fuerzas no surgió como una epifanía, sino como una conversación tímida entre dos muchachos que empezaban a intuir el tamaño de sus posibilidades. Manzano tenía una herramienta prodigiosa: su voz, capaz de transformarse en cualquier acento, edad o temperamento. Cuenca tenía otra: el cuerpo escénico, la exageración medida, la burla amable.
Juntos descubrieron que podían hacer algo que nadie más hacía: crear personajes completos, con ritmo, alma y manías. En un ensayo improvisado, una voz surgía de Manzano; Cuenca la completaba con un gesto; el personaje aparecía. No era una suma: era una fusión.
Así comenzó la sociedad que más tarde sería bautizada con un nombre tan simple como exacto.
Bautizo artístico: por qué “Polivoces” y qué significaba tener muchas voces
No buscaban un apellido artístico pretencioso. Solo querían un nombre que describiera lo que hacían sin adornos. Polivoces. Múltiples voces, múltiples posibilidades. Pero, sin proponérselo, estaban diciendo algo más profundo: no querían repetir un personaje hasta desgastarlo; querían inventar tantos como la vida les permitiera.
Ser “Polivoces” implicaba libertad. Implicaba el permiso de convertirse en oficinista, borrachito, niño, señor elegante, campesino, soldado, mujer de barrio o turista ingenuo. Implicaba un pacto con la imaginación: nunca dejar que una sola voz los definiera.
Era el nombre perfecto para dos jóvenes que estaban a punto de multiplicarse ante un país que, sin darse cuenta, había estado esperando exactamente eso.
LABORATORIO DE CARACTERES: CÓMO NACIERON GORDOLFO, AGALLÓN Y COMPAÑÍA
El taller secreto donde dos comediantes jóvenes aprendieron a convertir la vida cotidiana en una galería de personajes inolvidables.
La libreta y el café: apuntar frases oídas en la calle
Todo personaje nace de un gesto, una frase escuchada al vuelo, un ademán que se queda flotando. Para Manzano y Cuenca, la calle era un escenario involuntario lleno de inspiración. Llevaban siempre una libreta: no para escribir chistes, sino para atrapar frases que la gente soltaba sin intención cómica. El taxista que regañaba al tráfico. La vecina que repetía su propia frase como si fuera sentencia. El empleado puntual pero eternamente harto. Cada uno era un diamante en bruto.
Manzano anotaba el tono, la entonación, la respiración. Cuenca anotaba la postura, la mirada, la manera de mover las manos. Juntos formaban un método extraño y perfectamente funcional: la comedia empezaba observando, no inventando.
Mauricio Kleiff y el guion como partitura de carcajadas
En ese periodo, conocer al guionista Mauricio Kleiff fue como encontrar el engrane que faltaba. Kleiff entendió de inmediato que Los Polivoces no querían chistes aislados: querían construir mundos. Los sketches se escribían como pequeñas obras, con lógica interna, ritmo y un subtexto que siempre apuntaba a una crítica amable pero certera.
Kleiff les daba estructura; ellos le daban alma. El guion era la partitura; Manzano y Cuenca, los músicos que sabían improvisar sin traicionar la melodía. Gracias a ese triángulo creativo, las ideas dejaron de ser notas sueltas en una libreta y se convirtieron en personajes que parecían existir más allá del foro.
Gordolfo Gelatino: la ternura del ridículo
Gordolfo no nació como caricatura: nació como un descubrimiento. Cuenca había visto a un niño presumido, encantadoramente torpe, incapaz de medir el tamaño de su soberbia. Manzano lo replicó con una voz que mezclaba travesura y melodrama. De pronto, ahí estaba: un niño grande, dramático, inocente y exagerado… al que México adoptó sin resistencia.
Lo fascinante de Gordolfo era su humanidad. No era un personaje diseñado para burlarse de alguien, sino para recordar que todos tenemos un rincón ridículo del que, visto con cariño, brota una especie de inocencia. Su éxito fue inmediato. Y, sin saberlo, ese personaje inauguró la estética que convertiría a Los Polivoces en un fenómeno.
Agallón Mafafas, Don Teofilito y el Wash and Wear: los héroes del chiste compartido
Después de Gordolfo, los personajes empezaron a multiplicarse con una naturalidad casi asombrosa. Agallón Mafafas surgió de un vecino exagerado que Cuenca imitaba para hacer reír a Manzano fuera de cámaras. Don Teofilito nació de la obsesión de Manzano por interpretar ancianos sin caer en la parodia cruel: un viejito que no era burla sino retrato.
El Wash and Wear apareció cuando uno de ellos notó un patrón en los oficinistas que luchaban contra la rutina con frases torpes e ingeniosas. Ninguno de esos personajes fue planeado como “éxito seguro”: nacieron del juego. La clave estaba en que se atrevían a exagerar sin perder el alma.
México no solo los imitaba; los reconocía. Cada personaje era un espejo —dulce, deformante, ocurrente— en el que el público identificaba a alguien de su propia vida.
Del sketch al mito: cuando el personaje se vuelve más famoso que su creador
Hubo un momento en que Manzano y Cuenca se dieron cuenta de que algo extraordinario estaba ocurriendo: los personajes ya no les pertenecían. La gente los llevaba a su vida diaria, repetía frases en el mercado, en la calle, en las escuelas. Los sketches ya no se consumían como entretenimiento pasajero, sino como ritual cultural.
El mito comenzaba cuando los personajes trascendían su propio programa. Gordolfo ya no era un personaje de televisión: era un compañero imaginario de millones. Don Teofilito se convirtió en una figura paterna invertida. Agallón Mafafas era el amigo exagerado que todos tienen.
Ese nivel de apropiación solo lo logran los comediantes que saben tocar fibras profundas sin recurrir a la ofensa. Los Polivoces estaban logrando algo que no se fabrica: estaban creando memoria colectiva.
Lenguaje, tics, muletillas: el diccionario secreto de Los Polivoces
La comedia del dúo no dependía solo de voces y disfraces. Había un lenguaje secreto en su trabajo: vocablos inventados, ritmos de habla, silencios estratégicos, microgestos que se repetían como un código compartido entre ellos y el público.
Cada frase tenía una música. Cada gesto tenía un significado. Las muletillas, lejos de ser pereza creativa, eran herramientas que unificaban la identidad de un personaje. Un simple “¡Ahi, madre!” de Gordolfo, colocado en el momento exacto, podía provocar carcajadas porque el público sabía lo que venía detrás, aunque no se hubiera dicho aún.
Ese diccionario invisible fue una de sus mayores innovaciones: hicieron que la comedia se volviera lenguaje, y que el lenguaje se volviera pertenencia.
LOS REYES DEL SÁBADO: TELEVISIÓN, GIRA Y FENÓMENO POPULAR
La época en que dos comediantes se adueñaron de la pantalla mexicana y convirtieron cada sábado en un ritual colectivo.
De invitados a estelares: el nacimiento de un programa propio
Las primeras apariciones de Manzano y Cuenca en programas de variedades fueron pequeñas chispas en un escenario todavía incierto. Llegaban como invitados, como respaldo cómico, como una apuesta tímida por parte de los productores. Pero bastaron unos cuantos sketches para que se encendiera algo irrepetible: el público no solo reía, los esperaba. Pronto, las cartas de los espectadores pedían ver más de aquellos dos jóvenes capaces de transformarse en personajes tan distintos como entrañables.
El ascenso a estelares no fue un golpe de suerte, sino un reconocimiento natural. La televisión mexicana, aún en construcción, necesitaba rostros propios, ritmos propios, y Los Polivoces ofrecían algo que nadie más tenía: una comedia que mezclaba ternura, crítica y absurdo en la medida exacta.
“Los Polivoces” y “El Show de los Polivoces”: un mundo dentro de un sketch
El programa propio llegó como consecuencia inevitable. Lo que al inicio fueron espacios reducidos se convirtió en un universo entero de personajes, situaciones y frases que comenzaron a fijarse en la memoria del país. Cada sketch era una ventana distinta: el oficinista atrapado en la burocracia, el vecino exagerado, la pareja dispareja que peleaba por todo, el niño desesperantemente dramático.
El secreto estaba en la construcción del ritmo. Cada sketch tenía un inicio que atrapaba, un desarrollo que sostenía la risa y un remate tan preciso que parecía coreografía. Los foros se llenaban de carcajadas espontáneas, y los técnicos, acostumbrados a la solemnidad del trabajo, terminaban contagiados.
La pantalla chica, el país grande: México se veía a sí mismo
El éxito descomunal del programa no se explicaba solo por la calidad de los personajes. Había algo más profundo: México se reconocía en ellos. La comedia de Los Polivoces no se burlaba desde arriba, sino desde adentro. No ridiculizaba al trabajador ni al burócrata ni al niño caprichoso: los retrataba con una mezcla de exageración y ternura que permitía reír sin culpa.
En un país que transitaba por cambios rápidos —urbanización acelerada, migraciones internas, nuevas formas de vida— el programa funcionaba como un espejo que suavizaba la incertidumbre. Verlos era entenderse, era encontrar humor en las tensiones cotidianas sin negar su existencia.
Películas, discos y publicidad: la expansión de un fenómeno
El éxito televisivo fue solo el inicio. Pronto llegaron las películas que buscaban capturar la esencia del dúo, aunque la pantalla grande no siempre lograba reproducir la magia que creaban en vivo. Aun así, el público acudía porque quería más de ese universo lleno de personajes desbordados y, al mismo tiempo, sorprendentemente humanos.
También llegaron discos con diálogos, canciones humorísticas y escenas grabadas, además de campañas publicitarias que usaban sus personajes como referencia inmediata. Los Polivoces habían dejado de ser solo comediantes: eran una marca emocional que el público llevaba consigo.
Familias reunidas frente a la televisión: el ritual semanal
Había algo casi sagrado en los sábados por la noche. Las familias se reunían en torno al televisor —a veces el único en toda la cuadra— para ver el programa. Los adultos esperaban los chistes, los niños imitaban voces, los abuelos encontraban ecos de personajes que les recordaban otros tiempos. No era un programa: era un punto de encuentro.
Ese ritual creó una comunidad silenciosa. Durante media hora, tal vez una hora, el país completo parecía estar sincronizado en la misma carcajada. La risa, por un instante, era unificadora.
Latinoamérica descubre a Los Polivoces: humor que cruza fronteras
Cuando el programa comenzó a exportarse a otros países de Latinoamérica, la sorpresa fue inmediata. ¿Cómo podían entender un humor tan local? ¿Cómo podían reír con personajes tan profundamente mexicanos? La respuesta era sencilla: la humanidad detrás de cada sketch era universal.
La exageración no era burla, sino lenguaje. La torpeza era ternura. La crítica social se escondía detrás de una sonrisa. Eso permitió que el dúo conquistara públicos distintos sin traicionar su esencia. Eran mexicanos hasta la médula, pero su humor pertenecía a cualquiera que hubiera aprendido a sobrevivir riéndose.
RISAS Y CICATRICES: LA CRISIS, LA SEPARACIÓN Y LOS CAMINOS DIFERENTES
El momento en que la dupla descubrió que el éxito también desgasta y que crecer separados era inevitable.
Cuando el éxito pesa: tensiones en la cima
La cima no siempre es luminosa. Para Manzano y Cuenca, el éxito llegó acompañado de una presión que pocos imaginaban desde afuera. Cada sketch debía superar al anterior, cada personaje nuevo llegaba con una expectativa descomunal. Lo que antes era juego comenzó a sentirse como obligación. Los ensayos se hicieron más largos, las discusiones más frecuentes y la sensación de ligereza que había marcado sus inicios empezó a diluirse.
No dejaron de admirarse, pero sí comenzaron a cansarse. El público veía magia; ellos veían horas interminables de preparación, sacrificios personales y un ritmo que ya no era sostenible.
¿Quién escribe, quién decide, quién guía?: fricciones creativas
La creación compartida es una danza delicada. Basta un pequeño desequilibrio para que la armonía se fracture. Manzano y Cuenca tenían visiones distintas de hacia dónde debía avanzar el programa. Uno buscaba más estructura; el otro quería espacio para improvisar. Uno sentía que el peso de la escritura debía reconocerse más; el otro creía que la actuación era la esencia del éxito.
Las diferencias no anulaban el talento, pero sí tensaban la convivencia. Lo que antes resolvían con risas comenzó a resolverse con silencios incómodos y con un cansancio emocional que se acumulaba sin ser atendido.
El quiebre: dos rutas, un mismo origen
Cuando la separación llegó, no lo hizo con estruendo, sino con resignación. Era claro que la dupla necesitaba aire. El programa conjunto dejó de producirse y, poco después, cada uno buscó su propio camino: Cuenca con un nuevo proyecto donde intentaba reinventar lo que ya dominaba, Manzano en un formato donde su versatilidad vocal podía brillar sin límites.
No fue una ruptura escandalosa ni un pleito público. Fue, más bien, la consecuencia natural de años de trabajo intenso, expectativas elevadas y mundos creativos que ya no marchaban al mismo ritmo.
La televisión ochentera: el país cambia, el humor también
Los ochenta trajeron otra sensibilidad. Nuevos comediantes surgieron, nuevos programas ocuparon horarios estelares y la televisión comenzó a explorar formatos más rápidos y urbanos. La época de los personajes entrañables seguía vigente, pero ya no era la única propuesta.
Manzano y Cuenca, cada uno por su lado, se enfrentaron a esa nueva realidad. No bastaba con ser leyendas del pasado inmediato: había que adaptarse, reinventarse y encontrar un espacio en un paisaje donde la nostalgia no garantizaba supervivencia.
Cicatrices que duelen fuera de cámara
Más allá de los foros y el público, la separación dejó un vacío emocional difícil de describir. Habían crecido juntos, se habían descubierto juntos, habían conquistado al país como un solo cuerpo creativo. La distancia, aunque necesaria, dejó heridas silenciosas.
No había odio, pero sí desencuentros acumulados. No había traición, pero sí una tristeza íntima por algo que ya no podía sostenerse. La risa que compartían en escena seguía existiendo, pero las dinámicas personales ya no eran las mismas.
La memoria del público: la dupla que nunca dejó de existir
Aun separados, para México seguían siendo Los Polivoces. El público no aceptaba del todo la ruptura. Sus frases seguían repitiéndose en oficinas, escuelas y casas; sus personajes seguían vivos en la memoria colectiva como si aparecieran en televisión cada semana.
Esa permanencia afectiva fue un bálsamo para ellos. Aunque sus caminos se habían dividido, el país seguía guardando su obra en un lugar privilegiado: la risa que no envejece, la risa que no pregunta por contratos ni diferencias creativas.
RECUERDOS, REENCUENTRO Y DESPEDIDA: ENRIQUE CUENCA Y EL AÑO 2000
El tramo final de una amistad creativa que sobrevivió distancias, nostalgias y un último abrazo antes del adiós.
Los noventa: nostalgia en vivo y homenajes inesperados
Durante los años noventa, la televisión mexicana atravesaba una transformación profunda. Las nuevas generaciones crecían con formatos distintos, pero el eco de Los Polivoces seguía presente en sketches, concursos y programas especiales que recurrían a su legado para convocar al público. Manzano y Cuenca aparecían por separado en homenajes, aniversarios y transmisiones nostálgicas donde los personajes que habían creado parecían esperar su turno para reaparecer.
La dupla ya no trabajaba junta, pero la memoria del público funcionaba como un puente silencioso que los mantenía unidos. Cada vez que uno aparecía en pantalla, surgía inevitablemente la pregunta: “¿Y el otro?” Esa ausencia tenía un peso afectivo que ningún formato nuevo podía borrar.
Comerciales y apariciones especiales: el pasado que llama a la puerta
Las marcas comenzaron a buscarlos para campañas publicitarias que buscaban atraer al público apelando a la memoria colectiva. A veces se les invitaba juntos; otras, por separado. Cada aparición era una cápsula de tiempo: un recordatorio de lo que habían sido y de lo que el país seguía amando.
No importaba si el sketch era breve o si solo se retomaba una frase clásica. La gente reaccionaba con entusiasmo inmediato. Había una sensación de retorno, como si un fragmento de los años setenta volviera a acomodarse en el presente. Los Polivoces seguían vivos, incluso cuando el escenario los colocaba en caminos distintos.
El reencuentro personal: conversaciones que desatan nudos viejos
No fue un reencuentro anunciado ni televisado. Fue íntimo, necesario, humano. Con el paso del tiempo, las tensiones que provocaron su separación perdieron filo. Manzano y Cuenca volvieron a hablarse con la calma que solo la madurez concede. Recordaron los años de hambre creativa, los días interminables en foros y camerinos, la primera vez que un productor creyó en ellos.
No necesitaban reconstruir la mancuerna artística; necesitaban reconstruirse a sí mismos como amigos. Y lo hicieron. En esas conversaciones privadas quedó claro que el afecto nunca había desaparecido: simplemente había estado esperando un lugar para volver a descansar.
La muerte de Enrique Cuenca en el año 2000: un adiós que parte en dos la memoria
La noticia llegó con la crudeza que siempre acompaña a las pérdidas súbitas. Enrique Cuenca murió en el año 2000, dejando un vacío emocional que no podía medirse en rating, premios o repeticiones. México perdió a un comediante formidable, pero Manzano perdió algo más profundo: a la otra mitad de una época irrepetible.
El duelo fue colectivo. Los medios retomaron sketches, entrevistas, imágenes que durante décadas habían hecho reír al país. Se habló del talento de Cuenca, de su disciplina, de su sensibilidad para construir personajes que parecían respirar. La despedida dejó claro que su obra no pertenecía solo a la televisión: pertenecía a la identidad afectiva del país.
El peso de sobrevivir a la propia dupla
Cuando una mancuerna artística es tan poderosa como la de Los Polivoces, sobrevivir al compañero implica un tipo de soledad que no tiene remedio inmediato. Para Manzano, continuar trabajando era también un acto de preservación: mantener viva la risa que habían construido juntos. El público lo recibía con cariño, pero siempre con la conciencia de que faltaba una voz, un gesto, una presencia.
Aun así, su trayectoria no se detuvo. Eduardo siguió explorando personajes, géneros y formatos, pero entendiendo que había heredado una responsabilidad emocional: custodiar el legado de ambos.
El legado compartido: la dupla que el tiempo no desgasta
Con el paso de los años, quedó claro que Los Polivoces no eran un fenómeno pasajero. Sus personajes continuaron transmitiéndose en repeticiones, recopilaciones, homenajes y en la memoria viva del público. La muerte de Cuenca no cerró la historia: la transformó.
Manzano, ya como guardián del recuerdo, entendió que la mejor forma de honrar a su compañero era seguir creando, seguir apareciendo, seguir recordando en cada entrevista que la magia de Los Polivoces no surgió de la fama, sino de la complicidad. Y esa complicidad, incluso después del adiós, seguía dando luz.
EDUARDO MANZANO DESPUÉS DE LOS POLIVOCES: EL ABUELO QUE LLEGÓ TARDE A LA FAMA
El recorrido solitario de un comediante que resistió balas, olvidos y reinvenciones hasta convertirse en símbolo de una nueva generación.
Entre sets y foros: el actor que nunca dejó de trabajar
Después de la separación de Los Polivoces, muchos imaginaron que Eduardo Manzano quedaría atrapado en la nostalgia. No fue así. Su disciplina, casi artesanal, lo mantuvo en movimiento. Aceptaba papeles grandes y pequeños, convencido de que cada personaje merecía el mismo rigor. Se volvió un rostro familiar en la televisión: el tío simpático, el vecino incómodo, el maestro despistado, el hombre que siempre tenía algo torcido en los planes.
No buscaba protagonismo; buscaba continuidad. Mientras otros se apagaban con la edad, Manzano se sostenía con una constancia casi silenciosa. Era un obrero del humor, de esos que no necesitan reflectores para seguir construyendo mundos.
La noche del asalto de 1998: balas, miedo y una decisión vital
En 1998, su vida dio un giro abrupto. Un intento de asalto lo dejó herido de bala y al borde de una tragedia que habría silenciado para siempre a uno de los comediantes más queridos del país. La herida física sanó con el tiempo; la emocional tardó más. La violencia lo sacudió de una manera profunda, recordándole que la vida pública no lo blindaba del peligro.
Aun así, volvió al trabajo tan pronto pudo. No lo hacía por necesidad económica, sino por necesidad emocional. Actuar era su forma de seguir vivo, de mantener un hilo de luz aun cuando la realidad lo había expuesto a uno de sus rostros más crueles. Aquella bala no frenó su carrera; la hizo más urgente.
Papeles sueltos, películas, telenovelas: el rostro que siempre regresaba
Durante más de una década, Eduardo se convirtió en ese actor que la gente reconocía sin recordar al instante su nombre, pero sí su cadencia, su sonrisa ladeada, su capacidad para hacer amable incluso al personaje más torpe. Cada aparición televisiva era un recordatorio de que todavía estaba ahí, firme, dispuesto, intuitivo.
Su versatilidad vocal, aquella que lo convirtió en Polivoz décadas atrás, se adaptó a nuevas narrativas. Ya no interpretaba caricaturas; interpretaba hombres cansados, abuelos testarudos, trabajadores que se resistían a la modernidad. Sus personajes crecieron con él. Su público también.
“Una Familia de Diez”: la consagración tardía
Cuando apareció el personaje de Don Arnoldo López en “Una Familia de Diez”, Eduardo Manzano vivió algo que pocos artistas experimentan: un segundo estrellato, surgido no de la nostalgia, sino de la frescura. Don Arnoldo era tacaño, exagerado, adorable en su absurdo. No tenía nada de los personajes clásicos de Los Polivoces, pero sí poseía la humanidad que siempre definió su trabajo.
Los niños lo adoptaron, los jóvenes lo imitaron y los adultos celebraron que el comediante de su infancia volviera renovado. Era como si la vida le hubiera devuelto, en plenitud, un aplauso pendiente. Convertirse en abuelo simbólico de la televisión mexicana fue uno de sus triunfos más inesperados.
Autorreferencias y guiños: Gordolfo y Agallón visitan al siglo XXI
Aunque ya no interpretaba a sus personajes clásicos, Eduardo sabía que vivían en el corazón del público. En entrevistas, en programas especiales y en homenajes, dejaba caer frases, tonos o gestos que remitían a Gordolfo Gelatino o a Agallón Mafafas. Nunca lo hacía como explotación del pasado, sino como un juego afectuoso con quienes lo habían acompañado toda la vida.
Era un puente generacional: los abuelos recordaban, los padres reían, los hijos descubrían algo nuevo. Su humor, lejos de quedar atrapado en el archivo setentero, encontró nuevas resonancias en un mundo acelerado que necesitaba ternura.
La vejez a cuadro: lucidez, cansancio y respeto absoluto
Con el paso del tiempo, Manzano comenzó a mostrarse más lento, más frágil, pero nunca menos claro. Su lucidez cómica se mantuvo intacta. Tenía el don de decir una frase aparentemente sencilla y convertirla en detonante de carcajadas. Su presencia en foros y programas especiales se volvió más esporádica, pero también más celebrada.
El gremio lo trataba con reverencia. No como reliquia, sino como maestro. Eduardo entendió que envejecer en público es un acto de valentía: aceptar que el cuerpo se agota, pero que el oficio —cuando se ha amado de verdad— permanece ileso.
EL ÚLTIMO APLAUSO: LUTO, MEMORIA Y FUTURO DE LA RISA POLIVOZ
La despedida de Eduardo Manzano y el eco que su risa deja en un país que aún se mira en los personajes que creó.
La noticia en la madrugada: un país se detiene
La muerte de Eduardo Manzano estremeció al país no por inesperada, sino por lo que representaba. Murió a una edad en la que muchos creían que la vida ya no sorprende, pero él seguía apareciendo en pantalla con la vitalidad de quien nunca renunció al oficio. La noticia corrió de madrugada, tejida entre mensajes, llamadas y un silencio que se instaló en miles de hogares.
No era solo la muerte de un comediante: era la despedida de un capítulo entero de la memoria televisiva de México. En esas primeras horas oscuras, el país entendió que había perdido algo que, aun sin notarlo, lo acompañaba desde hacía décadas.
Condolencias, homenajes y un país revisitando sus sketches
Las redes se llenaron de imágenes, frases y videos. Surgieron homenajes improvisados, compilaciones hechas por fans, recuerdos de actores, productores y periodistas. La risa se convirtió en forma de duelo. Los fragmentos de Gordolfo Gelatino, Don Teofilito, Agallón Mafafas y tantos otros volvieron a circular como si se tratara de un ritual colectivo de despedida.
En cuestión de horas, México volvió a verse reflejado en aquellos personajes que parecían dormidos, esperando ser recordados. El duelo no fue solemne: fue alegre, luminoso, profundamente agradecido. Como si la risa pudiera, por un instante, contener la muerte.
El abrazo del gremio: generaciones unidas por un mismo referente
El mundo artístico respondió con una sensibilidad que pocas veces se ve. Comediantes jóvenes hablaron de él como maestro; actores veteranos lo recordaron como un compañero generoso; productores contaron anécdotas de ensayos interminables donde Eduardo siempre encontraba el detalle que cambiaba todo. Se habló de su disciplina, de su humildad, de su capacidad para reírse incluso de su propio cansancio.
Para muchos, Eduardo Manzano representaba el tipo de comediante que ya no se fabrica: completo, versátil, intuitivo. Un artesano del humor. Su muerte recordó al gremio que el oficio no es solo fama o destreza, sino un acto de entrega constante.
El humor frente a la nueva sensibilidad: lo que cambia y lo que permanece
Tras su muerte surgieron debates inevitables: ¿cómo dialoga el humor de Los Polivoces con la actualidad? ¿Qué funciona todavía? ¿Qué debe reinterpretarse con contexto? Algunas caricaturas sociales de los años setenta hoy se miran con otros ojos, y esa lectura moderna no disminuye su valor: lo contextualiza. El humor, como el país, cambia.
Lo que permanece es la humanidad detrás de cada personaje. El cariño, la ternura, la observación fina de la vida cotidiana. Allí está el legado indestructible: no en el chiste rápido, sino en la capacidad de retratar al país sin despreciarlo.
La risa como archivo emocional de México
Los Polivoces no solo hicieron reír: hicieron memoria. Gracias a ellos, generaciones enteras recuerdan cómo sonaba la calle, cómo hablaban los burócratas, cómo se movían las familias, cómo se pensaba el humor en una época que ya parece distante. Su risa es un archivo que cuenta la historia emocional del país más allá de estadísticas o discursos.
Eduardo Manzano fue testigo y narrador de esa historia. Y su muerte abrió un espacio de reflexión sobre lo poco que valoramos, en vida, a quienes moldean nuestra identidad afectiva.
La herencia: cuando dos voces se vuelven muchas
Con su partida, se cierra un ciclo, pero no se apaga. Los Polivoces siguen vivos en los imitadores, en los comediantes que aprendieron ritmo y estructura viendo sus sketches, en los niños que ahora ríen con Don Arnoldo sin saber que detrás de ese abuelo entrañable había un creador que cargaba medio siglo de oficio.
La herencia no es solo artística: es emocional. Eduardo Manzano deja un eco que no necesita repetición televisiva para sobrevivir. Ese eco vive en los dichos que aún se usan, en las frases que aparecen sin aviso en conversaciones cotidianas, en la sensación de que, aunque el país cambie, la risa sigue siendo un lenguaje compartido.
Así termina la historia de un hombre que nunca dejó de hacer reír, incluso cuando la vida se volvió pesada. Su último aplauso no ocurrió en un foro, sino en la memoria agradecida de millones que hoy lo despiden con la certeza de que pocas veces un comediante deja una huella tan profunda.
(By Notas de Libertad).


















































