
LA LEYENDA
51

La Leyenda 51
Cuando la esperanza se atreve a morder el silencio
La cicatriz que respira
Hay domingos que no nacen: se levantan desde el polvo.
México amanece como quien despierta de un sueño que no tuvo final, con el alma entumida de tanto fingir paciencia. Pero aquí estamos otra vez, con la palabra entre los dientes, dispuestos a volver a creer que escribir puede ser un acto de redención.
No se escribe para tener razón: se escribe para no perder el pulso.
Cincuenta y una veces la tinta se ha vuelto refugio y fuego, testimonio y herida. Cada línea nace del mismo lugar: del temblor de sabernos vivos en medio del derrumbe.
El país que se niega a desaparecer
México no se cae: se desangra de pie.
Hay quienes ya no miran el horizonte porque temen encontrar el mismo abismo de siempre, pero aún hay otros que lo cruzan a pie, con las manos llenas de tierra y esperanza.
Seguimos siendo un país que duele, pero también un país que abraza.
Entre tanta desmemoria oficial, lo único que no han podido borrar es la voz del pueblo que no olvida. Aquí, cada injusticia tiene rostro, y cada silencio lleva nombre.
La palabra que muerde
La palabra no nació para complacer, sino para desafiar.
A veces ruge, a veces suplica, pero nunca obedece. No le teme al poder ni a la tristeza. Es la última frontera antes del olvido.
Cuando la palabra muerde, la mentira sangra.
Por eso La Leyenda no escribe para los cómodos: escribe para los que se atreven a dolerse. Para los que saben que el miedo no se vence gritando, sino escribiendo lo que nadie quiere escuchar.
La ternura como insurrección
En medio del barro también florece la ternura.
Hay gestos pequeños que sostienen al mundo: la mano que se extiende, la mirada que perdona, la voz que no condena.
La ternura también es una forma de revolución.
Es el hilo invisible que cose los pedazos del alma colectiva. Porque amar, en un país que se desangra, es un acto de valentía.
La memoria que arde
La historia no se archiva: se respira.
Cincuenta y una entregas después, sigo convencido de que la palabra puede incendiar la costumbre, romper la comodidad del olvido y obligarnos a mirar lo que duele.
La memoria es la llama que el poder teme.
Cada domingo, al escribir, siento que el pasado se sienta conmigo y me dicta lo que aún falta por decir. No es nostalgia: es compromiso con los que no pudieron contarlo.
La voz que sigue de pie
No hay aplausos que busque ni templos que bendigan esta escritura. Solo un fuego que no se apaga.
Escribo porque hay heridas que solo sanan cuando alguien se atreve a nombrarlas.
La verdad no muere: se disfraza de palabra hasta que alguien la rescata.
Y si La Leyenda sigue viva, es porque aún quedan almas que prefieren una verdad que duela a una mentira que duerma.
Soy Wintilo Vega Murillo, y escribo La Leyenda no para ganar la historia, sino para que no la ganen los cobardes.
Mientras haya un silencio que arda y un corazón que escuche, habrá palabra.
Porque escribir, al fin y al cabo, es enseñar al dolor a decir su nombre sin perder la fe.

Índice de Contenido
Hoy en “La Leyenda”
/… Bienvenida a La Leyenda 51
Donde la esperanza despierta con las manos llenas de ceniza
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… Juan Carlos Romero Hicks: El hombre que convirtió el servicio en destino
Retrato de una vida que unió la educación, la fe y la política bajo una misma palabra: servicio.
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… El agua sitiada: cuando la política se disfraza de protesta
El Acueducto Solís–León entre la verdad técnica, la cartulina y la confusión política.
/… Celaya: cuando el progreso empieza a tener rostro
Una ciudad que aprende a planear el futuro sin olvidar que cada avance debe medirse en la vida de su gente.
/… Los ciudadanos que ya no tienen derecho a indignarse
La sentencia que despoja al contribuyente de su voz y su esperanza
/… De Contreras a Magaña: la disputa por el control del Verde
Un partido dividido entre la imposición del centro y la resistencia de su propia base.
/… El nuevo rumbo azul: entre la reinvención y la herencia
El Partido Acción Nacional proclama su relanzamiento con promesas de apertura, un nuevo lema y la ruptura de alianzas históricas; sin embargo, el debate sobre su identidad y coherencia apenas comienza.
/… Desacato en la Feria de Purísima del Rincón: cuando el poder local ignora la ley
El Ayuntamiento de Purísima del Rincón aprobó disposiciones claras para la Feria 2025, pero el comité organizador las desobedeció abiertamente, exhibiendo una fractura entre la autoridad legítima y la administración paralela del poder municipal.
/… Guillermo Ochoa: el portero que ya no tapa nada
“La caída del mito que confundió fama con derecho adquirido”
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“El Seminarista de los Ojos Negros”
De: Antonio Guzmán Aguilera
Sobre el poema:
La Chacha Micaila: el grito del alma campesina
El dolor que aprendió a hablar con la voz del pueblo
Sobre el autor:
Antonio Guzmán Aguilera: la voz que le dio alma al campo mexicano
El poeta que convirtió la tierra en palabra y el dolor en canto
*Si quieres escucharlo en la voz de: Manuel Bernal
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida – Guadalajara
El Tragón se fue de gira a Guadalajara para mostrarnos sus preferidos.
(By Notas de Libertad).
/… Las Sombrillas, Guadalajara: el refugio del tiempo en el Centro Histórico
Donde la ciudad se sienta a recordar entre el café, la lluvia y la nostalgia.
(By La Gira del Tragón).
/…Casa Bariachi, Guadalajara: la fiesta del mariachi servida en cazuela y alma
Donde la música se come, el fuego baila y el sabor aprende a cantar.
(By La Gira del Tragón).
/… El Sacromonte, Guadalajara: la casa donde la cocina se volvió arte
Entre muros coloniales y aromas mestizos, la historia del sabor mexicano encontró su altar.
(By La Gira del Tragón).
/… Kamilos 333, Guadalajara: el sabor que hizo historia en Santa Tere
Donde la carne en su jugo se volvió tradición y el fuego aprendió paciencia
(By La Gira del Tragón).
/… Pierrot, Guadalajara: la elegancia que aprendió a hablar francés
Donde la memoria del buen gusto se sienta a la mesa con el tiempo.
(By La Gira del Tragón).
/… Santo Coyote, Guadalajara: la ceremonia del fuego y el maíz
Un santuario donde la comida se vuelve rito y la memoria se sirve al aire libre
(By La Gira del Tragón).
/… Karne Garibaldi, Guadalajara: el minuto que se volvió tradición
La mesa tapatía donde el tiempo aprendió a servirse caliente
(By La Gira del Tragón).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 26 de octubre al sábado 1 de noviembre.
Cuando el tiempo también tiene voz
Una invitación a escuchar los días que hicieron historia
El calendario no solo marca fechas: marca huellas. En cada día hay una historia que respira, un nombre que se recuerda, una causa que sigue viva…
Santoral
Del domingo 26 de octubre al sábado 1 de noviembre
Cada nombre que el calendario recuerda es una historia de fe, entrega y esperanza. En estos días, las voces del santoral se elevan como un eco del pasado que sigue dando sentido al presente. Son vidas que no se apagan: lámparas encendidas en el tiempo.
Efemérides Nacionales e Internacionales
Del domingo 26 de octubre al sábado 1 de noviembre
La memoria también tiene su calendario. En estas fechas, los hechos que moldearon al mundo vuelven a contarse con el pulso de la historia. México y el planeta laten juntos en el recuerdo de quienes cambiaron el rumbo del tiempo.
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
Del domingo 26 de octubre al sábado 1 de noviembre
Hay días que no marcan el paso del reloj, sino el de la conciencia. Cada conmemoración es una invitación a mirar lo que somos y lo que aún debemos construir: justicia, respeto, ciencia, arte, naturaleza. El calendario se vuelve compromiso.
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… Neil Diamond: la canción que aprendió a cantar por sí sola
Crónica de un hombre que hizo del sentimiento una patria y de la sencillez una forma de eternidad
*Con un click escucha: *Neil Diamond – All Time Greates Hits (Play List).
(By Notas de Libertad).
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/… Manuel Mijares: la permanencia del alma en una voz
Crónica de una vida cantada con dignidad, romanticismo y verdad
*Con un click escucha: *Mijares—Grandes Éxitos, Sus Mejores Canciones (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
“Ciudadano Fujimori”, la construcción de un político.
De: Luis Jochamowitz
Resumen:
Fujimori: el ciudadano que quiso ser Estado
Anatomía del poder oculto tras la sonrisa del profesor
Sobre el autor:
Luis Jochamowitz: el cronista que convirtió el archivo en conciencia
El periodista que hizo del silencio del poder una forma de revelación
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… Carlos A. Madrazo: El ciclón que quiso democratizar la tormenta
Historia completa del reformador tabasqueño que desafió al poder desde dentro del sistema
(By operación W).

Bienvenida a La Leyenda 51
Donde la esperanza despierta con las manos llenas de ceniza
El país que escribe con la voz temblando
Este domingo no se escribe: se resiste.
Hay palabras que nacen con fiebre, que tiemblan como el cuerpo antes del grito. La Leyenda llega a su entrega número cincuenta y uno, y cada línea lleva la marca de una batalla distinta. No se trata de seguir escribiendo: se trata de seguir respirando entre los restos del país que fuimos.
No se escribe para tener razón: se escribe para no perder el pulso.
El papel no es papel: es campo de batalla. Y cada palabra que sobrevive, es una trinchera.
Los que no se rinden aunque los borren
Esta columna no es para los que aplauden la ruina, sino para los que la sobreviven. Para los que salen a la calle con el alma remendada, los que aman sin garantías, los que siembran esperanza en tierra árida.
Hay héroes que no portan uniforme, pero cargan al país sobre el corazón.
Ellos son los anónimos que no salen en los noticieros, pero que mantienen en pie la dignidad nacional. Sin ellos, México sería solo un eco roto.
La palabra que incendia el silencio
No hay palabra inocente. Cada una lleva pólvora.
En tiempos donde la verdad se castiga, escribir es prender fuego a la indiferencia. No se trata de tener razón, sino de no convertirse en cómplice.
El silencio no protege: pudre.
Por eso La Leyenda no se calla. Porque sabe que callar es darle oxígeno al verdugo y veneno a la esperanza.
El dolor como bandera
Hay dolores que no se curan: se vuelven brújula.
México no sangra en vano: sangra porque aún tiene corazón. Cada madre que busca, cada hijo que pregunta, cada ciudadano que se indigna es una promesa viva de que la historia no está cerrada.
El país que duele también respira.
Y mientras duela, hay posibilidad de cambio. La justicia, aunque lenta, todavía camina bajo la piel de la memoria.
Cincuenta y una veces volver del abismo
No hay entrega sin temblor. Cada domingo es un renacimiento, una confesión escrita con la voz quebrada y las manos sucias de verdad.
La palabra no cura: acompaña.
Y acompañar, en medio de la desolación, es ya una forma de milagro. La Leyenda ha sido eso: una lámpara encendida entre ruinas, un refugio para los que aún creen que escribir sirve para algo más que llenar el tiempo.
La ternura como rebeldía
Entre tanta rabia, la ternura se vuelve subversiva.
No es un gesto blando: es un grito que acaricia. Porque amar sigue siendo el acto más revolucionario en un país donde el poder desprecia la compasión.
El amor que sobrevive al miedo es el único que cambia la historia.
Y aunque parezca imposible, cada abrazo dado en medio del desastre sigue siendo una forma de justicia.
El país que aún respira bajo la ceniza
No todo está perdido. Lo que arde no siempre muere: a veces florece.
México no es un país roto, sino uno que no deja de intentarlo.
La esperanza no desaparece: solo aprende a esconderse en los corazones cansados.
Y ahí sigue, esperando el momento en que alguien, cualquiera, vuelva a pronunciar su nombre sin miedo.
Epílogo para los que aún arden
Soy Wintilo Vega Murillo, y escribo La Leyenda no para explicar el país, sino para acompañarlo en su herida.
Cincuenta y una veces he visto cómo la verdad sangra, pero también cómo brilla.
La verdad no se rinde: se disfraza de palabra hasta que alguien la pronuncia con amor.
Y mientras haya una sola línea encendida, aunque tiemble, La Leyenda seguirá respirando por todos los que aún creen que el alma también puede escribir justicia.
(By Notas de Libertad).




Juan Carlos Romero Hicks: El hombre que convirtió el servicio en destino
Retrato de una vida que unió la educación, la fe y la política bajo una misma palabra: servicio.
Un corazón forjado en Guanajuato
De la infancia entre callejones al llamado del aula.
Niñez entre callejones y valores
Juan Carlos Romero Hicks nació el 10 de diciembre de 1955 en Guanajuato capital, una ciudad de callejones estrechos, templos antiguos y un aire que parece hecho de memoria.
Desde niño aprendió que el respeto y la gratitud son las primeras formas de educación.
Su infancia transcurrió entre los ecos de las estudiantinas y las conversaciones familiares que giraban alrededor de los libros.
Su padre, Enrique Romero, abogado guanajuatense, creía que la justicia empieza en casa.
Su madre, Joan Hicks, maestra proveniente de Nueva Jersey, sembró en él el amor por el conocimiento y la disciplina.
Creció en una familia bilingüe y bicultural que le enseñó a escuchar antes de hablar, a aprender antes de juzgar.
La mezcla de culturas fue también una lección de empatía.
Esa dualidad —el México profundo y el idealismo americano— moldeó su visión de mundo: diversa, justa y profundamente humana.
Herencias de dos mundos
La unión de Enrique y Joan fue un encuentro entre la vocación del servicio y el amor por la enseñanza.
De su madre heredó la pedagogía de la ternura; de su padre, la ética del deber.
En casa convivían los idiomas y las costumbres, pero siempre bajo el mismo principio: servir a los demás.
Cuando su padre murió en 1970, Juan Carlos tenía quince años y una vida que cambió para siempre.
El dolor se convirtió en brújula y la responsabilidad en destino.
Su madre sostuvo a la familia con trabajo y fe.
A partir de entonces, el estudio fue para él una forma de amor y gratitud.
Las noches de lectura compartida, los silencios del duelo y la constancia de una madre inquebrantable se volvieron su primera escuela de liderazgo.
El aula como destino
En 1972 ingresó a la Universidad de Guanajuato para estudiar la Licenciatura en Relaciones Industriales.
Su curiosidad no buscaba poder, buscaba propósito.
Pronto se destacó por su compromiso y capacidad de análisis.
Era el estudiante que escuchaba más de lo que hablaba, que ayudaba a los demás sin esperar reconocimiento.
Comprendió que enseñar es una forma de compartir la esperanza.
Durante sus años universitarios participó en proyectos comunitarios que lo acercaron a la educación como motor de cambio.
Allí nació el maestro que sería toda su vida: el que transforma con paciencia y ejemplo.
Cuando obtuvo su título en 1977, sabía que el aula sería su verdadera vocación.
El amor que cruzó fronteras
Durante su etapa universitaria conoció a Frances Siekman, una joven maestra estadounidense que había llegado a Guanajuato para enseñar inglés.
No fue un amor inmediato, sino un descubrimiento pausado.
Ambos compartían el mismo lenguaje espiritual: el de la docencia.
Frances admiraba su serenidad; él, su entusiasmo y su mirada amplia sobre el mundo.
El diálogo se volvió el puente entre sus corazones.
Se casaron en 1978 y poco después viajaron a Ashland, Oregón, donde Frances comenzó a enseñar y Juan Carlos inició una nueva etapa académica.
Su unión fue también una promesa de servicio mutuo: aprender para devolver.
Ese pacto, silencioso pero firme, los acompañaría toda la vida.
Becas, viajes y raíces
En Oregón, Romero Hicks cursó dos maestrías en Southern Oregon State College: una en Ciencias Sociales y otra en Administración de Negocios.
Estudiar lejos de casa le enseñó que el conocimiento también es exilio.
En 1979 nació su primera hija, Marta, mientras Frances y él se turnaban entre clases, trabajo y pañales.
Cada amanecer en Ashland era una lección de humildad y perseverancia.
Las becas que obtuvo fueron fruto del esfuerzo, no de los privilegios.
Regresaron a México en 1981, con el corazón lleno de gratitud y el compromiso de retribuir lo aprendido.
El saber, comprendió, solo cobra sentido cuando vuelve a su origen.
Traían consigo no solo títulos académicos, sino una visión de vida: la educación como forma de justicia y redención.
Primeras cátedras
Al volver a la Universidad de Guanajuato, Juan Carlos fue recibido como profesor con apenas 26 años.
Su aula era un espacio de diálogo, no de jerarquía.
Los estudiantes recuerdan su paciencia, su claridad y su forma de enseñar a pensar, no solo a repetir.
“No quiero alumnos perfectos, sino ciudadanos conscientes”, decía.
Convertía cada clase en un acto de servicio.
Su labor docente trascendió la universidad: comenzó a involucrarse en programas de extensión educativa y formación de líderes jóvenes.
Entendió que el conocimiento no pertenece al que lo posee, sino al que lo comparte.
Así nació la primera versión del hombre público que vendría después: el que ve en la educación una herramienta de justicia y esperanza.
La casa del saber se hizo libre
El rectorado que transformó la Universidad de Guanajuato.
El ascenso del académico
A mediados de los años ochenta, Juan Carlos Romero Hicks ya era un referente en la Universidad de Guanajuato.
Su manera de enseñar trascendía los programas: inspiraba.
Había sido coordinador académico, director de planeación y consejero universitario.
Cada cargo lo asumía con humildad, viendo en la administración no un poder, sino una oportunidad para servir mejor.
Su ética lo convirtió en un líder natural entre sus colegas.
En 1991, el Consejo Universitario lo eligió rector de la Universidad de Guanajuato. Tenía apenas 36 años.
El académico se transformaba en el guardián de una casa de estudios centenaria.
Su elección fue celebrada por estudiantes y maestros que veían en él a un hombre con visión y sin vanidad.
Una universidad en transición
Los noventa fueron años de cambio para México, y también para la Universidad.
Romero Hicks entendió que las instituciones no pueden temerle a la modernidad.
Promovió la actualización de planes de estudio, impulsó la capacitación docente y fortaleció la investigación.
Los pasillos comenzaron a llenarse de jóvenes investigadores, de nuevas ideas y de esperanza.
Cada reforma que proponía venía acompañada de una lección de humildad: consultar, escuchar, debatir.
Su liderazgo no se impuso: se construyó con diálogo. El rectorado de Romero Hicks fue, más que un gobierno universitario, un aprendizaje colectivo.
La autonomía de 1994
El 21 de mayo de 1994, tras décadas de intentos, la Universidad de Guanajuato obtuvo su autonomía.
Fue el acto más simbólico y transformador de su gestión.
El Congreso del Estado aprobó la iniciativa que le permitía regirse por sí misma.
Ese día, el campus se llenó de aplausos y campanas: la Universidad había alcanzado su mayoría de edad.
“La libertad no es un trofeo, es una responsabilidad compartida,” dijo el rector, conmovido.
El decreto de autonomía no solo dio independencia académica: dio identidad. A partir de entonces, la universidad sería más libre, pero también más consciente de su deber con la sociedad.
Puentes con el mundo
Con la autonomía consolidada, Romero Hicks miró hacia afuera.
La educación, pensaba, no puede vivir encerrada en sus muros.
Estableció convenios con universidades de América, Europa y Asia; impulsó los primeros programas de intercambio y movilidad estudiantil.
Gracias a su impulso, los jóvenes guanajuatenses comenzaron a estudiar en Canadá, Francia, Japón y Estados Unidos.
La Universidad de Guanajuato empezó a hablar en varios idiomas, pero con una sola voz: la del conocimiento libre.
En 1997, fue elegido presidente de la Organización Universitaria Interamericana (OUI), representando a México en los foros más importantes de educación superior.
El humanismo como guía
Su rectorado nunca se redujo a la gestión: fue una extensión de su filosofía de vida.
Creía en una universidad científica, pero también humanista.
Fomentó la cultura, el arte y la historia con el mismo empeño que la tecnología.
Impulsó becas para músicos y artistas; amplió los programas de extensión universitaria y fundó espacios de reflexión cultural.
Para él, la ciencia y el arte eran hermanas que debían caminar juntas.
Esa visión integral lo convirtió en un rector admirado por su equilibrio: sabía que los números son vacíos sin conciencia, y que la cultura sin estructura también se pierde.
El cierre de una etapa luminosa (1999)
En 1999, después de dos periodos como rector, Juan Carlos Romero Hicks entregó la estafeta.
Dejó una universidad moderna, autónoma y humana.
Durante su discurso de despedida, agradeció a profesores, estudiantes y trabajadores.
“Cumplimos el sueño de la autonomía; ahora toca cumplir el de la excelencia”, dijo con la voz entrecortada.
Su salida no fue una despedida: fue una transición natural hacia el servicio público.
El aplauso que lo acompañó al final fue largo y sincero. Los muros del antiguo edificio universitario parecían reconocer a su rector con gratitud.
Gobernar con el alma
Del despacho al aula abierta del pueblo.
Un juramento distinto (2000)
El año 2000 marcó una nueva etapa para Guanajuato. Yo fui postulado como candidato a senador por el PRI, mientras Juan Carlos Romero Hicks, desde el PAN, disputaba la gubernatura frente a Juan Ignacio Torres Landa.
Aquel proceso electoral fue intenso, pero también profundamente respetuoso.
Recuerdo que conocí a Juan Carlos durante ese tiempo de contiendas, y desde el primer momento me impresionaron su serenidad, su discurso limpio y su convicción de servicio.
No hablaba de poder, hablaba de propósito.
Su mirada tenía esa mezcla de humildad y firmeza que caracteriza a los hombres que creen en lo que dicen.
Nos cruzamos varias veces en aquellos meses. Competíamos en trincheras distintas, pero el trato siempre fue cordial. En medio de la efervescencia política, él mantenía un tono de diálogo que resultaba excepcional.
El aula trasladada al gobierno
Cuando asumió la gubernatura el 26 de septiembre de 2000, supe que Guanajuato entraba a una etapa distinta.
Gobernar con el alma, dijo, es escuchar con respeto y decidir con conciencia.
Su primera medida fue convertir el despacho en un espacio de diálogo. Los salones del Palacio de Gobierno empezaron a parecer aulas: pizarrones con planes, debates abiertos, participación de todos los sectores.
Nunca impuso su autoridad: la ejerció con serenidad.
Poco después, yo asumí la presidencia del Comité Directivo Estatal del PRI. Eran años de tensiones políticas naturales, pero siempre encontramos en Juan Carlos un interlocutor dispuesto al entendimiento.
Entre nosotros prevalecía el respeto: la política podía tener rostro humano.
Educación y justicia social
Durante su administración, la educación fue su bandera más alta.
Cada aula era una semilla de equidad, solía repetir.
Promovió la creación de universidades tecnológicas, amplió becas y fortaleció los programas de alfabetización rural.
Pero lo más notable era su visión: la educación como herramienta para construir ciudadanía.
Su gobierno convirtió el aprendizaje en política pública.
En esos años mantuvimos muchas reuniones, a veces formales y otras más personales.
Coincidíamos en algo esencial: los partidos pueden diferir, pero los valores no.
Trabajamos en conjunto para lograr acuerdos que beneficiaran a los municipios priistas. Su apertura permitió que los recursos llegaran sin distinción de colores.
El servicio, para él, estaba por encima de la sigla.
Frances y el rostro humano del poder
Mientras él gobernaba con prudencia, Frances Siekman de Romero irradiaba ternura desde el DIF estatal.
Su liderazgo tenía la fuerza de la empatía.
Ella transformó la asistencia social en acompañamiento: fundó refugios para mujeres, programas de nutrición y campañas de salud que llegaban a las zonas más alejadas.
Ambos formaban una dupla equilibrada: él, la mente serena; ella, el corazón en movimiento.
Juntos humanizaron el poder en un tiempo de grandes contrastes.
En los actos públicos era evidente su complicidad. Frances escuchaba con la misma atención que él hablaba. Su trabajo fue discreto, pero trascendente; muchas familias guanajuatenses aún lo recuerdan.
Las pruebas del poder (2003–2005)
El poder, inevitablemente, prueba la fortaleza del carácter.
Juan Carlos la enfrentó con calma y verdad.
Hubo crisis económicas, protestas y desastres naturales; sin embargo, siempre apareció cercano a la gente.
Recorría los municipios afectados, hablaba con los habitantes, dormía poco y prometía solo lo que podía cumplir.
Era el tipo de líder que se ganaba respeto con hechos, no con discursos.
Durante ese periodo, nuestra relación política se volvió colaboración constante. Desde la presidencia estatal del PRI, y después ya como diputado federal, logramos acuerdos con su gobierno para fortalecer proyectos municipales, especialmente en regiones donde la necesidad era grande.
Nunca negó ayuda por razones partidistas: entendía la política como un espacio común de servicio.
El cierre del ciclo (2006)
El sexenio terminó en 2006. Juan Carlos entregó un estado con finanzas ordenadas y con una huella indeleble en educación.
Su legado fue la congruencia: pensar, sentir y actuar en la misma dirección.
Durante mi etapa como diputado federal, logré que se aprobara en la Cámara de Diputados un recurso etiquetado para la creación de la Preparatoria Regional del Rincón, un proyecto que había impulsado desde sus primeros trazos.
El gobernador pudo haberlo detenido, como a veces ocurre con las gestiones promovidas desde otra fuerza política, pero no lo hizo: al contrario, lo apoyó con decisión.
Su respaldo fue determinante para que la escuela se hiciera realidad.
Al término de su gestión, nuestra relación se transformó en amistad.
Seguimos encontrándonos en actos públicos, conversaciones y proyectos educativos.
Hasta hoy, conservamos un afecto sincero, nacido del respeto y la gratitud compartida.
Pocas veces la política deja amistades verdaderas; la nuestra es una de ellas.
Ciencia y Nación
De la casa de estudios al país del conocimiento.
El llamado nacional (2006)
Al concluir su etapa como gobernador, Juan Carlos Romero Hicks fue convocado a una nueva misión.
El 13 de diciembre de 2006 asumió la dirección general del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).
El país veía en él a un hombre que podía tender puentes entre la academia y el servicio público.
Su nombramiento fue recibido con respeto dentro y fuera del ámbito universitario.
Volvía a su hábitat natural: el del pensamiento con propósito.
En su discurso de toma de posesión, habló de la ciencia como “la forma más noble de solidaridad humana”. No buscaba administrar presupuestos: quería despertar conciencia.
Ciencia para servir, no para lucir
Desde los primeros meses de su gestión, imprimió un sello distinto al CONACYT.
“La ciencia no cambia la vida si no cambia el corazón,” decía.
Su meta fue acercar el conocimiento a la gente común.
Promovió proyectos de innovación social, impulsó investigaciones sobre energía sustentable y fortaleció los centros públicos de investigación.
La ciencia debía dejar de ser torre de marfil y convertirse en taller de esperanza.
Bajo su dirección, el organismo recuperó su credibilidad. Las decisiones técnicas convivían con la sensibilidad social, y los investigadores encontraron en él un aliado dispuesto a escucharlos, no a dictarles.
Jóvenes y futuro: becas que siembran país
Entre 2006 y 2011, México experimentó un crecimiento histórico en el número de becas para posgrado.
“Cada becario es una semilla de esperanza,” repetía.
Los jóvenes lo admiraban porque los miraba como socios, no como beneficiarios.
Amplió los programas de maestría y doctorado en el extranjero, fomentó el retorno de talentos y promovió la descentralización del conocimiento.
Creía en un país donde la ciencia hablara todos los acentos.
En cada ceremonia de entrega de apoyos, su mensaje era el mismo: estudiar no era un privilegio, era una responsabilidad compartida con el futuro.
Innovación como justicia social
Uno de sus grandes logros fue acercar la ciencia a los sectores que nunca la habían sentido suya.
“El conocimiento también debe oler a tierra,” decía
Impulsó programas de transferencia tecnológica para productores agrícolas, y promovió la creación de parques científicos regionales.
Durante su gestión, el CONACYT fortaleció sus vínculos con universidades estatales y con gobiernos locales.
Cada descubrimiento debía traducirse en bienestar tangible.
Su visión era clara: un país no se mide por sus laboratorios, sino por lo que hace con ellos. Bajo su liderazgo, la ciencia mexicana se acercó a las comunidades rurales y a los jóvenes que nunca habían escuchado la palabra “innovación”.
Diplomacia del conocimiento
Su papel al frente del CONACYT también tuvo una dimensión internacional.
Representó a México con la serenidad del académico y la autoridad del servidor público.
Participó en foros globales de cooperación científica y firmó convenios con universidades de América, Europa y Asia.
Defendía que el intercambio académico debía basarse en la colaboración, no en la competencia.
Creía que la ciencia, como la educación, no tiene fronteras, pero sí raíces.
Su presencia en la escena internacional elevó el prestigio de la ciencia mexicana. Sin discursos rimbombantes ni gestos de vanidad, logró que el nombre de Guanajuato resonara en la conversación científica global.
La despedida con gratitud (2011)
En marzo de 2011, Romero Hicks concluyó su gestión al frente del CONACYT.
“Me voy con más preguntas que respuestas, y eso significa que seguimos aprendiendo,” dijo en su despedida.
Dejó un organismo fortalecido, con una visión más humana y con un compromiso renovado hacia la sociedad.
Durante cinco años, demostró que la ciencia puede ser ética, y que el conocimiento puede administrar sin olvidar a las personas.
Su legado fue devolverle a la ciencia mexicana su vocación social.
Aquel cierre de ciclo no fue un adiós: fue una continuidad natural en su trayectoria de educador. Lo académico y lo público volvieron a encontrarse en su historia, fundidos en una misma palabra: servicio.
Tribuna de la educación
Del laboratorio a la ley: su paso por el Senado.
El aula del Senado (2012)
En 2012, Juan Carlos Romero Hicks llegó al Senado de la República con la serenidad del académico y la experiencia del servidor público.
Su primer discurso fue una declaración de principios: la política debía recuperar el tono de la civilidad.
No hablaba de poder, sino de educación, de ciencia y de valores.
Su presencia, discreta pero firme, dio al recinto una voz distinta: la del razonamiento.
No llegó a improvisar discursos, sino a proponer ideas.
A partir de su primer día, trató el Senado como una extensión del aula: un espacio donde la palabra educa y el debate instruye. Los adversarios lo escuchaban por respeto, y los aliados, por confianza.
La educación como causa legislativa
Su prioridad legislativa fue la educación.
“El futuro se escribe con maestros, no con slogans,” decía.
Presidió la Comisión de Educación del Senado, impulsando reformas que fortalecieron la carrera magisterial, ampliaron la cobertura educativa y defendieron la autonomía universitaria.
Luchó para que la educación dejara de ser rehén de los vaivenes partidistas.
Veía la enseñanza como un derecho irrenunciable y una política de Estado.
Su despacho era un espacio de estudio: entre papeles y libros subrayados, preparaba cada intervención con rigor. En cada sesión, su tono recordaba que educar no es informar, sino formar.
Ciencia y tecnología al centro del debate
Su experiencia al frente del CONACYT lo convirtió en un referente dentro del Senado.
“Sin ciencia no hay soberanía; sin innovación no hay futuro,” advertía.
Promovió incentivos fiscales para la investigación, defendió presupuestos para la tecnología y exigió transparencia en el uso de los recursos destinados a universidades.
Fue un legislador con vocación técnica y sensibilidad humana.
Su mirada era amplia: veía en la ciencia la herramienta más noble del desarrollo.
Bajo su impulso se crearon nuevos programas de divulgación científica, y México consolidó su participación en redes internacionales de investigación.
Diálogo y respeto: la política civilizada
Romero Hicks mantuvo un estilo de debate que contrastaba con la polarización del momento.
“Se puede discrepar con elegancia y disentir con decencia,” afirmaba.
Nunca levantaba la voz; su fuerza estaba en el argumento.
Tendía puentes con todos los grupos parlamentarios, sin ceder en sus convicciones.
Para él, la cortesía era también una forma de inteligencia.
En un Senado donde el ruido a menudo sustituía al contenido, su voz era un recordatorio de que el poder no se ejerce gritando. Había en su calma una lección constante: la serenidad también persuade.
El sueño presidencial (2017)
En 2017, tras años de trabajo legislativo, anunció su intención de buscar la candidatura presidencial del PAN.
“No aspiro a mandar: aspiro a servir más lejos,” declaró.
Su propuesta giraba en torno a la educación, la ética y la reconstrucción del tejido social.
No fue una campaña de promesas, sino de principios.
Su estilo mesurado contrastó con el estrépito de la contienda.
Aunque no logró la nominación, su figura salió fortalecida. Fue reconocido como un político congruente, que podía perder una candidatura sin perder la compostura.
Unidad antes que ambición (2018)
Tras la contienda interna, regresó a su escaño con serenidad.
“La unidad vale más que el nombre en la boleta,” dijo.
Reanudó su labor legislativa con la misma energía y sin resentimientos.
Durante su último año en el Senado, impulsó reformas sobre transparencia, ciencia y cultura.
Su legado fue demostrar que la política también puede ser un acto educativo.
Cuando dejó la Cámara Alta, lo hizo sin despedidas grandilocuentes. Lo acompañaban el respeto de sus pares y la admiración de quienes, más allá de ideologías, vieron en él a un hombre que dignificó el servicio público.
El peso del amor y la prueba del dolor
El padre, el hombre, el duelo.
Regreso al Congreso (2018)
En 2018, Juan Carlos Romero Hicks regresó a la Cámara de Diputados.
Era el mismo académico sereno de siempre, pero con una experiencia acumulada que lo hacía más prudente y más sabio.
Asumió el cargo con serenidad, consciente de que el país enfrentaba un clima político polarizado.
Fue designado coordinador del grupo parlamentario del PAN, y desde esa posición buscó construir acuerdos y mantener el respeto entre fuerzas políticas.
Defendía la idea de que el diálogo no debía ser una táctica: debía ser una forma de vida democrática.
Durante sus primeros discursos, pidió a sus compañeros “reconciliar la política con la decencia”. No había en sus palabras artificio ni cálculo: hablaba el maestro que entendía el poder como servicio y no como botín.
Vocación intacta
Su paso por el Congreso se distinguió por la constancia y el equilibrio.
Nunca perdió su estilo: firme en el fondo, mesurado en la forma.
Mientras otros buscaban la confrontación, él apelaba al argumento.
Sus intervenciones eran pausadas, estructuradas, llenas de contenido.
El maestro seguía dando clases, solo que ahora en un aula más grande.
Sus colaboradores recuerdan que leía cada documento, corregía los errores de redacción y subrayaba las frases vacías. Decía que un legislador debe pensar lo que dice y decir lo que piensa, porque la palabra pública tiene peso moral.
El hijo artista (JuanCa)
Lejos de los reflectores, su vida familiar seguía siendo su refugio.
Padre de diez hijos, encontraba en ellos la medida de su verdadera fortuna.
Entre todos, Juan Carlos Romero Siekman, conocido cariñosamente como “JuanCa”, se destacaba por su talento artístico.
Era músico, productor y creador; un espíritu libre, sensible y generoso.
El arte era su forma de hablar con el mundo, y su padre lo miraba con orgullo y admiración.
En entrevistas, Romero Hicks solía hablar de sus hijos con humildad. No mencionaba títulos ni logros, sino valores. Decía que cada uno había heredado algo distinto: la ternura de Frances, la fe de su madre, la vocación de servicio que él mismo había recibido.
El día que el cielo se quebró (2020)
El 28 de junio de 2020, la noticia de la muerte de su hijo JuanCa conmovió a todo el país.
Fue un golpe devastador, el tipo de dolor que no admite consuelo.
Esa mañana, el político y el académico desaparecieron: quedó solo el padre.
Con un mensaje breve y profundo, anunció la pérdida en sus redes sociales: “Con profundo dolor comparto que mi hijo Juan Carlos falleció el día de hoy.”
Miles de ciudadanos lo acompañaron con palabras de afecto y respeto.
En medio de la tragedia, mostró una entereza que solo puede nacer de la fe. No dio declaraciones, no buscó escapar del dolor: lo abrazó con dignidad. Su silencio fue una lección de humildad y humanidad.
El dolor transformado en fe
Los meses siguientes fueron de recogimiento y reflexión.
Transformó su duelo en gratitud y su tristeza en oración.
Dijo alguna vez que “el amor no muere: solo cambia de forma”.
Siguió cumpliendo con sus tareas legislativas, asistiendo a las sesiones, sin perder la serenidad ni la sonrisa leve con que solía saludar.
Su fortaleza interior inspiró a quienes lo rodeaban.
Comenzó a apoyar causas culturales y artísticas en memoria de su hijo. Encontró consuelo en la familia, en la lectura y en la fe. Su historia personal se volvió testimonio de resistencia espiritual, un ejemplo silencioso de cómo la esperanza sobrevive incluso a la pérdida.
El amor como herencia familiar (2021)
Al término de su gestión legislativa, Juan Carlos Romero Hicks resumió su vida en una frase sencilla:
“Mi mayor fortuna no ha sido la política, sino mi familia.”
Agradeció a sus hijos, a Frances, a sus amigos y a la vida misma por haberle permitido servir y aprender.
Decía que el amor era la verdadera medida del éxito humano.
El poder pasa, las obras envejecen, pero el cariño permanece.
A partir de entonces, se dedicó a acompañar a su familia y a sus colaboradores más jóvenes. Su mensaje final no fue político ni doctrinario: fue humano. Enseñó que la fe, la familia y la educación son los pilares de toda esperanza.
La voz serena de Guanajuato
La madurez política y la continuidad del servicio.
El liderazgo que no se jubila (2021)
En 2021, tras una larga trayectoria en la política nacional, Juan Carlos Romero Hicks decidió volver a Guanajuato.
“El servicio no tiene retiro: solo nuevas formas de entrega,” dijo entonces.
La gente lo recibió con afecto. No regresaba para recuperar protagonismo, sino para continuar sirviendo desde el ámbito local.
A sus 65 años, su voz seguía siendo la misma: pausada, reflexiva, firme.
Su presencia recordaba que la experiencia no se mide en edad, sino en coherencia.
Su retorno no fue un acto de nostalgia, sino de gratitud. Quiso cerrar el círculo donde todo había empezado: en su tierra, en su gente, en las instituciones que habían marcado su vida.
El Congreso local: volver a casa (2024)
El 26 de septiembre de 2024 tomó protesta como diputado local en el Congreso de Guanajuato.
Volvía al escenario donde se habían forjado sus primeros sueños de servicio.
Su discurso inaugural fue breve y sereno: agradeció la confianza y habló de la necesidad de reconciliar la política con la ética.
Los nuevos legisladores lo escuchaban con atención; muchos no habían vivido los años de su rectorado o su paso por la gubernatura, pero sabían que estaban ante un referente moral.
No necesitó imponer autoridad: su historia hablaba por él.
En el Congreso, su papel ha sido más de mentor que de protagonista. Prefiere el trabajo discreto, el diálogo constante y la reflexión pausada. Para él, el liderazgo consiste en orientar, no en dominar.
Entre la juventud y la experiencia
Rodeado de legisladores jóvenes, Romero Hicks se convirtió en puente generacional.
“El futuro no se enseña: se acompaña,” suele decir.
Comparte su experiencia sin dogmas, escucha con paciencia y ofrece consejo solo cuando se lo piden.
Los más jóvenes lo buscan no por obligación, sino por respeto.
En su trato hay un aire de maestro que nunca se le ha ido.
Su presencia en el Congreso recuerda que el poder también puede tener pedagogía. Enseña sin aula, inspira sin discursos, y prueba cada día que la madurez política no consiste en mandar, sino en guiar.
Los valores que no caducan
En una época de discursos estridentes y carreras fugaces, Romero Hicks sigue hablando de valores.
“La ética no pasa de moda,” repite con convicción.
Defiende la integridad como principio irrenunciable del servicio público.
No busca titulares ni aplausos: prefiere la credibilidad silenciosa de los actos bien hechos.
Sabe que el respeto no se exige: se gana.
Promueve iniciativas en favor de la transparencia, la rendición de cuentas y la educación cívica. Cree que las instituciones deben enseñar tanto como gobernar. En sus intervenciones, más que un político, parece un profesor recordando a sus alumnos que la honestidad es también una forma de inteligencia.
Su voz actual: conciliación y esperanza
A lo largo de los años, ha aprendido que la política puede cansar, pero no debe amargar.
“No grito para convencer; dialogo para construir,” dice con frecuencia.
Su tono sereno contrasta con la velocidad de los tiempos modernos.
Defiende el entendimiento como vía para resolver los conflictos públicos.
En su calma habita una forma de resistencia.
Fuera del Congreso, participa en actividades académicas, culturales y sociales. Sigue escribiendo, enseñando y dialogando con jóvenes. Su voz conserva la misma cadencia de siempre: pausada, limpia, llena de contenido y esperanza.
El cierre de un ciclo, no de una vida (2025)
En 2025, cuando cumple siete décadas de vida, Juan Carlos Romero Hicks sigue activo y lúcido.
No habla del pasado con nostalgia, sino con gratitud.
Ve en cada etapa una oportunidad para aprender y enseñar.
Sabe que el legado no está en los cargos, sino en los ejemplos que se dejan.
Su historia demuestra que la serenidad también puede ser una forma de liderazgo.
Camina por Guanajuato con paso tranquilo. Lo saludan maestros, exalumnos, trabajadores y ciudadanos que lo recuerdan por su cercanía.
Su nombre ya no necesita cargo ni título: representa una forma de servir con dignidad.
La ética del servicio
La lección de un hombre que hizo de la política una forma de educación.
En cada etapa de la vida de Juan Carlos Romero Hicks hay una constante que atraviesa los años como una línea luminosa: la coherencia. Desde los callejones de su infancia hasta los pasillos del Congreso local, desde las aulas universitarias hasta los foros internacionales, su historia no ha sido la de un político al uso, sino la de un maestro que decidió servir desde la política.
Su biografía no se mide por los cargos que ocupó, sino por los valores que encarnó.
Educación, ciencia, diálogo, ética y familia: cinco pilares que definen su existencia. Su carrera es también una metáfora del país que quiso construir —un México donde el conocimiento oriente las decisiones y la dignidad sea la única herencia posible.
Romero Hicks pertenece a una generación que entendió el poder no como conquista, sino como oportunidad para mejorar la vida de los demás. No necesitó gritar para hacerse escuchar: su voz serena bastó.
Mientras otros convirtieron la política en espectáculo, él la mantuvo en el terreno de la conciencia. En tiempos de estridencia, eligió el tono de la razón; en días de confrontación, optó por el respeto.
El hilo invisible de su vida es la fe en el ser humano.
Fe en el estudiante que aprende, en el científico que investiga, en el servidor público que cumple, en el ciudadano que cree. Esa fe, cultivada entre libros, familias y causas, le ha permitido conservar la calma en medio de las tormentas.
Hoy, su legado va más allá de sus obras tangibles. Está en los maestros que repiten sus palabras, en los jóvenes que estudiaron gracias a las becas que impulsó, en los ciudadanos que entendieron que el servicio público puede ejercerse con humildad.
La verdadera enseñanza de Juan Carlos Romero Hicks es que la política, cuando nace del alma, también puede ser un acto de amor.
Y quizás por eso su historia no termina: se multiplica. En cada estudiante que abre un libro, en cada servidor público que decide hacer lo correcto, en cada padre que enseña a sus hijos a agradecer, late un eco suyo.
Un eco que recuerda que el servicio no envejece, que la decencia no pasa de moda y que la serenidad también puede transformar al mundo.
(By operación W).

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/… El agua sitiada: cuando la política se disfraza de protesta
El Acueducto Solís–León entre la verdad técnica, la cartulina y la confusión política.
El agua bajo asedio
En Guanajuato, el Acueducto Solís–León dejó de ser un proyecto técnico para convertirse en una metáfora de la política mexicana: lo que nació como una obra de esperanza terminó cercado por los mismos intereses que debía superar.
Donde el agua debía unir, la ambición levantó muros invisibles.
Concebido para garantizar el abasto a las familias y fortalecer la productividad del campo, el acueducto fue arrastrado al lodo de la disputa electoral. En lugar de hablar de eficiencia hídrica, algunos prefirieron hablar de votos, olvidando que sin agua no hay futuro, ni para el campo ni para las ciudades.
La verdad técnica se ahoga cuando se impone la conveniencia política.
El proyecto no le quita agua a nadie: la aprovecha mejor. Con la tecnificación del riego agrícola se busca ahorrar volúmenes y garantizar abasto urbano sin afectar a los productores. Pero esa explicación, tan clara como verificable, se ha visto opacada por quienes han encontrado en el conflicto un escenario ideal para hacer política.
Cuando el rumor suena más fuerte que la información, el progreso se vuelve sospechoso.
Cada declaración sin sustento erosiona la confianza; cada mentira se multiplica como una ola que enturbia el cauce de la razón.
La desinformación no solo seca los proyectos: seca la confianza.
Los actores que se benefician del caos
Los verdaderos adversarios del agua no están en los planos hidráulicos ni en los cultivos, sino en los discursos. Son los que han hecho del acueducto un tema rentable en la plaza pública, donde los datos se cambian por consignas y la responsabilidad por aplausos.
No todos los que se dicen defensores del pueblo lo hacen pensando en el pueblo.
Entre los más visibles se encuentra Alejandro Tirado Zúñiga, exalcalde de Acámbaro y actual director regional de la delegación de Bienestar en Guanajuato. Lo paradójico es que, desde su posición dentro del propio gobierno federal, ha encabezado la narrativa más agresiva contra un proyecto impulsado por la Federación. No actúa solo: lo acompaña un pequeño grupo político integrado por Olga Lidia Tirado, Laura Ríos Cárdenas y Julio César Vega Malindo, un entorno que encontró en el acueducto un escenario perfecto para proyectarse.
El conflicto se volvió un trampolín para los que no saben nadar en aguas tranquilas.
Sobre Tirado recae la jerarquía directa de Alma Alcaraz, delegada de la Secretaría de Bienestar en el Estado, responsable de coordinar la estructura federal en la Entidad. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum respalda el acueducto como obra federal, su propio director regional lo combate desde territorio, con recursos y discurso.
El absurdo político no tiene mayor evidencia que un subordinado federal marchando contra una obra federal.
Y ahí surge la pregunta que muchos evitan formular: ¿Está Alma Alcaraz de acuerdo con la protesta que encabeza su subordinado, o simplemente ha perdido el control de sus operadores? Porque si no avala el desorden, sorprende su silencio; y si lo avala, entonces el conflicto ya no es técnico ni político: es de lealtades.
Cuando la autoridad calla, la confusión se vuelve gobierno.
Un tercer actor se ha sumado al coro: la Central Campesina Independiente (CCI), liderada por Amadeo Hernández Barajas, un dirigente con larga trayectoria en la defensa rural y un instinto infalible para aparecer donde el conflicto se hace visible. Su presencia otorga al movimiento una apariencia de legitimidad campesina, aunque su discurso se mueve entre la preocupación sincera y la estrategia política.
Hay líderes que no riegan el campo, pero sí saben regar la duda.
Con declaraciones que mezclan tecnicismos con dramatismo, la CCI se ha posicionado como “voz del pueblo”, pero su participación, lejos de aclarar, ha reforzado la confusión. Amadeo Hernández no inventó el conflicto, pero lo alimenta con la habilidad de quien sabe que, en política, el agua revuelta da visibilidad.
Donde debería correr el diálogo, corre la conveniencia.
Así, el frente opositor al acueducto se ha convertido en una extraña alianza de burócratas federales, líderes de ocasión y agricultores cansados de promesas. Una mezcla donde la verdad flota, pero pocos la beben.
Cuando la autoridad calla, los oportunistas aprenden a gritar.
La cartulina y el cauce
El desfile conmemorativo por la creación del Ejército Insurgente en Acámbaro no parecía el escenario de un episodio político. Pero bastó una cartulina improvisada en manos de la alcaldesa Claudia Silva Campos para transformar el acto cívico en un gesto de ambigüedad.
Hay cartulinas que pesan más que los discursos y se doblan más rápido que las convicciones.
En el cartel se leía 'No al acueducto Solís–León'. No hubo postura técnica ni acuerdo de Cabildo: solo la cartulina, sostenida entre la presión y el cálculo. La imagen recorrió redes, provocando sorpresa entre los suyos y aplausos entre los ajenos.
En política, no hay improvisación inocente: todo silencio y todo cartel hablan de algo.
La alcaldesa panista, en un municipio donde su partido ha defendido históricamente el proyecto, parecía rebelarse contra la propia casa. Quiso quedar bien con todos y terminó sin respaldo de nadie.
El que juega a dos cauces termina bebiendo agua turbia de ambos.
Horas después, el video del arrepentimiento: Claudia Silva aparecía sonriente junto al secretario de Gobierno, reafirmando la coordinación con la gobernadora Libia Dennise García Muñoz Ledo.
El oportunismo tiene la misma vida útil que una hoja mojada: dura lo que tarda en secarse.
Nadie la condenó oficialmente, pero la imagen quedó. En política, los gestos pesan más que las disculpas. La alcaldesa aprendió —quizá demasiado tarde— que los temas de agua no se abordan con consignas, sino con información.
Las decisiones improvisadas se evaporan, pero las incoherencias quedan sedimentadas en la memoria.
María Eugenia García Oliveros: el llamado al orden que se quedó a medio cauce
Entre la desinformación municipal y los silencios partidistas, una diputada morenista que habló, pero no a todos.
Desde la tribuna del Congreso del Estado, la diputada local María Eugenia García Oliveros, de Morena, se convirtió en la voz de la cordura en medio del ruido. Su mensaje fue directo y con destinatario visible: la alcaldesa panista de Acámbaro, Claudia Silva Campos, debía dejar de confundir a la población con versiones imprecisas sobre el Acueducto Solís–León.
“El gobierno federal es Claudia Sheinbaum”, recordó la diputada, marcando el origen y la legitimidad del proyecto.
García Oliveros explicó que la obra está inscrita en el Plan Nacional Hídrico 2024–2030, y que busca garantizar agua potable a 1.8 millones de guanajuatenses con una inversión conjunta entre la Federación y el Estado. En su exposición cometió un pequeño lapsus —dijo “15 millones” en lugar de 15 mil millones de pesos—, pero el fondo fue claro: la desinformación municipal debía frenarse antes de contaminar el debate público.
A veces, hasta la precisión se tropieza cuando la razón intenta abrirse paso.
La legisladora morenista llamó a la presidenta municipal “a no espantar a la gente” y a coordinarse con el gobierno estatal para ofrecer información veraz a los productores agrícolas y a la ciudadanía. “No se va a secar la presa ni se va a acabar la pesca; nadie se va a robar el agua”, afirmó, desmontando los mitos que se han venido alimentando.
El llamado fue institucional, pero no integral.
Porque mientras su discurso puso en su lugar a la alcaldesa panista, guardó silencio sobre los morenistas de Acámbaro que encabezan las protestas contra una obra impulsada por su propio gobierno federal. Su intervención tuvo peso, pero también un hueco: el orden debe empezar por casa.
Cuando el río se divide, no basta con señalar la orilla contraria: hay que mirar la propia corriente.
La desinformación como arma política
En el sur de Guanajuato, la verdad viaja más despacio que el rumor. Las redes sociales se convirtieron en el nuevo campo de batalla y los videos caseros en los cañones del descontento.
El miedo se propaga con mayor facilidad que el agua por el ducto.
Un video emotiva pesa más que un plano hidráulico, y un mensaje alarmista destruye en segundos el trabajo técnico de años. Así, el proyecto que nació para unir se volvió una guerra de versiones.
Donde debería fluir información, se filtró política.
Las cifras y los estudios técnicos existen, pero casi nadie los consulta. El esfuerzo por explicar la tecnificación del riego se diluye frente al eco de quienes gritan más fuerte.
El desconocimiento no es casualidad: es estrategia.
Cada discurso distorsionado mina la confianza en las instituciones y fortalece la narrativa de los oportunistas.
En Guanajuato, el agua ya no divide por escasez, sino por manipulación.
La verdad se ha vuelto sospechosa y la mentira rentable. Pero ni las mentiras detienen los proyectos ni los rumores llenan presas.
Los que siembran confusión terminan cosechando olvido.
La postura institucional del Estado
En medio del ruido, la respuesta del gobierno estatal no ha sido la confrontación, sino la información. La gobernadora Libia Dennise García Muñoz Ledo eligió el camino más difícil, pero también el más firme: enfrentar la desinformación con datos y mantener la puerta del diálogo abierta.
Gobernar no es apagar incendios, es evitar que el campo arda por mentiras.
Desde el inicio, la mandataria dejó claro que el proyecto no tocará una sola gota del agua que pertenece a los productores. La tecnificación no significa despojo, sino eficiencia.
Donde otros levantan pancartas, ella levanta argumentos.
El Estado ha asumido su papel con serenidad y respaldo técnico. El acueducto cuenta con aval federal y estatal, demostrando que el proyecto no pertenece a un color político, sino a una visión de largo plazo.
El agua, como el desarrollo, solo fluye cuando se eliminan los muros partidistas.
La gobernadora ha optado por la transparencia antes que por la propaganda, por la explicación antes que por el enfrentamiento.
La serenidad también es una forma de liderazgo.
Mientras otros convierten cada gota en pretexto electoral, el gobierno estatal apuesta por convertirla en solución.
Los proyectos que nacen del diálogo resisten las tormentas de la política.
El futuro del agua en Guanajuato
El Acueducto Solís–León no es una obra más: es una respuesta de futuro. Representa el paso de la retórica al trabajo, de la protesta al compromiso, de la sospecha a la certeza.
El desarrollo no se grita: se construye con hechos silenciosos.
Pese a las tormentas políticas, la obra sigue en marcha. No la detienen las consignas ni los protagonismos; la sostiene el respaldo técnico, la coordinación federal y el sentido de responsabilidad de quienes entienden que el agua no es una herencia, sino un deber.
Las obras de verdad no se defienden con discursos: se defienden con resultados.
Cada tramo del acueducto simboliza una promesa cumplida, una deuda saldada con el futuro.
La política pasa; el agua queda.
El reto ahora es mantener el cauce limpio, no solo en las tuberías, sino en el discurso público. Las instituciones deben blindarse contra el ruido y convertir la transparencia en su corriente permanente.
El agua que se comparte es la única que no se pierde.
Y al final, todo se resume en una verdad sencilla: el agua no tiene partido, tiene destino. Guanajuato necesita menos consignas y más convicciones, menos ruido y más cauce.
El futuro del agua es el futuro de todos.
(By operación W).

La Chacha Micaila
De: Antonio Guzmán Aguilera
Mi cantón, magresita del alma, ya pa que lo quero, si se jué la paloma del nido, si me falta el calor de su cuerpo, si ya sus canarios de tiricia se han ido muriendo, si los capulines ya no sueltan sus frutos del tiempo, y las campanillas, las adormideras si han caído, tan recio que cualquiera que va a visitarme pisa sobre pétalos. Y yo que la vide, dialtiro decaída con los ojos negros zambutidos en unas ojeras moradas, y aluego los tales quejidos; los tales mareos que dizque eran vaídos al decir del médico. ¡Algame la Virgen! Ya nomás de acordarme, padezco mucho escalofrío y me hogo del pecho, y se mi hacen las manos y pieses, como los badajos de los timbres létricos. ¡Qué poco a poquito, se me jué muriendo! Tosía y tosía y lloraba la probe en silencio. -No llores, Micaila, por toitos los santos del Cielo, decíale al verla llorando, y al decirlo, lloraba yo mesmo. -Si te pondrás güena, con los revoltijos que ti ha dado el médico, no sias disconfiada con las medicinas, que a mi me sacaron del maldito infierno. ¡Andale!, mi Chacha, quero ver tu rostro trigueño, como dos tizones achispaos, tus lindos ojuelos. ¡Ah se mi olvidaba decirte que trujo un rebozo de bola mi compadre Chencho, pa´ cuando te alivies y en el cuaco trotón, en el prieto, he pensado pa´ entonces que vayamos los dos riales un sábado a verlo! ¿Queres? Y el domingo le entraremos al mole muy recio, y a la barbacoa, y a los asaderos, y en cuanto que Dios escurezca, al paso golvemos por el llano, abajo, asegún se sigue la falda de cerro. ¡Micaila! no llores y le daba un beso, Ella se sonreía, un instante, pero me miraba con una tristeza como si la sombra del presentimiento le preñara los ojos de llanto, que después derramaba en silencio. El día de su muerte, su rostro cenizo, me dio mucho miedo. -¿Pos qué tienes, Chacha? -No sé lo que tengo, pero sé que me voy y es pa siempre -Correré si quieres por el siñor médico, ¿queres, trigueñita? -¿ Ya pa que? mejor tate sosiego, quero hablarte por ultimo Chacho, antes de que me hoguen los remordimientos. Asiéntate y oye; yo quise decírtelo dende hace muchísimo tiempo y a la mera, no, pos yo me ciscaba, ¡cómo uno es mujer! Chacho, ¡qué caray! y el miedo dizque no anda en burro, pero ora qué li hace, mi negro, si ya se te muere tu Chacha qué li hace que sepas mi horrible secreto. Hace unos seis años, siguro ¿recuerdas que nos envitaron a los herraderos los siñores amos? -¡Vaya si mi acuerdo! ¿No jué aquel domingo que salí cornao por un toro prieto, cerca de las trancas, en el Rancho Verde de ñor Juan? -El mesmo, ya vide que tías acordado, por ái tienes nomás qui al saberlo, de la casa grande por la puerta mesma me salí corriendo y en las trancas jallé a don Antonio, aquel hijo mayor de don Pedro, que era entonces alcalde del pueblo. Pregúntele al punto por ti, por tu herida, por tu paradero, y me dijo que en una camilla te jalaron pa casa del médico, y que si quería que me llevaba en ancas en el punto mesmo; aceté, ¡qué caray!, no era cosa de dejarte morir como un perro. No nos vido salir de las trancas naiden, y llegando de un bote al potrero, y a galope tendido trepamos la cuesta del cerro, y al bajar la barranca del Cristo, tan jonda y tan negra, don Antonio empezó con sus cosas con sus chicoleos, que si yo era una rosa de mayo, que si eran mis ojos noturnos luceros. Yo todo a esto callaba; él se puso necio y me dijo que tú eras muy probe: total un ranchero; que él, en cambio, era dueño de hacienda con muchas talegas de pesos; que ti abandonara que nos juéramos pa México, o pa los Uruapas o pa los Querétaros. Yo me puse muy gira y le dije: qui aunque probe, me daba mi prieto pa presumir mucho y andar diariamente con el zagalejo muy lentejueliao y cada semana con rebozo nuevo. -Por si no por amor, por la juerza, me dijo rayando su penco; y sin más me apretó la centura y mi boca manchó con un beso. Nunca lo hubiera hecho, sentí que la sangre cegaba mis ojos, y el furor mi seno; saqué del arzón el machete, y por las espaldas, lo jundí en su cuello. Cayó pa delante con un grito horrendo, y rodó rebotando hasta el jondo del desfiladero... Naiden supo nada cuando lo jallaron todito disecho, guiados por el puro jedor del barranco, los jueces dijieron, quesque jué un suicidio, por no sé qué amores y demás enredos. Yo me estuve callada la boca pero ahora, pos dime, ¿ya pa qué, mi prieto? Se quedó como estática; acaso rezaba al morir, por el muerto. La abracé llorando, la besé en silencio, y poco a poquito, se me jué muriendo... Mi jacal está maldito... si lo queres, madre, pos ai te lo dejo, si te cuadra, quémalo, si lo queres, véndelo; yo me güelvo a las filas, mi mama, a peliar por la patria me güelvo; si me quebra una bala, ¡qué liace! al cabo en el mundo, pa los que sufrimos la muerte en el alma, vivir o morir es lo mesmo. Mi cantón magresita del alma, sin ella ¿ya pa qué lo quero…?




*Si quieres escucharlo en la voz de: Manuel Bernal
Sobre el poema:
La Chacha Micaila: el grito del alma campesina
El dolor que aprendió a hablar con la voz del pueblo
El canto dolido de un México silenciado
El poema abre con una atmósfera de desgaste y verdad. La enunciación no busca ornamento, sino respiración. Desde la primera línea, la experiencia doméstica se vuelve geografía moral.
Micaila es la voz que el México profundo escondió bajo el polvo de las cocinas.
Guzmán Aguilera instala un ritmo de conversación íntima. La cadencia hace que el lector escuche más que lea, como si estuviera sentado junto a la cama.
El poema convierte la ternura campesina en reclamo de justicia.
La emoción no se presenta como queja, sino como memoria activa. El dolor se cuenta desde adentro, sin gritos, con una dignidad sobria.
El habla popular aquí no adorna: dignifica.
El diminutivo, tan propio del habla rural, sirve para atemperar la violencia sin borrarla. Allí radica su fuerza.
La tragedia se dice con rezos breves y dolores antiguos.
Lo que emerge es un nosotros: la biografía de una mujer se vuelve retrato colectivo.
Cada palabra late como confesión de quienes nunca fueron nombradas.
Micaila: entre el amor y la herida
La agonía es también un tiempo de revelación. El cuerpo, al ceder, deja pasar la verdad que fue contenida por años.
La enfermedad encarna el desgaste de un país que no protege.
El vínculo con su compañero no es salvación milagrosa, sino amparo humano. La ternura sostiene la voz cuando la fuerza falta.
Cada tos suena a campana vieja llamando a despedirse.
En ese borde entre vida y muerte, las jerarquías quedan expuestas. La violencia de clase se hace visible.
Vuelve el recuerdo del poderoso que creyó poseer su cuerpo.
El recuerdo del abuso llega sin grandilocuencia: aparece como una herida que nunca cerró.
La tierra no la condena: la arropa como silencio que entiende.
La intimidad del lecho de muerte convierte la confesión en acto de justicia doméstica.
No pide perdón: reclama memoria.
El lenguaje como espejo del pueblo
Las variantes fonéticas no son caricatura; son archivo vivo. El poema documenta sin museificar.
El idioma del poema es casa de tierra: humilde y firme.
La sintaxis corta imita la respiración fatigada del personaje. Hay pausa, suspiro, continuidad.
Desde esa voz se levanta la memoria de quienes no escribieron.
El registro popular introduce una ética del decir: lo que se cuenta debe poder decirse en voz alta.
El coloquial se vuelve música y respiración.
La segunda persona crea cercanía y complicidad; el lector es interpelado, no informado.
La oralidad vuelve al lector testigo presente.
Así, el lenguaje no retrata al pueblo: lo encarna.
La verdad aquí no es gramática: es experiencia.
El crimen y la redención
La escena del enfrentamiento está narrada sin morbo. La sobriedad evita trivializar la violencia.
El machete no es arma: es límite ante la invasión.
El poder del agresor se quiebra al primer gesto de resistencia. Ahí se funda la ética del poema.
No actúa desde el odio, sino desde la defensa del cuerpo.
La ley, ausente o ciega, es reemplazada por la conciencia como tribunal último.
La confesión depura lo que la culpa enlodó.
La confesión no reescribe el pasado, pero le otorga sentido y reposo.
El lector deja de ser juez para volverse testigo.
El cierre moral no es triunfo, es descanso: la dignidad vuelve a su sitio.
Muere libre aunque el mundo no la absuelva.
El paisaje como testigo
El entorno rural no ilustra: comenta. Cada elemento natural traduce un estado del ánimo.
El campo refleja el pulso de una vida sin respiro.
La estación sin cosecha precipita la sensación de agotamiento. La trama biológica acompasa la biografía.
Los capulines secos nombran la pérdida del futuro.
Los animales y plantas son signos; su decadencia es lectura ética del paisaje.
Los canarios de tiricia son metáfora del abandono.
La topografía —barranco, cuesta, potrero— delimita rutas de huida y cerco simbólico.
El cerro observa sin intervenir: memoria de piedra.
Así, el paisaje firma el acta de una vida herida.
La naturaleza llora a su modo: dejándose de fruto.
La muerte como liberación
El final no es castigo, es reposo. La confesión convierte la despedida en rito.
Morir hablando es recuperar el nombre propio.
El compañero funciona como comunidad mínima, garantía de escucha.
La compañía no salva: sostiene el último tramo.
El secreto deja de ser carga y se vuelve memoria compartida.
La voz póstuma derrota al silencio que mandaba.
La poesía actúa como liturgia civil donde el Estado no llega.
La justicia empieza donde se pronuncia la verdad.
La figura de Micaila queda en pie dentro del relato que la cobija.
El poema vela y sepulta con la misma llama.
Sobre el autor:
Antonio Guzmán Aguilera: la voz que le dio alma al campo mexicano
El poeta que convirtió la tierra en palabra y el dolor en canto
Raíces en el polvo y en la memoria
Nacido en Zacatecas a finales del siglo XIX, Antonio Guzmán Aguilera fue un hijo legítimo del México rural.
La tierra fue su primera maestra y el silencio, su primer poema.
Su infancia transcurrió entre caminos polvorientos y labores humildes donde la palabra se aprendía en el oído.
Desde joven entendió que el habla del pueblo no era error, sino herencia.
La convivencia con los campesinos le dio una visión del mundo profunda, donde lo divino y lo terrenal se tocaban.
Creció entre corridos, rezos y cuentos que el viento llevaba de rancho en rancho.
El contacto con la naturaleza marcó su sentido del tiempo, lento, cíclico, profundamente humano.
Esa música del habla campesina se convirtió en la sangre de su escritura.
De ahí surgió una voz que entendía que la poesía debía servir al alma antes que al ego.
Su voz no nació en la academia, sino en la loma donde el alma aprendía a cantar.
Entre la Revolución y la palabra
Vivió el eco de la Revolución Mexicana, observando su impacto más allá del campo de batalla.
La revolución no solo se peleaba: también se escribía en el alma del pueblo.
Conoció pueblos marcados por la guerra, donde los héroes anónimos sobrevivían sin reconocimiento.
Guzmán Aguilera convirtió la injusticia en testimonio poético.
Esa experiencia lo hizo poeta de las heridas, no de las victorias.
Su mirada no fue política, sino humana; no gritó, recordó.
Sus poemas revelan la intimidad de un país en reconstrucción, lleno de cansancio y esperanza.
En cada verso hay una redención mínima, una luz sobre la pobreza.
La historia nacional encontró en él a un cronista que escribía con compasión y verdad.
Sus personajes no piden caridad: exigen memoria.
El estilo del alma popular
Su escritura fue un acto de fidelidad al habla de la gente sencilla.
El lenguaje de Guzmán Aguilera no traduce: respira.
Rescató los modismos rurales, las pausas, los silencios y las expresiones del campo.
Cada palabra conserva la temperatura del fogón y del patio.
Hizo del lenguaje una herramienta de dignidad, no de artificio.
Su verso camina descalzo, pero lleva verdad en los talones.
Su verso suena a confesión y su ritmo a respiración campesina.
El poeta no mira al pueblo: habla desde él.
Por eso su obra mantiene frescura y autenticidad a lo largo del tiempo.
Por eso, su literatura no se lee: se escucha.
La obra y su pulso humano
Entre sus publicaciones más antiguas destaca “Los motivos del águila: cantos a la raza y a los héroes” (1917), donde asoma su amor por la identidad mexicana y los héroes populares.
Su poesía funde lo popular con lo épico, lo cotidiano con lo simbólico.
No se limitó a la poesía: escribió teatro, crónicas y guiones, colaborando en la historia original de “Allá en el Rancho Grande” (1936), símbolo del cine rural mexicano.
Cada verso suyo rescata una verdad que el poder olvidó.
En “La Chacha Micaila” alcanzó su plenitud: la voz femenina y campesina se volvió conciencia moral del pueblo.
Su escritura se alza como puente entre la emoción y la historia.
También cultivó la elegía y la poesía costumbrista, retratando al campesino con ternura y sin condescendencia.
Su obra es testimonio: palabra que nombra a los invisibles.
Su obra entera persigue un propósito: que la dignidad del hombre sencillo sea reconocida como arte.
En ella, lo pequeño tiene alma de eternidad.
El legado del escritor del pueblo
Su legado sobrevive en la oralidad popular más que en los libros.
Su literatura no buscó prestigio: buscó permanencia en la voz del pueblo.
Campesinos, maestros y declamadores mantuvieron viva su voz en patios y plazas.
Cada lector que lo recita renueva su existencia.
La gente lo hizo suyo porque hablaba su mismo idioma espiritual.
Fue maestro de emoción más que de forma, cronista del alma antes que del suceso.
Sus versos se transmitieron como se hereda una canción: por afecto, no por obligación.
Su mayor triunfo fue haber sido comprendido por quienes rara vez leen poesía.
Así, Guzmán Aguilera vive en la memoria colectiva del pueblo que lo inspiró.
Ahí radica su eternidad: en haber sido leído sin haber sido impuesto.
La última estrofa del hombre y del mito
Falleció a mediados del siglo XX, dejando un eco sereno y duradero.
El poeta se fue, pero su palabra quedó arando la tierra.
Su nombre habita en la memoria de quienes vieron en su poesía una forma de justicia.
Su silencio pesa más que el ruido de muchos que gritan sin alma.
La obra de Guzmán Aguilera sigue recordando que el arte no necesita permiso para ser verdad.
En cada declamación de “La Chacha Micaila”, él resucita.
Su partida no fue un final: fue una semilla que aún germina en las voces del campo.
Su voz no pertenece al pasado: pertenece al pueblo que la sigue diciendo.
Cuando alguien recita sus versos, el poeta vuelve a caminar entre los surcos de su infancia.
Antonio Guzmán Aguilera vive en cada palabra que se pronuncia con verdad.
(ByNotas de Libertad).

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/… Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida – Guadalajara




El Tragón se fue de gira a Guadalajara para mostrarnos sus preferidos.
La ciudad que se sirve en platos
Guadalajara no se visita: se degusta. Sus calles huelen a maíz, a fuego lento, a nostalgia servida en cazuela. El aire tiene la textura del pan caliente y la música del mariachi que acompaña la sobremesa. En cada esquina hay una historia esperando a que alguien la pruebe.
El sabor es la forma más sincera de pertenecer.
Cuando el Tragón decidió irse de gira, no buscó los restaurantes más lujosos ni los menús más exóticos: buscó el alma. Buscó esos lugares donde el tiempo no se mide por relojes, sino por aromas. Así nació esta guía tapatía: siete mesas, siete miradas, siete maneras de entender que la cocina también puede ser una forma de rezar.
La Catedral del café y la nostalgia
Todo comenzó en el Centro Histórico, bajo las sombrillas de un portal que huele a lluvia. Allí, entre tazas de café y pan dulce, la ciudad se reconoció en su reflejo más íntimo. Las Sombrillas no es solo un restaurante: es un refugio.
A veces, la memoria tiene forma de taza caliente.
El Tragón supo entonces que Guadalajara no se come con hambre, sino con ternura. Y siguió el rastro del olor, como quien sigue una canción vieja que no quiere olvidar.
El sonido del fuego y del mariachi
Luego llegó el turno de Casa Bariachi. Allí, el fuego baila y las notas del violín se mezclan con el humo del asador. Cada mesa es una fiesta, cada plato una melodía. Los molcajetes hierven, los mezcales se encienden, los aplausos se confunden con los acordes.
Guadalajara suena a mar y a trompeta cuando el corazón se sirve al centro.
El Tragón levantó su copa y comprendió que no hay país sin música ni sabor sin canción. Que el mariachi también cocina, pero con alma.
El arte que se come con los ojos
En El Sacromonte, la cocina se volvió pintura. Las cazuelas parecían lienzos y los moles, pinceladas de historia. Ahí, la elegancia no se impone: se insinúa. Cada platillo lleva el mestizaje en la piel y la memoria en el aroma.
La belleza también se come, cuando el plato está hecho de raíz y fuego.
Fue ahí donde el Tragón entendió que la gastronomía mexicana no solo se hereda: se honra.
El barrio que huele a domingo
En Santa Tere, el humo de la carne en su jugo le recordó que la paciencia también alimenta. En Kamilos 333, el caldo se volvió himno, las cazuelas cantaron y el sabor se convirtió en plegaria.
La constancia es el condimento secreto de todo milagro.
El Tragón se quitó el sombrero y supo que el alma también tiene hambre.
El fuego y la elegancia
De ahí pasó a Santo Coyote, donde el maíz aprendió a rezar bajo las antorchas, y luego a Pierrot, donde el vino francés se mezcla con la voz serena de Guadalajara. En ambos, la emoción se volvió educación del gusto, equilibrio entre lo ancestral y lo refinado.
Comer bien también es una forma de agradecer.
Y al final del viaje, en Karne Garibaldi, el Tragón se descubrió sonriendo frente a un plato que llegó antes de que pudiera pensarlo. Entendió que la rapidez puede ser también una forma de amor, y que el sabor, cuando es honesto, basta por sí solo.
El alma del sabor
Guadalajara no fue un destino: fue una revelación. Entre el café de la mañana y el chile del atardecer, el Tragón encontró la certeza de que el país sigue vivo en sus cocinas, en sus aromas, en las manos que aún sirven con orgullo y devoción.
El alma de México no se escribe: se come.
Porque al final, lo que el Tragón trajo de su gira no fueron notas ni reseñas: fue gratitud. Y esa gratitud, servida en siete mesas, se llama Guadalajara.
(By Notas de Libertad).

Domingo 26 de octubre al sábado 1 de noviembre.
Cuando el tiempo también tiene voz
Una invitación a escuchar los días que hicieron historia
El calendario no solo marca fechas: marca huellas. En cada día hay una historia que respira, un nombre que se recuerda, una causa que sigue viva. Las páginas del tiempo se abren para mostrarnos que el pasado no ha terminado, que aún conversa con nosotros si sabemos escucharlo.
En “Los Ecos del Calendario”, el cielo y la historia se encuentran. Los santos dan ejemplo de humanidad; las efemérides, de memoria; las conmemoraciones, de conciencia. Son tres voces distintas que forman una sola melodía: la del mundo que aprende de sí mismo.
Cada semana, el tiempo se vuelve testigo. Porque toda fecha tiene algo que decir y todo lector puede descubrir, entre líneas, que el presente también está hecho de memoria y esperanza.
Escuchemos juntos lo que el calendario quiere contarnos.
Santoral
Del domingo 26 de octubre al sábado 1 de noviembre
Cada nombre que el calendario recuerda es una historia de fe, entrega y esperanza. En estos días, las voces del santoral se elevan como un eco del pasado que sigue dando sentido al presente. Son vidas que no se apagan: lámparas encendidas en el tiempo.
Domingo 26 de octubre
San Evaristo, papa y mártir: Cuarto sucesor de San Pedro y testigo de una Iglesia en formación. Gobernó Roma hacia el año 100, estableciendo normas para la vida litúrgica y comunitaria. Murió mártir, defendiendo la fe en tiempos de persecución.
San Luciano de Bitinia: Presbítero del siglo IV, gran traductor de los textos bíblicos al griego. Formó discípulos y fue maestro de fe y precisión teológica. Su obra abrió caminos al estudio de las Escrituras.
Beata Bonfilia de Gubbio: Religiosa italiana del siglo XIII. Abandonó la comodidad de su familia para atender enfermos y necesitados. Su vida fue un ejemplo de caridad silenciosa y servicio humilde.
San Rogaciano de Nantes: Joven mártir francés del siglo III, ejecutado junto a su hermano Donaciano por negarse a renunciar a su fe. Su sacrificio es recordado como símbolo de fidelidad y hermandad espiritual.
San Alfredo el Grande, rey de Wessex: Gobernante inglés del siglo IX, estratega y reformador. Detuvo las invasiones vikingas, impulsó la educación y defendió la fe cristiana como eje del poder y la cultura.
Lunes 27 de octubre
San Frumencio de Etiopía: Evangelizador y primer obispo de Aksum. Su predicación convirtió a Etiopía en una de las naciones cristianas más antiguas del mundo. Fue apóstol del diálogo entre culturas.
San Vicente de Agen, mártir: Predicador del suroeste francés, torturado por confesar su fe. Murió perdonando a sus perseguidores, dejando testimonio de serenidad ante la violencia.
Beato Bartolomé de Breganza: Dominico italiano del siglo XIII, consejero de papas y obispos. Fundó escuelas y extendió el estudio de la teología. Su vida unió sabiduría y sencillez pastoral.
Santa Sabina de Troyes: Viuda francesa del siglo V que transformó su dolor en servicio. Entregó su fortuna a los pobres y acompañó a mujeres desamparadas. Su santidad floreció en la misericordia.
San Elesban, rey de Etiopía: Monarca justo del siglo VI. Protegió a los cristianos perseguidos en Arabia y renunció al trono para consagrarse a la oración. Fue ejemplo de humildad y piedad.
Martes 28 de octubre
Santos Simón y Judas Tadeo, apóstoles: Compañeros inseparables de misión. Simón el Zelote y Judas Tadeo predicaron juntos hasta morir mártires en Persia. Son patronos de las causas imposibles, por su fe inquebrantable.
San Faro de Meaux: Obispo francés del siglo VII. Dedicó su vida a los pobres, fundó monasterios y fue ejemplo de mansedumbre y sabiduría pastoral.
Beato Miguel Rua: Primer sucesor de San Juan Bosco al frente de los Salesianos. Hizo crecer la obra educativa en todo el mundo con serenidad y disciplina alegre.
San Remigio de Ruan: Obispo del siglo VIII que fortaleció la fe en Normandía. Su prudencia lo convirtió en mediador entre pueblos en conflicto.
Beata Lucía de Caltagirone: Religiosa siciliana del siglo XVIII, maestra y enfermera. Su dulzura y paciencia reflejaban la alegría de servir sin esperar recompensa.
Miércoles 29 de octubre
San Narciso de Jerusalén: Obispo del siglo II, conocido por su pureza de vida y su longevidad excepcional. Dirigió la Iglesia de Jerusalén con sabiduría y espíritu conciliador.
Beata Chiara Luce Badano: Joven italiana fallecida en 1990, símbolo de esperanza juvenil. Aceptó el cáncer con serenidad y ofreció su dolor por los jóvenes. Su alegría se convirtió en testimonio luminoso.
San Colman de Kilmacduagh: Obispo irlandés del siglo VII, hombre de oración y de paz. Fundó monasterios y enseñó que la santidad nace de la sencillez cotidiana.
San Abraham de Edesa: Monje sirio del siglo IV, consejero de pecadores y guía espiritual. Su austeridad lo convirtió en referencia de penitencia y misericordia.
Beato Miguel González de Aozaraza: Agustino español, mártir de la Guerra Civil de 1936. Murió perdonando, dejando testimonio de fe y reconciliación.
Jueves 30 de octubre
San Marcelo de León: Centurión romano que, al descubrir el cristianismo, abandonó el culto imperial. Fue ejecutado por su fe, símbolo de valentía y obediencia al Evangelio.
Beato Ángel de Acri: Fraile capuchino del siglo XVII, célebre predicador popular. Caminaba de pueblo en pueblo llevando la palabra con sencillez y alegría.
Santa Eutropia de Alejandría: Mártir del siglo IV. Soportó la tortura sin renegar de su fe. Su historia recuerda la fortaleza de las mujeres cristianas en tiempos de persecución.
San Germán de Capua: Obispo del siglo VI, amigo del papa Gregorio Magno. Promovió la paz entre pueblos y defendió la dignidad de los más débiles.
San Pío V, papa: Fraile dominico y reformador de la Iglesia. Instituyó la misa tridentina y fortaleció el rezo del rosario. Su pontificado fue puente entre fe y razón.
Viernes 31 de octubre
San Quintín, mártir: Predicador en la Galia, fue capturado por su fe y ejecutado. Su valentía inspira a quienes defienden sus convicciones hasta el final.
Beato Cristóbal de Romagna: Franciscano del siglo XIII, discípulo directo de San Francisco de Asís. Promovió la paz entre ciudades rivales y la reconciliación entre enemigos.
Santa Notburga de Eben: Campesina austriaca del siglo XIII, modelo de caridad rural. Compartía su comida con los pobres aun a costa de su trabajo.
San Alfonso Rodríguez: Hermano jesuita mallorquín, portero humilde del Colegio de Montesión. Inspiró la vocación misionera de San Pedro Claver. Es ejemplo de santidad oculta.
Beato Tomás de Florencia: Dominico misionero del siglo XV, martirizado en Oriente. Su celo evangelizador mostró la fuerza del amor que no teme la distancia.
Sábado 1 de noviembre
Solemnidad de Todos los Santos: Fiesta mayor del calendario cristiano. Celebra a todos los santos conocidos y a quienes alcanzaron la gloria sin nombre público. Es el recordatorio de que la santidad es vocación universal.
San Austremonio de Clermont: Primer obispo de Auvernia, evangelizador de la Galia. Llevó la palabra a pueblos que desconocían el Evangelio, uniendo firmeza y ternura.
Beato Ricardo Gil Barcelón: Religioso español de los Clérigos de San Viator, mártir en 1936. Murió perdonando, testimonio de fe serena y espíritu reconciliador.
Santa María Fortunata Viti: Monja benedictina italiana del siglo XIX, ejemplo de santidad en lo ordinario. Su alegría diaria se volvió enseñanza de humildad y servicio.
San Benigno de Armagh: Discípulo de San Patricio, apóstol de Irlanda. Evangelizó con canto y dulzura, convirtiendo su palabra en melodía y su vida en oración.

Música para recordar el ayer
Neil Diamond: la canción que aprendió a cantar por sí sola




Crónica de un hombre que hizo del sentimiento una patria y de la sencillez una forma de eternidad
El niño que soñaba melodías en Brooklyn
Neil Leslie Diamond nació el 24 de enero de 1941 en Brooklyn, entre el bullicio de las calles y la música que escapaba de las ventanas abiertas. Su madre imaginaba un hijo médico; él soñaba con un micrófono.
Desde niño supo que el silencio solo se rompe con verdad.
En la adolescencia, una guitarra barata cambió su destino. Mientras otros jugaban, Neil escribía letras en hojas sueltas, buscando la frase que encendiera la emoción justa.
Su talento no nació del ruido, sino de la introspección.
A los dieciséis, formó pequeños dúos en escuelas y cafés. No tenía apariencia de ídolo, pero sí una sensibilidad que desarmaba.
Era un tímido con la determinación de un profeta.
Entre trabajos mal pagados y noches en estudios modestos, aprendió el oficio de componer con humildad y paciencia.
El joven de Brooklyn ya escribía canciones que sobrevivirían al siglo.
Su historia empezaba a escribir los primeros compases de una vida dedicada a cantar con el alma.
Neil Diamond no buscó ser moderno: buscó ser honesto.
Su historia empezaba a escribir los primeros compases de una vida dedicada a cantar con el alma.
La voz que se convirtió en espejo
Durante los años sesenta, Diamond comenzó a escribir para otros intérpretes. Pero un día comprendió que sus letras necesitaban su propia voz.
Su canto era imperfecto, pero profundamente humano.
En 1966 lanzó Solitary Man, un manifiesto sobre la soledad digna, y el público entendió que ese hombre no cantaba desde el escenario, sino desde la herida.
Cada canción era una confesión sin arrepentimiento.
Luego vinieron Cherry Cherry, Kentucky Woman y Girl, you’ll Be a Woman Soon. Las emisoras no podían clasificarlo: era romántico, pero no cursi; melódico, pero con alma de blues.
Su música no pertenecía a una moda, sino a una emoción.
En 1970, con Cracklin’ Rosie, alcanzó su primer número uno. No hablaba de una mujer, sino de una botella de vino, metáfora del consuelo.
Diamond aprendió que la tristeza también podía tener ritmo.
Neil Diamond había encontrado el equilibrio perfecto entre emoción y sencillez.
Su voz era espejo y refugio al mismo tiempo.
Neil Diamond había encontrado el equilibrio perfecto entre emoción y sencillez.
El hombre que le dio voz al amor adulto
A lo largo de los setenta y ochenta, Neil Diamond se volvió la banda sonora del amor maduro, ese que no necesita promesas eternas, solo comprensión.
Cantaba con la ternura de quien conoce la pérdida.
Temas como I Am… I Said y Song Sung Blue lo consagraron como poeta cotidiano, capaz de hallar belleza en la melancolía.
Su voz grave era una caricia al cansancio del alma.
En Love on the Rocks y Hello Again, compuestas para The Jazz Singer (1980), mostró la madurez del intérprete que ya no suplica, solo recuerda.
Su romanticismo era una forma de resistencia.
Compartió escenario y éxito con Barbra Streisand en You Don’t Bring Me Flowers, donde el desamor sonaba con elegancia. Y en America, celebró la esperanza de los inmigrantes con energía patriótica.
Entre nostalgia y gratitud, construyó un puente hacia la emoción universal.
Con Heartlight, inspirada en E.T., volvió a recordarle al mundo que la inocencia también canta.
Su música era una forma de consuelo colectivo.
“Sweet Caroline”: la alegría que eligió un estadio
En 1969, una tarde de calma, Neil escribió Sweet Caroline recordando la sonrisa infantil de Caroline Kennedy. No imaginaba que ese gesto de ternura se convertiría en un himno.
Compuso la canción más luminosa de una época gris.
Su melodía simple y su estribillo contagioso la hicieron popular, pero su verdadero destino no era la radio: era el Fenway Park de Boston.
A veces, una canción encuentra su hogar después de décadas.
En 1997, durante un partido de los Boston Red Sox, un operador de sonido la puso por casualidad. El público respondió con un coro masivo y sincero.
El estadio descubrió que esa melodía sabía unir corazones.
Desde entonces, en el octavo inning de cada juego, ¡miles de voces entonan el “So good! ¡So good! ¡So good!” como si Boston entera respirara al compás de su canción.
El coro espontáneo se volvió tradición.
El beisbol encontró su canción y Neil su eternidad.
“Sweet Caroline” dejó de ser de Neil Diamond y se volvió de todos.
El beisbol encontró su canción y Neil su eternidad.
El himno de Boston y la eternidad de una melodía
Con los años, la tradición se volvió símbolo de la ciudad. Ni la lluvia ni las derrotas interrumpen el momento en que el estadio entero canta.
Es la pausa donde la competencia se convierte en comunidad.
En 2013, después del atentado del Maratón de Boston, Sweet Caroline sonó como plegaria. La multitud, entre lágrimas, la entonó como acto de fe.
Esa noche, la canción fue abrazo.
Neil Diamond viajó al Fenway Park para cantarla en persona. Su voz temblaba, pero el público la sostuvo como quien protege un milagro.
El autor se convirtió en testigo de su propia inmortalidad.
Hoy, cada vez que la melodía suena, Boston recuerda que la música puede reparar lo que el miedo intenta romper.
“Sweet Caroline” no anima un partido: une una ciudad.
El Fenway Park guarda esa voz como si fuera parte de su arquitectura.
La melodía se volvió símbolo de resistencia y esperanza.
El Fenway Park guarda esa voz como si fuera parte de su arquitectura.
El legado del hombre que cantó la vida sin adornos
Neil Diamond ha vendido más de 130 millones de discos y grabado más de 30 álbumes. Ganó premios Grammy, Globos de Oro y el respeto eterno del público.
Su éxito no fue escándalo: fue constancia.
Fue incluido en el Rock and Roll Hall of Fame y en el Songwriters Hall of Fame. Pero su mayor reconocimiento ocurre cada noche, cuando alguien canta una de sus canciones.
Su legado respira en la memoria colectiva.
En 2018 se retiró de las giras por motivos de salud, aunque nunca dejó de componer. Su música sigue girando, aún sin él.
Ha logrado que la emoción no necesite presencia física.
De Cracklin’ Rosie a Heartlight, de Hello Again a Sweet Caroline, su obra es un testamento de humanidad.
Neil Diamond no solo escribió canciones: escribió compañía.
Neil Diamond convirtió la emoción sencilla en una forma de eternidad.
Su música sigue siendo el idioma de la ternura humana.
Neil Diamond convirtió la emoción sencilla en una forma de eternidad.
(By Notas de Libertad).
Sweet Caroline.
Love no The Rocks.
September Morn.
Manuel Mijares: la permanencia del alma en una voz




Crónica de una vida cantada con dignidad, romanticismo y verdad
El niño que descubrió la melodía en el silencio
Nació el 7 de febrero de 1958 en la Ciudad de México, en una casa donde la música acompañaba la vida cotidiana más que aspirar a profesionalizarla. Era un niño observador, atento a las melodías que sonaban en radios y reuniones.
Antes de tener escenario, ya tenía alma de intérprete.
En la adolescencia fue entendiendo que cantar era una forma de ordenar emociones. No buscaba fama: buscaba sentido, un espacio íntimo donde la voz y la intención coincidieran.
Su talento nació como necesidad interior de comunicar.
Entre ensayos caseros y pequeños escenarios, aprendió a escuchar al público y a leer la respiración de una sala. La timidez se volvió herramienta: cantaba con contención y respeto.
Descubrió que la música podía ser un lenguaje moral.
Su paso por conjuntos juveniles fue su primer conservatorio: montajes modestos, cables rebeldes, viajes cortos y largos silencios que le enseñaron paciencia y método.
Prometió brillar sin perder la humildad.
La gran escuela llegó como corista de Emmanuel. Allí descubrió el rigor de una gira, la puntualidad de los técnicos, la disciplina del calentamiento y la responsabilidad de sostener un show.
La voz fue su refugio y su destino.
Ese aprendizaje encendió una certeza: convertir el gusto en oficio, sin perder la esencia del muchacho que cantaba para entenderse.
El salto a la voz propia
En 1985, con la ciudad reconstruyéndose del sismo, Mijares debutó como solista con un disco homónimo.
Llegó sin estridencias, con arreglos precisos y una voz grave que no pretendía imponerse por volumen sino por intención.
“Bella” fue un manifiesto de sensibilidad y temple.
La canción de lanzamiento mostró su sello: claridad en la dicción, afinación limpia y un fraseo que sostenía la emoción sin teatralidad. El público reconoció honestidad.
Unió fuerza y ternura en una misma interpretación.
Los sencillos siguientes consolidaron su presencia: baladas que hablaban de vínculos reales, lejos del efectismo. Radio y televisión lo adoptaron por méritos musicales.
Su ascenso fue paciente, sólido y humano.
Su presencia en escenarios internacionales confirmó el alcance de su propuesta. En cada plaza, la respuesta fue similar: emoción sin aspavientos, elegancia sin frialdad.
La autenticidad pesó más que cualquier moda.
A finales de los ochenta ya era referente de la balada romántica en español. En entrevistas evitaba grandilocuencias: dejaba que el repertorio explicara su historia.
Cada paso cuidó la coherencia artística.
El trayecto no fue un golpe de suerte: fue la suma de buenas decisiones y trabajo constante.
El amor bajo los reflectores
A finales de los noventa, su relación con Lucero convirtió la vida privada en conversación nacional. La boda televisada fue fenómeno cultural y símbolo de una era.
El amor lo colocó al centro del país sin buscarlo.
Compartieron canciones, escenarios, rutinas de ensayo y crianza entre viajes. El público miraba esa dupla como un espejo de afectos propios.
Ante el divorcio eligió respeto en vez de ruido.
Cuando los caminos se separaron, prefirieron el cuidado a la estridencia. Fueron padres presentes y artistas responsables, cada uno con su ritmo.
Volvió a compartir escenario desde la complicidad.
Con el tiempo, transformaron la nostalgia en espectáculo compartido. El show conjunto demostró que la memoria puede ser un territorio amable.
Aprendió que soltar también es una forma de amar.
La prensa buscó conflicto; ellos ofrecieron profesionalismo. En un ecosistema de escándalos, apostaron por la sobriedad.
La madurez fue su mejor gesto público.
Esa actitud fortaleció la relación con su audiencia: más empatía, menos morbo.
El soldado del amor
En 1990 llegó uno de sus himnos. La pieza no sólo dominó listas: definió un carácter artístico. La fuerza estaba en la convicción, no en la estridencia.
Ser soldado del amor fue ética y oficio.
Durante los noventa integró giras extensas, discos de estudio y álbumes en vivo. Se enfocó en calidad interpretativa y arreglos que respetaran la melodía.
Sostuvo la balada frente a la frivolidad.
El reconocimiento llegó en forma de auditorios llenos y discos de múltiples certificaciones, pero su satisfacción mayor fue conservar la identidad.
Cantó para quienes sienten, no para el ruido.
Cada concierto se convirtió en una conversación con la audiencia: historias cantadas, agradecimientos, y esa sonrisa breve que asoma cuando la afinación cae en su sitio.
La coherencia lo volvió clásico en vida.
La balada, a veces subestimada, halló en él un defensor natural. No era nostalgia: era convicción estética.
Su estandarte fue la emoción bien dicha.
El tiempo probó que las canciones honestas envejecen mejor.
Madurez, música y memoria
Con el nuevo milenio, Mijares exploró formatos: sinfónicos, duetos, acústicos. La tecnología cambió la industria; él cambió de traje sin cambiar de piel.
La voz ganó textura con los años.
Las giras a dos voces exhibieron contraste y equilibrio: un diálogo musical que celebraba oficio y camaradería.
La amistad con Emmanuel mostró elegancia escénica.
Su público se amplió por generaciones. Hijas e hijos compartieron canciones con sus padres; la balada se volvió ritual familiar.
Permanecer fue su forma de resistencia cultural.
En estudio, cuidó la respiración de cada frase. En vivo, administró la energía para sostener la afinación y el relato.
Cantar siguió siendo un acto de fe.
La vigencia no dependió de algoritmos, sino de la relación directa con la gente que lo escucha desde hace décadas.
El tiempo lo ennobleció, no lo venció.
Esa cercanía sostuvo el puente entre memoria y presente.
El legado del hombre que nunca se disfrazó de ídolo
Hoy, más que una figura pop, Mijares es una referencia afectiva. Muchos miden etapas de su vida con su discografía.
Su historia se escribe en canciones cotidianas.
Su éxito no nació del escándalo; nació del trabajo y la consistencia. Esa ecuación resiste modas.
Permanecer sin traicionarse es su sello.
Los escenarios donde se presenta son testigos de un pacto tácito: él cuida la canción y el público cuida el silencio.
No canta para la nostalgia: canta para la memoria.
El artista maduro escucha más, corre menos, elige mejor. En esa economía habita su grandeza actual.
El aplauso lo alcanza porque lo merece.
Su legado es una ética interpretativa: emoción precisa, respeto por la melodía, palabras al servicio del sentimiento.
Su voz sigue siendo hogar para quien ama sin prisa.
Así, la voz que comenzó tímida se volvió patrimonio emocional compartido.
(By Notas de Libertad).
Bella.
El Breve Espacio.
No Hace Falta.

“Ciudadano Fujimori”, la construcción de un político.
De: Luis Jochamowitz




Resumen:
Fujimori: el ciudadano que quiso ser Estado
Anatomía del poder oculto tras la sonrisa del profesor
Un retrato que desmonta al mito
No es un panegírico ni una condena: es una disección del poder.
Cuando Jochamowitz publica su libro, el Perú vive bajo una mezcla de miedo y esperanza.
El fenómeno Fujimori se explica por un país exhausto, no por el azar.
El autor recorre orígenes, gestos y decisiones para aislar aquello que vuelve al personaje tan funcional para su tiempo.
El ingeniero triunfa porque promete orden donde la política ofrecía ruido.
No reduce al protagonista a un cliché: lo observa en su contexto, como pieza de una maquinaria social que buscaba respuestas simples a problemas complejos.
El carisma no es su herramienta central: lo es la eficacia percibida.
La campaña convierte la austeridad en narrativa de salvación.
La herencia del silencio
El silencio fue la lengua materna del futuro presidente.
El libro remonta la biografía hacia la colonia japonesa y a las rutinas familiares.
Disciplina, discreción y reserva moldearon su temperamento.
Ahí encuentra las claves de un comportamiento hermético que, en política, luce como frialdad estratégica.
La cortesía oriental devino método de control emocional.
La experiencia de pertenecer y no pertenecer a la vez le dio un radar precoz para leer el humor social y modular su propia exposición.
Hablar poco se volvió estrategia, no timidez.
La identidad de hijo de inmigrantes enseñó a adaptarse sin exhibirse.
El profesor que soñaba con fórmulas
La universidad fue su primer laboratorio de autoridad.
Jochamowitz dibuja a un docente obsesivo del método y la comprobación.
El orden numérico prometía certezas que la plaza pública negaba.
Esa mirada le permitió vender soluciones concretas frente a programas grandilocuentes.
Pensar como ingeniero sustituyó el debate por el procedimiento.
Su liderazgo nace de la tranquilidad que inspira quien parece tener un plan verificable, incluso si ese plan reduce la complejidad humana a variables manejables.
La gestión técnica ofreció seguridad en tiempos de descreimiento.
La obediencia del aula se convirtió en modelo para el Estado.
El outsider fabricado
La sorpresa electoral fue una puesta en escena bien ensayada.
El relato muestra un candidato que entendió el desencanto y lo convirtió en plataforma.
La modestia operó como marca política y blindaje moral.
La imagen del ciudadano común, refrendada por la televisión y la cercanía con comunidades específicas, funcionó como antídoto ante un establishment gastado.
Su biografía breve resultó una ventaja comunicativa.
No irrumpió: se deslizó por las grietas del sistema hasta hegemonizarlo.
El antagonista perfecto del intelectual de élite fue el técnico aplicado.
Prometió honradez, tecnología y trabajo: un tríptico eficaz.
El ingeniero del poder
Al llegar al gobierno, cambió el guion: del ciudadano al estratega.
El autor narra la metamorfosis con sobriedad: el técnico que afina tornillos termina afilando el mando.
El gabinete se pensó como máquina y no como deliberación.
El cálculo desplaza a la duda y la obediencia reemplaza a la negociación.
La eficacia se volvió argumento para concentrar decisiones.
El resultado es un poder que confunde rapidez con precisión y que paga la celeridad con libertades.
El autogolpe fue presentado como corrección técnica del desorden.
La democracia quedó subordinada al rendimiento.
El espejo del Perú y la vigencia de una advertencia
Fujimori refleja una sociedad que pidió orden antes que debate.
La conclusión es incómoda: más que retratar a un individuo, el libro retrata una época.
El miedo fue combustible; la esperanza, coartada.
El personaje sirve para recordar que la democracia es más que resultados; es un hábito de convivencia.
El líder nació del voto, pero creció en la obediencia.
Cuando ese hábito se abandona, la tentación del atajo vuelve con otro rostro, en otro país, bajo otra promesa de orden.
El libro advierte que el autoritarismo empieza en la mente del ciudadano.
La lección persiste: la eficacia sin controles termina cobrándose todo.
Sobre el autor:
Luis Jochamowitz: el cronista que convirtió el archivo en conciencia
El periodista que hizo del silencio del poder una forma de revelación
La infancia del observador
Su curiosidad no fue la de un niño brillante, sino la de un testigo paciente.
Nació en Lima en 1953, cuando la ciudad oscilaba entre la promesa de modernidad y la persistencia de sus desigualdades.
Creció en un entorno donde la política era ruido y el silencio, sospecha.
Desde pequeño aprendió a observar sin juzgar, a registrar sin intervenir.
Aprendió a desconfiar de las versiones oficiales mucho antes de escribirlas.
La sensibilidad con que percibía el entorno urbano sería, años después, la base de una obra dedicada a descifrar las grietas del poder..
Su vocación nació del asombro: mirar y no creer todo lo que se veía.
El futuro cronista se gestó entre la duda y la necesidad de entender.
Los años de aprendizaje
El archivo se convirtió en su territorio natural.
Durante su formación universitaria, Jochamowitz comprendió que el oficio del periodista no debía limitarse a contar lo visible.
Le interesaban más las notas olvidadas que los titulares.
La investigación era para él una forma de literatura moral.
Decía que en los márgenes de un periódico viven las verdaderas historias.
No aspiraba a la gloria ni a la fama: quería entender por qué el poder necesitaba mentir para sobrevivir.
El periodismo no debía correr detrás de los hechos, sino esperarlos con paciencia.
Su método sería la observación constante, la duda como brújula..
Aprendió que cada documento guarda una respiración que el tiempo no borra.
El nacimiento del investigador
Mientras otros denunciaban, él reconstruía.
En los años ochenta trabajó en revistas que marcaron época.
Prefería el dato a la acusación, la prueba al rumor.
Desde la trinchera del periodismo narrativo, encontró su tono: ni complaciente ni heroico.
Su prosa, sobria y exacta, se volvió una firma reconocible.
Jochamowitz apostó por un lenguaje donde cada palabra debía probar su existencia.
Nunca buscó la primicia: buscó la verdad con ritmo de arqueólogo.
La precisión, más que el adjetivo, se convirtió en su forma de compromiso con el lector..
Cada texto era una excavación del presente.
Las obras que lo definieron
Fue la primera vez que alguien retrató al mandatario sin rendirle tributo.
Con la publicación de Ciudadano Fujimori en 1993, Jochamowitz no solo narró la historia de un presidente, sino la de un país que lo hizo posible.
El periodista se convirtió en cronista del desengaño nacional.
A través de un tono seco, casi quirúrgico, reveló la anatomía del poder peruano.
El éxito del libro no fue editorial, sino ético: devolvió la mirada crítica.
Luego vinieron El descuartizador del Hotel Comercio, una radiografía del crimen como espejo social, y Vladimiro: Vida y tiempo de un corruptor, un estudio del poder como enfermedad.
Después llegarían obras donde el poder se mostraba desnudo y cínico.
Más adelante, Contra Dicción y Última noticia confirmaron su vigencia, mostrando que su mirada seguía siendo tan aguda como su ética.
Cada libro consolidó su nombre como símbolo de lucidez en tiempos de complacencia.
Cada una de estas obras consolidó su nombre como un referente del periodismo de investigación y la literatura de no ficción en América Latina.
El estilo y la mirada
Escribe como quien disecciona una verdad antes de que se pudra.
Jochamowitz representa un modo de escribir donde la ética y la estética se reconcilian.
No acusa: describe, y al hacerlo, condena con serenidad.
En sus textos, la precisión no está reñida con la sensibilidad.
Su estilo recuerda que la emoción más fuerte puede nacer de una frase contenida.
Cada párrafo busca la verdad con la humildad del testigo que estuvo ahí, pero que nunca se apropia del relato.
Transformó la frialdad del dato en belleza intelectual.
Su estilo demuestra que la sobriedad también puede ser conmovedora.
Y convirtió la sospecha en método, no en prejuicio.
El legado del testigo
Su obra enseña que la memoria no se archiva: se custodia.
Hoy, retirado del bullicio mediático, Jochamowitz sigue escribiendo con la misma calma de quien entiende que la verdad no tiene prisa.
Cada libro suyo es una advertencia para las nuevas generaciones de periodistas.
Sus obras más recientes lo confirman como un cronista de la conciencia pública, más atento a la memoria que a la coyuntura.
El país puede cambiar de rostro, pero no de mecanismos.
Su legado trasciende lo periodístico: demuestra que la palabra escrita, cuando se ejerce con ética, puede ser el último refugio de la verdad.
El autor que denunció el silencio terminó enseñando a escucharlo.
En su discreción habita la grandeza del oficio que eligió para vivir y resistir.
Luis Jochamowitz es, en el fondo, un espejo de lo que el periodismo podría volver a ser.
(By Notas de Libertad).





Carlos A. Madrazo: El ciclón que quiso democratizar la tormenta
Historia completa del reformador tabasqueño que desafió al poder desde dentro del sistema
Los orígenes del ciclón del sureste
Infancia, raíces y los primeros vientos del idealismo
Primeros años entre el trópico y la pobreza
Carlos Alberto Madrazo Becerra nació el 7 de julio de 1915 en la ranchería de Parrilla, Tabasco. Su infancia se desarrolló entre la humedad del trópico, la sencillez rural y los relatos de una Revolución que aún no terminaba de asentarse. Hijo de un pequeño comerciante y de una maestra, aprendió pronto que la educación era la llave para abrir cualquier destino.
Desde niño mostró una oratoria precoz, una voz clara que imponía respeto entre adultos y asombro entre sus compañeros.
Su madre, doña Concepción Becerra, fue su primera maestra; su padre, don Píoquinto, le enseñó el valor de la palabra dada. A falta de juguetes, el pequeño Carlos jugaba con discursos improvisados frente a un espejo, soñando con hablar algún día para cambiar al país.
El calor tabasqueño no lo doblegó; lo templó.
Creció entre caobas y ceibas, oyendo los pregones del mercado y los debates encendidos en las plazas. México entero vivía la tensión entre la tradición y la modernidad; él absorbía ambas con la naturalidad de quien intuye su destino.
El niño que conquistó la tribuna
En la escuela José N. Rovirosa destacó por su inteligencia y memoria. Fue elegido para pronunciar el discurso del 21 de marzo en honor a Benito Juárez, acto que cambiaría su vida. Bajo un sol implacable, aquel niño habló con una elocuencia que dejó pasmado al auditorio.
Ese día, entre la multitud, estaba Tomás Garrido Canabal.
El gobernador vio en el pequeño Madrazo una chispa poco común y lo invitó a acompañarlo en sus giras políticas. Así comenzó la leyenda del joven orador que recorrería pueblos y caminos, despertando aplausos y curiosidad.
La política fue su aula más exigente y su primer amor.
Desde entonces entendió que la palabra podía mover conciencias, pero también despertar envidias. En cada mitin, observaba cómo el poder fascinaba y corrompía con igual intensidad.
Educación y conciencia social
A los once años, Carlos ya ayudaba a alfabetizar a otros niños de su comunidad. La influencia de su madre fue determinante: creía que la justicia comenzaba en el pizarrón. Esa convicción lo acompañaría toda su vida, incluso cuando el poder le ofreció atajos.
Aprendió que enseñar era un acto político.
Mientras otros soñaban con riquezas, él soñaba con escuelas, con libros abiertos en las manos de campesinos. Su curiosidad era insaciable; devoraba los pocos libros que llegaban desde la capital.
El niño orador se estaba volviendo pensador.
Comprendió que el futuro de México dependía de una generación dispuesta a estudiar y a servir, no a mandar.
Los vientos de Garrido Canabal
A los trece años acompañaba ya a Garrido Canabal en sus campañas por todo Tabasco. Desde las cajas de un camión, Carlos hablaba de justicia social y progreso. Los adultos lo miraban con una mezcla de ternura y respeto.
Fue entonces cuando nació el apodo de 'El joven tribuno'.
Entre giras y discursos, entendió el lenguaje del pueblo: los silencios, los reclamos, la fe. Garrido lo instruyó en la disciplina, pero también en el dogma de la Revolución.
El poder, sin embargo, empezaba a mostrarle su rostro más contradictorio.
Veía cómo algunos hombres olvidaban los ideales apenas alcanzaban el cargo. En silencio, juró que no sería uno de ellos.
Un espíritu moldeado por el trópico
El paisaje tabasqueño fue su escuela moral. Las lluvias torrenciales lo enseñaron a resistir; el sol inclemente, a ser paciente. Cada vez que miraba el horizonte verde, imaginaba un país nuevo.
La naturaleza lo hizo terco y soñador.
Los ríos que arrasaban los sembradíos le recordaban que el cambio podía ser violento pero necesario. Su carácter se forjó entre la esperanza y la adversidad.
No quería ser testigo: quería ser protagonista.
Por eso, cuando otros niños jugaban, él escribía proclamas, diseñaba discursos, soñaba con tribunas más grandes.
Primeras lecciones de política y destino
La adolescencia llegó con una mezcla de fervor y destino. Ya no era el niño prodigio: era un joven decidido a estudiar Derecho para comprender las leyes que regían el país. Sus primeros maestros decían que tenía 'alma de caudillo y mente de jurista'.
Carlos A. Madrazo no quería ser gobernador ni presidente; quería ser justo.
Esa palabra, 'justicia', lo acompañaría como un credo hasta el final. Su niñez había terminado, pero su vocación apenas comenzaba.
En Tabasco, el viento soplaba fuerte, y con él empezaba a formarse el ciclón.
Juventud y fuego revolucionario
La forja del idealista entre la rebeldía y el compromiso
La juventud como bandera
Los años treinta marcaron el despertar político de Carlos A. Madrazo. México hervía en la efervescencia del cardenismo, con jóvenes que soñaban transformar el país. Carlos, apenas en la adolescencia, se unió a ese movimiento con la misma pasión con la que había conquistado la tribuna en su infancia.
La Revolución seguía viva en su espíritu: la veía no como recuerdo, sino como tarea pendiente.
En cada reunión estudiantil alzaba la voz, no para repetir consignas, sino para exigir coherencia. La juventud, pensaba, debía ser conciencia y motor, no simple ornamento de discursos oficiales.
El fuego de su palabra empezó a atraer seguidores; su carisma era tan natural como su convicción.
Camisas rojas y luchas sociales
En aquellos años, el sureste mexicano era territorio de agitaciones. Madrazo se integró al movimiento de las Camisas Rojas, seguidores del gobernador Garrido Canabal. El joven tribuno recorría aldeas hablando de justicia social, educación y libertad, convencido de que la palabra podía liberar tanto como la tierra.
Las plazas se convirtieron en su universidad; los campesinos, en sus maestros.
Sin embargo, los enfrentamientos entre el fanatismo religioso y el radicalismo político le revelaron los límites de la violencia. Aprendió que la ideología sin compasión puede volverse dogma, y el dogma, tiranía.
De esa etapa salió con más heridas que medallas, pero también con un temple que nunca lo abandonó.
El joven que aprendía entre el fuego
Mientras otros se perdían en el ruido de las marchas, él comenzó a leer y reflexionar. La biblioteca reemplazó la plaza: Marx y Vasconcelos convivían con Juárez en su mesa de estudio. Buscaba comprender el alma del país más allá de los panfletos.
Su oratoria ardía, pero su pensamiento maduraba.
Madrazo entendió que la verdadera revolución no se hace gritando, sino educando. Dejó atrás el fanatismo y abrazó la razón sin perder la pasión.
Cada libro que leía era una herramienta; cada idea, una semilla de futuro.
Primeros liderazgos estudiantiles
En la Ciudad de México, ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, donde pronto se convirtió en presidente de la sociedad de alumnos. Allí conoció el valor de la organización, la disciplina y la palabra como instrumento de cambio. Con apenas veinte años, era ya un líder nato.
Los pasillos de la universidad se volvieron su campo de batalla intelectual.
Convocaba a asambleas, escribía manifiestos y encabezaba debates sobre el destino de México. Su liderazgo no era de imposición, sino de inspiración.
Madrazo no ordenaba: persuadía. Esa fue siempre su fuerza secreta.
La educación como trinchera
Mientras consolidaba su liderazgo, Madrazo decidió que su camino debía estar cimentado en el conocimiento. Se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, convencido de que la justicia era el lenguaje que debía aprender para cambiar al país.
El aula sustituyó la tribuna, pero el fervor seguía intacto.
Su disciplina asombraba a sus maestros: estudiaba de día y escribía discursos de noche. Entendió que sin leyes no hay revolución posible, y sin ética, la ley es solo poder disfrazado.
Soñaba con un México donde el derecho y la dignidad fueran sinónimos.
Del idealismo al compromiso
Al egresar de la universidad, ya no era solo el joven rebelde, sino un pensador con propósito. Su generación buscaba integrar los ideales de la Revolución con la realidad moderna. Carlos A. Madrazo asumió ese reto con el ímpetu de quien sabe que el cambio no se pide: se construye.
Había aprendido que el valor más grande no está en vencer, sino en resistir con ideas.
Sus primeros pasos en la política institucional lo encontrarían preparado: ya no era el niño orador ni el joven radical, sino el ciudadano consciente que se sabía destinado a transformar las estructuras desde dentro.
La juventud de Carlos Madrazo fue un incendio que no destruyó: iluminó.
El despertar del político institucional
Del aula a la tribuna nacional
De estudiante a tribuno del sistema
El joven abogado tabasqueño recién egresado de la Universidad Nacional no tardó en entender que las ideas necesitan cauce institucional. En 1938, cuando el presidente Lázaro Cárdenas transformó el PNR en el Partido de la Revolución Mexicana, Carlos A. Madrazo se afilió con la convicción de que aquel partido era la vía para concretar los ideales sociales que había abrazado en su juventud.
Ingresó al PRM con el fervor del creyente y la lucidez del reformista.
Para Madrazo, militar en el partido no era obedecer; era construir. Participaba en reuniones interminables, escribía documentos programáticos y debatía con líderes mayores que lo observaban con una mezcla de sorpresa y respeto.
El joven diputado
En 1943, con apenas veintiocho años, fue electo diputado federal por el Distrito Federal. Su llegada al Congreso fue como un relámpago en un cielo en calma: los discursos, antes monótonos, recuperaron pasión y sentido.
Subía a la tribuna con la misma fuerza con que otros suben al escenario de la historia.
Defendía causas sociales, educación, justicia laboral y autonomía municipal. Sus adversarios reconocían su talento, incluso cuando temían su independencia de criterio.
El joven legislador parecía destinado a marcar época, no a seguir el libreto.
El fuego del debate
Su oratoria, forjada desde niño, halló en la Cámara de Diputados su máxima expresión. No hablaba por hablar: cada intervención era un acto de convicción. Evocaba a Juárez, a Madero y a Cárdenas con respeto, pero también advertía sobre los peligros del conformismo revolucionario.
Sus discursos no buscaban aplausos, sino conciencia.
Pronto se convirtió en una figura incómoda para los jerarcas que preferían el silencio de los obedientes. En la Cámara, Madrazo demostró que el talento no se hereda: se trabaja.
El golpe político y la cárcel
En el apogeo de su joven carrera, una acusación fabricada cambió su destino. Se le vinculó con un supuesto fraude en el Programa Bracero, pretexto utilizado por sus adversarios para debilitar a la facción política a la que pertenecía.
Fue desaforado, encarcelado y señalado públicamente, sin pruebas, sin juicio justo.
En la prisión, lejos de rendirse, Madrazo se reafirmó. Leía, escribía y conversaba con otros internos sobre el sentido de la justicia y del poder. Aquella celda fue su segunda aula.
La absolución y la lección
Meses después fue absuelto. No había fraude, no había delito, solo cálculo político. Regresó a la vida pública sin rencor, pero con una mirada más crítica sobre la estructura del poder que lo había traicionado.
La cárcel no lo quebró: lo templó.
Comprendió que la política mexicana se movía entre la lealtad y el miedo. Él decidió elegir la primera, aunque la segunda fuera más rentable.
Regreso a la arena
Al salir, Madrazo volvió a su labor en el partido, sin estridencias, pero con una autoridad moral que pocos podían igualar. Desde posiciones técnicas y de organización interna, empezó a reconstruir su prestigio y a formar nuevos cuadros. Sabía que las derrotas solo duelen cuando se olvida su enseñanza.
El político renacido traía en la mirada la serenidad del que ya conoció el abismo.
Su carrera volvería a despegar con fuerza en los años cincuenta, pero desde entonces había dejado atrás la ingenuidad. Había nacido el reformador que un día desafiaría a todo el sistema.
Gobernador del progreso
Tabasco: tierra, modernidad y justicia social
El regreso triunfal al terruño
En 1958, tras años de trabajo político en la capital, Carlos A. Madrazo volvió a Tabasco como candidato del PRI a la gubernatura. Su regreso fue recibido con júbilo: los campesinos lo esperaban con flores y las mujeres lo saludaban desde los balcones. No era solo un político más, sino el hijo pródigo que regresaba a cumplir una promesa con su tierra.
Su campaña fue un vendaval de entusiasmo, cargado de esperanza y dignidad.
Recorrió pueblos en lancha, a caballo y a pie, escuchando a los olvidados y comprometiéndose con los marginados. Su lema no hablaba de poder, sino de servicio: 'Tabasco tiene futuro si lo soñamos juntos'.
El gobernador del pueblo
Tomó posesión en enero de 1959, decidido a transformar el rostro de Tabasco. Desde el primer día rompió con el protocolo: caminaba sin escoltas, visitaba las comunidades, comía en fondas, preguntaba por los enfermos. Su energía era contagiosa.
El pueblo lo llamaba 'el Ciclón del Sureste' por su ritmo incansable y su carácter arrollador.
Madrazo gobernaba con una mezcla de rigor y ternura. Sabía que la autoridad no se impone: se conquista con hechos. Su despacho era más un taller de ideas que una oficina del poder.
Obras y modernización
En cinco años, el estado cambió de fisonomía. Se construyeron caminos, hospitales, escuelas y viviendas. La capital, Villahermosa, se llenó de parques y avenidas pavimentadas. Pero más allá de la infraestructura, lo que Madrazo edificaba era autoestima colectiva.
El progreso no debía ser lujo de pocos, sino derecho de todos.
Impulsó el desarrollo agrícola, la industrialización del cacao y la creación de plantas pasteurizadoras de leche. Su visión era integral: un Tabasco moderno, pero fiel a su identidad tropical y solidaria.
Educación, su mayor legado
Madrazo consideraba la educación como el cimiento del desarrollo. Multiplicó las escuelas rurales, elevó los salarios de los maestros y fundó la Ciudad Universitaria de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, su orgullo mayor.
Creía que sin educación no hay libertad, y sin libertad no hay justicia.
Fomentó la lectura, los concursos de oratoria y las becas al extranjero. Su gobierno formó una generación de jóvenes que llevarían a Tabasco más allá del rezago.
Conflictos con el caciquismo local
El éxito de su gobierno despertó resistencias. Los viejos caciques que habían controlado la política local por décadas se sintieron amenazados. Madrazo no cedió ante ellos, ni permitió componendas.
Su integridad era su escudo, y su palabra, su única arma.
Enfrentó conspiraciones y calumnias, pero mantuvo el rumbo. Para él, gobernar era limpiar la casa y devolver la dignidad al pueblo. Ningún interés personal valía más que la transparencia pública.
El final del mandato
En 1964 concluyó su mandato dejando un Tabasco distinto: con más caminos, escuelas, hospitales y una nueva identidad. No se enriqueció, no se aferró al cargo, no buscó herederos políticos. Su legado fue moral y tangible.
Dejó el gobierno con la misma sencillez con la que lo asumió: con la frente en alto y las manos limpias.
Su figura trascendió las fronteras del estado y llamó la atención de la política nacional. Había probado que la eficiencia y la honestidad podían coexistir. En los años siguientes, su nombre resonaría como el de un reformador posible dentro del sistema.
El reformador del PRI
Cuando el poder tembló ante la democracia
El nombramiento inesperado
En 1964, tras concluir su mandato como gobernador, Carlos A. Madrazo fue convocado por el nuevo presidente Gustavo Díaz Ordaz. En una reunión sobria, el mandatario le propuso dirigir el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional. Para muchos, fue una sorpresa: el tabasqueño representaba la renovación dentro de un sistema que había aprendido a temerla.
Madrazo aceptó el reto con la fe del idealista y la prudencia del estratega.
Su nombramiento fue interpretado como una maniobra de equilibrio: un rostro joven y exitoso que podía darle aire fresco al partido, pero bajo control. Nadie imaginaba que aquel hombre intentaría abrir las ventanas de la casa cerrada del poder.
El inicio del cambio
Desde su llegada a la dirigencia, Madrazo imprimió un nuevo ritmo: reuniones abiertas, debates internos, contacto directo con las bases. Buscaba recuperar la esencia revolucionaria del partido, alejarlo de la burocracia y del conformismo que lo amenazaba.
Convocó a los militantes a pensar, no solo a obedecer.
Su discurso hablaba de dignidad, de participación y de autocrítica. Propuso que el PRI debía transformarse antes de que el país lo exigiera por la fuerza.
Democratizar lo imposible
El punto culminante de su gestión fue la iniciativa de instaurar elecciones internas libres para elegir candidatos. La idea parecía simple, pero en el PRI de los sesenta era revolucionaria. Rompía con la tradición del 'dedazo' presidencial y devolvía el poder a la militancia.
Quería que el partido fuera una escuela de democracia, no un taller de simulaciones.
También impulsó la inclusión de mujeres en planillas y promovió la autocrítica pública como práctica de madurez política. Su audacia inspiró a muchos jóvenes y preocupó a los viejos caciques.
Las resistencias del sistema
Pronto las resistencias surgieron desde todos los frentes. Gobernadores, líderes sindicales y funcionarios vieron en sus reformas una amenaza directa a sus privilegios. Los periódicos oficialistas comenzaron a atacarlo con editoriales anónimos. Dentro del partido, sus propios colaboradores fueron persuadidos de traicionarlo.
Madrazo empezó a caminar solo, rodeado de sonrisas falsas y silencios calculados.
Su proyecto de democratización interna se convirtió en una batalla personal contra la inercia de un sistema que no toleraba el cambio.
El choque con el poder presidencial
El presidente Díaz Ordaz, al principio indiferente, comenzó a impacientarse ante las quejas de los poderosos. La democratización, decía, podía poner en riesgo la 'unidad del partido'. La presión fue creciendo hasta volverse insostenible. En noviembre de 1965, Carlos A. Madrazo presentó su renuncia al cargo.
Renunció sin doblegarse, sabiendo que había tocado la fibra más sensible del poder: el miedo a la libertad.
Su despedida fue digna y sobria. Dijo que prefería ser fiel a sus convicciones antes que traicionar su conciencia. Al salir del edificio del PRI, sabía que su lucha recién comenzaba.
El símbolo que nació del fracaso
Su caída marcó el fin de la reforma, pero el inicio de la leyenda. Desde ese momento, Madrazo se convirtió en símbolo de la honestidad política y de la esperanza en una democracia posible dentro del sistema. Su nombre comenzó a pronunciarse con respeto, incluso entre quienes no compartían sus ideas.
Perdió el poder, pero ganó la historia.
Su intento frustrado quedó grabado en la memoria de México como la primera gran sacudida al autoritarismo priista. Aquel fracaso, más que derrota, fue una semilla: la promesa de que algún día el poder tendría que rendirse ante la voluntad del pueblo.
El político exiliado dentro del poder
Los años de silencio, crítica y resistencia moral
El silencio impuesto
Tras su renuncia al PRI en 1965, el nombre de Carlos A. Madrazo desapareció de los comunicados oficiales. Los mismos periódicos que antes lo elogiaban comenzaron a ignorarlo. El poder no necesitaba encarcelarlo: bastaba con negarle voz.
Fue condenado al ostracismo sin juicio, al silencio sin destierro.
En los salones políticos, su nombre se pronunciaba en voz baja. Pero en las universidades y en los sindicatos, su ejemplo crecía. Había perdido los reflectores, pero había ganado la conciencia de los jóvenes.
El intelectual en resistencia
Privado de los espacios oficiales, Madrazo se volcó a la reflexión. Escribía artículos, discursos, cartas que circulaban de mano en mano. En ellos analizaba con rigor el rumbo del país y denunciaba el desgaste moral del sistema que él mismo había ayudado a construir.
Transformó el dolor de la exclusión en pensamiento político.
Sus textos eran serenos, no vengativos. Rechazaba la amargura; prefería el análisis. En ellos insistía en que México debía cambiar desde la conciencia, no desde la violencia.
Los jóvenes de la esperanza
A su alrededor comenzó a reunirse un grupo de jóvenes políticos, intelectuales y estudiantes que lo veían como un mentor. Les hablaba de ética, de responsabilidad y de servicio público. Creó un pequeño movimiento de opinión que buscaba regenerar la política desde adentro.
No fundó un partido: sembró una generación.
Entre cafés y tertulias, su palabra era un faro. Aquellos jóvenes —que más tarde ocuparían cargos relevantes— siempre recordaron la lección de su maestro: la política sin virtud es solo administración del poder.
Los años del desencanto
México vivía el espejismo del crecimiento económico, pero el país real estaba lleno de desigualdad. Madrazo, con su aguda mirada, veía venir la tormenta. En sus escritos advertía que el autoritarismo solo podía sostenerse con miedo. El 68 lo encontró en la madurez de su pensamiento.
No fue parte del movimiento estudiantil, pero entendió su sentido antes que muchos.
Lamentaba la cerrazón del gobierno y la falta de diálogo. Para él, el conflicto no era entre generaciones, sino entre libertad y control.
El regreso de la palabra
Entre 1967 y 1968, volvió a dar conferencias públicas. En auditorios universitarios, en sindicatos, en plazas abiertas, su voz recobró fuerza. Cada discurso era una advertencia contra la corrupción moral del poder y un llamado a la reconciliación nacional.
Su verbo era fuego y bálsamo a la vez: denunciaba, pero también curaba.
Sus palabras circularon en copias mecanografiadas, como si fueran manifiestos clandestinos. En ellas hablaba de una democracia por venir, paciente y posible.
Un exiliado dentro del sistema
A finales de los sesenta, Carlos A. Madrazo era un hombre libre en un país controlado. No tenía cargo, pero tenía autoridad moral. Lo habían marginado del poder, pero no de la historia. Seguía recorriendo México, hablando, escribiendo, inspirando.
Era un político sin partido, pero con patria.
Su exilio fue interior: caminaba entre los suyos sin pertenecer a los suyos. Sin embargo, jamás renunció a la esperanza. Hasta el último día creyó que el cambio era posible sin violencia, con educación, y con la fuerza de la verdad.
La muerte del reformador y el nacimiento del mito
El último vuelo, la tragedia y la inmortalidad política
El último vuelo
El 4 de junio de 1969 amaneció con cielo gris sobre la Ciudad de México. Carlos A. Madrazo abordó, junto a su esposa Graciela Pintado, el vuelo 704 de Mexicana de Aviación con destino a Monterrey. Era un viaje rutinario, parte de una agenda de conferencias que lo mantenía activo y cercano a la gente.
Nadie imaginó que aquel avión sería su último foro, y el cielo su última tribuna.
Antes de subir, comentó a un amigo que sentía una extraña inquietud. No era miedo, sino una especie de presagio, como si supiera que el destino estaba por escribir la última página de su historia.
El impacto y el silencio
A las 8:02 de la mañana, el Boeing 727 desapareció del radar. Minutos después, se supo que se había estrellado contra el Cerro del Fraile, en las cercanías de Monterrey. La noticia se esparció con la velocidad del rayo. México entero quedó enmudecido.
Murió el político más limpio de su tiempo, el único que había intentado cambiar al poder desde dentro.
En los hogares tabasqueños, la radio anunció la tragedia con voces quebradas. Los periódicos de la tarde hablaban de accidente, pero el pueblo, incrédulo, murmuraba la palabra prohibida: asesinato.
Las versiones y las sombras
Las versiones oficiales hablaron de error de navegación y condiciones meteorológicas adversas. Pero muchos testigos aseguraron haber visto una explosión antes del impacto. Las sospechas se multiplicaron: un sabotaje, un atentado, una venganza política. Nada se comprobó, y todo se creyó.
El misterio fue su tumba y su resurrección al mismo tiempo.
Con los años, su muerte se convirtió en un espejo donde cada generación reflejaría sus propias dudas sobre el poder y la verdad.
El luto nacional
El país entero se vistió de luto. En Villahermosa, miles de personas lloraron en silencio. En la Ciudad de México, políticos, obreros y estudiantes se mezclaron en un mismo duelo. El féretro cubierto con la bandera nacional fue acompañado por una multitud que no lloraba a un político, sino a un ideal.
México despidió a un hombre, pero abrazó a un símbolo.
Las coronas de flores se apilaban, los discursos oficiales sonaban huecos frente al dolor popular. En Tabasco, los campesinos levantaron cruces de madera con su nombre grabado: 'Carlos A. Madrazo, el justo'.
El legado y el mito
Con su muerte, el reformador se volvió leyenda. Su ejemplo sobrevivió a los silencios del régimen y a la erosión del tiempo. Su honestidad, su valor civil y su fe en la democracia inspiraron a generaciones de mexicanos que vieron en él la posibilidad de una política distinta.
Madrazo murió joven, pero dejó una madurez que el país aún no alcanza.
Sus discursos fueron recuperados y leídos como testamento moral. Sus palabras sobre la ética y la libertad política siguen resonando como advertencia y esperanza.
El eco del ciclón
A más de medio siglo de su partida, su nombre sigue vivo en Tabasco y en la historia nacional. Calles, escuelas y universidades llevan su nombre, pero más allá de los homenajes, su verdadera herencia está en la conciencia de los que creen que la política puede ser limpia.
Carlos A. Madrazo no murió en el aire: ascendió a la memoria.
Su vida fue un ciclo de lucha, fe y justicia; su muerte, el inicio de una inmortalidad que aún sopla, como un ciclón que jamás se detiene.
(By Notas de Libertad).













































