


-LA LEYENDA 104
NOTA DE INTRODUCCIÓN.
/… MÉXICO: DIEZ HERIDAS ABIERTAS Y UN PODER QUE TODAVÍA NOS PIDE PACIENCIA
Crónica de una patria donde la violencia encierra, la desaparición deja hogares esperando y la injusticia permite que las víctimas mueran antes de obtener respuesta; de los derechos que deben comprarse otra vez, del dinero público bajo sospecha y de las decisiones que comprometen el mañana. Diez heridas frente a los gobiernos que prometieron cerrarlas y deben responder por cuánto siguen costándonos.
LO QUE NOS ESTÁ QUITANDO LA VIDA
LA INSEGURIDAD. El miedo tiene llaves de demasiadas casas. Decide cuándo se abre un negocio, por dónde se vuelve, qué camino debe abandonarse. El crimen cobra por permitir trabajar. La familia paga y necesita seguir pagando. Allí donde la amenaza organiza los días, la autoridad debe explicar por qué su protección vale menos que una orden criminal.
LAS DESAPARICIONES. Hay padres envejeciendo sin saber qué edad conserva su hijo. El cumpleaños llega; la respuesta no. Mientras buscan, dejan trabajo, dinero y salud entre oficinas y caminos. El Estado dispone de facultades para investigar. Cada diligencia omitida puede arrancarles otra posibilidad de encontrarlo. La espera termina devorando también a quienes esperan.
LA IMPUNIDAD. Después de perder a alguien, todavía hay que demostrar que merece justicia. Conseguir documentos, pagar traslados, volver a contar lo insoportable. La autoridad puede aplazar una audiencia; una madre pierde meses de la vida que le queda. Algunos expedientes sobreviven a las víctimas. Hasta la muerte consigue llegar antes que la respuesta.
LA SALUD INSUFICIENTE. Una receta puede convertirse en inventario de lo que habrá que vender. La familia comienza usando ahorros y termina preguntando cuánto vale aquello que todavía conserva. Los gobiernos cambian instituciones, anuncian compras y prometen atención. Frente a ellos, el enfermo tiene un cuerpo que sigue deteriorándose mientras la solución recorre despachos.
LO QUE EL PODER HACE CON NUESTRA CONFIANZA
LA CORRUPCIÓN. Segalmex dejó el escándalo donde debía protegerse la alimentación. Otros expedientes sobre contrataciones y combustibles exigen esclarecer responsabilidades. Cada recurso desviado pierde el destino para el que fue entregado. A quienes prometieron no robar les corresponde abrir las cuentas, aunque detrás de ellas aparezca un nombre que ayer defendían.
LOS CONTROLES DEBILITADOS. Una autoridad vigilada puede encontrar límites antes de causar un daño. Reducir controles independientes vuelve más difícil exigirlos. El ciudadano necesita documentos, revisión y capacidad de impugnar. Pedir confianza mientras se estrechan esas herramientas deja al poder más cómodo y a la sociedad más indefensa cuando comienza a descubrir sus errores.
LA DEUDA Y LA CARGA DE PEMEX. Las obligaciones financieras reclaman recursos de un presupuesto lleno de necesidades. Cada préstamo y cada apoyo deben demostrar qué dejaron. Los gobiernos pueden mover vencimientos; las personas no pueden mover la fecha en que necesitan comer, atender una enfermedad o estudiar. El ajuste termina siendo cruel cuando llega hasta quien ya no tiene qué recortar.
LO QUE LES ESTAMOS DEJANDO A LOS HIJOS
EL TRABAJO PRECARIO. Hay cuerpos que llegan a la vejez guardando todas las jornadas y sin protección suficiente para descansar. Las manos ya no responden igual; la necesidad permanece. Después de una vida trabajando, tener que elegir entre seguir o pasar hambre constituye una humillación que ninguna celebración del empleo debería esconder.
EL REZAGO EDUCATIVO. Una madre puede entregar años para mantener a su hijo estudiando y descubrir después que la escuela no le dio todas las herramientas necesarias. El aprendizaje perdido reaparece en oportunidades cerradas. Quien no recibió enseñanza suficiente debe esforzarse todavía más para atravesar puertas que otros encuentran abiertas. La deuda educativa continúa cobrándose mucho después del último examen.
EL AGUA AMENAZADA. Contaminación, extracción excesiva e infraestructura deteriorada van comprometiendo el lugar donde una familia vive. El daño se acumula hasta alcanzar la cosecha, la salud, la posibilidad de permanecer. Entonces cuidar el territorio cuesta más, mientras quienes permitieron deteriorarlo pueden haber terminado ya su encargo.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato. Estas heridas tienen antecedentes; después de casi ocho años, también tienen decisiones y omisiones de la 4T. López Obrador dejó resultados. Sheinbaum responde por los que recibió y por los que produce.
El poder conserva recursos para explicar sus razones.
Las familias van gastando los suyos para sobrevivir a las consecuencias.
Y llegará la próxima elección con candidatos pidiendo otra oportunidad, frente a mexicanos que ya perdieron a alguien que solamente tenía una.
(By Notas de Libertad).

Índice de Contenido
/… LA LEYENDA 104
BIENVENIDA
/… MÉXICO: LOS QUE LE ENTREGARON LAS LLAVES AHORA DICEN QUE NO CONOCÍAN LA CASA
Crónica de la confianza herida en el Instituto Nacional Electoral, de una presidencia que terminó entre investigaciones y sospechas, y de un poder que primero ofreció certificados de honestidad, después ensanchó facultades y ahora pretende retirarse sin cargar una sola piedra del derrumbe; mientras México vuelve a descubrir que sus instituciones pueden quedarse bajo los escombros y sus padrinos políticos encontrar siempre una puerta por donde salir.
(By Notas de Libertad).
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- OPERACIÓN W…PODCAST…
/… RICARDO NARVÁEZ: LA UNIVERSIDAD QUE LLEGA HASTA DONDE LA VIDA NO PODÍA ESPERAR
En «Operación W», con la periodista celayense Claudia Padilla y Wintilo Vega, el rector de la Universidad Virtual del Estado de Guanajuato comparte las historias que dan sentido a su trabajo: madres que estudian junto a sus hijos, adultos que regresan a las aulas, jóvenes que necesitan protección y egresados que llevan su preparación al trabajo y al servicio público. Una conversación sobre la educación cuando consigue entrar en una casa y cambiar lo que parecía escrito para siempre.
Video Crónica.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… CUAUHTÉMOC CÁRDENAS: EL HOMBRE QUE ABRIÓ UNA GRIETA EN EL PODER
Crónica de una vida atravesada por el amor, la lucha y las pérdidas; del muchacho que eligió la ingeniería al gobernante de Michoacán, del priista que impulsó una rebelión democrática al candidato que reunió las esperanzas heridas de 1988, del fundador del PRD al primer jefe de Gobierno elegido por los capitalinos: la historia de un hombre que disputó tres veces la Presidencia, abrió caminos que otros recorrerían y llegó a la vejez con sus convicciones, sus desacuerdos y los nombres de quienes le hacían falta; un homenaje al México que ayudó a transformar y a la vida que fue dejando mientras lo intentaba.
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… EL AVISO INOPORTUNO:
Alejandra Gutiérrez consiguió que el puente del bulevar Aeropuerto se atorara antes de tener tráfico. Había 434.8 millones de pesos estatales previstos; su administración no acreditó oportunamente la disponibilidad jurídica de todos los terrenos. La obra tenía cómo financiarse, pero el expediente seguía jugando a las escondidas.
La alcaldesa anunció que el obstáculo estaba superado. Después, su secretario reconoció que todavía faltaba liberar una fracción. En esa administración las buenas noticias trabajan horas extras; los documentos llegan cuando pueden.
El terreno pendiente mide 166.42 metros cuadrados. Pequeño para construir, inmenso para explicar. El papel presentado seguía condicionado a autorizaciones posteriores: era casi un convenio, próximo a convertirse en convenio, siempre que después sucedieran otras cosas. Una boda anunciada con el novio todavía preguntándole a su mamá.
Sobre quienes creen que pedir voluntad política sustituye cumplir requisitos, prefiero no discutir. Con esa lógica, para cobrar un cheque bastaría llevar una fotografía del dinero que uno necesita.
Ahora se propone retomar la obra con aportaciones compartidas. La administración de Alejandra pasó de tener previsto financiamiento totalmente estatal para esa etapa a necesitar recursos municipales. Por no completar a tiempo el expediente, ahora también tendrá que completar la cuenta.
La alcaldesa busca explicaciones afuera. El pendiente seguía dentro de su administración.
Como dice el refranero popular: «Camarón que se duerme se lo lleva la corriente». La administración de Alejandra se despertó pidiendo que le cambiaran el horario al río.
(By Notas de Libertad).
/...Agenda en Corto
1.- ESPADAS MUEVE LA OPERACIÓN POLÍTICA EN LEÓN
Jorge Espadas intensifica el acercamiento con la militancia y coloca la unidad del panismo leonés en el centro de su operación política. Después de la competencia interna, sus reuniones buscan ampliar acuerdos, fortalecer la organización territorial y consolidar su liderazgo rumbo a 2027.
2.- ALITO HABLÓ DE SUMAR; JUANITA SACÓ LA CALCULADORA
La posibilidad de una alianza PAN–PRI para 2027 sigue abierta, pero las dirigencias ya dejaron claro que nadie quiere aportar votos sin participar en las decisiones.
3.- EL PAN ABRE EL MICRÓFONO; AHORA FALTA QUE ESCUCHE
“Voces por Guanajuato” busca dar contenido ciudadano a la propuesta panista para 2027. La prueba será cuánto de lo escuchado termina cambiando las decisiones del partido.
4.- NERE BAEZA: VALLE EMPIEZA A MARCAR SU RUTA
La abogada busca encabezar el proyecto municipal de Morena y encuentra en su posicionamiento ciudadano un argumento para avanzar hacia la candidatura.
5.- SAN FELIPE: JUAN MAURO NIEGA; LAS FAMILIAS ESPERAN RESPUESTAS
El síndico Arturo Luna llevó al Ayuntamiento denuncias de presuntos abusos policiales. La respuesta del secretario de Seguridad y Paz abre una exigencia: demostrar con investigaciones lo que sostiene ante los micrófonos.
6.- LORENA ALFARO REACOMODA EL TABLERO EN IRAPUATO
La llegada de Gerardo Barroso Rangel a la Secretaría del Ayuntamiento coloca a un perfil de su confianza en una posición decisiva para la interlocución política durante el último año de gobierno.
(By Operación W).
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/...Agenda del Poder
/…1.- ALEJANDRA: EL PUENTE QUE NO PUDO CONSTRUIR Y LA COARTADA QUE INTENTA LEVANTAR
El fracaso de una gestión termina convertido en una disputa de fechas. Mientras Alejandra Gutiérrez defiende que todavía tenía tiempo, León pierde el financiamiento estatal completo para el puente del bulevar Aeropuerto y enfrenta una nueva incertidumbre: conseguir dinero municipal para una obra que su administración debía haber dejado lista.
/…2.- JUAN MIGUEL: UNA UNIVERSIDAD PARA CELAYA, UN NUEVO HORIZONTE PARA SU FUTURO
El anuncio de la Universidad Nacional Rosario Castellanos marca la tercera visita de Claudia Sheinbaum a Celaya durante su mandato y fortalece la agenda de Juan Miguel Ramírez Sánchez. Educación, salud y conectividad dan contenido a su aspiración de continuidad: consolidar proyectos capaces de cambiar las oportunidades de la ciudad.
/…3.- GUANAJUATO NO ES UNA HERENCIA: ROMERO HICKS FRENTE AL REGRESO DE NAVARRO
Alejandro Navarro encuentra resistencias dentro del PAN y rechazos públicos desde otras fuerzas políticas. Su llegada al DIF, por decisión de Samantha Smith, vuelve más delicada su aspiración de regresar a la alcaldía. Frente a ese empeño familiar de permanencia, Juan Carlos Romero Hicks ofrece una alternativa con mayor trayectoria institucional y sentido de gobierno.
/…4.- MÉXICO 2027: EL PODER TAMBIÉN NECESITA A ALGUIEN QUE LE DIGA BASTA
La renovación de la Cámara de Diputados pondrá en juego mucho más que quinientas curules: la capacidad de vigilar al gobierno, discutir el presupuesto y exigir explicaciones. El país deberá decidir cuánto poder concentra y qué contrapesos conserva para defenderse cuando sus gobernantes se equivocan.
/…5.- PEMEX: EL PUEBLO PUSO EL PETRÓLEO Y AHORA TIENE QUE PONER EL RESCATE
La petrolera acumuló pérdidas por 38 mil 764 millones de pesos entre enero y septiembre. Mientras el gobierno celebra avances, México sigue esperando saber cuándo la recuperación permitirá sostener sus compromisos sin recurrir al respaldo presupuestario de una nación que también necesita hospitales, seguridad e infraestructura.
/…6.- CHARLYN CORRAL: LA NIÑA QUE CRECIÓ HASTA QUE EL MUNDO TUVO QUE MIRARLA
Desde Ecatepec hasta la gala del Balón de Oro, la goleadora mexicana construyó una carrera entre distancias, lesiones y ausencias de la selección. Su reconocimiento como Goleadora del Año ilumina una conquista personal y deja una exigencia para el futbol mexicano: ofrecer a sus niñas oportunidades a la altura de sus sueños.
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“Música de los álamos”
De: Lola Mascarell
Sobre el poema:
MÚSICA DE LOS ÁLAMOS: EL ÚLTIMO CANTO DE QUIENES APRENDIERON A DESPEDIRSE DE LA VIDA
Una lectura profunda del poema de Lola Mascarell, donde la caída de unas hojas se convierte en una estremecedora meditación sobre la vejez, la muerte y la dignidad; sobre la belleza de aquello que está destinado a desaparecer y el deseo profundamente humano de llegar al último instante sin que el dolor consiga arrebatarnos nuestra canción.
Sobre el autor:
LOLA MASCARELL: LA POETA QUE ENCUENTRA UN UNIVERSO EN EL SILENCIO DE LAS COSAS
Reseña biográfica y literaria de una escritora valenciana que ha hecho de la observación una forma de conocimiento y de la palabra un territorio de revelaciones; una autora cuya obra descubre la hondura de la infancia, el misterio de la naturaleza, la memoria familiar y la capacidad de la poesía para iluminar aquello que nuestra mirada, acostumbrada al ruido del mundo, ha dejado de reconocer.
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Lola Mascarell.
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… CELAYA: DONDE EL ARTE LE ABRE CAMINO A LA ESPERANZA
Una niña ensaya ballet; unas manos dan color a la cerámica; personas mayores cortan flores para una ofrenda colectiva. Nuestra visita a EsperanzArte nos llevó hasta esas pequeñas conquistas y hasta quienes trabajan para hacerlas posibles. Presentamos una entrevista con Juan Miguel Ramírez Sánchez y Aleida Ocampo sobre el derecho a crear y el esfuerzo de llevarlo hasta las familias de Celaya.
Video Crónica
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
DOMINGO 1 DE NOVIEMBRE AL SÁBADO 7 DE NOVIEMBRE DE 2026
Santoral
NOTA DE INTRODUCCIÓN
LOS NOMBRES QUE APRENDIERON A ILUMINAR LA OSCURIDAD
El santoral conserva la memoria de mujeres y hombres que respondieron a las dificultades de su tiempo mediante la fe, el servicio y…
Efemérides Nacionales e Internacionales
NOTA DE INTRODUCCIÓN
LOS DÍAS EN QUE LA HISTORIA CAMBIÓ DE RUMBO
La historia no siempre avisa cuando está a punto de transformar el mundo. A veces comienza con una votación, una expedición científica o la firma de un documento; otras…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
NOTA DE INTRODUCCIÓN
LAS FECHAS QUE LE PIDEN AL MUNDO NO PASAR DE LARGO
Hay fechas que nacieron para celebrar y otras que surgieron porque el mundo había guardado silencio durante demasiado tiempo. Algunas defienden la…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… FRANCIS CABREL: LA VOZ QUE APRENDIÓ A ACARICIAR LAS AUSENCIAS
Hay canciones que se quedan junto a nosotros como una luz encendida. Francis Cabrel ha construido su obra con esa cercanía: una guitarra, una voz de intimidad reconocible y palabras capaces de acompañar el amor, la soledad y las contradicciones del mundo. Su música lleva el arraigo del campo francés y una sensibilidad que encontró hogar también en español.
*Con un click escucha: *Francis Cabrel Best Of (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… ALBERT HAMMOND: EL HOMBRE QUE LE PUSO MELODÍA A LA NOSTALGIA
Su voz acompañó despedidas, viajes y amores que todavía regresan cuando comienza una canción. Albert Hammond construyó una trayectoria singular: fue el intérprete de sus propias emociones y el compositor que encontró palabras para voces muy distintas, hasta dejar una huella profunda en la música popular en inglés y en español.
*Con un click escucha: *Albert Hammond 15 Grandes Éxitos (PlayList).
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¿Qué leer esta semana?
“PATRIA”
De: Fernando Aramburu
Resumen:
PATRIA: LAS CASAS DONDE EL MIEDO SE QUEDÓ A VIVIR
Fernando Aramburu cuenta la destrucción de dos familias que alguna vez compartieron la amistad y terminaron separadas por el terrorismo de ETA. En el centro queda una mujer que necesita saber por qué asesinaron a su marido y conseguir que alguien reconozca el daño. A su alrededor, los hijos intentan construir sus vidas, una madre defiende al hijo encarcelado y un pueblo aprende a convivir con aquello que muchos vieron crecer y prefirieron callar.
Sobre el autor.
FERNANDO ARAMBURU: ESCRIBIR DONDE TODAVÍA DUELE
Novelista, cuentista, poeta y ensayista, Fernando Aramburu ha construido una obra donde la violencia entra en las familias y obliga a mirar las heridas que deja. Su literatura también conoce el humor, la contradicción y la ternura: formas de acercarse a personas que intentan vivir bajo el peso de sus circunstancias.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… MÉXICO ENCIENDE SUS MUERTOS PARA NO QUEDARSE A OSCURAS
Una travesía por los siglos en que aprendimos a enterrar un cuerpo sin encontrar la manera de despedirnos de su nombre; desde los caminos del Mictlán hasta la última veladora de una casa donde todavía duele poner un plato menos, esta es la historia de un pueblo que lleva flores a sus heridas, alimenta a sus ausentes y abre las puertas de noviembre con la esperanza temblando entre las manos.
(By operación W).

/… MÉXICO: LOS QUE LE ENTREGARON LAS LLAVES AHORA DICEN QUE NO CONOCÍAN LA CASA
Crónica de la confianza herida en el Instituto Nacional Electoral, de una presidencia que terminó entre investigaciones y sospechas, y de un poder que primero ofreció certificados de honestidad, después ensanchó facultades y ahora pretende retirarse sin cargar una sola piedra del derrumbe; mientras México vuelve a descubrir que sus instituciones pueden quedarse bajo los escombros y sus padrinos políticos encontrar siempre una puerta por donde salir.
LO TERRIBLE ES QUE DEBAJO TAMBIÉN ESTÁ NUESTRA ESPERANZA
Durante mucho tiempo, México tuvo que aprender a perder sin saber si verdaderamente había perdido. Ésa fue una de las humillaciones más hondas de nuestra vida pública: salir a votar y regresar con la incertidumbre metida entre los dientes; escuchar un resultado y preguntarse cuánto tenía de voluntad ciudadana y cuánto de una orden pronunciada detrás de alguna puerta. La derrota podía doler, pero había algo más venenoso: sospechar que ni siquiera nos habían permitido disputar nuestro destino.
De aquella desconfianza nació la necesidad de construir una autoridad electoral capaz de sostenerle la mirada al gobierno. Hicieron falta años, reclamos, reformas, vigilias; ciudadanos que entregaron jornadas enteras a revisar listas, cuidar casillas y contar papeles porque dentro de esos papeles estaba la posibilidad de vivir de otra manera. Hubo una obstinación colectiva en levantar un sitio donde el voto dejara de ser una petición y adquiriera, por fin, la fuerza de una decisión.
Por eso el escándalo que atraviesa al INE tiene una gravedad que no cabe en la renuncia de Guadalupe Taddei. Lo que está expuesto rebasa su nombre, su escritorio y las explicaciones sobre su conducta. Las investigaciones sobre contrataciones y posibles conflictos de interés han colocado la sospecha dentro de una institución cuya tarea consiste, precisamente, en ofrecernos certezas. Y cuando la duda entra allí, encuentra un país que ya viene demasiado lastimado para recibir otro desengaño.
México reconoce esa fatiga. La ha sentido frente a una receta sin surtir, ante una denuncia que no avanza, al escuchar que aquello que padece solamente existe en la imaginación de sus adversarios. Ahora debe volver los ojos hacia la autoridad electoral y exigir que le expliquen qué ocurrió con sus recursos, sus proveedores y sus controles. Debe pedir cuentas en la misma casa donde había depositado una parte de su derecho a pedirlas.
Mientras tanto, miles de trabajadores del instituto siguen haciendo su tarea. También sobre ellos cae el polvo del derrumbe. Sobre quienes recorren comunidades, actualizan el padrón, capacitan ciudadanos y permanecen contando cuando los demás ya se fueron a dormir. Sus años de trabajo pueden quedar oscurecidos por decisiones tomadas lejos de sus manos. Ésa es otra crueldad del descrédito: alcanza con facilidad a los inocentes, mientras los responsables todavía discuten por dónde les conviene retirarse.
LA HONESTIDAD QUE EL PODER JURÓ CONOCER
En marzo de 2023, López Obrador salió a defender a Guadalupe Taddei. Dijo no conocerla personalmente, pero conocía a su familia y aseguró que era una mujer honesta, íntegra, experimentada. Desde la Presidencia se ofrecía una certeza sobre su persona cuando apenas comenzaba la responsabilidad que pondría a prueba aquella certeza. El mandatario hablaba con esa seguridad que tantas veces quiso convertir el juicio presidencial en la última frontera de la verdad.
Taddei llegó mediante un sorteo previsto legalmente en la Cámara de Diputados. Ese procedimiento debe quedar claro. También debe permanecer en la memoria el respaldo político que recibió. La insaculación explica cómo fue seleccionada; no puede tragarse las palabras pronunciadas después para defenderla, ni borrar el entusiasmo con que el poder presentó su llegada. Ninguna tómbola tiene la facultad de volver inexistente una declaración presidencial.
Más adelante, Morena impulsó una reforma que amplió sus atribuciones para nombrar titulares de direcciones ejecutivas y unidades técnicas sin el aval del Consejo General que antes se requería. Hubo advertencias sobre el debilitamiento de las decisiones colegiadas. Había voces diciendo que una institución diseñada para distribuir responsabilidades estaba concentrando facultades. La modificación siguió adelante. La confianza depositada en Taddei adquiría entonces una forma más concreta y más peligrosa que un elogio: se convertía en ley.
Ahora están abiertas investigaciones sobre proveedores, posibles conflictos de interés y presunta simulación en contrataciones. Habrá que establecer qué ocurrió, quién intervino y qué responsabilidades pueden acreditarse. La gravedad de los señalamientos exige pruebas, porque una acusación sin demostrar también puede destruir. Pero el respeto a los procedimientos obliga a investigar; jamás puede utilizarse como una cortina detrás de la cual los expedientes envejezcan hasta volverse inofensivos.
Hay algo profundamente desolador en esta escena: tener que buscar si hubo competencia fingida entre empresas contratadas para suministrar materiales electorales. Preguntarse si quienes participaban en esos concursos verdaderamente competían, mientras sus productos terminaban formando parte de las elecciones donde los ciudadanos debían competir en libertad. Las investigaciones tendrán que responderlo. Entretanto, la pregunta ya está dentro de la casa y ninguna renuncia alcanza para desalojarla.
CUANDO EMPIEZAN LAS PREGUNTAS, LOS PADRINOS SE VUELVEN DESCONOCIDOS
Después vino la distancia. Ariadna Montiel rechazó que Morena tuviera responsabilidad por la crisis. Claudia Sheinbaum recordó que Taddei había encabezado el organismo electoral de Sonora desde los tiempos del Consejo General presidido por Lorenzo Córdova. El pasado volvió a ser convocado para explicar el presente, como si los años intermedios pudieran desaparecer; como si entre aquel nombramiento local y esta salida del INE no hubieran existido respaldos, decisiones y reformas propias.
Debe investigarse todo lo que corresponda, desde tan atrás como lo exijan los hechos. Ninguna administración anterior merece quedar a salvo. Pero extender una investigación hacia el pasado no concede permiso para escapar de las preguntas del presente. ¿Por qué se defendió su integridad con semejante certeza? ¿Por qué se consideró conveniente ampliar sus facultades? ¿Qué controles acompañaron esa concentración de atribuciones? Ésas son preguntas políticas. No necesitan esperar una sentencia para merecer respuesta.
La pertenencia alivia mientras reparte prestigio y de pronto parece desvanecerse cuando empieza a repartir costos. Ayer había una mujer cuya honestidad merecía la defensa presidencial; hoy se nos pide mirar su trayectoria anterior y recordar el procedimiento legal de su designación. Todo eso forma parte de la historia. También forma parte de ella el poder que la respaldó. Arrancarle esas páginas sería otra manera de adulterar las cuentas.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, desde un país donde los ciudadanos terminamos recogiendo demasiadas cosas que otros rompen. Recogemos la seguridad perdida, el dinero que ya no alcanza, las promesas abandonadas. Ahora se nos pide recoger también la confianza en la autoridad electoral, mientras quienes ayudaron a fortalecer aquella presidencia procuran que el costo político se quede entero del otro lado de su puerta.
La salida de Taddei debe abrir las cuentas, los archivos y las decisiones. Debe permitir que se investigue sin protección y se sancione donde existan responsabilidades acreditadas. También debe impedir que la crisis termine convertida en una oportunidad para someter al instituto. Sería una crueldad adicional que, después del descrédito, llegara una dependencia mayor; que la medicina ofrecida consistiera en entregarle al poder lo que debía conservar autonomía frente a él.
Dentro de una urna cabe una esperanza modestísima: que nuestra decisión tenga consecuencias. Hay mexicanos que votan esperando algo tan elemental como una calle segura, un tratamiento médico, un trabajo que permita regresar a casa sin sentir que la vida se les está acabando a cambio de nada. Llegan con el cansancio de toda una semana y todavía encuentran fuerzas para hacer una marca sobre un papel.
Esa pequeña cruz merece respeto. Lleva detrás una existencia.
Por eso duele tanto ver al poder ensayar su inocencia antes de ofrecer explicaciones. Porque quienes proclamaron certezas pueden cambiar de discurso, buscar antecedentes, señalar hacia otra época. El ciudadano tendrá que volver a la casilla con su memoria completa.
Y allí estará la medida del daño: frente a él habrá una boleta nueva, pero dentro de su mano seguirá temblando todo lo que México le ha hecho perder.
(By Notas de Libertad).




/… OPERACIÓN W PODCAST… CON CLAUDIA PADILLA Y WINTILO VEGA




/… RICARDO NARVÁEZ: LA UNIVERSIDAD QUE LLEGA HASTA DONDE LA VIDA NO PODÍA ESPERAR
En «Operación W», con la periodista celayense Claudia Padilla y Wintilo Vega, el rector de la Universidad Virtual del Estado de Guanajuato comparte las historias que dan sentido a su trabajo: madres que estudian junto a sus hijos, adultos que regresan a las aulas, jóvenes que necesitan protección y egresados que llevan su preparación al trabajo y al servicio público. Una conversación sobre la educación cuando consigue entrar en una casa y cambiar lo que parecía escrito para siempre.
LOS AÑOS PASARON; LAS GANAS DE ESTUDIAR SE QUEDARON
Hay aspiraciones que una persona aprende a mencionar en pasado. Quería estudiar, quería terminar, quería ejercer una profesión. Después llegaron el trabajo, los hijos, las cuentas. El deseo tuvo que hacerse pequeño para que cupieran las obligaciones. Sin embargo, puede permanecer allí durante décadas, esperando una oportunidad para volver a pronunciarse sin vergüenza y en tiempo presente.
De esas vidas habla Ricardo Narváez durante esta entrevista. La UVEG aparece como una institución capaz de acercarse a personas cuyos horarios, edades y circunstancias necesitan otra manera de estudiar. El rector recuerda alumnos mayores de ochenta años y una mujer que comenzó una ingeniería a los sesenta y tres. Escucharlo obliga a pensar en todo lo que puede seguir creciendo dentro de alguien cuando los demás ya dieron por terminado su tiempo de comenzar.
También habla de madres e hijos que estudian juntos. Quienes durante años ayudaron con tareas ahora tienen las propias. Sobre la misma mesa donde se organizaron gastos y se resolvieron urgencias puede abrirse una materia. La casa descubre que todavía había espacio para una ilusión que parecía obligada a esperar.
UNA UNIVERSIDAD QUE CAMINA EN LA VIDA DE SUS EGRESADOS
Narváez refiere una trayectoria institucional cercana a los setenta y ocho mil egresados y una matrícula que llegó a rozar los sesenta y dos mil estudiantes. La fortaleza de la UVEG vive también fuera de sus plataformas: en quienes llevan lo aprendido a una empresa, una oficina, un proyecto propio o una responsabilidad pública.
Entre quienes han estudiado en ella hay liderazgos nacionales y estatales de distintos partidos políticos. La universidad reúne trayectorias que pueden confrontarse en una elección y compartir, al mismo tiempo, la necesidad de prepararse. Su alcance atraviesa fronteras geográficas y pertenencias partidistas. La formación adquiere valor precisamente porque puede servir a personas con experiencias e ideas diferentes.
La elevada ocupación laboral de sus egresados constituye otra de sus fortalezas. Además, durante la entrevista el rector señala que alrededor del ochenta por ciento de sus alumnos ya trabaja. Para muchos, estudiar significa ampliar conocimientos mientras sostienen una familia, mejorar su desempeño o aspirar a un ascenso. El título llega después de jornadas en las que hubo que encontrar fuerzas para cumplir con el empleo y todavía sentarse a aprender.
Esa relación con el trabajo también orienta programas y nuevas habilidades. Narváez menciona la ciberseguridad, la agrotecnología y las microcredenciales vinculadas con necesidades regionales. La preparación necesita encontrar un lugar donde ejercerse: convertir el esfuerzo académico en capacidad reconocida y en oportunidades que puedan sostenerse.
DEL OTRO LADO DE LA PANTALLA HAY ALGUIEN
La conversación encuentra su mayor hondura cuando las cifras dejan paso a los nombres y las experiencias. Narváez recuerda estudiantes de Acapulco afectados por el huracán que perdieron vivienda y equipos. Primero debían reconstruir lo indispensable. La flexibilidad les permitió suspender y regresar: conservar un camino educativo mientras procuraban ponerse de pie.
También relata la visita a tres familias de estudiantes de telebachillerato asesinados en Salamanca. Encontró padres destrozados y maestros que lloraban. Habían conocido a aquellos jóvenes preparándose para algo; ahora debían acompañar a sus familias frente a todo lo que ya no alcanzaría a suceder. La comunidad universitaria conservaba sus esfuerzos y sus capacidades en la memoria.
En otros casos, escuchar a una estudiante que sufría violencia familiar exigió movilizar apoyos, buscar protección y procurar que pudiera continuar estudiando. La responsabilidad comenzaba por reconocer que alguien necesitaba ayuda para sostener su vida, además de acompañamiento para terminar una materia.
Al preguntarle qué satisfacción quisiera llevarse de la rectoría, Narváez vuelve a esas personas. Allí encuentra la medida de su trabajo: que alguien termine, encuentre una oportunidad y pueda reconocer cuánto cambió desde que decidió estudiar.
Esta videocrónica invita a escuchar al funcionario, al lector, al hombre de familia y al rector. Y, a través de él, a quienes un día dejaron de hablar con tristeza de lo que quisieron ser y comenzaron a trabajar en lo que todavía podían llegar a ser.
Video crónica





/… CUAUHTÉMOC CÁRDENAS: EL HOMBRE QUE ABRIÓ UNA GRIETA EN EL PODER
Crónica de una vida atravesada por el amor, la lucha y las pérdidas; del muchacho que eligió la ingeniería al gobernante de Michoacán, del priista que impulsó una rebelión democrática al candidato que reunió las esperanzas heridas de 1988, del fundador del PRD al primer jefe de Gobierno elegido por los capitalinos: la historia de un hombre que disputó tres veces la Presidencia, abrió caminos que otros recorrerían y llegó a la vejez con sus convicciones, sus desacuerdos y los nombres de quienes le hacían falta; un homenaje al México que ayudó a transformar y a la vida que fue dejando mientras lo intentaba.
UN NOMBRE HEREDADO, UNA VIDA POR CONSTRUIR
EL NIÑO ANTES DEL APELLIDO
Cuauhtémoc Cárdenas nació el primero de mayo de 1934, en la Ciudad de México. Afuera se conmemoraba a los trabajadores; dentro de una familia comenzaba el tiempo de cuidar a un recién nacido. Su padre, Lázaro Cárdenas, recorría el país como candidato presidencial. Amalia Solórzano acababa de convertirse en madre. La historia podía medir aquel año por sus acontecimientos políticos; para ellos también tendría la medida pequeña y exigente de una infancia: alimentar, proteger, acompañar el crecimiento de alguien que dependía enteramente de sus manos.
Lázaro asumió la Presidencia el primero de diciembre. La familia se instaló en la antigua propiedad de La Hormiga, que recibió el nombre de Los Pinos, ligado al lugar donde los padres se habían conocido en Michoacán. Cuauhtémoc creció allí entre habitaciones, jardines y compañeros de juego. Sus padres acogieron también a jóvenes procedentes de distintas regiones para que pudieran estudiar en la capital. La casa estaba cerca de las decisiones nacionales y abierta a vidas que llegaban desde otros lugares. El niño empezó a conocer el mundo dentro de esa convivencia.
Amalia ocupaba el centro de la vida familiar. A su alrededor se reunían parientes y amistades; compartía las preocupaciones sociales de su esposo y asumía tareas propias. Su participación en la ayuda a los niños españoles recibidos en México durante la Guerra Civil pertenecía a una solidaridad que necesitaba trabajo y organización. Había criaturas separadas de sus hogares, familias rotas al otro lado del océano, urgencias que no podían esperar a que terminara la guerra. En aquel entorno crecía Cuauhtémoc, todavía demasiado pequeño para comprender la profundidad de lo que ocurría.
En marzo de 1938, cuando estaba por cumplir cuatro años, su padre decretó la expropiación petrolera. La decisión provocó una movilización nacional en la que Amalia participó impulsando el respaldo de las mujeres. El país entraba en la casa a través de conversaciones, visitantes y responsabilidades. Cuauhtémoc vivía cerca de aquellos hechos desde la condición limitada y preciosa de la infancia: los adultos tenían asuntos inmensos entre manos; él iba aprendiendo sus rostros, sus presencias, el sitio que ocupaban dentro de su mundo.
Su padre lo llevó a inscribir al jardín de niños Brígida Alfaro, en la colonia Del Valle. La escuela abrió una primera distancia respecto del hogar. Había otros niños, reglas, nombres que aprender. El hijo del presidente comenzaba a tener un espacio donde debía convivir por sí mismo. En una familia tan próxima al poder, ese aprendizaje conservaba una dimensión sencilla: quedarse en el aula, atender, descubrir a los compañeros. La vida propia empezaba a extenderse más allá del lugar donde lo conocían desde que nació.
En 1940 terminó el sexenio. Cuauhtémoc tenía seis años y la familia dejó Los Pinos. Comenzó entonces una etapa de traslados que volvió cambiante su primera escolaridad. Estudió entre Jiquilpan y Pátzcuaro; después pasó por Mazatlán y Ensenada, siguiendo los movimientos familiares relacionados con las responsabilidades de su padre. Las mudanzas modificaban el horizonte del niño. Un compañero podía quedar lejos de pronto; una escuela conocida era sustituida por otra donde había que entrar sin conocer todavía a nadie.
El regreso a la Ciudad de México trajo nuevos cambios de escuela hasta que encontró continuidad en el Colegio Williams. Allí cursó desde cuarto de primaria hasta terminar la secundaria. La repetición cotidiana de los encuentros permitió que arraigaran amistades. El apellido seguía siendo reconocido, pero el trato entre compañeros iba descubriendo a la persona: el muchacho que estudiaba junto a ellos, con quien podían conversar y compartir una jornada. Cuauhtémoc fue construyendo una pertenencia que nacía de su propia convivencia.
Para cursar el bachillerato se trasladó a Morelia e ingresó al Colegio de San Nicolás. Michoacán adquiría así otra cercanía: además de las raíces familiares, estaban sus estudios y las experiencias que él mismo iba reuniendo. La adolescencia le exigía empezar a decidir. Había una historia recibida, nombres respetados, ideas escuchadas en casa. Ahora debía encontrar una manera personal de trabajar y participar en el mundo. El porvenir comenzaba a pedirle algo más que crecer.
APRENDER A CONSTRUIR, EMPEZAR A TOMAR PARTIDO
Eligió Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México. Había conocido obras y proyectos durante recorridos con su padre, y ese contacto contribuyó a despertar su interés por el desarrollo regional. La elección lo puso frente a una disciplina exigente: comprender el comportamiento de los materiales, estudiar el terreno, aprender a calcular. El conocimiento debía adquirirse mediante un esfuerzo que nadie podía realizar en su lugar. Cada problema resuelto era una pequeña afirmación de capacidad propia.
Sobre los planos aparecía un país que necesitaba caminos, agua, comunicaciones y obras para ampliar sus posibilidades. Estudiar ingeniería era acercarse a esas necesidades desde una responsabilidad concreta. Una estructura debía sostenerse; un proyecto tenía que responder a las condiciones del territorio. La precisión adquiría una dimensión humana porque detrás de los cálculos había personas que utilizarían aquello que otros diseñaban. Cuauhtémoc comenzó a formarse dentro de esa relación entre la técnica y la vida.
La universidad era también un lugar donde llegaban las sacudidas del continente. En 1954, el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, mediante una operación respaldada por Estados Unidos, provocó protestas en México. Cuauhtémoc participó en la movilización universitaria contra la intervención. Tenía veinte años. La defensa de la soberanía dejaba de ser únicamente una idea escuchada o leída: requería que él tomara una posición junto a otros estudiantes y comprometiera su presencia en una protesta.
Aquella participación abría un campo distinto del trabajo académico. La formación profesional podía darle herramientas para construir; los acontecimientos lo obligaban además a preguntarse quién decidía sobre la vida de un pueblo y con qué derecho intervenía una potencia extranjera. Eran preguntas que alcanzaban a México desde la desgracia de Guatemala. Al expresarse, el estudiante comenzaba a asumir una responsabilidad pública. Su conciencia política iba encontrando hechos frente a los cuales necesitaba actuar.
En 1957 presentó su examen profesional. La conclusión de sus estudios tenía el peso de los años entregados a prepararse. Era ingeniero civil y comenzaba a disponer de un oficio desde el cual ganarse un lugar. Las felicitaciones conservadas entre sus documentos registran esa conquista de juventud. Había una satisfacción que le pertenecía: cumplir una tarea larga, vencer sus dificultades y llegar al punto donde el aprendizaje debía ponerse a prueba fuera de las aulas.
Entre 1957 y 1959 realizó estudios y visitas técnicas en Europa. Conoció otras experiencias de ingeniería y amplió su preparación. El viaje permitía observar soluciones, comparar métodos y acercarse a obras que nacían de condiciones distintas. Volver implicaba decidir cómo utilizar lo aprendido en una realidad propia. México tenía regiones donde todavía faltaban estudios básicos y donde el aprovechamiento de los recursos exigía comprender primero el territorio. Allí encontraba una tarea el joven ingeniero.
En 1959 comenzó su actividad profesional vinculada con los estudios de la cuenca del río Balsas. La corriente reunía una extensión enorme de tierras y necesidades. Para trabajar en ella había que conocer recursos, posibilidades y poblaciones; convertir un interés general por el desarrollo en preguntas que pudieran investigarse. El río tenía una geografía concreta. Sobre sus márgenes vivían personas para quienes cualquier proyecto significaría cambios en las condiciones de su existencia.
En 1961 participó en el Movimiento de Liberación Nacional. La organización reunió personalidades y fuerzas interesadas en la soberanía, las libertades y las reivindicaciones sociales. Cuauhtémoc entró en un espacio de discusión y acción colectiva donde había trayectorias distintas de la suya. Debía escuchar, contrastar argumentos y asumir acuerdos. Su participación política tenía ya un cauce propio, simultáneo al trabajo profesional. El ingeniero empezaba a hacerse responsable también de las posiciones que defendía.
CELESTE Y EL COMIENZO DE UNA CASA PROPIA
El 2 de abril de 1963 contrajo matrimonio con Celeste Batel, nacida en Bélgica. Cuauhtémoc estaba por cumplir veintinueve años. El trabajo y las inquietudes públicas formaban parte de su vida; el matrimonio introducía una pertenencia nueva. Había que aprender a decidir entre dos, reconocer las necesidades del otro y construir una cotidianidad compartida. Las palabras grandes del compromiso descendían hasta las tareas de cada día, allí donde una relación encuentra su verdadera medida.
La vida de pareja comenzaba mientras su actividad profesional adquiría mayores responsabilidades. En 1963 fue designado director de Estudios de la Comisión del Río Balsas. Su preparación se convertía en trabajo sobre una región cuyo desarrollo movilizaba proyectos y recursos. Cada encargo reclamaba tiempo y atención. La familia que él y Celeste estaban formando debía encontrar sitio dentro de esa dedicación, y el trabajo, a su vez, empezaba a quedar enlazado con las decisiones de ambos.
Cuauhtémoc había conocido el hogar desde el lugar del hijo. Ahora le correspondía construir uno con otra persona. Ese cambio puede parecer natural cuando se resume desde fuera; vivido desde dentro exige abandonar seguridades, ajustar hábitos y reconocer que nuestros actos alcanzan una existencia que ha decidido acercarse a la nuestra. Celeste entraba en su vida con una historia propia. El matrimonio los comprometía a darle lugar dentro de lo que comenzaban juntos.
Aquel año reunió experiencias que hasta entonces habían ido creciendo por caminos diferentes. La formación técnica encontraba una responsabilidad profesional; las convicciones políticas tenían una práctica colectiva; el afecto se convertía en un proyecto de vida. Cuauhtémoc debía atender esas dimensiones desde su propia capacidad. La cercanía de su familia de origen seguía siendo parte de él, pero las decisiones adquirían una firma cada vez más personal.
El Balsas ofrecía trabajo y exigía dedicación. El matrimonio abría la posibilidad de echar raíces junto a Celeste. En medio de ambas responsabilidades estaba un hombre joven que había empezado a sostenerse en lo aprendido: los estudios, las experiencias de viaje, la participación universitaria, el contacto con otros mexicanos interesados en transformar su realidad. Su vida tenía ya acciones que podían nombrarse sin recurrir a la biografía de su padre.
En abril de 1963 no había una existencia terminada que explicar. Había una casa por formar y una región que estudiar. Cuauhtémoc y Celeste acababan de comprometer su porvenir en una decisión compartida. El río extendía su cauce entre tierras que necesitaban trabajo; ellos empezaban a buscar el suyo dentro de una vida común. Sobre aquella juventud descansaban todavía posibilidades abiertas. Había mucho por hacer, y comenzaban juntos.
MICHOACÁN: LA TIERRA DONDE TUVO QUE RESPONDER POR SÍ MISMO
DEL BALSAS A LA PRIMERA DISPUTA POR MICHOACÁN
La vida empezó a exigirle respuestas que debían llevar su propia firma. Cuauhtémoc se había casado con Celeste y trabajaba en una región donde el porvenir se discutía alrededor del agua, la tierra y las obras necesarias para transformarlas. En 1963 asumió la dirección de Estudios de la Comisión del Río Balsas. Había que convertir el conocimiento en decisiones: reconocer los recursos de una cuenca, estudiar sus posibilidades, pensar qué podía hacerse y para quién. El ingeniero dejaba las aulas muy atrás. Frente a él estaba un territorio donde cualquier error podía alcanzar la vida de otros.
Entre 1964 y 1969 tuvo a su cargo, como ingeniero residente, la construcción de la presa José María Morelos, conocida como La Villita, cerca de la desembocadura del Balsas, entre Michoacán y Guerrero. Las responsabilidades tenían una materialidad ineludible. Había trabajos que coordinar, dificultades que resolver, una obra cuyo avance dependía de muchas personas. El desarrollo, palabra tan fácil de pronunciar desde lejos, adquiría allí el peso de los materiales y la duración de las jornadas. Cuauhtémoc estaba aprendiendo a responder por algo que debía sostenerse fuera del papel.
Celeste vivió con él varios años en aquella región. Allí pasaron sus primeros años Lázaro y Cuauhtémoc, el Cuate; la familia se completó con Camila. La crianza y el trabajo ocupaban un mismo tiempo, aunque reclamaran atenciones diferentes. Una obra podía exigirle presencia mientras en casa los hijos atravesaban edades que no esperarían a que terminara una responsabilidad. El matrimonio empezaba a conocer esa forma cotidiana del compromiso: construir una vida entre dos mientras cada jornada traía necesidades que antes no existían.
Su actividad fue acercándose también a las organizaciones del campo. Entre 1967 y 1968 presidió el Consejo Técnico Consultivo de la Confederación Nacional Campesina. Era un espacio situado dentro de la estructura política priista, donde las demandas agrarias convivían con los mecanismos de representación y control del régimen. Cuauhtémoc participaba ya en asuntos que desbordaban el ejercicio profesional. El conocimiento del territorio encontraba otra dimensión en la relación con productores y organizaciones, en las discusiones sobre cómo trabajar la tierra y distribuir sus posibilidades.
En octubre de 1970 murió su padre. Tenía treinta y seis años. La pérdida entró en una existencia que continuaba reclamando trabajo y cuidados: Celeste, los hijos, las responsabilidades adquiridas. La orfandad no suspendía el mundo. Había que atravesarla mientras seguían llegando asuntos por resolver. Cuauhtémoc participó en la preparación de los apuntes del general para su publicación, un trabajo donde la memoria familiar y la historia pública se encontraban sobre los mismos papeles. Cuidar aquella escritura era una responsabilidad distinta de continuar viviendo.
Durante los años siguientes trabajó como subdirector de la siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas y como gerente del fideicomiso Ciudad Lázaro Cárdenas. La industrialización de la costa requería pensar también en la población que crecía alrededor de ella. Una instalación productiva necesitaba trabajadores; los trabajadores necesitaban una ciudad donde vivir. El empleo, la vivienda, los servicios y las comunicaciones formaban partes inseparables de una transformación que podía anunciarse con facilidad y resultaba mucho más difícil de ordenar sobre el terreno.
Ese trabajo le había dado experiencia, relaciones y una presencia propia en Michoacán. En la sucesión para el gobierno estatal del periodo 1974–1980 buscó la candidatura del PRI. Quería gobernar y reunió apoyos para intentarlo. La decisión se tomó dentro del régimen encabezado por Luis Echeverría, con Jesús Reyes Heroles al frente del partido. El elegido fue Carlos Torres Manzo, entonces secretario de Industria y Comercio. Cuauhtémoc cuestionó públicamente la imposición.
Aquella aspiración frustrada dejó un desacuerdo concreto. Había trabajado para obtener una candidatura y encontraba que la decisión definitiva pertenecía a otros. Permaneció en el partido, pero expresó su inconformidad. No era todavía una ruptura: era el reconocimiento de un límite dentro de su propia organización. Michoacán podía tener preferencias, respaldos y grupos movilizados; la sucesión seguía pasando por una voluntad situada en la cúspide del poder.
LA SENADURÍA: SU PRIMER MANDATO EN LAS URNAS
En 1975 participó en los trabajos de la campaña de José López Portillo. Después recibió la invitación para contender por una senaduría de Michoacán en 1976. Cuauhtémoc tenía mayor interés en una responsabilidad ejecutiva, cercana a los proyectos y a la administración, pero aceptó el reto electoral. La candidatura lo obligaba a salir del círculo de sus relaciones conocidas y presentarse ante un estado mucho más extenso que la experiencia acumulada hasta entonces.
Recorrió los 113 municipios. Había lugares que conocía desde niño y otros vinculados con su trabajo; ahora llegaba como candidato, a escuchar necesidades y pedir confianza. La diferencia comprometía. Una visita profesional puede terminar cuando se obtiene la información buscada; una campaña deja promesas pendientes en quienes permanecen. El hombre que se retiraba de una comunidad debía llevarse algo de lo escuchado. De lo contrario, el recorrido podía convertirse en otra forma de pasar sin haber estado.
La geografía política se le fue llenando de personas. Productores que buscaban mejores condiciones, familias que necesitaban servicios, poblaciones acostumbradas a mirar partir a quienes llegaban con ofrecimientos. El contacto no borraba las distancias ni resolvía automáticamente una demanda. Le permitía conocerlas con mayor precisión. Pedir un voto significaba aceptar que otros tendrían derecho a reclamarle lo que hiciera después con ese respaldo. Su candidatura comenzaba a construir una relación pública distinta de la que había tenido como funcionario o ingeniero.
En 1976 fue elegido senador de la República por Michoacán para el periodo constitucional 1976–1982. Tenía cuarenta y dos años y obtenía su primer cargo de elección popular. Esa fue su entrada al Congreso de la Unión: un mandato propio, ganado dentro de la estructura del PRI y acompañado por el trabajo de campaña realizado en el estado. La senaduría formaba parte de su carrera, con una fecha y una responsabilidad que debían distinguirse de los cargos administrativos.
Su ejercicio efectivo duró aproximadamente tres meses. Al comenzar el gobierno de López Portillo pidió licencia para asumir la Subsecretaría Forestal y de la Fauna, en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos. El periodo para el cual había sido elegido se extendía hasta 1982; su actividad como senador se interrumpió al pasar al Ejecutivo. La decisión coincidía con el tipo de trabajo que había expresado preferir: una responsabilidad desde la cual intervenir directamente en la administración.
Permaneció en la subsecretaría hasta 1980. Los bosques lo colocaban frente a una riqueza expuesta a la urgencia del aprovechamiento y a la lentitud de su recuperación. Allí había comunidades, empleos, recursos económicos y daños capaces de prolongarse durante generaciones. Una política forestal debía mirar más lejos que la ganancia inmediata. Para Cuauhtémoc, el desarrollo regional volvía a presentarse como una relación difícil entre la necesidad de producir y la obligación de conservar aquello de lo que dependía la vida.
Mientras desempeñaba esa responsabilidad, se preparó nuevamente para buscar el gobierno michoacano. La sucesión de 1980 encontró entre los aspirantes a Salvador Pliego Montes, procurador federal del Consumidor. Esta vez la decisión presidencial favoreció a Cuauhtémoc y los sectores del PRI se pronunciaron por él. Registró su candidatura a finales de febrero. Su llegada no fue una aparición repentina: llevaba detrás trabajo regional, una aspiración anterior, campaña senatorial y experiencia en el gobierno federal.
Ganó la elección del 6 de julio de 1980 y asumió la gubernatura el 15 de septiembre. La oportunidad había llegado seis años después del primer intento. Tenía cuarenta y seis años. Ahora las necesidades conocidas durante sus recorridos quedarían también bajo su responsabilidad. El candidato podía escuchar y comprometerse; el gobernador tendría que ordenar recursos, tomar decisiones y explicar por qué algo se hacía o continuaba esperando.
SEIS AÑOS PARA CONVERTIR LAS PROMESAS EN GOBIERNO
Cuauhtémoc llevó al gobierno una preocupación que venía de su formación: planear antes de actuar y coordinar esfuerzos que, dispersos, podían desperdiciarse. Impulsó el trabajo del Comité de Planeación del Estado y buscó articular las tareas de las dependencias con la participación de distintos sectores. Gobernar Michoacán exigía atender realidades profundamente diferentes. El litoral industrial, las ciudades, las comunidades indígenas y las poblaciones agrícolas compartían un territorio, pero no una misma necesidad.
La educación tuvo un lugar importante en su administración. Ampliar escuelas y opciones de estudio significaba intervenir en una desigualdad que comenzaba muy temprano. Había jóvenes cuya continuidad escolar dependía de que su familia pudiera pagar un traslado o sostenerlos fuera de casa. Para muchos, la distancia decidía antes que la capacidad. Llevar una oportunidad educativa a otra población podía modificar ese desenlace: permitir que una vocación tuviera tiempo de descubrirse antes de quedar enterrada bajo la necesidad de trabajar.
La crisis de 1982 golpeó esa tarea. La devaluación, la deuda y la inflación estrecharon las posibilidades del gobierno y de las familias. El dinero seguía teniendo las mismas cifras impresas y compraba cada vez menos. Las necesidades crecían mientras los recursos perdían fuerza. Cuauhtémoc gobernó buena parte de su sexenio bajo esa presión. Cada gasto tenía que disputarse con otras urgencias; detrás de las partidas presupuestarias había personas que llevaban demasiado tiempo esperando.
En septiembre de 1983 nació el Colegio de Bachilleres del Estado de Michoacán, con planteles iniciales en Huetamo, Jacona y Quiroga. Venustiano Carranza se incorporó antes de terminar aquel año. Los nombres de esas poblaciones daban una ubicación precisa al esfuerzo educativo. La preparatoria dejaba de ser, para algunos jóvenes, un lugar demasiado lejano. La institución abrió sus primeras generaciones en medio de la crisis, cuando sostener una expectativa de estudio era también defender una parte del porvenir familiar.
Su gobierno promovió además cambios para ampliar la representación política, entre ellos la incorporación de diputados y regidores de representación proporcional. Otras fuerzas encontraban un espacio institucional desde el cual intervenir. En un sistema acostumbrado al predominio de un partido, esa presencia tenía consecuencias concretas: preguntas dentro de los órganos públicos, posiciones distintas, decisiones que debían discutirse ante quienes no compartían la misma pertenencia.
El cuidado de los recursos naturales siguió formando parte de sus prioridades. Impulsó acciones de recuperación de la vegetación en la cuenca de Pátzcuaro y de protección de la tortuga marina en la costa. También respaldó actividades pesqueras, cooperativas y el trabajo artesanal. Eran intervenciones sobre economías donde una familia podía depender de un oficio transmitido, de una parcela o de la posibilidad de seguir obteniendo sustento del agua. Gobernar requería reconocer esa diversidad sin reducirla a una sola imagen de progreso.
La administración tuvo límites. La crisis económica, las desigualdades regionales y las necesidades del campo permanecieron como problemas que seis años no alcanzaron a resolver. Hubo decisiones, resultados y demandas pendientes. Para quien todavía carecía de un servicio, el gobierno debía responder por esa ausencia, aunque pudiera mostrar avances en otro lugar. Cuauhtémoc estaba sometido a esa medida exigente: lo realizado podía reconocerse sin borrar lo que seguía faltando.
El 14 de septiembre de 1986 concluyó su mandato. Había llegado al gobierno con experiencia profesional y una trayectoria dentro del PRI; salía después de haber administrado recursos, abierto instituciones y enfrentado las restricciones de una crisis nacional. Michoacán tenía elementos para juzgarlo por sus propios actos. Su nombre estaba ya en las decisiones que habían cambiado alguna vida y en las peticiones que no encontraron respuesta. Seis años habían dejado de pertenecerle: estaban repartidos entre quienes estudiaron, trabajaron, reclamaron y esperaron bajo su gobierno.
LA REBELIÓN COMENZÓ DENTRO DE LA CASA
LAS CONVERSACIONES QUE EMPEZARON A ROMPER EL SILENCIO
En 1986, México estaba aprendiendo a vivir con menos. Los salarios llegaban exhaustos a las manos de los trabajadores; los ahorros perdían fuerza, las deudas crecían y las familias se acostumbraban a retirar algo de sus necesidades para que alcanzara lo indispensable. El desplome de los precios del petróleo agravaba la crisis. El gobierno de Miguel de la Madrid defendía sus medidas de ajuste mientras una parte del país sentía que cada explicación económica terminaba cobrándose dentro de su casa. Había una fatiga que ya no cabía en los discursos.
El PRI seguía dominando la vida institucional. La Presidencia, los gobiernos estatales, las dirigencias sectoriales y buena parte de los mecanismos de representación estaban enlazados por una misma estructura. Dentro de ella se distribuían responsabilidades y oportunidades; también se establecían los límites de la discrepancia. La sucesión presidencial comenzaba a ordenar las conductas. Los aspirantes podían acumular méritos, relaciones y señales de cercanía, pero el nombre definitivo dependía de una decisión situada por encima de los militantes. El partido se preparaba para reconocerla y convertirla en unidad.
En ese mundo comenzaron a buscarse varios hombres y una mujer que conocían el poder desde dentro. Cuauhtémoc Cárdenas era todavía gobernador de Michoacán. Porfirio Muñoz Ledo había presidido el PRI, ocupado secretarías de Estado y representado a México ante la ONU. Ifigenia Martínez tenía una trayectoria económica, académica y política desde la cual examinaba el rumbo nacional. Rodolfo González Guevara, embajador en España, mantenía comunicación con ellos y compartía inquietudes sobre el país y el partido. Sus coincidencias tenían experiencias distintas detrás; por eso podían convertirse en algo más fuerte que una inconformidad individual.
González Guevara desempeñó una función de enlace. Sus conversaciones con Muñoz Ledo y con Cárdenas ayudaron a reconocer que había preocupaciones compartidas. El 22 de mayo de 1986, a la salida de un acto partidista en el Auditorio Nacional, Cuauhtémoc y Porfirio hablaron sobre la crisis, la deuda y la creciente dependencia económica. Aquel encuentro tenía dos interlocutores capaces de traducir el malestar en una iniciativa. Porfirio aportaba conocimiento de los mecanismos nacionales del partido y una capacidad de argumentación que había ejercido durante años; Cuauhtémoc llegaba con experiencia de gobierno y relaciones construidas en Michoacán.
El 13 de junio volvieron a reunirse, en el restaurante La Cava. Acordaron ampliar la conversación. El paso siguiente ocurrió el 4 de julio, en casa de Ifigenia Martínez, en Coyoacán. Allí participaron también González Guevara, Carlos Tello, Armando Labra, César Buenrostro, Gonzalo Martínez Corbalá, Jacinto Mújica y Leonel Durán. La casa de Ifigenia fue un espacio de encuentro para personas que podían discutir la economía, las instituciones, la cultura y las posibilidades de una reforma política desde conocimientos propios.
Ifigenia no estaba allí para acompañar una iniciativa ajena. Su formación y sus posiciones contribuían a darle sustancia a la crítica económica. Tello y Labra aportaban también al examen de las políticas públicas; Buenrostro, Martínez Corbalá y los demás participantes reunían experiencias y relaciones que ensanchaban el grupo. La inquietud empezaba a tener cuerpo colectivo. Había que discutir, escribir, buscar coincidencias y aceptar que ningún participante podía convertir por sí solo aquellas diferencias en una organización.
La existencia del agrupamiento llegó a la prensa en agosto. Desde entonces, sus integrantes tuvieron que responder públicamente por una actividad que la dirigencia observaba con recelo. Habían ocupado cargos dentro del régimen y conservaban vínculos con él. Al formular sus críticas quedaban expuestos a preguntas sobre su propia participación, sobre lo que habían defendido y sobre las razones para disentir. La iniciativa tenía esa dificultad moral y política: transformar desde dentro una estructura a la que también debían parte de sus trayectorias.
En septiembre, Cuauhtémoc concluyó su gobierno. El primero de octubre se difundió en Morelia el Documento de Trabajo Número Uno. La Corriente Democrática tenía ya un planteamiento escrito y una voluntad de actuar en conjunto. Detrás de aquellas páginas estaban los encuentros, las discusiones y las aportaciones de quienes habían decidido comprometerse. La firma de cada participante daba al desacuerdo una responsabilidad personal. Lo que se dijera a partir de entonces podía costarles un lugar dentro de la organización donde habían transcurrido tantos años de sus vidas.
POR QUÉ DECIDIERON ENFRENTAR A SU PROPIO PARTIDO
Los democratizadores cuestionaban dos dimensiones del poder que estaban profundamente unidas: el rumbo del gobierno y la forma de decidir quién debía encabezarlo. La política económica comprometía, desde su perspectiva, la soberanía y el bienestar de las mayorías. Los procedimientos partidistas impedían que esas diferencias encontraran una competencia abierta. Querían discutir el proyecto nacional y participar en las decisiones que lo convertían en gobierno. Por eso su propuesta alcanzaba un sitio tan sensible: reclamaban que el partido dejara de limitarse a respaldar las determinaciones de la Presidencia.
La deuda externa ocupaba un lugar importante en sus argumentos. El pago de obligaciones y sus intereses absorbía recursos mientras se deterioraban los ingresos y las condiciones de vida. Ifigenia, Tello y otros participantes daban precisión a esa crítica: detrás de las decisiones había prioridades que podían examinarse, discutirse y modificarse. La economía no era una fuerza inevitable ante la cual sólo quedara resignarse. Las políticas elegían qué proteger, qué aplazar y sobre quién descargar el costo.
Para Cuauhtémoc, esas preguntas tenían relación con la experiencia de administrar un estado durante la crisis. Para Porfirio, alcanzaban además la arquitectura política que permitía al Ejecutivo conducir al partido. Cada uno encontraba desde su trayectoria una entrada al mismo problema. La corriente podía reunirlos porque existía un terreno compartido: la defensa del proyecto constitucional, las responsabilidades sociales del Estado, la soberanía y una participación política más amplia. Sus integrantes no tenían que ser idénticos para reconocer una tarea común.
Democratizar la selección de candidatos era una parte decisiva de esa tarea. El reclamo afectaba la manera en que se distribuía el futuro. Una candidatura podía significar para un dirigente la continuidad de su carrera; para los militantes, debía significar también la posibilidad de influir sobre quienes hablarían en su nombre. La Corriente Democrática pedía que las bases participaran antes de que todo estuviera resuelto. Allí comenzaba a quebrarse una costumbre: esperar la decisión superior y después presentarla como voluntad de todos.
La sucesión de 1988 volvió inmediata la discusión. Cuauhtémoc tenía una aspiración presidencial, y sus compañeros respaldaron la posibilidad de impulsarla. Esa candidatura necesitaba procedimientos donde pudiera competir. El proyecto colectivo y la ambición del aspirante se encontraban en un punto verificable: abrir el proceso. El grupo debía sostener ante la dirigencia que sus propuestas merecían discusión y que su participación no podía ser anulada con un llamado a la disciplina.
Durante la XIII Asamblea Nacional del PRI, en marzo de 1987, la confrontación adquirió una dureza pública. Jorge de la Vega Domínguez, presidente del partido, arremetió contra la disidencia y la presentó como una amenaza interna. La dirigencia defendía su autoridad ante un auditorio preparado para expresar cohesión. Los democratizadores quedaban colocados bajo sospecha dentro de su propia organización. El desacuerdo sobre métodos y programa era tratado como una agresión a la unidad.
Cuauhtémoc respondió mediante una carta dirigida a los priistas, cuestionando las resoluciones y defendiendo sus derechos como militante. El conflicto se agravó. El partido interpretaba su posición como un alejamiento; los integrantes de la corriente sostenían que tenían derecho a continuar actuando dentro de él. La ruptura real fue avanzando antes de cualquier desenlace formal. Una organización puede conservar el nombre de alguien en sus registros y haber comenzado ya a cerrarle todos los espacios.
La corriente persistió. Su segundo documento, del 6 de mayo, llamó a ampliar la organización y convertir las coincidencias en fuerza política. Las ideas debían encontrar militantes, reuniones, respaldo. Porfirio continuó articulando la discusión política; Ifigenia y otros participantes sostuvieron el contenido programático; Cárdenas realizó actividades y recorridos acompañado por dirigentes que aportaban conocimiento territorial y organización. En Michoacán, figuras como Cristóbal Arias, Roberto Robles Garnica, Samuel Maldonado y Xavier Ovando formaban parte de las redes que permitían trabajar. Había personas que convocaban, establecían contactos y mantenían la comunicación. La iniciativa avanzaba porque muchos realizaban tareas que no se veían desde un templete.
CUANDO LAS PUERTAS SE CERRARON DESDE ADENTRO
Hacia mediados de 1987, el respaldo a la aspiración de Cuauhtémoc fue adquiriendo una expresión abierta. Él debía asumir la candidatura como una responsabilidad propia, pero no la estaba construyendo solo. Sus compañeros discutían la estrategia, elaboraban propuestas y buscaban apoyos. Cada adhesión exigía trabajo. Había militantes dispuestos a escuchar que todavía temían pronunciarse; funcionarios que compartían críticas y medían las consecuencias de hacerlas públicas; dirigentes que debían escoger entre una posición conocida y una incertidumbre creciente.
La dirección del PRI organizó comparecencias de seis aspirantes procedentes del gabinete federal. Cárdenas quedó fuera de ese mecanismo. La apertura anunciada tenía fronteras que los democratizadores no aceptaban. Podían observar el proceso, discutirlo y reclamar, pero seguían sin encontrar un cauce efectivo para competir dentro de él. El desacuerdo dejaba de admitir soluciones de palabra. Había que decidir qué hacer cuando la participación solicitada continuaba siendo negada.
La corriente siguió dando contenido a su posición. En septiembre presentó una propuesta democrática que vinculaba reformas políticas y medidas económicas. Planteaba recuperar la capacidad de decisión nacional, reactivar la producción, fortalecer el salario y ampliar la intervención ciudadana en los asuntos públicos. La candidatura debía llevar un programa, algo que pudiera ser examinado más allá del prestigio de un nombre. Ese trabajo era otra expresión del carácter colectivo del movimiento: una persona podía encabezarlo; el país propuesto necesitaba muchas inteligencias.
La actividad pública se extendió mediante reuniones, pronunciamientos y movilizaciones. Con ella aumentaban las tensiones personales. Quien participaba debía reconocer que su posición podía afectar su carrera y sus relaciones. La separación empezaba por gestos pequeños: una llamada que ya no se atendía igual, una distancia nueva entre antiguos compañeros. No todos avanzaron al mismo ritmo ni estuvieron dispuestos a asumir el mismo costo. La corriente estaba hecha también de esas diferencias, de las decisiones de continuar, de apartarse o de conservar reservas.
El 4 de octubre, el PRI anunció la candidatura de Carlos Salinas de Gortari. La decisión cerraba la sucesión interna a favor del secretario de Programación y Presupuesto, uno de los representantes del rumbo económico cuestionado. Los democratizadores se encontraban ante un desenlace que comprometía las dos razones de su lucha: el procedimiento seguía bajo control de la cúspide y el proyecto gubernamental adquiría continuidad en el candidato elegido.
Había alternativas difíciles. Aceptar el resultado y sumarse al candidato oficial; retirarse de la disputa; intentar una candidatura sin registro; buscar el respaldo de otra organización. Ninguna posibilidad podía valorarse sólo desde la voluntad de Cuauhtémoc. Había compañeros que habían comprometido su nombre, militantes movilizados y conversaciones con fuerzas políticas que tenían sus propias decisiones por tomar. La salida requería acuerdos. El liderazgo de Cárdenas tenía que encontrarse con la autonomía de los demás.
El Partido Auténtico de la Revolución Mexicana abrió una posibilidad. Su dirigente, Carlos Cantú Rosas, intervino en la decisión de postularlo. El PARM tenía historia, estructura y registro; también había mantenido durante años una relación de colaboración con el régimen. Respaldar una candidatura distinta de la priista alteraba esa conducta. La convergencia exigía movimientos desde ambos lados. Cuauhtémoc necesitaba un cauce electoral y quienes lo ofrecían asumían las consecuencias de hacerlo.
El 14 de octubre de 1987 fue postulado a la Presidencia. En aquel acto desembocaba un proceso que había comenzado con conversaciones sobre la crisis y había atravesado documentos, reuniones, reclamos y puertas cerradas. La ruptura alcanzaba una forma concreta. Cárdenas sería candidato frente al PRI, sostenido por una fuerza que todavía debía ampliarse. Sus compañeros de la corriente llegaban con él hasta ese punto después de haber aportado ideas, organización y decisiones propias.
Tenía cincuenta y tres años y dejaba atrás una pertenencia política de décadas. Pero alrededor de esa separación había otras vidas: Porfirio, Ifigenia, quienes habían preparado documentos, quienes habían convocado reuniones, quienes habían sostenido el trabajo en Michoacán y en otros lugares. Cada uno llevaba algo que perder. El costo no podía concentrarse en una sola biografía, como tampoco podía atribuirse a un solo hombre la fuerza reunida.
La Corriente Democrática había comenzado buscando una transformación interna. Terminaba aquella etapa obligada a abrir otro camino. El PRI conservaba sus edificios, sus sectores, sus gobiernos y la maquinaria de la sucesión. Los disidentes salían con un candidato, un programa y relaciones que necesitaban convertirse en organización electoral. Sobre el papel parecía una desigualdad inmensa. Sin embargo, habían logrado algo que ya no podía retirarse: disentir juntos, reconocerse públicamente y comprobar que el desacuerdo podía sobrevivir al momento en que dejaba de ser tolerado. Frente a ellos comenzaba una tarea enorme. Esta vez tendrían que levantarla fuera de la casa donde habían aprendido a hacer política.
1988: LA NOCHE QUE SIGUE DOLIENDO
UNA CANDIDATURA EMPEZÓ A REUNIR UN PAÍS
El 12 de enero de 1988, en Xalapa, distintas fuerzas políticas firmaron la plataforma del Frente Democrático Nacional. La candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas comenzaba a adquirir una organización capaz de reunir inconformidades que hasta entonces habían caminado separadas. Había partidos con registro, agrupaciones pequeñas, dirigentes salidos del PRI y militantes de izquierdas acostumbradas a luchar con pocos recursos. Cada uno llegaba con una historia que necesitaba ser reconocida. El acuerdo les permitía encontrarse alrededor de una posibilidad inmediata: disputar la Presidencia y modificar el rumbo del país por la vía electoral.
El PARM, el Partido Popular Socialista y el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional aportaron estructuras, representación y recursos para competir. Carlos Cantú Rosas, Jorge Cruickshank y Rafael Aguilar Talamantes intervenían desde organizaciones con intereses y trayectorias propias. La Corriente Democrática llevaba su experiencia de ruptura y sus relaciones políticas. Otras agrupaciones sumaban presencia territorial, militantes y trabajo. Construir el Frente exigía negociar entre personas que podían coincidir en la candidatura sin compartir una misma interpretación de todo lo demás.
Cuauhtémoc era el candidato y uno de sus principales conductores. Porfirio Muñoz Ledo contribuía a la articulación política; Ifigenia Martínez aportaba al proyecto económico y a la construcción de acuerdos. En los estados, dirigentes y organizadores realizaban una tarea menos visible: buscar interlocutores, convocar reuniones, conseguir espacios, preparar recorridos. La campaña dependía también de quienes pasaban horas haciendo llegar un mensaje hasta una comunidad donde no había prensa dispuesta a difundirlo. Cada plaza reunida tenía detrás un trabajo que la fotografía dejaba fuera.
El país llegaba a la elección con años de deterioro económico sobre los hombros. El salario había perdido capacidad de compra y la inflación volvía inciertas las cuentas domésticas. La inconformidad también había crecido alrededor de los procesos electorales. Había ciudadanos que desconfiaban de las autoridades y, aun así, empezaban a considerar que valía la pena participar. La candidatura de Cárdenas encontraba allí una fuerza decisiva: personas que necesitaban creer que una decisión tomada entre muchos podía alcanzar el lugar donde se resolvía su vida.
La esperanza se hizo visible en los recorridos y las concentraciones. Llegaban campesinos, trabajadores, estudiantes, habitantes de colonias populares y sectores medios castigados por la crisis. El movimiento recibía historias diferentes y debía procurarles un cauce común. Algunos se acercaban por su relación con el cardenismo; otros, por su trayectoria en organizaciones sociales o de izquierda; muchos querían terminar con la continuidad de un partido que parecía tener siempre asegurada la Presidencia. Para ellos, la candidatura comenzaba a significar una oportunidad presente.
El 6 de junio, Heberto Castillo retiró su candidatura presidencial y respaldó a Cuauhtémoc. La decisión, acompañada por el Partido Mexicano Socialista, amplió la convergencia y tuvo un peso político y humano. Heberto llegaba con una trayectoria propia, con persecuciones sufridas y con una militancia que había trabajado por su postulación. Ceder ese lugar exigía convencer, discutir y aceptar que el esfuerzo realizado continuaría bajo otro nombre. Su aportación fue mucho más que un gesto: llevó al movimiento experiencia organizativa, arraigo y una parte sustancial de la historia de las izquierdas mexicanas.
Faltaba un mes para votar. La campaña necesitaba convertir el apoyo en presencia ante las urnas y después defender lo que allí ocurriera. Había que formar representantes, cubrir casillas, reunir actas y transmitir información desde lugares distantes. Una multitud podía expresar una fuerza enorme y seguir siendo vulnerable ante un cómputo que no lograra vigilar. Los organizadores trabajaban sobre esa dificultad: conseguir que la voluntad depositada en cada boleta pudiera seguirse hasta el resultado.
El 2 de julio fueron asesinados Xavier Ovando y Román Gil. Ovando, cercano a Cuauhtémoc desde años atrás, tenía responsabilidades importantes en la organización y la información electoral. Los crímenes alcanzaban una parte sensible del equipo cuatro días antes de la jornada. Quedaban tareas interrumpidas y compañeros que debían continuar haciéndolas con la pérdida encima. Para sus familias comenzaba una ausencia que ninguna victoria habría podido compensar. El movimiento llegó al umbral de la elección llevando también esos dos nombres.
EL VOTO ENTRÓ EN LAS URNAS Y LA CERTEZA NO REGRESÓ
El miércoles 6 de julio, los ciudadanos acudieron a votar. Había una fragilidad profunda en aquel acto: cada persona entregaba una decisión propia a un procedimiento que después tendría que reconocerla. La mano podía marcar con firmeza y seguir sin tener control sobre el destino de esa marca. Al doblar la boleta terminaba una responsabilidad y comenzaba otra, encomendada a quienes recibirían, contarían y comunicarían los votos. La confianza necesitaba atravesar todo ese camino.
En el Frente, los representantes intentaban vigilar una elección para la cual los recursos y las condiciones eran desiguales. Cubrir cada lugar requería personas preparadas y una comunicación que no siempre podía sostenerse. La organización había crecido con rapidez, pero la extensión del territorio imponía dificultades. Frente a ella estaba la maquinaria de un partido que llevaba décadas gobernando y conocía cada parte del aparato institucional. La competencia se decidía también dentro de esa diferencia de capacidades.
La autoridad central era la Comisión Federal Electoral, presidida por Manuel Bartlett Díaz, secretario de Gobernación. El mismo Ejecutivo cuyo partido disputaba la Presidencia tenía una intervención directa en la conducción electoral. La desconfianza encontraba allí una razón estructural. Los ciudadanos podían competir por cambiar al gobierno mientras una parte fundamental del proceso permanecía bajo su influencia. La tensión de la jornada acabaría concentrándose en esa contradicción.
Durante la noche se interrumpió el flujo de información sobre los resultados preliminares. La explicación de una falla quedó asociada a la expresión que marcaría aquel año: la caída del sistema. Los votos se contaban en las casillas; lo que dejó de llegar con normalidad fue la información que debía permitir conocer el avance nacional. La interrupción abrió una oscuridad política. En su interior crecieron versiones, denuncias y la sospecha de que la demora estaba siendo utilizada para alterar el desenlace.
Cárdenas, Manuel Clouthier y Rosario Ibarra exigieron legalidad. Sus proyectos eran distintos: el candidato panista y la candidata del Partido Revolucionario de los Trabajadores competían también frente a él. Aquella noche encontraron un reclamo común ante las autoridades. La falta de certidumbre alcanzaba a la elección entera. Había que saber qué estaba ocurriendo, disponer de información confiable y evitar que una proclamación partidista sustituyera la obligación de demostrar el resultado.
La dirigencia del PRI anunció el triunfo de Carlos Salinas mientras seguía abierta la incertidumbre. Del otro lado estaban los informes recabados por la oposición, las actas disponibles, las denuncias de irregularidades y una exigencia creciente de esclarecimiento. El país recibía afirmaciones incompatibles y carecía de una autoridad con credibilidad suficiente para resolverlas. La noche iba dejando de ser una espera por los datos. Se convertía en una disputa sobre el derecho del gobierno a pedir que se creyera en su palabra.
Los resultados oficiales dieron a Salinas más de la mitad de los votos y reconocieron a Cárdenas alrededor del treinta y uno por ciento. La oposición denunció fraude. La controversia comprendía mucho más que una interrupción informativa: alcanzaba las condiciones del proceso, la documentación, los cómputos y la actuación de las instituciones. Para quienes habían acompañado a Cuauhtémoc, las cifras oficiales no ofrecían una explicación capaz de cerrar lo ocurrido.
Hay daños que comienzan cuando una persona descubre que su esfuerzo puede ser borrado sin que consiga siquiera demostrar dónde lo borraron. Había ciudadanos que habían acudido a las urnas después de discutir con sus familias, organizar a sus vecinos o vencer el temor de pronunciarse. Ahora reclamaban saber qué había pasado con su voto. La boleta estaba lejos de sus manos. Tenían que buscarse entre otros para defender algo que, al depositarlo, habían confiado a la protección de todos.
CONDUCIR LA RABIA SIN ENTREGAR LOS CUERPOS
Las movilizaciones posteriores reunieron indignación y una necesidad urgente de respuesta. Quienes habían trabajado durante meses no querían que todo terminara en una denuncia pronunciada antes de volver a casa. Había una fuerza colectiva buscando qué hacer con el agravio. Cuauhtémoc debía hablar ante ella; sus compañeros tenían que discutir estrategias, examinar recursos y valorar riesgos. El movimiento poseía capacidad de convocatoria, pero necesitaba decidir cómo utilizarla frente a un Estado que conservaba sus instrumentos de poder.
Las posiciones no fueron idénticas. Hubo quienes exigían una confrontación mayor, quienes defendían distintas formas de resistencia civil y quienes insistían en continuar la disputa institucional. Los partidos del Frente conservaban también cálculos y decisiones propios. La unidad construida alrededor de una candidatura estaba entrando en otra prueba. Compartir el rechazo al resultado no resolvía por sí mismo el camino siguiente. Había que sostener acuerdos cuando la emoción pedía una respuesta inmediata y cada día añadía desgaste.
Cárdenas mantuvo la denuncia de fraude y defendió una lucha pacífica. Esa posición tuvo un significado que debía medirse en vidas. Dentro de cualquier concentración había personas expuestas a una posible represión, familias esperando su regreso, cuerpos que ninguna consigna podía volver invulnerables. La experiencia histórica de México daba razones para tomar en serio ese peligro. El dirigente debía responder por sus palabras y por lo que otros pudieran hacer al escucharlas.
La contención recibió críticas. Para una parte de los simpatizantes resultaba insuficiente; algunos pensaban que se estaba dejando pasar una oportunidad irrepetible. Cárdenas y quienes compartían su posición tenían que cargar con ese desacuerdo sin abandonar el movimiento. La decisión pacífica no eliminaba el dolor ni garantizaba un resultado cercano. Exigía encontrar tareas para que la indignación pudiera durar más que el momento de mayor euforia.
Mientras las calles reclamaban esclarecimiento, el proceso institucional avanzó. El 10 de septiembre, la Cámara de Diputados, erigida en Colegio Electoral, declaró presidente electo a Salinas. La mayoría priista convirtió el dictamen en una decisión legal. Cárdenas y sus compañeros rechazaron su legitimidad. La distancia entre ambas cosas quedó abierta: el régimen tenía una declaración de validez; una parte considerable de la sociedad seguía sin encontrar razones para aceptarla.
El 14 de septiembre, ante una nueva concentración, Cuauhtémoc sostuvo el rechazo a la calificación y planteó la necesidad de continuar organizándose. El problema adquiría otra duración. Había que construir una fuerza que pudiera permanecer cuando se retiraran los reflectores, defender derechos fuera del calendario presidencial y dar participación a quienes habían llegado desde lugares distintos. El Frente había servido para competir; la experiencia dejaba planteada la necesidad de otra forma de organización.
El 21 de octubre se hizo público el llamamiento para construir el Partido de la Revolución Democrática. Era una convocatoria, todavía con discusiones y acuerdos por realizar. No todos los integrantes del Frente recorrerían el mismo camino. Quienes decidieran participar tendrían que resolver diferencias, elaborar reglas y llevar la iniciativa hasta sus comunidades. El trabajo volvía a empezar desde una experiencia dolorosa: habían reunido una esperanza nacional y ahora necesitaban impedir que quedara reducida al recuerdo de una elección.
Cuauhtémoc llegó al final de 1988 con un reconocimiento público inmenso y una responsabilidad que no admitía descanso. Alrededor seguían Porfirio, Ifigenia, Heberto y muchos de quienes habían sostenido la campaña; faltaban Ovando y Gil. La memoria de los asesinados convivía con las tareas pendientes. En los estados y municipios había personas esperando indicaciones, buscando cómo incorporarse, preguntando qué vendría después. El candidato tenía que convertirse en uno de los constructores de esa continuidad.
El año terminaba sin una respuesta compartida sobre la elección. Salinas asumió la Presidencia el primero de diciembre. Los inconformes conservaban sus actas, sus denuncias, las relaciones nacidas durante la campaña y una herida que exigía trabajo para no convertirse en resignación. Habían aprendido cuánto podía costar intentar cambiar el país por las urnas. Ahora debían aprender a permanecer juntos después del golpe.
Así quedó 1988: una multitud obligada a levantar del suelo su propia esperanza. Cárdenas estaba entre quienes tenían que ayudarla a ponerse de pie. Había acompañado a millones hasta una noche de incertidumbre y debía seguir caminando con ellos al amanecer, cuando la plaza se vaciaba y cada persona regresaba a la casa donde seguían esperándola los mismos problemas. La lucha tendría que entrar también allí, en los días sin mitin, en el cansancio, en la paciencia difícil de continuar. El agravio ya formaba parte de sus vidas. Faltaba construir qué harían con él.
FUNDAR UN PARTIDO DONDE TODAVÍA DOLÍAN LOS MUERTOS
DARLE UNA CASA A QUIENES HABÍAN SALIDO A LAS PLAZAS
El 5 de mayo de 1989 nació el Partido de la Revolución Democrática. La fecha reunió a personas que habían llegado hasta allí por caminos distintos y que ahora debían aprender a permanecer juntas. Había antiguos priistas, militantes socialistas, dirigentes campesinos, universitarios, organizadores de colonias y ciudadanos para quienes aquella era su primera pertenencia política. Cada uno llevaba una experiencia que deseaba conservar dentro de la organización. Fundar exigía encontrar un sitio para todas sin que alguna terminara devorando a las demás.
Cuauhtémoc Cárdenas encabezó la dirección fundadora. Su nombre tenía una capacidad de convocatoria que ayudaba a reunir, pero alrededor estaban otros constructores con voz propia. Heberto Castillo, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Gilberto Rincón Gallardo, Amalia García y muchos más participaron en la tarea. El partido necesitaba principios, estatutos, responsables, presencia territorial y un registro que le permitiera competir. Había que convertir la voluntad de continuar en una organización capaz de abrir sus puertas al día siguiente.
El Partido Mexicano Socialista aportó su registro y se integró a la nueva fuerza. La decisión implicaba disolver una identidad que había recibido años de trabajo. Para sus militantes, las siglas guardaban reuniones, campañas, discusiones y compañeros. Heberto y otros dirigentes asumieron ese tránsito. El PRD recibió con ellos una experiencia de organización que no podía improvisarse: conocimiento de los procedimientos, vínculos sociales y personas acostumbradas a sostener una actividad política aun cuando sus posibilidades de ganar parecieran remotas.
Los antiguos integrantes de la Corriente Democrática aportaron otras relaciones y formas de trabajo. Las organizaciones sociales llegaron con demandas nacidas en territorios concretos. La confluencia tenía fuerza precisamente porque ninguna de sus partes podía sustituir a todas las demás. También llevaba tensiones desde el origen. Había distintas maneras de entender la disciplina, el liderazgo y la participación. Convivir requería aceptar que el compañero podía tener una historia igualmente legítima y una opinión contraria.
El nuevo partido contaba además con una presencia parlamentaria que le daba otra dimensión. Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez ocupaban escaños por el Distrito Federal; Cristóbal Arias y Roberto Robles Garnica, por Michoacán. Desde aquella minoría de cuatro senadores, la oposición discutía las decisiones del gobierno y enfrentaba la superioridad numérica priista. Porfirio llevaba a la tribuna su experiencia política y su capacidad de confrontación; Ifigenia, el rigor de una economista que examinaba las prioridades del gasto, la distribución de los recursos y el costo social de las políticas.
En el Senado, cada intervención debía abrirse paso dentro de una institución habituada a otros equilibrios. Afuera se organizaba el partido; adentro había que debatir, revisar y dejar constancia. La fuerza de una minoría dependía también de su preparación. Una objeción podía perder la votación y permanecer en el registro público, obligar a responder, revelar lo que una mayoría prefería aprobar sin discusión. Los cuatro senadores tenían un mandato propio y participaban desde él en la construcción de la nueva fuerza.
Durante el resto de 1989, el trabajo se extendió hacia comités y dirigencias estatales. Las elecciones locales obligaron a preparar candidaturas cuando todavía se estaba aprendiendo a funcionar como partido. Había que conseguir locales, organizar asambleas y sostener comunicaciones con recursos escasos. El entusiasmo podía reunir a muchas personas una tarde; conservar una organización requería que alguien volviera después, barriera el lugar, guardara los documentos y atendiera a quienes llegaran con un problema. La fundación continuaba en esas tareas sin ceremonia.
ORGANIZARSE BAJO LA AMENAZA
El comienzo de 1990 encontró al PRD entre conflictos municipales y denuncias de violencia. En zonas de Michoacán y Guerrero, disputar un ayuntamiento significaba alterar relaciones de poder muy cercanas. Las autoridades, los grupos económicos y las dirigencias locales podían conocerse desde hacía años. El opositor también tenía nombre y domicilio. Después de una protesta debía regresar a la misma comunidad donde vivían quienes se sentían amenazados por su actividad.
El 19 de enero fueron asesinados Salvador González y Cipriano Chacón frente al Palacio Municipal de Jungapeo, Michoacán. Sus muertes formaban parte de una violencia que estaba alcanzando a militantes en distintos lugares. La política dejaba de ser únicamente una disputa por los cargos cuando alguien ya no regresaba. El comité perdía a un compañero; los cercanos perdían una presencia que no tenía reemplazo. La ausencia continuaba mucho después de que terminara la reunión donde se había exigido justicia.
Cada crimen imponía tareas dolorosas: acompañar, denunciar, reunir información, reclamar una investigación. Había que conservar nombres y circunstancias frente a explicaciones oficiales que tendían a negar el carácter político de las agresiones. La impunidad añadía otra herida. Sin esclarecimiento, los demás seguían trabajando bajo una amenaza que no podía delimitarse. Convocar de nuevo exigía reunir personas que conocían el riesgo y aun así tenían razones para continuar.
Cárdenas asumió la denuncia de aquella violencia como una responsabilidad central. Los dirigentes estatales y municipales atendían conflictos inmediatos; los legisladores los llevaban al ámbito nacional; familiares y compañeros procuraban impedir que los expedientes desaparecieran entre oficinas. Esa labor se sostenía entre muchos. Cada denuncia necesitaba personas dispuestas a declarar y a conservar documentos, incluso cuando el miedo aconsejaba retirarse. La organización iba creciendo sobre una contradicción terrible: buscaba participación y tenía que defender la vida de quienes participaban.
En noviembre de 1990 se celebró el primer Congreso Nacional del PRD, que consolidó la presidencia de Cuauhtémoc. La discusión interna debía dar forma a una organización plural mientras afuera continuaban las agresiones. No desaparecían por eso las diferencias entre sus integrantes. Había controversias sobre las dirigencias, los procedimientos y la estrategia frente al gobierno de Carlos Salinas. La convivencia exigía reglas capaces de sobrevivir al desacuerdo. El partido tenía que resolver cómo discutir sin convertir cada diferencia en una amenaza de separación.
Aquel año comenzó también la operación del Instituto Federal Electoral. Era una modificación importante del sistema, aunque Gobernación conservara la presidencia de su Consejo General. El PRD debía actuar dentro de las instituciones y cuestionar sus límites al mismo tiempo. Sus representantes discutían procedimientos, impugnaban decisiones y buscaban garantías. Para la militancia, las reformas tenían una prueba concreta: si permitirían que el trabajo realizado antes de una elección fuera respetado después.
Las elecciones federales de 1991 dejaron un resultado muy inferior a la amplitud del respaldo reunido por la candidatura presidencial tres años atrás. La dirigencia tuvo que enfrentar esa distancia. La presencia de Cárdenas no podía sustituir comités, candidatos, recursos y vínculos duraderos. Había territorios donde la organización seguía siendo frágil y personas cuyo apoyo no se había convertido en militancia. El resultado alimentó discusiones internas y obligó a revisar cuánto se había construido realmente.
En 1992, Cristóbal Arias contendió por el gobierno de Michoacán. Los resultados oficiales favorecieron a Eduardo Villaseñor, candidato del PRI. El PRD denunció fraude y las protestas desembocaron en una crisis política. Villaseñor dejó el cargo poco después de asumirlo; Ausencio Chávez fue designado gobernador interino. Para quienes reclamaban el reconocimiento del triunfo de Arias, aquella salida no resolvía el agravio. La sustitución del gobernante dejaba intacta su pregunta sobre lo que había ocurrido en las urnas.
Cuauhtémoc acompañó esa disputa dentro de un estado donde había gobernado y donde el partido reunía una fuerza considerable. Cada conflicto local consumía tiempo, recursos y esperanza. Había militantes que enlazaban una campaña con otra sin haber terminado la protesta anterior. El cansancio entraba en la organización como una fuerza silenciosa: dificultaba las tareas, endurecía las discusiones y hacía más costoso volver a pedir paciencia.
En 1993, Porfirio Muñoz Ledo asumió la presidencia nacional del PRD. Cárdenas dejó la dirigencia y avanzó hacia su segunda candidatura presidencial. El cambio distribuía responsabilidades entre dos liderazgos de gran peso. Porfirio debía conducir la organización; Cuauhtémoc preparaba una campaña que tendría que ampliar el respaldo del partido. Los años de formación habían dejado experiencia, representantes y gobiernos locales. También muertos, derrotas y diferencias que viajarían con ellos hacia la siguiente contienda.
1994: VOLVER A PEDIR CONFIANZA EN UN PAÍS SACUDIDO
El primero de enero de 1994, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional alteró el escenario nacional. Ese mismo día entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. La imagen de un México incorporado a la modernización encontraba frente a sí comunidades indígenas que denunciaban pobreza, exclusión y despojo. La campaña presidencial comenzó a transcurrir dentro de esa fractura. Había un país cuya voz llegaba armada porque durante demasiado tiempo había sentido que nadie la escuchaba.
Cárdenas defendió el diálogo y una salida política. El zapatismo tenía conducción y objetivos propios, y su relación con el candidato perredista no estuvo libre de diferencias. El PRD representaba una vía electoral; el EZLN había irrumpido desde otra experiencia y cuestionaba al conjunto del sistema político. Coincidir en determinadas demandas no eliminaba esa distancia. Cuauhtémoc debía acercarse reconociendo que los indígenas movilizados no estaban obligados a convertirse en seguidores de su candidatura.
El 23 de marzo fue asesinado Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas, Tijuana. La muerte del candidato priista sacudió la campaña y extendió el temor. Ernesto Zedillo fue designado para sustituirlo. Los contendientes continuaron sus recorridos dentro de una incertidumbre que alcanzaba mucho más que las preferencias electorales. Había que hablar del futuro cuando el país acababa de ver cómo la violencia podía interrumpir una sucesión presidencial.
El 12 de mayo, Cárdenas debatió por televisión con Zedillo y Diego Fernández de Cevallos. El encuentro exigía responder dentro de tiempos rígidos, confrontar argumentos y comunicar ante una audiencia enorme. Diego consiguió una repercusión importante con su desempeño. Cuauhtémoc no obtuvo el impulso que necesitaba. La campaña tenía que enfrentar sus propias limitaciones: la trayectoria y el reconocimiento acumulados no garantizaban la eficacia de cada intervención ni la capacidad de conquistar nuevos electores.
Días después viajó a Chiapas y se reunió con el subcomandante Marcos en Guadalupe Tepeyac. El acercamiento permitió conversar entre actores que compartían críticas al orden existente, pero proponían caminos diferentes. Cárdenas llegaba con una candidatura; el zapatismo conservaba autonomía y sus propias exigencias. El encuentro tenía importancia por esa dificultad. Escuchar requería permanecer frente al desacuerdo sin fingir que estaba resuelto.
La elección del 21 de agosto dejó a Zedillo en primer lugar, a Fernández de Cevallos en segundo y a Cárdenas en tercero, con alrededor del diecisiete por ciento de los votos. El resultado fue insuficiente para el objetivo presidencial y doloroso para quienes habían entregado años a construir el partido. Había que reconocerlo, examinar la estrategia y discutir los errores. La inequidad de la competencia seguía siendo un problema; también existían decisiones propias que necesitaban revisión.
Cuauhtémoc concluía su segunda campaña presidencial sin haber alcanzado el cargo. Porfirio debía conducir al PRD después del golpe electoral; los legisladores y dirigentes regionales continuaban con responsabilidades que no desaparecían al terminar la contienda. En los municipios había que atender gobiernos, preparar nuevas competencias y sostener organizaciones desgastadas. Para muchos militantes, la pregunta era elemental y difícil: de dónde sacar fuerzas para empezar otra vez.
El año terminó además con una nueva crisis económica. La devaluación de diciembre abrió una incertidumbre feroz sobre el empleo, las deudas y el patrimonio de las familias. Las dificultades nacionales volvían a caer sobre la vida cotidiana. Dentro del PRD, la derrota electoral exigía reflexión; fuera, había personas para quienes sobrevivir empezaba a reclamar toda la atención.
Entre 1989 y 1994, Cárdenas había presidido un partido, entregado su dirección y vuelto a disputar la Presidencia. A su alrededor se había formado una organización con instituciones, conflictos y una experiencia que pertenecía a miles de personas. Algunas seguían allí, exhaustas; otras se habían alejado. A varias las habían asesinado. Sus nombres imponían una responsabilidad sobre los que continuaban. No bastaba con pronunciarlos durante una ceremonia. Había que decidir qué vida política podía construirse después de su muerte y cómo evitar que tanto esfuerzo terminara convertido en silencio.
LA CIUDAD LE ENTREGÓ LAS LLAVES; LA PRESIDENCIA VOLVIÓ A QUEDAR LEJOS
LA VICTORIA QUE PUDO SER RECONOCIDA
En 1995, la crisis económica volvía a dejar casas amenazadas por las deudas, negocios cerrados y familias que veían deshacerse en unos meses el trabajo de años. Dentro del PRD también había cuentas pendientes. La derrota presidencial había abierto una discusión sobre cómo enfrentar al gobierno de Ernesto Zedillo y qué hacer para transformar el sistema político. Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo llegaron a conclusiones distintas. Los hombres que habían construido juntos una ruptura debían aprender ahora a convivir con sus propios desacuerdos.
Cárdenas planteaba un gobierno de salvación nacional. Muñoz Ledo defendía una transición mediante acuerdos que permitieran modificar las instituciones. La diferencia alcanzaba la relación con el poder: hasta dónde negociar, qué condiciones exigir, qué podía obtenerse y qué se arriesgaba al sentarse a la mesa. En el congreso perredista de aquel año se impuso la posición asociada a la transición pactada. Cuauhtémoc tuvo que aceptar un resultado interno contrario al que defendía. El partido que había ayudado a fundar tomaba una decisión con la cual él no coincidía.
Las negociaciones de reforma continuaron entre el gobierno y las fuerzas políticas. En 1996 se aprobaron cambios que dieron autonomía al Instituto Federal Electoral respecto del Ejecutivo y abrieron la elección directa del jefe de Gobierno del Distrito Federal. La capital llevaba décadas recibiendo a su gobernante mediante una designación presidencial. Sus habitantes pagaban impuestos, trabajaban, padecían las decisiones y podían discutirlas; les faltaba el derecho de escoger a quien encabezaba su administración. Esa puerta comenzó a abrirse mediante una construcción en la que intervinieron partidos, legisladores y demandas ciudadanas acumuladas durante años.
El PRD tenía que elegir a su candidato. Cuauhtémoc y Porfirio se enfrentaron en la contienda interna del 2 de marzo de 1997. Había entre ambos una historia compartida y una competencia real. La militancia favoreció ampliamente a Cárdenas. Muñoz Ledo reconoció el resultado y llamó a quienes lo habían respaldado a sumarse al trabajo partidista en la capital. La diferencia no desaparecía, pero encontraba un procedimiento que permitía continuar. Era una prueba para una organización que había hecho de la democracia parte esencial de su nombre.
El 5 de abril murió Heberto Castillo. La campaña perdió a uno de los hombres que habían hecho posible aquella convergencia de izquierdas. Su ausencia llegó cuando faltaban tres meses para la elección. Heberto no alcanzó a ver el desenlace de una disputa cuya posibilidad también debía algo a su vida. Cuauhtémoc y sus compañeros siguieron trabajando dentro de esa falta: una voz que ya no podía participar, una inteligencia que dejaba de estar disponible, un lugar vacío entre quienes conocían la longitud del camino.
Andrés Manuel López Obrador presidía el PRD y participó en la conducción partidista de la campaña. Cárdenas tenía enfrente al priista Alfredo del Mazo y al panista Carlos Castillo Peraza. Los recorridos por delegaciones, colonias y barrios se concentraron en problemas inmediatos: inseguridad, servicios, desigualdad, corrupción administrativa. La capital empezaba a reconocerse como una comunidad con derecho a decidir. Para sus habitantes, la elección tenía algo de recuperación: una parte del gobierno de su propia vida regresaba a sus manos.
El 6 de julio, Cárdenas obtuvo cerca de la mitad de los votos y ganó con una ventaja amplia. El resultado fue reconocido. Esta vez la certeza pudo acompañar a la celebración. Las personas sabían por qué estaban reunidas y qué había ocurrido con su decisión. Cuauhtémoc había encontrado un triunfo que podía sostenerse públicamente, después de dos contiendas presidenciales que lo habían dejado fuera del poder nacional. La ciudad le entregaba una responsabilidad y, con ella, la oportunidad de demostrar qué podía hacer.
Aquella elección modificó también el Congreso: el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Porfirio Muñoz Ledo, ahora diputado y presidente de la Cámara, respondió en septiembre al informe de Zedillo. Las instituciones comenzaban a alojar otros equilibrios. El presidente debía escuchar una respuesta desde una tribuna que ya no pertenecía a la obediencia de una sola fuerza. Cárdenas llegaba al gobierno capitalino dentro de una transformación más amplia, sostenida por muchas actuaciones distintas.
El 5 de diciembre asumió como primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido directamente por sus habitantes. Tenía sesenta y tres años. El mandato excepcional duraría tres años para ajustarse al calendario electoral. Frente a él quedaba una ciudad inmensa, extendida sobre necesidades que ninguna ceremonia podía disminuir. La victoria había terminado una campaña. Al día siguiente empezaría otra medida de su capacidad.
CUANDO LA ESPERANZA TUVO QUE ADMINISTRAR UNA CIUDAD
La capital no podía esperar a que el nuevo gobierno aprendiera. Había basura que recoger, agua que distribuir, transporte que mantener en movimiento y personas que necesitaban protección. Una administración empieza bajo el peso de todo lo que ya estaba ocurriendo antes de su llegada. Cuauhtémoc recibió estructuras, personal, deudas y prácticas que debían ser revisadas mientras continuaban prestándose los servicios. El entusiasmo del triunfo tenía que descender hasta esa maquinaria cotidiana y conseguir que funcionara mejor.
Rosario Robles asumió la Secretaría de Gobierno; Clara Jusidman quedó al frente de las responsabilidades de educación, salud y desarrollo social. Alejandro Encinas trabajó en materia ambiental y Samuel del Villar encabezó la Procuraduría de Justicia. El gabinete reunió experiencias diferentes, provenientes de la izquierda, de la administración pública y de otros espacios profesionales. Cada integrante tenía decisiones propias que tomar y una parte de la ciudad por la cual responder. El gobierno se construiría mediante ese trabajo compartido.
Jusidman y su equipo impulsaron servicios comunitarios y atención a la violencia familiar. La política social empezó a reconocer necesidades que durante mucho tiempo habían quedado encerradas en la idea de que cada familia debía resolverlas sola. Había mujeres que necesitaban salir de una situación de violencia, personas mayores sin redes suficientes, niños y jóvenes cuya vulnerabilidad tenía raíces en el entorno. La administración debía acercarse a esas vidas sin reducirlas a un expediente. Hacían falta servicios y personas preparadas para escuchar.
La atención a las mujeres adquirió espacios propios y desembocó en 1999 en el Instituto de la Mujer del Distrito Federal. Esas decisiones se apoyaban también en el trabajo de organizaciones y activistas que habían sostenido las demandas. Una institución podía darle continuidad a lo que antes dependía de gestiones dispersas. El derecho empezaba a necesitar una dirección donde presentarse, una responsabilidad pública ante la cual reclamar. La ciudad tenía que aprender a mirar violencias que ocurrían detrás de puertas cerradas y que seguían siendo asunto de todos.
La seguridad fue uno de los problemas más difíciles. Los habitantes juzgaban al nuevo gobierno desde el riesgo de cada día: un asalto, un traslado nocturno, la incertidumbre sobre el regreso de un hijo. Las explicaciones sobre lo heredado podían ser ciertas y seguir resultando insuficientes para quien acababa de sufrir un delito. Cárdenas debía responder por el presente. La confianza ganada en las urnas no lo protegía de esa exigencia ni volvía menos legítimas las críticas.
Durante 1999 se abrió, además, la discusión sobre una candidatura opositora común para la siguiente elección presidencial. Cárdenas propuso mecanismos para seleccionar un solo aspirante y hubo conversaciones con otras fuerzas. Vicente Fox aparecía como un contendiente fuerte desde el PAN. Los acuerdos requerían un método aceptado por todos y la disposición a reconocer a quien resultara elegido. Las diferencias programáticas y la disputa por la candidatura hicieron más difícil la negociación. Mientras se hablaba del futuro nacional, Cuauhtémoc seguía teniendo que gobernar la capital.
El 7 de junio fue asesinado Paco Stanley. El crimen produjo una conmoción y desató una cobertura televisiva que convirtió al gobierno capitalino en blanco de acusaciones y exigencias de renuncia. La investigación quedó a cargo de la procuraduría encabezada por Samuel del Villar. La responsabilidad de esclarecer era real; la presión pública adquirió una intensidad extraordinaria. Cárdenas enfrentó uno de los momentos más adversos de su administración, entre el reclamo de seguridad, las actuaciones ministeriales y una confrontación mediática que ocupó durante horas la vida de la ciudad.
Ese mismo mes comenzó a funcionar la Preparatoria Iztapalapa Uno en instalaciones de la antigua Cárcel de Mujeres. La decisión recogía una lucha de vecinos y organizaciones que habían exigido educación donde se pretendía mantener un destino penitenciario. El gobierno hizo posible la apertura después de un proceso de resistencia y negociación. El edificio cambiaba de función por la acción de muchas personas: quienes sostuvieron la demanda, quienes enseñaron en condiciones precarias y quienes asumieron desde la administración la responsabilidad de darle forma.
La preparatoria dejaba una señal concreta de la gestión. Había jóvenes que necesitaban un lugar y empezaban a encontrarlo allí. El resultado podía medirse en inscripciones, profesores y aulas, pero también en una posibilidad menos visible: que una persona lograra imaginarse estudiando cuando antes no encontraba cómo hacerlo. La ciudad que llenaba sus expedientes de urgencias conservaba también esa capacidad de abrir un porvenir.
Al avanzar el año, la aspiración presidencial de Cárdenas ocupó cada vez más espacio. La decisión de buscarla implicaba separarse antes de terminar el mandato capitalino. Sus partidarios veían una oportunidad nacional; sus críticos reclamaban que concluyera la responsabilidad recibida. Ambas posiciones acompañaron su salida. El gobierno tenía resultados que defender, problemas pendientes y una valoración ciudadana sometida al desgaste de casi dos años.
EL AÑO EN QUE EL PRI PERDIÓ Y ÉL TAMPOCO LLEGÓ
El 28 de septiembre de 1999, Cuauhtémoc dejó la Jefatura de Gobierno. Rosario Robles asumió la responsabilidad de continuar la administración. La capital quedaba por primera vez encabezada por una mujer. Cárdenas se retiraba del despacho para dedicarse de lleno a la tercera disputa presidencial de su vida. Su paso por la ciudad viajaría con él: las decisiones que podía mostrar y las dificultades que sus adversarios utilizarían para cuestionarlo.
La candidatura común de toda la oposición no prosperó. PAN y PRD no consiguieron acordar una selección que ambos aceptaran, y sus diferencias se hicieron más profundas. Fox fue postulado por la Alianza por el Cambio, integrada por el PAN y el Partido Verde. Cárdenas encabezó la Alianza por México, formada por el PRD, el Partido del Trabajo, Convergencia, el Partido Alianza Social y el Partido de la Sociedad Nacionalista. Los electores tendrían dos proyectos opositores principales frente al candidato priista, Francisco Labastida.
Porfirio Muñoz Ledo se separó del PRD y fue candidato presidencial del PARM. La distancia respecto de Cárdenas había llegado a una consecuencia abierta: competirían desde organizaciones distintas. A lo largo de la campaña, Porfirio terminó respaldando a Fox. Una parte de las relaciones que habían sostenido la ruptura democrática se reordenaba alrededor de opciones enfrentadas. Los antiguos compañeros seguían queriendo incidir sobre el país, pero ya no coincidían en quién debía conducir el cambio.
La campaña de 2000 exigía a Cuauhtémoc convencer de que la alternancia debía llevar también un contenido social y económico determinado. El rechazo al PRI era una fuerza poderosa; él insistía en discutir qué gobierno vendría después. Fox consiguió concentrar cada vez más expectativas alrededor de la posibilidad de ganar. Su comunicación, sus apoyos y el crecimiento de su candidatura fueron imponiendo una pregunta práctica sobre las preferencias de muchos ciudadanos: quién tenía mejores condiciones para derrotar al partido gobernante.
El llamado al voto útil puso bajo presión a Cárdenas. Hubo personas cercanas a la izquierda que optaron por Fox para asegurar la salida del PRI. Para el candidato perredista, continuar significaba defender un proyecto que consideraba distinto. La decisión podía ser interpretada como firmeza o como incapacidad para ceder. Él tenía que sostenerla ante simpatizantes que seguían acompañándolo y ante quienes creían que la prioridad exigía votar por otro.
A sus sesenta y seis años, realizó recorridos, participó en debates y volvió a pedir una confianza que ya había recibido de maneras distintas. La experiencia le daba conocimiento y también lo sometía a comparaciones. Sus electores podían reconocer la trayectoria y, al mismo tiempo, dudar de sus posibilidades. La campaña tenía una dificultad dolorosa: cada avance de Fox podía acercar la alternancia y alejar la Presidencia de Cuauhtémoc.
El 2 de julio, los resultados dieron el triunfo a Vicente Fox. Labastida quedó en segundo lugar y Cárdenas en tercero, con alrededor del diecisiete por ciento de los votos. Esa noche, el reconocimiento del resultado por las autoridades y por el presidente Zedillo confirmó una transferencia del poder entre partidos. La elección había producido un desenlace que podía conocerse y aceptarse sin quedar sepultado bajo la incertidumbre.
Cuauhtémoc reconoció el triunfo de Fox. Terminaba su tercera candidatura presidencial. El PRI perdía la Presidencia después de setenta y un años de gobiernos surgidos de su propia continuidad partidista. La transformación que él había contribuido a impulsar desembocaba en la victoria de otro hombre y de otra fuerza. Había una dimensión histórica que podía valorar y una derrota propia de la que debía hacerse cargo.
El resultado no le entregaba una compensación íntima. Ninguna frase sobre su contribución podía modificar los votos ni devolverle la oportunidad recién terminada. Quedaban los colaboradores que habían trabajado con él, los ciudadanos que lo eligieron y una organización que necesitaba continuar. Aquel julio le exigía algo diferente de reclamar una elección: aceptar la decisión de los ciudadanos, examinar su campaña y encontrar otra manera de participar.
Así llegó al final del año 2000. Había ganado y gobernado la capital; había vuelto a perder la disputa presidencial. Su trayectoria no podía reducirse a ninguno de los dos resultados. La ciudad conservaba las consecuencias de su administración y el país entraba en una etapa nueva. Cárdenas seguía vivo dentro de esa historia, obligado a mirar un horizonte donde ya no era el candidato que muchos habían esperado ver llegar a Palacio.
El país podía celebrar la alternancia mientras él recogía una derrota. Ambas cosas eran verdaderas y ocurrían al mismo tiempo. Cuauhtémoc había ayudado a ensanchar el derecho de los mexicanos a elegir; ahora debía respetar el camino que habían escogido, aunque no terminara en sus manos. La puerta estaba abierta. Le correspondía seguir viviendo con lo que había contribuido a hacer posible.
EL HOMBRE QUE TUVO QUE VIVIR DESPUÉS DE SUS BATALLAS
SEGUIR TENIENDO ALGO QUE DECIR
Después de la última campaña quedaba una vida. Cuauhtémoc Cárdenas tenía sesenta y seis años y un país al que todavía quería decirle cosas. La Presidencia había tomado otro camino; él conservaba preocupaciones que ninguna elección podía resolver de una vez y para siempre. Había que seguir discutiendo cómo se distribuía la riqueza, qué se hacía con los recursos nacionales, cuánto poder debía concentrarse en una persona y qué derechos continuaban esperando quienes vivían lejos de las decisiones. Su actuación pública comenzó a encontrar otras formas: escribir, intervenir en debates, escuchar invitaciones, presentar propuestas.
En Michoacán, su hijo Lázaro ganó la elección de gobernador de 2001 y asumió el cargo en febrero de 2002. La familia entraba en una etapa nueva. Cuauhtémoc debía mirar desde otro lugar una responsabilidad que había ejercido años atrás. El hijo tenía su propio mandato y respondería por sus decisiones. Para él se reunían dos dimensiones difíciles de separar: la atención de un hombre que conocía el gobierno y el vínculo de un padre cuya vida ya estaba enlazada, de una manera distinta, con lo que ocurriera allí.
En 2003 fue elegido vicepresidente de la Internacional Socialista. Su experiencia participaba de conversaciones que rebasaban las fronteras mexicanas. Las izquierdas discutían el papel del Estado, la desigualdad y las transformaciones económicas de un mundo donde las promesas de prosperidad convivían con exclusiones persistentes. Cárdenas llevaba a esos espacios una trayectoria latinoamericana y una preocupación constante por la soberanía. La actividad política continuaba aun cuando ya no hubiera una candidatura propia que organizar.
Dentro del PRD aumentaron sus diferencias con la conducción y las prácticas internas. En 2004 dejó los cargos de dirección que conservaba. La distancia se hacía visible dentro de una organización cuya vida cotidiana ya no podía ordenar mediante su autoridad personal. El partido tenía dirigentes, corrientes, intereses y generaciones que buscaban su propio lugar. Cuauhtémoc mantenía reconocimiento y capacidad de intervención, pero encontraba cada vez más razones para cuestionar lo que ocurría.
La relación con López Obrador también atravesó desacuerdos. Habían compartido una parte decisiva de la construcción partidista; ahora sus posiciones y sus maneras de actuar se separaban en asuntos importantes. En 2006, López Obrador fue el candidato presidencial del PRD. Cárdenas permaneció fuera de la candidatura y sostuvo sus propias decisiones públicas. Ese año aceptó coordinar los preparativos de las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, responsabilidad de la que se retiró meses después.
El 12 de diciembre de 2008 murió Amalia Solórzano. Tenía noventa y siete años; Cuauhtémoc, setenta y cuatro. La extensión de ambas vidas podía volver esperable la pérdida y, aun así, no quitarle su hondura. Había desaparecido una presencia que lo acompañaba desde antes de que tuviera recuerdos. A esa edad, él había acumulado una historia pública inmensa; para Amalia seguía siendo su hijo. Con ella se iba también una mirada capaz de reconocerlo entero, sin tener que pasar primero por los cargos, las campañas o las opiniones del país.
La escritura le ofreció un trabajo donde ordenar experiencias. En 2010 publicó Sobre mis pasos. Volver sobre la propia vida exigía reunir razones, reconocer decisiones y dejar una versión que otros podrían examinar. La memoria se convertía en responsabilidad pública. Cuauhtémoc había participado en acontecimientos sobre los que existían interpretaciones enfrentadas; escribir era situarse otra vez dentro de ellos, ahora con la distancia de los años y la conciencia de que el tiempo no preserva nada por sí solo.
En octubre de 2011 recibió la Medalla Belisario Domínguez. El Senado reconocía una trayectoria que había contribuido a modificar la vida política nacional. Había algo profundamente humano en aquel acto: la institución distinguía al hombre después de sus derrotas, cuando ya podía observarse que la importancia de una vida pública no dependía únicamente de haber alcanzado el cargo más alto. El reconocimiento llegaba sobre un camino lleno de trabajo, controversias y decisiones que seguían provocando discusión.
En 2013 volvió a ocupar un lugar central en la defensa de la industria petrolera. Frente a la reforma promovida por el gobierno de Enrique Peña Nieto, presentó una propuesta alternativa y participó en la movilización. Su posición reunía soberanía, capacidad técnica, inversión y responsabilidades del Estado. El petróleo continuaba siendo para él una cuestión de decisiones presentes: quién controlaría una riqueza, cómo se utilizaría y qué posibilidades tendría México de conducir su desarrollo. A los setenta y nueve años seguía interviniendo sobre el porvenir.
DESPEDIRSE DEL PARTIDO, DESPEDIRSE DE LOS SUYOS
Durante 2014 participó en los esfuerzos para someter la reforma energética a consulta popular. El mecanismo no prosperó. La disputa dejó otra experiencia de movilización y otro límite institucional frente al cual responder. Cárdenas continuaba defendiendo sus posiciones cuando la crisis de Iguala alcanzó al país y al partido del que seguía formando parte.
La desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa, tras los ataques de septiembre, abrió una herida de dimensiones nacionales. El gobierno municipal de Iguala había surgido del PRD. La responsabilidad de esclarecer los hechos y determinar las participaciones criminales pertenecía a las investigaciones; la organización tenía además que responder por sus decisiones políticas, por la selección y el respaldo de sus gobernantes. Los familiares buscaban a sus hijos. Las explicaciones partidistas resultaban insoportablemente pequeñas frente a esa búsqueda.
Cuauhtémoc exigió cambios en la dirigencia y cuestionó el predominio de las corrientes internas. Veía una organización debilitada en su credibilidad y alejada de causas que habían justificado su existencia. Sus críticas venían de tiempo atrás, pero la crisis volvió urgente una decisión. El partido podía conservar símbolos y ceremonias mientras su actuación se separaba de lo que él consideraba indispensable. Permanecer implicaba aceptar también una responsabilidad por ese rumbo.
El 25 de noviembre se reunió con Carlos Navarrete y otros dirigentes. No alcanzaron un acuerdo. Esa noche presentó su renuncia irrevocable al PRD. Habían transcurrido veinticinco años desde la fundación. Una carta puso término a su militancia, aunque ninguna carta podía retirar de su vida el trabajo entregado allí. Quedaban compañeros, discusiones, gobiernos, campañas y muertos. La separación tenía un acto preciso; sus consecuencias entraban en una historia demasiado extensa para cerrarse con él.
Cárdenas sostuvo que continuaría escribiendo, hablando y defendiendo las causas con las que estaba comprometido. La salida no significó abandonar la vida pública. Su participación adquirió una independencia mayor respecto de las estructuras partidistas. Podía coincidir con una propuesta y cuestionar otra sin aceptar que su trayectoria obligara a respaldar todo lo que hiciera una determinada fuerza. Esa libertad también tenía un costo: quienes deseaban convertirlo en emblema podían incomodarse cuando el hombre conservaba su propia voz.
En 2016 publicó Cárdenas por Cárdenas. El trabajo volvió sobre la trayectoria de su padre desde la cercanía familiar y el examen histórico. Entre las páginas había una forma de continuar dialogando con lo recibido, de investigar una vida que había influido profundamente en la suya. La escritura hacía posible acercarse y tomar distancia, reconocer la experiencia íntima y someterla también a preguntas. A esa tarea dedicaba tiempo un hombre que seguía procurando comprender el país del que había formado parte.
El triunfo presidencial de López Obrador en 2018 abrió otra etapa. Una fuerza surgida de aquella historia compartida alcanzaba el gobierno nacional. Cuauhtémoc mantuvo posiciones propias ante sus políticas y su conducción. Las diferencias no borraban los vínculos anteriores, del mismo modo que esos vínculos no podían resolver por anticipado cada desacuerdo. Conservó una condición incómoda para la simplificación política: alguien podía pertenecer a una tradición de izquierda y seguir discutiendo con quienes gobernaban en su nombre.
El 19 de octubre de 2021 murió Celeste Batel. Habían estado casados cincuenta y ocho años. Cuauhtémoc tenía ochenta y siete. La duración permite contar el tiempo; apenas alcanza para aproximarse a lo que significa compartirlo. Habían criado tres hijos, cambiado de residencia, atravesado responsabilidades públicas y llegado juntos a edades que al casarse eran una lejanía. Celeste conocía una continuidad suya que las apariciones públicas sólo mostraban por fragmentos.
Su muerte dejaba una ausencia dentro del lugar al que se regresa después de hablar ante otros. Una pareja construye durante décadas una lengua hecha de conocimientos pequeños: saber cuándo el otro está cansado, reconocer una preocupación antes de que termine de explicarla, recordar una historia que ya casi nadie más conoce. Al faltar uno, el sobreviviente conserva ambos lados de muchas conversaciones. Hay recuerdos que permanecen intactos y han perdido a la única persona con quien podían compartirse de la misma manera.
La intimidad de aquel duelo pertenecía a Cuauhtémoc y a su familia. La dimensión de la pérdida podía reconocerse sin entrar en ella. Había desaparecido su compañera de vida. A su alrededor quedaban hijos, nietos y afectos; dentro de su historia se había abierto un espacio que ellos podían acompañar, pero no ocupar. La vida seguía pidiéndole días cuando faltaba alguien con quien había aprendido a habitarlos.
LO QUE MÉXICO RECIBIÓ DE SU VIDA
En 2022 continuó presentando Por una democracia progresista, publicado al final del año anterior. El libro discutía el proyecto nacional desde la justicia social, la soberanía, la política económica y las instituciones. Cárdenas seguía proponiendo. La edad no había retirado de sus preocupaciones la necesidad de un futuro distinto. Escribir a esa altura de la vida tenía una generosidad particular: trabajar sobre posibilidades cuyo desarrollo completo correspondería a otros.
Durante 2023 volvió a quedar expuesta la dificultad de conservar una posición propia en un país polarizado. Aclaró que no participaba en Mexicolectivo ni suscribía su documento. Su nombre circulaba entre interpretaciones y expectativas ajenas; él delimitó lo que estaba dispuesto a respaldar. La independencia necesitaba ejercerse en decisiones concretas. El reconocimiento acumulado no lo libraba de tener que explicar, otra vez, dónde estaba situado.
En julio murió Porfirio Muñoz Ledo. La historia compartida había incluido acuerdos decisivos y separaciones profundas. Con él desaparecía uno de los interlocutores que conocían desde dentro una parte fundamental de sus batallas. Los desacuerdos podían permanecer, pero ya no habría una conversación nueva capaz de modificarlos. La muerte fija de una manera cruel lo que entre los vivos todavía podía discutirse.
En 2024, Cuauhtémoc anunció que votaría por Claudia Sheinbaum. Encontraba coincidencias en sus planteamientos, particularmente en materia energética, y mantuvo al mismo tiempo sus observaciones críticas sobre la situación nacional. Su decisión tenía un alcance definido. Seguía valorando propuestas y personas desde su propio juicio, sin entregar por ello todas sus preguntas.
En octubre de ese año murió Ifigenia Martínez. Otra presencia esencial de la construcción democrática dejaba de estar. Cuauhtémoc había llegado a una edad donde el pasado perdía testigos cercanos. Había episodios sobre los cuales aún podía hablar el país entero y que, para él, estaban unidos a personas con quienes había trabajado. Cada muerte retiraba una voz de esa conversación larga. Los documentos permanecían; faltaban quienes podían interrumpir una frase para añadir un detalle, discutir una interpretación o devolverle a un acontecimiento su temperatura humana.
En marzo de 2026 se anunció su incorporación al frente de la Comisión Consultiva del Petróleo de Pemex. El órgano quedó instalado en abril, con Cárdenas como presidente honorario. Su tarea era contribuir al análisis estratégico y a una visión de largo plazo para la industria. Estaba por cumplir noventa y dos años y todavía aceptaba una responsabilidad orientada hacia lo que vendría. El tiempo del país seguía siendo una preocupación suya, incluso cuando el tiempo personal se había vuelto tan escaso.
El 28 de octubre murió Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. La fecha dejó concluida una vida que había atravesado más de nueve décadas de México. Para el país comenzaban los balances y los reconocimientos. Para Lázaro, Cuauhtémoc, Camila y los suyos había muerto una persona cercana, alguien cuya ausencia tendría formas que ninguna relación de cargos podría explicar. La historia recibía un legado; la familia perdía una presencia.
Al día siguiente fue despedido en el Panteón Francés de San Joaquín. Llegaron familiares, amigos, antiguos compañeros y figuras de distintas posiciones políticas. La presidenta Sheinbaum acudió y montó una guardia de honor junto al féretro. Las diferencias podían suspenderse durante una despedida sin desaparecer de la historia. Allí estaba el cuerpo del hombre con quien tantos habían coincidido, discutido, trabajado o competido. Su silencio tenía ahora una condición definitiva.
Quedaban sus libros, sus intervenciones, las instituciones que ayudó a construir y las consecuencias de sus decisiones. Quedaban también errores, límites y preguntas abiertas. Una vida pública de esa extensión pertenece al examen de los ciudadanos. El respeto necesita conservar al hombre con su complejidad: capaz de sostener convicciones, de asumir riesgos, de perder, de disentir y de continuar trabajando cuando el reconocimiento no podía ofrecerle una nueva oportunidad presidencial.
Su contribución había ensanchado las posibilidades de participación de otros. Ayudó a convertir inconformidades en organización, intervino en la apertura de instituciones y sostuvo que el país debía poder elegir sin miedo ni obediencias impuestas. Cada una de esas tareas tuvo compañeros y circunstancias propias. Cuauhtémoc ocupó un lugar central sin agotar la historia en su nombre. La dignidad del homenaje está también en dejar a su alrededor a quienes caminaron, discutieron y construyeron con él.
Ahora empieza el tiempo en que su voz tendrá que buscarse en una grabación. Alguien abrirá un libro y encontrará una frase todavía capaz de incomodarlo; otro recordará una campaña; una familia conservará una fotografía que para los demás dice poco y para ella guarda una tarde entera. La muerte reúne bajo un solo nombre recuerdos que nunca fueron iguales. Cada persona despide al Cuauhtémoc que alcanzó a conocer.
Se ha ido el hombre. México conserva la responsabilidad de lo que haga con su memoria. Puede dejarla endurecerse en una ceremonia o permitir que sus preguntas continúen trabajando sobre el presente. Allí donde un ciudadano reclame ser escuchado, donde una autoridad deba responder, donde el poder encuentre un límite en los derechos de otros, habrá una parte de la tarea a la que dedicó su vida.
Y estarán los suyos, después de las flores y de los mensajes, aprendiendo la ausencia en días corrientes. El país podrá seguir hablando de él; ellos tendrán que vivir sin poder llamarlo. Esa es la última medida de cualquier despedida: todo lo que una vida deja en la historia y todo lo que se lleva de una casa. Cuauhtémoc Cárdenas ha terminado su camino. Quedan quienes lo amaron, quienes aprendieron de él y quienes todavía tendrán que trabajar sobre las puertas que ayudó a abrir.
(By operación W).

/… EL AVISO INOPORTUNO:
Alejandra Gutiérrez consiguió que el puente del bulevar Aeropuerto se atorara antes de tener tráfico. Había 434.8 millones de pesos estatales previstos; su administración no acreditó oportunamente la disponibilidad jurídica de todos los terrenos. La obra tenía cómo financiarse, pero el expediente seguía jugando a las escondidas.
La alcaldesa anunció que el obstáculo estaba superado. Después, su secretario reconoció que todavía faltaba liberar una fracción. En esa administración las buenas noticias trabajan horas extras; los documentos llegan cuando pueden.
El terreno pendiente mide 166.42 metros cuadrados. Pequeño para construir, inmenso para explicar. El papel presentado seguía condicionado a autorizaciones posteriores: era casi un convenio, próximo a convertirse en convenio, siempre que después sucedieran otras cosas. Una boda anunciada con el novio todavía preguntándole a su mamá.
Sobre quienes creen que pedir voluntad política sustituye cumplir requisitos, prefiero no discutir. Con esa lógica, para cobrar un cheque bastaría llevar una fotografía del dinero que uno necesita.
Ahora se propone retomar la obra con aportaciones compartidas. La administración de Alejandra pasó de tener previsto financiamiento totalmente estatal para esa etapa a necesitar recursos municipales. Por no completar a tiempo el expediente, ahora también tendrá que completar la cuenta.
La alcaldesa busca explicaciones afuera. El pendiente seguía dentro de su administración.
Como dice el refranero popular: «Camarón que se duerme se lo lleva la corriente». La administración de Alejandra se despertó pidiendo que le cambiaran el horario al río.
(By Notas de Libertad).




Desliza a la derecha para leer el siguiente título
/… La Agenda En Corto.
1.- ESPADAS MUEVE LA OPERACIÓN POLÍTICA EN LEÓN
Jorge Espadas intensifica el acercamiento con la militancia y coloca la unidad del panismo leonés en el centro de su operación política. Después de la competencia interna, sus reuniones buscan ampliar acuerdos, fortalecer la organización territorial y consolidar su liderazgo rumbo a 2027.
2.- ALITO HABLÓ DE SUMAR; JUANITA SACÓ LA CALCULADORA
La posibilidad de una alianza PAN–PRI para 2027 sigue abierta, pero las dirigencias ya dejaron claro que nadie quiere aportar votos sin participar en las decisiones.
3.- EL PAN ABRE EL MICRÓFONO; AHORA FALTA QUE ESCUCHE
“Voces por Guanajuato” busca dar contenido ciudadano a la propuesta panista para 2027. La prueba será cuánto de lo escuchado termina cambiando las decisiones del partido.
4.- NERE BAEZA: VALLE EMPIEZA A MARCAR SU RUTA
La abogada busca encabezar el proyecto municipal de Morena y encuentra en su posicionamiento ciudadano un argumento para avanzar hacia la candidatura.
5.- SAN FELIPE: JUAN MAURO NIEGA; LAS FAMILIAS ESPERAN RESPUESTAS
El síndico Arturo Luna llevó al Ayuntamiento denuncias de presuntos abusos policiales. La respuesta del secretario de Seguridad y Paz abre una exigencia: demostrar con investigaciones lo que sostiene ante los micrófonos.
6.- LORENA ALFARO REACOMODA EL TABLERO EN IRAPUATO
La llegada de Gerardo Barroso Rangel a la Secretaría del Ayuntamiento coloca a un perfil de su confianza en una posición decisiva para la interlocución política durante el último año de gobierno.
(By Operación W).
1.- ESPADAS MUEVE LA OPERACIÓN POLÍTICA EN LEÓN
Jorge Espadas intensifica el acercamiento con la militancia y coloca la unidad del panismo leonés en el centro de su operación política. Después de la competencia interna, sus reuniones buscan ampliar acuerdos, fortalecer la organización territorial y consolidar su liderazgo rumbo a 2027.
Jorge Espadas está llevando su posición como defensor panista en León al terreno donde se consolidan los liderazgos: el contacto con la militancia y la construcción de acuerdos.
Sus reuniones tienen una lectura política que rebasa la convivencia partidista. Después de la competencia interna, el diputado busca fortalecer una organización donde conviven equipos, trayectorias y aspiraciones distintas.
La unidad aparece así como una tarea de operación, con efectos sobre la capacidad territorial del PAN y sobre el alcance de su propia conducción. El movimiento resulta relevante porque una definición interna ordena una etapa, pero deja pendientes las relaciones entre quienes participaron en ella.
Espadas está ocupándose de ese espacio mediante acercamientos que mantienen activa su interlocución con los panistas leoneses. El respaldo conseguido le dio una posición; ampliar la conversación puede darle mayor fuerza dentro del partido.
Tampoco equivale todavía a una candidatura formal, aunque sí forma parte del proceso político que definirá con qué cohesión llegará Acción Nacional a 2027. Por ahora, la señal es clara: Espadas mantiene presencia y coloca la integración de la militancia entre sus prioridades públicas.
Como diría don Eusebio, antiguo campanero: “Una sola campana no hace fiesta”. En el PAN leonés, Espadas está buscando que la siguiente convocatoria tenga más voces y mayor alcance.




2.- ALITO HABLÓ DE SUMAR; JUANITA SACÓ LA CALCULADORA
La posibilidad de una alianza PAN–PRI para 2027 sigue abierta, pero las dirigencias ya dejaron claro que nadie quiere aportar votos sin participar en las decisiones.
Alito llegó a Guanajuato dispuesto a poner precio político a los votos del PRI. Su propuesta de competir junto al PAN en 16 municipios llevaba una advertencia: el panismo necesita aliados para defender posiciones y recuperar terreno frente a Morena. Juanita de la Cruz enfrió el entusiasmo al precisar que todavía no existía una definición. La respuesta dejó abierta la conversación, pero devolvió el control de los tiempos a la dirigencia panista.
Allí está el fondo del intercambio: antes de anunciar unidad, habrá que discutir candidaturas, distritos y compromisos. El PRI quiere que su aportación se traduzca en espacios; el PAN buscará conservar el mayor margen de conducción. Ruth Tiscareño también marcó condiciones al reclamar beneficios para ambas fuerzas.
Mientras tanto, el respaldo expresado por Alito a Juan Carlos Romero Hicks coloca un nombre concreto sobre una mesa donde todavía faltan acuerdos. La negociación tendrá que hacerse municipio por municipio: sumar porcentajes resulta sencillo; conseguir que las estructuras trabajen juntas exige mucho más. Si ambos partidos consideran indispensable contener a Morena, deberán demostrar capacidad para ceder y construir.
Como diría doña Jacinta, que cosía vestidos de novia: “Una cosa es querer y otra poder”. Alito ya habló del enlace; Juanita todavía está revisando las medidas del vestido.




3.- EL PAN ABRE EL MICRÓFONO; AHORA FALTA QUE ESCUCHE
“Voces por Guanajuato” busca dar contenido ciudadano a la propuesta panista para 2027. La prueba será cuánto de lo escuchado termina cambiando las decisiones del partido.
El PAN guanajuatense necesita llegar a 2027 con propuestas que tengan calle, y los foros “Voces por Guanajuato” pueden ayudarle a construirlas. Héctor López Santillana encabeza el ejercicio desde la Comisión de Estudios, con el respaldo de Juanita de la Cruz y la participación de Jorge Espadas.
Hay un antecedente en “Ahora te toca a ti”, la iniciativa anunciada desde marzo para recoger opiniones mediante un micrófono itinerante en los 46 municipios.
El desafío consiste en convertir esa conversación en una propuesta reconocible: que el productor encuentre respuestas para el campo, el joven vea oportunidades y las familias identifiquen soluciones para su comunidad.
Después de tantos años gobernando, Acción Nacional también debe escuchar las inconformidades sobre sus propias administraciones. Allí puede ganar profundidad este ejercicio: permitir que la ciudadanía cuestione prioridades y obligue a corregir decisiones.
López Santillana tiene experiencia para distinguir una buena intención de un proyecto realizable; a la dirigencia le corresponderá dar seguimiento y explicar qué aportaciones fueron incorporadas. El rendimiento político dependerá de esa capacidad de respuesta. Abrir el micrófono es un comienzo; conseguir que lo dicho influya en la plataforma será la prueba.
Como diría don Silvestre, viejo reparador de radios: “De nada sirve levantar la antena si van a dejar el volumen apagado cuando hable la gente”.




4.- NERE BAEZA: VALLE EMPIEZA A MARCAR SU RUTA
La abogada busca encabezar el proyecto municipal de Morena y encuentra en su posicionamiento ciudadano un argumento para avanzar hacia la candidatura.
En Valle de Santiago, Nere Baeza gana fuerza en la definición de Morena rumbo a 2027. Su registro para la coordinación municipal de la defensa de la soberanía formaliza una aspiración acompañada de trabajo territorial, ejercicio profesional y contacto con familias vallenses.
La medición de Z Research que la ubica como puntera refuerza su posición: la cercanía construida comienza a expresarse en preferencias. Para el partido, contar con una aspirante reconocida en su municipio representa una oportunidad de consolidar respaldo alrededor de un proyecto propio.
Su condición de mujer también puede favorecer su participación en la distribución de postulaciones paritarias, sostenida por un atributo fundamental: competitividad entre la ciudadanía.
Nere tiene ahora espacio para profundizar su propuesta sobre seguridad, servicios y desarrollo, asuntos que exigen conocimiento de las comunidades y capacidad para responder.
Su formación jurídica y participación social le ofrecen elementos para esa conversación. La ventaja requiere constancia: mantener los recorridos, ampliar acuerdos y convertir las preocupaciones que escucha en compromisos realizables. Allí puede fortalecer una candidatura nacida del vínculo con Valle y respaldada por quienes conocen su trabajo.
Como diría doña Petra, que vendía semillas en el mercado: “Quien adelante no mira, atrás se queda”. Nere tiene arraigo, una posición favorable y una aspiración definida: convertir su fuerza en Valle en la candidatura de Morena.




5.- SAN FELIPE: JUAN MAURO NIEGA; LAS FAMILIAS ESPERAN RESPUESTAS
El síndico Arturo Luna llevó al Ayuntamiento denuncias de presuntos abusos policiales. La respuesta del secretario de Seguridad y Paz abre una exigencia: demostrar con investigaciones lo que sostiene ante los micrófonos.
En San Felipe, Arturo Luna Ramírez puso sobre la mesa un asunto que exige algo más que tranquilidad entre funcionarios: denuncias ciudadanas sobre presuntos abusos de policías estatales.
El síndico presentó ante el Ayuntamiento la carta de un padre cuyo hijo permanecía gravemente hospitalizado y pidió intervención de las autoridades.
Juan Mauro González respondió negando la participación de las FSPE y señalando que su dependencia carecía de antecedentes documentados que acreditaran los señalamientos. Allí está el punto delicado: la ausencia de un procedimiento interno no esclarece, por sí misma, cómo terminó lesionada una persona. El secretario también invocó la confianza de la alcaldesa Saraí Lepe en la coordinación institucional, pero esa relación pertenece a otro terreno.
Las familias necesitan conocer lo ocurrido y las autoridades deben reunir pruebas para determinar responsabilidades. Además, permanece el caso distinto de Iván López, muerto por disparos de policías estatales, cuya familia contradice la versión del enfrentamiento y ratificó una queja ante Derechos Humanos.
El síndico hizo bien en llevar las preocupaciones al Ayuntamiento; corresponde darles seguimiento hasta obtener respuestas verificables. Juan Mauro tiene derecho a defender la actuación de su corporación, pero su palabra debe sostenerse en revisiones que resistan el examen independiente.
Como diría don Anselmo, antiguo carpintero: “Por el hilo se saca el ovillo”. En San Felipe todavía falta desenredar los hechos.




6.- LORENA ALFARO REACOMODA EL TABLERO EN IRAPUATO
La llegada de Gerardo Barroso Rangel a la Secretaría del Ayuntamiento coloca a un perfil de su confianza en una posición decisiva para la interlocución política durante el último año de gobierno.
Lorena Alfaro movió una pieza central de su administración al proponer a Gerardo Barroso Rangel como secretario del Ayuntamiento.
El nombramiento fue aprobado el 29 de octubre con nueve votos a favor y cinco de Morena en contra, después de que solicitara licencia como regidor. El cambio tiene peso político: Barroso pasa del espacio donde se discuten las decisiones a una responsabilidad clave para articular acuerdos y dar seguimiento a la relación entre la presidencia municipal y el Cabildo.
Su experiencia dentro del propio Ayuntamiento le permite llegar con conocimiento de sus integrantes, diferencias y asuntos pendientes. Para Lorena, el movimiento representa una apuesta por fortalecer esa conducción cuando el calendario electoral comienza a influir en las relaciones entre partidos y aspirantes.
La votación también dejó un detalle revelador: Morena rechazó la propuesta, pero durante la sesión no hubo intervenciones para debatir el nombramiento. Quedó registrada la oposición, sin una explicación pública en ese momento sobre sus razones.
Barroso asume así con respaldo mayoritario y una encomienda cuyo alcance rebasa el trámite administrativo: contribuir a que el gobierno conserve capacidad de acuerdo en un periodo de creciente competencia política.
Como diría don Fermín, viejo relojero: “Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”. Lorena ya hizo el ajuste; Barroso ocupa ahora una posición donde los acuerdos marcarán el ritmo.
(By operación W).





“Música de los álamos”
De: Lola Mascarell
Las hojas de los chopos caen cantando, se adentran en la tierra cuajadas todavía del temblor con que el viento despierta la música secreta de sus ramas. Caen cantando las hojas, se abandonan, murmuran su canción en el descenso, porque abajo es el barro, su olor profundo, tumba, pero abajo es también el manto que ha de dar intemperie a la voz de un nuevo ciclo. Las hojas de los chopos caen cantando, coronan con su leve quejido de hojas secas el sello de este paso que andaba por aquí. Las hojas de los chopos caen cantando su lección de belleza y dignidad. Están cayendo ahora. Quién pudiera caer como vosotras sin dejar de cantar.




*Si quieres escuchar algunos poemas de “Mientras la Luz” en la voz de: *Lola Mascarell.
Sobre el poema.
MÚSICA DE LOS ÁLAMOS: EL ÚLTIMO CANTO DE QUIENES APRENDIERON A DESPEDIRSE DE LA VIDA
Una lectura profunda del poema de Lola Mascarell, donde la caída de unas hojas se convierte en una estremecedora meditación sobre la vejez, la muerte y la dignidad; sobre la belleza de aquello que está destinado a desaparecer y el deseo profundamente humano de llegar al último instante sin que el dolor consiga arrebatarnos nuestra canción.
LAS HOJAS QUE CANTAN MIENTRAS SE DESPRENDEN DE LA VIDA
Hay una tristeza que solamente conocen los árboles cuando llega el otoño. Sus ramas comienzan a quedarse desnudas, el viento arranca lentamente aquello que durante meses estuvo lleno de luz y las hojas emprenden un viaje del que ninguna regresará.
Lola Mascarell contempla ese desprendimiento y descubre algo extraordinario: las hojas no caen en silencio. Cantan.
En esa imagen delicadísima se esconde una de las verdades más dolorosas de nuestra existencia. También nosotros vivimos sujetos a una rama invisible. Durante años creemos que el mundo nos pertenece, que la juventud será interminable y que siempre habrá tiempo para abrazar, perdonar, comenzar de nuevo o pronunciar las palabras que hemos ido dejando para mañana.
Hasta que llega el otoño de nuestra propia vida.
Los padres envejecen, los amigos comienzan a faltar, los rostros queridos desaparecen de las fotografías recientes y nuestras manos descubren arrugas que antes solamente conocíamos en las manos de nuestros abuelos.
La poeta no convierte esa pérdida en una tragedia estruendosa. Hace algo más profundo: escucha la música que todavía puede existir dentro de la despedida.
Porque una hoja que cae cantando parece decirnos que perder la juventud no significa perder la belleza, y que acercarnos al final no debería obligarnos a renunciar a cuanto amamos.
EL BARRO, LA TUMBA Y EL MISTERIO DE VOLVER A FLORECER
El poema desciende después hacia la tierra. Allí espera el barro, con su humedad oscura, su olor profundo y su inevitable parentesco con la sepultura.
No hay engaño en estos versos. Mascarell sabe que toda existencia tiene un final. La hoja que ayer temblaba bajo el sol terminará deshaciéndose entre las raíces. Su delicada arquitectura desaparecerá, sus nervaduras se confundirán con la tierra y nadie podrá devolverle la forma que tuvo mientras vivía.
Pero precisamente allí, donde parecería comenzar la oscuridad definitiva, la poeta descubre una posibilidad luminosa: aquello que muere también puede alimentar una vida nueva.
La hoja no regresará a ser la misma. Su desaparición es verdadera. Sin embargo, al descomponerse, contribuirá a la fertilidad de la tierra que sostiene al árbol.
Esa distinción resulta esencial. El poema no promete que los muertos volverán ni que las pérdidas dejarán de dolernos. Nos recuerda que la vida participa de un movimiento más grande que nuestra existencia individual.
Algo semejante ocurre con quienes amamos y ya no están. No podemos recuperar sus manos ni escuchar nuevamente su voz como antes, pero conservamos palabras que nos enseñaron, gestos que repetimos sin advertirlo y maneras de amar que aprendimos junto a ellos.
Hay madres que continúan viviendo en la ternura de sus hijos. Hay padres cuya honestidad permanece en las decisiones de quienes los recuerdan. Hay seres queridos que dejaron de respirar y, sin embargo, siguen presentes en aquello que somos.
La muerte puede llevarse una presencia. No siempre consigue borrar su huella.
LA DIGNIDAD DE CAER SIN DEJAR DE CANTAR
El final del poema contiene su emoción más intensa. Después de contemplar las hojas, la poeta deja de hablar solamente de los árboles y revela su deseo más íntimo: aprender a caer como ellas, conservando la música hasta el último instante.
No pide inmortalidad. No suplica detener el otoño. Tampoco pretende escapar del destino que compartimos todos los seres vivos.
Pide algo mucho más difícil: dignidad frente a lo inevitable.
Y esa aspiración conmueve porque sabemos que la vida no siempre nos permite despedirnos serenamente. Hay enfermedades que desgastan, pérdidas que nos dejan sin voz y sufrimientos capaces de quebrar hasta las voluntades más firmes. No siempre podremos cantar mientras caemos, y eso no nos hace menos dignos.
Por eso conviene entender el deseo de Mascarell no como una exigencia, sino como una esperanza: que el miedo no destruya toda nuestra gratitud; que la tristeza no consiga borrar completamente la belleza de haber vivido.
Quizá nuestra última canción no sea una melodía. Puede ser una mano que todavía busca otra mano, una sonrisa ofrecida en medio del cansancio, una palabra de perdón o la serenidad de quien contempla su existencia y reconoce que, aun con sus heridas, valió la pena atravesarla.
Música de los álamos nos invita a escuchar lo que normalmente pasa inadvertido: el sonido humilde de una hoja que cae y, dentro de él, el eco de nuestra propia fragilidad.
Porque llegará un otoño en que también nosotros comenzaremos a desprendernos de cuanto creíamos nuestro. Dejaremos atrás habitaciones, fotografías, nombres queridos y los lugares donde alguna vez fuimos felices.
Y quizá entonces comprendamos que la verdadera belleza de una vida no estuvo en permanecer eternamente aferrados a la rama, sino en haber recibido la luz, resistido los inviernos, ofrecido nuestra sombra y amado cuanto pudimos. Que cuando llegue la hora de soltarnos, ojalá todavía quede en nuestro corazón un poco de aquella música que nos acompañó mientras estuvimos vivos.
Sobre el autor.
LOLA MASCARELL: LA POETA QUE ENCUENTRA UN UNIVERSO EN EL SILENCIO DE LAS COSAS
Reseña biográfica y literaria de una escritora valenciana que ha hecho de la observación una forma de conocimiento y de la palabra un territorio de revelaciones; una autora cuya obra descubre la hondura de la infancia, el misterio de la naturaleza, la memoria familiar y la capacidad de la poesía para iluminar aquello que nuestra mirada, acostumbrada al ruido del mundo, ha dejado de reconocer.
LA MUJER QUE APRENDIÓ A ESCUCHAR LO QUE EL MUNDO CALLA
Lola Mascarell nació en Valencia, España, en 1979. Periodista de formación, profesora de Lengua Castellana y Literatura y escritora, ha construido una trayectoria donde enseñar y crear parecen responder a una misma necesidad: encontrar las palabras capaces de acercarnos a lo esencial.
Entre 2008 y 2012 dirigió el Taller de Narrativa de la Universidad Politécnica de Valencia. Aquella experiencia dio origen a Palabras en el yunque. Memorias de un taller de escritura (2012), una obra que refleja su interés por el trabajo paciente de la creación literaria.
Porque escribir también significa aprender a escuchar. Distinguir, entre miles de voces, aquella que contiene una verdad. Reconocer que una palabra puede abrir una habitación cerrada de la memoria o devolvernos una emoción que creíamos imposible de nombrar.
Mascarell pertenece a esa familia de poetas que no necesitan buscar escenarios extraordinarios. Una ventana, un árbol, un vaso de agua o una conversación doméstica pueden convertirse en puertas hacia preguntas inmensas.
Su escritura posee una cualidad poco frecuente: mira sin atropellar. Permite que las cosas revelen su misterio, como si supiera que la belleza más profunda no siempre se entrega a quienes llegan haciendo ruido.
LOS LIBROS DONDE LA REALIDAD DESCUBRE SU ROSTRO SECRETO
En 2010 publicó Mecánica del prodigio, su primer poemario. Desde aquel título aparece una de las tensiones más sugerentes de su literatura: la convivencia entre los mecanismos ordinarios de la existencia y el asombro que todavía pueden despertar.
Con Mientras la luz (2013), distinguido con el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados, consolidó una voz atenta al paisaje, la percepción y las emociones que nacen de contemplar el mundo con verdadera profundidad.
En Un vaso de agua (2018), la sencillez se convierte en una forma de intensidad. Un objeto cotidiano puede despertar asociaciones, recuerdos y preguntas que transforman nuestra relación con aquello que parecía demasiado familiar para sorprendernos.
Su primera novela, Nosotras ya no estaremos (2021), amplió ese universo hacia la narración. La infancia, la casa familiar y el paisaje mediterráneo se entrelazan en una exploración de la memoria y de las relaciones que contribuyen a construir nuestra identidad.
Con Préstame tu voz (2024), regresó a la poesía para profundizar en los afectos, los vínculos familiares y la necesidad humana de comunicarnos incluso cuando las emociones desbordan el lenguaje.
Sus libros comparten una convicción: la literatura no necesita alejarse de nuestra experiencia para conmovernos. A veces basta mirar de otra manera lo que siempre estuvo delante de nosotros.
LA POETA QUE ESCUCHA UNA LECCIÓN DE DIGNIDAD ENTRE LOS ÁRBOLES
En Música de los álamos, Lola Mascarell transforma una escena natural en una reflexión sobre el carácter humano. Las hojas descienden cantando, y su movimiento adquiere una serenidad que contrasta con el miedo que nosotros solemos experimentar ante aquello que no podemos controlar.
Pero el centro del poema no es solamente la naturaleza. Es la relación entre belleza y dignidad, entre aceptar una realidad difícil y conservar nuestra voz frente a ella.
La poeta encuentra en los árboles una enseñanza que no procede de los libros ni de los discursos: existen maneras de afrontar lo inevitable sin convertirlo todo en amargura.
Esa sensibilidad permite comprender la singularidad de su obra. Mascarell no escribe para deslumbrar mediante grandes artificios. Su fuerza reside en la precisión de una imagen, en la emoción contenida y en la confianza de que el lector sabrá escuchar lo que permanece vibrando detrás de sus versos.
Hay algo profundamente humano en esa manera de entender la poesía. Vivimos rodeados de voces que exigen nuestra atención, de urgencias que nos impiden pensar y de palabras que se pronuncian sin haber sido verdaderamente sentidas. Frente a ese estruendo, su literatura nos devuelve la posibilidad de contemplar, comprender y escuchar.
Lola Mascarell nos recuerda que la poesía no siempre llega como un relámpago capaz de incendiar el cielo. A veces aparece como una hoja que roza la tierra, como una claridad sobre la mesa o como una voz que pronuncia nuestro nombre con ternura. Y su grandeza consiste precisamente en eso: enseñarnos que el mundo todavía guarda una música profunda, pero que solamente podremos escucharla cuando tengamos el valor de hacer silencio dentro de nosotros.
(ByNotas de Libertad).

/… CELAYA: DONDE EL ARTE LE ABRE CAMINO A LA ESPERANZA
Una niña ensaya ballet; unas manos dan color a la cerámica; personas mayores cortan flores para una ofrenda colectiva. Nuestra visita a EsperanzArte nos llevó hasta esas pequeñas conquistas y hasta quienes trabajan para hacerlas posibles. Presentamos una entrevista con Juan Miguel Ramírez Sánchez y Aleida Ocampo sobre el derecho a crear y el esfuerzo de llevarlo hasta las familias de Celaya.
EL TALENTO TAMBIÉN PUEDE QUEDARSE ESPERANDO
¿Cuántas canciones se habrán quedado sin aprender porque nunca hubo una guitarra cerca? ¿Cuántas personas habrán pasado junto a una escuela de danza pensando que aquello no era para ellas? La falta de oportunidades también tiene pérdidas silenciosas. Hay capacidades que envejecen sin ser descubiertas, deseos que se guardan hasta confundirse con la resignación. A veces basta una puerta abierta para que alguien vuelva a preguntarse qué podría hacer.
Llegamos a EsperanzArte con esa inquietud. Entre ejercicios de ballet y trabajos de cerámica encontramos personas dedicadas a una tarea que exigía atención, paciencia, voluntad. El aprendizaje tiene una intensidad propia: intentar que el cuerpo consiga un movimiento, buscar el color, corregir lo que todavía no sale. En ese esfuerzo empieza a construirse algo íntimo, el conocimiento de las propias posibilidades.
Rincones y Sabores se detiene esta vez en la Celaya que está dando lugar a esos comienzos. La videocrónica que presentamos nació del recorrido y de la necesidad de ir más allá de lo visible. Una clase reúne a maestros y alumnos, pero también depende de decisiones, recursos y personas cuyo trabajo ocurre antes de que llegue el primer participante. Quisimos entrar en esa historia.
HACER QUE LA OPORTUNIDAD LLEGUE HASTA LA GENTE
El presidente municipal, Juan Miguel Ramírez Sánchez, y Aleida Ocampo, directora del Instituto Municipal de Arte y Cultura, nos reciben para explicar el origen de EsperanzArte. Ambos conocen la enseñanza desde su trayectoria académica. Ahora enfrentan una responsabilidad distinta: acercar actividades artísticas a colonias y comunidades, encontrar dónde realizarlas y procurar que puedan sostenerse. La entrevista permite seguir el paso de una idea hacia sus dificultades reales.
Hay una decisión que atraviesa todo el proyecto: las clases y los materiales son gratuitos. Para muchas familias, esa palabra retira un obstáculo enorme. Pagar un taller puede significar quitarle dinero a una necesidad inmediata; dejarlo para después puede convertirse en dejarlo para siempre. La gratuidad abre una posibilidad que debe cuidarse con trabajo: docentes, horarios, insumos y atención a quienes asisten.
En la charla hay entusiasmo y también pendientes. Aparecen las exigencias de las comunidades, los problemas de operación y la aspiración de extender los espacios. Queremos que el espectador escuche esas razones y forme su propia mirada. El valor de una propuesta se reconoce también en su capacidad de responder cuando falta un material, cuando una clase se interrumpe o cuando alguien pregunta por qué todavía no llega a su localidad.
LAS FLORES LLEGARON EN MANOS DE LOS MAYORES
Una ofrenda elaborada colectivamente dejó en nuestra visita un detalle de enorme ternura. Personas mayores habían ido al vivero a cortar las flores. Antes de ocupar el altar, aquellas flores ya tenían una historia compartida. Había que buscarlas, llevarlas y sumarlas al trabajo de otros. Cada aportación encontraba un lugar. En esa tarea, la memoria de los ausentes reunía a quienes estaban allí para cuidarla.
También conoceremos el esfuerzo de llevar lo aprendido ante otras miradas. Una pieza, una coreografía, una presentación pueden contener semanas de dedicación. Para quien participa hay una exposición íntima: mostrar lo que consiguió después de equivocarse muchas veces. Las familias acompañan ese momento. Alrededor de una habilidad que crece puede crecer también el reconocimiento de una persona, la alegría de verla desde algo que disfruta hacer.
Los invitamos a entrar con nosotros en EsperanzArte. A escuchar a nuestros invitados y detenerse frente a los trabajos, las edades y los rostros de esta visita. Celaya tiene aquí una historia que se está haciendo con manos concretas. La entrevista abre sus puertas para conocerla: alguien enseña, alguien se atreve a empezar y, entre ambos, aparece una posibilidad que antes no estaba al alcance. Así puede comenzar un cambio profundo en una vida: con la oportunidad de descubrirse capaz.
Video Crónica.
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).





DOMINGO 1 DE NOVIEMBRE AL SÁBADO 7 DE NOVIEMBRE DE 2026
SANTORAL
NOTA DE INTRODUCCIÓN
LOS NOMBRES QUE APRENDIERON A ILUMINAR LA OSCURIDAD
El santoral conserva la memoria de mujeres y hombres que respondieron a las dificultades de su tiempo mediante la fe, el servicio y la esperanza. Algunos predicaron en territorios lejanos, otros cuidaron enfermos, defendieron a los perseguidos o permanecieron firmes ante la violencia.
Entre solemnidades, mártires, misioneros, religiosos y pastores, esta semana nos acerca a distintas formas de entrega. Sus historias no pertenecen únicamente al pasado: continúan recordándonos que una vida sencilla también puede dejar una huella profunda cuando se pone al servicio de los demás.
DOMINGO 1 DE NOVIEMBRE
Solemnidad de Todos los Santos: Celebración dedicada a todos los santos, tanto a quienes fueron reconocidos oficialmente por la Iglesia como a las innumerables personas que vivieron su fe de manera anónima. La jornada presenta la santidad como una vocación abierta a toda la humanidad.
San Cesáreo de Terracina: Diácono y mártir de los primeros siglos del cristianismo, venerado en la ciudad italiana de Terracina. La tradición lo recuerda por denunciar prácticas paganas contrarias a la dignidad humana y permanecer firme ante la persecución.
San Benigno de Dijon: Sacerdote y mártir relacionado tradicionalmente con la evangelización de la región francesa de Borgoña. Su antiguo culto se desarrolló especialmente en Dijon, donde fue venerado como uno de los primeros testigos cristianos del territorio.
San Austremonio de Auvernia: Misionero considerado el primer obispo y evangelizador de la región de Auvernia, en la antigua Galia. Su labor ayudó a establecer las primeras comunidades cristianas de aquella zona.
Beato Ruperto Mayer: Sacerdote jesuita alemán que denunció públicamente la ideología y los abusos del régimen nazi. Fue encarcelado y recluido por su resistencia, pero continuó ofreciendo acompañamiento espiritual hasta su muerte en 1945.
LUNES 2 DE NOVIEMBRE
Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos: Jornada de oración por las personas fallecidas, celebrada inmediatamente después de Todos los Santos. Invita a recordar a quienes han partido y a mantener viva la esperanza cristiana en la resurrección.
San Victorino de Pettau: Obispo de la antigua ciudad de Poetovio y uno de los primeros comentaristas bíblicos que escribieron en lengua latina. Murió mártir durante las persecuciones contra los cristianos de comienzos del siglo IV.
San Justo de Trieste: Mártir venerado como patrono de la ciudad italiana de Trieste. Según la tradición, fue ejecutado después de negarse a abandonar su fe y ofrecer sacrificios a las divinidades romanas.
San Marciano de Calcedonia: Ermitaño que desarrolló su vida espiritual en los alrededores de Constantinopla. Combinó la oración y la austeridad con la construcción de espacios de culto y el auxilio a las personas necesitadas.
Santa Winefrida de Holywell: Virgen galesa cuya memoria está estrechamente vinculada con la localidad de Holywell. Su santuario se convirtió durante siglos en un importante destino de peregrinación y oración.
MARTES 3 DE NOVIEMBRE
San Martín de Porres: Religioso dominico nacido en Lima, conocido por atender gratuitamente a pobres y enfermos sin hacer distinciones de origen o condición social. También es recordado por su humildad y su especial cuidado de los animales.
Santa Silvia de Roma: Madre del papa san Gregorio Magno y mujer perteneciente a una familia cristiana romana. Después de enviudar llevó una vida dedicada a la oración, la austeridad y la ayuda a quienes atravesaban necesidades.
San Juanicio de Bitinia: Antiguo soldado del Imperio bizantino que abandonó la carrera militar para abrazar la vida monástica. Pasó largos periodos como ermitaño en las montañas de Bitinia y fue reconocido como consejero espiritual.
San Ermengol de Urgel: Obispo catalán del siglo XI que promovió la reforma de la vida eclesiástica y diferentes obras de beneficio comunitario. Murió mientras supervisaba la construcción de un puente destinado a facilitar el tránsito de la población.
San Pedro Francisco Nerón: Sacerdote francés de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París enviado a evangelizar Tonkín, en el actual Vietnam. Ejerció su ministerio clandestinamente hasta que fue capturado y ejecutado durante la persecución de los cristianos.
MIÉRCOLES 4 DE NOVIEMBRE
San Carlos Borromeo: Cardenal y arzobispo de Milán que desempeñó un papel fundamental en la renovación de la Iglesia durante el siglo XVI. Fundó seminarios, mejoró la formación del clero y asistió personalmente a los enfermos durante una grave epidemia.
Santos Vital y Agrícola de Bolonia: Cristianos martirizados en Bolonia durante las persecuciones del Imperio romano. Vital era servidor de Agrícola, pero ambos compartieron la misma fe y afrontaron juntos el martirio.
San Emerico de Hungría: Hijo del rey san Esteban de Hungría y educado para servir como heredero de la corona. Murió a temprana edad y fue venerado por su piedad, disciplina y compromiso con la vida cristiana.
San Pierio de Alejandría: Sacerdote y maestro de la escuela catequética de Alejandría, reconocido por su conocimiento de las Sagradas Escrituras. Su elocuencia y profundidad intelectual hicieron que algunos autores lo compararan con Orígenes.
Santa Modesta de Tréveris: Abadesa de un monasterio femenino situado en Tréveris, en la actual Alemania. Dirigió a su comunidad mediante la oración, la disciplina monástica y la atención caritativa.
JUEVES 5 DE NOVIEMBRE
San Guido María Conforti: Obispo italiano y fundador de los Misioneros Javerianos. Impulsó la formación de sacerdotes destinados a la evangelización y alentó especialmente las misiones en China.
Santa Ángela de la Cruz: Religiosa española nacida como María de los Ángeles Guerrero González. Fundó la Compañía de las Hermanas de la Cruz para atender a pobres, enfermos y personas abandonadas en sus propios hogares.
San Zacarías: Sacerdote del templo de Jerusalén, esposo de santa Isabel y padre de san Juan Bautista. El Evangelio de Lucas relata que recibió el anuncio del nacimiento de su hijo y proclamó el cántico conocido como Benedictus.
Santa Isabel: Esposa de Zacarías, madre de san Juan Bautista y pariente de la Virgen María. El relato evangélico destaca su fe y el encuentro con María durante el episodio de la Visitación.
Santo Domingo Mau: Sacerdote dominico vietnamita que ejerció su ministerio durante la persecución ordenada por el emperador Tu Duc. Permaneció junto a sus comunidades hasta ser detenido y ejecutado en 1858.
VIERNES 6 DE NOVIEMBRE
San Leonardo de Noblac: Ermitaño franco que fundó una comunidad monástica cerca de Limoges. Su tradición está especialmente relacionada con la protección de los cautivos y la intercesión por las personas privadas de libertad.
San Severo de Barcelona: Obispo y mártir venerado desde la antigüedad por la comunidad cristiana de Barcelona. La tradición local sitúa su testimonio durante las persecuciones emprendidas contra los cristianos bajo el Imperio romano.
San Iltuto de Gales: Abad y maestro considerado una de las figuras más destacadas del monacato galés. Fundó en Llanilltud Fawr una escuela monástica que se convirtió en un importante centro de formación religiosa.
Beata Cristina de Stommeln: Mística alemana vinculada espiritualmente con la familia dominicana. Vivió largos periodos de enfermedad y sufrimiento, que afrontó mediante la oración y una intensa vida contemplativa.
Beato Tomás Ochia Jihyoe: Sacerdote dominico japonés que regresó clandestinamente a su país para acompañar a los cristianos perseguidos. Fue descubierto, torturado y martirizado en Nagasaki en 1637.
SÁBADO 7 DE NOVIEMBRE
San Prosdócimo de Padua: Considerado por la tradición como el primer obispo de Padua y uno de los evangelizadores más antiguos de la región del Véneto. Su memoria está unida al nacimiento de la comunidad cristiana local.
San Villibrordo de Utrecht: Misionero anglosajón conocido como el apóstol de los frisones. Fue consagrado obispo de Utrecht y fundó la abadía de Echternach, desde donde impulsó la evangelización del norte de Europa.
San Engelberto de Colonia: Arzobispo alemán que promovió reformas religiosas y desempeñó importantes responsabilidades políticas. Fue asesinado en 1225 mientras viajaba y posteriormente venerado por su defensa de la Iglesia.
San Florencio de Estrasburgo: Misionero y ermitaño que trabajó en la evangelización de Alsacia. Más tarde fue reconocido como obispo de Estrasburgo y pastor de las comunidades cristianas de la región.
Beato Francisco Palau y Quer: Sacerdote carmelita descalzo español, predicador y fundador de congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza y al servicio. Desarrolló una espiritualidad centrada en el amor a la Iglesia y el compromiso con las necesidades de su tiempo
By Notas de Libertad





Música para recordar el ayer
/… FRANCIS CABREL: LA VOZ QUE APRENDIÓ A ACARICIAR LAS AUSENCIAS




Hay canciones que se quedan junto a nosotros como una luz encendida. Francis Cabrel ha construido su obra con esa cercanía: una guitarra, una voz de intimidad reconocible y palabras capaces de acompañar el amor, la soledad y las contradicciones del mundo. Su música lleva el arraigo del campo francés y una sensibilidad que encontró hogar también en español.
UN MUCHACHO CON UNA GUITARRA Y ALGO QUE DECIR
Francis Cabrel nació el 23 de noviembre de 1953 en Agen, al suroeste de Francia, dentro de una familia trabajadora de ascendencia italiana. Creció en Astaffort, un pueblo que se convirtió en una referencia fundamental de su vida. La pertenencia a ese entorno dejó en sus canciones una atención particular hacia los lugares, las personas comunes y las pequeñas experiencias donde se reconoce una existencia.
Durante la adolescencia descubrió en la guitarra una forma de expresión. Escuchaba a Bob Dylan, Leonard Cohen y Neil Young, artistas que mostraban cuánto podía contener una canción cuando las palabras tenían peso propio. Cabrel fue acercándose a una escritura donde la emoción debía encontrar imágenes y una melodía capaz de sostenerlas.
En 1974 ganó un concurso radiofónico con Petite Marie, dedicada a Mariette, su compañera. Aquella canción abrió una puerta profesional sin perder su origen íntimo. En 1977 publicó Les Murs de poussière, su primer álbum. Comenzaba una carrera construida alrededor de la composición, la interpretación y una manera muy personal de decir.
EL AMOR EN PALABRAS QUE SIGUEN RESPIRANDO
El reconocimiento se amplió con Je l’aime à mourir, incluida en Les Chemins de traverse, de 1979. La canción presenta el amor como una fuerza capaz de transformar la mirada sobre la vida. Su versión en español, La quiero a morir, encontró una profunda resonancia en España y América Latina.
Cabrel consiguió algo difícil: escribir sobre sentimientos conocidos sin quitarles misterio. En L’Encre de tes yeux, el recuerdo amoroso se vuelve materia de la propia escritura; en Je t’aimais, je t’aime, je t’aimerai, la permanencia del afecto atraviesa los tiempos del verbo. Sus canciones permiten reconocer a alguien y, a la vez, conservar aquello que resulta imposible explicar por completo.
Su voz tiene una calidez contenida, una forma de acercarse que concede espacio a las palabras. La guitarra acompaña esa intimidad, aunque su música también se alimenta del blues, el country y el rock. Discos como Sarbacane, de 1989, y Samedi soir sur la terre, de 1994, consolidaron una obra de enorme alcance dentro de la canción francesa.
UNA TERNURA QUE TAMBIÉN SABE RECLAMAR
La sensibilidad de Cabrel alcanza asuntos que desbordan el amor de pareja. La Corrida adopta la perspectiva del toro y convierte su sufrimiento en una interpelación al espectáculo. La canción muestra una dimensión esencial del autor: la capacidad de mirar desde una vulnerabilidad y obligarnos a permanecer frente a ella.
Su trayectoria continuó con trabajos como Les Beaux Dégâts, Des roses et des orties, In Extremis y À l’aube revenant. También rindió homenaje a Dylan con las adaptaciones de Vise le ciel. En Astaffort impulsó, mediante Voix du Sud y sus encuentros de formación, espacios para que otros autores desarrollaran sus canciones.
Cabrel ha conservado un vínculo profundo con la palabra y con el oficio. Su legado vive en melodías que han cruzado idiomas y generaciones sin perder cercanía. Al escucharlo, el amor puede recuperar un rostro, una ausencia vuelve a tener voz y algo que creíamos gastado encuentra todavía una manera de estremecernos.
La Quiero A Morir.
Petite Marie.
La Corrida.
/… ALBERT HAMMOND: EL HOMBRE QUE LE PUSO MELODÍA A LA NOSTALGIA




Su voz acompañó despedidas, viajes y amores que todavía regresan cuando comienza una canción. Albert Hammond construyó una trayectoria singular: fue el intérprete de sus propias emociones y el compositor que encontró palabras para voces muy distintas, hasta dejar una huella profunda en la música popular en inglés y en español.
UNA INFANCIA ENTRE DOS ORILLAS
Albert Hammond nació en Londres el 18 de mayo de 1944, en una familia gibraltareña desplazada por la Segunda Guerra Mundial. Regresó muy pequeño a Gibraltar y creció en ese territorio donde conviven lenguas, acentos y tradiciones. La cercanía entre las culturas británica y española formó parte de su educación sentimental y musical.
Comenzó a cantar desde niño y, durante su juventud, participó en agrupaciones con las que fue aprendiendo el oficio. Hubo escenarios pequeños, recorridos y trabajo antes de que llegaran los grandes éxitos. Su vocación se afirmaba tanto al interpretar como al componer: buscaba una melodía capaz de quedarse en la memoria y una historia donde el oyente pudiera reconocerse.
En Inglaterra estableció una colaboración decisiva con Mike Hazlewood. Juntos escribieron canciones que encontraron intérpretes y comenzaron a abrirles espacio en la industria. Hammond también formó parte de The Family Dogg. La composición iba dándole un camino propio mientras desarrollaba una identidad como cantante.
LAS CANCIONES QUE NOS DEVUELVEN A UNA EDAD
En 1972 alcanzó proyección internacional con It Never Rains in Southern California, escrita junto a Hazlewood. Su melodía luminosa contiene una historia de expectativas rotas: alguien parte buscando fortuna y encuentra desamparo. Esa convivencia entre una música que invita a cantar y una tristeza que permanece después es una de las marcas más reconocibles de Hammond.
Después llegaron temas como The Free Electric Band e I’m a Train. Su voz, cálida y ligeramente áspera, tenía una cercanía que permitía escuchar las canciones como confidencias. Podía transmitir entusiasmo y conservar, debajo, una sensación de fragilidad. El personaje que cantaba parecía conocer tanto el impulso de marcharse como el deseo de encontrar dónde quedarse.
Su carrera en español amplió profundamente esa relación con el público. Interpretaciones como Échame a mí la culpa y canciones como Eres toda una mujer lo acercaron a España y América Latina. El idioma pertenecía a su experiencia desde Gibraltar y le permitió construir una comunicación afectiva que trascendía la traducción de sus éxitos.
EL COMPOSITOR QUE HABITÓ OTRAS VOCES
La dimensión de su obra se descubre también escuchando a otros artistas. Con Hazlewood escribió The Air That I Breathe, popularizada por The Hollies. Junto a Carole Bayer Sager creó When I Need You, convertida por Leo Sayer en un gran éxito. Con Hal David compuso To All the Girls I’ve Loved Before, que alcanzó enorme difusión en las voces de Julio Iglesias y Willie Nelson.
Su colaboración con Diane Warren produjo canciones como Nothing’s Gonna Stop Us Now, interpretada por Starship, y One Moment in Time, llevada por Whitney Houston a una intensidad extraordinaria. Hammond podía escribir para la intimidad amorosa y también para esa emoción expansiva que necesita levantar la voz y sentirse compartida.
Ingresó en el Songwriters Hall of Fame en 2008. Su legado reúne al cantante y al artesano que trabajaba detrás de otras interpretaciones. En ambos permanece una misma capacidad: encontrar una melodía que abra, sin pedir permiso, una habitación de nuestra memoria. Basta escucharla para recordar quiénes éramos cuando la oímos por primera vez.
(By Notas de Libertad).
Échame A Mi La Culpa.
Eres Toda Una Mujer.
Me Cansé De Rogarle.

“PATRIA”
De: Fernando Aramburu




Resumen.
PATRIA: LAS CASAS DONDE EL MIEDO SE QUEDÓ A VIVIR
Fernando Aramburu cuenta la destrucción de dos familias que alguna vez compartieron la amistad y terminaron separadas por el terrorismo de ETA. En el centro queda una mujer que necesita saber por qué asesinaron a su marido y conseguir que alguien reconozca el daño. A su alrededor, los hijos intentan construir sus vidas, una madre defiende al hijo encarcelado y un pueblo aprende a convivir con aquello que muchos vieron crecer y prefirieron callar.
EL HOMBRE AL QUE FUERON DEJANDO SOLO
Bittori sigue hablando con su marido. Va al cementerio y le cuenta sus preocupaciones, discute con él, le comunica decisiones. El Txato está muerto, pero conserva dentro de su vida un lugar desde el cual todavía puede escucharla. Es una intimidad hecha de ausencia: ella lleva la conversación entera, recuerda cómo habría respondido él y regresa después a una casa donde nadie podrá contradecirla de esa misma manera.
Cuando ETA anuncia el cese definitivo de su actividad armada, Bittori decide volver al pueblo donde vivieron. Se había instalado en San Sebastián después del asesinato. La distancia le permitió salir del entorno que los había hostigado, pero dejó sin resolver lo que más necesita: conocer la verdad y recibir una petición de perdón. Además, está enferma. El tiempo empieza a tener para ella una urgencia que los demás desconocen.
Su regreso incomoda. La viuda trae consigo al muerto y obliga a recordarlo fuera de las versiones que permitieron justificar su persecución. Puede cruzarse con alguien que lo conocía, entrar en un lugar donde antes se reunían o saludar a una persona que había dejado de saludarlos. Estar allí significa devolver preguntas a una comunidad que preferiría continuar sin responderlas.
A partir de ese retorno, la novela abre el pasado. Aramburu reconstruye la historia mediante capítulos breves, recuerdos y cambios de perspectiva. Los acontecimientos aparecen atravesados por la experiencia de distintos personajes. El lector va entendiendo cuánto se rompió, quiénes participaron y de qué maneras una misma violencia siguió trabajando dentro de quienes quedaron vivos.
Antes hubo dos familias amigas. Bittori y Miren compartían confianza y trato cotidiano. Sus maridos, el Txato y Joxian, también mantenían una relación cercana. Los hijos crecían dentro de ese mundo familiar. El Txato tenía una empresa de transportes; Joxian era trabajador industrial. La diferencia económica estaba presente, pero había una convivencia que parecía capaz de sostenerse sobre muchos años de conocimiento.
El Txato empieza a recibir exigencias de dinero de ETA. La extorsión aumenta y su situación se vuelve cada vez más difícil. Es un hombre ocupado con las responsabilidades de su empresa, sus trabajadores y los problemas que el dinero no resuelve por el simple hecho de poseer un negocio. Sin embargo, el señalamiento político lo reduce a una figura conveniente para la persecución: el empresario al que se puede acusar y amenazar.
Las pintadas llevan el hostigamiento a la vista de todos. Su nombre queda expuesto en el espacio que antes compartía con sus vecinos. Después empiezan las retiradas: personas que evitan acercarse, relaciones que se enfrían, una familiaridad que desaparece. El aislamiento va haciendo su trabajo. El Txato tiene que seguir saliendo, atendiendo el negocio y procurando una normalidad cada vez más frágil, mientras comprende que muchos de los que lo conocen están aprendiendo a dejarlo solo.
En la familia de Miren, Joxe Mari se aproxima al nacionalismo radical y termina entrando en ETA. La militancia del hijo transforma la posición de su madre. Miren se identifica con su causa y va cerrándose ante cualquier experiencia que la cuestione. Bittori necesita una amiga capaz de reconocer lo que están haciéndole a su marido; encuentra enfrente una lealtad que exige mirar hacia otro lado.
Joxian tampoco consigue sostener la amistad. Sus dudas y sus afectos quedan debilitados por el miedo, la presión del entorno y la autoridad de Miren dentro de la casa. La relación con el Txato se deshace precisamente cuando más valor tendría conservarla.
El asesinato llega después de ese cerco. Un hombre pierde la vida y su familia queda condenada a vivir con las consecuencias. Para Bittori, Xabier y Nerea comienza un tiempo donde los recuerdos anteriores al crimen adquieren otro peso. Cada gesto de abandono puede ser examinado de nuevo. Cada amenaza conocida obliga a preguntarse qué habría ocurrido si alguien hubiera intervenido.
LOS HIJOS INTENTAN SALIR DE LA SOMBRA
Xabier, el hijo mayor de Bittori, es médico. Sabe escuchar síntomas, atender sufrimientos y trabajar frente a cuerpos que necesitan ayuda. Su propia herida permanece en un lugar mucho menos accesible. La muerte del padre le deja culpa, tristeza y una dificultad profunda para entregarse a la vida afectiva.
Su vínculo con Bittori es estrecho y exigente. Quiere cuidarla, pero también carga con la sensación de que nada de lo que haga podrá alcanzar para reparar la pérdida. Vive pendiente de ella y, al mismo tiempo, encerrado dentro de su propio dolor. El asesinato ha alterado su manera de relacionarse: incluso cuando parece estar ocupado con otros asuntos, algo en él continúa respondiendo a aquella ausencia.
Nerea busca una salida diferente. Necesita alejarse del ambiente familiar y construir una vida que no quede determinada por el crimen. Esa distancia provoca tensiones. Su madre y su hermano pueden interpretar como frialdad lo que para ella constituye una necesidad de supervivencia. Nerea intenta reservarse un porvenir donde sea posible existir también fuera del sufrimiento.
Las dificultades de su vida sentimental muestran que alejarse físicamente tampoco ofrece una solución completa. Lleva consigo lo vivido, aunque se resista a permanecer dentro de ello. En su personaje aparece una pregunta dolorosa: cuánto derecho tiene una víctima a intentar ser otra cosa, a buscar felicidad, a cansarse de que cada decisión deba medirse frente al muerto.
Bittori ama a sus hijos, pero su dolor también pesa sobre ellos. Tiene carácter, impaciencia y una voluntad que puede resultar difícil de acompañar. La novela la presenta con esa complejidad. Su condición de víctima vuelve legítima la exigencia de justicia; dentro de la familia sigue siendo una persona capaz de herir, reclamar y no comprender del todo lo que los demás necesitan.
En la otra casa, Joxe Mari encuentra en ETA una identidad absorbente. La organización le ofrece pertenencia, disciplina y una explicación del mundo que distribuye enemigos y obligaciones. La clandestinidad estrecha su vida alrededor de la causa. La violencia empieza a ser tratada como una tarea y las personas contra quienes se dirige quedan sometidas a categorías que permiten ejecutarla.
La detención y la cárcel introducen otra experiencia. Su vida queda reducida a rutinas, vigilancia, distancia y tiempo acumulado. Miren concentra sus esfuerzos en el hijo preso. Lo visita, lo defiende y convierte su sufrimiento en el centro de una interpretación que deja fuera a las víctimas de la organización. El amor materno queda atravesado por una ceguera moral: para proteger a Joxe Mari de la culpa, necesita conservar intacta la justificación de aquello en lo que participó.
Gorka, el menor, busca un camino propio mediante la lectura y la escritura. Su sensibilidad y su homosexualidad lo enfrentan a expectativas que no desea aceptar. Alejarse le permite construir una identidad fuera del mandato político y familiar. El euskera tiene para él una dimensión creativa y afectiva que puede vivir sin someterla a la violencia.
Arantxa ocupa un lugar decisivo entre todos ellos. Su matrimonio ha sido difícil y, después de sufrir un ictus, queda con graves limitaciones para moverse y hablar. Necesita ayuda para acciones elementales y debe hacer un esfuerzo enorme para comunicarse. Conserva, sin embargo, una claridad que incomoda a quienes disponen libremente de la voz y la utilizan para eludir lo esencial.
Desde esa dependencia, Arantxa mantiene una independencia moral. Reconoce el sufrimiento de Bittori y busca acercarse a ella. También quiere a su hermano, pero ese amor no le exige justificarlo todo. Su lucidez introduce una posibilidad nueva: hablar con las personas desde lo que han vivido y desde la responsabilidad de sus actos, aunque pertenezcan a familias enfrentadas.
PEDIR PERDÓN CUANDO YA NO PUEDE DEVOLVERSE NADA
Bittori vuelve al pueblo con la decisión de llegar hasta una verdad que los años no han conseguido aclarar. Su enfermedad convierte cada aplazamiento en algo más grave. Ha vivido demasiado tiempo frente a una puerta cerrada. Quiere saber, escuchar un reconocimiento y dejar de encontrarse únicamente con explicaciones que convierten el asesinato de su marido en un asunto abstracto.
La novela examina también a quienes ayudaron a hacer posible aquel ambiente. Están los responsables de la violencia y están las formas de respaldo, intimidación, complicidad y silencio que la rodean. Las responsabilidades tienen grados distintos. El vecino que se aparta no ocupa el mismo lugar que quien dispara, pero su retirada forma parte de la soledad en que queda la persona amenazada.
Don Serapio, el sacerdote, aparece dentro de ese entorno como una autoridad cuya actuación no ofrece a Bittori el amparo que necesita. La preocupación por evitar conflictos puede terminar favoreciendo a quienes desean que la víctima permanezca lejos. La paz cotidiana del pueblo tiene entonces un precio cruel: pedirle a la viuda que no vuelva a hacer visible lo ocurrido.
Miren se aferra durante mucho tiempo a su defensa de Joxe Mari. Reconocer el dolor de Bittori comprometería las certezas sobre las que ha organizado su vida. Tendría que admitir que la amiga de antes no es una adversaria política, sino una mujer a la que le asesinaron al marido. Esa proximidad resulta insoportable porque desmonta la distancia con que se había protegido.
Arantxa empieza a tender un vínculo entre espacios que parecían incomunicados. Su relación con Bittori y su influencia sobre Joxe Mari contribuyen a que la exigencia de perdón encuentre un destinatario dispuesto a examinarla. La fragilidad de Arantxa no reduce su importancia. Desde un cuerpo que necesita ayuda, logra exigir a otros una responsabilidad que habían evitado.
En prisión, Joxe Mari atraviesa un proceso de desgaste y revisión. El tiempo debilita algunas certezas; la experiencia y las preguntas de los cercanos van abriendo fisuras. Para pedir perdón necesita abandonar el refugio de una causa que explique y absuelva cualquier conducta. Tiene que mirar el daño desde la vida de quienes lo sufrieron.
La carta dirigida a Bittori, en la que le pide perdón, constituye un momento fundamental. Durante años, ella ha llevado su reclamación ante personas que se apartaban, negaban o justificaban. Finalmente recibe una respuesta distinta. Alguien le habla desde el reconocimiento de una responsabilidad.
Nada de eso devuelve al Txato. Tampoco restituye la juventud perdida, la amistad destruida ni la vida que sus hijos habrían podido tener. El perdón aparece rodeado por ese límite. Su valor depende precisamente de aceptar que el daño existe y seguirá existiendo, aun cuando se abra una posibilidad de alivio.
El encuentro final entre Bittori y Miren culmina en un abrazo breve. Ambas llegan hasta ese gesto cargando una historia que ninguna conversación podría resolver de golpe. La cercanía recupera algo anterior a la hostilidad sin borrar lo ocurrido. Son dos mujeres envejecidas por experiencias distintas, capaces al fin de reconocerse durante un instante fuera de las posiciones que las habían separado.
Ahí permanece la fuerza de Patria: en la dificultad de volver a mirar a una persona cuando durante años se ha aceptado una explicación que permite dañarla. Aramburu lleva el conflicto hasta la intimidad, donde sus consecuencias tienen una duración que los anuncios políticos no pueden medir. La violencia termina de unas maneras y continúa de otras: en la culpa de un hijo, en la dureza de una madre, en la casa donde alguien sigue hablando con el muerto.
Bittori ha dedicado una parte enorme de su vida a conseguir que el asesinato de su marido sea reconocido como el daño irreparable que fue. Al final, la posibilidad de acercamiento nace de esa verdad. El abrazo puede durar unos segundos. La ausencia del Txato tendrá que acompañarlos siempre.
Sobre el autor.
FERNANDO ARAMBURU: ESCRIBIR DONDE TODAVÍA DUELE
Novelista, cuentista, poeta y ensayista, Fernando Aramburu ha construido una obra donde la violencia entra en las familias y obliga a mirar las heridas que deja. Su literatura también conoce el humor, la contradicción y la ternura: formas de acercarse a personas que intentan vivir bajo el peso de sus circunstancias.
UNA VOCACIÓN NACIDA ENTRE LIBROS Y DESASOSIEGO
Fernando Aramburu nació el 4 de enero de 1959 en San Sebastián, España. Creció en un ambiente trabajador y encontró en la lectura una posibilidad de ampliar el mundo. La escritura comenzó a ocupar su juventud mediante la poesía y su participación en el grupo Cloc, una iniciativa cultural irreverente que combinaba experimentación literaria, humor y provocación.
Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza. En 1985 se instaló en Alemania, donde formó una familia y trabajó durante años enseñando español. La distancia respecto del País Vasco le permitió observar desde otra perspectiva una realidad que seguía concerniéndole profundamente: el terrorismo, las identidades cerradas y la presión ejercida sobre quienes discrepaban.
En 2009 dejó la enseñanza para dedicarse plenamente a escribir. Su trayectoria había crecido mediante una disciplina sostenida, lejos de la idea del éxito inmediato. Antes del reconocimiento multitudinario hubo años de trabajo, libros publicados y una búsqueda paciente de personajes capaces de sostener, con sus contradicciones, una mirada sobre la vida.
LAS PERSONAS DETRÁS DE LAS GRANDES PALABRAS
Su primera novela, Fuegos con limón, apareció en 1996. En ella se reconocen la juventud, la formación sentimental, las dificultades familiares y una voluntad de explorar registros donde conviven la crudeza y lo grotesco. Desde sus comienzos, Aramburu mostró interés por las existencias imperfectas y por el lenguaje que permite acercarse a ellas.
Con Los peces de la amargura, publicado en 2006, llevó el terrorismo vasco hasta la intimidad de quienes padecen sus consecuencias. Los relatos atienden el dolor, el aislamiento y la vida alterada por la violencia. En Años lentos, de 2012, volvió sobre el ambiente social donde crecen determinadas lealtades y silencios, mostrando cómo la historia atraviesa la educación y la convivencia.
Su obra comprende también territorios humorísticos y reflexivos. Viaje con Clara por Alemania explora, mediante la ironía, las fricciones de la pareja y de la escritura. Sus artículos y ensayos prolongan una preocupación por la cultura, la lectura y la responsabilidad personal. Esa diversidad impide encerrarlo únicamente dentro de la literatura sobre ETA.
LA MEMORIA COMO RESPONSABILIDAD HUMANA
Patria, publicada en 2016, convirtió su nombre en una referencia internacional. La destrucción de la amistad entre dos familias permitió narrar décadas de violencia mediante madres, hijos, matrimonios y vecinos. La novela recibió, entre otros reconocimientos, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa de 2017.
Posteriormente, Los vencejos abordó la soledad y el desencanto de un hombre que decide poner fecha a su muerte; Hijos de la fábula regresó al mundo de ETA desde una perspectiva satírica; y El niño se acercó al duelo familiar relacionado con la tragedia escolar de Ortuella. En esos libros cambian los tonos, pero permanece la atención hacia las consecuencias íntimas de las decisiones y las pérdidas.
Aramburu escribe personajes que pueden despertar compasión sin quedar absueltos de sus actos. Su literatura exige reconocer a la víctima, examinar la responsabilidad y escuchar las contradicciones. Allí reside buena parte de su fuerza: devolver rostro y vida a quienes las consignas, las estadísticas o el silencio habían reducido a una palabra.
(By Notas de Libertad).





/… MÉXICO ENCIENDE SUS MUERTOS PARA NO QUEDARSE A OSCURAS
Una travesía por los siglos en que aprendimos a enterrar un cuerpo sin encontrar la manera de despedirnos de su nombre; desde los caminos del Mictlán hasta la última veladora de una casa donde todavía duele poner un plato menos, esta es la historia de un pueblo que lleva flores a sus heridas, alimenta a sus ausentes y abre las puertas de noviembre con la esperanza temblando entre las manos.
CUANDO MORIR ERA EMPRENDER EL CAMINO
LA TIERRA TAMBIÉN GUARDABA A SUS HIJOS
Antes de que las campanas aprendieran a doblar sobre estas tierras, alguien tuvo que cerrar por primera vez los ojos de una persona amada. Hubo unas manos que tocaron una frente y encontraron una quietud desconocida; una voz que llamó varias veces al mismo cuerpo, como si la insistencia pudiera devolverle el aliento. De aquel instante no quedó escritura. Quedó la pregunta que habría de acompañar a los seres humanos durante siglos: adónde se había ido quien todavía estaba allí. Porque el cuerpo permanecía, pero algo se había retirado de él llevándose la risa, el reconocimiento, aquella manera irrepetible de volver la cabeza cuando escuchaba su nombre.
Los pueblos de la antigua Mesoamérica construyeron respuestas distintas frente a ese desgarramiento. Mexicas, mayas, purépechas, totonacas y tantas otras sociedades tuvieron sus propios relatos, ceremonias y concepciones del universo. Sus muertos habitaron destinos diversos. Cada pueblo fue levantando, con sus palabras y sus ritos, una arquitectura para lo invisible. Bajo esas diferencias persistía una preocupación profundamente humana: el lugar de quienes habían partido y las obligaciones de quienes seguían respirando. Enterrar un cuerpo comprometía también a los vivos. Había que disponer la despedida, acompañar el tránsito, cumplir los deberes que la comunidad reconocía ante la muerte.
La tierra ofrecía una imagen poderosa para pensar esos misterios. En su oscuridad desaparecía el grano; de sus entrañas regresaba el maíz. La semilla enterrada atravesaba una transformación que las manos campesinas conocían mucho antes de poder explicarla con otras palabras. Eso no borraba el dolor de perder a un hijo ni devolvía a una madre. Permitía, sin embargo, concebir un universo donde la desaparición y la continuidad se rozaban. Aquello que se hundía podía alimentar lo que habría de levantarse. La vida dependía de una profundidad que nadie veía y que todos necesitaban.
Entre los mexicas, el destino después de la muerte estaba relacionado de manera fundamental con la forma de morir. No regía la misma división moral entre premio y castigo que después enseñarían los evangelizadores. Quienes fallecían por causas vinculadas con el agua podían dirigirse al ámbito de Tláloc; los guerreros muertos en combate y quienes morían sacrificados tenían un destino solar, al que también se vinculaba, de manera particular, a las mujeres fallecidas durante el parto. Traer una criatura al mundo podía ser entendido como una batalla. Había sangre en ese umbral y, a veces, una vida nueva empezaba a llorar mientras otra se extinguía a su lado.
Para muchos de quienes morían por causas ordinarias, el destino era el Mictlán. Allí gobernaban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señor y señora de aquel ámbito de los muertos. Llegar exigía atravesar un trayecto largo y terrible. La muerte abría una distancia que todavía había que recorrer. Mientras una familia permanecía junto al lugar de la sepultura, el difunto era pensado ya en marcha, alejándose de las voces conocidas, internándose en una extensión donde el cuerpo de los vivos no podía seguirlo. Hasta ese límite llegaban las manos que lo habían querido. Más allá comenzaba el camino.
UN PERRO PARA CRUZAR LA OSCURIDAD
Había un río. Entre las imágenes conservadas de aquel tránsito, pocas resultan tan hondamente conmovedoras como la de un muerto detenido ante el agua, necesitado de ayuda para alcanzar la otra orilla. Podemos imaginar el espanto que esa escena depositaba en los vivos: alguien que había conocido el calor de una casa debía enfrentar ahora un territorio extraño. Ya no bastaban los brazos de su familia. Ninguna madre podía entrar en aquella corriente para sacar a su hijo; ningún compañero podía tender desde la habitación vacía una mano suficientemente larga. El afecto llegaba hasta el borde de lo desconocido y allí debía confiar en otro ser.
Ese compañero era un perro. En la tradición funeraria mexica, el animal podía auxiliar al difunto en el cruce del río, y su presencia quedó asociada al viaje hacia el Mictlán. Hoy el xoloitzcuintle concentra buena parte de esa memoria. Resulta estremecedor que, dentro de una concepción poblada por fuerzas temibles, aparezca una criatura tan cercana a la vida doméstica: el animal que compartía el suelo, que reconocía pasos, que sabía acercarse sin exigir una explicación del cansancio. En el relato del más allá, esa cercanía adquiría una tarea inmensa. El compañero de la tierra podía ayudar a atravesar lo que esperaba después de ella.
La práctica ritual tuvo también una dureza que debemos mirar de frente: hubo perros sacrificados para acompañar a los muertos. El pasado contiene esa violencia junto a su hondura simbólica. Quienes realizaban tales ceremonias actuaban dentro de una comprensión religiosa que atribuía al animal una función en el tránsito funerario. Desde nuestro tiempo, la escena reúne sentimientos difíciles de reconciliar: la necesidad de procurar compañía al difunto y la muerte de la criatura destinada a brindársela. La historia conserva ambas cosas. Sobre aquellos restos quedaron las huellas de una sociedad que intentaba cuidar a sus muertos con los recursos de su propia fe.
El recorrido hacia el Mictlán suele describirse mediante nueve regiones o niveles, aunque sus nombres y detalles presentan variaciones entre las fuentes y sus interpretaciones. Las narraciones hablan de obstáculos, montañas, vientos y fuerzas capaces de desgarrar; de un alejamiento progresivo de cuanto había constituido la existencia terrenal. No era una breve caminata hacia el descanso. En una de las concepciones más difundidas, el tránsito se prolongaba durante cuatro años. A quienes permanecían vivos les correspondía acompañar mediante actos funerarios un proceso cuya duración desbordaba el instante del entierro.
Detengámonos en esa distancia. Cuatro años durante los cuales una casa podía cambiar de habitantes, un niño aprender a hablar, una milpa nacer y secarse varias veces. La persona ausente seguía siendo concebida en tránsito mientras la comunidad envejecía bajo el sol. Había en ello una manera de dar tiempo a la separación, de reconocer que la muerte de alguien no concluía para todos en una misma jornada. Los vivos también atravesaban un territorio difícil. Debían levantarse, buscar alimento, sostener a los pequeños y acostumbrarse a una distribución distinta del mundo. Del otro lado del relato, entre las pruebas del camino, avanzaba quien les faltaba.
LOS MUERTOS TENÍAN UN LUGAR ENTRE LAS COSECHAS
Aquellas sociedades no relegaban todas sus relaciones con los difuntos al momento de la sepultura. El calendario ritual reservaba ceremonias y periodos ligados a la muerte, a determinadas categorías de fallecidos y a las fuerzas que gobernaban la existencia. Entre los mexicas estuvieron las veintenas conocidas como Miccailhuitontli y Huey Miccailhuitl, cuyos nombres remiten a una fiesta pequeña y una fiesta grande de los muertos. Eran periodos de veinte días, dentro de una organización del tiempo diferente de nuestros meses. Sus sentidos religiosos se entrelazaban con deidades, ceremonias públicas y ciclos colectivos que no caben enteros en las explicaciones actuales.
Por eso debemos acercarnos a ellas sin colocarles encima el altar que hoy conocemos. Todavía faltaban la conquista, la evangelización, las transformaciones coloniales y siglos de vida comunitaria. Aquellos ritos pertenecían a su propio mundo. Su relación con las celebraciones posteriores exige reconocer persistencias y rupturas, semejanzas y cambios. La profundidad de una tradición también está en cuanto ha debido atravesar para llegar hasta nosotros. En ese pasado remoto encontramos raíces de la relación con los antepasados, pero las ramas crecieron en tiempos distintos y bajo cielos que también cambiaron.
El ciclo agrícola daba a muchas ceremonias su respiración. Las lluvias podían salvar o arruinar el alimento; una cosecha comprometía la supervivencia de familias enteras. En distintas tradiciones indígenas, los antepasados y las potencias del mundo mantenían relaciones con la fertilidad y el sustento. Los muertos pertenecían a un orden que seguía concerniendo a los vivos. Había deberes hacia ellos, vínculos que conservar, gestos que repetir. Una comunidad se reconocía también en quienes la habían precedido: los que habían trabajado aquella tierra, aprendido sus estaciones y entregado a otros los conocimientos necesarios para permanecer.
Y, sin embargo, detrás de los grandes relatos debió existir siempre la pequeñez insoportable de cada pérdida. La vasija que una mano ya no levantaba. El lugar donde un cuerpo acostumbraba descansar después del trabajo. La criatura que buscaba alimento en el pecho de una mujer muerta. No conocemos las palabras de todas aquellas despedidas. Podemos reconocer su herida sin inventarles testimonios. Antes de las catedrales y de los cementerios actuales, hubo seres humanos obligados a seguir viviendo después de haber visto inmóvil a quien amaban. Sus concepciones del universo nacieron y perduraron también junto a esa experiencia.
Sobre aquellas tierras aún no se levantaban las cruces que traerían los conquistadores. Los muertos emprendían otros caminos y escuchaban otros nombres en las plegarias. En la orilla de la vida quedaban sus familias, tratando de cumplir bien la despedida, procurando que llevaran cuanto necesitaban para el viaje. Hay una ternura dolorosa en ese cuidado: preparar para alguien lo indispensable cuando ya no podrá pedirlo. Confiarlo a un compañero. Imaginar que alcanzará la otra ribera. Y regresar después al lugar donde se dormía juntos, tenderse sobre el petate y descubrir que la noche también había dejado un sitio vacío entre los vivos.
LAS CAMPANAS SOBRE LOS ANTIGUOS DIOSES
LES CAMBIARON EL NOMBRE A LOS CIELOS
La conquista llegó también hasta el lugar donde descansaban los muertos. Entró por los caminos de la guerra, por las ciudades vencidas, por los templos destruidos; después se sentó junto a quienes todavía buscaban una explicación para tanta pérdida. Había que aprender otros nombres para lo sagrado, inclinarse ante otras imágenes, escuchar que las potencias a las que los abuelos habían confiado sus vidas pertenecían al error. Para una comunidad derrotada, aquello significaba mucho más que cambiar una ceremonia. Se estaba poniendo en duda la casa invisible donde había dejado a sus antepasados. Si los antiguos dioses ya no podían ampararlos, ¿en qué oscuridad habían quedado sus padres?
No conocemos todas las palabras con que aquella incertidumbre atravesó los hogares. La documentación conserva sobre todo las voces de quienes escribieron, predicaron, juzgaron o describieron lo que veían. Debajo de esas páginas hubo una experiencia que apenas podemos alcanzar: personas obligadas a reconstruir el sentido de la existencia mientras el mundo conocido se deshacía. La pérdida podía comenzar en un campo de batalla y continuar dentro del pensamiento. Alguien sobrevivía, regresaba a su comunidad, buscaba el lugar de sus mayores y encontraba que también sobre esa memoria había descendido una autoridad nueva. Hasta el consuelo estaba cambiando de dueño.
La evangelización cristiana introdujo otras explicaciones del destino después de la muerte. Los misioneros hablaron de salvación, pecado, juicio, cielo e infierno; enseñaron la doctrina del purgatorio y la posibilidad de auxiliar mediante oraciones y misas a las almas que allí se purificaban. Dentro de ese horizonte religioso, las acciones de los vivos podían aliviar la condición de los difuntos. Una plegaria atravesaba la separación. Había sufragios, responsos, obligaciones piadosas. El dolor encontraba un lenguaje distinto y, con él, una nueva tarea: pedir por quien ya no podía pedir desde este mundo.
Podemos imaginar el peso de ese aprendizaje sin atribuir a todos los pueblos una misma respuesta. Hubo rechazo, temor, curiosidad, adhesiones sinceras y conversiones atravesadas por la necesidad de sobrevivir. La fe no entró de idéntica manera en cada conciencia. Para algunos, las nuevas enseñanzas ofrecieron una esperanza que terminaron haciendo propia; para otros, fueron inseparables de la violencia del orden colonial. Entre ambos extremos transcurrieron innumerables vidas. Las personas escucharon, interpretaron y buscaron semejanzas desde lo que ya conocían. Había palabras que se aprendían de memoria y otras que tardaban generaciones en encontrar sitio dentro del corazón.
Sobre aquella transformación comenzaron a sonar las campanas. Su tañido organizaba jornadas, llamaba al culto, anunciaba despedidas. Desde una torre, el sonido llegaba a las viviendas y atravesaba los campos; bastaban ciertos golpes para que una comunidad supiera que alguien había muerto. La voz del metal fue entrando en la experiencia del duelo hasta volverse parte de ella. Con el tiempo, habría quienes no pudieran recordar el entierro de su madre sin escuchar otra vez ese doblar sobre los techos. Lo que había llegado con una religión nueva acabaría formando parte de las memorias más íntimas de sus descendientes.
BAJO LA CRUZ SOBREVIVIERON LAS RAÍCES
La transformación religiosa ocurrió entre relaciones profundamente desiguales. Hubo campañas contra lo que las autoridades eclesiásticas consideraban idolatría, destrucción de objetos sagrados, vigilancia y castigos. El poder colonial pretendía regular las creencias y las prácticas de las poblaciones sometidas. Los ritos funerarios y el trato con los antepasados también quedaron bajo esa mirada. Una costumbre transmitida por generaciones podía convertirse en motivo de sospecha. Lo que para unos era un deber hacia sus muertos, para otros podía representar una conducta que debía corregirse. El duelo tuvo que aprender a moverse dentro de fronteras impuestas.
Pero una comunidad lleva su memoria en más lugares de los que puede revisar una autoridad. La conserva en la lengua con que nombra a sus parientes, en la distribución de sus obligaciones, en aquello que considera digno de respeto. La lleva en unas manos que han aprendido a preparar alimentos y en la certeza de que hay fechas que deben atenderse. Las transformaciones religiosas alcanzaron esas prácticas, aunque jamás pudieron reducirse a una orden cumplida de una vez y para siempre. Lo que ocurría frente al altar de una iglesia se prolongaba después en las casas, donde cada enseñanza entraba en relación con una vida anterior.
En ocasiones persistieron prácticas discretas o perseguidas; en otras, las comunidades incorporaron abiertamente elementos cristianos y les dieron sentidos propios. Hubo vínculos antiguos que se modificaron, costumbres que desaparecieron y formas nuevas de expresar la pertenencia. Los pueblos indígenas participaron activamente en esa construcción, dentro de los límites duros del régimen colonial. Interpretaron imágenes, adoptaron devociones y organizaron celebraciones. Su cristianización tuvo historia, decisiones y diferencias. Los descendientes de quienes habían enfrentado a los primeros evangelizadores pudieron profesar una fe católica profunda, vivida desde sus lenguas y sus relaciones comunitarias.
Por eso resulta insuficiente imaginar un instante en que dos religiones se mezclaron y dejaron terminado el Día de Muertos. La vida siguió trabajando sobre aquel encuentro durante siglos. Entre una generación y otra cambiaron los objetos, los rezos, las autoridades y las maneras de despedirse. La continuidad no siempre conserva intactas las formas. A veces sobrevive una obligación afectiva dentro de una ceremonia transformada: acudir, preparar, compartir, recordar a los mayores. Los nietos pueden pronunciar oraciones diferentes de las de sus abuelos y sentir, sin embargo, que al cumplirlas están respondiendo a algo recibido de ellos.
Hubo también un aprendizaje del dolor en los dos sentidos. Las comunidades conocieron nuevas imágenes del sufrimiento sagrado: un hijo muerto en brazos de su madre, un cuerpo herido, una sepultura visitada por quienes lo amaban. El cristianismo ofrecía figuras de una intensidad humana capaz de arraigar profundamente. Una madre podía mirar a la Virgen dolorosa y reconocer la postura de su propio desamparo. Esa identificación no borraba la conquista ni resolvía sus violencias. Ayuda a comprender cómo una devoción podía pasar de la enseñanza impuesta a la experiencia íntima, hasta convertirse en el lugar donde alguien encontraba fuerzas para llorar.
NOVIEMBRE APRENDIÓ A HABLAR MUCHAS LENGUAS
Los europeos trajeron un calendario que ya guardaba sus propias conmemoraciones de los muertos. La celebración de Todos los Santos, el primero de noviembre, y la de los Fieles Difuntos, el día dos, tenían una historia anterior a su llegada a América. Con ellas desembarcaron prácticas, creencias y objetos ligados al recuerdo y al auxilio de las almas. Aquellas fechas entraron en territorios donde las relaciones con los antepasados también poseían hondura religiosa. El encuentro fue prolongado y diverso. Noviembre comenzó a reunir memorias que procedían de mundos diferentes y que serían transformadas por la experiencia colonial.
Las velas de cera, las imágenes cristianas, las misas por los difuntos y distintas costumbres alimentarias europeas fueron encontrando sitio en la vida novohispana. El trigo abrió otras posibilidades para el pan; los saberes de los habitantes de estas tierras participaron en una cultura culinaria que seguiría cambiando. No apareció de inmediato, completo y reconocible, el pan de muerto que hoy compramos. Hubo formas regionales, oficios, ingredientes disponibles y transformaciones posteriores. Detrás de cada alimento ceremonial terminaron reuniéndose muchas manos: las que cultivaron, molieron, amasaron y enseñaron a otras a repetir el trabajo.
También la luz adquirió una presencia que atravesaría los siglos. Encender una vela podía ser una acción de fe, una petición, una señal de acompañamiento. Había que procurarla, colocarla, cuidar su llama. Para quienes permanecían junto a sus difuntos, ese pequeño trabajo ocupaba las manos cuando ya no podían hacer nada por el cuerpo amado. La cera se consumía lentamente mientras avanzaba la oración. En una estancia oscura, bastaba una corriente de aire para obligar a alguien a acercarse y proteger el fuego con la palma. Todavía hoy ese movimiento parece contener una súplica que el cuerpo comprende antes de pronunciarla.
Cada región fue dando un rostro distinto a sus conmemoraciones. Las lenguas indígenas permanecieron en las plegarias y en las conversaciones; las relaciones familiares y comunitarias organizaron los preparativos; las cosechas y los recursos locales influyeron en lo que podía compartirse. La historia no desembocó en una celebración uniforme. Fue abriendo caminos que continúan siendo diversos. Para comprenderlos habrá que escuchar a cada pueblo, acercarse a sus prácticas y reconocer que sus habitantes conocen diferencias donde la mirada apresurada sólo encuentra una misma fiesta. La memoria se parece a la tierra: cambia con el lugar y con quienes la trabajan.
Pasaron generaciones hasta que aquellas fechas quedaron hondamente enlazadas con la vida de muchas comunidades. Quienes nacieron después recibieron una tradición ya transformada y volvieron a modificarla al hacerla suya. Aprendieron de alguien cuándo preparar, a quién recordar, cómo rezar. Y en medio de los grandes cambios persistió una escena humilde: una persona enseñando a otra el nombre de un muerto. Pronunciarlo era darle un lugar entre quienes todavía estaban allí. Así fue atravesando los siglos la memoria, sostenida por voces que un día también necesitarían ser recordadas.
Las campanas seguían sonando sobre pueblos que habían perdido demasiado. Bajo su tañido convivían heridas antiguas y esperanzas nuevas, obediencias, resistencias y creencias que ya formaban parte de la intimidad. El territorio había cambiado de orden religioso y de poder; las familias seguían enfrentándose a la ausencia con cuanto tenían a su alcance. Alguien aprendía una oración y la decía por su madre. Quizá tropezaba con las palabras, quizá necesitaba que se las repitieran. El nombre de ella le salía entero, con la facilidad dolorosa de quien lo había pronunciado desde niño. Y al llegar a ese nombre, la voz se le quebraba.
LAS CAMPANAS NO ALCANZABAN PARA TANTOS MUERTOS
EL DÍA EN QUE FALTARON MANOS PARA ENTERRAR
Hubo casas donde la enfermedad entró antes de que hubiera terminado el duelo. Todavía estaban recogiendo las cosas de un muerto cuando alguien más comenzó a arder de fiebre. El agua pasaba de unos labios a otros, las personas sanas se repartían entre los enfermos y la noche se volvía una vigilancia interminable: escuchar una respiración, acercar una vasija, tocar una frente, esperar. Afuera seguía existiendo el amanecer, pero dentro de aquellas habitaciones la claridad encontraba siempre la misma pregunta. Había que mirar el pecho de quien yacía sobre el lecho y comprobar si todavía se levantaba. A veces, durante unos segundos, nadie se atrevía a tocarlo.
Las epidemias fueron una de las grandes fuerzas devastadoras de la sociedad novohispana. Desde la viruela que alcanzó estas tierras durante la conquista, distintas enfermedades recorrieron poblaciones profundamente alteradas por la guerra, el sometimiento y la reorganización de la vida. A lo largo del periodo colonial hubo nuevos brotes de viruela, sarampión, tifo y otros padecimientos. Las grandes mortandades del siglo XVI conocidas como cocoliztli dejaron testimonios estremecedores; sus causas precisas siguen siendo materia de investigación. Bajo aquellas denominaciones quedaron personas con un oficio, una familia y una voz que alguien habría reconocido entre muchas otras.
La catástrofe demográfica indígena tuvo causas entrelazadas. Las enfermedades actuaron sobre comunidades afectadas también por el hambre, el desplazamiento, las exigencias del trabajo y la ruptura de sus formas de organización. Un cuerpo debilitado encontraba menos recursos para resistir; una familia que perdía a quienes cultivaban podía quedar expuesta a nuevas privaciones. La enfermedad deshacía el tejido que ayudaba a enfrentarla. Faltaba quien trajera agua, quien consiguiera alimento, quien atendiera a los pequeños. Después de la fiebre venía el agotamiento de los sobrevivientes, obligados a realizar entre pocos el trabajo que antes sostenían muchas manos.
En los momentos más graves, la cantidad de fallecidos rebasaba la capacidad ordinaria de atenderlos y enterrarlos. Las despedidas podían abreviarse, los servicios funerarios se volvían insuficientes y la urgencia imponía sus decisiones sobre las familias. Había cuerpos que debían recibir sepultura mientras otros enfermos reclamaban cuidados. El dolor quedaba interrumpido por una necesidad inmediata. Una persona podía alejarse del entierro de su padre porque en casa la esperaba una criatura con calentura. Apenas había terminado de arrojar tierra y ya tenía que buscar agua, procurar alimento, sostener otra cabeza entre los brazos.
Los documentos registraron brotes, disposiciones, entierros y mortandades. Aun cuando permiten reconocer la magnitud del desastre, dejan fuera una parte inmensa de lo ocurrido. No alcanzan a devolvernos todas las conversaciones interrumpidas ni el modo en que una familia descubrió que ya no quedaba nadie de sus mayores. Detrás de un número hubo conocimientos que dejaron de transmitirse, palabras que ningún niño volvió a escuchar, parcelas que esperaron a quienes no regresarían. La muerte podía llevarse a una persona; cuando llegaba en oleadas, se llevaba también una parte de la memoria con que una comunidad sabía vivir.
DORMIR BAJO EL PISO DE UNA IGLESIA
Durante buena parte del virreinato, los muertos permanecieron físicamente cerca de los lugares donde se reunían los vivos. Se enterraba en el interior de las iglesias, en sus atrios y en otros espacios religiosos destinados a recibir sepulturas. La ubicación dependía de circunstancias locales, recursos, derechos y jerarquías. Bajo las losas de un templo podían descansar cuerpos mientras arriba continuaban las misas, las bodas, los bautizos. El mismo edificio recibía el llanto de una despedida y el agua sobre la frente de un recién nacido. Las generaciones se sucedían alrededor de una tierra consagrada que guardaba a sus predecesores.
Ser enterrado cerca de un altar o en determinado sitio podía expresar privilegio, prestigio y capacidad económica. Los derechos funerarios, las ceremonias y los sufragios también estaban atravesados por diferencias sociales. Hubo quienes pudieron disponer de una despedida costosa y dejar encargadas numerosas misas; otros dependieron de recursos modestos o de la asistencia de sus comunidades y corporaciones religiosas. La desigualdad alcanzaba el último traslado del cuerpo. Había familias obligadas a resolver cómo pagar el entierro en el mismo momento en que trataban de comprender la pérdida.
El sonido de las campanas, la presencia del sacerdote, las luces y el acompañamiento daban forma pública a la despedida. Aquellos elementos hacían reconocible el paso de una persona hacia la sepultura y situaban su muerte dentro del orden religioso de la comunidad. Para las familias, cumplir con lo que consideraban debido podía convertirse en una preocupación apremiante. Había que procurar los auxilios espirituales, atender el cuerpo y disponer el entierro. El dolor convivía con decisiones materiales. Alguien debía preguntar cuánto costaba, buscar ayuda o entregar lo poco que había logrado reunir.
La doctrina del purgatorio daba especial importancia a las oraciones y misas ofrecidas por los difuntos. Los vivos podían pedir por sus almas, y esa posibilidad prolongaba sus obligaciones más allá de la inhumación. Recordar adquiría una práctica concreta: acudir, rezar, encargar un sufragio cuando era posible. Para quien había perdido a alguien, quedaba una acción por realizar. Después de haber visto cerrarse la sepultura, todavía podía pronunciar su nombre dentro de una plegaria. La fe ofrecía esa forma de auxilio allí donde las manos ya no alcanzaban.
Con el tiempo, la concentración de entierros en los espacios religiosos provocó problemas y preocupaciones sanitarias. Durante las últimas décadas del periodo colonial se promovieron disposiciones para establecer cementerios fuera de las poblaciones, aunque su cumplimiento fue desigual y la transformación se prolongó durante el siglo XIX. Separar a los muertos de las iglesias exigía modificar hábitos hondamente arraigados. Para muchas personas, aquella cercanía había sido parte de la manera de entender la protección religiosa y la pertenencia. Cambiar el lugar del entierro alteraba también el camino que una familia recorría para acercarse a sus difuntos.
LOS VIVOS APRENDIERON A CUIDARSE ENTRE EL DUELO
Después del entierro quedaban necesidades que ninguna ceremonia podía resolver por sí sola. Los niños tenían hambre. Había ropa que lavar, deudas pendientes, enfermos que seguían necesitando cuidados. Una muerte podía retirar del hogar a quien procuraba el sustento o a quien realizaba tareas indispensables. La ausencia se volvía trabajo acumulado, incertidumbre y cansancio. Quien acababa de perder a su compañero podía descubrir, antes de haber dormido una noche entera, que debía aprender a sostener también la parte de la vida que él atendía.
Las comunidades contaban con formas de ayuda diversas y desiguales. Algunas cofradías incluían entre sus obligaciones la asistencia a sus miembros, la participación en entierros y las oraciones por los fallecidos. Hospitales, instituciones religiosas y otras organizaciones procuraron atención dentro de las posibilidades y limitaciones de cada lugar. Esas redes no alcanzaban para todos ni eliminaban las jerarquías coloniales. Podían, sin embargo, ofrecer recursos decisivos a personas expuestas a la enfermedad y la pobreza. Tener quién acompañara el cuerpo o ayudara a cumplir las obligaciones funerarias podía aliviar una parte del desamparo.
Junto a las instituciones existía la ayuda cotidiana, esa que rara vez dejaba constancia escrita. Alguien se hacía cargo de una tarea, compartía alimento, atendía a un pequeño o permanecía unas horas junto al enfermo para que otra persona pudiera descansar. Durante una epidemia, acercarse implicaba también exponerse y vencer el miedo. No debemos imaginar comunidades libres de abandono o de conflicto. Hubo solidaridad dentro de un mundo donde también existían la impotencia y la soledad. Precisamente por eso, cada auxilio tenía un peso concreto: permitía atravesar una jornada que, sin otra mano, habría resultado insoportable.
La memoria de los muertos se fue sosteniendo dentro de esa vida compartida. Las conmemoraciones religiosas ofrecían ocasiones para volver a nombrarlos y reunir a quienes conservaban un vínculo con ellos. Las prácticas variaron entre regiones y cambiaron con el tiempo; no podemos colocar en todas las casas coloniales la ofrenda contemporánea. Sí podemos reconocer la importancia de un calendario que reservaba días para los difuntos y de una sociedad donde su recuerdo comprometía a familias, comunidades y corporaciones. Había fechas que devolvían al presente nombres ausentes de las conversaciones diarias.
Ninguna conmemoración reparaba por completo las pérdidas. Había huérfanos para quienes el nombre de su madre era una palabra recibida de otras personas; viudas y viudos que debían reorganizar su existencia; comunidades donde faltaban quienes habían conocido los límites de una parcela o la historia de una familia. Recordar requería entonces un esfuerzo colectivo. Una persona conservaba un parentesco, otra podía explicar de dónde había venido alguien, otra había escuchado una historia que convenía transmitir. Cada sobreviviente guardaba algo que, si callaba para siempre, podía desaparecer con él.
De aquellos siglos quedaron registros, imágenes y testimonios de una sociedad que aprendió a despedir bajo condiciones muchas veces atroces. También quedó la persistencia de sus habitantes: volvieron a sembrar, cuidaron a los pequeños, reconstruyeron vínculos. Hubo fuerza en esa continuidad, aunque el esfuerzo no borrara lo perdido. La vida podía reanudarse alrededor de una herida que seguía allí. Una familia lograba comer de nuevo y, al repartir, alguien recordaba durante un instante las porciones de antes. Las manos tardaban un poco más que el pensamiento en aceptar cuántos quedaban.
Quizá la forma más honda de acompañar a los muertos estuviera también en el cuidado de quienes habían dejado. Procurar alimento para sus hijos, enseñarles un oficio, contarles de dónde venían. Conservar el nombre de una mujer para una criatura que no alcanzaría a recordar su rostro. Decirle cómo se reía, qué sabía hacer, cómo lo cargaba. Así, mientras las campanas anunciaban otras despedidas y la tierra recibía nuevos cuerpos, alguien podía sentarse junto a un niño y devolverle, palabra por palabra, una parte de su madre.
LA MUERTE SALIÓ A BURLARSE DEL PODER
EN LOS HUESOS NO CABÍAN LAS MEDALLAS
Hasta entonces, en nuestro recorrido, la muerte había hecho arrodillarse a las familias. Había entrado con la fiebre, cerrado puertas, dejado criaturas esperando junto a una cama. Pero en las calles del México del siglo XIX comenzó a multiplicarse otra de sus caras: una muerte que sabía enseñar los dientes. Salía en hojas impresas, circulaba entre noticias, canciones y relatos de sucesos extraordinarios; se metía en el bullicio de los mercados y encontraba lectores dispuestos a compartirla en voz alta. Allí estaban los huesos haciendo lo que hacían los vivos: vender, beber, bailar, presumir. Aquel esqueleto conservaba los ademanes de la persona y, al repetirlos, volvía ridícula su solemnidad.
La calavera tenía una ventaja feroz: podía quitarle a cualquiera el rostro con que exigía respeto. Bastaba conservar el sombrero, el uniforme, una postura reconocible. El personaje seguía allí, pero había perdido la carne donde descansaba buena parte de su autoridad. Sobre unas costillas, el traje parecía una pretensión fatigosa; junto a una mandíbula descarnada, el gesto de superioridad adquiría algo de mueca. La imagen llevaba hasta la calle una evidencia que el privilegio procuraba mantener lejos: también dentro del poderoso trabajaba un cuerpo destinado a deshacerse.
Aquellas representaciones pertenecían a una cultura gráfica amplia, alimentada por tradiciones anteriores, por el comercio de impresos y por el gusto popular. Las calaveras podían ser festivas, moralizantes, críticas o simplemente divertidas. Sería injusto reducirlas a un solo programa político. Su fuerza estaba también en que admitían muchos blancos: la vanidad, la borrachera, los oficios, las modas, las aspiraciones sociales. Había esqueletos del pueblo y esqueletos encumbrados. La risa recorría la sociedad entera, aunque adquiría una temperatura particular cuando se detenía ante quienes estaban acostumbrados a mirar desde arriba.
Durante el Porfiriato, la distancia entre la exhibición del progreso y la precariedad de amplios sectores de la población ofrecía una materia abrasiva para la sátira. Había ceremonias, fachadas, novedades y formas de distinción que podían observarse desde una vida de trabajo agotador. La hoja popular entraba en ese mundo por un precio accesible y encontraba, además de compradores, oyentes. Alguien leía y otros escuchaban. Una ocurrencia cruzaba de la página a la conversación; un personaje que en la fotografía oficial imponía seriedad podía terminar provocando carcajadas entre desconocidos.
Esa risa no suprimía la desigualdad. Al cerrar el impreso, cada persona regresaba a sus obligaciones, a sus temores, al lugar que ocupaba. Sin embargo, durante un instante había ocurrido una pequeña insubordinación de la mirada: el personaje venerable había podido ser examinado sin reverencia. Su importancia tenía costuras. Su cuerpo tenía término. En la imaginación de quienes reían quedaba una imagen difícil de retirar: debajo de todas aquellas insignias, la misma caja de huesos que sostenía al hombre que barría la calle.
UN SOMBRERO PARA DISIMULAR EL HAMBRE
José Guadalupe Posada conoció el pulso de los impresos populares. Su trabajo recorrió un universo de noticias, crímenes, acontecimientos, devociones y personajes; sería empobrecerlo dejarlo encerrado en una sola calavera. Sus imágenes participaron de una manera de contar que debía atraer la mirada y hacerse comprensible entre el movimiento de la vida cotidiana. Había que detener unos ojos que pasaban. Una composición, una expresión exagerada, una escena terrible o cómica podían lograrlo. Después, el dibujo seguía viviendo entre las manos de quienes compraban la hoja y de quienes se acercaban a verla.
De ese mundo salió la figura que acabaría alcanzando una celebridad inmensa: la Calavera Garbancera. Allí estaba el sombrero aparatoso, con su despliegue de elegancia, sobre una cabeza que ya no tenía piel. La desnudez del hueso volvía desmesurado el adorno. Había algo lastimoso y mordaz en aquella voluntad de presentarse con tanta distinción cuando el cuerpo había quedado reducido a lo esencial. La ostentación persistía aun después de haber perdido a su dueña. El sombrero parecía empeñado en sostener por sí solo una posición social.
La crítica asociada a la Garbancera apuntaba a las pretensiones de refinamiento y al desprecio por el propio origen, dentro de una sociedad donde lo europeo podía funcionar como medida de prestigio. Su alcance permite mirar una herida más profunda: aprender a sentir vergüenza de aquello que nos hizo. La lengua escuchada en casa, los alimentos cotidianos, la ropa de los mayores, las maneras de un pueblo podían convertirse en marcas que alguien trataba de ocultar para ser admitido en otro mundo. El deseo de ascender llevaba, a veces, una exigencia cruel: entrar dejando afuera una parte de la propia vida.
La imagen no necesitaba explicar toda esa violencia. Le bastaba el contraste. El sombrero prometía una grandeza que la calavera dejaba en suspenso. Allí podía reconocerse la distancia entre parecer y tener, entre la dignidad de una persona y los signos con que intentaba comprar reconocimiento. La sátira mordía donde más dolía porque se acercaba a una inseguridad social compartida: el miedo a ser descubierto como alguien que no pertenecía al sitio que pretendía ocupar. Bajo el adorno, los huesos no colaboraban con el engaño.
Todavía no era la figura de cuerpo entero que después recorrería el imaginario nacional. En este momento de nuestra historia debemos dejarla junto a su sombrero, dentro del mundo de las hojas populares, antes de que otras manos transformen su presencia. Su porvenir llegará en el siguiente tramo. Por ahora, la Garbancera nos mira desde una contradicción abierta: una sociedad puede obligar a sus habitantes a despreciar su origen y luego burlarse de ellos por intentar esconderlo. En esa sonrisa descarnada también cabe la crueldad de un país que reparte el reconocimiento con tanta desigualdad como el alimento.
VERSOS PARA ENTERRAR A LOS QUE SEGUÍAN MANDANDO
La muerte encontró además una lengua hecha de rimas. Las calaveritas literarias fueron creciendo dentro de una tradición satírica que tenía antecedentes y que alcanzó una presencia importante en los impresos del siglo XIX y comienzos del XX. Su procedimiento guardaba una libertad deliciosa: tratar como difunto a quien seguía vivo. Bastaba abrirle una tumba imaginaria para que sus costumbres, ambiciones y defectos entraran en el poema. El personaje podía estar a punto de pronunciar un discurso y descubrir, unos versos después, que ya había llegado tarde a su propio entierro.
Allí la muerte se comportaba con una familiaridad insolente. Visitaba oficinas, interrumpía negocios, se llevaba a un borracho, discutía con un comerciante o encontraba resistencia en alguien empeñado en conservar su cargo. El humor nacía de hacer continuar las manías más allá del último aliento. La codicia podía bajar al sepulcro con las cuentas pendientes; la vanidad exigía reconocimiento entre las lápidas; el hombre autoritario intentaba dar órdenes donde ya nadie estaba obligado a obedecerlo. La tumba se volvía escenario y cada defecto encontraba espacio suficiente para exhibirse.
Había calaveritas dirigidas a figuras públicas y otras destinadas a personas cercanas. La amistad, el oficio compartido y la convivencia aportaban detalles que volvían reconocible al destinatario. Una costumbre pequeña podía sostener toda la broma. El lector sabía de quién se hablaba porque conocía aquella tardanza, aquel gesto, aquella manera de presumir. La sátira entraba por la precisión. Para que el golpe funcionara, debía tocar algo verdadero; de otro modo, la rima se quedaba haciendo ruido sobre una persona que nadie reconocía.
Cuando el blanco era un poderoso, el epitafio imaginario adquiría otro filo. La página permitía disponer de su destino durante unos momentos: retirarle el cargo, privarlo del séquito, dejarlo intentando negociar con la huesuda. Era una licencia precaria, escrita dentro de sociedades donde la crítica podía encontrar límites y represalias. No todos los impresos atacaban al mismo adversario ni hablaban desde la misma posición. Pero la forma literaria ofrecía una posibilidad extraordinaria: convertir en personaje manejable a quien, fuera del papel, podía resultar inaccesible o temible.
La carcajada tenía algo corporal y urgente. Salía de bocas que conocían el cansancio, hacía inclinarse a alguien sobre la página, obligaba a repetir el verso para quien no había escuchado bien. Durante ese momento, la muerte dejaba de pertenecer exclusivamente al espanto y al recogimiento. Podía acompañar una conversación ruidosa, una burla compartida, la satisfacción de encontrar una frase que dijera lo que muchos pensaban. Los mismos seres humanos capaces de llorar ante una sepultura podían reír frente a una calavera impresa. Su dolor no los había privado de esa otra manera de mirar.
Así llegó la muerte hasta el escritorio del personaje importante y se sentó sobre sus papeles. Le torció el título, le aflojó la solemnidad, lo hizo tropezar entre dos rimas. Afuera seguían las jerarquías, los abusos y el trabajo de cada día. Dentro de aquella hoja, el señor tenía que presentarse al juicio de quienes lo leían. Alguien sostuvo el impreso, buscó el remate y lo pronunció despacio para que todos alcanzaran a entenderlo. Después vino la risa. Por un instante, el hombre acostumbrado a hacer callar había perdido el control de lo que sonaba alrededor de su nombre.
LA CALAVERA QUE APRENDIÓ A REPRESENTAR UN PAÍS
UN PAÍS BUSCABA SU ROSTRO ENTRE LOS ESCOMBROS
Después de la Revolución quedaron fotografías donde los hombres todavía parecían estar esperando la siguiente orden. Algunos miraban a la cámara con el fusil entre las manos; otros habían acomodado el sombrero para dejar constancia de una seriedad que el tiempo no conseguiría deshacer. En muchas casas, aquellas imágenes sobrevivieron a sus protagonistas. Los hijos aprendieron a reconocer a un padre por el bigote, por una canana, por el sitio que ocupaba entre desconocidos. La historia nacional hablaba de batallas y gobiernos; la memoria doméstica conservaba preguntas más difíciles: dónde había caído, quién lo había visto por última vez, por qué nunca regresó.
La guerra y los conflictos que la acompañaron dejaron un país atravesado por pérdidas, desplazamientos y rupturas. La reconstrucción exigía mucho más que reparar edificios o restablecer autoridades. Había que imaginar una pertenencia capaz de reunir a poblaciones con experiencias profundamente distintas. ¿Qué podía decirse en nombre de México después de tantos enfrentamientos? ¿Qué imágenes podían ofrecer un reconocimiento compartido? En las décadas posteriores, la educación, las artes y las instituciones culturales participaron de esa búsqueda. Sobre los muros comenzaron a aparecer cuerpos que durante mucho tiempo habían ocupado lugares secundarios en las representaciones del poder.
Los campesinos, los trabajadores, las mujeres del pueblo y los mundos indígenas adquirieron una presencia decisiva dentro de distintos proyectos artísticos. El muralismo convirtió edificios públicos en superficies donde podía narrarse una historia visible para quienes no tenían acceso a los libros o a los salones privados. Aquellos muros discutían el pasado, elegían protagonistas, denunciaban injusticias y proponían destinos. La pintura tenía ambición pública. Un rostro de trabajador podía levantarse varios metros sobre el suelo y mirar desde allí a quienes antes habían pasado frente a las fachadas sin encontrar nada que les perteneciera.
La búsqueda de una identidad nacional también implicaba elecciones y simplificaciones. Ninguna imagen podía contener la diversidad de pueblos, lenguas y memorias del territorio. Lo que para una institución representaba a México podía resultar distante de la experiencia de una comunidad. Además, la exaltación artística de lo indígena coexistía con desigualdades que seguían pesando sobre personas concretas. Un país podía celebrar un pasado glorioso y tratar con desprecio a sus descendientes. Esa contradicción atravesó la construcción de los símbolos: se reconocían raíces en los discursos mientras muchas vidas continuaban esperando justicia sobre la tierra.
Dentro de aquel esfuerzo por construir una imagen de lo mexicano, las expresiones populares adquirieron nuevos significados. Fueron estudiadas, reunidas, reproducidas y llevadas a otros espacios. La obra de Posada encontró lectores y artistas que reconocieron en ella una fuerza extraordinaria. Sus imágenes salieron del ámbito inmediato de los impresos donde habían circulado y entraron en una conversación más amplia sobre el arte y el país. La pequeña calavera del sombrero comenzaba a recorrer una distancia que su autor no alcanzaría a contemplar. Otras manos iban a darle cuerpo, compañía y un lugar entre los fantasmas de la historia.
DIEGO LA VISTIÓ PARA CAMINAR POR LA HISTORIA
En 1947, Diego Rivera pintó Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. El título promete un paseo, pero dentro del mural se congrega un país entero con sus heridas abiertas. Personajes de épocas distintas comparten el espacio, como sucede en los sueños, donde los muertos pueden encontrarse sin explicar de qué siglo vienen. La Alameda funciona como escenario de una memoria que reúne jerarquías, violencias, afectos y contradicciones. Allí la historia no avanza ordenadamente hacia una conclusión: se agolpa. Los rostros comparecen unos junto a otros y obligan al espectador a recorrer sus cercanías.
En el centro de esa multitud aparece la calavera elegante. Rivera retomó la figura de Posada y le dio un cuerpo entero, un vestido, una presencia capaz de sostenerse entre los demás personajes. El sombrero conservó su despliegue, pero debajo de él había ahora una silueta completa. Una estola de plumas y forma serpentiforme evocaba a la serpiente emplumada. La imagen reunía así referencias de procedencias distintas dentro de una composición nueva. La muerte había recibido un atuendo para entrar en la historia pintada, y el pintor le concedía un sitio donde resultaba imposible ignorarla.
A su lado estaba Posada. También aparecía Rivera representado como niño, tomado de la mano de la calavera, con Frida Kahlo detrás de él. Esa cercanía introduce una intimidad desconcertante en medio de la multitud histórica. El artista adulto se pinta pequeño y pone su mano dentro de una mano de huesos. Podemos mirar en ese gesto una confianza infantil, una familiaridad trabajada por la imaginación. El mural no nos entrega una explicación única de ese contacto. Nos deja frente a él: un niño acompañado por la muerte durante un paseo donde se han reunido tantas vidas terminadas.
La figura que hoy reconocemos como la Catrina alcanzó en esa representación una forma decisiva. Su elegancia conservaba la capacidad satírica de la calavera y, al mismo tiempo, adquiría otras posibilidades. Podía parecer altiva, ceremonial, cercana o inquietante. No necesitaba hacer un movimiento amenazante. Bastaba con permanecer entre los demás, vestida como si tuviera derecho a participar en cualquier reunión. Los poderosos, los artistas, las familias y los personajes históricos compartían con ella un mismo espacio. En el centro de la pintura, su presencia recordaba el destino corporal que todos habían llevado consigo.
Rivera le dio además una compañía que impediría leerla como una figura aislada. Junto a Posada, conservaba el vínculo con la gráfica popular; junto al niño, entraba en una relación afectiva; dentro de la multitud, se volvía parte de una interpretación de México. La calavera podía cargar varios sentidos a la vez. Esa amplitud ayudaría a que después fuera apropiada de tantas maneras. Sobre el muro había quedado una imagen suficientemente precisa para reconocerse y suficientemente abierta para que otras personas encontraran en ella algo que el pintor no había previsto.
LA PATRIA TAMBIÉN SE DIBUJABA EN LOS CUADERNOS
La Catrina no salió del mural convertida de inmediato en el emblema que hoy conocemos. Los símbolos necesitan circular, repetirse y encontrar manos dispuestas a transformarlos. Durante décadas, las reproducciones, las exposiciones, las publicaciones, la enseñanza y distintas expresiones artísticas ampliaron su presencia. Una imagen podía pasar de un libro a un cuaderno, de una lámina a una figura artesanal. En cada traslado perdía algunos detalles y ganaba otros. Quien la copiaba tomaba decisiones: exagerar el sombrero, cambiar el vestido, añadir flores, modificar el gesto. El reconocimiento crecía entre esas variaciones.
Las escuelas participaron en la transmisión de imágenes y relatos sobre las tradiciones mexicanas. Para muchos niños, acercarse a ellas significó recortar papel, modelar una calavera, aprender un verso o preparar una actividad colectiva. El país adquiría una forma que podía trabajarse con las manos. Había pegamento en los dedos, colores sobre el pupitre, una figura que se rompía al intentar moverla. Esos ejercicios podían simplificar historias complejas, pero también abrían una primera curiosidad. A veces, lo aprendido en el aula encontraba después una explicación distinta en casa, cuando alguien contaba cómo se recordaba a los muertos en su pueblo.
La expansión de la Catrina convivió con tradiciones que tenían su propia profundidad y que no dependían de ella. En muchas comunidades, las relaciones con los difuntos seguían organizándose alrededor de prácticas, calendarios y obligaciones locales. La figura elegante se volvió especialmente visible en ambientes urbanos y, con el tiempo, en celebraciones públicas y circuitos comerciales. Su popularidad no explica por sí sola la diversidad del Día de Muertos. Una imagen nacional puede reunir miradas; cada casa, sin embargo, conserva maneras particulares de entender aquello que celebra.
También hubo una transformación corporal de la figura. La calavera pintada pasó a los rostros vivos; el vestido adquirió tela, peso, costuras. Alguien aprendió a dibujar dientes sobre su propia boca y a oscurecer los ojos frente a un espejo. Al terminar, seguía viendo sus facciones debajo de la pintura, pero aparecía otra presencia. La persona podía caminar, bailar, posar para una fotografía. La imagen se había desprendido de la superficie y respiraba dentro de un cuerpo que, por unas horas, aceptaba prestarle sus movimientos. Esa capacidad de ser encarnada ampliaría todavía más sus sentidos.
Hay una emoción particular en ese recorrido: una figura nacida dentro de la cultura impresa popular terminó ocupando espacios donde se representaba al país. Su camino atravesó la mirada de los artistas, las decisiones institucionales, el trabajo artesanal y la imaginación de innumerables personas. Nadie podía controlar por completo lo que otros harían con ella. La Catrina se fue convirtiendo en una pertenencia compartida precisamente porque dejó de estar contenida en una sola interpretación. Podía recibir una crítica, una celebración, un recuerdo familiar o el simple deseo de participar en la fiesta.
El país continuó cambiando mientras aquella silueta se hacía familiar. Llegaron otras pérdidas, otras generaciones, otras maneras de nombrar lo mexicano. En alguna escuela, un niño habrá intentado dibujarla y se habrá detenido frente a la dificultad de su mano descarnada. Quizá corrigió varias veces los dedos, acercó el cuaderno a una imagen del mural y descubrió que la calavera llevaba de la mano a otro niño. No necesitaba conocer todavía toda la historia para quedarse mirando ese contacto. Allí había algo extraño y cercano: en medio de tantas personas reunidas, el pequeño Diego tenía quién lo acompañara.
EL MUNDO QUISO ENTRAR EN NUESTRA NOCHE
LOS PUEBLOS SOSTUVIERON LO QUE EL MUNDO RECONOCIÓ
Antes de que llegaran las cámaras, alguien ya sabía a qué hora debía comenzar los preparativos. Había que conseguir lo necesario, apartar una parte del dinero, cumplir los compromisos con la familia y con la comunidad. Las personas mayores conocían las tareas y sus tiempos; los pequeños aprendían mirando, cargando, preguntando. La celebración tenía una vida anterior a la mirada del visitante. Ocurría dentro de un calendario compartido, en relación con el trabajo, las cosechas, las creencias y los vínculos entre generaciones. Quienes la sostenían estaban haciendo algo que les concernía profundamente. Entre sus obligaciones había nombres propios.
Aquel trabajo acumulado durante generaciones recibió una distinción internacional cuando la UNESCO proclamó en 2003 las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. En 2008 quedaron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. El reconocimiento se refería a las celebraciones practicadas por comunidades indígenas de México, con su riqueza ritual y sus vínculos colectivos. Detrás de esas palabras institucionales estaban las personas que habían conservado conocimientos, organizado ceremonias y enseñado a otras a participar. La distinción llegaba a una casa que llevaba mucho tiempo habitada.
Nombrar algo patrimonio implica reconocer que su pérdida empobrecería la experiencia humana. Pero una declaración no puede sustituir las condiciones necesarias para que una tradición continúe. Hace falta que permanezcan las personas capaces de transmitirla, que sus lenguas encuentren nuevos hablantes, que existan espacios y recursos para practicarla. Una ceremonia puede aparecer en publicaciones admirables mientras quienes la sostienen enfrentan dificultades cotidianas. El valor concedido desde lejos debe encontrar correspondencia en la vida de cerca. De lo contrario, se corre el riesgo de celebrar una imagen mientras se desgastan las manos que la hacen posible.
La visibilidad internacional abrió posibilidades y también nuevas tensiones. Los visitantes podían generar ingresos, interés y oportunidades para distintos oficios. Al mismo tiempo, su presencia podía alterar los tiempos, ocupar los espacios y convertir los preparativos en algo sujeto a expectativas externas. Las comunidades respondieron de maneras diversas: organizaron, negociaron, pusieron límites, incorporaron actividades. Sus habitantes siguieron tomando decisiones dentro de circunstancias cambiantes. Una tradición viva tiene esa complejidad: necesita continuar perteneciendo a quienes la practican, incluso cuando otros desean acercarse a ella.
Lo más difícil de trasladar al lenguaje del reconocimiento era quizá lo más pequeño. El motivo por el que una familia insistía en conservar cierta costumbre. La responsabilidad que alguien había recibido de su madre. El esfuerzo de regresar cada año desde otro lugar para participar. Había personas para quienes faltar significaba romper una promesa que nunca se había escrito. Ninguna distinción podía medir enteramente esa obligación afectiva. Allí donde el mundo encontraba una manifestación cultural extraordinaria, alguien estaba cumpliendo con sus muertos de la manera que le habían enseñado desde niño.
LA PANTALLA IMAGINÓ UNA CALLE Y LA CALLE CAMBIÓ
En 2015, Spectre abrió una de sus grandes secuencias con una Ciudad de México entregada a una celebración multitudinaria de muertos. La ficción reunió máscaras, figuras monumentales, vestuarios y movimiento en un desfile de una escala concebida para la pantalla. La ciudad se volvió escenario de una imagen deslumbrante. Para espectadores de otros países, aquella secuencia podía parecer una ventana abierta sobre una costumbre establecida. El cine tiene esa capacidad de entregar como experiencia visible algo que ha sido construido para sus propias necesidades narrativas. Cuando la imagen convence, pocas personas se detienen a preguntar cómo llegó a existir.
La película encontró un territorio donde ya había numerosas expresiones públicas relacionadas con los muertos: comparsas, recorridos, ofrendas colectivas y celebraciones de historias distintas. La novedad estuvo en aquella representación específica de un gran desfile capitalino, cuya proyección internacional contribuyó a impulsar el que comenzó a realizarse en 2016. La ficción había despertado una expectativa y la ciudad incorporó una celebración que podía responder a ella. Después llegaron participantes, organizadores y públicos que fueron dándole una vida propia. Lo imaginado para una secuencia empezó a acumular recuerdos reales.
Habrá quienes conserven la primera vez que asistieron del mismo modo en que otros guardan la memoria de una fiesta antigua. Un padre habrá levantado a su hija sobre los hombros para que pudiera ver; alguien habrá pasado semanas preparando un traje; un grupo de amigos recordará el sitio donde consiguió reunirse entre la multitud. La fecha reciente de un acontecimiento no impide que produzca afectos. Cada edición puede añadir experiencias y modificar el sentido de la anterior. La historia de las celebraciones también está hecha de comienzos, de decisiones reconocibles, de personas que un día participan y al siguiente desean volver.
La dificultad aparece cuando una imagen de enorme alcance termina ocupando todo el campo de la mirada. El visitante puede llegar esperando encontrar en cada comunidad la misma espectacularidad: música, maquillaje, cuerpos dispuestos a ser observados. Sin embargo, hay ceremonias que exigen otra cercanía, otros tiempos y otras formas de respeto. En ciertos espacios, la presencia del duelo es inmediata. Una familia puede recibir con generosidad a quien se aproxima y necesitar, unos minutos después, recogerse alrededor de su propia conversación. Comprenderlo requiere atención a las personas, no solamente a lo que resulta visible.
La cámara registra con facilidad una avenida cubierta de color. Le cuesta más mostrar la diferencia entre quienes participan de un festejo y quienes están atravesando una fecha dolorosa. Ambos pueden ocupar el mismo lugar. En medio del movimiento, una persona puede recordar que el año anterior caminaba allí acompañada. Basta una canción o un gesto para que la multitud se vuelva lejana. Sigue avanzando entre los demás, pero dentro de ella se ha abierto otra escena: alguien se vuelve para decirle algo y todavía está vivo. Durante unos segundos, toda la ciudad cabe en esa pérdida.
UNA CANCIÓN CRUZÓ LA FRONTERA DEL RECUERDO
En 2017, Coco, de Pixar, llevó a públicos de muchos países una historia construida alrededor de la familia, la música y la relación con los difuntos. La película encontró una forma narrativa capaz de acercar elementos de las celebraciones mexicanas a personas que apenas los conocían. Las fotografías, la ofrenda, los alimentos y el cempasúchil entraron en una aventura familiar con conflictos y reglas propias. Su mundo era una creación cinematográfica inspirada en tradiciones diversas. Dentro de él, la memoria adquiría una condición dramática: dependía de los vivos que un vínculo pudiera continuar.
La fuerza emocional de la película encontró uno de sus lugares más hondos en una escena íntima: un joven canta ante una mujer anciana y espera que la música alcance algo que parece haberse retirado. Después de la aventura y del despliegue visual, el relato se concentra en una voz, una mirada, una respuesta. Hay familias que conocen esa espera desde lugares dolorosamente reales. Acercarse a una persona cuya memoria se debilita implica a veces buscar un camino que todavía permanezca abierto: una melodía, una fotografía, el nombre de alguien amado. El reconocimiento, cuando llega, puede durar apenas un instante y llenar una habitación entera.
La película reunió alrededor de esos temas a espectadores con historias muy distintas. Cada uno podía llevar hasta la pantalla su propio nombre ausente. La música permitía acercarse a sentimientos para los que quizá no había conversación en casa. Un niño podía preguntar por una fotografía; una persona adulta podía recordar una canción escuchada junto a su padre. El cine había ofrecido una experiencia compartida y, al terminar, dejaba trabajo para la vida: contar quién había sido alguien, abrir un álbum, responder una pregunta que llevaba años esperando.
Su alcance también favoreció la circulación comercial de imágenes y objetos vinculados con el Día de Muertos. Una tradición puede convertirse en mercancía y seguir siendo, para quienes la practican, una relación de enorme profundidad. Ambas dimensiones conviven con fricciones. Hay productos que despiertan curiosidad y otros que reducen una experiencia compleja a unos cuantos signos fáciles de reconocer. La pregunta decisiva está en lo que ocurre después del primer encuentro: si la imagen invita a escuchar a las personas o si termina reemplazándolas. Ninguna película puede contener por sí sola la diversidad de los pueblos que la inspiraron.
El mundo había encontrado puertas nuevas para acercarse a nuestras celebraciones. Entró por los reconocimientos internacionales, por las salas de cine, por las fotografías que viajaban de una pantalla a otra. En ese recorrido se multiplicaron los públicos y cambiaron algunas prácticas. Mientras tanto, dentro de las casas seguían ocurriendo tareas que exigían una atención particular. Había que limpiar un retrato, recordar un gusto, decidir dónde colocar algo. La dimensión íntima continuaba dependiendo de personas concretas. Nadie podía hacer ese trabajo entero en su lugar.
Al final de una visita, alguien puede guardar una fotografía hermosa de una ofrenda. Regresa con ella y, al mostrarla, explica los colores, las flores, la forma de las luces. Quizá recuerde también a la persona que le permitió acercarse. La vio permanecer junto a la mesa, corregir un detalle, tomar entre los dedos un objeto pequeño. No supo qué significaba. Si tuvo tiempo de escuchar, habrá descubierto una historia: aquello perteneció a su hijo, aquella comida le gustaba a su esposo, ese retrato era el único donde su madre aparecía riéndose. Entonces la imagen cambia. Ya no puede mirarla sin saber que, mientras él tomaba una fotografía, alguien estaba tratando de pasar otra noche cerca de quien le faltaba.
TODAVÍA SABEMOS CÓMO TE GUSTABA EL CAFÉ
LAS MANOS QUE PREPARAN EL REGRESO
Primero hay que encontrar la fotografía. Alguien abre un cajón donde se han quedado recibos, sobres, papeles que ya nadie sabe si conviene tirar. Debajo aparece el retrato. Lo toma por las orillas y lo acerca a la luz: ahí está esa cara, todavía a salvo de lo que vendría después. Quien aparece en la imagen ignora su última enfermedad, el accidente, la madrugada en que dejarían de escuchar su respiración. Está viviendo un día cualquiera. Quizá espera que termine la fotografía para volver a sentarse. Del otro lado de los años, unas manos buscan un paño y limpian el vidrio con una delicadeza que el cuerpo reconoce enseguida. Así se le apartaba el cabello de la frente. Así se le acomodaba una cobija cuando tenía frío.
Preparar la ofrenda comienza muchas veces antes de colocar el primer objeto. Hay que decidir dónde irá, conseguir lo necesario, preguntar quién conserva alguna pertenencia. La familia intercambia recuerdos mientras trabaja. Alguien corrige una fecha; otro trae una fotografía distinta; una persona joven descubre que aquel hombre serio también sabía bailar. Los muertos recuperan espesor entre esas conversaciones. Dejan de ser únicamente el nombre con que los conocen los pequeños y vuelven a tener carácter, gustos, equivocaciones. Una anécdota puede provocar una carcajada. Después, sin que nadie lo haya dispuesto, llega un silencio donde se escucha cuánto hace falta quien habría contado mejor la historia.
En numerosas tradiciones, el cempasúchil participa del recibimiento con su color y su aroma; el agua atiende simbólicamente la sed del viajero; la sal, las luces, el copal o el incienso adquieren sentidos vinculados con la purificación, la orientación y el espacio sagrado. Los usos cambian entre comunidades y familias. Hay disposiciones heredadas, decisiones recientes y formas de hacer que pertenecen a una casa. Conviene acercarse a ellas escuchando. Una persona puede explicar por qué coloca algo de cierta manera y terminar diciendo que así lo hacía su madre. Dentro de esa respuesta hay una transmisión entera: años de observar unas manos hasta que llegó el día de ocupar su lugar.
A veces el lugar del retrato provoca una dificultad inesperada. Durante mucho tiempo aquella persona estuvo detrás de la cámara, cortó las flores, procuró que hubiera comida, recordó a todos qué faltaba. Ahora hay que hacerle sitio entre los difuntos. La primera ofrenda tiene esa crueldad: obliga a realizar con las manos un cambio que por dentro sigue pareciendo imposible. Alguien acerca la fotografía, la apoya, retrocede para mirarla. Ahí queda su madre, en el sitio donde antes ella acomodaba a los suyos. Entonces comprende una parte de lo ocurrido que el entierro no había terminado de enseñarle.
Las velas se encienden al final de muchos preparativos. La luz alcanza las caras de los retratos, deja sombras detrás de las flores y hace visible el pequeño trabajo de cada llama. Una persona se queda cerca un momento más. Revisa si algo puede caer, endereza un recipiente, aparta un objeto del fuego. Todavía necesita hacer una cosa por aquellos a quienes ha colocado allí. Cuando todo parece dispuesto, cuesta retirarse. La habitación tiene ahora una presencia distinta y uno descubre que llevaba todo el día ocupado para llegar a este instante: estar frente a ellos sin otra tarea que recordar.
EL SABOR DE LO QUE NOS DEJARON
En la cocina, el recuerdo exige precisión. Hay que saber cuándo bajar el fuego, cuánto tiempo dejar hervir, qué ingrediente se ponía primero. Una receta puede conservar instrucciones que nunca fueron escritas y que dependen de medidas difíciles de explicar: una pizca tomada con determinados dedos, agua hasta cierta altura, el color que debe alcanzar algo antes de retirarlo. Quien cocina busca en su propia memoria el movimiento de otra persona. A veces levanta la cuchara y quisiera preguntar. La pregunta llega completa; después recuerda que ya no hay un teléfono al que pueda llamar para resolverla.
La muerte también deja esas consultas suspendidas. Cómo se hacía el arroz. Dónde guardaba los documentos. Qué nombre tenía aquella vecina. Uno continúa encontrando asuntos para los que el otro conservaba una respuesta. Durante la preparación de la comida, la ausencia entra por los sentidos: un aroma devuelve una mañana, el sonido de una tapa trae el ruido de una casa antigua. La memoria puede ser súbita y corporal. Estamos de pie frente a una olla y, durante unos segundos, volvemos a tener la edad en que alguien nos servía y nos pedía esperar porque todavía estaba caliente.
Los platillos colocados en una ofrenda contienen ese conocimiento particular de la persona. Sabemos qué le gustaba y qué dejaba a un lado, cómo pedía la salsa, cuánto azúcar echaba en la taza. La intimidad está hecha también de haber observado esas pequeñas elecciones durante años. Después de la muerte, continúan viviendo en quienes compartieron la mesa. Preparar una porción puede parecer una tarea sencilla hasta que hay que decidir el tamaño. La mano recuerda cuánto servía y lo repite. El dolor llega al comprender que seguimos sabiendo atender su hambre.
En algunas casas, las ofrendas contemporáneas incluyen animales de compañía. Sus homenajes han adquirido una presencia creciente y adoptan fechas y formas diversas. Aparecen una fotografía, un collar, un juguete que conserva marcas de dientes. Para quien vivió junto a ellos, esos objetos guardan una historia cotidiana de cuidados. Hubo horarios que cumplir, caminatas repetidas, enfermedades, noches pendientes de una respiración. También hubo un cuerpo que acudía al escuchar nuestros pasos y una alegría que nos recibía incluso en los días en que resultaba difícil soportarnos a nosotros mismos.
La ausencia de un animal modifica la casa de una manera concreta. Al principio uno sigue mirando dónde pisa o espera oír el movimiento que acompañaba la hora de comer. Después descubre que lleva días sin abrir una puerta que antes abría muchas veces. Colocar su fotografía permite contar esa vida y reconocer lo que significó. Alguien dirá cómo llegó, dónde dormía, qué hacía cuando quería salir. Quizá tenga que detenerse al recordar la última visita al veterinario. Los demás esperan. También ese duelo necesita personas capaces de quedarse mientras encuentra palabras.
Los objetos de los muertos pueden parecer humildes desde fuera: una taza despostillada, unas herramientas, una libreta, un pañuelo. Para quien conoce su historia, conservan el roce de una vida. La taza tiene el sitio donde descansaba un pulgar; la libreta guarda una letra que aún parece reciente. A veces basta abrirla para sentir una cercanía casi dolorosa. Hubo una mano que escribió aquellas palabras y luego se levantó para seguir con sus asuntos. Nadie le avisó que un día alguien recorrería esos trazos tratando de encontrarla.
CUANDO SE APAGAN LAS VELAS, LA VIDA SIGUE
Llega la hora de retirar la ofrenda. Hay flores vencidas, recipientes que lavar, cera adherida a las superficies. Según las costumbres de cada familia, los alimentos se comparten y los objetos regresan a sus lugares. El trabajo tiene otro ritmo. Se habla menos o se conversa sobre lo que habrá que hacer al día siguiente. Desde afuera puede parecer que la celebración ha terminado con naturalidad. Quien guarda los retratos sabe que algunas despedidas se repiten dentro de esa tarea. Ha pasado varios días mirando una cara al cruzar la habitación y ahora debe decidir dónde volver a ponerla.
Las personas continúan de maneras distintas. Una necesita hablar del muerto con frecuencia; otra tarda en encontrar cómo hacerlo. Hay quien conserva intactas ciertas pertenencias y quien debe cambiarlas de sitio para poder respirar dentro de la casa. El calendario de la celebración ofrece una ocasión compartida, pero el duelo tiene movimientos que nadie puede ordenar enteramente. Puede doler durante la fiesta y aflojar una mañana cualquiera. También puede irrumpir meses después, cuando alguien pronuncia una frase con la misma entonación del ausente y por un instante parece que ha regresado su voz.
Seguir viviendo exige una negociación lenta con esa falta. Se aprende a resolver lo que antes atendía el otro, a entrar solo en ciertos lugares, a escuchar buenas noticias sin poder contárselas. Un día descubrimos que hemos reído durante un rato largo. Otro, que estamos haciendo planes. Eso también puede traer culpa, como si avanzar fuera retirarle a alguien el lugar que le correspondía. La vida insiste desde necesidades pequeñas: comer, dormir, atender a quien nos necesita. Entre esas tareas empieza a crecer un futuro donde habrá espacio para el recuerdo y para experiencias que el muerto ya no conocerá.
Nuestra travesía termina aquí, dentro de una casa, después de los antiguos caminos del inframundo, las conquistas, las epidemias, las imprentas y los grandes escenarios. Los siglos han dejado sus huellas en la manera de reunir estos objetos y pronunciar estos nombres. Ahora una persona acerca una caja y envuelve con cuidado aquello que desea conservar. Hay un niño mirando. Hasta hace poco reconocía solamente una cara en el retrato; esta vez ha escuchado historias y quiere saber algo más. Pregunta si su abuela también cantaba. Quien está guardando las cosas debe buscar la voz antes de responder.
Entonces recuerda una canción. La entona despacio, con dudas al llegar a una parte de la letra. El niño escucha y pide que vuelva a empezar. Durante unos minutos, la tarea queda interrumpida: la caja abierta, las flores sobre un papel, el paño entre las manos. La canción atraviesa la habitación en una voz distinta de aquella que la cantaba antes. Tiene pausas nuevas, alguna palabra cambiada, una emoción que el pequeño todavía no comprende. Pero ya puede aprenderla. Quizá mañana la repita sin saber que, al hacerlo, estará llevando consigo algo que perteneció a una mujer a la que apenas alcanzó a conocer.
Después hay que lavar la taza. Es la suya, la que durante años tuvo un lugar junto a la estufa. Quien la sostiene conoce su peso y la pequeña grieta cerca del asa. La enjuaga, pasa los dedos por el borde, busca dónde dejarla secar. Al día siguiente habrá que levantarse temprano y preparar café para los que siguen en casa. Antes de apagar la luz, vuelve la mirada hacia la fotografía y se queda allí un momento. Lleva todo el día queriendo decirle algo sencillo, una de esas cosas que antes decía sin pensar. Al fin se acerca y lo dice bajito: “Te lo hice como te gustaba”.
(By Notas de Libertad).

























