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-      LA LEYENDA 103.

 Nota De Introducción.

 

/… MÉXICO: EL PAÍS DONDE LOS ENFERMOS TIENEN QUE PEDIRLE TIEMPO A LA MUERTE

Crónica de una nación que desmontó su sistema de compra y distribución de medicamentos prometiendo expulsar a los corruptos, pero terminó multiplicando improvisaciones, contratos cuestionados, posibles sobreprecios, empresas inhabilitadas que reaparecieron bajo otros nombres y auditorías sin aclarar; mientras, frente a los mostradores vacíos, millones de enfermos descubrieron que la honestidad proclamada tampoco sirve para curar cuando la medicina nunca llega.

 

EL FRASCO VACÍO TODAVÍA CONSERVA EL NOMBRE DE QUIEN NECESITA VIVIR

La madre sostiene el frasco contra la luz como si todavía pudiera quedarle una gota escondida. Lo inclina, lo golpea suavemente contra la palma y espera. No cae nada. En la etiqueta permanece escrito el nombre de su hijo; adentro solamente hay aire.

El niño tiene cáncer.

La palabra ya partió en dos la vida de la familia: antes del diagnóstico y después del miedo. Ahora cada mañana comienza revisando su temperatura, contando tabletas y calculando cuántos días faltan para la siguiente quimioterapia. La madre aprendió nombres de medicamentos que nunca quiso conocer. Los pronuncia en farmacias, hospitales, oficinas y llamadas telefónicas. A veces los repite con tanta insistencia que parecen una oración.

—No hay.

Dos palabras pueden ser más crueles que una sentencia.

No hay en el hospital. No hay en el almacén. No aparece en el sistema. No llegó el proveedor. Debe regresar mañana. Tal vez la próxima semana. Quizá en otra unidad.

Pero el cáncer no acepta citas posteriores.

Mientras la autoridad explica porcentajes, procesos de compra y problemas heredados, la enfermedad continúa trabajando dentro del cuerpo. Cada día sin tratamiento puede convertirse en una puerta que comienza a cerrarse. Cada receta incompleta obliga a una familia a vender algo: primero los ahorros, después las herramientas, la televisión, el automóvil, la tranquilidad. Al final venden incluso la ilusión de que el Estado llegará antes de que se termine el tiempo.

La escasez no solamente vacía anaqueles. Vacía refrigeradores porque el dinero de la comida termina en una farmacia; vacía salones de clase porque alguien debe cuidar al enfermo; vacía empleos porque ninguna empresa concede permisos infinitos; vacía las casas cuando la familia se muda cerca de un hospital y deja detrás la vida que conocía.

Un medicamento ausente nunca viene solo. Arrastra todo.

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LA CORRUPCIÓN NO MURIÓ: CAMBIÓ DE BATA, DE SELLO Y DE PROVEEDOR

El sistema anterior estaba enfermo de corrupción. Grandes distribuidoras concentraban compras, algunos proveedores imponían condiciones, existían contratos amañados y funcionarios que convirtieron la salud pública en un mercado cautivo. Combatir aquello no solamente era correcto: era una obligación.

Andrés Manuel López Obrador prometió arrancar de raíz ese negocio. Acusó a empresas favorecidas, modificó las compras consolidadas y apartó a los principales intermediarios. El discurso era moralmente irresistible: cada peso robado en medicamentos podía significar una vida perdida.

El problema fue que derribaron la casa antes de construir otra.

Las compras pasaron de una institución a otra como un enfermo trasladado entre hospitales que no encuentran cama. Hacienda, Naciones Unidas, el Insabi, Birmex y después IMSS-Bienestar recibieron partes de una responsabilidad que nunca consiguió asentarse completamente. Cambiaban los encargados, las reglas y los calendarios; el paciente continuaba frente al mismo mostrador vacío.

El Seguro Popular fue eliminado. Su sustituto, el Insabi, nació rodeado de promesas y murió pocos años después sin cumplirlas. La Megafarmacia fue presentada como una solución capaz de entregar cualquier medicamento en cuarenta y ocho horas. La bodega era inmensa. También lo era la distancia entre la propaganda y la receta.

Y mientras el gobierno aseguraba haber cerrado las puertas a los corruptos, la corrupción aprendió a entrar por las ventanas.

Una gran compra de medicamentos tuvo que cancelarse después de detectarse posibles sobrecostos cercanos a trece mil millones de pesos. No era una diferencia menor ni una coma colocada en el sitio equivocado. Era dinero suficiente para llenar anaqueles, financiar tratamientos y evitar que miles de familias siguieran mendigando aquello que ya habían pagado con sus impuestos.

En Birmex, convertida en columna de la nueva distribución, las auditorías dejaron observaciones por un posible daño patrimonial superior a cuatrocientos millones de pesos. Aparecieron pagos y operaciones sin documentación suficiente, adquisiciones cuestionadas y cientos de claves adjudicadas a empresas que no habrían demostrado todos los requisitos exigidos. Los hallazgos deberán aclararse y las responsabilidades probarse, pero la sola existencia de semejantes agujeros demuestra que la purificación prometida terminó necesitando también una auditoría.

Una empresa sancionada por irregularidades dejó de recibir contratos; después, otra compañía vinculada mediante socios y representantes consiguió decenas de adjudicaciones por cientos de millones de pesos. Cambió la razón social, pero la sombra reconocía perfectamente el camino.

Distribuidores incluidos en listas de establecimientos irregulares recibieron contratos públicos por más de dos mil millones de pesos. Proveedores señalados por documentos deficientes, domicilios dudosos o incumplimientos continuaron encontrando una ventanilla abierta.

La corrupción anterior era real. Negarla significaría absolver a quienes hicieron fortuna cobrando sobre la enfermedad de los pobres. Pero destruir un sistema en nombre de la honestidad y permitir que aparezcan posibles sobreprecios, expedientes incompletos, empresas relacionadas y adjudicaciones opacas no fue una limpieza.

Fue cambiar la suciedad de alfombra.

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CUANDO LA MEDICINA NO LLEGA, TODA EXCUSA TERMINA PARECIÉNDOSE A UNA LÁPIDA

Claudia Sheinbaum heredó el desastre, pero ya no puede limitarse a describirlo como herencia. La continuidad política también transmite responsabilidades. Morena lleva más de siete años gobernando el país, controlando presupuestos, nombrando funcionarios y diseñando instituciones. El pasado explica el punto de partida; ya no justifica el sitio donde seguimos detenidos.

El gobierno puede informar niveles elevados de abasto. Puede presentar porcentajes, rutas de distribución y millones de piezas entregadas. Cada medicamento que llega debe reconocerse porque detrás puede existir una vida salvada. Pero un sistema de salud no se mide únicamente por los camiones que salieron del almacén, sino por la receta que consiguió surtirse completa.

Para quien recibió nueve de diez medicamentos, el abastecimiento gubernamental puede alcanzar noventa por ciento. Para el paciente que necesitaba precisamente el décimo para continuar respirando, el fracaso fue absoluto.

Los trabajadores del sector también padecen la ruina: médicos obligados a escoger a quién entregan el último insumo, enfermeras comprando material con su dinero, hospitales donde faltan antibióticos, jeringas, estudios, personal y mantenimiento. Ellos miran diariamente cómo la austeridad cambia de nombre cuando entra a una sala de urgencias: allí se llama demora, complicación, sufrimiento o muerte.

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, desde un país donde millones de familias cargan recetas como quien carga una súplica; donde enfermarse obliga a convertirse en investigador, gestor, recaudador y mendigo; donde el ciudadano debe localizar por su cuenta la medicina que el Estado compró, volvió a comprar, auditó, anunció y nunca consiguió colocar en sus manos.

No escribo contra los médicos que permanecen de guardia cuando ya no tienen con qué curar. Tampoco contra quienes reciben atención y logran sobrevivir. Escribo contra un poder que prometió terminar con la corrupción y terminó permitiendo que la enfermedad siguiera financiando negocios, solamente bajo nuevos mecanismos y nuevos nombres.

Aquella madre continúa frente al mostrador. Le informan que el medicamento quizá llegue durante la semana. Ella mira a su hijo, demasiado cansado para preguntar, y guarda nuevamente el frasco vacío. Regresa a casa sabiendo que mañana deberá empezar otra vez: llamar, buscar, pedir prestado, suplicar.

Por la noche, el niño duerme. Ella permanece sentada a su lado, escuchando cada respiración para comprobar que todavía está allí. No pide un privilegio ni un milagro. Pide una caja, una ampolleta, una dosis; algo diminuto comparado con los presupuestos nacionales y tan inmenso como la vida que intenta conservar.

En alguna oficina, el medicamento aparece registrado como adquirido.

En algún informe, figura como distribuido.

En algún discurso, el problema está prácticamente resuelto.

Solamente falta que llegue hasta el cuerpo que lo necesita.

Y en la oscuridad de aquella habitación, mientras la madre sostiene la mano de su hijo, México vuelve a demostrar la medida exacta de su fracaso: puede extraviar millones entre contratos, empresas y bodegas, pero todavía pretende pedirle paciencia a un niño cuya enfermedad ya comenzó a contar las horas.

 

 

(By Notas de Libertad).

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Índice de Contenido

​/…  LA LEYENDA 103

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BIENVENIDA

 

​/… EL HOSPITAL DONDE MÉXICO ENVEJECIÓ Y EL GOBIERNO COMENZÓ A BUSCAR CULPABLES ENTRE LAS BATAS

Crónica del Instituto Mexicano del Seguro Social, el gigante levantado con las cuotas, los años y el cansancio de generaciones enteras que hoy enfrenta hospitales agotados, personal insuficiente, medicamentos incompletos y trabajadores en rebelión; de una Modalidad 40 que permitió a miles de mexicanos comprar con sus últimos ahorros la esperanza de una vejez digna y ahora modifica las reglas cuando muchos ya caminaban hacia la pensión; y de una Presidenta que, mientras médicos y enfermeras protestaban porque les faltaba con qué curar, decidió hablar de medicinas robadas desde adentro, desplazando la mirada de los escritorios donde se administra la crisis hacia las manos que todavía intentan impedir que los pacientes mueran.

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(By Notas de Libertad).

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- OPERACIÓN W…PODCAST…

 /…  - COMENTANDO DE POLÍTICA…PODCAST…

 

/… LALO TRUJILLO: EL PAN QUE APRENDIÓ A GANAR Y COMENZÓ A OLVIDAR POR QUÉ QUERÍA EL PODER

Gerardo “Lalo” Trujillo Flores, dos veces presidente estatal de Acción Nacional, recorre la transformación del partido que nació para formar ciudadanos y terminó especializándose en conquistar gobiernos; una conversación sobre principios extraviados, militantes que confunden convicción con candidatura, heridas internas, alianzas antes impensables y el desafío de elegir en 2027 representantes con autoridad moral para pedir nuevamente la confianza de Guanajuato.

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Video Crónica.

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(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 1

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/… LA VECINDAD DONDE AMÉRICA LATINA APRENDIÓ A REÍRSE DE SUS HERIDAS​

Crónica de Roberto Gómez Bolaños, el ingeniero que convirtió una máquina de escribir en la fábrica sentimental más poderosa de la televisión latinoamericana; del niño hambriento, el héroe cobarde y la comunidad de pobres que acompañaron a generaciones enteras mientras México atravesaba autoritarismo, censura y crisis económicas; y de las contradicciones detrás de aquella ternura: el poder de Televisa, la comercialización de la pobreza, las disputas por los personajes, las rupturas del elenco y el hombre conservador que terminó viviendo dentro del mito inmenso de Chespirito.

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(By operación W).

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-Agenda del Poder:

 

/… EL AVISO INOPORTUNO:

El Cervantino terminó con 386 mil asistentes y Guanajuato acaba de convertirse en la capital mundial de los fenómenos paranormales: llegaron cientos de miles de personas que los hoteleros no hospedaron, los restauranteros no alimentaron, los comerciantes no atendieron y los habitantes jamás consiguieron ver.

Eran turistas de altísima cultura y bajísima visibilidad. Entraban a los hoteles sin ocupar habitaciones, comían sin ensuciar platos y compraban recuerdos sin acercarse a las tiendas. La ocupación hotelera promedio rondó 60 por ciento; el 40 restante seguramente durmió dentro de las gráficas, donde había espacio de sobra y desayuno continental incluido.

El truco consistió en contar asistencias, no necesariamente personas diferentes. Si alguien fue a un concierto, visitó una exposición y entró al teatro, el informe lo reprodujo como a los panes bíblicos. El ciudadano regresó solo a su casa sin sospechar que para el Gobierno ya era una excursión.

Además, alrededor de 71 mil asistencias ocurrieron fuera de Guanajuato capital, dentro del Circuito Cervantino. Magnífica innovación: llenar una ciudad utilizando gente ubicada en otras. Con esa metodología, el próximo año podrán contabilizar a todos los que pasen frente a una biblioteca, silben en la regadera o tengan un primo que alguna vez leyó a Cervantes.

También hubo boletos gratuitos, promociones al dos por uno y camiones enviados desde distintos municipios para llevar espectadores a funciones con lugares disponibles. Nada malo existe en acercar el arte a las comunidades. Lo maravilloso es mandar transporte para recoger al público y después presumir que llegó atraído por la programación. Es como organizar una fiesta, enviar taxis por los invitados y declarar al día siguiente que hubo gente tratando de entrar hasta por la cocina.

Sobre quienes consideran perfectamente normal que una multitud de 386 mil personas produzca calles tranquilas, mesas disponibles y cuartos vacíos, prefiero no discutir. Quizá también consumieron de manera artística: pagaron con aplausos, comieron cultura y dejaron propina en forma de sensibilidad.

Mientras tanto, los artistas urbanos denunciaron que no podían presentarse en las calles. El Festival nació llevando el teatro a las plazas; ahora deja las plazas sin artistas y después contrata estadísticas para que hagan ambiente. Si Enrique Ruelas comenzara hoy, tendría que tramitar permiso para San Roque, registrar a don Quijote ante Fiscalización y ponerle gafete a Rocinante para evitar que lo retirara una patrulla.

Los responsables federales tampoco aparecieron en la conferencia final. Probablemente fueron incluidos entre las 386 mil asistencias: nadie los vio, pero el boletín garantiza que estuvieron.

Como decía don Nicanor Gentío, viejo revendedor que agotaba funciones antes de imprimir los boletos: “Cuando no puedas meter al público en el teatro, mete el teatro, el público y la taquilla dentro del informe”.

El Cervantino ofreció música, danza, teatro y artes visuales.

Pero la gran carcajada fue su número de magia final: hacer desaparecer a Guanajuato de las calles y reaparecerlo, completamente lleno, en una hoja de Excel.

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(By Notas de Libertad).

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/...Agenda en Corto

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1.- ALITO ABRE LA NEGOCIACIÓN; MAURICIO TREJO PONE UNA DE LAS CARTAS FUERTES

El dirigente nacional declaró prioritario a Guanajuato, respaldó a Ruth Tiscareño y planteó alianzas sustentadas en competitividad; el reconocimiento reiterado a Mauricio Trejo Pureco colocó a San Miguel de Allende entre las fortalezas desde las cuales el PRI buscará negociar rumbo a 2027.

 

2.- JESÚS RAMÍREZ GARIBAY LLEGA ADELANTE A LA ENCUESTA DE MORENA

El exsecretario general del partido reúne preparación jurídica, conocimiento de la estructura y trabajo territorial en Guanajuato capital; la medición interna no solamente definirá el nombre, sino también el género de quien encabezará el proyecto municipal, y Ramírez Garibay llega como el aspirante con los mejores números.

 

3.- TREJO LE CERRÓ LA PUERTA A MORENA SIN CERRARLA AL DIÁLOGO

Mauricio Trejo Pureco respondió a Emmanuel Reyes con una definición que también alcanza las negociaciones rumbo a 2027: permanecer en el PRI no impide reconocer capacidades en otros partidos, y construir una alianza no significa entregar las llaves de San Miguel de Allende.

 

 

4.- JUAN MIGUEL: LA ESPERANZA DE CELAYA QUIERE ECHAR RAÍCES

El presidente municipal se registró en el proceso interno de Morena con la intención de dar continuidad a su proyecto; por su presencia pública, experiencia al frente del Ayuntamiento y capacidad de interlocución, aparece como el perfil mejor posicionado para encabezar nuevamente al movimiento en Celaya.

 

 

5.- LA IMPUGNACIÓN QUE PRETENDE RESUCITAR UN ACUERDO JURÍDICAMENTE MUERTO

La organización Mujeres en la Talacha, representada por Rosa Martha Santamaría Hernández, funcionaria municipal en Dolores Hidalgo, recurrió ante la justicia federal la sentencia que eliminó la reserva exclusiva de trece alcaldías para mujeres; sin embargo, los errores del IEEG y un precedente reciente de la Sala Superior hacen prever que el recurso terminará rechazado.

 

6.- GUERRERO AGRIPINO ENTRÓ A MORENA, PERO LOS FANTASMAS DE RECTORÍA ENTRARON CON ÉL

El exrector pretende transformar ocho años de poder universitario en una candidatura municipal, pero aterriza en un partido cuyas luchas enfrentó desde la Rectoría y lleva detrás una procesión de paros, protestas, disculpas y estudiantes que todavía recuerdan todo aquello que su administración no consiguió resolver.

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(By Operación W).

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/...Agenda del Poder​

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/…1. ALEJANDRA DEJÓ CAER EL PUENTE ANTES DE CONSTRUIRLO

León tenía disponibles 434.8 millones de pesos estatales para levantar el paso elevado del bulevar Aeropuerto, pero el gobierno de Alejandra Gutiérrez llegó al vencimiento sin liberar completamente los terrenos, sin concluir autorizaciones ambientales y con observaciones técnicas pendientes; ahora la alcaldesa reclama voluntad política afuera cuando la primera explicación debe ofrecerla dentro de su propia oficina.

 

 

/…2. LA CULTURA DE GUANAJUATO VOLÓ A MADRID Y LA AUSTERIDAD PERDIÓ EL AVIÓN

Lizeth Galván gastó cerca de 184 mil pesos en cinco días, pagó alrededor de 115 mil por un boleto en clase turista y contrató el viaje mediante un pianista; regresó sin convenios firmados y, frente al desgaste de su gestión, necesitó que un personaje externo buscara a un medio para intentar reconstruir el diálogo que ella misma dejó romperse.

 

/…3. AMLO SE FUE, PERO DEJÓ 65 MIL MILLONES ESPERANDO UNA EXPLICACIÓN

La revisión de la Cuenta Pública de 2024 descubrió 65 mil 169 millones de pesos cuyo ejercicio todavía no ha sido suficientemente acreditado; el último año de Andrés Manuel López Obrador terminó con gasto excesivo, endeudamiento histórico y recursos extraviados entre dependencias, empresas públicas, estados y municipios, mientras Morena pretende aprobar el expediente como si levantar la mano también pudiera limpiar las cuentas.

 

/…4.  EL INE QUE TERMINÓ BRINDANDO CON SUS PROVEEDORES

El organismo que necesitó décadas para conquistar la confianza de los mexicanos enfrenta la mayor crisis ética de su historia: empresas investigadas, contratos millonarios, funcionarios provenientes de compañías beneficiadas, un chofer convertido en apoderado empresarial, otro pagado como alto funcionario y el hijo de Guadalupe Taddei bebiendo champaña en París con uno de los contratistas electorales.

 

/…5. EL IMSS METIÓ LA TIJERA EN EL ÚLTIMO REFUGIO DE LOS TRABAJADORES

La Modalidad 40 permitió durante años que quienes comenzaron a cotizar antes de julio de 1997 continuaran pagando de su bolsillo para mejorar su pensión; ahora el Seguro Social limita las nuevas inscripciones mediante un acuerdo administrativo, invoca el combate a los abusos y deja a miles de personas frente a una pregunta aterradora: quién cambió las reglas cuando su vida laboral ya estaba terminando.

 

 

/…6. LAURA GALVÁN: LA MUJER QUE PUSO A CORRER LOS SUEÑOS DE GUANAJUATO

La Gacela de La Sauceda convirtió los caminos de una comunidad rural en la primera pista de una carrera extraordinaria: estudió, emigró, abandonó temporalmente el atletismo, regresó para conquistar América y ahora persigue un tercer ciclo olímpico mientras continúa derribando récords mexicanos.

 

(By Operación W).

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-Alimento para el alma.  
 

 Si (If)

De: Rudyard Kipling

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Sobre el poema:

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SI: CUANDO LA VIDA NOS LO ARREBATA TODO Y SOLAMENTE NOS QUEDA EL ALMA

Una lectura profunda del poema de Rudyard Kipling sobre la dignidad frente a la derrota, la valentía de reconstruir los sueños destruidos y la grandeza silenciosa de quien, después de atravesar el dolor, la traición y el fracaso, consigue llegar al final de su existencia sin haberse traicionado a sí mismo.

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Sobre el autor:

RUDYARD KIPLING: EL ESCRITOR QUE ENSEÑÓ A RESISTIR MIENTRAS LA VIDA LE DESTROZABA EL CORAZÓN

Reseña biográfica y literaria de un hombre que conoció el abandono, la gloria, la guerra y la pérdida de sus propios hijos; creador de mundos inolvidables y de uno de los poemas más conmovedores sobre la dignidad humana, cuya existencia estuvo marcada por una contradicción profunda: predicó la fortaleza mientras aprendía que ningún corazón, por resistente que parezca, está preparado para todas las desgracias.

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*Si quieres escucharlo en la voz de: *Pepe MediaVilla.

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(By Notas de Libertad).​

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 - “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”

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​/… JOHNNY CARVAN: EL HOMBRE QUE CANTA CUANDO LAS PALABRAS YA NO PUEDEN​​​

De aquel niño que buscaba melodías en el órgano de su padre al músico capaz de sostener una madrugada completa con la guitarra entre las manos; una historia de bohemia, rock, pérdidas, escenarios y canciones propias, donde la verdadera recompensa no siempre ha sido el aplauso, sino descubrir que una voz puede entrar en el corazón de un desconocido y quedarse viviendo allí.

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Video Crónica

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(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).​​

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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.

 

Domingo 25 de octubre al sábado 31 de octubre

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Santoral 

NOTA DE INTRODUCCIÓN

LA FE QUE APRENDIÓ A RESISTIR EN SILENCIO

La santidad no siempre caminó acompañada por multitudes. Muchas veces avanzó en silencio, escondida en una celda, detrás de la puerta de un convento, entre los…

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Efemérides Nacionales e Internacionales​

NOTA DE INTRODUCCIÓN

LAS FECHAS QUE CONVIERTEN LA MEMORIA EN RESPONSABILIDAD

LOS DÍAS EN QUE EL MUNDO CAMBIÓ DE DIRECCIÓN

Hay jornadas en las que la historia parece acelerar su marcha. Una batalla modifica el destino de un reino, una resolución transforma el…


Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales

NOTA DE INTRODUCCIÓN

LAS FECHAS QUE CONVIERTEN LA MEMORIA EN RESPONSABILIDAD

El calendario también puede ser una ventana hacia realidades que con frecuencia permanecen fuera de nuestra mirada. Cada conmemoración abre…

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(By Notas de Libertad).​

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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.

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/… TIMBIRICHE: LA BANDA QUE CRECIÓ AL MISMO TIEMPO QUE SU PÚBLICO

La historia de un grupo nacido en la televisión mexicana que comenzó cantando a la infancia, sobrevivió a los cambios de integrantes y terminó convirtiendo sus discos, musicales y reencuentros en la banda sonora sentimental de varias generaciones.

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*Con un click escucha: *Timbiriche Éxitos (PlayList).

(By Notas de Libertad).

 

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/… MENUDO: AQUELLA JUVENTUD QUE TODAVÍA NOS CANTA

Historia de la agrupación puertorriqueña que convirtió los primeros enamoramientos en canciones, llenó de rostros las paredes de una generación y dejó una música capaz de devolvernos, por unos minutos, a la edad en que todo estaba por suceder.​

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*Con un click escucha: *Menudo Éxitos (PlayList).

(By Notas de Libertad).

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¿Qué leer esta semana?

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Frida Kahlo. Una biografía 

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De: María Hesse

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Resumen:  

FRIDA: PINTARSE PARA NO DESAPARECER

En su biografía ilustrada de Frida Kahlo, María Hesse recorre la vida de una mujer que tuvo que aprender a habitar un cuerpo herido sin renunciar al amor, al deseo ni a la creación; una historia donde la pintura se convierte en una manera de reconocerse, discutir con el destino y dejar una presencia que la muerte no consiguió borrar.

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Sobre el autor.

MARÍA HESSE: DIBUJAR LO QUE TIEMBLA POR DENTRO

Semblanza de la autora e ilustradora española que ha encontrado en las vidas ajenas y en sus propias heridas una manera de hablar del deseo, la identidad y el derecho de las mujeres a contar su historia.​

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(By Notas de Libertad).

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-Pláticas con el Licenciado 2.

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/… LAS BRUJAS: LO QUE LA HUMANIDAD ESCONDIÓ EN LA OSCURIDAD

Una travesía por las noches en que el mundo creyó escuchar algo junto a la cuna; por los conjuros antiguos, los caminos de Samhain y los tribunales donde una sospecha podía costar la vida; por las mujeres convertidas en monstruos, las criaturas que aprendimos a temer en los cuentos y las máscaras de Halloween, detrás de las cuales todavía respiran nuestros miedos y la memoria de quienes murieron por ellos.​

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(By operación W).​​

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/… EL HOSPITAL DONDE MÉXICO ENVEJECIÓ Y EL GOBIERNO COMENZÓ A BUSCAR CULPABLES ENTRE LAS BATAS

Crónica del Instituto Mexicano del Seguro Social, el gigante levantado con las cuotas, los años y el cansancio de generaciones enteras que hoy enfrenta hospitales agotados, personal insuficiente, medicamentos incompletos y trabajadores en rebelión; de una Modalidad 40 que permitió a miles de mexicanos comprar con sus últimos ahorros la esperanza de una vejez digna y ahora modifica las reglas cuando muchos ya caminaban hacia la pensión; y de una Presidenta que, mientras médicos y enfermeras protestaban porque les faltaba con qué curar, decidió hablar de medicinas robadas desde adentro, desplazando la mirada de los escritorios donde se administra la crisis hacia las manos que todavía intentan impedir que los pacientes mueran.

 

EL GIGANTE QUE APRENDIÓ A RESPIRAR CON LOS PULMONES ROTOS

México nació muchas veces dentro del Seguro Social.

Nació debajo de lámparas blancas, entre el llanto de los recién nacidos y las manos de una enfermera que los envolvía antes de entregarlos. Nació cuando un obrero sobrevivió al accidente que pudo dejar huérfanos a sus hijos; cuando una mujer escuchó que el tumor había sido descubierto a tiempo; cuando un anciano recibió una operación que jamás habría podido pagar; cuando alguien salió caminando de un hospital después de que toda la familia comenzó a prepararse para perderlo.

En el IMSS nacieron niños, cerraron los ojos los abuelos y millones de trabajadores descubrieron que su esfuerzo no terminaba completamente abandonado frente a la enfermedad. Las cuotas descontadas durante décadas no eran solamente números en un recibo. Eran ladrillos invisibles, camas, vacunas, quirófanos y la promesa de que, al romperse el cuerpo, existiría una institución capaz de recogerlo.

Pero el gigante envejeció mal.

Hoy atiende a millones con edificios fatigados, elevadores que se detienen, equipos vencidos, consultas diferidas y trabajadores que multiplican las horas porque el personal ya no alcanza. Hay médicos que deben explicar por qué la cita llegará cuando la enfermedad haya avanzado; enfermeras que recorren pasillos cargando la angustia de demasiados pacientes; familiares que duermen en una silla, sobre un cartón o dentro de un automóvil, esperando una noticia que tarda más que la esperanza.

En octubre, una parte de los trabajadores salió a las calles. No abandonaron sus hospitales porque hubieran olvidado a los enfermos. Marcharon también por ellos. Reclamaron mejores salarios, más personal, infraestructura, insumos, medicamentos y condiciones dignas para ejercer una profesión que no puede sostenerse solamente con vocación. También cuestionaron a su dirigencia sindical y pidieron recuperar derechos pensionarios que sienten arrancados.

El gobierno respondió con propuestas salariales, mesas de negociación y la promesa de mejorar la operación. Pero detrás de los porcentajes permanecía algo más profundo: el cansancio de quienes llevan demasiado tiempo intentando curar dentro de una institución que también necesita ser atendida.

La tragedia del Seguro Social no consiste únicamente en que le falten cosas. Consiste en que durante años aprendió a funcionar con la carencia hasta conseguir que lo extraordinario pareciera normal. Normal que una enfermera atienda más pacientes de los que puede vigilar. Normal que el médico improvise. Normal que la familia busque afuera lo que debería existir adentro. Normal que el trabajador termine su guardia con la sensación de haber impedido una tragedia, no porque el sistema funcionara, sino porque alguien consiguió sostenerlo con las manos.

El IMSS todavía salva vidas todos los días.

Lo terrible es cuántas veces debe hacerlo a pesar de sí mismo.

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LA VEJEZ A LA QUE LE MOVIERON LA ORILLA CUANDO YA VENÍA CAMINANDO

La Modalidad 40 nunca fue un regalo. Fue una apuesta pagada por los propios trabajadores.

Quien había dejado de cotizar mediante un empleo formal podía continuar voluntariamente dentro del régimen para conservar su camino pensionario y mejorar las condiciones de su retiro. Para muchas personas sujetas a la Ley de 1973 representó la última oportunidad de corregir una historia laboral fragmentada, elevar el salario utilizado para calcular la pensión y reunir las semanas necesarias antes de que la edad cerrara definitivamente la puerta.

Detrás del término burocrático existen vidas enteras.

Está el hombre que comenzó a trabajar cuando todavía tenía fuerza para cargar dos costales y terminó contando las monedas necesarias para comprar tranquilidad. Está la mujer que pasó décadas detrás de un mostrador, dejó de tener empleo formal y decidió seguir pagando porque no quería convertirse en una carga para sus hijos. Están quienes redujeron gastos, vendieron un automóvil, utilizaron ahorros o renunciaron a pequeños placeres para construir una pensión que les permitiera comprar alimentos y medicinas sin pedir permiso.

No estaban especulando con el sistema.

Estaban tratando de no llegar completamente indefensos a la vejez.

Ahora el IMSS ha establecido medidas temporales que modifican las condiciones para nuevas incorporaciones y futuros reingresos. Quienes ya se encuentran inscritos conservarán lo pactado hasta concluir su periodo; después, la puerta puede ser distinta. La referencia salarial queda más estrechamente ligada al último salario cotizado, con un margen limitado, mientras las cuotas continuarán aumentando.

Para una institución puede tratarse de sostenibilidad financiera. Para quien construyó durante años su estrategia de retiro significa algo más humano: descubrir que el puente cambió mientras todavía lo estaba cruzando.

La viabilidad del sistema debe protegerse. También deben impedirse simulaciones y negocios de despachos que prometen pensiones imposibles. Pero ninguna corrección debería olvidar que la mayoría de quienes acuden a la Modalidad 40 no son millonarios buscando abusar del erario. Son trabajadores que llegaron tarde a una verdad brutal: en México se puede trabajar toda la vida y aun así alcanzar la vejez sin suficiente dinero para vivirla.

El Estado les pide nuevas cuentas después de haberles cobrado todos sus años.

Y hay algo profundamente doloroso en observar a una persona entregar los últimos frutos de su trabajo para comprar el derecho a no morirse de pobreza.

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PALACIO MIRÓ PRIMERO LAS BATAS Y DESPUÉS LOS ESCRITORIOS

En medio de las protestas, Claudia Sheinbaum habló del robo de medicinas e insumos dentro de las instituciones públicas. Dijo que existen casos documentados, pidió sancionar a los responsables y llamó a los sindicatos a no proteger a quien participa en ese “robo hormiga”, sea médico o trabajador.

La precisión importa: la Presidenta no acusó a todos los médicos de provocar el desabasto. No dijo que cada enfermera escondiera una caja ni que todo trabajador del IMSS fuera culpable. Si existen personas que sustraen medicamentos para venderlos o utilizarlos en consultorios privados, deben ser investigadas y castigadas. Robarle una medicina a un hospital público es quitársela directamente al cuerpo que la espera.

Pero las palabras presidenciales no caminan solas. Descienden con todo el peso del poder.

Pronunciarlas cuando los trabajadores denuncian que no tienen medicamentos, materiales, personal ni equipo produce una sospecha inevitable: que el gobierno intenta explicar desde abajo una crisis construida desde arriba. Que frente a la falla de compras, proveedores, almacenes, distribución, presupuestos y administración resulta más cómodo señalar una mano que roba una caja que revisar las oficinas donde desaparecieron millones de piezas antes de llegar al hospital.

El robo interno puede existir. Lo que no puede hacerse es utilizarlo para empequeñecer el fracaso institucional.

Porque ningún médico organiza las compras nacionales. Ninguna enfermera diseña las licitaciones, selecciona proveedores, cancela contratos, administra Birmex o decide cuánto presupuesto recibirá el sistema. Quienes trabajan frente al paciente poseen responsabilidades, pero no pueden cargar sobre la espalda una crisis que comenzó mucho antes de que la receta llegara a sus manos.

Hay una violencia especial en pedirle explicaciones al último eslabón.

El médico escucha el corazón del paciente con un estetoscopio viejo. La enfermera busca una ampolleta entre cajones casi vacíos. El camillero empuja una vida por corredores donde la urgencia debe formarse. Después todos escuchan que desde Palacio se habla de medicinas robadas por personal del sector.

Quizá algunos roban. Que respondan por ello.

Pero también existen miles que llevan a su casa el agotamiento, no los medicamentos. Profesionales que terminan una guardia con la ropa manchada, los pies inflamados y la memoria llena de rostros que no pudieron olvidar. Personas que continúan sosteniendo al IMSS porque saben que, si sueltan una sola mano, alguien puede caer del lado de la muerte.

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, desde un país que aprendió a pronunciar Seguro Social como si fuera el nombre de un pariente anciano: alguien que nos cuidó durante décadas y ahora respira con dificultad mientras la familia discute quién tiene la culpa.

No quiero un IMSS protegido de la crítica. Quiero uno rescatado de la ruina. Que se investigue al trabajador que roba, pero también al proveedor que incumple, al funcionario que compra mal, al administrador que oculta faltantes, al dirigente sindical que abandona a sus representados y al gobierno que confunde propaganda con medicina.

La verdadera crisis no cabe en una caja sustraída. Está en el hospital que trabaja al límite, en la pensión que se aleja, en el médico acusado y en el enfermo que permanece esperando mientras todos discuten quién vació el anaquel.

Al terminar la guardia, una enfermera se quita la bata. Ha pasado doce horas corriendo entre dolores ajenos. No comió. No consiguió todos los medicamentos. Tuvo que mirar a una familia y decirle que comprara afuera aquello que el hospital no tenía.

Antes de marcharse observa el carrito de curaciones. Casi no queda nada.

Afuera escucha que el poder investiga quién se está robando las medicinas.

Ella mira sus manos vacías.

Y acaso comprende que la mayor crueldad no es que sospechen de quienes todavía sostienen el hospital, sino que quienes administraron la escasez pretendan exigirles que expliquen por qué ya no queda nada que robar.

 

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(By Notas de Libertad).

 - COMENTANDO DE POLÍTICA…PODCAST…

/… LALO TRUJILLO: EL PAN QUE APRENDIÓ A GANAR Y COMENZÓ A OLVIDAR POR QUÉ QUERÍA EL PODER

Gerardo “Lalo” Trujillo Flores, dos veces presidente estatal de Acción Nacional, recorre la transformación del partido que nació para formar ciudadanos y terminó especializándose en conquistar gobiernos; una conversación sobre principios extraviados, militantes que confunden convicción con candidatura, heridas internas, alianzas antes impensables y el desafío de elegir en 2027 representantes con autoridad moral para pedir nuevamente la confianza de Guanajuato.

 

CUANDO PERDER UNA ELECCIÓN TAMBIÉN SERVÍA PARA CONSTRUIR UN PARTIDO

Gerardo Trujillo Flores llegó al PAN en 1997, cuando su padre fue invitado a contender por la Presidencia Municipal de Guanajuato. No era militante ni formaba parte de una estructura partidista. Era un ciudadano dedicado a las actividades sociales, particularmente cercano a las necesidades del campo, cuya trayectoria convenció a Acción Nacional de abrirle la puerta.

La elección se perdió, pero Lalo Trujillo permaneció.

Aquella derrota le permitió conocer los dos Guanajuatos que conviven sin mirarse demasiado: el de las fachadas iluminadas, los visitantes y las postales; y el de las colonias, comunidades y familias que batallan diariamente para sostener una vida digna. Continuó asistiendo a reuniones del partido, participó sin credencial y terminó incorporándose a una organización que todavía se concebía como escuela de ciudadanía.

Después fue regidor de oposición, diputado local y presidente estatal del PAN durante dos periodos. Le tocó conocer la organización desde abajo, pero también dirigirla cuando ya cargaba las contradicciones de haber pasado de la protesta al poder. Vivió la elección de 2012, la pérdida de León, la disminución de espacios legislativos y la reconstrucción posterior.

Esa experiencia le concede autoridad para formular una pregunta incómoda: ¿qué quedó del partido que enseñaba a participar aun cuando no existía posibilidad de ganar?

El PAN de los fundadores no nació para repartir candidaturas. Surgió para romper una hegemonía, formar ciudadanos y defender la democracia cuando hacerlo costaba tiempo, dinero y, algunas veces, tranquilidad. El problema comenzó cuando llegaron las victorias. Gobernar hizo crecer al partido, pero también atrajo a quienes descubrieron en sus siglas una escalera profesional.

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EL DÍA EN QUE LOS IDEALISTAS CONOCIERON A LOS PRAGMÁTICOS

Lalo Trujillo no sostiene que los valores hayan desaparecido completamente. Describe una transformación más compleja: el PAN dejó de pensar exclusivamente en doctrina y aprendió el pragmatismo indispensable para ganar elecciones. La formación ciudadana fue cediendo espacio a las encuestas, las estrategias, las candidaturas competitivas y los acuerdos capaces de sumar votos.

El idealismo sin eficacia puede convertir a un partido en un club de personas honorables incapaces de gobernar. El pragmatismo sin principios puede llevarlo al poder sin saber para qué lo quería. El desafío consiste en impedir que cualquiera de los dos extremos termine devorándolo.

Esa tensión explica las alianzas con el PRD y el PRI, adversarios históricos del panismo. Para los militantes que pasaron décadas combatiéndolos, compartir candidaturas parece una contradicción casi biográfica. Para las generaciones recientes, puede representar una operación electoral necesaria frente a un adversario común. Trujillo no descarta una alianza rumbo a 2027, pero advierte implícitamente que sumar porcentajes no resuelve las diferencias que aparecerán al gobernar.

También allí se encuentra el origen de muchas renuncias. Algunos personajes abandonan al PAN después de no obtener una candidatura y posteriormente denuncian métodos que antes aceptaban mientras los favorecían. Para Lalo, un militante debe saber que ningún cargo es permanente y que la política no puede reducirse al beneficio personal.

En la entrevista aparece incluso la ironía del “toca-toca”: fotografías de recorridos con cinco o seis militantes en municipios donde Acción Nacional alguna vez llenaba calles. La imagen puede parecer pobre, pero Trujillo prefiere verla como un comienzo. Seis personas que regresan a escuchar valen más que una estructura completa encerrada en sus oficinas, siempre que después el partido tenga la humildad de atender lo escuchado.

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EL 2027 NO SE GANARÁ SOLAMENTE CON EL COLOR DE UNA CAMISETA

El reciente proceso para designar defensores de la patria, la familia y la libertad dejó inconformidades en diferentes municipios. Lalo Trujillo reconoce que el método puede discutirse, pero defiende la responsabilidad de respetar las decisiones institucionales. Si cada aspirante acepta las reglas únicamente cuando gana, ningún procedimiento será suficiente para conservar la unidad.

La llegada de Juana de la Cruz a la presidencia estatal representa una oportunidad importante. Conoce al panismo de los cuarenta y seis municipios, ha trabajado con distintas generaciones y recibe un partido con heridas que deben cerrarse antes de comenzar los treinta y siete procesos municipales pendientes. No llega a descubrir dónde están las llaves: lleva décadas observando cómo se abren y se cierran las puertas internas.

Trujillo reconoce además a Libia Dennise García Muñoz Ledo como la jefa natural del PAN en Guanajuato. La relación entre gobierno y partido, sostiene, debe funcionar mediante complementariedad, no subordinación ni competencia. Cada cual necesita entender su responsabilidad, porque una dirigencia convertida en oficina gubernamental pierde independencia y un gobierno sin respaldo partidista termina caminando solo.

El verdadero examen llegará al seleccionar candidaturas. Para Lalo Trujillo, el discurso del PAN tendrá el rostro de las personas que coloque en las boletas. No podrá hablar de honestidad con candidatos cuestionados, defender instituciones mediante personajes que solamente las respetan cuando los benefician ni pedir confianza ciudadana con representantes incapaces de escuchar.

En esta conversación con Esaú González y Wintilo Vega, Lalo Trujillo no ofrece una absolución al PAN. Le coloca un espejo. Recuerda su origen, reconoce sus transformaciones y advierte que ninguna maquinaria electoral puede sustituir la autoridad moral.

Acción Nacional aprendió a ganar gobiernos.

Ahora tendrá que demostrar que todavía recuerda cómo formar ciudadanos.

 

 

 Video crónica

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/… LA VECINDAD DONDE AMÉRICA LATINA APRENDIÓ A REÍRSE DE SUS HERIDAS

Crónica de Roberto Gómez Bolaños, el ingeniero que convirtió una máquina de escribir en la fábrica sentimental más poderosa de la televisión latinoamericana; del niño hambriento, el héroe cobarde y la comunidad de pobres que acompañaron a generaciones enteras mientras México atravesaba autoritarismo, censura y crisis económicas; y de las contradicciones detrás de aquella ternura: el poder de Televisa, la comercialización de la pobreza, las disputas por los personajes, las rupturas del elenco y el hombre conservador que terminó viviendo dentro del mito inmenso de Chespirito.

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EL INGENIERO QUE APRENDIÓ A CONSTRUIR CARCAJADAS

 

EL NIÑO PEQUEÑO QUE CRECIÓ MIRANDO UN MUNDO DEMASIADO GRANDE

Antes de que un niño sin casa se escondiera dentro de un barril, otro niño aprendió que una familia puede quedar incompleta sin que se derrumbe ninguna pared.

Roberto Gómez Bolaños tenía seis años cuando murió su padre. A esa edad, la muerte todavía no posee un significado entero. Es una puerta que deja de abrirse, una voz que desaparece de los cuartos, un plato que ya no necesita colocarse sobre la mesa. Los adultos pronuncian palabras como ausencia, resignación y eternidad, pero el niño solamente comprende que alguien salió de su vida sin decirle cómo debía continuarla.

Francisco Gómez Linares era pintor, dibujante e ilustrador. Trabajaba con líneas, colores y rostros; sabía que unas cuantas pinceladas podían devolverle movimiento a una superficie inmóvil. Murió demasiado pronto, pero dejó en su hijo una forma de mirar. Roberto aprendería a descubrir lo esencial de una persona en un gesto: la arrogancia podía caber en unos cachetes inflados; el miedo, dentro de unas rodillas temblorosas; el fracaso, en un sombrero envejecido; el hambre, en la manera de contemplar una torta de jamón.

El padre dibujaba figuras. El hijo terminaría dibujándolas con palabras.

Después de la muerte, Elsa Bolaños Cacho tuvo que mantener de pie aquello que había quedado. Fue madre, trabajadora, administradora de la escasez y resistencia cotidiana. No recibió música de violines ni reconocimientos por sostener a sus hijos. Hizo lo que millones de mujeres han hecho en silencio: convirtió un ingreso limitado en alimento, vestido y escuela; escondió su cansancio para que los niños no tuvieran que cargarlo y aprendió a llorar donde nadie pudiera verla.

Roberto creció observando esa lucha. Mucho antes de escribir a doña Florinda, a la Chilindrina o al Chavo, conoció el mundo de las familias obligadas a continuar después de una pérdida. Tal vez por eso sus personajes casi nunca estuvieron completos. En sus historias siempre faltaba alguien. Faltaba la madre de la Chilindrina, el padre de Quico, la familia entera del Chavo. Don Ramón era padre y madre con una sola camisa negra; doña Florinda había convertido la ausencia del marido en orgullo, vigilancia y miedo. Todos reían, pero cada puerta de aquella futura vecindad guardaría un cuarto vacío.

Roberto también descubrió muy pronto que su cuerpo no impondría respeto por su tamaño. Era bajo, delgado y parecía construido con menos materia que los otros muchachos. El mundo infantil puede ser despiadado con cualquier diferencia. Los niños encuentran rápidamente el lugar donde duele y, algunas veces, lo convierten en apodo.

Él respondió aprendiendo a boxear.

No es difícil imaginar la primera enseñanza: frente a un adversario más grande, la fuerza no basta. Hay que moverse, observar, calcular la distancia y utilizar la inteligencia antes que los puños. El pequeño no puede darse el lujo de recibir todos los golpes; debe anticiparlos. Necesita convertir la desventaja en estilo.

Años después, el Chapulín Colorado entraría temblando donde los héroes convencionales aparecían levantando el pecho. Tendría menos fuerza, menos estatura, menos valor aparente y un arma cuyo nombre ya era una broma. Pero entraría. Ésa sería su grandeza: acudir aun sabiendo que podía perder.

Tal vez el verdadero Chapulín comenzó allí, mucho antes del traje rojo, cuando un muchacho pequeño levantó los guantes frente a alguien más grande y descubrió que sentir miedo no cancela la obligación de pelear.

Roberto practicó también futbol y creció mirando una ciudad que comenzaba a ensancharse. La Ciudad de México avanzaba sobre campos, levantaba edificios y llenaba sus calles con automóviles, vendedores, tranvías, obreros, estudiantes y familias que llegaban buscando un lugar. Era una capital donde la modernidad se anunciaba en los escaparates, aunque demasiadas personas continuaban viviendo con el refrigerador casi vacío.

El muchacho observaba. Todavía no sabía que esa multitud terminaría entrando en sus guiones. El presumido, el deudor, la madre protectora, el profesor derrotado, el niño rico, el niño hambriento, el médico arrogante, el ladrón incapaz de robar y el hombre que utiliza palabras enormes para ocultar que no entiende nada.

La ciudad hablaba frente a él.

Roberto comenzó a escucharla como si ya estuviera escribiendo.

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LA INGENIERÍA QUE ABANDONÓ LOS PLANOS PARA MEDIR EL TIEMPO DEL CHISTE

Cuando llegó el momento de elegir una profesión, no escogió el teatro ni la literatura. Ingresó a estudiar ingeniería mecánica en la Universidad Nacional Autónoma de México. Aquello tenía la seriedad que las familias esperan de una carrera: cálculos, materiales, motores, estructuras y la posibilidad de encontrar un empleo cuyo nombre no provocara preocupación durante la comida.

México se industrializaba. Las fábricas crecían y el país necesitaba ingenieros. Nadie publicaba anuncios solicitando hombres capaces de inventar a un niño dentro de un barril.

Roberto estudió máquinas, pero no terminó convirtiéndose en ingeniero. Sin embargo, algo de aquella formación se quedó para siempre dentro de su cabeza. Aprendió que ninguna estructura se sostiene por casualidad, que cada pieza ejerce una fuerza sobre otra y que un mecanismo solamente funciona cuando el movimiento ocurre en el instante preciso.

Eso mismo haría después con la risa.

Sus escenas serían pequeñas máquinas. Una palabra empujaba a la siguiente; una confusión movía un engrane; una entrada inoportuna soltaba un resorte y, finalmente, alguien recibía el golpe destinado a otra persona. El público veía un desastre. Debajo del desastre trabajaba la precisión.

Gómez Bolaños comprendió algo que muchos escritores tardan años en descubrir: la comedia no depende solamente de lo que se dice, sino del momento exacto en que se pronuncia. Una pausa demasiado corta puede matar el chiste; una pausa demasiado larga puede anunciarlo. El remate necesita caer cuando el espectador ya entendió la situación, pero todavía no ha encontrado la salida.

No terminó construyendo motores. Construyó repeticiones capaces de continuar funcionando durante décadas.

Cada personaje tendría palabras que regresarían como el ruido familiar de una puerta. El espectador sabía que aparecerían y, aun así, las esperaba. No se reía únicamente por sorpresa. Se reía por reconocimiento, del mismo modo en que una familia vuelve a contar durante la cena una anécdota conocida y todos celebran el final antes de que llegue.

La vida profesional llevó a Roberto hacia la publicidad. Allí descubrió otro tipo de ingeniería: la de colocar una frase dentro de la memoria de miles de personas. Un anuncio no podía necesitar explicaciones. Debía llegar, instalarse y permanecer. Tenía que ser entendido por quien manejaba, cocinaba, trabajaba, barría o escuchaba la radio sin dejar de hacer otra cosa.

La publicidad le enseñó a escribir para la calle.

No buscaba la admiración de una minoría ilustrada. Necesitaba que sus palabras sobrevivieran al ruido doméstico, atravesaran la conversación familiar y se quedaran pegadas en la cabeza. Debían ser sencillas sin quedar muertas; repetibles sin agotarse inmediatamente; infantiles en apariencia y suficientemente precisas para que también rieran los adultos.

Algunos intelectuales despreciarían después esa sencillez. Confundirían la facilidad para ser comprendido con la ausencia de talento. Pero escribir una frase que millones puedan recordar durante medio siglo no es sencillo. Lo sencillo fue el resultado; detrás existía un hombre corrigiendo hasta que ya no se viera el trabajo.

En la agencia publicitaria, Roberto comenzó a dominar la economía del lenguaje. Aprendió a quitar palabras, a buscar sonidos y a crear expresiones que parecían equivocaciones naturales. El idioma dejó de ser una vitrina intocable. Se convirtió en juguete. Podía doblarlo, tropezarlo, colocarlo de cabeza y hacerlo caminar con los zapatos cambiados.

Aquel joven que no terminó la ingeniería comenzaba a descubrir su verdadera máquina.

No utilizaría acero.

Utilizaría el idioma.

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EL ESCRITOR INVISIBLE DETRÁS DE LAS RISAS AJENAS

Durante años, Roberto Gómez Bolaños hizo reír sin recibir la risa.

Escribía palabras que otros pronunciaban. Preparaba escenas que otros representaban. Construía el puente y contemplaba desde lejos cómo los actores lo cruzaban bajo los aplausos. El público aprendía los rostros de los comediantes; el nombre del guionista permanecía escondido entre créditos que casi nadie leía.

No era todavía Chespirito. Era el hombre situado detrás de la carcajada.

La invisibilidad puede convertirse en una forma de amargura, pero también en una escuela. Desde allí estudió a los intérpretes: quién sabía esperar, quién necesitaba movimiento, quién podía hacer reír con el silencio y quién destruía una frase por querer mostrar demasiado. Comprendió que el actor no era una boca alquilada. El cuerpo podía cambiar completamente el sentido de una palabra.

Trabajó para distintos programas de radio, televisión y cine. Una parte importante de su oficio estuvo ligada a Marco Antonio Campos, Viruta, y Gaspar Henaine, Capulina. La pareja ya poseía una identidad reconocible: uno intentaba representar el orden y el otro llevaba el caos escondido dentro de la inocencia. Roberto alimentó aquel universo con situaciones, diálogos y argumentos.

Mientras escribía para ellos, afinó una de sus intuiciones fundamentales: el ingenuo podía derrotar al inteligente sin proponérselo. Quien presumía dominar la situación terminaba atrapado; quien parecía no entender nada encontraba accidentalmente la salida. El poderoso caía sobre la cubeta. El tonto permanecía de pie, sorprendido incluso de su propia victoria.

No era solamente un mecanismo cómico. Era una pequeña venganza contra el orden del mundo.

En la vida real, los fuertes suelen ganar. En la página de Gómez Bolaños, el débil podía desarmarlos pronunciando mal una palabra.

La industria demandaba materiales constantemente y Roberto escribía con una disciplina feroz. No esperaba que las musas descendieran vestidas de blanco. Se sentaba a trabajar. Inventaba, corregía, eliminaba y volvía a empezar. La risa debía entregarse a tiempo porque también tenía horario de transmisión.

Fue entonces cuando el director Agustín P. Delgado comenzó a llamarlo Chespirito. El apodo unía a Shakespeare con el diminutivo físico del escritor. Era una exageración afectuosa, una manera de decir que dentro de aquel hombre pequeño cabía una enorme cantidad de personajes.

El sobrenombre encerraba una profecía y una condena.

Con el tiempo, Chespirito crecería tanto que comenzaría a ocultar a Roberto.

A finales de los años sesenta, la televisión abrió un espacio donde Gómez Bolaños pudo desarrollar materiales propios. La oportunidad no llegó envuelta como acontecimiento histórico. La televisión rara vez sabe, en el instante preciso, cuándo está comenzando algo que modificará la cultura. Simplemente había minutos que llenar, patrocinadores que satisfacer y un público al que debía evitarse el aburrimiento.

Roberto reunió humor verbal, parodias, noticias disparatadas y personajes que discutían dentro de un mundo gobernado por el absurdo. Así comenzó a tomar forma Los supergenios de la mesa cuadrada. El título ya contenía su manera de mirar: si las mesas importantes debían ser redondas, él construiría una con esquinas y sentaría allí a personas incapaces de resolver nada.

Empezó también a reunir a los intérpretes que serían decisivos en su historia. Ramón Valdés aportaba una verdad callejera que ningún libreto podía fabricar. Rubén Aguirre poseía una presencia enorme, una voz capaz de llenar el estudio y una seriedad que se volvía cómica cuando el mundo comenzaba a desobedecerlo. María Antonieta de las Nieves tenía una extraordinaria capacidad para modificar la voz, el rostro y la edad delante del público.

Todavía no eran la familia que América Latina creería conocer. Eran actores trabajando. No sabían que un día millones discutirían sus pleitos como si ocurrieran dentro de su propia casa.

Roberto comenzó a aparecer frente a las cámaras casi empujado por sus propias necesidades creativas. No tenía el aspecto del protagonista tradicional. Era demasiado pequeño para el héroe, demasiado adulto para el niño y demasiado frágil para el galán. Precisamente por eso funcionaba.

Poseía un rostro donde la soberbia duraba apenas unos segundos antes de venirse abajo. Podía intentar parecer valiente mientras todo su cuerpo confesaba miedo. Tenía la capacidad de provocar risa sin perder completamente la tristeza. Detrás de cada personaje parecía existir alguien pidiendo que no lo dejaran solo.

El guionista descubrió entonces que llevaba años buscando afuera al actor que necesitaba.

Era él.

La televisión comenzó a recibirlo lentamente. Primero como una presencia más, después como centro del pequeño universo que estaba construyendo. El hombre que había vivido detrás de las palabras salió para entregarles rostro. Atravesó la frontera invisible entre quien imagina y quien encarna.

Del otro lado lo esperaban criaturas todavía incompletas.

Un héroe con miedo necesitaba un corazón rojo sobre el pecho. Un niño abandonado esperaba un patio donde hacer amigos. Un ladrón buscaba una bolsa para cargar las herramientas de un oficio que nunca aprendería. Un médico preparaba diagnósticos imposibles. Un hombre anciano acomodaba palabras grandiosas dentro de un idioma que estaba a punto de desmoronarse.

Todos vivían ya dentro del escritor.

Roberto Gómez Bolaños creyó que finalmente había conseguido entrar a la televisión.

No sabía que estaba a punto de quedarse encerrado dentro de ella.

Durante décadas, millones de personas amarían a sus personajes, repetirían sus frases y sentirían que formaban parte de su familia. Pero ese amor tendría un precio: el creador comenzaría a desaparecer detrás de sus criaturas. Llegaría el día en que nadie miraría al hombre sin buscar al niño del barril o al héroe tembloroso.

Aquella noche todavía no existían la vecindad, la torta de jamón ni el chipote chillón. Solamente había un escritor pequeño frente a una cámara enorme, cargando la ausencia del padre, la resistencia de la madre, los golpes del boxeo, la precisión de la ingeniería y los años de anonimato.

Entonces se encendió la luz roja del estudio.

Roberto levantó la mirada.

Y Chespirito comenzó a nacer.

 

EL DÍA EN QUE UN NIÑO HAMBRIENTO ENTRÓ A LA TELEVISIÓN

PRIMERO LLEGÓ EL HÉROE QUE TENÍA MIEDO

El primer gran héroe de Roberto Gómez Bolaños no llegó cabalgando, no descendió desde otro planeta ni poseía músculos capaces de romper paredes. Apareció vestido de rojo, con unos pantaloncillos amarillos, dos antenas absurdas sobre la cabeza y un corazón dibujado en el pecho. Entraba después de escuchar una súplica desesperada y pronunciaba con solemnidad aquello de que los buenos debían seguirlo, aunque casi siempre era él quien necesitaba que alguien le explicara por dónde comenzar.

El Chapulín Colorado surgió cuando la televisión todavía reverenciaba a los héroes impecables. Eran altos, fuertes, inteligentes y oportunos. Jamás tropezaban al ingresar en una habitación ni golpeaban por equivocación a la persona que habían llegado a rescatar. Su valor permanecía limpio porque nunca parecía costarles demasiado.

Gómez Bolaños cometió entonces una herejía: imaginó un héroe que tuviera miedo.

No miedo escondido bajo el gesto solemne, sino miedo verdadero, visible, casi contagioso. Al Chapulín le temblaban las piernas, se le quebraba la voz y algunas veces intentaba escapar antes de recordar que había sido convocado precisamente para impedir que otro escapara. Su cuerpo confesaba aquello que su boca pretendía negar. Afirmaba tener la situación bajo control mientras los objetos caían a su alrededor.

Pero se quedaba.

Allí estaba el corazón del personaje. No en las antenitas de vinil ni en el chipote chillón, sino en el instante en que el hombre asustado decidía avanzar. El Chapulín comprendía el peligro, sabía que podía perder y, aun así, daba un paso. Su valor no era la ausencia del miedo: era la vergüenza de abandonar a quien lo había llamado.

América Latina reconoció inmediatamente a aquel héroe porque se parecía demasiado a quienes la habitaban. No tenía automóvil poderoso, laboratorio secreto ni una cuenta bancaria capaz de financiar sus aventuras. Sus armas parecían fabricadas por un niño con los objetos encontrados dentro de un ropero. El chipote era un martillo blando; la chicharra paralizadora debía accionarse con una secuencia que podía confundir hasta a su dueño; las pastillas de chiquitolina reducían al héroe hasta convertirlo en una criatura todavía más indefensa.

Todo en él negaba la grandeza y, precisamente por eso, terminaba alcanzándola.

El traje rojo tampoco transformaba el cuerpo de Gómez Bolaños. No ocultaba su baja estatura ni le fabricaba músculos. Lo exponía. El corazón amarillo colocado sobre el pecho parecía advertir que su única fuerza verdadera estaba allí: no en los brazos, sino en la voluntad ridícula, temblorosa y obstinada de ayudar.

“Lo sospeché desde un principio”, decía cuando el desastre ya le había caído encima. “Todos mis movimientos están fríamente calculados”, aseguraba después de tropezar. La frase no encubría una inteligencia superior; protegía su dignidad. El Chapulín necesitaba convencerse de que había elegido caer porque admitir el fracaso completo habría resultado demasiado doloroso.

Los niños reían con el golpe. Los adultos reconocían la defensa.

¿Cuántas personas han llamado decisión propia a lo que no pudieron evitar? ¿Cuántas han fingido control para que los demás no descubran el miedo? El Chapulín era una parodia de los superhéroes, pero también una confesión del hombre común: alguien obligado a improvisar valentía porque ninguna persona verdaderamente poderosa había acudido.

Chespirito acababa de encontrar una forma de heroísmo profundamente humana. El valiente tradicional vencía porque era superior. El Chapulín merecía respeto porque era inferior y no se marchaba.

Antes de inventar al niño más famoso de la televisión, Roberto Gómez Bolaños había creado al adulto que todavía llevaba dentro al muchacho pequeño que aprendió a boxear contra adversarios mayores. La risa había cerrado el círculo: el cuerpo que alguna vez pareció una desventaja se convirtió en el lugar exacto donde podía habitar aquel héroe.

El Chapulín no enseñaba a no tener miedo.

Enseñaba algo mucho más difícil: a sentirlo completo y caminar de todas maneras.

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DESPUÉS APARECIÓ EL NIÑO QUE NADIE VIO LLEGAR

El Chavo no tuvo una entrada gloriosa. No cayó del cielo, nadie anunció su nacimiento y ninguna familia abrió una puerta para recibirlo. Simplemente apareció.

Parecía haber vivido siempre en aquel patio, aunque nadie pudiera explicar con certeza de dónde venía, cuál era su nombre completo ni quién lo esperaba al terminar el día. Los demás personajes entraban y salían de sus viviendas; él permanecía afuera. Cada puerta conducía a una familia, una comida o una cama. El barril no conducía a ninguna parte.

Con el paso del tiempo, Gómez Bolaños aclararía que el Chavo no dormía allí. El barril era un refugio, no su domicilio. La precisión no eliminó la tristeza; la hizo más profunda. Si no vivía dentro, entonces existía en algún lugar un cuarto desconocido al que jamás acompañábamos al niño. Tal vez el barril era el único espacio sobre el cual podía ejercer alguna clase de propiedad. No tenía llave, apellido, juguetes ni una madre que lo llamara desde una ventana. Tenía aquel escondite.

La televisión mexicana estaba acostumbrada a representar la pobreza desde afuera. El pobre aparecía como víctima, paisaje, amenaza o personaje agradecido cuando alguien con dinero decidía ayudarlo. El Chavo hizo algo distinto: colocó el hambre en el centro de la comedia y obligó al público a mirar el mundo desde la altura de un niño que nunca sabía si comería.

Pero todavía antes del hambre estaba la soledad.

Roberto Gómez Bolaños tenía más de cuarenta años cuando comenzó a interpretar al muchacho de ocho. No intentó rejuvenecerse mediante maquillaje elaborado. Construyó la infancia desde el cuerpo: las rodillas juntas, los brazos rígidos, los pasos inseguros, la voz rota por la emoción y esa manera de quedarse inmóvil cuando algo lo rebasaba.

El Chavo no era un niño realista. Ningún niño hablaba exactamente así. Era el recuerdo que un adulto conservaba de la niñez: palabras incompletas, temores inmensos, alegrías repentinas y una necesidad desesperada de pertenecer. No representaba la infancia como sucede, sino como duele cuando se recuerda.

Cuando la angustia se volvía insoportable, el personaje sufría “la garrotera”. Su cuerpo se endurecía y quedaba suspendido dentro del miedo. Los demás debían ayudarlo con agua. Aquella reacción fue utilizada como recurso cómico, pero encerraba una imagen estremecedora: el niño abandonado no podía huir de aquello que lo aterraba; se convertía en piedra.

Después regresaba la risa.

Ése fue uno de los secretos de Gómez Bolaños. Permitía que la tristeza se acercara, pero no la dejaba quedarse el tiempo suficiente para destruir el programa. El dolor asomaba detrás del barril, miraba durante unos segundos y volvía a esconderse antes de que los espectadores tuvieran que preguntarse por qué nadie llamaba a una autoridad para proteger a aquel niño.

El Chavo confundía palabras, provocaba accidentes y terminaba golpeado por errores propios o ajenos. Pedía perdón mediante una frase que terminaría recorriendo el continente: había sido sin querer queriendo. La expresión era una contradicción perfecta. Admitía la responsabilidad y la negaba al mismo tiempo. Era la defensa de quien acepta que causó el daño, pero suplica que alguien mire también la intención.

Tal vez ésa fue una de las razones de su popularidad. Todos hemos destruido algo sin querer, herido a alguien mientras intentábamos defendernos o provocado una desgracia pequeña que después no supimos explicar. Dentro de aquella frase cabían la culpa y la inocencia.

El nombre del programa quedó ligado originalmente al canal donde apareció: el ocho. Más tarde, cuando la geografía televisiva cambió, la ficción absorbió el número y lo convirtió en parte del misterio. El Chavo era “del Ocho”, aunque su vida parecía pertenecer a todas las puertas y a ninguna.

La vecindad comenzó a crecer alrededor de él. No era solamente una escenografía. Era el territorio de su existencia. Allí podía discutir, jugar, desobedecer, enamorarse, recibir golpes y esperar que alguien compartiera comida. En un mundo donde no poseía casi nada, al menos tenía personas capaces de pronunciar su apodo.

Nadie conocía su nombre verdadero.

Pero todos sabían quién era.

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LA COMPAÑÍA QUE CONVIRTIÓ LOS GESTOS EN PERSONAJES

Un escritor puede inventar una frase, describir un movimiento y decidir cuándo debe abrirse una puerta. Lo que no puede fabricar completamente es la respiración de otro ser humano. Para eso necesita actores.

La vecindad comenzó a llenarse de personas que no se limitaron a interpretar los personajes de Gómez Bolaños. Los contaminaron con sus propias vidas, defectos, cuerpos y recuerdos. El texto marcaba el camino; ellos dejaron huellas imposibles de borrar.

Ramón Valdés no parecía actuar a Don Ramón. Parecía haber llegado al estudio con él viviendo desde siempre dentro del cuerpo. Era delgado, desgarbado y poseía un rostro capaz de pasar de la indignación a la derrota en unos segundos. Su bigote, la camiseta, el sombrero y la expresión del hombre perseguido por la renta formaban una unidad perfecta.

Don Ramón podía ser irresponsable, tramposo y explosivo, pero nunca resultaba completamente despreciable. Amaba a su hija con las torpezas de un hombre que no tenía dinero, educación sentimental ni ayuda. Le enseñaba que la venganza no era buena y después preparaba la próxima. Huía del señor Barriga, pero conservaba una dignidad extraña: era pobre sin pedir permiso para existir.

Ramón Valdés le dio algo que ningún libreto podía ordenar: verdad.

Carlos Villagrán construyó a Quico inflando los cachetes hasta alterar su rostro. Aquella deformación se convirtió en una identidad. Quico era vanidoso, protegido y caprichoso; presumía juguetes ante quien no tenía ninguno y lloraba como si cada frustración fuera el final del mundo. Su traje de marinero hablaba de un padre ausente y de una madre empeñada en mantener una superioridad que la realidad económica no siempre confirmaba.

Villagrán encontró una voz imposible, un movimiento de brazos y una manera de llorar que transformaban el berrinche en espectáculo. Quico podía ser cruel y entrañable durante la misma escena. Era el niño que lastimaba porque temía perder el amor exclusivo de su madre.

María Antonieta de las Nieves convirtió a la Chilindrina en inteligencia defensiva. Era la niña que había aprendido a sobrevivir antes de tiempo. Poseía la astucia de quien crece con carencias y descubre que, si no puede ganar por fuerza, deberá hacerlo pensando más rápido. Lloraba ruidosamente, mentía, manipulaba y se defendía con una ferocidad que algunas veces escondía el abandono.

La Chilindrina tenía un padre, pero no una familia completa. Cuidaba y vigilaba a Don Ramón porque comprendía, quizá mejor que él, que ambos se tenían únicamente el uno al otro. María Antonieta le entregó una voz, una risa y una expresión que volvieron imposible separar al personaje de la actriz.

Florinda Meza dio forma a doña Florinda, una mujer que se comportaba como si la vecindad fuera demasiado pequeña para su categoría, aunque viviera precisamente dentro de ella. Su orgullo era una muralla levantada contra la realidad. Protegía a Quico con una fuerza casi violenta y castigaba a Don Ramón antes de averiguar lo ocurrido. Después aparecía el profesor Jirafales y toda aquella dureza se derretía alrededor de una taza de café.

Meza también interpretó a otros personajes, pero doña Florinda terminó convertida en una figura esencial: madre posesiva, viuda, aspirante a una vida distinta y mujer enamorada que recuperaba durante unos segundos una delicadeza escondida debajo de las bofetadas.

Rubén Aguirre poseía una altura que lo volvía inmediatamente visible. El profesor Jirafales entraba a la vecindad acompañado por una música interior. Enderezaba el cuerpo, levantaba la voz y pretendía controlar un universo que se burlaba constantemente de su autoridad. Frente a doña Florinda dejaba de ser maestro y regresaba a una adolescencia ceremoniosa, incapaz de cruzar definitivamente el umbral de aquella relación.

Édgar Vivar convirtió el peso, utilizado inicialmente como recurso cómico, en una presencia llena de matices. El señor Barriga no era solamente el propietario que cobraba la renta. Podía ser severo, generoso, ingenuo y víctima recurrente del recibimiento involuntario del Chavo. En lugar de construir un villano alrededor del dinero, Vivar creó a un hombre que algunas veces parecía necesitar también el afecto de los habitantes de su propiedad.

Como Ñoño, entregó humanidad al niño atacado constantemente por su cuerpo. La comedia podía ser cruel con él, pero el personaje respondía con inteligencia y una inocencia que revelaban la brutalidad de quienes convertían su apariencia en insulto.

Angelines Fernández levantó a doña Clotilde desde la soledad. Los niños la llamaban Bruja del 71 y convertían su condición de mujer soltera y envejecida en motivo de persecución. Ella respondía con dignidad, furia y un amor persistente por Don Ramón. Debajo de la caricatura habitaba una mujer a quien la comunidad había condenado por no encajar.

Horacio Gómez Bolaños apareció como Godínez, el alumno que siempre parecía haber llegado desde otra historia. Hablaba poco, observaba mucho y poseía el talento de desaparecer cuando el profesor buscaba responsables. Más tarde llegarían otros intérpretes y personajes, pero la respiración esencial de la vecindad ya estaba allí.

No formaban una familia. Todavía no.

Eran actores con contratos, necesidades, ambiciones y distintas maneras de entender su oficio. Algunos poseían mayor experiencia; otros comenzaban. Ninguno podía saber que sus rostros terminarían estampados en juguetes, libretas, disfraces y recuerdos; tampoco que un día discutirían amarga y públicamente quién era dueño de aquello que habían construido juntos.

En esos primeros años solamente existía la alegría del descubrimiento. Un gesto provocaba una risa inesperada y permanecía. Una voz encontraba su tono. Un sombrero terminaba sobre la cabeza correcta. Los personajes se apropiaban poco a poco de sus intérpretes.

Gómez Bolaños había escrito la vecindad, pero la compañía la volvió habitable.

Sin Ramón Valdés, Don Ramón habría sido solamente un deudor. Sin Villagrán, Quico no habría tenido aquellos cachetes ni aquel llanto. Sin María Antonieta, la Chilindrina carecería de su ferocidad. Sin Florinda, doña Florinda no habría golpeado con la misma autoridad. Sin Aguirre, el profesor Jirafales no habría podido mirar el mundo desde tan arriba. Sin Vivar, el señor Barriga habría sido únicamente el propietario. Sin Angelines, la puerta del 71 no habría guardado aquella mezcla de misterio y soledad.

La cámara se encendió y todos ocuparon su sitio.

El Chavo salió de su barril. Quico apareció abrazando un juguete. La Chilindrina preparó una travesura. Don Ramón escuchó los pasos del cobrador. Doña Florinda levantó la mano. El profesor Jirafales llegó con flores. El señor Barriga entró sabiendo que alguna cosa terminaría golpeándolo.

Parecía una comedia.

Pero acababa de ocurrir algo mucho más grande.

Un grupo de adultos había construido un lugar donde millones de niños se sentirían acompañados. Una vecindad de cartón, iluminada dentro de un estudio, estaba a punto de convertirse en el domicilio emocional de América Latina.

Nadie había firmado todavía las escrituras de aquel territorio.

Por eso, muchos años después, todos creerían tener derecho a reclamarlo.

LA POBREZA QUE ENTRÓ A LA CASA DISFRAZADA DE JUEGO

 

UNA TORTA DE JAMÓN CONTRA TODA EL HAMBRE DEL CONTINENTE

En la vecindad, la hora de comer comenzaba mucho antes de que alguien colocara un plato sobre la mesa. Empezaba cuando el olor escapaba por debajo de una puerta y atravesaba el patio. Los demás podían reconocer qué estaban cocinando en su casa. El Chavo solamente reconocía que aquello no era suyo.

Entonces se acercaba.

No pedía inmediatamente. Miraba. Tragaba saliva. Construía alrededor de la comida una conversación torpe, como si fingir indiferencia pudiera engañar al estómago. El hambre posee una dignidad frágil: primero intenta ocultarse; después acepta cualquier humillación con tal de recibir algo.

Una torta de jamón terminó convertida en el gran banquete de su imaginación. No soñaba con mesas abundantes, postres imposibles ni restaurantes de lujo. Su deseo cabía entre dos pedazos de pan. Jamón, tal vez queso, y la certeza de que durante algunos minutos el cuerpo dejaría de dolerle.

Millones de niños entendieron aquel anhelo sin necesidad de explicaciones. En América Latina, la pobreza rara vez llegaba sola a la mesa. Venía acompañada por madres que afirmaban no tener hambre para que alcanzara la comida; padres que regresaban tarde porque buscaban otra jornada; hermanos que dividían una pieza de pan con la precisión de quien reparte una herencia. En demasiadas casas, el desayuno era una promesa hecha para tranquilizar al estómago hasta la tarde.

El Chavo no necesitaba pronunciar la palabra desnutrición. La representaba mirando la comida de otros.

La televisión consiguió algo extraordinario y perturbador: convirtió el hambre infantil en una de las situaciones cómicas más reconocibles del continente. El público reía cuando el niño confundía una invitación, estiraba la mano demasiado pronto o imaginaba una torta que nunca llegaba. La risa nacía de la exageración, pero también del reconocimiento. Quien había pasado hambre podía verse allí sin sentirse exhibido como objeto de lástima.

Gómez Bolaños no colocó al Chavo dentro de una campaña caritativa. No lo presentó como víctima solemne acompañada por música triste. Le dio orgullo, enojo, picardía, celos y capacidad para causar desastres. El personaje no existía únicamente para sufrir. Era pobre, pero la pobreza no agotaba su personalidad.

Eso representó una forma de dignidad.

Sin embargo, la ternura también escondía una evasión. ¿Quién alimentaba al Chavo cuando se apagaban las cámaras? ¿Dónde estaban las autoridades, los familiares, la escuela, los vecinos adultos capaces de reconocer que aquel niño vivía en abandono? La serie permitía formular la pregunta, pero nunca permanecía suficiente tiempo frente a ella. Antes de que la tragedia adquiriera un nombre, alguien confundía una palabra, caía sobre un objeto o recibía un golpe.

La carcajada salvaba al programa.

No necesariamente salvaba al niño.

Cada episodio restauraba el mundo original. Si el Chavo recibía comida, al día siguiente volvía a tener hambre. Si alguien lo acogía, la siguiente historia lo encontraba nuevamente en el patio. La comedia necesitaba conservar la carencia porque allí estaba una de sus fuentes más poderosas. Una torta definitivamente conseguida habría resuelto algo que el personaje necesitaba seguir deseando.

Así funciona también la pobreza fuera de la televisión. El pobre recibe ayuda suficiente para sobrevivir el capítulo, pero no siempre para abandonar la historia. Una despensa, una moneda, un plato o una promesa retrasan el naufragio; rara vez modifican el océano.

La torta de jamón produjo millones de carcajadas, pero debajo del pan guardaba una pregunta terrible: ¿cuánta hambre puede soportar un niño antes de que los adultos dejen de considerarla parte de su personaje?

América Latina amó al Chavo porque parecía uno de sus hijos.

Lo imperdonable es que también aprendió a aceptar que continuara hambriento.

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CATORCE MESES DE RENTA Y UNA DIGNIDAD LLENA DE REMIENDOS

La vecindad parecía un patio con macetas, tendederos y puertas numeradas. En realidad, era una pequeña nación organizada alrededor de la propiedad.

El señor Barriga era dueño de los departamentos. Don Ramón debía la renta. Doña Florinda poseía muy poco, pero defendía la certeza de pertenecer a una categoría superior. Quico tenía juguetes que el Chavo solamente podía mirar. La Chilindrina aprendía a obtener con astucia aquello que su padre no podía comprar. Ñoño era hijo del propietario y, aun así, deseaba la aceptación de los niños que habitaban los cuartos de su familia.

Nadie necesitaba explicar la lucha de clases. Estaba distribuida alrededor del patio.

Cada llegada del señor Barriga activaba en Don Ramón un antiguo instinto de conservación. Se escondía, inventaba, escapaba o prometía pagar en un futuro que jamás conseguía alcanzar. La deuda se había convertido en parte de su nombre. No importaba cuánto tiempo transcurriera: siempre debía una cantidad de meses suficientemente grande para provocar risa y suficientemente real para producir vergüenza.

Don Ramón era el gran derrotado económico de la vecindad. No tenía empleo estable, acumulaba oficios pasajeros y aceptaba trabajos que casi siempre terminaban destruidos por el mismo caos que pretendía remediar. Pintaba, reparaba, vendía, entrenaba y buscaba alguna forma de obtener dinero. A veces fracasaba por mala suerte; otras, por pereza, orgullo o incapacidad. No era un santo pobre. Era un hombre.

En esa imperfección descansaba su grandeza.

La televisión acostumbraba dividir a los necesitados entre pobres buenos y pobres culpables. El primero sufría con nobleza; el segundo merecía su miseria. Don Ramón escapaba de esa simplificación. Podía ser irresponsable y generoso, explosivo y protector, tramposo y profundamente decente. No pagaba la renta, pero se negaba a renunciar a la dignidad. Vestía siempre la misma ropa, aunque la llevaba como si no debiera explicaciones por ella.

Su pobreza estaba remendada, no arrodillada.

Detrás de su humor existía una tragedia adulta: un padre solo intentando criar a una hija sin recursos suficientes. La Chilindrina podía manipularlo, burlarse y ponerlo al borde de la desesperación, pero entre ambos existía una alianza contra el abandono. Cuando todo terminaba, se tenían el uno al otro.

Doña Florinda representaba una pobreza distinta. Vivía en la misma vecindad, utilizaba el mismo patio y compartía los mismos conflictos, pero se consideraba separada de los demás por una frontera moral. Llamaba “chusma” a quienes estaban a pocos metros de su puerta. Su desprecio era una escalera imaginaria: al pisar a Don Ramón, intentaba subir hacia un nivel social que todavía no alcanzaba.

No era rica. Necesitaba creer que no era pobre.

Ese matiz volvió al personaje mucho más cruel y verdadero. La desigualdad no solamente enfrenta a quienes poseen todo con quienes carecen de casi todo. También enseña a las personas necesitadas a despreciar a quienes se encuentran apenas un peldaño debajo. El poder consigue así una victoria admirable: los pobres dejan de mirar hacia arriba y comienzan a golpearse entre ellos.

Quico heredaba aquella aspiración. Mostraba sus juguetes frente al Chavo porque el objeto perdía parte de su valor si nadie podía envidiarlo. Necesitaba poseer, pero también necesitaba que otro careciera. El juguete era menos un instrumento para jugar que una prueba de superioridad.

Sin embargo, Quico tampoco era simplemente el niño rico. Dentro de la vecindad apenas poseía un poco más. Su traje de marinero, sus pelotas y sus juguetes ocultaban otra carencia: el padre ausente. Doña Florinda compensaba aquella pérdida protegiéndolo hasta impedirle crecer. El niño presumía cosas porque no podía presumir una familia completa.

El señor Barriga, por su parte, no funcionaba como el propietario despiadado que ordenaba expulsiones. Llegaba a cobrar porque ésa era la lógica de su relación con los habitantes, pero toleraba a Don Ramón mucho más de lo que cualquier arrendador habría soportado. Algunas veces resultaba víctima de su propia paciencia. Era propietario, sí, pero también miembro de una comunidad donde el dinero no conseguía protegerlo de la humillación, los golpes accidentales ni la necesidad de afecto.

La vecindad evitaba dividirse limpiamente entre buenos y malos. Cada personaje cargaba privilegios y heridas. El señor Barriga tenía propiedades, pero Ñoño sufría burlas. Doña Florinda presumía distinción, pero vivía esperando un matrimonio que nunca llegaba. Don Ramón carecía de dinero, aunque poseía una libertad y una popularidad que los demás envidiaban. El Chavo no tenía nada y, sin embargo, era el centro alrededor del cual giraba todo.

La pobreza estaba allí, pero nunca se pronunciaba como discurso. Se veía en la ropa repetida, los juguetes disputados, la renta pendiente, la comida deseada y las puertas que separaban a quienes tenían un cuarto de quien solamente tenía permiso para permanecer en el patio.

Aquella escenografía fue construida dentro de un estudio.

La desigualdad que representaba estaba afuera, ocupando países enteros.

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EL GOLPE QUE DOLÍA MENOS PORQUE VENÍA ACOMPAÑADO DE RISAS

En la vecindad, la violencia poseía su propio orden.

Doña Florinda golpeaba a Don Ramón. Don Ramón descargaba su furia sobre el Chavo. Los niños se empujaban, se insultaban y se excluían. El Chavo recibía coscorrones, Quico terminaba contra la pared, la Chilindrina utilizaba el llanto como arma y el señor Barriga era recibido con golpes accidentales.

La violencia descendía por la escalera social hasta encontrar un cuerpo más débil.

Después aparecía la risa grabada y todo volvía a parecer inofensivo.

El golpe cómico no fue inventado por Chespirito. Pertenecía a una tradición antiquísima: payasos abofeteados, actores del cine mudo perseguidos por policías, pasteles contra el rostro y personajes que sobrevivían a caídas imposibles. La exageración destruía las consecuencias. Nadie terminaba hospitalizado; no había sangre; el dolor duraba solamente hasta el siguiente chiste.

Dentro de ese lenguaje, una cachetada no pretendía representar con realismo una agresión. Era puntuación. Cerraba la escena como un signo de exclamación colocado sobre la mejilla de Don Ramón.

Pero la repetición también enseña.

Doña Florinda golpeaba casi siempre antes de conocer los hechos. Don Ramón recibía el castigo por encontrarse disponible y carecer de poder para responderle. El público sabía que era inocente, pero esperaba la bofetada. La injusticia formaba parte del placer: veíamos venir el golpe y reíamos porque el personaje no podía evitarlo.

Después Don Ramón buscaba al Chavo. Incapaz de enfrentar a la mujer que lo había humillado, trasladaba el enojo hacia el niño. La escena podía provocar carcajadas, pero reproducía un mecanismo terrible: quien no puede golpear hacia arriba golpea hacia abajo.

Eso también ocurría fuera de la pantalla.

El patrón humillaba al trabajador; el trabajador regresaba a casa cargando la rabia; la esposa recibía el maltrato; el hijo aprendía que la violencia era el idioma de la autoridad y la llevaba al patio de la escuela. La comedia exageraba el ciclo, pero no lo inventaba.

Los niños de la vecindad podían ser crueles. Se burlaban del cuerpo de Ñoño, de la apariencia del Chavo, de la edad y soledad de doña Clotilde, de la pobreza de Don Ramón y de cualquier diferencia convertida en punto vulnerable. La palabra bullying todavía no ocupaba el lenguaje cotidiano, pero el fenómeno ya corría por el patio.

Ñoño debía soportar que su cuerpo apareciera antes que su inteligencia. Doña Clotilde fue transformada en bruja porque era una mujer madura, soltera y enamorada; la comunidad castigaba con superstición aquello que no sabía dónde acomodar. El Chavo era llamado bruto, ratero o huérfano. Quico recibía burlas por su forma de hablar. La Chilindrina era menospreciada por su apariencia antes de demostrar que podía derrotar verbalmente a cualquiera.

Todos eran agresores y víctimas.

Ésa es una de las razones por las cuales la serie sobrevivió. Nadie conservaba para siempre la posición del poderoso. Quien se burlaba terminaba llorando; quien golpeaba recibía un golpe; quien presumía perdía el juguete. La comedia distribuía pequeñas venganzas y restauraba un equilibrio precario antes de finalizar.

Sin embargo, el Chavo casi siempre regresaba al punto más vulnerable. Podía provocar el accidente que golpeaba al señor Barriga, pero continuaba dependiendo de que otros le dieran comida. Podía burlarse de Quico, pero no tenía una madre que saliera a defenderlo. Podía correr alrededor del patio, pero ninguna puerta se abría exclusivamente para él.

El programa nos enseñó a quererlo. Millones sintieron ternura, rieron con sus errores y padecieron sus tristezas. Pero ese amor televisivo también podía funcionar como absolución. Al conmovernos con el niño, creíamos haber hecho algo por él. Bastaba sentir cariño para no preguntarnos por qué seguía abandonado.

Al terminar el día, los habitantes entraban a sus casas. Doña Florinda llamaba a Quico. Don Ramón y la Chilindrina desaparecían detrás de su puerta. Doña Clotilde se refugiaba en el 71. El profesor Jirafales se marchaba y el señor Barriga regresaba al mundo exterior.

El patio quedaba vacío.

El Chavo permanecía unos minutos junto al barril. Durante el episodio había recibido comida o golpes, amistad o desprecio. Había provocado carcajadas suficientes para llenar millones de hogares. Pero al caer la noche continuaba siendo un niño sin apellido, sin familia visible y sin certeza sobre el siguiente plato.

Quizá allí se encontraba la verdad más oscura de la vecindad.

Nos enseñó a reconocer al niño pobre, a repetir sus frases y a quererlo como parte de nuestra infancia. Nos hizo llorar cuando se alejaba con su pequeño equipaje y celebrar cuando regresaba.

Pero nunca cambió su destino.

Cada mañana, el Chavo volvía a aparecer hambriento para que nosotros pudiéramos volver a reír.

Y América Latina, que lo amaba profundamente, encendía el televisor, lo miraba pedir una torta de jamón y aceptaba otra vez que el niño más querido del continente continuara sin tener qué comer.

 

LA TELEVISORA QUE CONVIRTIÓ LA INOCENCIA EN PODER

 

EL CANAL QUE QUERÍA ENTRAR EN TODAS LAS CASAS

En 1968, México descubrió que una pantalla también podía guardar silencio.

La noche del 2 de octubre, mientras la Plaza de las Tres Culturas se llenaba de disparos, cuerpos, zapatos abandonados y padres que comenzarían a buscar a sus hijos, la televisión no se convirtió en la ventana desde donde el país pudiera mirar la herida. Funcionó como cortina. Lo verdaderamente ocurrido en Tlatelolco tardaría años en atravesar completamente la versión oficial.

Ese mismo año, Roberto Gómez Bolaños comenzaba a aparecer en un pequeño segmento llamado Los supergenios de la mesa cuadrada, dentro de un programa de variedades. El dato debe colocarse con cuidado: todavía no existían el Chavo ni el Chapulín, Chespirito no dirigía noticiarios y nadie puede atribuirle responsabilidad por el silencio informativo alrededor de la matanza. Apenas comenzaba a encontrar un espacio delante de las cámaras.

Pero ambos acontecimientos nacieron dentro del mismo país.

En una parte de la ciudad, el Estado intentaba borrar una plaza. En otra, la televisión comenzaba a descubrir la capacidad de un hombre pequeño para fabricar risas. Una historia pertenecería durante décadas a la memoria perseguida; la otra, a la memoria repetida.

Televisión Independiente de México transmitía por el Canal 8 desde sus instalaciones de San Ángel Inn y pretendía competir contra Telesistema Mexicano, el poderoso conglomerado de la familia Azcárraga. En ese intento encontró a Gómez Bolaños, un escritor capaz de producir con rapidez, sostener varios personajes y construir una comedia comprensible para públicos muy distintos.

En octubre de 1970, Los supergenios de la mesa cuadrada dejó de ser solamente una breve sección y obtuvo un espacio semanal. Allí comenzaron a desarrollarse las criaturas que después escaparían del programa para construir sus propios territorios. El Chapulín Colorado apareció durante ese año. El Chavo comenzó a hacerlo en 1971.

El número ocho quedó unido al niño por el canal que lo transmitía. Más adelante la ficción encontraría otras maneras de explicar aquel apellido numérico, pero su origen estaba en la competencia comercial de dos empresas. El niño sin nombre completo llevó durante toda su vida el número de una frecuencia televisiva.

La historia tiene una ironía perfecta: el personaje que parecía no pertenecer a nadie comenzó perteneciendo a un canal.

El 8 de enero de 1973, Televisión Independiente de México y Telesistema Mexicano se fusionaron. De aquella unión nació Televisa, abreviatura de Televisión Vía Satélite. Emilio Azcárraga Milmo quedó al frente del nuevo gigante y entendió que la televisión no era únicamente una industria. Era una manera de entrar diariamente a millones de hogares sin tocar la puerta.

A finales de febrero de ese mismo año, El Chavo del 8 y El Chapulín Colorado comenzaron sus etapas como programas independientes. La coincidencia empresarial resultó decisiva. Gómez Bolaños aportó personajes capaces de generar fidelidad; Televisa puso estudios, horarios, repetidoras, producción y una capacidad de expansión que ningún creador habría conseguido por sí solo.

La empresa y el escritor se necesitaban.

Chespirito recibió libertad suficiente para levantar su universo. Televisa obtuvo una comedia familiar, barata en comparación con otras producciones y extraordinariamente resistente al paso del tiempo. No necesitaba destruir automóviles, viajar a lugares remotos ni construir escenarios diferentes cada semana. Bastaban unas puertas, un patio, un barril y actores capaces de provocar el caos.

Cada repetición podía producir nuevas ganancias. La misma bofetada viajaba sin cansarse; la misma torta de jamón volvía a ser deseada; el mismo golpe contra el señor Barriga encontraba otro niño dispuesto a reír. La pobreza permanecía inmóvil dentro de la escenografía mientras el programa comenzaba a producir riqueza fuera de ella.

Televisa fue ocupando el centro de la vida doméstica. La pantalla se convirtió en una especie de altar eléctrico alrededor del cual las familias comían, conversaban y aprendían a medir las horas. Primero las caricaturas, después las telenovelas, el noticiario y la comedia. La empresa no solamente organizaba su programación: organizaba parte de la jornada emocional del país.

Quien controlaba aquella pantalla podía decidir qué rostro sería amado, qué escándalo desaparecería rápidamente y qué interpretación de México se sentaría cada noche a la mesa.

Chespirito no construyó ese poder.

Pero terminó convertido en uno de sus habitantes más queridos.

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MÉXICO REÍA MIENTRAS EL PODER APAGABA OTRAS VOCES

El 10 de junio de 1971, una manifestación estudiantil fue atacada en la Ciudad de México por Los Halcones, un grupo paramilitar. Habían transcurrido menos de tres años desde Tlatelolco. El gobierno de Luis Echeverría prometía apertura mientras jóvenes eran golpeados, perseguidos y asesinados en las calles.

En ese mismo 1971 comenzó a aparecer el Chavo.

No hay una relación causal entre ambos hechos. Gómez Bolaños no inventó al personaje para encubrir el Halconazo. Sería intelectualmente deshonesto convertir una coincidencia temporal en prueba de una operación política. Pero la cercanía de las fechas revela la fractura del país: mientras una generación aprendía nuevamente que protestar podía costarle la vida, otra comenzaba a reír con un niño cuya mayor batalla consistía en conseguir una torta.

La televisión no necesitaba ordenar que los mexicanos olvidaran. Bastaba ofrecerles algo más amable que recordar.

Durante los años siguientes, el régimen persiguió guerrillas rurales y urbanas, encarceló opositores, utilizó instalaciones clandestinas, practicó desapariciones y convirtió el miedo en una parte silenciosa de la vida nacional. La guerra sucia no aparecía cada noche con su nombre completo. Las madres que buscaban a sus hijos no recibían el mismo espacio que los personajes capaces de vender anuncios.

La vecindad, mientras tanto, permanecía fuera del tiempo. Allí no había militares, elecciones, presos políticos ni presidentes. Nadie mencionaba a Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, los desaparecidos, las cárceles clandestinas o las comunidades castigadas. El señor Barriga podía representar la propiedad y Don Ramón la precariedad, pero el conflicto nunca abandonaba el patio.

Esa ausencia podía interpretarse como una decisión natural del género. Una comedia infantil no tiene obligación de convertirse en noticiario ni una vecindad ficticia debe cargar todos los cadáveres de su tiempo. Chaplin no necesitó explicar cada decisión parlamentaria para hablar de la pobreza. La risa también posee derecho a existir sin presentar una tesis política.

El problema no era que El Chavo evitara aquellas historias.

El problema era que casi toda la televisión las evitaba.

Televisa creció dentro de una relación estrecha con el régimen priista. La empresa necesitaba concesiones, frecuencias, condiciones favorables y acceso al poder; el gobierno necesitaba una pantalla capaz de producir estabilidad, organizar percepciones y mantener las versiones incómodas lejos de la conversación masiva. No era necesario que un funcionario revisara cada libreto. La alianza funcionaba mediante intereses compartidos.

El entretenimiento ofrecía multitudes. El noticiario administraba la realidad.

En 1976, México celebró una elección presidencial con un solo candidato registrado. José López Portillo recorrió un país donde la competencia democrática había quedado reducida a ceremonia. El PAN no consiguió postular candidato; Valentín Campa realizó una campaña sin reconocimiento oficial, y el PRI volvió a ocupar la Presidencia sin enfrentar un adversario en la boleta.

Durante aquel año, el Chavo, el Chapulín y sus compañeros estaban en plena popularidad. Los mexicanos podían elegir entre Quico y la Chilindrina para decidir quién había iniciado una pelea, pero no entre dos candidatos oficialmente registrados para decidir quién gobernaría el país.

La comparación no convierte a la comedia en responsable. Revela el tamaño del absurdo.

Ese mismo México entró en una crisis económica. La devaluación de 1976 rompió la certeza de quienes habían creído durante años en la estabilidad del peso. Los salarios perdieron fuerza y las familias aprendieron que el dinero podía encogerse durante la noche sin necesidad de tomar pastillas de chiquitolina.

Entonces Don Ramón dejó de ser solamente un personaje.

Era el padre que debía la renta, el hombre que aceptaba cualquier oficio y el trabajador a quien el ingreso nunca alcanzaba. Millones reían al verlo huir del señor Barriga porque fuera de la pantalla también estaban escapando de acreedores, precios y cuentas acumuladas. La comedia no inventó aquella identificación; la pobreza nacional la volvió inevitable.

En 1980, El Chavo del 8 dejó de existir como programa independiente. El Chapulín había cerrado esa etapa desde 1979. Sin embargo, ambos continuaron apareciendo como segmentos dentro de Chespirito. Por eso estuvieron todavía presentes cuando la crisis de 1982 desplomó nuevamente el peso, multiplicó la deuda y convirtió la nacionalización bancaria en el último acto dramático del gobierno de López Portillo.

México perdió ahorros, empleos y certezas. Chespirito continuó ofreciendo un lugar donde todo desastre podía corregirse antes de terminar el episodio.

En el país real, las crisis acumulaban consecuencias.

En la vecindad, el patio amanecía limpio.

EL DEBATE ENTRE EL CONSUELO Y LA ANESTESIA

Acusar a Chespirito de haber adormecido deliberadamente a todo un continente resulta tan fácil como injusto.

Una familia que había trabajado durante diez horas no encendía el televisor porque el PRI le hubiera ordenado reír. Lo hacía porque estaba cansada. Porque necesitaba sentarse junta, olvidar durante media hora el recibo pendiente y escuchar a sus hijos carcajearse. La risa no era necesariamente obediencia. Algunas veces era la única forma de descanso disponible para los pobres.

Quienes condenan desde la comodidad todo entretenimiento popular corren otro riesgo: despreciar a las mismas personas que dicen querer liberar. Como si un obrero tuviera la obligación de regresar de la fábrica para leer teoría política; como si una madre agotada traicionara a la democracia al disfrutar una comedia; como si los niños debieran pedir un análisis del presidencialismo antes de reírse con una puerta que golpeaba a alguien.

El Chavo acompañó soledades verdaderas. En hogares donde el padre había emigrado, Don Ramón ofrecía una forma imperfecta de ternura. En casas donde faltaba comida, el hambre del Chavo permitía reconocerse sin vergüenza. En familias golpeadas por la crisis, la vecindad demostraba que todavía era posible construir alegría con casi nada.

Eso no fue una mentira.

El consuelo también tiene valor.

Pero una cosa es ofrecer descanso y otra convertir el descanso en permanencia. La crítica comienza cuando la risa no abre nuevamente los ojos, sino que ayuda a mantenerlos cerrados.

En la vecindad, ninguna injusticia encontraba una solución definitiva. Don Ramón continuaba desempleado. El Chavo seguía hambriento. Doña Florinda conservaba su desprecio. La Chilindrina permanecía sin madre. Quico no recuperaba al padre y el profesor Jirafales nunca terminaba de entrar a la casa donde lo esperaban con café.

Los personajes no transformaban sus condiciones porque la serie necesitaba que permanecieran exactamente allí. Una verdadera mejora habría destruido el mecanismo. Si Don Ramón conseguía empleo estable y pagaba la renta, desaparecía la persecución. Si el Chavo encontraba familia, casa y alimento, dejaba de ser el niño del barril. Si doña Florinda abandonaba la vecindad, perdía a la chusma necesaria para sentirse superior.

La comedia necesitaba que la pobreza se repitiera.

El régimen también encontraba utilidad en un país acostumbrado a soportar.

Eso no significa que Gómez Bolaños escribiera propaganda partidista. Sus personajes no elogiaban presidentes, no pedían votos por el PRI ni recitaban discursos oficiales. La eficacia política era más sutil: presentaban un mundo donde los problemas pertenecían a la naturaleza de las personas, no a las estructuras.

Don Ramón era pobre porque no lograba conservar un empleo. El Chavo tenía hambre porque era huérfano. Doña Clotilde estaba sola porque resultaba excéntrica. La desgracia aparecía como una suma de circunstancias individuales. Nadie preguntaba por salarios, seguridad social, abandono infantil, acceso a vivienda o responsabilidad del Estado.

La vecindad tenía conflictos, pero no ciudadanos.

Había niños, madres, deudores, maestros y propietarios. No había personas organizándose para cambiar las reglas. Cuando surgía una injusticia, se resolvía mediante un malentendido, una disculpa o una canción. Después todos regresaban a su sitio.

El Chapulín ofrecía una estructura semejante. Los necesitados no se organizaban para enfrentar al villano: llamaban a un salvador. El héroe podía ser torpe y entrañable, pero la solución continuaba dependiendo de una figura providencial que aparecía desde afuera. Era una lógica profundamente arraigada en la cultura política mexicana: esperar al hombre que viniera a corregir aquello que la comunidad no sabía transformar por sí misma.

Sin embargo, reducir toda la obra a esa lectura también sería mutilarla. El Chapulín ridiculizaba al héroe autoritario; demostraba que quien presume fuerza puede ser un farsante. El Chavo evidenciaba la crueldad de las jerarquías y conseguía que el personaje más desposeído ocupara el centro de la historia. La comedia podía reproducir resignación y, al mismo tiempo, burlarse del poderoso.

Tal vez por eso el debate nunca termina.

Chespirito fue refugio y pudo ser anestesia. Consoló a quienes sufrían y ayudó a que algunas causas del sufrimiento permanecieran fuera de la pantalla. Humanizó al pobre, pero pocas veces imaginó una salida para la pobreza. Construyó un héroe débil, aunque mantuvo la esperanza colocada en un salvador individual. No fue el arquitecto cultural del autoritarismo, pero trabajó dentro de la empresa que mejor supo convertir estabilidad política en programación.

La responsabilidad principal pertenecía al gobierno que reprimía y a la televisora que administraba la información, no al comediante que escribía una vecindad. Pero el éxito de Chespirito ayudó a llenar horas de una pantalla cuya inocencia nunca fue completa.

Cada noche, el país se reunía frente al aparato.

En alguna casa, una familia reía cuando Don Ramón recibía otra bofetada. En otra, una madre esperaba que regresara el hijo detenido. En una sala iluminada por la televisión, los niños repetían “no contaban con mi astucia”. En un cuarto distinto, alguien bajaba la voz antes de pronunciar el nombre de un desaparecido.

Todos vivían en México.

Todos estaban ocurriendo al mismo tiempo.

Pero la televisión solamente permitía que unos cuantos atravesaran el cristal.

Chespirito llenó aquella pantalla de ternura. Televisa convirtió esa ternura en audiencia. El régimen encontró en la audiencia un país momentáneamente quieto.

Nadie necesitó ordenar al Chavo que ocultara la historia.

Bastaba con mantenerlo eternamente dentro del barril mientras, fuera de cuadro, México aprendía a enterrar sus preguntas.

 

EL IMPERIO QUE CABÍA DENTRO DE UN PATIO DE VECINDAD

 

EL DÍA EN QUE AMÉRICA LATINA COMENZÓ A HABLAR COMO CHESPIRITO

La vecindad salió de México dentro de unas cintas.

No llevaba pasaporte, equipaje ni una explicación acerca de las costumbres del país donde había sido creada. Viajaban unas paredes de utilería, un barril vacío, la deuda interminable de Don Ramón y el hambre de un niño cuyo nombre nadie conocía. Era poco para conquistar un continente. Resultó suficiente.

Guatemala fue el primer país que abrió ampliamente sus pantallas a los programas de Chespirito. Después llegaron otros territorios de Centroamérica, el Caribe y Sudamérica. A principios de aquella expansión, el propio elenco todavía hablaba con sorpresa de la recepción fuera de México, como si temiera que el humor no consiguiera cruzar una frontera.

Pero cruzó.

En Ecuador, Colombia, Perú, Venezuela, Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay, Costa Rica, Panamá, Puerto Rico y otros países, las familias comenzaron a reunirse frente a la misma vecindad. Los niños no necesitaban saber dónde estaba la Ciudad de México ni comprender la historia del Canal 8. Reconocían algo más antiguo que cualquier geografía: el miedo a quedarse fuera del juego, la envidia frente al juguete ajeno, el hambre, la humillación y el deseo de ser querido.

La televisión hizo entonces algo que la política latinoamericana nunca había conseguido: reunió al continente alrededor de las mismas frases.

“Fue sin querer queriendo” dejó de pertenecer al Chavo. Comenzó a escucharse cuando alguien rompía un vaso, llegaba tarde o intentaba explicar una torpeza imposible de defender. “No contaban con mi astucia” era pronunciada antes o después del fracaso. “Se me chispoteó” permitía reconocer una equivocación sin entregarle completamente la dignidad. “Bueno, pero no se enoje” se convirtió en la bandera blanca de niños y adultos que comprendían que habían llegado demasiado lejos.

Chespirito consiguió introducir expresiones inventadas dentro de conversaciones verdaderas. Sus palabras salieron del estudio, atravesaron las antenas y se instalaron en cocinas, escuelas, talleres, oficinas y canchas. Millones de personas que jamás conocieron a Gómez Bolaños comenzaron a utilizar su idioma para contar sus propias derrotas.

No fue solamente popularidad.

Fue colonización afectiva.

Cada país recibió la obra y la acomodó dentro de sus propios recuerdos. El patio dejó de parecer exclusivamente mexicano. Podía ser una quinta chilena, un conventillo argentino, una vila brasileña, una vecindad peruana o un inquilinato colombiano. Cambiaban los nombres locales, pero no la experiencia de compartir muros delgados, escuchar la vida ajena y encontrarse diariamente con vecinos a quienes se amaba y detestaba con idéntica intensidad.

En Brasil ocurrió uno de los prodigios culturales más extraordinarios de la serie. Los programas llegaron al SBT en 1984 y el Chavo se convirtió en Chaves. El Chapulín pasó a ser Chapolin. El doblaje no se limitó a traducir palabras: construyó otra memoria. Las voces brasileñas adquirieron tal fuerza que el público terminó sintiéndolas inseparables de los rostros mexicanos.

El idioma cambió, pero el golpe continuaba cayendo en el mismo momento.

Brasil adoptó a los personajes con una pasión capaz de sobrevivir durante décadas a cambios de horario, capítulos repetidos y decisiones de programación. Había generaciones que conocían el doblaje antes de escuchar las voces originales. Para ellas, Don Ramón era Seu Madruga y el señor Barriga, Seu Barriga. México había enviado una comedia; Brasil la convirtió en parte de su familia.

La obra podía atravesar otro idioma porque sus emociones hablaban antes que los diálogos. No hacía falta traducir el rostro del Chavo frente a una torta ni el miedo del Chapulín al escuchar un ruido. La necesidad, el orgullo y la vergüenza ya poseían subtítulos dentro del cuerpo.

Mientras los gobiernos latinoamericanos discutían fronteras, ideologías y enemistades, un grupo de personajes cruzaba todas las aduanas sin dejar de repetir los mismos episodios. Chespirito produjo una especie de ciudadanía continental: personas separadas por miles de kilómetros podían recordar exactamente la misma bofetada.

Quizá ésa fue su conquista más profunda.

Antes de internet, antes de las plataformas y antes de que el mundo creyera haber inventado la cultura global, un niño mexicano sin zapatos adecuados ya vivía simultáneamente en millones de hogares.

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LAS GIRAS DONDE LA FICCIÓN SALIÓ A ENCONTRARSE CON SUS HIJOS

La fama televisiva puede medirse en cartas, audiencia o contratos. Pero solamente adquiere cuerpo cuando el personaje baja del avión y encuentra una multitud esperando a alguien que no existe.

Durante la década de los setenta, el elenco comenzó a recorrer distintos países. Ya no viajaban únicamente las cintas: viajaban los actores, los vestuarios, las voces y los gestos. El público podría comprobar que Don Ramón respiraba, que Quico podía inflar los cachetes fuera de la vecindad y que el Chavo era capaz de abandonar el barril para subir a un escenario.

En los aeropuertos se reunían familias completas. Los niños miraban a Gómez Bolaños sin comprender por qué el Chavo había envejecido ligeramente durante el vuelo. Los adultos empujaban para acercarse a personajes que formaban parte de su rutina. La recepción sorprendía al elenco porque la televisión les había ocultado la magnitud de su propio éxito: grababan dentro de un estudio mexicano sin alcanzar a ver la cantidad de hogares donde ya eran esperados.

La gira de 1977 por Chile mostró el tamaño del fenómeno. El grupo recorrió varias ciudades y llegó a Santiago para ofrecer una doble presentación en el Estadio Nacional. Decenas de miles de personas entraron a un recinto construido para el deporte y lo convirtieron en una vecindad inmensa.

No necesitaban una escenografía elaborada. El público llevaba el escenario dentro de la memoria. Bastaba que apareciera la gorra del Chavo, el traje marinero de Quico o la camiseta de Don Ramón para que cada espectador colocara mentalmente las puertas, la fuente y el barril.

Pero aquel estadio no era un lugar inocente.

Cuatro años antes, después del golpe militar de 1973, había sido utilizado como centro de detención, interrogatorio, tortura y muerte. Sus gradas conservaban una memoria que ninguna multitud podía borrar completamente. En 1977, esas mismas estructuras recibieron las risas de miles de niños.

La escena no convierte a Chespirito en cómplice de la dictadura chilena. El elenco llegó a encontrarse con su público, no a celebrar los crímenes del régimen. Sin embargo, el contraste forma parte inevitable de la historia: los personajes que habían sido acusados de adormecer al continente actuaron dentro de un recinto donde el poder había intentado arrancar gritos muy distintos.

Durante unas horas, el estadio cambió de sonido.

Donde hombres y mujeres habían pronunciado sus nombres para no desaparecer, miles de niños gritaron los nombres de personajes imaginarios. Donde el miedo había inmovilizado cuerpos, el Chapulín convirtió el temblor en valentía cómica. Donde la historia había dejado sangre, una compañía de televisión colocó una tarima y produjo carcajadas.

¿La risa limpiaba el lugar o ayudaba a cubrirlo? ¿Devolvía el estadio a las familias o permitía que el dolor quedara enterrado debajo del espectáculo? No existe una respuesta sencilla. La alegría también puede recuperar los espacios destruidos, pero nunca debería exigir que olviden aquello que presenciaron.

Para los integrantes del elenco, las giras revelaron otra realidad: el personaje comenzaba a pertenecerle al público. Carlos Villagrán podía quitarse el traje de Quico al terminar la función, pero miles continuarían llamándolo Quico fuera del escenario. Ramón Valdés podía abandonar el sombrero, aunque la gente seguiría buscando a Don Ramón dentro de su rostro. María Antonieta de las Nieves poseía una vida, una familia y una voz adulta; el público esperaba que hablara como la Chilindrina.

El amor empezaba a convertirse en encierro.

Cada actor recibía aplausos por una criatura que Gómez Bolaños consideraba parte de su obra, pero que solamente podía existir completamente dentro del cuerpo del intérprete. Esa tensión todavía no estallaba. Durante las giras, el éxito producía suficiente ruido para cubrir las primeras grietas.

Ellos subían al escenario como una familia.

Abajo, miles de personas querían creer que también lo eran cuando se apagaban las luces.

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LA TERNURA TAMBIÉN APRENDIÓ A VENDERSE

El Chavo nació sin propiedades y terminó convertido en propiedad.

Ésa fue la gran transformación empresarial. Al principio, el éxito descansaba principalmente en la transmisión de los programas. Los personajes aparecían, reunían audiencia y vendían el tiempo comercial colocado alrededor de sus aventuras. La mercadotecnia todavía no había construido el inmenso escaparate que llegaría después.

Pero la posibilidad estaba allí.

En mayo de 1974 comenzó a circular en México la historieta de El Chavo del 8. Los personajes abandonaron nuevamente la televisión, esta vez para entrar en páginas impresas. Ya no necesitaban actores, cámaras ni horarios. Podían permanecer inmóviles dentro de un dibujo y continuar provocando que el lector escuchara mentalmente sus voces.

Las historietas llegaron también a otros países. El universo podía reproducirse en papel, adaptarse y venderse nuevamente. Cada formato demostraba que la vecindad no era solamente un programa: era una reserva de personajes capaces de producir historias, productos y dinero.

Con los años aparecieron discos, espectáculos, álbumes, juguetes, ropa, útiles escolares y toda clase de objetos. Mucho después llegarían la serie animada, videojuegos y licencias para productos que Gómez Bolaños probablemente no habría imaginado cuando dibujó por primera vez al niño del barril.

La paradoja alcanzaba una belleza cruel: se vendían juguetes con la imagen del niño que sufría porque no tenía juguetes. Se comercializaban alimentos utilizando al personaje que soñaba con comer. Se fabricaban casas de plástico inspiradas en quien nunca poseyó una vivienda.

La pobreza había encontrado la manera de convertirse en mercancía.

Sin embargo, el verdadero negocio no estaba solamente en los objetos. Estaba en la repetición. Cada episodio podía transmitirse nuevamente sin que los actores regresaran al estudio. La cinta no pedía aumento, no envejecía ni discutía el contrato. Don Ramón podía continuar debiendo la renta décadas después de la muerte de Ramón Valdés. Quico seguía llorando con pulmones infantiles mientras Carlos Villagrán envejecía lejos del programa. El profesor Jirafales llevaba flores aunque Rubén Aguirre ya caminara con dificultad.

La televisión descubrió una forma de eternidad extremadamente rentable.

Cada nueva generación llegaba limpia de recuerdos y encontraba los mismos episodios. Para el adulto era repetición; para el niño, estreno. Los programas podían haber sido grabados veinte o treinta años antes, pero la infancia siempre los recibía por primera vez.

Así, la obra consiguió algo que pocos productos televisivos alcanzan: dejó de depender de su época original. La ropa podía parecer antigua y la imagen perder nitidez, pero las emociones continuaban vigentes. Siempre habría un niño excluido del juego, alguien avergonzado por no poder comprar algo y un adulto fingiendo que su fracaso estaba fríamente calculado.

Televisa convirtió esa permanencia en negocio. Las retransmisiones nacionales e internacionales produjeron ingresos durante décadas. La vecindad seguía trabajando cuando el estudio estaba apagado, cuando el reparto se había separado y cuando algunos de sus integrantes ya habían muerto.

Gómez Bolaños también defendió y organizó la explotación de su obra. Con el tiempo, sus personajes dejaron de ser únicamente creaciones artísticas para transformarse en un patrimonio sujeto a registros, licencias y contratos. El corazón amarillo del Chapulín era ternura, pero también identidad comercial. El gorro del Chavo evocaba abandono y, al mismo tiempo, podía estamparse sobre miles de productos.

No hay necesariamente una contradicción moral en que un creador gane dinero con aquello que inventó. El trabajo artístico también posee valor económico. El problema comenzó cuando resultó necesario separar cuánto pertenecía al escritor, cuánto a la televisora y cuánto a los intérpretes que habían construido con sus cuerpos aquello que el público amaba.

¿Quién era dueño de los cachetes de Quico?

¿Podía registrarse la risa de la Chilindrina?

¿Don Ramón pertenecía al guion, a Ramón Valdés o a la memoria de quienes lo habían adoptado?

Mientras el éxito fue suficiente para repartir prosperidad, esas preguntas permanecieron debajo de la mesa. Cuando las relaciones comenzaron a romperse, cada una se convirtió en arma.

Al finalizar una grabación, el estudio quedaba vacío. Las paredes de la vecindad no ocultaban habitaciones; detrás de las puertas solamente existían soportes, cables y oscuridad. El barril era un objeto sin niño. Las flores del profesor Jirafales podían quedarse sobre una silla esperando la siguiente escena.

Pero en alguna casa de Lima, Santiago, Bogotá, San José, Quito, São Paulo o Buenos Aires, el episodio apenas comenzaba. Una familia acercaba las sillas. Un niño repetía el diálogo antes que los actores. Un adulto, convencido de haber superado aquella comedia, terminaba mirando desde la puerta.

El escenario tenía pocos metros.

Su territorio ya cubría un continente.

Roberto Gómez Bolaños había creado personajes para llenar un programa. Televisa había descubierto cómo llenar con ellos miles de horas, pantallas y productos. El público, finalmente, les había entregado algo que ninguna de las dos partes podía registrar legalmente: sus tardes, la voz de sus padres, las risas de sus hermanos y la parte más frágil de la memoria.

La vecindad ya producía una fortuna.

Pronto comenzaría la pelea por sus escrituras.

 

LOS PERSONAJES QUE YA NO CABÍAN EN LA MISMA VECINDAD

 

EL DÍA EN QUE QUICO SALIÓ SIN DESPEDIRSE DEL CHAVO

En 1978, Quico entró por última vez al salón del profesor Jirafales sin saber que estaba abandonando para siempre la vecindad.

El episodio se tituló Todavía no es hora de clases. Durante años, muchos espectadores creyeron que su despedida había ocurrido en las vacaciones de Acapulco porque esos capítulos fueron retransmitidos al final de la temporada. Pero las escenas en la playa habían sido grabadas anteriormente. La última aparición real ocurrió dentro del aula, rodeado por los compañeros con quienes había peleado, jugado y llorado durante años.

No hubo una despedida escrita para producir lágrimas. Quico no abrazó al Chavo, no entregó su pelota cuadrada ni prometió volver. El programa continuó como si los personajes fueran incapaces de imaginar que una puerta podía cerrarse definitivamente.

Carlos Villagrán había decidido abandonar el elenco. Todo lo demás quedó atrapado entre versiones.

Gómez Bolaños sostuvo que el actor quería emprender una carrera independiente y que él aceptó su decisión. Según su relato, Villagrán solicitó continuar trabajando con Quico y recibió inicialmente autorización, pero el conflicto surgió cuando afirmó ser creador del personaje. Para Chespirito, la situación era sencilla: Villagrán lo había interpretado magistralmente, pero Quico había nacido dentro de sus libretos y pertenecía al universo que él había escrito.

Villagrán contó una historia distinta. Aseguró que la popularidad de Quico había provocado tensiones, que no recibía una participación proporcional por la utilización comercial de la figura y que después de marcharse encontró obstáculos para trabajar en México y en otros países. Negó ser solamente un intérprete reemplazable y defendió como propias las decisiones físicas que habían vuelto reconocible al niño.

Ninguna de las dos versiones logra explicar por sí sola toda la ruptura.

Villagrán deseaba crecer sin permanecer subordinado a un programa colectivo. Gómez Bolaños quería conservar la unidad de una obra que llevaba su nombre y dependía de personajes cada vez más famosos. Ambos habían llegado juntos a un sitio que ninguno imaginó; cuando intentaron avanzar, descubrieron que no podían ocupar simultáneamente el centro.

La salida tuvo una consecuencia inmediata: Quico desapareció de las historias nuevas. Doña Florinda continuó entrando al patio, pero dejó de llamar a su hijo. La ausencia se explicó dentro de la ficción como un viaje para vivir con una madrina. Era una solución breve para una fractura enorme.

El niño presumido se había marchado sin que su mejor enemigo pudiera preguntarle cuándo regresaría.

Villagrán salió de México y buscó continuar su carrera en Sudamérica, especialmente en Venezuela. Para evitar el conflicto sobre el nombre, modificó la escritura: Quico se convirtió en Kiko. Una sola letra permitió que el actor conservara una figura reconocible y, al mismo tiempo, se alejara formalmente de la denominación utilizada por Chespirito.

La transformación parecía mínima, pero contenía toda la disputa. El público miraba a Kiko y seguía viendo al niño de la vecindad. El traje podía cambiar, el escenario podía tener otro nombre y los compañeros ser diferentes; los cachetes devolvían inmediatamente al espectador al patio mexicano.

Villagrán encabezó programas propios como El niño de papel, Kiko Botones y Federrico. Trabajó, realizó presentaciones y consiguió mantener al personaje delante de públicos que continuaban recibiéndolo como si Quico hubiera crecido sin abandonar completamente la infancia.

Pero fuera de la vecindad le faltaba algo. No bastaba colocar al niño en otro escenario. Quico necesitaba al Chavo para presumir, a la Chilindrina para ser manipulado, a Don Ramón para acusarlo y a doña Florinda para salir en su defensa. Separado de ellos, seguía siendo reconocible, aunque una parte de su fuerza se quedaba esperando junto al barril.

Gómez Bolaños, por su parte, conservó el programa. Podía escribir otros episodios y redistribuir las situaciones. Sin embargo, no intentó colocar a un nuevo actor dentro del traje de Quico. Comprendía que reemplazarlo habría provocado una comparación imposible.

Los dos continuaron trabajando.

Ninguno logró demostrar que el otro resultaba innecesario.

DON RAMÓN SE FUE Y EL PATIO PERDIÓ SU CENTRO

La salida de Ramón Valdés, en 1979, produjo una ausencia distinta.

Quico ocupaba un lugar fundamental entre los niños. Don Ramón conectaba prácticamente todas las puertas. Era padre de la Chilindrina, víctima de doña Florinda, deudor del señor Barriga, ilusión romántica de doña Clotilde, adversario accidental del profesor Jirafales y refugio imperfecto del Chavo.

Cuando desapareció, no faltó solamente un personaje. Se rompió la circulación del patio.

Durante años se ha repetido que Valdés abandonó el programa por solidaridad con Carlos Villagrán. Ésa es una de las versiones, sostenida especialmente por el propio Villagrán. También se ha hablado de desacuerdos laborales, cansancio, búsqueda de nuevos proyectos y rechazo a las tensiones que crecían dentro del grupo. Familiares del actor han señalado que prefería marcharse antes que quedar atrapado en conflictos personales.

Lo comprobable es más sencillo y más doloroso: se fue cuando el programa ya había perdido a Quico y cuando la convivencia detrás de las cámaras comenzaba a dejar de parecerse a la ligereza mostrada en pantalla.

Ramón Valdés no convirtió su salida en una larga batalla pública contra Gómez Bolaños. Entre ambos permaneció un afecto que sobrevivió a la distancia profesional. El actor buscó otros caminos, trabajó con Villagrán y trató de continuar utilizando aquello que el público amaba de él: la figura del hombre flaco, desordenado y perseguido por la mala suerte.

En la vecindad, la producción intentó llenar el espacio.

Llegaron nuevos personajes y se dio mayor presencia a otros habitantes. Jaimito el Cartero aportó su cansancio provinciano y su necesidad permanente de evitar la fatiga. Doña Nieves apareció para acompañar a la Chilindrina. La estructura continuó funcionando, pero no respiraba igual.

No era un problema de talento. Raúl “Chato” Padilla construyó un personaje entrañable. María Antonieta de las Nieves podía multiplicarse y sostener nuevas situaciones. El problema era que Don Ramón había ocupado durante años un lugar demasiado específico: representaba al adulto derrotado que todavía podía convertirse en cómplice de los niños.

Sin él, el Chavo perdió al hombre que algunas veces lo reprendía y otras lo protegía. La Chilindrina quedó separada de su principal relación emocional. Doña Clotilde conservó un enamoramiento sin destinatario. El señor Barriga perdió al deudor que justificaba sus visitas.

La renta seguía pendiente, pero ya no había a quién cobrarle.

En 1981, dentro de la nueva etapa del programa Chespirito, Ramón Valdés regresó. La producción aprovechó el acontecimiento y lo convirtió en historia: Don Ramón volvía a la vecindad. Durante algunos minutos, el tiempo pareció corregirse. El sombrero regresó, la Chilindrina recuperó a su padre y el patio encontró nuevamente una de sus voces esenciales.

Pero no fue un regreso definitivo.

Valdés permaneció aproximadamente un año y volvió a marcharse en 1982. Después trabajó otra vez con Villagrán en Venezuela. Años más tarde ambos se reunirían en ¡Ah, qué Kiko!, pero la salud de Ramón ya se encontraba deteriorada. Murió en 1988, antes de que la televisión comenzara a convertir formalmente al elenco en patrimonio nostálgico.

Su muerte produjo una clase de dolor que las retransmisiones se negaban a aceptar. En los capítulos repetidos, Don Ramón continuaba corriendo, enfureciéndose y prometiendo pagar. Su cuerpo real había desaparecido; el personaje seguía llegando tarde a la misma deuda.

La televisión había encontrado una manera de derrotar al tiempo, aunque solamente dentro de la pantalla.

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LA CHILINDRINA QUE SOBREVIVIÓ FUERA DE LA PÁGINA

La historia de María Antonieta de las Nieves no terminó con una salida repentina. Fue una separación lenta, administrativa y finalmente jurídica.

La actriz había acompañado a Gómez Bolaños desde los primeros programas. En distintos momentos se alejó y regresó, desarrolló proyectos propios y continuó utilizando a la Chilindrina en presentaciones, circos, televisión y espectáculos personales. Durante años, aquella utilización convivió con el universo de Chespirito sin provocar una ruptura definitiva.

El conflicto estalló mucho después.

En 1995, cuando el programa Chespirito estaba llegando a su final, María Antonieta registró la reserva de derechos de la Chilindrina a su nombre. Según su explicación, inicialmente buscaba registrar otra denominación para un personaje semejante y descubrió que la reserva correspondiente a la Chilindrina no se encontraba renovada. Realizó entonces el trámite y obtuvo el reconocimiento administrativo.

Gómez Bolaños consideró que se habían apropiado de una creación suya. María Antonieta sostuvo que no había negado su aportación como escritor, pero defendió el derecho a continuar utilizando a una criatura a la que había dedicado gran parte de su vida profesional.

Durante años, ambos hablaron desde heridas diferentes.

Para él, el registro rompía la unidad de su obra: uno de los personajes principales había salido de su control. Para ella, perder a la Chilindrina significaba quedarse sin la identidad artística alrededor de la cual había construido su carrera. No discutían únicamente por un nombre. Defendían dos formas incompatibles de entender una misma vida.

En 2002 comenzó una etapa abierta de impugnaciones. Gómez Bolaños buscó cancelar la reserva. Las resoluciones favorecieron finalmente a María Antonieta, quien conservó el derecho de utilizar al personaje. Hacia 2005, el enfrentamiento jurídico principal había concluido, aunque la relación personal permaneció rota.

La consecuencia apareció de manera visible en los proyectos posteriores. Cuando El Chavo fue transformado en serie animada, la Chilindrina no pudo formar parte del nuevo reparto de personajes. La niña que había ocupado una de las puertas fundamentales del patio fue retirada del universo derivado de la obra.

No murió dentro de la historia.

Quedó fuera por razones jurídicas.

Esa ausencia reveló algo que ninguna de las partes había previsto durante los primeros años. Un personaje puede vivir simultáneamente en lugares distintos: en el libreto donde fue nombrado, en el cuerpo que lo interpretó, en el registro que determina su utilización y en la memoria del público. La ley puede ordenar algunos de esos territorios; no consigue reunirlos otra vez.

María Antonieta continuó apareciendo como la Chilindrina. Gómez Bolaños siguió desarrollando su universo sin ella. Ambos conservaron una parte, pero ya no podían reconstruir la totalidad.

La herida se prolongó porque la televisión repetía diariamente una época en la que todavía parecían inseparables. Cada capítulo antiguo negaba el conflicto presente. Allí, la Chilindrina seguía llamando al Chavo, abrazando a Don Ramón y burlándose de Quico. Afuera, quienes les habían dado vida apenas conseguían pronunciarse sin abrir nuevamente la disputa.

El público tardó en aceptar que la compañía original se había desintegrado. Las retransmisiones alteraban la percepción del tiempo: todos parecían seguir juntos porque cada tarde regresaban al mismo patio.

Pero el programa nuevo había tenido que aprender a caminar después de perder varias partes de su cuerpo. Primero desapareció Quico. Después se marchó Don Ramón. La Chilindrina terminó viviendo fuera de la autoridad de quien había escrito sus primeras palabras.

Chespirito sobrevivió. El talento de Gómez Bolaños le permitió recuperar antiguos personajes, crear otros y sostener su espacio televisivo hasta 1995. Sin embargo, sobrevivir no significó conservar intacta la respiración original.

Quico dejó un vacío que ningún otro niño pudo llenar. Don Ramón se llevó el centro humano de la vecindad. La Chilindrina convirtió su independencia artística en una separación definitiva.

En la televisión, los tres continuaron regresando al episodio siguiente.

En la vida, algunas puertas no volvieron a abrirse.

El programa siguió respirando durante años.

La compañía que lo había convertido en milagro ya se había terminado.

 

EL HOMBRE QUE TERMINÓ HABITANDO SU PROPIA CARICATURA

 

EL AMOR QUE ROMPIÓ LA ESCENOGRAFÍA

Antes de Florinda Meza existió Graciela Fernández.

Estuvo junto a Roberto Gómez Bolaños cuando Chespirito todavía no era un imperio, sino un hombre que escribía durante horas sin saber si alguna de aquellas páginas conseguiría sostener a su familia. Se casaron en 1968, tuvieron seis hijos y construyeron una casa alrededor de una profesión impredecible. Mientras él inventaba personajes, Graciela administraba la vida verdadera: nacimientos, enfermedades, escuelas, cuentas, ausencias y todo cuanto sucede cuando el aplauso termina y alguien debe recordar que falta comprar leche.

Su participación no apareció en los créditos. Era la mujer que sostenía el lugar al que regresaba el hombre celebrado por millones. Gómez Bolaños podía permanecer concentrado en guiones, ensayos y grabaciones porque detrás existía alguien ocupándose de aquello que la historia suele considerar demasiado pequeño para recordarlo.

El éxito modificó las distancias. Llegaron los viajes, las giras, los hoteles, los reconocimientos y esa peligrosa sensación de que las reglas ordinarias ya no alcanzan a quien ha sido convertido en figura pública. Chespirito era esperado en aeropuertos y recibido por multitudes. Roberto todavía tenía una esposa y seis hijos esperándolo en casa.

Durante la gira de 1977 por Chile comenzó su relación sentimental con Florinda Meza. Ella tenía veintiocho años. Él, cuarenta y ocho. Llevaban tiempo trabajando juntos y la cercanía se había construido entre libretos, ensayos, viajes y personajes que fingían enamoramientos delante de las cámaras.

La historia ha sido contada muchas veces como si Florinda hubiera entrado a destruir una casa que permanecía perfectamente cerrada. Esa explicación resulta cómoda porque coloca sobre una mujer toda la responsabilidad y convierte al hombre casado en víctima de un encantamiento. Pero Roberto Gómez Bolaños no era un personaje ingenuo atrapado dentro de una situación escrita por otro. Era un adulto que tomó decisiones.

Florinda no abandonó a Graciela.

Él lo hizo.

La relación produjo dolor dentro de la familia y tensión entre personas que convivían diariamente en el programa. Algunos integrantes del elenco conocían y apreciaban a Graciela. Ella había acompañado los años difíciles, cuando todavía no existían estadios repletos ni personajes capaces de producir dinero durante décadas. Para quienes habían visto crecer a Chespirito, aquella separación no era un simple asunto privado: contemplaban cómo el éxito modificaba al hombre con quien habían comenzado.

Gómez Bolaños y Florinda permanecieron juntos. No fue una aventura breve sepultada después de la gira. Construyeron una relación de veintisiete años antes de casarse en 2004. Ella se convirtió en compañera sentimental, colaboradora, actriz, productora, cuidadora y finalmente guardiana de una parte fundamental de su memoria.

Reducirla a la mujer que separó una familia también sería injusto. Permaneció junto a Roberto durante su envejecimiento, sus enfermedades y la pérdida progresiva de movilidad. Compartió los años en que el hombre admirado dejó de poder representar a los personajes que continuaban corriendo dentro de la televisión.

Pero el amor duradero no borra la herida con la que comenzó.

El matrimonio con Graciela concluyó legalmente años después de iniciada la nueva relación. Ella eligió casi siempre el silencio. No convirtió su dolor en espectáculo ni utilizó los medios para destruir públicamente al padre de sus hijos. Esa reserva la volvió casi invisible dentro de una historia donde otros aprendieron a vivir frente a las cámaras.

Existe una contradicción profunda entre la obra y el hombre. Chespirito construyó una comedia familiar, defendió públicamente determinados valores y escribió reconciliaciones donde el arrepentimiento conseguía restaurar la comunidad. En su propia vida, produjo una ruptura que ninguna canción final podía reparar.

Eso no invalida su obra ni lo convierte en monstruo.

Lo devuelve a la condición humana que sus admiradores algunas veces quisieron negarle.

Roberto Gómez Bolaños sabía escribir personajes capaces de pedir perdón mediante una frase. Fuera del libreto, las consecuencias no desaparecían cuando terminaba el episodio. Los hijos crecieron, Graciela cargó la parte silenciosa del rompimiento y Florinda habitó durante décadas una relación nacida bajo la mirada acusadora de quienes nunca dejaron de considerarla intrusa.

La televisión había enseñado que después de cada equivocación alguien podía decir “fue sin querer queriendo”.

La vida no aceptó aquella frase como absolución.

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EL COMEDIANTE QUE DEJÓ DE SER POLÍTICAMENTE INVISIBLE

Durante los años de mayor popularidad de sus programas, Gómez Bolaños rara vez colocó una posición partidista explícita dentro de los personajes. El Chavo no recomendaba candidatos y el Chapulín no descendía para salvar una elección. Esa neutralidad permitió que públicos de izquierda, derecha y centro sintieran que Chespirito les pertenecía.

Con el paso de los años, Roberto decidió hablar sin disfraz.

En el año 2000 apareció respaldando a Vicente Fox. El país vivía la elección que terminaría con siete décadas de presidencias priistas y Gómez Bolaños prestó su reconocimiento público al candidato del PAN. No fue un comentario accidental: participó en mensajes de campaña y presentó a Fox como el cambio que México necesitaba.

En 2006 apoyó a Felipe Calderón durante una de las elecciones más polarizadas de la historia reciente. Seis años después expresó su preferencia por Josefina Vázquez Mota. La continuidad mostraba que no se trataba únicamente de celebrar la alternancia, sino de una afinidad política clara con Acción Nacional.

Tenía derecho a ella.

La libertad que permite criticar sus posiciones también protegía su facultad para sostenerlas. Ser comediante no le imponía silencio ni lo obligaba a pensar como sus admiradores. El problema no era que tuviera convicciones. La incomodidad surgía porque millones habían confundido durante años al creador con sus criaturas.

El Chapulín era débil, solidario y dispuesto a defender a quien pedía auxilio. El Chavo vivía en la pobreza. El público había colocado sobre ambos una sensibilidad social que no necesariamente coincidía con las preferencias políticas del hombre que los escribió. Cuando Gómez Bolaños apoyó candidatos conservadores, algunos espectadores sintieron que sus propios recuerdos infantiles tomaban partido contra ellos.

En 2007 participó de manera destacada en la campaña contra la despenalización del aborto en la Ciudad de México. En un mensaje televisivo narró que su madre, embarazada de él, había enfrentado una situación médica grave y rechazó interrumpir la gestación. Utilizó su propia existencia como argumento para pedir que la reforma no fuera aprobada.

El testimonio poseía una fuerza emocional evidente: el hombre que había creado tantos personajes afirmaba que él mismo pudo no haber nacido. Sin embargo, la discusión pública no trataba únicamente de su historia. Estaban en juego la libertad, salud y decisiones de miles de mujeres cuyas circunstancias no podían reducirse a la experiencia de una familia.

Gómez Bolaños habló desde sus convicciones religiosas y morales. Sus críticos vieron a una celebridad utilizando el cariño acumulado durante décadas para intervenir en derechos que nunca tendría que ejercer personalmente. Sus defensores consideraron legítimo que utilizara su voz para proteger aquello que entendía como vida.

La controversia rompió definitivamente la ilusión de neutralidad.

Ya no hablaba el niño pobre ni el héroe temeroso. Hablaba un hombre mayor, católico, conservador y cercano electoralmente al PAN. Quienes pretendían que Chespirito fuera patrimonio de una sola visión política descubrieron que la obra y el autor podían caminar en direcciones distintas.

Eso ocurre con las creaciones que sobreviven a sus creadores. El público no recibe pasivamente un personaje: lo llena con experiencias propias. El Chavo podía significar solidaridad para una persona de izquierda, responsabilidad individual para alguien de derecha o simplemente infancia para quien nunca quiso convertirlo en argumento político.

Roberto poseía sus convicciones.

Ya no poseía todas las interpretaciones de su obra.

La distancia entre ambos se volvió imposible de cerrar. Algunas personas dejaron de admirarlo; otras separaron al artista del ciudadano; muchas continuaron mirando los programas sin preguntar por quién había votado el escritor.

La televisión repetía episodios donde el Chapulín acudía al llamado de cualquiera.

Fuera de ella, Chespirito ya había elegido su lado.

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EL ESTADIO DONDE LOS ADULTOS FUERON A LLORAR POR SU INFANCIA

La vejez comenzó a retirar lentamente a Roberto Gómez Bolaños de su propio cuerpo.

El hombre que había interpretado niños, ancianos, ladrones, médicos y héroes perdió movilidad. Los problemas respiratorios volvieron más difícil permanecer en la Ciudad de México y terminó viviendo en Cancún, acompañado por Florinda Meza. Padecía enfisema, diabetes y otros quebrantos acumulados.

Dentro de la pantalla seguía corriendo.

El Chavo atravesaba el patio, el Chapulín levantaba el chipote y Chaparrón Bonaparte saltaba de una conversación absurda a otra. Afuera, Roberto necesitaba ayuda para desplazarse y apareció en silla de ruedas durante algunos de sus últimos homenajes.

Ésa es una de las crueldades más íntimas de la fama: el público conserva al personaje joven mientras el actor debe envejecer frente a su propia imagen. Cada retransmisión devolvía un cuerpo capaz de hacer aquello que el hombre real ya no podía. La televisión no solamente detenía el tiempo. Se lo mostraba todos los días.

Roberto Gómez Bolaños murió el viernes 28 de noviembre de 2014, en su casa de Cancún. Tenía ochenta y cinco años. La noticia recorrió América Latina con la velocidad reservada para las muertes que parecen personales, aunque el fallecido nunca haya conocido a quienes lo lloran.

No murió únicamente un escritor mexicano. En millones de hogares desapareció alguien que había estado presente durante la comida, las tareas, las enfermedades infantiles y las tardes junto a padres que también comenzaban a faltar.

Dos días después, el féretro llegó al Estadio Azteca.

El recinto donde se habían disputado finales mundialistas y donde él había visto jugar al América recibió a decenas de miles de personas. Había flores blancas, niños disfrazados, adultos con antenitas de vinil y familias completas llevando sobre el pecho el corazón amarillo del Chapulín.

Muchos de quienes acudieron ya peinaban canas. No habían ido solamente a despedir al comediante. Buscaban a sus padres sentados frente al televisor, a los hermanos con quienes repetían los diálogos y a la casa donde alguna vez se sintieron seguros. El féretro estaba sobre la cancha; la verdadera multitud caminaba por dentro de sus recuerdos.

El homenaje tuvo la solemnidad de una ceremonia nacional y la estética de un programa de televisión. Hubo música, aplausos, flores, porras y palomas blancas. Televisa despidió con grandeza al hombre que le había entregado una parte incalculable de su identidad.

También allí existía una contradicción.

El creador que había llenado estadios terminó convertido en el centro del espectáculo final. La muerte privada de Roberto Gómez Bolaños fue transformada en la última transmisión de Chespirito. Hasta el duelo necesitó cámaras.

Pero el llanto era verdadero.

Lloraban quienes se habían reído con él y quienes lo habían criticado. Lloraban adultos incapaces de explicar por qué les dolía la muerte de un hombre al que jamás estrecharon la mano. Tal vez porque no despedían al artista que había apoyado al PAN, intervenido contra el aborto, roto su primer matrimonio o peleado con compañeros.

Despedían al niño que fueron mientras lo miraban.

Ése fue el triunfo definitivo de Gómez Bolaños: construyó personajes capaces de separarse de sus errores. La obra no absolvió al hombre, pero tampoco quedó condenada a morir con él.

Su legado permanece atravesado por contradicciones que ninguna devoción debería ocultar. Retrató la pobreza con ternura, aunque la utilizó como mecanismo repetible. Dio centralidad al niño abandonado, pero nunca modificó su destino. Inventó un héroe cuya grandeza consistía en sentir miedo, pero permitió que su imagen fuera utilizada alrededor de posiciones políticas divisivas. Escribió una comunidad inolvidable y terminó distanciado de varios de quienes la hicieron posible.

No fue un santo.

Tampoco fue únicamente el sedante cultural diseñado por un régimen.

Fue un hombre extraordinariamente talentoso que trabajó dentro de una televisora poderosa, disfrutó los privilegios de su éxito, cometió daños, defendió convicciones discutibles y creó algo capaz de sobrevivir a todas sus sombras.

Al terminar el homenaje, el Estadio Azteca comenzó a vaciarse. Las familias regresaron a sus casas, los disfraces fueron guardados y las flores quedaron alrededor del lugar donde había descansado el féretro.

En algún hogar, esa misma noche, volvió a encenderse un episodio.

La vecindad apareció intacta. Don Ramón seguía vivo. Quico todavía no se había marchado. La Chilindrina conservaba a su padre. Doña Florinda levantaba la mano. El profesor Jirafales esperaba su café. El Chavo salía del barril como si nadie hubiera muerto.

Roberto Gómez Bolaños ya no estaba.

Chespirito continuaba hablando.

Quizá por eso resulta tan difícil juzgarlo sin sentir que estamos entrando a revisar nuestra propia infancia. Sus errores pertenecen al hombre; sus personajes viven también dentro de nosotros. Podemos cuestionar sus decisiones, desmontar sus mitos y mirar de frente todo aquello que la nostalgia quiso embellecer.

Pero al fondo permanece un niño.

Está sentado junto a un barril, esperando una torta de jamón y tratando de convencernos de que la tristeza también puede pronunciarse de manera equivocada para doler un poco menos.

El hombre murió a los ochenta y cinco años.

El personaje continúa teniendo ocho.

Y cada vez que vuelve a salir al patio, una parte de nosotros regresa con él al lugar donde todavía estaban vivas las personas con quienes aprendimos a reír.

 

 

(By operación W).

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/… EL AVISO INOPORTUNO:

El Cervantino terminó con 386 mil asistentes y Guanajuato acaba de convertirse en la capital mundial de los fenómenos paranormales: llegaron cientos de miles de personas que los hoteleros no hospedaron, los restauranteros no alimentaron, los comerciantes no atendieron y los habitantes jamás consiguieron ver.

Eran turistas de altísima cultura y bajísima visibilidad. Entraban a los hoteles sin ocupar habitaciones, comían sin ensuciar platos y compraban recuerdos sin acercarse a las tiendas. La ocupación hotelera promedio rondó 60 por ciento; el 40 restante seguramente durmió dentro de las gráficas, donde había espacio de sobra y desayuno continental incluido.

El truco consistió en contar asistencias, no necesariamente personas diferentes. Si alguien fue a un concierto, visitó una exposición y entró al teatro, el informe lo reprodujo como a los panes bíblicos. El ciudadano regresó solo a su casa sin sospechar que para el Gobierno ya era una excursión.

Además, alrededor de 71 mil asistencias ocurrieron fuera de Guanajuato capital, dentro del Circuito Cervantino. Magnífica innovación: llenar una ciudad utilizando gente ubicada en otras. Con esa metodología, el próximo año podrán contabilizar a todos los que pasen frente a una biblioteca, silben en la regadera o tengan un primo que alguna vez leyó a Cervantes.

También hubo boletos gratuitos, promociones al dos por uno y camiones enviados desde distintos municipios para llevar espectadores a funciones con lugares disponibles. Nada malo existe en acercar el arte a las comunidades. Lo maravilloso es mandar transporte para recoger al público y después presumir que llegó atraído por la programación. Es como organizar una fiesta, enviar taxis por los invitados y declarar al día siguiente que hubo gente tratando de entrar hasta por la cocina.

Sobre quienes consideran perfectamente normal que una multitud de 386 mil personas produzca calles tranquilas, mesas disponibles y cuartos vacíos, prefiero no discutir. Quizá también consumieron de manera artística: pagaron con aplausos, comieron cultura y dejaron propina en forma de sensibilidad.

Mientras tanto, los artistas urbanos denunciaron que no podían presentarse en las calles. El Festival nació llevando el teatro a las plazas; ahora deja las plazas sin artistas y después contrata estadísticas para que hagan ambiente. Si Enrique Ruelas comenzara hoy, tendría que tramitar permiso para San Roque, registrar a don Quijote ante Fiscalización y ponerle gafete a Rocinante para evitar que lo retirara una patrulla.

Los responsables federales tampoco aparecieron en la conferencia final. Probablemente fueron incluidos entre las 386 mil asistencias: nadie los vio, pero el boletín garantiza que estuvieron.

Como decía don Nicanor Gentío, viejo revendedor que agotaba funciones antes de imprimir los boletos: “Cuando no puedas meter al público en el teatro, mete el teatro, el público y la taquilla dentro del informe”.

El Cervantino ofreció música, danza, teatro y artes visuales.

Pero la gran carcajada fue su número de magia final: hacer desaparecer a Guanajuato de las calles y reaparecerlo, completamente lleno, en una hoja de Excel.​

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(By Notas de Libertad).

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/… La Agenda En Corto. 

1.- ALITO ABRE LA NEGOCIACIÓN; MAURICIO TREJO PONE UNA DE LAS CARTAS FUERTES

El dirigente nacional declaró prioritario a Guanajuato, respaldó a Ruth Tiscareño y planteó alianzas sustentadas en competitividad; el reconocimiento reiterado a Mauricio Trejo Pureco colocó a San Miguel de Allende entre las fortalezas desde las cuales el PRI buscará negociar rumbo a 2027.

 

2.- JESÚS RAMÍREZ GARIBAY LLEGA ADELANTE A LA ENCUESTA DE MORENA

El exsecretario general del partido reúne preparación jurídica, conocimiento de la estructura y trabajo territorial en Guanajuato capital; la medición interna no solamente definirá el nombre, sino también el género de quien encabezará el proyecto municipal, y Ramírez Garibay llega como el aspirante con los mejores números.

 

3.- TREJO LE CERRÓ LA PUERTA A MORENA SIN CERRARLA AL DIÁLOGO

Mauricio Trejo Pureco respondió a Emmanuel Reyes con una definición que también alcanza las negociaciones rumbo a 2027: permanecer en el PRI no impide reconocer capacidades en otros partidos, y construir una alianza no significa entregar las llaves de San Miguel de Allende.

 

 

4.- JUAN MIGUEL: LA ESPERANZA DE CELAYA QUIERE ECHAR RAÍCES

El presidente municipal se registró en el proceso interno de Morena con la intención de dar continuidad a su proyecto; por su presencia pública, experiencia al frente del Ayuntamiento y capacidad de interlocución, aparece como el perfil mejor posicionado para encabezar nuevamente al movimiento en Celaya.

 

 

5.- LA IMPUGNACIÓN QUE PRETENDE RESUCITAR UN ACUERDO JURÍDICAMENTE MUERTO

La organización Mujeres en la Talacha, representada por Rosa Martha Santamaría Hernández, funcionaria municipal en Dolores Hidalgo, recurrió ante la justicia federal la sentencia que eliminó la reserva exclusiva de trece alcaldías para mujeres; sin embargo, los errores del IEEG y un precedente reciente de la Sala Superior hacen prever que el recurso terminará rechazado.

 

6.- GUERRERO AGRIPINO ENTRÓ A MORENA, PERO LOS FANTASMAS DE RECTORÍA ENTRARON CON ÉL

El exrector pretende transformar ocho años de poder universitario en una candidatura municipal, pero aterriza en un partido cuyas luchas enfrentó desde la Rectoría y lleva detrás una procesión de paros, protestas, disculpas y estudiantes que todavía recuerdan todo aquello que su administración no consiguió resolver.

 

 

(By Operación W).

1.- ALITO ABRE LA NEGOCIACIÓN; MAURICIO TREJO PONE UNA DE LAS CARTAS FUERTES

El dirigente nacional declaró prioritario a Guanajuato, respaldó a Ruth Tiscareño y planteó alianzas sustentadas en competitividad; el reconocimiento reiterado a Mauricio Trejo Pureco colocó a San Miguel de Allende entre las fortalezas desde las cuales el PRI buscará negociar rumbo a 2027.

Alito no vino solamente a tomar protesta: vino a decirle al PAN que los votos priistas también pesan cuando llega la hora de ganar.
Su planteamiento fue claro: existen municipios y distritos donde una oposición dividida puede terminar entregándole la victoria a Morena.
Pero dejó abierta la competencia en solitario donde el tricolor considere que tiene posibilidades; ninguna alianza quedó formalizada.
La discusión, sostuvo, deberá pasar por perfiles, mediciones y acuerdos que respeten la representación de cada fuerza.
En ese mapa, Mauricio Trejo recibió un reconocimiento que apareció tanto ante los periodistas como frente a la militancia.
Alito lo presentó entre los alcaldes mejor evaluados y destacó su gestión y la proyección turística de San Miguel de Allende.
La valoración pertenece al dirigente, pero su reiteración tiene una lectura política: Trejo ocupa un lugar relevante en la estrategia nacional.
No fue únicamente un saludo entre compañeros; fue señalar dónde encuentra el PRI un gobierno que puede mostrar como argumento.
Sobre San Miguel, Moreno afirmó que sus mediciones internas permiten competir solos y que una coalición aumentaría las posibilidades.
No presentó los números, pero sí fijó una posición: el municipio no llegará como terreno abandonado a una negociación.
Trejo aporta ahí trayectoria electoral, presencia y una administración cuya fortaleza puede darle sustancia al acuerdo.
La visita también dejó respaldo a Ruth Tiscareño y la encomienda de convertir la reorganización partidista en presencia territorial.
Gerardo Zavala Procel asumió la Fundación Colosio, llamada a construir propuestas y abrir interlocución fuera del círculo de siempre.
Alito pidió terminar con la simulación interna: ningún partido recupera la calle si sus integrantes solamente aparecen cuando reparten candidaturas.
El desafío quedó planteado: transformar el entusiasmo del encuentro en trabajo; Mauricio representa uno de los apoyos para comenzar, no una razón para descansar.
Como decía don Aurelio Raíces, jardinero de esta columna: “Para levantar la huerta, se cuida el árbol que produce y se trabaja la tierra que falta”.

2.- JESÚS RAMÍREZ GARIBAY LLEGA ADELANTE A LA ENCUESTA DE MORENA

El exsecretario general del partido reúne preparación jurídica, conocimiento de la estructura y trabajo territorial en Guanajuato capital; la medición interna no solamente definirá el nombre, sino también el género de quien encabezará el proyecto municipal, y Ramírez Garibay llega como el aspirante con los mejores números.

En la carrera de Morena por Guanajuato capital, Jesús Ramírez Garibay no aparece como un participante más: llega encabezando las mediciones.
Morena no decidirá primero si la coordinación corresponde a una mujer o a un hombre para después buscarle nombre a la candidatura.
La encuesta medirá a todas las personas registradas y quien obtenga el mayor respaldo definirá simultáneamente el perfil y el género del proyecto.
Por eso la ventaja inicial de Ramírez Garibay tiene un peso mayor: no pelea solamente por avanzar, sino por conservar la posición delantera.
Renunció a la Secretaría General del Comité Ejecutivo Estatal para competir sin utilizar aquel cargo como plataforma durante el proceso.
Desde esa responsabilidad recorrió los 46 municipios y construyó relaciones con militantes, dirigentes, autoridades electas y estructuras territoriales.
En Guanajuato capital ha trabajado en barrios, colonias, callejones y comunidades rurales mucho antes de publicarse la convocatoria.
Es doctor y maestro en Derecho, especialista en conflictología, conciliación y materia agraria, además de consejero estatal y nacional de Morena.
Su trayectoria profesional de más de tres décadas junto a campesinos y comunidades le proporciona una identidad social difícil de improvisar.
También participó en la organización jurídica, política y territorial del partido durante el proceso electoral de 2024.
Esa combinación de preparación, conocimiento partidista y presencia en campo explica por qué actualmente registra los mejores números.
Los demás aspirantes tienen derecho a competir, pero necesitarán remontar una ventaja construida con años de trabajo y no con un destape repentino.
Su desafío será ampliar el respaldo fuera de Morena, porque la elección constitucional exigirá convencer a ciudadanos sin militancia partidista.
Guanajuato capital continúa siendo una plaza compleja y ninguna encuesta interna puede sustituir la construcción de una propuesta para gobernarla.
Hoy Jesús Ramírez Garibay va fuerte, llega preparado y aparece como el hombre que todos los demás tendrán que alcanzar.
Como decía don Severiano Veredas, viejo organizador del campo: “Cuando uno conoce el camino y además lleva ventaja, los demás no compiten contra el mapa, sino contra sus pasos”.

3.- TREJO LE CERRÓ LA PUERTA A MORENA SIN CERRARLA AL DIÁLOGO

Mauricio Trejo Pureco respondió a Emmanuel Reyes con una definición que también alcanza las negociaciones rumbo a 2027: permanecer en el PRI no impide reconocer capacidades en otros partidos, y construir una alianza no significa entregar las llaves de San Miguel de Allende.

Emmanuel Reyes encontró una respuesta donde quizá esperaba una señal: Mauricio Trejo no está preparando una mudanza a Morena.
El alcalde afirmó su pertenencia al PRI y separó dos asuntos que la política suele revolver por conveniencia: cooperación y cambio de camiseta.
Porque ahora resulta que reconocerle capacidad a un adversario equivale a solicitarle una ficha de afiliación.
Con semejante criterio, los políticos tendrían que cambiar de partido cada vez que saludan a alguien en un restaurante.
Trejo puso el límite: se puede conversar con otros sin comenzar a empacar las convicciones.
Su reconocimiento a Juan Carlos Romero Hicks no lo vuelve panista, como responderle a Reyes tampoco lo convierte en aspirante morenista.
Debajo del intercambio aparece una definición más importante: el PRI de San Miguel se declara preparado para competir solo o acompañado.
No es lo mismo buscar una alianza para ampliar posibilidades que buscarla porque ya no se encuentra cómo sobrevivir.
Mauricio pretende sentarse desde la primera posición, respaldado por su trayectoria electoral y el gobierno que encabeza.
Allí está su peso: representa una fuerza local que no puede tratarse como espacio disponible en un reparto entre dirigencias.
Una eventual negociación con el PAN tendrá que reconocer liderazgos, medir competitividad y ofrecer algo más que comodidad para los aspirantes.
Los ciudadanos necesitan saber para qué se unirían, no únicamente quién conseguiría aparecer en la boleta.
Trejo, por su parte, tendrá que seguir convirtiendo la administración municipal en respaldo para sus argumentos políticos.
La confianza se cuida gobernando; ninguna respuesta ingeniosa sustituye el trabajo que la mantiene viva.
Por ahora dejó una certeza: su casa partidista sigue siendo la misma y no necesita permiso del senador para quedarse en ella.
Como decía don Anselmo Umbrales, cerrajero de esta columna: “Una cosa es conversar en la puerta y otra entregar las llaves”.

4.- JUAN MIGUEL: LA ESPERANZA DE CELAYA QUIERE ECHAR RAÍCES

El presidente municipal se registró en el proceso interno de Morena con la intención de dar continuidad a su proyecto; por su presencia pública, experiencia al frente del Ayuntamiento y capacidad de interlocución, aparece como el perfil mejor posicionado para encabezar nuevamente al movimiento en Celaya.

Juan Miguel Ramírez Sánchez levantó la mano para continuar una tarea que, desde su perspectiva, necesita más tiempo para madurar.
Su registro del 17 de octubre abre la ruta hacia la coordinación municipal de Morena y una eventual candidatura para la reelección.
No buscó simultáneamente otro cargo: concentró su aspiración en Celaya, donde hoy tiene su responsabilidad y su proyecto político.
Esa definición le da claridad a su participación: quiere seguir gobernando la ciudad, no encontrar cualquier lugar en la siguiente boleta.
Llega con la presencia que proporciona la Presidencia Municipal y con proyectos que le permiten hablar de continuidad desde una experiencia concreta.
Por esas condiciones, aparece como el aspirante mejor posicionado, aunque la decisión interna todavía deberá recorrer sus etapas.
Su planteamiento vincula la recuperación de la tranquilidad con oportunidades económicas, participación comunitaria y acciones para reconstruir la convivencia.
También busca acompañar proyectos de mayor alcance, como el tren de pasajeros, el hospital del IMSS y el Polo de Desarrollo del Bienestar.
Para Celaya, esas iniciativas representan la posibilidad de que el futuro deje de anunciarse solamente y comience a tomar forma.
Juan Miguel apuesta a conducir ese proceso sin apartarse de las obligaciones que actualmente tiene frente a los ciudadanos.
Aseguró que seguirá trabajando y que no convertirá su aspiración en una campaña que distraiga a la administración municipal.
También expresó disposición a respaldar a un perfil mejor, una señal de apertura que no disminuye la fortaleza de su propia participación.
La postura de Antonio Chaurand, dispuesto a apoyarlo si resulta seleccionado, ofrece además una base para construir entendimientos.
Morena necesitará cuidar esa unidad: la competencia puede enriquecer al movimiento sin obligarlo a salir herido de cada definición.
Juan Miguel entra con una ventaja política reconocible y una oportunidad mayor: conseguir que la esperanza ofrecida a Celaya se convierta en confianza duradera.
Como decía don Julián Cimientos, constructor de esta columna: “Cuando la obra lleva buen rumbo, lo que sigue es ayudar a levantarla”.

5.- LA IMPUGNACIÓN QUE PRETENDE RESUCITAR UN ACUERDO JURÍDICAMENTE MUERTO

La organización Mujeres en la Talacha, representada por Rosa Martha Santamaría Hernández, funcionaria municipal en Dolores Hidalgo, recurrió ante la justicia federal la sentencia que eliminó la reserva exclusiva de trece alcaldías para mujeres; sin embargo, los errores del IEEG y un precedente reciente de la Sala Superior hacen prever que el recurso terminará rechazado.

Impugnar es un derecho; convertir una buena causa en salvavidas de un acuerdo mal construido es otra cosa.

Mujeres en la Talacha pidió a la Sala Monterrey restaurar la reserva que el Tribunal Electoral de Guanajuato derribó por unanimidad.

La organización afirma que el IEEG no alteró la paridad, sino que únicamente determinó los municipios donde debían postularse mujeres.

El problema es que decidir quién puede competir en trece presidencias municipales no constituye un pequeño acomodo administrativo: restringe derechos políticos.

El Tribunal no atacó la participación femenina; dejó vigentes las demás reglas de paridad y anuló solamente la imposición territorial.

El IEEG quiso justificarla revisando los gobiernos municipales de 1997 a 2024, como si la historia de Guanajuato hubiera comenzado cuando alguien abrió una hoja de cálculo.

Ese recorte borró del diagnóstico a presidentas que ya habían gobernado Comonfort, Cortazar, Dolores Hidalgo, Romita y Tarimoro.

También faltó demostrar por qué las reglas existentes resultaban insuficientes y por qué reservar precisamente esos trece municipios era una medida necesaria y proporcional.

A ello se suma que el acuerdo apareció cuando ya existían convocatoria y reglas electorales, introduciendo incertidumbre después de iniciado el camino.

El antecedente más cercano tampoco favorece a las recurrentes: este mismo año, la Sala Superior anuló la postulación exclusiva de mujeres en ocho ayuntamientos de Jalisco.

Aquella sentencia estableció que la igualdad sustantiva no autoriza a una autoridad administrativa a colocarse por encima de la ley, la autodeterminación partidista y otros derechos ciudadanos.

Es verdad que en Hidalgo sobrevivió una reserva semejante, pero allí existía una reconstrucción histórica amplia y una metodología que el caso guanajuatense simplemente no tiene.

Los precedentes no condenan las acciones afirmativas; condenan su improvisación, su desproporción y la costumbre de presentar ocurrencias como conquistas.

Rosa Martha Santamaría puede encabezar una asociación y dirigir SAPASMA, pero ninguno de esos cargos consigue completar el diagnóstico que el IEEG dejó mutilado.

Todo apunta a que la Sala Monterrey confirmará la sentencia, y si el litigio escala, la resolución de Jalisco aguardará arriba como una puerta cerrada.

Como decía doña Candelaria Expedientes, vieja litigante que jamás confundía entusiasmo con sustento: “Una causa puede tener alas, pero si el escrito nació sin pies, no llegará muy lejos”.

6.- GUERRERO AGRIPINO ENTRÓ A MORENA, PERO LOS FANTASMAS DE RECTORÍA ENTRARON CON ÉL

El exrector pretende transformar ocho años de poder universitario en una candidatura municipal, pero aterriza en un partido cuyas luchas enfrentó desde la Rectoría y lleva detrás una procesión de paros, protestas, disculpas y estudiantes que todavía recuerdan todo aquello que su administración no consiguió resolver.

El registro de Luis Felipe Guerrero Agripino no solamente sorprendió a Morena: despertó memorias que llevaban varios años esperando fuera de Rectoría.
Durante ocho años encabezó la Universidad de Guanajuato, dentro de una estructura institucional estrechamente relacionada con los gobiernos panistas.
Nunca militó en Morena ni ayudó a construir desde abajo la organización que ahora pretende encabezar rumbo a la Presidencia Municipal.
De pronto abrazó el humanismo mexicano y pronunció “primero los pobres”, como si una frase pudiera sustituir años de congruencia política.
Morena puede incorporar ciudadanos y antiguos adversarios; lo peligroso sería utilizar las candidaturas como bautizos capaces de borrar cualquier pasado.
Francisco Escamilla y David Martínez Mendizábal recordaron que Guerrero Agripino fue antagonista de causas morenistas relacionadas con la gratuidad universitaria.
También deberá explicar sus diferencias frente a las exigencias de seguridad, transparencia y protección de la comunidad estudiantil.
Porque su rectorado no está compuesto únicamente por ceremonias, informes, reconocimientos académicos y fotografías entre columnas de cantera.
En 2019, estudiantes paralizaron actividades para denunciar inseguridad, acoso sexual, violencia de género y desconfianza hacia las autoridades universitarias.
En 2020 regresaron a las calles afirmando que Guerrero Agripino solamente escuchaba cuando la protesta conseguía sacudir las puertas de su oficina.
En 2023, su despedida volvió a quedar rodeada por inconformidades sobre la sucesión rectoral, la transparencia y la atención de denuncias de acoso.
Ofreció disculpas y reconoció equivocaciones, pero los fantasmas institucionales no desaparecen porque alguien cambie Rectoría por una asamblea de Morena.
Su apellido puede producir conocimiento en una encuesta, aunque también arrastra negativos entre estudiantes, académicos y militantes que recuerdan aquellas crisis.
Morena deberá decidir si respalda a quienes construyeron su estructura o entrega su proyecto a quien apenas acaba de descubrir afinidad con el movimiento.
Guerrero Agripino llegó acompañado por su prestigio académico; detrás venían todas las preguntas que creyó haber dejado encerradas en la Universidad.
Como decía don Casiano Pizarrón, viejo maestro que jamás lograba borrar completamente el gis: “Uno puede cambiar de salón, pero los fantasmas siempre encuentran la nueva puerta”.

 

 

 

 

(By operación W).

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 Si (If)

De: Rudyard Kipling

Si puedes estar firme, cuando a tu alrededor todo el mundo se ofusca y tacha tu entereza, si cuando dudan todos, fías en tu valor y al mismo tiempo sabes, excusar su flaqueza.   Si puedes esperar y a tu afán poner brida, o ser blanco de mentiras y esgrimir la verdad, o siendo odiado, al odio no dejarle cabida y no ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad.   Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey, si piensas y el pensar no mengua tus ardores, si el triunfo y el desastre no te imponen su ley, y los tratas lo mismo, como a dos impostores.   Si puedes soportar que tu frase sincera sea trampa de necios en boca de malvados, o miras hecha trizas tu adorada quimera, y tornas a forjarla con útiles mellados.   Si todas tus ganancias, puestas en un montón, las arriesgas osado en un golpe de azar y las pierdes y luego, con bravo corazón, sin hablar de tus pérdidas vuelves a comenzar.   Si puedes mantener en la ruda pelea, alerta el pensamiento y el musculo tirante, para usarlos cuando en ti todo flaquea, menos la voluntad, que te dice: ¡adelante!   Si entre la turba, das a la virtud abrigo, si marchando con reyes, del orgullo has triunfado, si no pueden herirte, ni amigo ni enemigo, si eres bueno con todos, pero no demasiado.   Y si puedes llenar los preciosos minutos, con sesenta segundos de combate bravío, tuya es la tierra y todos sus codiciados frutos, y lo más importante ¡serás hombre hijo mío!

*Si quieres escucharlo en la voz de: *Pepe MediaVilla.

Sobre el poema.

 

 

SI: CUANDO LA VIDA NOS LO ARREBATA TODO Y SOLAMENTE NOS QUEDA EL ALMA

Una lectura profunda del poema de Rudyard Kipling sobre la dignidad frente a la derrota, la valentía de reconstruir los sueños destruidos y la grandeza silenciosa de quien, después de atravesar el dolor, la traición y el fracaso, consigue llegar al final de su existencia sin haberse traicionado a sí mismo.

 

CUANDO EL MUNDO SE DERRUMBA Y TODAVÍA DEBEMOS PERMANECER DE PIE

Hay momentos en que la vida parece reunir todas sus crueldades para descargarlas sobre un solo corazón. Los amigos desaparecen, las certezas se desmoronan, la mentira ocupa el lugar de la verdad y quienes alguna vez nos abrazaron terminan señalándonos con el dedo. Entonces Rudyard Kipling nos coloca frente a una pregunta terrible: ¿qué queda de nosotros cuando el mundo parece empeñado en destruirnos?

Si no es un poema para quienes nunca han sufrido. Es una conversación con quienes conocen el sabor de la traición, la soledad de las derrotas y el dolor de descubrir que la bondad no siempre recibe bondad como respuesta.

Conservar la serenidad cuando todos pierden el juicio no significa carecer de miedo. Significa impedir que el miedo gobierne nuestra conciencia. Confiar en nosotros mismos sin despreciar las dudas ajenas exige una grandeza todavía más difícil: mantener las convicciones sin permitir que se conviertan en soberbia.

Pero su enseñanza más profunda aparece cuando nos pide no responder a la mentira con mentiras ni al odio con odio. Porque la verdadera victoria de nuestros enemigos ocurriría si consiguieran convertirnos en aquello que tanto nos hizo sufrir.

Hay heridas que no podemos evitar; lo que todavía podemos decidir es si permitiremos que esas heridas terminen pudriéndonos el alma.

 

EL DÍA EN QUE LOS SUEÑOS QUEDAN CONVERTIDOS EN ESCOMBROS

Kipling llama impostores al triunfo y al fracaso porque ambos pretenden convencernos de que poseen la última palabra sobre nuestra existencia. El triunfo puede embriagarnos hasta hacernos olvidar quiénes somos; la derrota puede hundirnos hasta hacernos creer que jamás fuimos nadie.

Pero ni las victorias nos convierten en dioses ni las derrotas nos arrebatan nuestra condición humana.

El poema alcanza una belleza desgarradora cuando nos presenta a alguien contemplando destruido aquello a lo que entregó su vida y, sin embargo, inclinándose para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

No habla solamente de proyectos perdidos. Habla de matrimonios que terminaron, amistades sepultadas por la traición, esperanzas que envejecieron esperando y sueños que murieron cuando todavía teníamos las manos llenas de futuro.

Hay derrumbes que nadie escucha porque ocurren dentro del pecho. Nadie recoge sus escombros. Nadie contempla sus ruinas. Solamente quien los padece sabe cuánto ha quedado enterrado.

Y entonces llega la decisión más dolorosa: permanecer abrazado a lo que desapareció o levantarse, recoger los pedazos de nuestra existencia y comenzar nuevamente.

Kipling no promete recuperar lo perdido. Algunas ausencias son definitivas. Su enseñanza es todavía más valiente: aunque la vida consiga arrebatarnos aquello que amamos, no tiene por qué arrebatarnos también la capacidad de volver a vivir.

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EL ÚLTIMO MINUTO Y LA DIGNIDAD DE NO HABERNOS TRAICIONADO

Hacia el final, el poeta nos conduce al territorio más íntimo de la resistencia humana. El corazón está agotado, los nervios han perdido firmeza y los músculos apenas responden. Solamente queda la voluntad, esa voz que se niega a abandonar el camino.

Es una imagen profundamente conmovedora porque llega una edad en que comprendemos que nuestras fuerzas no son eternas. Los años comienzan a pesar, algunos seres queridos ya no están y el tiempo deja de parecernos infinito.

Entonces descubrimos que la valentía también consiste en reconocer nuestras limitaciones, pedir ayuda cuando la necesitamos y conservar la ternura después de haber conocido demasiadas razones para endurecernos.

Kipling nos recuerda que debemos caminar entre poderosos sin perder la sencillez y convivir con todos sin vender nuestras convicciones. Su ideal de madurez, expresado originalmente como una enseñanza de padre a hijo, puede entenderse hoy como una aspiración profundamente humana.

Y cuando habla del valor de cada minuto, nos enfrenta a una verdad que solamente comprendemos plenamente cuando comenzamos a sentir la brevedad de la vida: sesenta segundos pueden bastar para destruir una amistad, pedir perdón, sostener una mano o despedirnos para siempre.

Al terminar Si, comprendemos que no hemos leído una receta para conquistar el mundo, sino una enseñanza sobre cómo impedir que el mundo nos conquiste por dentro.

Porque llegará un día en que los aplausos habrán enmudecido, las victorias serán recuerdos y nuestros sueños tendrán el color amarillento de las fotografías antiguas. Entonces quizá lo único verdaderamente importante será mirar las cicatrices que nos dejó la existencia y descubrir que, aunque perdimos personas, batallas, ilusiones y pedazos enteros del corazón, hubo algo que nunca entregamos: la dignidad de seguir siendo nosotros mismos.

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Sobre el autor.

 

RUDYARD KIPLING: EL ESCRITOR QUE ENSEÑÓ A RESISTIR MIENTRAS LA VIDA LE DESTROZABA EL CORAZÓN

Reseña biográfica y literaria de un hombre que conoció el abandono, la gloria, la guerra y la pérdida de sus propios hijos; creador de mundos inolvidables y de uno de los poemas más conmovedores sobre la dignidad humana, cuya existencia estuvo marcada por una contradicción profunda: predicó la fortaleza mientras aprendía que ningún corazón, por resistente que parezca, está preparado para todas las desgracias.

 

EL NIÑO QUE CONOCIÓ EL ABANDONO ANTES DE APRENDER A NOMBRARLO

Joseph Rudyard Kipling nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay, India, entonces territorio del Imperio británico. Su infancia comenzó entre los colores, los aromas y las voces de una tierra que terminaría convirtiéndose en el gran escenario de su imaginación.

Pero aquella felicidad fue interrumpida demasiado pronto. A los cinco años lo enviaron a Inglaterra junto con su hermana para recibir educación. Quedaron al cuidado de una familia donde el pequeño Rudyard sufrió una experiencia profundamente dolorosa. El niño que había conocido el calor de su hogar descubrió de pronto la soledad, el miedo y la amarga sensación de haber sido abandonado.

Aquella herida no desapareció con los años. Permaneció escondida en su memoria y alimentó su sensibilidad hacia los niños desamparados, la fragilidad humana y las dificultades de crecer en un mundo gobernado por adultos que no siempre comprenden el sufrimiento infantil.

En 1882 regresó a la India y comenzó a trabajar como periodista en Lahore. Entre imprentas, noticias y noches de escritura descubrió su verdadera vocación. El periodismo le enseñó a observar los rostros, escuchar las conversaciones y encontrar historias extraordinarias en las existencias aparentemente comunes.

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EL HOMBRE QUE CONSTRUYÓ UNIVERSOS CON PALABRAS

Su carrera literaria despegó con Baladas del cuartel (1892), una colección poética que dio voz a soldados y personajes alejados de los grandes salones del poder. Después llegarían las obras que lo convertirían en un autor universal.

En El libro de la selva (1894) creó el universo de Mowgli, el niño criado entre animales, donde la aventura también permite reflexionar sobre la pertenencia, las leyes de la convivencia y el difícil aprendizaje de la libertad. En Capitanes intrépidos (1897) narró la transformación de un muchacho privilegiado que descubre el valor del trabajo y la responsabilidad. Con Kim (1901) ofreció una extraordinaria travesía por la diversidad cultural de la India, entre caminos, espionaje e identidades.

También escribió Precisamente así (1902), una colección de relatos imaginativos que convirtió las preguntas infantiles en literatura perdurable.

En 1907 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor británico distinguido con ese reconocimiento.

Sin embargo, su legado también contiene sombras. Kipling defendió aspectos del imperialismo británico y expresó ideas que hoy merecen una lectura crítica. Su talento literario no elimina esas contradicciones; obliga a comprenderlas dentro de la complejidad de su época y de su propia personalidad.

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EL PADRE QUE ESCRIBIÓ SOBRE LA FORTALEZA Y TERMINÓ CONOCIENDO EL DOLOR MÁS PROFUNDO

Detrás del escritor célebre vivía un hombre golpeado por pérdidas devastadoras. En 1899 murió su pequeña hija Josephine, de seis años. Aquella ausencia abrió una herida que jamás terminaría de cerrarse.

En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, su hijo John murió combatiendo en Francia, con apenas dieciocho años. La incertidumbre sobre su destino y la imposibilidad de recuperar inmediatamente sus restos profundizaron el sufrimiento familiar.

Resulta estremecedor recordar que Kipling había escrito Si, publicado en 1910 dentro de Recompensas y hadas, antes de sufrir la pérdida de su hijo. Aquel poema, concebido como una enseñanza sobre el carácter, adquiriría una resonancia todavía más dolorosa al contemplarlo desde las desgracias posteriores de su autor.

¿Cómo continuar cuando la vida nos arrebata aquello que ninguna victoria puede devolver? ¿Cómo pedirle fortaleza al corazón cuando el corazón ha perdido una parte de sí mismo?

Kipling murió en Londres el 18 de enero de 1936, a los setenta años. Sus cenizas descansan en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster.

Dejó novelas, cuentos y versos que atravesaron generaciones, pero también una enseñanza que continúa conmoviéndonos: la dignidad humana no consiste en vivir sin heridas, sino en procurar que esas heridas no destruyan cuanto todavía tenemos de noble.

Porque Rudyard Kipling conoció la gloria de los reconocimientos y el silencio insoportable de las habitaciones donde ya no volverían a escucharse las voces de sus hijos. Y acaso por eso sus palabras siguen resonando con tanta fuerza: porque detrás del poeta que nos pidió resistir permaneció siempre un padre que descubrió, entre las ruinas de su propia vida, que hasta los hombres más fuertes pueden continuar caminando con el corazón irremediablemente roto.

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/… JOHNNY CARVAN: EL HOMBRE QUE CANTA CUANDO LAS PALABRAS YA NO PUEDEN

De aquel niño que buscaba melodías en el órgano de su padre al músico capaz de sostener una madrugada completa con la guitarra entre las manos; una historia de bohemia, rock, pérdidas, escenarios y canciones propias, donde la verdadera recompensa no siempre ha sido el aplauso, sino descubrir que una voz puede entrar en el corazón de un desconocido y quedarse viviendo allí.

 

LA MÚSICA ENTRÓ A SU VIDA ANTES DE QUE PUDIERA PONERLE NOMBRE

En la casa de su infancia nadie necesitaba anunciar que comenzaría la música. Bastaba una reunión, una guitarra buscando tono o el impulso de prolongar la noche para que aparecieran las canciones. La familia paterna de Johnny Carvan era profundamente bohemia. No vivía profesionalmente de los escenarios, pero entendía que una alegría puede cantarse, que una tristeza pesa menos cuando encuentra melodía y que existen silencios familiares que solamente se atreven a hablar después del primer acorde.

Johnny tenía aproximadamente ocho años cuando comenzó a tocar el órgano y el piano que guardaba su padre. Después llegarían la guitarra, el bajo y la armónica. No aprendía instrumentos para presumirlos; los perseguía porque cada uno le ofrecía una puerta distinta. La guitarra terminó siendo la más fiel: la que cabía en las reuniones, viajaba en automóvil, subía a los bares y permanecía despierta cuando todos los demás comenzaban a rendirse.

Nació en Celaya, pero creció en León hasta reconocerse como panza verde. En esta ciudad encontró sus primeras oportunidades, sus compañeros, los lugares donde podía pedir un espacio y los públicos ante los cuales descubrió que cantar no era únicamente reproducir una canción. Era entregarse a ella.

A los dieciséis años decidió dedicarse a la música. Lo hizo sin conocer el camino, como suelen tomarse las decisiones que realmente cambian una vida. No existía una ruta iluminada. Había que buscar peñas, aceptar palomazos, reunirse con otros músicos, soportar negativas y aprender que el talento puede abrir una puerta, pero solamente la perseverancia consigue mantenerla abierta.

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EL ESCENARIO DONDE CADA NOCHE COMIENZA DESDE CERO

El nombre artístico nació de Caravana, la agrupación con la que inició. Johnny era quien hablaba con los propietarios y negociaba las presentaciones; por eso comenzaron a identificarlo como “el Caravana”. Cuando el grupo terminó, aquella palabra no desapareció. Se quedó pegada a su historia hasta transformarse en Carvan.

Desde entonces ha recorrido bares, fiestas, reuniones, foros y escenarios donde el rock se ha unido con arreglos sinfónicos. Ha cantado en León, Irapuato, Querétaro, la Ciudad de México y otros lugares donde la música lo ha llevado. Algunas noches han durado trece o catorce horas, como si la madrugada se negara a terminar mientras su guitarra conservara una canción pendiente.

En ese trayecto aprendió que el público no siempre llega dispuesto a escuchar. Algunas veces exige, interrumpe, pide la misma pieza y convierte al músico en una especie de cómplice de su propia celebración. Johnny eligió no esconderse detrás de la distancia del artista. Habla con la gente, se ríe, responde y convierte el escenario en una mesa compartida.

Aunque el rock constituye su territorio principal, se niega a encerrarse en él. Puede pasar de Caifanes, Nirvana o Guns N’ Roses a una balada romántica, una cumbia, la trova o una interpretación de El triste capaz de arrancarle dolor hasta a quien juraba haber acudido solamente a divertirse. Más que rockero, Johnny se sabe músico. Y un músico verdadero no desprecia una canción por el lugar del que viene: la escucha, la comprende y trata de hacerla suya.

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QUÉDATE: LA CANCIÓN QUE ENCONTRÓ MUCHAS MANERAS DE AMAR

Su composición más conocida nació durante una etapa de melancolía. Johnny imaginó a una persona pequeña a la que deseaba pedirle que permaneciera a su lado. De esa soledad surgió Quédate, grabada en 2012 y convertida con los años en la canción propia que más le solicita el público.

No fue escrita necesariamente para una pareja. Puede ser la súplica de quien teme perder a un hijo, la voz de una madre, la despedida de dos enamorados o el ruego dirigido a alguien cuya ausencia comenzó antes de marcharse. Su significado cambia con quien la escucha. Ésa es su mayor fuerza: Johnny puso la melodía, pero cada persona termina colocando dentro de ella su propia herida.

Cuando Quédate recibió un arreglo sinfónico y pudo interpretarla en la Ciudad de México, ocurrió uno de esos instantes que justifican años enteros de espera. La canción que había nacido casi en silencio se levantó rodeada de instrumentos y llegó a un público nuevo. Johnny sintió entonces que podía cantar sin cobrar, repetirla una vez más y marcharse satisfecho: durante aquellos minutos, la música le había pagado con algo que no aparece en ningún contrato.

También ha debido presentarse después de sufrir pérdidas. Ha subido con el nudo atravesado en la garganta, obligado a guardar el duelo detrás de una sonrisa porque enfrente había personas esperando alegría. El espectáculo continúa, pero el corazón no siempre obedece con la misma disciplina. Algunas veces la guitarra termina sosteniendo al músico.

Hoy Johnny Carvan presenta Vuelve a mí y conserva un sueño que los años no consiguieron desgastar: que sus composiciones encuentren más caminos y lleguen a personas que todavía no conocen su nombre.

En esta videocronica de Rincones y Sabores, la guía completa para el alma, el paladar y la vida, escucharemos al músico, al compositor y al hombre que permanece detrás de la guitarra.

Johnny Carvan no viene únicamente a interpretar canciones.

Viene a contarnos todo lo que ha tenido que vivir para poder cantarlas.

 

Video Crónica.

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(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).

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Domingo 25 de octubre al sábado 31 de octubre

 

SANTORAL

 

NOTA DE INTRODUCCIÓN

LA FE QUE APRENDIÓ A RESISTIR EN SILENCIO

La santidad no siempre caminó acompañada por multitudes. Muchas veces avanzó en silencio, escondida en una celda, detrás de la puerta de un convento, entre los enfermos de una ciudad o bajo la amenaza de quienes pretendieron arrancar la fe mediante el miedo.

Los nombres reunidos durante esta semana proceden de épocas y lugares diferentes. Entre ellos aparecen apóstoles, obispos, religiosos, misioneros, madres de familia y mártires que encontraron distintas maneras de convertir sus convicciones en una forma de servicio.

Recordarlos no significa contemplar figuras lejanas e inalcanzables. Significa reconocer que la santidad también fue construida con decisiones humanas: acompañar al perseguido, alimentar al necesitado, perdonar una ofensa, sostener al débil y permanecer de pie cuando todo invitaba a renunciar.

 

DOMINGO 25 DE OCTUBRE

Santos Crisanto y Daría: Crisanto llegó desde Alejandría hasta Roma, donde conoció el cristianismo y decidió abrazarlo. Su padre intentó apartarlo de la nueva fe por medio de Daría, pero ella también se convirtió; ambos fueron martirizados hacia finales del siglo III.

Santos Crispín y Crispiniano: Hermanos dedicados al oficio de zapateros que se establecieron en Soissons, en la antigua Galia. Trabajaban durante el día y anunciaban el Evangelio entre los pobres, hasta que fueron detenidos y ejecutados durante las persecuciones imperiales.

San Frutos de Segovia: Eremita español del siglo VII que abandonó sus bienes para retirarse a una zona solitaria cercana al río Duratón. La tradición lo recuerda por su vida de oración, su desprendimiento material y la protección ofrecida a comunidades cristianas amenazadas.

San Gaudencio de Brescia: Obispo italiano de los siglos IV y V, reconocido por su sólida formación teológica y su capacidad para predicar. Mantuvo amistad con san Ambrosio y defendió a san Juan Crisóstomo cuando este sufrió persecución y destierro.

Beata María Teresa Ferragud y sus cuatro hijas: Madre de familia española que compartió con sus hijas María Jesús, María Verónica, María Felicidad y Josefa de la Purificación una profunda vocación religiosa. Las cinco fueron asesinadas en 1936 por mantenerse firmes en su fe.

 

LUNES 26 DE OCTUBRE

San Demetrio, mártir: Diácono cristiano relacionado con la región de Panonia y con la antigua ciudad de Sirmio. Fue perseguido por anunciar públicamente el Evangelio y entregó la vida antes del siglo V, convirtiéndose en uno de los mártires venerados por las Iglesias de Oriente y Occidente.

San Ceda de Lastingham: Monje formado en Lindisfarne que participó en la evangelización de diversos pueblos anglosajones. Fue consagrado obispo, fundó el monasterio de Lastingham y murió en el año 664 durante una epidemia.

San Eata de Hexham: Discípulo de san Aidan y uno de los primeros religiosos formados en la comunidad de Lindisfarne. Ejerció como abad y obispo, distinguiéndose por su carácter sereno, su prudencia y su capacidad para reconciliar comunidades monásticas.

San Amando de Estrasburgo: Considerado uno de los primeros obispos de Estrasburgo durante el siglo IV. Trabajó en la organización de la comunidad cristiana de la región cuando la fe todavía enfrentaba resistencias religiosas y profundas transformaciones políticas.

San Rústico de Narbona: Obispo de origen galo que guio la Iglesia de Narbona durante el siglo V. Reconstruyó espacios de culto, fortaleció la disciplina eclesiástica y mantuvo comunicación con importantes dirigentes cristianos de su época.

 

MARTES 27 DE OCTUBRE

San Evaristo, papa: Nacido de acuerdo con la tradición en Belén y de origen familiar griego, fue uno de los primeros sucesores de san Pedro. Gobernó la Iglesia de Roma alrededor del final del siglo I y el comienzo del II, durante el imperio de Trajano.

San Frumencio de Etiopía: Llegó siendo joven al reino de Aksum después de haber sido capturado durante un viaje. Recuperó la libertad, promovió la formación de comunidades cristianas y fue consagrado obispo por san Atanasio de Alejandría, razón por la cual es reconocido como apóstol de Etiopía.

Santos Vicente, Sabina y Cristeta: Tres hermanos cristianos procedentes de la antigua Hispania que fueron perseguidos por negarse a ofrecer sacrificios a las divinidades romanas. Intentaron huir hacia Ávila, pero fueron alcanzados y asesinados por causa de su fe.

San Gaudioso de Nápoles: Obispo africano expulsado de su tierra durante las persecuciones emprendidas por los vándalos. Se refugió en Nápoles, donde impulsó la vida monástica y atendió pastoralmente a quienes padecían pobreza, desplazamiento y abandono.

San Oterano de Iona: Monje irlandés que acompañó a san Columba en la fundación de la comunidad de Iona, en Escocia. Fue uno de los primeros integrantes del monasterio en morir y su nombre quedó unido al antiguo cementerio de la isla.

 

MIÉRCOLES 28 DE OCTUBRE

San Simón el Zelote: Uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús, identificado en los Evangelios con el sobrenombre de Zelote o Cananeo. Después de Pentecostés habría participado en la predicación fuera de Judea y, según la tradición, terminó su vida mediante el martirio.

San Judas Tadeo: Apóstol de Jesucristo recordado por la pregunta que formuló durante la Última Cena acerca de la manifestación del Señor. La tradición lo presenta evangelizando en Siria y Persia, y la devoción popular lo reconoce como intercesor en situaciones especialmente difíciles.

San Ferrucio de Maguncia: Soldado romano que decidió abandonar la vida militar para practicar libremente el cristianismo. Su negativa a continuar participando en ceremonias paganas provocó su encarcelamiento y posterior martirio.

San Fidel de Como: Mártir de los primeros siglos cristianos venerado en el norte de Italia. La tradición señala que protegió a otros creyentes perseguidos y que prefirió entregar la vida antes que renunciar públicamente a su fe.

San Rodrigo Aguilar Alemán: Sacerdote mexicano nacido en Sayula, Jalisco, que continuó ejerciendo su ministerio durante la persecución religiosa. Fue capturado y ahorcado en Ejutla el 28 de octubre de 1927; antes de morir proclamó su fidelidad a Cristo.

 

JUEVES 29 DE OCTUBRE

San Narciso de Jerusalén: Obispo de Jerusalén conocido por su longevidad, rectitud y firmeza doctrinal. Después de retirarse durante un tiempo a la vida contemplativa, volvió a dirigir la comunidad cristiana y nombró a san Alejandro como obispo auxiliar.

San Cayetano Errico: Sacerdote italiano nacido cerca de Nápoles que dedicó su ministerio a la predicación, la reconciliación y la atención espiritual de los pobres. Fundó la Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

Beato Miguel Rúa: Primer sucesor de san Juan Bosco al frente de la congregación salesiana. Bajo su conducción, la obra educativa y misionera iniciada en Turín se extendió por numerosos países sin perder su compromiso con los jóvenes pobres y abandonados.

San Feliciano de Cartago: Cristiano del norte de África que vivió durante los primeros siglos de la Iglesia. Fue sometido al martirio en Cartago por negarse a abandonar sus creencias durante una época de persecución contra las comunidades cristianas.

Beata Clara Badano: Joven italiana conocida como Clara Luz, integrante del Movimiento de los Focolares. Enfrentó un agresivo cáncer óseo con serenidad y esperanza, convirtiendo su enfermedad en una oportunidad para acompañar y fortalecer a quienes sufrían.

 

VIERNES 30 DE OCTUBRE

San Germán de Capua: Obispo italiano del siglo VI que representó al papa Hormisdas en las negociaciones destinadas a restablecer la unidad entre Roma y Constantinopla. Su prudencia diplomática y su vida espiritual fueron reconocidas por san Gregorio Magno.

San Marcelo de Tánger: Centurión romano que durante una celebración militar se quitó públicamente las insignias y declaró que su conciencia cristiana le impedía participar en ceremonias paganas. Fue juzgado y decapitado en Tánger en el año 298.

San Serapión de Antioquía: Obispo y escritor cristiano que encabezó la comunidad de Antioquía entre los siglos II y III. Defendió la enseñanza apostólica frente a distintas doctrinas y dejó cartas y tratados valorados por los primeros historiadores de la Iglesia.

San Gerardo de Potenza: Obispo italiano recordado por su cercanía con los habitantes de Potenza y su particular atención a las personas necesitadas. Ejerció su ministerio con sencillez y fue venerado por la comunidad poco después de su muerte.

San Ángel de Acri: Fraile capuchino italiano nacido con el nombre de Luca Antonio Falcone. Superó grandes dificultades para convertirse en predicador y recorrió numerosas poblaciones anunciando el Evangelio, promoviendo la reconciliación y atendiendo a los pobres.

 

SÁBADO 31 DE OCTUBRE

San Alonso Rodríguez: Comerciante español que perdió a su esposa y a sus hijos antes de ingresar en la Compañía de Jesús. Durante décadas sirvió como portero del colegio jesuita de Mallorca, convirtiendo una labor aparentemente sencilla en un ejemplo extraordinario de humildad y atención a los demás.

San Wolfgang de Ratisbona: Monje benedictino y obispo alemán del siglo X que impulsó la formación del clero y la renovación de los monasterios. También trabajó como misionero y promovió importantes reformas religiosas en Baviera.

San Quintín de Vermand: Cristiano de origen romano que evangelizó una zona de la antigua Galia. Fue encarcelado, torturado y ejecutado durante las persecuciones del emperador Maximiano por negarse a abandonar la predicación.

San Foilán de Fosses: Monje y misionero irlandés que trabajó en distintas regiones de Europa durante el siglo VII. Fundó comunidades religiosas y murió asesinado mientras viajaba por un bosque, por lo que fue venerado como mártir.

San Epímaco de Alejandría: Cristiano egipcio detenido durante la persecución del emperador Decio. Después de padecer severas torturas, fue ejecutado por mantenerse firme en su fe y negarse a ofrecer sacrificios a los dioses imperiales.

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Música para recordar el ayer

/… TIMBIRICHE: LA BANDA QUE CRECIÓ AL MISMO TIEMPO QUE SU PÚBLICO

La historia de un grupo nacido en la televisión mexicana que comenzó cantando a la infancia, sobrevivió a los cambios de integrantes y terminó convirtiendo sus discos, musicales y reencuentros en la banda sonora sentimental de varias generaciones.

 

SEIS NIÑOS EN MEDIO DE UNA TELEVISIÓN QUE TODAVÍA SOÑABA EN COLORES

Timbiriche nació en 1982 como un proyecto infantil impulsado por Televisa y encabezado por el productor Luis de Llano Macedo. Su primera alineación estuvo integrada por Sasha Sokol, Benny Ibarra, Mariana Garza, Alix Bauer, Diego Schoening y Paulina Rubio, niños formados en el Centro de Educación Artística. Erik Rubín se incorporó poco después y completó la formación que permanece con mayor fuerza en la memoria colectiva.

El grupo debutó públicamente el 30 de abril de 1982 en el programa Siempre en Domingo, presentado por Raúl Velasco. Su nombre provenía de un juego de lápiz y papel, pero muy pronto dejó de significar únicamente puntos y líneas: terminó nombrando una manera de crecer durante los años ochenta.

Sus primeras canciones hablaban de la escuela, los amigos, las travesuras y los sueños infantiles. Temas como Hoy tengo que decirte papá, La vida es mejor cantando, México y Mamá encontraron rápidamente un público familiar. Aquellos niños vestidos con colores encendidos representaban una infancia luminosa y disciplinada, diseñada para la televisión, aunque sostenida por largas jornadas de ensayos, grabaciones, presentaciones y giras.

El espectáculo teatral Vaselina, producido con los integrantes del grupo, resultó decisivo. Les permitió actuar, cantar, bailar y comenzar la transición hacia un repertorio juvenil. Timbiriche ya no podía permanecer eternamente dentro del salón de clases: sus voces cambiaban, sus seguidores crecían y la vida comenzaba a exigirles otras canciones.

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DEL UNIFORME ESCOLAR A LOS BESOS DE CENIZA

La evolución artística del grupo quedó registrada en una discografía que avanzó desde la música infantil hasta el pop juvenil. Álbumes como Timbiriche, La Banda Timbiriche, Disco Ruido, Vaselina con Timbiriche y Rock Show corresponden a la primera etapa. Después llegaron obras fundamentales como Timbiriche VII, Timbiriche VIII y IX y Timbiriche X.

Durante esos años, el grupo produjo algunos de los temas más reconocibles del pop mexicano: Mírame, Soy un desastre, Si no es ahora, Con todos menos conmigo, Besos de ceniza, Tú y yo somos uno mismo, Ámame hasta con los dientes, Princesa tibetana y Corro, vuelo, me acelero. Las letras comenzaron a recorrer los primeros amores, los celos, la rebeldía y las despedidas. Timbiriche dejó de cantarles a los niños y empezó a cantarles a quienes descubrían que crecer también significaba perder.

Las salidas de Sasha, Benny, Mariana, Alix y Paulina modificaron su identidad. Ingresaron Eduardo Capetillo, Thalía, Edith Márquez, Bibi Gaytán, Patty Tanúz y otros jóvenes intérpretes. Cada cambio permitió prolongar el proyecto, pero también fue alejándolo de su formación original. Timbiriche se convirtió así en una escuela decisiva para artistas que después construirían carreras importantes en la música, la televisión y el teatro.

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LA JUVENTUD QUE REGRESA CADA VEZ QUE COMIENZA UNA CANCIÓN

El grupo terminó su ciclo principal durante la década de los noventa, pero nunca desapareció completamente. Sus canciones continuaron sonando en fiestas, estaciones de radio, reuniones familiares y karaokes. Los reencuentros de 1998, 2007 y 2017 demostraron que el vínculo con el público había sobrevivido al tiempo, a las diferencias personales y a las carreras individuales.

La importancia de Timbiriche no radica en haber revolucionado musicalmente el pop, sino en haber comprendido la educación sentimental de su época. Sus integrantes crecieron frente a las cámaras y su público envejeció frente a ellos. Cada disco conserva una edad distinta: la inocencia, el despertar adolescente, la primera ruptura y la dolorosa certeza de que ninguna juventud permanece para siempre.

Timbiriche fue un producto de la televisión, pero consiguió convertirse en algo que ningún productor puede fabricar por completo: memoria compartida. Cuando suenan sus canciones, no regresan solamente siete voces. Regresa el país de los casetes, los programas dominicales, las coreografías ensayadas frente al espejo y las fiestas donde una generación comenzó a descubrir quién era.

Su obra continúa viva porque no habla únicamente de lo que aquellos jóvenes cantaron.

Habla de todo lo que millones de personas fueron mientras los escuchaban.

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(By Notas de Libertad).

Con Todos Menos Conmigo.

Corro, Vuelo, Me Acelero.

Tú Y Yo Somos Uno Mismo.

/… MENUDO: AQUELLA JUVENTUD QUE TODAVÍA NOS CANTA

Historia de la agrupación puertorriqueña que convirtió los primeros enamoramientos en canciones, llenó de rostros las paredes de una generación y dejó una música capaz de devolvernos, por unos minutos, a la edad en que todo estaba por suceder.

 

CINCO MUCHACHOS Y UN CONTINENTE POR CONQUISTAR

Había que esperar la canción junto al radio, tener preparado el casete y apretar el botón antes de que el locutor hablara. Así se guardaban algunas emociones: con un principio incompleto, una voz atravesada y el ruido de una habitación donde alguien empezaba a descubrir que la música podía decir lo que todavía le daba vergüenza confesar.

Menudo apareció en Puerto Rico en 1977, creado por Edgardo Díaz. Su primera formación reunió a los hermanos Carlos, Óscar y Ricky Meléndez, junto con Fernando y Nefty Sallaberry. Aquellos cinco muchachos fueron el comienzo de un proyecto que haría de la renovación de integrantes una característica fundamental: las voces y las caras cambiaban conforme los adolescentes crecían. 

Esa fórmula tenía una despedida incorporada. El público aprendía un nombre, elegía un rostro, reunía fotografías, y después debía acostumbrarse a una ausencia. Menudo seguía adelante mientras sus admiradores atravesaban sus propios cambios. El grupo parecía conservar la juventud que a los demás se nos iba escapando.

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LAS CANCIONES DONDE APRENDIMOS A ENAMORARNOS

Durante los primeros años ochenta, René Farrait, Johnny Lozada, Xavier Serbiá, Miguel Cancel y Ricky Meléndez estuvieron entre los rostros más reconocibles de su expansión. El álbum Quiero ser, de 1981, pertenece al impulso decisivo de aquella popularidad que recibió un nombre propio: la menudomanía. 

Su repertorio encontró una manera directa de acompañar la adolescencia. “Súbete a mi moto” llevaba movimiento y atrevimiento; “Claridad” ponía intensidad en la necesidad amorosa; “Quiero ser” ofrecía una declaración que podía hacerse propia. “Fuego”, “Chicle de amor” y “Mi banda toca rock” completan parte de ese paisaje musical todavía reconocible. 

Las melodías buscaban quedarse pronto en la memoria. Los estribillos, las coreografías y el vestuario daban continuidad a lo que comenzaba en una grabación y encontraba otra vida sobre el escenario. Cada admirador podía sentirse cerca de alguno de los integrantes. La canción terminaba teniendo una cara, una sonrisa y un destinatario imaginario.

Su propuesta combinó canciones románticas con piezas de pulso bailable y acentos de rock. La interpretación debía comunicar entusiasmo, cercanía y una emoción comprensible desde la primera escucha. Esa sencillez sostuvo buena parte de su alcance: cabía en una fiesta escolar, en una dedicatoria y en la soledad de quien repetía el mismo tema pensando en alguien.

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CRECER, DESPEDIRSE Y VOLVER A ESCUCHAR

Por Menudo pasaron también Ricky Martin y Robby Rosa, después conocido como Draco Rosa. Sus carreras posteriores mostrarían caminos distintos, pero ambos compartieron aquella escuela de grabaciones, escenarios y exposición pública. La agrupación amplió asimismo su búsqueda internacional con discos en inglés como Reaching Out, publicado en 1984. 

Con los años cambiaron las formaciones y los públicos. Permaneció un repertorio asociado a una experiencia generacional: escuchar juntos, escoger un favorito, aprender una coreografía, despedir a un integrante. Menudo ayudó a consolidar en el pop latino la relación entre agrupación juvenil, imagen y comunidad de admiradores.

Hoy sus canciones regresan acompañadas. Traen un patio de escuela, una tarde frente al televisor, el nombre que alguna vez escribimos dentro de un cuaderno. Basta reconocer los primeros compases para que aparezca alguien que fuimos. Todavía sabe la letra. Todavía espera que empiece el estribillo.

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(By Notas de Libertad).

Claridad.

A Volar.

Súbete A Mi Moto.

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 Frida Kahlo.  Una biografía 

De: María Hesse

Resumen.

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FRIDA: PINTARSE PARA NO DESAPARECER

En su biografía ilustrada de Frida Kahlo, María Hesse recorre la vida de una mujer que tuvo que aprender a habitar un cuerpo herido sin renunciar al amor, al deseo ni a la creación; una historia donde la pintura se convierte en una manera de reconocerse, discutir con el destino y dejar una presencia que la muerte no consiguió borrar.

 

LA MUCHACHA QUE TUVO QUE APRENDER A MIRARSE

María Hesse construye su acercamiento a Frida Kahlo desde la intimidad. Los acontecimientos de su vida aparecen acompañados por ilustraciones que intentan expresar lo que una fecha o un dato no alcanzan a contar. La narración adopta una primera persona recreada por la autora, cercana al tono de una confidencia. Así, el lector se aproxima a las experiencias de Frida como si escuchara una memoria personal, aunque esa voz pertenece a la interpretación literaria de Hesse.

El recorrido comienza antes de la celebridad, en la infancia de una niña que crece en Coyoacán. La familia, la Casa Azul y la relación con su padre forman parte del mundo donde empieza a reconocerse. La poliomielitis introduce tempranamente una diferencia física y una experiencia de aislamiento. Frida conoce la incomodidad de ser observada por aquello que distingue su cuerpo del de los demás.

La adolescencia amplía sus posibilidades. Estudia, participa en un grupo de jóvenes irreverentes, se enamora y contempla un futuro relacionado con la medicina. Tiene curiosidad, carácter y una vida que todavía parece disponible. Esa Frida anterior al accidente resulta indispensable: permite comprender cuánto se interrumpe cuando el autobús en el que viaja choca con un tranvía en 1925.

La recuperación cambia su relación con el tiempo. Los días quedan sujetos a la inmovilidad, los tratamientos y la incertidumbre. Una parte de su existencia empieza a organizarse alrededor de lo que puede soportar su cuerpo. En ese encierro, la pintura adquiere un lugar cada vez mayor. El espejo le devuelve una presencia que puede observar largamente: la suya.

Pintarse supone algo más que disponer de un modelo cercano. Le permite decidir cómo aparecerá ante los otros. Frente a un cuerpo examinado por médicos, intervenido y limitado, el autorretrato abre un espacio de autoridad propia. Frida puede mostrar lo que duele, alterar las proporciones, exponer lo que permanece escondido y reunir en una imagen sentimientos que no tienen una explicación sencilla.

Hesse acompaña ese nacimiento artístico con dibujos que dialogan con el universo de Kahlo. Las imágenes convierten estados emocionales en relaciones entre flores, animales, órganos y cuerpos. La ilustración participa en el relato: ayuda a comprender cómo una experiencia puede transformarse en símbolo sin perder su raíz humana.

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AMAR A DIEGO SIN DEJAR DE BUSCARSE

El encuentro con Diego Rivera reúne la aspiración artística y el enamoramiento. Frida busca una opinión sobre sus pinturas; entre ambos se desarrolla una cercanía que termina en matrimonio. Él llega con una trayectoria reconocida y una personalidad dominante. Ella está construyendo su camino y necesita encontrar una posición propia dentro de una relación que ocupará una parte enorme de su vida.

El libro sigue ese vínculo en sus momentos de compañía y en sus fracturas. Diego puede ser estímulo, interlocutor y afecto; también causa de humillación y desamparo. La convivencia no permanece fija. Cambian los lugares, las relaciones y las expectativas, mientras Frida intenta comprender qué puede conservar de sí misma dentro de un amor que a veces parece exigirle demasiado.

Los años en Estados Unidos introducen experiencias decisivas. Mientras Rivera trabaja en sus proyectos, Frida observa un país que le provoca sentimientos encontrados y continúa desarrollando su pintura. La pérdida de un embarazo en Detroit profundiza una herida ligada al deseo de maternidad. Aquello que no llega a convertirse en vida adquiere una presencia dolorosa en su obra.

La relación de Diego con Cristina, hermana de Frida, destruye una confianza que sostenía dos ámbitos de su intimidad. La traición procede del matrimonio y de la familia al mismo tiempo. La pintura recoge parte de esa devastación, aunque la existencia de Frida continúa más allá de ella: hay amistades, otros amores, decisiones políticas, encuentros y trabajo.

El episodio de Trotski y el ambiente que rodea a la pareja muestran una vida atravesada por las ideas de su época. La Casa Azul es también un lugar de conversaciones y relaciones con personas que participan en disputas políticas y culturales. Frida tiene convicciones, toma partido y se involucra. Su mundo interior mantiene contacto con un mundo público agitado.

El divorcio y el nuevo matrimonio con Rivera dejan abierta una contradicción que el relato no necesita resolver por ella. Puede conocer el daño y seguir amando. Puede buscar distancia y desear compañía. Esa dificultad vuelve reconocible a la mujer detrás del personaje: sus decisiones afectivas no obedecen a una línea de progreso, sino a una necesidad cambiante de pertenencia, libertad y cuidado.

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EL ROSTRO QUE APRENDIÓ A QUEDARSE

Mientras su salud se deteriora, la obra gana presencia. Frida entra en contacto con otros artistas, expone y empieza a recibir una atención que rebasa el entorno de Rivera. La biografía permite seguir ese desplazamiento: la joven que había solicitado una valoración de sus cuadros va siendo reconocida por un lenguaje pictórico propio.

La discusión sobre el surrealismo señala una tensión entre su experiencia y las clasificaciones externas. Sus imágenes pueden parecer sueños a quienes las contemplan, pero proceden de realidades que ella conoce en el cuerpo y en los afectos. Una columna rota, una herida o un corazón visible permiten expresar vivencias para las que la representación convencional resulta insuficiente.

También su apariencia participa en esa afirmación personal. La ropa, los peinados y los adornos componen una presencia deliberada. Frida utiliza elementos de la cultura mexicana y los incorpora a una manera singular de mostrarse. La imagen que el mundo recibe de ella tiene algo de declaración: aquí estoy, así he decidido que me vean.

Los últimos años reúnen reconocimiento y sufrimiento físico. La enfermedad reduce posibilidades, exige nuevas intervenciones y vuelve más difícil la vida cotidiana. Hesse conserva esa dureza, pero procura que el dolor no ocupe todo el espacio. A lo largo del libro aparecen también el deseo de disfrutar, el temperamento, la búsqueda de afecto y la energía puesta en crear.

El volumen añade al recorrido vital una aproximación a las pinturas y a su relación con distintos acontecimientos. Ese vínculo ayuda a leer los cuadros desde la biografía, sin agotar su significado. Una obra puede nacer de una experiencia concreta y continuar hablando de identidad, separación o fragilidad mucho después de que conozcamos su origen.

La mirada de Hesse tiene un carácter personal y afectivo. Selecciona, interpreta y vuelve a dibujar. Su aportación está en reunir palabras e imágenes para acercarnos a una Frida cambiante, capaz de firmeza y dependencia, de alegría y abatimiento. Al seguirla, el lector encuentra una existencia que nunca quedó completamente explicada por sus desgracias.

Frida vuelve una y otra vez a su rostro. Lo rodea de aquello que ama, de aquello que ha perdido y de lo que amenaza con quebrarla. Ese acto repetido sostiene el centro del libro: una mujer se observa y trabaja para darle forma a su experiencia. Allí donde otros podrían ver únicamente una paciente, una esposa o una víctima, ella deja un cuadro.

 

 

Sobre el autor.

 

MARÍA HESSE: DIBUJAR LO QUE TIEMBLA POR DENTRO

Semblanza de la autora e ilustradora española que ha encontrado en las vidas ajenas y en sus propias heridas una manera de hablar del deseo, la identidad y el derecho de las mujeres a contar su historia.

 

UNA VOCACIÓN QUE TUVO QUE ENCONTRAR SU CAMINO

María Hesse nació en Huelva en 1982 y creció en Sevilla, ciudad con la que mantiene una profunda identificación. El dibujo apareció temprano en su vida: desde niña encontraba en las imágenes una manera de acompañar y transformar las historias que escuchaba. Sin embargo, convertir aquella inclinación en una profesión exigió tiempo. Estudió Educación Especial antes de orientar su formación hacia la ilustración.

Ese recorrido ayuda a comprender una característica de su trabajo: el interés por lo que sucede dentro de las personas. Sus personajes parecen guardar algo que pugna por salir. Un temor puede convertirse en una figura; una emoción, en una relación entre plantas, animales y cuerpos. La imagen permite acercarse a experiencias que a veces resultan difíciles de explicar.

Su nombre artístico está relacionado con su admiración por Hermann Hesse. Como creadora, ha trabajado para editoriales, publicaciones y marcas, además de desarrollar una obra personal donde escritura e ilustración adquieren una importancia compartida.

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LAS VIDAS QUE VOLVIÓ A DIBUJAR

La publicación de Frida Kahlo. Una biografía, en 2016, marcó un momento decisivo en su trayectoria. El libro le permitió reunir investigación, narración e imágenes alrededor de una artista cuya existencia estaba atravesada por el dolor, el deseo y una poderosa voluntad creadora.

Hesse se acercó a Frida desde una interpretación propia. Recurrió a una voz íntima y reelaboró elementos de su universo pictórico para explorar la relación entre los acontecimientos y las emociones. El reconocimiento internacional del volumen amplió la circulación de su trabajo.

Con Bowie. Una biografía —realizada junto con Fran Ruiz y publicada en 2018— se aproximó a otro creador que convirtió su identidad en territorio de transformación. La música, los personajes y la reinvención personal ofrecieron nuevas posibilidades para su lenguaje visual.

En Marilyn, de 2020, dirigió la mirada hacia la mujer situada detrás de una imagen pública reproducida hasta el agotamiento. Su acercamiento busca reconocer sensibilidad, aspiraciones y vulnerabilidad allí donde la fama había impuesto una apariencia aparentemente conocida por todos.

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EL DESEO, LOS ESTIGMAS Y EL MIEDO

En El placer, publicado en 2019, Hesse combina referencias culturales y experiencia personal para explorar la sexualidad femenina. El cuerpo aparece como un espacio de descubrimiento, condicionado también por silencios, prejuicios y aprendizajes que pueden dificultar una relación libre con el deseo.

Malas mujeres, de 2022, examina las figuras femeninas que distintos relatos han condenado por apartarse de las conductas esperadas. La autora revisa estereotipos y pregunta quién decidió que ciertas mujeres debían ser recordadas como peligrosas, culpables o indeseables.

Con El miedo, de 2024, profundiza en un terreno autobiográfico: la inseguridad, la angustia y las experiencias que intervienen en la manera de mirarse. Su dibujo da presencia a emociones que suelen vivirse en soledad.

A través de estas obras, María Hesse ha construido una voz reconocible. Las flores y los colores conviven con heridas, dudas y cuerpos expuestos. Esa convivencia sostiene su escritura visual: permite mirar el sufrimiento sin borrar la capacidad de desear, crear y buscar compañía. Sus libros vuelven sobre una necesidad persistente: que una persona pueda reconocerse en su propia historia antes de que otros terminen de contarla por ella.

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(By Notas de Libertad).

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/… LAS BRUJAS: LO QUE LA HUMANIDAD ESCONDIÓ EN LA OSCURIDAD

Una travesía por las noches en que el mundo creyó escuchar algo junto a la cuna; por los conjuros antiguos, los caminos de Samhain y los tribunales donde una sospecha podía costar la vida; por las mujeres convertidas en monstruos, las criaturas que aprendimos a temer en los cuentos y las máscaras de Halloween, detrás de las cuales todavía respiran nuestros miedos y la memoria de quienes murieron por ellos.

 

ANTES DE LA ESCOBA, EL MUNDO YA TENÍA MIEDO

 

HABÍA QUE PONER UN MONSTRUO A CUIDAR LA CUNA

Para que la criatura sobreviviera, había que dejar un monstruo cerca de su madre. Una cabeza feroz, suspendida junto al lecho, debía custodiar aquel momento en que la sangre y el nacimiento abrían el cuerpo de una mujer. Afuera podían levantarse las ciudades, mandar los reyes, crecer los sembradíos entre los ríos de Mesopotamia. Allí dentro, toda la esperanza del mundo cabía en conseguir que un recién nacido tomara aire. Quien aguardaba ese primer llanto necesitaba protección incluso contra aquello que no podía ver.

La amenaza tenía nombre: Lamashtu. Las creencias mesopotámicas le atribuían un poder devastador y la temían especialmente alrededor de las embarazadas y los niños pequeños. Su imagen mezclaba lo humano con lo animal, como si para dibujarla hubiera sido necesario romper varios cuerpos y reunir sus fragmentos. En algunos amuletos aparece amamantando bestias. Esa figura sigue perturbando después de tantos siglos: una maternidad torcida sobre sí misma, una presencia que alimenta mientras amenaza la vida que acaba de nacer.

Se buscaba detenerla con imágenes, conjuros y objetos protectores. Entre sus adversarios estaba Pazuzu, cuyo semblante temible podía acercarse al lugar del parto. Alguien confiaba en que aquella ferocidad bastara para mantener lejos una ferocidad mayor. Sobre el lecho de una mujer exhausta, el auxilio tenía dientes. El monstruo de guardia recibía el miedo de quienes ya habían hecho cuanto sabían hacer con sus manos.

Quedan esas piezas en los museos. El tiempo ha suavizado algunas superficies; otras conservan la obstinación de sus rasgos. Mirarlas exige algo más que reconocer una antigüedad: fueron objetos necesitados. Hubo una mano que los tocó antes de dormirse, alguien que comprobó que siguieran en su sitio, una mirada que volvió hacia ellos cuando el dolor aumentó. La persona ha desaparecido. Su miedo todavía tiene forma.

Lamashtu pertenecía al mundo de las entidades sobrenaturales; no era una mujer humana sorprendida practicando hechicería. Pero permite acercarse a una de las profundidades donde arraigarían muchas historias posteriores: la sospecha de que alrededor de la vida más frágil podía rondar una voluntad hambrienta. La enfermedad encontraba un rostro. El peligro recibía un nombre que pudiera pronunciarse cuando los demás remedios parecían haberse agotado.

En aquella Mesopotamia, la magia formaba parte de la manera de comprender y atender el mundo. Especialistas preparaban sustancias, recitaban fórmulas y realizaban rituales para proteger, aliviar o contrarrestar daños atribuidos a fuerzas ocultas. Las tablillas conservaron parte de esos conocimientos. Bajo sus signos permanece una humanidad que trataba de impedir la desgracia: gente que quería despertar al día siguiente y encontrar respirando a todos los que se habían acostado.

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LA MUJER QUE TE DEJABA VIVO DENTRO DE UNA BESTIA

En la casa de Circe se escuchaba cantar. Los compañeros de Ulises llegaron hasta allí después de atravesar paisajes donde cualquier refugio podía parecer una misericordia. La voz salía de una mujer que tejía. Había una morada, una labor doméstica, una invitación. Entraron casi todos; Euríloco permaneció fuera, desconfiado. Los demás aceptaron la bebida que ella preparó. El peligro tuvo tiempo de llegarles al estómago antes de mostrar su rostro.

Entonces Circe alzó la vara.

Homero los convirtió en cerdos y les conservó el entendimiento humano. Esa crueldad del poema sigue intacta: podían comprender su propia transformación. La carne adquiría otra forma mientras adentro permanecía quien había vivido hasta ese instante. Recordaban. Sentían. Sabían que habían sido hombres. La voz, sin embargo, salía de una garganta incapaz de devolverles sus palabras. Los encerraron y lloraron.

Hay horrores que necesitan oscuridad para acercarse. Éste sucede bajo la claridad terrible de la conciencia. El hombre permanece allí, detrás de los ojos del animal. Puede recordar el uso de sus manos y mirar las patas que ahora lo sostienen; puede llevar dentro un nombre y carecer de boca para decirlo. Su cuerpo sigue obedeciendo a la vida. La vida se ha vuelto el lugar del encierro.

La hechicera de la Odisea posee sustancias y encantamientos capaces de trastornar la naturaleza. Su figura tampoco se agota en el daño: devuelve la forma humana a los compañeros de Ulises y más adelante ofrece al héroe conocimientos para continuar su viaje. Esa amplitud la vuelve más inquietante. El viajero necesita escuchar a quien acaba de enseñarle lo poco que le pertenece su propia carne. Debe aceptar que la orientación y el abismo pueden venir de una misma voz.

Circe pertenece a la poesía antigua. Ningún archivo permite convertir su casa en escenario de un hecho comprobado. Pero el poema dejó una imagen que atravesaría generaciones: una mujer conoce algo que los hombres ignoran, y ese conocimiento puede alcanzarlos por dentro. La fuerza del guerrero llega tarde cuando ya ha bebido. Su experiencia en el combate sirve de poco ante lo que comienza a ocurrirle debajo de la piel.

En esa casa, el terror se sienta a la mesa. Tiene tiempo para preparar la mezcla, servirla y observar cómo el huésped acerca el recipiente a los labios. Cada vez que alguien vuelve al canto de Homero, la bebida sigue estando a punto de tocar una boca. Sabemos lo que contiene. Los hombres todavía tienen manos.

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LO QUE ALETEABA SOBRE LOS NIÑOS DORMIDOS

Siglos después, Ovidio dejó otras criaturas rondando una habitación. En el libro sexto de los Fastos aparecen las striges: seres nocturnos de cabeza grande, ojos fijos, pico y garras. Su grito lastima la noche. Buscan a los niños pequeños. El poeta las hace llegar hasta Proca, un recién nacido de apenas cinco días, y coloca el espanto en el sitio donde alguien debió creer que lo había dejado a salvo.

Cinco días: una vida que casi puede contarse entre los dedos. Todavía no hay recuerdos propios con los cuales defenderse del mundo. Todo depende de otros brazos, de una leche, de la voluntad de alguien que se levante cuando llega el llanto. Ovidio introduce allí a sus criaturas. El niño grita. La nodriza acude y encuentra su rostro perdiendo el color.

La historia ofrece después una protección ritual, pero antes deja abierta una posibilidad aún más siniestra: esas aves podrían ser mujeres ancianas transformadas por encantamientos. El vuelo adquiere una procedencia humana. En algún lugar habría habido un cuerpo que camina, una boca que habla, unas manos ocupadas durante el día. Al llegar la noche, la imaginación del relato les permite cambiar de forma y acercarse a la cuna.

Así, el ruido de un ave puede contener una sospecha. Algo bate las alas cerca de la casa y quien escucha empieza a preguntarse qué habrá detrás de ese cuerpo. La oscuridad pierde sus límites: lo conocido podría haber salido a recorrerla con otra apariencia. En esa incertidumbre se alimentan las leyendas. La persona que cierra la ventana ha cerrado una ventana; todavía necesita convencerse de que eso basta.

Las striges son criaturas de la tradición literaria y de las creencias antiguas. Lamashtu pertenece a otro mundo cultural; Circe, a otro relato. Reunirlas aquí exige conservar sus diferencias. No hubo una sola primera bruja de la que descendieran todas las demás. Hubo siglos de imágenes alrededor del daño oculto, del conocimiento temible, de la transformación y de las visitas que podían llegar mientras una casa dormía.

Quedémonos por ahora en ese mundo antiguo, sin avanzar hacia lo que vendrá después. Sobre una cama cuelga un amuleto. En una isla, una mujer canta mientras prepara una bebida. En el poema romano, una nodriza corre hacia el llanto de un niño. Son historias diferentes y, sin embargo, dejan al lector escuchando el mismo borde del sueño: ese instante en que la casa guarda silencio y algo, muy cerca, comienza a moverse.

La lámpara permite ver la cuna. Más allá queda el techo, la ventana, el rincón al que ya no alcanza la luz. Quien vela acerca la mano y comprueba el aliento del pequeño. Podría acostarse. Podría cerrar los ojos durante un momento. Entonces llega otra vez el ruido de las alas, y la mano permanece sobre el pecho del niño hasta que amanece.

 

LA NOCHE EN QUE LOS MUERTOS ENCONTRARON UNA PUERTA

 

CUANDO EL INVIERNO COMENZABA A DEVORAR LA LUZ

Había que contar a los animales antes de que oscureciera. Recoger lo que quedaba en los campos, revisar las provisiones, asegurar el techo. En las tierras gaélicas, el invierno venía acercándose por el suelo: primero mojaba los pies, después entraba en los huesos y acababa sentado junto al fuego, reclamando una parte de la leña. Cada tarde duraba menos. Desde las casas se veía cómo la oscuridad ocupaba los caminos antes de que hubieran regresado todos.

Samhain marcaba aquel umbral. En las tradiciones de Irlanda y otras regiones gaélicas, el comienzo de noviembre abría la estación invernal; la noche anterior tenía un peso particular dentro de ese tránsito. Había terminado una parte del trabajo agrícola y comenzaba la administración del hambre posible. Lo almacenado tendría que alcanzar. Una familia podía mirar sus reservas y tratar de calcular cuántas mañanas quedaban dentro de ellas. Afuera, la tierra se iba cerrando.

El frío daba una intimidad feroz a las casas. Los cuerpos se reunían cerca de la lumbre, la ropa guardaba humedad, el humo buscaba salida. Alguien alimentaba el fuego y durante un instante las caras recuperaban sus rasgos; después las llamas descendían y los ojos volvían a hundirse. Más allá de ese círculo empezaban los rincones. Había objetos que uno conocía desde siempre y que, al mirarlos de noche, parecían haber sido puestos allí por otra persona.

En ese cambio de estación crecieron relatos sobre encuentros sobrenaturales, apariciones y pasos abiertos hacia un mundo distinto. Las narraciones irlandesas medievales situaron en Samhain acontecimientos extraordinarios: irrupciones, reuniones, peligros que alteraban la vida de los hombres. Esos textos fueron escritos mucho después de los tiempos más antiguos a los que suelen asociarse las raíces de la celebración. Lo que conservan es una memoria elaborada durante siglos, una noche a la que sucesivas generaciones entregaron sus temores.

Y aquella noche tenía dónde arraigar. Bastaba que uno de los que habían salido tardara demasiado. Primero se escuchaban las explicaciones: habría encontrado el arroyo crecido, se habría detenido en otra casa. Después alguien dejaba de hablar. Los demás advertían el silencio y miraban hacia la entrada. La comida esperaba. Una ráfaga sacudía el techo. En el camino, la oscuridad seguía creciendo sin devolver todavía una figura humana.

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LOS QUE REGRESABAN POR LOS CAMINOS DE LA NIEBLA

En distintas tradiciones populares de Irlanda y Escocia, la víspera de noviembre quedó asociada con los muertos y con seres del Otro Mundo. No todos esos habitantes de lo invisible eran almas humanas; las creencias gaélicas guardaban presencias propias, vinculadas con lugares, colinas y territorios que exigían respeto. La noche permitía imaginar una cercanía peligrosa. Lo que durante el resto del año parecía distante podía encontrarse al salir de casa.

La niebla ayudaba. Quitaba profundidad al paisaje, borraba los límites del camino, acercaba un sonido cuyo origen seguía lejos. Un árbol podía aparecer de pronto, ya encima del caminante. El agua corría sin mostrarse. Quien avanzaba escuchaba el roce de su ropa y el peso de sus pasos sobre el barro; luego creía distinguir otro paso, apenas retrasado respecto del suyo. Se detenía. El campo entero parecía detenerse también.

Dentro de las casas había otra clase de espera. Algunas costumbres recogidas en épocas posteriores reservaron alimento o mantuvieron gestos de hospitalidad hacia los difuntos. Aquel recibimiento tenía la ternura herida de las cosas preparadas para quien ya no puede necesitarlas. Una porción apartada. El calor conservado. El deseo de que alguien amado encontrara todavía su lugar después de haber atravesado una distancia que los vivos no sabían medir.

Pero abrirle sitio al ausente podía estremecer incluso a quien más deseaba su regreso. El cuerpo recordaba cómo sonaban sus pasos. La memoria conservaba una tos, la manera de apoyar un recipiente, el crujido del asiento cuando se acomodaba. Una noche de viento podía reunir esos sonidos. Entonces la persona que había dejado algo dispuesto para el muerto levantaba la cabeza. Durante un instante no sabía si quería que la puerta se moviera.

Alrededor de aquellas fechas se encendieron fuegos y, con el paso del tiempo, se documentaron costumbres de protección, adivinación y disfraz. Su antigüedad y su significado variaban según el lugar. La noche fue creciendo con las aportaciones de cada época: alguien buscaba señales sobre su porvenir, otro trataba de proteger la casa, otros recorrían el vecindario con una apariencia prestada. El rostro cubierto permitía acercarse hasta la puerta sin ser reconocido de inmediato.

Allí estaba una de las posibilidades más inquietantes de la celebración: escuchar una voz familiar detrás de una cara desconocida. Tener a alguien enfrente y tardar unos segundos en devolverle su identidad. Durante ese pequeño vacío, la imaginación podía adelantarse. El visitante permanecía bajo el umbral. La lumbre alumbraba su ropa, sus manos, una parte de la máscara. Detrás de él no se veía el camino.

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LAS CAMPANAS NO CONSIGUIERON DORMIR A LOS MUERTOS

El cristianismo llevó a aquellos territorios otras palabras para nombrar la muerte y otras ceremonias para acompañarla. Con el tiempo, el calendario de comienzos de noviembre reunió la celebración de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos. La víspera del primero de noviembre terminaría llamándose en inglés All Hallows’ Eve. De esa expresión, gastada por el uso y los siglos, procede Halloween.

Fue una transformación larga, con diferencias entre regiones. La historia del primero de noviembre como fiesta de Todos los Santos pasa por Gregorio III, en el siglo VIII, y por su extensión bajo Gregorio IV, en el IX. La conmemoración de los difuntos del dos de noviembre tomó impulso en el ámbito cluniacense desde finales del siglo X. Las fechas fueron reuniendo culto, oración y costumbres locales. Bajo una misma estación del año se encontraron maneras diferentes de recordar, protegerse y esperar.

Las campanas dieron al paisaje otra voz. Su sonido podía llegar hasta una casa apartada, cruzar un campo que el caminante ya no distinguía, entrar donde una familia rezaba por los suyos. En la iglesia se pronunciaban nombres de muertos. Fuera, el viento trabajaba sobre la hierba y los tejados. Cada persona llevaba de regreso una ausencia particular: el marido, la madre, el hijo cuya edad había quedado detenida mientras los hermanos seguían creciendo.

La oración acompañaba ese dolor. También podían persistir los temores heredados, las advertencias sobre ciertos lugares, los relatos escuchados en la infancia. Una persona aprendía las palabras de su fe y conservaba en el cuerpo el estremecimiento de una historia contada junto al fuego. Después tenía que regresar sola por el camino donde situaban aquella aparición. El conocimiento de cada curva no impedía que acelerara el paso.

Así fue tomando forma la víspera: una noche hecha de calendarios superpuestos, memorias domésticas y relatos que encontraban nuevos oídos. Los santos tenían su celebración; los muertos, sus plegarias. En las casas continuaba la tarea más antigua: conseguir que la luz durara hasta que todos estuvieran dentro. Alguien se asomaba por última vez. Alguien recogía lo que el viento podía llevarse. La tranca caía en su sitio.

Y entonces llegaba el silencio que permite escuchar la casa entera. La brasa se quebraba. Un animal se movía en el patio. La persona que velaba apartaba los ojos del fuego y contaba, casi sin pensarlo, a quienes dormían cerca. Todos estaban allí. Podía comprobarlo. Sin embargo, al otro lado de la puerta acababa de sonar algo parecido al roce de una mano.

Entre las llamas quedaba todavía una claridad pequeña. Alcanzaba para ver el recipiente que habían dejado dispuesto para los ausentes. Quien estaba junto al fuego lo miraba y luego volvía la cabeza hacia la entrada. Conocía las historias. Conocía también el nombre que estaba a punto de pronunciar. Lo mantuvo dentro de la boca mientras, afuera, algo volvía a tocar.

 

EUROPA ARDIÓ CON LEÑA DE SUS PROPIAS CASAS

 

EL HUMO TAMBIÉN OSCURECIÓ EL RENACIMIENTO

La leña venía del mismo mundo que iba a quemarlos. Había crecido bajo la lluvia, junto a los caminos por donde aquellas personas llevaban animales, buscaban alimento o regresaban a sus casas. Alguien la cortó, la dejó secar, la transportó hasta el lugar dispuesto. Hicieron falta manos para levantar la hoguera. Manos que después volverían a servir comida, acariciar una frente, acomodar a un niño entre las mantas. La persecución tuvo esa cercanía insoportable: sus instrumentos salieron de la vida cotidiana y regresaron a ella cuando todo hubo terminado.

Europa estaba entrando en siglos de descubrimientos, libros y ciudades transformadas. Los artistas estudiaban el cuerpo, los navegantes ensanchaban los mapas, la imprenta multiplicaba las palabras. Dentro de esa misma época se desarrolló una parte decisiva de las grandes persecuciones por brujería. Los siglos XVI y XVII conocieron sus oleadas más devastadoras. La luz de un taller y el fuego de una ejecución podían pertenecer al mismo tiempo histórico. Mientras alguien trazaba una mano con precisión admirable, otra mano estaba siendo atada.

Las estimaciones sitúan las ejecuciones europeas en decenas de miles; un cálculo ampliamente utilizado oscila entre cuarenta mil y sesenta mil personas durante el conjunto de las persecuciones. La cifra exige detenerse. Cada unidad tuvo una manera de despertar, una voz que alguien reconocía sin verla, un sitio donde dejaba sus pertenencias. Hubo quienes murieron después de intentar demostrar durante semanas o meses que seguían siendo la persona que los demás habían conocido. El número los reúne. La muerte los encontró separados.

La persecución tampoco avanzó por toda Europa con la misma intensidad. Algunos territorios sufrieron oleadas terribles; otros registraron menos procesos o impusieron frenos. Intervinieron tribunales civiles y autoridades religiosas, en ámbitos católicos y protestantes. Las decisiones, las leyes y las condiciones locales importaron. Allí donde se multiplicaron las acusaciones, el miedo podía crecer hasta que una detención dejaba de parecer un acontecimiento excepcional y comenzaba a formar parte de lo que cualquiera aguardaba escuchar al amanecer.

También las formas de ejecución variaron. El fuego quedó adherido a la memoria de las brujas por su presencia en numerosos territorios, pero hubo condenados a la horca y otros suplicios. Incluso donde se utilizó la hoguera, las circunstancias fueron distintas: algunos fueron ejecutados antes de que ardiera su cuerpo; otros llegaron vivos a las llamas. Esa diferencia cabe en unas palabras y contiene una eternidad. Hubo una última respiración antes del fuego. Hubo quien tuvo que respirar dentro de él.

Cuesta permanecer allí con el pensamiento. La imaginación busca apartarse, corre hacia una explicación, una fecha, una palabra que vuelva soportable la escena. Sin embargo, la historia exige sostener la mirada el tiempo suficiente para comprender que alguien estuvo dentro. Una persona alcanzó a ver cómo preparaban aquello que iba a sucederle. Escuchó voces. Reconoció quizá un acento. Todavía tenía frío.

LOS VECINOS QUE APRENDIERON A MIRAR EL FUEGO

Antes de convertirse en un acontecimiento público, la persecución podía haber crecido durante años entre personas que se conocían. Las investigaciones sobre procesos conservados muestran el peso de los conflictos comunitarios: ayudas negadas, agravios, disputas y desgracias que se recordaban juntas hasta parecer unidas por una voluntad. La denuncia llegaba cargada de pasado. Alguien había discutido con otra persona; después enfermó un animal. El recuerdo terminaba colocando una intención dentro de la coincidencia.

La cercanía daba fuerza a la sospecha. Quien acusaba podía describir la ropa del acusado, sus costumbres, las palabras que utilizaba cuando estaba enfadado. Ese conocimiento parecía ofrecer una profundidad que un extraño no habría tenido. En realidad, también permitía rehacer una vida entera alrededor del miedo. El gesto áspero se volvía amenaza; la pobreza, motivo de resentimiento; una visita, ocasión para introducir el daño. De pronto, haber compartido el camino con alguien servía para señalar por dónde había pasado el mal.

Las mujeres fueron mayoría entre las víctimas en buena parte de Europa, aunque las proporciones cambiaron según la región y también hubo hombres perseguidos. Sus vidas no caben en un solo retrato. La anciana aislada ocupa un lugar poderoso en la imaginación, pero los expedientes guardan otras edades, otras relaciones, otras condiciones. Recuperarlas exige acercarse una por una. A algunas las rodeaban familiares; otras habían perdido a quienes podían defenderlas. Todas necesitaban que alguien concediera valor a su palabra.

Una ejecución pública extendía el castigo más allá del cuerpo condenado. La comunidad veía lo que podía ocurrirle a una persona declarada culpable. El acto se rodeaba de autoridad, de ceremonias y de una explicación que pretendía darle sentido. Había quienes creían estar presenciando una defensa contra el mal. Otros pudieron callar por miedo, por obediencia, por no saber cómo oponerse. Dentro de aquella multitud, el silencio de cada uno se sumaba al de los demás hasta adquirir el peso de un consentimiento.

Y después había que regresar. El camino seguía allí. Se abrían las puertas, se reanudaban las tareas, alguien preguntaba por una compra. La vida tenía una capacidad espantosa para continuar alrededor del hueco. En una casa quedaban objetos que ya nadie reclamaría del mismo modo. Los familiares debían aprender a habitar una ausencia que, además, llevaba el estigma de una acusación. El castigo podía seguir sentado a su mesa mucho después de que se hubiera enfriado el lugar de la ejecución.

Lo que hiela es pensar cuánto tiempo puede tardar una comunidad en volver a pronunciar con ternura el nombre de alguien a quien ha permitido destruir. Mientras tanto, los hijos crecen. Los vecinos envejecen. Quienes estuvieron presentes encuentran maneras de recordar que les permitan dormir. La persona muerta permanece en la edad exacta en que los demás dejaron de protegerla.

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EL HOMBRE QUE SE ATREVIÓ A DUDAR ENTRE LAS CENIZAS

En noviembre de 1610, el proceso relacionado con Zugarramurdi y otras localidades del ámbito vasco-navarro desembocó en el auto de fe de Logroño. Seis personas fueron quemadas vivas. Otras cinco, que habían muerto previamente, fueron representadas en efigie. La muerte anterior no había conseguido sacarlas del procedimiento: la condena todavía necesitaba exhibirlas. También se podía perseguir la memoria de un cuerpo que ya no estaba disponible.

Alrededor del caso se había extendido una agitación de relatos y acusaciones. Se hablaba de reuniones nocturnas, pactos y daños. Los nombres se multiplicaban. Una comunidad podía empezar a mirarse como un territorio invadido, lleno de vecinos cuya apariencia escondía otra pertenencia. El miedo encontraba confirmación en su propio crecimiento: cuantos más acusados aparecían, más extensa parecía la conspiración que se creía descubrir.

Dentro de la Inquisición surgió una voz que comenzó a exigir otra clase de certeza. Alonso de Salazar y Frías recorrió lugares, examinó testimonios, contrastó afirmaciones. Su investigación lo llevó a cuestionar la consistencia de lo que otros aceptaban. Había que comprobar si aquello que se decía podía haber sucedido, distinguir el relato aprendido del hecho, escuchar las contradicciones sin convertirlas automáticamente en otra señal del demonio.

Ese trabajo tenía una dificultad inmensa. La seguridad de los perseguidores podía parecer una forma de fortaleza; pedir pruebas obligaba a detenerse. Significaba aceptar que el procedimiento hubiera podido equivocarse, que ciertas confesiones no describieran acontecimientos reales, que el temor hubiese encontrado una manera de reproducirse en las preguntas y en las respuestas. Sobre la mesa seguían los papeles. Fuera de ellos estaban las vidas que aún podían alcanzarse.

Los informes y las objeciones de Salazar contribuyeron a las instrucciones de 1614, que reforzaron las cautelas y la exigencia de comprobación en los procesos de brujería de la Inquisición española. Aquello no borró lo ocurrido ni terminó de una vez con todas las persecuciones. Abrió un freno dentro de una maquinaria que había demostrado su capacidad para matar. La duda empezó a tener consecuencias sobre cuerpos que todavía respiraban.

Los muertos de Logroño no pudieron conocerlas. Ninguna comprobación les devolvió el aire; ninguna rectificación llegó hasta la última noche que habían pasado encerrados. Permanecen detrás de esa fecha con sus vidas interrumpidas. Pero hubo otros nombres que aún no se habían convertido en sentencia. Sobre ellos, preguntar de nuevo podía cambiarlo todo.

Una exigencia de pruebas parece poca cosa frente a una hoguera. Apenas unas palabras dichas en un despacho, una objeción escrita, la negativa de un hombre a llamar certeza a lo que no había podido demostrar. Sin embargo, en algún lugar, alguien pudo llegar al final del día sin saber que le debía su vida a esa resistencia. Pudo sentarse junto a los suyos, acercar las manos al fuego y sentir solamente calor.

 

AMÉRICA: EL MIEDO TAMBIÉN CRUZÓ EL OCÉANO

 

SALEM: EL PUEBLO QUE EMPEZÓ A SOÑAR CON SUS VECINOS

Podían acusarte de haber entrado en una habitación donde nunca habías estado. De acercarte a una cama mientras tu cuerpo dormía en otra casa. De apretar una garganta con unas manos que, a esa misma hora, quizá descansaban sobre tus propias rodillas. En Salem, durante 1692, hubo personas obligadas a defenderse de los actos atribuidos a su aparición. Alguien aseguraba haber visto tu figura haciéndole daño. Tú tenías que responder por aquella sombra.

El miedo encontró así una entrada que ningún cerrojo podía proteger. Massachusetts era una colonia inglesa donde la religión impregnaba la vida de las comunidades y donde el demonio podía ser entendido como una presencia activa, capaz de intervenir en los asuntos humanos. Había tensiones entre familias, disputas, incertidumbres y heridas anteriores. En aquel suelo comenzaron a crecer las acusaciones. Los padecimientos de unas niñas, interpretados como señales de hechizamiento, abrieron una crisis que terminaría alcanzando a muchas otras personas.

Al principio hubo nombres concretos. Después hubo más. Las acusaciones salieron del círculo inicial y encontraron nuevos cuerpos sobre los cuales caer. El peligro empezó a moverse entre casas conocidas. La gente podía reconocer el rostro del acusado y, al mismo tiempo, escuchar que ese rostro había aparecido en otro sitio causando tormento. La familiaridad dejaba de ofrecer amparo. Saber quién era alguien ya no bastaba para saber de qué era capaz.

La llamada evidencia espectral otorgó lugar en los procesos a testimonios sobre aquellas apariciones. El acusado quedaba frente a una experiencia ajena que no podía mostrar, tocar ni reconstruir como un hecho ordinario. Negaba haber estado allí, pero la acusación podía referirse precisamente a una presencia distinta de su cuerpo visible. Su defensa empezaba a hundirse en una oscuridad sin paredes. Cada explicación encontraba enfrente otra posibilidad imposible de alcanzar.

Imaginemos lo que significaba escuchar una imputación así. Saber dónde habíamos pasado la noche, recordar el cansancio, la comida, la última conversación antes de dormir, y descubrir que alguien había colocado nuestra imagen junto a una cama desconocida. La memoria propia seguía intacta. También seguía intacta la certeza del acusador. Entre ambas estaba el tribunal, con poder para decidir cuál de las dos podía llevar un cuerpo hasta la muerte.

El terror de Salem vive en esa separación. El cuerpo podía permanecer quieto y su nombre recorrer el pueblo haciendo cosas monstruosas. Había una versión de ti que ya no te obedecía. Entraba donde no habías entrado, pronunciaba lo que nunca habías dicho. Cuando intentabas alcanzarla para demostrar el engaño, encontrabas personas que aseguraban haberla visto mejor de lo que tú podías verte.

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DIECINUEVE CUERPOS AL FINAL DE UNA CUERDA

Bridget Bishop fue la primera persona ejecutada durante los procesos de Salem. La ahorcaron el 10 de junio de 1692. La fecha tiene la limpieza terrible de los registros: día, mes, año. Dentro de ella cabe una mañana completa. Hubo tiempo antes de que ocurriera. Hubo una mujer respirando mientras los demás sabían lo que iban a hacerle. Después, la fecha quedó disponible para los libros y ella dejó de estar disponible para la vida.

A lo largo de aquel año fueron ahorcadas diecinueve personas. Entre sus nombres están Rebecca Nurse, Sarah Good, Elizabeth Howe y John Proctor. Hubo mujeres y hombres. Sus historias tenían diferencias, vínculos, conflictos y personas que intentaron defenderlos. La acusación los reunió bajo una misma amenaza. La cuerda terminó por darles una semejanza que antes no habían tenido.

En Salem no quemaron a los condenados en hogueras. La muerte vino por la horca. Conviene conservar esa imagen exacta: el peso de una persona entregado a una cuerda, el aire convertido en algo que el cuerpo busca y ya no encuentra. Cuesta pensar que alrededor continuaran los sonidos del mundo. Que hubiera viento. Que alguien pudiera escuchar una voz y comprender lo que decía mientras, allí cerca, otra garganta perdía para siempre la posibilidad de responder.

Giles Corey murió de otra manera. Se negó a declarar cómo se consideraba frente a la acusación, y lo sometieron al procedimiento destinado a obligarlo a hacerlo: colocaron peso sobre su cuerpo. Las piedras fueron convirtiendo la respiración en una tarea cada vez más estrecha. Su muerte conserva una materialidad insoportable. Hubo que traer aquel peso. Hubo que ponerlo encima. Quienes lo hacían podían ver que debajo seguía habiendo un hombre.

Al menos otras cinco personas murieron en prisión. Sus muertes no tuvieron que esperar la ceremonia de una ejecución. El encierro, la enfermedad y las condiciones de las cárceles también reclamaron cuerpos. Había acusados aguardando una resolución mientras su vida se gastaba entre paredes. Afuera podían cambiar el tiempo, las conversaciones, las decisiones de las autoridades. Dentro, cada jornada tenía que atravesarse con las fuerzas que aún quedaban.

Casi medio centenar de personas confesaron brujería durante la crisis, muchas buscando evitar un juicio inmediato. Esa circunstancia revela la trampa que llegó a abrirse: declararse culpable podía parecer una posibilidad de seguir respirando. La verdad tenía que pasar por el instinto de conservación. Alguien podía escuchar su propia voz admitiendo aquello que antes había negado y preguntarse, mientras hablaba, si al terminar le permitirían vivir.

La persecución acabó perdiendo impulso; el tribunal especial fue disuelto y las nuevas actuaciones dejaron de producir aquella cadena de ejecuciones. Pero el final de los procesos encontró casas donde ya faltaba alguien. Una corrección podía cambiar el destino de los vivos. Los muertos habían quedado al otro lado. Para sus familias, la mañana siguiente siguió llegando con una tarea brutal: levantarse dentro del mundo que había permitido aquello.

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EN MÉXICO, LA NOCHE YA TENÍA OTROS NOMBRES

Más al sur, las creencias sobre lo invisible tenían otras raíces y otros caminos. La Nueva España reunió pueblos indígenas, europeos y africanos, junto con formas distintas de comprender la enfermedad, la protección, el deseo y el daño. Las palabras traídas por los conquistadores encontraron prácticas que no habían nacido dentro de sus explicaciones. Llamar hechicería o brujería a ciertas acciones podía imponerles una interpretación ajena.

Los encuentros ocurrieron en la intimidad de la vida: junto al enfermo, entre remedios, en una petición para conservar un amor o conseguir que regresara quien se había marchado. Las personas buscaban auxilio allí donde creían posible encontrarlo. Los saberes circulaban, se mezclaban, conservaban diferencias. También quedaban expuestos a la vigilancia y a la denuncia. Una autoridad podía examinar como desviación aquello que alguien había recibido como esperanza.

El universo sobrenatural indígena guardaba figuras que no pueden reducirse a la bruja europea. Las tradiciones sobre nahuales, por ejemplo, presentan una diversidad de relaciones entre seres humanos, animales y capacidades extraordinarias. En ciertos relatos hay protección, conocimiento o vínculos profundos con otras formas de vida; en otros aparece el peligro. Cada tradición exige escuchar su propio lenguaje antes de vestirla con una sombra llegada de fuera.

En regiones del altiplano persistieron relatos sobre entidades conocidas por nombres como tlahuelpuchi y sus variantes. Algunas narraciones las asociaron con transformaciones, luminosidades nocturnas y ataques contra niños. El miedo se movía allí entre el cuerpo humano, la figura animal y una luz vista a distancia. Quien escuchaba esas historias podía salir después al campo y encontrar que una claridad entre los árboles ya tenía un nombre esperándolo.

Pensemos en lo que una narración deja dentro de quien la oye. Una voz adulta habla cerca del fuego. El niño mira hacia la entrada. Le han contado que algo puede cambiar de apariencia, desprenderse de su forma conocida, acercarse mientras la familia duerme. Esa noche, al acostarse, necesita saber dónde están los demás. Reconoce una respiración, luego otra. La oscuridad empieza precisamente donde deja de alcanzarle esa cuenta.

Los relatos son testimonios de creencias, memorias y maneras de habitar el mundo. El daño atribuido a sus criaturas pertenece a esa tradición; no constituye una prueba de poderes sobrenaturales. Su fuerza está también en la experiencia humana que recogen: la fragilidad de una vida recién nacida, el desconcierto ante una enfermedad, la necesidad de proteger a alguien cuando todavía no se comprende lo que lo está consumiendo.

Así fue poblándose la noche americana, con diferencias que ningún nombre único consigue contener. En Salem, una aparición podía entrar en un testimonio y poner en peligro a una persona. En distintas comunidades de México, los relatos guardaban otras presencias, otros saberes, otras advertencias. Entre unas y otras historias había océanos de distancia cultural. Dentro de cada casa, sin embargo, alguien podía despertarse para comprobar que su hijo siguiera respirando.

Se inclinaba sobre él. Esperaba el movimiento mínimo del pecho. Lo veía al fin y permanecía un momento más, con la mano suspendida, escuchando. Afuera sonaba un animal. Después otro ruido, más cerca del techo. La persona volvía la cabeza hacia la oscuridad y recordaba, contra su voluntad, la historia que le habían contado cuando era pequeña.

LA BRUJA SALIÓ DEL TRIBUNAL Y ENTRÓ EN LOS CUENTOS

 

LA CASA QUE TENÍA HAMBRE DE NIÑOS

La casa parecía hecha para consolar el hambre. Después del bosque, después de caminar hasta perder la dirección de donde habían venido, los niños encontraron algo que podían comer. El techo, las paredes: el refugio entero se ofrecía a la boca. En Hansel y Gretel, el peligro espera precisamente allí donde la necesidad obliga a detenerse. Primero comen. Después alguien abre la puerta. La anciana los llama con dulzura. Tiene tiempo. Sabe que dos criaturas hambrientas acabarán aceptando una cama.

Los hermanos Grimm incluyeron el relato en la primera edición de sus cuentos, publicada en 1812. La historia, que conocería modificaciones en ediciones posteriores, llevaba hasta el libro una oscuridad alimentada por el hambre, el abandono y el temor a perderse. Antes de la bruja estaban los padres y la pobreza de la casa de origen. Los niños habían conocido ya una forma de desamparo cuando llegaron al bosque. Por eso la segunda casa resultaba tan peligrosa: parecía contener todo lo que les faltaba.

Allí los alimentan. Allí encuentran descanso. La hospitalidad consigue que el cansancio suelte por fin sus defensas. Después, la anciana encierra a Hansel y obliga a Gretel a trabajar. El cuidado cambia de sentido. La comida que recibe el niño sirve para engordarlo; la mirada de la mujer calcula lo que falta para poder devorarlo. Cada día que sobrevive lo acerca al propósito de quien lo mantiene vivo.

La bruja ve mal. Hansel le presenta un huesecillo cuando ella le pide que saque un dedo para comprobar si ha engordado. La escena deja al lector junto a la jaula, esperando que el engaño resista. Basta una comprobación distinta, un movimiento de la mano, para que termine aquella prórroga. El niño depende de que la mujer siga creyendo en la delgadez de lo que toca. Su pequeño recurso contra la muerte cabe entre los barrotes.

Gretel permanece cerca del horno. Tiene que escuchar las instrucciones de quien pretende matarla y encontrar, dentro de ellas, una posibilidad de escapar. La historia entrega la salvación a su inteligencia: consigue que la bruja se acerque para mostrarle cómo debe entrar y la empuja. Los hermanos salen de allí. La infancia que escucha puede respirar otra vez, aunque algo de la casa queda abierto en la memoria.

Porque el horno ya existía antes del cuento. Estaba en la vida doméstica, cerca del pan, del trabajo y del calor. El relato lo había convertido durante unos minutos en el lugar donde podía terminar un cuerpo infantil. Al cerrar el libro, los objetos recuperaban su aspecto conocido. La imaginación tardaba más. Un niño podía mirar el resplandor de una cocina y recordar que, en alguna página, alguien había preparado fuego para recibir a otro niño.

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EL ROSTRO QUE APRENDIÓ A MIRARNOS DESDE LA PANTALLA

Los relatos encontraron imágenes. Un ilustrador decidió la curva de una espalda, el tamaño de unas manos, la expresión de unos ojos. Aquello que cada oyente había imaginado a su manera empezó a adquirir rasgos compartidos. La anciana del bosque podía esperarnos ahora al volver la página. Su rostro permanecía quieto mientras el nuestro cambiaba. Años después, bastaba reencontrar una ilustración para sentir otra vez la edad en que la habíamos visto.

La figura se fue vistiendo de señales reconocibles: escoba, caldero, sombrero, animales cercanos, una casa apartada. No todas proceden del mismo momento ni tienen una explicación única. Las obras y sus espectadores fueron seleccionando atributos, repitiéndolos, transformándolos. De esa circulación nació una silueta capaz de anunciarse antes de mostrar la cara. Una punta negra detrás de una ventana podía bastar.

El cine le dio movimiento. La sombra podía aproximarse, el rostro ocupar de pronto toda la pantalla. La voz salió de la página y adquirió un cuerpo sonoro que ya no dependía de quien contaba el cuento. La sala estaba llena de espectadores, pero cada uno tenía que recibir aquella aparición dentro de sí. Al volver a casa, el silencio permitía escucharla de nuevo.

En El mago de Oz, la película de 1939, Margaret Hamilton encarnó a una Bruja del Oeste cuya presencia quedaría grabada en generaciones de espectadores. El rostro verde, la ropa negra, la mirada y la risa componían una amenaza que podía reconocerse en un instante. La película daba a la infancia una figura hacia la cual dirigir el miedo. Tenía voz. Podía avanzar. Podía enfadarse con una niña.

El mundo de Oz incluía también otras posibilidades de la magia femenina. Glinda ofrecía una presencia protectora; la Bruja del Oeste concentraba el peligro. La palabra “bruja” podía alojar figuras distintas dentro de una misma historia. El espectador aprendía a distinguirlas mediante el gesto, la apariencia y los actos. Esa diversidad seguiría creciendo con nuevas películas, cuentos y series: mujeres poderosas, criaturas cómicas, personajes amenazantes o capaces de despertar afecto.

Pero una imagen aterradora posee una vida particular. Puede desprenderse de la escena donde la conocimos y acompañarnos a lugares donde nunca estuvo. El niño sale del cine, cena, se acuesta. Sabe que la película ha terminado. Desde la cama alcanza a ver una prenda colgada, y el ángulo de la tela le devuelve una silueta. Permanece mirando hasta que logra reconocerla. Durante esos segundos, el cuarto ha dejado de ser completamente suyo.

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LAS MUJERES QUE REGRESARON PARA RECLAMAR SU NOMBRE

Con el tiempo, hubo quienes empezaron a mirar a la bruja desde otro lugar. Su conocimiento podía despertar admiración. La independencia que antes se representaba como amenaza podía adquirir dignidad; la mujer apartada, una historia que merecía ser escuchada. La literatura, el cine y distintas lecturas feministas encontraron en aquella figura un espacio para hablar de autoridad, deseo, envejecimiento y libertad. El personaje comenzó a responder a las voces que durante tanto tiempo habían hablado por él.

La vieja pregunta cambió de dirección. Habíamos entrado tantas veces en el bosque temiendo a la mujer que vivía sola que costaba detenerse a pensar qué la había llevado allí. Una nueva obra podía concederle pasado, dolor, afectos. Su cólera adquiría motivos. El espectador descubría que una historia cambia cuando permite hablar a quien hasta entonces sólo había aparecido para amenazar.

Esa recuperación pertenece al territorio de las interpretaciones. Las personas históricamente acusadas de brujería tuvieron vidas diversas y muchas rechazaron aquello que se les atribuía. Su memoria exige conservar esa diferencia. Un símbolo puede servir a quienes hoy lo eligen; una víctima del pasado necesita que escuchemos lo que alcanzó a decir sobre sí misma. Algunas suplicaron precisamente que dejaran de llamarlas brujas.

Allí aparece una emoción más profunda que la fascinación por los poderes. Pensar en alguien que intenta conservar su nombre mientras los demás le imponen otro. En una mujer cuya vida termina cubierta por una historia ajena, hasta que sus trabajos, sus afectos y sus recuerdos apenas consiguen asomarse entre las acusaciones. Recuperarla requiere paciencia. Hay que apartar lo que otros pusieron encima y soportar los vacíos que quedaron.

Los cuentos, mientras tanto, conservan su derecho a estremecer. El bosque sigue extendiéndose alrededor de Hansel y Gretel. La casa ofrece alimento. Cada nueva lectura hace que los hermanos se acerquen sin recordar lo que nosotros sabemos. Quisiéramos detenerlos antes del primer bocado, advertirles que la dulzura de una voz no garantiza amparo. Ellos llevan hambre. El relato vuelve a dejarlos entrar.

Quizá por eso ciertas brujas sobreviven con tanta fuerza dentro de la infancia. Conocen aquello que una criatura necesita y saben ofrecerlo. Comida, calor, una mano que parezca bondadosa. El miedo comienza cuando esa promesa se cumple lo suficiente para que el niño deje de pensar en escapar.

Alguien termina de leer. Apaga la luz y sale del cuarto después de acomodar la manta. El niño escucha alejarse los pasos y mira la puerta entreabierta. Dentro de la historia, la anciana también había sido amable al principio. Espera un momento antes de llamar a quien acaba de marcharse. Quiere que vuelva, que hable otra vez, que permanezca allí hasta que la casa deje de parecerse a la del cuento.

 

LA NOCHE EN QUE NOS DISFRAZAMOS DE LO QUE PERSEGUIMOS

 

LINTERNA DEL QUE NO ENCONTRÓ DESCANSO

Jack lleva una brasa porque ya no tiene casa. En una de las versiones de la leyenda irlandesa, ha engañado al Diablo y conseguido que no reclame su alma. Durante su vida aquello debió parecerle una victoria. Pero llega la muerte, se cierran las posibilidades del cuerpo y descubre el alcance de su astucia: el cielo no lo recibe; el infierno tampoco quiere abrirle. Queda afuera. La eternidad empieza como un camino donde nadie responde.

El Diablo le entrega un carbón encendido. Jack lo guarda dentro de un nabo ahuecado y comienza a andar. Esa luz miserable alcanza para mostrarle dónde pondrá el siguiente pie. Más allá vuelve a levantarse la oscuridad. El relato lo condena a continuar, y hay una crueldad profunda en conservarle la capacidad de alumbrarse: cada paso le permite comprobar que todavía queda camino.

Es una leyenda, transmitida con variantes. Su fuerza permanece en esa condición de expulsado. Jack ha perdido hasta el derecho de detenerse entre los muertos. Los vivos pueden cerrar una puerta, acostarse, esperar la mañana. Él lleva consigo una claridad que no anuncia amanecer. Cuando el viento amenaza la brasa tiene que protegerla. Es lo único que le queda de un mundo donde alguna vez hubo calor.

Las linternas talladas en nabos y otros vegetales formaron parte de costumbres de Irlanda y de regiones británicas. Sus rostros ahuecados podían adquirir una expresión feroz: una boca irregular, dos ojos donde temblaba el fuego. El cuchillo retiraba la pulpa y dejaba una cara. Al anochecer, aquel objeto doméstico parecía contener una vida desagradable, algo que hubiera aprendido a mirar desde el interior de un alimento.

En Norteamérica, la calabaza ofreció otro cuerpo para la luz. Era abundante, permitía trabajar una superficie mayor y fue convirtiéndose en una imagen central de Halloween. El rostro creció. Se instaló en escalones, ventanas y entradas. Detrás de la sonrisa recortada ardía una pequeña llama. La casa podía permanecer a oscuras y conservar, sin embargo, unos ojos abiertos hacia la calle.

La linterna terminó anunciando una fiesta. Todavía guarda algo de su desamparo antiguo. Basta encontrarla sola cuando ya se han marchado los visitantes: la sonrisa sigue allí, iluminada desde dentro, sin nadie alrededor que explique su alegría. Uno puede pasar de largo y sentir, unos pasos después, el impulso de volver la cabeza. Jack también continuaba andando cuando las casas quedaban atrás.

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LOS NIÑOS TOCAN DONDE ANTES TOCABA EL MIEDO

Las celebraciones viajaron con personas que llevaban mucho más que equipaje. Irlandeses y escoceses conservaron y transformaron costumbres al establecerse en Norteamérica. La migración irlandesa aumentó de manera dramática durante la gran hambruna de mediados del siglo XIX. Quienes cruzaron el océano habían conocido pérdidas reales. Junto con la necesidad de trabajar y encontrar techo, llevaron formas de recordar el año, de reunirse, de contar historias cuando empezaba a oscurecer.

Halloween se fue componiendo allí mediante encuentros y cambios. Hubo reuniones, juegos de adivinación, disfraces y travesuras; también daños que las comunidades intentaron contener organizando celebraciones. En el siglo XX cobró fuerza la visita de niños a las casas para recibir golosinas. La expresión trick or treat terminó acompañando aquella negociación festiva. Se tocaba la puerta, se ofrecía una amenaza pequeña y se aguardaba un dulce.

La escena tenía una intimidad distinta. Los adultos abrían a criaturas que fingían ser monstruos. Una madre podía acomodar unos cuernos antes de dejar salir a su hijo; alguien sujetaba con un broche la capa que arrastraba. Los muertos de cartón, los esqueletos de tela y las brujas diminutas empezaban a recorrer el vecindario. Debajo de la máscara había una boca que conocía la risa, el nombre de la calle, la seguridad de regresar acompañada.

La industria multiplicó las posibilidades: golosinas empaquetadas, trajes, adornos, rostros fabricados por millares. El cine y la televisión aportaron personajes; después, otros medios aceleraron su circulación. Cada época fue llevando sus criaturas hasta la puerta. La fiesta aprendió a incorporar lo que acababa de ocupar la imaginación pública, y la noche se llenó de figuras que pertenecían a historias muy distintas.

En México, esa celebración encontró las fechas dedicadas a los muertos. La convivencia ha tenido préstamos, desacuerdos y mezclas familiares. Hay niños que piden dulces y después regresan a una casa donde se ha dispuesto una ofrenda. Allí cambia la manera de mirar la muerte. Una fotografía reúne a quienes la reconocen. Un alimento recuerda un gusto preciso. El nombre del difunto permite acercarse a alguien que tuvo una vida y dejó un lugar.

Sobre una misma mesa pueden coincidir la calabaza y el retrato. Una llama ilumina la cara recortada; otra deja ver las facciones de una mujer a quien sus nietos recuerdan inclinada sobre la cocina. El rostro de la calabaza fue hecho para esa noche. El de la fotografía pertenece a una ausencia que vuelve todos los días, aunque no siempre encuentre palabras. La familia sabe a quién ha puesto allí. Alguien mira la imagen y reconoce en ella las manos que le enseñaron a comer.

Después salen otra vez los niños. Tocan una casa y escuchan pasos que se acercan desde dentro. Durante unos segundos esperan frente a una puerta cerrada, bajo sus propias máscaras. Al abrirse, la luz les devuelve el tamaño. La bruja tiene frío y empieza a cansarse; el esqueleto necesita que le acomoden una manga. Reciben los dulces y continúan. Un adulto los cuenta con la mirada antes de caminar detrás.

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CUANDO SE APAGUE LA ÚLTIMA CALABAZA

La fiesta concede algo precioso: la posibilidad de ponerse el miedo y quitárselo después. El niño levanta la máscara para respirar mejor. La mujer se desprende del sombrero, busca entre su pelo los broches que lo sujetaban. Las garras caen sobre una mesa junto a las llaves. Cada uno recupera su cara y vuelve a las pequeñas obligaciones de la noche. Hay que lavarse, guardar lo que quedó, decidir qué puede esperar hasta mañana.

A las personas perseguidas por brujería les arrebataron esa salida. El nombre que otros les impusieron se cerró sobre sus vidas. Podían negarlo, suplicar, contar dónde habían estado; la acusación seguía esperándolas cuando terminaban de hablar. Algunas debieron escuchar descripciones monstruosas de sí mismas y buscar en quienes las rodeaban un rostro dispuesto a recordar quiénes habían sido hasta entonces.

Esa memoria acompaña a la figura que hoy recorre los escaparates. Bajo la escoba de plástico han quedado historias que apenas logramos recuperar. Una mujer tuvo que dejar algo sin terminar cuando fueron a buscarla. Otra pensó en sus hijos durante el encierro. Un hombre intentó resistir. Hubo quienes murieron antes de que alguien pusiera en duda las certezas de sus acusadores. Las fechas conservan el orden de los acontecimientos; el sufrimiento debió de sentirse mucho más largo.

Llegamos así al final de esta travesía: desde los amuletos junto al parto hasta las bolsas de golosinas; desde la noche poblada de presencias hasta la cara iluminada de una calabaza. La imaginación ha creado criaturas capaces de devorarnos, transformarnos, entrar mientras dormimos. A veces esas historias nos han permitido reunirnos alrededor de una luz. Otras veces los seres humanos han creído reconocer sus monstruos en una persona y han empezado a prepararle un castigo.

Tal vez por eso convenga conservar una incomodidad al quitarnos el disfraz. Preguntarnos cuánto sabemos de alguien cuando repetimos lo que otros dicen. Recordar la facilidad con que una comunidad puede acostumbrarse a una sospecha. El miedo necesita poco para volverse convincente cuando encuentra voces que lo acompañen. Después cuesta escuchar a la persona sobre la que ha caído.

La noche termina. En una casa han dejado una capa sobre el respaldo de una silla. Las bolsas de dulces están recogidas; los niños duermen. Quien apaga las luces pasa por la entrada y se detiene ante la calabaza. La vela está casi consumida. Durante un momento, el calor mueve las sombras de los ojos y parece que el rostro cambia de expresión.

Se inclina y sopla. La boca queda negra.

Entonces regresa por el pasillo, comprueba una puerta, escucha las respiraciones de los suyos. Todo ocupa su sitio. Ya cerca de la cama oye tres golpes en la entrada. Espera. Quizá alguien haya olvidado algo; quizá un vecino necesite ayuda. Antes de moverse vuelve a oírlos, espaciados, pacientes.

Al otro lado puede haber una persona que tiene frío. Una persona que necesita que le abran.

Durante unos segundos, todas las historias de la noche se interponen entre esa puerta y su mano.

 

 

(By Notas de Libertad).

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