El famoso berrinche: cuando el cerebro todavía está aprendiendo a regularse, por Alexia Medina Contreras


A veces llamamos berrinche a lo que en realidad es un cerebro infantil haciendo su trabajo: desarrollarse. Antes de los 6 años, niñas y niños todavía no cuentan con la madurez neurológica suficiente para regular por sí solos emociones intensas. Las estructuras relacionadas con el control de impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional continúan madurando, mientras que las respuestas emocionales son mucho más rápidas.
Por eso, cuando un niño grita, llora, se tira al piso o parece “perder el control”, no necesariamente está manipulando, desafiando o queriendo incomodar. Está desbordado. Y cuando el cerebro infantil se desborda, necesita primero la regulación de un adulto para poder volver a la calma.
Aquí tenemos una tarea enorme como sociedad: no hacer más incómodo ese momento. No necesitamos caras de desaprobación, burlas, comentarios como “qué niño tan malcriado”, ni miradas que hagan sentir vergüenza a mamá, papá o al propio niño. Necesitamos adultos que comprendan que detrás de esa conducta hay una necesidad de acompañamiento.
Mamá y papá no tienen que evitar todas las emociones de sus hijos; tienen que enseñarles, poco a poco, a atravesarlas. Un adulto que respira, se acerca, pone límites con respeto y acompaña sin humillar está ayudando literalmente a construir las conexiones que mañana permitirán que ese niño pueda regularse por sí mismo.
Tal vez necesitamos cambiar la pregunta: no es “¿cómo hacemos para que deje de hacer berrinche?”, sino “¿qué necesita este cerebro que todavía está aprendiendo?”
Y quizá, cuando dejemos de mirar un llanto infantil como una molestia y empecemos a verlo como una oportunidad de conexión, también entendamos algo hermoso: ese cerebro no está fallando; está creciendo.
Porque detrás de cada emoción que hoy necesita ser acompañada, hay una habilidad que mañana podrá ser regulada.

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