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Construir con amor: la lactancia también es una decisión de toda la sociedad, por Alexia Medina Contreras

  • Foto del escritor: La Noticia al Punto
    La Noticia al Punto
  • hace 1 día
  • 7 min de lectura

Hay decisiones que parecen pertenecer únicamente al ámbito privado, pero en realidad revelan el tipo de sociedad que hemos decidido construir. La lactancia es una de ellas. Solemos imaginarla como una escena íntima entre una madre y su bebé; sin embargo, la lactancia comienza mucho antes de que un recién nacido se prenda al pecho. Empieza cuando una familia encuentra apoyo, cuando un padre decide involucrarse, cuando una empresa comprende que cuidar también es producir, cuando una comunidad deja de juzgar y comienza a sostener. La lactancia no es únicamente un acto biológico; es el primer pacto social que hacemos con la vida.


Imagino a una madre sentada al borde de su cama. Entre sus brazos sostiene a un bebé que apenas lleva unos días en este mundo. Ambos están aprendiendo. Él intenta alimentarse por primera vez; ella intenta descubrir una versión de sí misma que nunca había conocido. Su cuerpo aún se recupera del parto, las noches se mezclan con los días y las emociones parecen no encontrar un lugar donde descansar. Mientras acaricia la cabeza de su hijo, una pregunta atraviesa su corazón: ¿lo estaré haciendo bien? Nadie escucha esa pregunta. Celebramos el nacimiento de un bebé, pero pocas veces acompañamos el nacimiento de una madre. A unos pasos de ella hay un hombre que también está naciendo. Lo vemos menos porque durante generaciones le enseñamos que su principal responsabilidad era proveer. Sin embargo, mientras acerca un vaso de agua, cambia un pañal a las tres de la mañana, sostiene al bebé para que mamá pueda dormir unos minutos o simplemente permanece a su lado cuando el cansancio parece vencerlos, también está aprendiendo una nueva forma de amar. La paternidad no comienza cuando un hombre tiene todas las respuestas; comienza cuando decide quedarse.


Porque cuidar también es una manera de amar.

La ciencia confirma lo que el corazón ya intuía. Durante la lactancia, el cerebro de la madre experimenta cambios extraordinarios. La oxitocina y la prolactina no solo favorecen la producción de leche, sino que fortalecen el vínculo afectivo, disminuyen el estrés y aumentan la sensibilidad para responder a las necesidades de su bebé (Feldman, 2015). Pero existe una verdad que todavía contamos poco: el cerebro del padre también cambia. Cuando participa activamente en el cuidado, desarrolla una mayor capacidad para la empatía, la regulación emocional y el apego. El cuidado transforma el cerebro de quien decide ejercerlo. Amar también deja huellas biológicas.


Hace décadas, John Bowlby nos enseñó que toda niña y todo niño necesitan crecer junto a adultos emocionalmente disponibles, sensibles y consistentes para construir una base segura desde donde descubrir el mundo (Bowlby, 1988). Nunca habló únicamente de madres. Habló de vínculos. De presencia. De personas capaces de sostener la vida con amor. Porque eldesarrollo infantil nunca ha dependido de una sola persona; siempre ha necesitado una comunidad.


Sin embargo, seguimos viviendo en una sociedad profundamente adultocentrista. Diseñamos ciudades para quien produce, empresas para quien nunca se ausenta y horarios para quien aparentemente no tiene hijos. Esperamos que los bebés se adapten al mundo, cuando en realidad el mundo debería aprender a recibirlos. Nos preocupa que una reunión se retrase cinco minutos por el llanto de un recién nacido, pero pocas veces nos preguntamos cuánto cuesta emocionalmente que una madre tenga que esconderse en un baño para extraerse leche o que un padre no pueda asistir a una consulta médica porque no obtuvo permiso para acompañar a su familia.


Después nos preguntamos por qué tantas mujeres abandonan la lactancia antes de lo que deseaban. La respuesta rara vez está en ellas. La Organización Mundial de la Salud recomienda la lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida y continuarla, junto con alimentación complementaria, hasta los dos años o más. Sin embargo, apenas el 48 % de los bebés menores de seis meses recibe lactancia materna exclusiva en el mundo (UNICEF & Organización Mundial de la Salud, 2024). Detrás de esa cifra no hay falta de amor. Hay mujeres que regresan demasiado pronto al trabajo, familias sin redes de apoyo, padres con licencias insuficientes y comunidades que siguen ofreciendo juicios cuando lo que más se necesita es acompañamiento.


Por eso también necesitamos cambiar la conversación. Necesitamos dejar de medir el amor de una madre por la forma en que alimenta a su hijo. La lactancia materna exclusiva representa el estándar recomendado por la evidencia científica cuando es posible, pero la vida no siempre transcurre como la planeamos. Existen madres que viven una lactancia diferida mediante extracción de leche, familias que transitan por una lactancia mixta, mujeres que relactan, madres adoptivas que inducen la lactancia, bebés que requieren fórmula por indicación médica o circunstancias personales, y cada una de esas historias merece el mismo respeto. Detrás de cada decisión hay noches sin dormir, lágrimas, incertidumbre, resiliencia y un profundo deseo de hacer lo mejor para un hijo. Ninguna madre debería cargar con el peso de la culpa por circunstancias que muchas veces escapan de su voluntad. La verdadera pregunta nunca debería ser cómo alimentó a su bebé, sino cómo decidimos acompañarla mientras lo hacía. Porque cuando dejamos de juzgar y comenzamos a cuidar, la crianza deja de ser una competencia para convertirse en una comunidad.

También necesitamos empresas que comprendan que el cuidado no termina en la puerta de una casa. Hablar de conciliación no puede reducirse a un discurso durante el Día de las Madres o a la inauguración de un lactario para la fotografía institucional. Necesitamos empresas familiarmente sostenibles, donde el bienestar de las familias forme parte de la cultura organizacional desde el proceso de contratación hasta el liderazgo cotidiano. Empresas que promuevan licencias parentales dignas, espacios adecuados para la extracción y conservación de leche, flexibilidad cuando sea posible y liderazgos que comprendan que cuidar a quienes cuidan no disminuye la productividad; la fortalece. El verdadero compromiso comienza cuandoentendemos que detrás de cada colaborador existe una familia que también necesita ser sostenida.

Pero la corresponsabilidad no pertenece únicamente a las empresas o a los gobiernos. También vive en la abuela que prepara una comida caliente para que una madre pueda descansar; en la amiga que sostiene al bebé unos minutos mientras ella toma una ducha; en el profesional de la salud que escucha antes de juzgar; en el restaurante que recibe con respeto a una mujer que amamanta; en el vecino que comprende que el llanto de un bebé no es una molestia, sino el lenguaje de quien apenas está aprendiendo a vivir. Criar nunca ha sido un proyecto individual.

Siempre ha sido una tarea profundamente comunitaria.

Y en esa comunidad, mamá y papá no compiten; se encuentran. Ella alimenta con su cuerpo y con su presencia. Él sostiene con sus brazos y con su ternura. Ella calma desde el pecho. Él calma desde el abrazo. Ambos aman. Ambos aprenden. Ambos se equivocan. Ambos vuelven a intentarlo. Ninguno reemplaza al otro, porque las niñas y los niños no necesitan adultos perfectos; necesitan adultos disponibles. Necesitan crecer rodeados de personas que, desde el primer día de vida, les hagan sentir que este mundo es un lugar seguro para existir, para explorar, para caer, para levantarse, para amar y para convertirse en quienes están destinados a ser.

Estoy convencida de que una sociedad no se mide únicamente por el tamaño de su economía ni por la altura de sus edificios. Se mide por la manera en que recibe a quienes llegan por primera vez a este mundo. Es en los primeros mil días donde comienza a escribirse la historia de la salud mental, de la confianza, del aprendizaje y de la capacidad de establecer vínculos sanos durante toda la vida. Invertir en la primera infancia no es un acto de asistencia; es la decisión más inteligente, más humana y más trascendente que una nación puede tomar.


He aprendido que construir con amor no significa hacerlo desde la ingenuidad, sino desde la convicción de que el cuidado transforma generaciones. Construir con amor es sostener a quien sostiene la vida. Cuando una madre encuentra apoyo para amamantar, cuando un padre puede ejercer plenamente su paternidad, cuando una empresa comprende que el cuidado también forma parte de su responsabilidad y cuando una comunidad decide caminar junto a las familias, no solo estamos alimentando a un bebé. Estamos construyendo una sociedad más empática, más saludable y más humana.

Porque la lactancia alimenta un cuerpo. El apego fortalece un cerebro. El amor construye una identidad. Pero es el cuidado compartido el que construye el futuro.


Hagamos de este mundo un lugar donde cada madre se sienta acompañada, cada padre se sienta reconocido y cada familia encuentre una comunidad que la sostenga. Hagamos de este mundo un lugar donde las niñas y los niños crezcan con la certeza de que es seguro estar aquí, de que son profundamente amados y de que tienen la libertad de convertirse en quienes están destinados a ser. Ese, quizá, sea el mayor legado que podamos dejarles.


Referencias

Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. Basic Books. Feldman, R. (2015). The adaptive human parental brain: Implications for children's social development. Trends in Neurosciences, 38(6), 387–399.

Organización Mundial de la Salud. (2023). Infant and young child feeding.

UNICEF, & Organización Mundial de la Salud. (2024). Global Breastfeeding Scorecard 2024.

Victora, C. G., et al. (2016). Breastfeeding in the 21st century: Epidemiology, mechanisms,

and lifelong effect. The Lancet, 387(10017), 475–490. https://doi.org/10.1016/S0140- 6736(15)01024-7


Semblanza:

Alexia Medina Contreras es psicóloga en formación por la Universidad Iberoamericana León, asesora de lactancia certificada por Edulacta (España) y diplomada en Parentalidad, Apego y Desarrollo Infantil por la Fundación América por la Infancia (Chile). Es fundadora de Con Amor Lactando, líder del proyecto APAPACHO y Secretaria Estatal de la Comisión de Infancias y Cuidados. Promueve una cultura de los buenos tratos desde la primera infancia, convencida de que el desarrollo de las niñas y los niños es una responsabilidad compartida.

Trabaja para construir comunidades donde cada infancia crezca sintiéndose amada, protegida y segura de convertirse en quien está destinada a ser.

 
 
 

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